Book: Juan

II Domingo del tiempo durante el año

II Domingo del tiempo durante el año

By administrador on 17 enero, 2021

Juan 1, 35-42

Estaba Juan con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?» Ellos le respondieron: «Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?» «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.

Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro.

Palabra del Señor

Comentario

Por ahí te acordarás que te conté que en este año, salvo algunas excepciones como los tiempos fuertes de Cuaresma y Pascua, los domingos nos acompañará la lectura del evangelio según san Marcos. Iremos conociéndolo poco a poco, adentrándonos en la mirada que este hombre tuvo de Jesús y la que nos quiso dejar a nosotros para siempre. Sin embargo, hoy empezamos con una de esas excepciones, porque el segundo domingo del tiempo durante el año, después del tiempo de Navidad, se lee siempre este evangelio de Juan; casi como una prolongación de los misterios que venimos celebrando en estas últimas semanas, de Navidad y de la Epifanía, de la manifestación de Jesús. Jesús se hizo hombre, se manifestó a María y a José, a unos humildes pastores, se dejó encontrar por los magos de Oriente, por los paganos; o sea, quiso y quiere manifestarse a todo el mundo, sin distinción de raza. Se dejó bautizar para hacerse uno de nosotros siendo humilde y ahora podríamos decir que en este día se deja señalar por Juan el Bautista para que todos sepamos quién es realmente y empecemos a seguirlo para enamorarnos de él. Todo tiene, por decirlo así, su lógica. Y Algo del Evangelio de hoy creo que nos ayuda a pensar, me parece, en dos cosas fundamentales, muy lindas, que nos pueden ayudar.

Primero: Necesitamos de alguien para saber quién es Jesús realmente. Los de ese entonces tuvieron a Juan que «miró» a Jesús y que lo señaló también, podríamos decir, como el Cordero de Dios que quitaba el pecado del mundo, que lo quita, y de alguna manera se los señaló a otros. Es lindo pensar en esto. Es lindo pensar que necesitamos de otro para conocerlo, es necesario, y es lindo saber que otros necesitan de nosotros para conocer a Jesús. Nadie puede conocer a Cristo si alguien no se lo señala, no se lo muestra, si alguien no vivió la experiencia previamente, si alguien no dice «ahí está, es ese». Ese que se cruzó por mi vida es el que quiero que se cruce por la tuya. Es manso, es cordero, quita el pecado, no reta, no grita, no juzga, no critica, no mira mal, no despotrica, no pontifica y dice a todo el mundo lo que hay que hacer; sino que ama, perdona, abraza, corrige –es verdad–, acaricia, nos da su misericordia sin límites. Ese es el Jesús que tenemos que mirar y señalar, ese es el Jesús que nos señalaron, o podemos preguntarnos: ¿Es así el Jesús que señalo para que otros crean? ¿Es así el Jesús que me señalaron, y es así tan manso, tan cordero?, ¿o me señalaron a otro y yo seguí sin querer, sin darme cuenta quién era? Es lindo para pensar, lindo para cuestionarse, porque en definitiva ahí se juega mucho de nuestra fe, ahí se juega mucho sobre cómo siento y vivo la fe. ¿Señalo a Jesús o me señalo a mí mismo, o señalo a un Jesús caricatura, deformado por ideas un poco baratas?

Y lo segundo tiene que ver, por supuesto, con el encuentro con Jesús, que si es real, es inolvidable. ¿Te acordás la hora y el lugar del momento en el que más disfrutaste estar con él? Los apóstoles, estos que escuchamos hoy, no se lo olvidaron jamás. Dice así: «Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde». ¡Qué lindo debe haber sido! ¡Cómo habrán difrutado! La conclusión no es muy difícil: aquel que está con Jesús y lo conoce de verdad, no lo olvida jamás en la vida; es más, como le pasó a Andrés, «al primero que encuentra» se lo cuenta.

Lo que escuchamos en la escena de hoy es una síntesis de cómo se conoce a Jesús, de qué se siente y qué produce al corazón. Pasa de todo en muy poco tiempo. Pero en definitiva lo que se nota es que ser discípulo de Jesús, ser cristiano en serio, es ir «tras sus pasos», es caminar tras de él con una pregunta fundamental en el corazón: ¿Dónde vives?, ¿dónde vivís? Que sería como decir: «¡Quiero conocerte! ¡Quiero estar con vos! Quiero saber dónde está tu casa y quiero entrar en ella, quiero ser tu amigo, quiero caminar mi vida junto a la tuya».

Ser discípulo de Jesús es dejarse también cuestionar por él, dejar que él nos pregunte: ¿Qué querés?, ¿qué buscás?, ¿cuál es tu anhelo más profundo? Jesús nos pregunta no porque no sepa lo que necesitamos, sino porque quiere ayudarnos a que nos demos cuenta nosotros mismos, quiere ayudarnos a sacar «lo que ya está adentro» y no nos damos cuenta, aquello para lo que fuimos creados, para entrar en comunión con él.

Ser discípulo de Jesús no es automático, no es de un día para el otro, no es definitivo en el sentido que ya está. Uno «se va haciendo» de a poco. Ir siendo discípulo es escuchar a Jesús que siempre nos dice: «Vengan y lo verán». Como si nos dijera: «Vení, animate a seguirme para conocer mi corazón. Vení, te ofrezco mi corazón, mi casa, te ofrezco conocerme. Mi casa está en el mundo. Mi casa está en tu corazón, mi casa está en el corazón de los otros. Mi casa está en la oración silenciosa, está en la Eucaristía, está en cada encuentro personal conmigo y Yo estoy en todos lados». En realidad, Jesús nos invita a su casa para terminar entrando a la nuestra, en nuestro corazón. Sí, es verdad que es un encuentro definitivo cuando realmente lo encontramos. Ya nunca queremos volver atrás.

Cuando hoy el sacerdote levante la hostia y diga en la Misa: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la cena del Señor», digámosle a Jesús con sinceridad que queremos seguirlo y, aunque no «somos dignos», queremos que él también entre en nuestra casa. Una palabra suya, bastará para sanarnos. ¿Te acordás la hora y el momento en la que conociste a tu Salvador? ¿Te acordás la hora y el momento en la que más disfrutaste estar con Jesús?

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 5 enero, 2021

Juan 1, 43-51

Jesús resolvió partir hacia Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: «Sígueme.» Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret.»

Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?» «Ven y verás», le dijo Felipe. Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez.» « ¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.

Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.» Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Jesús continuó: «Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”, crees. Verás cosas más grandes todavía.» Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Comentario

Si nos preguntaran algún día, y de hecho a todos nos habrá pasado de un modo o de otro, ¿Qué es tener fe? o ¿Porqué tenés fe?… ¿Qué le responderías? ¿Desde donde le responderías? ¿Desde lo que te dijeron de niño? ¿Desde lo que aprendiste en tu catequesis hace no sé cuantos años? ¿O desde la certeza de algo vivido que ya nada ni nadie podrá hacerlo cambiar? ¿Desde dónde? Aunque no te lo hayan preguntado nunca, siempre hay que estar preparado para eso. Es muy importante que nos planteemos esto con seriedad, porque tenemos que estar, como dice San Pedro, “siempre dispuestos a dar razones de nuestra fe a quienes nos pregunten”. Ser maduros en la fe, haber hecho un camino, entre tantas cosas, quiere decir esto: Estar dispuestos, y saber dar razones. Estar dispuesto no quiere decir únicamente; tener la apertura a dialogar, no responder con frases hechas, escuchadas, sino poder hablar con inteligencia y desde el corazón, desde los dos lados. Saber dar razones no significa saber teología, hacer cursos, pero si por lo menos dar respuestas que no sean infantiles o que sean insostenibles ante la primera dificultad.

La cosa debería ser sencilla, simple, y por eso tan difícil de expresar o de explicar. Parece ser que lo más sencillo es lo más difícil de explicar.

Algo del Evangelio de hoy es una linda forma de reflexionar sobre esto que te estoy planteando. Nunca podemos responder o respondernos: creo porque creo. Eso no es de adultos. Creo porque creo, pero porque creo en Alguien y en algo que realmente pasó. O sea, creemos en que esto que acabamos de escuchar pasó realmente y eso se ha ido transmitiendo ininterrumpidamente a lo largo de los años hasta nosotros. Esto parece una obviedad pero no lo es. Hay que saberlo y pensarlo.

Ayer escuchábamos que Juan el Bautista señaló a Jesús y dos de sus discípulos lo siguieron y se quedaron todo el día con él, empezaron a conocerlo de cerca, ya no por cuentos. Hoy ya es Jesús el que llama a Felipe, Felipe se lo cuenta a Natanael. Natanael al principio pone sus “peros”, no confía, pero después ante lo que Jesús le dice termina reconociéndolo como el Hijo de Dios, el Rey de Israel. ¿Te diste cuenta? Creer es creer en todo esto. En que todo es una linda cadena, pero una cadena de fe y reconocimiento de que ese Jesús, ese mismo que camino por Galilea es realmente el Dios con nosotros. ¿Te das cuenta de que no creemos por creer? No creemos porque en “algo hay que creer”, no, no. Esa respuesta es infantil, inmadura, no es la respuesta de un hijo de Dios. Creemos porque creemos que Jesús es Dios hecho hombre y que llamó a personas, como vos y yo, de carne y hueso, a que lo conozcan, para que conociéndolo a él conozcamos al Padre, y para que, conociéndolo entre todos, todos ayudemos a que otros lo conozcan, como una gran e ininterrumpida cadena a lo largo del tiempo. ¿Crees en esto? Si creemos en esto, todavía falta, veremos cosas aún más grandes todavía.

Natanael fue elogiado por Jesús por su sinceridad, por no ser un hombre con “doblez”, un hombre que escondía algo “bajo el poncho” cosas. Dijo lo que pensaba, pensaba que de Nazaret no podía salir nada bueno y sin embargo desde ahí, desde esa sinceridad es donde Jesús encuentra un lugar en su corazón. ¿De dónde me conocés? ¿Cómo sabés que soy un hombre sin doblez? La respuesta de Jesús tiene algo de misterio, «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.» ¿Qué habrá significado para Natanael esa afirmación? No lo sabemos claramente, lo que si podemos decir es que para Natanael significó el darse cuenta de que Jesús lo conocía realmente, que pudo ver algo de él que nadie podía saberlo.

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 4 enero, 2021

Juan 1, 35-42

Estaba Juan con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios.»

Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: « ¿Qué quieren?» Ellos le respondieron: «Rabbí -que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?» «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.

Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro.

Palabra del Señor

Comentario

El sentido de la ubicación, el conocernos como somos, es algo que se aprende a lo largo de la vida, a veces a los tumbos, otra vez gracias a personas que Dios permite que se crucen en nuestro camino. Cuando al lado nuestro tenemos a alguien bien ubicado y que nos ayuda a ubicarnos, ¡qué bien que nos hace, qué necesario que es! Personas que no quieren ser el centro de nada, hombres y mujeres que no les interesa ser señalados, sino señalar a Jesús. Imaginate si todos los cristianos fuéramos así de humildes y ubicados. Qué lindo y fácil sería. Muchos más conocerían a Jesús y se quedarían con Él y no tanto con nosotros. Esto es algo que en la Iglesia debemos aprenderlo cada vez más, cada vez más en un mundo que le encanta figurar y ser aplaudido, en un mundo que exacerba nuestras ansias de ser “alguien”, las exacerba y las felicita, en un mundo que le encanta felicitar los logros obtenidos y dejar grabado su nombre en cuanto lugar se pueda. Esto es algo que los sacerdotes y cada cristiano debemos aprender. Saber señalar y alegrarnos que los que nos estaban “siguiendo” a nosotros se decidan seguir a Jesús, con libertad y decisión.

Algo del Evangelio de hoy nos muestra esto. Juan señaló a Jesús, como el cordero de Dios, y sus dos discípulos “al oírlo hablar así, siguieron a Jesús”. Así de simple. ¿Podemos imaginar que Juan se entristeció porque perdió dos de “los suyos”? Al contrario, se habrá llenado de gozo. La humildad que no se busca así misma, sino que se alegra de que los demás se encuentren con Jesús es la meta a la que debemos aspirar. A veces cuando uno escucha o ve que dentro de la Iglesia andamos como “robándonos discípulos” entre nosotros, o enojándonos porque nuestros “supuestos fieles” (digo supuestos porque en realidad nadie es de nadie, sino que somos de Jesús) andan de acá por allá buscando a Jesús, muriéndonos de celos porque alguien decide estar con Jesús en otro lado, me pongo a pensar: “¿Habremos leído y meditado este evangelio?

¿Cómo es posible que sacerdotes, religiosos, movimientos, congregaciones, parroquias o lo que sea, pensemos que los demás pueden conocer a Jesús solo por medio nuestro como si fuéramos los nuevos mesías? Bueno, sí, todo puede ser. Pasa. Pero nosotros podemos aspirar a algo distinto. Podemos aspirar a otra cosa, podemos desear que nuestra evangelización no sea un “satisfacer” nuestras ansias de ser queridos, de ser reconocidos, de que nos “palmeen” la espalda para sentir lo buenos que somos. Esa es la misión de la Iglesia, ser como la luna, que no tiene luz propia, solo refleja la luz del sol, que es Jesús. Esa es la misión del que conoce y ama a Jesús, sea el lugar que le toque ocupar en el Cuerpo de la Iglesia, sea que somos “uña” o “brazo”, no importa, la tarea es la misma, el fin es el mismo, la alegría debería ser la misma.

En definitiva nuestra vida se podría sintetizar en este pasaje del evangelio, en ese momento en el que Jesús ante nuestras búsquedas nos pregunte: ¿Qué querés? ¿Qué quieren? y nosotros podamos responder: “Queremos estar con Vos, queremos saber donde vivís, donde podemos encontrarte”. Y aceptar su invitación, para ir y ver. ¡Qué lindo momento!

Todo lo demás es adorno de la vida. Todo lo demás puede cambiar, pero eso no. Eso es irremplazable e intransferible. No importa en donde me encuentro a Jesús y quien me lo señala, lo importante es que andemos con él, nos quedemos con él. Cuando comprendemos realmente esto, todo lo demás pasa a segundo plano. Me puede gustar más un lugar o el otro. Me puedo sentir mejor en una comunidad cristiana o en la otra. Me puede gustar más escuchar a un sacerdote o al otro. Me puede gustar un grupo de oración o el otro. Me puede gusta una congregación o la otra, pero, en definitiva, lo que me tiene que gustar es estar con Jesús. Esto sirve tanto para los que tenemos la tarea de ayudar a otros a que se encuentren con Jesús, como para los que están en cierto lugar para encontrarse con Jesús. Cualquier clase de fanatismo o absolutización de personas o lugares, no hace más que opacar a Jesús, al verdadero Jesús, al del evangelio, que siempre dio libertad y jamás presionó a nadie. Él no se ata a nadie ni a nada, “existía antes que nosotros”. Juan el Bautista, sigue siendo modelo para nosotros de verdadero evangelizador, humilde y no pendiente de lo que piensen de él, ubicado y corrigiendo a los desubicados. Pidamos todos esa gracia que nos hará muy bien.

II Domingo de Navidad

II Domingo de Navidad

By administrador on 3 enero, 2021

Juan 1, 1-5. 9-14

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.

La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.  Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Palabra del Señor

Comentario

Si escuchaste la Palabra de Dios en estos últimos días por ahí estarás pensando: Este Evangelio ya lo escuché varias veces. Sí, es verdad, esta es la tercera vez en ocho días que aparece este Evangelio de Juan en la liturgia. A veces pasan estas cosas. Pero, lo primero que te recomiendo es que no pienses que ya está, que no hace falta escucharlo otra vez, esa la peor tentación de nosotros, hijos, para nuestro Padre del Cielo que nos habla siempre. Pensar que Dios ya no tiene nada que decirnos, pensar que ya escuché varias veces lo mismo y por eso ya lo sé, ya lo conozco. Nada más alejado de la novedad y de las sorpresas que Dios siempre quiere darnos por medio de su Hijo, que es la Palabra. Él no es palabra vacía o llena de contenido para recordar, como las cosas que estudiamos, sino que es Palabra llena de vida, de luz y de amor que, por supuesto, da vida, ilumina y llena de amor. Por eso, siempre que la escuchamos sabiendo eso, puede volvernos a sorprender.  Ojalá que hoy nos sorprenda otra vez la Palabra de Dios, como lo ha hecho tantas veces.

Y, entre tantas cosas que podemos seguir meditando de algo del evangelio, que es inagotable, porque es como el resumen de todo el Evangelio de san Juan, hoy pienso lo siguiente:  Dios quiso quedarse con nosotros para siempre, dice San Juan que “¡La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros!”, puso su carpa entre nosotros, puso su morada entre nosotros. Dios eligió venir Él mismo a hablarnos y evitar los mensajeros. Dios Padre no quiso que su pensar, su querer, su sentir, quedase en palabras que se las lleva el viento, como decimos, sino que quiso enviar a su Hijo a hacerse hombre, hacerse carne, para estar presente como uno de nosotros y hablarnos como uno de nosotros. Hablarnos como hombre, trayéndonos las cosas de Dios. La Palabra de Dios, o sea todo lo que el Padre quiso decirnos, la Palabra de Dios con mayúscula es Jesús, y toda su persona. Todo lo que hizo, sintió y vivió podemos hoy conocerlo gracias a sus palabras que quedaron escritas (los evangelios), y sus acciones, sus gestos y también por las palabras que se transmiten de corazón a corazón, de creyente a creyente, a lo largo de toda la historia de la tradición de la Iglesia. Así nos llega hoy a nosotros la Palabra de Dios.

Sobre cómo eligió Dios hablarnos, sobre el modo que tiene de comunicarse nosotros tenemos todo y mucho por aprender. Porque de nuestra boca y del corazón pueden y salen palabras que iluminan, palabras que dan vida, que ayudan, que consuelan, que animan, que levantan, o bien, de nuestro corazón, también salen palabras que engendran tinieblas y muerte a nuestro alrededor y en nuestro interior. Nuestras palabras y la de los demás, influyen mucho en el color que toma el ambiente en el que nos movemos. Nuestras palabras, y no sólo me refiero a las que salen de nuestra boca, sino a nuestros gestos, a nuestra presencia, nuestra manera de mirar, de relacionarnos con los demás. Las palabras y el modo de comunicarnos expresan lo que pensamos, lo que sentimos y lo que deseamos, y cuando nos comunicamos, transmitimos eso, lo que pensamos, sentimos y deseamos. Además, nuestras palabras pueden estar acompañadas de gestos que afirman o desmienten lo que expresamos. ¡Cuántas veces borramos con el codo lo que escribimos con la mano! ¡Cuántas veces un gesto vale más que mil palabras! O sea, dice mucho más de lo que quisimos decir con esas palabras.

Podríamos decir entonces que la mayor parte de nuestra vida, o mucho tiempo , es un tratar de ir aprendiendo e ir educando nuestro modo de hablar, de comunicarnos con los demás, un ir encontrando la concordancia entre el corazón, la cabeza y lo que expresamos. Un ir aprendiendo, mirando a Jesús cómo Dios quiere comunicarse con nosotros y cómo nosotros tenemos que comunicarnos con los demás y qué cosas tenemos que comunicar a los demás. También es un ir aprendiendo a escuchar y a comprender lo que otros nos quieren decir. ¡Si supiéramos expresarnos bien! ¿Cuántos malestares nos ahorraríamos? ¡Si supiéramos escuchar y comprender mejor a los demás y no leer entrelíneas! ¿Cuántos malos humores nos evitaríamos en nosotros y en los demás?

Bueno. La Palabra de Dios, Jesús, es Luz, da luz, ilumina las tinieblas de nuestro corazón y nuestro alrededor. La Palabra de Dios, Jesús, es Vida, da vida y vivifica todo corazón que toca, todo creyente que la recibe y la quiere llevar a su vida.

¿Alguien se imagina a Jesús hablando mal, gritando y tratando mal a la gente? Difícil, ¿no? Jesús vino a enseñarnos la Verdad, pero nos la enseñó bien. No solo hay que enseñar cosas verdaderas, sino enseñarlas bien. No solo hay que decir la verdad, sino hay que decirla bien, hay que decirla con amor.

Pidamos hoy a la Palabra, que es Jesús, aprender a hablar y a comunicarnos bien, con nuestros gestos y con nuestras miradas, con todo lo que hacemos; y a escuchar bien, y a saber decir las cosas, a expresarlas con amor. El amor es el que abre los corazones para que pueda entrar su luz, su verdad, su vida. Probá lo lindo que es escuchar, probá lo lindo que es hablar bien. Él nos habló bien, hagamos nosotros lo mismo. Que la palabra de Dios penetre hoy en nuestros corazones.

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 2 enero, 2021

Juan 1, 19-28

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?» El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías.» «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?»

Juan dijo: «No.» «¿Eres el Profeta?» «Tampoco», respondió. Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.» Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»  Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: Él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.

Palabra del Señor

Comentario

Siempre es bueno volver a recordar QUIENES SOMOS. No tener claro lo que somos y para que estamos, no sólo hace que nosotros perdamos el tiempo, sino que también hagamos a  los demás que lo pierdan. Juan Bautista “la tenía bien clara”, sabía para que estaba y cuál era su misión. No perdió el tiempo ni lo hizo perder a los demás. Algo del evangelio de hoy es una gran ayuda para ver como Juan tenía bien claro quién era y además que ni siquiera se confundió cuando se confundieron sobre él. En estas dos cosas quería detenerme hoy especialmente: Saber ubicarnos y no desubicarnos aunque los otros se confundan sobre nosotros.

Saber ubicarnos tiene que ver con saber quiénes somos y cuál es nuestra tarea como cristianos, nuestra misión, y esto obviamente nos sirve para cualquier aspecto de nuestra vida. ¡Qué importante es saber ubicarnos, o sea saber que no somos todo, sino una parte del todo; que no sabemos todo sino algo del todo; saber que no somos la Palabra, sino la voz que la transmite; saber que no somos el que toca el instrumento sino el instrumento; saber que somos el lápiz y no el que escribe. El que no sabe quién es, vive desubicado en la vida. Juan Bautista sabía que era la voz que anunciaba algo más grande y mejor, y por eso nunca quiso ser el centro ni dejó que lo hagan el centro. El cristiano que sin querer, y a veces queriendo, se hace el centro, la referencia de todo, está desubicado. Es un desubicado!! Que insoportable las personas desubicadas!! No hay nada más molesto que las personas que se creen más líderes que Jesús o impostan un liderazgo que lo único que hace es arrastrar personas hacia él y no al que viene detrás de él.

Un sacerdote desubicado no entendió nada del mensaje ni de su misión, aunque haga mil cosas buenas, aunque salga en televisión, aunque sea aplaudido por todos; un consagrado que no sabe ubicarse y arrastra gente hacia él y no a Jesús (aunque obviamente Jesús después se encargará de corregir) se desubicó y se adjudico el regalo que recibió; un laico que no entiende su lugar y se cree digno para que los demás le desaten sus sandalias en vez de desatarlas él a los demás, no entendió lo lindo que es ser cristiano. Cuando alguien, sacerdote o quien sea, recolecta “demasiados fans” al estilo mundano, cuando alguien parece tan bueno que hasta los errores se le alaban, es señal de que está un poco desubicado en la vida y se olvidó de mirarlo a Juan Bautista y a Jesús.

Ahora… falta una segunda parte y parte de la verdad. A veces puede haber alguien muy ubicado, muy en su lugar, muy como Juan Bautista y sin embargo los que se desubican son los demás. Esto le pasó a Juan. A pesar de que él sabía bien quién era, lo que tenía que hacer y lo que no, los que se desubican, los que no saben quién es realmente,  son los demás que le van a preguntar si es el Mesías. Por eso a veces aunque sepamos quienes somos, aunque estemos ubicados como cristianos, los que nos ven se pueden confundir y eso es lo que nos puede hacer confundir a nosotros.

La clave, el desafío, tengas la tarea que tengas, es que nos sepamos ubicar. Saber quiénes somos y los que nos toca hacer, sea el lugar que sea y no desubicarnos aunque los demás se desubiquen y crean que somos sus Mesías, sus salvadores.

Y finalmente, es bueno que no nos desubiquemos con los demás, no alabemos antes de tiempo, no veamos Mesías donde no los hay, solo Jesús es nuestro Salvador, y todos los demás, desde el Papa hasta el más de los bautizados, solo simples servidores, ni siquiera dignos desatarle la correa de las sandalias a Jesús.

Día VII de la octava de Navidad

Día VII de la octava de Navidad

By administrador on 31 diciembre, 2020

Juan 1, 1-18

Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

Al principio estaba junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron.  La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.

Palabra del Señor

Comentario

Buen día… llegamos al fin de un año más, un año más de la mano del Señor. Y llegamos como llegamos, a veces muy cansados. Más de dos mil años desde que nació el Salvador del mundo, desde que nació ese niño que cambió la historia para siempre, la tuya y la mía. El niño que nació, no para pasar desapercibido, sino para santificar todo lo que tocó, todo lo que vivió, todo lo que amó.

Solo Dios puede cambiar la historia para siempre, hacer que todo tome un rumbo distinto. Para Él todo es posible. Nada fue igual desde ese día, nada es igual desde esa noche buena que celebramos en estos días, desde esa noche de paz. Nada es igual para los que creen en Él, para los que creen que ese pequeño niño era el Dios con nosotros. Nada es igual para los que ponen su esperanza en su corazón lleno de misericordia y de paciencia para con todos los hombres. Nada es igual para los que no creen, no importa, Él cambió la historia y la seguirá cambiando silenciosa y amorosamente.

La Palabra de Dios de hoy, justamente habla de la Palabra. Juan llama Palabra, a la segunda Persona de la Santísima Trinidad, al Hijo que no fue creado, al Hijo del Padre que existió desde siempre, que no tuvo ni tenía tiempo. Juan lo llama en realidad Logos, que puede ser traducido como Razón, Verbo o Palabra. Quiere decir que el Hijo, es la razón de ser de todas las cosas, es lo que le da sentido a todo lo que existe, así como las palabras hacen cobrar sentido a nuestros pensamientos y sentimientos que solo pueden ser totalmente comprendidos por los otros, si los expresamos. Las palabras que salen de nuestros labios se hacen carne, hacen material lo que nos pasa por el corazón y la cabeza. El Hijo es Palabra porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas, lo invisible y lo visible. Dios crea cuando habla porque sus Palabras hacen lo que dicen, son efectivas, son creadoras, de la misma manera que fueron efectivas y creadoras en nuestros corazones durante este año que está terminando.

A simple vista parece, algo del evangelio de hoy demasiado difícil, no “bajable a la tierra” es verdad, cuesta interpretarlo, pero se puede si hacemos el esfuerzo. Siempre con la ayuda del Espíritu Santo y nuestra entrega podemos encontrar algo concreto para cada uno de nosotros. Podríamos decir, que justamente Juan está mostrándonos como Dios se hizo “accesible a nosotros”, nos quiere mostrar cómo siendo inaccesible y eterno, se hizo cercano metiéndose en el tiempo, para que lo recibiéramos, para estar con nosotros hasta el fin de los tiempos. Por eso termina diciendo: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. Así como las palabras iluminan las acciones, Dios al hacerse hombre entre nosotros, vino a iluminar la ceguera de este mundo, a dar sentido a las cosas, concretamente a dar sentido a tu vida y a la mía, por eso Jesús es Palabra, por eso escuchamos la Palabra cada día, porque la Palabra es guía, es luz, es camino, es fuerza para todo el que la escucha con amor. ¿Te pasó algo de esto este año?

Por eso para terminar el año, te propongo que veas como la Palabra, como Jesús estuvo presente en tu vida, todo el año. Haciendo como un paralelismo con la palabra de hoy, podemos decir que Jesús este año estuvo siempre, desde siempre, porque Él es Dios. Él estuvo, en los mejores momentos, pero fundamentalmente en los peores, sino no estaríamos escuchando su Palabra. Qué lindo mirar hoy para atrás y decirle con confianza y verdad: Gracias por ser Dios y estar siempre, gracias por permanecer, aunque todo cambie, gracias por darme la vida y sostenerme día a día, gracias por la vida de mis padres y de mis hijos, gracias por la vida de mis hermanos, de mi mujer y mi marido, gracias por la vida de los que no están en este fin de año. Gracias por darle sentido a cada cosa que hago, gracias por darle sentido al comienzo de este día, gracias por ser la razón de ser de mi trabajo diario, de mi amor a los míos y a los más pobres, gracias por ayudarme a terminar el día en paz sin enojos ni rencores, gracia por ayudarme a perdonar, gracias por poner en mis labios la palabra gracias, palabra que dio sentido e iluminó todo este año. Por todo te damos gracias Señor. Te propongo que hagas tu acción de gracias. Podemos terminar el año dando gracias.

Aprovechemos hoy para dar un gran abrazo a los más cercanos y decirle gracias, gracias por todo. Que Dios te bendiga y buen fin de año, un año más en la compañía de Jesús, que es Palabra que ilumina y da vida. Gracias a todos los que ayudan a que la Palabra de Dios siga difundiéndose, gracias a todos los que escuchan y evangelizan intentando que otros escuchen la Palabra de cada día. Gracias.

Solemnidad de Navidad – 25 de diciembre

Solemnidad de Navidad – 25 de diciembre

By administrador on 25 diciembre, 2020

Juan 1, 1-5. 9-14

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Palabra del Señor

Comentario

Estamos en Navidad y estaremos en Navidad por unos cuantos días. Las cosas lindas hay que festejarlas mucho tiempo y lo lindo de la vida necesita tiempo para que decante, para poder llegar a lo profundo del corazón del que cree, del que cree en Jesús, en el Dios hecho hombre, en el «Dios con nosotros». Algo tan increíble y maravilloso como la Navidad necesita ocho días de contemplación. Por eso, hoy empezamos el tiempo de Navidad y este gran día durará ocho días, y se llama octava de Navidad. Así que empezamos a transitar estos días tan lindos de la mano de la Iglesia, que nos enseña siempre.

Vuelvo a decir: estamos en la Navidad y llegamos, como decíamos ayer, como llegamos. No sé cómo habrás vivido la Nochebuena, la Noche santa, pero si tuviste ojos de fe, si te pusiste los anteojos de Jesús, seguramente te diste cuenta de muchas cosas que no parecen tener mucho que ver con lo que en realidad celebramos los cristianos, pero no importa. No es para enojarse ni para ver lo negativo, sino que es para aprender y seguir creciendo. El mundo sigue su curso y nosotros estamos en este mundo. Como dice Jesús: «Estamos en el mundo, pero no somos de este mundo». «Él vino al mundo y el mundo no lo conoció –dice la Palabra de hoy–. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron».

Nuestra lógica, la lógica humana, espera otra cosa cuando se le habla de Dios. Nuestro corazón espera cosas grandes cuando escucha la palabra todopoderoso, omnipotente, Mesías, por ejemplo. Nuestro corazón a veces se resiste a pensar que lo grande puede estar todo metido en lo pequeño, lo divino puede estar en lo humano. Sin embargo, si queremos empezar a entender que es la Navidad, la natividad del Señor, y que es el misterio de la Encarnación, es bueno que nos vayamos acostumbrando a eso, a las locuras de Dios. Creemos en un Dios que va bastante a contramano de este mundo. Por eso el mundo no lo recibió –como dice la Palabra de Algo del evangelio de hoy–, por eso el mundo hoy no lo recibe mucho a Jesús, por eso vos y yo a veces nos cuesta tanto recibirlo verdaderamente en el corazón.

Lo lindo de estos días es aprender a recibir a nuestro Salvador. Hay que entrenarse para recibirlo, en saber abrirle las puertas, para no ser como los del mundo que no lo recibieron, para no ser como la mayoría del mundo que no lo recibe, que lo deja pasar. Jesús hoy también sigue naciendo en pesebres escondidos, pobres y silenciosos de tantos altares y corazones en el mundo; sigue naciendo mientras el mundo sigue en la suya; sigue muriendo buscándose solo así mismo y no encontrando más que vacío. «La Palabra se hizo carne», dice Algo del evangelio de hoy. La Palabra se hizo hombre y nació entre nosotros, vivió entre nosotros, murió entre nosotros y ahora está entre nosotros. Que la Palabra se haya hecho carne, se haya hecho hombre, quiere decir que todo lo que Dios quería decirnos nos lo quiso decir de una vez para siempre, y no por medio de sonidos de palabras que van por el aire –como son las que usamos nosotros–, sino por medio de una Persona, del Hijo, de Jesús. Que habló también con palabras, pero que habló mucho más con su presencia, con sus gestos, con sus silencios, con sus acciones y también, por supuesto, con sus palabras.

No pienses hoy en todo lo que hizo y habló Jesús, sino en todo lo que no hizo y calló desde que estuvo en un pesebre. No pienses tanto en todo lo que tenés que hacer por él, sino tratemos mejor de imaginarnos estando en el pesebre y teniendo a un niño en nuestros brazos, recibiendo a Jesús. Jesús, Dios y hombre en los brazos de cada hombre, dejándose abrazar y cuidar. Ese niño que te estás imaginando, el que nació en los brazos de María y fue cuidado por ella y José, es luz y vida. Es amor que ilumina y da vida. Es vida que ilumina para amar. Es luz que da vida y amor.

Un niño que es Dios, un Dios que se hace niño para que dejemos de tenerle miedo a nuestro buen Dios, como si él fuera algo raro y molesto en nuestras vidas. Tenemos a Dios en las manos, se nos vino a entregar. Lo tenemos en el corazón para que lo abracemos, para recibirlo de la mejor manera posible. Todavía estamos a tiempo de vivir bien esta Navidad, de recibir a nuestro Salvador y no dejarlo solo como lo dejaron los de su tiempo. No dejemos solo hoy a nadie, a nadie que se nos cruce por el camino y tengamos la oportunidad de recibir. A Jesús lo recibimos en la Eucaristía, pero también en los otros. Pensemos hoy de qué manera podemos recibir esa palabra que contiene todo lo que Dios nos quiso decir de una vez para siempre.

III Domingo de Adviento

III Domingo de Adviento

By administrador on 13 diciembre, 2020

Juan 1, 6-8. 19-28

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz.

Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?» El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías.» «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?» Juan dijo: «No.»

«¿Eres el Profeta?» «Tampoco», respondió.

Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.»

Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia.»

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.

Palabra del Señor

Comentario

Cada día que pasa, en medio de cosas tan lindas pero al mismo tiempo de situaciones difíciles, me puedo dar cuenta, y espero que vos también, que la verdadera alegría no se compra ni se vende con nada. La vida es linda, es verdad. Tiene cosas que nos llenan de alegría, que nos colman en serio, que nos sacan una sonrisa todos los días si nos disponemos a disfrutarlas. Pero al mismo tiempo, todos sabemos, que eso muchas veces pende de un hilo y que se puede cortar en cualquier momento, incluso sin que dependa de nosotros. Las alegrías de la vida: las buenas, las legítimas, las sanas, las que alcanzamos por nuestro esfuerzo y por gracia de Dios, se nos pueden ir de las manos en cuestión de segundos, como el agua entre las manos.

Un ser querido, un lindo trabajo, una profesión, un logro alcanzado, unas lindas vacaciones, un buen vino, un amigo o una amiga de verdad y así todo, podés nombrar lo que vos mismo puedas imaginarte y te da alegría. Todo eso a veces se nos puede escapar de las manos.

La alegría es la palabra clave de este domingo, que justamente se llama así: domingo de la alegría, el domingo de gaudete –que quiere decir regocíjense, alégrense–. Ya muy cercanos a revivir el misterio del nacimiento de nuestro Salvador, la Iglesia en su liturgia nos propone meditar sobre la alegría; pero esa alegría que proviene del encuentro verdadero con nuestro buen Jesús y no de las cosas pasajeras, muchas veces buenas y legítimas que llenan nuestra vida, pero solo por momentos. Esa alegría que puede permanecer aun en los momentos más difíciles de nuestra vida.

«Estén siempre alegres», nos dice san Pablo en la segunda lectura. Eso quiere decir que es posible. Eso significa que Jesús desea compartir su gozo, desea que nosotros los cristianos vivamos «esperando ser felices y siendo felices mientras esperamos». Nuestro gozo es posible, pero es un gozo en esperanza, es un gozo «en el Señor». Esto hay que saberlo para no frustrarse, para no hacer de Jesús un Dios a nuestra medida, un Dios que promete alegrías similares a las del mundo, a las que nuestro corazón muchas veces busca pero errando el camino.

La alegría nunca llegará a ser plena mientras estemos en camino hacia él, o por lo menos es plena por momentos. Eso es algo que no podemos olvidar, que no podemos dejar de decirlo. La alegría es hermana de la felicidad, pero no se termina de alcanzar nunca en esta tierra plenamente. Está allá, en el horizonte; es la meta, pero que solo se alcanzará al final de nuestra vida, de nuestro encuentro eterno. La alegría se espera y se alcanza en la medida que nos ponemos en camino de conocer más y más a Jesús, que es la Luz. La luz es símbolo de la alegría, porque la luz nos permite ver aquello que por nosotros mismos no podemos observar, por nuestra ceguera. Por eso Jesús es nuestra alegría, porque él vino a traernos la alegría; vino a darse a sí mismo, a iluminar nuestra vida para que así podamos tener un «rostro» que irradie alegría.

Algo del Evangelio de hoy nos habla de ser testigos, de ser luz. Por eso, solo puede ser testigo, solo puede dar testimonio, aquel que vive esa profunda alegría de haberse encontrado con Jesús. Como Juan el Bautista, nosotros debemos dar testimonio de la Luz. Debemos poder reflejar esa luz para que otros encuentren la alegría que tanto necesitan. El mundo clama por esta alegría. La humanidad entera desea, anhela ser feliz, tanto el bueno como el que hace el mal día a día, creyendo encontrar así su paz.

Hay algo importante también, que se desprende de la Palabra de hoy. La humildad es la condición necesaria y básica para encontrarse con Jesús, con la alegría, con la luz. Solo el que vive necesitado de una luz que viene de otro lado puede en definitiva dejarse iluminar. Solo el que reconoce que por sí mismo no puede encontrar la paz y la alegría definitiva; solo ese, está preparado para recibir este don como regalo. Es un regalo, es un don, que reciben los humildes, los que saben «desaparecer para que Jesús crezca» y sea él el protagonista. Juan el Bautista es el modelo del testigo humilde y alegre.

Todos deseamos vivir alegres, pero para eso debemos vivir la humildad, la virtud del que es testigo y no habla por sí mismo. Solo está alegre el que es humilde y da testimonio siempre. Solo es testigo el que vive alegre y humildemente. Solo el humilde, el que vive alegremente dando testimonio, puede encontrar esta paz junto a Jesús. Pidamos hoy ese don y vamos todos en busca de la verdadera alegría que nos trajo nuestro buen y amado Jesús.

Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

By administrador on 9 noviembre, 2020

Juan 2, 13-22

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio».

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura:

“El celo por tu Casa me consumirá”.

Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?»

Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar».

Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero Él se refería al templo de su cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

Palabra del Señor

Comentario

Puede parecer que esta fiesta de hoy no nos dice nada. ¿Qué tiene que ver para nosotros esto de la «Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán»? Antes que nada, para que sepas, esta basílica es la catedral de la ciudad de Roma y por eso es la sede del obispo de Roma, del Papa especialmente. Surgió en el siglo III y cuando se dice «dedicación», lo que se celebra es el día en el que un templo se consagra al culto, se dedica para Dios, por medio de un rito muy especial. Esta fiesta de hoy quiere llevarnos a que meditemos la realidad compleja y profunda de la Iglesia, de nuestra madre la Iglesia. La dedicación del primer gran templo para el culto cristiano, la Basílica de San Juan de Letrán en el año 324, es oportunidad para que contemplemos a la Iglesia como Misterio divino y humano. Porque a eso se refiere: un misterio es cuando algo nos muestra otra cosa que no vemos. Lo humano nos muestra lo divino y lo divino ilumina a lo humano.

Pero primero miremos y escuchemos a Jesús, que dice así: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio. Saquen todo lo que impide que el Templo sirva para lo que es, para dar culto al Padre». Darle a Dios lo que le corresponde, no lo que nosotros pensamos que hay que darle. En realidad, si nos pusiéramos a pensar unos segundos en lo que debemos darle a Dios, no hay otra respuesta que decir todo, la vida. Los judíos en ese tiempo ofrecían animales, algo que no podía jamás satisfacer a Dios. Por eso Jesús de algún modo se enoja en Algo del evangelio de hoy. Pero cuidado, nosotros también en este tiempo podemos ofrecer a Dios un culto vacío, vacío desde el corazón, desde su raíz, aun cuando tengamos los templos más lindos del mundo.

Jesús en realidad al expulsar a los vendedores y cambistas del templo está realizando de algún modo lo que se dice un acto profético, o sea, está anticipando con su manera de obrar algo que pasará. Está diciendo que El es el Hijo de Dios y está anunciando su muerte y resurrección y que El será el nuevo templo de Dios. «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar» y así, con estas palabras y con su muerte y resurrección, comienza una etapa nueva de la historia. «Cesa el viejo rito y se establece el nuevo», dice un gran poema de santo Tomás. Ya no hace falta ofrecer animales a Dios Padre, es el Hijo el que se ofrece como cordero de una vez y para siempre. Y dándose El mismo, nos incorpora a su Cuerpo Místico, que es la Iglesia, como dice la Palabra: «El se refería al templo de su cuerpo».

La Iglesia es el nuevo templo de Dios. Dios ya no vive únicamente en edificios construidos por el hombre. «¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?», dice San Pablo. Vos y yo somos la Iglesia. En nosotros habita el Espíritu Santo y por eso la Iglesia es santa, por eso vos y yo tenemos algo de santos. Somos santos en lo profundo del corazón, santificados por su amor. La Iglesia es el Cuerpo de Jesús. El tiene un solo cuerpo y por eso es una. La Iglesia es para todos y por eso es católica. La Iglesia fue cimentada en los apóstoles y está destinada a ser enviada por el mundo, por eso apostólica. No solo la formamos vos y yo, sino miles y miles; una «nube de testigos» a lo largo de toda la historia: los que estuvieron, los que están y los que estarán. La Iglesia es nuestra familia y así debemos amarla, hacerla crecer, enriquecerla con nuestro amor, defenderla si es necesario con nuestra vida. El mundo no nos entiende –es verdad–, como los judíos no entendieron a Jesús; por eso no pretendamos que nos entiendan tanto.

San Pablo también dice que «cada cual se fije bien de qué manera construye». ¿Construimos la Iglesia con nuestra caridad, dándole al Padre lo que le corresponde? ¿Hablamos de la Iglesia como si fuéramos parte de ella o hablamos como si fuese otra cosa? ¿La amamos como si fuera nuestra familia?

Esta fiesta también nos puede ayudar a comprender y vivir mejor esto que acabamos de decir y tomar consciencia de que somos cristianos en todo momento y en todos lados, porque nosotros somos templo de Dios y llevamos a Dios en nosotros.

Cuántas veces olvidamos esto y vivimos una especie de dualidad, una especie de división interior: cristianos «part-time», cristianos «medio pelo», cristianos en algunos lados y situaciones.

También no podemos olvidar que los templos materiales son nuestros lugares sagrados, dedicados para eso, y por eso debemos respetarlos. No son un lugar cualquiera, no da lo mismo. Tomemos consciencia de esto: nuestros templos son lugares sagrados en donde Jesús habita especialmente en la Eucaristía y en donde rendimos el culto agradable a Dios; donde hacemos silencio y nos alimentamos para tener fuerzas y para que a cada instante y en cada obra, por más insignificante que sea, demos este culto a nuestro Padre en espíritu y en verdad estemos donde estemos, estemos como estemos: enfermos, caminando o trabajando. Si vivimos así, estaremos dándole un verdadero culto a Dios; dándole lo que le corresponde, o sea, nuestra propia vida, todo.

Fiesta de los Santos Arcángeles

Fiesta de los Santos Arcángeles

By administrador on 29 septiembre, 2020

Juan 1, 47-51

Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez.»

«¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.

Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.»

Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Jesús continuó: «Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”, crees. Verás cosas más grandes todavía.»

Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Comentario

Hoy más que nada, mi deseo es que aprendamos un poco más sobre esta fiesta de san Miguel, san Gabriel y san Rafael; los arcángeles más importantes en la historia de toda la salvación, en realidad, de los únicos que se conoce su nombre tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

La palabra Arcángel viene de las palabras griegas “Arc” que significa “principal” y “ángel” que es “mensajero de Dios”. Por eso son los principales mensajeros de Dios.

La Biblia solo da el nombre de tres Arcángeles: Miguel, Rafael y Gabriel. Gabriel significa “la fuerza de Dios” En el Antiguo Testamento, San Gabriel Arcángel aparece en el libro de Daniel explicándole al profeta una visión del carnero y el chivo (Dn. 8), y también instruyéndolo en las cosas del futuro (Dn. 9,21-27). En los Evangelios, San Lucas (1,11-20) lo nombra anunciando a Zacarías el nacimiento de San Juan Bautista y a María (Lc. 1,26-38) que concebiría y daría a luz a Jesús.
Por otro lado, Rafael en hebreo es “Dios te sana” El único libro que habla de San Rafael Arcángel es el de Tobías y figura en varios capítulos. Allí se lee que Dios envía a este Arcángel para que acompañe a Tobías en un viaje, en el que se casó con Sara.

Finalmente, Miguel significa “¿Quién como Dios?” El nombre del Arcángel Miguel viene del hebreo “Mija-El” que significa “¿Quién como Dios?” y que, según la tradición, fue el grito de guerra en defensa de los derechos de Dios, cuando Lucifer se opuso a los planes de salvación y de amor de nuestro Padre Dios.
La Iglesia siempre tuvo una gran devoción al Arcángel San Miguel, especialmente para pedirle que nos libre de los ataques del demonio y de los malos espíritus.

Pero en Algo del Evangelio de hoy –más allá del diálogo tan lindo con Natanael–, Jesús dice una cosa muy importante: «Verás cosas más grandes todavía, verán al cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el hijo del Hombre».

Es Jesús quien claramente habla de la presencia de los ángeles; de estos seres espirituales, invisibles que están presentes en nuestra vida pero que por supuesto, no podemos verlos con nuestros ojos.

Nuestra fe nos enseña que hay un mundo invisible que supera todo lo que podemos imaginar: «Verás cosas más grandes todavía…» dice el mismo Jesús. Hay cosas que todavía no vemos y algún día veremos. Como dice el apóstol San Pablo: “Nosotros anunciamos, como dice la Escritura, lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman.” (1 Cor, 2, 9)

¿Y qué nos dice todo esto? Creo que nos da mucha esperanza y, además, una actitud diferente frente a la realidad.

El mundo no es solamente lo que vemos; tu vida no es solamente lo que ves; la vida de los demás no es solamente lo que vos ves; es mucho más grande todavía. Y eso nos hace también pararnos ante la realidad con una actitud también de humildad, hay que ser humildes y reconocer que las cosas no son simplemente como las vemos; que no podemos reducir la realidad a lo que percibimos y vemos con los ojos que Dios nos ha regalado, sino que Dios nos tiene preparado algo mucho más grande todavía.

Los ángeles son estos seres espirituales que están presentes en toda la historia de la salvación, para ayudarnos a llegar al cielo y son parte de esa realidad que no podemos ver todavía.

Dios Padre creó a los ángeles en función de Cristo; son de Cristo, han sido creados por Él y para Él. Y también están al servicio de Él, y como están al servicio de Él; están al servicio de nosotros porque eso es lo que quiere Dios de nosotros: que nos acerquemos a Cristo.

Podemos también especialmente hoy, pedirle a san Miguel, que es el gran arcángel que nos defienda en esta batalla, en esta lucha diaria por alcanzar la salvación, con una parte de esa oración tan importante para la Iglesia que dice así: “San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio”. Es una petición de protección; pidámosle a san Miguel que nos ayude a estar atentos para rechazar la presencia de esos seres espirituales que buscan ir en contra de nuestra salvación, que buscan alejarnos de Dios: “Por favor san Miguel, defendenos en la batalla, defendenos siempre”.

Ojalá que la Fiesta de los santos arcángeles nos ayude a percibir y a pararnos frente a la realidad de una manera más humilde y más confiada, sabiendo que todo está en las manos de Dios y que siempre estamos protegidos por Él y sus mensajeros.