Lc 9, 7-9 – 28 de septiembre – XXV Jueves durante el año

 

 

El tetrarca Herodes se enteró de todo lo que pasaba, y estaba muy desconcertado porque algunos decían: «Es Juan, que ha resucitado.» Otros decían: «Es Elías, que se ha aparecido», y otros: «Es uno de los antiguos profetas que ha resucitado.»

Pero Herodes decía: «A Juan lo hice decapitar. Entonces, ¿quién es este del que oigo decir semejantes cosas?» Y trataba de verlo.

Palabra del Señor

Comentario

¿Enojarse porque Dios sea tan bueno? ¿Es posible? Sí, y mucho más normal de lo que creemos. Dios Padre es muy pero muy bueno, tan pero tan bueno que no cabe en nuestros pensamientos que no son los de Él. Esa también es una verdad que trataba de expresarnos la parábola del evangelio del domingo. A veces quisiéramos que Dios sea justo, como nosotros pretendemos que sea justo, y no tan misericordiosamente justo como realmente es. Hay muchísimos cristianos que se creen “los primeros” y por eso serán los últimos, muchísimos, más de los que imaginás. Incluso vos y yo podemos estar en esa lista de los que se creen los primeros y con más derechos que otros. Y al mismo tiempo, hay muchísimos hijos de Dios que “son los últimos”, que parecen “los últimos”, que son considerados “los últimos” y finalmente serán los primeros en llegar a recibir el regalo del cielo. ¿Te acordás del buen ladrón que murió al lado de Jesús? Parecía el último y fue el primero. Si sos de los que se enojan por la bondad de Dios, pedile que te ablande el corazón. No te enojes por el hecho de que Dios sea bueno y haga con su amor lo que le parece. No hay peor enojo que el enojo por el derroche de amor de Dios, que justamente vino a mostrarnos y enseñarnos ese camino.

Y en algo del Evangelio de hoy vemos claramente a Herodes que no sabe bien quién es Jesús, “¿Quién es este del que oigo decir semejantes cosas?”

En realidad, Herodes estaba desconcertado porque la misma gente no sabía bien quién era Jesús; pensaban que era un resucitado, un antiguo profeta o Juan el Bautista.

Fijate como a veces es más fácil pensar en cosas espectaculares o maravillosas, que pensar en lo normal, en lo ordinario.

Era más fácil pensar que ese Jesús era alguien que había resucitado; que pensar y saber realmente quién era…

Era un hombre, sí; era un hombre, pero también sabemos nosotros que era Dios hecho hombre, Dios encarnado.

Por supuesto a nosotros nos hubiera pasado lo mismo, no es fácil creer que Dios sea tan normal; no es fácil creer que Dios se haya hecho hombre; no es fácil pensar que lo trascendente se haya hecho parte de nuestra vida; no es fácil pensar que lo inaccesible se hizo accesible; no es fácil pensar que lo divino sea humano. No es fácil creer. Por eso a veces nos pasa a nosotros esto en la vida; nos podemos pasar la vida buscando a un Jesús deslumbrante, maravilloso, buscando a un Dios que se nos manifieste a lo grande, y no nos damos cuenta de que, Dios al hacerse hombre vino justamente a darnos vuelta a ese pensamiento, vino a hacer de lo ordinario algo extraordinario; de lo sencillo algo grande; vino a divinizar lo humano, o sea, hacer de las cosas ordinarias de nuestra vida algo grande, darles un valor infinito.

A nosotros puede pasarnos lo mismo: podemos tener a Jesús al lado: en un enfermo, en el pobre que nos pide y que nos cruzamos a veces todos los días, en nuestra madre que nos necesita, en algún enfermo de la familia, en alguien que está solo, en la Palabra de Dios que escuchamos todos los días y la tenemos en nuestras manos, en la Eucaristía diaria y dominical –en la posibilidad de recibirla–, en la posibilidad de recibir el perdón también en la confesión; en todas esas circunstancias tenemos la presencia viva de Jesús, pero si no somos capaces de verlo; nos pasamos la vida esperando grandes cosas y nos perdemos la oportunidad de encontrarnos con Jesús a quien tenemos siempre presente de tantas maneras.

Puede ser una etapa de la vida espiritual o de fe, tuya y mía, el buscar a Dios en lo milagrosamente visible con nuestros sentidos. Puede pasarnos que en un principio andemos de milagro en milagro, o de aparición en aparición, para encontrar confirmaciones de lo que creemos o queremos creer. Hasta te diría que es normal, y a veces necesario, si no Dios no se seguiría manifestando a veces tan claramente. Pero al mismo tiempo, es necesario ir desprendiéndose de ese modo de encontrar a Jesús en nuestra vida, para no depender absolutamente de eso, porque no es lo normal y ordinario. Jesús está siempre, lo veamos o no. No depende de nuestros sentidos o sentimientos, depende de Él. Y somos nosotros los que tenemos que ir madurando y dándonos cuenta que su presencia es más normal de lo que imaginamos y más cotidiano de lo que pretendemos.

Si estamos todavía detrás de grandes cosas, es porque todavía, como Herodes y algunos de ese tiempo, no sabemos bien quién es Jesús y qué es lo que vino a hacer. Pidamos más fe para creer que Él está en lo humano y que en lo humano encontramos lo divino, y no hay que darle muchas vueltas.

Share
Etiquetas: