Lc 13, 1-9 – 28 de octubre – XXVIII Sábado durante el año

 

 

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. El respondió:

«¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.»

Les dijo también esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?” Pero él respondió: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás.”»

Palabra del Señor

Resumen – XXIX semana durante el año

Terminemos esta semana dándole a “Dios lo que es de Él”, dándole más tiempo, más corazón, más amor, más alegría, más esperanza, dándole algo más de lo que le damos todos los días. Siempre podemos más, siempre nos queda una gota más de sangre para dar, para entregar, siempre podemos volver a empezar, siempre hay tiempo para escuchar, siempre hay tiempo para volver sobre lo vivido. Para eso es este sábado, este fin de semana. No solo para descansar un poco más, sino para darle más tiempo a lo que importa, incluso a vos mismo, para poder estar más tranquilo y rezar mejor, leer algo lindo, estar con los que te necesitan. Durante toda la semana le dimos al “mundo lo que es del mundo”, hoy podemos darle a “Dios lo que es de Dios”

El lunes decíamos que Jesús vino para salvarnos de toda avaricia, que finalmente lo único que logra es que nos quedemos hablando con “nosotros mismos”. El hombre de la parábola termina “panza arriba” pensando que su vida estaba en sus manos, que había logrado todo lo necesario y que a partir de ese momento podía empezar a “comer, beber y darse buena vida”, o sea a disfrutar olvidándose de los demás. ¿Con quién habló este hombre? Con el mismo. ¿En quién pensó? En el mismo. ¿Y Dios? ¿Y los demás? Brillan por su ausencia en la vida del avaro que solo acude a Dios cuando lo necesita. Este hombre evidentemente no supo darle a “Dios lo que era de Él”, o sea todo su corazón.

El martes nos preguntábamos ¿Cuál es la meta de nuestra vida? Esperar el regreso del Señor. ¿Cómo tenemos que vivir esa espera? Preparados, con la lámpara del corazón encendida, con el corazón encendido. Cuando nos mundanizamos, cuando nos acomodamos al modo de vivir de este mundo nos olvidamos de la verdadera meta de nuestra vida. ¿Sabías que no somos nosotros los que alcanzamos a Jesús, sino que Él es que nos alcanza a nosotros, sino que será Él el que nos venga a buscar? ¡Qué distinto pensar así, qué alegría es saber que en realidad la meta se nos acerca a nosotros, que la meta de nuestra vida no se hace “escurridiza”, sino que, al contrario, se hace “encontradiza”!

El miércoles decíamos que los hombres y mujeres de oración, los cristianos que viven en presencia de Dios, viven esperando a su Señor, lo desean, lo buscan, lo encuentran en todos lados. No solo esperando su triunfo definitivo, sino en cada cosa, en cada circunstancia, en cada persona. Cuando se levantan, viajando, en el pobre, en el hijo, en la cocina, en el trabajo, en el dolor, en la angustia, porque Él siempre está. En cambio, cuando no vivimos rezando y trabajando, o trabajando y rezando, al final tarde o temprano, todo se vuelve desánimo, tedio, rutina, cansancio sin rumbo, enojo, estrés, olvido de lo lindo de la vida y tantas cosas más.

El amor “divide”, decíamos el jueves, el amor nos guste o no –aunque es algo lindo para nosotros– nos divide, nos divide interiormente. Por eso santa Teresa de Ávila –una gran santa– decía: “A veces siento que soy dos, que hay dos en mí”. ¿No te pasa que a veces sentís que sos dos personalidades? Una que quiere entregarse, que quiere amar, que quiere vivir la vida plena; y otra que se frena, que se queda, que es egoísta, que no busca entregarse a los demás. Y eso pasa a nuestro alrededor: Jesús ha traído la división de alguna manera con su presencia. Fijate en tu familia; no todos creen, no todos se comprometen con el amor, no todos quieren vivir la vida cristiana, incluso otros –muchísimos– la rechazan, se te ríen.

El viernes nos animábamos a decir que hay que discernir, que Dios se merece ser amado siempre y no “de a ratos”, es justo que lo amemos y le entreguemos nuestro corazón. Solo es feliz el que pone su confianza en el Señor, el que no lucha tanto porque los demás sean justos con él mismo, sino, el que se desvive por ser justo con los demás y con su Padre del cielo, como lo hizo Jesús, que cuando tuvo que darle al César lo que era del César lo hizo, pagando su impuesto, pero principalmente le dio a su Padre lo que era de su Padre, entregando su propia vida en la cruz por nosotros y por amor.

Que el Señor nos ayude con todas estas palabras, a darnos cuenta que lo mejor que podemos hacer en esta vida es entregarnos a Él, sin olvidarnos de las cosas de este mundo, que son importantes, pero que sin Él no tienen sentido.

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