Lc 8, 19-21 – 26 de septiembre – XXV Martes durante el año

 

 

Su madre y sus hermanos fueron a verlo, pero no pudieron acercarse a causa de la multitud. Entonces le anunciaron a Jesús: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren verte.» Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican.»

Palabra del Señor

Comentario

No es muy divertido que nos digan que… «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros», cuando parece que desde el fondo de nuestro corazón y desde todos lados, se nos “bombardea” con que ser primero es lo mejor, es lo que debemos buscar. Por eso, es bueno seguir profundizando esas palabras de Jesús del domingo durante estos días, y para empezar… es muy importante un detalle que no es tan detalle. Jesús dice dos veces la palabra… muchos, o sea, no dice todos. Esto me parece que nos ayuda a entender el sentido profundo de la frase, para no quedarnos en la superficie, en la periferia, como creyendo que Jesús está a favor de la “injusticia”, o sea de que da lo mismo el que se esfuerza que el que no, o que finalmente da lo mismo intentar luchar día a día por servirlo, que andar perdido toda la vida y “pegar” el manotazo de ahogado al final de la vida. Esas son nuestras pobres miradas, pero es justamente de donde nos quiere sacar el Señor. Él quiere ayudarnos a no mirar con nuestra mirada, a no pensar como pensamos, a no equiparar la justicia humana con la divina, a no comparar el juicio del final de nuestra vida con la virtud de la justicia que debemos vivir día a día. Una cosa es la “paga” que recibimos por un trabajo, la remuneración que merecemos al dar nuestro tiempo a un tercero, y otra cosa es la “paga” que Dios Padre nos tiene preparada al final de nuestra vida por haberlo amado y haberlo servido. No se pueden comparar, o son tan incomparables que son muy distintas. El amor no es un premio, el amor es un regalo. El amor no se compra con nada, se recibe como don. El amor no se vende a cambio de otra cosa, el amor se regala por el simple hecho de amar, de saber que amar da la verdadera felicidad.

Seguiremos pidiéndole en estos días a Jesús que nos ayude a comprender mejor todo esto.

La escena de algo del Evangelio de hoy por ahí la habrás escuchado alguna vez. Es una escena breve, sencilla, que describe un momento muy concreto, pero lleno de significado. María va en busca de Jesús, con sus parientes –no dice por qué –  y no sabemos si finalmente fue recibida. Lo que sí sabemos es que Jesús con sus palabras no solo termina recibiendo a María en su corazón – como siempre lo hizo – sino que además lo agranda mucho más de lo imaginado.

Pero hoy te propongo algo distinto… que nos pongámonos por un momento en el corazón de María: ¿Habrá escuchado María estas palabras de su hijo? ¿Habrá escuchado que su mismo hijo, el Hijo de Dios, estaba incluyendo a más madres en su corazón? Si lo escuchó ¿Qué habrá sentido? ¿Qué habrá pensado? Qué bueno poder hacer el esfuerzo de ponerse en el corazón de María, aunque nunca lo podremos hacer plenamente, porque Ella es la más humilde y la más pura, la más despojada pero la más amada. Ella con sus actitudes y silencios nos señala el verdadero camino del cristiano, el de escuchar y practicar lo escuchado. Algo que nos hace doler el alma muchas veces. No es sencillo vivir lo que escuchamos, no es fácil vivir todo lo que Jesús nos propone.

Si escuchó estas palabras ¿Qué habrá sentido? ¿Dolor? ¿Tristeza? ¿Alegría? Si no las escuchó en ese momento, por la multitud, seguro que las escuchó en otro momento o se las tranmitieron. Seguro que escuchó una y mil veces a su hijo con amor, de eso no podemos dudar. Ella es la única que siempre practicó lo que escuchó. Y seguro que Ella siempre tuvo claro que su hijo no era solo suyo, sino que sería para todos. Esta escena de hoy es una foto, por decir así, de lo que María supo siempre y estuvo dispuesta a hacer, siempre. Compartir lo suyo con todos. En realidad, nunca se adueñó de lo que no era suyo, de lo regalado.  Ese es uno de los secretos de María, el haber tenido todo, el haber tenido a Jesús en su vientre y en su corazón, pero al mismo tiempo no poseerlo para ella sola.

 Por eso no podemos imaginar que María se entristeció, ni que se puso celosa de Jesús, su hijo, quien tenía bien claro que Él es hermano de todos los que quieren escuchar y vivir como su Padre quiere.

Amar no es poseer, amar es dar libertad. Así nos ama Dios y así quiere que nos amemos entre nosotros, así quiere que lo amemos a Él, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Todo lo demás son desviaciones del amor. Todo lo demás se parece más a amor propio que amor de Dios. El amor posesivo, que no incluye, sino que excluye, el amor celoso, el amor que no acepta a otros como son, en el fondo todavía no es amor, o por lo menos no es reflejo del amor de Dios. Jesús quiere incluir a todos, aunque no todos quieren ser incluidos.

Jesús no excluyó a María al decir esto, todo lo contrario, la incluyó para siempre, la guardó en su corazón para siempre, le dio el lugar que le correspondía. Pero al mismo tiempo, abrió las puertas para que sean muchos más los hijos. Las puertas se abren, no para que salgan unos y entren otros, sino para que entremos todos. Como decimos a veces: “apretados, pero entramos todos”

Si escuchás y hacés lo que Jesús enseña, tu corazón te va a quedar chico para tantas personas. Tus hermanos y hermanas, tus madres se multiplican. Es el secreto del Evangelio, dar todo pensando y sabiendo que no tenés nada y de golpe te encontrás con todo, Dios te da todo. Los que escuchamos día a día a Jesús en el evangelio, nos sentimos hermanos sin vernos las caras… ¿te parece eso poco?

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