Lc 16, 9-15 – 11 de noviembre – XXXI Sábado durante el año

 

 

Jesús decía a sus discípulos:

«Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas.

El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?

Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.»

Los fariseos, que eran amigos del dinero, escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús. El les dijo: «Ustedes aparentan rectitud ante los hombres, pero Dios conoce sus corazones. Porque lo que es estimable a los ojos de los hombres, resulta despreciable para Dios.»

Palabra del Señor

Resumen de la semana

Hay que despojarse de muchas cosas en esta vida para encontrarnos verdaderamente con el rostro de Dios, con nosotros mismos y con los demás. El buscar ser alguien para los demás, el buscar títulos, nombramientos o al revés, el no ver a los otros como iguales, como hermanos, finalmente hace que no vivamos en la verdad, que no disfrutemos de la hermandad que Dios nos regaló.

Esta semana anduvimos por ese rumbo, siguiendo el hilo del evangelio de domingo anterior, pero también dejándonos sorprender por los de cada día. Hagamos la síntesis que todos necesitamos para no olvidar, para refrescar y volver a disfrutar de las lindas palabras de Dios.

El lunes Jesús nos proponía en algo del evangelio, eliminar distinciones, pero para vivir como hermanos. Decíamos: No hagamos caridad con aquellos que sabremos que tarde o temprano nos retribuirán. No hagamos las cosas buscando algo a cambio. Se puede esperar, es humano, es natural, ahora… otra cosa es hacer las cosas buscando eso, solo buscando la retribución. Mejor invitemos a un pobre a comer… vayamos a la casa de un pobre a ayudar… demos limosna a alguien que no nos agrada tanto, sin esperar nada a cambio, sin esperar ningún “me gusta”, sin que nos vea nadie. Si buscamos que nos vea alguien ya tenemos nuestra recompensa, el pasajero aplauso de los hombres. Si no nos ve nadie, en realidad solo nos ve Dios Padre. ¿Necesitamos más que eso?

El martes, en la memoria de Maria, madre y medianera de todas las gracias, rezabamos: “María, danos el vino nuevo de Jesús, el más rico, el mejor, el que se deja para el final, pero que podemos tenerlo siempre, si confiamos.  María, pedile a Jesús que se acuerde una vez más de nosotros y nos devuelva la alegría que nos hizo perder el pecado, el egoísmo, el olvido de lo importante, la avaricia que nos hizo perder el amor, la lujuria que nos robó el corazón, la pereza que no nos deja hacer lo que debemos, la soberbia que nos endureció el corazón, la gula que no nos deja ser generosos con otros o la ira que nos hizo decir lo que no queríamos”

El miércoles con algo del evangelio nos surgían muchísimas preguntas: ¿qué es todo lo que poseemos, a qué se refiere Jesús? ¿Qué quiere decir Jesús cuando nos dice que para seguirlo tenemos que amarlo más que a todos, hasta más que a los propios hijos? ¿Es posible realmente algo así? ¿Es tan así: si no renunciamos a todo lo que tenemos; no podemos ser discípulos? ¿No se puede hacer las dos cosas al mismo tiempo: ser discípulo y amar mucho a los demás también? ¿No será demasiado “exigente” el Señor?

El jueves en la fiesta de la dedicación de la basílica de san Juan de Letrán, aprovechábamos para decir: La Iglesia es el nuevo templo de Dios. Dios ya no vive únicamente en edificios construidos por el hombre… “¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?  dice San Pablo. Vos y yo somos la Iglesia. En nosotros habita el Espíritu Santo y por eso la Iglesia es Santa, por eso vos y yo tenemos algo de santos, en lo profundo somos santos, santificados por su amor. La Iglesia es Cuerpo de Jesús. Jesús tiene un solo cuerpo y por eso es una. La Iglesia es para todos y por eso es católica. La Iglesia fue cimentada en los apóstoles y está destinada a ser enviada por el mundo, por eso apostólica.

Y ayer viernes, pensábamos en la idea de fondo de la parábola: nosotros somos “administradores” de las cosas de Dios, nada trajimos por nosotros mismos al mundo y nada podremos llevarnos de él. Las cosas, los bienes son nuestros, pero en realidad no son nuestros; tenemos riquezas materiales y espirituales que tenemos que administrar para el bien de los demás, especialmente para los más pobres, para los más necesitados, para los que son deudores de Dios porque no recibieron tanto.

Todos nosotros, los que tenemos alguna riqueza material y espiritual; debemos abrir nuestro corazón a los que necesitan. Si somos generosos con lo ajeno –porque en definitiva nada es nuestro porque hemos recibido todo de Dios–, algún día tendremos lo propio en el cielo, lo que Dios nos dará para siempre.

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