Lc 14, 1-6 – 3 de noviembre – XXX Viernes durante el año

 

 

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Delante de él había un hombre enfermo de hidropesía.

Jesús preguntó a los doctores de la Ley y a los fariseos: «¿Está permitido curar en sábado o no?» Pero ellos guardaron silencio.

Entonces Jesús tomó de la mano al enfermo, lo curó y lo despidió. Y volviéndose hacia ellos, les dijo: «Si a alguno de ustedes se le cae en un pozo su hijo o su buey, ¿acaso no lo saca en seguida, aunque sea sábado?»

A esto no pudieron responder nada.

Palabra del Señor

Comentario

El segundo mandamiento, es semejante al primero, decía Jesús en el evangelio del domingo. No es un detalle más. Una predica que escuché de un monje me hizo caer en la cuenta. Los monjes tienen una gran sabiduría. Pensaba en que no debemos olvidar de que hay palabras de la palabra de Dios que son clave, que hacen la diferencia, que cambian todo, que ayudan a penetrar en lo profundo del corazón de Dios y que, por distraídos, a veces pasamos de largo. Por eso, es importante decir… semejante no es igual, no equipara, sino que compara. La palabra semejanza aparece desde el principio, en el libro del Génesis donde dice que fuimos creados a “imagen y semejanza” del Creador. Jesús en los evangelios compara muchas veces al Reino de los Cielos con diferentes cosas, con una perla, con un tesoro, con una red, con una semilla, con diferentes situaciones diciendo que el Reino… se parece… se asemeja a… Quiere decir, que por un lado Jesús compara para que comprendamos, pero por otro lado compara para que sepamos reconocer la distancia, por decir así, para que caigamos en la cuenta de que no es lo mismo, es mucho más grande, mucho más inimaginable, mucho más importante. El segundo mandamiento, el amor al prójimo es semejante al primero, no es igual.  No es lo mismo amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el espíritu que amar al prójimo como a uno mismo. Hay mucha tela para cortar, muchas migas de pan por saborear con esto, pero te dejo con esta idea esencial, de fondo.

Siempre los extremos se tocan, para un lado o el otro. Se desvía de la verdad, tanto el que dice amar a Dios que no ve y no ama al prójimo que ve a cada paso, como aquel que dice amar al hombre que ve y no ama al Dios que le permite ver, que le permite vivir, o no ama al Dios que se hizo hombre y puede verlo con los ojos de la fe, como por ejemplo en la Eucaristía.

En algo del evangelio de hoy Jesús deja a todos callados. En realidad –fijate bien en el relato– los principales fariseos no hablan; dice que observan “atentamente”, y termina diciendo que no pudieron responder nada, también guardaron silencio.

Los fariseos observan para criticar y después se callan porque no tienen qué decir. La soberbia hoy por lo menos tiene un límite; porque sabemos que después la gran soberbia de los fariseos llevará a Jesús a la muerte. Pero en la escena de hoy la soberbia de los fariseos tiene un límite, y es la bondad de Jesús.

Hay algo importante y es que Jesús no sólo dice cosas verdaderas porque Él es la verdad; sino que además quiere ayudarnos a que nos encontremos con la Verdad que es Él y con la verdad de nuestra vida que es encontrarlo a Él.

Por eso pregunta, por eso pregunta hoy dos veces y quiere sacarles lo mejor a estos hombres; sin embargo, ellos sólo responden con un silencio.

Jesús pregunta para ayudarles a encontrar su verdad, Jesús nos pregunta para ayudarnos a encontrar nuestra verdad; que es que seamos verdaderos, transparentes, sinceros, veraces. Principalmente eso es seguir encontrando la Verdad: encontrarlo a Él, a Jesús; siendo verdaderos en las palabras que decimos, en los sentimientos, en nuestra expresión, en los gestos, en las convicciones y en las relaciones humanas. Esto es muy importante porque la verdad no es solamente algo que se piensa, no son enunciados vacíos, pero con lógica, la verdad no sólo es algo que se dice con las palabras; es algo que se dice con la vida, que se vive según la Verdad –con mayúscula– que se encuentra; y es Cristo.

Por eso los fariseos no pueden contestar porque no se animan a encontrarse con su propia verdad y enfrentarse con sus cerrazones, con su soberbia y egoísmo, con su tozudez.

Que esta actitud de Jesús de hoy nos ayude a animarnos a que Jesús nos pregunte, nos saque del fondo del corazón nuestra verdad, lo que somos –no importa lo que seamos–, lo que guardamos, nuestras grandes bondades, nuestros sueños, nuestras alegrías; pero también nuestros enojos, nuestras broncas, , incomprensiones, nuestros pecados, nuestras tristezas; todo lo que tenemos guardado y no queremos sacarlo, para que sacándolo y diciéndolo podamos confrontarlo con Él, que viene a amar esa verdad de nuestro corazón y a sacarnos de nuestra cerrazón que a veces nos hace creernos los dueños de verdades chiquitas. Acordate que no somos la verdad, no tenemos la verdad; que Jesús es la Verdad.

La verdad de nuestra vida no se encuentra a los gritos, no se encuentra peleando, ni se encuentra imponiendo nada. Si no, que se encuentra amando y dejando que nos amen, que nos pregunten, que nos escuchen, que nos cuestionen, para animarnos a dejar de lado nuestras cerrazones absurdas que nos alejan del corazón de los demás. Pero sin la verdadera Verdad que es Jesús, jamás llegaremos a las verdades de nuestra vida.

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