Book: Juan

Fiesta de Santo Tomás apóstol

Fiesta de Santo Tomás apóstol

 

Juan 20, 24-29

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: « ¡Hemos visto al Señor!»

El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: « ¡La paz esté con ustedes!»

Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»

Tomas respondió: « ¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»

Palabra del Señor

Comentario

Siempre hay que volver a empezar. De una manera u otra es necesario volver a confiar en lo que alguna vez nos hizo bien y nos marcó el camino y, por el olvido, por el cansancio, por la rutina nos hemos olvidado, lo hemos dejado en el camino. Siempre podemos volver a hacerlo. Es algo fundamental en nuestra vida, nuestra vida de fe. Una fiesta de un apóstol, de este gran apóstol, es una buena oportunidad para pensar en esto, porque ellos fueron de carne y hueso, como vos y yo. No te olvides. También lucharon, también tuvieron que volver a empezar una y otra vez, volver a confiar. Volvieron a levantarse una y mil veces, después de equivocarse, después de dudar, de perder el ánimo y el sentido de lo que estaban haciendo. A Tomás también le pasó lo mismo.

No sé en qué momento o etapa de tu vida espiritual o de fe estás, pero siempre es bueno volver a escuchar esto que nos hace bien a todos. “Señor, que no nos cansemos de volver a empezar, que no nos cansemos de volver a escuchar tu Palabra, estas palabras que jamás nos pueden hacer mal. Aunque a veces parezca que no nos producen nada en el corazón, siempre darán su fruto. Jesús, que no nos cansemos, que no creamos que ya está todo dicho, que nunca creamos que con lo que vimos o experimentamos no hace falta nada más, que ya tenemos todo resuelto”. Estés en el momento en que estés, de mucho consuelo, alegría y fervor, o bien desconsuelo, tristeza y aride. Es bueno que te acuerdes que, llegado el momento, habrá que volver a empezar, volver a confiar y creer, volver a elegir. Si empezás este día lleno de fervor, aprovechá, aprovechá el viento a favor, como se dice. Aprovechá la bajada y escuchá más. No te relajes. Disfrutá más, sacale “todo el jugo” a lo que Dios te está diciendo. Si, por el contrario, estás en un momento donde parece que nada te dice nada, bueno, no bajes los brazos, seguí escuchando. Poné el audio 10 veces más si es necesario. Leé más la palabra, andá frente a un Sagrario, al Santísimo. No te canses. Es solo un momento. Es solo una tormenta pasajera. Es como una nube que está tapando el sol mientras estabas “tomando sol”, mientras disfrutabas de esos rayitos lindos que te hacían bien. La sombra ya va a pasar, el sol está siempre.

Todos experimentamos, tarde o temprano, de una manera u otra, la pesadez, por decir así, la carga de esta vida. Esa carga que se vuelve linda cuando apostamos siempre a lo mejor, cuando descansamos en el corazón de Jesús, que siempre quiere aligerar nuestras cargas para hacer de nuestra vida algo más lindo.

¿No te anima el escuchar estas palabras de Algo del evangelio de hoy: “¡Felices los que creen sin haber visto!”? Es feliz el que cree sin estar buscando pruebas físicas de la presencia de Jesús. Vos y yo seremos felices, hoy y mañana, si dejamos de lado esa gran tentación de seguir buscando el porqué y el porqué de tantos porqués que alguna vez ya le habíamos encontrado el porqué. ¡Qué trabalenguas! ¿A qué me refiero? Tomás, el apóstol del cual celebramos hoy la fiesta, cometió el gran error de desafiar a Jesús y desafiar a sus amigos en los cuales debería haber confiado, a los cuales debería haber creído, porque lo conocían, porque lo amaban y no podían haberle hecho un chiste de tan mal gusto, con algo tan sensible, con el amor de su Amigo.

Seguramente a cualquiera de nosotros nos hubiera pasado lo mismo en esa situación. Por eso, no vamos a criticar al pobre Tomás, pero su incredulidad se transforma para nosotros en oportunidad para aprender qué es la fe. A confiar y creer en esta realidad de que Jesús está vivo realmente entre nosotros. Aunque no veamos a Jesús con nuestros ojos, el testimonio de que otros lo hayan visto debería bastarnos para creer, el testimonio del cambio de sus vidas. Y de hecho, nos basta para creer, porque ni vos ni yo lo vimos, pero vos y yo creemos. Hoy somos millones los que creemos en Jesús y lo fueron a lo largo de la historia. Sin embargo, solo unos pocos lo vieron con sus propios ojos y lo tocaron con sus manos. ¿Qué locura no? ¿Te pusiste a pensar en eso alguna vez? ¿Cuántos corazones fueron y son felices en esta tierra por haber creído sin ver? Incontables. Está bueno que nos preguntemos todos: ¿soy feliz por creer sin ver o sigo desafiando a Jesús para que se me presente en vivo y en directo? ¿Somos felices de creer en alguien que jamás vimos, pero que nos habla al corazón, que nos consuela como nadie, que nos guía en el silencio y que nos anima a no bajar nunca los brazos, que nos da la fuerza para amar cada día?

No sigamos buscando porqué a tantos porqués de nuestras vidas. ¿A qué me refiero? Me refiero a que ya está, seguro que vos y yo ya sabemos que Jesús está, ya lo experimentamos. No le demos más vueltas. Los muchos porqués hay que dejarlos para la ciencia y son necesarios, pero ese es otro tema. Jesús está siempre en nuestra vida y, que, está en miles de personas, nos dé hoy la fuerza para seguir creyendo y amando. Que nos ayude a seguir luchando para darnos cuenta de su presencia.

Todos podemos tener dudas. Todos pudimos desafiar alguna vez a Jesús como lo hizo Tomás, pero también todos podemos ser más confiados. Todos podemos dejar de cuestionar tanto. “En adelante, no seamos incrédulos, sino hombres de fe”. Hoy hablemos como Tomás y en algún Sagrario de este mundo, o sino en el corazón, donde está Jesús, digámosle con fe y alegría: «¡Señor mío y Dios mío!» «¡Señor mío y Dios mío!»

Juan 6, 51-58 – Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor

Juan 6, 51-58 – Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor

 

Jesús dijo a los judíos:

«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»

Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»

Palabra del Señor

Comentario

“¿Por qué creen que Jesús eligió esta forma tan particular de quedarse con nosotros para siempre? ¿Por qué creen que Jesús eligió quedarse como una “comida”, una forma tan sencilla? Nuestro Dios es un poco loco”. Algo así dije y pregunté una vez, en un sermón de una misa de Corpus Christi, intentando que reflexionemos con los niños ese día sobre este misterio tan maravilloso de la Eucaristía; tan, a veces, incluso, incomprensible. Bueno, ese día respondió Johnny, ese pequeño amigo mío, ¿te acordás? Tomó la palabra y empezó diciendo: “Bueno, hablo yo porque si no acá no habla nadie”. Con mucha gracia y ocurrencia, pero, al mismo tiempo, con una gran sensibilidad espiritual. Él siempre estaba atento a lo que pasaba en la misa. Estar con ese niño, era un continuo disfrutar, porque uno entendía, claramente y de manera palpable, lo que quiere decir Jesús cuando nos pide que “nos hagamos como niños”. Contestaba gesticulando, explicando con sus manos y sus gestos lo que decía con sus palabras; pero bueno, vamos al grano… ¿Qué dijo finalmente, Johnny, ese día? Dijo algo así: “Se quedó así, por lo menos eso pienso yo, porque quiere que agradezcamos lo que nos da. Cuando estoy en casa y mi mamá me trae la comida, yo junto las manos, miro al cielo y le digo a Diosito: ‘Gracias por lo que me das, gracias por tener comida’.

Y bueno, con Jesús tenemos que hacer lo mismo, tenemos que agradecerle que se nos da como alimento”. Es difícil, en realidad, que pueda decirte si literalmente dijo eso, pero recuerdo que fue algo muy similar. No sé si es necesario, la verdad, agregar algo más: Un niño que se da cuenta que, en la sencillez del pan y el vino, Jesús se nos queda como alimento y necesita que le demos gracias. Eso es la misa. Eso celebramos en este día. Quien no da gracias por los alimentos que tiene en su mesa cada día, no sabe vivir, no vive bien. El otro día, cuando fuimos a darle de comer a la gente de la calle con algunos fieles de mi parroquia y juntamos a los que estaban ahí ese día, para dar gracias, no me olvido más con la devoción que esa gente de la calle dio gracias por los alimentos que tenía. Se abrazaban. Me abrazaban. Rezaban el Padrenuestro con fervor. Me pedían la bendición, me pidieron si ellos me podían bendecir. Bueno, fue maravilloso. Gente con poco alimento, con “sin techo”, que dieron gracias de una manera admirable. Por eso, el que no da gracias por lo que tiene, no vive bien. Y quien no da gracias, en este día, en toda la Iglesia, por el don de la Eucaristía es porque todavía no se dio cuenta de lo que significa.

Algo del evangelio de hoy no es apto para tibios. La fiesta que celebramos hoy no es apta para cristianos que no están convencidos de semejante misterio, o dicho en positivo, nos ayuda a que tomemos conciencia que finalmente todo encuentra sentido en la Eucaristía y, que aunque Johnny no lo sabía muy bien, quiere decir “Dar gracias”, quiere decir “Acción de gracias”.

¿Qué sería de nosotros sin la Eucaristía? Sin la Eucaristía, sin el Cuerpo y la Sangre del Señor presente realmente en nuestra vida. No habría Iglesia, no seríamos nada, no podríamos nada, seríamos pura palabrería, sin amor concreto y visible. ¿Para qué nos reuniríamos un domingo? ¿Para vernos las caras entre nosotros solamente? Solo nos puede convocar y reunir él. Nos reunimos por él y en él. Él hace la Iglesia día a día, con su amor, entregándose siempre, sin condiciones. Aunque vos y yo a veces no nos demos cuenta, aunque, a veces, lo tenga yo en mis manos y aun así ni me dé cuenta. Incluso sabiendo que muchas veces no lo valoramos ni los fieles, ni nosotros los sacerdotes. No terminamos de comprender.

Si supiéramos, si comprendiéramos realmente, con el corazón, que él está ahí en la Eucaristía cómo nos emocionaríamos. ¡Cómo correríamos a buscarlo! Sin embargo, a veces lo traicionamos, lo cambiamos por cualquier cosa, queremos “comprar” todo y nos olvidamos de agradecer. Cambiamos a veces a Jesús por tan poco.

¡Cuánto amor nos hace falta, Señor!, ¡Perdonanos Señor, en este día, por nuestra falta de amor hacia vos en la Eucaristía! Tenemos que reconocerlo: a veces, sin darnos cuenta, nos pusimos en el centro, pusimos excusas de todo tipo: “si lo sentimos o no”, “no siento ir a Misa”, “no me gustó”, “no me gusta esto o lo otro”. Incluso, a veces, en la Iglesia podemos mirarnos demasiado el ombligo y no miramos al verdadero centro del mundo y de cada celebración, que es Jesús Resucitado en la Eucaristía. Pienso, la verdad, que no terminamos de comprender. Somos bastante ignorantes.

Danos, Señor, la gracia de proclamar con firmeza y alegría, que sos el centro, que sos el centro de la vida de la Iglesia y el centro de todo el mundo en ese pedacito de Pan, escondido, humilde y silencioso.

Y, por eso, nos sacas a las calles hoy, en tantos lugares del mundo, en procesión; para alabarte, para adorarte, para reconocerte vivo y presente, y para decirte: “Señor: vivimos por Vos, gracias a Vos y queremos vivir por Vos, para Vos y para los demás”.

Queremos descubrir que ese vacío que a veces sentimos es por no haber dado gracias, por no saber dar gracias. Es por no saber reconocerte y solamente esto puede saciarse arrodillándonos frente a tu Presencia real, y también “arrodillándonos”, por decirlo así, ante la posibilidad de amar a los demás. Que no nos olvidemos amarte en los demás, Señor, porque también estás ahí. Te adoramos en la Eucaristía para poder amarte en los otros.

Juan 3, 16-18 – Solemnidad de la Santísima Trinidad

Juan 3, 16-18 – Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra del Señor

Comentario

La primera gran fiesta después de Pentecostés, después de celebrar que el Espíritu Santo se haga presente en la historia, siendo el que le da la vida a la Iglesia, el que le da el alma, y nos da vida a vos y a mí y nos mantiene ahora con deseos de amar y escuchar, celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Como para coronar, de alguna manera, todo lo que venimos celebrando, creyendo y rezando a lo largo de este año litúrgico que cada año se repite en la Iglesia, pero que nos ayuda a refrescar y a revivir los misterios de nuestra fe. Dios, entonces, no es un Dios particionado, por decir así, con distintos discos rígidos ¿no? Sino que, aunque nosotros tengamos que ir comprendiendo su misterio de a poco, sin embargo, Dios no es un poco allá, un poco acá. Cada vez que hablamos de Dios deberíamos tener en cuenta esto, de que él es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada vez que hablamos de Dios tendríamos que decirnos a nosotros mismos: esto que dije de Dios, ¿es Dios, o es algo de Dios o lo que yo pienso de Dios? No es un poco Padre, un poco Hijo y cada tanto algo de Espíritu. Aunque después celebremos una fiesta de Jesús y otra del Espíritu para ayudarnos a comprender, eso no debería desviarnos de lo esencial, de lo que Jesús vino a mostrarnos y a enseñarnos. Por eso esta fiesta tan importante. Nuestra fe es un todo, un todo orgánico, un organismo vivo, donde todo tiene que ver con todo y, al desviarme en una cosa, al negar una, toco sin querer la otra. Me lleva inevitablemente a desviarme de la otra. Por eso, el cristiano es trinitario. No es solo Jesús. No es ni solo Jesús, ni solo el Padre, ni solo el Espíritu. Cómo hacen ruido esas espiritualidades en la Iglesia que afirman solo una cosa: solo el Espíritu, solo Jesús, solo el Padre, o a veces ni siquiera el Padre, o solo María. Eso nos debería hacer un poco de ruido. Somos de todos y todos son uno. Para eso es esta fiesta, para que no nos olvidemos del misterio más grande de nuestra fe, que no lo conoceríamos si Jesús no lo hubiese enseñado, no nos lo hubiese enseñado, y por eso ya no es un misterio inaccesible, sino que se hizo más cercano a nosotros y aunque jamás podremos comprenderlo completamente, sí podemos acercarnos y dejarnos invadir por él. En realidad, el Misterio significa eso: se hizo accesible, pero, al mismo tiempo, permanece siempre, de alguna manera, distante. No podemos amarrarlo a nuestra manera, hacerlo a nuestra medida.

Algo del evangelio de hoy dice: “Sí”. Sí, podríamos decir nosotros, bien fuerte. “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único.” Es mucho mejor pensar en lo que Dios ama que en lo que Dios tiene para asustarnos. Por eso es lindo pensar en un Dios que ama tanto al mundo, a vos y a mí, en particular, y a todo lo que creó. Nos ama tanto que no quiso “quedarse encerrado”, no quiso quedarse, ahí, acuartelado para siempre. Quiso salir, quiso venir a buscarnos, quiso abrirnos su corazón para que podamos maravillarnos algo de su Gran Misterio y podamos enamorarnos de su amor.

¿Cuál es el misterio? ¿Qué es un misterio? Retomo lo anterior. Para nuestra fe, hablar de misterio no es hablar de cosas misteriosas, así, que nadie puede conocer, inaccesibles, ocultas, esotéricas, reservadas para algunos, para algunos iluminados, para los que piensan mucho, sino todo lo contrario. Que Dios sea un Misterio quiere decir que se reveló, que se mostró. Quiere decir que lo inaccesible se hizo accesible y por eso podemos conocerlo, se corrió el velo, ahora lo podemos ver. Decir que Dios es un misterio, quiere decir que podemos conocerlo. ¿Lo sabías? Creo que no. Pensalo.

Obviamente nunca se llega a decir todo. Jamás podemos decir que podemos conocer a Dios perfectamente. Jamás, porque Dios sigue siendo Dios, pero algo se puede decir. ¿Cuál es ese Misterio que se nos reveló? Que Dios es Padre, un Padre que envió a su Hijo al mundo, un Padre que creó todo por su Palabra, por el Hijo. El Hijo hizo todo por el Padre. Dio su vida por nosotros, obedeciendo al Padre y retornó al Padre para estar sentado a su derecha. Y el Padre también, junto con el Hijo, nos envió al Espíritu Santo, por el Hijo, para santificarnos, para conducirnos a la Verdad que nos hará libres. Todos (la Trinidad) se aman y son amados. No pueden vivir el uno sin el otro y todos existen en y por los otros. Dios Uno pero no solitario. Dios Trino pero uno solo.

Muy lindo, pero… ¿qué tiene que ver esto con mi vida?, te estarás preguntando ¿Qué tiene que ver esto tan extraño, a veces, y difícil de explicar? Dice el evangelio: “…para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”. Todo el que confía en esto, el que cree que Dios es así, como él es y no como nosotros deseamos que sea, ese tiene Vida, una Vida distinta. Hay que contemplar, más que buscar entender, la maravilla de un Dios que no nos deja solos y que quiere que, conociéndolo, podamos vivir de él y amar como él. Somos creados a su imagen y semejanza, a imagen y semejanza del Hijo; llamados a ir “pareciéndonos” a él, viviendo y siendo hijos como él, haciendo la voluntad del Padre movidos por el Espíritu. Eso es lo que tiene que ir pasando en nuestras vidas. De a poco. Amar y ser amados. Divinizarnos, no para ser hombres que se creen dioses, sino para ser hijos que aprenden de la humildad de su Padre. Tenemos que amar, tanto como dejar que nos amen. No se puede vivir sin amar y sin ser amados. La Trinidad nos enseña y nos quiere hacer participar de ese amor.

¿Cómo hacemos para vivir eso? Antes que nada creyendo y confiando que Dios es así. Dios no es cualquier cosa que yo me imagino, sino que es como él se reveló. El primer paso es aceptar el amor de este Dios tan amoroso. Dejarse amar y no hablar de Dios como se me antoja, sino como él nos enseña. Un Dios que ama tanto al mundo que envía a su Hijo a salvarlo y no a condenarlo. ¿Qué más podemos hacer? Adorar a nuestra Trinidad, reconocerla como lo más grande de nuestra vida. Adorarla con nuestra propia vida, con nuestros pensamientos y deseos, queriendo lo mismo que ella quiere: amar y ser amados. Dios no es un ser solitario. Nosotros tampoco podemos serlo. Dios no solo quiere ser amado, sino que ama. Esa es la mejor manera de adorarlo. También con nuestra oración diaria, con cada gesto religioso de corazón que hagamos, principalmente, con nuestra adoración en espíritu y en verdad.

Hoy hagamos una señal de la cruz distinta, tomando conciencia de que este gesto sencillo nos identifica como lo que somos, creyentes en un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que su gloria es que nosotros participemos de su divinidad.

Juan 20, 19-23 – Solemnidad de Pentecostés

Juan 20, 19-23 – Solemnidad de Pentecostés

 

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»

Palabra del Señor

Comentario

“Ven Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. Dulce huésped del alma, suave alivio a los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto. Ven, penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles. Lava nuestras manchas Espíritu Santo, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas, suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos, premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría”.

Terminamos el tiempo Pascual con la Fiesta de Pentecostés, es una linda Solemnidad; así es como terminamos este tiempo de cincuenta días dedicados de alguna manera a experimentar en nosotros la vivencia, la experiencia de Jesús resucitado en nuestra vida, y mientras tanto también esperamos, simbólicamente, recibir al Espíritu Santo. Es un “recibir” simbólico; porque nosotros que vivimos en el tiempo del Espíritu ya no podemos decir que tenemos que esperar cincuenta días para recibirlo; ya lo recibimos por la fe, ya lo recibimos por el bautismo, lo recibimos en la Confirmación, recibimos a Jesús cada vez que nos acercamos al sacramento de la Eucaristía o con la comunión espiritual, lo recibimos también cuando vivimos el mandamiento del amor.

Pero por supuesto que esta fiesta nos ayuda a “refrescar” en nosotros esta realidad: somos templos del Espíritu Santo, somos parte del Cuerpo de Cristo y por eso en nosotros, vive también el Espíritu.

Y por eso en esta fiesta simplemente me limitaré a que revivamos un poco este deseo que ese Espíritu que ya está en nosotros nos haga “revivir” –por decirlo de alguna manera–, nos haga “renacer”, nos dé su paz y así podamos vivir esta realidad en la Iglesia.

Dios quiere que nos pase lo que pasó en algo del evangelio de hoy que acabamos de escuchar; Dios quiere que nos pase lo que pasa continuamente en la Iglesia en tantos corazones que creen. Su presencia puede ser como una ráfaga de viento o como un soplido de Jesús a nuestro corazón; que, aunque no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va, nos alegra con la certeza de su acción en nosotros. Esa certeza es la que debemos tener, que el Espíritu Santo actúa en nosotros, aunque no nos demos cuenta. Que, aunque no veamos fuego; sintamos todo lo que el fuego puede hacer: iluminar, dar calor y purificar. “Ven hoy a nuestras almas Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz”.

La fiesta del Espíritu Santo, hace y seguirá haciendo lo que sólo Dios puede hacer: dar paz, pero no como la da el mundo; no como a veces nosotros la pretendemos, sino la paz que proviene únicamente de Él, porque solamente podemos recibir este don, de lo alto, del cielo.

No es la paz del “está todo bien”, del “pare de sufrir”, del “arte de vivir”; ¡no!, es la paz que conlleva muchas veces la lucha y la purificación del corazón, esa paz que nos ayuda a que salgamos de nuestro encierro, a que dejemos el pecado, que dejemos el egoísmo, nuestra avaricias, nuestras perezas, nuestras envidias y todo lo que nos aleja de los demás; el Espíritu Santo, el Espíritu de amor que nos dio Jesús, nos ayuda a salir de nosotros mismos, y eso también nos puede llegar a doler o molestar.

Es la paz de Jesús la que nos conduce al perdón; al perdón recibido y al perdón dado. El perdón cuesta, pero ya no cuesta tanto si nos damos cuenta de que viene de Él, que viene de lo alto; es una paz “regalada”, donada; pero que también debemos buscar amando. Es la paz que proviene de la felicidad de amar, como la desea cualquier persona. Una vez con los niños de catequesis hicimos algo así como un ejercicio espiritual, en adoración. Y ellos tenían que escribir lo que le querían pedir a Jesús… una niña escribió en un papel… “le pido a Jesús ser feliz”. Pedir ser feliz, es pedir tener paz, tener paz nos hace felices.

El Espíritu además de darnos la paz también nos une; es el alma de la Iglesia, une lo diverso, lo distinto, para crear algo nuevo, algo más lindo. Da vida a todas las cosas muertas de nuestra vida, de nuestro corazón. Solo Él puede sostener a la Iglesia en medio de las turbulencias de este mundo, aun con sus propios pecados. Solo Él nos levanta cuando nos caemos, nos da la mano para seguir andando, nos consuela si estamos tristes. Solo Él puede lograr que siendo tan distintos tengamos los mismos deseos y luchemos por los mismos objetivos. El Espíritu Santo también unifica nuestro corazón, mi corazón disperso, rectifica nuestras intenciones torcidas y da sentido a nuestras acciones.

Terminemos invocando juntos al Espíritu Santo “Ven Espíritu Santo, ven Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz.”

Juan 21, 20-25 – VII Sábado de Pascua

Juan 21, 20-25 – VII Sábado de Pascua

 

Pedro, volviéndose, vio que lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el mismo que durante la Cena se había reclinado sobre Jesús y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?»

Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: «Señor, ¿y qué será de este?»

Jesús le respondió: «Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué importa? Tú sígueme.»

Entonces se divulgó entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría, pero Jesús no había dicho a Pedro: «El no morirá», sino: «Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa?»

Este mismo discípulo es el que da testimonio de estas cosas y el que las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero.

Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relata detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían.

Palabra del Señor

Comentario

Ya estamos a las puertas de la gran Solemnidad de Pentecostés, con la cual terminaremos este tiempo Pascual. Este gran tiempo de 50 días en el cual hemos intentado, espero que vos también –a través de la Palabra de Dios, de los relatos de las apariciones de Jesús Resucitado y de la mano del evangelio de san Juan– experimentar en nosotros y en nuestra vida concreta de fe de cada día, la presencia de Jesús Resucitado; para poder decirnos sin miedo… sí es verdad, es verdad lo que leemos, es verdad, es verdad lo que creemos, Jesús está vivo. Jesús sigue haciéndose presente, en tu vida, en la mía, en la vida de miles de personas que creen en Él a lo largo y ancho del mundo. No hacen falta pruebas científicas, las pruebas del corazón bastan y sobran para los que creemos, las pruebas de los cambios de vida, de los testimonios de tantas personas que se encuentran con él.

Te propongo que hoy demos gracias, de alguna manera, por estas semanas tan lindas de Pascua que hemos vivido. Demos gracias al Señor porque nos eligió, demos gracias porque nos da la Fe, demos gracias porque nos da la vida y porque dio la vida por nosotros y pidámosle que siga completando en nosotros la obra que Él comenzó y que podamos recibir en esta noche de Pentecostés que se acerca, una gracia nueva de poder nacer de lo alto recibiendo el don del Espíritu Santo, el don y lo que trae ese don, sus dones. Que podamos decir con verdad: “Jesús está vivo y presente en mi vida y esto me llena de alegría.”

No desaprovechemos este día esta oportunidad de agradecer, porque conocer a Jesús da todo y no quita nada, porque seguirlo da todo y no quita nada, porque, aunque muchas veces cueste “sudor y lágrimas”, como se dice, siempre es mejor seguir al Señor que andar perdido en este mundo que anda en tinieblas o caminar a la deriva pensando que somos nosotros los artífices de nuestra vida. No se puede seguir igual cuando se experimentó realmente la presencia de Jesús en el corazón. Es imposible… y si no hubo cambio, es porque en realidad no hubo encuentro real.

Por eso, lo lindo en este día, además de agradecer este tiempo de Pascua, es que nos preguntemos si nosotros nos hemos encontrado realmente con Jesús alguna vez en nuestra vida. No solo si nos decimos cristianos, si estamos o no bautizados, o tenemos una idea de él. Sino, si realmente experimentamos un cambio, si deseamos estar con él todos los días de nuestra vida, si le damos el tiempo que se merece alegrándonos con el bien que nos hace, transmitiendo su alegría y su amor. Lo importante es eso. En definitiva, ahí está el núcleo de nuestra fe. Para eso se escribieron los evangelios, para que vos y yo creamos, para que nos enamoremos de esa Persona que es Jesús, para que podamos seguirlo y tengamos ganas de que otros lo conozcan, como nosotros, sin importarnos cómo van caminando los otros. En el sentido de que no hace falta compararse, sino alegrándonos de que podamos ayudar a otros a caminar. Si no, lo importante es cómo estamos también caminando nosotros.

Algo del evangelio de hoy creo que nos puede orientar en este sentido, una frase fuerte de Jesús a Pedro: “¿Qué te importa?” Le dijo: “¿Qué te importa?” ante su pregunta “«Señor, ¿y qué será de este?»” refiriéndose al discípulo amado. Creo yo que, como diciendo, le dijo Jesús: “Preocúpate por tu camino, de los demás me ocupo yo.” Qué lindo y consolador es escuchar eso. “Preocúpate por tu camino.” En el sentido de que no vale, a veces, mirar cómo van los otros, si no estamos bien nosotros. Jesús le había anticipado a Pedro cómo moriría y se empezó a “meter” en la vida de los otros, seguro que, con muy buena intención, como siempre la tuvo Pedro. Sin embargo, Jesús es claro: «“¿Qué te importa?»” Muchas veces perdemos el tiempo en la fe por meternos en lo que no nos tenemos que meter. Demasiado trabajo tenemos con nosotros mismos como para andar indagando sobre la vida de los demás. Imaginate si invirtiéramos todo el esfuerzo que muchas veces invertimos en cuestionar, averiguar, preguntar, chusmear, curiosear y tantas otras cosas más. Mirá si ocupáramos más el tiempo en amar y seguir a Jesús de todo corazón. ¡Nos haría tanto bien! Es tan difícil a veces ocuparse por lo justo y necesario, pero tenemos que aprender. Es triste ver dentro de la Iglesia cuando otros se ocupan de la vida de otros. Cuando están, incluso, haciendo páginas web preocupándose de la vida de los otros y, a veces, no están viviendo la vida de fe como deberían vivirla, con videos y tantas cosas más que lo único que hacen es alarmar y sembrar cizaña.

El evangelio de Juan termina enseñándonos esto: que muchas veces no hace falta más, ni pretender más, sino saborear bien lo que hay. Dice que hubo muchísimas cosas más que Jesús hizo y que no alcanzarían los libros del mundo para contenerlas. Sin embargo, escribió esas, las suficientes, las necesarias para creer y seguirlo. Diríamos nosotros: “Algo del evangelio.” “Algo de la vida de Jesús” … ¿Para qué más? ¿Qué nos importa lo otro que no escribieron? Es lindo aprender de la sencillez de Jesús y del evangelio. Pedro también tuvo que aprender a ser sencillo, a conformarse con lo suyo, a no saber tanto de la vida de los otros. ¿Será que a nosotros también nos hace falta eso?

Terminemos esta semana alegrándonos con tantos dones recibidos y no pretendiendo más de lo que nuestro corazón hoy puede necesitar, solo él sabe lo que necesitamos.

Juan 21, 15-19 – VII Viernes de Pascua

Juan 21, 15-19 – VII Viernes de Pascua

 

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»

El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»

Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»

El le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»

Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»

Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.» De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.»

Palabra del Señor

Comentario

¿Hiciste el intento de meterte en la escena del evangelio? Es difícil hacerlo en medio de la vida diaria. Es difícil hacerlo mientras manejás, mientras viajás, mientras estás haciendo cosas en tu casa, es verdad. No es un reproche, solo es un empujón para que te animes a hacerlo en el silencio. Solo en el silencio nos unificamos, logramos conectarnos con lo más profundo de nuestro ser, con nosotros mismos y con nuestro Padre… Algo así como lo que hacía Jesús, que se iba cada tanto al silencio. Por ahí no pudiste hacerlo con el evangelio de ayer, por ahí no podés con el de hoy, pero por ahí si podés hacerlo en algún momento del fin de semana. Es cuestión de “meterse en la escena”. Ver, oler, escuchar, gustar y tocar todo lo que te imagines para preguntarte finalmente, que quiere decirte a vos todo eso que experimentas. Para que se te revele a vos esa palabra escondida, para que se te muestre a vos hoy, lo que Jesús te quiere decir, como ese día a Simón, de corazón a corazón. La escena de hoy es parte de un relato más largo: Jesús a la orilla del lago, esperando a los discípulos con el fuego prendido, la pesca milagrosa, los discípulos maravillados por semejante milagro y después, este diálogo maravilloso con Simón.

Es emocionante poder imaginar lo que Jesús ya resucitado logra finalmente en el corazón de Pedro. Es lindo poder imaginar lo que Jesús quiere lograr en el tuyo y el mío ahora, mientras escuchamos su palabra.

Nosotros como Pedro, alguna vez hemos negado al Señor… ¿cuántas veces? Mucho más de tres. Con nuestros silencios y cobardías – mientras otros dan la vida -, con nuestras omisiones – mientras otros dan todo lo que pueden -, con nuestras promesas incumplidas – mientras otros se desviven por cumplirlas -, con nuestros soberbia hacia otros -mientras otros disfrutan la humildad -, con nuestros pecados ocultos – mientras algunos nos creen buenos -, con nuestras incoherencias – mientras otros sufren por ser coherentes -, con nuestra deshonestidad social – mientras otros son fieles -, y con tantas cosas más, seguro que hemos negado al Señor. Pero esa no es la última palabra, la negación no es lo mejor que tenemos para darle a Dios.

Porque a nosotros también como a Pedro se nos puede sentar Jesús al lado, preparándonos un fueguito para calentarnos el corazón y nos puede decir esto mismo. ¿Me amás, me amás? ¿Me querés? ¿A pesar de todo lo que hiciste, me amás? ¿A pesar de haberme negado tantas veces y haber creído que podías solo, me amás? ¿Aunque ahora te morís de vergüenza de mirarme a la cara, me amás? Es una maravilla escuchar que Jesús no reclama el amor como lo hacemos nosotros. Jesús reclama amando y enseñando a amar, no remarcando el error para herir a Pedro.

Nosotros a veces reclamamos refregando, o sea mostrando lo que el otro no hizo y lo que nosotros hubiésemos hecho. Jesús reclama amor, amando. Las palabras de Jesús hacia Pedro son en realidad una delicadeza de su corazón para quien será el primer pastor de toda la Iglesia, lo que hoy nosotros llamamos Papa. Jesús no le reclama su falta de amor anterior, sino que lo conduce a sincerarse consigo mismo y que se dé cuenta que su amor era muy chiquito por confiar demasiado en él mismo. Jesús lleva a Pedro a confesar lo mejor que podía confesar: “Tú lo sabes todo, sabes que te quiero”.

Lo único que quiere Jesús de nosotros es que lo queramos con todas nuestras fuerzas, que lo amemos como podamos, lo demás, lo que nos falte lo hará Él mismo. A Pedro no le pidió nada más para hacerlo pastor, ¿qué pensás que nos puede pedir a nosotros? No nos pide reconocimientos, títulos, mucho estudio, que nos aplaudan, que nos sigan, que nos quieran, que nos salga todo perfecto, que nunca nos equivoquemos, nada de eso. Jesús nos pide que lo amemos, pero reconociendo que solo podemos amarlo como Él quiere, si justamente Él nos da ese amor que nosotros mismos no podemos alcanzar.

Volvamos a escuchar lo que Jesús le dijo a Pedro: ¿Me amás, me amás? ¿Me querés? ¿A pesar de todo lo que hiciste, me amás? ¿A pesar de haberme negado tantas veces y haber creído que podías solo, me amás? «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.» Reconociendo ahora esto, si podemos seguirlo como Él quiere.

Juan 17, 20-26 – VII Jueves de Pascua

Juan 17, 20-26 – VII Jueves de Pascua

 

Jesús levantó los ojos al cielo y oró diciendo:

«Padre santo, no ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.

Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno -yo en ellos y tú en mí- para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste.

Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo.

Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos.»

Palabra del Señor

Comentario

Es lindo meterse en la escena, hace bien meterse en las escenas del evangelio, meterse es digamos que poner más el corazón, poner más en juego los sentidos, tratar de imaginar lo que estoy leyendo. Es difícil, es verdad, se necesita tiempo y esfuerzo, constancia, paciencia, pero hace muy bien. Vale la pena que lo intentes alguna vez. Es lo que recomiendan muchos santos en sus métodos de oración, especialmente San Ignacio de Loyola. Es como grabar la imagen en el corazón, grabar más que nada la película, por decir así y no se borra más, es indeleble. Como pasa con las fotos viejas, que al sacarlas quedaban en los rollos como escondidas y después tenían que ir a revelarse. ¿Te acordás? Te acordarás si naciste en el siglo pasado, como yo, pero bueno, de alguna manera, cuando rezamos en serio con el evangelio, si hacemos el esfuerzo de pensar y sentir que estamos en ese lugar, en ese momento, escuchando esas palabras, viendo lo que se veía, tocando lo que había, gustando y oliendo todo, es de alguna manera como revivirlo, es de alguna manera, como sacar una foto de antes. Ayuda a archivar la imagen, las palabras, y poder revivirlas en algún momento y al revivirlo es como que se “revela” otra vez, se nos muestra algo nuevo que no estábamos viendo hasta ese momento. Y eso pasa con el evangelio, es palabra viva, es palabra que se “revela”, se muestra a cada instante en miles y miles de corazones oyentes, ahora en este momento, dispersos a lo largo y ancho de esta bendita tierra que Dios nos regaló. Por eso, hay que hacer el esfuerzo de “meterse” en esa escena, no es ser un espectador más, no sirve, sino no hay que mirar de afuera, no leerla así no más, sino imaginarla, es un paso más que puede darse.

¿Pensaste en eso alguna vez? ¿Pensaste que en este momento somos miles y miles que estamos intentando escuchar la palabra de Jesús, a través de tantos sacerdotes que predican día a día? Da ánimo pensar en eso. Saber que no estamos solos y que Jesús piensa en nosotros y pide por nosotros, como se ve claro en el evangelio de hoy. Saber que somos uno con él, con el Padre y que eso desea Jesús, que seamos uno con él, es lo que nos da ánimo para seguir siempre. Que el amor con que sea aman el Padre y el Hijo, sea el mismo amor con el que nos amemos nosotros. No tomamos a veces conciencia de esta maravilla.

Hoy sabemos que las comunicaciones permiten muchas cosas, entre tantas, que palpemos esto que te estoy diciendo más claramente, si estamos con el corazón despierto y no solo conectado a un celular, eso permite que de alguna manera nos sintamos uno. Cuántas personas se están sintiendo solas, personas que no pueden salir, que están tristes, como solas y abandonadas y la tecnología nos hace sentir uno ¡no!

Una vez, me acuerdo, me pasó algo que me hizo experimentar lo que dice Algo del evangelio de hoy. Me llegó un mensaje de un número desconocido, un número extranjero. Era un mensaje, después al leerlo me di cuenta que un sacerdote que está en Irak, estaba en Irak, en Bagdad, yo no lo conocía, pero me llenó de alegría. Es un sacerdote que está en Medio Oriente viviendo en carne propia las persecuciones hacia tantos hermanos nuestros cristianos, que son como nosotros, como vos y yo. Me agradecía por los audios, por este apostolado, que Dios me pidió hacer y, por otro lado, me pedía un favor. Me pidió que, si podía, que le grabe un mensaje de audio o de video, y si era posible con mi comunidad parroquial, para los cristianos perseguidos en Medio Oriente. Fue algo tan providencial, tan increíble que no dudé ni medio minuto. Justo en mi parroquia, en ese momento estábamos de misión, terminando esos días de misión, y era el día de la Visitación de la Virgen María, todo justo, todo providencial, todo “calculado”. Después de la misa de cierre de la misión, pudimos grabarles, junto con muchos fieles de mi parroquia y varios misioneros, un mensaje de esperanza y la Salve Regina cantada a nuestros hermanos de Medio Oriente, que sufren el odio y la crueldad por el solo hecho de amar a Jesús, de ser cristianos. Todo un testimonio para nosotros, para vos y para mí, que muchas veces tenemos miedo y vergüenza de decir lo que somos, en lugares donde no nos persiguen.

Fue un regalo del Padre, del Padre del Cielo para todos. Fue un volver a sentir que somos “uno” y que cada día más, tenemos que ser “uno”, con Jesús y entre nosotros. Fue un revivir en carne propia esta escena del evangelio de hoy, en la que Jesús rezó por nosotros, por los que creemos gracias al testimonio de los apóstoles. ¿Te imaginás a Jesús rezando por nosotros, para que seamos uno, para que dejemos tanta división, para que nos amemos como él nos amó, para que gracias al mensaje de unidad ayudemos a que otros crean también en él? ¿Te imaginás ahora a miles de cristianos perseguidos que necesitan de nuestra oración, pero que al mismo tiempo seguramente rezan también por nosotros? ¿Te das cuenta de que la oración une y nos hace sentir uno, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?

Intentemos hoy “meternos” en esta maravillosa escena del evangelio, imaginemos a Jesús rezando por cada uno de nosotros, para que seamos uno. Hoy imaginemos también, que hay miles de hermanos que necesitan de nuestra fuerza, de nuestra oración, de que nos sintamos uno, para que el mundo crea.

Juan 17, 11b-19 – VII Miércoles de Pascua

Juan 17, 11b-19 – VII Miércoles de Pascua

 

Jesús levantó los ojos al cielo, y oró diciendo:

«Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros. Mientras estaba con ellos, cuidaba en tu Nombre a los que me diste; yo los protegía y no se perdió ninguno de ellos, excepto el que debía perderse, para que se cumpliera la Escritura.

Pero ahora voy a ti, y digo esto estando en el mundo, para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto.

Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.

Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad. Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad.»

Palabra del Señor

Comentario

No es casualidad que, antes de ascender a los cielos, antes de partir, mostrándose a todos sus discípulos, reuniéndolos en el lugar donde se habían conocido, en esa montaña de Galilea; no es casualidad que antes de partir, según el evangelio del domingo, Jesús les dijo: «Vayan por el mundo y anuncien el evangelio. Vayan por el mundo y bauticen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado.» El doble mandato de Jesús: el de hacer “hijos de Dios”, el de introducir en la vida de la Iglesia por medio de un sacramento, por medio de un signo, que es el agua, a todos los hijos dispersos por el mundo que necesitan ser abrazados por la misericordia del Padre; y, por otro lado, también enseñar, enseñar los mandamientos de Dios. Enseñar el mandamiento del amor. Lo que él hizo por nosotros. Ese es el doble mandato, la doble misión de la Iglesia, tuya y mía.

También ir por el mundo, aunque, ahora parece que no podemos. ¿Cómo que no? Nosotros sí podemos, de alguna manera, hacer entender a otros; no a la fuerza, sino mostrándoles con nuestro amor, con nuestra alegría, con nuestra forma de vivir. Hacerle comprender a los demás, animarlos a sumarse a esta corriente de amor, en la cual nos ha introducido Jesús entregándose por nosotros y estando ahora sentado a la derecha del Padre, intercediendo por nosotros, por vos y por mí. Vos también estás llamado a ir por el mundo, simbólicamente. Vos también estás llamado a ayudar a otros a que comprendan que el amor de Dios abarca todo, todos los corazones y todos los tiempos.

Algo del Evangelio de hoy también es oración de Jesús que nos puede llenar de gozo el alma y animarnos a rezar, también de esa manera. Qué lindo es pensar que Jesús se animó a orar en voz alta, que se animó a rezar frente a sus discípulos y que, de esta manera, abrió su corazón. Se dio a conocer, “para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto”. Y, de esta manera, logró abrir los corazones de sus amigos. Podríamos decir que, en estos evangelios, en estas oraciones tan lindas de Jesús, él se animó a descubrir sus sentimientos. No tuvo vergüenza de decir lo que pensaba y sentía, y eso nos ayuda muchísimo a vos y a mí. Por un lado, porque de ese modo conocemos lo que pensó, lo que piensa el mismísimo Dios de nosotros y qué piensa él, sobre él mismo, aunque solo podemos saberlo de manera limitada. De esa manera tenemos, por decirlo así, la “llave” del corazón de Jesús, del Padre y del Espíritu, y podremos conocerlo cada día más. Por otro lado, nos ayuda también a abrir nuestro corazón al mismo Jesús y también a los demás cuando es necesario, cuando necesitamos descubrir nosotros mismos qué es lo que sentimos mediante nuestras propias palabras.   A veces nos cuesta mucho rezar frente a otros. Rezamos lo que decimos de memoria, pero abrir el corazón, qué difícil que es ¿no? y qué lindo que es, al mismo tiempo, y qué bien nos haría aprender esto de Jesús.

Esa noche, él pidió por sus amigos, pidió por nosotros, por vos y por mí, para que el Padre nos cuide del maligno, de aquel que quiere apartarnos siempre del camino de la verdad y del amor. Por eso Jesús rogó para que “nos consagre en la verdad”, no para sacarnos de este mundo, sino para que nos libre de la mentalidad de este mundo apartado de su Padre. Podemos hablar del “mundo” en dos sentidos o, por lo menos, el evangelista Juan habla en dos sentidos. Por un lado, el mundo como creación de Dios, consecuencia y objeto de su amor. El mundo que él creó, el universo podríamos decir. Y, por otro lado, mundo en el sentido negativo, como todo aquello que está en el mundo, pero no quiere pertenecer a Dios, reniega de su creador, de su Padre. Por eso Jesús dice que “nosotros somos del mundo, o sea, estamos en este lugar, en esta creación que él nos regaló, pero, de alguna manera, no somos de este mundo.” Estamos creados para la Vida Eterna  y el “mundo los odió” dice. Estamos de paso en este mundo que podemos ver con nuestros ojos y sentir con todos nuestros sentidos. Estamos en el mundo, nacimos en este mundo, pero nuestra mentalidad y corazón no deben ser para servir al modo de pensar de este mundo, sino  para servirlo al Señor. Fuimos creados y salvados para librarnos de las ataduras del mundo que no quiere amar a Dios, que lo rechaza, sino que quiere hacer de este mundo, “su propio mundo” olvidándose que es del Padre.

Son muchas las cosas que podemos meditar a partir de esta oración tan linda, pero prefiero que oremos como Jesús oró, que pidamos para nosotros lo que Jesús pidió para nosotros. Que deseemos lo mismo que él deseó para nosotros, que nuestros deseos sean los de él, que nuestros anhelos sean los de Dios, que nuestras búsquedas sean las de él, que nuestra misión sea la misma que la de Jesús… “Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo.” No nos olvidemos que nacimos en este mundo, pero no debemos mimetizarnos con él. No debemos parecernos a la mentalidad de este mundo, “no somos de este mundo”. “Nuestro corazón, como dice san Pablo, tiene que estar puesto en las cosas del cielo”. Consagrémonos a la verdad, al amor. Dejémonos llenar por las palabras de Jesús, Con sus palabras que son amor y verdad, y nos lanzan y nos invitan a amar como él ama, a poder experimentar la alegría de saber que él habita en nuestro corazón y nos impulsa a hacer cosas que, si fuésemos solo de este mundo, no podríamos hacer.

Juan 17, 1-11a – VII Martes de Pascua

Juan 17, 1-11a – VII Martes de Pascua

 

Jesús levantó los ojos al cielo, diciendo:

«Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que tú les has dado. Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.

Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera.

Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra. Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste.

Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado. Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti.»

Palabra del Señor

Comentario

Puede parecer a veces que, para nosotros, la fiesta de la Ascensión del Señor, que celebramos el domingo, no nos dice mucho. De hecho, a veces, no se profundiza mucho. Es una fiesta a la que a veces, en la Iglesia, no le damos tanta importancia. Es como que quedó un poco opacada entre la Pascua y Pentecostés. Quedó ahí, entre medio. Sin embargo, es una gran verdad, una linda verdad de nuestra fe, que la mencionamos en el Credo cada domingo que lo rezamos, que la mencionamos en un montón de momentos de la misa y nos enseña muchísimas cosas. Para los discípulos que lo vieron partir “entre las nubes”, sí debe haber sido significativo y misterioso. Muchas preguntas se les habrán cruzado por el corazón. ¿Qué pasaría ahora con ellos? ¿Cuándo volvería Jesús? ¿Qué podrían hacer ellos, solos, sin él? ¿Qué significaba eso de ir por todo el mundo a anunciar la Buena Noticia, a bautizar, a enseñar? Qué difícil debe haber sido para ellos. Para nosotros podría parecernos obvio, pero no fue lo mismo para ellos. Sin embargo, la prueba de que Jesús seguía estando con ellos, fueron los frutos que comenzaron a experimentar todos los apóstoles ante la ausencia de Jesús en la Iglesia naciente. Una ausencia que se transformó en una presencia distinta.

No podrían darse tantos frutos en toda la tierra, cada día, a cada instante, en miles de corazones, incluso en este mismo momento, mientras vos estás escuchando ahora, si Jesús no estuviese a la derecha del Padre asistiéndonos con su amor, con su fuerza.
De Algo del evangelio de hoy, escuchamos una oración de Jesús que quedó en el evangelio, y evangelio que se puede transformar en oración para nosotros. Qué fecundo puede ser para todos imaginar esta escena en la que Jesús mirando al cielo, mira a su Padre, lo busca con la mirada, como esa mirada de amor y el corazón para poder hablarle, para decirle todo lo que sentía. Jesús, en la última cena, se despidió de sus discípulos y se los encomendó a su Padre. Pero, al mismo tiempo, les dejó a sus amigos el mejor legado que podía dejarles, sus palabras que se harían eternas porque no fueron solamente palabras, sino que fueron al mismo tiempo, palabras que se hicieron gestos de amor, reales y concretos.

Qué lindo imaginar a Jesús mirando al cielo diciendo esto. Te propongo que hagamos hoy algo similar, que hagamos lo mismo, que elevemos nuestros ojos al cielo, o a una imagen, o a un lugar que nos ayude como a transportarnos, dicho simbólicamente, a ese momento. Las palabras de Dios pueden hacerse vida ahora, si buscamos que las escenas del evangelio, de alguna manera, se hagan presentes. No sean un cuentito, no sean frases lindas, frases motivadoras. Por eso, para eso, tenemos que usar todos nuestros sentidos, toda la sana espiritualidad, corazón y pensamiento. Somos una unidad. Antes de pensar en lo que podrías decirle vos al mismo Padre, a Jesús, pensá en lo que dijo Jesús, en algunas de las palabras que escuchaste recién y, si es necesario, volvé a escucharlas.

A mí me ayudan las que te voy a repetir ahora, las que rezo al elevar la hostia consagrada en el altar, en las misas de cada día, son éstas: “Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo”. Eso pido, que todos los que están en la misa, tengan esa vida eterna, que conozcan al Dios verdadero, a su enviado. Fijate también, a vos cuáles te sirven, si te sirven estas u otras.

Te decía que esta oración de Jesús quedó escrita en el evangelio. Sus palabras se hicieron evangelio y que, por eso, y porqué no, el evangelio para nosotros se debería transformar en oración, en elevación del alma hacia Dios. Eso es rezar, elevar nuestra alma a Dios para que no solo se arrastre por el suelo, por decir así, por las cosas de cada día, sino que se anime a elevarse un poco. Nuestra alma, nuestro espíritu está hecho para cosas más grandes todavía. Mucho más de lo que imaginamos. Eso es la Vida Eterna en la tierra, buscar cada día conocer al único Dios verdadero, al Padre de todos, y a su enviado Jesucristo. Vivir en serio es conocer a Dios, a Dios Padre, y a su Hijo. También podríamos decirlo al revés: conociendo a Cristo, conocer al Padre.

Toda nuestra fe cristiana podría sintetizarse en esto: conocer y amar a Cristo para poder conocer el amor del Padre. Pensemos si en nuestra vida estamos buscando esto. Pensemos si estamos intentando esto día a día. Todo lo demás es pasajero y secundario. ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué estás haciendo en tu vida, en la Iglesia? ¿Para qué crees que es la Iglesia? ¿Qué estás haciendo en tu familia? ¿Estás buscando la Vida Eterna mientras vivís esta vida terrena y pasajera? La Vida en serio, la Eterna, la que da ganas de vivir, la que nos ayuda a seguir cada día es esta: Conocer al único Dios verdadero y a Jesús su enviado. No a cualquier “dios” hecho a nuestra medida, no a cualquier ídolo humano, ni siquiera a un santo, a un político, a un prócer, sino a Jesús, que es el Camino, Verdad y Vida. Te aseguro que eso te va a dar la verdadera paz, te aseguro que eso te va a reorientar en la vida, la va a orientar. Escuchá a Jesús todos los días y vas a empezar a entender lo que es la Vida Eterna.

Juan 16, 29-33 – VII Lunes de Pascua

Juan 16, 29-33 – VII Lunes de Pascua

 

Los discípulos le dijeron a Jesús: «Por fin hablas claro y sin parábolas. Ahora conocemos que tú lo sabes todo y no hace falta hacerte preguntas. Por eso creemos que tú has salido de Dios.»

Jesús les respondió: « ¿Ahora creen? Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo.

Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo.»

Palabra del Señor

Comentario

Si nos dieran a elegir ante cada situación que nos toca vivir o decidir en la vida cotidiana, entre que nos digan la verdad y nos mientan… ¿qué elegirías? ¿Qué optarías? Sé que es una pregunta medio tonta, aparentemente, porque todos, excepto al que le gusta que le mientan, diremos a una voz: “Que me digan la verdad.” No hay nada más lindo que nos digan la verdad. A nadie le gusta que le mientan. Estamos hechos para escuchar la verdad y decirla, sin embargo… andamos escuchando muchas mentiras por ahí. Qué insoportable que es la mentira. Nos decimos muchas veces mentiras a nosotros mismos, a nuestro corazón, y a veces mentimos a los demás. En los medios de comunicación escuchamos tantas mentiras. A veces, entre los que nos queremos nos mentimos o por lo menos no somos tan sinceros. Cómo cuesta decir la verdad. Sin embargo, a nadie le gusta que le mientan, pero, al mismo tiempo, es raro, porque no siempre nos gusta después escuchar la verdad. Es como que la deseamos, pero, cuando se nos viene encima, por decirlo así, cuando nos aparece frente a los ojos, nos cuesta muchísimo aceptar la verdad de nuestra vida, o por lo menos cuando nos toca de cerca, cuando tiene algo que ver con nosotros. La verdad es así, aflora, se manifiesta. Nos gusta decir “la verdad”, a veces, a todo el mundo por ahí, pero no es fácil cuando nos vienen a decir “la verdad” sobre nosotros mismos, sobre un error, sobre una falsedad, sobre una mentira, sobre actitudes que tenemos. No nos gusta que nos mientan, pero a veces preferimos “hacernos los distraídos” y no enfrentar la verdad. A veces preferimos que “nos mientan un poco” y que todo se mantenga igual, políticamente correcto.

Por eso, podemos preguntarnos hoy, tomando Algo del evangelio: ¿Cuántos problemas y sufrimientos nos habríamos ahorrado en la vida si nos hubiesen dicho toda la verdad de la vida, o por lo menos ayudado a descubrirla lo antes posible? ¿Cuántos dolores y desilusiones nos habríamos evitado si nos hubiesen dicho que todo no era todo tan fácil como pensábamos? Como nuestra cabecita lo imaginaba. ¿Cuántos problemas le habrías evitado a tu hijo, a tu hija si no le hubieras pintado la vida como una linda película mientras a vos te costó muchísimo? ¿Cuántos sacerdotes se nos hubiese hecho más fácil si como decía Benedicto XVI: “Se nos diga toda la verdad sobre el sacerdocio, sobre lo difícil también que es, lo lindo, pero lo difícil”? Bueno, en realidad, como te decía, no siempre la culpa es del que miente o te quiere tapar la verdad, o no la dice toda, sino también del que no se esfuerza por conocer la verdad. Pero la mentira a veces se disfraza de un “supuesto bien” por el otro, pero que a la larga se transforma en un mal, en un obstáculo para seguir, para creer, para tener ánimo y esperanza. Hay personas que prefieren evitar a toda costa que los otros pasen por algún tipo de sufrimiento: “No quiero que sufra.” “No quiero que pase lo mismo que yo” dicen algunos. Es entendible, es verdad. Pero qué padre o qué madre quiere que sufra alguno de sus hijos. Ninguno. Es verdad. Pero, al mismo tiempo, qué padre o madre puede evitar que sus hijos sufran, de alguna manera, en la vida. Qué padre o qué madre no quiere que sus hijos crezcan. El crecimiento es a través, también, del sufrimiento. No estoy hablando de los sufrimientos que provienen a raíz del mal, esos que hay que evitarlos, no hay que “sufrir por sufrir” – aunque no se puede evitarlos totalmente – sino que me refiero al sufrimiento que proviene de hacer el bien. Como dice la Palabra de Dios: “Es preferible sufrir haciendo el bien que haciendo el mal, por buscar el bien.” Por luchar para alcanzar el bien: la justicia, el amor, la honestidad, la sinceridad, la generosidad, la entrega, el dominio de sí mismo, la alegría, la amabilidad, la educación, el bien común, los pobres que merecen nuestro amor y tantas cosas más. Ese es el sufrimiento que vale la pena, que es imposible esquivar y que, además, es necesario. El que quiere evitar ese sufrimiento, no entendió el sentido de la vida.

No llegó ni siquiera a ser hombre.

Los padres y las madres que quieren evitarle a sus hijos el sacrificio del amor. Estos sufrimientos lindos no están criando hombres y mujeres capaces de amar y de esforzarse para hacerlo, sino hombres y mujeres que no podrán descubrir el lindo gustito de la vida que se entrega por otros.

¿Qué les dijo Jesús a sus amigos antes de partir? ¿Qué les dijo? “Tranquilos, todo bien. No se preocupen que les irá siempre bien; serán exitosos siempre; todos los van a querer, nunca van a sufrir; el que me ame no sufrirá en nada, tendrá salud y trabajo siempre asegurado.” ¿Qué les dijo? ¿Les dijo eso? Es interesante ver que ante la afirmación muy segura de los discípulos de que creían, Jesús no se calla dos verdades no muy divertidas: “Me dejarán solo… y tendrán que sufrir.” “Me dejarán solo… y tendrán que sufrir.” ¡Qué mala onda Jesús! ¿Cómo vas a decir eso? Sin embargo, Jesús nos dijo la verdad. ¿Nos gusta que nos digan la verdad? ¿Nos gusta que Jesús nos diga la verdad de nuestra vida? ¿Te gusta decirles la verdad a los demás o se la disfrazás? Jesús les anticipa y nos anticipa, que cuando nos creemos que la tenemos clara, no nos olvidemos que somos capaces de dejarlo en menos de un minuto, cuando el dolor o el sufrimiento se presentan en nuestra vida. Somos capaces de abandonar a Jesús, de abandonar la fe por cualquier cosa. ¿Cuánta gente abandona a Jesús cuando se presenta la dificultad? ¿Y cuánta gente lo abraza en la dificultad? ¿Cuántas veces hemos dejado a Jesús solo por miedo, por vergüenza, por el qué dirán, por temor? Jesús nos anticipa que en la vida sufriremos, por culpa de otros y por culpa nuestra. ¿Tenemos que evitar el sufrimiento? Sí, el que no vale la pena, el que proviene del mal nuestro y ajeno. ¿Tenemos que esquivar todos los sufrimientos de la vida? No, la verdad que no. Sufrir por el bien es necesario e inevitable y nos hace bien. El que sufre por amor es feliz, aunque parezca mentira. El que sabe sufrir, tanto lo que nos toca de yapa, de arriba; no de arriba porque lo mande Dios, sino que toca porque toca, como el elegido, sabe vivir. Vive distinto, transforma todo en oportunidad para amar. Jesús no nos mintió, prefirió la verdad. ¿Vos que preferís?