Book: Juan

Juan 10, 11-18 – IV Lunes de Pascua

Juan 10, 11-18 – IV Lunes de Pascua

By administrador on 4 mayo, 2020

 

Jesús dijo: “Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y la dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.

Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí –como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre– y doy mi vida por las ovejas.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.

El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre”.

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen lunes. Es necesario volver a escuchar una y mil veces, quién es el verdadero y único pastor de nuestras vidas, de nuestros corazones. Es necesario volver a recordar que, por más que nos “perdamos” en los tentadores campos de este mundo, que nos ofrecen otros pastos. Por más que escuchemos “otras voces” que nos puedan atraer momentáneamente, por más que otros nos “prometan” dar la vida por nosotros, en realidad, el único que hace todo eso que realmente deseamos, es Jesús. El único que nos conoce verdaderamente, el único que dio y da la vida por nosotros, es Jesús, el buen y verdadero Pastor.

Puede no decirnos mucho la imagen hoy en día del pastor que nos presenta la palabra de Dios de hoy. Puede que nos quede un poco lejana por el contexto en el que vivimos o porque jamás hayamos visto un pastor como los de antes, sin embargo, podemos hacer el esfuerzo de imaginar lo que significa la figura y presencia de un pastor en un rebaño.

Por eso ayer celebrábamos en toda la Iglesia, el día del Buen Pastor o también podríamos decir, del Verdadero Pastor, porque así también puede traducirse esa palabra. Por eso es un día en el que especialmente se rezaba por los que Jesús llama a seguirlo de una manera especial para ser pastores de su rebaño. Por eso tenemos que pedirle al Verdadero Pastor que siga llamando a hombres a representar con sus vidas, el único pastoreo que le corresponde a él.

Buenos pastores puede haber muchos, pero Verdadero, solo Jesús. Solo él nos conduce hacia los pastos tranquilos en donde nos alimentamos sana y abundantemente. Solo él sigue dando la vida por nosotros y nos sigue llamando por nuestro nombre para que no nos olvidemos de su voz.

¿Conocemos a nuestro pastor? ¿Reconocemos su voz que no se cansa de llamarnos? Él conoce a sus ovejas, te conoce a vos y mí. Nos conoce a todos. Nos mira, nos vigila, pero no para que nos asustemos, todo lo contrario, para que confiemos y no pensemos en los peligros de esta vida que a veces nos paralizan. Él siempre va a estar para cuidarnos, para darnos lo que necesitamos. El pastor está siempre, aunque no se lo vea. Ve, aunque no lo vean. Escucha, aunque no lo escuchen. Ama aunque no lo amen. Todo eso y mucho más, es nuestro buen Jesús.

La Iglesia necesita más pastores, pero más que nada, necesita pastores parecidos a Jesús. La Iglesia necesita pastores que “den la vida por las ovejas”, que tengan “olor a oveja” como decía el Papa Francisco, que vivan y cumplan aquello para lo cual fueron elegidos. La Iglesia necesita pastores como Jesús, pastores que “conozcan a sus ovejas”, pastores que llamen a las ovejas “por su nombre”, pastores que vayan “delante de ellas”, que hagan lo que dicen, que tengan una voz que sea conocida por las ovejas, pastores que “arrastren a las ovejas” al verdadero pastor, a Jesús, y no a ellos.

Este día, en Algo del Evangelio, volvemos a contemplar la figura, la imagen del Buen Pastor. Lo que él quiere: que seamos pastores como él. En eso tenemos que estar confiados. Pero, al mismo tiempo, tenemos que rezar con más fe. De alguna manera también depende de nosotros, como dice San Agustín: “Si existen buenas ovejas habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas salen los buenos pastores”.
En un día en el que  todos los sacerdotes tenemos que preguntarnos con sinceridad: ¿Damos la vida por las personas que Dios nos encomienda o somos funcionarios, asalariados? ¿Damos vida con nuestras actitudes? ¿Hacemos lo que prometimos alguna vez con entusiasmo antes de la ordenación? Todo sacerdote antes de la ordenación jura ante Dios poniendo la mano sobre la Palabra de Dios, entre otras cosas, lo siguiente: “En el ejercicio del ministerio que me ha sido confiado, en nombre de la Iglesia, conservaré íntegro el depósito de la fe, y lo trasmitiré y explicaré fielmente, evitando, por tanto, cualquier doctrina que le sea contraria”. No somos sacerdotes para nosotros, a nuestro modo, ni por nosotros. No predicamos nuestra palabra, sino su Palabra. No celebramos “nuestra Misa” sino la única Misa de la Iglesia, la Misa de Jesús en la que se entrega por nosotros, sacerdotes y fieles. No pastoreamos “nuestras ovejas” sino las de Jesús. No somos dueños de nadie, por eso debemos ayudar a que las ovejas sean libres para ir hacia Jesús, el único, verdadero y auténtico Pastor.

Que Jesús, el Verdadero Pastor, nos ayude a todos, especialmente a los sacerdotes, a ser verdaderos pastores de la Iglesia, capaces de dar la vida por Cristo y su Cuerpo, que es la Iglesia, sin escandalizar a nadie y dedicándonos a ser lo que tenemos que ser. Sacerdotes. Buenos pastores. Gracias Jesús por cada sacerdote que alguna vez llamaste a ser parecido a vos, a conformarse con tu corazón. Gracias Jesús por habernos llamado, por llamarme también.

Te pido que hoy reces por nosotros. Rezá por nosotros y por lo que vendrán. Rezá por aquellos que Jesús llamará algún día para que, de alguna manera, sean su imagen en este mundo tan ausente, con tantas ausencias de pastores y guías que nos lleven hacia el verdadero rebaño, que nos conduzcan hacia las fuentes tranquilas. Que nos lleven hacia los pastos verdes, hacia los manjares de Dios. Que nos contengan y que nos mantengan siempre en el único redil, que es el de Jesús.

Juan 10, 1-10 – IV Domingo de Pascua

Juan 10, 1-10 – IV Domingo de Pascua

By administrador on 3 mayo, 2020

 

Jesús dijo a los fariseos:

«Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino trepando por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a las suyas por su nombre y las hace salir. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz.»

Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.

Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que Yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.

Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.»

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen domingo. No sé si te acordarás de Johnny, ese niño sobre el que varias veces te hablé en algunos audios. Un niño que asistía a la catequesis de una de las capillas que pertenecen a mi parroquia. Es un niño muy especial que, por una cierta discapacidad, tiene también una percepción distinta de la realidad. La verdad es que lo extrañamos a Johnny porque hace rato que no lo podemos ver. Pero es un niño que siempre dice palabras especiales.

De hace tiempo que no participaba, en ese momento, y un día tuvo una de esas luces del corazón encendidas, que nos llenaron de alegría y de gozo. En general me interrumpía con buenas acotaciones durante el sermón, y últimamente casi siempre era yo el que lo hacía participar de alguna manera. Mientras intentaba explicar que la imagen del corral que utilizaba Jesús hoy se refiere a la Iglesia y que es Jesús el que nos hace entrar y salir y que, además, él es la puerta, otro niño, Uriel, aportó algo muy bueno: de que podemos entrar y salir para alimentarnos y que es Jesús el que nos alimenta. Aproveché esa situación para querer explicar que en la Iglesia Católica tenemos, por decir así, los mejores alimentos, sin desmerecer a nadie, pero tenemos manjares más grandes. Por pura gracia, no porque seamos mejores, sino porque tenemos lo que Jesús nos ha dejado. Por ejemplo, la Eucaristía, el manjar más exquisito en comparación con otras iglesias. En ese momento les pregunté a todos: ¿Cuál es el manjar más rico que tenemos en la Iglesia y que en otros lugares no tienen? ¿Cuál es? Alguien me respondió: la oración, otro, la palabra… hasta que por supuesto apareció Johnny que dijo muy suelto de cuerpo y tranquilo y seguro: “La Eucaristía” (esto que te anticipé). Y después, haciendo como un movimiento de cabeza, dijo “y eso es para dar gracias”. Todos nos quedamos mudos, en silencio, maravillados. Nos quedamos mudos por el remate de su respuesta. Impresionante. Le dije: “Johnny, impresionante lo tuyo, ya estás para dar el sermón. ¿Querés venir?” Y se paró nomás, sino lo frenaba, él se animaba a subir. Y lo más gracioso es que a la salida de misa, me dijo: “Sería un honor para mí hablar desde ahí, dar el sermón”. Qué grande Johnny. Cómo te extrañamos. La otra vez lo pude visitar, y anda bien, gracias a Dios.

¡Cuánto nos ayuda la simplicidad y espontaneidad de los niños! Este niño aún sin haber recibido la Comunión sabía perfectamente que Jesús es el mejor alimento que podemos esperar. Y Jesús en la Eucaristía, mucho más. Se dio cuenta que no es lo mismo “cualquier corral” ni la forma de entrar en él. Todos los niños se dieron cuenta. No es lo mismo entrar al corral saltando por el cerco como un ladrón, que entrar por la puerta. No es lo mismo. Cualquier niño se da cuenta que dejarse guiar por Jesús, el Buen Pastor, es mucho mejor que dejarse guiar por cualquiera. Jesús es pastor y puerta. Jesús es pastor. Es Pastor, las ovejas y el corral son suyas, de ningún otro pastor. Esto lo percibe naturalmente cualquier niño.

Sin embargo, los adultos podemos a llegar a escuchar y a decir cualquier barbaridad. Como, por ejemplo, “Al final todo es lo mismo”, “Dios es el mismo para todos”, “Da lo mismo cómo lleguemos a él”, “Todas las iglesias son iguales”. Ante semejantes afirmaciones uno se puede preguntar: ¿No sería mejor que volvamos a ser como niños? Algo del evangelio de hoy lo dice claramente: “Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir”. No terminamos de entender, incluso nosotros los adultos. No es lo mismo cualquier corral, no es lo mismo cualquier pastor, no es lo mismo entrar por la puerta o saltando, no es lo mismo. No es lo mismo alimentarse de cualquier pasto que de la Eucaristía.

Jesús nos dejó su Iglesia por algo y para algo. No puede ser lo mismo. No es lo mismo cualquier iglesia. No es lo mismo dejarse guiar por la Voz de Jesús en la Iglesia, que escuchar cualquier voz por ahí creyéndonos que es la de Jesús. Esto no es en contra de nadie, sino que es, de alguna manera, a favor nuestro. No es para criticar a nadie, sino es para valorar lo nuestro, la gracia que tenemos. Muchas veces los católicos por ser “abiertos” y que los demás no sientan que los menospreciamos – cosa que está muy bien – nos olvidamos de lo más nuestro, de los regalos que tenemos y, a veces, no aprovechamos. Y, mientras tanto, muchos nos atacan como si fuésemos los “malos de la película”. ¿No será tiempo de valorar que Jesús nos haya llevado a su corral y que nos conduzca hacia pastos verdes, y no por ser mejores, sino por amor? ¿No será tiempo de amar más lo nuestro sin despreciar lo ajeno, pero de amarlo y saber que, por ser lo que Jesús quiso, es lo mejor? ¿No será tiempo de saber que él quiere un rebaño y un solo pastor? Hubo y habrá muchos que entraron como asaltantes a la Iglesia y la quieren destruir, pero Jesús vino a traernos Vida, Vida en abundancia, y eso es muy distinto. Nada podrá destruir y matar ese deseo de Jesús, por más que haya malos pastores, por más que haya laicos que destruyen a sus pastores y pastores que destruyen a su rebaño. Nada impedirá que Jesús nos siga guiando a los mejores pastos que no se encuentran en cualquier lado… y eso, como decía Johnny, “es para dar gracias”. Y hoy, en este día de las vocaciones, recemos, recemos para que el Señor envíe más trabajadores para la cosecha.

Juan 6, 60-69 – III Sábado de Pascua

Juan 6, 60-69 – III Sábado de Pascua

By administrador on 2 mayo, 2020

 

Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: « ¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?»

Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: « ¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen.»

En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.

Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.»

Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo.

Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?»

Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios.»

Palabra del Señor

Comentario

Llegamos al final de esta semana, caminando como los discípulos de Emaús, por el camino de esta vida, a veces un poco tristes, sin comprender, a veces olvidándonos que Jesús está a nuestro lado, pero ahí andamos, caminando, hay que seguir caminando, no nos preocupemos Él siempre está, y tarde o temprano, si sabemos escuchar, lo reconoceremos al partir el pan. Llegamos al final de esta semana y en este sábado también, al final del discurso del Pan de Vida en el que Jesús después de ir redondeando el tema, por decirlo así, de presentarse como el Pan, como el alimento del mundo, finalmente terminó diciendo directamente, sin vueltas: “Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. Por eso no vamos a hacer resumen este día, sino vamos a aprovechar este evangelio tan profundo. Les aseguro, nos dice Jesús, que me quedaré con ustedes para siempre, hasta el fin de los tiempos. Me quedaré realmente para que puedan alimentarse de Mí, para que me encuentren resucitado en cada Misa, en cada sagrario, en cada lugar donde se adore la Eucaristía. Me quedaré especialmente ahí, pero para que también me encuentren en todos lados, en cada lugar donde haya amor, ahí estaré Yo. Estaré también en cada persona, estaré también en vos, en cada corazón que crea en Mí.

Después de oír a Jesús toda esta semana diciendo que Él es el pan de vida, diciendo que para dejar de tener hambre hay que alimentarse de Él, que para dejar de tener sed en esta vida hay que ir hacia Él, hay que creer en Él, también diciendo explícitamente, que hay que alimentarse de su cuerpo y de su sangre. ¿Qué pensás? ¿Qué pensamos? ¿Qué te sale decir? ¿Te sale decir lo que dijeron aquellos que no creyeron?  ¡Es duro este lenguaje! ¿Es imposible que esto sea así?, ¿será tan así lo de la Eucaristía?, o te sale decir lo de Pedro: “Señor, ¿a quién iremos, a dónde voy a ir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”.  Como cada sábado la propuesta es la de repasar algún evangelio de la semana que te haya parecido más significante, que te haya gustado más o bien meditar el de hoy, que de alguna manera es el cierre de toda la semana y ayuda comprender todo lo que venimos escuchando.

Después de oír a Jesús toda esta semana diciendo que Él es el pan de vida, diciendo que para dejar de tener hambre hay que alimentarse de Él, que para dejar de tener sed en esta vida hay que ir hacia Él, hay que creer en Él; también diciendo explícitamente que hay que alimentarse de su Cuerpo y de su Sangre, ¿qué pensás? ¿Qué te sale decir? Te sale decir lo que dijeron los que no creyeron ¿Es duro este lenguaje? o te sale decir lo de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? ¿A dónde voy a ir? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios.» ¿No te sale decir eso? Señor, ¿a dónde voy a ir ahora? Ante tantas propuestas de felicidad, ¿a dónde voy a ir?, si solamente vos me das la paz del corazón, vos solamente calmás mi sed, quiero decirte eso hoy Jesús, ¿a dónde voy a ir? Si solo vos tenés palabras de vida eterna, solamente vos das aquello que necesitás, solamente vos das aquello que necesitamos.

Escuchar a Jesús que dice sin ningún problema: «¿También ustedes quieren irse?» También nos tiene que llevar a nosotros a sincerarnos, como dijimos al comienzo de la semana, a purificar nuestra fe de todo lo que está a veces contaminada. ¿Creemos o no creemos en esto? ¿Creemos o no? No hay muchos caminos ante esto; o creer en sus palabras, creer en que Él quiso quedarse como alimento en cada Eucaristía, o no creer y pensar que es simbólico, pensar que no es para tanto, pensar que es una exageración, que es un invento de la Iglesia, incluso como algunos piensan.

Jesús no presiona a nadie, pero sí invita a que nos decidamos, que nos decidamos verdaderamente. «¿También ustedes quieren irse?» ¿Qué querés hacer? ¿Creer y seguir caminando? o dudar y quedarte quieto esperando más milagros. El continuo gran milagro de Jesús en esta tierra actualmente, es la Eucaristía. Es su presencia silenciosa en cada templo, en cada sagrario, en cada corazón que lo recibe. ¿Por qué esperamos algo más? ¿No será que nos falta fe y no lo reconocemos? Muchas veces me dicen: Padre, yo no voy a Misa, o no voy mucho a la Iglesia, pero tengo fe, sí es verdad, puede ser. Ahora… me pregunto: ¿Si realmente tuviéramos fe en que Jesús se quedó en la Eucaristía, o sea creemos en sus palabras y que está realmente ahí, no iríamos corriendo a estar con Él o a recibirlo? Seamos sinceros. A todos nos falta un poco de fe, nos falta purificar nuestra fe y poder decirle a Jesús con sinceridad: “Señor, ¿a quién iremos, a dónde voy a ir? Tú tienes palabras de Vida eterna.” Perdoná por las veces que me fui para otros lados, que no te busqué. Quiero creer, quiero sincerarme y decirte que no quiero ahora ir a otro lado, pero al mismo tiempo, necesito fuerza para seguir. Hay que pedir que Él nos lo conceda, no te olvides lo que nos dijo: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si mi Padre no se lo concede.»

Que estas palabras de hoy nos hagan arder el corazón, nos ayuden a darnos cuenta que Jesús, está siempre con nosotros, pero cada día nos quiere atraer más y más.

Juan 6, 52-59 – III Viernes de Pascua

Juan 6, 52-59 – III Viernes de Pascua

By administrador on 1 mayo, 2020

 

Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.

Palabra del Señor

Comentario

El camino de esta semana va llegando al final. Intentamos imaginarnos que éramos los discípulos de Emaús, de alguna manera, y andamos por el camino de la vida mientras Jesús nos acompaña. También, en el final del capítulo 6 de San Juan, el discurso del Pan de Vida, del que mañana verás cómo termina. Por ahora venía todo muy lindo, digamos así, todo tranquilo. Jesús atraía con sus palabras, presentándose como el alimento del mundo, para que el mundo tenga vida. A partir de ahora vamos a ver cómo reaccionan los que lo siguen, al escuchar que tienen que alimentarse de su Cuerpo y de Sangre. Literalmente.

Ayer te contaba lo que me decía un recién convertido: ¿Qué hago acá padre? ¡Qué hago viniendo a Misa, no sé qué hago acá? “Te dejaste atraer y viniste”, hubiese sido una buena respuesta para darle. Es un misterio, sabemos algo, pero no todo. Eso significa misterio. No es que no sabemos nada, sino que sabemos algo. Y eso es lindo, una libertad atraída por Dios. Algo así como lo que decía el profeta Jeremías: “Tú me has seducido, Señor, ¡y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido!”  Somos de alguna manera protagonistas de nuestra vida, pero no somos los actores principales, aunque a veces nos la creamos, nos olvidemos de esta verdad esencial. Si nos hemos acercado a Jesús es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo y porque, al mismo tiempo, nos hemos dejado seducir. Nadie es seducido si no se deja seducir y nadie se deja seducir si no hay alguien que lo seduce. Hay que dar gracias y alegrarse con esto.

La clave, digamos así, o la mayor dificultad, es dejarse seducir, dejarse atraer por él. No poner trabas, no poner peros, no poner siempre excusas, no pretender que él sea como nosotros queremos. Dejar que Dios sea Dios a su manera y nosotros aceptar que somos simples criaturas que perdemos el rumbo fácilmente y que lo mejor que podemos hacer, es escuchar.

Ayer no habíamos dicho nada, pero hoy ya es inevitable. Jesús lleva el discurso a un extremo, y no porque sea un extremista, sino porque su amor es tan grande, tan extremo que desarticula todo lo pensable, lo razonable. Veníamos escuchando que Jesús decía que él es el Pan y el Agua, que viene a calmar el hambre y la sed del hombre, que él es la respuesta a todos nuestros vacíos. Bueno, pero al final, lo que parecía simbólico en su discurso, una especie de metáfora o de comparación, se vuelve realidad: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.” Ya no es una forma de decir, una especie de imagen linda para admirarse. No, es mucho más que eso. Es la locura de las locuras. Jesús quiso quedarse realmente con su Cuerpo y su Sangre. Hay que creer para poder aceptarlo. Jesús es Pan, o sea Jesús es el alimento del hombre hambriento de amor. Jesús es Pan cuando nos habla en las palabras escritas. Jesús es alimento cuando lo escuchamos en la oración y disfrutamos de ese dialogo. Jesús sacia nuestra hambre cuando amamos a los otros hasta que duela. Jesús es verdadera comida del alma si tenemos los ojos del corazón abiertos a ver más allá de lo que vemos. Pero en donde Jesús es más alimento que nunca, en donde se cumple realmente estas palabras es en la Comunión de la Iglesia. Es en la Eucaristía. Es en la Misa en donde eligió quedarse plenamente. ¡Ay!, si los católicos creyéramos realmente esto. ¿No crees que nos desesperaríamos por ir a recibirlo, por alimentarnos de él?  ¡Ay!, si los sacerdotes creyéramos que tenemos a Jesús en las manos, ¿no crees que moriríamos de la emoción?

¡Ay! Señor, si creyéramos en tus palabras y que realmente estás presente en cada Eucaristía, qué distinto sería todo, Señor. Que creamos, Señor, danos siempre tu Cuerpo y tu Sangre, aunque a veces no podamos recibirlo. Pero danos siempre ese pan, para que tu amor se haga realidad en nuestra vida.

Mientras tanto… mientras no descubramos y nos abramos a esta verdad, vamos por el camino de la vida alimentándonos de Jesús, pero desaprovechando mucho. A veces cabizbajos y tristes, no descubriendo todo, porque si tuviéramos fe, una sola comunión bastaría para colmarnos eternamente. Mientras tanto… miles y miles de católicos, incluso nosotros, los sacerdotes, que decimos creer en Jesús, a veces nos alimentamos de otras cosas. Nos llenamos la panza con otras cosas y después se nos va el hambre de Jesús. Algo así como que antes de ir a un casamiento me agarre mucha hambre y me coma una hamburguesa por el camino, y después, al llegar, me pierda lo mejor de lo mejor. Algo así como entrar en un restaurante tipo “tenedor libre”, como se dice acá, y en vez de comer los mejores manjares que hay, terminemos comiendo comida chatarra y al terminar decir: “Bueno, pero no me hizo tan mal”, “Bueno, pero esto también suma” ¿Escuchaste alguna vez esta frase? Y así, hay miles de corazones que se pierden de Jesús, o lo buscan a su manera, alimentándose de “cositas” y perdiéndose el mejor plato. Lo que nos perdemos cuando pensamos así. No es que nos hace mal comer otras cosas, a veces, aunque el exceso sí, sino es más bien es lo que nos perdemos. ¡Lo que nos perdemos! Lo que te perdés, estará pensando Jesús. El que pueda entender que entienda.

Juan 6, 44-51 – III Jueves de Pascua

Juan 6, 44-51 – III Jueves de Pascua

By administrador on 30 abril, 2020

 

Jesús dijo a la gente:

«Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios.

Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.

Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.

Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»

Palabra del Señor

Comentario

Que lindo es pensar que algún día “nada nos turbará, porque realmente solo Dios nos basta y que la paciencia todo lo alcanza”. Qué lindo es pensar que estamos “hechos para Dios” y realmente poder sentirlo con todo nuestro ser, no solamente  decirlo. Qué lindo es saber que somos hijos y no como “mascotitas” de Dios, que siguen a su amo, pero no con verdadera libertad. Qué lindo sería que los cristianos pudiéramos anunciar un Dios-¨Padre de la libertad, un Dios de la libertad, de la alegría de seguirlo y de amarlo, un Dios que no encasilla, que no etiqueta, que no juzga, un Dios Padre que ama y nos busca. A veces me pregunto, sin echar culpas por el aire, qué nos pasó o que nos pasa a los católicos que no terminamos de “atraer” con nuestra vida a seguir con alegría a un Dios tan bueno. ¿Qué nos pasa? ¿Nos damos cuenta de lo lindo que es haber sido “atraídos” por el Padre?

Algo para pensar: Todos podemos creer en Jesús y sin embargo vivir alimentándonos de otras cosas, mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo, con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia y sin embargo creer mal, creer a nuestro modo, tener una falsa idea e imagen de Él. Estar caminado detrás de él no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. Podemos estar caminando detrás de alguien, pero estar mirando para otro lado. ¡Cuidado!. El que cree en serio, el que va caminando con y hacia Jesús, en la pureza de la fe, empieza a buscar  únicamente al “Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios”, vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es Jesús, el enviado del Padre para la salvación de todos.

Ahora… algo del evangelio de hoy nos ayuda a dar un paso más, la Palabra nos ayuda a dar un paso más que nos puede sorprender a simple vista: La voluntad del Padre es que creamos en su Hijo, en Jesús, pero nadie puede acercarse a Jesús, si Dios Padre no lo atrae, si de alguna manera no se experimenta una atracción interior y misteriosa. Esto explica porqué la Fe es realmente un don, un regalo, que puede ser aceptado o no. Pero es don que viene del cielo, y un don llegado al alma de cada uno de nosotros por la atracción que genera el Padre hacia Jesús. Sin olvidar jamás, que al mismo tiempo, la Fe es respuesta de los que aceptan esto, respuesta de la inteligencia y de la voluntad que creen, de la decisión de querer vivir según sus enseñanzas.

Siempre recuerdo la linda historia de Blanca, una mujer muy buena y sencilla que se acercó a la capilla donde me tocaba ayudar para empezar la catequesis con su hija. No estaba bautizada, pero iba a Misa y escuchaba con más emoción y atención la Palabra de Dios, que muchos de nosotros juntos. Lloraba mientras yo daba los sermones. La historia es larga, pero lo lindo fue que ella, sin saber nada de la fe, sin haber leído nunca el catecismo, terminó pidiendo el bautismo, terminó pidiendo recibir el don de la fe. En un año, tuve la dicha de bautizarla, darle la confirmación, a Jesús en la Eucaristía y el sacramento del matrimonio. Nunca me voy a olvidar de su rostro lleno de emoción. ¿Cómo es posible todo esto?

Juan 6, 35-40 – III Miércoles de Pascua

Juan 6, 35-40 – III Miércoles de Pascua

By administrador on 29 abril, 2020

 

Jesús dijo a la gente:

«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.

La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.

Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»

Palabra del Señor

Comentario

La vida es un camino. Los discípulos de Emaús iban por el camino. Volvían a un lugar donde ellos se sentían cómodos, seguros. Iban por el camino. Es ahí, en ese camino, donde Jesús se les aparece, aunque ellos no podían verlo. Algo impedía que sus ojos lo vieran. Y después, vuelven por otro camino, para anunciarles a sus amigos que Jesús estaba vivo. La vida es un camino. Si estamos quietos difícilmente Jesús se nos presentará. Si estamos quietos difícilmente descubriremos su presencia. Sin embargo, a veces tomamos caminos equivocados. A veces vamos por otros lados, y Jesús se las ingenia para aparecerse ahí y otra vez hacernos sentir su presencia. ¿Qué andamos hablando por el camino? ¿Qué estás hablando por el camino? Esa es una buena pregunta que nos podemos hacer relacionándolo con el Evangelio del Domingo.

Hay que trabajar para buscarlo, decíamos ayer y en Algo del Evangelio de hoy, podríamos retomar un poco esto y pensar: hay que trabajar por lo que vale la pena, hay que trabajar día a día para alcanzar el Pan del alma, el Pan del corazón que ayuda a no desfallecer por el camino de la vida.

Por eso no hay mejor manera de empezar este día dejando que Jesús nos diga a todos otra vez: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.» O decirle nosotros desde lo más profundo y con la mayor sinceridad posible: Jesús, quiero que seas Pan que me quite el hambre, agua que me quite la sed. Esa hambre y sed que muchas veces no me dejan en paz. «Señor, danos siempre de este pan.»

Es bueno que pensemos a qué se refiere la palabra de Dios, con el símbolo del alimento, representado por el pan. Se refiere a todo aquello que buscamos para saciar las necesidades básicas de cada día, pero, al mismo tiempo, representa las necesidades más profundas de nuestra vida. Somos cuerpo y espíritu, y no podemos aislar una cosa de la otra. No solo vivimos de pan material, de cosas, no solo vivimos para saciar nuestra hambre biológica, sino que para vivir necesitamos lo más esencial, que como decía el Principito (¿te acordás?) es invisible a los ojos, pero que es sensible al corazón. Sin amor no podemos vivir. Sin amar y sin ser amados desesperamos. El amor es el verdadero alimento y motor de la vida y la prueba más palpable de esto es que hay personas que tienen todo lo material y más para vivir, y sin embargo muchas veces viven insatisfechas. Y, por el contrario, hay personas que viven con lo justo y necesario, o incluso con menos de lo necesario y sin embargo, viven en plenitud espiritual o, por lo menos, no viven como eternos insatisfechos. Tengamos la cantidad que tengamos, de cosas materiales, la edad que tengamos, los afectos que tengamos, vivir volcados hacia afuera, como si lo interior no importara, como, por ejemplo, la comida, la bebida, los vicios, las adicciones, las obsesiones, la avaricia, -bueno, mezclé un poco ahí las cosas buenas con las malas- pero cada uno tiene que pensarlo. Si vivimos centrando la vida solo en nosotros y nuestros deseos personales, la superficialidad, muchas veces puede ser un síntoma que nos estamos alimentando mal, que estamos comiendo mucho pan material y poco pan espiritual, el pan del cielo.

Todos podemos creer en Jesús y, sin embargo, vivir alimentándonos de otras cosas mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia. Estar caminado detrás de él no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. ¡Cuidado! La eterna insatisfacción en la que vivimos muchas veces es como el termómetro de la mala alimentación de los que decimos creer, pero que todavía no les satisface creer. ¿No te pasó alguna vez? ¿No te pasa que aun estando con Jesús no terminás de estar feliz? Bueno. Hay que pensar qué nos pasa.

El que cree en serio, el que va caminando hacia Jesús y con Jesús, en la pureza de la fe, hacia ese buscar únicamente al “Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios”, vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es el mismo Jesús. Y ese Pan llega a nuestra vida por diferentes “proveedores”, digamos así. Llega del cielo, pero se hace algo humano y cotidiano. Se hace Palabra escrita día a día, para meditar, se hace hijo a quien ayudar y sostener, se hace marido y mujer a quien amar siempre, aun en el dolor, aun en las peores dificultades. Se hace pobre a quien socorrer y ayudar, se hace oración diaria a donde acudir, se hace trabajo cotidiano que dignifica, se hace Eucaristía y comunión en donde nos alimentamos realmente. Y lo más lindo de todo esto, es que es gratuito. Se nos da gratuitamente. Solo que nosotros ponemos trabas muchas veces y seguimos insistiendo en alimentarnos con alimentos baratos que no sacian, o que sacian, pero solo por un rato.

El que se alimenta de Jesús recibe estas palabras de consuelo y verdad: Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida Eterna y que yo lo resucite en el último día.» Qué lindo mensaje de Algo del Evangelio de hoy. Levantá la cabeza, levantá el corazón y volvé a mirar a Jesús que es tu alimento y el mío.

Juan 6, 30-35 – III Martes de Pascua

Juan 6, 30-35 – III Martes de Pascua

By administrador on 28 abril, 2020

 

La gente dijo a Jesús:

«¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo.»

Jesús respondió: «Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.»

Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»

Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»

Palabra del Señor

Comentario

«Señor, danos siempre de ese pan.» Señor que tengamos siempre ganas de alimentarnos de Vos, porque Vos sos el Pan de Vida, Vos sos el enviado del Padre para saciar nuestros “hambres” del corazón, nuestros vacíos interiores” Es lindo empezar nuestro momento de oración pidiendo, pidiendo lo mejor que podemos pedir. A veces me olvido, a veces nos olvidamos, de que escuchar la Palabra de cada día tiene que ser en realidad, un momento de oración. Debería ser un momento para disfrutar de la presencia de un Dios que está vivo y nos sostiene siempre, nos habla. Debería ser un momento de diálogo de corazón a corazón, sabiendo que, aunque a veces andemos con “el semblante triste” o bien eufóricos por cosas mundanas, Él siempre está caminando a nuestro lado sin que podamos reconocerlo por andar en la “nuestra”. Empecemos este día así, rezando, pidiendo. Si es necesario, con la ventaja que tiene el audio, de volver a empezar o escuchar cuántas veces queramos, volvé a poner “play”, volvé a apretar el dedo y escuchá otra vez el evangelio. ¿Lo escuchaste bien? ¿Te acordás algo de lo que acabás de escuchar? No te rías, porque muchas veces oímos y no escuchamos, “usamos” el oído que nos dio Dios, pero no ponemos en funcionamiento ni el corazón, ni el cerebro. Hacé este ejercicio.

Tanto esos discípulos que caminaban a Emaús y tenían a Jesús al lado sin darse cuenta, como esa multitud que buscaba hacer rey a Jesús por haberles “llenado” la panza… tantos unos como los otros, no “reconocen” a Jesús, no lo conocen. O esperan algo que en realidad Jesús no les quería dar. Los discípulos de Emaús esperaban un Mesías que los libre de la opresión romana: “Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel”. La multitud que se alimentó de semejante multiplicación de panes les encantó la idea de hacer rey a alguien que les dé de comer, en definitiva, que le “solucione” los problemas materiales. ¿Te parece raro esto? No es raro, es mucho más común de lo que imaginás. Esta idea de Dios está casi que, impregnada en el imaginario de tantos hombres, creyentes y no tanto; muy cristianos y no tanto. Esta es la idea que intenta aflorar cada día en nuestro corazón, que se resigna a aceptar a un Dios que siendo rico se hizo pobre, que siendo grande se hizo pequeño y que siendo fuerte se hizo débil. Es la idea-tentación que lucha por aniquilar a un Dios que nos dio tanta libertad para seguirlo, que nos asusta. “Somos hijos del rigor” decimos a veces. “Padre, me dicen a veces: Tenés que tenernos cortitos, tenés que ser más exigente, solo así funcionamos”. Es verdad, uno es débil y por ahí no soy buen pastor, pero me pregunto y te pregunto: ¿Jesús fue así? ¿Tuvo cortita a la gente? ¿Obligó a alguien a seguirlo? ¿Los amenazó con castigo a los que no lo quieran? Me parece que no. ¿Por qué nos gusta a veces que nos tengan cortitos o porqué somos hijos del rigor? Porque es más fácil ser esclavo que usar nuestra libertad para amar. No es fácil ser libre. Pero Dios nos hizo libres y solo vive una verdadera religiosidad aquel que opta por ser libre y seguir al Dios de la libertad.

Algo del evangelio de hoy, como el del domingo, nos confronta con nuestra dureza de entendimiento y de corazón. Nos confronta con el Dios verdadero que nos vino a mostrar Jesús, con el Dios en el que creemos o decimos creer. Podríamos preguntarnos sin miedo… ¿Cómo es el Jesús en el que creemos? ¿Qué tipo de pan le pido a Jesús para alimentarme? Los que se cruzaron todo el lago para volver a encontrase con Jesús, al escuchar que Jesús les iba a dar un pan que jamás les iba a dar hambre, le pidieron que “les dé siempre de ese pan”. ¿Sabían lo que pedían? Cuando los discípulos de Emaús le pidieron a ese “hombre” que se quede con ellos esa noche porque ya era tarde… ¿Sabían lo que pedían? Según el evangelio, no. No habían comprendido.

No está mal que pidamos cosas a Dios, no está mal que necesitemos cosas, es humano y necesario, pero lo que quiere enseñarnos Jesús es que veamos en esos pedidos, en esos deseos cotidianos, algo más grande, profundo y trascendente. Que lo busquemos a Él en las cosas que hacemos. Porque en realidad lo necesitamos a Él y no siempre nos damos cuenta. Teniéndolo a Él, tenemos todo, aunque aparentemente no tengamos nada. En cambio, si tenemos todo lo material o humano que creamos necesitar, pero no lo tenemos a Él, en realidad no tenemos casi nada. Nos falta mucho.

Juan 6, 16-21 – II Sábado de Pascua

Juan 6, 16-21 – II Sábado de Pascua

By administrador on 25 abril, 2020

 

Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaún, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento.

Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. Él les dijo: «Soy yo, no teman.»

Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban.

Palabra del Señor

Resumen II semana de Pascua

No nos olvidemos que en esta semana que nos regaló la Pascua, de alguna manera queríamos “volver a nacer” junto con Nicodemo. También decíamos que tenemos que ser felices, o aceptar esa bienaventuranza de Jesús de ser felices por creer sin ver.  Qué lindo que podamos terminar este tiempo, estos días, deseando volver a nacer por la fe. Porque el que cree puede volver a nacer. Siempre se puede volver a nacer en lo espiritual. Nunca pensemos que estamos “muertos” totalmente. Nunca pensemos que, aunque tengamos muchos años o estemos enfermos o nuestro cuerpo no pueda más; no pensemos que no se puede volver a nacer. No pensemos que no podemos volver a ser felices, si ni siquiera la fe nos da felicidad, porque por ahí no estamos teniendo una fe pura y verdadera.

Todos nosotros podemos volver a renacer de lo alto, podemos creer más, tener más vida y ser más felices. Hay que volver a maravillarse siempre, una vez más, de que Dios nos haya amado tanto, nos haya amado primero y nos haya enviado a su Hijo para enseñarnos a vivir como hijos amados por él para perdonarnos los pecados y ayudarnos a dejar el pecado que nos sigue atormentando tantas veces.

Hoy también, como hicimos en la semana, intentemos hablarle a Jesús como lo que es: como nuestro Salvador, nuestro hermano mayor; aquel que vino a darnos vida y no a condenarnos, aquel que nos vino a dar luz para poder ver bien. Todo lo que pidamos en su Nombre al Padre; él nos lo concederá. Pidamos creer en esto, pidamos creer en él. Pidamos renacer una vez más. Pidamos seguir creyendo mientras caminamos para que la vida no se haga tan pesada, para que la muerte no apague el sentido de nuestra vida, para que el sufrimiento no sea la última palabra, para que el amor sea el motor de cada cosa que hacemos, para que Jesús sea el centro de nuestra vida y así poder animar al triste y consolar al afligido, para seguir amando, aunque a veces nos cansemos…

Y el jueves nos preguntábamos si nos damos cuenta porqué es tan importante escuchar oír hablar a Jesús y oír hablar de Jesús. ¿Nos damos cuenta de por qué creer en Jesús nos hace veraces, de por qué creer en sus palabras nos da Vida Eterna? Porque no hay otra palabra de Dios Padre para nosotros que no sea una palabra de amor, de verdad, de consuelo, de ánimo, de corrección, de perdón, de reproche cariñoso. Todo para nuestro bien Todo para andar en la verdad y para amar.

Por eso no nos cansemos de escuchar. No nos cansemos de oír. Si escuchamos con constancia la Palabra de Dios, cuando menos nos demos cuenta, tendremos más Vida. No nos cansemos de escuchar –decíamos muchas veces esta semana–; porque es feliz el que cree sin haber visto, el que sigue insistiendo, el que sigue escuchando. Y la fe nos viene por los oídos.

Nuestro Pan del alma –decíamos también ayer– nuestro Pan que alimenta el espíritu no puede ser sino el mismo Dios, porque nada nos puede saciar sino solo Dios. Somos “insaciables” solo nos sacia lo superabundante y eso solo puede venir de Dios.

¿Y dónde encontramos a Dios? En Jesús. Inevitablemente tenemos que ir hacia él, porque él es el enviado del Padre para que creamos. Él es el Pan del mundo, el alimento que nos da la Vida eterna, el alimento de todos los hambrientos.

Ahora… ¿cómo podemos alimentarnos de Jesús? Viviendo de tal manera que él mismo se convierta en nuestro verdadero Pan, aceptando y creyendo estas palabras, meditando todos los días la Palabra de Dios, viviéndola, haciéndola carne, amando en nuestro metro cuadrado cotidiano, encontrando lo grande en lo sencillo. Y hoy, en Algo del Evangelio vemos que Jesús camina por las aguas. Y les muestra a sus discípulos que él tiene el poder, que él es el rey del universo, que él tiene poder incluso con la naturaleza. Él es el dueño, porque por medio de él fueron hechas todas las cosas. Sin embargo, ellos tuvieron miedo. Ellos temieron porque no sabían bien quién era, y es ahí donde Jesús les dice “Soy yo, no teman”.

Qué lindo que es terminar estos días escuchando esas palabras de Jesús “No temas”. ¿Por qué temes? ¿Por qué le tienes tanto miedo a las cosas? ¿No te das cuenta de que yo soy el dueño de tu vida, no te das cuenta de que la barca tocará tierra rápidamente y te llevará a donde yo quiero? ¿No te das cuenta de que yo te amo, y que, aunque a veces parece de noche yo estoy siempre, y, en el fondo, soy yo el que maneja el timón de la barca de la Iglesia, de la barca de tu vida?

Que las palabras del Evangelio de hoy nos ayuden a terminar en paz, habiendo disfrutado estos días de su Palabra, habiendo disfrutado de tantas palabras de Dios que quisieron llegarnos al corazón.

Juan 6, 1-15 – II Viernes de Pascua

Juan 6, 1-15 – II Viernes de Pascua

By administrador on 24 abril, 2020

 

Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan.»

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»

Jesús le respondió: «Háganlos sentar.»

Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada.»

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.

Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo.»

Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.

Palabra del Señor

Comentario

“Feliz el que cree sin haber visto” Feliz el que acepta que Dios está siempre, aunque no lo pueda ver con sus ojos. Feliz el que se afirma en esas veces que, de alguna manera lo experimentó y no dudó. Y no añora el pasado si no que aprende a vivir el presente. Feliz el que escucha y no se cansa de escuchar. Porque el escuchar es una prueba clara de estar intentando creer, de caminar creyendo, intentando aceptar lo que vivimos, sin ver, sin pretender pruebas científicas de todo. No todo se comprueba con experimentos, sino que hay muchas cosas que el corazón sabe comprobarlas, sabe aceptarlas, sabe recibirlas, sabe madurarlas. Por eso es feliz no el que no busca respuestas, sino el que, de alguna manera, ya las encontró y aprende a aceptar eso que tiene, como un niño en brazos de su madre, no pretendiendo nada más que eso. Felices los que creemos sin ver. Vos y yo estamos en ese grupo. ¿Estamos en ese grupo? ¿Sos de los que creen sin ver?

Terminando la semana, mientras hacés cosas de la casa, seguramente, te propongo algunas preguntas que tienen que ver con Algo del Evangelio de hoy. Sabemos por los diferentes evangelios y relatos, especialmente en el Evangelio de Juan, que Jesús multiplica los panes como signo de algo más y que más allá de los detalles de uno y otro relato, no solo quisieron mostrar y dejar escrito que Jesús hizo semejante milagro y que cómo Dios hecho hombre podía hacer eso y mucho más, sino que Jesús quiere ser Pan para la vida del mundo y no rey al estilo de este mundo como se ve claramente en el relato de hoy. Es muy clara la Palabra de Dios. Es muy clara. No podemos olvidar esta parte: “Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña” “Otra vez”, se ve que ya se había retirado muchas veces. No somos nosotros los que hacemos rey a Dios, sino que Dios es rey antes que nosotros existiéramos y Dios es rey que se entrega y quiere ser alimento de un hombre que no se da cuenta y que busca saciarse con muchas cosas que no son Dios. Este es el trasfondo profundo del evangelio de hoy. Porque claramente se ve eso. Que, ante semejante milagro, ante la sorpresa, lo primero que intentaron esos hombres fue hacerlo rey. Claro. Convenía mucho un rey que les diera de comer a todos gratis. Eso es lo que, de alguna manera también nos pasa a nosotros. Sin darnos cuenta, pretendemos que Dios sea el que nos de lo que pretendemos, lo que queremos. El que sacie nuestra hambre de cosas materiales y no el que sacie el hambre espiritual que tenemos, el hambre de amor. El hombre tiene hambre de algo más, necesita algo más.

No necesita solo pan de harina o cebada. No necesita solo casa, auto, salud y vacaciones. Necesitamos algo más. ¿Qué necesitamos? Eso es bueno preguntarse. Aunque tengas todo lo que crees necesitar, algún día te darás cuenta que necesitás algo más grande, algo que vos mismo no podés darte a vos mismo. Es tan grande lo que necesitamos que nosotros no podemos crearlo para nosotros, solo podemos recibirlo como un don. Casi que no hace falta que te lo diga, pero sí lo tengo que decir. Nuestro pan del alma, del espíritu no puede ser otra cosa que Dios mismo. Somos, de algún modo, insaciables. Porque necesitamos siempre más. Solo nos sacia lo abundante y lo superabundante solo puede ser Dios mismo, Jesús. ¿Pero Dios dónde está? ¿Cómo me sacio de Dios? Desde que Jesús vino al mundo, desde que el Padre envió a su Hijo para que creamos, él es el Pan del mundo, el alimento de todos los hambrientos, de tu hambre y del mío. Ahora… ¿cómo podemos alimentarnos de este Dios hecho hombre, de Jesús, vivir de tal manera que Él mismo se convierta en nuestro pan? Aceptando y creyendo lo que venimos meditando en estos días, escuchando la Palabra de cada día, viviéndola, haciéndola carne, amando en el metro cuadrado donde nos toca, en lo cotidiano, encontrando lo grande en lo sencillo.

Aceptando ser perdonado y perdonando. Creyendo que Jesús está en cada Eucaristía y deseando recibirla con amor. Dándote cuenta de que vos también podés hacer algo por el hambre del mundo, mostrándoles a los demás que lo único que sacia el corazón del hombre, es Jesús. Es por eso por lo que Jesús desea nuestro aporte en este milagro. Quiere que seamos parte, porque solo a través de nosotros puede llegar el amor de Dios a alguien que necesita amor. Solamente a través del amor de un hombre Jesús puede demostrarle a otro que es amado.

Juan 3, 31-36 – II Jueves de Pascua

Juan 3, 31-36 – II Jueves de Pascua

By administrador on 23 abril, 2020

 

El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.

El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Palabra del Señor

Comentario

Felices los que creen sin haber visto. Felices los que todavía confían en que Jesús resucitado está entre nosotros, aunque a veces no tengamos las pruebas que pretendemos. Felices los que creen que esas llagas fueron el motivo de la sanación y que las llagas y las heridas de nuestra vida también son causas de sanación para nosotros y para los demás. Felices los que creemos que creer nos hace felices.

Me animo a volver a decirte una vez y otra vez, y a mí también: “No te canses de escuchar, no te canses de volver a empezar, no te canses de escuchar la Palabra de Dios, que es escuchar a Dios mismo. Si te cansaste de los audios, por lo menos escuchá el Evangelio. Es lo mínimo que te pido”. Escuchá la Palabra de Dios. Sólo el que escucha siempre es capaz de volver a levantarse, de volver a empezar, de volver a creer y de darse cuenta de que la fe alegra el corazón. La fe entra por los oídos. Casi sin querer me pasó algo muy lindo pensando en qué decir en el audio de hoy. Hoy tenía ganas de comentar algo sobre la necesidad que tenemos de escuchar para creer, quería seguir con el tema de la fe, algo bastante obvio, pero que siempre hay que volver a repetir, y me acordé de que San Pablo habla algo sobre esto en alguna de sus cartas. Busqué mi Biblia, esa que quiero tanto y que me acompaña desde que me decidí seguir a Cristo más de cerca, y la abrí con la intención de encontrar en alguna carta de San Pablo lo que recordaba remotamente, pero con pocas esperanzas porque no me acordaba bien en dónde estaría. Providencialmente abrí en la Carta a los Romanos en el capítulo 10, 14 donde dice: “Pero ¿cómo invocarlo sin creer en él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán, sino se los envía?” Una maravilla, todavía estoy impresionado de cómo suceden a veces las cosas. Todo lo que deseo que pase día a día con estos audios se sintetiza en esta frase. Todo lo que desea el Padre que nos pase a cada uno de nosotros se explica en estas palabras de San Pablo.

Para invocar a Jesús tenemos que creer en él, para creer en él tenemos que escuchar, para escuchar sobre él, alguien tiene que hablar sobre él y para hablar sobre Jesús alguien tiene que haber sido enviado a cumplir esa misión.

Jesús es el enviado desde el cielo por el Padre. Enviado desde la eternidad para hablarnos de su Padre, el tuyo y el mío. Te diría que una de las misiones más importantes de Jesús es mostrarnos el verdadero rostro de Dios que es Padre, Padre con todas las letras y con letras mayúsculas, Padre en serio, infinitamente más Padre de todo lo que te podés imaginar. Así lo dice el Algo del Evangelio de hoy: El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. Es necesario comprender esto para que nuestra fe sea más plena. No es cuestión de creer cualquier cosa, hay que creer lo que Dios quiere que creamos. Hay que usar bien la palabra fe. Dios Padre envió a su Hijo para que diga sus palabras, para que hable en su nombre gracias a que los dos tienen un mismo Espíritu. El Padre puso todo en las manos de su Hijo y todo lo que escuchamos decir de Jesús es lo que dice el Padre.

Por eso oír hablar a Jesús es oír hablar al Padre y oír hablar de Jesús es oír hablar del Padre y por eso alguien tiene que predicar esto, alguien tiene que hablar de las palabras de Jesús, para que escuchándolo a él a todos los hombres puedan escuchar lo que el Padre del Cielo nos quiere decir: Los perdono, tengo misericordia de cada uno, quiero darles un abrazo de perdón, vuelvan a mí.

¿Te das cuenta porqué es tan importante escuchar, oír hablar a Jesús y oír hablar de Jesús? ¿Te das cuenta de porqué creer en Jesús nos hace veraces, de porqué creer en sus palabras nos da Vida Eterna? Porque no hay otra palabra de Dios Padre para nosotros que no sea una palabra de amor, de verdad, de consuelo, de ánimo, de corrección, de perdón, de reproche cariñoso. Todo para nuestro bien, todo para andar en la verdad y para amar.

No nos cansemos de escuchar, no te canses de escuchar. No te canses de oír la palabra de Dios. Si escuchás con constancia, cuando menos te des cuenta vas a tener más Vida. Vida con mayúscula, vida que no muere, aunque ande rondando la muerte. Vida que no se acaba, aunque las cosas se acaben. Por favor, no te canses de escuchar y no te canses de predicar. Todos somos enviados también a hablar de Jesús. No me canso de escuchar testimonios de personas que escucharon con sinceridad y con constancia la Palabra de Dios. No me canso de leer los testimonios que nos dejan en nuestra página contando lo bien que les ha hecho escuchar la Palabra de Dios. No te canses de ser Apóstol de Jesús y de enviar la Palabra de Dios a otros para que se den cuenta que no hay nada más lindo que, día a día, escuchar lo que Dios nos quiere decir.