Book: Juan

VI Sábado de Pascua

VI Sábado de Pascua

By administrador on 15 mayo, 2021

Juan 16, 23b-28

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, él se lo concederá en mi Nombre. Hasta ahora, no han pedido nada en mi Nombre. Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta. Les he dicho todo esto por medio de parábolas. Llega la hora en que ya no les hablaré por medio de parábolas, sino que les hablaré claramente del Padre.

Aquel día ustedes pedirán en mi Nombre; y no será necesario que yo ruegue al Padre por ustedes, ya que él mismo los ama, porque ustedes me aman y han creído que yo vengo de Dios.

Salí del Padre y vine al mundo. Ahora dejo el mundo y voy al Padre.»

Palabra del Señor

Comentario

Ya a las puertas de la gran solemnidad que celebramos mañana: la Ascensión del Señor a los cielos, con la cual celebraremos el triunfo definitivo de Jesús, el triunfo que también nos incluye a nosotros, porque también, de alguna manera, nos ha llevado al cielo junto con él; escuchamos este lindo Evangelio para terminar la semana: «Les aseguro que todo lo que pidan al Padre, él se los concederá en mi Nombre».

Jesús es nuestro abogado ante el Padre. Jesús habiendo venido al mundo para estar con nosotros, habiéndonos amado hasta el extremo, habiéndonos abierto su corazón para que conozcamos la intimidad de Dios, la comunión profunda de amor infinito y eterno entre Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; no solo nos compartió ese amor y nos lo derramó en nuestros corazones, sino también que nos concede que todo aquello que pidamos en su Nombre, él nos lo dará.

¿Y qué es lo mejor que podemos pedir al Señor en consonancia con lo que venimos meditando en los evangelios de esta semana? Algo del Evangelio de hoy nos da la pista: «Pidan y recibirán, y tendrán una alegría que será perfecta». Lo mejor que podemos pedirle al Señor es la alegría de saber que él está presente en nuestras vidas; porque la peor tristeza –esa tristeza de la cual nos hablaba Jesús en esta semana, de la cual Jesús les hablaba a sus discípulos anticipándoles que con su ausencia iban a estar tristes– es la tristeza de no tener a Dios en el corazón, no aceptar su amor. La peor tristeza en nuestra vida, la peor tristeza de los que conoces y ves que andan por la vida como muertos vivos, porque no comprenden para qué viven; o la tristeza de aquellos que parecen tenerlo todo, pero no pueden terminar de encontrar la verdadera felicidad, es la tristeza finalmente de no aceptar el amor de Dios, de no encontrarlo, de buscarlo de mil maneras equivocadas sin poderlo hallar.

Es la tristeza del hombre que vive para sí mismo, es la tristeza del hombre que vive volcado hacia afuera, hacia su trabajo, hacia sus proyectos, hacia sus ambiciones –incluso hacia sus egoísmos, sus caprichos–, pero no hacia Dios que se hizo hombre por nosotros, para mostrarnos el camino. Esa es la peor de las tristezas en nuestras vidas. Y esa es la tristeza que a veces vos y yo tenemos y no nos damos cuenta, es como que se aloja en el fondo del corazón, y es porque estamos buscando mal; no estamos teniendo a Jesús como Camino, Verdad y Vida, como eje central de nuestra vida, con un deseo profundo de seguir buscándolo en cada cosa que hacemos.

Por eso, lo mejor que podemos pedir en este sábado es que esa tristeza se convierta en alegría; lo mejor que podemos pedir es que la tristeza se convierta en la certeza de que él está con nosotros, que él nos sostiene y que a pesar de todo él siempre está a nuestro lado. En definitiva: en tener la seguridad de que nuestra fe consiste en creer en un Dios vivo y resucitado, que sigue actuando en la vida de cada uno de nosotros.

«Pedí, pedí y vas a recibir». Pedí lo mejor que puede pedir un cristiano. Pedí no cosas sino el amor de Jesús, poder experimentar su amor, y que ese amor puedas derramarlo también hacia otras personas. Pedí el amor de Jesús para aquellos que viven tristes, para tus hijos, para tus familiares, para los que más querés. Pedí lo mejor que se puede pedir.

Dios quiera que este fin de semana podamos experimentar esa verdadera alegría que proviene de sentir la presencia de un Jesús vivo, que sigue actuando, que nos ama, que nos llena de sus dones, que nos llena de bendiciones, que –como pudimos ver también en esta semana– nos da su amor para que podamos amar, como él ama. Solo dejándonos amar por él, podremos amar como él quiere.

 

Fiesta de San Matías

Fiesta de San Matías

By administrador on 14 mayo, 2021

Juan 15, 9-17

Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.

Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.

Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.

Palabra del Señor

Comentario

Estando ya cerca de la fiesta de Pentecostés con la cual terminaremos este tiempo Pascual, celebramos la fiesta del apóstol Matías. En este gran tiempo de 50 días en el cual intentamos a través de la Palabra de Dios, de los relatos de las apariciones de Jesús Resucitado, experimentar en nosotros y en nuestra vida concreta de fe, la presencia de Jesús Resucitado, para poder decir sí, es verdad, es verdad lo que leemos, es verdad lo que nos dijeron, es verdad lo que nosotros alguna vez vimos, es verdad que Jesús sigue haciéndose presente en nuestra vida y en la vida de miles de personas que creen en Él a lo largo y ancho de este mundo. Es lindo ir terminando este tiempo tan fecundo dándonos cuenta todo lo que Él hizo por nosotros, todo lo que pudimos experimentar escuchando las palabras de Jesús día a día. Muchas veces te digo que no te canses de escuchar. Hace algunas semanas, una persona que escucha cada día los audios con mucha atención me dijo algo así: “Padre, vos no te canses, no te canses de predicar la palabra de Dios, y cuando te canses, acordate de mi cara para que veas que vale la pena”. Qué lindo, que bien me hizo eso y me cuánto me hace, cuando me canso realmente, como te debe pasar a vos también. Cuando nos cansamos lo mejor es pensar en lo que no debemos olvidar nunca y lo hacemos, que la “obra es de Dios”. Cuando nos cansamos, creo, es porque nos olvidamos de esto, de que Él nos eligió, Él permanece en nosotros, y Él es el que nos ayuda a dar frutos.

San Matías, fue el último de los apóstoles, el elegido para reemplazar a Judas el traidor que después de muerto, dejó su lugar vacío y se tuvo que completar el número de los doce; y creo que siempre la fiesta de un apóstol nos ayuda para refrescar en nosotros esta verdad fundamental que no podemos olvidar y es con lo único que quiero que nos quedemos de algo del evangelio de hoy: no somos nosotros los que elegimos el Señor sino que Él nos eligió a nosotros, así lo dice hoy, le dice a todos sus discípulos en la última cena y a todos nosotros hoy: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los eligí a ustedes”. No podemos olvidar jamás esto, porque cuando olvidamos esto somos nosotros los que nos ponemos por delante de Él, cuando nos olvidamos de esto en vez de seguir nosotros al Señor, nosotros nos seguimos a nosotros mismos o pretendemos que los demás nos sigan o incluso peor, pretendemos que Dios nos siga el ritmo a nosotros. Y en esto caemos cuando caemos en el activismo en nuestras cosas de cada día, cuando caemos en el hacer cosas incluso por el Señor, pero nos olvidamos de escucharlo y entonces, olvidamos esta verdad, es Él quien nos eligió a nosotros y por eso, por habernos elegido, Él nos da la capacidad de dar frutos y que esos frutos sean duraderos.

Cuando nos desprendemos de esta verdad, cuando caemos en el personalismo, en el yoísmo, en pensar que somos nosotros los autores de nuestra salvación y de la salvación de los demás, es cuando cometemos este error y no damos frutos o nuestros frutos no son duraderos; todos nuestros cansancios a veces en el servicio tanto de la Iglesia como de las cosas que elegimos para dar a los demás, tienen que ver con esto de olvidarnos, nos desgajamos de esta gran verdad.

Si frenamos hoy para terminar este tiempo Pascual, nos serenamos y volvemos a escuchar de Jesús que nos dice: “No son ustedes los que me eligieron a mí sino yo el que los elegí a ustedes”, eso seguramente nos dará serenidad y paz, nos va a poner en el lugar donde nos tenemos que poner y nos va a hacer recordar que el que nos eligió a nosotros, ese mismo, dio la vida por cada uno de nosotros y al mismo tiempo, por eso nos pide que nos amemos los unos a los otros, como Él nos amó.

Matías fue elegido así por puro amor, por pura gratuidad. Nosotros también en nuestro bautismo fuimos elegidos gratuitamente sin que nos pregunten, recibimos la fe como don, recibimos el conocer a Jesús gracias a nuestra, familia a tantas situaciones que se nos fueron presentando en la vida. No desaprovechemos esta oportunidad, porque conocer a Jesús da todo y no quita nada, seguirlo da todo y no quita nada, aunque muchas veces cueste, aunque cueste sudor y lágrimas, siempre es mejor seguir a Jesús que andar perdido en este mundo o caminar a la deriva pensando que somos nosotros los artífices de nuestra felicidad.

Demos gracias al Señor porque nos eligió, demos gracias porque nos dio la fe, demos gracias porque nos dio la vida y porque la dio por nosotros, y pidámosle que complete en nosotros la obra que Él mismo comenzó.

VI Jueves de Pascua

VI Jueves de Pascua

By administrador on 13 mayo, 2021

Juan 16, 16-20 – Memoria de Nuestra Señora de Fátima

Jesús dijo a sus discípulos:

«Dentro de poco, ya no me verán, y poco después, me volverán a ver.» Entonces algunos de sus discípulos comentaban entre sí: «¿Qué significa esto que nos dice: “Dentro de poco ya no me verán, y poco después, me volverán a ver”? ¿Y qué significa: “Yo me voy al Padre”?» Decían: «¿Qué es este poco de tiempo? No entendemos lo que quiere decir.»

Jesús se dio cuenta de que deseaban interrogarlo y les dijo: «Ustedes se preguntan entre sí qué significan mis palabras: “Dentro de poco, ya no me verán, y poco después, me volverán a ver”.

Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo.»

Palabra del Señor

Comentario

Si empezamos el día intentando no pensar tanto en lo que tenemos que hacer, sino en lo que podemos contemplar, frenando un poco para hacer silencio, te aseguro que todo va a ser mucho mejor, vas a tener otra mirada de lo que ves, de lo que vivís. Pero si empezamos el día escuchando las malas noticias, que nos rodean continuamente, escuchando los problemas de tránsito, los problemas del mundo y del país, escuchando otras voces que no son la de Jesús, por ahí no es malo, no digo que sea malo, pero nos perdemos de algo, de algo mucho mejor. Nos perdemos de la serenidad de la mañana. Por algo los monjes empiezan su día diciendo: «Señor, abre mis labios, y mi boca proclamará tu alabanza». Empiezan sus días pidiendo a Dios que les abra los labios solo para alabar. Vos dirás: «Bueno, pero son monjes». Sí, es verdad, pero podemos tomar lo esencial. Nosotros empezamos el día levantando a veces a nuestros hijos, haciéndoles el desayuno, empezando a manejar y a lidiar con el tránsito, llevando los hijos al colegio, a la escuela, amontonándonos en un medio de transporte. Sí, es verdad, todo esto es complicado; pero se puede intentar dejar que el primer silencio de la mañana no se rompa por lo menos por culpa nuestra. Intentá escuchar solo la Palabra de Dios al principio, intentá no encender ninguna radio, ninguna televisión.

Dentro de poco celebraremos la fiesta de la Ascensión de Jesús a los cielos, el momento histórico en el que los discípulos vieron a Jesús volver al Padre. Habían dejado de verlo con su muerte, volvieron a verlo después de resucitado y dejaron de verlo después de su ascensión. Un ir y venir de presencias y ausencias de Jesús, algo que nosotros no vivimos en carne propia, no vivimos con nuestros propios ojos, por decirlo de alguna manera; pero que, de un modo u otro, místicamente, lo experimentamos o lo experimentaremos algún dia, así es la vida. Jesús no se deja ver por nuestros ojos, pero sí se nos manifiesta de muchas maneras, y podríamos decir que también «lo dejamos de ver» y después «lo volvemos a ver», momento a momento, día a día. La vida de fe, nuestra vida espiritual muchas veces es un vaivén de distintos momentos en los que por momentos, valga la redundancia, vemos a Jesús claramente y eso nos llena de gozo, y muchas otras un «dejar de verlo» que nos puede conducir a la tristeza o desesperanza. Es así la dinámica de la fe, no hay porqué asustarse. Si pretendemos «ver» siempre a Jesús, experimentarlo en todo momento y lugar, a la larga nuestra fe tendrá que pasar por el tamiz de la crisis del «no ver», del dejarlo de experimentar, como les pasó a los discípulos. Es así, no le busquemos otra vuelta, no busquemos el «pelo al huevo». Hay ausencias de Jesús que son necesarias para dejar lugar a algo mejor, a un gozo más grande que vendrá después. «Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo».

Lo lindo de Algo del Evangelio de hoy es que Jesús les asegura a los discípulos y a nosotros de que la «tristeza se convertirá en gozo». La tristeza para el cristiano debe ser siempre pasajera, jamás puede llegar para instalarse en el alma, para echar raíz en el corazón. Puede golpear la puerta de nuestra casa, puede entrar por un momento, pero no puede apoltronarse en el «living» de nuestro corazón. No pienses que esa tristeza que tenés va a durar siempre, sabé mirar más allá, sabé esperar, sabé confiar en que Jesús te convertirá ese sentimiento en un gozo imborrable cuando menos lo esperes, incluso cuando menos lo busques. Seguro que alguna vez ya te pasó, seguro que lo viviste; por eso no te olvides que la tristeza es pasajera y que salir de esa tristeza también depende de nuestros deseos de salir de ese aislamiento que puede convertirse en soledad instalada y hace tanto mal, a nosotros y a la Iglesia. Es triste ver cristianos tristes, no estamos hechos para la tristeza.

Por otro lado, lo lindo del gozo es que jamás puede ser pleno si no es compartido y eso ayuda a otros a salir de sus encierros.

Todos vivimos esa experiencia de alguna manera, todos hemos alegrado a otros y todos hemos sido alegrados por otros. Todos necesitamos compartir la alegría, es esencial a la alegría, que se derrame, que se comparta. Una vez unos novios, me acuerdo, ya con fecha de casamiento, me contaron que algunas dificultades de distancia en sus familias, evitaban que puedan avisar a todos juntos la fecha de su casamiento; y eso hacía que no pudieran disfrutar de la noticia que tenían en el corazón. La alegría del matrimonio no era solo para ellos. Es así, las alegrías son para compartirlas, los gozos son para darlos, las alegrías espantan las tristezas y los gozos quitan las soledades.

Si andás alegre, contalo, compartilo, hace bien. Si andás triste, pensá de donde viene esa tristeza, qué fue lo que la originó, para poder compartirla, pero mientras tanto andá y quedate un momento con Jesús, mientras tanto andá y buscá la compañía de alguien que esté alegre, que eso te va ayudar.

VI Miércoles de Pascua

VI Miércoles de Pascua

By administrador on 12 mayo, 2021

Juan 16, 12-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.

Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.

Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: “Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes”».

Palabra del Señor

Comentario

Hoy más que nunca la palabra «mandato» genera bastante rechazo, tanto en el mundo religioso como fuera de él. Parece que hablar de mandatos es hablar de una libertad esclavizada, por decirlo de alguna manera; que no estamos para que nos manden nada, al contrario, no queremos que nos manden cosas. Dios es demasiado bueno como para andar mandando, dicen algunos, además, finalmente, son cosas que parece que no podemos cumplir. Este parece ser el pensamiento de fondo de algunos fuera de la iglesia, pero también dentro de la iglesia, de cristianos que jamás piensan en un Dios que exige, sino en un Dios que simplemente ama sin pedir nada a cambio. Incluso el mundo se burla de nosotros, se burla de los «mandatos» de Dios, de la Iglesia. No los acepta, los rechaza y no pretende nada de nosotros. Sin embargo, y lo más gracioso es que el mundo se crea sus propios mandamientos que tarde o temprano terminan esclavizando realmente, y lo que los mandamientos de Dios desean de nosotros es justamente lo contrario, liberarnos. Espero que comprendas lo que quiero decir. Cuando el hombre rechaza los mandamientos de Dios, en el fondo rechaza a Dios, y rechazando a Dios se rechaza a sí mismo, ya que lo que Dios manda es que nos amemos los unos a los otros, así de sencillo, así de duro, así de lindo al mismo tiempo. Jesús lo decía el domingo: «Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos». El mandato de Jesús es dulce, es amoroso, no es autoritario, no es esclavizante. Jesús resume toda la ley de Dios en un gran mandamiento que nos llena el corazón de vida y de deseos de amar para ser verdaderamente libres. Dios quiera que podamos comprenderlo así y enseñarlo así siempre, a tus hijos, a los que más amás, a los que te toca tener a tu cargo.

¡No hay que tenerle miedo a la palabra mandamiento, solo hay que entenderla y usarla bien! Puede ser que esté un poco desgastada, mal usada, pero el mal uso no debe quitar el uso, como se dice. Jesús manda el amor, no pide otra cosa, pero porque él nos amó primero y nos ama siempre, incondicionalmente. ¿No te da deseos de amar pensarlo así? ¿No te da fuerzas para amar el saberte siempre amado y sostenido? Él nos pide que seamos fieles a nuestra esencia más profunda, solo eso.

Algo del Evangelio de hoy nos vuelve a enseñar que «se aprende de a poco». En las cosas de la vida y en las cosas del espíritu, las de afuera y las de adentro, no hay otro camino, el paso a paso. En el camino del amor debemos aprender día a día, debemos dejarnos conducir minuto a minuto, no mirando tanto atrás, no mirando por el «espejo retrovisor», sino mirando para adelante, por el «parabrisas» del vehículo, como tomando una imagen.

En el camino de la fe no sirve la ansiedad, no puede haber lugar para el estrés asfixiante que no nos deja respirar. El mismo Jesús les dijo a sus discípulos que tenía muchas cosas por decirles, pero que no podían comprenderlas en ese momento, y que sería el Espíritu el que los introduciría en la verdad con el tiempo. ¡Paciencia! Vos y yo debemos ser hijos de la paciencia de Dios que todo lo alcanza. ¿Crees que los santos se hicieron santos de un día para el otro? No se puede todo «de golpe», como se dice, ¡no! Jesús no les dijo todo «de golpe» a sus amigos, sino que les dijo lo que podían comprender en ese momento y le dejó lo demás al Espíritu para que siga trabajando en su ausencia. Con nosotros hace lo mismo, nos va llevando de a poquito, de la mano, mostrándonos lo necesario para que podamos dar el paso de cada día, lo que está a nuestro alcance. A veces somos un poco golosos de la vida y de las cosas, incluso de la misma verdad. Pretendemos todo y de golpe, casi para atragantarnos. Queremos saber todo y rápido. Sin embargo, es lindo dejarle el lugar a Dios en nuestro propio camino. Dejar que sea el mismo Espíritu quien nos vaya enseñando e introduciendo en la verdad de nuestra vida.

Él sabe más que nosotros, muchísimo más que nosotros, ¿sabías? ¿Por qué a veces pretendemos andar más rápido que Dios o a otro ritmo? Si supiéramos la verdad de nuestra vida en un instante, no nos daría el corazón, por eso él nos va introduciendo, a su modo, a su manera, a su tiempo.

Por eso es necesario encontrar el espacio y el tiempo para escuchar en silencio, para descubrir ese «maestro» interior que es el Espíritu Santo, ese «maestro» que nos dejó Jesús y nos va enseñando lentamente lo que nos hace bien, lo que debemos dejar, lo que debemos decidir, lo que debemos abrazar. Por eso es necesario que nos hagamos tiempo y nos quedemos solos, porque sin soledad fecunda ese «maestro» interior habla pero no es escuchado, habla pero no sirve para nada, ya no sabe qué hacer con nosotros. Eso te propongo y me propongo día a día.

¿Te imaginás si nos tomáramos el tiempo necesario cada día para escuchar la verdad de nosotros mismos que Jesús nos quiere enseñar cada día por medio de su Espíritu? ¿Te imaginás? Empecemos a probarlo, continúa haciéndolo si lo hacés. Un día con tiempo de silencio y soledad fecunda, es un día distinto, no lo dudes.

VI Martes de Pascua

VI Martes de Pascua

By administrador on 11 mayo, 2021

Juan 16, 5-11

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: “¿A dónde vas?”. Pero al decirles esto, ustedes se han entristecido. Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré.

Y cuando él venga, probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio.

El pecado está en no haber creído en mí. La justicia, en que yo me voy al Padre y ustedes ya no me verán. Y el juicio, en que el Príncipe de este mundo ya ha sido condenado».

Palabra del Señor

Comentario

«Este es mi mandamiento –nos dijo Jesús–: Ámensen los unos a los otros, como yo los he amado». Vuelve a resonar en nuestro corazón estas palabras del Evangelio del domingo que acabamos de pasar; estas palabras que, como siempre, escuchadas a simple vista con vuelo arrasante parecen imposibles. Sin embargo, Jesús nos invita a aceptar primero su amor. Es tan difícil amar como sentirse amado, como reconocer verdaderamente que somos amados incondicionalmente. Ese es nuestro primer paso: si todavía no podemos amar como él ama, reconocernos amados. No importa lo que hayamos hecho, no importa como estemos hoy, no importa si somos más o menos buenos, él nos ama siempre, él nos amó primero y esa es la gran noticia que debemos aceptar con tanta alegría.

Empecemos este martes llenos de alegría por saber que Jesús nos amó primero, que Jesús nos da su amor, se entrega a nosotros para que desborde nuestro corazón de gozo, y así podamos animarnos a amar como él ama. Levántate, no te desanimes, Jesús te ama, y no es un eslogan publicitario, es la verdad. Jesús nos ama profunda e infinitamente.

Yendo a Algo del Evangelio de hoy podemos ver como Jesús anuncia su partida, y ese anuncio les trajo a los discípulos una gran tristeza. Dijo así: «Ustedes se han entristecido». Obviamente, ¿quién no se pondría triste? Ellos no terminaban de entender que era «necesario» que él se vaya, de que «les convenía que él se vaya». Esa es la cierta paradoja de nuestra fe, las ausencias que nos pueden traer presencias distintas, amores diferentes. Soledades que nos pueden traer mayores frutos, mayor madurez, mayor convicción de que, en realidad, nunca estamos solos.

¿Conoces a esas personas que no pueden estar solas, que no pueden estar quietas, que siempre tienen que estar haciendo algo, que parece ser que no pueden disfrutar de la gratuidad de «no estar haciendo nada»? Fijate si a vos no te pasa lo mismo, que a mí me pasa a veces. A todos nos puede pasar. Tenemos que reconocer que el mundo de hoy colabora muchísimo a que nos pase esto. Todo es rápido, todo tiene que hacerse ya, siempre tengo que estar comunicándome con alguien, casi que nunca podemos y sabemos estar solos. Sin embargo, es tan necesario. Fue necesario que Jesús se haya ido físicamente de este mundo para que todos hayamos podido encontrarlo.

Así lo dijo él mismo: «Pero si me voy, se lo enviaré». Es bueno que nos tomemos un tiempo para estar solos, es bueno que también dejemos solos a los que tenemos a nuestro cargo, es bueno que dejemos que los demás sepan estar solos. Pensá en los tuyos. Es bueno que los demás tengan sus tiempos, que dejemos «respirar» a los otros, porque a veces incluso no podemos estar solos y no dejamos que los otros estén solos. Cuando Jesús se apartaba para estar solo, sus discípulos lo dejaban tranquilo. Cuando los discípulos volvían de misionar, Jesús mismo los apartaba un poco para que descansen, para que estén solos.

Preguntate si sabés apartarte como Jesús para escuchar tu corazón y al escuchar tu corazón, escuchás lo que Dios Padre te dice, escuchás al Espíritu que está dentro tuyo. Podríamos preguntarnos si somos capaces de escuchar la voz interior que nunca nos abandona, que siempre nos hace sentir acompañados. Pensemos si no estamos tapando lo mejor de nosotros con una adicción tan moderna que es «el activismo», esa manía de pensar y creer que solo haciendo cosas nos salvaremos y salvaremos a los demás. Si Jesús hubiese querido salvar al mundo por el hacer, se hubiese puesto a predicar desde su adolescencia, se hubiese puesto a «hacer cosas» y milagros desde mucho antes; sin embargo, empezó a los 30 años. Es para pensar, ¿no? Aprendamos hoy a sentarnos por un tiempo, a postrarnos por un momento, para «no hacer nada» a los ojos de los demás, para estar simplemente solos, por pura gratuidad, no esperando mayor recompensa que el estar con Jesús. Jamás estamos solos si aprendemos a estar solos.

VI Lunes de Pascua

VI Lunes de Pascua

By administrador on 10 mayo, 2021

Juan 15, 26 — 16, 4

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí. Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio.

Les he dicho esto para que no se escandalicen.

Serán echados de las sinagogas, más aún, llegará la hora en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios.

Y los tratarán así porque no han conocido ni al Padre ni a mí.

Les he advertido esto para que cuando llegue esa hora, recuerden que ya lo había dicho. No les dije estas cosas desde el principio, porque yo estaba con ustedes.»

Palabra del Señor

Comentario

Buen día. Empezar la semana rezando, escuchando y hablándole a Jesús, es fundamental, es necesario, para vos y para mí. Todo es distinto cuando empezamos el día escuchando a Jesús, es una experiencia personal y es algo que escucho de muchas personas que me lo dicen. Cambia la vida escuchar la palabra de Dios. ¿No te pasa que los días parece que “se pasan volando” como decimos a veces? No será que se pasan “volando” porque andamos “volando” por la vida; por decir así. La vida es un poco así, el tiempo pasa volando, el tiempo no lo podemos parar, es lo único que no podemos parar; lo que sí podemos parar o podemos modificar es el modo de vivirlo, lo que sí podemos modificar son nuestras decisiones que nos ayuden a vivir cada día de una manera diferente, asimilando mejor lo que nos pasa y lo que pasa. Cada uno en lo suyo, cada uno con lo suyo; pero empezar el día o la semana escuchando la Palabra de Dios nos ayuda a vivir las cosas diferentes. Terminar el día escuchando o simplemente agradeciendo lo vivido también nos ayuda a darle al tiempo un valor diferente.

Retomando algo del evangelio del domingo, sigamos profundizando en el mandato que nos dejó Jesús: «Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.» ¿Vos crees que Jesús es un mandón al darnos un mandamiento? ¿Vos crees que Jesús nos manda algo que es imposible, algo que no hizo antes Él mismo? Sería una locura pensar así. Jesús no es un mandón, no es un “mandamás” que disfruta de decirnos lo que tenemos que hacer mientras Él no lo hace, mientras ve que nosotros no podemos hacerlo. Todo lo contrario. Jesús pide lo que hizo Él mismo antes. Jesús amó para ayudaros a amar. Jesús nos dio su amor para que nosotros podamos amar, muy distinto. Es como si nos dijera: “Amen, amen, porque Yo los amé primero, porque Yo los amo y les doy mi amor sin hacer diferencias. Amen, porque Yo los elegí para amar, ustedes pueden amar como Yo”.

Te propongo también empezar este día rezando con el salmo 104: “Envíanos Señor tu espíritu y renueva la faz de la tierra”. Nos vamos acercando a la Fiesta de la Ascensión del Señor, nos acercamos también a la Fiesta de Pentecostés y por eso, todos estos días aparecerá mucho la persona del Espíritu Santo en boca de Jesús en muchas lecturas. Serán lindas semanas para invocarlo, para buscarlo, para reconocerlo, para reavivarlo en nuestra vida, para redescubrirlo; para no olvidarnos que Jesús no nos dejó solos, todo lo contrario, se quedó con nosotros dándonos su propio Espíritu. “Envíanos Señor tu espíritu y renueva la faz de la tierra”.

Esto es algo que sólo comprende aquel que cree y lo vive, aquel que cree en esta promesa de Jesús; promesa que ya se hizo realidad en la historia, en la historia de los apóstoles, en la historia de tantos a lo largo de estos milenios: «Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad que proviene del Padre, Él dará testimonio de mí…».

Todos los bautizados –vos y yo– recibimos el Espíritu de la verdad que proviene del Padre, y Él es el que en nuestro interior nos conduce a Jesús y al Padre. Pero no todos los bautizados nos damos cuenta de semejante verdad y realidad; no todos los bautizados dialogamos en nuestro interior con el Espíritu. Dentro de la Iglesia muchas veces se dan ciertas confusiones u oposiciones afirmando cosas que son parte de la verdad; como, por ejemplo: cuando se habla del Espíritu Santo parece ser que hay que ser de lapara experimentarlo o vivirlo.

Parece que es patrimonio de algunos, muy especiales o iluminados. La presencia y la acción del Espíritu Santo, excede todo lo que podamos imaginar, supera todos nuestros límites, es imposible encerrarlo en nuestros modos de pensar.  Todos debemos tomar conciencia de que recibimos el Espíritu Santo, que el Espíritu no es patrimonio de algunos, sino que es Él que nos hace a todos “uno”, es Él que hace a la Iglesia “una” y es Él que sostiene a la Iglesia, silenciosa y misteriosamente, es Él que te inspira todo lo bueno, es el que te anima cada día a amar.

Por eso hoy te propongo que recuerdes esto: ya no somos hijos del mundo; somos hijos de Dios, porque todos recibimos el Espíritu de Dios y Él quiere habitar en nosotros por su amor, por sus inspiraciones que nos motivan a seguir a Jesús. Intentá en este día, en estos días; afinar el oído del corazón para percibir la voz del Espíritu de Dios que habita en tu alma y que conduce a la paz, a la alegría, a la serenidad, a la entrega, al servicio; en definitiva: al amor.

Mirá a tú alrededor y mirá en tu interior, siempre se puede ver todo de otra manera, siempre se puede ver todo con los ojos de Dios. “Envíanos Señor tu espíritu y renueva la faz de la tierra”, la faz de nuestros corazones.

VI Domingo de Pascua

By administrador on 9 mayo, 2021

Juan 15, 9-17

Jesús dijo a sus discípulos:

«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.

Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.

Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros».

Palabra del Señor

Comentario

¿Es posible amar como Dios ama?, nos podríamos preguntar: «¿Es posible amar como nos ama Jesús? ¿Es posible amar así?». Estas fueron algunas de las preguntas que me animé a hacer una vez en un sermón. Era poca la gente que había, me acuerdo. Era un día lluvioso, y además habíamos peregrinado, me acuerdo, a la Basílica de Luján, Patrona de la Argentina, por lo cual muchos no habían podido ir. Sin embargo, estaba mi amigo Johnny, ¿te acordas?, él estaba atento, como siempre. Nadie respondía, todos me miraban y nadie se animaba a hablar, no sé bien por qué, puede ser que todos esperaban la respuesta de Johnny, no lo sé; pero se hizo un silencio y nuestro amigo levantó la cabeza y dijo: «¡Sí!», lo dijo con mucha convicción, sin gritar, pero firme; y siguió diciendo algo así: «Claro que se puede, si yo a mi vecino –que no lo conozco– lo saludo diciéndole “papu”, como le digo a ellos», y mientras hablaba, hizo un gesto con su cabeza señalando a sus compañeros de catequesis. Con este gesto, Johnny estaba queriendo decir que a su vecino lo trataba igual que a sus amigos. ¿Hace falta explicar algo más?

Un niño puede amar como Jesús ama, un niño que no tiene maldad en su corazón, que está lleno de inocencia, puede tratar a los demás como los trataría Jesús. ¿Pero nosotros, los más grandes, los adultos, qué nos pasa? ¿Nosotros podemos? Vos y yo, que ya no somos tan inocentes, que ya vivimos tantas cosas, que ya cometimos tantos errores, que a nuestro corazón le gusta a veces endurecerse, poner barreras, que a veces nos embroncamos, porque nos hicieron tanto mal gratuitamente; ¿nosotros podemos amar así?

Una primera respuesta superficial puede llevarnos a responder que no, que nos costaría muchísimo, que nosotros ya no podemos porque alguna vez lo hicimos y nos traicionaron, por lo que somos, por nuestras debilidades, porque ya arruinamos todo, que Jesús pide imposibles o que eso es para algunos santos por ahí muy heroicos, que nosotros, vos y yo, ya no podemos ser santos. Pero te invito a pensar todo esto desde otro lado, con una anécdota de la vida de santa Teresa de Calcuta. Cuentan que una vez un periodista norteamericano, maravillado al contemplar como la Madre Teresa abrazaba y besaba cuerpos llagados y labios putrefactos, le dijo a la pequeña monja: «¡Yo no haría esto ni por un millón de dólares!». La Madre Teresa musitó en vos baja, humilde pero audible: «Yo tampoco, yo tampoco». Es entendible, la Madre Teresa lo hacía por caridad. Es entendible lo del periodista, nadie puede hacer eso por iniciativa personal, nadie ama por dinero, y si lo hiciera, en realidad, no sería amor, sería un negocio. El amor no se compra ni se vende, se da y se recibe como regalo. Se recibe de lo alto, viene de Dios Padre, porque «Dios es amor». Eso es caridad.

Esta es la mejor noticia de Algo del Evangelio de hoy y de las lecturas de este domingo. ¿Cuál? Que Dios no hace acepción de personas, que este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios primero, sino que él nos amó primero, que «no son ustedes los que me eligieron a mí –como dice Jesús–, sino yo el que los elegí a ustedes». Dios nos manifestó su amor, su caridad en Jesús, y Jesús nos amó de la misma manera que el Padre lo ama a él. «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes», dice la Palabra.

Te propongo imaginar las palabras que siguen como un diálogo entre Jesús y nosotros, entre Jesús y vos. Empecemos nosotros: «No puedo, Jesús, en serio que no puedo amar así. Siento que pedís demasiado, parece como que no te das cuenta de que soy de carne y hueso, que soy débil, frágil, pecador. ¿Cómo es posible que pueda amar como vos? ¿Cómo es posible amar al modo de Dios?». Y Jesús nos podría responder algo así: «No podés amar así porque seguís sin entender; no podés amar así porque pensás que vas a poder hacerlo por tus propias fuerzas, seguís pensando que esto es cosa tuya». ¿Y si te lo digo de otra manera? «Amá porque yo te amo, no porque te lo pido solamente.

Si querés amar sólo porque te lo pido, seguirás intentando amar como cosa tuya, y esto no es cosa tuya, es mía; es caridad, es amor que procede del Padre, que llega a mi corazón y llega al tuyo».

El amor de Jesús no es cosa nuestra, es cosa de él; en realidad, no es otra cosa que él mismo que se nos da. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado». En cada sacramento, especialmente en cada Eucaristía, Jesús se nos da por amor y para que podamos amar. Nos da el amor que después nos pide que demos, para que los demás vean que es posible amar de una manera distinta, y en ese amor ver a Dios. ¿No es distinto pensarlo así? Esto quiere decir que en verdad Jesús nos pide algo que, en realidad, nos lo está dando antes. Él pide que amemos porque su amor está en nosotros. Solo podemos amar como él, porque él nos amó, nos ama y nos amará siempre. «Señor, dame lo que me pides y pídeme lo que quieras», decía San Agustín. Los santos pudieron, eran de carne y hueso, ¿por qué vos y yo no?

 

Solemnidad de Ntra. Sra. de Luján

Solemnidad de Ntra. Sra. de Luján

By administrador on 8 mayo, 2021

Juan 19, 25-27

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.»

Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

Palabra del Señor

Comentario

Hay algo que creo que todos experimentamos en la vida, y cada vez lo compruebo más, y es que… las grandes novedades, las grandes alegrías, los grandes regalos, consuelos de Dios y de los demás, los percibimos muchas veces “caminando”. Quiero decir avanzando, moviéndonos, no estando quietos, sino buscando, sabiendo que en la medida que salimos de nosotros mismos, todo se pone más lindo. Caminar como imagen de la vida, salir de nuestros lugares de tranquilidad y encierro, para encontrarnos con otros, para “meternos” en el corazón otros, que nuestro amor se meta en el corazón de otros, y el de ellos en nosotros, para dejarnos encontrar por otros, es lo que finalmente nos hace vivir mejor. Si alguna vez hiciste una peregrinación, especialmente a pie, te darás cuenta de lo que te digo. Por eso te propongo llevar esta imagen de la peregrinación levarla al corazón.

Hoy es la fiesta de la patrona de la Argentina, de la virgencita de Luján, la fiesta de esa virgencita que estaba “peregrinando” hacia el norte, pero quiso quedarse en Luján, a unos 70 km. de la capital de nuestro país, para que hacia allí vayan miles y miles de corazones saliendo de sí mismos y se encuentren con María, Jesús y los demás. Esa es la dinámica del ser cristiano, el encontrarse con Dios para encontrase con los demás. Para eso se quedó la Virgen, para eso fue caminando hasta la Cruz, hasta el final, para encontrarse con su Hijo y nosotros nos encontremos con Él. Para enseñarnos a salir, a caminar, a caminar con el corazón, aunque a veces no podamos caminar con nuestras piernas.

Porque solo caminando encontramos la Vida en abundancia de la que hablaba el e ayer… ¿Te acordás? Nos decía Jesús: “Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento (…) Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.» El es puerta y el Pastor. Entramos al corral para estar con Él y con otros, pero podemos y tenemos que entrar y salir, para encontrar los buenos alimentos de la vida tanto adentro como afuera, que son: nuestros afectos, los más olvidados, tu comunidad, los abandonados, los despreciados, los abuelitos, los enfermos.

Nuestra Madre, la virgencita, es maestra en esto, es modelo, nos enseña que ese es el camino, caminar. Desde que le anunciaron que sería la mamá de Jesús salió a caminar, salió de sí misma para encontrarse con su prima. Caminó hasta que pudo, hasta el final. Lo acompañó a Jesús hasta el final, y aunque al pie de la cruz estaba quieta, su corazón estaba en movimiento, roto de dolor, pero en movimiento junto al de Jesús.

Ayer pude experimentar una vez más eso de que “caminando” es cuando recibimos las mejores alegrías. Durante la procesión por las calles del barrio, mientras todos caminábamos rezando, o rezábamos caminando, pasaron muchas cosas lindas que serían imposibles de contar, pero me quedo con una, porque fue la mejor descripción, en versión criolla, de lo que creo que significa unos de nuestros mandamientos más lindos: “Santificar las fiestas” En realidad, fue así. Alguien me estaba contando lo bien que le estaba haciendo ser fiel a la voz de Jesús en su corazón, desde que se había convertido, o había vuelto a la Iglesia, ser fiel a esto de no quedarse, sino de pensar más en los demás. Me contó algo familiar muy lindo.

Algo así: “Me levanté un domingo a la mañana, temprano, y puse música para arrancar, puse unos lindos chamamés. Cuando mi hija se levantó, la más grande, la agarré y nos pusimos a bailar, aunque ella al principio un poco dormida no quería. A partir de ahí todo cambió, me cambió el día. La familia entera se puso a picar verdura, de todo un poco, y nos preparamos dos ollas de locro, empezamos a mandar mensajes a todo el mundo para que vengan a comer, y sin tomar bebidas de más, pasamos un día espectacular. Al otro día a pesar del cansancio me levanté a trabajar lleno de fuerzas.” Un poco resumido, pero algo así. Después de esto, sin necesidad de relacionarlo, la misma persona me preguntó qué significaba nuestro tercer mandamiento: “Santificar las fiestas” Me pareció tan gráfico y lindo el relato, que no me quedó otra que decirle: “Lo que me acabás de contar, junto con la Misa, es santificar las fiestas”. Santificar las fiestas no es solo ir a misa el domingo, sino hacer del domingo una fiesta, hacer sagrado lo que parece cotidiano y sin valor. De nada sirve celebrar hoy por ejemplo el día de la Virgen, si después no hacemos sagradas nuestras relaciones.

Este hombre, sin darse cuenta, me describió una misa sin sacerdote, una misa familiar. Escuchó… escuchó música. Se encontró con sus afectos, prepararon la comida juntos, abrieron las puertas a los demás para hacer más hermanos y comieron juntos. ¿Te das cuenta de que eso es la Misa? ¿Te das cuenta de que Jesús quiso quedarse por medio de una comida para que también aprendamos hacer sagrado lo cotidiano? ¿Te das cuenta de que santificar las fiestas no es eso de “cumplir” con un rito o con un precepto?

¿Qué papel juega María en todo esto? Y bueno, muy difícil no es, ¿no? Imaginá una comida familiar sin mamá. Imaginemos una vida sin madres, sin su presencia. No es posible imaginar una Iglesia sin María. No es posible imaginar una fe sin la mamá. Es imposible que María no haya estado con Jesús hasta el final. No es posible un país sin María. No es posible tu vida sin María. Aprendamos de ella y encontremos lindas sorpresas de Jesús, mientras caminamos, pero hagamos como el discípulo amado, recibámosla en nuestro corazón y en nuestra casa.

V Viernes de Pascua

V Viernes de Pascua

By administrador on 7 mayo, 2021

Juan 15, 12-17

Jesús dijo a sus discípulos:

«Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.

Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros».

Palabra del Señor

Comentario

Atormentados a veces por una cultura de la rapidez, de la inmediatez, que pretende todo en el momento, el permanecer puede resultarnos un poco difícil. Todo en este tiempo parece que no permanece, todo parece pasajero, descartable: los matrimonios, las vocaciones consagradas. Ya no nos sorprende nada, no nos sorprende cuando algo deja de permanecer, si finalmente parece que todo es intercambiable. Sin embargo, la Palabra de Dios y tu corazón y el mío necesitan la permanencia. Ninguno de nosotros desea ser amado por un tiempo. A nadie le gustaría que le digan: «Mira, te voy a amar por un año, por dos, por tres, o te voy a dejar de amar cuando ya no lo sienta». Una afirmación así lo único que generaría en nuestro corazón es angustia. Imaginémonos si Dios nos dijera eso, si nos hubiese dicho: «Bueno, yo voy a estar con ustedes por un tiempo, pero después háganse cargo ustedes, no los voy a amar más». Imagínate que un padre, una madre le diga a su hijo: «Bueno, hasta los dieciocho te voy a amar, después fíjate que podés hacer vos con tu vida», o que un matrimonio se comprometa a amarse por diez años. Sé que lo que estoy diciendo es una ridiculez, pero, en el fondo, es lo que estamos viviendo. Sin embargo, el amor necesita eternidad, el amor necesita permanencia, sino caemos en una angustia constante, en un sin sentido. Por eso tenemos que permanecer en el amor. Por eso tenemos que darnos cuenta que el amor no es simplemente un sentimiento pasajero, sino que el amor es una decisión que tenemos que volver a abrazar cada día.

Jesús permanece en nosotros, él es la «vid verdadera», la que fue fiel a la alianza del Padre y la que nos invita con su gracia a ser fieles, nosotros, a ser sarmientos que den frutos. No podemos dar frutos si no permanecemos. Permanece en tu matrimonio, permanece en tu consagración, permanece en la Iglesia, permanece en la fe. Permanece escuchando la Palabra, permanece distribuyéndola, permanece siendo apóstol.

Bueno, hoy podríamos decir desde Algo del Evangelio: «Otra vez el mandamiento del amor, otra vez la palabra amor, otra vez en la que Jesús nos pide y nos manda amar como él ama». Parece mucho, parece imposible, parece –como se dice– una utopía.

Siempre recuerdo que hace muchos años, cuando recién se despertó en mí el llamado a ser sacerdote, cuando todavía me escapaba un poco de este llamado a permanecer, un día en la semana fui a misa y escuché este texto. Como nos pasa muchas veces al ir a misa después de escuchar el Evangelio, o por lo menos me pasaba a mí, me acuerdo que me preparé entusiasmado a esperar con ansias lo que iba a decir el sacerdote en el sermón. Eso me pasaba en esa época, hoy estoy del otro lado y ya no me pasa tanto; al contrario, pienso que muchos esperan algo grande de nosotros y justamente uno no llega siempre a colmar las expectativas de los que escuchan. Pero bueno, ese es otro tema. Uno prepara, uno reza, uno siembra y dice lo que puede y lo que sale, después Dios hace su obra. En realidad, los sacerdotes no deberíamos predicar, ni para agradar, ni para que nos feliciten, ni para que nos admiren. Predicamos la Palabra de Dios, anunciamos lo que Jesús nos pidió, porque él nos eligió a nosotros y no nosotros a él, aunque hemos decidido seguirlo. Pero bueno, creo que me fui un poco de tema.

Quería decir que apenas el sacerdote empezó a predicar, dijo lo siguiente: «Esto es una utopía, esto es imposible». Me acuerdo que me chocó tanto, me acuerdo que no pude seguir escuchando. Recuerdo que me desilusione tanto que me pareció que no tenía sentido seguir escuchando. Dije: «Si esto es imposible, ¿cómo es posible que Jesús lo haya dicho? Si esto es una utopía, ¿qué hacemos en la Iglesia?». El tiempo, el seminario y el sacerdocio me ayudaron a no juzgar tanto y a saber esperar. Además, me enseñaron a no ser tan lapidario con los sacerdotes, obviamente porque hoy estoy del otro lado y porque, en realidad, me di cuenta que, muchas veces, el problema es que no sabemos escuchar.

Escuché una parte y seguramente no terminé de escuchar todo el sermón. Muchas veces nos pasa eso. Escuchamos lo que queremos escuchar y no escuchamos lo que sigue, o sea, eso que nos ayudaría a entender lo que escuchamos al principio, y esto tiene que ver con lo que dijimos alguna vez con respecto a que la Palabra es como un organismo vivo. El corazón es sensible y provoca que los oídos se cierren inmediatamente o, al contrario, se abran increíblemente. A mí ese día se me cerraron los oídos del corazón. ¿Te pasó alguna vez? Hay que escuchar todo. Te aconsejo esto: hay que escuchar todo y aprender a sacar lo mejor sea de donde vengan las palabras.

¿Qué creo que quiso decir ese sacerdote aquel día? Creo que quiso decir lo que Jesús nos dice, pero de otra manera: «Ámense porque yo los amo como amigos, aunque ustedes a veces no se comporten como amigos. Ámense porque yo los amé primero. Ámense porque yo les di una dignidad que nadie les puede dar. Ámense. Sí, es verdad, se los mando, pero se los mando habiendo amado primero, habiendo dado la vida». Esto es imposible y es una utopía si nos lo hubiera mandado alguien que no nos haya amado antes. Esto sería una locura si pensáramos que amar así puede salir espontáneamente de nuestro corazón sin que alguien nos dé la fuerza antes. Solo puede amar así quien descubre que hay alguien que siempre lo llamará «amigo», pase lo que pase, que siempre hay alguien que permanece primero y que nos ayuda a permanecer. Para Jesús, todos son sus amigos, incluso hasta los enemigos. Por todos dio la vida, incluso hasta por aquellos que lo despreciaron y lo desprecian.

¿Entendemos la diferencia? Para Jesús, somos sus amigos aunque no nos comportemos como amigos. Para Jesús, no hay mayor amor que dar la vida por los amigos, o sea, por todos. A Judas le dijo amigo, incluso cuando Judas lo estaba entregando. Nosotros daríamos la vida solo por los que nos consideran amigos, por los que queremos como amigos. Amar con el amor de Jesús es, por empezar, no tratar a nadie como enemigo, aunque los que sean enemigos de verdad nos traten como tales, porque Jesús no trató como enemigos a los que lo trataron como enemigo, sino que los trató como amigos y los «amigos de mi amigo son mis amigos» –como se dice–.

Solo podemos dar frutos en serio en esta vida, frutos que perduren, si reconocemos que para Jesús siempre seremos sus amigos, pase lo que pase, y si, al mismo tiempo, empezamos a levantar la mirada y dejamos de ver y crear enemigos, aunque los haya, aunque existan. Esto es posible, te lo aseguro. No es una utopía. Es cristianismo puro, cristianismo en serio.

V Jueves de Pascua

V Jueves de Pascua

By administrador on 6 mayo, 2021

Juan 15, 9-11

Jesús dijo a sus discípulos:

«Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto».

Palabra del Señor

Comentario

Permanecer a pesar de todo no es fácil. Es verdad, tenemos que reconocerlo. Permanecer implica también coraje, esfuerzo, trabajo, entregarse día a día. Por eso, siempre nuestro modelo de lo que significa permanecer es: Jesús. Es aquel que vino a entregar su vida por nosotros, aquel que también sigue permaneciendo, porque él nos prometió que «estará con nosotros hasta el fin del mundo». Te diría que una de las tareas más difíciles en la fe es permanecer, y por algo Jesús nos dijo, nos decía en el Evangelio del domingo: «Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes». También podríamos traducirlo así: permanezcan en mí, porque yo permanezco en ustedes. Por eso, la primera actitud, la primer gracia que tenemos que pedir para permanecer en la fe, a pesar de todo, de las tristezas, de los dolores, de las tribulaciones, de las dudas, de las invitaciones a dejar todo de lado; la primera actitud es saber que él permanece en nosotros. Cuando tenemos esa certeza, te diría que la fe permanece firme como en una roca y que los oleajes, los ventarrones, no nos voltean jamás, porque sabemos que él permanece en nosotros y que él es el que nos da la fuerza para seguir adelante, él es el que nos sostiene en la fe, él es el que nos da la savia que necesitamos para vivir.

Por eso, no te desanimes si a veces pensás que no estás permaneciendo, no estás siendo tan fiel como deseas. Bueno, lo primero es saber que él es fiel a nosotros, y que esa fidelidad es la que nos tiene que animar cada día a ser fieles. Es una respuesta: yo permanezco, Señor, porque vos estás permaneciendo en mí; yo no quiero dejar, porque vos no me dejas; yo no quiero claudicar, porque vos no lo hiciste; yo no quiero dejar de amar, porque vos me estás amando. Pidámosle hoy esa gracia a Jesús, nos hace muy bien y lo necesitamos.

Y Algo del Evangelio de hoy nos anima también a permanecer en el amor y nos invita a participar del mismo gozo de Dios. Jesús habla del amor, del amor del Padre, de su amor y de cómo tenemos que amarnos entre nosotros. ¿No será que todavía no experimentamos algo del cielo en la tierra porque no sabemos lo que es amar verdaderamente? ¿No será que a veces pretendemos un cielo en la tierra, pero armado en el fondo a nuestra medida, y no en base al amor de Jesús? Amar es cosa seria, pero amar en serio es una lucha de cada día. Para amar en serio, no basta con decir que amamos, no basta con amar a los que nos sale amar, así nomás. Para amar en serio y no de palabra, sino con verdad, no de la boca para afuera, en realidad tenemos que reconocer, revivir y experimentar esa corriente, por decirlo de alguna manera, de amor verdadero y eterno que proviene del Padre, que pasó por su Hijo y que se sembró en nosotros para ayudarnos a amar por medio del Espíritu Santo. Jesús no nos habla de un simple amor humano, espontáneo con los que nos sale amar únicamente, sino que nos habla de amor del cielo, amor de Dios que se derrama en corazones humanos incapaces de amar como Dios ama por las debilidades que nos atormentan.

Hay que ser sinceros, no tenemos la fuerza para amar tanto a veces; los que pudieron mucho, es porque se dieron cuenta de este misterio que estoy contando. Pero podemos si nos damos cuenta de que el amor no es un mandamiento que obliga desde afuera, sino que es vida que brota desde adentro y que descubre lo más verdadero que tenemos, nuestro barro y nuestra meta. Jesús nos ayuda a descubrir que podemos amar porque, en realidad, somos amados por él y por el Padre. Esa es la clave. Podemos amar porque somos amados primero, podemos amar si «permanecemos» en esto, si reconocemos esta verdad. No se puede amar bien si no se acepta semejante misterio y regalo que hemos recibido. No se puede vivir este mandamiento que brota desde adentro si no se reconoce también desde adentro que amar y ser amados, entregarse y dejar que los otros nos amen, no es una obligación, sino que es una necesidad del alma, del corazón.

Necesitamos amar, necesitamos un motivo para vivir, necesitamos experimentar amor de Dios por medio de gestos humanos. Necesitamos darnos cuenta de que el amor es cosa seria, que Dios se tomó en serio el amor y por eso nos mandó a amar hasta el extremo, como él nos amó, para que ese amor nos despierte también nuestras ganas y nuestros deseos de amar.

Cuando no estés pasando buenos momentos en tu vida porque parece que «el cielo» está muy lejos, porque la vida parece un «valle de lágrimas» –como dice la oración–, tenemos otras opciones. Tenemos que buscarlas nosotros mismos a esas opciones. No esperemos que el cielo nos venga a buscar, que nos encuentre. El cielo, en realidad, está siempre al alcance de nuestras decisiones, a un paso que a veces parece muy largo pero que es posible. El cielo aparece muchas veces cuando nos decidimos traer y llevarle un poco de cielo a los demás con nuestra presencia, con nuestros gestos, con nuestro amor. Imagino que si vamos comprendiendo lo que es el cielo, tendremos más ganas de amar y de ir al cielo.