Book: Juan

Fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

Fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael

By administrador on 29 septiembre, 2022

Juan 1, 47-51

Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez».

«¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.

Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera».

Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».

Jesús continuó: «Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”, crees. Verás cosas más grandes todavía».

Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Palabra del Señor

Comentario

Hoy más que nada mi deseo es que aprendamos un poco más sobre esta, «Fiesta de san Miguel, san Gabriel Y san Rafael». Los arcángeles más importantes en la historia de toda la Iglesia; en realidad, de los únicos que se conoce su nombre tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

La palabra Arcángel viene de las palabras griegas «Arc» que significa «principal» y «ángel» que es «mensajero de Dios». Por eso, son los principales mensajeros de Dios.

La Biblia solo da el nombre de tres Arcángeles: Miguel, Rafael y Gabriel. Gabriel significa «la fuerza de Dios». En el Antiguo Testamento, San Gabriel Arcángel aparece en el libro de Daniel explicándole al profeta una visión del carnero y el chivo, y también instruyéndolo en las cosas del futuro. En los Evangelios, San Lucas lo nombra anunciando a Zacarías el nacimiento de San Juan Bautista y a María, que concebiría y daría a luz a Jesús.

Por otro lado, Rafael en hebreo es «Dios te sana». El único libro que habla de San Rafael Arcángel es el de Tobías y figura en varios capítulos. Allí se lee que Dios envía a este Arcángel para que acompañe a Tobías en un viaje, en el que se casó con Sara.

Finalmente, Miguel significa «¿quién como Dios?» El nombre del Arcángel Miguel viene del hebreo «Mija-El», que significa «¿quién como Dios?» y que, según la tradición, fue el grito de guerra en defensa de los derechos de Dios cuando Lucifer se opuso a los planes de salvación y de amor de nuestro Padre Dios.

La Iglesia siempre tuvo una gran devoción al Arcángel San Miguel, especialmente para pedirle que nos libre de los ataques del demonio y de los malos espíritus.

Pero también en Algo del Evangelio de hoy, más allá del diálogo tan lindo con Natanael, Jesús dice una cosa muy importante: «Verán cosas más grandes todavía. Verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Es Jesús quien claramente habla de la presencia de los ángeles, de estos seres espirituales, invisibles, que están presentes en nuestra vida, pero que por supuesto, no podemos verlos con nuestros ojos.

Nuestra fe nos enseña que hay un mundo invisible que supera todo lo que podemos imaginar. «Verás cosas más grandes todavía», dice el mismo Jesús. Hay cosas que todavía no vemos y algún día veremos. Como dice el apóstol San Pablo: «Nosotros anunciamos, como dice la Escritura, lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar aquello que Dios preparó para los que lo aman».

¿Y qué nos dice todo esto? Creo que, por un lado, nos da mucha esperanza y, además, una actitud diferente frente a la realidad.

El mundo, no es solamente lo que vemos; tu vida no es solamente lo que ves; la vida de los demás no es solamente lo que vos ves. Es mucho más grande todavía. Y eso nos hace también pararnos ante la realidad con una actitud también de humildad. Hay que ser humildes y reconocer que las cosas no son simplemente como las vemos, que no podemos reducir la realidad a lo que percibimos y vemos con los ojos que Dios nos ha regalado, sino que Dios, nos tiene preparado algo mucho más grande todavía.

Los ángeles son estos seres espirituales que están presentes en toda la historia de la salvación, para ayudarnos a llegar al cielo y son parte de esa realidad y no podemos ver todavía.

Dios Padre creó a los ángeles en función de Cristo. Son de Cristo. Han sido creados por él y para él. Y también están al servicio de él. Como están al servicio de él, están al servicio de nosotros, porque eso es lo que quiere Dios de nosotros: que nos acerquemos a Cristo.

Podemos también, especialmente hoy, pedirle a San Miguel -que es el gran Arcángel- que nos defienda en esta batalla, en esta lucha diaria por alcanzar la salvación, con una parte de esa oración tan importante para la Iglesia que dice así: «San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio». Es una petición de protección. Pidámosle a San Miguel que nos ayude a estar atentos para rechazar la presencia de esos seres espirituales que buscan ir en contra de nuestra salvación, que buscan alejarnos de Dios: «Por favor, San Miguel, defendemos en la batalla, defendemos siempre».

Ojalá que la fiesta de los santos Arcángeles nos ayuden a percibir y a pararnos frente a la realidad de una manera más humilde y más confiada, sabiendo que todo está en las manos de Dios y que siempre estamos protegidos por él y sus mensajeros.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Fiesta Exaltación de la Cruz

Fiesta Exaltación de la Cruz

By administrador on 14 septiembre, 2022

Juan 3, 13-17

Jesús dijo a Nicodemo:

«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él».

Palabra del Señor

Comentario

«Tus preceptos son para mí canciones mientras vivo en el destierro» dice el salmo 118. Otro versículo que quiero dejarte para saborear, para profundizar y poder apropiarte de estas palabras.

Una forma de empezar podría ser leerlo en forma interrogativa: ¿Tus preceptos son para mí canciones mientras vivo en el destierro? ¿Nos pasa esto con la Palabra de Dios? ¿Son para nosotros las palabras que salen de la boca de Dios como lindas canciones? ¿O son como un canto más?

Los preceptos de Dios son sus palabras, que de mil maneras quieren hacernos vibrar como vibramos con la mejor canción, con esa canción que más nos gusta. Las Palabras de Dios son la mejor canción mientras vivimos en este mundo; tienen que ser nuestra mejor canción.

Lo que pasa es que el canto de Dios es a varias voces, y hay que saber escucharlo. La Palabra de Dios es como una gran sinfonía que hay que ir aprendiendo a escuchar y disfrutar.

Hoy se nos propone esto: que la Palabra de Dios sea la mejor canción de toda tu vida. Tratá de escuchar canciones que te enriquezcan y te alimenten.

Y hoy celebramos en toda la Iglesia una fiesta muy especial la de la exaltación de la Cruz, y en nuestro país, especialmente en Salta; la fiesta del Señor del Milagro; una verdadera fiesta popular de fe de todo un pueblo y también de muchas partes de nuestro país.

¿Y qué significa esto de exaltar la Cruz? Antes que nada te propongo algo –y también me lo propongo a mí– seguro que tenés ahí a mano alguna cruz, estamos llenos de cruces en nuestra vida pero no me refiero a los sufrimientos de nuestra vida sino a la cruz que alguna vez te regalaron, esa cruz que llevás colgada en el pecho, esa cruz que también te la colgaste y muchas veces te olvidás, una la cruz que cuelga de tu Rosario. Agarrala fuerte. También puedes mirar la cruz que tenés colgada en la pared de tu habitación, de tu cocina, del comedor; mirala ahora fijamente y si podés bajarla para abrazarla, hacelo. Si estás viajando en auto por ahí tenés una cruz, agarrala también; si vas viajando en algún medio de transporte mirá para todos lados, en algún lugar vas a encontrar una cruz. La cruz está presente en todos lados y si no la ves imaginala. Si estás con tus hijos escuchando esto, animalos a hacer este ejercicio.

La cruz es el signo más amado por los que amamos a Cristo. Y cuantas veces nos olvidamos de esta verdad tan linda. Mientras tenés ahora la cruz en tus manos, o mientras la estás mirando; pensá en estas palabras de Algo de Evangelio de hoy.
«Sí, Dios amó tanto al mundo que entregó a su hijo único era necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto», era necesario que esté en la cruz.

Sí, la cruz la exaltamos para no olvidar, para no olvidarnos de tanto amor, no es para recordar tanto dolor –como nos critican a veces a los católicos– aunque en realidad son las dos cosas inseparables; tanto dolor, pero por un amor más inmenso todavía.

¿Y cómo vamos a esconder algo tan grande? Es imposible. Imagínate que la persona que más amás en este mundo y la que más te ama muere por vos, da su vida a cambio de la tuya, para salvarte, ¿qué harías?

¿No estarías orgulloso, orgullosa de esa demostración de amor tan grande? ¿Esconderías lo que hizo ese amigo tuyo, o lo contarías? Sería imposible ocultar la alegría y el orgullo de tener un amigo así, o una amiga de esa manera.

Algo así –pero mucho más todavía– es lo que vivimos los cristianos con la cruz.Esa cruz que tenés en la mano, representa el dolor, el sufrimiento por tanta maldad; pero el hombre crucificado, Cristo, es la expresión del amor más grande que podés imaginar. ¿Se puede ocultar?

Hoy no sueltes la cruz, no dejes de mirarla, mirala distinto, mirala con más profundidad, mirala más con cariño, porque si crees en ese amor no vas a morir; vas a vivir en la vida eterna, una vida distinta, una vida más plena.

Que hoy cada una de las cruces que te encuentres a lo largo del día te ayuden a profundizar estas palabras del Evangelio de hoy.

Fiesta de san Bartolomé Apóstol

Fiesta de san Bartolomé Apóstol

By administrador on 24 agosto, 2022

Juan 1, 45-51

Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret».

Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?»

«Ven y verás», le dijo Felipe.

Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez».

«¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.

Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera».

Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».

Jesús continuó: «Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”, crees. Verás cosas más grandes todavía».

Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Palabra del Señor

Comentario

Se dice, o mejor dicho los católicos decimos que los apóstoles son los pilares de la fe, o las doce columnas de la Iglesia. De hecho, si te fijás en algunas Iglesias antiguas, donde todo se construía con una simbología bien pensada y rezada, tienen doce columnas, seis de cada lado, en cada nave, sosteniendo la nave central. Todo un signo. Sabemos también que Jesús es la «piedra angular», o sea la piedra que está en entre las dos paredes formando un ángulo, la piedra que cierra la arcada, sin ella todo se viene abajo, sin Jesús la Iglesia se viene abajo, dicho en criollo. Sin embargo Jesús eligió a doce hombres, comunes y corrientes, de la misma madera que vos y yo, para que sean los «receptores y transmisores» de su amor, de sus palabras, de su mensaje, de su salvación. En definitiva, más allá de los que muchos puedan decir, más allá de tu experiencia personal de fe, más allá de todos los pecados juntos de la historia, más allá de las falencias actuales, la Iglesia es la «extensión» en el tiempo del amor de Jesús que quiere llegar y abrazar a todos.

Cada vez que celebramos la fiesta de un apóstol de la Iglesia, de uno de los doce, de los más cercanos de Jesús, celebramos este misterio. O sea, que nuestra fe, nuestra confianza y esperanza en Jesús no se basa en divagues particulares, no se basa en fábulas, no se basa en revelaciones privadas, no se basa en ideas voladoras, sino que se basa en una realidad bien concreta; en el testimonio de doce hombres que estuvieron y vivieron con Jesús, lo conocieron, lo vieron hacer milagros, comieron y disfrutaron con Él, lo vieron morir; pero fundamentalmente lo vieron resucitado, lo vieron vencer a la muerte, lo tocaron, lo escucharon y abrazaron después de muerto, lo abrazaron vivo. Creemos en eso, creemos en Jesús, pero en un Jesús vivo que se conoce solo por medio de otros, solo por medio de la Iglesia. Nadie conoció a Jesús «encerrado» en su habitación. Nadie, ni vos ni yo, conocimos a Jesús leyendo solos la biblia, leyendo solos el catecismo, yendo solos a misa, recibiendo solos el bautismo, dándonos a nosotros mismos la confirmación, el perdón.

Nadie, absolutamente nadie. Todo el que te quiera meter eso en la cabeza te miente. Jesús llegó a tu corazón y al mío, por medio de otras personas, de situaciones, de momentos concretos. Y esto que te digo es una gran cadena hacia atrás, que segundo a segundo, minuto a minuto, hora tras hora y día tras día, viene desde Jesús, a los apóstoles, la Iglesia, vos y yo. ¿Pensaste eso alguna vez? Esa es la maravilla y la fragilidad de la fe que muchos niegan o les cuesta entender, y por eso tambalean en la fe, porque no quieren entender lo que es de sentido común. El que pretende otra cosa, no comprende el querer y sentir de un Dios que se hizo hombre, justamente para generar esto. Una atracción de amor que atraviese los siglos y llegue hasta nosotros, hoy, ahora, concretamente, y por ejemplo hoy por medio de este audio, de las palabras de Dios que vuelan por los aires y llegan al corazón de tantas personas. Bueno, pero no te quiero aburrir con esto, solo espero que te sirva para que entiendas lo lindo que es creer en esto, aunque a algunos les cueste tanto.

Algo del Evangelio de hoy confirma lo que te quiero mostrar. ¿Cómo conoció Bartolomé, Natanael a Jesús? o mejor dicho… ¿Cómo se dejó conocer Natanael por Jesús aquella tarde? Gracias a Felipe. Felipe fue el mensajero, el que hizo de eslabón para que Natanael sea sorprendido por el amor de Jesús. Siempre hay un «Felipe» en la vida de nosotros. Mirá para atrás y pensá. ¿Quién fue «tu Felipe»? ¿Quién fue el que alguna vez te dijo: Encontré al que siempre quise encontrar. Encontré al que da sentido a mi vida. Encontré al que dará sentido a tu vida? ¿Quién fue? ¿Te animás a pensar quién fue y cómo fue ese día? ¿Te animás a pensar y a rezar por ese «Felipe» que te ayudó a que tu vida cambie completamente? ¿Te pusiste a pensar qué sería de tu vida si no hubieras conocido a Jesús, y si Él alguna vez no te hubiese dicho «Yo te vi, Yo te vi antes que otros? ¿Te animás a llamar o mandarle un mensaje a esa persona que para vos fue un apóstol y te acercó la gracia a tu vida? Qué lindo que pensemos eso. Qué lindo que hoy entre nosotros nos demos las gracias por ayudarnos mutuamente a ser «alcanzados» por Jesús, por el único que nos conoce verdaderamente, por el único que sabe cómo somos y lo que pensamos.

Para terminar, te cuento algo. Me acuerdo que cuando fui a Roma hace varios años, yendo hacia la Basílica de San Pedro con esa emoción de la primera vez, iba con un sacerdote amigo, nos equivocamos de colectivo y tuvimos que bajar muy lejos hasta poder llegar. Pero fue providencial. Caminando y disfrutando de andar por esos lugares sembrados de historia y de fe, casi sin darnos cuenta, nos «topamos» con la Iglesia de San Bartolomé. Me acuerdo de las sensaciones, de lo que se me cruzó por la cabeza y el corazón. Estaba ante la tumba de una de las columnas de la Iglesia, de uno de los hombres que ayudó a que hoy yo tenga fe y sea sacerdote. ¿Y si hoy también le agradecemos a él?

Fiesta de San Lorenzo

Fiesta de San Lorenzo

By administrador on 10 agosto, 2022

Juan 12, 24-26

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.

El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre».

Palabra del Señor

Comentario

Nunca te olvides que al leer la Palabra de Dios o al escucharla, que ella es fruto de la inspiración del Espíritu Santo. Él fue el que hizo que quede escrita para siempre y es Él que hoy nos ayuda a comprenderla, Él es quien la hace presente y la hace viva en la vida de cada creyente que la escucha con fe. Porque si no, la Palabra sería «letra muerta», sin la presencia del Espíritu es letra muerta; Él es el artífice y el que obra interiormente para que al escucharla podamos comprenderla, y al comprenderla podamos amarla y vivirla.

Eso es lo que tenemos que lograr: todos, amar la Palabra de Dios, amar lo que Dios nos dice.

Alguien me dijo por estos días: «Padre no sabés la dependencia que me generó la Palabra de Dios» ¡Qué lindo escuchar cuando nos empezamos a enamorar, nos empieza a atraer, y empezamos a tener ganas de escuchar la Palabra de Dios. ¡Qué lindo que es tener «buenas» dependencias!

Por eso volvé a escucharla si es necesario, para eso tenés el audio; invocá al Espíritu Santo que es que te va a ayudar a realmente poder vivirla.

La alegría de un buen hijo es la de escuchar a su padre y a su madre; que le enseña, que le habla, que lo instruye, que lo guía. Por lo menos es la alegría de los primeros años de vida, después nos vamos rebelando. La alegría del que tiene fe es la de desear escuchar lo que su Padre del cielo quiere. Por eso hoy andá caminando al trabajo repitiendo algunas palabras de hoy, empezá el día en tu casa repitiendo esas palabras que elijas, terminá el día también y como síntesis repetí esas palabras; que tu alegría de hoy sea esta: no olvidar las Palabras de Dios que te quiere decir y te dice al corazón.

Y en Algo del Evangelio de hoy –en este día de San Lorenzo– en primer lugar Jesús utiliza esta imagen tan linda de la semilla, tan sencilla y profunda, por eso hoy no hace falta agregar imágenes, sería absurdo; en primer lugar estas palabras de Jesús se refieren a Él mismo, Jesús está anticipando lo que será su entrega en la Cruz, su muerte y su resurrección: «Si el grano de trigo no muere queda solo». Jesús quedó en la cruz casi solo, pero hoy no está solo.

Si Jesús no se hubiese entregado y no hubiese amado de la manera como nos amó; no hubiese transformado el mundo como lo transformó.

Jesús no quedó solo, esa aparente «derrota» en la Cruz; terminó siendo la victoria más grande de la historia, por su Resurrección que dio mucho fruto. Jesús no tuvo apego a su vida y por eso la entregó, y entregándola le ganó la vida a muchísimos.

Entonces estas palabras que son de Jesús sobre sí mismo, por supuesto que también son para nosotros, nosotros también somos como «un grano de trigo», tenemos que ser como un grano de trigo; que si no caemos en la tierra y nos transformamos, quedamos solos, no dejamos nada.

Para nosotros los cristianos morir no es algo malo, morir es transformarse. No me refiero a morir en cuanto a la muerte natural sino al morir de cada día; a esta entrega cotidiana de nuestra vida en cada cosa que hacemos –así como San Lorenzo entregó su vida por Cristo–; morir para nosotros es transformarnos. Pero incluso la muerte natural para nosotros no será muerte, sino transformación. Mueren los que no tienen fe, lo que ven solo esta vida. Nuestros seres queridos que partieron de este mundo no están «muertos», porque Dios, es un Dios de vivos. Tu madre, tu padre, tu hijo o tu hija que no están, no podemos decir que «se llamaban», sino que se llaman porque están vivos.

Por eso morir en la vida diaria a veces se trasforma en «callar» algo que querés decir y era mejor no decirlo, o decirlo distinto, como alguna crítica que querías hacer, algún mal pensamiento; morir es renunciar a tu egoísmo para servir a alguien; morir es regalarle una mirada a ese pobre con el que te cruzaste y que no tenias ganas de mirarlo; o frenar y darle una limosna; morir es escuchar a tu marido, a tu mujer, servir a tus hijos; morir es dedicarle más de tu tiempo a la oración, en vez de perderlo en tantas otras cosas…

¡Morir!…, tantas maneras de morir tenemos en nuestra vida; pero acordate, no es algo malo. Morir es transformarse, morir es dar frutos, si no te quedas solo. Te encerrás en vos mismo y te quedas solo, te encerrás en tus planes o en tus proyectos y te quedas solo; pero cuando te entregás, empezás a ganar cosas, empezás a ganar corazones de otras personas, se te ensancha el corazón, «corrés el alambrado de tu campo», tenés más horizonte.

Hoy tratá de morir un poco a vos mismo y mejor no matar a nadie. No mates a nadie con tu mirada, con tus pensamientos, con tus prejuicios, no mates a nadie…, mejor transformate un poco vos.

Memoria de Santa Marta

Memoria de Santa Marta

By administrador on 29 julio, 2022

Juan 11, 19-27

Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.»

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»

Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»

Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?»

Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.»

Palabra del Señor

Comentario

Alguna vez te dije que las cosas se entienden con el tiempo, que se necesita tiempo para que “decanten” las palabras en el corazón, pero una vez que tocan el fondo del corazón uno puede decir con satisfacción: “Esto ya es mío, esto es parte de mi vida, nadie me lo puede quitar”. Cuando la palabra de Dios no se escucha como oyente olvidadizo, sino, como alguien que está dispuesto a hacer un camino y a cambiar, lentamente todo va tomando el “color” de la palabra de Dios, todo se interpreta desde la palabra de Dios, todo lo pasamos por el “tamiz” de la palabra de Dios y así, la vida del oyente se va cristianizando, y empezamos a pensar cómo piensa Dios, empezamos a sentir como siente Dios, que es lo que realmente interesa, porque somos su imagen, estamos hechos a su imagen, pero tenemos que ir asemejándonos a Él porque la debilidad y el pecado fue desdibujando lo mejor de nosotros.

¡Qué lindo es poder celebrar hoy la memoria de Santa Marta! recordar a Marta como una santa de nuestra Iglesia, alguien que se dejó transformar por la palabra de Jesús y llegó a los altares, sin mucha propaganda, sin grandes cosas. ¿Qué sabemos de Marta? Poco y nada. En realidad, a Marta, muchas veces la recordamos únicamente por el tan conocido: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, pero una sola es necesaria, María eligió la mejor parte que no le será quitada” A veces la pobre la pobre Marta quedó un poco “mal parada” con este episodio, pero eso fue solo un momento de su vida. Pero, como te vengo diciendo, el evangelio nos va respondiendo de a poco ciertas cosas o nos va dando luz sobre ciertos temas también de a poco. Se necesita tiempo. Hay que darle tiempo al tiempo. Y hoy, Algo del Evangelio, nos muestra a una Marta totalmente distinta. Marta se animó a cambiar.

Podríamos decir sin miedo a equivocarnos que escuchó a Jesús y aprendió la lección. En la escena hoy los roles se cambian, Marta sale al encuentro de Jesús y María se queda en la casa. Con su hermano apenas muerto, no deberíamos pensar que María se quedó trabajando, pero si es lindo notar que la que sale al encuentro de Jesús es Marta y le dice con un dejo de queja, pero al mismo tiempo, con una total confianza: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.» ¡Qué lindo ver a Marta cambiada! ¡Qué lindo es escuchar a Marta preocupándose por lo importante! ¡Qué lindo y esperanzador es escuchar a Marta reconociendo a Jesús como su Señor y confiando en que su hermano algún día resucitará! ¡Qué lindo es escuchar a Marta confesando su fe en Jesús, creyendo en la resurrección, aunque todavía no se daba cuenta que Jesús le devolvería la vida a su hermano! ¡Qué lindo es volver a escuchar esto: «Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo!» Qué bien hace al corazón ver que la palabra de Dios se cumple en una persona y que Marta, pudo cambiar su corazón según lo que Jesús le había enseñado esa vez que estuvo en su casa: “Marta, Marta, nos enseñás tantas cosas con tu santidad.

Marta, Marta yo a veces me inquieto por tantas cosas y sé que una sola es necesaria, sin embargo, todavía no logro tener esa fe tan pura como la que llegaste a tener vos. Marta, Marta, ante el dolor, ante la muerte y la desesperación, me gustaría responder con la fe que le respondiste a Jesús ese día. Marta, Marta, no me gusta el dolor, no me gusta imaginar que en algún momento un hermano mío tenga que partir, no estoy acostumbrado al sufrimiento, no me gusta y me enoja que mis seres queridos ya no estén más conmigo, pero sí me gustaría poder llegar a tener tu fe, poder llegar a confiar en Jesús de esa manera, sabiendo que sus palabras son verdad, son realidad y se harán realidad. Marta, Marta, te inquietaste por muchas cosas, pero terminaste descubriendo cuál es la única necesaria, Jesús, tu señor y mi Señor. Gracias Marta.”

Fiesta de Santa María Magdalena

Fiesta de Santa María Magdalena

By administrador on 22 julio, 2022

Juan 20, 1-3.11-18

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?»

María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.» Jesús le dijo: «¡María!» Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!» Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes”.» María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy es el día de santa María Magdalena, celebramos su memoria, la recordamos y le damos gracias a Dios Padre por las maravillas que obró en ella, como en tantos santos a los largo y ancho del mundo. Esta gran mujer que aparece en los evangelios y de la cual mucho no se sabe. Los estudiosos difieren un poco sobre su identidad, no saben bien cuál es —en realidad no importa tanto—, algunos dicen que era la “pecadora” que aparece en Lucas; otros “María Magdalena” (la misma que acabamos de escuchar) que aparece en el evangelio de Juan, de Lucas; otros que es “María de Betania”. Vuelvo a decir, no importa demasiado, porque no solo creemos en lo escrito, sino en la Tradición oral de la Iglesia primitiva, lo importante es que la historia de María Magdalena, nos recuerda una verdad fundamental de nuestra fe: ¿Cuál? Los discípulos de Cristo somos débiles, no santos de un día para el otro, somos elegidos para ser santos, no porque ya lo seamos.

El discípulo, vos y yo, estamos en camino, siguiéndolo, y solo es verdadero seguidor de Jesús, quien tiene una verdadera experiencia de la debilidad humana, del pecado, de la necesidad que tenemos de ser salvados. Esta mujer era una gran pecadora —según el evangelio— pero tuvo la humildad de pedir ayuda y ser curada por Jesús, y terminó siguiéndolo de cerca hasta el final, hasta el Calvario, como acabamos de escuchar recién: Ella fue la primera en ir a buscar al Señor al sepulcro, pensando que lo encontraría muerto, como hubiese pensado cualquiera de nosotros; Ella fue la que se encontró con esta gran sorpresa de que el sepulcro estaba vacío y en ese instante la llamó por detrás sin que ella supiera que se trataba de Él.

María corrió a buscar al Señor a un lugar de muerte; sin embargo, ella también levantó la cabeza cuando él la llamó; María dejó que Jesús le hable al corazón y la llame por su nombre. Esas son las tres cosas que te propongo para que meditemos de Algo del Evangelio de hoy, esta sencilla, pero gran catequesis, de lo que significa encontrarse con Jesús, en medio de este mundo que no nos ayuda a reconocerlo, por nuestras tristezas y cerrazones, por estar rodeados de muerte e injusticias.

Eso le pasó a María; no lo reconocía, a pesar de que lo tenía al lado ¿Por qué? Porque lloraba, porque estaba mirándose a sí misma, porque estaba triste, porque era imposible pensar que había pasado algo tan grande, parecía imposible semejante milagro; como es imposible a veces pensar que en este mundo en el que estamos viviendo, Jesús esté presente. En medio de este mundo en donde tantas veces estamos llenos de tristezas, de angustias por la pérdida de un ser querido, estamos tristes porque no nos salen las cosas como hubiésemos pensado, estamos tristes porque, a veces, hacemos un montón de cosas, pero sin sentido…, sin corazón, o sin ver los frutos.

Bueno…, corramos, corramos como María temprano al sepulcro, corramos vayamos a buscar a Jesús que siempre está, aunque no lo veamos. Hoy va a estar en tu trabajo; va a estar en el grupo de tu parroquia; va a estar en tu colegio; va a estar en tu universidad; va a estar en lo que vas a hacer hoy; ¡va a estar!, pero debemos correr con ese amor que tenía María, ¿Te diste cuenta cómo corrió María?; temprano a la mañana, fue la primera… porque lo amaba mucho. María fue la que más amaba, porque también fue a la que más se le perdonó.

Vos y yo también fuimos perdonados; nosotros también podemos correr. Levantemos la cabeza, dejemos de llorar o, mejor dicho: lloremos si es necesario, pero levantando la cabeza —es legítimo llorar podemos hacerlo—, pero miremos a Jesús que nos está mirando; él está parado al lado nuestro y no nos damos cuenta porque a veces, estamos mirando para abajo y las lágrimas no nos dejan ver, la angustia y la tristeza no nos dejan ver, o nuestra soberbia no nos deja ver, porque nos estás mirando a nosotros mismos.

Levantemos la cabeza y dejemos que Jesús nos hable… Él le dijo: «¡María!», y fue en ese momento cuando ella lo reconoció. Sólo cuando escuchamos que Jesús nos llama por nuestro nombre será que podremos reconocerlo… Dejemos que hoy nos llame por nuestro nombre, imaginemos la situación. Si estamos tristes, vayamos corriendo a un sagrario, vayamos corriendo y encontremos a Jesús que está en un pobre, en un necesitado, vayamos corriendo a ver a un familiar que no está bien, a tu papá, a tu madre, a tus hermanos, llamemos a aquel que está enfermo. Corramos, salgamos del encierro, levantemos la cabeza y dejemos que Jesús nos hable, y vamos a experimentar que nuestro llanto, se convertirá en gozo.

Solemnidad de la Santísima Trinidad

Solemnidad de la Santísima Trinidad

By administrador on 12 junio, 2022

Juan 16, 12-15

Jesús dijo a sus discípulos:

«Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.

El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.

Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.»

Palabra del Señor

Comentario

Celebramos hoy, en este domingo, la Solemnidad de la Santísima Trinidad, después de haber celebrado en la Cuaresma los misterios de la vida de Jesús, en la Pascua su resurrección, su ascensión y el envío del Espíritu, celebramos que Dios es Uno y Trino. Creemos por la fe que el Padre, para salvarnos, envió a su Hijo y al Espíritu Santo, siendo los tres el mismo Dios. Son tres personas. Revivimos esta fiesta también para darnos cuenta que Dios es Dios, y que todo lo que podamos decir de él nunca alcanza. Sabemos que nada de lo que queramos aportar, aporta lo suficiente. Dios ES, se dice, él es. «Yo soy el que soy», dijo en el Antiguo Testamento. También esta es la fiesta, de alguna manera, de reconocer esta verdad: que somos criaturas y que Dios es más grande de todo lo que podamos pensar, absolutamente más grande que todo lo que podamos imaginar. Por eso, y siempre, pero hoy especialmente, en el día de la Trinidad, no importa tanto lo que nosotros digamos de él, sino lo que él nos diga a nosotros, como en el Algo del Evangelio de hoy: «Aún tengo muchas cosas que decirles», dijo Jesús antes de partir.

Aunque este día es algo muy especial, en realidad, siempre decimos y debemos decir que en cada misa celebramos a la Santísima Trinidad, siempre la tenemos presente, somos más trinitarios de lo que imaginamos. La misa es una ofrenda a la Trinidad. Desde una señal de la cruz, durante toda la misa, en cualquier oración que hacemos siempre nombramos a la Santísima Trinidad. Y, aunque lo escuchamos muchas veces, deberíamos decir que no sabemos cómo ES realmente nuestro Dios. Nos equivocamos mucho cuando hablamos de él, cuando pensamos sobre él, cuando incluso nos damos el lujo de enojarnos con él. Pero Dios es Dios, y por eso nosotros no podemos hacernos ídolos y dioses a nuestra medida. No tenemos que mirarnos a nosotros mismos tanto, sino tenemos que mirar lo que Dios nos vino a enseñar sobre él mismo. Él vino a mostrarnos cómo es él mismo y no las imágenes y las cosas que nosotros tenemos sobre él, nos armamos sobre él. Por eso el hombre se llena de ídolos y a veces, incluso puede ser, con buenas intenciones, reemplaza a Dios por los santos o ídolos humanos, o ídolos hechos a nuestra medida. Pero Dios es Dios y esa es la mejor noticia.

La Trinidad es siempre comunión de amor, comunión de libertad pura para amar. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son solamente un Dios que quiso quedarse ahí para mirar la historia desde arriba. La Trinidad vino a vivir con nosotros, se «acostumbró» a estar con nosotros en Jesús, para que nosotros sepamos cómo es él, para que nosotros descubramos cómo vive Dios en su interior, por decirlo así. Dios es una «familia». La Trinidad es una, pero no está sola. Ama eternamente. Y el que ama jamás está solo ni lo estará. Y por eso, como nosotros somos creados a su imagen y semejanza, para vivir plenamente, debemos aprender a vivir como vive el mismo Dios, como es él y como Dios mismo nos creó. Como imagen y semejanza de él, nosotros también no fuimos creados para estar solos. Ni siquiera para pensar que estamos solos, para permitirnos decir que andamos solos. Nunca estamos solos, jamás estamos sin nadie, aunque muchas veces nos aislemos y nos sintamos solos por culpa de la falta de amor de los demás y de nuestro amor propio, nuestro propio corazón que se olvida de esta verdad.

¡Que no se nos cruce por la cabeza y el corazón pensar hoy que estamos solos o que estaremos solos alguna vez! ¡Ni siquiera nos imaginemos esa situación! Porque, aunque estemos realmente solos y no tengamos a nadie al lado nuestro, en nuestro corazón vive la Santísima Trinidad. Vino a habitar entre nosotros y a quedarse con nosotros. Por eso no nos creamos esto; aunque lo sintamos en algún momento por nuestra debilidad, no vivamos como si estuviéramos solos, «creando nuestra propia vida». El que «construye su propia vida», pensando y viviendo como alguien que anda «solo», finalmente se queda solo, bien solo, pero por su propio encierro. Quiero que recemos juntos esta verdad y le hablemos a nuestro buen Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo:

«Trinidad Santa, que habitas en nuestra alma, no dejes que pensemos hoy que podemos estar solos, no dejes que construyamos nuestra vida solos. No dejes que nos creemos un dios a nuestra medida. Danos la gracia de poder experimentar este gran misterio, aunque nunca podamos comprenderlo totalmente. Sos Padre, sos Hijo y sos Espíritu Santo. Sos Padre que nos engendró, y que nos da vida siempre, y deseas que nos sintamos como hijos. Sos Hijo que vino a ser nuestro hermano mayor y a salvarnos dándonos su amor y enseñándonos a amar. Y sos Espíritu de amor, que se quedó para siempre a vivir en nuestro corazón, para que nunca nos creamos que estamos solos, y para que comprendamos cómo es realmente nuestro Dios».

Solemnidad de Pentecostés

Solemnidad de Pentecostés

By administrador on 5 junio, 2022

Juan 20, 19-23

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»

Palabra del Señor

Comentario

«Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. Dulce huésped del alma, suave alivio a los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto. Ven, penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles. Lava nuestras manchas, Espíritu Santo, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas. Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos. Premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría».

Terminamos hoy el tiempo pascual con la gran Fiesta de Pentecostés, es una linda solemnidad. Así es como terminamos este tiempo de cincuenta días dedicados, de alguna manera, a experimentar en nosotros la vivencia, la experiencia de un Jesús resucitado, un Jesús vivo en nuestra vida y, mientras tanto, también esperamos –por decirlo así, simbólicamente– recibir el Espíritu Santo. Es un recibir «simbólico», porque nosotros, que vivimos en el tiempo del Espíritu, ya no podemos decir que tenemos que esperar cincuenta días para recibirlo. Ya lo recibimos por la fe, ya lo recibimos por el Bautismo. Lo recibimos en la Confirmación. Recibimos a Jesús cada vez que nos acercamos al sacramento de la Eucaristía o con la comunión espiritual. Lo recibimos también cuando vivimos el mandamiento del amor. Sin embargo, a veces está ahí, en el fondo, como el chocolate en la leche, que se va al fondo y hay que volver a mezclarlo.

Pero, por supuesto, que esta fiesta nos ayuda a «refrescar» en nosotros esta realidad, esta certeza de la fe: somos templos del Espíritu Santo, somos parte del cuerpo de Cristo y por eso, en nosotros, vive también el Espíritu.

Y por eso en esta fiesta, simplemente, me limitaré a que revivamos un poco este deseo de que ese Espíritu que ya está en nosotros nos haga «revivir» –por decirlo de alguna manera–, nos haga «renacer», nos dé su paz y así podamos vivir esta realidad en la Iglesia.

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado», dice san Pablo. Dios quiere que nos pase lo que pasó en Algo del Evangelio de hoy que acabamos de escuchar. Dios quiere que nos pase lo que pasa continuamente en la Iglesia, en tantos corazones que creen. Su presencia puede ser como una ráfaga de viento o como un soplido de Jesús a nuestro corazón; que, aunque no sabemos ni de dónde viene ni a dónde va, nos alegra con la certeza de su acción en nosotros. Esa certeza es la que debemos tener, que el Espíritu Santo actúa en nosotros, aunque no nos demos cuenta; que, aunque no veamos fuego, sintamos todo lo que el fuego puede hacer: iluminar, dar calor y purificar. «Ven, hoy a nuestras almas, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz».

La fiesta del Espíritu Santo hace y seguirá siendo lo que solo Dios puede hacer: dar paz. Pero no como la da el mundo, no como a veces nosotros la pretendemos, sino la paz que proviene únicamente de él, porque solamente podemos recibir este don de lo alto, del cielo. No es la paz del «está todo bien», del «pare de sufrir», del «arte de vivir». ¡No!, es la paz que conlleva muchas veces la lucha y la purificación del corazón. Esa paz que nos ayuda a que salgamos de nuestro encierro, a que dejemos el pecado, que dejemos el egoísmo, nuestras avaricias, perezas, envidias y todo lo que nos aleja de los demás. El Espíritu Santo, el Espíritu de amor que nos dio Jesús, nos ayuda a salir de nosotros mismos y eso también nos puede llegar a doler o a molestar.

Es la paz de Jesús la que nos conduce al perdón, al perdón recibido y al perdón dado. El perdón cuesta, pero ya no cuesta tanto si nos damos cuenta que viene de él, que viene de lo alto. Es una paz «regalada», donada, pero que también debemos buscar amando. Es la paz que proviene de la felicidad de amar, como la desea cualquier persona. Una vez, me acuerdo, con los niños de catequesis hicimos algo así como un ejercicio espiritual, en adoración.

Y ellos tenían que escribir lo que querían pedirle a Jesús. Una niña escribió en un papel «Le pido a Jesús ser feliz». Pedir ser feliz, es pedir tener paz, tener paz nos hace felices. Pedir ser feliz es pedir también hacer la voluntad de Dios.

El Espíritu, además de darnos la paz, también nos une. Es el alma de la Iglesia. Une lo diverso, lo distinto, para crear algo nuevo, algo más lindo. Da vida a todas las cosas muertas de nuestra vida, de nuestro corazón. Solo él puede sostener a la Iglesia en medio de las turbulencias de este mundo, aun con sus propios pecados. Solo él nos levanta cuando nos caemos, nos da la mano para seguir amando, nos consuela si estamos tristes. Solo él puede lograr que, siendo tan distintos, tengamos los mismos deseos y luchemos por los mismos objetivos. El Espíritu Santo también unifica nuestro corazón, mi corazón disperso, rectifica nuestras intenciones torcidas y da sentido nuevo a nuestras acciones.

Terminemos invocando juntos al Espíritu Santo: «Ven, Espíritu Santo, ven Espíritu Santo y envía desde el cielo un rayo de tu luz».

VII Sábado de Pascua

VII Sábado de Pascua

By administrador on 4 junio, 2022

Juan 21, 20-25

Pedro, volviéndose, vio que lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el mismo que durante la Cena se había reclinado sobre Jesús y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?»

Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: «Señor, ¿y qué será de este?»

Jesús le respondió: «Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué importa? Tú sígueme.»

Entonces se divulgó entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría, pero Jesús no había dicho a Pedro: «El no morirá», sino: «Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa?»

Este mismo discípulo es el que da testimonio de estas cosas y el que las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero.

Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relata detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían.

Palabra del Señor

Comentario

Te propongo que hoy demos gracias, de alguna manera, por estas semanas tan lindas de Pascua que hemos vivido. Demos gracias al Señor porque nos eligió, demos gracias porque nos da la Fe, demos gracias porque nos da la vida y porque dio la vida por nosotros y pidámosle que siga completando en nosotros la obra que Él comenzó y que podamos recibir en esta noche de Pentecostés que se acerca, una gracia nueva de poder nacer de lo alto recibiendo el don del Espíritu Santo, el don y lo que trae ese don, sus dones. Que podamos decir con verdad: “Jesús está vivo y presente en mi vida y esto me llena de alegría.”

No desaprovechemos este día esta oportunidad de agradecer, porque conocer a Jesús da todo y no quita nada, porque seguirlo da todo y no quita nada, porque, aunque muchas veces cueste “sudor y lágrimas”, como se dice, siempre es mejor seguir al Señor que andar perdido en este mundo que anda en tinieblas o caminar a la deriva pensando que somos nosotros los artífices de nuestra vida. No se puede seguir igual cuando se experimentó realmente la presencia de Jesús en el corazón. Es imposible… y si no hubo cambio, es porque en realidad no hubo encuentro real.

Por eso, lo lindo en este día, además de agradecer este tiempo de Pascua, es que nos preguntemos si nosotros nos hemos encontrado realmente con Jesús alguna vez en nuestra vida. No solo si nos decimos cristianos, si estamos o no bautizados, o tenemos una idea de él. Si no, si realmente experimentamos un cambio, si deseamos estar con él todos los días de nuestra vida, si le damos el tiempo que se merece alegrándonos con el bien que nos hace, transmitiendo su alegría y su amor. Lo importante es eso. En definitiva, ahí está el núcleo de nuestra fe. Para eso se escribieron los evangelios, para que vos y yo creamos, para que nos enamoremos de esa Persona que es Jesús, para que podamos seguirlo y tengamos ganas de que otros lo conozcan, como nosotros, sin importarnos cómo van caminando los otros. En el sentido de que no hace falta compararse, sino alegrándonos de que podamos ayudar a otros a caminar. Si no, lo importante es cómo estamos también caminando nosotros.

Algo del Evangelio de hoy creo que nos puede orientar en este sentido, una frase fuerte de Jesús a Pedro: “¿Qué te importa?” Le dijo: “¿Qué te importa?” ante su pregunta “«Señor, ¿y qué será de este?»” refiriéndose al discípulo amado. Creo yo que, como diciendo, le dijo Jesús: “Preocúpate por tu camino, de los demás me ocupo yo.” Qué lindo y consolador es escuchar eso. “Preocúpate por tu camino.” En el sentido de que no vale, a veces, mirar cómo van los otros, si no estamos bien nosotros. Jesús le había anticipado a Pedro cómo moriría y se empezó a “meter” en la vida de los otros, seguro que, con muy buena intención, como siempre la tuvo Pedro. Sin embargo, Jesús es claro: «“¿Qué te importa?»” Muchas veces perdemos el tiempo en la fe por meternos en lo que no nos tenemos que meter. Demasiado trabajo tenemos con nosotros mismos como para andar indagando sobre la vida de los demás. Imaginate si invirtiéramos todo el esfuerzo que muchas veces invertimos en cuestionar, averiguar, preguntar, chusmear, curiosear y tantas otras cosas más.

Mirá si ocupáramos más el tiempo en amar y seguir a Jesús de todo corazón. ¡Nos haría tanto bien! Es tan difícil a veces ocuparse por lo justo y necesario, pero tenemos que aprender. Es triste ver dentro de la Iglesia cuando otros se ocupan de la vida de otros. Cuando están, incluso, haciendo páginas web preocupándose de la vida de los otros y, a veces, no están viviendo la vida de fe como deberían vivirla, con videos y tantas cosas más que lo único que hacen es alarmar y sembrar cizaña.

El evangelio de Juan termina enseñándonos esto: que muchas veces no hace falta más, ni pretender más, sino saborear bien lo que hay. Dice que hubo muchísimas cosas más que Jesús hizo y que no alcanzarían los libros del mundo para contenerlas. Sin embargo, escribió esas, las suficientes, las necesarias para creer y seguirlo. Diríamos nosotros: “Algo del Evangelio.” “Algo de la vida de Jesús” … ¿Para qué más? ¿Qué nos importa lo otro que no escribieron? Es lindo aprender de la sencillez de Jesús y del evangelio. Pedro también tuvo que aprender a ser sencillo, a conformarse con lo suyo, a no saber tanto de la vida de los otros. ¿Será que a nosotros también nos hace falta eso?

Terminemos esta semana alegrándonos con tantos dones recibidos y no pretendiendo más de lo que nuestro corazón hoy puede necesitar, solo él sabe lo que necesitamos.

VII Viernes de Pascua

VII Viernes de Pascua

By administrador on 3 junio, 2022

Juan 21, 15-19

Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?»

El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos.»

Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»

Él le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.»

Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»

Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero.»

Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.» De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme.»

Palabra del Señor

Comentario

Jesús ascendió a los cielos para ser glorificado por el Padre y desde ahí, seguir pastoreando su rebaño, seguir atrayéndonos día a día con su amor. La gloria de Jesús fue haber cumplido la voluntad de su Padre y hoy, también es ayudarnos a cumplirla a nosotros, dándonos su amor y su fortaleza. Por eso, nosotros, los que de alguna manera ya estamos “ascendidos” a los cielos, los que ya tenemos el amor de Jesús, los que ya disfrutamos de tener algo de nuestro corazón en el de Él, no debemos olvidarnos de ayudar a los otros; a los alejados, los olvidados, los tristes, los que no tienen fe, los enojados, los abatidos, los enfermos, para que no se olviden que nuestra vida tiene otro sentido, que el sentido último de lo que hacemos no pasa por esta tierra, que fuimos creados para lo eterno, para el cielo, para amar eternamente.

La escena de Algo del Evangelio de hoy es parte de un relato más largo: Jesús a la orilla del lago, esperando a los discípulos con el fuego prendido, la pesca milagrosa, los discípulos maravillados por semejante milagro y finalmente, este diálogo maravilloso con Simón, al que Jesús le cambió el nombre por Pedro.  Es lindo poder imaginar lo que Jesús resucitado pudo lograr finalmente en el corazón de Pedro. Es lindo poder imaginar lo que Jesús quiere lograr en el tuyo y el mío ahora, mientras escuchamos su palabra.

Algunos elementos nos pueden ayudar, pensando en nuestra vida de discípulos, desde donde nos toca vivir la fe, ya sea como sacerdotes, como consagrados, como laicos, como padres, como madres, como maestros, según donde cada uno esté, según lo que cada uno eligió. Antes que nada, imaginar esta escena siendo nosotros mismos los protagonistas. Nosotros como Pedro, alguna vez negamos al Señor, con nuestros silencios, con nuestras omisiones, con nuestras promesas incumplidas, con nuestros pecados hacia otros, con nuestros pecados ocultos, nuestras incoherencias, con nuestra corrupción social, con nuestra soberbia, con tantas cosas más. Pero a nosotros también como a Pedro, se nos puede sentar Jesús al lado y nos puede decir esto mismo. ¿Me amás, me amás? ¿Me querés? Recemos si podemos pensando en esta situación. Intentemos armar nuestro propio diálogo con el Señor. Mientras tanto digo algunas cosas que nos pueden ayudar.

Jesús no reclama el amor como lo hacemos nosotros. Jesús reclama, por decirlo de alguna manera, pero amando y enseñando a amar: Nosotros a veces reclamamos como refregando al otro su carencia, o sea mostrando lo que el otro no hizo y lo que nosotros hubiésemos hecho. Jesús, en cambio, reclama amor, amando. Las palabras de Jesús hacia Pedro, son en realidad una delicadeza de su corazón para quien será el primer pastor de toda la Iglesia, lo que nosotros hoy llamamos Papa. Jesús no le reclama su falta de amor anterior, sino que lo conduce a sincerarse consigo mismo y a terminar confesando lo mejor que podía confesar… “tú lo sabes todo, sabes que te quiero”.
Jesús no llama a los más perfectos, no llamó a Pedro por ser perfecto, sino que hace capaces para amar a los que llama, hizo que Pedro vaya aprendiendo a amar.

En la escena de hoy, llama a Pedro, pero también a vos y a mí, no porque tengamos certificado de buena conducta, porque nunca nos equivocamos o porque nunca lo negamos, sino que nos llama para enseñarnos a hacer un camino de humildad, el de reconocer que no podemos amar como nosotros creemos, sino que tenemos que dejarnos enseñar y que este camino es largo, dura toda la vida, hasta el final, hasta que nos “lleven a donde no queramos”. Solo podemos seguir a Jesús en serio, con sinceridad, sin caretas, si reconocemos que el único que lo sabe todo es Él, y que, nosotros, lo único que podemos hacer es aceptar esto con humildad. Si no, no estamos siguiendo a Jesús, nos estaremos siguiendo a nosotros y a nuestras propias fuerzas.

Por último, lo único que Él quiere de nosotros es que hagamos todo lo posible para amarlo con todas nuestras fuerzas, que busquemos amarlo como podamos, lo otro, lo hará Él mismo. A Pedro, para hacerlo Pastor, no le pidió más que su corazón. ¿Qué pensás que nos puede pedir a nosotros? No nos pide reconocimientos, grandes títulos, mucho estudio, que nos aplaudan, que nos sigan, que nos quieran, etc. Jesús nos pide que le entreguemos nuestro corazón para amarlo, si nuestro corazón tiende hacia Él es garantía de que irá creciendo y de que lo demás, es superficial, circunstancial, lo demás es pasajero.

Dios quiera que hoy podamos decir todos: “Señor tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero”.