Book: Juan

XVII Domingo durante el año

XVII Domingo durante el año

By administrador on 25 julio, 2021

Juan 6, 1-15

Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos.

Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?»

Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.

Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan».

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»

Jesús le respondió: «Háganlos sentar».

Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.

Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada».

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.

Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Éste es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo».

Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.

Palabra del Señor

Comentario

Los domingos muchas veces llegamos al culmen del cansancio, por diferentes motivos, por el mundo que nos toca vivir, y, además, llegamos queriendo descansar, pero no siempre podemos hacerlo como quisiéramos. Es entendible. La ola, digamos así, nos lleva. Muchas personas de fe, nos dicen a los sacerdotes que no vienen a misa los domingos porque es el único día para estar en familia y descansar. Es entendible, pero me parece que eso nos pasa o nos pasó muchas veces, porque no terminamos de darnos cuenta del valor que tiene en sí la misa, más allá de cómo estemos y, por otro lado, el darnos cuenta de que, si la vivimos de corazón y con el corazón, esa hora que le entregamos al Señor, junto o no a los queremos, se puede transformar en un descanso, como decíamos el domingo pasado. Jesús nos invitaba a descansar y al mismo tiempo, se compadecía de la muchedumbre porque andaba como ovejas que no tienen pastor. Así anda la humanidad hoy, creyendo que sabe el rumbo, pero en definitiva perdida. Así andamos vos y yo muchas veces, o anduvimos, como ovejas sin pastor, caminando sin sentido, convencidos de que sabíamos muy bien a dónde íbamos. Pero Jesús nos encontró por el camino, nos habló, nos sedujo y así andamos ahora, todos los días intentando escucharlo y obedecerle. Alguien me dijo en estos días… “Padre, yo de hace poquito que entré al corral” Me dio gracia la expresión, pero es muy gráfica, es así, Jesús nos metió en su corral, y ahora andamos así, felices, con Él y muchos más. Se compadeció de nosotros, como lo hizo también en algo del evangelio de hoy al ver a esa multitud, “levantó los ojos” y “vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» Solo Él puede saber la verdadera necesidad de alimento que tenemos todavía vos y yo.

Empecemos este domingo reflexionando sobre la actitud de nuestro Buen Pastor. Como el domingo anterior aparece en la escena Jesús, sus discípulos y una gran multitud. Sin embargo, hoy aparece alguien más, un pequeño personaje, un niño con cinco panes y dos peces. El domingo pasado Jesús se compadecía y enseñaba, hoy ve la necesidad y da de comer. Algo increíble para el que no tiene fe. Algo muy entendible para los que la tenemos. Jesús le dio de comer a cinco mil hombres con cinco panes y dos peces… ¿Podés imaginar ese momento? Pero si creemos tenemos que ver más allá de este milagro. Mirar como mira Jesús, levantar los ojos, y ver lo que solo la fe nos puede ayudar a ver… que la necesidad de nuestra vida no pasa solo por el pan, por lo que deseamos materialmente.

La escena muestra que Jesús los deja a todos satisfechos y además, sobra mucha comida. Los hombres se entusiasman con un hombre que da de comer gratuitamente y casi mágicamente, y lo quieren hacer rey. Si nos ponemos a pensar, hubiéramos hecho lo mismo, el rey perfecto, el político perfecto. La historia se repite en la actualidad. Es fácil tener a alguien que nos llene la panza y los bolsillos para poder vivir cómodamente. Ese es el rey que quiere la gente, ese es el político que quiere la gente. Nosotros hoy diríamos ¡No entendieron nada! De la misma manera que nosotros no entendemos. Por eso Jesús se escapa y se va solo a la montaña. Pobre, habrá quedado decepcionado, no lo entendían. Él hizo el milagro para otra cosa, como lo quiere hacer también con nosotros.

Jesús hizo el milagro para enseñarnos que el hambre del estómago es pasajero, que el hambre de “cosas” es pasajero, que en realidad el verdadero hambre de tu vida es de Amor y Verdad, y justamente es eso lo que alguna vez te llevó a buscar cualquier otro alimento, olvidándote de Él. Eso es lo que muchas veces no comprendemos y por eso equivocamos el camino. Andamos mendigando felicidad en distintas cosas y metas, y no terminamos de darnos cuenta que sólo Jesús nos da la Vida y felicidad que necesitamos.

El niño del evangelio poder ser vos, puedo ser yo. Dale lo poco que tenés para que Él lo multiplique y lo derrame abundantemente en tu vida, en la de los demás. El milagro de Jesús también necesita algo de nosotros, necesita de nuestro amor, del saber compartir lo poco que tengamos.

Fiesta de Santa María Magdalena

Fiesta de Santa María Magdalena

By administrador on 22 julio, 2021

Juan 20, 1-2.11-18

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?»

María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.» Jesús le dijo: «¡María!» Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: « ¡Raboní!», es decir « ¡Maestro!» Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes”.»  María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy es el día de santa María Magdalena. Celebramos su fiesta, la recordamos y le damos gracias a Dios Padre por las maravillas que obró en ella, considerada ahora en la Iglesia como un apóstol, como tantos santos a lo largo y ancho de la historia de la humanidad de la Iglesia. Esta gran mujer que aparece en los evangelios y de la cual, en realidad, mucho no se sabe. Los estudiosos difieren un poco sobre su identidad, no saben bien cuál es, en realidad –digo la verdad– no importa tanto. Algunos dicen que era la «pecadora» que aparece en el Evangelio de Lucas. Otros, «María Magdalena», la misma que acabamos de escuchar, que aparece en el Evangelio de Juan, también de Lucas. Otros, que es «María de Betania». Vuelvo a decir, no importa demasiado, porque no solo creemos en lo escrito, sino en la tradición oral de la Iglesia primitiva. Lo importante es que la historia de María Magdalena nos recuerda una verdad fundamental de nuestra fe.  ¿Cuál?, te preguntarás. Los discípulos de Cristo somos débiles, no santos de un día para el otro. Somos elegidos para ser santos, pero no porque ya lo seamos. El discípulo, vos y yo, estamos en el camino, siguiéndolo, y solo es verdadero seguidor de Jesús quien tiene una verdadera experiencia de la debilidad humana, del pecado, de la necesidad que tenemos de ser salvados. Esta mujer era una pecadora —según el Evangelio— pero tuvo la humildad de pedir ayuda y de ser curada por el mismo Jesús y terminó siguiéndolo de cerca hasta el final, hasta el Calvario, como acabamos de escuchar en Algo del Evangelio de hoy.

Ella fue la primera en ir a buscar al Señor al sepulcro, pensando que lo encontraría muerto, como hubiese pensado cualquiera de nosotros. Ella fue la que se encontró con esta gran sorpresa de que el sepulcro estaba vacío; y, en ese instante, la llamó por detrás, sin que ella supiera que se trataba de él. María corrió a buscar al Señor a un lugar de muerte. Sin embargo, ella también levantó la cabeza cuando él la llamó. María dejó que Jesús le hable al corazón y la llame por su nombre. Esas son las tres cosas que te propongo para que meditemos de la escena que acabamos de escuchar, esta sencilla pero gran catequesis de lo que significa encontrarse con nuestro Salvador en medio de este mundo que no nos ayuda a reconocerlo, por nuestras tristezas y cerrazones, por estar rodeados a veces de muertes e de injusticias. Eso le pasó a María. No lo reconocía, a pesar de que lo tenía al lado. ¿Por qué? Porque estaba llorando, porque estaba mirándose a sí misma, porque estaba triste, porque era imposible pensar que había pasado algo tan grande.

Parecía imposible semejante milagro. ¿Cómo es posible a veces pensar que en este mundo en el que estamos viviendo, Jesús esté presente, a pesar de ver tanto mal alrededor? En medio de este mundo en donde tantas veces andamos llenos de tristezas, de angustias por las pérdidas de nuestros seres queridos. Estamos tristes porque no nos salen las cosas como hubiésemos pensado, estamos tristes porque a veces hacemos muchas cosas, pero sin sentido, sin corazón o sin ver los frutos. Bueno, ¡corramos, corramos como María, temprano al sepulcro! ¡Corramos y vayamos a buscar a Jesús que siempre está, aunque no lo podamos ver con nuestros ojos! Hoy va a estar en tu trabajo, va a estar en el grupo de tu parroquia, va a estar en tus lugares concretos donde te toca estar, en tu universidad, en el colegio; va a estar en lo que vas a hacer hoy; ¡va a estar!, pero debemos correr con ese amor que tenía María. ¿Te diste cuenta cómo corrió María? Temprano a la mañana, fue la primera, porque lo amaba mucho. Ella fue la que más amaba, porque también fue a la que más se le perdonó.

Vos y yo también fuimos perdonados. Nosotros también podemos correr. Debemos correr. Levantemos la cabeza. Dejemos de llorar o, mejor dicho, lloremos si es necesario, pero levantemos la cabeza. Es legítimo llorar, podemos hacerlo, pero miremos a Jesús que nos está mirando. Él está parado al lado nuestro y no nos damos cuenta porque a veces estamos mirando para abajo y las lágrimas no nos dejan ver. La angustia y la tristeza no nos dejan darnos cuenta o nuestra soberbia no nos deja ver, porque nos estamos mirando a nosotros mismos.

Levantemos la cabeza y dejemos que Jesús nos hable. Él le dijo: «¡María!», y fue en ese momento cuando ella lo reconoció. Solo cuando escuchamos que Jesús nos llama por nuestro nombre, será que podremos reconocerlo. Dejemos que hoy nos llame por nuestro nombre en el silencio del corazón. Imaginemos la situación. Si estamos tristes, vayamos corriendo a un sagrario. Vayamos corriendo y encontremos a Jesús que está también en los pobres, en un necesitado, en un pariente, en un familiar que no está bien, en tu papá, tu mamá o tus hermanos. Llamemos a aquel que está enfermo. Corramos y salgamos del encierro. Levantemos la cabeza y dejemos que Jesús nos hable, y vamos a experimentar que nuestro llanto se convertirá en gozo.

Fiesta de Santo Tomás apóstol

Fiesta de Santo Tomás apóstol

By administrador on 3 julio, 2021

Juan 20, 24-29

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!».

Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».

Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».

Tomas respondió: «¡Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».

Palabra del Señor

Comentario

Siempre hay que volver a empezar. De una manera u otra es necesario volver a confiar en lo que alguna vez nos hizo bien y nos marcó el camino y, por el olvido, por el cansancio, por la rutina nos hemos olvidado, lo hemos dejado en el camino. Siempre podemos volver a hacerlo. Es algo fundamental en nuestra vida, nuestra vida de fe. Una fiesta de un apóstol, de este gran apóstol, es una buena oportunidad para pensar en esto, porque ellos fueron de carne y hueso, como vos y yo. No te olvides. También lucharon, también tuvieron que volver a empezar una y otra vez, volver a confiar. Volvieron a levantarse una y mil veces después de equivocarse, después de dudar, de perder el ánimo y el sentido de lo que estaban haciendo. A Tomás también le pasó lo mismo.

No sé en qué momento o etapa de tu vida espiritual o de fe estás pero siempre es bueno volver a escuchar esto que nos hace bien a todos. «Señor, que no nos cansemos de volver a empezar, que no nos cansemos de volver a escuchar tu Palabra, estas palabras que jamás nos pueden hacer mal. Aunque a veces parezca que no nos producen nada en el corazón, siempre darán su fruto. Jesús, que no nos cansemos, que no creamos que ya está todo dicho, que nunca creamos que con lo que vimos o experimentamos no hace falta nada más, que ya tenemos todo resuelto». Estés en el momento en que estés, de mucho consuelo, alegría y fervor, o bien desconsuelo, tristeza y aridez, es bueno que te acuerdes que, llegado el momento, habrá que volver a empezar, volver a confiar y creer, volver a elegir. Si empezás este día lleno de fervor, aprovechá, aprovechá el viento a favor, como se dice, aprovechá la bajada y escuchá más. No te relajes.

Disfrutá más, sacale «todo el jugo» a lo que Dios te está diciendo. Si, por el contrario, estás en un momento donde parece que nada te dice nada, bueno, no bajes los brazos, seguí escuchando. Poné el audio 10 veces más si es necesario. Leé más la Palabra, andá frente a un Sagrario, al Santísimo. ¡No te canses! Es solo un momento. Es solo una tormenta pasajera. Es como una nube que está tapando el sol mientras estabas «tomando sol», mientras disfrutabas de esos rayitos lindos que te hacían bien. La sombra ya va a pasar, el sol está siempre.

Todos experimentamos, tarde o temprano, de una manera u otra, la pesadez, por decir así, la carga de esta vida. Esa carga que se vuelve linda cuando apostamos siempre a lo mejor, cuando descansamos en el corazón de Jesús, que siempre quiere aligerar nuestras cargas para hacer de nuestra vida algo más lindo. ¿No te anima el escuchar estas palabras de Algo del Evangelio de hoy: «¡Felices los que creen sin haber visto!». Es feliz el que cree sin estar buscando pruebas físicas de la presencia de Jesús. Vos y yo seremos felices, hoy y mañana, si dejamos de lado esa gran tentación de seguir buscando el porqué y el porqué de tantos porqués que alguna vez ya le habíamos encontrado el porqué. ¡Qué trabalenguas! ¿A qué me refiero? Tomás, el apóstol del cual celebramos hoy la fiesta, cometió el gran error de desafiar a Jesús y desafiar a sus amigos en los cuales debería haber confiado, a los cuales debería haber creído, porque lo conocían, porque lo amaban y no podían haberle hecho un chiste de tan mal gusto con algo tan sensible, con el amor de su Amigo.

Seguramente a cualquiera de nosotros nos hubiera pasado lo mismo en esa situación. Por eso, no vamos a criticar al pobre Tomás, pero su incredulidad se transforma para nosotros en oportunidad para aprender qué es la fe, a confiar y creer en esta realidad de que Jesús está vivo realmente entre nosotros. Aunque no veamos a Jesús con nuestros ojos, el testimonio de que otros lo hayan visto debería bastarnos para creer, el testimonio del cambio de sus vidas. Y, de hecho, nos basta para creer, porque ni vos ni yo lo vimos pero vos y yo creemos. Hoy somos millones los que creemos en Jesús y lo fueron a lo largo de la historia. Sin embargo, solo unos pocos lo vieron con sus propios ojos y lo tocaron con sus manos.

¡Qué locura!, ¿no? ¿Te pusiste a pensar en eso alguna vez? ¿Cuántos corazones fueron y son felices en esta tierra por haber creído sin ver? Incontables. Está bueno que nos preguntemos todos: ¿soy feliz por creer sin ver o sigo desafiando a Jesús para que se me presente en vivo y en directo? ¿Somos felices de creer en alguien que jamás vimos pero que nos habla al corazón, que nos consuela como nadie, que nos guía en el silencio y que nos anima a no bajar nunca los brazos, que nos da la fuerza para amar cada día?

No sigamos buscando porqué a tantos porqués de nuestras vidas. ¿A qué me refiero? Me refiero a que ya está. Seguro que vos y yo ya sabemos que Jesús está, ya lo experimentamos. No le demos más vueltas. Los muchos porqués hay que dejarlos para la ciencia y son necesarios, pero ese es otro tema. Jesús está siempre en nuestra vida y que, está en miles de personas, nos dé hoy la fuerza para seguir creyendo y amando. Que nos ayude a seguir luchando para darnos cuenta de su presencia.

Todos podemos tener dudas. Todos pudimos desafiar alguna vez a Jesús como lo hizo Tomás, pero también todos podemos ser más confiados. Todos podemos dejar de cuestionar tanto. «En adelante no seamos incrédulos, sino hombres de fe». Hoy hablemos como Tomás y en algún Sagrario de este mundo, o si no, en el corazón, donde está Jesús, digámosle con fe y alegría: «¡Señor mío y Dios mío!» «¡Señor mío y Dios mío!».

Solemnidad del Sagrado Corazón

Solemnidad del Sagrado Corazón

By administrador on 11 junio, 2021

Juan 19, 31-37

Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne.

Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.

El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.

Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ninguno de sus huesos. Y otro pasaje de la Escritura, dice: Verán al que ellos mismos traspasaron.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy es la solemnidad en la que Jesús nos deja de regalo su corazón traspasado de amor por nosotros, por todos los hombres. Una de las devociones más antiguas de nuestra Iglesia y la que más nos «conecta», por decir así, con los sentimientos del Padre, por medio del corazón de su Hijo, que es también el de él.

Por eso, te propongo que busques una imagen del Sagrado Corazón de Jesús en este día, tan conocida por nosotros. Búscala, mírala, contémplala. Si no tenés en tu casa, búscala por «internet», hay miles. Buscá una imagen linda de esta devoción, que por supuesto brota del Evangelio, porque fue en la cruz desde donde el corazón de Jesús se abrió de par en par por nosotros, pero que se extendió a partir del siglo XVII por la aparición que vivió santa Margarita María de Alacoque. Una vez que tengas la imagen, contemplá la mirada de Jesús y mirá fijo su corazón. Hace el esfuerzo por mantener la mirada en el corazón de Jesús, que contiene todos los bienes que necesitamos en esta vida. Si podés hacer esto en adoración, mucho mejor todavía, porque ese corazón abierto para amar y recibir está hoy en la Eucaristía, está en cada sagrario, esperándonos para que nos acerquemos a él, para que vayamos a descansar de nuestros agobios y cargas.

Muchas veces se nos ha acusado a los cristianos –y a veces, podríamos decir, con razón por nuestros excesos o desvíos– de haber hecho demasiado hincapié en cuestiones que no se reflejan directamente en el Evangelio o que las transmitimos mal. Puede ser. Se nos acusó y se nos acusa de predicar una fe a veces basada en el sufrimiento, en el sacrificio, en la entrega y de la pura obligación, olvidándonos del sentimiento, de lo espontáneo, de lo que brota naturalmente. Se nos acusa de ser incluso contrarios a la vida misma, que es bella y linda, impidiendo que disfrutemos de los placeres legítimos que nos regala, hablando de penitencia y tantas cosas más. Es verdad, puede haber algo de verdad, pero también es otra verdad o parte de la verdad que muchas de las críticas que nos hacen no son más que caricaturas de nuestra fe, no son la verdadera fe que brota de la Palabra de Dios y que la Iglesia quiere transmitir. Hay que asumir errores y pecados en nuestra historia, pero no por eso hay que tirar todo «por la borda». También hay que reconocer que Jesús lo dice claramente y sin metáforas, y por eso me gusta repetir lo del Evangelio de Lucas: «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio». «De su corazón –dice la Palabra de hoy, de Algo del Evangelio– brotó sangre y agua», brotó la vida y el amor, pero después de entregarse, después de ser «blanco» de todas las injusticias del mundo.

La vida también tiene mucho de aflicción y agobio, es verdad. La vida es, de alguna manera, cargar con un «yugo» que nos molesta pero que se transforma en bendición si lo cargamos por amor, si lo que cargamos es amor. Por más que este mundo, de alguna manera lleno de propagandas y «marketing» y publicidades, amante de las masas, nos quiera hacer creer que «todo va bien», que «hagas todo lo que quieras mientras seas feliz», que busques el placer a toda costa y tantas cosas más; por más que nos quieran vender eso, la realidad es que ser feliz cuesta, y amar, mucho más, porque ser feliz no es buscar el placer. Si nos tomamos la vida en serio, como se la tomó Jesús, amar cuesta tanto que, a veces, cuesta incluso la misma vida. Por eso es lindo saber que él nos invita a ir a su corazón, a ese corazón que sabe de amor y sufrimiento, que sabe de sufrir por amor, que sabe de agobio y cansancio.

Si hoy es uno de esos días en los que te sentís agobiado, harto, cansado, con ganas de tirar todo «por la borda» por lo que ves a tu alrededor, ganas de bajar los brazos, ganas de no luchar más, ganas de sumarte a lo que «hacen todos», ganas de estar solo y que ya nadie te moleste; si es uno de esos días, volvé a escuchar las palabras de Algo del Evangelio de hoy: «…uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua». La paciencia y humildad del corazón de Jesús te llenarán de alivio. La mansedumbre y humildad del Dios hecho hombre te enseñarán que lo único que te dará alivio en esta vida es vivir en paciencia y humildad, entregando todo lo que crees que depende de vos, pero que en realidad depende de él.

Si podés, te vuelvo a decir, mirá una imagen, andá a un sagrario, andá a una adoración y, abrazando a Jesús con tu corazón, decile: «Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío».

Solo Jesús nos anima a empezar a caminar…
Solo Jesús nos sostiene mientras caminamos…
Solo Jesús nos hace caminar juntos…
Solo Jesús nos ayuda a no perdernos…
Solo Jesús nos hace salir ahí, donde se necesita…
Solo Jesús nos conduce al mismo fin…
Solo Jesús nos levanta cuando nos caemos…
Solo Jesús nos consuela en el desánimo…
Solo Jesús nos da la paz del perdón…
Solo Jesús nos libera de nuestras esclavitudes…
Solo Jesús nos libra del olor a muerte que nos rodea…
Solo Jesús nos salva de nuestras locuras…
Solo Jesús nos recibe cuando pecamos…
Solo Jesús nos aplacará el dolor…
Solo Jesús nos recibirá cuando atentemos contra nuestros hermanos…
Solo Jesús nos abrazará cuando seamos despreciados…
Solo Jesús nos salvará como nación…
Solo Jesús nos librará de la muerte de inocentes…
Solo Jesús nos impedirá ser otros Pilatos o Herodes…
Solo Jesús nos anima a confiar cuando parece que todo está perdido…
Solo Jesús nos sostendrá cuando como país, como humanidad no nos quede errores por cometer…
Solo Jesús nos hará doblar la rodilla frente a él cuando nos toque estar cara a cara.

Todo lo demás, todo lo demás pasará y, finalmente, quedará solo Jesús.

Solemnidad de Pentecostés

Solemnidad de Pentecostés

By administrador on 23 mayo, 2021

Juan 20, 19-23

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»

Palabra del Señor

Comentario

“Ven Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. Dulce huésped del alma, suave alivio a los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto. Ven, penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles. Lava nuestras manchas Espíritu Santo, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas, suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos, premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría”.

Terminamos hoy el tiempo Pascual con la gran Fiesta de Pentecostés, es una linda Solemnidad. Así es como terminamos este tiempo de cincuenta días dedicados, de alguna manera, a experimentar en nosotros la vivencia, la experiencia de Jesús resucitado, un Jesús vivo en nuestra vida y, mientras tanto, también esperamos -por decirlo así, simbólicamente-  recibir al Espíritu Santo. Es un recibir “simbólico”, porque nosotros, que vivimos en el tiempo del Espíritu, ya no podemos decir que tenemos que esperar cincuenta días para recibirlo. Ya lo recibimos por la fe, ya lo recibimos por el Bautismo. Lo recibimos en la Confirmación.

Recibimos a Jesús cada vez que nos acercamos al sacramento de la Eucaristía o con la comunión espiritual. Lo recibimos también cuando vivimos el mandamiento del amor. Sin embargo, a veces está ahí, en el fondo, como en chocolate en la leche, que se va al fondo y hay que volver a mezclarlo.

Pero, por supuesto, que esta fiesta nos ayuda a “refrescar” en nosotros esta realidad, esta certeza de la fe: somos templos del Espíritu Santo, somos parte del Cuerpo de Cristo y por eso, en nosotros, vive también el Espíritu.

Y por eso en esta fiesta, simplemente, me limitaré a que revivamos un poco este deseo que ese Espíritu que ya está en nosotros nos haga “revivir” –por decirlo de alguna manera–, nos haga “renacer”, nos dé su paz y así podamos vivir esta realidad en la Iglesia.

“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” – dice San Pablo. Dios quiere que nos pase lo que pasó en Algo del evangelio de hoy que acabamos de escuchar.  Dios quiere que nos pase lo que pasa continuamente en la Iglesia, en tantos corazones que creen. Su presencia puede ser como una ráfaga de viento o como un soplido de Jesús a nuestro corazón; que, aunque no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va, nos alegra con la certeza de su acción en nosotros. Esa certeza es la que debemos tener: que el Espíritu Santo actúa en nosotros, aunque no nos demos cuenta. Que, aunque no veamos fuego, sintamos todo lo que el fuego puede hacer: iluminar, dar calor y purificar.

“Ven hoy a nuestras almas, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz”.
La fiesta del Espíritu Santo hace y seguirá haciendo lo que solo Dios puede hacer: dar paz. Pero no como la da el mundo, no como a veces nosotros la pretendemos, sino la paz que proviene únicamente de él, porque solamente podemos recibir este don, de lo alto, del cielo.

No es la paz del “está todo bien”, del “pare de sufrir”, del “arte de vivir”, ¡no! es la paz que conlleva muchas veces la lucha y la purificación del corazón. Esa paz que nos ayuda a que salgamos de nuestro encierro, a que dejemos el pecado, que dejemos el egoísmo, nuestras avaricias, nuestras perezas, nuestras envidias y todo lo que nos aleja de los demás. El Espíritu Santo, el Espíritu de amor que nos dio Jesús, nos ayuda a salir de nosotros mismos y eso también nos puede llegar a doler o molestar.

Es la paz de Jesús la que nos conduce al perdón, al perdón recibido y al perdón dado. El perdón cuesta, pero ya no cuesta tanto si nos damos cuenta de que viene de él, que viene de lo alto. Es una paz “regalada”, donada, pero que también debemos buscar amando. Es la paz que proviene de la felicidad de amar, como la desea cualquier persona. Una vez, me acuerdo, con los niños de Catequesis hicimos algo así como un ejercicio espiritual, en adoración. Y ellos tenían que escribir lo que querían pedirle a Jesús. Una niña escribió en un papel “Le pido a Jesús ser feliz”. Pedir ser feliz, es pedir tener paz, tener paz nos hace felices. Pedir ser feliz es pedir también hacer la voluntad de Dios.

El Espíritu, además de darnos la paz, también nos une. Es el alma de la Iglesia. Une lo diverso, lo distinto, para crear algo nuevo, algo más lindo. Da vida a todas las cosas muertas de nuestra vida, de nuestro corazón. Solo él puede sostener a la Iglesia en medio de las turbulencias de este mundo, aun con sus propios pecados. Solo él nos levanta cuando nos caemos, nos da la mano para seguir amando, nos consuela si estamos tristes. Solo él puede lograr que, siendo tan distintos, tengamos los mismos deseos y luchemos por los mismos objetivos. El Espíritu Santo también unifica nuestro corazón, mi corazón disperso, rectifica nuestras intenciones torcidas y da sentido nuevo a nuestras acciones.

Terminemos invocando juntos al Espíritu Santo: “Ven Espíritu Santo, ven Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz”.

VII Sábado de Pascua

VII Sábado de Pascua

By administrador on 22 mayo, 2021

Juan 21, 20-25

Pedro, volviéndose, vio que lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el mismo que durante la Cena se había reclinado sobre Jesús y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?»

Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: «Señor, ¿y qué será de este?»

Jesús le respondió: «Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué importa? Tú sígueme.»

Entonces se divulgó entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría, pero Jesús no había dicho a Pedro: «El no morirá», sino: «Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa?»

Este mismo discípulo es el que da testimonio de estas cosas y el que las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero.

Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relata detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían.

Palabra del Señor

Comentario

Ya a las puertas de la fiesta de Pentecostés, con la cual terminaremos este tiempo pascual, este gran tiempo de 50 días, en el cual hemos intentado –por medio de la Palabra de Dios, de los relatos de las apariciones de Jesús Resucitado y de la mano del Evangelio de san Juan–  experimentar en nosotros y en nuestra vida concreta de fe la presencia de Jesús que está vivo, que está resucitado, para poder decirnos sin miedo: «SÍ, es verdad, es verdad lo que leemos. Es verdad, es verdad lo que creemos». Jesús sigue haciéndose presente en nuestras vidas, en la vida de miles de personas que creen en él a lo largo y a lo ancho de todo este bendito mundo. Es verdad, aunque todo parezca que está «patas para arriba», aunque el mundo se empeñe por negar lo más evidente, aunque en el mundo se mate y se intente legalizar matar a inocentes, aunque siga habiendo guerras, injusticias, maldades, aunque incluso dentro de la misma Iglesia haya voces disonantes; sea lo que sea, Jesús está y estará siempre con nosotros.

Por eso, hoy te propongo que demos gracias por estas semanas de Pascua, en donde recibimos tantos frutos. Demos gracias al Señor porque nos eligió, demos gracias porque nos da la fe, demos gracias porque nos dio la vida y porque dio la vida por nosotros y pidámosle que siga completando la obra que él mismo comenzó y que podamos recibir en el día de Pentecostés una nueva gracia de nacer de lo alto recibiendo el don del Espíritu Santo –que ya lo tenemos, pero hay que reavivarlo–; que podamos decir con verdad: «Jesús está vivo y presente en mi vida, y eso me llena de alegría».

No desaprovechemos este día, esta oportunidad de agradecer, porque conocer a Jesús da todo y no quita nada, seguirlo da todo y no quita nada. Aunque muchas veces nos cueste «sudor y lágrimas», como se dice, siempre es mejor seguir al Señor que andar perdido en este mundo y caminar a la deriva pensando que somos nosotros los artífices de nuestra propia felicidad. No se puede seguir igual cuando se experimentó realmente la presencia del Señor en nuestras vidas, es imposible. Y si no hubo cambio y si no lo hay, es porque, en realidad, todavía no hay un encuentro real.

Es lindo en este día, además de agradecer este tiempo de Pascua, que nos preguntemos si nosotros nos encontramos realmente con Jesús alguna vez en nuestra vida. No solo si nos decimos cristianos, si estamos o no bautizados, o tenemos una idea de él, sino si realmente experimentamos un cambio en nosotros, si deseamos estar con él todos los días de nuestra vida, si le damos el tiempo que se merece alegrándonos con el bien que nos hace. Lo importante es eso; en definitiva, ahí se centra el núcleo de nuestra fe. Para eso se escribieron los evangelios, para que vos y yo creamos, para que nos enamoremos de esa Persona que es Jesús, para que podamos seguirlo y tengamos ganas de que otros lo conozcan, sin importarnos cómo van caminando los otros, sino lo importante es cómo estamos caminando vos y yo.

Algo del Evangelio de hoy creo que nos orienta en este sentido. «¿Qué te importa?», le dijo Jesús a Pedro ante su pregunta «Señor, ¿y qué será de este?», refiriéndose al discípulo amado. Creo yo que, como diciendo: «Preocúpate por tu camino, de lo demás me ocupo yo». Jesús le había anticipado cómo moriría y Pedro se empezó a «meter» en la vida de los otros, seguro que con muy buena intención, por amor. Sin embargo, Jesús es claro: «¿Qué te importa?». Muchas veces en la fe perdemos el tiempo por meternos en lo que no nos tenemos que meter. Demasiado trabajo tenemos con nosotros mismos como para andar indagando sobre la vida de los demás. Imagínate si invirtiéramos todo el esfuerzo –que muchas veces invertimos en cuestionar, averiguar, preguntar, chusmear, curiosear y tantas cosas más– en preocuparnos por amar y seguir más a Jesús. ¡Nos haría tanto bien! Es tan difícil a veces ocuparse por lo justo y necesario, pero tenemos que aprender.

El Evangelio de Juan termina enseñándonos esto: que muchas veces no hace falta más ni pretender más, sino saborear bien lo que hay. Dice –también la Palabra– que hubo muchísimas cosas más que hizo Jesús, que no alcanzarían los libros del mundo para contenerlas. Sin embargo, escribió esas, las suficientes, las necesarias para creer y seguirlo. ¿Para qué más? ¿Qué nos importa lo otro? Es lindo aprender de la sencillez de Jesús y de los evangelios. Pedro también tuvo que aprender a ser sencillo, a conformarse con lo suyo y no saber tanto de la vida de los otros. ¿Será que a nosotros también nos hace falta eso?

Terminemos esta semana alegrándonos con tantos dones recibidos y no pretendiendo más de lo que nuestro corazón hoy puede necesitar, solo él sabe lo que realmente necesitamos.

VII Viernes de Pascua

VII Viernes de Pascua

By administrador on 21 mayo, 2021

Juan 21, 15-19

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»

El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»

Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»

El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»

Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»

Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.» De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.»

Palabra del Señor

Comentario

Jesús ascendió a los cielos para ser glorificado por el Padre y, desde ahí, seguir pastoreando su rebaño, pero no ya con su presencia física, sino desde su gloria, desde «el lugar» donde había venido y desde ese lugar donde «vendrá a juzgar a vivos y muertos» como dice el credo, la enseñanza de nuestra fe. Jesús nos dejó pastores según su corazón; sin embargo, el verdadero pastor de las almas es él, desde el cielo, desde la eternidad, desde todo lugar. La gloria de Jesús fue haber cumplido la voluntad de su Padre y hoy es ayudarnos a cumplirla a nosotros dándonos su amor y su fortaleza.

La escena de Algo del Evangelio de hoy es parte de un relato más extenso: Jesús a la orilla del lago esperando a los discípulos con el fuego prendido, la pesca milagrosa, los discípulos maravillados por semejante milagro y después este diálogo maravilloso con Simón.

Es emocionante poder imaginar lo que Jesús ya resucitado logra finalmente en el corazón de Pedro. Es lindo poder imaginar lo que Jesús quiere lograr en tu corazón y en el mío ahora, mientras escuchamos su palabra.

Nosotros, como Pedro, alguna vez negamos al Señor. ¿Cuántas veces? Mucho más de tres, no sé, eso lo sabe mejor cada uno, lo sabe bien Jesús, aunque no creo que las ande contando como hacemos nosotros con los demás. Con nuestros silencios y cobardías –mientras otros dan la vida–, con nuestras omisiones –mientras otros dan todo lo que pueden–, con nuestras promesas incumplidas –mientras otros se desviven por cumplirlas–, con nuestra soberbia hacia los demás –mientras otros disfrutan de ser humildes–, con nuestros pecados ocultos –mientras algunos nos consideran bastante buenos–, con nuestras incoherencias –mientras otros sufren y se exponen por ser coherentes–, con nuestra deshonestidad social –mientras otros son fieles aunque nadie los vea–, y con tantas cosas más, seguro que negamos al Señor. Pero esa no es la última palabra, la negación no es lo mejor que tenemos para darle a Dios; al contrario, nuestro sí puede ir derrotando lentamente a la infidelidad.

A nosotros también, como a Pedro, se nos puede sentar Jesús al lado una mañana, esta mañana, preparándonos un fueguito para calentarnos el corazón, preparándonos un mate para estar tranquilos, preparándonos el desayuno, lo que más nos guste y nos puede decir lo mismo: «¿Me amás, me amás? A pesar de todo lo que hiciste, ¿me amás? A pesar de haberme negado tantas veces y haber creído que podías solo, ¿me amás? Aunque ahora te morís de vergüenza de mirarme a la cara, a pesar de no sentirte digno, ¿me amás? Aunque incluso te desprecies a vos mismo por ser tan incoherente, ¿me amás?».

Es una maravilla escuchar que Jesús no reclama el amor como lo hacemos nosotros. Jesús reclama amando y enseñando a amar, no remarcando el error para herir a Pedro, para mostrarle todo lo malo que fue. Nosotros a veces reclamamos «refregando», o sea, mostrando lo que el otro no hizo y lo que nosotros hubiésemos hecho. Sin embargo, Jesús reclama amor, amando. Las palabras de Jesús hacia Pedro son, en realidad, una delicadeza de su corazón para quien será el primer pastor de toda la Iglesia, lo que hoy nosotros llamamos «el papa». Jesús no le reclama su falta de amor anterior, sino que lo conduce a sincerarse consigo mismo y que se dé cuenta que su amor era muy chiquito para confiar demasiado en sí mismo. Él lleva a Pedro a confesar lo mejor que podía confesar: «Tú lo sabes todo, sabes que te quiero».

Lo único que quiere Jesús de nosotros es que seamos sinceros y reconozcamos nuestra debilidad, que podamos amarlo; lo demás, lo que nos falte, lo hará él mismo. A Pedro no le pidió nada más para hacerlo pastor, ¿qué pensás que nos puede pedir a nosotros? No nos pide reconocimientos, títulos, mucho estudio, que nos aplaudan, que nos sigan, que nos quieran, que nos salga todo perfecto, que nunca nos equivoquemos. Nada de eso. Él nos pide que lo amemos, pero reconociendo que solo podemos amarlo como él quiere, si justamente él nos da ese amor que nosotros mismos no podemos alcanzar.

Volvamos a escuchar lo que Jesús le dijo a Pedro: «¿Me amás, me amás? ¿Me querés? A pesar de todo lo que hiciste, ¿me amás? A pesar de haberme negado tantas veces y haberte creído que podías solo, ¿me amás?». ¿Y si le respondemos todos juntos? «Señor, tú lo sabes todo, sabes que te quiero». Hacelo conmigo, despacio, una vez más, saboreando cada palabra, lo que estás diciendo ahora: «Señor, tú lo sabes todo, sabes que te quiero».

VII Jueves de Pascua

VII Jueves de Pascua

By administrador on 20 mayo, 2021

Juan 17, 20-26

Jesús levantó los ojos al cielo y oró diciendo:

«Padre santo, no ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno -yo en ellos y tú en mí- para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste.

Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo.

Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos.»

Palabra del Señor

Comentario

En las misas de esta semana, después de la Ascensión de Jesús a los cielos, se puede rezar esta oración: «Tú que nos haces ascender al cielo contigo: Señor, ten piedad». Se puede decir en el momento del perdón, en el acto penitencial, al comienzo, como súplica, pero al mismo tiempo como acto de fe. Jesús nos ascendió al cielo con él, podríamos decir. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué significa esta verdad si, en realidad, nosotros seguimos acá, con los pies bien sobre la tierra? ¿Cómo es eso de que «nos hace ascender al cielo con él»? Bueno, claramente es una expresión que afirma una verdad que solo podemos aceptar por la fe y que, por otro lado, es figurada.

No estamos en el cielo como en un lugar, sino que nuestras vidas, nuestras almas están en Cristo, místicamente, como se dice, de manera misteriosa, por el amor que él nos tiene, porque él «nos compró con su sangre», como dice la Palabra de Dios. El bautismo nos «injertó» en Cristo, como parte de él. Él permanece en nosotros, y por ser parte de su cuerpo, si él está en el cielo a la derecha del Padre, nosotros también de alguna manera estamos ahí. Estamos siendo amados, protegidos, cuidados, salvados continuamente por él, preservados del Maligno, que quiere arrebatarnos siempre hacia él o hacia el mundo que se olvida de Dios.

Algo del Evangelio de hoy tiene que ver, de alguna manera, con esta verdad de fe. ¿Pensaste en eso alguna vez? ¿Pensaste alguna vez que Jesús quiere que seamos uno como él es uno con el Padre? Saber que no estamos solos y que Jesús piensa en nosotros y pide por nosotros, nos hace muy bien, nos hace confiar más en lo que no vemos que en lo que vemos. Saber que somos uno con él, con el Padre y que eso desea Jesús, que seamos uno con él, da ánimo para confiar en que la obra de la unidad es de él y no nuestra. Saber que el amor con que se aman el Padre y el Hijo puede ser el mismo amor con el que nos amemos nosotros y entre nosotros, es una gran noticia.

Es un regalo del Dios que es Padre, del Padre del cielo para todos, que nos sintamos uno aun en medio de las diferencias, que busquemos unirnos a pesar de tantas divisiones y enfrentamientos. Es necesario volver a sentir que somos «uno» y que, cada día más, tenemos que ser «uno» con Jesús y entre nosotros. Es lindo revivir en carne propia esta escena del Evangelio de hoy, en la que Jesús rezó por nosotros, por los que creemos gracias al testimonio de los apóstoles. ¿Te imaginás a Jesús rezando por nosotros para que seamos «uno», para que dejemos tanta división, para que nos amemos como él nos amó, para que gracias al mensaje de unidad ayudemos a que otros crean también en él? ¿Te imaginás ahora a miles de cristianos que necesitan de nuestra oración pero que, al mismo tiempo, seguramente rezan también por vos y por mí? ¿Te das cuenta que la oración une y nos hace sentir uno, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?

Si se puede hablar, de alguna manera, de que a Dios le «duele» algo, de que Jesús «sufre» por algo, incluso ahora, podríamos decir que es por la falta de unidad, es por no comprender su corazón y empeñarnos muchas veces en diferenciarnos olvidando lo esencial. No vamos hablar acá de las divisiones históricas entre los cristianos que aun hoy nos mantienen separados y que parecen ser irreconciliables, aunque la Iglesia hizo y hace mucho por la unidad –como también hizo a veces mucho por la desunión–, sino que se me ocurre que podemos pensarlo incluso dentro de la Iglesia, donde muchas veces seguimos pareciendo de «bandos» distintos, algo que no podemos aceptar. Lo que más hiere a la familia son las divisiones internas, no los ataques desde afuera. Lo que más hiere a la Iglesia hoy, a tu parroquia, a tu comunidad, a tu grupo de oración, son las divisiones internas e innecesarias. Para que el mundo crea que Jesús es el enviado del Padre, nosotros debemos amarnos como él nos ama, con el amor que viene de él, con el amor incondicional que está siempre.

Intentemos hoy «meternos» en esta maravillosa escena del Evangelio. Imaginemos a Jesús rezando por cada uno de nosotros, para que seamos uno. Imaginemos que ahora hay miles de hermanos que necesitan de nuestra fuerza, de nuestra oración, de que nos sintamos uno, para que el mundo crea y, al mismo tiempo, hagamos un esfuerzo para evitar cualquier tipo de división, ya sea de palabra, de pensamiento, de obra u omisión. No vale la pena, porque así nadie podrá darse cuenta de que Jesús nos ama.

VII Miércoles de Pascua

VII Miércoles de Pascua

By administrador on 19 mayo, 2021

Juan 17, 11b-19

Jesús levantó los ojos al cielo, y oró diciendo:

«Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros. Mientras estaba con ellos, cuidaba en tu Nombre a los que me diste; yo los protegía y no se perdió ninguno de ellos, excepto el que debía perderse, para que se cumpliera la Escritura.

Pero ahora voy a ti, y digo esto estando en el mundo, para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto.

Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad. Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad.»

Palabra del Señor

Comentario

«Jesús está sentado a la derecha del Padre», rezamos en el credo, lo rezamos y lo creemos cada domingo. ¿Lo creemos? El credo es para rezarlo y amarlo, para comprenderlo y vivirlo, no solo para repetirlo. Decimos que está sentado a la derecha del Padre, simbólicamente, para interceder por nosotros. Pero podríamos decir que lo que menos está haciendo es «estar sentado»; está trabajando. No puede estar sentado alguien que ama y que es nuestro intercesor, alguien que vela siempre por nosotros. No puede estar sentado aquel que nos espera y nos busca siempre. No te asustes, no estoy contradiciendo la verdad de fe, al contrario, estoy intentando explicártela de modo sencillo y que te diga algo al hoy de tu vida. «Que esté sentado a la derecha del Padre» quiere decir que Jesús fue «glorificado», fue premiado por su Padre por haber hecho su voluntad hasta al final; y de esa manera, nos devolvió la dignidad de ser hijos de Dios, nos hizo hijos adoptivos y hermanos suyos. Hizo lo que el hombre no podría haber hecho jamás, hizo lo que nosotros no podríamos hacer jamás si no fuese por su gracia, por su amor, por su intercesión. Por eso, el símbolo de estar sentado no quiere mostrar quietud, espera pasiva, sino todo lo contrario; quiere decir verdadero poder, poder que triunfa amando, poder que atrae por amor. Quiere decir que solo él se merece nuestro amor y todo lo que él ama debe ser amado por nosotros, por el solo hecho de que él lo ama.

Jesús ahora, en este instante, nos está atrayendo con su palabra, con las que acabas de escuchar, con las que escucharás durante el día, con el amor de tus más cercanos, con el amor a los más necesitados, con alguna adoración que te llame al silencio, con tu oración silenciosa cada día. Él está «sentado», pero está trabajando más que nadie en la tierra, está amando a todos, con el amor del Padre, como ama el Padre, a todos, sin condición, a buenos y malos.

Algo del Evangelio de hoy también es oración de Jesús que nos puede llenar de gozo el alma y animarnos a rezar de esa manera. Qué lindo es pensar que Jesús se animó a orar en voz alta, que se animó a rezar frente a sus discípulos y que, de esta manera, abrió su corazón, se dio a conocer, «para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto». Podríamos decir que en estos evangelios, en estas oraciones tan lindas de Jesús, él se animó a descubrir sus sentimientos, no tuvo vergüenza de decir lo que pensaba y sentía. Eso nos ayuda muchísimo a vos y a mí. Por un lado, porque de ese modo conocemos lo que piensa el mismísimo Dios de nosotros y que piensa él de él mismo, aunque siempre podremos saberlo de manera limitada, pero de esa manera tenemos, por decirlo así, la llave del corazón de Jesús, del Padre, del Espíritu, y podremos conocerlo cada día más. Por otro lado, nos ayuda a nosotros a animarnos a abrir nuestro corazón, también a los demás, cuando es necesario, cuando necesitamos descubrir nosotros mismos qué es lo que sentimos mediante nuestras propias palabras.

Esa noche Jesús pidió por sus amigos, pidió por nosotros, por vos y por mí, para que el Padre nos cuide del Maligno, de aquel que quiere apartarnos siempre del camino, de la verdad y del amor. Por eso Jesús rogó para que «nos consagre en la verdad», no para que nos saque de este mundo, sino para que nos libre de la mentalidad de este mundo apartado de Dios. Podemos hablar del «mundo» en dos sentidos, o por lo menos Juan habla en dos sentidos; por un lado, el mundo como creación de Dios, consecuencia y objeto de su amor; por otro lado, mundo en el sentido negativo, como todo aquello que está en el mundo, pero no quiere pertenecer al Creador, a Dios, como aquello que reniega de su Padre. Por eso dice Jesús que «nosotros somos del mundo, pero no somos del mundo, y el mundo los odió». Estamos en el mundo, nacimos en este mundo, pero nuestra mentalidad y corazón no deben ser para este mundo.

Fuimos creados y salvados para librarnos de las ataduras de este mundo que no quiere amar a Dios, sino que quiere hacer de este mundo «su propio mundo», valga la redundancia, olvidándose de su Padre Dios.

Son muchas las cosas que podemos meditar a partir de esta oración tan linda, pero prefiero que oremos como Jesús oró, que pidamos para nosotros lo que pidió él para nosotros, que deseemos lo mismo que él deseo para nosotros, que nuestros deseos sean los de él, que nuestros anhelos sean los de Dios, que nuestras búsquedas sean las de él, que nuestra misión sea la de él. «Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo».

No te olvides que naciste en este mundo, pero no tenés que mimetizarte con este mundo, «no somos del mundo». Consagrémonos a la verdad, al amor. Dejémonos llenar con las palabras de Jesús, que son amor y verdad.

VII Martes de Pascua

VII Martes de Pascua

By administrador on 18 mayo, 2021

Juan 17, 1-11a

Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo:

«Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado. Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.

Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera.

Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra. Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste.

Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado. Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti».

Palabra del Señor

Comentario

Parecería que, para nosotros, actualmente la ascensión de Jesús a los cielos no nos dice mucho. De hecho, es una fiesta que en la Iglesia muchas veces no le damos tanta importancia, es como si hubiese quedado un poco opacada entre la Pascua y Pentecostés. Sin embargo, es una linda verdad de nuestra fe que la mencionamos en el credo cada domingo que lo rezamos y nos enseña muchas cosas. Para los discípulos que lo vieron partir «entre las nubes», sí debe haber sido significativo y misterioso. Muchas veces muchas preguntas se les habrán cruzado por el corazón. ¿Qué pasaría ahora con ellos? ¿Cuándo volvería Jesús? ¿Qué podrían hacer ellos solos, sin él? ¿Qué significaba eso de «ir por el mundo a anunciar la Buena Noticia»? ¡Qué difícil debe haber sido para los discípulos! Para nosotros, podría parecernos obvio, pero no fue lo mismo para ellos. Sin embargo, la prueba de que Jesús seguía estando con ellos, fueron los frutos que comenzaron a experimentar todos los apóstoles en la Iglesia naciente. No podrían darse tantos frutos en toda la tierra cada día, a cada instante, en miles de corazones creyentes –incluso en este mismo momento, mientras escuchamos la Palabra–, si Jesús no estuviese a la derecha del Padre asistiéndonos con su amor, con su fuerza, con su gracia.

De Algo del Evangelio de hoy escuchamos una oración de Jesús que quedó en el Evangelio, y Evangelio que se puede transformar en oración para nosotros. ¡Qué fecundo puede ser para todos imaginar esta escena!, en la que Jesús mirando al cielo, mira a su Padre, lo busca con la mirada y el corazón para hablarle, para decirle todo lo que sentía. Jesús, en la última cena, se despidió de sus discípulos y se los encomendó a su Padre, pero, al mismo tiempo, les dejó a sus amigos el mejor legado que podía dejarles, sus palabras que se harían eternas, porque no fueron solamente palabras, sino que fueron, al mismo tiempo, palabras que se hicieron gestos de amor, reales y concretos. ¡Qué bien hace imaginar a Jesús mirando al cielo diciendo esto! Te propongo que hagas algo similar, que hagas lo mismo, que eleves tus ojos al cielo, a una imagen o a un lugar que te ayude a transportarte, por decirlo así, a ese momento.

Las palabras de Dios pueden hacerse vida y carne si buscamos que las escenas del Evangelio de alguna manera se hagan presentes, y para eso podemos usar todos nuestros sentidos. Toda la sana espiritualidad cristiana, la de todos los tiempos, nos enseña esto: somos una unidad, cuerpo y alma, somos corazón y pensamiento también. Somos todo junto. Antes de pensar en lo que podrías decirle vos al mismo Dios Padre, a Jesús, pensá en lo que dijo Jesús en algunas de las palabras que escuchaste recién, y si es necesario, volvé a escucharlas. A mí me ayudan las que te voy a repetir ahora, las que repito en cada consagración de la misa, las que rezo al elevar la hostia en el altar de las misas diarias, que son estas: «Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo». Pero fijate si a vos te sirven otras, las que más te ayuden a rezar.

Te decía al principio que la oración de Jesús quedó escrita en el Evangelio, sus palabras se hicieron evangelio, y que por eso, y porque no, el Evangelio para nosotros se debería transformar en oración, en elevación del alma hacia Dios. Eso es rezar, elevar nuestra alma a Dios para que no solo se arrastre por el suelo, por las cosas de cada día, sino que se anime a elevarse un poco. Nuestra alma, nuestro espíritu está hecho para cosas más grandes todavía, mucho más de lo que imaginamos. Eso es la Vida eterna en la tierra, buscar conocer día a día al único Dios verdadero, al Padre de todos, y a su Enviado, Jesucristo, en el Espíritu. Vivir en serio es conocer a Dios, a Dios Padre y a su Hijo, y también podemos decirlo al revés. Conociendo a Cristo se conoce al Padre. Toda nuestra fe cristiana podría sintetizarse en esto: conocer y amar a Cristo para poder conocer el amor del Padre. Pensemos si en nuestra vida estamos buscando esto.

Pensemos si estamos intentando esto día a día. Todo lo demás es pasajero y secundario.

¿Qué estás haciendo? ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estás haciendo en tu vida, en la Iglesia? ¿Para qué crees que es la Iglesia? ¿Qué estás haciendo en tu familia? ¿Estás buscando la Vida eterna, mientras vivís esta vida terrena y pasajera? La Vida en serio, la eterna, la que da ganas de vivir, la que nos ayuda a seguir cada día es esta: conocer a Jesucristo, conocer al Dios verdadero, conocer al Padre en el Espíritu. No a cualquier dios hecho a nuestra medida, no a cualquier ídolo humano, ni siquiera a un santo, mucho menos a un político, a un prócer, sino a Jesús, que es Camino, Verdad y Vida. Te aseguro que esto te va a dar paz, la paz verdadera. Te aseguro que esto va a reorientar tu vida u a orientarla definitivamente. Escuchemos a Jesús todos los días y vamos a empezar a entender lo que es la Vida eterna.