Lc 4, 38-44 – 6 de septiembre – XXII Miércoles durante el año

 

 

Al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella. Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.

Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. De muchos salían demonios, gritando: «¡Tú eres el Hijo de Dios!» Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.

Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo: «También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado.» Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.

Palabra del Señor

Comentario

La palabra de Dios se transforma en consuelo del corazón, consuelo que llega a veces de manera inesperada, que cae en el alma como gota de lluvia torrencial y de golpe hace ruido, moja todo, moja como un baldazo de agua que refresca la vida y el corazón. Otras veces la palabra de Dios va consolando como gota de agua que se filtra por el techo, como una gotera, lenta y silenciosamente, y va mojando de a poco, casi imperceptiblemente, pero cuando te das cuenta estás “empapado de Jesús”. Sea como sea, siempre hay que escuchar teniendo esta certeza: “Todo lo que escucho me hace bien, aunque al principio no parezca tanto, aunque no perciba los frutos, aunque no entienda mucho” Repetite esto a vos mismo, cree en lo que decís y vas a ver que todo es distinto. Vas a ver que tarde o temprano, si perseveras, tu vida va cambiando al ritmo de lo que Dios quiere. No busques cosas “maravillosas”, las cosas grandes empiezan en el silencio y en la constancia del día a día. No se cambia el mundo a los gritos, ni a los “ponchazos”, ni a los golpes. Se cambia la vida, vamos siendo santos gracias a la gracia que va actuando así, como Dios quiere y en el tiempo que Él quiere.

  La misma vida de Jesús es un ejemplo de lo que estoy intentando decirte, la vida de Jesús es modelo para nosotros en todas sus dimensiones, esto no podemos olvidarlo. No solo en cuanto a su bondad, en cuando a lo moral, sino en cuanto al modo como “encaró” las cosas, lo que eligió y lo que no eligió, como vivió, qué tipo de vida prefirió vivir. Jesús eligió ser un hombre y vivir como hombre, no fue un super-hombre o un Dios que se hizo “pasar” por hombre para que nos creamos que era hombre, no, todo eso son desviaciones o herejías. Jesús fue Dios con todas las letras y hombre con todas las letras, es Dios hecho hombre y justamente ahí radica el misterio y  lo más propio de nuestra fe en Él.

  Acabamos de escuchar en el Evangelio casi como un resumen de un día de Jesús, un día de Jesús en plena vida pública, en plena “fama” y al mismo tiempo en pleno momento de su preparación a la muerte, a su entrega. Jesús hace de todo en un día, pero hace todo bien y en su medida justa. Ua sacerdote sabio me dijo una vez: “Nadie hace más cosas que el que hace una cosa por vez” Te estarás riendo, porque en este mundo en el que vivimos tenemos la gran “posibilidad” y “peligrosidad” de hacer varias cosas al mismo tiempo. De hecho seguro que ahora mientras estás escuchando al mismo tiempo estás desayunando, o manejando, o viajando, o arreglando tu habitación, o mirando otras cosas, o pensando el día que empieza o que termina, son pocos los que están haciendo una cosa por vez. Sin embargo Jesús, mientras estuvo con nosotros siendo Dios, hizo una cosa por vez, una cosa a la vez. ¿Qué raro no? ¡Que Dios tan poco eficiente! Diría un activista del mundo de hoy. Mirá todo lo que hizo en un día, pero todo en su momento y lugar. Salió de predicar en la sinagoga, curó a la suegra de Pedro, curó muchos enfermos, después expulsó e increpó a los demonios, se fue a dormir cuando tenía que dormir, se levantó temprano y se fue a un lugar solo, se retiró cuando se tenía que retirar, no se dejó retener y se fue a otra ciudad cuando consideró que tenía que hacerlo. Jesús fue dueño de sí mismo para el bien de todos, aunque ni siquiera Él llegó a todos. ¡Qué enseñanza tan grande! También tenemos que aprender de Jesús, el no creernos omnipotentes y autosuficientes pensando que podemos hacer todo al mismo tiempo y todo ya. Dios no es así. ¿Qué nos pasará a nosotros que a veces pensamos que podemos ser así? Probá hoy, por lo menos nos escuchar la Palabra haciendo otra cosa. Cuando se reza, se reza.

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