Lc 12, 13-21 – 23 de octubre – XXVIII Lunes durante el año

 

 

En aquel tiempo: Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia.»

Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Después les dijo: «Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas.»

Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha.” Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida.”

Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”

Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios.»

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué difícil es tener las cosas claras y distintas para saber darle a cada cosa lo que corresponde… “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”! Parece tan obvio, parece tan fácil, pero la verdad es que son pocos los cristianos que saben darle a cada cosa su lugar y su tiempo. Tendemos a oponer o tendemos a mezclar. Oponer lo de este mundo a las realidades espirituales como si fueran de otro mundo, es la tentación más cotidiana. Mezclar las cosas hasta el punto de no saber bien que es cada cosa y atribuirle a Dios lo que no es de Él o al revés, es la tentación más tentadora. Esta verdad que escuchamos en el evangelio de ayer, no se juega solo en una elección como la de ayer, como algunos nos quieren hacer creer, sino que se juega en cada decisión. Ayer cuando fui a votar, increíblemente lo hice en menos de cinco minutos, y entonces al salir del cuarto oscuro, en tono de risa y medio simbólicamente le dije al presidente de mesa… “Qué milagro, no puedo creer que esto sea tan rápido…” Y él me contestó: “Es por los rezos padre…” Me reí y le contesté: “Los rezos no tienen mucho que ver en esto, esto es gracias a que las cosas están bien organizadas” Entiendo que usé mal la palabra “milagro”, y entiendo que él también me lo dijo en forma simbólica, pero casi sin darme cuenta lo que le quise decir es: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. No metamos a Dios en cualquier cosa, aunque Él está en todo. No le atribuyamos a Dios lo que en realidad tenemos que hacer nosotros y no le atribuyamos a los Césares de este mundo lo que en realidad es de Dios. Estos días vamos a seguir con esto.

Algo del evangelio de hoy nos ayuda a seguir comprendiendo lo de ayer. Vemos que a Jesús hay que hablarle para cosas importantes, no hay que meterlo en lo que en realidad tenemos que resolver nosotros: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Jesús no está para eso, no está para las mezquindades de este mundo. Jesús no está para solucionarnos los problemas de dinero con los demás. Jesús no está para satisfacer nuestras “avaricias y ambiciones” que nos hacen olvidarnos de lo más importante. “A Dios lo que es de Dios” A veces somos así, acudimos a Dios para que nos solucione problemas que en definitiva Él nos ayuda a resolver no por un “toque mágico”, sino porque con su amor y enseñanzas nos da el criterio para saber decidir lo mejor.

Al contrario, Jesús está para salvarnos de toda avaricia, que finalmente lo único que logra es que nos quedemos hablando con “nosotros mismos”. El hombre de la parábola de hoy termina “panza arriba” pensando que su vida estaba en sus manos, que había logrado todo lo necesario y que a partir de ese momento podía empezar a “comer, beber y darse buena vida”, o sea a disfrutar olvidándose de los demás. ¿Con quién habló este hombre? Con el mismo. ¿En quién pensó? En el mismo. ¿Y Dios? ¿Y los demás? Brillan por su ausencia en la vida del avaro que solo acude a Dios cuando lo necesita. Este hombre evidentemente no supo darle a “Dios lo que era de Él”, o sea todo su corazón.

La falta de criterio nos va atrofiando el corazón y por más que seamos muy buenos, por más que hagamos cosas muy buenas, sin diálogo con Dios nuestros diálogos se van transformando en monólogos, o en diálogos entre yo y yo. Muy aburrido. ¿Viste esas personas que hablan y se contestan ellas mismas o que hablan con vos, pero nunca te dejan que les contestes? Son las personas que les encanta hablar y les encanta escucharse a ellas mismas, como el hombre de la parábola de hoy. ¡Qué triste terminar así! Qué insensatos que somos, qué tontos que somos a veces, que infantiles. No sabemos si hoy será el último día y no terminamos de entenderlo. Y así podemos pasar días y años sin darle a Jesús lo que es de Él.

Tener claro esto, es lo que nos ayuda a que salgamos de nuestro “yo” egoísta y avaro para dejar de acumular sin sentido abriéndonos a los demás. La escucha de la palabra de cada día nos abre siempre los oídos del alma para no dejar nunca de hablar con nuestro Padre y escuchándolo sepamos decidir lo mejor para nuestras vidas, dándole siempre la prioridad a Él sin dejar de vivir en este mundo, que, dicho sea de paso, también es de Él.

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