Book: Juan

Juan 6, 16-21 – II Sábado de Pascua

Juan 6, 16-21 – II Sábado de Pascua

By administrador on 25 abril, 2020

 

Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaún, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento.

Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. Él les dijo: «Soy yo, no teman.»

Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban.

Palabra del Señor

Resumen II semana de Pascua

No nos olvidemos que en esta semana que nos regaló la Pascua, de alguna manera queríamos “volver a nacer” junto con Nicodemo. También decíamos que tenemos que ser felices, o aceptar esa bienaventuranza de Jesús de ser felices por creer sin ver.  Qué lindo que podamos terminar este tiempo, estos días, deseando volver a nacer por la fe. Porque el que cree puede volver a nacer. Siempre se puede volver a nacer en lo espiritual. Nunca pensemos que estamos “muertos” totalmente. Nunca pensemos que, aunque tengamos muchos años o estemos enfermos o nuestro cuerpo no pueda más; no pensemos que no se puede volver a nacer. No pensemos que no podemos volver a ser felices, si ni siquiera la fe nos da felicidad, porque por ahí no estamos teniendo una fe pura y verdadera.

Todos nosotros podemos volver a renacer de lo alto, podemos creer más, tener más vida y ser más felices. Hay que volver a maravillarse siempre, una vez más, de que Dios nos haya amado tanto, nos haya amado primero y nos haya enviado a su Hijo para enseñarnos a vivir como hijos amados por él para perdonarnos los pecados y ayudarnos a dejar el pecado que nos sigue atormentando tantas veces.

Hoy también, como hicimos en la semana, intentemos hablarle a Jesús como lo que es: como nuestro Salvador, nuestro hermano mayor; aquel que vino a darnos vida y no a condenarnos, aquel que nos vino a dar luz para poder ver bien. Todo lo que pidamos en su Nombre al Padre; él nos lo concederá. Pidamos creer en esto, pidamos creer en él. Pidamos renacer una vez más. Pidamos seguir creyendo mientras caminamos para que la vida no se haga tan pesada, para que la muerte no apague el sentido de nuestra vida, para que el sufrimiento no sea la última palabra, para que el amor sea el motor de cada cosa que hacemos, para que Jesús sea el centro de nuestra vida y así poder animar al triste y consolar al afligido, para seguir amando, aunque a veces nos cansemos…

Y el jueves nos preguntábamos si nos damos cuenta porqué es tan importante escuchar oír hablar a Jesús y oír hablar de Jesús. ¿Nos damos cuenta de por qué creer en Jesús nos hace veraces, de por qué creer en sus palabras nos da Vida Eterna? Porque no hay otra palabra de Dios Padre para nosotros que no sea una palabra de amor, de verdad, de consuelo, de ánimo, de corrección, de perdón, de reproche cariñoso. Todo para nuestro bien Todo para andar en la verdad y para amar.

Por eso no nos cansemos de escuchar. No nos cansemos de oír. Si escuchamos con constancia la Palabra de Dios, cuando menos nos demos cuenta, tendremos más Vida. No nos cansemos de escuchar –decíamos muchas veces esta semana–; porque es feliz el que cree sin haber visto, el que sigue insistiendo, el que sigue escuchando. Y la fe nos viene por los oídos.

Nuestro Pan del alma –decíamos también ayer– nuestro Pan que alimenta el espíritu no puede ser sino el mismo Dios, porque nada nos puede saciar sino solo Dios. Somos “insaciables” solo nos sacia lo superabundante y eso solo puede venir de Dios.

¿Y dónde encontramos a Dios? En Jesús. Inevitablemente tenemos que ir hacia él, porque él es el enviado del Padre para que creamos. Él es el Pan del mundo, el alimento que nos da la Vida eterna, el alimento de todos los hambrientos.

Ahora… ¿cómo podemos alimentarnos de Jesús? Viviendo de tal manera que él mismo se convierta en nuestro verdadero Pan, aceptando y creyendo estas palabras, meditando todos los días la Palabra de Dios, viviéndola, haciéndola carne, amando en nuestro metro cuadrado cotidiano, encontrando lo grande en lo sencillo. Y hoy, en Algo del Evangelio vemos que Jesús camina por las aguas. Y les muestra a sus discípulos que él tiene el poder, que él es el rey del universo, que él tiene poder incluso con la naturaleza. Él es el dueño, porque por medio de él fueron hechas todas las cosas. Sin embargo, ellos tuvieron miedo. Ellos temieron porque no sabían bien quién era, y es ahí donde Jesús les dice “Soy yo, no teman”.

Qué lindo que es terminar estos días escuchando esas palabras de Jesús “No temas”. ¿Por qué temes? ¿Por qué le tienes tanto miedo a las cosas? ¿No te das cuenta de que yo soy el dueño de tu vida, no te das cuenta de que la barca tocará tierra rápidamente y te llevará a donde yo quiero? ¿No te das cuenta de que yo te amo, y que, aunque a veces parece de noche yo estoy siempre, y, en el fondo, soy yo el que maneja el timón de la barca de la Iglesia, de la barca de tu vida?

Que las palabras del Evangelio de hoy nos ayuden a terminar en paz, habiendo disfrutado estos días de su Palabra, habiendo disfrutado de tantas palabras de Dios que quisieron llegarnos al corazón.

Juan 6, 1-15 – II Viernes de Pascua

Juan 6, 1-15 – II Viernes de Pascua

By administrador on 24 abril, 2020

 

Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan.»

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»

Jesús le respondió: «Háganlos sentar.»

Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada.»

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.

Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo.»

Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.

Palabra del Señor

Comentario

“Feliz el que cree sin haber visto” Feliz el que acepta que Dios está siempre, aunque no lo pueda ver con sus ojos. Feliz el que se afirma en esas veces que, de alguna manera lo experimentó y no dudó. Y no añora el pasado si no que aprende a vivir el presente. Feliz el que escucha y no se cansa de escuchar. Porque el escuchar es una prueba clara de estar intentando creer, de caminar creyendo, intentando aceptar lo que vivimos, sin ver, sin pretender pruebas científicas de todo. No todo se comprueba con experimentos, sino que hay muchas cosas que el corazón sabe comprobarlas, sabe aceptarlas, sabe recibirlas, sabe madurarlas. Por eso es feliz no el que no busca respuestas, sino el que, de alguna manera, ya las encontró y aprende a aceptar eso que tiene, como un niño en brazos de su madre, no pretendiendo nada más que eso. Felices los que creemos sin ver. Vos y yo estamos en ese grupo. ¿Estamos en ese grupo? ¿Sos de los que creen sin ver?

Terminando la semana, mientras hacés cosas de la casa, seguramente, te propongo algunas preguntas que tienen que ver con Algo del Evangelio de hoy. Sabemos por los diferentes evangelios y relatos, especialmente en el Evangelio de Juan, que Jesús multiplica los panes como signo de algo más y que más allá de los detalles de uno y otro relato, no solo quisieron mostrar y dejar escrito que Jesús hizo semejante milagro y que cómo Dios hecho hombre podía hacer eso y mucho más, sino que Jesús quiere ser Pan para la vida del mundo y no rey al estilo de este mundo como se ve claramente en el relato de hoy. Es muy clara la Palabra de Dios. Es muy clara. No podemos olvidar esta parte: “Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña” “Otra vez”, se ve que ya se había retirado muchas veces. No somos nosotros los que hacemos rey a Dios, sino que Dios es rey antes que nosotros existiéramos y Dios es rey que se entrega y quiere ser alimento de un hombre que no se da cuenta y que busca saciarse con muchas cosas que no son Dios. Este es el trasfondo profundo del evangelio de hoy. Porque claramente se ve eso. Que, ante semejante milagro, ante la sorpresa, lo primero que intentaron esos hombres fue hacerlo rey. Claro. Convenía mucho un rey que les diera de comer a todos gratis. Eso es lo que, de alguna manera también nos pasa a nosotros. Sin darnos cuenta, pretendemos que Dios sea el que nos de lo que pretendemos, lo que queremos. El que sacie nuestra hambre de cosas materiales y no el que sacie el hambre espiritual que tenemos, el hambre de amor. El hombre tiene hambre de algo más, necesita algo más.

No necesita solo pan de harina o cebada. No necesita solo casa, auto, salud y vacaciones. Necesitamos algo más. ¿Qué necesitamos? Eso es bueno preguntarse. Aunque tengas todo lo que crees necesitar, algún día te darás cuenta que necesitás algo más grande, algo que vos mismo no podés darte a vos mismo. Es tan grande lo que necesitamos que nosotros no podemos crearlo para nosotros, solo podemos recibirlo como un don. Casi que no hace falta que te lo diga, pero sí lo tengo que decir. Nuestro pan del alma, del espíritu no puede ser otra cosa que Dios mismo. Somos, de algún modo, insaciables. Porque necesitamos siempre más. Solo nos sacia lo abundante y lo superabundante solo puede ser Dios mismo, Jesús. ¿Pero Dios dónde está? ¿Cómo me sacio de Dios? Desde que Jesús vino al mundo, desde que el Padre envió a su Hijo para que creamos, él es el Pan del mundo, el alimento de todos los hambrientos, de tu hambre y del mío. Ahora… ¿cómo podemos alimentarnos de este Dios hecho hombre, de Jesús, vivir de tal manera que Él mismo se convierta en nuestro pan? Aceptando y creyendo lo que venimos meditando en estos días, escuchando la Palabra de cada día, viviéndola, haciéndola carne, amando en el metro cuadrado donde nos toca, en lo cotidiano, encontrando lo grande en lo sencillo.

Aceptando ser perdonado y perdonando. Creyendo que Jesús está en cada Eucaristía y deseando recibirla con amor. Dándote cuenta de que vos también podés hacer algo por el hambre del mundo, mostrándoles a los demás que lo único que sacia el corazón del hombre, es Jesús. Es por eso por lo que Jesús desea nuestro aporte en este milagro. Quiere que seamos parte, porque solo a través de nosotros puede llegar el amor de Dios a alguien que necesita amor. Solamente a través del amor de un hombre Jesús puede demostrarle a otro que es amado.

Juan 3, 31-36 – II Jueves de Pascua

Juan 3, 31-36 – II Jueves de Pascua

By administrador on 23 abril, 2020

 

El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.

El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Palabra del Señor

Comentario

Felices los que creen sin haber visto. Felices los que todavía confían en que Jesús resucitado está entre nosotros, aunque a veces no tengamos las pruebas que pretendemos. Felices los que creen que esas llagas fueron el motivo de la sanación y que las llagas y las heridas de nuestra vida también son causas de sanación para nosotros y para los demás. Felices los que creemos que creer nos hace felices.

Me animo a volver a decirte una vez y otra vez, y a mí también: “No te canses de escuchar, no te canses de volver a empezar, no te canses de escuchar la Palabra de Dios, que es escuchar a Dios mismo. Si te cansaste de los audios, por lo menos escuchá el Evangelio. Es lo mínimo que te pido”. Escuchá la Palabra de Dios. Sólo el que escucha siempre es capaz de volver a levantarse, de volver a empezar, de volver a creer y de darse cuenta de que la fe alegra el corazón. La fe entra por los oídos. Casi sin querer me pasó algo muy lindo pensando en qué decir en el audio de hoy. Hoy tenía ganas de comentar algo sobre la necesidad que tenemos de escuchar para creer, quería seguir con el tema de la fe, algo bastante obvio, pero que siempre hay que volver a repetir, y me acordé de que San Pablo habla algo sobre esto en alguna de sus cartas. Busqué mi Biblia, esa que quiero tanto y que me acompaña desde que me decidí seguir a Cristo más de cerca, y la abrí con la intención de encontrar en alguna carta de San Pablo lo que recordaba remotamente, pero con pocas esperanzas porque no me acordaba bien en dónde estaría. Providencialmente abrí en la Carta a los Romanos en el capítulo 10, 14 donde dice: “Pero ¿cómo invocarlo sin creer en él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán, sino se los envía?” Una maravilla, todavía estoy impresionado de cómo suceden a veces las cosas. Todo lo que deseo que pase día a día con estos audios se sintetiza en esta frase. Todo lo que desea el Padre que nos pase a cada uno de nosotros se explica en estas palabras de San Pablo.

Para invocar a Jesús tenemos que creer en él, para creer en él tenemos que escuchar, para escuchar sobre él, alguien tiene que hablar sobre él y para hablar sobre Jesús alguien tiene que haber sido enviado a cumplir esa misión.

Jesús es el enviado desde el cielo por el Padre. Enviado desde la eternidad para hablarnos de su Padre, el tuyo y el mío. Te diría que una de las misiones más importantes de Jesús es mostrarnos el verdadero rostro de Dios que es Padre, Padre con todas las letras y con letras mayúsculas, Padre en serio, infinitamente más Padre de todo lo que te podés imaginar. Así lo dice el Algo del Evangelio de hoy: El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. Es necesario comprender esto para que nuestra fe sea más plena. No es cuestión de creer cualquier cosa, hay que creer lo que Dios quiere que creamos. Hay que usar bien la palabra fe. Dios Padre envió a su Hijo para que diga sus palabras, para que hable en su nombre gracias a que los dos tienen un mismo Espíritu. El Padre puso todo en las manos de su Hijo y todo lo que escuchamos decir de Jesús es lo que dice el Padre.

Por eso oír hablar a Jesús es oír hablar al Padre y oír hablar de Jesús es oír hablar del Padre y por eso alguien tiene que predicar esto, alguien tiene que hablar de las palabras de Jesús, para que escuchándolo a él a todos los hombres puedan escuchar lo que el Padre del Cielo nos quiere decir: Los perdono, tengo misericordia de cada uno, quiero darles un abrazo de perdón, vuelvan a mí.

¿Te das cuenta porqué es tan importante escuchar, oír hablar a Jesús y oír hablar de Jesús? ¿Te das cuenta de porqué creer en Jesús nos hace veraces, de porqué creer en sus palabras nos da Vida Eterna? Porque no hay otra palabra de Dios Padre para nosotros que no sea una palabra de amor, de verdad, de consuelo, de ánimo, de corrección, de perdón, de reproche cariñoso. Todo para nuestro bien, todo para andar en la verdad y para amar.

No nos cansemos de escuchar, no te canses de escuchar. No te canses de oír la palabra de Dios. Si escuchás con constancia, cuando menos te des cuenta vas a tener más Vida. Vida con mayúscula, vida que no muere, aunque ande rondando la muerte. Vida que no se acaba, aunque las cosas se acaben. Por favor, no te canses de escuchar y no te canses de predicar. Todos somos enviados también a hablar de Jesús. No me canso de escuchar testimonios de personas que escucharon con sinceridad y con constancia la Palabra de Dios. No me canso de leer los testimonios que nos dejan en nuestra página contando lo bien que les ha hecho escuchar la Palabra de Dios. No te canses de ser Apóstol de Jesús y de enviar la Palabra de Dios a otros para que se den cuenta que no hay nada más lindo que, día a día, escuchar lo que Dios nos quiere decir.

Juan 3, 16-21 – II Miércoles de Pascua

Juan 3, 16-21 – II Miércoles de Pascua

By administrador on 22 abril, 2020

 

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

Palabra del Señor

Comentario

¿Te gustaría reflexionar hoy el porqué se puede vivir mucho más feliz creyendo que no creyendo? ¿Querés darte cuenta de porqué puede vivir feliz aquel que vive creyendo?  No que “cree” sino que “vive creyendo”, que cada día hace un esfuerzo por decirle que sí a la invitación de Dios. Así dice la Palabra de Dios: “Sí.  Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” Sí, porque Dios no envío a su Hijo para juzgar al mundo, para juzgarte a vos o a mí, para señalarnos, sino para que creamos. Para que nos salvemos por medio de él. Para que aceptemos su amor misericordioso. No es que se cree y nada más. El que cree vive creyendo. Digamos que es como ir caminando. Se camina avanzando. Es como algo continuo, algo dinámico, que crece de a poco. Por eso es feliz el que cree sin ver, porque camina confiado, camina sabiendo que va de la mano. Camina sabiendo que, poco a poco, irá descubriendo lo que Dios le propone. No es la omnipotencia del creerse que uno sabe todo, que uno puede todo, que uno controla todo.  Por eso el que va creyendo va viviendo de una manera distinta, como alguien que tiene vida en el Espíritu, dada por el Espíritu (con mayúscula). El que cree renace siempre, porque algo más grande lo sostiene y lo anima a seguir. Por eso es feliz el que cree sin ver.

Ayer Jesús nos decía: “Ustedes tienen que renacer de lo alto”. Nosotros podemos ser reengendrados, podemos vivir una especie de renacimiento espiritual sea de la situación o sea en la situación en la que estemos. Es el Espíritu Santo el que nos ayuda a creer. Es el Espíritu que recibimos en el bautismo, en la confirmación.  El Espíritu que recibimos cada vez que volvemos a decirle que sí al Señor. ¿Creer en qué?, nos podemos preguntar. ¿Creer en quién? Creer en Jesús. Creer en que él es el enviado del Padre, el Hijo único que vino al mundo para que tengamos luz y no andemos en las tinieblas. ¿Qué prueba más grande de amor que Dios pueda venir a estar con nosotros? ¿Que ser Dios y venir a estar con el hombre, por puro amor, sin preguntar, sin esperar nada a cambio?

La fe es un don. El don es Jesús y lo que nos queda a nosotros es aceptar esto. Eso nos enseña Algo del Evangelio de hoy.  La fe no es un conjunto de normas, una grilla de cosas por cumplir, una doctrina que aprender o repetir o para defender a los gritos, como si fuese nuestra verdad. Un sentimiento que sentir. La fe es un don y ese don es el mismo Hijo de Dios, el Hijo único del Padre que se hizo hombre para que sientas, aceptes con tu cabecita y te des cuenta de que Dios ama al hombre en serio, que Dios se tomó en serio esta decisión, muy en serio. Y, en definitiva, que debes aceptar que esto es posible y que además cambia la vida del que lo acepta y entrando así, en una Vida nueva, puede entrar en una vida nueva.

Todos nosotros, los que escuchamos la Palabra de Dios día a día, seguramente somos bautizados, confirmados. O por ahí, no, por ahí incluso no hemos recibido el bautismo. Dios quiera que estés escuchando incluso sin tener algún Sacramento. Incluso también la mayoría de nosotros recibimos a Jesús en la Comunión. Ahora, eso no quiere decir que todos experimentamos esto de volver a nacer, este nacer en el Espíritu Santo. Muchas veces tenemos al Espíritu olvidado y por eso el Espíritu Santo no puede hacer tantas cosas en nosotros. Está como queriendo trabajar desde adentro y nosotros estamos en otra.

Hay que volver a maravillarse una vez más de que Dios nos haya amado primero e incondicionalmente y nos haya enviado a su Hijo para enseñarnos a vivir como hijos amados por él, para perdonarnos los pecados y ayudarnos a dejar el pecado que nos sigue atormentando muchas veces, nos sigue de alguna manera persiguiendo, desde adentro y desde afuera. Y es el Espíritu enviado por Jesús, el que nos santifica y vivifica.

Hoy intentemos hablarle a Jesús como lo que es, nuestro Salvador, nuestro hermano mayor, el que vino a darnos vida y no a condenarnos, aquel que nos vino a dar luz para poder ver bien. Todo lo que pidamos en su nombre al Padre él nos lo concederá. Pidamos creer en esto, pidamos creer en él, pidamos renacer una vez más. Pidamos seguir creyendo, para que la vida no se haga tan pesada, para que la muerte no apague el sentido de la vida, para que el sufrimiento no sea la última palabra, para que el amor sea el motor de cada cosa que hacemos, para que Jesús sea el centro de nuestro corazón, para podamos animar al triste, consolar al afligido, para seguir amando, aunque a veces nos cansemos. No nos cansemos de seguir evangelizando por medio de las redes, especialmente en estos momentos. No nos cansemos de hacer un clic para enviarle a otro la Palabra de Dios que tanto bien hace a aquel que la escucha, con insistencia y con amor. Jesús, que nos pase de todo, pero que no nos cansemos, pero que no nos cansemos. Que no nos cansemos de creer y de amarte.

Juan 3, 7b-15 – II Martes de Pascua

Juan 3, 7b-15 – II Martes de Pascua

By administrador on 21 abril, 2020

 

Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto.»

«El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»

«¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo.

Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.

Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo?

Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.»

Palabra del Señor

Comentario

¡Felices los que creen sin haber visto! Me parece que puede transformarse en la frase de esta semana que nos acompañe, en este tiempo en el que parece que vemos cada vez menos. Sin embargo, Jesús está mostrándonos su llaga, su costado, diciéndonos: “Esta es la prueba de mi amor. Yo te amo porque estas marcas, este dolor lo sufrí por vos.” Hace unos días, o no sé, alguien alguna vez me preguntó: cómo es esto de que la fe es un don, cómo es posible que alguien tenga fe y otros no, cómo puede ser que Dios les dé la fe a algunos y a otros no. Bueno, es todo un tema que supera lo que podemos decir en un audio. Solo me animo a decirte que es bueno preguntarse, cuestionarse. Es bueno cuestionarse con espíritu abierto para poder encontrar respuestas que afirmen lo que creemos, que ayuden a creer mejor.

La fe no es para tontos, como decimos a veces. No, no es para tontos, creer es de inteligentes. Es, a veces, medio despectivo aquellos que creen que los que tienen fe son medios tontos o no quieren pensar, al contrario. Por eso, como Tomás también a veces, dudar nos ayuda a afirmar nuestra fe. La duda de Tomás se convirtió en un “Señor mío y Dios mío”. Jesús utiliza todas nuestras debilidades para confirmarnos en la fe, para que creamos más. Sin embargo, retomando un poco lo de recién, en realidad es más lógico poder llegar a argumentar la fe que argumentar el sin sentido, el ateísmo. Pero bueno ese es otro tema. Por ahora es bueno quedarse con lo esencial. No creeríamos en Cristo si no hubiéramos recibido una gracia que viene de lo alto, de arriba, si no hubiéramos sido atraídos por el Padre.

Así lo dice Jesús, “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae.” Eso quiere decir que el impulso interior para acercarnos a Jesús viene como don, ahora… la respuesta a ese impulso depende de nuestra libertad, de nuestra elección, que de alguna manera nunca es definitiva, nunca podemos decir “ya está”, ya creo en forma plena y completa, ya alcancé la meta, ya terminé. Siempre hay que volver a empezar, volver a creer, confiar, decir que sí una vez más, abandonarse más, aceptar más, ser cada día más feliz de la mano de Jesús que nos lleva así al cielo con alegría.

Por eso Algo del Evangelio de hoy, de alguna manera, nos ayuda a considerar este misterio increíble, aunque es creíble, aunque parezca contradictorio, el misterio de tener fe. Felices los que creen que es posible renacer de lo alto, nacer de nuevo, volver a empezar. Felices los que creen en estas palabras de Jesús, las palabras que Nicodemo no pudo entender en su momento y que nosotros hoy volvemos a escuchar. Felices los que creen y confían, porque la confianza da felicidad, la confianza en Jesús, la confianza en su Palabra nos pone en una órbita diferente por decir así, porque nos ayuda a despojarnos un poco de toda pretensión de tenerlo todo bajo nuestro dominio, todo controlado, las personas y las cosas, las situaciones, el futuro, el pasado. No.

Feliz el que es sencillo, el que no es rebuscado y cree con convicción sin esperar comprobaciones “científicas” a todo lo que pasa aunque la ciencia hace mucho bien, pero ese es otro tema, a todo lo que ve, o sea, buscar todo el día comprobación de todo lo que ve. Feliz el que ve más allá de lo que ve. Pero en eso que ve, descubre cosas buenas, cosas lindas, cosas verdaderas y no se queda en lo superficial, en lo mundano, en lo feo que se ve de afuera.  Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto.» ¿No será que vos y yo también, que nosotros también? ¿No será que nosotros necesitamos volver a nacer de tantas cosas que han muerto en nuestra vida? Volvé a nacer, mirá a tu corazón, date cuenta que tenés mucho todavía para vivir, para dar, tenés mucho que resucitar también. La Pascua es volver a nacer. Siempre se puede volver a nacer en lo espiritual. Nunca pienses que estás muerto. No te quedes ahí tirado, no pienses que el pecado te derrotó.

Jamás. Jamás con Jesús el pecado nos derrotará, aunque tengas muchos años, aunque estés enfermo y tu cuerpo no pueda más. Lo importante es que no muera tu interior, tus ganas de creer y vivir, de ser feliz, de darte cuenta de que tenés a alguien para amar al lado tuyo. Una vez, visitando a una señora enferma, postrada le pregunté cómo se sentía, me dijo: “Padre, me duele mucho el cuerpo, pero lo peor, lo que más me duele, es el alma. Tenía motivos para quejarse y sentirse mal, pero en su dolor supo percibir que el peor dolor de todos es el del alma, el de estar muertos en vida.

Nosotros hoy podemos elegir la vida o la muerte, elegir el amor o el egoísmo. Nosotros podemos renacer de lo alto. Podemos creer más, tener más Vida y ser felices junto a Jesús. Hablale, escuchalo, abrile tu corazón.

Juan 3, 1-8 – II Lunes de Pascua

Juan 3, 1-8 – II Lunes de Pascua

By administrador on 20 abril, 2020

 

Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos. Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él.»

Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.»

Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?»

Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Ustedes tienen que renacer de lo alto.”

El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»

Palabra del Señor

Comentario

Se puede nacer de nuevo habiendo ya nacido. Se puede volver a nacer. Se puede volver a empezar después de haber terminado. Podemos levantarnos otra vez habiéndonos caído. Se puede pedir perdón habiéndolo negado. Se puede volver a creer habiendo desconfiado tantas veces. Podemos salir de la cama aun queriendo quedarnos para siempre a descansar. Se puede volver a abrazar si cerraste los brazos. Se puede alcanzar la paciencia habiéndola perdido. Se puede pasar del odio al amor y quedarse ahí para siempre. Se puede volver a la gracia después de haber pecado.

Así podríamos seguir un día entero, diciendo frases parecidas. Pero no quiero decirte frases lindas y nada más. Quiero que comprendamos que esto es verdad, es real. Y seguro que, si te lo ponés a pensar, en tu vida seguro que te pasó tantas veces. No quiero que escuchemos lindos “slogans” de que se puede y se puede, aunque sean verdad. Sino, quiero que empecemos este lunes con ganas de “nacer de nuevo”, de “resucitar”, porque en definitiva es lo mismo. Resucita el que nace de nuevo, se nace de nuevo resucitando. Dios quiera que el día de la Divina Misericordia de ayer, nos haya llenado de alegría el corazón, como a los discípulos, con ese soplido de Jesús que los llenó del Espíritu Santo para que ellos también lleven paz a los demás.

Jesús nos «asegura que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.» El que no empieza este lunes con deseos de “volver a empezar” en serio. Con ganas de levantarse y amar a los que Dios ponga en nuestro camino, no podrá ver el Reino de Dios en lo concreto de este día. ¿Quién es capaz de reconocer en lo sencillo de cada día el Reinado de un Dios que está vivo y nos sigue amando a cada instante? El que oye la voz del Espíritu, que es como el viento, no se ve y no se sabe muchas veces de dónde viene y a dónde va.

Algo del evangelio de hoy nos anima a ponernos en el lugar de Nicodemo. Este fariseo que, por temor a la represalia o a la burla, fue a ver a Jesús de noche para que nadie sepa que creía en él. ¿Cuántas veces andamos así por la vida, por nuestra familia, por nuestros trabajos, universidades, grupos, como si fuera de noche, ocultándonos del amor de Jesús? De que otros sepan que amamos a Jesús. Queriéndonos encontrar con Jesús sin que nadie lo sepa ¿Cuántas veces hemos ocultado nuestro amor a Jesús por respetos humanos, por vergüenza, por temor? Qué lindo que es cuando “nacemos de nuevo” y ya no nos da miedo que de nuestros labios salga la palabra: Jesús. Qué lindo que es escuchar cristianos que por haber “nacido de lo alto” ya no le temen al ridículo. Como esa chica que me contó una vez que después de su conversión, gracias a un retiro, decidió pasar una Navidad distinta al darse cuenta que las navidades en su familia eran vacías. ¿Qué hizo? Frenó la cena de Navidad para decirles a sus familiares que el sentido de esa noche era otro, no solo comer y recibir regalos. Les habló de Jesús, sin miedo, con lágrimas en los ojos. ¿Sabés qué pasó? Todos terminaron llorando y viviendo una Navidad distinta, más profunda. Eso pasa cuando alguien se anima a salir de la oscuridad y mostrar que ama a Jesús, que Jesús le cambió la vida. Eso tenemos que hacer nosotros hoy. No importa. Como podamos, donde estemos, por las redes, por un mensaje, con una llamada, como sea. Tenemos que gritarle al mundo que Jesús nos cambió la vida.

Se puede volver a nacer, se puede resucitar, se puede recibir la gracia que viene de lo alto. Hay que pedirla. Por cincuenta días seguiremos en el tiempo pascual. Tiempo para disfrutar y pedir la gracia de volver a nacer. Pensá y rezá, seguro que tenés “algún muerto” en tu corazón para resucitar. Todos tenemos algún muerto guardado por ahí. Seguro que tenés un motivo para volver a empezar, para volver a nacer.

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Juan 20, 19-31 – II Domingo de Pascua

Juan 20, 19-31 – II Domingo de Pascua

By administrador on 19 abril, 2020

 

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»

El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»

Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»

Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Palabra del Señor

Comentario

Este segundo domingo de Pascua, es también el domingo llamado “de la Misericordia”, de la Misericordia que viene de lo alto: la Divina Misericordia, la Misericordia que trajo Jesús enviado por su Padre. Este domingo fue instituido por San Juan Pablo II como el Domingo de la Misericordia, el segundo domingo de Pascua.  Domingo también en el que Jesús se aparece a sus discípulos, a nosotros, de alguna manera, para darles la paz, para darnos la paz. Se aparece a nosotros para decirnos: “La paz esté con ustedes. En este domingo quiero darte paz y  darles el poder de perdonar y de retener, para darnos el poder de perdonar los pecados y de retenérselos a los demás. Qué cosa tan seria este mandato de Jesús para darles el Espíritu, soplando sobre ellos y hacerlos apóstoles de la Misericordia”. A vos y a mí.

Domingo también en el que la incredulidad de Pedro nos ayuda a afirmar también nuestra fe. Como siempre, la debilidad siempre finalmente triunfa, porque la fuerza de Dios triunfa en la debilidad del hombre.  «Felices los que creen sin haber visto», dice Jesús. Nosotros somos parte de esa humanidad, que cree sin ver. Nosotros somos felices ¿somos felices por creer sin ver? Es el gran elogio de Jesús para toda la generación de cristianos que creyeron en él sin haberlo visto. Nosotros somos los que no vimos, pero creemos. Nos veníamos preguntando en esta semana: ¿creemos? ¿por qué creemos? “Porque ustedes lo aman sin haberlo visto –dice san Juan– y creyendo en él sin verlo todavía”.

Somos felices porque la Misericordia ya no es una “palabra” linda para aplicar, sino que es una Persona, una Persona con sus llagas todavía en sus manos y en su costado, con sus llagas resucitadas, llagas que ya no duelen; y que, por eso, son llagas que curan a aquellos que buscan ser curados.

Hoy es un día en el que Jesús –a los que estamos cerca; a sus discípulos, a vos y a mí– nos sopla otra vez sobre el corazón y nos dice al oído: “Vos sos apóstol de la Misericordia. Sos enviado a llevar la misma Misericordia que yo te dí”. Dejémonos soplar hoy por Jesús al corazón –que nos quiere derramar su Espíritu Santo– y que nos diga: “Vos sos apóstol de la Misericordia”; somos los encargados de hacer llegar a los demás la paz y el amor de Jesús que quiere perdonar, pero con Misericordia, no de “cualquier” manera; perdonar con la medicina de la misericordia, quiere perdonar para sacarnos de ahí, quiere perdonarnos para sanar y resucitar.

Nosotros estamos viviendo esta Pascua y queremos transformarnos en apóstoles de la Misericordia porque hemos recibido esa Misericordia. Jesús trae paz; es lo primero que hace. No da explicaciones ni indicaciones, no nos dice qué es lo que tenemos que hacer, no explica muchas cosas sobre cómo resucitó o cómo habrá sido ese momento; sino que les mostró las manos y el costado, mostró sus heridas, las heridas que nos curaron. Porque las heridas son la “marca” del amor. Heridas causadas por tanto odio, pero vencidas con tanto amor. Sin embargo, las heridas siguen, las marcas quedan.

La paz proviene de experimentar que Jesús cura y sana, aunque esas marcas no se vayan. Jesús se aparece de un modo nuevo, pero al mismo tiempo no queriendo ocultar las marcas del dolor, las marcas del amor.

Es entendible la reacción de Tomás: quiere saber si ese que se apareció es el mismo que sufrió por él. ¿no será eso? (es también creo yo lo mismo que hubiéramos hecho nosotros), quiere asegurarse tocando sus llagas, es decir, las marcas del amor. La prueba de la resurrección para Tomás no es verle la cara al Señor, sino el tocar sus llagas. Qué misterio. Sus heridas nos han curado. No sabemos si lo llegó a hacer, pero sí sabemos que Jesús se lo propuso.

¿Por qué Jesús resucitado se muestra llagado? ¿Por qué la resurrección no eliminó tanto rastro de dolor, todo rastro del pasado? Para mostrar que el amor sanó el dolor, aunque las marcas queden. Lo mismo pasa en nuestra vida; lo que nos sana es el amor y el amor no quita muchas veces las heridas, sino que las “suaviza”, las deja en paz: Les da la unción de la misericordia para que puedas volver a renacer. No quieras vivir como si nada hubiera pasado en tu vida, como si no importaran las “marcas”. Las marcas del dolor son las huellas del amor —dijimos. La Resurrección de Jesús no es –de alguna manera– borrón y cuenta nueva, sino que es “vida nueva” haciendo nuevo el pasado con todo su dolor.

“Dentro de tus llagas escóndeme” —dice la oración de san Ignacio de Loyola. Pidámosle eso al Señor hoy: que nos escondamos dentro de sus llagas para poder experimentar tanto amor, tanta misericordia que hemos recibido y tanta misericordia que tenemos para dar a los demás.

A aquellos que ven a un Dios lejano, un Dios que no viene a amar sino a dar indicaciones; mostrémosles que en realidad Jesús es un Dios Misericordia, que viene a perdonar y a curar nuestros dolores.

Juan 21, 1-14 – Viernes de la Octava de Pascua

Juan 21, 1-14 – Viernes de la Octava de Pascua

By administrador on 17 abril, 2020

 

Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades.

Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.

Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.»

Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros.» Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.

Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»

Ellos respondieron: «No.»

El les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.» Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: « ¡Es el Señor!»

Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.

Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.»

Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer.»

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué maravilla debe haber sido ese momento! ¡Qué maravilla seguir escuchando los relatos de las apariciones de Jesús resucitado a sus amigos! Te dije al principio de la semana que era un tiempo para disfrutar mucho. Cada aparición es para disfrutar de las “artimañas” (entre comillas) de Jesús para hacerle sentir a los discípulos su presencia. Y los discípulos, por otro lado, que no terminan de entender mucho lo que pasa. Van y viene, como nuestro corazón.

Hace unos días alguien me preguntó muy directamente: “¿Para vos qué es tener fe, qué es creer? ¡Qué pregunta! Y es algo que nos podemos hacer una vez más nosotros. Me salió decirle algo así: “Para mí tener fe es creer en Jesús, creer en todo lo que leo de él y creer que es verdad. Para mí es no dudar de eso” No sé si la respuesta es la más correcta posible, la que mejor le pude haber dado, la teológicamente más correcta, pero estoy convencido que, en definitiva, creer, es creer en una Persona, real, como nosotros, que está vivo y sigue vivo obrando en nuestros corazones, sigue “apareciéndose” a miles de personas, sigue buscándonos, a vos y a mí. Bueno, como nosotros… ¡no! Es hombre, pero es Dios. Esa es la gran diferencia.

¡Jesús parece que no se cansa de insistir! ¡Parece mentira! Aun estando resucitado, aun después de haberlo visto con sus propios ojos, Jesús los busca y los busca. Nos busca y nos busca. Busca a sus amigos que se vuelven a perder en las cosas de cada día, en sus oficios originales, en la misma situación en la cual lo habían conocido. Es la maravilla de un Dios hecho hombre que ya no encuentra manera de atraer con amor a los que salvó por amor. Es la paradoja de unos hombres que no terminan de convencerse de la presencia de Dios en sus vidas.

Hoy, la imagen de Algo del Evangelio es esta: los discípulos volviendo a pescar peces, lo de siempre. Jesús volviendo a pescar hombres, amigos, a vos y a mí. Y así hará hasta el final de los tiempos. Nosotros que volvemos a lo nuestro. Nos olvidamos de su presencia, y él que nos vuelve a buscar, una y otra vez. Los discípulos de Jesús, (muchas veces vos y yo) toman la decisión de volver a pescar, de volver al oficio original y no al oficio original (como una imagen) y no al oficio que Jesús les había encomendado. Es la imagen del no terminar de comprender, de convencerse, de obedecer, de confiar. De echar las redes, de ir mar adentro, de empezar una nueva vida, de cambiar. Jesús había dicho a Pedro, le había dicho que lo haría pescador de hombres y Pedro se vuelve solito a ser pescador de peces, ¡otra vez! ¡Qué poca cosa! ¡Y lo peor es que con él arrastra a los demás discípulos! El pesimista, el desesperanzado, arrastra a los demás y los convierte en hombres sin esperanza. ¡Toda una imagen de lo que a veces hacemos nosotros! Y Jesús ¿qué hace? Los va a buscar ahí mismo, en el lugar donde se están escapando, en realidad, en el mismo lugar donde se habían conocido. Él no se olvida, Pedro sí, los discípulos también y nosotros, ni hablar. Nos terminamos olvidando de lo que Jesús nos dice, nos terminamos olvidando del encuentro que alguna vez tuvimos con él. Nos terminamos olvidando de sus promesas, nos terminamos olvidando de sus mandatos. ¿Y qué hacemos? Volvemos a la rutina, a lo que sabemos hacer, a lo que nos da seguridad, a donde nos creemos que las sabemos todas. ¿Y qué nos pasa? Lo que le pasa a Pedro, a sus amigos. No pescan nada, puro fracaso, cansancio sin fecundidad, cansancio sin frutos, sin pescados. Y Jesús ¿qué hace? Se les vuelve a aparecer ahí. Se nos vuelve a aparecer de un modo o de otro, en el lugar de trabajo, en la familia, en la rutina, en el olvido, en el escape, en donde parece que no está, en donde parece que se fue. Bueno, justamente ahí está, ahí se mete, ahí quiere volver a hacerme escuchar su voz para que pueda obedecerle, para que pueda volver a confiar, ¡para que vuelva a creer! ¡Qué bueno que sos Jesús!! Qué paciencia nos tenés. ¡Confiemos en su palabra! Echemos las redes en donde él nos dice.

Abramos los ojos para poder reconocerlo y confiar de una vez por todas que él es el dueño y Señor de la historia, de la tuya y la mía, de nuestra historia y que solo seremos fecundos si hacemos las cosas en nombre de él y por él. ¡Si nos dejamos encontrar una y otra vez por él que no se cansa de buscarnos!

Juan 20, 11-18 – Martes de la Octava de Pascua

Juan 20, 11-18 – Martes de la Octava de Pascua

By administrador on 14 abril, 2020

 

María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?»

María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»

Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.

Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»

Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.»

Jesús le dijo: « ¡María!»

Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir, «¡Maestro!» Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes.”»

María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

Palabra del Señor

Comentario

¿Ya empezaste a resucitar en estos días? ¿Celebraste la Pascua de Jesús y la tuya? Nosotros también tenemos que resucitar. Ahí está el verdadero sentido de la Pascua que celebramos cada año. No alcanza con recordar lo que pasó, tenemos que “pasar” por nuestra vida lo que celebramos. Debemos morir para poder resucitar. Cada día lo hacemos muchas veces sin darnos cuenta. La Pascua, lo que celebramos en estos días, es creer y alegrarse de que Dios, el Dios hecho hombre, hecho humano como nosotros, se hizo tan humano que quiso pasar por todo, hasta lo más hondo, hasta el abismo. No le esquivó a nada, y aun teniendo miedo y angustia lo pasó por nosotros, sin negar sus sentimientos, sin negar lo que le pasaba interiormente. Probó la copa antes que nosotros. Pasó muchas cosas y las venció, para ayudarnos a vencer, a pasar todo lo que tengamos que pasar. Esto es lo que, de alguna manera, celebramos en la Pascua. Y nosotros… ¿qué nos decimos cuando nos decimos feliz Pascua? ¿Pensamos en esto? ¿Nos decimos esto?

Algo del evangelio de hoy nos pinta una escena maravillosa. Nos la regala. María que se queda llorando afuera del sepulcro por su amado. Todavía no había creído. Todavía no comprendía, como también nosotros. Los ángeles le preguntaron por qué lloraba y ella respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.» Mientras tanto, tenía a Jesús en frente y no lo reconocía. El llanto, la tristeza, la bronca, toda esa levadura vieja que tenemos muchas veces no nos deja ver, nos distorsiona la realidad. El llanto y el dolor se transforman en nubes que no nos dejan ver el sol, pero el sol está siempre, lo sabemos, pero lo olvidamos. Ayer escuchábamos que la mentira quiso tapar la resurrección, pero no pudo. Hoy vemos que el dolor, la tristeza y el llanto se nos vuelven en contra para reconocer a Jesús, pero que, al mismo tiempo, pueden ser la causa de nuestro encuentro con Él. Mirá qué importante. Una paradoja, la otra cara de la moneda. Porque es en ese momento donde Jesús se nos presenta y nos pregunta él mismo: ¿Por qué llorás? No es lo mismo que nos pregunte cualquiera, a que sea el mismo Jesús. No fue lo mismo para María. Él le preguntó: “¿Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?” y, después, la llamó por su nombre.  Solo el que pasó por algo, como Jesús, el que tocó lo más profundo de la debilidad humana, tiene autoridad y derecho a preguntarle al otro qué le pasa. Lo mismo nos pasa a nosotros. Solo aquél que tocó fondo sabe a veces tenderle la mano al que está en el fondo. Solo Jesús es capaz de preguntarnos por lo más profundo de nuestros sentimientos. Eso es lo lindo, eso es gratificante. Eso nos debería dar mucha paz. No lo hace desde afuera, desde arriba, sino habiéndolo pasado. Él también lloró. No te olvides. Él también se angustió. Él también sintió una tensión en su corazón, una cierta angustia por cumplir la voluntad de Dios.

¿Por qué no dejarse preguntar esto hoy por Jesús? ¿Varón, mujer, fulano, fulana? Poné tu nombre. Dejá que Jesús hoy te pregunte: ¿por qué llorás?, ¿qué te pasa que seguís así? ¿Por qué estás triste? ¿Por qué estás enojado, enojada, angustiada? ¿Por qué no me decís lo que te pasa? Hay que ponerle nombre a lo que nos pasa. ¿Por qué teniendo todo andás como si no tuvieras nada? ¿Por qué buscás consuelo en tantas cosas y no en mí? ¿No me ves que estoy al lado tuyo? ¿Por qué decís que crees en mí y andás peor que aquellos que no creen en nada? No está mal llorar, angustiarse, entristecerse. No está mal ni bien, es parte de la vida, son cosas que nos pasan. Lo que hace mal en la vida, es no saber porqué estamos tristes, angustiados y enojados. Esa es la cuestión. Esta Octava de Pascua nos tiene que ayudar también a descubrir, en las profundidades de nuestro corazón, esas cosas que escondemos y no nos dejan en paz.

Jesús no rechaza los sentimientos, pero nos quiere ayudar a reconocerlos y conducirlos. Por eso pregunta ¿A quién buscás? Sea en el momento que estés, el sentimiento que estés pasando o padeciendo, es bueno dejarse preguntar por Jesús, es bueno dejarse que nos diga nuestro nombre. ¿Por qué? ¿Qué buscás? Solo dejándonos preguntar el porqué y el qué buscamos, podremos escuchar a Jesús que nos dice nuestro nombre con amor: ¡María! Fulano, Fulana, acá estoy, soy yo, ¿no me ves? Ese que andás buscando y no podés ver. Ese que tiene todas las respuestas a tus preguntas. Lo que buscás está al frente tuyo y no te das cuenta. Tenés que aprender a pasar ciertas cosas, a vivir de Pascua en Pascua, a pasar sentimientos lindos y feos, tristezas y alegrías. Eso es resucitar. Hay que aprender a pasar las cosas con Jesús. Él las pasó primero y las pasó bien. Hay que pasar ciertas cosas sabiendo que siempre vendrá algo distinto, mejor o peor, según la mirada que tengamos, según si miramos las cosas con ojos de Resurrección o de muerte y pesimismo. Todo pasa y todo pasará para algo distinto. Depende de vos y de mí que sea para resucitar. Otra vez feliz Pascua de Resurrección, y no dejes de escuchar la Palabra de Dios. No dejes de concentrarte en lo que el Señor nos quiere enseñar este tiempo tan difícil a veces, y que muchas veces no le encontramos sentido. Escuchá los Evangelios de la Resurrección. Escuchá cada audio con más amor y ayudá a que otros lo escuchen. Ayudanos a seguir difundiendo la Palabra de Dios.

Juan 20, 1-9 – Domingo de Pascua

Juan 20, 1-9 – Domingo de Pascua

By administrador on 12 abril, 2020

 

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.»

Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor

Comentario

Domingo de Pascua, Domingo de Resurrección; no todo es Viernes Santo, no todo es Sábado Santo, sino que nosotros creemos que Jesús ha vencido a la muerte.

Jesús ha vencido a la muerte para ayudarnos a pasar día a día de la muerte a la vida; para volver a resucitar, para volver a creer que es posible dejar atrás muchas cosas, que es posible mirar adelante, que es posible vencer el odio, que es posible vencer la bronca, el rencor, el egoísmo, la falta de apertura a los demás. Es posible resucitar, es posible “nacer de nuevo” – como le decía Jesús a Nicodemo–; es posible hoy en este Domingo de Pascua, que te alegres profundamente, que te llenes de gozo por creer que es Jesús el dueño de la historia, el que ha cambiado la historia, el que ha venido con su luz a iluminar el mundo, el que ha venido a traernos la luz de la fe para iluminar nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, nuestra inteligencia y nuestro corazón.

Le pido a nuestro Padre Dios que nos conceda a todos la luz de Cristo gloriosamente Resucitado, que disipe las tinieblas de nuestra inteligencia, de nuestro corazón –como se decía en la liturgia de la Vigilia Pascual–. Que este domingo te encuentres lleno de gozo, llena de gozo por saber que es verdad todo lo que creemos; que no es mentira, que no es un “cuentito”, que la Resurrección de Jesús cambió la historia de la humanidad, cambió la historia de tu vida y de mi vida; si no, no estaríamos escuchando la Palabra de Dios, no estaríamos participando de la Misa, no estaríamos diciéndonos: ¡Felices Pascuas!

Algo del evangelio de hoy sencillo, algo cortito. Todos van hacia el sepulcro; primero va María, después Pedro y el discípulo amado. María, la enamorada; es la primera en llegar, y es la primera también porque ama tanto y se entristece ante la ausencia de su amado. Pedro y el discípulo amado corren juntos, el discípulo amado corre más rápido (por ser más joven) pero finalmente al llegar al sepulcro, le deja a Pedro el lugar.

De Pedro no se dice nada; del amado se dice que vio y creyó. Pero de todos se dice lo mismo: “Todavía no habían comprendido que, él debía resucitar de entre los muertos”. A pesar de haber visto, todavía no habían comprendido. Todavía no se habían dado cuenta que la muerte había sido vencida. Todavía a veces no nos damos cuenta que nuestra fe, es Fe en la Resurrección. Si no creemos en que Jesús está Resucitado y venció al mal; vana es nuestra fe –dice san Pablo–.

Si no creemos que Jesús está Resucitado no tiene sentido todo lo que hacemos. Que la Cruz de Jesús no tiene sentido si no es aplastada y superada por la Resurrección.

Todos buscamos a Jesús, de una manera u otra, todos necesitamos verlo, experimentar que está entre nosotros. Algunos, como María, necesitamos ir en busca de otros para creer, (María va corriendo a buscar a los demás) necesitamos experimentar algo de angustia por ver que no está, y al ver que no está salimos a buscarlo; cuántas veces en nuestra vida por un dolor, por una angustia hemos encontrado mejor a nuestro Dios vivo y resucitado. Otros como Pedro vemos signos, pero nos cuesta ver más allá; nos quedamos con la primera impresión y nos cuesta sobrepasar lo que vemos y descubrir que Jesús está detrás de esas vendas que estaban tiradas, de ese sudario… que lo que veía Pedro no era todo; sino que Jesús realmente estaba Resucitado. Y otros; como el discípulo amado, ven y creen, ven lo que ven y creen, no necesitan más que eso. Son de alguna manera como grados de fe. Ni mejor ni peor, distintos.

Todos estamos en diferentes “momentos” de la fe; no importa dónde estés, no importa en qué grado de fe estés, lo que importa es que necesitás de otros para creer, todos necesitamos de otros para creer; no podemos creer solos. A veces necesitamos de una María que vuelve corriendo angustiada diciéndonos que Jesús no está cuando en realidad está; a veces necesitamos de un Pedro, o a veces necesitamos de un discípulo amado. Sólo se cree en Jesús, de a muchos; en comunidad, en la Iglesia, con otros, con familia.

En la Iglesia se cree en Jesús. Tan simple como eso. En un Jesús vivo; algunos viendo la angustia de unos que corren de acá para allá buscando el sentido del dolor (María), otros atropellados como Pedro que llegamos primero pero no terminamos de creer con el corazón, y finalmente otros tantos que tiene la certeza del discípulo amado. Todos son necesarios en la Iglesia, todos vamos creyendo, todos vamos creciendo.

Que hoy sea un día de un paso importante en nuestra fe, que volvamos a alegrarnos de esta verdad de fe tan profunda que ha cambiado la historia de nuestra vida.

Resucitó de veras, nuestro Amor y nuestra Esperanza.