Lc 14, 1. 7-11 – 4 de noviembre – XXX Sábado durante el año

 

 

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola:

«Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar.

Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate más”, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.»

Palabra del Señor

Comentario

Todo el que se eleva, todo el que se pone en un lugar que no le corresponde terminará siendo humillado, terminará pasando vergüenza, terminará ocupando un lugar que en realidad no quería. Todo el que se “desubica”, el que no se reconoce como Jesús quiere que nos reconozcamos: como criaturas, como a quienes se nos ha dado todo; que tenemos todo gracias al gran don de la vida que nos permite respirar cada día.

Después de tantas cosas que tenemos; el que no reconoce eso: terminará siendo humillado. Todos queremos escuchar esta frase de Dios algún día para con nosotros –para cuando lleguemos al banquete–: «Amigo acercate más».

En realidad, a veces buscamos los primeros puestos, y nos desubicamos porque en el fondo queremos estar más cerca. Hay un buen deseo de estar cerca, de “elevarnos”, de ocupar lugares “importantes”; pero Jesús hoy nos enseña como una “receta” para que en realidad podamos alcanzar lo que queremos: buscarla por otro lado; no buscarla por “primerear” y “ventajear”, siendo alguien que está buscado constantemente llamar la atención o colocarse por encima de los demás; sino que el Señor nos invita a imitarlo a Él.

Ese es el primer gran medio para alcanzar la humildad; y no es despreciarse sino apreciarse en la justa medida.

Por eso para alcanzar la humildad tenemos que esforzarnos por imitar a Jesús que nos dijo: «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón». Y son palabras que no pronunció con otras virtudes sino específicamente con la humildad.

¿Y qué hizo Jesús con respecto a la humildad? Antes que Jesús comenzara su vida pública; vivió ocultamente durante tantos años como un hombre cualquiera, una vida sin “brillo”, con un trabajo manual, obedeciendo a unas criaturas que en realidad fueron hechas por Él.

En su vida pública nunca llamó la atención; vivió pobremente, no tenía dónde reclinar su cabeza, predicaba con sencillez, hacía milagros no para llamar la atención sino para probar su misión divina y para ayudar a los enfermos, tenía preferencia por los niños, por los pobres, por los más sufrientes. Ya cerca de su pasión les lavó los pies a los discípulos, se dejó traicionar por Judas, fue abandonado por los suyos, lo cambiaron por Barrabás, recibió bofetadas, insultos, escupitajos, calumnias, desprecios y finalmente, fue crucificado que fue el suplicio más humillante.

Y aún hoy en la Eucaristía, Jesús está completamente “escondido”, está totalmente dispuesto a obedecer las palabras del sacerdote.

Por eso tenemos que pedir la humildad; la humildad es un don de Dios, es un don que tenemos que pedir: “Jesús dulce, manso y humilde de corazón; haz nuestro corazón semejante al tuyo”.

Y te dejo algunas preguntas que nos pueden ayudar para detectar nuestras manifestaciones de falta de humildad:

¿Pensamos que lo que hacemos o decimos está mejor hecho o dicho que los demás? ¿Queremos salirnos siempre con la nuestra? ¿A veces peleamos sin razón, o cuando tenemos razón insistimos con tozudez y de mala manera? ¿Damos nuestro parecer sin que nos lo pidan? ¿Despreciamos a veces el punto de vista de los demás? ¿No valoramos los dones de los otros y sus cualidades? ¿No reconocemos también nuestros dones como “prestados”? ¿No reconocemos que a veces somos indignos de tanta honra o estima que recibimos de los demás? ¿Hablamos mal de nosotros mismos para que los demás piensen bien de nosotros, aplicando esta “falsa” humildad? ¿Nos excusamos a veces cuando nos retan, buscando excusas?…

Bueno, estas son algunas de las cosas que nos pueden ayudar a reconocer nuestra falta de humildad.

Tenemos que ser humildes. Tenemos que imitar a Jesús que se hizo hombre por nosotros y que vivió sencilla y pobremente sin querer “sobresalir”.

Hoy pongámonos en el último lugar: con nuestras palabras, con nuestras miradas, con nuestros pensamientos.

No somos mejores ni peores que otros; simplemente somos hijos de Dios y no somos dioses, como a veces creemos.

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