Lc 21, 5-11 – 28 de noviembre – XXXIV Martes durante el año

 

 

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?»

Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca.” No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin.»

Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en cielo.»

Palabra del Señor

Comentario

Hay un universo mucho más chico que el universo en donde Jesús es rey. El universo de nuestro corazón. Y, hay alguien mucho más chico que Jesús en ese universo corazón, que pretende algo mucho más grande… toda una paradoja. ¿Sabés quién es? Nuestro propio ego. Nuestro ego lucha por ser el rey de nuestro interior y pretende también ser rey en todos los ámbitos en donde vive. Por eso te proponía ayer que mires el cielo, para que por lo menos por un instante nos demos cuenta de lo que realmente somos. Mirar el cielo también de noche hace mucho bien y no solo por lo lindo de ver las estrellas, sino porque comparándonos con una de ellas nos damos cuenta lo que somos, un puntito ínfimo en comparación con el universo. Sin embargo, en nuestro propio universo, muchas veces nos creemos y nos consideramos nuestros propios reyes. Y nuestra vida muchas veces es un poco así… una lucha interior para dejar que en nuestro corazón reine el verdadero Rey del universo o el rey chiquito, pero agrandado, de nuestro propio ego.

El ego, nuestro yo, reina mucho más de lo imaginamos. Reina en muchísimos corazones y situaciones, incluso en corazones que se dicen religiosos, o dicen tener fe, en corazones que, justamente no se dan cuenta que se están dejando gobernar por alguien que no vale la pena. Pero el ego, a la larga nos deja como en el fondo no deseamos… solos. El ego se sirve así mismo y pretende que todos lo sirvan. El ego, ese rey oculto, incluso puede dar de beber, de comer, puede vestir, visitar, y muchas cosas lindas que Jesús nos pide, pero puede hacerlo con una escondida egolatría, no permitiendo que Jesús sea el verdadero Rey.

De algo del evangelio de hoy podemos aprender tres actitudes: No poner nuestra confianza en lo que pasa, no curiosear sobre lo que vendrá y, por último, no confiar en los que se presenten en su nombre y nos pueden engañar.  Dicho en positivo, sería algo así: Poner la confianza absoluta en el Señor, tener puesta nuestra esperanza solo en Él y saber distinguir a los adivinos del fin o de catástrofes, porque nos pueden engañar.

Ante la admiración por la majestuosidad del templo de Jerusalén, Jesús advierte que todo pasará, todo, lo mejor de este mundo, incluso la mejor obra hecha por el hombre y por eso, no vale la pena hacer de las cosas que vemos especies de “mini dioses” creados por nosotros y admirados por nosotros también. Jesús relativiza el valor de las cosas materiales, incluso del mismísimo templo de Jerusalén. Los judíos se quedaron sin templo y se quedaron sin culto a Dios, por eso siguen teniendo su muro, el muro de los lamentos donde van a pedir y lamentarse por no poder rendir culto. Nosotros los cristianos tenemos templos, para manifestar la presencia de Dios en medio del mundo, pero el verdadero templo de Dios es Jesús mismo, con su cuerpo que somos nosotros. Y por eso, aunque haya hoy una catástrofe y todos nuestros templos se vengan abajo, jamás nos quedaremos sin vínculo con nuestro Padre Dios, porque nosotros mismos somos las piedras vivas del nuevo templo que es Jesús. ¿Qué distinto no? Que distinto es saber que podemos encontrarnos con Dios en primer lugar en lo más íntimo de nosotros mismos porque ahí habita Él siempre y más que nunca cuando le dejamos estar, cuando lo dejamos reinar.

Lo segundo se entiende mejor sabiendo lo primero. ¿Para qué curiosear? ¿Para qué andar queriendo saber cuándo será el fin y cómo será? No vale la pena. Si estamos convencidos de que todo es pasajero y de que pase lo que pase Él está y es el dueño y Rey de la historia, ¿qué sentido tiene saber y esperar con temor el fin total? Los que andan queriendo saber el fututo son los que en realidad no están sabiendo vivir el presente y no confían en la presencia y poder de Dios en este mundo. Todos los predicadores y adivinos que andan por ahí, los que tiran las cartas, los que supuestamente saben lo que nos pasará son engañadores y manipuladores de la necesidad que tenemos muchas veces de saber lo que pasará. Confiar en Él y en sus palabras, es lo difícil, pero al mismo tiempo lo que consuela y da paz.

Por último, tener cuidado de los falsos profetas y saber distinguirlos. Son miles lo que ya predijeron lo que va a pasar y cuando será el fin de los tiempos. Muchas veces algunos católicos pierden el tiempo en eso, pierden energías y se preguntan estas cosas, y no es por maldad, es por ignorancia, es por no haber escuchado a Jesús que lo dice claramente: “No los sigan”. No sigamos a nadie que no sea Jesús, todo lo demás es pasajero y hay que saber distinguir.

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