Lc 19, 41-44 – 23 de noviembre – XXXIII Jueves durante el año

 

 

Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, diciendo: «¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.

Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes. Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios.»

Palabra del Señor

Comentario

Es una maravilla descubrir y experimentar que cuando damos de lo que hemos recibido por amor, todo se multiplica y ese crecimiento no tiene límites, o por lo menos los límites se hacen bastantes ilimitados. El único que ama sin límites es nuestro Padre del cielo, el único que da a cada uno según “su capacidad” es Él. Así decía la parábola de los talentos del domingo. Por eso… ¿sabés cuál es el gran don que está como de fondo de los talentos? La libertad. Dice el texto… “y después partio.” Dios da y se aparta. O sea, Dios nos dio todo y nos dejó libres. Por eso nadie le puede achacar a Dios que es un padre vigilador, controlador, señalador y tantas cosas más que a veces pensamos de Él y no son así. ¿Qué es lo que hace la diferencia entre los que devuelven el doble de lo que recibieron y el que enterró sus talentos? El buen uso de su libertad. Unos deciden una cosa y otros deciden otra. Unos “en seguida” van a negociar lo recibido, se mueven, se toman en serio el don, y el otro gastó sus fuerzas en hacer un pozo y enterrar lo recibido. Unos usan su fuerza e ingenio para amar y entregarse, y otros gastan sus fuerzas e inteligencia en guardar lo recibido, sin darse cuenta que eso no sirve de nada. “El que no vive para servir, no sirve para vivir” dice alguien por ahí. ¿Vos de qué lado estás? ¿En qué estamos gastando la vida, en enterrar los dones o en hacerlos dar fruto? Unos gastan la vida en sí mismos, y otros gastan la vida en darla y eso es una maravilla, eso es lo que da la verdadera alegría.

Cuando descubrimos los talentos recibidos y empezamos a darlos, cuando no los enterramos por mezquinos y perezosos… todo se multiplica, los corazones se ensanchan, tu vida abarca más personas, ya no te importa tanto su condición social ni nada y se empieza a experimentar el verdadero sentido de nuestra fe, que solo crece cuando se la da, como decía San Juan Pablo II.

Algo del evangelio de hoy expresa de alguna manera el dolor del corazón de Dios por la ceguera y mezquindad de los hombres de ese tiempo y los de todos los tiempos. Jesús lloró. ¿Sabías? Jesús iba caminando hacia Jerusalén sabiendo que allí iba a entregar su vida, y cuando llegó a un monte cercano a la ciudad desde donde se ve todo desde arriba… lloró viendo la ciudad. Este llanto de Jesús es un sentimiento al que muchas veces no le damos tanta importancia, o que muchas veces pasamos de largo porque por ahí solo recordamos el llanto de Jesús al morir su amigo Lázaro o sus lágrimas durante su pasión. Esto nos pasa mucho con el evangelio. Nuestra memoria es selectiva. Como nos pasa o nos pasaba con la comida cuando éramos niños. Cuando era niño separaba en el plato lo que no me gustaba. Separaba las lentejas, las arvejas y así muchas cosas más. Pero mi papá me enseñaba que tenía que comer todo, que no tenía que elegir porque había personas que ese mismo día no tenían nada para comer en sus mesas. Bueno, con la palabra de Dios muchas veces nos pasa lo mismo. El plato de la palabra está servido todos los días, pero algunas veces elegimos lo que más nos gusta olvidándonos de muchas cosas más y separamos lo que no podemos “tragar”, por su aspecto, o porque alguna vez nos cayó mal, o por caprichosos nomás.

Este llanto de Jesús es un poco incómodo. Llora por la ceguera de tanta gente que no les permite reconocer el tiempo de Dios, el paso, la visita de Dios por sus vidas. Los discípulos vieron llorar a Jesús. ¿Te imaginás ese momento? Jesús mirando la ciudad y las personas que debían recibirlo, mientras caían lágrimas de sus ojos que seguro mojaron el puño de su túnica. Lágrimas por amor, lágrimas de tristeza, lágrimas de desilusión, lágrimas de impotencia, lágrimas de reproche, lágrimas de Dios. Sí, Dios lloró, aunque cueste creerlo. Jesús lloró, y lloró en serio, no fue un teatro. Lloró estando con nosotros y por qué no pensar que llora también ahora desde el cielo, por decirlo así, llora por lo mismo, llora por amor.

Jesús llora cuando nosotros también tenemos los ojos tapados o nublados por tantas cosas y no podemos ver que Él está visitándonos continuamente. ¿Qué más esperamos de Jesús? ¿Qué otras señales de su visita necesitamos para darnos cuenta de tanto amor? ¿No seremos demasiados “ambiciosos” con Dios, exigiéndole más de la cuenta? ¿No será que tenemos un Dios tan sencillo que a veces nos incomoda un poco y nos descoloca? Jesús lloró por nosotros cada vez que elegimos “enterrar” nuestro talento y hacer la nuestra. Jesús llora por nosotros cada vez que usamos mal nuestra libertad y le damos la espalda. Jesús lloró y llora cada vez que rechazamos su amor y caemos en el pecado. Llora porque nos ama, como cuando un padre y una madre se les estruja el corazón al ver que un hijo o una hija toma caminos equivocados o desperdician sus vidas en cosas que no tienen sentido. ¿No tiene derecho Jesús a llorar por nosotros? ¿No es lindo que a Jesús le preocupe nuestra vida y llore por nosotros? Aunque parezca raro y duela un poco, prefiero que Jesús llore por nosotros, a que no se interese por lo que hacemos.

Jesús, danos la gracia de darnos cuenta las veces que visitás nuestros corazones y nosotros por distraídos, no nos damos cuenta.

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