Lc 20, 27-40 – 25 de noviembre – XXXIII Sábado durante el año

 

 

Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»

Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.

Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él.»

Tomando la palabra, algunos escribas le dijeron: «Maestro, has hablado bien.» Y ya no se atrevían a preguntarle nada.

Palabra del Señor

Resumen de la semana

Todo lo bueno que tenemos es dado por Él, y todo lo bueno que producimos es gracias a lo que nos dio Él. Pobre aquel que se adueña de los bienes de Dios. “Dios pone casi todo, vos y yo, casi nada” Gracias Señor por darnos tanto, gracias por darnos tantos “talentos”, tantos bienes espirituales que nos ayudan a ser lo que somos, por tener tantas personas que nos aman y nos ayudan a ser así. Terminemos esta semana dando gracias por lo que Dios nos dio, porque jamás podremos dar frutos verdaderos si no somos agradecidos y no reconocemos que todo es don, todo, menos el pecado.

Por eso repasemos esta semana, repasemos algunas palabras de Dios, algunos de los comentarios que hicimos y que nos pueden ayudar un poco a profundizar.

El lunes decíamos que todos somos un poco ciegos y Jesús viene a curarnos de la ceguera del corazón que nos tiene quietos sin avanzar, tirados al costado del camino; con fe, pero tirados, no haciendo nada, enterrando nuestro talento, siendo malos y perezosos, no haciendo nada por seguir. Qué lindo sería también dejar que Jesús nos pregunte hoy: «¿Qué querés que haga por vos? ¿Qué necesitás de mí?».

Pensá… porque Jesús nos da la oportunidad de que podamos pedirle aquello que realmente necesitamos. Pidamos ver un poco más, pidamos verlo a Él; pidamos lo mejor.

El martes, reflexionábamos que no podemos encontrarnos con Jesús si no hacemos algo para hacerlo. Hay que querer para poder. “Dios pone casi todo, vos casi nada, pero Dios no pone su casi todo, si vos no ponés tu casi nada”. Zaqueo hace todo lo posible. Era petiso y se sube a un árbol, fue empujando entre la gente y logró ver a Jesús. Puso su “casi nada”. Jesús nos busca y la mayoría de las veces nos gana de mano, pero al mismo tiempo Jesús lo puede ver, porque él hizo lo posible para verlo. Tiene que haber algo de nuestra parte para crecer en la fe, para seguir encontrándonos con Jesús.

El miércoles, casi como una afirmación decíamos: No sospeches de Dios, no le tengas miedo, no “inventes” que Dios es malo y exige más de la cuenta. Dios es Bueno, pero se toma en serio nuestra vida y por eso nos da para que podamos dar frutos, no para esconder lo regalado y andar murmurando por ahí, perdiendo el tiempo. ¿Vos nos harías lo mismo con tus hijos? ¿Vos no hacés lo mismo con tus hijos? ¿Vos no pretendés que tus hijos den todo lo que puedan dar, según lo que le fuiste dando a lo largo de sus vidas? Eso sí, Dios no exige más de lo que podemos dar, nosotros no exijamos más a los demás, a nuestros hijos, de lo que ellos pueden dar.

El jueves, veíamos que este llanto de Jesús era un poco incómodo. Jesús llora por la ceguera de tanta gente que no les permite reconocer el tiempo de Dios, el paso, la visita de Dios por sus vidas. Los discípulos vieron llorar a Jesús. ¿Te imaginás ese momento? Jesús mirando la ciudad y las personas que debían recibirlo, mientras caían lágrimas de sus ojos que seguro mojaron el puño de su túnica. Lágrimas por amor, lágrimas de tristeza, lágrimas de desilusión, lágrimas de impotencia, lágrimas de reproche, lágrimas de Dios. Sí, Dios lloró, aunque cueste creerlo. Jesús lloró, y lloró en serio, no fue un teatro. Lloró estando con nosotros y por qué no pensar que llora también ahora desde el cielo, por decirlo así, llora por lo mismo, llora por amor.

El viernes, Jesús al expulsar los vendedores del templo, se enojó cuando se tenía que enojar y en la medida justa en la que lo tenía que hacer, pero siempre manteniendo dominio de sí mismo. A nosotros nos cuesta muchísimo, a veces nos enojamos cuando no nos tenemos que enojar o nos enojamos demasiado para lo que realmente pasó o bien no nos enojamos cuando nos deberíamos enojar. El sentimiento de enojo no es malo en sí mismo, no hay que tener miedo al enojo, hay que aprender a escuchar el corazón y a equilibrar.

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