Lc 12, 35-38 – 24 de octubre – XXVIII Martes durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.

¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Palabra del Señor

Comentario

Cuando como cristianos nos olvidamos de darle a “Dios lo que es de Dios”, de darle lo que es de Él, todo se diluye, todo se relativiza, todo se mundaniza, todo se hace “humano, demasiado humano” Y nuestra fe nos enseña que Cristo vino al mundo para hacer de nuestra humanidad, algo más grande, más humano, pero desde su divinidad, enseñándonos a vivir como Él. Hay una frase muy linda que siempre me ayudó. “Él se acostumbró a vivir como nosotros, pero para que nosotros nos acostumbráramos a vivir como Él” ¡Qué lindo pensar en eso! ¡Qué lindo pensar que estamos hechos para cosas más grandes todavía!  Por eso el mundanizarse, o sea el darle al “César lo que es del César” pero sin darle a “Dios lo que es de Dios” entre tantas cosas quiere decir, no elevar nuestro corazón a las cosas eternas, al llamado de Dios para ser santos, para ser más de lo que podemos o creemos que podemos ser, a poder amar como Él nos ama, a encontrar el sentido de nuestra vida solo en Él.

Incluso la Iglesia corre el peligro de mundanizarse. Vos y yo podemos caer en lo se llama “mundanidad espiritual”. Así lo decía el Papa Francisco: ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el Evangelio!” Es necesario encontrar cristianos laicos, consagrados y sacerdotes que comprendan bien esto y no se dejen tentar por la facilidad de adaptarse a los criterios que usa el mundo, para evangelizar, para resolver los problemas de este mundo. Si en una parroquia, en un grupo de oración, en un movimiento o en cualquier comunidad cristiana no se tiene en claro esto, terminamos haciendo por hacer, hacemos lo que hace el mundo, hacemos lo que hace el Estado, pero no evangelizamos, no proclamamos que “Dios es Dios” y no podemos manipularlo a nuestro modo, no proclamamos que creer en Cristo es lo mejor que nos puede pasar. Cuando nos pasa esto, ya ni siquiera nosotros le encontramos el gustito al creer, ya ni siquiera nosotros disfrutamos de la diferencia, el plus de sentir la necesidad de amarlo con todo nuestro ser. ¿Cuántos cristianos dejaron de creer porque no le dimos como Iglesia lo que deberíamos darle? ¿Qué cosa te preguntarás? A Jesús, nada más ni nada menos. ¿Te parece poco? ¿Cuánto tiempo perdemos en pensar como evangelizar mientras no evangelizamos? A veces pienso si no hemos complicado demasiado las cosas mientras lo único que deberíamos hacer, es llevar a los demás a Jesús, sin demasiadas complicaciones.

Algo del evangelio de hoy, usa una imagen muy linda para ayudarnos a comprender cual es el verdadero sentido de nuestras vidas y cómo debemos vivirla. Porque eso es lo importante, las dos cosas al mismo tiempo. Saber hacia dónde vamos, pero también saber cómo vamos. Mucha gente sabe hacia dónde va, sabe cuál es la meta, pero no sabe cómo ir y eso en definitiva es tan importante como el saber hacia dónde. No saber cómo llegar a dónde tenemos que llegar nos desgasta mucho, nos hace perder energías y también nos puede hacer perder el rumbo. Cualquier persona, crea o no crea, sabe más o menos que quiere ser feliz, tiene esa meta en la vida, pero muy pocos saben elegir el verdadero camino para alcanzar esa felicidad. Bueno, a los cristianos nos puede pasar lo mismo. Podemos tener bien claro el hacia dónde pero no el cómo.

¿Cuál es la meta de nuestra vida? Esperar el regreso del Señor. ¿Cómo tenemos que vivir esa espera? Preparados, con la lámpara del corazón encendida, con el corazón encendido. Cuando nos mundanizamos, cuando nos acomodamos al modo de vivir de este mundo nos olvidamos de la verdadera meta de nuestra vida. ¿Sabías que no somos nosotros los que alcanzamos a Jesús, sino que Él el que nos alcanza a nosotros, sino que será Él el que nos venga a buscar? ¡Qué distinto pensar así, qué alegría es saber que en realidad la meta se nos acerca a nosotros, que la meta de nuestra vida no se hace “escurridiza”, sino que, al contrario, se hace “encontradiza”!

Sabiendo esto, sabiendo que la meta, o sea Jesús, vendrá algún día hacia nosotros, y que en realidad viene todos los días cuando nos dejamos sorprender por su amor, el modo de vivir bien, encendidos, es esperar esa venida, es desearla. Así lo decía San Pablo: “Me siento urgido de ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo” Algo parecido me dijo Alejandra, esa amiga mía que me ayuda a no olvidarme de los pobres, el otro día cuando me llamó por teléfono, va, en realidad nos lo dijimos mutuamente: Hola padre, ¿cómo estás? me dijo. Acá ando Ale, más o menos. Tirando. Se sorprendió muchísimo que le dijera eso porque parece que los sacerdotes jamás podemos estar más o menos. Pero a partir de ahí nos empezamos a reír los dos. ¿Y vos Ale? También, me dijo, más o menos. Uy, Ale, le dije, estamos en el horno, mejor es que estemos con Jesús, que nos vayamos al cielo. Ella me contestó… ¡Sí padre, vámonos al cielo, es mucho mejor que todo esto! Si Ale, vamos juntos. Fue gracioso, pero expresaba de alguna manera lo que estábamos viviendo, y nuestros deseos de estar con Él, de no estar así.

Pero no pensemos en cosas drásticas, como en la muerte, aunque a veces mal no nos hace, sino también pensemos en el día a día. Qué distinto es empezar el día diciéndonos: ¿En dónde voy a dejar encontrarme por Jesús hoy? ¿Qué tengo que hacer para dejar que Él venga a mi vida y dejar que me sirva? Qué distinto es terminar el día preguntándonos: ¿En dónde y en qué situación me dejé encontrar por Jesús y en donde y cuando me distraje haciéndome escurridizo?

¿Cómo hacemos para mantener la lámpara del corazón encendida y preparada? Me imagino que sabés la respuesta. Amando y dejándonos amar. Buscando el bien de los otros antes que el nuestro y dejando que los otros nos hagan el bien.

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