Book: Juan

Fiesta de los Santos Inocentes

Fiesta de los Santos Inocentes

By administrador on 28 diciembre, 2021

Juan 1, 5 — 2, 2

Queridos hermanos:

La noticia que hemos oído de él y que nosotros les anunciamos, es esta: Dios es luz, y en él no hay tinieblas. Si decimos que estamos en comunión con él y caminamos en las tinieblas, mentimos y no procedemos conforme a la verdad. Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado.

Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y purificarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso, y su palabra no está en nosotros.

Hijos míos, les he escrito estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos un defensor ante el Padre: Jesucristo, el Justo. El es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Palabra de Dios

Comentario

En esta época por todos lados escuchamos y leemos en carteles el clásico saludo por “las fiestas”. Muchísima gente ya no dice ¡Feliz navidad!, incluso católicos, sino que sin darse cuenta adoptaron el saludo mundano, y no por eso malo, del “felices fiestas”. Por supuesto que en ese “felices fiestas” está incluida la navidad, pero claramente no es lo mismo decir: “Feliz navidad” que decir “Felices fiestas” En Argentina, incluso hay no católicos, que dicen “Feliz navidad” o por lo menos aceptan el saludo de navidad, seguramente por respeto, o bien porque no les queda otro remedio, pero la verdad de las verdades, es que son pocos los que reconocen o por lo menos centran la navidad en lo importante. De hecho, acá se armó un revuelo importante porque en algunos carteles de la vía pública apareció la frase “navidad es Jesús” y muchos se quejaron de que era propaganda religiosa. Ahora la pregunta que podríamos hacernos es, si la navidad no es Jesús… ¿Qué es? ¿Nosotros los católicos perdimos ese coraje de decir y vivir lo que la navidad realmente es? ¿Tomamos conciencia de lo que significa anunciar la navidad?

¡Qué linda noticia tenemos para anoticiar! ¿Cuál? Te estarás preguntando. Escuchando la lectura de hoy…

¡Que Dios es luz y en Él no hay tinieblas! Jesús es Luz, es la Luz del mundo y todo lo que no se acerca a la luz, consiente o inconscientemente termina viviendo con un poco de tinieblas o con mucha. Acordate que ayer empezamos con la primera carta de San Juan, nos acompañará todos estos días, hasta la Epifanía, los Reyes. Igualmente es bueno que leamos el evangelio también, todos podemos hacerlo, se comprenden mutuamente. El audio es corto, no da para tanto, si lo hago más largo te vas a cansar, por eso tengo que elegir.

Retomando lo de ayer, acordate que decíamos que nuestra alegría no es completa hasta que la anunciamos y hasta que experimentamos, de alguna manera, que penetra en otro corazón, por lo menos en uno, por decirlo así. No es que anunciamos para ver frutos para estar alegres, no es que somos un club de futbol que se preocupa por cuantos “socios” tiene y por eso hay que ser atractivos a la fuerza, haciéndonos los simpáticos, NO, eso no es la Iglesia, eso es otra cosa. Si es verdad que anunciamos para que otros compartan la alegría y por supuesto es lindo ver que otros se alegran con nosotros. Pero si estamos enamorados de Jesús en serio, tarde o temprano, vamos a atraer a otros, no por miedo, no por ser “insoportables” (¿viste que hay gente que más que evangelizar espanta por ser insoportables o intolerantes?), sino por sobrenatural naturalidad, o algo así. Por natural sobrenaturalidad, normal, alegre y sin muchas palabras. No hay peor evangelizador, anunciante de la alegría de creer, que el que se cree capaz de “convertir” por cansancio, por insistencia, por pesadez. Dios nos libre de eso, porque Él no lo hizo así.

Dios es luz, pero luz que agrada y no molesta. Los santos inocentes de hoy iluminan con su vida sin haber dicho nada, toda una enseñanza. Fueron testimonios de Jesús sin conocerlo directamente, sin decir ni una palabra, gracias a la maldad de alguien que temía perder el poder, como Herodes. Muchas veces la verdad reluce, o ilumina como consecuencia de la maldad de otros, de la injusticia, del odio. Muchas veces no es necesario hablar de la verdad para que la verdad triunfe o prevalezca. La verdad es luz, e ilumina por sí misma, por atracción o porque la quieren apagar. La lectura de Juan de hoy habla de Dios como Luz y nos da luz con lo que nos dice.

En realidad, el pecado es ausencia de luz, es lejanía de Dios, es olvido de Dios, es engaño a nosotros mismos. El pecado es no darnos cuenta el para que estamos hechos, es no reconocer la grandeza de nuestra vocación, es creernos que no necesitamos de Él, es creernos con luz propia, es pensar que nosotros iluminamos y no que somos iluminados. Dicho en criollo, Juan dice que los que se “creen iluminados”, y no justamente por Jesús, se engañan a sí mismos, y le roban el mérito a Jesús. ¿Cuánta gente hay en este mundo que se cree que su vida es todo luz, o sea que jamás comete ningún error en su vida? Muchísima. Dentro y fuera de la Iglesia. Afuera es entendible, pero adentro, es increíble. Muchísima gente se acerca a los sacerdotes para “confesar” que no tiene pecado, que vive casi en la luz absoluta. Una cosa muy loca. Pero es real. No por maldad, sino por ignorancia, por falta de cercanía a Jesús. Muchísimos cristianos creen vivir en la luz, pero no reconocen nada de lo que deban ser perdonados por nuestro “Abogado” ante el Padre.

Sin embargo, el que realmente ama a Jesús, el que lo conoce, lo oye, lo ve, lo contempla y lo toca con sus propias manos, se da cuenta cada vez con más convicción, pero al mismo tiempo con más abandono y confianza, de que su vida tiene mucho de tinieblas y que si no fuese por Él estaría perdido, sin rumbo. No es ver pecado en todos lados, en realidad es lo contrario, es ver cada vez más la Luz, a Jesús mismo. Verdaderamente lo hacemos pasar por mentiroso a Jesús si decimos que no cometemos pecado, hacemos que su vida, su entrega no tenga sentido. ¿Para qué murió y resucitó Jesús si no tiene que salvarnos de algo?

Fiesta de San Juan Evangelista

Fiesta de San Juan Evangelista

By administrador on 27 diciembre, 2021

Juan 1, 1-4

Queridos hermanos:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que les anunciamos.

Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les anunciamos la Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha manifestado.

Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos también a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

Les escribimos esto para que nuestra alegría sea completa.

Palabra de Dios

Comentario

En estos días de Navidad hasta el día de Reyes, el 6 de enero, salvo algunas interrupciones, como primera lectura de cada día, la Iglesia nos propone la primera carta del apóstol San Juan. Estarás pensando, pero… ¿estos audios no son “Algo del Evangelio”? Es verdad, pero te propongo romper un poco los esquemas, nos vendrá muy bien a todos, para descubrir otros textos lindos de la Palabra de Dios. ¿Por qué? Primero, para conocer otros libros del Nuevo Testamento que tienen una riqueza infinita y ayudan a comprender mejor los evangelios; segundo para entender que la obra del evangelio de Juan tiene su continuidad en sus cartas y son complementarios, se comprenden entre sí; y tercero para animarnos a más, animarnos a meditar otros textos que también pueden enriquecer nuestra vida espiritual. Siempre digo que la Palabra de Dios es inagotable, es una fuente infinita de sabiduría y eso por supuesto no se agota en los evangelios. Espero que te ayude y te sirva a seguir rezando y meditando en este tiempo de Navidad.

Habrás experimentado en tu vida, que las alegrías profundas no son completas hasta que no se las comparten o bien cuando no se las comparte con aquellos que amamos. No hay verdadera alegría si no es compartida, cuando otros no la conocen junto a nosotros. Recuerdo que cuando me avisaron que me ordenarían sacerdote, me pidieron que no lo diga hasta una cierta fecha, porque había que cumplir algunos pasos necesarios hasta poder decirlo, fue durísimo para mí. Había recibido la mayor alegría de mi vida y no podía contársela a mis más queridos, a mi familia, a los que me interesaba que compartan mi alegría. Esa vez experimenté en carne propia, que una alegría no es completa hasta que se comparte. Me imagino que te debe haber pasado alguna vez, por ahí no porque te lo prohibieron, sino porque siempre se tarda un poco desde que se recibe una buena noticia hasta que se la cuenta, hasta que se la comparte cara a cara.

Algo así es la alegría del Evangelio, algo así quiere decir la carta de Juan que acabamos de escuchar. “Les escribimos esto para que nuestra alegría sea completa” Algo así decía el Papa Francisco en una de sus cartas: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” (EG 1) ¿Para qué anunciamos el evangelio? ¿Para qué anunciamos que conocemos a Jesús? ¿Para qué anunciamos que de alguna manera vimos, oímos, o tocamos con nuestras manos? No solo para dar alegría a otros, sino porque si la alegría no llega a todos, no es completa, nos falta algo a nosotros mismos. Por ahí te pasó en esta Navidad, vos la quisiste vivir de otra manera, vos intentaste bajar un cambio, vos intentaste no caer en la frivolidad, vos intentaste hablar de Jesús, vos intentaste darle otro sentido y tu familia estaba en otra, y los otros no se daban cuenta. Tu alegría era alegría, pero no era completa. Le faltaba algo, le faltaba que los otros te acompañen, le faltaba que los otros la descubran. A los primeros cristianos les pasaba lo mismo, a todos nos pasa lo mismo. A todos los que descubren a Jesús les pasa esto. A los que nos vamos enamorando lentamente y día a día de Jesús, pero en serio, como una persona, a quien contemplamos, como alguien a quien “vemos”, “oímos” y “tocamos” con nuestros propios sentidos. Si nos pasa es un buen signo. No es para amargarse, es para darnos cuenta que estamos enamorados y queremos que otros se enamoren, queremos que otros vivan lo que nosotros vivimos, queremos compartir esa alegría y vivir en comunión con los otros. Es un gran misterio, es un misterio lindo que solo puede “tocar” un poco, aquel que recibió la gracia y la alegría.

Este es el motor interior del que predica el evangelio, de la Iglesia, del que anuncia que Jesús nació y murió por nosotros. Ese es el misterio de la gran familia de la Iglesia fundada por y, en Jesús, ese es el misterio de algo que vivimos ininterrumpidamente hace más de dos mil años miles y miles de corazones que recibieron esta alegría. ¿Cómo puede ser mentira todo esto? ¿Cómo es posible que nos hayan engañado a todos? ¿Cómo es posible que como se decía por ahí la “religión es el opio de los pueblos”? ¿Cómo es posible que la Iglesia sea un invento para dominarnos? ¿Cómo es posible que la alegría de saber que ese niño que nació para cada uno de nosotros, sea una alegría mundana y pasajera?

¿Vivimos esta alegría y sabemos compartirla? ¿Cómo la vivís? Es normal sufrir interiormente cuando ves que los demás no la entienden. No te angusties, es parte del anuncio. Creer es una gracia que se recibe y un don que se acepta. Pero no se fuerza, es por atracción alegre. Solo podrá creer aquel que ve a alguien que cree y vive feliz por creer, sin presionar, sin juzgar, sin molestar. Nunca te olvides de esto. Mientras tanto anunciá, pero a un Jesús real, no virtual, a un Jesús que pudiste contemplar, ver, oír y tocar con tus propias manos.

Solemnidad de Navidad

Solemnidad de Navidad

By administrador on 25 diciembre, 2021

 

Juan 1, 1-5. 9-14

Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Palabra del Señor

Comentario

Estamos en Navidad y estaremos en Navidad por unos cuantos días. Las cosas lindas hay que festejarlas mucho tiempo y lo lindo de la vida necesita tiempo para que decante, para poder llegar a lo profundo del corazón del que cree, del que cree en Jesús, en el Dios hecho hombre, en el «Dios con nosotros». Algo tan increíble y maravilloso como la Navidad necesita ocho días de contemplación. Por eso, hoy empezamos el tiempo de Navidad y este gran día durará ocho días, y se llama octava de Navidad. Así que empezamos a transitar estos días tan lindos de la mano de la Iglesia, que nos enseña siempre.

Vuelvo a decir: estamos en la Navidad y llegamos, como decíamos ayer, como llegamos. No sé cómo habrás vivido la Nochebuena, la Noche santa, pero si tuviste ojos de fe, si te pusiste los anteojos de Jesús, seguramente te diste cuenta de muchas cosas que no parecen tener mucho que ver con lo que en realidad celebramos los cristianos, pero no importa. No es para enojarse ni para ver lo negativo, sino que es para aprender y seguir creciendo. El mundo sigue su curso y nosotros estamos en este mundo. Como dice Jesús: «Estamos en el mundo, pero no somos de este mundo». «Él vino al mundo y el mundo no lo conoció –dice la Palabra de hoy–. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron».

Nuestra lógica, la lógica humana, espera otra cosa cuando se le habla de Dios. Nuestro corazón espera cosas grandes cuando escucha la palabra todopoderoso, omnipotente, Mesías, por ejemplo. Nuestro corazón a veces se resiste a pensar que lo grande puede estar todo metido en lo pequeño, lo divino puede estar en lo humano. Sin embargo, si queremos empezar a entender que es la Navidad, la natividad del Señor, y que es el misterio de la Encarnación, es bueno que nos vayamos acostumbrando a eso, a las locuras de Dios. Creemos en un Dios que va bastante a contramano de este mundo. Por eso el mundo no lo recibió –como dice la Palabra de Algo del Evangelio de hoy–, por eso el mundo hoy no lo recibe mucho a Jesús, por eso vos y yo a veces nos cuesta tanto recibirlo verdaderamente en el corazón.

Lo lindo de estos días es aprender a recibir a nuestro Salvador. Hay que entrenarse para recibirlo, en saber abrirle las puertas, para no ser como los del mundo que no lo recibieron, para no ser como la mayoría del mundo que no lo recibe, que lo deja pasar. Jesús hoy también sigue naciendo en pesebres escondidos, pobres y silenciosos de tantos altares y corazones en el mundo; sigue naciendo mientras el mundo sigue en la suya; sigue muriendo buscándose solo así mismo y no encontrando más que vacío. «La Palabra se hizo carne», dice Algo del Evangelio de hoy. La Palabra se hizo hombre y nació entre nosotros, vivió entre nosotros, murió entre nosotros y ahora está entre nosotros. Que la Palabra se haya hecho carne, se haya hecho hombre, quiere decir que todo lo que Dios quería decirnos nos lo quiso decir de una vez para siempre, y no por medio de sonidos de palabras que van por el aire –como son las que usamos nosotros–, sino por medio de una Persona, del Hijo, de Jesús. Que habló también con palabras, pero que habló mucho más con su presencia, con sus gestos, con sus silencios, con sus acciones y también, por supuesto, con sus palabras.

No pienses hoy en todo lo que hizo y habló Jesús, sino en todo lo que no hizo y calló desde que estuvo en un pesebre. No pienses tanto en todo lo que tenés que hacer por él, sino tratemos mejor de imaginarnos estando en el pesebre y teniendo a un niño en nuestros brazos, recibiendo a Jesús. Jesús, Dios y hombre en los brazos de cada hombre, dejándose abrazar y cuidar. Ese niño que te estás imaginando, el que nació en los brazos de María y fue cuidado por ella y José, es luz y vida. Es amor que ilumina y da vida. Es vida que ilumina para amar. Es luz que da vida y amor.

Un niño que es Dios, un Dios que se hace niño para que dejemos de tenerle miedo a nuestro buen Dios, como si él fuera algo raro y molesto en nuestras vidas. Tenemos a Dios en las manos, se nos vino a entregar.

Lo tenemos en el corazón para que lo abracemos, para recibirlo de la mejor manera posible. Todavía estamos a tiempo de vivir bien esta Navidad, de recibir a nuestro Salvador y no dejarlo solo como lo dejaron los de su tiempo. No dejemos solo hoy a nadie, a nadie que se nos cruce por el camino y tengamos la oportunidad de recibir. A Jesús lo recibimos en la Eucaristía, pero también en los otros. Pensemos hoy de qué manera podemos recibir esa palabra que contiene todo lo que Dios nos quiso decir de una vez para siempre.

Solemnidad de Cristo Rey del Universo

Solemnidad de Cristo Rey del Universo

By administrador on 21 noviembre, 2021

Juan 18, 33b-37

Pilato llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres Tú el rey de los judíos?» Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?» Pilato replicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?»

Jesús respondió: «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí». Pilato le dijo: «¿Entonces Tú eres rey?» Jesús respondió: «Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz».

Palabra del Señor

Comentario

Llegamos al final del año litúrgico, al ciclo de la Iglesia en el que se nos propone día a día, domingo a domingo, ir metiéndonos lentamente en el Misterio de la vida de Jesús, en sus sentimientos, en sus pensamientos, en su corazón. Es necesario hacerlo siempre, una y otra vez, porque solo a fuerza de contemplar su vida, de participar en su misterio, podemos vivir verdaderamente la vida cristiana, no como meros espectadores, sino como protagonistas. En nosotros, en la medida que lo dejamos, vuelve a realizarse el misterio de la Pascua, el de morir continuamente al egoísmo y al pecado, para renacer siempre a la posibilidad de amar, de entregarse, de dar la vida.

Por eso hoy terminamos con la fiesta de Cristo Rey del universo, rey de todo lo creado, porque “todo fue creado por Él y para Él”, aunque no parece, aunque nuestra ceguera no lo termine de descifrar.

Del evangelio de Juan, aparece hoy este texto, que forma parte del proceso de Jesús ante Pilato durante su Pasión. Dios, hecho hombre, se sometió a un juicio humano. Dios “se deja juzgar” por el hombre, y además algo peor, deja que lo juzguen mal, sabe que los hombres serán injustos con Él, sabe que finalmente diga lo que diga, lo entregarán igual y sabiendo esto, lo busca, lo quiere, lo desea con todo su corazón. Desea revelar la verdad de Dios en la cruz.

¿Cuál es esta verdad de Dios? ¿A qué se refiere Juan con esta expresión? No a algo meramente intelectual, a una verdad abstracta, o a la que tiene que ver con la esencia de las cosas, sino al testimonio que vino a dar Jesús. Él vino a mostrar la verdad, que es el plan divino de salvación, o sea su voluntad de salvarnos, que en definitiva es Él mismo, como enviado del Padre. “Porque tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo para salvarnos, para que conociendo esta verdad tengamos vida verdadera, vida que se sigue alimentando de la entrega de Jesús en la cruz.

¿Cuál es el plan divino? ¿Qué vino a revelarnos? ¿Y qué esconde esta verdad de Jesús?

El corazón de Jesús revela el corazón del Padre. El corazón del Hijo es un reflejo del amor del Padre. ¿Y qué dice ese corazón? Nos dice a gritos, pero también en silencio, sin imponernos nada: “No vine a dominarte, no vine a someter a nadie, vine a atraer por medio del amor”

Este fue plan de Dios al hacerse hombre. Esta es la “estrategia” que utilizó para atraernos.

¡Qué difícil es imaginarnos a un rey, al rey de reyes, manso, humilde, dejándose someter, dejándose llevar mansamente a morir en la cruz!

Jesús es el rey anti-humano. Es el rey que reina desde un trono que no es de este mundo, no es como los del mundo. Es un rey cuyos seguidores lo abandonan, lo dejan solo. Es un rey que no entiende ni le interesan las violencias, los enojos sin sentido, las imposiciones, los gritos, los complots, los acomodos, el poder por el poder mismo, las preferencias. Es un rey que no desespera ante la traición, ante la indiferencia, los corazones cerrados, aunque si llora cuando se endurecen y se obstinan en no creer.

Jesús es el rey que ningún partido político del mundo elegiría como candidato. ¿Cómo harían para soportarlo? Si para nosotros gobernar es dominarlo todo; las personas y las situaciones, es eliminar toda posibilidad de diferencia, de pensar distinto, de buscar otras alternativas. Si para nosotros gobernar es muchas veces gritar y decir lo que algunos quieren escuchar, es hacerles creer a otros que me interesan sus intereses, para seguir y mantenerse en el poder. Si para nosotros gobernar es en definitiva servirse de los demás y no servirlos.

Igualmente, no hay que ser gobernante para experimentar esto en el corazón. Nosotros, en nuestros mundos chiquitos, en nuestros corazones, en nuestras familias y trabajos, muchas veces actuamos y pretendemos ser reyes de nuestros territorios, creyéndonos con el derecho de luchar con uñas y dientes por cosas, ideas y nuestras propias verdades, y no las de Dios.

Ante todo, esto, hoy, en Algo del Evangelio, resuena la voz de Jesús o parafraseo sus palabras: “El que es de la verdad, el que acepta que soy así, que solo Yo soy rey, pero de otro modo, escucha mi voz, se deja guiar por mí, deja que reine en su vida”.

Te propongo frenar hoy un poco y fijarte que voces estamos escuchando. Si la voz mansa de Jesús que nos invita a vivir como Él, o la voz iracunda, impaciente de este mundo alocado y alejado de Dios en el que vivimos, donde somos capaces de pelearnos por todo y con todos, por lo más mínimo.

El primer paso para amansar nuestro corazón, es dejarnos amansar. Es mirar continuamente a nuestro Rey, callado y paciente en la cruz por nosotros. Ese es nuestro rey, el resucitado, pero el crucificado, el que nos mira y mira al mundo con amor, para que podamos enamorarnos de Él.

En cada Eucaristía, en cada misa que celebramos, celebramos a Jesús Rey, un rey pequeño, aunque parezca contradictorio, un rey que se somete de alguna manera a nosotros, que se deja comer porque se entrega por amor siempre, una y otra vez. Un rey que quiere reinar antes que nada en nuestros corazones para poder reinar en este mundo, hasta que vuelva definitivamente “sobre las nubes” como dice el libro del apocalipsis, “todos lo verán, aun aquellos que lo traspasaron”, incluso los que lo rechazaron.

¿Puede haber un rey tan bueno como el nuestro?

Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

Fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán

By administrador on 9 noviembre, 2021

Juan 2, 13-22

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio».

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: “El celo por tu Casa me consumirá”.

Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?»

Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar».

Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero Él se refería al templo de su cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

Palabra del Señor

Comentario

Puede parecer que esta fiesta de hoy no nos dice nada. ¿Qué tiene que ver para nosotros esto de la «Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán»? Antes que nada, para que sepas, esta basílica es la catedral de la ciudad de Roma y por eso es la sede del obispo de Roma, del Papa especialmente. Surgió en el siglo III y cuando se dice «dedicación», lo que se celebra es el día en el que un templo se consagra al culto, se dedica para Dios, por medio de un rito muy especial. Esta fiesta de hoy quiere llevarnos a que meditemos la realidad compleja y profunda de la Iglesia, de nuestra madre la Iglesia. La dedicación del primer gran templo para el culto cristiano, la Basílica de San Juan de Letrán en el año 324, es oportunidad para que contemplemos a la Iglesia como Misterio divino y humano. Porque a eso se refiere: un misterio es cuando algo nos muestra otra cosa que no vemos. Lo humano nos muestra lo divino y lo divino ilumina a lo humano.

Pero primero miremos y escuchemos a Jesús, que dice así: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio. Saquen todo lo que impide que el Templo sirva para lo que es, para dar culto al Padre». Darle a Dios lo que le corresponde, no lo que nosotros pensamos que hay que darle. En realidad, si nos pusiéramos a pensar unos segundos en lo que debemos darle a Dios, no hay otra respuesta que decir todo, la vida. Los judíos en ese tiempo ofrecían animales, algo que no podía jamás satisfacer a Dios. Por eso Jesús de algún modo se enoja en Algo del Evangelio de hoy. Pero cuidado, nosotros también en este tiempo podemos ofrecer a Dios un culto vacío, vacío desde el corazón, desde su raíz, aun cuando tengamos los templos más lindos del mundo.

Jesús en realidad al expulsar a los vendedores y cambistas del templo está realizando de algún modo lo que se dice un acto profético, o sea, está anticipando con su manera de obrar algo que pasará. Está diciendo que El es el Hijo de Dios y está anunciando su muerte y resurrección y que El será el nuevo templo de Dios. «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar» y así, con estas palabras y con su muerte y resurrección, comienza una etapa nueva de la historia. «Cesa el viejo rito y se establece el nuevo», dice un gran poema de santo Tomás. Ya no hace falta ofrecer animales a Dios Padre, es el Hijo el que se ofrece como cordero de una vez y para siempre. Y dándose El mismo, nos incorpora a su Cuerpo Místico, que es la Iglesia, como dice la Palabra: «El se refería al templo de su cuerpo».

La Iglesia es el nuevo templo de Dios. Dios ya no vive únicamente en edificios construidos por el hombre. «¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?», dice San Pablo. Vos y yo somos la Iglesia. En nosotros habita el Espíritu Santo y por eso la Iglesia es santa, por eso vos y yo tenemos algo de santos. Somos santos en lo profundo del corazón, santificados por su amor. La Iglesia es el Cuerpo de Jesús. El tiene un solo cuerpo y por eso es una. La Iglesia es para todos y por eso es católica. La Iglesia fue cimentada en los apóstoles y está destinada a ser enviada por el mundo, por eso apostólica. No solo la formamos vos y yo, sino miles y miles; una «nube de testigos» a lo largo de toda la historia: los que estuvieron, los que están y los que estarán. La Iglesia es nuestra familia y así debemos amarla, hacerla crecer, enriquecerla con nuestro amor, defenderla si es necesario con nuestra vida. El mundo no nos entiende –es verdad–, como los judíos no entendieron a Jesús; por eso no pretendamos que nos entiendan tanto.

San Pablo también dice que «cada cual se fije bien de qué manera construye». ¿Construimos la Iglesia con nuestra caridad, dándole al Padre lo que le corresponde? ¿Hablamos de la Iglesia como si fuéramos parte de ella o hablamos como si fuese otra cosa? ¿La amamos como si fuera nuestra familia?

Esta fiesta también nos puede ayudar a comprender y vivir mejor esto que acabamos de decir y tomar consciencia de que somos cristianos en todo momento y en todos lados, porque nosotros somos templo de Dios y llevamos a Dios en nosotros.

Cuántas veces olvidamos esto y vivimos una especie de dualidad, una especie de división interior: cristianos «part-time», cristianos «medio pelo», cristianos en algunos lados y situaciones.

También no podemos olvidar que los templos materiales son nuestros lugares sagrados, dedicados para eso, y por eso debemos respetarlos. No son un lugar cualquiera, no da lo mismo. Tomemos consciencia de esto: nuestros templos son lugares sagrados en donde Jesús habita especialmente en la Eucaristía y en donde rendimos el culto agradable a Dios; donde hacemos silencio y nos alimentamos para tener fuerzas y para que a cada instante y en cada obra, por más insignificante que sea, demos este culto a nuestro Padre en espíritu y en verdad estemos donde estemos, estemos como estemos: enfermos, caminando o trabajando. Si vivimos así, estaremos dándole un verdadero culto a Dios; dándole lo que le corresponde, o sea, nuestra propia vida, todo.

Fiesta de los Santos Arcángeles

Fiesta de los Santos Arcángeles

By administrador on 29 septiembre, 2021

Juan 1, 47-51

Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez.»

«¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.

Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.»

Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Jesús continuó: «Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”, crees. Verás cosas más grandes todavía.»

Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Comentario

En este día, «Fiesta de los Arcángeles», mi deseo es que, más allá del evangelio, también aprendamos un poco más sobre lo que celebramos de estos Arcángeles: Miguel, Gabriel y Rafael. Los más importantes en la historia de toda la salvación; en realidad, de los únicos que se conoce su nombre tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

La palabra Arcángel viene de las palabras griegas «Arc» que significa «principal» y «ángel» que es «mensajero de Dios». Por eso, son los principales mensajeros de Dios.

La Biblia solo da el nombre de tres Arcángeles: Miguel, Rafael y Gabriel. Gabriel significa «la fuerza de Dios». En el Antiguo Testamento, San Gabriel Arcángel aparece en el libro de Daniel explicándole al profeta una visión del carnero y el chivo, en el capítulo 8, y también instruyéndolo en las cosas del futuro, en el capítulo 9. En los Evangelios, San Lucas lo nombra anunciando a Zacarías el nacimiento de San Juan Bautista y, lo que ya conocemos, el anuncio a María, que concebiría y daría a luz a Jesús.

Por otro lado, Rafael en hebreo es «Dios te sana». El único libro que habla de San Rafael Arcángel es el de Tobías y figura en varios capítulos. Allí se lee que Dios envía a este Arcángel para que acompañe a Tobías en un viaje, en el que se casó con Sara.

Finalmente, Miguel significa «¿quién como Dios?» El nombre del Arcángel Miguel viene del hebreo «Mija-El», que significa «¿quién como Dios?» y que, según la tradición, fue el grito de guerra en defensa de los derechos de Dios cuando Lucifer se opuso a los planes de salvación y de amor de nuestro Padre, de nuestro buen Padre.

La Iglesia siempre tuvo una gran devoción al Arcángel San Miguel, especialmente para pedirle que nos libre de los ataques del demonio y de los malos espíritus.

Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy, que más allá del lindo diálogo con Natanael, Jesús dice una cosa muy importante que tiene que ver con la fiesta: «Verás cosas más grandes todavía. Verás el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Es Jesús quien claramente habla de la presencia de los ángeles, de estos seres espirituales, invisibles, que están presentes en nuestra vida, que son de una inteligencia superior, que no tienen cuerpo y, por supuesto, por eso no podemos verlos con nuestros ojos.

Nuestra fe nos enseña que existe un mundo invisible que supera todo lo que podemos imaginar. «Verás cosas más grandes todavía», dice el mismo Jesús. Hay cosas que todavía no vemos y algún día veremos. Como dice el apóstol San Pablo: «Nosotros anunciamos, como dice la Escritura, lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar aquello que Dios preparó para los que lo aman».

¿Y qué nos dice todo esto? ¿Qué nos enseña concretamente? Creo que, por un lado, nos da mucha esperanza y, además, una actitud diferente frente a la realidad.

El mundo, gracias a Dios, no es solamente lo que vemos; tu vida no es solamente lo que ves; la vida de los demás no es solamente lo que vos podés observar. Es mucho más grande todavía. Y eso nos hace también pararnos frente a la realidad con una actitud distinta, una actitud humildad. Hay que ser humildes y reconocer que las cosas no son simplemente como las vemos, que no podemos reducir la realidad a lo que percibimos y vemos con los ojos que Dios nos regaló, sino que él nos tiene preparado algo mucho más grande todavía y que hoy existe.

Los ángeles son estos seres espirituales que están presentes en toda la historia de la salvación, para ayudarnos a llegar a ese mundo invisible que anhelamos, que son parte de esta realidad y no podemos todavía contemplar.

Dios Padre creó a los ángeles en función de Cristo. Son de Cristo. Fueron creados por él y para él. Y también están al servicio de él y, como están al servicio de él, están al servicio de nosotros, porque somos el Cuerpo de Cristo. Porque eso es lo que Dios quiere de nosotros: que nos acerquemos a su hijo Jesús.

Podemos también, especialmente hoy, pedirle a San Miguel -que es el gran Arcángel- que nos defienda en esta batalla dura de la vida, en esta lucha diaria por alcanzar la salvación, desterrando de nosotros todo el mal del corazón, con una parte de esa oración tan importante para la Iglesia que dice así: «San Miguel arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio». Es una petición de protección. Pidámosle a San Miguel que nos ayude a estar atentos para rechazar la presencia de esos seres espirituales que buscan ir en contra de nuestra salvación, que buscan alejarnos del camino de Dios: «Por favor, San Miguel, San Rafael, San Gabriel, defiéndannos, ayúdennos, en este camino; en esta batalla tan difícil, pero tan linda, que es amar a Dios sobre todas las cosas».

Dios quiera que esta fiesta de estos santos Arcángeles nos ayuden a percibir y a pararnos frente a la realidad de una manera más humilde y confiada, sabiendo que todo está en las manos de Dios y que siempre estamos protegidos por él y sus mensajeros.

Fiesta de la Exaltación de la Cruz

Fiesta de la Exaltación de la Cruz

By administrador on 14 septiembre, 2021

Juan 3, 13-17

Jesús dijo a Nicodemo:

«Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

Palabra del Señor

Comentario

Tenemos que hacer siempre el esfuerzo de asombrarnos, o sea, aumentar nuestra capacidad de asombro ante las palabras de Dios. ¿Hacemos el esfuerzo por darnos cuenta de que hay mucha más bondad en este mundo, en las cosas que vemos, en las situaciones y en nuestro corazón de lo que pensabas? ¿Hacemos ese esfuerzo cada día? Y la palabra de Dios se transforma en luz para poder ver eso que a veces no podemos ver. Cada día como sacerdote debo intentar mirar lo que mis ojos a veces no ven por ciego, por no darme cuenta de tanto amor de Dios, para poder encontrar a Jesús en todas las cosas. Si no hago el esfuerzo, si no hacemos ese esfuerzo, se seca nuestro corazón y nos convertimos en funcionarios de la fe; «en pastores que se apacientan así mismos», como decía san Agustín. Es el camino que todos debemos hacer y te lo propongo una vez más para que nuestra espiritualidad cristiana no sea abstracta y desencarnada, como fuera de nosotros. Ser cristiano en medio de este mundo es no escaparle a este mundo justamente. Es meternos en él.

No es escaparnos como si fuera todo malo, sino que es encontrar en este mundo, tal como es, las huellas de un Padre que nos busca a cada instante y nos encuentra siempre que nos dejamos encontrar. Pero, para eso, hay que dejarse asombrar, hay que andar atentos. Muchas veces el asombro nos llega casi intempestivamente, de manera obligada, podríamos decir. Solo tenemos que ceder y decirle a Dios: «Bueno, confío, la verdad que confío. Creo que estás acá. No puedo dudar. Esto no puede venir de otro lado». No sé si alguna vez te pasó. Pero nos pasa cuando uno está como «entrenado» en el asombro de tanto escuchar, cuando uno está dispuesto. Pasa también cuando Dios quiere, de un modo casi milagroso diríamos. Al mismo tiempo, es como una disposición del corazón que tenemos que ejercitar. Algo que se va adquiriendo en la medida que nos «dejamos» empapar por su Palabra. Eso intentamos e intento cada día, porque siempre es más fácil ser a veces amargado, pesimista y ver todo lo malo.

Sigamos practicando, sigamos entrenando el corazón. No te desanimes. A levantar la cabeza y el corazón. Bueno, ¿qué te asombra de Algo del Evangelio de hoy? Saber qué nos asombra es como, de alguna manera, un termómetro de lo que queremos. Nos marca la temperatura de lo que sentimos, de lo que pensamos. ¿Qué nos anda pasando que a veces nada nos asombra de hace bastante tiempo y andamos como asintomáticos en la fe? ¿Qué nos anda pasando que solo nos asombra lo negativo? ¿Qué me tiene obsesionado que solo me asombran algunas cosas y no las cosas de Dios, las espirituales?

¿Qué podemos pedirle hoy a Jesús en esta fiesta tan linda en donde exaltamos el amor que brota desde la Cruz? Fiesta de la Exaltación de la Cruz, sí. ¡Dios quiera que nos asombre su amor infinito, que nos asombren por lo menos estas palabras, las de hoy!: «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna».

¿Sabés qué nos pasa muchas veces y me doy cuenta en mí también? Que el amor a veces no nos asombra. ¿Y sabés por qué no somos cristianos en serio, comprometidos, poniendo todo el corazón, estando dispuestos incluso a dar la vida por la fe? Porque en el fondo no nos terminamos de asombrar que Dios Padre nos ame tanto. ¿Sabés por qué siempre a veces terminamos cayendo en lo mismo, en los mismos pecados, en los mismos vicios, en las mismas debilidades que arrastramos? Porque no amamos lo suficiente a Dios que es nuestro Padre, ni a su Hijo; ni siquiera una pisca de lo que él nos ama. No nos damos cuenta. Estamos anestesiados. ¿Alguna vez te pasó que se te parta el alma al descubrir el amor que alguien te tenía y no supiste corresponderlo? Seguro que sí, me imagino que sí, si no pensalo y rezalo de alguna manera.

Pero no es para que nos amarguemos y nos digamos a nosotros mismos qué malos que somos, nos golpeemos el pecho de culpa, sino para que nos demos cuenta, de una vez por todas, de lo poco que amamos realmente, por nuestra insensibilidad del corazón, y que nos animemos a entregarnos más, a perdonar, a sacarnos esas broncas, a poner una sonrisa donde a veces no podemos. Muchas veces, «no sabemos lo que hacemos», no sabemos de lo que nos perdemos, no sabemos todo lo que Dios nos ama. Y, por eso, nos quejamos tanto del dolor, de la injusticia, de la muerte; de que Dios no se haga cargo de tanta maldad de este mundo, de tanta injusticia, de tanta tristeza que anda dando vueltas en tantos corazones y así tantas cosas más.

Mientras tanto, la historia de la humanidad y la Palabra nos enseña que «sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna». ¡Qué maravilla! Dios nos amó tanto y ama tanto al mundo y a cada uno de nosotros. Nos ama tanto que no somos capaces de calcularlo. Nuestro corazón no da para tanto amor. El amor en realidad no se puede calcular. Somos nosotros los que, de alguna manera, tenemos que ir siendo conscientes de toda la entrega de Dios por nosotros, no calcularlo. Y, por eso, eso nos llevará a no calcular lo que damos, no estar midiendo el amor. Somos nosotros los que tenemos que darnos cuenta de que Jesús vino al mundo para que caigamos en la cuenta de todo el amor que Dios Padre nos tiene y nos tendrá.

¿No te asombra esto? ¿No te conmueve? ¿No te mueve el termómetro de tu corazón?¿Te parece poco lo que hizo Jesús por vos y por mí viniendo al mundo siendo Dios, haciéndose uno de nosotros, viviendo como uno de nosotros, pero mucho más en la pobreza, en la sencillez, en el silencio, en el olvido; soportando desprecios, falta de amor, falta de fe y finalmente, aún viviendo todo esto, entregando su vida -y no de una manera cualquiera, sino en la Cruz-, muriendo crucificado como el peor de los malhechores y de una manera injusta? ¿No nos damos cuenta de todo esto? Pidamos hoy, en esta fiesta tan linda, tan maravillosa, poder dar un paso más en esta sensibilidad espiritual que necesitamos tener para ser cristianos en serio, para vivir este tiempo tan difícil y todos los tiempos que nos toquen vivir como lo que realmente somos, hijos del Padre, destinados en este mundo para vivir el Reino de Dios, entregándonos por amor a los demás, cueste lo cueste, piensen lo que piensen, nos reconozcan o no nos reconozcan.

Fiesta de San Bartolomé apóstol

Fiesta de San Bartolomé apóstol

By administrador on 24 agosto, 2021

Juan 1, 45-51

Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret.»

Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?»

«Ven y verás», le dijo Felipe.

Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez.»

«¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.

Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.»

Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Jesús continuó: «Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”, crees. Verás cosas más grandes todavía.»

Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Comentario

Se dice o, mejor dicho, los católicos decimos que los apóstoles son los pilares de la fe o las doce columnas de la Iglesia. De hecho, si te fijás en algunas Iglesias antiguas, en algunos templos de los más antiguos donde todo se construía con una simbología bien pensada y rezada, tenían y tienen doce columnas (seis de cada lado, en cada nave) sosteniendo la nave central. Todo un signo de lo que los apóstoles son para nosotros. Sabemos también que Jesús es la piedra angular, o sea, la piedra que está entre las dos paredes formando un ángulo, la piedra que cierra la arcada, digamos así. Sin ella todo se viene abajo. Sin Jesús la Iglesia se viene abajo, dicho así de sencillo. Sin embargo, esta piedra angular, Jesús, eligió a doce hombres comunes y corrientes, de la misma madera que vos y yo, para que sean los “receptores y transmisores” de su amor, de sus palabras, de su mensaje, de su salvación. En definitiva, más allá de los que muchos puedan decir; más allá de tu experiencia personal de fe, de la mía; más allá de todos los pecados juntos de la historia de la Iglesia; más allá de las falencias actuales, la Iglesia es la “extensión” en el tiempo del amor de Jesús que quiere llegar y abrazar a todos, con sus debilidades, con su santidad y su pecado.

Cada vez que celebramos la fiesta de un apóstol de la Iglesia, como hoy, de uno de los doce, de los más cercanos que estuvieron con Jesús, celebramos este misterio tan grande. O sea que nuestra fe, nuestra confianza y esperanza en Jesús no se basa en divagues particulares de unos locos, no se basa en fábulas o mitos, no se basa en revelaciones privadas, no se basa en ideas voladoras, sino que se basa en una realidad bien concreta, en el testimonio de doce hombres que estuvieron y vivieron con Jesús. Lo conocieron, vieron hacer milagros, comieron y disfrutaron con él. Lo vieron morir, algunos. Pero fundamentalmente lo vieron resucitado. Lo vieron vencer a la muerte, lo tocaron con sus manos, lo escucharon con sus oídos y abrazaron después de muerto. Lo abrazaron vivo. Creemos en eso. Creemos en Jesús, pero en un Jesús vivo que se conoce solo por medio de otros hombres, como vos y yo, solo por medio de la Iglesia. Nadie conoció a Jesús “encerrado” en su habitación. Nadie, ni vos ni yo, conocemos a Jesús leyendo solos la biblia, leyendo solos el catecismo, yendo solos a misa, recibiendo solos el bautismo, dándonos a nosotros mismos la confirmación, el perdón. Nadie, absolutamente nadie. Todo el que nos quiera meter eso en la cabeza nos miente.

Jesús llegó a tu corazón y al mío por medio de otras personas, de situaciones, de momentos concretos. Y esto, lo que te digo, es una gran cadena hacia atrás que, segundo a segundo, minuto a minuto a minuto, hora tras hora y día tras día, viene desde Jesús a los apóstoles, la Iglesia, vos y yo. ¿Pensaste en eso alguna vez? Esa es la maravilla y, al mismo tiempo, la fragilidad de la fe que muchos niegan o les cuesta entender. Y por eso, a veces, tambalean en la fe, porque no quieren entender lo que en realidad es de sentido común. El que pretende otra cosa no comprende el querer y sentir de un Dios que se hizo hombre, justamente, para generar esto, esta cadena de testimonios y de amor. Una atracción de amor que atraviese los siglos y llegue hasta nosotros hoy, ahora concretamente. Y, por ejemplo, hoy por medio de este audio, de las palabras de Dios que vuelan por los aires y llegan al corazón de tantas personas. Bueno, pero no quiero aburrirte con esto, solo espero que te sirva para que entendamos mejor lo lindo que es creer en esta verdad, aunque a algunos les cueste tanto.

Algo del Evangelio de hoy confirma, justamente, lo que te quiero mostrar. ¿Cómo conoció Bartolomé, Natanael a Jesús o, mejor dicho, cómo se dejó conocer Natanael por Jesús aquella tarde? Gracias a Felipe. Felipe fue el mensajero, el que hizo de eslabón para que Natanael sea sorprendido por el amor de Jesús. Siempre hay un “Felipe” en la vida de nosotros. Miremos para atrás y pensemos ¿quién es “nuestro Felipe”? ¿Quién fue el que, alguna vez, nos dijo: “Encontré al que siempre quise encontrar, encontré al que da sentido a mi vida, encontré al que dará sentido a mi vida”? ¿Quién fue? ¿Te animás a pensar quién fue y cómo fue ese día? ¿Te animás a pensar y a rezar por ese “Felipe” que te ayudó a que tu vida cambie, desde ese día, completamente? ¿Te pusiste a pensar qué sería de tu vida si no hubieras conocido a Jesús y si él alguna vez no te hubiese dicho: “Yo te vi, yo te vi antes que otros, yo te conozco más que todos”? ¿Te animás a llamar o a mandarle un mensaje a esa persona que para vos fue un apóstol y te acercó la gracia a tu vida? Qué lindo que pensemos en eso.

Qué lindo que hoy entre nosotros nos demos las gracias por ayudarnos mutuamente a ser “alcanzados” por Jesús, por el único que nos conoce verdaderamente, por el único que sabe cómo somos y lo que pensamos y lo que sentimos. Y para terminar, tenemos que animarnos a soñar con cosas más grandes todavía. Natanael se sorprendió porque Jesús lo conoció cuando lo vio debajo de la higuera. Sin embargo, le prometió que iba a ver cosas más grandes todavía. Cuando estamos con Jesús, nunca tenemos techo, siempre podemos más. Siempre podemos maravillarnos de lo que puede hacer su amor en nuestras vidas y en la de los demás. No podemos conformarnos con que nosotros conocimos a Jesús y él nos conoce, sino que, al contrario, ese conocimiento y ese amor que Jesús no da podemos transmitirlo a los demás. Veremos cosas más grandes todavía. Todavía tenemos tiempo para caminar y maravillarnos de lo que hace la fe en los corazones de aquellos que se dejan encontrar por Jesús.

XXI Domingo durante el año

XXI Domingo durante el año

By administrador on 22 agosto, 2021

Juan 6, 60-69

Después de escuchar la enseñanza de Jesús, muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?»

Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?

El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen». En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.

Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de Él y dejaron de acompañarlo.

Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?»

Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».

Palabra del Señor

Comentario

Terminamos de escuchar este domingo el discurso del Pan de Vida, ese discurso que Jesús había comenzado después de la multiplicación de los panes y del frustrado intento por hacerlo rey y en donde, termina presentándose como el alimento que da la Vida Eterna ante la sorpresa de muchos. Lo extraño de todo esto es que Jesús, se queda casi sólo habiendo estado rodeado de miles. Empezó dándole de comer a cinco mil hombres y se quedó finalmente con doce o no sabemos bien con cuantos, pero con pocos.

Podríamos preguntarnos: ¿Y el marketing de Jesús? Totalmente desaprobado. Se ve que no había estudiado esa materia o no le interesaba mucho que digamos. Al contrario, no afloja ante la realidad de que todos se alejen cuando lo que dice parece muy difícil o duro de escuchar. “¡Es muy duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?»” decían los mismos discípulos. Sería como decir: “No se entiende mucho. ¡No atrae! Mejor me voy”.

Pienso que Jesús podría contestar algo así: “¡Claro que no atrae! Yo les había dicho que nadie viene a Mí si mi Padre no lo atrae” La cuestión pasa por otro lado. Por eso es lindo seguir ese consejo de San Agustín: “¿No te sientes aún atraído? Reza para ser atraído”.

Ésta es la situación de Algo del Evangelio de hoy. Un Jesús que no teme quedarse solo por el hecho de que los demás no comprendan su lenguaje, no crean y murmuren de Él por haberse presentado como alimento del mundo. Jesús no le tiene miedo a eso, al contrario, cuestiona a los discípulos para que tomen una decisión, para que se jueguen por Él. Y, por otro lado, algunos discípulos murmuran y se van, y otros se quedan, dándose cuenta de que no hay otro mejor lugar donde ir que a Jesús. No todos reaccionaron de la misma manera, pero la realidad, es que fueron los menos los que decidieron seguirlo después de haber escuchado ese discurso, por eso, humanamente hablando, a Jesús no le fue muy bien.

¿Y nosotros? Ante la pregunta de Jesús: “¿También ustedes quieren irse?” ¿Qué vamos a hacer? ¿Murmurar? ¿Cuestionar? ¿Buscar comprender? ¿Irnos? Nos puede pasar, tarde o temprano, nos tiene que pasar. Tenemos que vivir esa crisis de la fe, ese cuestionamiento de preguntarnos sobre el por qué seguimos a Jesús o por lo menos, si queremos seguirlo realmente. Es necesario un sacudón cada tanto para darnos cuenta de ciertas cosas, para purificar nuestra mirada sobre Dios, para descubrir a que Dios seguimos o en que Dios creemos.

En realidad, no hay que buscar comprender demasiado, de manera clara y evidente. Lo más lindo es dejarse atraer para creer, porque nadie va a Jesús si el Padre no lo atrae. El camino natural es el de creer antes que comprender, o dicho de otro modo se comprende creyendo, confiando. El confiar nos abre el corazón a una dimensión nueva que nuestra inteligencia a veces se niega a explorar. Si no queremos creer, si no confiamos en las palabras de Jesús, por más que busquemos entender de mil modos, no entenderemos y tampoco creeremos.

Por eso es lindo terminar este día abriendo nuestro corazón y llenarnos de preguntas. ¿A quién vamos a ir si no vamos a Jesús? ¿Te preguntaste esto alguna vez? ¿A quién estamos yendo en este momento? ¿Para dónde va nuestro corazón que tantas veces anda buscando alimentos que no sacian? Esa es la gran pregunta que todos nos podemos hacer hoy. Queremos gritar y sentir con Pedro: “¡Señor, ¿A quién iremos, ¡¿Tú tienes palabras de Vida Eterna?!” Señor, no dejes que nos engañemos a nosotros mismos. Ninguna otra cosa en la tierra puede saciarnos completamente. Ningún otro amor, ninguna otra cosa disfrazada de felicidad pueden darnos tanta plenitud como la que brota de tu corazón enamorado del nuestro. ¿A dónde vamos a ir? O también podemos preguntarnos ¿Para qué vamos a tantas cosas que finalmente no dejan vacíos? ¿Por qué tantas veces nos alejamos de Jesús y no perdimos la oportunidad de estar con Él, de ir a Él?

Jesús, queremos decirte desde el corazón, confiados, como Pedro, casi sin pensarlo, pero llenos de certezas: “No queremos ir a ningún otro lado. No nos dejes caer en la tentación de buscar y escuchar palabras vacías. No nos importa que seamos pocos, que pocos te entiendan, que pocos crean o que muchos dejen de creer. Nosotros queremos creer, confiar y aceptar que sos nuestro verdadero alimento, y que para entrar en profunda comunión con la Vida que nos trajiste, debemos dejarnos enamorar por tu amor.

Fiesta de San Lorenzo

Fiesta de San Lorenzo

By administrador on 10 agosto, 2021

 

Juan 12, 24 – 26

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.

El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre».

Palabra del Señor

Comentario

Nunca nos olvidemos al leer la Palabra de Dios o al escucharla que ella es fruto de la inspiración del Espíritu Santo. Él fue el que hizo que quede escrita para siempre y él es quien hoy nos ayuda a comprenderla, a interpretarla. Él es el que la hace presente y la hace viva en la vida de cada creyente que la escucha con fe. Porque si no, la Palabra sería «letra muerta». Sin la presencia del Espíritu es letra muerta. Él es el artífice y el que obra interiormente para que, al escucharla, podamos comprenderla, asimilarla y, al comprenderla, podamos amarla y vivirla. Eso es lo que tenemos que lograr todos lentamente: amar la Palabra de Dios, amar lo que Dios nos dice por medio del Espíritu Santo.

Alguien me dijo, una vez: «Padre, no sabés la dependencia que me generó la Palabra de Dios». ¡Qué lindo es escuchar eso una y mil veces! ¡Qué lindo escuchar cuando nos empezamos a enamorar, nos empieza a atraer y empezamos a tener ganas de escuchar la Palabra de Dios! ¡Qué lindo que es tener «buenas» dependencias… depender del amor de Dios, que nos habla siempre! Por eso, volvamos a escucharla si es necesario y para eso tenemos el audio. Invoquemos al Espíritu Santo, que es el que nos va a ayudar a realmente poder vivirla.

La alegría de un buen hijo es la de escuchar a su padre y a su madre, que le enseña, que le habla, que lo instruye, que lo guía. Por lo menos es la alegría de los primeros años de vida; después, nos vamos rebelando un poco, es verdad. La alegría del que tiene fe es la de desear escuchar lo que su Padre del cielo quiere y desea. Por eso hoy, mientras vamos caminando hacia el trabajo, repitamos algunas palabras de hoy. Mientras estamos trabajando en casa, repitamos esas palabras que nos tocaron el corazón. Terminemos el día también y, como síntesis, repitamos esas palabras que nos dan alegría. Que nuestra alegría hoy sea esta: no olvidar las palabras de Dios que nos quiere decir y que nos dice al corazón.

Y en Algo del evangelio de hoy –en este día del mártir de san Lorenzo– en primer lugar, Jesús utiliza esta imagen tan linda de la semilla, tan sencilla y profunda. Por eso, hoy no hace falta agregar imágenes propias. Sería absurdo. En primer lugar, estas palabras de Jesús se refieren a él mismo. Él está anticipando lo que será su entrega en la cruz, su muerte y su resurrección: «Si el grano de trigo no muere, queda solo». Jesús quedó solo en la cruz, casi solo, pero hoy no está solo.

Si él no se hubiese entregado y no hubiese amado de la manera como nos amó, no hubiese transformado el mundo como lo transformó. Jesús no quedó solo. Esa aparente «derrota» en la cruz terminó siendo la victoria más grande de la historia por su resurrección, que dio mucho más fruto del que imaginamos. Él no tuvo apego a su vida y por eso la entregó por amor y, entregándola, les ganó la vida a muchísimos, a vos y a mí.

Entonces estas palabras que son de Jesús sobre sí mismo, por supuesto que también son para nosotros. También somos o debemos ser como «un grano de trigo». Tenemos que ser como este grano de trigo que muere y da fruto, que, si no caemos en la tierra y nos transformamos, quedamos solos. No dejamos nada en este mundo. Para nosotros, los cristianos, morir no es algo malo. Morir, en realidad, es transformarse. No me refiero a morir en cuanto a nuestra muerte natural, sino al morir cada día, a esa entrega cotidiana de nuestra vida en cada cosa que hacemos –así como san Lorenzo entregó su vida por Cristo–, morir para nosotros, morir a nuestro egoísmo para transformarnos en personas que amen, que se entreguen. Pero incluso la muerte natural también para nosotros no será la muerte, será transformación. Mueren en realidad los que no tienen fe, los que ven solo esta vida terrenal. Nuestros seres queridos que partieron de este mundo no están «muertos», porque Dios es un Dios de vivos. Tu madre, tu padre, tu hijo o tu hija que ya no están no podemos decir que «se llamaban», creo, sino que se llaman, se siguen llamando. Siguen siendo ellos.

Morir en la vida diaria, a veces, se trasforma en «callar» algo que queremos decir y era mejor no decirlo o decirlo distinto, como alguna crítica que queremos hacer, algún juicio, algún pensamiento. Morir es renunciar a nuestro egoísmo para servir a alguien. Morir es regalarle una mirada, una sonrisa, a ese pobre con el que te cruzás y que no tenías ganas de mirarlo o frenar y darle algo de tu amor, algo de lo que tenés. Morir es escuchar también a tu marido, a tu mujer, servir a tus hijos. Morir es dedicarle más tiempo a la oración, en vez de perderlo en tantas otras cosas.

Morir… tantas maneras de morir tenemos en nuestra vida. Pero acordémonos, no es algo malo. Morir es transformarse, morir es dar frutos y si no, nos quedamos solos. Nos encerramos en nosotros mismos y nos quedamos solos. Nos encerramos en nuestros planes y en nuestros proyectos y nos quedamos solos. Pero cuando nos entregamos, empezamos a ganar cosas, empezamos a ganar corazones de otras personas, se nos ensancha el corazón, «corremos el alambrado del campo», como se dice. Tenemos más horizonte.

Hoy intentemos morir un poco más a nosotros mismos. Y mejor no matar a nadie con nuestras actitudes. No matemos a nadie con nuestra mirada, con nuestros pensamientos, con nuestros prejuicios. No matemos a nadie, mejor transformémonos un poco nosotros y demos vida a los demás.