Book: Juan

Fiesta de San Matías

Fiesta de San Matías

By administrador on 14 mayo, 2022

Juan 15, 9-17

Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.

Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.

No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá.

Lo que yo les mando es que se amen los unos a los otros.

Palabra del Señor

Comentario

La alegría de escuchar la Palabra de Dios cada día debería ser como ese sustrato, esa tierra fértil que permite que la Palabra de Dios finalmente dé fruto. Si no escuchamos con alegría, con deseos lo que el Señor quiere decirnos cada día, finalmente la Palabra de Dios termina siendo semilla que cae en tierra que no da fruto. Por eso, una vez más abrí el corazón, llénate de alegría por poder escuchar al Señor. Mucha gente no lo puede hacer, pero mucha gente sí lo está haciendo al mismo tiempo. Cuando perdemos la mirada, cuando perdemos el foco de saber que somos unos privilegiados al escuchar la Palabra de Dios, podemos caer en el pesimismo, en la falta de ánimo, en el desgano. ¡Alégrate, alégrate de que estás escuchando la Palabra de Dios! ¡Alégrate de que podés también transmitirla a alguien!

En estos días, alguien me dijo: «Padre, yo envío la Palabra de Dios a cinco mil personas». Casi me caigo sentado. «¿Cómo cinco mil personas?». «Sí, a treinta grupos de WhatsApp». Bueno, es una maravilla imaginar lo que podemos lograr si nos transformamos en instrumento de Dios. Hay que enviar, hay que preguntar también, si el otro quiere recibir, pero también hay que enviar y probar. Son muchísimas las personas que me cuentan también que se dan cuenta que desean la Palabra de Dios cuando por ahí se olvidan a la mañana o por ahí tardan un poquito, y las personas les dicen: «Te olvidaste, te olvidaste de mandarme el audio». Bueno, ahí se nota cómo hay tanta sed del Señor. Por eso, si querés seguir colaborando con nosotros para difundir la Palabra de Dios, no te olvides que tenemos una página web (www.algodelevangelio.org), donde podés ver los modos de recibir la Palabra de Dios, bajándote que la aplicación que tenemos para dispositivos Android, también bajándote la aplicación de Telegram y meterte en nuestro grupo @algodelevangelio y en recibirla por WhatsApp. ¡No le aflojes!, seguí ayudándonos a que la Palabra de Dios toque el corazón y llene de alegría a tantas personas.

San Matías fue el último de los apóstoles, el elegido para reemplazar a Judas, el traidor, que después de muerto dejó su lugar vacío, por decirlo así. Se tuvo que completar el número de los Doce, que era necesario que sean doce. Y creo que siempre la fiesta de un apóstol nos ayuda para refrescar en nosotros esta verdad fundamental que no podemos olvidar y es con lo único que quiero que nos quedemos de Algo del Evangelio de hoy: no somos nosotros los que elegimos al Señor, sino que él nos eligió a nosotros. Así lo dice hoy claramente, le dice a todos sus discípulos en la última cena y a todos nosotros hoy, a vos y a mí: «No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes». No podemos olvidar jamás esto, porque cuando olvidamos esto, somos nosotros los que nos ponemos por delante de él, sin darnos cuenta.

Cuando nos olvidamos de esta verdad, en vez de seguir nosotros al Señor, sin querer nos seguimos a nosotros mismos o seguimos a otras personas o pretendemos que los demás nos sigan a nosotros; o incluso peor, pretendemos que Dios nos siga a nuestro propio ritmo. Y en esto caemos cuando, en el fondo, nos dejamos llevar por el activismo en nuestras cosas de cada día.

Cuando caemos en el hacer por el hacer cosas –incluso por el Señor–, cuando nos olvidamos de escucharlo, y entonces olvidamos esta verdad: es él quien nos eligió a nosotros y por eso, por habernos elegido, él nos da la capacidad de dar frutos, y que esos frutos sean duraderos. Cuando nos desprendemos de esta verdad, cuando caemos en el personalismo, en el «yoísmo», diríamos, en pensar que somos nosotros los autores de nuestra salvación y de la salvación de los demás, es cuando cometemos este error y no damos frutos o nuestros frutos no son duraderos. Todos nuestros cansancios y a veces en el servicio tanto de la Iglesia como de las cosas que elegimos para dar a los demás, tienen que ver con esto de olvidarnos. Nos desgajamos de esta gran verdad.

Si frenamos hoy para ir terminando el tiempo pascual, nos serenamos y volvemos a escuchar de Jesús que nos dice: «No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes», eso seguramente nos dará serenidad y paz, nos va a poner en el lugar donde nos tenemos que poner y nos va a hacer a acordar que él nos eligió a nosotros, ese mismo –el que dio la vida por cada uno de nosotros– y, al mismo tiempo, por eso nos pide que nos amemos los unos a los otros, como él nos amó.

Matías fue elegido así por puro amor, por pura gratuidad. Nosotros también en nuestro bautismo fuimos elegidos gratuitamente sin que nos pregunten, recibimos la fe como don, recibimos el conocer a Jesús gracias a nuestra familia, a tantas situaciones que se nos fueron presentando en la vida. No desaprovechemos esta oportunidad, porque conocer a Jesús da todo y no quita nada, seguirlo da todo y no quita nada. Aunque muchas veces nos cueste, aunque cueste sudor y lágrimas, siempre es mejor seguir a Jesús que andar perdido en este mundo o caminar a la deriva pensando que somos nosotros los artífices de nuestra felicidad.

Demos gracias al Señor porque nos eligió, como a Matías, demos gracias porque nos dio la fe, demos gracias porque nos dio la vida y porque la dio por nosotros, y pidámosle que complete en nosotros la obra que él mismo comenzó.

IV Viernes de Pascua

IV Viernes de Pascua

By administrador on 13 mayo, 2022

Juan 14, 1-6

Jesús dijo a sus discípulos:

«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy.»

Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?»

Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí.»

Palabra del Señor

Comentario

Sin saber de qué les estaba hablando, Tomás hizo la pregunta que muchos quisieran poder hacer y que muchos hubiesen querido encontrar la respuesta. ¿Cuál es el camino? ¿Cómo conocerlo? ¿Cómo saber cuál es el camino para cada uno?

Bueno, Jesús responde mostrando no solo cuál es el camino, sino cual es la verdad y qué es la vida. Todo lo que el hombre quiere saber en una sola respuesta. Todo lo que el hombre necesita en una sola Persona.

El camino no es un lugar, la verdad no es una idea y la Vida no es la tuya o la mía.

El camino empieza y no termina, la verdad nunca termina de aprenderse y la vida nunca termina de vivirse.

Por eso Jesús nos anima a no inquietarnos, a tener fe en el Padre y en Él. Como lo venimos viendo en todos estos días. Creer en Jesús nos inserta en un camino nuevo, nos muestra una verdad que no deja de ser un misterio y nos da una vida diferente. Creer en Jesús fijate si no te ayudó a que tu vida cambie de rumbo, a que tu vida encuentra una verdad diferente, a que descubras verdades que ante son veías, a que tengas mas vida que antes.

Fijate si desde que crees en Jesús no empezaste a caminar como quien no quiere detenerse nunca, como quien sabe que pase lo que pase nada lo puede frenar, como quien sabe que a pesar de la caída siempre puede levantarse una y otra vez, como quien sabe que ese camino siempre va a terminar bien, el final siempre va a ser el mejor. Pensá que sería de tu vida si no fuera porque tenés fe, algo de fe, no importa cuánto, sino por lo menos un poco de fe. Pensá que sería de tu familia sin el sostén de saber que tenemos un camino, una verdad y una vida que no se terminan jamás. Pensá y rezá con esto. Tenemos un camino seguro y firme, tenemos una verdad que no engaña jamás y tenemos una vida que da vida todo lo que toca y rodea. Todo esto es una Persona, todo lo que necesitamos está en una Persona que vino a enseñarnos un Camino, a darnos su Verdad y a darnos una Vida eterna.

¿Qué más podemos pedir? Lo tenemos todo. Estando con Jesús vamos caminando en el mejor camino, porque Él es el Camino. Estando con Él nunca podemos salirnos del camino por Él es el que nos lleva. Estando con Él por más que nos cansemos y no tengamos ganas de seguir siempre tendremos una mano que nos levantará.

Estando con Jesús aprendemos la verdad de la vida, que no es un conjunto de enseñanzas sino que es su propia vida, su amor, su entrega hacia nosotros. Estando con Él aprendemos a vivir mejor porque todo lo que hizo Él es verdad que ilumina nuestros pasos. Estando en su camino y viviendo su verdad, toda la vida es distinta porque dan ganas de vivir y dan ganas de vivir para siempre, pero no solo esta vida que es pasajera, sino la vida que vendrá que será mucho mejor. Estando con Él la vida de los demás, la de los que más queremos jamás nos parecerá que terminará porque sabemos que pase lo que pase Él tiene habitaciones reservadas para cada uno de los que están en el camino con Él. Por más que algunos de los que amamos ya no estén con nosotros, si conocemos el Camino, la Verdad y la Vida.

IV Jueves de Pascua

IV Jueves de Pascua

By administrador on 12 mayo, 2022

Juan 13, 16-20

Después de haber lavado los pies a los discípulos, Jesús les dijo:

«Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.

No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí.

Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.

Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió.»

Palabra del Señor

Comentario

Dios quiera que hoy tengamos un buen día, un día en el que podamos descubrir a Dios en todas las cosas y que todas las cosas nos hablen de Él. Y para eso es necesario empezar el día escuchando lo mejor que podemos escuchar, la música que hace bien a los oídos del corazón, la música de la Palabra de Dios.

Retomando algo de lo de ayer: ¡Si tomáramos dimensión de que al escuchar a Jesús estamos escuchando al Padre, que distinto sería, por ejemplo, nuestra relación con Él, o nuestra manera de rezar! Muchas veces no sabemos rezar porque no sabemos escuchar. No sabemos detenernos y frenar un poco. En realidad, no sabemos con quién estamos hablando y tomar conciencia de que estamos hablando con el Padre, nos ayuda a rezar con el corazón.

Preguntando también se aprende: ¿A quién escuchamos cuando escuchamos a los demás? ¿A quién escuchamos cuando escuchamos a Jesús? ¿A quién recibimos cuando recibimos a los demás? ¿A quién recibimos cuando recibimos a Jesús? Escuchar a los demás con amor es escuchar a Jesús en los otros y escuchando a Jesús en los otros escuchamos al Padre. Escuchar es recibir y recibir es servir. Esta es un poco la lógica del evangelio de hoy continuando con la de ayer.

Un poco hablando vulgarmente es como una especie de cadena de favores. El Padre que envía a su Hijo para servirnos, para lavarnos los pies, para amarnos y dar su vida por nosotros y nosotros, que si nos dejamos servir por Jesús tenemos que experimentar que es Dios Padre quien nos sirve y al mismo tiempo, eso nos tiene que mover y ayudar a poder hacer lo mismo con los demás, porque “el servidor no es más grande que su señor”.

La lógica de Dios invierte la lógica del hombre que piensa que, por ser más grande, por estar más acomodado, por estar en un nivel de poder más alto, puede llegar a pensar que los demás tienen que servirlo, o que tiene algún derecho sobre los otros. Casi que naturalmente pensamos que a medida que crecemos tenemos que ser servidos. Y por eso un jefe a veces se cree que tiene derecho a ser servido por sus empleados, y por eso a veces un sacerdote no entiende esta parte del evangelio y pretende que su pueblo y los fieles deben rendirse a sus pies, y por eso un padre de familia puede confundirse y pensar que sus hijos son para servirlo. Nada de esto está en el mensaje de Jesús, porque nada de esto hizo Jesús. Todo lo contrario. Jesús vino a servir siendo el más grande. Jesús vino a lavar los pies siendo el maestro. Jesús vino a perdonar siendo que no tenía pecado. Jesús vino a morir siendo el inmortal. Seguro que a medida que escuchás esto que voy diciendo pensás interiormente: “esto ya lo sé, esto ya lo escuché muchas veces”. Bueno… pero con saberlo no alcanza, sino escuchemos a Jesús otra vez: Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.

No somos felices por saber cosas buenas, no somos felices por acumular sabiduría para nuestro orgullo y regocijo; no somos felices por aprender nuestra fe y saber explicarla; nos seremos felices por tener muchos títulos; no seremos felices por ganar un premio nobel; sino que seremos felices si descubrimos que la felicidad está en practicar concretamente y cada día, lo que Jesús hizo concretamente por nosotros y lo que hace cada día por nosotros. Jesús sigue lavándonos los pies, sigue sirviendo al hombre, sigue sirviéndote a vos, a mí, y a fuerza de amarnos y servirnos nos quiere despertar la conciencia para que de una vez por todas nos demos cuenta que “tenemos que devolverle el favor, el amor” amando y sirviendo a los demás. Hoy, sin esperar, sin soñar grandes cosas, en donde te toque, ahora, en tu familia, en tu trabajo, en tu vida concreta.

IV Miércoles de Pascua

IV Miércoles de Pascua

By administrador on 11 mayo, 2022

Juan 12, 44-50

Jesús exclamó:

«El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.

Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo.
El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó.»

Palabra del Señor

Comentario

“El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.” Es interesante volver a escuchar estas palabras de Jesús y pensar qué es lo que nos quiere decir. Es interesante porque ni siquiera Jesús se pone como centro así mismo.  Jesús quiere que creamos en él, que confiemos en él, pero para que creamos en el Padre, para que confiemos en que Dios es Padre. Él es el enviado del Padre, con sus palabras y su vida nos quiere mostrar lo que el Padre tiene para decirnos a todos. Por eso nuestra fe, es cristocéntrica, creemos en Cristo, pero al mismo tiempo es fe que nos remite al Padre. Creemos en Jesús y Jesús nos muestra al Padre. Él es la imagen del Dios invisible. Él es el rostro del Padre.

¿Te acordás lo que escuchábamos la semana pasada “Nadie viene a Mí si mi Padre no lo atrae”? Tiene que ver con lo de hoy. Y podríamos decirlo de otra manera; “El Padre nos atrae a Jesús, pero en definitiva, para atraernos a Él, para hacernos hijos, para que nos sintamos hijos, para que vivamos como hijos” Somos sus hijos dispersos y Él envió a su Hijo al mundo para reunirnos.

Ayer meditábamos sobre la escucha, sobre la necesidad de escuchar la voz del Pastor que es Jesús. La clave en esta vida, decíamos, es ir aprendiendo a escuchar, a escuchar al Pastor, y a escuchar a los demás en donde también de alguna manera nos habla. El que no sabe escuchar no sabe amar, porque no sabe detenerse; no sabe bajar un cambio para reflexionar; no sabe mirar a los ojos a los demás; no sabe dejar de hablar para dar tiempo; no sabe lo que es esperar; no sabe lo que es olvidarse de sus caprichos por un momento; no sabe lo que es cargar con dolores ajenos, no sabe sufrir por el otro. El que no escucha no ama bien y solo ama en profundidad, el que escucha mucho más de lo que pretende hablar.

Escuchar a Jesús es escuchar al Padre, “porque él no habló por sí mismo” y es lo que nos enseña a amar. ¡Si tomáramos dimensión de que al escuchar a Jesús estamos escuchando al Padre, que distinto sería, por ejemplo, nuestra relación con Él, o nuestra manera de rezar! Muchas veces no sabemos rezar porque no sabemos escuchar. No sabemos detenernos y frenar un poco.

Escuchemos hoy a Jesús que nos dice que Él es luz, que vino a traer luz a las tinieblas de nuestra vida, porque la luz da vida y cuando hay luz la muerte desaparece.

Ahora… no basta con decir de la boca para afuera que creemos, eso sobra y hace mal. Hay muchos cristianos que dicen creer y son ovejas sordas. Es necesario dejar que la fe se haga vida, que la fe ilumine lo propio y que irradie hacia afuera. Es necesario cambiar de vida también. Y esto no es un imperativo moral, una obligación, es en realidad una consecuencia natural cuando se cree en serio, cuando se escucha todos los días a Jesús, cuando dejamos que sus palabras y su vida nos muestren un nuevo camino, nos muestren el pecado que hay en nosotros, nos muestren nuestra bondad y la de los demás, nos eviten caer una y otra vez, nos iluminen el dolor para aprender a ayudar. Si Cristo que es luz no está en nuestras vidas, si sus palabras no iluminan nuestro obrar y pensar, nada nos conmueve, nada nos saca de nuestra somnolencia, de ese andar anestesiados ante tanta oscuridad e injusticia.

Es sencillo: o soy oveja que escucha y sigue a Jesús, o soy oveja que sigue a un rebaño distinto, a un rebaño de una política, de una ideología, de una filosofía, de modas pasajeras o incluso de uno mismo.

IV Martes de Pascua

IV Martes de Pascua

By administrador on 10 mayo, 2022

Juan 10, 22-30

Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón.

Los judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente.»

Jesús les respondió: «Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas.

Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa.»

Palabra del Señor

Comentario

Ayer terminábamos pidiendo la gracia de ir aprendiendo a escuchar la voz del Pastor, de Jesús; y por eso decíamos que hay que dejarse guiar por Él, hay que dejarse alimentar por Él. Porque Él vino a darnos vida y vida en abundancia; vida de la “buena” –podríamos decir–, vida que quita el hambre y la sed de amor que tenemos todos. Mientras tanto nosotros como ovejas; tenemos que ir aprendiendo a escuchar su voz, aprender a comer de los buenos pastos, a no meternos en cualquier corral, a no creerle a cualquier pastor que se cree pastor.

¿Alguna vez te preguntaste esto? ¿Alguna vez conociste a alguien al cual nunca escuchaste? Me refiero a conocer profundamente, a conocer en serio, porque sólo el que escucha; conoce. Y no me refiero a escuchar sólo con los oídos porque en realidad hablando en sentido amplio, escuchamos con todos los sentidos de nuestro ser; porque el escuchar implica estar abiertos a recibir desde afuera lo que la realidad nos aporta en las personas y las cosas; y lo que Dios nos dice a través de las personas y acontecimientos. Por eso incluso un sordo puede escuchar muy bien porque no se escucha sólo con los oídos sino también con la vista, el tacto, el gusto o el olfato; en definitiva, se escucha con el corazón, o es el corazón el que procesa y sintetiza todo lo que se recibe y sabe dar la razón de ser de lo que se percibe con los sentidos.

¿Vos crees que vas a poder conocer y seguir a Jesús sin escucharlo? No se conoce a quien no se escucha –decíamos–; somos ovejas de Jesús si en realidad aprendemos a escuchar su voz en todo lo que hacemos. Si no; mientras tanto, somos ovejas de otra cosa –aunque estemos en el mismo rebaño–; somos ovejas de nosotros mismos, somos ovejas de una ideología, somos ovejas de cualquier otra cosa…

No hay duda de que para Jesús somos sus ovejas, Él mismo lo dice: «Mis ovejas…»; esa es la primera palabra linda que tenemos que escuchar hoy, somos sus ovejas y nada podrá arrebatarnos de sus manos, de las manos del Padre, aún cuando nosotros creamos que estamos “afuera”, nunca estaremos afuera; porque gracias a Él estamos dentro, gracias a que Él nos ganó con su Sangre y con su amor para siempre, para toda la eternidad.

La clave entonces en esta vida es ir aprendiendo a escuchar, a escuchar al Pastor; a Jesús, y a escuchar a Jesús en los demás. El que no sabe escuchar no sabe amar porque en realidad no sabe detenerse, no sabe bajar un cambio para reflexionar, no sabe mirar a los ojos a los demás, no sabe dejar de hablar para dar tiempo, no sabe lo que es esperar, no sabe lo que es olvidarse de sus propios caprichos por un momento, no sabe lo que es cargar con dolores ajenos, no sabe sufrir por el otro, no sabe sufrir por amor; el que no escucha no ama bien y sólo ama en profundidad el que escucha mucho más de lo que pretende hablar. Se escucha al pastor en todo, en el silencio y también en el ruido de la cuidad; en la soledad y en la compañía de los demás; a Jesús se le escucha en un templo, pero también se le escucha en los demás y en las cosas que nos van pasando. Ese es el gran desafío: no encerrar a Dios en ningún lado y así poder encontrarlo en todos lados.

Este día sería lindo que nos preguntemos todos: ¿Somos ovejas que estamos en el rebaño del Buen Pastor aprendiendo a escuchar? ¿Escuchamos a Jesús en el silencio de un momento de oración personal? ¿Escuchamos la voz de Jesús en los que nos rodean y con sus vidas nos cuestionan la propia? ¿Escuchamos la voz de Dios en una corrección fraterna de otro? ¿Escuchamos a Jesús que nos conmueve ante el dolor ajeno, ante el sufrimiento de los que son desechados por los demás? Ahora mientras estás viajando o empezando el día, mientras hacés lo que tenés que hacer; te propongo que hagas la prueba e intentes escuchar…

IV Lunes de Pascua

IV Lunes de Pascua

By administrador on 9 mayo, 2022

Juan 10, 1-10

Jesús dijo:

«Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino, por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz».

Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.

Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.

Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.»

Palabra del Señor

Comentario

Una semana más de Pascua, este tiempo tan lindo, en el que siempre se nos invita a seguir descubriendo aquellos lugares donde podemos encontrar a nuestro Señor que está resucitado, que está vivo y que nunca debemos olvidar, no podemos vivir una religión, una fe con un Dios muerto. Por supuesto que nadie lo va a decir, pero a veces de nuestras caras, nuestras actitudes, nuestra pesadumbre y nuestra tristeza muestran un Dios que parece que no está vivo, que no nos ama. Por eso seguimos en este tiempo pascual, en esta nueva semana, escuchando la Palabra de Dios que nos quiere ayudar a despertarnos del sueño, del letargo que a veces vivimos.

Ayer escuchábamos en el Evangelio que Jesús hablaba de que él es el Pastor y que nosotros somos sus ovejas, que nosotros debemos de escuchar su voz, para conocerlo y que él nos conoce, porque nos escucha siempre. En realidad ya estoy haciendo una interpretación, no lo dice literalmente así, pero, de algún modo, Jesús nos decía eso: «Ellas me conocen, escuchan mi voz y me siguen». La manera de conocer al buen Pastor es escuchándolo, es escuchando su voz cada día. Si no aprendemos a escuchar a los que amamos, ¿realmente –podríamos preguntarnos– los amamos? Bueno, con Jesús pasa lo mismo; para conocerlo, hay que escucharlo; para amarlo, hay que escucharlo; para seguirlo, hay que amarlo.

Jesús es el verdadero Pastor y nosotros somos sus ovejas. Imágenes que entonces nos quieren ayudar a comprender un poco más la actitud de un Padre que nos cuida como a sus ovejitas más amadas. Jesús se nos muestra como el verdadero Pastor, o sea, el guía, el conductor, el protector, el que conoce, ama y cuida a todas sus ovejas, y a cada una en particular, esas ovejas que el Padre le encomendó. Y eso quiere decir que siempre hubo, hay y habrá, aunque cueste decirlo, falsos pastores, «supuestos» guías y protectores, cuidadores; pero que, en el fondo, en realidad, nunca serían capaces de dar la vida por sus ovejas, como lo hizo Jesús y como lo hace. Solo hay un verdadero pastor de toda la humanidad, solo es Jesús el que nos da la vida al dar su Vida por nosotros. La vida se comunica, se transmite. La vida de Dios es la que nos da vida. Vos y yo estamos vivos, tenemos el corazón latiendo de amor gracias al amor del Padre que cada día nos da su misma Vida.

Sin embargo, en tu vida, y en la mía también, hay muchos que nos proponen y nos prometen «vida» y cómo vivir mejor; hay muchos que nos prometieron solucionarnos la vida, valga la redundancia, vendiéndonos falsas ilusiones; hay muchos que se creen capaces de mejorar la vida de los otros, que se creen los «mesías» de los demás. Pero Jesús en Algo del Evangelio de hoy es muy claro: «La puerta soy yo. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento». Él no solo es el Pastor, el que cuida, el que guía, el que escucha, el que ama, el que conoce, sino que, además, es la puerta por la cual se entra al verdadero corral, para estar con el verdadero rebaño. Solo a través de Cristo nos podemos salvar, solo por medio de él encontraremos la paz y la plenitud que anhelamos, solo a través de él podremos encontrar la verdadera comunión con Dios Padre; porque él es el Hijo que vino a mostrarnos cómo es realmente su Padre.

¿Qué es entonces ser salvados? Salvarse, desde ahora –en esta vida– es vivir una relación de comunión, de amor con un Dios que nos quiere alimentar con su propio amor. Salvarse, en definitiva, es amar, es salir del egoísmo, del «yoísmo» y es amar con el corazón entero. Y a amar se aprende, conociendo el verdadero amor de Dios, que se nos reveló en Jesús, que es la puerta y, al mismo tiempo, el Pastor, que nos conduce hacia el Padre.

Todos los hombres se salvarán por él, aunque no lleguen a conocerlo explícitamente, porque él es el que abrió la puerta del corazón de Dios para todos los hombres, para que todos los hombres se salven y nadie se pierda.

Hay que dejarse guiar por Jesús, hay que dejarse alimentar por él; porque él vino a darnos vida, y vida en abundancia, vida de la buena, vida que quita el hambre y la sed de tanto vacío en nuestro interior. Mientras tanto, nosotros como ovejas, vamos aprendiendo a escuchar su voz y a comer de los buenos pastos, a no meternos en «cualquier» corral –tengamos cuidado–, a no creerle a cualquier «pastor» que se dice pastor.

Pidamos para todos esa gracia en este día y en este comienzo de semana pidamos la alegría de sonreír de corazón, pidamos paz para no rechazar a nadie, para jamás ofender a nadie, para hacer sentir a todos que son amados por él.

IV Domingo de Pascua

IV Domingo de Pascua

By administrador on 8 mayo, 2022

Juan 10, 27-30

En aquel tiempo, Jesús dijo:

«Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa».

Palabra del Señor

Comentario

Domingo llamado del Buen Pastor, es la jornada mundial de oración por las vocaciones, por aquellos que Dios llama para ser pastores. Domingo en el que todos debemos tomar conciencia de la necesidad que tiene Jesús y la Iglesia de pastores según su corazón, mansos y humildes. Rezamos hoy para que más corazones le digan que sí al llamado del Cordero manso, que nos ama y quiere aligerar nuestras cargas. Dios Padre sigue llamando por medio de su Hijo a muchos, porque «muchos son los llamados, pero pocos los elegidos», pocos los que finalmente dicen que sí. La crisis de vocaciones no pasa por una crisis de Dios, como si fuera que Dios dejó de llamar, sino que pasa por una crisis nuestra, de la Iglesia, del tiempo que vivimos, que no siempre escucha la voz del Buen Pastor que con sus «silbos amorosos» sigue llamando a muchos a trabajar por él.

Jesús es el Pastor del rebaño y quiere que ese rebaño sea uno, quiere que termine siendo uno. En este domingo rezamos por las vocaciones, por aquellos que el Señor está llamando y no se animan a dar el paso, por aquellos que están en el camino al sacerdocio, y por todos los sacerdotes también, que entregan su vida diariamente por el anuncio del Evangelio, por todos los sacerdotes que están sufriendo, que están solos, tristes, abandonados, cansados, y que necesitan de la fuerza del Buen Pastor para seguir adelante. Pero recemos para que el Señor llame y respondan, llame a sacerdotes, consagrados y consagradas, que se comprometan realmente, para ser como Jesús, un Buen Pastor, un verdadero Pastor que guíe a su pueblo con amor y que conozcan a sus ovejas, para que sus ovejas puedan seguir al único y verdadero Pastor del gran rebaño.

De Algo del Evangelio de hoy me surge hacernos algunas preguntas: ¿Quién puede arrebatarnos de las manos del Padre? ¿Quién puede arrebatarnos de las manos de Jesús? ¿Quién puede arrebatarnos? ¡Nadie! Absolutamente nadie. Nadie puede quitarte, tirarte, hacerte a un lado de las manos de aquellos que son uno, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (la Santísima Trinidad). Es una gran alegría del anuncio de hoy, de este domingo. Jamás podremos ser apartados de las manos de Dios que es Padre y siempre nos sostiene. Deberíamos decir que en realidad somos nosotros los que podemos perdernos cuando desoímos la voz de Dios, cuando pretendemos soltarnos de sus manos queriendo ser independientes de su amor. Sin embargo, aunque a veces nos perdamos, aunque a veces nos metamos en «cañadas oscuras» su vara y su callado siempre nos conducirán hacia los pastos verdes y ricos de su amor. Pase lo que pase, estemos como estemos, no nos olvidemos, no nos olvidemos que estamos en las manos del Padre y en las de Jesús.

Somos sus hijos, las «ovejas de su rebaño». Él no puede contradecirse así mismo, no puede dejar de amar aquello que creó, aquello por lo cual entregó su vida, por lo cual se hizo hombre, aquello que hizo por amor. Solo vos y yo a veces, si queremos, podemos «darnos el lujo» de no querer estar así, de no querer estar en las manos del Padre. Pero hay que escuchar este anuncio de Jesús, y nosotros estamos en sus manos y nadie puede sacarnos de ahí, ni las peores cosas de este mundo, ni la maldad, ni el odio, ni la injusticia, ni el sufrimiento, ni nuestro propio pecado a veces puede quitarnos de la mano del Padre. Aunque nosotros a veces nos queramos tirar, por utilizar una imagen, nos queramos ir, nos queramos escapar de Dios, jamás nos va a soltar de su mano. Y entonces podríamos preguntarnos: ¿Por qué Jesús habla de que «sus ovejas escuchan su voz»? Quiere decir que hay algunos  —podemos ser nosotros– que no somos ovejas de él. Pero no porque él no quiere, sino porque nosotros no nos comportamos como ovejas. Quiere decir que hay algunos que «andan» en las manos de Dios (porque es imposible dejar de estar en sus manos) sin darse cuenta que están en sus manos y están como «ovejas sin Pastor», viviendo y sintiendo como si no estuvieran en las manos de su Padre. Y esto es lo peor.

No es que Dios nos abandone, sino que nosotros no nos darnos cuenta o no escuchamos la voz de él. Él nos conoce, nos habla, y nosotros somos los que tenemos que aprender a escucharlo y a seguirlo.
Pero volvamos a escuchar esto: ¡Nadie, absolutamente nadie puede quitarte, tirarte, hacerte a un lado de las manos de Dios Padre y de las manos de Jesús! Pero cuidado. Alguien sí puede arrebatarme la idea, la certeza, la alegría de este anuncio de estar en las manos del Padre. ¿Quién? Nosotros mismos, el mundo, y el maligno, que busca alejarnos de la mano del Padre. Podemos ser ovejas, pero vivir, sin escuchar y sin seguirlo, sin disfrutar de esta gran alegría.

No dejemos que el maligno nos arrebate de las manos de Dios, no dejemos que este mundo desesperanzado y apático de Dios nos meta falsas ideas o sentimientos en el corazón, haciéndonos creer que él es un ser lejano, que no le importan sus ovejitas, sus hijos. No dejemos que nuestros propios pecados nos conduzcan a la oscuridad y a la desconfianza.

Que hoy el Buen Pastor nos vuelva a decir a todos al oído: «Nadie absolutamente nadie puede quitarte, tirarte, y hacerte a un lado de las manos de mi Padre y de mis propias manos», pero que nosotros al mismo tiempo podamos contestarle: ¡Ya lo sé Jesús, gracias por recordármelo, ya lo sé! Pero quiero empezar a escucharte, quiero empezar a conocerte más, quiero empezar a seguirte de corazón. Dame la fuerza de aprender a escucharte a hacer una oveja obediente.

III Miércoles de Pascua

III Miércoles de Pascua

By administrador on 4 mayo, 2022

Juan 6, 35-40

Jesús dijo a la gente:

«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.

La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.

Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué maravilla la escena del Evangelio del domingo!, ¿te acordás? Es una escena que podríamos meditarla, reflexionarla mucho tiempo, tantas simbologías, tantos matices, tantas enseñanzas para nuestra fe. Pero continuemos un poco con esa idea de preguntarnos por ahí por qué fue que los discípulos no terminaron de reconocer a Jesús. También podríamos ampliar la pregunta y preguntarnos: ¿por qué fue necesario que se apareciera tantas veces a los discípulos? ¿Tan difícil era que se den cuenta? Bueno, en definitiva la respuesta está en la actitud de Pedro y los otros seis que lo acompañaron, que volvieron a lo mismo, pero también podríamos ahondar un poco más. ¿Por qué volvieron a lo mismo? ¿Por qué volvieron a su tarea cuando Jesús los había llamado a la tarea de pescadores? Porque, en definitiva, se habían olvidado.

Muchas veces hemos hablado, en estos audios, de la pérdida de memoria, que en definitiva es la pérdida de nuestra memoria que nos hace olvidar el amor de Dios, todo lo que Jesús hizo por nosotros y, en definitiva, cuando nos llamó y ya nos dio una vocación. Por eso, el volver a pescar de Pedro y los discípulos es, en definitiva, una imagen de volver a lo suyo. Y al volver a lo nuestro tenemos la mente enceguecida y nuestros ojos se fijan solamente en lo que nos interesa y nos olvidamos que Jesús está en la orilla de nuestra vida. Por eso hoy volvamos a recordar cuando Jesús nos llamó alguna vez y nos dio una misión, y volvamos a poner el corazón en lo que él nos pide, porque tenemos que obedecerle a él antes que a los hombres.

Hay que trabajar para buscar a Jesús. En Algo del Evangelio de hoy, podríamos retomar un poco esta idea y pensar que hay que trabajar entonces por lo que vale la pena. Hay que trabajar día a día para alcanzar el Pan del alma, el Pan del corazón que ayuda a no desfallecer por el camino de nuestra vida. Por eso no hay mejor manera de empezar este día que dejar que Jesús nos diga a todos otra vez: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed», o decirle nosotros desde lo más profundo y con la mayor sinceridad posible: Jesús, quiero que seas Pan que me quite el hambre, agua que me quite la sed, esa hambre y sed que muchas veces no me dejan en paz. «Señor, danos siempre de este pan». ¡Qué linda petición!

Es bueno que pensemos entonces a qué se refiere la Palabra de Dios con el símbolo del alimento, en este caso el pan. Se refiere a todo aquello que buscamos para saciar las necesidades básicas de cada día, pero al mismo tiempo representa las necesidades más profundas de nuestra vida, las espirituales. Somos cuerpo y espíritu, y no podemos aislar una cosa de la otra. No solo vivimos de pan material, aunque a veces pareciera por afuera, no vivimos de cosas, no vivimos solamente para saciar nuestra hambre fisiológica, sino que para vivir necesitamos lo más esencial, que –como decía el conocido Principito, ¿te acordás?– es invisible a los ojos, pero que es sensible al corazón.

Sin amor claramente no podemos vivir. Sin amar y sin ser amados desesperamos. El amor es el verdadero alimento y motor de nuestras vidas y la prueba más palpable de esto es que hay personas que tienen todo lo material que podamos imaginar y, además, cosas que le sobran, y sin embargo, viven continuamente insatisfechas, por ahí te pasa a vos o a mí. Y, por el contrario, hay personas que viven con lo justo y necesario, o incluso con menos de lo necesario y, sin embargo, viven con una cierta plenitud espiritual o, por lo menos, no viven como eternos insatisfechos. Tengamos la cantidad que tengamos, de cosas materiales, la edad que tengamos, los afectos que tengamos, vivir volcados hacia afuera, como si lo interior no importara, como, por ejemplo, la comida, la bebida, los vicios, las cosas malas, las adicciones, las obsesiones, la avaricia –bueno, mezclé un poco de todo, entre cosas buenas y malas–, pero cada uno tiene que pensarlo.

Si vivimos centrando la vida solo en nosotros y nuestros deseos personales, la superficialidad muchas veces puede ser un síntoma que nos estamos alimentando mal, que estamos comiendo mucho pan material y poco pan espiritual, el pan del cielo.

Todos podemos creer en Jesús y, sin embargo, vivir alimentándonos de otras cosas mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para su Iglesia. Estar caminado detrás de él no es la garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. ¡Cuidado! La eterna insatisfacción en la que vivimos tantas veces los cristianos es como el termómetro de la mala alimentación de los que decimos creer, pero que todavía no nos satisface creer. ¿No te pasó alguna vez? ¿No te pasa que aun estando con Jesús no terminás de estar feliz? Bueno. Hay que pensar qué nos pasa.

El que cree en serio, el que va caminando hacia él y con él, en la pureza de la fe, hacia ese buscar únicamente al «Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios», vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el Pan bajado del cielo, que es el mismo Jesús. Y ese Pan llega a nuestra vida por diferentes «proveedores», digamos así. Llega del cielo, pero se hace humano y cotidiano. Se hace Palabra escrita día a día, para meditar. Se hace Hijo a quien ayudar y sostener, se hace marido y mujer a quien amar siempre, aun en el dolor, aun en las peores dificultades. Se hace pobre a quien socorrer y ayudar, se hace oración diaria a donde acudir. Se hace trabajo cotidiano que dignifica, se hace Eucaristía y comunión en donde nos alimentamos realmente. Y lo más lindo de todo, es que es gratuito. Se nos da gratuitamente, solo que nosotros ponemos trabas muchas veces y seguimos insistiendo en alimentarnos con alimentos baratos que no sacian, o que sacian pero solo por un momento.

El que se alimenta de Jesús recibe estas palabras de consuelo y verdad: «Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida Eterna y que yo lo resucite en el último día». Qué gran mensaje de Algo del Evangelio de hoy. Levantemos la cabeza, levantemos el corazón y volvamos a mirar a Jesús que es nuestro alimento para cada día, para toda la vida.

Fiesta de San Felipe y Santiago

Fiesta de San Felipe y Santiago

By administrador on 3 mayo, 2022

Juan 14, 6-14

Jesús dijo a Tomás:

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»

Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»

Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?

Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.

Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.

Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré.»

Palabra del Señor

Comentario

Es lindo pensar y sentir que nuestra fe no está asentada en fábulas o en cuentitos que nos contaron, sino en una realidad, en algo concreto en la historia de hombres y mujeres que conocieron a Jesús, lo amaron y se dedicaron a transmitir sus enseñanzas. Es por eso que festejamos las fiestas de los apóstoles, porque ellos fueron testigos directos de lo que nosotros nos enorgullece hoy contar. ¿Cómo podríamos seguir y hablar de alguien del cuál no sabemos con certeza que existió? ¿Cómo sería posible que la vida de un hombre como Jesús haya transformado y siga transformando la vida de tantas personas, si no fuese una verdad, si no nos hubiese marcado un camino, si no nos diera vida? Sería imposible. Vos y yo, somos la prueba más cierta de que nuestra fe no es una fábula, de que la fe es algo vivo, de que tener fe hace bien, vale la pena.

Podríamos decir que los hombres, vos y yo, en general, siempre queremos más, siempre buscamos más. Y eso está bueno, menos mal que es así, porque si no, nos moriríamos de mediocridad, de rutina en rutina, incluso a veces de depresión, de un sin sentido. Creo que esto nos pasa porque estamos “hechos para más”. Fuimos creados para Dios, por Dios, y la criatura tarde o temprano busca a su Creador, ¿no?, es lógico, o debería serlo. Como la mascota busca a su dueño, como el amado a su amada.

Por otro lado, ese querer más, también se nos vuelve, por decir así, en contra y hace que sin darnos cuenta nunca nos terminemos de conformar plenamente. Es raro, pero nos pasa con lo de cada día y nos pasa con lo más profundo, eso que no terminamos de explorar y conocer, esas cosas de la vida que las “tocamos” en situaciones límites, como grandes consolaciones y alegrías, así también como grandes dolores y desolaciones. Si hace calor porque hace calor, si hace frío porque hace frío, si tenemos esto porque lo tenemos, si no lo tenemos porque no lo tenemos, y en definitiva podemos andar por la vida quejándonos y no agradeciendo tanto don.

Con la fe nos puede pasar lo mismo. A los discípulos les pasó lo mismo sin darse cuenta. Tenían a Jesús en frente, pero pedían más. Algo del evangelio de hoy, en la fiesta de dos apóstoles Felipe y Santiago nos muestra esto: “Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.»” Jesús les acababa de decir que Él era el Camino, la Verdad y la Vida, todo lo que un hombre podría desear, todo con mayúscula y ellos pretendían algo más. ¿Se puede pedir algo más? No, pero sí. Es lo que no terminamos de comprender muchos cristianos. ¿Necesitamos algo más que a Jesús? No, sin embargo, queremos y pedimos más, y muchas veces… cuanta cosa “maravillosa” nos cuentan, cuanta aparición y manifestación anda rondando por ahí, cuanta novena y cadena milagrosa que nos mandan, sin darnos cuenta podemos llegar a considerarla como un fin y no como un medio para llegar a Él.

Por eso que lindo es hacer nuestra, propia, esta respuesta de Jesús a Felipe: “Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? En el ADN de nuestro ser está el deseo de comunicarnos con nuestro Padre Creador, somos hijos, no mascotitas que se apegan al que le da un poco de cariño. Somos hijos libres que tienen que descubrir que es necesario reconocerse amado y re-enviados a amar. ¿Crees esto? ¿Crees que Jesús es el Camino para llegar al Padre que te creó, la Verdad que marca el sentido de tus pasos para llegar a Él, y la Vida que te da vida y te permite respirar hasta que te abraces eternamente con Él? ¿Crees que si hablás con Jesús en realidad también hablás con tu Padre? ¿Crees que al amar a Jesús no necesitás ninguna cosa “maravillosa” que anda por ahí? ¿Crees que en la Eucaristía está ese Jesús que nos dice: “«Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré»? ¿Te das cuenta como entonces la obra de Dios es que creamos esto? ¿Te das cuenta entonces que el verdadero milagro es tener fe, es creer y aceptar con libertad este misterio, que nos impulsa a amar y a vivir la vida con los pies en esta tierra, pero con el corazón en el cielo?

Es bueno siempre aspirar a más, eso nos ayuda a vivir mejor y a superarnos, pero al mismo tiempo hace bien aprender a conformarse con lo que ya se nos dio y no terminamos de valorar. El cristiano en serio es el que sabe que ya tiene todo, porque Jesús es TODO, pero al mismo tiempo, siempre busca más, busca amar más, busca que los demás descubran cuál es el verdadero Camino, cuál es la verdadera Vida y cuál es la gran Verdad.

III Lunes de Pascua

III Lunes de Pascua

By administrador on 2 mayo, 2022

Juan 6, 22-29

Después de que Jesús alimentó a unos cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos.

Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello.»

Ellos le preguntaron: « ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?»

Jesús les respondió: « La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado.»

Palabra del Señor

Comentario

Comenzamos una nueva semana, una nueva semana de Pascua en donde ya no escucharemos relatos de las apariciones de Jesús a sus discípulos, pero sí relatos en donde la Palabra de Dios quiere de alguna manera despertar nuestra fe, que está un poco adormecida muchas veces, reavivarla, animarla, quiere llevarnos también a la purificación de nuestra fe, de  nuestra mirada sobre cómo es realmente Dios.  Purificarla de todo lo que la aleja del verdadero rostro del Padre, del que nos vino a mostrar Jesús y no el que nosotros sin querer muchas veces hacemos a nuestra medida.

Y continuando con el Evangelio de ayer, domingo, entre tantas cosas lindas, recuerdo la expresión del discípulo amado: «¡Es el Señor!» –¿te acordás?–, al darse cuenta que aquel que les hablaba desde la orilla y les había pedido que tiren la red a la «derecha» era Jesús Resucitado. ¿Qué fue lo que les ayudó a reconocer la presencia de su amigo? ¿Qué es lo que nos ayuda a nosotros hoy a reconocer que Jesús está en la orilla de nuestra vida y nuestro corazón cada día? El clic, como decimos hoy, o lo que les permitió reconocerlo fue la pesca milagrosa, fue el experimentar que al obedecer sus palabras todo se hizo fecundo, aun cuando ya habían hecho mil intentos por pescar. En sus corazones se deben haber despertado un sinfín de recuerdos y momentos que habían vivido con él, desde el día en que lo conocieron, a orillas del mismo lago, hasta los momentos más íntimos en los que les abrió su corazón.

Ahora, lo que podríamos preguntarnos también es: ¿por qué no lo reconocían? ¿Por qué tuvieron que revivir esa pesca milagrosa para darse cuenta que era el Señor? Las razones pueden ser variadas, pero una de ellas es simplemente porque no le habían obedecido, porque se habían olvidado de sus palabras y su amor, porque habían vuelto a sus trabajos olvidándose de lo que Jesús les había pedido o profetizado, que serían pescadores de hombres. Lo mismo nos pasa a nosotros… dejamos de reconocer a Jesús en nuestra vida, que está siempre, cuando nos olvidamos de todo lo que hizo por nosotros y nos dedicamos una vez más a nosotros mismos, a nuestros caprichos y proyectos, a lo que se nos antoja, y no a lo que él nos pide.

Durante estas semanas vamos a escuchar fragmentos del capítulo 6 del Evangelio de san Juan, el llamado Discurso del Pan de Vida. Un discurso que Jesús da a sus discípulos y a una multitud que lo había seguido después de la milagrosa multiplicación de los panes. Hay que seguirlo de a poquito, desmenuzarlo para poder disfrutarlo, no adelantarse. La Palabra de Dios en definitiva es como una comida, para que nos guste más hay que saborearla de a poco, masticar mucho y sentir el gusto de lo que comemos. Si se come de golpe con ansiedad y no se mastica, o se traga sin masticar, la comida puede caer mal y además no nos alimentamos bien, eso lo sabemos. Para asimilar bien la comida es necesario tomarse  tiempo y masticar bien, saborear lo que se nos da. Lo mismo tenemos que hacer con la Palabra de cada día o por lo menos con un texto en esta semana. Bueno, en este caso la Iglesia nos facilita las cosas porque escucharemos un texto que tiene su propia unidad, pero durante varios días, nos va a ayudar.

Imaginemos la escena de Algo del Evangelio de hoy: después de haber multiplicado panes para más de cinco mil personas y de que sus discípulos lo vieran caminar sobre las aguas. ¿Quién no se hubiera entusiasmado de andar cerca de ese gran hombre? Comida gratis y abundante para todos y mucha sabiduría, comida para todos sin excepción. Sin embargo, cuando van a buscar otra vez a Jesús, cuando se ponen en camino y cruzan todo el lago para encontrarlo de nuevo, reciben esta respuesta dura y directa: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse».

Un golpe duro de Jesús para aquellos que habían navegado kilómetros para poder verlo y estar con él. Les dijo en definitiva: «Ustedes no me buscan porque interpretaron lo que hice, porque ven detrás de la multiplicación de los panes algo más profundo. Ustedes me buscan en el fondo para saciar sus ansias, su hambre, pero no el hambre espiritual, sino el hambre del cuerpo. Ustedes piensan solo en lo material». Como siempre, ante palabras duras del Evangelio podemos tomar la postura de enojarnos y sorprendernos, o bien sincerarnos y hacer el camino del reconocimiento para ver si en esto que escuchamos no hay algo que nos cale profundo. Jesús no se enoja porque lo están buscando. En el fondo él quiere que estemos con él, pero quiere que seamos sinceros y reconozcamos nuestras motivaciones y verdaderos deseos.

Y nosotros… ¿por qué buscamos a Jesús? ¿Qué es lo que buscamos cuando lo buscamos? O mejor podríamos empezar por el principio… ¿buscamos a Jesús? ¿Somos capaces de andar kilómetros para estar con él, aunque sea para pedirle algo material? La sinceridad allana los caminos, la sinceridad con nosotros mismos y con él, nos ayuda a crecer mejor y creer bien, porque en definitiva «la obra de Dios es que nosotros creamos», la obra de Dios es que ustedes crean, pero que creamos como él nos enseña a creer.