Lc 11, 37-41 – 17 de octubre – XXVIII Martes durante el año

 

 

Cuando terminó de hablar, un fariseo lo invitó a cenar a su casa.

Jesús entró y se sentó a la mesa. El fariseo se extrañó de que no se lavara antes de comer.

Pero el Señor le dijo: «¡Así son ustedes, los fariseos! Purifican por fuera la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia. ¡Insensatos! El que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro? Den más bien como limosna lo que tienen y todo será puro.»

Palabra del Señor

Comentario

No nos alimentamos solo de pan, aunque lo necesitamos para vivir. Me imagino que habrás escuchado muchas veces esta frase: “No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.  Nos alimentamos fundamentalmente de amor y el amor entra a nuestro corazón “por todos lados”, por los oídos, por los ojos, por el tacto, por el olfato y por el gusto. Por eso la imagen del banquete, de la comida a la que nos invita Jesús, es mucho más profunda que una “juntada a comer”. Cuando comemos juntos, en familia, no solo alimentamos el estómago, sino que también nutrimos el corazón, o por lo menos ese es el anhelo de nuestro buen Dios.

Se me ocurrió una frase, parafraseando otra conocida: “Dime como comes y te diré como amas” El modo como comemos, expresa mucho de lo que somos. Por algo la palabra de Dios está repleta de menciones a los banquetes. Por algo Jesús eligió la imagen del banquete para hablar del Reino de Dios: por algo Jesús en el evangelio de Juan eligió unas bodas para empezar su ministerio público; por algo Jesús aceptó muchas veces ir a comer a las casas, como hoy, y lo acusaron de “borracho y glotón”; por algo Jesús se despidió de sus amigos con una cena; por algo Jesús se apareció resucitado a sus amigos y los invitó a comer; por algo Jesús quiso quedarse entre nosotros como comida, en la eucaristía. Jesús nos invita a un banquete, pero no solo para comer comida, sino para entrar en comunión con él y los otros.

Retomando el tema de la soberbia, hoy podemos agregar que la soberbia es el afecto desordenado de la propia excelencia, a ese deseo que tenemos de “sobresalir”. Por un lado, es bueno y natural aspirar a ser buenos, mejores, superarnos; es bueno y necesario para crecer, pero no es bueno cuando esto se desordena y genera en nuestro interior un modo de pensar y sentir que nos pone como centro de todo y terminamos mirando a los demás de arriba para abajo.

Ayer decíamos que a veces esta soberbia, este orgullo, puede llegar a tomar el color incluso, de despreciar a los demás con un deseo oculto y refinado de que se fijen en nosotros.

En algo del evangelio de hoy, el fariseo anfitrión se extraña de que Jesús no haga lo que él hacía; ¿Cómo no se lava antes de comer? ¿Cómo no hace lo que yo hago? Pensó…, ¿cómo no hace lo que hay que hacer?… Cuanto de esto hay nuestros corazones.

¿Cómo fulano no hizo esto? ¿Cómo mengano hizo aquello? O bien decimos: “las cosas se hacen así”, “las cosas se tienen que hacer asá”. Estamos llenos de frases que manifiestan nuestras soberbias.

Y así vamos caminando por la vida, pretendiendo que todo sea a nuestro modo o al modo que nos enseñaron y no dejamos lugar a lo distinto, a la novedad.

Pero en el fondo el objetivo más o menos consciente de nuestro yo desordenado, es sobresalir, es darnos más importancia a nosotros; incluso a veces despreciando a los demás o lo que los demás hacen. Criticamos, incluso podemos llegar hasta inventar cosas de los demás o calumniarlos con tal de nosotros quedar mejor.

Disminuimos los méritos y aciertos ajenos; a veces “ventilamos” defectos y desaciertos para que el otro disminuya; o a veces “aumentamos” lo que otros han hecho o dicho para dejarlos peor de lo que estaban.

En realidad –como este fariseo– con comentarios, gestos o pensamientos; queremos dar a entender que somos más inteligentes, somos más capaces, hacemos las cosas mejor. Nuestros comentarios u opiniones, nuestros chistes son mejores que los de los demás.

Es un orgullo oculto y entrelazado entre nuestras actitudes, que a veces está cargado de envidia. Es como si estuviéramos diciendo continuamente que, si siguieran nuestro consejo, nuestro punto de vista, nuestro ejemplo; las cosas serían mucho mejores y no habría tantos problemas, hasta el mundo estaría mejor.

Bueno, Jesús hoy nos invita a no mirar tanto hacia afuera, a no mirar las apariencias y juzgar. No nos permitamos juzgar el interior de alguien por lo que vemos de afuera; “demos más bien limosna de lo que tenemos que todo será puro”. Amemos al distinto y nuestro corazón será más puro.

Esta enseñanza surgió de una cena, en donde en vez de entrar en comunión, el fariseo juzgó. Jesús no quiere eso. Tenemos que dar. Dar de nosotros a los demás, para que primero nosotros nos purifiquemos, para que nos dejemos purificar por el amor de Jesús, que es humilde y que quiere que también seamos humildes.

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