Book: Juan

V Miércoles de Pascua

V Miércoles de Pascua

By administrador on 5 mayo, 2021

Juan 15, 1-8

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.

Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.

La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»

Palabra del Señor

Comentario

La palabra de hoy coincide con la del domingo, no sé si te habrás dado cuenta. Si te diste cuenta, quiere decir que estás escuchando con atención, y si no te diste cuenta, te ayudará a escuchar lo que por ahí se te pasó de largo por distraído, por distraída o porque a veces perdemos la memoria. No te preocupes, nos viene bien a todos, nos ayuda a seguir profundizando; de hecho, es lo que intentamos hacer muchas veces, ¿te acordás?: continuar desmenuzando el Evangelio del domingo a lo largo de la semana para que penetre más en nuestros corazones. A nosotros los sacerdotes nos ayuda a no repetir lo mismo que ya dijimos alguna vez, sino a rezar más para descubrir las enseñanzas que el Espíritu quiere dejarnos. A veces pasa esto en la liturgia, los cambios de ciclos, se llaman de años, hacen que se entrecrucen los Evangelios y pueda haber repetidos bastante cercanos.

Pero aprovechemos para continuar con la idea de «permanecer», esa que nos viene ayudando en estos días tan lindos. El permanecer tiene que ver con el estar unidos. La imagen de la vid y los sarmientos junto con la idea de «permanecer» me parece que quiere ayudarnos a comprender que la unión con Jesús, la unidad es algo vital, algo que tiene vida, valga la redundancia; algo que permanece vivo, dinámico y por eso va cambiando, se va desarrollando lentamente a lo largo de nuestra vida. Lo que pasó ya no importa tanto, lo que pasará no lo sabremos. Ahora… lo que sí necesitamos es permanecer unidos a él, pase lo que pase, siempre, porque «sin él nada podremos hacer». ¿A qué se refería Jesús con eso de que «nada podremos hacer», si de hecho hacemos muchas cosas sin él y muchos hacen de todo sin él? ¿Qué cosas son las que no podemos hacer sin él? ¿Por qué necesitamos estar unidos, permanecer en él para dar frutos? Justamente porque Jesús se refiere a eso, a dar frutos, pero frutos que provienen de él, frutos de santidad, no cualquier fruto, no cualquier cosa.

El permanecer entonces nos asegura la fecundidad, de la verdadera; esa fecundidad que perdura y que transforma vidas. No es la fecundidad que desaparece rápidamente o se esfuma ante cualquier problema. No es el éxito mundano. Los frutos de los que habla Jesús son los frutos que crecen gracias a la gracia de Dios, y no los que surgen simplemente de nuestras lindas ideas o de nuestras voluntades, por más buenas que sean. Y la gracia de Dios fluye por nuestras vidas, por nuestras inteligencias y corazones, en la medida que estamos unidos, en la medida que permanecemos en él. Las grandes obras que cambian de verdad nuestras vidas y la de los demás no surgen de grandes elucubraciones, de grandes conferencias, de congresos multitudinarios, por más buenos que sean, sino de la fidelidad a las palabras de Jesús, de nuestro amor sincero a él y sus enseñanzas. Las grandes decisiones que nos cambian de verdad no surgen de enojos, de gritos, de ruido de este mundo, sino que aparecen en el corazón cuando estamos con Jesús vivo en el silencio, cuando nos decidimos a estar con él, cara a cara, tanto en la oración como en el amor concreto hacia los demás.

Podemos pasarnos la vida haciendo muchas cosas buenas, pero no las obras de Dios. Podemos pasarnos el día haciendo «de todo un poco», pero no estar haciendo lo que Jesús quiere y no dar frutos. Podemos estar sirviendo en la Iglesia a tiempo completo, consagrar incluso nuestra propia vida, pero no estar unidos vitalmente a Jesús, no permanecer en él, sino incluso estar como «desgajados», quebrados de la vid, sin permitir que su amor pase por nuestro corazón.

¿Cómo permanecer unidos a Jesús?, te estarás preguntando. Desde Algo del Evangelio de hoy es lindo escuchar mucho esto, pero es lógico que nos preguntemos qué significa entonces permanecer en él, estar unidos a él. Antes que nada, es no olvidar que podemos permanecer con él, porque él antes permanece en nosotros. Él es la vid, nosotros solo sarmientos, ramitas. Él es anterior a nosotros, todo se mantiene en él, todo pertenece a él. Esa permanencia de Jesús en nuestro corazón es lo que nos mueve a querer estar con él, a desear amarlo.

Permanecer con Jesús es buscarlo cada día, es escucharlo cada día, es amarlo cada día, como podamos, como estemos, pero buscándolo. Estar unidos a Jesús significa no olvidarnos ni siquiera un día de él, no dejar pasar un día sin hablarle, sin oírlo, sin escucharlo. Pensá en la persona que más querés en esta vida y fijate si serías capaz de pasar un día alejada o alejado de él. El amor nos mantiene unidos, el amor es el que nos asegura la permanencia, el estar siempre hasta el final. El estar unidos a Jesús toma diferentes colores según la vida que llevemos, según el lugar donde vivamos, según la etapa de la vida en la que estemos. No te ates a rigideces, no pienses que hacer siempre lo mismo te asegura la permanencia. Escuchá siempre la voz de Dios para darte cuenta qué es lo que te pide cada día, qué es lo que desea de vos. Lo importante es no olvidarse nunca de él, lo fundamental es no olvidarse jamás de que él permanece en nosotros siempre, pase lo que pase, hagamos lo que hagamos.

V Martes de Pascua

V Martes de Pascua

By administrador on 4 mayo, 2021

Juan 14, 27-31a

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: “Me voy y volveré a ustedes.” Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo.

Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean.

Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado.»

Palabra del Señor

Comentario

Permanecer es lo más lindo, permanecer en Jesús hace bien, llena de alegría y felicidad; porque estar con él va transformando la vida lentamente, aunque a veces no nos demos cuenta o nos demos unos buenos golpes y parezca que nada cambia. Permanecer no es estar quietos, no es rigidez, sino que permanecer también es cambiar siempre, pero al ritmo de la gracia de Dios, que fue derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha sido dado, y siempre nos muestra caminos nuevos. Permanece en Jesús aquel que vive atento a su voz, a la voz del verdadero Pastor, del único que nos conoce de verdad y nos guía por caminos de certezas. ¿Estás permaneciendo en él o permaneces en tus caprichos y ambigüedades? ¿Vivís cada día buscando estar con él, sabiendo que él está siempre con vos? Jesús es la verdadera vid, eso quiere decir que hay otras vides que no son verdaderas o, por lo menos, no nos dan la sabia que necesitamos.

Los que saben permanecer en este mundo de hoy, repleto de incertidumbres e inconsistencias, son faros que nos iluminan y nos animan a seguir. Pensá en esas personas que supieron permanecer y que incluso hoy permanecen en aquello para lo cual se comprometieron dar la vida. ¿No te conmueve cuando encontrás esos matrimonios que parecen eternos, pero están siempre frescos y se siguen amando como el primer día, o mejor? ¿No te hace bien cuando conoces a un abuelito, una ancianita que sigue siendo fiel, que sigue amando a los suyos, que sigue sirviendo a la Iglesia por más que llueva, truene y caiga granizo? A mí sí. ¿Conoces algún sacerdote anciano que pasó por todas, e incluso hoy sigue celebrando la misa, confesando con amor cada día, que está permaneciendo?

¡Qué bien que hace en estos días encontrar personas que habiendo descubierto que Jesús habita en sus almas, no se despegaron nunca más de él, incluso en medio de las tormentas de la vida, incluso en medio del pecado! Pidamos esa gracia, todos, vos y yo. Sea lo que sea, sea lo que seamos: obreros, empleados, estudiantes, empresario, padre, madre, sacerdote, consagrada, político; no importa, seas lo que seas pedí saber permanecer fiel a Jesús en el silencio, incluso en el olvido, en el anonimato, en medio de un mundo que solo muestra lo pasajero y exalta la felicidad superficial que pasa como un chaparrón. Daremos frutos, seremos felices si sabemos permanecer, si dejamos que Jesús permanezca siempre en nosotros.

No nos inquietemos por las cosas que cambian y parecen que no vuelven atrás; no nos inquietemos por las cosas que no cambian y parece que no cambiarán jamás. Nuestro corazón debe estar en otro lado, aunque esté en nuestro cuerpo; nuestro corazón es un pequeño cielo si amamos y dejamos que Jesús ame en nosotros. Todas las inquietudes provienen de nuestro olvido de esta verdad.

Por otro lado, Algo del Evangelio de hoy nos da una linda certeza: «Me voy y volveré a ustedes. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo». Jesús resucitó, está, pero en realidad –como nos decía en otro Evangelio– se fue para prepararnos un lugar, se fue para volver algún día a buscarnos; esa es también una verdad de nuestra fe, una verdad muy grande. El cielo será algo tan maravilloso que no podemos imaginar. Así lo dice san Pablo: «…lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman». Por eso hay que confiar, porque es mucho más grande y maravilloso de lo que nuestra pobre cabecita y corazón pueden entender; por eso no hay porqué inquietarse, por eso no es raro tener ganas de ir al cielo cuando experimentamos lo lindo que es dejar que él invada nuestra vida, sin dejar de despreciar lo que tenemos en la tierra y sin dejar de luchar por hacer de este mundo algo mejor. Una cosa no quita la otra, las dos pueden ir de la mano.

Amar lo que viene, amar el cielo, es amar la vida, también es amar todo lo creado, pero amar esta vida es también reconocer que acá no está lo definitivo; es darse cuenta que acá se juega nuestra vida, pero lo que vendrá será algo inimaginable, será una paz eterna. Mientras tanto, Jesús nos dejó su paz, nos da su paz, nos quiere en paz; pero no como esa paz que nos promete este mundo, que muchas veces vive en «su mundo», en la suya, esperando soluciones mágicas a los problemas o soluciones solo materiales; sino la paz buscada, la paz luchada, la paz conquistada por el amor. Es la paz armada, como dicen por ahí, pero con las armas del amor, de la entrega, que nos pone siempre en el campo de batalla de este mundo, para hacerlo mejor, para crecer, para cuidarlo, para amarlo, sabiendo siempre que al final solo podrá ser mejor si todos reconocemos que el mundo no es nuestro, que no somos «dioses», que el mundo es regalo, que somos criaturas, creadas para Dios Padre, hijos del mismo Padre, creados para la eterna felicidad. Sabiendo esto: ¿No te dan ganas de permanecer en el amor de Jesús? ¿No te dan ganas de dejar que él viva siempre en vos? ¿No te dan ganas de ir al cielo mientras intentamos encontrarlo en la tierra?

Fiesta de San Felipe y Santiago

Fiesta de San Felipe y Santiago

By administrador on 3 mayo, 2021

Juan 14, 6-14

Jesús dijo a Tomás:

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».

Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».

Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?

Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.

Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.

Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré».

Palabra del Señor

Comentario

Es lindo pensar y sentir que nuestra fe no está asentada en fábulas o en cuentitos que nos contaron, sino en una realidad, en algo bien concreto, en la historia de hombres y mujeres que realmente conocieron a alguien llamado Jesús, que lo amaron y se dedicaron a transmitir sus enseñanzas después de verlo resucitado, después de que ascendió a los cielos y recibieron el Espíritu. Es por eso que festejamos y nos hace bien la fiesta de los apóstoles, porque ellos fueron testigos directos de lo que nosotros hoy nos enorgullece contar. ¿Cómo podríamos seguir y hablar de alguien del cual no sabemos con certeza que existió? ¿Cómo sería posible que la vida de un hombre como Jesús haya transformado y siga transformando la vida de tantas personas, si no fuese una verdad, si no nos hubiese marcado un camino, si no nos diera una vida distinta? Sería imposible, una gran locura colectiva a lo largo de la historia. Vos y yo somos la prueba concreta y más cierta de que nuestra fe no es una fábula, de que la fe es algo vivo, de que tener fe hace bien y vale la pena.

Podríamos decir que los hombres, vos y yo, en general, siempre queremos más, siempre buscamos más. Y eso está bueno, menos mal que es así, porque si no, nos moriríamos de mediocridad, de rutina en rutina, incluso a veces de depresión, no encontraríamos un sentido, viviríamos de un sin sentido. Creo que esto nos pasa porque, en el fondo, estamos «hechos para más», estamos hechos para amar. Fuimos creados para Dios, por Dios, y la criatura tarde o temprano busca a su Creador, a su hacedor, ¿no?; es lógico, o debería serlo. Como la mascota busca a su dueño, como el amado a su amada.

Por otro lado, ese querer más también se nos vuelve, por decir así, en contra y hace que sin darnos cuenta nunca nos terminemos de conformar plenamente. Es raro, pero nos pasa con lo de cada día y nos pasa con las cosas más profundas, eso que no terminamos de explorar y conocer, esas cosas de la vida que las «tocamos» en situaciones límites, como grandes consolaciones y alegrías, así también como los grandes dolores y desolaciones. Si hace calor, a veces nos quejamos porque hace calor; si hace frío, porque hace frío; si tenemos esto, porque lo tenemos; si no lo tenemos, porque no lo tenemos, y en definitiva, podemos andar en la vida o por la vida quejándonos y no agradeciendo tantos dones, tantos regalos.

Con la fe nos puede pasar lo mismo. A los discípulos les pasó lo mismo sin darse cuenta. Tenían a Jesús en frente, pero pedían más. Algo del Evangelio de hoy, en la fiesta de dos apóstoles, Felipe y Santiago, nos muestra esto: «Felipe le dijo: “Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”». Jesús les acababa de decir que él era el Camino, la Verdad y la Vida, todo lo que un hombre podría desear, y ellos pretendían algo más. ¿Se puede pedir algo más? No, pero en el fondo pasa, en el fondo sí. Es lo que no terminamos de comprender muchos cristianos. ¿Necesitamos algo más que a Jesús? No. Sin embargo, queremos y pedimos más, y muchas veces… cuanta cosa «maravillosa» aparece por ahí o nos cuentan, cuanta aparición o manifestación anda rondando por ahí, cuanta novena y cadena milagrosa que nos mandan, sin darnos cuenta, podemos llegar a considerarla como un fin y no como un medio para llegar a él. Cuidado, no estoy criticando eso, lo que digo es que, si andamos tras de eso como si fuese un fin, nos olvidamos del verdadero fin.

Por eso, qué lindo es hacer nuestra, propia, esta respuesta de Jesús a Felipe: «Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?». En el ADN de nuestro ser espiritual está el deseo de comunicarnos con nuestro Padre Creador. Somos hijos, no mascotitas que se apegan al que le da un poco de cariño. Somos hijos libres que tienen que descubrir que es necesario reconocerse amado y reenviados a amar.

¿Crees esto? ¿Crees que Jesús es el Camino para llegar al Padre que te creó, la Verdad que marca el sentido de tus pasos para llegar a él, y la Vida que te da fuerza y te permite respirar hasta que te abraces eternamente con él? ¿Crees que si hablás con Jesús, en realidad hablás también con tu Padre? ¿Crees que al amar a Jesús no necesitás ninguna cosa «maravillosa» que anda por ahí? ¿Crees que en la Eucaristía está ese Jesús que nos dice: «Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré»? ¿Te das cuenta como entonces la obra de Dios es que creamos esto? ¿Te das cuenta entonces que el verdadero milagro es tener fe, es creer y aceptar con confianza, con libertad este misterio, que nos impulsa a amar y a vivir la vida con los pies en esta tierra, pero con el corazón puesto en las cosas del cielo?

Es bueno siempre aspirar a más, es verdad, eso nos ayuda a vivir mejor y a superarnos, pero, al mismo tiempo, hace bien aprender a conformarse con lo que ya se nos dio y no terminamos a veces de valorar. El cristiano en serio es el que sabe que ya tiene todo, porque Jesús es TODO, pero, al mismo tiempo, siempre busca más, busca amar más, busca que los demás descubran cuál es el verdadero Camino, cuál es la verdadera Vida y cuál es la gran Verdad.

V Domingo de Pascua

V Domingo de Pascua

By administrador on 2 mayo, 2021

Juan 15, 1-8

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.

Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.

La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»

Palabra del Señor

Comentario

¡Cómo quisiera permanecer! ¡Cómo quisiera que todos los que escuchamos día a día a Jesús en su Palabra, quieran permanecer, permanezcan en su amor! Es lo más lindo, lo más necesario en la vida y lo más difícil. ¿Cuántos cristianos decidieron no permanecer en el amor; deciden dejar de permanecer en la vid, en Jesús, porque no se dan cuenta el amor que se pierden? ¿Cuántos hombres y mujeres, esparcidos por este mundo, no pudieron llegar a comprender las maravillas de un Dios que permanece en nosotros y prefirieron permanecer en otros lugares, no por maldad sino por ignorancia? ¡No lo sé, no lo sabemos, solo Dios lo sabe! Sin embargo, no nos corresponde a nosotros juzgar, así «estaremos tranquilos delante de Dios, aunque nuestra conciencia nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas». Así lo expresa la segunda lectura de este domingo.

Otro domingo más que se nos regala para aprender a permanecer en Jesús, en su amor, pero especialmente para darnos cuenta de que él permanece siempre en nosotros, pase lo que pase. ¿Alguna vez tuviste la sensación de estar lejos de Jesús, de su amor? ¿Alguna vez te juzgaste a vos mismo como alguien que se alejó y eso te hizo pensar que Jesús no estaba con vos? No hay sensación más extraña y más difícil que sentirse lejos de Dios o sentir que Dios no está con nosotros, nos quitó su mano. Parece ser como nuestra mayor debilidad, eso de autoexcluirnos del amor de Dios, como si no fuéramos dignos. Por eso la conversión más linda y necesaria de nuestro pobre corazón es la de saber con una certeza inconmovible, inamovible, imperturbable de que Jesús permanece en nosotros; de que él es la vid, es la planta y nosotros las ramas, que no existen si no están unidas a él.

La palabra clave de Algo del Evangelio de hoy es «permanecer», te habrás dado cuenta. «Permanecer» se repite una y otra vez. Jesús permanece en nosotros y desea que nosotros vayamos aprendiendo a permanecer en él, que no nos desprendamos. Solo permaneciendo en él, como él permanece en sus discípulos, podemos dar verdaderos frutos para la viña que es la Iglesia. Todo lo demás en la vida, finalmente, es accesorio. El Padre es el viñador, mientras tanto se dedica a podar lo que no sirve y molesta, y podar también para que todo dé más fruto. Por eso a veces de «algún modo» Dios poda cosas en nuestras vidas, para que los brotes salgan con más fuerza, porque «la gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante». ¿Te sentiste podado por Dios alguna vez?

Creo que lo más lindo de todo esto es saber que Jesús permanece en nosotros, más allá de las podas, en vos y en mí. A mí me da consuelo, no sé si a vos te pasa lo mismo. Cuando el acento de nuestra vida espiritual lo ponemos en nosotros mismos, en juzgarnos si estamos más o menos cerca de Dios por lo que hacemos, por lo exterior o dicen los demás qué hacemos, ¡vivimos perdiéndonos algo más grande y profundo, vivimos mirándonos con una lupa, vivimos mirando con una lupa la vida de los demás, decretando en donde está y donde no estará Jesús! Pero la noticia más grande que alegra el corazón hoy no es el juzgar nuestras obras, como quien mira desde afuera, no es juzgar cuan cerca o lejos estamos de él. ¡Todo lo contrario! Jesús vino al mundo a permanecer y no a desaparecer, a permanecer en nosotros, y es gracias a eso que podemos hacer juntos grandes obras. Eso estamos celebrando en este tiempo de Pascua.

Él es un Dios que vino para quedarse y por eso permanece. Permanece en su Iglesia porque su Iglesia es su Cuerpo, es la planta de la vid, somos parte de él. Permanece en su Iglesia y en cada uno de sus miembros cuando nos reunimos en su Nombre, cuando rezamos, cuando celebramos los sacramentos, cuando nos amamos mutuamente, cuando ni nos damos cuenta. Él permanece siempre y para siempre. De esto no dudes jamás, dudar de esto es la peor de las crisis.

Ahora, es verdad que, al mismo tiempo y con la misma intensidad, él desea que permanezcamos en él. Él permanece en nosotros siempre, pero lo experimentamos más en la medida que nosotros permanecemos en él. El permanecer es lo difícil, el estar siempre y con constancia, el perseverar aun cuando todo es más complicado de lo que era al principio. El permanecer va tomando colores diferentes en nuestra vida, según los momentos que nos tocan vivir, pero en su esencia el permanecer es un mantener la fe que nos da la capacidad de amar y poder dar frutos que tienen que ver con el amor de él, que viene de él. A veces el Padre nos poda un poco, es verdad, nos hace pasar por purificaciones, o las permite, por decirlo así, para que aprendamos a permanecer. ¡No rechacemos las podas del Padre que nos ayudan a recibir y a percibir que el que da la vida es él! Lo importante es aprender a permanecer. Pedile eso al Señor hoy, en este día, saber permanecer hasta el final por amor y con amor, mantener la fe con amor y por amor hasta el final.

IV Sábado de Pascua

IV Sábado de Pascua

By administrador on 1 mayo, 2021

Juan 14, 7-14 – Memoria de San José Obrero

Jesús dijo a sus discípulos:

«Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».

Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».

Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.

Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.

Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré».

Palabra del Señor

Comentario

«Yo conozco a las ovejas, y ellas me conocen a mí», decía Jesús en el Evangelio del domingo pasado, que venimos –como siempre te propongo– desmenuzando, desgranando lentamente para profundizarlo. Nunca se termina. No te olvides de esa gran verdad de la escucha de la Palabra de Dios: nunca se termina de profundizar lo necesario. En realidad, la maravilla es que siempre podemos más y, al mismo tiempo, ese poder más nos invita a seguir, porque imagínate si comprendiéramos todo, imagínate si agotáramos toda la riqueza de la Palabra de Dios en una lectura, en una escucha. Bueno, no tendríamos más ganas de leer ni de escuchar. Es como ir a una fuente a buscar agua y acabarla de una vez. No. La fuente siempre sigue dejando salir el agua fresca que hace que podamos embebernos de la Palabra de Dios.

Por eso siempre los sábados te animo a recapitular un poco y que nos preguntemos, tomando esta imagen del Evangelio del domingo pasado –el buen Pastor–, si realmente estamos queriendo conocer a Jesús. Jesús dice que nos conoce, pero Jesús no nos conoce como nosotros conocemos; Jesús nos conoce amándonos y nos ama conociéndonos, con lo cual no hay distancia para él entre el conocer y el amar. Podríamos decir que nos conoce porque nos ama y que, al mismo tiempo, nos ama porque nos conoce. ¡Qué lindo es saber que Jesús piensa así de nosotros y que no nos rechaza por conocernos!; al contrario, nos ama más, y que, justamente porque nos ama, nos conoce más profundamente. ¡Qué distinto que actuamos nosotros a veces! A nosotros nos pasa lo contrario, por conocer a veces dejamos de amar a las personas, porque profundizamos y a veces no nos gusta las cosas de los demás. Sin embargo, Jesús no pone esa distancia, y él pretende que hagamos lo mismo. Y por eso, para conocer verdaderamente a las personas, tenemos que amarlas. Por eso, para seguir conociendo a Jesús, tenemos que amarlo, tenemos que desear estar con él, más allá de lo que nos pase, de lo que esté pasando a nuestro alrededor. Conocer a Jesús, pero para conocerlo hay que amarlo. Pidámosle también que nos dé esa gracia, de amar a los que queremos conocer y no poner «peros» antes de avanzar en el amor hacia los demás.

Algo del Evangelio de hoy es una buena oportunidad para animarse a pedir y pedir. Dice así: «Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré». Pidamos creer, pidamos enamorarnos de Jesús con todas las letras. Pidamos confiar y tener fe, creer en él, creerle a él. Es posible vivir distinto, es posible creer que conocer a Jesús es conocer a Dios Padre. No necesitamos que nos muestren nada más. No necesitamos, como Felipe, que nos muestren más que a Jesús: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras». Nuestro Padre del Cielo, aquel que todos anhelamos en nuestro interior, aquel que todos anhelan, aunque no se den cuenta, es el que se manifestó a Jesús, en todo lo que hizo y dijo. Por eso escuchar a Jesús es escuchar a nuestro Papá del Cielo y no deberíamos esperar nada más. La fe sencilla y simple es la que no necesita ni espera nada más que las palabras del Hijo, de Jesús, porque tiene una certeza profunda que nadie podrá quitarle.

Es entendible, como le pasó a Felipe y a los discípulos, que a veces esperemos más de lo que vemos, que necesitemos más manifestaciones visibles, por decirlo de algún modo. Sin embargo, en la medida que creemos y crecemos en la fe, en realidad, nos vamos «conformando», por decirlo de alguna manera, con menos, que en el fondo es más. El que pretende más de lo que Jesús da, es el eterno insatisfecho, el niño caprichoso que no se conforma con lo que tiene y, por lo tanto, al pedir más se pierde de lo que tiene, de lo que tiene frente a sus narices y su corazón.

En cambio, el que sabe que Jesús es todo, que su palabra lo es todo, que la Eucaristía es todo, que el perdón es todo, tiene todo porque no pretende lo que no puede alcanzar y acepta lo que Jesús quiere darle y aunque pueda, por momentos, aspirar a más –cosa lógica y que ayuda–, se alegra con el ritmo de Dios, con su pedagogía y su paciencia.

Que María nos ayude a enamorarnos más, cada día más, de lo que vale realmente la pena, de Jesús y de su obra, de sus palabras, de su corazón y, por medio de él, del Padre. «¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera», decía un sacerdote. Eso es lo que desea María, hoy y siempre. Por eso, por María a Jesús, por Jesús al Padre. El gozo de María es que, gracias a ella, descubramos más y más el amor de su Hijo. El gozo de Jesús es que, gracias a su amor, descubramos el del Padre. Pidamos eso en su Nombre que él nos lo concederá.

IV Viernes de Pascua

By administrador on 30 abril, 2021

Juan 14, 1-6

Jesús dijo a sus discípulos:

«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy».

Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?».

Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí».

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué bien nos hace ir terminando esta semana intentando distinguir la voz del buen Pastor! Con este tema de la voz, hay mucho para hablar, pero pensaba hoy, que creo que nos puede ayudar, que el tema de la voz no es simplemente una cuestión de distinguir sonidos, que finalmente se transforman en palabras y le dan sentido a lo que nos quieren decir, sino que además, siempre cuando escuchamos algo, tenemos que aprender a interpretar lo que está detrás de las palabras. Y ahí está la cuestión, porque si no somos capaces de escuchar verdaderamente lo que oímos, finalmente lo único que hacemos es oír. Por eso Jesús habla de escuchar. Y en eso cada día tenemos que aprender a escuchar verdaderamente la Palabra de Dios, la Palabra de nuestro buen Pastor.

La Palabra de Dios es como una gran sinfonía, donde se escuchan diferentes tonalidades, sonidos distintos, instrumentos que forman un todo. Por eso es lindo comparar la voz de nuestro buen Pastor como una gran sinfonía, y aquel que sabe de música estará pensando que solamente sabe escuchar una buena sinfonía aquel que sabe algo de música, que sabe qué hay detrás –¿no?– de esa gran orquesta. Por eso, sigamos aprendiendo a escuchar la Palabra de Dios. Ojalá algún día podamos profundizar más sobre cómo estuvo escrita la Palabra de Dios, sobre en qué contexto se escribió y así tantas cosas que nos ayudarán alguna vez a interpretar la voz de nuestro buen Pastor. Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy.

Un poquito metiéndonos más en este lindo texto. Sin saber de qué les estaba hablando, Tomás hizo la pregunta que muchos quisieran poder hacer y que muchos hubiésemos querido, alguna vez, encontrar la respuesta. La misma que te preguntás vos, que me pregunté yo alguna vez, que se pregunta tanta gente: «¿Cuál es el camino?». El camino de la vida, ¿cuál es? ¿Cómo conocerlo? «¿Hacia dónde vamos?», podríamos decir también. «¿Dónde va a terminar todo esto?», dirán otros. «¿Dónde iremos a parar?», dice también una linda zamba acá, en Argentina. ¿Dónde iremos a parar? Y, finalmente, ¿cómo saber cuál es el camino para cada uno? ¿Cuál es el camino, cómo conocerlo y cómo saber cuál es el camino para mí concretamente? Tantas preguntas que hice que imagino que alguna vez te habrás hecho.

Bueno, Jesús responde mostrando no solo cuál es el camino, sino cuál es la verdad y qué es la vida. Completito digamos. Completita la respuesta de Jesús. Todo lo que el hombre quiere saber en una sola respuesta, en una sola frase. Todo lo que el hombre necesita –vos y yo, aquellos que no lo conocen incluso, aquellos que andan sin sentido–, todo está condensado, por decirlo así, en una Persona; no en una idea, no en una ideología, no en una ilusión, no en un sistema económico, no en un proyecto, sino en una Persona.

El Camino, mirá… sabes qué, el camino no es un lugar concreto, la Verdad no es una idea, una ideología, un concepto abstracto y la Vida no es la tuya o la mía. Es la Vida con mayúscula. El Camino, podríamos decir, empieza y no termina, la Verdad nunca terminará de comprenderse –porque no es nuestra– y la Vida nunca terminará de vivirse. ¡Qué maravilla! ¡Qué alegría! Eso es lo más lindo, ¿no te parece?, ¿lo pensaste alguna vez?

Por eso Jesús nos anima a no inquietarnos, a tener fe en el Padre y en él. Como lo venimos viviendo en estos días: creer en Jesús nos inserta, nos mete, nos introduce en un Camino nuevo, nos muestra una Verdad que no deja de ser también un misterio. Algo que no termina de comprenderse, algo que se percibe, que se vislumbra, pero que no se «agarra», no se toma, no se posee, no se aferra. Y, además, nos da una Vida nueva, distinta, mejor, apasionante. Le agrega –como se dice– un plus, le agrega una inyección de amor a nuestra propia vida, que es apasionante.

Fijate si creer en Jesús no te ayudó a que tu vida cambie de rumbo, a que tu vida encuentre una luz, una verdad diferente, a que descubras verdades que antes no veías, a que tengas más vida que antes, más ganas de vivir, de levantarte, más ganar de amar y de agrandar tu corazón, de hacerlo gigante o de, por lo menos, no tenerle miedo a la muerte. Como me pasó de hace unos días, que fui a ver a un hombre que está cercano a morir y tenía una paz inmensa, preparado para el gran paso. ¿A vos te pasa lo mismo?

Fijate si desde que crees en Jesús, o desde que estás escuchando un poco más la Palabra de Dios, desde que lo seguís y escuchás en serio, no empezaste a caminar como quien no quiere detenerse nunca, como aquel que camina sin parar. Descansa un poquito, pero sigue, como quien sabe que pase lo que pase nada lo va a frenar, como quien sabe que a pesar de las caídas siempre puede levantarse una y otra vez, como quien sabe que ese camino siempre va a terminar bien. El final siempre va a ser el mejor. Ya sabemos el «final» de la película de la vida. Pensá qué sería de tu vida si no fuera porque tenés fe, algo de fe; no importa cuánto, sino, por lo menos, un poco de fe. Pensá qué sería de tu familia sin el sostén de Jesús, que te sostuvo en ese momento de dolor. El saber que tenemos un Camino, una Verdad y una Vida que no terminan jamás. Pensá hoy y rezá con esto. Rezá, por favor.

Tenemos un Camino seguro y firme, tenemos una Verdad que no engaña nunca y tenemos una Vida que da vida todo lo que toca y rodea. Todo en una Persona, todo lo que necesitamos en una Persona que vino a señalarnos el rumbo de la vida, que vino a lanzarnos –como decía san Alberto Hurtado– como un «disparo a la eternidad»; la vida de tus seres queridos también, la de los que partieron o están por partir, la de todos.

¿Qué más podemos pedir? Lo tenemos todo. Estando con Jesús vamos caminando en el mejor camino, porque él es el Camino. Entonces… ¿por qué nos inquietamos tanto por las cosas de esta vida que no podemos resolver? ¿Por qué hacemos un mundo «de lo que no es»? ¿Por qué hacemos de las tristezas algo eterno, cuando no estamos hechos para las tristezas? ¿Por qué dejamos que el sufrimiento de la vida nuble el verdadero fin de nuestro corazón? ¿Por qué dejamos que la partida de un ser querido nos angustie tanto? No se inquieten, no nos inquietemos, no nos dejemos inquietar por las cosas que pasan y nos pasan. Acudamos a él, pidamos más fe, pidamos más amor, pidamos más esperanza.

IV Jueves de Pascua

IV Jueves de Pascua

By administrador on 29 abril, 2021

Juan 13, 16-20

Después de haber lavado los pies a los discípulos, Jesús les dijo:

«Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.

No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí.

Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.

Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió.»

Palabra del Señor

Comentario

«Pastor, que con tus silbos amorosos, me despertaste de un profundo sueño», dice un lindo himno de nuestra liturgia; y podríamos continuarlo diciendo nosotros: «Y que al despertarme de ese sueño, me ayudaste a reconocerte como mi dueño. Concédeme en este día enamorarme otra vez de tu voz, de tus silbos amorosos». ¡Qué lindo sería que podamos empezar cada día deseando escuchar la voz de nuestro verdadero Pastor, que continuamente desea llamarnos para que nos sintamos amados y guiados por él! Nunca te olvides que él es tu verdadero Pastor, nunca nos olvidemos que él nos ama como nadie y que él da la vida por nosotros cada día, cada instante, en cada momento.

Dios quiera, y Dios lo quiere, que tengamos un buen día, un día en el que podamos descubrirlo a él en todas las cosas, y que todas las cosas nos hablen de él también. Y para eso es necesario empezar el día escuchando la voz, la mejor voz que podemos escuchar, la música que hace bien a los oídos del corazón, la música de la Palabra de Dios. Si tomáramos dimensión de que al escuchar a Jesús estamos escuchando al Padre, sería muy distinto, decíamos, por ejemplo, nuestra relación con él o nuestra manera de rezar. Muchas veces no sabemos rezar –vuelvo a repetir– porque no sabemos escuchar, no sabemos detenernos y frenar un poco; en realidad, no sabemos con quién estamos hablando. Y tomar conciencia de que estamos hablando con el Padre del cielo, nos ayuda a rezar con el corazón.

Preguntando también se aprende: ¿A quién escuchamos, cuando escuchamos a los demás? ¿A quién escuchamos, cuando escuchamos a Jesús? ¿A quién recibimos, cuando recibimos a los demás? ¿A quién recibimos, cuando recibimos a Jesús? Escuchar a los demás con amor es escuchar a Jesús en los otros y escuchando a Jesús en los otros escuchamos al Padre; escuchar es un modo de recibir, y recibir es servir también. Esta es de alguna manera la lógica de Algo del Evangelio de hoy.

Hablando un poco vulgarmente, es como una especie de cadena de favores. El Padre que envía a su Hijo para servirnos, para lavarnos los pies, para amarnos y dar su vida por nosotros; y nosotros que, si nos dejamos servir por él, tenemos que experimentar que es Dios Padre quien nos está sirviendo, y al mismo tiempo, eso nos tiene que mover a ayudar y poder hacer lo mismo con los demás, porque «el servidor no es más grande que su señor».

La lógica de Dios invierte la lógica del hombre. Por más que le demos muchas vueltas, por más que nos rompamos la cabeza para entender muchas cosas, nunca podemos olvidar que «Dios no piensa como nosotros», que su modo de ser y de pensar no sigue nuestra lógica, nuestro sentido común. El sentido común de Dios no es el nuestro, claramente. Hay veces que nuestra lógica piensa que aquel que es más grande, por estar más acomodado, por estar en un nivel de poder más alto, puede llegar a considerar que los demás tienen que servirlo, o que tiene algún derecho sobre los otros. Casi que naturalmente pensamos que a medida que crecemos tenemos que ser servidos; y por eso, un jefe a veces se cree que tiene derecho a ser servido por sus empleados; y por eso, a veces un sacerdote no entiende esta parte del Evangelio y pretende que su pueblo y los fieles deben rendirse a sus pies; y por eso, un padre de familia puede confundirse y pensar que sus hijos son para servirlo. Nada de esto está en el mensaje de Jesús, porque nada de esto hizo Jesús. Todo lo contrario, él vino a servir siendo el más grande, vino a lavarnos los pies siendo el Maestro, vino a perdonar siendo que no tenía pecado, vino a morir siendo el inmortal.

Seguro que a medida que escuchas esto que voy diciendo pensas interiormente: «Esto ya lo sé, esto ya lo escuché muchas veces»; bueno, pero con saberlo no alcanza, sino escuchemos a Jesús otra vez: «Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican».

IV Miércoles de Pascua

IV Miércoles de Pascua

By administrador on 28 abril, 2021

Juan 12, 44-50

Jesús exclamó:

«El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.

Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo.

El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna.

Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó».

Palabra del Señor

Comentario

La imagen del Pastor, del buen Pastor, que nos acompaña desde el domingo, debería ayudarnos a poder interpretar, a poder reflexionar, a poder ver con los ojos de la fe cómo obra Dios, o sea, cómo es ese Dios que no vemos, ese Dios que escuchamos y le creemos por medio de su Palabra; pero que, al mismo tiempo, nos quiero llevar no solo a que creamos, como un acto así aislado, sino que podamos conocer cómo es él. El conocimiento de la fe es tan importante como el acto de fe, o sea, el sentir que creemos, por decirlo de alguna manera, o el afirmar que creemos. No se pueden separar. Yo digo que creo, pero al creer a ese que me habla, al mismo tiempo lo voy conociendo. Y el hecho de que Dios sea nuestro Pastor o que Jesús se haya presentado como el buen Pastor, nos hace muy bien, porque esta imagen que utilizaba Jesús o esta actitud, mejor dicho, que Jesús decía que tiene el Pastor –que «él conoce a las ovejas y las ovejas lo conocen a él», o sea que lo escuchan–, nos tiene que ayudar a andar por ese camino. Somos sus ovejas y tenemos que seguir practicando la escucha, porque la escucha nos hace conocer a aquel a quien seguimos y escuchamos.

Por eso vuelvo a decir: es necesario escuchar la voz del Pastor, que es Jesús. La clave en esta vida, decimos siempre, es ir aprendiendo a escuchar, a escuchar al Pastor y a escuchar a los demás, en donde también de alguna manera él nos habla. El que no sabe escuchar, difícilmente sepa amar, porque no sabe detenerse; no sabe bajar un cambio, como se dice, para reflexionar. Aquel que ama sabe frenarse. No sabe aquel que no escucha mirar a los ojos a los demás; no sabe dejar de hablar para dar tiempo a los otros; no sabe lo que es esperar, no sabe de paciencia; no sabe lo que es olvidarse de sus propios caprichos por un momento; no sabe lo que es cargar con dolores ajenos; en definitiva, no sabe sufrir por el otro por amor. No sabe amar. El que no escucha, entonces decimos no ama bien y solo ama en profundidad, verdaderamente el que escucha mucho más de lo que pretende hablar.

Escuchar a Jesús es escuchar al Padre, «porque él no habló por sí mismo», dice el Evangelio de Juan, y escuchar entonces es lo que nos enseña a amar. ¡Si tomáramos dimensión de que al escuchar a Jesús estamos escuchando al Padre, qué distinto sería, por ejemplo, nuestra relación con él o nuestra manera de rezar, de orar! Muchas veces no sabemos rezar como conviene porque, en realidad, no sabemos escuchar, no sabemos detenernos y frenar un poco.

Escuchemos hoy a Jesús en Algo del Evangelio, que nos dice que él es luz, que vino a traer luz a las tinieblas de nuestras vidas, porque la luz es vida y cuando hay luz, la muerte desaparece. La luz da vida a la naturaleza. Sin la luz del sol, las plantas no podrían crecer. Sin la luz del sol, nosotros también viviríamos todos los días a oscuras.

Ahora… no basta con decir de la boca para afuera que creemos, ya lo dijimos, eso sobra y hace mal en realidad. Hay muchos cristianos que dicen creer, pero son ovejas sordas, que no quieren escuchar. Es necesario dejar que la fe se haga vida, que la fe ilumine lo propio, el propio corazón, y que irradie hacia afuera como un destello, como un reflejo de lo que recibimos. Es necesario cambiar de vida también, cada día. Y esto no es un imperativo moral, una obligación, es una realidad, una consecuencia natural cuando se cree, digamos así, en serio, cuando se escucha todos los días a Jesús, cuando dejamos que sus palabras y su vida nos muestren un nuevo camino, nos muestren el pecado también, el desorden que hay en nosotros, nos muestren nuestra bondad y la de los demás, nos eviten caer una y otra vez.

Que sus palabras iluminen también el dolor de los otros para que podamos aprender a ayudar. Si Cristo que es luz no está en nuestras vidas, si sus palabras no iluminan nuestro obrar y pensar, nada nos conmueve, nada nos saca de nuestra somnolencia, de ese andar anestesiados ante tanta oscuridad e injusticia.

Es sencillo: o somos ovejas que escuchamos y seguimos a Jesús, o somos ovejas que seguimos a un rebaño distinto, a un rebaño de una de una ideología, de una política, de un proyecto personal, de una filosofía, de modas pasajeras, o incluso de caprichos personales.

Pidámosle a Jesús que nos siga conduciendo hacia los pastos que él quiere darnos, hacia los pastos de su amor y de su palabra.

IV Lunes de Pascua

IV Lunes de Pascua

By administrador on 26 abril, 2021

Juan 10, 1-10

Jesús dijo:

«Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino, por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz».

Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.

Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.

Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia».

Palabra del Señor

Comentario

Empezamos otra semana en este lunes, de la mano de la Palabra de Dios. Esa palabra que quedó para siempre grabada en las Sagradas Escrituras y que escuchamos todos los días en cada templo esparcido por el mundo, pero también individualmente, en miles de corazones, como el tuyo y el mío. No es lo mismo empezar el día escuchando a Jesús. No es lo mismo, convéncete, no te engañes pensando que hay otra manera de empezar el día; es lo mejor que podemos hacer juntos, es lo mejor que podés hacer. Somos miles de miles en este mismísimo momento, somos cientos de miles que cada día intentamos enamorarnos más de él. No todo está perdido, no todo es como muchos dicen. Jesús es el verdadero Pastor de nuestras almas, de nuestro corazón, y aquí está, una vez más, hablándonos con amor, para que podamos amarlo de verdad.

La Palabra necesita ser interpretada para ser bien comprendida, porque podemos escuchar sin comprender, podemos leer sin interpretar, y así no llegar a profundizar y ser cristianos que no conocemos realmente a Cristo. Escuchar cada día lo que Dios Padre nos dice por medio del Evangelio, tratar de interpretarlo y llevarlo a la práctica en nuestra vida; o bien, darnos cuenta de que eso ya lo vivimos de alguna manera es el mejor camino que podemos seguir. Eso es ser ovejas, ser ovejas que escuchen a su Pastor que con sus silbos amorosos nos habla al corazón.

Jesús es el verdadero Pastor y nosotros somos sus ovejas. Imágenes que nos quieren ayudar a comprender un poco más la actitud de un Dios Padre que nos cuida como a sus ovejitas más amadas. Jesús se nos muestra como el verdadero Pastor; o sea el guía, el conductor, el protector, el que conoce, ama y cuida a todas sus ovejas, y a cada una en particular, esas ovejas que el Padre le encomendó. Y eso quiere decir que siempre hubo, hay y habrá también, aunque cueste decirlo, falsos pastores, «supuestos» guías y protectores, cuidadores; pero que, en el fondo, en realidad, nunca serían capaces de dar la vida por sus ovejas, como lo hizo Jesús y como lo hace. Solo hay un verdadero pastor de toda la humanidad, solo es Jesús el que nos da la vida al dar su Vida por nosotros. La vida se comunica, se transmite. La vida de Dios es la que nos da vida. Vos y yo estamos vivos, tenemos el corazón latiendo de amor gracias al amor de Dios que cada día nos da su amor.

Sin embargo, en tu vida, y en la mía también, hay muchos que nos proponen y nos prometen «vida» y cómo vivir mejor; hay muchos que nos prometieron solucionarnos la vida, valga la redundancia, vendiéndonos falsas ilusiones; hay muchos que se creen capaces de mejorar la vida de los otros, que se creen los «mesías» de los demás. Pero Jesús en Algo del Evangelio de hoy es muy claro: «La puerta soy yo. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento». Él no solo es el Pastor, el que cuida, el que guía, el que escucha, el que ama, el que conoce; sino que, además, es la puerta por la cual se entra al verdadero corral, para estar con el verdadero rebaño. Solo a través de Jesús nos podemos salvar, solo por medio de él encontraremos la paz, la plenitud que anhelamos, solo a través de él podremos encontrar la verdadera comunión con Dios Padre; porque Él es el Hijo que vino a mostrarnos cómo es realmente su Padre.

¿Qué es entonces ser salvados? Salvarse, desde ahora –en esta vida– es vivir una relación de comunión, de amor, con un Dios que nos quiere alimentar con su propio amor. Salvarse, en definitiva, es amar, es salir del «yoísmo», del egoísmo, y es amar con el corazón. Y a amar se aprende, conociendo el verdadero amor de Dios, que se nos reveló en Jesús, que es la puerta y, al mismo tiempo, el Pastor, que nos conduce hacia el Padre.

Todos los hombres se salvarán por él, aunque no lleguen a conocerlo explícitamente, porque él es el que abrió la puerta del corazón de Dios para todos los hombres, para que todos los hombres se salven y nadie se pierda.

Hay que dejarse guiar por Jesús, hay que dejarse alimentar por él; porque él vino a darnos vida, y vida en abundancia, vida de la buena, vida que quita el hambre y la sed de tanto vacío en nuestro interior. Mientras tanto, nosotros como ovejas, vamos aprendiendo a escuchar su voz y a comer de los buenos pastos, a no meternos en «cualquier» corral –tené cuidado–, a no creerle a cualquier «pastor» que se cree pastor.

Pidamos para todos, esa gracia en este día y en este comienzo de semana, pidamos la alegría de sonreír de corazón, pidamos paz para no rechazar a nadie, para jamás ofender a nadie, para hacer sentir a todos que son amados por él.

IV Domingo de Pascua

IV Domingo de Pascua

By administrador on 25 abril, 2021

Juan 10, 11-18

Jesús dijo:

«Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.

Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.

El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre».

Palabra del Señor

Comentario

Es necesario volver a escuchar una y mil veces quien es el verdadero y único pastor de nuestras almas, de nuestras vidas, de nuestros corazones. Es necesario en este domingo volver a recordar, por más que nos «perdamos» en los tentadores campos de este mundo, por más que escuchemos «otras voces» que nos pueden atraer momentáneamente, por más que otros nos prometan dar la vida por nosotros; en realidad, el único que hace todo lo que deseamos que hagan por nosotros es Jesús. Él único que nos conoce verdaderamente, él único que dio y da la vida por nosotros es Jesús, el buen Pastor, el verdadero Pastor.

Puede no decirnos mucho a nosotros, o a alguno de nosotros, la imagen del pastor que nos presenta la Palabra de Dios de hoy; puede que nos quede un poco lejana por el contexto en el que vivimos o porque jamás hayamos visto un pastor como los de antes. Sin embargo, podemos hacer el esfuerzo de imaginar lo que significa la figura y presencia de un pastor en un rebaño.

Por eso, este domingo se le llama en toda la Iglesia «el del buen Pastor» o también podríamos decir «del verdadero Pastor», porque así también puede traducirse esa palabra. Por eso es un día en el que especialmente se reza por los que Jesús llama a seguirlo de una manera especial para ser pastores de su rebaño. Por eso tenemos que pedirle al verdadero Pastor que siga llamando a hombres a representar con sus vidas, el único pastoreo que le corresponde a él.

Buenos pastores pueden haber muchos, pero VERDADERO solo Jesús. Solo él nos conduce hacia los pastos tranquilos en donde nos alimentamos sana y abundantemente. Solo él sigue dando la vida por nosotros y nos sigue llamando por nuestro nombre para que no nos olvidemos de su voz. ¿Conocemos a nuestro Pastor? ¿Reconocemos su voz, que no se cansa de llamarnos con sus silbos amorosos? Él conoce a sus ovejas, te conoce a vos y mí, nos conoce a todos, nos mira, nos vigila, pero no para que nos asustemos; todo lo contrario, para que confiemos y no pensemos en los peligros de esta vida que a veces nos paralizan. Él siempre va a estar para cuidarnos, para darnos lo que necesitamos. El Pastor está siempre, aunque a veces no se lo vea, aunque no lo vean, pero escucha, aunque no lo escuchen, ama, aunque no lo amen. Todo eso y mucho más es nuestro buen Jesús.

La Iglesia necesita más pastores, pero más que nada necesita pastores parecidos a Jesús. La Iglesia necesita pastores que «den la vida por las ovejas», que vivan y cumplan aquello para lo cual fueron elegidos. La Iglesia necesita pastores como Jesús, pastores que conozcan a sus ovejas; pastores que llamen a las ovejas por su nombre, que vayan delante de ellas, que hagan lo que dicen; pastores que tengan una voz que sea reconocida por ellas; pastores que «arrastren a las ovejas» al verdadero Pastor, que es Jesús, y no a ellos mismos.

Este domingo recemos por las vocaciones, por las que están y las que necesitamos que vengan. Él no se cansa de llamar y no se cansará nunca de llamar a los hombres que quieran y se animen a vivir lo que él quiere. En eso tenemos que estar confiados, pero al mismo tiempo tenemos que rezar con fe. De alguna manera, también depende de nosotros, como decía San Agustín: «Si existen buenas ovejas, habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas salen los buenos pastores».

Es un domingo en el que todos los sacerdotes tenemos que preguntarnos con sinceridad: ¿Damos la vida por las personas que Dios nos encomienda o somos funcionarios y asalariados? ¿Damos la vida con nuestras actitudes? ¿Hacemos lo que prometimos alguna vez con entusiasmo antes de la ordenación? Todo sacerdote, antes de la ordenación, jura ante Dios poniendo la mano sobre la Palabra de Dios, entre otras cosas, lo siguiente: «En el ejercicio del ministerio que me ha sido confiado, en nombre de la Iglesia, conservaré íntegro el depósito de la fe y lo trasmitiré y explicaré fielmente; evitando, por tanto, cualquier doctrina que le sea contraria». No somos sacerdotes para nosotros, a nuestro modo ni por nosotros. No predicamos nuestra palabra, sino su Palabra. No celebramos nuestra Misa, sino la única Misa de la Iglesia, la «Misa de Jesús» en la que se entrega por todos, sacerdotes y fieles. No pastoreamos nuestras ovejas, sino las de Jesús. No somos dueños de nadie, por eso debemos ayudar a que las ovejas sean libres para ir hacia el buen y único Pastor.

Que Jesús, el verdadero Pastor, nos ayude a todos, especialmente a los sacerdotes, a ser verdaderos pastores de la Iglesia; pastores capaces de dar la vida por Cristo y su cuerpo, que es la Iglesia, sin escandalizar a nadie y dedicándonos a ser lo que tenemos que ser: sacerdotes y buenos pastores.

¡Gracias Jesús, por cada sacerdote que alguna vez llamaste a ser parecido a vos! ¡Gracias por habernos llamado!  ¡Gracias por haberme llamado, Señor! Te pido que hoy nos sigas animando. Te pido a vos, que escuchas este audio, que hoy reces por los sacerdotes, por los que están y por los que vendrán.