Lc 12, 8-12 – 21 de octubre – XXVIII Sábado durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que aquel que me reconozca abiertamente delante de los hombres, el Hijo del hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios. Pero el que no me reconozca delante de los hombres, no será reconocido ante los ángeles de Dios.

Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.

Cuando los lleven ante las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en ese momento lo que deban decir.»

Palabra del Señor

Resumen de la semana

Esta semana hablamos de todo un poco. Nos acompañó por un lado la reflexión sobre la imagen del banquete a la que nos invitaba Jesús con la parábola del domingo y por otro lado el tema de la soberbia y el orgullo que se desprendía de los enfrentamientos de Jesús con los fariseos. Es bueno que recordemos lo más importante, o por lo menos lo que cada uno consideró importante para sí mismo.

Decíamos que el banquete es símbolo de muchas cosas. Pero principalmente dijimos, que no nos alimentamos solo de pan, aunque lo necesitamos para vivir. Me imagino que habrás escuchado muchas veces esta frase: “No solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.  Nos alimentamos fundamentalmente de amor y el amor entra a nuestro corazón “por todos lados”, por los oídos, por los ojos, por el tacto, por el olfato y por el gusto. Por eso la imagen del banquete, de la comida a la que nos invita Jesús, es mucho más profunda que una “juntada a comer”. Cuando comemos juntos, en familia, no solo alimentamos el estómago, sino que también nutrimos el corazón, o por lo menos ese es el anhelo de nuestro buen Dios.

El lunes, anticipamos que durante los evangelios de esta semana íbamos a reconocer que el tema del orgullo o de la soberbia aparecía constantemente como una crítica que Jesús hace hacia los fariseos; todo lo contrario, a la humildad y sencillez del saberse invitado… somos invitados, no los dueños de la fiesta. La actitud soberbia, es la de querer de alguna manera sobresalir, querer destacarse, querer “exhibirse”; y el orgullo significa también arrogancia, presunción, y por otro lado, el exceso de la propia estima, el buscar ser estimados excesivamente, más de lo necesario.

Bueno, en definitiva, vemos que el orgullo y la soberbia son casi lo mismo, son hermanas muy cercanas; y la misma Palabra de Dios es muy dura con la soberbia en la que puede caer el hombre.

El martes en el evangelio, el fariseo anfitrión se extraña de que Jesús no haga lo que él hacía; ¿Cómo no se lava antes de comer? ¿Cómo no hace lo que yo hago? Pensó…, ¿cómo no hace lo que hay que hacer?… Cuanto de esto hay nuestros corazones.

¿Cómo fulano no hizo esto? ¿Cómo mengano hizo aquello? O bien decimos: “las cosas se hacen así”, “las cosas se tienen que hacer asá”. Estamos llenos de frases que manifiestan nuestras soberbias. Y así muchas veces vamos caminando por la vida, pretendiendo que todo sea a nuestro modo o al modo que nos enseñaron y no dejamos lugar a lo distinto, a la novedad.

En la fiesta de san Lucas, el miércoles, te proponía que nos hagamos algunas preguntas con respecto a la oración: ¿Y si nos preguntamos algunas cosas? ¿Qué nos enseñaron de niños sobre la oración? ¿Qué recibimos? ¿Cómo estamos viviendo hoy nuestra relación con Dios que en definitiva se define mucho en nuestra manera de rezar? ¿Seguimos pensando como niños y rezando como adultos o pensamos como adultos y rezamos como niños? Seguramente nos enseñaron cosas muy buenas, seguramente recibimos buenos consejos. Por ahí nos dijeron que “nunca nos acostemos sin antes haber rezado, o bien nunca nos durmamos sin haber por lo menos rezado algo”. Por ahí nos enseñaron con el ejemplo, nuestra abuela, nuestra madre, nuestro padre. Cada uno podrá pensar en lo suyo.

El jueves los fariseos no querían ver, no podían salir de su encierro; por ahí eso no te pasa, pero por ahí lo ves, lo vemos en el mundo de hoy: lo ves en tu trabajo, lo ves en la televisión, en las familias, en la iglesia. Vemos maldad, cerrazón, ceguera de tantos que se empecinan en hacer el mal y que no quieren dejar de hacerlo. Bueno, pero no es para amargarse y ser profetas de amarguras. A Jesús le pasó lo mismo, a Dios le pasa lo mismo; ni el mismo Jesús pudo con ellos, aunque murió por ellos –y esto es lo importante–, murió por ellos y por todos los que hoy también se empecinan en hacer el mal.

Y ayer, viernes, Jesús nos advertía que la hipocresía es como una levadura que hace fermentar nuestra “masa-corazón”, que, en realidad, podríamos decir que lo pudre, pudre nuestro corazón, lo pudre, pero inflándolo, como hace la levadura, haciéndole creer que está grande por lo bueno, pero en realidad lo hace engrandecer de soberbia y no de humildad. Cuidado con la hipocresía –que es la que nos destruye–, cuidado con la mentira, cuidado con la doblez de corazón, cuidado con la incoherencia.

Nosotros somos discípulos, nuestra vida tiene que estar más puesta en nuestro testimonio, en nuestra forma de vivir; que en las cosas que decimos.

Reflexionemos juntos sobre lo mejor de la semana para  cada uno, repasar por el corazón lo que más nos quedó, nos hace bien,  ojalá nos ayude a que la palabra penetre más en nuestro corazón.

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