Lc 12, 49-53 – 26 de octubre – XXVIII Jueves durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!

¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Palabra del Señor

Comentario

Todo cambia en nuestras vidas cuando nos damos cuenta de que no hay nada mejor, nada más lindo que “darle a Dios lo que es de Dios”. Y Él se merece todo, Él es todo, y por eso tenemos que animarnos a “probar lo bueno que es el Señor”, tenemos que animarnos a darnos cuenta de que darle nuestra vida a Él, no nos quita nada, sino que nos da todo. San Ignacio de Loyola lo decía así al comienzo de sus Ejercicios Espirituales… “el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor” Es un lenguaje un poco antiguo, pero creo que podés entenderlo bien. Alabar… darle gracias por todo, reconocerlo en todo, descubrirlo en todo, maravillarse por todo. Hacer reverencia, para nosotros sería reconocerlo como nuestro Señor, adorarlo porque solo Él da el sentido a nuestras vidas, descubrirlo como nuestro Rey, como nuestro todo, sabiendo que solo a Él podemos adorarlo. Servir… servirlo en los demás, servirlo en lo que nos toca día a día, servirlo porque todo es de Él, servirlo amándolo en todas las cosas, amándolo en el servicio para y por los demás. Solo así podremos darle a “Dios lo que es de Dios” y encontrar que nuestra vida es, por decirlo así, mucho mejor con Él y para Él. Busquemos hoy, de alguna manera, alabar a Dios, adorarlo con nuestra presencia, y servirlo en los demás, “démosle a Él lo que es de Él”

Algo del evangelio de hoy necesita ser explicado para evitar confusiones. Primero Jesús habla de “fuego”, en segundo lugar, habla de un “bautismo” y por último habla de la “división”. Fuego, bautismo y división.

Jesús viene a traer fuego, viene a traer el “fuego” de su presencia, el fuego del amor que ilumina, que quema y da calor; todo eso hace el fuego. Todo eso hizo Jesús con su presencia en la tierra y lo sigue haciendo. Jesús es fuego que ilumina, que da un sentido nuevo a la vida, que te permite ver las cosas de una manera diferente, que te abre el entendimiento y te revela otro panorama de tu vida, haciéndote ver cosas que no hubieses conocido de no ser por la fe. Es “fuego de amor” que quema, porque da ganas de vivir, da ganas de entregarse a los demás, da ganas de encarar las cosas de otra manera.

Y también Jesús da calor, porque el que está cerca de alguien que ama a Jesús también se siente bien. Cuando sentimos frío, es el calor quien nos da cobijo y nos ayuda a mantenernos en pie.

En cuanto al Bautismo del que habla Jesús, cuando dice «Tengo que recibir un Bautismo», ¿a qué se refiere? A su muerte y su resurrección. Y cuando nosotros recibimos el Bautismo y participamos de esa vida de Jesús; también continuamente tenemos que morir y resucitar. Eso es el amor; el amor es muchas veces morir a un interés propio para darle un sentido nuevo a nuestra vida, para resucitar. El amor como el fuego, quema y transforma las cosas. Entonces eso implica el bautismo. Vivir el bautismo, vivir tu vida de bautizado es aprender a morir y resucitar continuamente en todo lo que hacemos, en cada acción.

Y el último tema es el de la “división”. Jesús no dice que quiere la división y que viene a traer “guerra” –problemas– a la tierra; lo que está diciendo es que su presencia en el mundo ha traído una división, no porque el vino a buscarla, sino porque es una consecuencia lógica.

El amor “divide”, el amor nos guste o no –aunque es algo lindo para nosotros– nos divide, nos divide interiormente. Por eso santa Teresa de Ávila –una gran santa– decía: “A veces siento que soy dos, que hay dos en mí”. ¿No te pasa que a veces sentís que sos dos personalidades? Una que quiere entregarse, que quiere amar, que quiere vivir la vida plena; y otra que se frena, que se queda, que es egoísta, que no busca entregarse a los demás. Y eso pasa a nuestro alrededor: Jesús ha traído la división de alguna manera con su presencia. Fijate en tu familia; no todos creen, no todos se comprometen con el amor, no todos quieren vivir la vida cristiana, incluso otros –muchísimos– la rechazan, se te ríen. ¿No hay división o por lo menos indiferencia en tu vida? A eso se refiere Jesús. Entonces tranquilos, tenemos que estar tranquilos, tenemos que alegrarnos con que Jesús sea nuestro fuego; Jesús nos invita a vivir el Bautismo entregándonos en cada cosa que hacemos, reconociéndolo como nuestro todo; y Jesús –aunque no lo quiera directamente– provoca división con su presencia. Nos guste o no: divide. Y bueno, aprendamos a vivir la alegría de saber que Jesús nos eligió para que también seamos fuego con nuestro amor y servicio.

Share
Etiquetas: