Lc 21, 1-4 – 27 de noviembre – XXXIV Lunes durante el año

 

 

Levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo. Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir.»

Palabra del Señor

Comentario

Te recuerdo…

¿Y si hoy frenamos un poco… y si hoy intentamos mirar al cielo como quien quiere detener el tiempo? Estés donde estés, intentá acompañarme con este gesto, a todos nos hará bien. Hace el esfuerzo de “sacar” la cabeza por la ventana, y mirar. Ojalá que en tu tierra no esté nublado, que puedas ver lo que hay detrás de las nubes. Si estás en el campo difrutalo, es más fácil. Si estás en la ciudad buscá entre los edificios eso que solo pudo haber hecho Dios. Si estás en una oficina, anda a una ventana, a un pasillo. Si ya estás corriendo como loco, frená un poco, no tiene sentido correr tanto, lo que parece insolucionable, se solucionará. Lo que parece urgente, no es para tanto, no es tan importante. Al final de nuestra vida, al final de la historia, la verdad de las cosas va a pasar por otro lado, no tanto por lo que pensás.

¡Qué maravilla imaginar que llegará un momento en el que Jesús estará frente a todos, frente a toda la humanidad! ¡Frente a miles de millones de personas de todas las épocas, de toda raza, lengua y nación, para poner cada ovejita, cada cabrito en su lugar! Así decía el evangelio de ayer. Pondrá unos a su derecha y otros a su izquierda. En realidad, el juicio de Jesús, no será un juicio como los nuestros, sino que será un “distinguir” una cosa de la otra. Si fuimos ovejas iremos con las ovejas. Si fuimos cabritos con los cabritos. Hoy todo está mezclado, al final todo será separado. El final de nuestra historia, será una consecuencia de nuestra vida. Eso enseñaba el evangelio de ayer. Jamás dice que Jesús acusará con el dedo marcando todo lo malo que hicimos, sino más bien, nos recordará que cuando nos hicimos cargo del sufrimiento ajeno, lo estábamos amando a Él, y cuando le esquivamos al sufrimiento de los otros, lo estuvimos esquivando a Él. Así nomás.

A veces los que más sufren son los que más saben amar. Es emocionante encontrar personas “golpeadas” por la vida, pero llenas de vida y con una gran capacidad de amar. Porque el sufrimiento les enseñó qué es lo esencial de la vida, les enseñó que todo lo que les pasó fue por falta de amor, y que, si ellos ahora no aman, sufrirán mucho más. Y, todo lo contrario, a veces el que no sufrió nunca, el que vivió en una cunita de oro, el que nunca sintió el dolor, el que nunca parece tener problemas, difícilmente pueda comprender el dolor de otros. Es por eso que Jesús sufrió por nosotros y eligió el camino de la entrega, para poder compadecerse de todos, para que ninguno sienta que Dios la “vino a pasar bien” a la tierra y no se hizo cargo de nuestros sufrimientos.

La viuda pobre de algo del evangelio de hoy dio más que nadie. Increíble la manera de “contar” de Jesús. Esta mujer dio siendo necesitada. Prefirió no acordarse de su hambre, de su sed, de su desnudez, de su enfermedad, de sus esclavitudes, quiso ser ovejita y no cabrito. No se miró a sí misma y cuidó lo poco que tenía, sino confió en que dando con el corazón nunca sería abandona por Dios. Esa es la lógica del generoso. Así piensa el que es generoso en serio. Piensa primero en el otro, y no tanto en lo que necesita él. El generoso da sabiendo que nunca será abandonado, da sabiendo que todo lo que se da se multiplica y que, así como pudo ser generoso, siempre habrá alguien generoso con él. Esa es la dinámica del amor. Eso hizo Jesús con nosotros. Eso es lo que quiere de nosotros.

La más pobre dio más que todos los ricos. Evidentemente Jesús no sabe mucho de matemática. ¿Cómo es posible que alguien que dio menos en cantidad sea en realidad el que más dio? Él no sabe mucho, ni le interesa tanto la matemática o por ahí lo que él mide y calcula pasa por otro lado, pasa por el corazón. Me inclino a pensar que él mira lo que a nosotros nos cuesta ver.

Para Jesús dar mucho no es directamente proporcional a dar con el corazón, a dar todo, y dar poco en cantidad puede ser compatible con dar todo. Una cosa extraña para nuestra mentalidad que todo lo calcula, que todo lo mide y lo cuenta pensando que la vida del corazón es pura matemática, donde siempre 1+1 es 2. Menos mal que las cosas de Dios no son así, sino estaríamos muy complicados todos. La vida del corazón no es ciencia exacta, es ciencia, pero del corazón, va por otros carriles. Y mientras nosotros queremos encasillar y encajonar todo en cálculos y números, incluso la salvación, Jesús se encarga de “patear el tablero” y enseñarnos un modo nuevo de ver las cosas, de entender la realidad.

Sé que si tenés familia no podés dar todo lo que tenés. Es entendible. Pero si te animo a que alguna vez vacíes tu billetera cuando alguien te pide, así espontáneamente, sin pensarlo tanto. Porque cuanto más lo pienses, menos lo harás. Probá sacar todo lo que tenés para dar una limosna, probá quedarte con la billetera seca, jamás vas a quedarte sin nada. Te lo aseguro. No me digas que no podés. No me digas que no tenés más. En el banco te queda siempre algo. Hasta seguro que tenés ahorros. Hasta que no vivamos esa experiencia, no sabremos lo que es dar todo, como Jesús, como la viuda pobre, y como tantos pobres de hoy. En realidad… te pregunto ¿quién es más pobre?

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