Lc 19, 1-10 – 21 de noviembre – XXXIII Martes durante el año

 

 

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era el jefe de los publicanos. El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.

Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador.» Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más.»Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Palabra del Señor

Comentario

“A cada uno según su capacidad” ¿Te diste cuenta de ese detalle que hace la diferencia en la parábola de los talentos? No dio a todos lo mismos, no pretende de todos lo mismo, sino que solo pretende que demos frutos de lo que recibimos. ¡Qué tiempo perdemos en la vida creyendo que somos más que otros por tener más talentos o convenciéndonos que somos menos por tener menos! ¿Quién es más y quién es menos? ¿El que tiene 5 es más que el que tiene 1? Vos no sos más que yo por tener más talentos, ni yo soy menos por tener menos. Esa, en realidad, es la mentalidad mundana y competitiva en la que vivimos y en la que a muchos les conviene estar, porque incluso esa manera de pensar genera muchas ganancias para algunos y pocas para otros.  Esa es la cultura en la que nos fueron metiendo en el alma y el corazón, y nosotros, incluso los católicos, fuimos comprando sin darnos cuenta. Dios no hace diferencias como las hacemos nosotros. Dios Padre no es malo por dar más a unos que a otros. Al contrario, es bueno porque da “a cada uno según su capacidad”, ni más ni menos, lo que cada uno puede recibir y dar. Dios no es un Padre generoso con unos y mezquino con otros, sería terrible pensar eso. Él da todo lo que cada uno puede recibir, porque, gracias a Dios, somos distintos y de nuestras diferencias sale lo mejor para todos. Él no exige más de lo que da, no cosecha donde no siembra, ni recoge donde no esparce, ese no es nuestros Dios, sino el Dios del miedo del perezoso de la parábola.

No perdamos el tiempo mirando lo que otros tienen o carecen, sino más bien miremos lo que cada uno recibió y aprovechemos todo lo que recibimos. No perdamos el tiempo amargándonos porque otros nos menosprecien o nos envidien, sino mejor, demos todo lo que recibimos gratuitamente.  

Dos momentos fundamentales de algo del evangelio de hoy que nos pueden ayudar a reconocer en nuestra vida de fe lo que significa creer, lo que quiere decir ser cristiano, lo que significa verdaderamente haberse encontrado con Cristo y que eso tenga consecuencias en nuestra vida, cambios reales, y no solo de palabra. Porque tener fe no es, ni un sentimentalismo superficial que nos lleva a vivir como esclavos de lo que sentimos en cada momento, sin perseverancia, sin constancia, dejando de lado la verdad y el compromiso de amor que Dios nos pide. Ni tampoco un aceptar verdades y doctrinas que son muy lindas, pero que después no se traducen en un cambio de vida, en un compromiso real, especialmente con los que más sufren, sino en una fe muy sabida, pero poco vivida. Dos frases del evangelio, que esconden dos verdades, pero llenas de vida,  nos pueden ayudar a pensar y meditar.

Lucas dice que Zaqueo: Quería ver quién era Jesús. No podés encontrarte con Jesús si no hacés algo para hacerlo. Hay que querer para poder. “Dios pone casi todo, vos casi nada, pero Dios no pone su casi todo, si vos no ponés tu casi nada”. Zaqueo hace todo lo posible. Era petiso y se sube a un árbol, fue empujando entre la gente y logró ver a Jesús. Puso su “casi nada”. Jesús nos busca y la mayoría de las veces nos gana de mano, pero al mismo tiempo Jesús lo puede ver, porque él hizo lo posible para verlo. Tiene que haber algo de nuestra parte para crecer en la fe, para seguir encontrándonos con Jesús. No podés conocer a Jesús si no hacés algo. Pensá, son muchísimas las cosas que podés hacer. Tu oración, los sacramentos que tenemos y desaprovechamos, la caridad, la posibilidad de amar a otros hoy, los que más sufren. Jesús está, pasando. Preguntate hoy si vos querés ver quién es Jesús, si hacés lo posible para verlo pasar por ahí o si te crees que ya lo conocés ¿Cuánto tiempo dedicás a lo que te gusta y cuánto tiempo al que debería gustarnos?

Dice también Lucas que una vez que Jesús estuvo en su casa, Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más». El que conoce a Jesús, el que lo deja entrar en su casa es el que se reconoce pecador, necesitado de un amor más grande y por eso termina dándose cuenta que tiene que hacer algo, tiene que dar algo a los demás, bienes, dinero, tiempo, pero fundamentalmente el corazón, porque se da cuenta que fue muy mezquino, que enterró el talento durante mucho tiempo. No podemos ser cristianos sin hacer nada, cerrando el corazón a tantos. Un corazón perdonado es un corazón arrepentido y un corazón arrepentido es un corazón agradecido. Un corazón agradecido es un corazón en el que entró Jesús y una vez que entra Jesús pueden entrar todos, incluso los que jamás imaginaste. Jesús no quita espacio a tu casa, al contrario, te amplía los ambientes del corazón, los refresca, los agranda, hace de el una casa para todos.

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