Juan 6, 51-59 – XX Domingo durante el año

 

 

Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo».

Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?» Jesús les respondió: «Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.

Palabra del Señor

Comentario

El domingo no solo es un día para descansar, sino que también es día para despertar nuestros buenos deseos, esos que a veces están ocultos, anestesiados o insensibilizados por el activismo que nos rodea y en el cual nos fuimos enredando. Es una época en la que estamos perdiendo la capacidad de sentir, de reconocernos a nosotros mismos, el ruido, la rutina y la costumbre nos hace olvidar lo más esencial y profundo de nuestros corazones, el hambre y la sed de nuestra alma que solo pueden saciarse en Jesús.

El domingo pasado, la palabra de Dios nos atraía, o mejor dicho, nos enseñaba, que el Padre, obra por atracción y solo puede ir hacia Jesús aquel que es atraído por Él. Dios atrae, no trae, decíamos.  Y nuestra fuerza debería estar puesta más en dejarnos atraer por Él, que andar queriendo agradarlo con una búsqueda de perfeccionismo escrupuloso. Intentemos hoy escuchar un poco mejor, con más intensidad, con más corazón, con más atención, sabiendo que Jesús quiere despertar en nosotros sed y hambre de Él.

Desde hace ya varios domingos estamos escuchando el discurso del Pan de Vida, así se llama este capítulo del evangelio de Juan en el que se relata el discurso que Jesús les dio a los judíos y a sus discípulos, después de la multiplicación de los panes. Ellos nos terminaban de comprender, parece como que Jesús les hablaba en otra sintonía, era un lenguaje muy duro, pero que poco a poco se fue develando. Vamos a intentar continuar el hilo de este discurso, que nos ayudará a comprender realmente que nos quiere decir Jesús.

Hoy me acordé, que, de hace muchos años en Argentina, existía un aviso publicitario de una bebida que decía algo así: “Hacele caso a tu sed”. Como tantos otros avisos publicitarios que andan dando vueltas por ahí, saben tomar lo más profundo del hombre, para conducirlo al consumismo, a su provecho, no hay que sorprenderse, porque el deseo de vender aviva todo tipo de creatividad y nos hace caer en la trampa, por decirlo así. Por supuesto, que este aviso buscaba inducir a que compremos esa bebida que se promocionaba, diciéndonos que nuestros deseos de calmar la sed, inexorablemente nos conducirían a esa marca de bebida.

Jesús también supo, en su momento, utilizar los anhelos más profundos de los hombres que lo escuchaban, para conducirlos a la verdad y no a cualquier cosa, para conducirlos a Él y no a beneficios pasajeros. Pero, algo del evangelio de hoy nos enseña que no fue solo un recurso persuasivo, simbólico, para atraer, sino que además fue y es, algo real. De ahí que “los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»” ¿Cómo es posible que un hombre pretenda ser comido por los otros? ¿Cómo es posible que Dios rompa toda lógica humana, toda ley natural y además, de hacerse hombre, se quede como alimento en su Cuerpo y en su Sangre para siempre?

Una vez, le pregunté a alguien que había sido parte de una iglesia cristiana y había descubierto la verdad en la Iglesia Católica, qué diferencia había encontrado en nosotros, me dijo algo así: “En realidad, la iglesia donde estaba, era muy similar, teníamos casi todo igual, solo que ellos no creían en la Eucaristía”, los dos nos miramos y casi dijimos al unísono: “O sea, les faltaba lo mejor”

¿Alguna vez te animaste a preguntarte si crees realmente en que cada vez que recibís el DON de la Eucaristía recibís realmente al mismísimo Dios? Muero de alegría de sólo pensar que Jesús me regale ese DON, el de darme cuenta, el de ser consciente, con todo mi ser que me divinizo cada vez que lo recibo, que cuando lo recibo, Él también me recibe a mí. No es amor barato. Él nos habla del verdadero. El que es para siempre, el que plenifica, satisface con una sensación de felicidad inexplicable.

¿Tuviste alguna vez ese deseo? No digo el deseo de recibirlo solamente, sino el deseo de desearlo siempre, con más ganas cada día.

¡Danos Jesús la gracia de desear el deseo más grande! ¿Qué deseamos cuando te vamos a recibir? Si yo te deseara con todo mí ser, me desmayaría de la emoción por sólo el hecho de acercarme a recibirte.  No estamos preparados para tanto, Dios nos da su amor a cuenta gotas sino moriríamos de amor. Nuestra sed es poquita y además la calmamos con bebidas “pasajeras” que no calman la sed. Tenemos que “hacerle caso a nuestra verdadera sed” a nuestra sed de Vida Eterna.

Ahora, sí me animo a preguntarme ¿Creo realmente que recibo al Rey de Reyes, al Señor de Señores cuando comulgo?

“Creo Señor, pero aumentá mi fe” así me muero de alegría. ¿Qué más podría pedir?

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