Book: Juan

IV Sábado de Pascua

IV Sábado de Pascua

By administrador on 1 mayo, 2021

Juan 14, 7-14 – Memoria de San José Obrero

Jesús dijo a sus discípulos:

«Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto».

Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta».

Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.

Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.

Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre. Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré».

Palabra del Señor

Comentario

«Yo conozco a las ovejas, y ellas me conocen a mí», decía Jesús en el Evangelio del domingo pasado, que venimos –como siempre te propongo– desmenuzando, desgranando lentamente para profundizarlo. Nunca se termina. No te olvides de esa gran verdad de la escucha de la Palabra de Dios: nunca se termina de profundizar lo necesario. En realidad, la maravilla es que siempre podemos más y, al mismo tiempo, ese poder más nos invita a seguir, porque imagínate si comprendiéramos todo, imagínate si agotáramos toda la riqueza de la Palabra de Dios en una lectura, en una escucha. Bueno, no tendríamos más ganas de leer ni de escuchar. Es como ir a una fuente a buscar agua y acabarla de una vez. No. La fuente siempre sigue dejando salir el agua fresca que hace que podamos embebernos de la Palabra de Dios.

Por eso siempre los sábados te animo a recapitular un poco y que nos preguntemos, tomando esta imagen del Evangelio del domingo pasado –el buen Pastor–, si realmente estamos queriendo conocer a Jesús. Jesús dice que nos conoce, pero Jesús no nos conoce como nosotros conocemos; Jesús nos conoce amándonos y nos ama conociéndonos, con lo cual no hay distancia para él entre el conocer y el amar. Podríamos decir que nos conoce porque nos ama y que, al mismo tiempo, nos ama porque nos conoce. ¡Qué lindo es saber que Jesús piensa así de nosotros y que no nos rechaza por conocernos!; al contrario, nos ama más, y que, justamente porque nos ama, nos conoce más profundamente. ¡Qué distinto que actuamos nosotros a veces! A nosotros nos pasa lo contrario, por conocer a veces dejamos de amar a las personas, porque profundizamos y a veces no nos gusta las cosas de los demás. Sin embargo, Jesús no pone esa distancia, y él pretende que hagamos lo mismo. Y por eso, para conocer verdaderamente a las personas, tenemos que amarlas. Por eso, para seguir conociendo a Jesús, tenemos que amarlo, tenemos que desear estar con él, más allá de lo que nos pase, de lo que esté pasando a nuestro alrededor. Conocer a Jesús, pero para conocerlo hay que amarlo. Pidámosle también que nos dé esa gracia, de amar a los que queremos conocer y no poner «peros» antes de avanzar en el amor hacia los demás.

Algo del Evangelio de hoy es una buena oportunidad para animarse a pedir y pedir. Dice así: «Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré». Pidamos creer, pidamos enamorarnos de Jesús con todas las letras. Pidamos confiar y tener fe, creer en él, creerle a él. Es posible vivir distinto, es posible creer que conocer a Jesús es conocer a Dios Padre. No necesitamos que nos muestren nada más. No necesitamos, como Felipe, que nos muestren más que a Jesús: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras». Nuestro Padre del Cielo, aquel que todos anhelamos en nuestro interior, aquel que todos anhelan, aunque no se den cuenta, es el que se manifestó a Jesús, en todo lo que hizo y dijo. Por eso escuchar a Jesús es escuchar a nuestro Papá del Cielo y no deberíamos esperar nada más. La fe sencilla y simple es la que no necesita ni espera nada más que las palabras del Hijo, de Jesús, porque tiene una certeza profunda que nadie podrá quitarle.

Es entendible, como le pasó a Felipe y a los discípulos, que a veces esperemos más de lo que vemos, que necesitemos más manifestaciones visibles, por decirlo de algún modo. Sin embargo, en la medida que creemos y crecemos en la fe, en realidad, nos vamos «conformando», por decirlo de alguna manera, con menos, que en el fondo es más. El que pretende más de lo que Jesús da, es el eterno insatisfecho, el niño caprichoso que no se conforma con lo que tiene y, por lo tanto, al pedir más se pierde de lo que tiene, de lo que tiene frente a sus narices y su corazón.

En cambio, el que sabe que Jesús es todo, que su palabra lo es todo, que la Eucaristía es todo, que el perdón es todo, tiene todo porque no pretende lo que no puede alcanzar y acepta lo que Jesús quiere darle y aunque pueda, por momentos, aspirar a más –cosa lógica y que ayuda–, se alegra con el ritmo de Dios, con su pedagogía y su paciencia.

Que María nos ayude a enamorarnos más, cada día más, de lo que vale realmente la pena, de Jesús y de su obra, de sus palabras, de su corazón y, por medio de él, del Padre. «¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera», decía un sacerdote. Eso es lo que desea María, hoy y siempre. Por eso, por María a Jesús, por Jesús al Padre. El gozo de María es que, gracias a ella, descubramos más y más el amor de su Hijo. El gozo de Jesús es que, gracias a su amor, descubramos el del Padre. Pidamos eso en su Nombre que él nos lo concederá.

IV Viernes de Pascua

By administrador on 30 abril, 2021

Juan 14, 1-6

Jesús dijo a sus discípulos:

«No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde voy».

Tomás le dijo: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?».

Jesús le respondió: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí».

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué bien nos hace ir terminando esta semana intentando distinguir la voz del buen Pastor! Con este tema de la voz, hay mucho para hablar, pero pensaba hoy, que creo que nos puede ayudar, que el tema de la voz no es simplemente una cuestión de distinguir sonidos, que finalmente se transforman en palabras y le dan sentido a lo que nos quieren decir, sino que además, siempre cuando escuchamos algo, tenemos que aprender a interpretar lo que está detrás de las palabras. Y ahí está la cuestión, porque si no somos capaces de escuchar verdaderamente lo que oímos, finalmente lo único que hacemos es oír. Por eso Jesús habla de escuchar. Y en eso cada día tenemos que aprender a escuchar verdaderamente la Palabra de Dios, la Palabra de nuestro buen Pastor.

La Palabra de Dios es como una gran sinfonía, donde se escuchan diferentes tonalidades, sonidos distintos, instrumentos que forman un todo. Por eso es lindo comparar la voz de nuestro buen Pastor como una gran sinfonía, y aquel que sabe de música estará pensando que solamente sabe escuchar una buena sinfonía aquel que sabe algo de música, que sabe qué hay detrás –¿no?– de esa gran orquesta. Por eso, sigamos aprendiendo a escuchar la Palabra de Dios. Ojalá algún día podamos profundizar más sobre cómo estuvo escrita la Palabra de Dios, sobre en qué contexto se escribió y así tantas cosas que nos ayudarán alguna vez a interpretar la voz de nuestro buen Pastor. Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy.

Un poquito metiéndonos más en este lindo texto. Sin saber de qué les estaba hablando, Tomás hizo la pregunta que muchos quisieran poder hacer y que muchos hubiésemos querido, alguna vez, encontrar la respuesta. La misma que te preguntás vos, que me pregunté yo alguna vez, que se pregunta tanta gente: «¿Cuál es el camino?». El camino de la vida, ¿cuál es? ¿Cómo conocerlo? «¿Hacia dónde vamos?», podríamos decir también. «¿Dónde va a terminar todo esto?», dirán otros. «¿Dónde iremos a parar?», dice también una linda zamba acá, en Argentina. ¿Dónde iremos a parar? Y, finalmente, ¿cómo saber cuál es el camino para cada uno? ¿Cuál es el camino, cómo conocerlo y cómo saber cuál es el camino para mí concretamente? Tantas preguntas que hice que imagino que alguna vez te habrás hecho.

Bueno, Jesús responde mostrando no solo cuál es el camino, sino cuál es la verdad y qué es la vida. Completito digamos. Completita la respuesta de Jesús. Todo lo que el hombre quiere saber en una sola respuesta, en una sola frase. Todo lo que el hombre necesita –vos y yo, aquellos que no lo conocen incluso, aquellos que andan sin sentido–, todo está condensado, por decirlo así, en una Persona; no en una idea, no en una ideología, no en una ilusión, no en un sistema económico, no en un proyecto, sino en una Persona.

El Camino, mirá… sabes qué, el camino no es un lugar concreto, la Verdad no es una idea, una ideología, un concepto abstracto y la Vida no es la tuya o la mía. Es la Vida con mayúscula. El Camino, podríamos decir, empieza y no termina, la Verdad nunca terminará de comprenderse –porque no es nuestra– y la Vida nunca terminará de vivirse. ¡Qué maravilla! ¡Qué alegría! Eso es lo más lindo, ¿no te parece?, ¿lo pensaste alguna vez?

Por eso Jesús nos anima a no inquietarnos, a tener fe en el Padre y en él. Como lo venimos viviendo en estos días: creer en Jesús nos inserta, nos mete, nos introduce en un Camino nuevo, nos muestra una Verdad que no deja de ser también un misterio. Algo que no termina de comprenderse, algo que se percibe, que se vislumbra, pero que no se «agarra», no se toma, no se posee, no se aferra. Y, además, nos da una Vida nueva, distinta, mejor, apasionante. Le agrega –como se dice– un plus, le agrega una inyección de amor a nuestra propia vida, que es apasionante.

Fijate si creer en Jesús no te ayudó a que tu vida cambie de rumbo, a que tu vida encuentre una luz, una verdad diferente, a que descubras verdades que antes no veías, a que tengas más vida que antes, más ganas de vivir, de levantarte, más ganar de amar y de agrandar tu corazón, de hacerlo gigante o de, por lo menos, no tenerle miedo a la muerte. Como me pasó de hace unos días, que fui a ver a un hombre que está cercano a morir y tenía una paz inmensa, preparado para el gran paso. ¿A vos te pasa lo mismo?

Fijate si desde que crees en Jesús, o desde que estás escuchando un poco más la Palabra de Dios, desde que lo seguís y escuchás en serio, no empezaste a caminar como quien no quiere detenerse nunca, como aquel que camina sin parar. Descansa un poquito, pero sigue, como quien sabe que pase lo que pase nada lo va a frenar, como quien sabe que a pesar de las caídas siempre puede levantarse una y otra vez, como quien sabe que ese camino siempre va a terminar bien. El final siempre va a ser el mejor. Ya sabemos el «final» de la película de la vida. Pensá qué sería de tu vida si no fuera porque tenés fe, algo de fe; no importa cuánto, sino, por lo menos, un poco de fe. Pensá qué sería de tu familia sin el sostén de Jesús, que te sostuvo en ese momento de dolor. El saber que tenemos un Camino, una Verdad y una Vida que no terminan jamás. Pensá hoy y rezá con esto. Rezá, por favor.

Tenemos un Camino seguro y firme, tenemos una Verdad que no engaña nunca y tenemos una Vida que da vida todo lo que toca y rodea. Todo en una Persona, todo lo que necesitamos en una Persona que vino a señalarnos el rumbo de la vida, que vino a lanzarnos –como decía san Alberto Hurtado– como un «disparo a la eternidad»; la vida de tus seres queridos también, la de los que partieron o están por partir, la de todos.

¿Qué más podemos pedir? Lo tenemos todo. Estando con Jesús vamos caminando en el mejor camino, porque él es el Camino. Entonces… ¿por qué nos inquietamos tanto por las cosas de esta vida que no podemos resolver? ¿Por qué hacemos un mundo «de lo que no es»? ¿Por qué hacemos de las tristezas algo eterno, cuando no estamos hechos para las tristezas? ¿Por qué dejamos que el sufrimiento de la vida nuble el verdadero fin de nuestro corazón? ¿Por qué dejamos que la partida de un ser querido nos angustie tanto? No se inquieten, no nos inquietemos, no nos dejemos inquietar por las cosas que pasan y nos pasan. Acudamos a él, pidamos más fe, pidamos más amor, pidamos más esperanza.

IV Jueves de Pascua

IV Jueves de Pascua

By administrador on 29 abril, 2021

Juan 13, 16-20

Después de haber lavado los pies a los discípulos, Jesús les dijo:

«Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.

No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí.

Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.

Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió.»

Palabra del Señor

Comentario

«Pastor, que con tus silbos amorosos, me despertaste de un profundo sueño», dice un lindo himno de nuestra liturgia; y podríamos continuarlo diciendo nosotros: «Y que al despertarme de ese sueño, me ayudaste a reconocerte como mi dueño. Concédeme en este día enamorarme otra vez de tu voz, de tus silbos amorosos». ¡Qué lindo sería que podamos empezar cada día deseando escuchar la voz de nuestro verdadero Pastor, que continuamente desea llamarnos para que nos sintamos amados y guiados por él! Nunca te olvides que él es tu verdadero Pastor, nunca nos olvidemos que él nos ama como nadie y que él da la vida por nosotros cada día, cada instante, en cada momento.

Dios quiera, y Dios lo quiere, que tengamos un buen día, un día en el que podamos descubrirlo a él en todas las cosas, y que todas las cosas nos hablen de él también. Y para eso es necesario empezar el día escuchando la voz, la mejor voz que podemos escuchar, la música que hace bien a los oídos del corazón, la música de la Palabra de Dios. Si tomáramos dimensión de que al escuchar a Jesús estamos escuchando al Padre, sería muy distinto, decíamos, por ejemplo, nuestra relación con él o nuestra manera de rezar. Muchas veces no sabemos rezar –vuelvo a repetir– porque no sabemos escuchar, no sabemos detenernos y frenar un poco; en realidad, no sabemos con quién estamos hablando. Y tomar conciencia de que estamos hablando con el Padre del cielo, nos ayuda a rezar con el corazón.

Preguntando también se aprende: ¿A quién escuchamos, cuando escuchamos a los demás? ¿A quién escuchamos, cuando escuchamos a Jesús? ¿A quién recibimos, cuando recibimos a los demás? ¿A quién recibimos, cuando recibimos a Jesús? Escuchar a los demás con amor es escuchar a Jesús en los otros y escuchando a Jesús en los otros escuchamos al Padre; escuchar es un modo de recibir, y recibir es servir también. Esta es de alguna manera la lógica de Algo del Evangelio de hoy.

Hablando un poco vulgarmente, es como una especie de cadena de favores. El Padre que envía a su Hijo para servirnos, para lavarnos los pies, para amarnos y dar su vida por nosotros; y nosotros que, si nos dejamos servir por él, tenemos que experimentar que es Dios Padre quien nos está sirviendo, y al mismo tiempo, eso nos tiene que mover a ayudar y poder hacer lo mismo con los demás, porque «el servidor no es más grande que su señor».

La lógica de Dios invierte la lógica del hombre. Por más que le demos muchas vueltas, por más que nos rompamos la cabeza para entender muchas cosas, nunca podemos olvidar que «Dios no piensa como nosotros», que su modo de ser y de pensar no sigue nuestra lógica, nuestro sentido común. El sentido común de Dios no es el nuestro, claramente. Hay veces que nuestra lógica piensa que aquel que es más grande, por estar más acomodado, por estar en un nivel de poder más alto, puede llegar a considerar que los demás tienen que servirlo, o que tiene algún derecho sobre los otros. Casi que naturalmente pensamos que a medida que crecemos tenemos que ser servidos; y por eso, un jefe a veces se cree que tiene derecho a ser servido por sus empleados; y por eso, a veces un sacerdote no entiende esta parte del Evangelio y pretende que su pueblo y los fieles deben rendirse a sus pies; y por eso, un padre de familia puede confundirse y pensar que sus hijos son para servirlo. Nada de esto está en el mensaje de Jesús, porque nada de esto hizo Jesús. Todo lo contrario, él vino a servir siendo el más grande, vino a lavarnos los pies siendo el Maestro, vino a perdonar siendo que no tenía pecado, vino a morir siendo el inmortal.

Seguro que a medida que escuchas esto que voy diciendo pensas interiormente: «Esto ya lo sé, esto ya lo escuché muchas veces»; bueno, pero con saberlo no alcanza, sino escuchemos a Jesús otra vez: «Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican».

IV Miércoles de Pascua

IV Miércoles de Pascua

By administrador on 28 abril, 2021

Juan 12, 44-50

Jesús exclamó:

«El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.

Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvarlo.

El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y yo sé que su mandato es Vida eterna.

Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó».

Palabra del Señor

Comentario

La imagen del Pastor, del buen Pastor, que nos acompaña desde el domingo, debería ayudarnos a poder interpretar, a poder reflexionar, a poder ver con los ojos de la fe cómo obra Dios, o sea, cómo es ese Dios que no vemos, ese Dios que escuchamos y le creemos por medio de su Palabra; pero que, al mismo tiempo, nos quiero llevar no solo a que creamos, como un acto así aislado, sino que podamos conocer cómo es él. El conocimiento de la fe es tan importante como el acto de fe, o sea, el sentir que creemos, por decirlo de alguna manera, o el afirmar que creemos. No se pueden separar. Yo digo que creo, pero al creer a ese que me habla, al mismo tiempo lo voy conociendo. Y el hecho de que Dios sea nuestro Pastor o que Jesús se haya presentado como el buen Pastor, nos hace muy bien, porque esta imagen que utilizaba Jesús o esta actitud, mejor dicho, que Jesús decía que tiene el Pastor –que «él conoce a las ovejas y las ovejas lo conocen a él», o sea que lo escuchan–, nos tiene que ayudar a andar por ese camino. Somos sus ovejas y tenemos que seguir practicando la escucha, porque la escucha nos hace conocer a aquel a quien seguimos y escuchamos.

Por eso vuelvo a decir: es necesario escuchar la voz del Pastor, que es Jesús. La clave en esta vida, decimos siempre, es ir aprendiendo a escuchar, a escuchar al Pastor y a escuchar a los demás, en donde también de alguna manera él nos habla. El que no sabe escuchar, difícilmente sepa amar, porque no sabe detenerse; no sabe bajar un cambio, como se dice, para reflexionar. Aquel que ama sabe frenarse. No sabe aquel que no escucha mirar a los ojos a los demás; no sabe dejar de hablar para dar tiempo a los otros; no sabe lo que es esperar, no sabe de paciencia; no sabe lo que es olvidarse de sus propios caprichos por un momento; no sabe lo que es cargar con dolores ajenos; en definitiva, no sabe sufrir por el otro por amor. No sabe amar. El que no escucha, entonces decimos no ama bien y solo ama en profundidad, verdaderamente el que escucha mucho más de lo que pretende hablar.

Escuchar a Jesús es escuchar al Padre, «porque él no habló por sí mismo», dice el Evangelio de Juan, y escuchar entonces es lo que nos enseña a amar. ¡Si tomáramos dimensión de que al escuchar a Jesús estamos escuchando al Padre, qué distinto sería, por ejemplo, nuestra relación con él o nuestra manera de rezar, de orar! Muchas veces no sabemos rezar como conviene porque, en realidad, no sabemos escuchar, no sabemos detenernos y frenar un poco.

Escuchemos hoy a Jesús en Algo del Evangelio, que nos dice que él es luz, que vino a traer luz a las tinieblas de nuestras vidas, porque la luz es vida y cuando hay luz, la muerte desaparece. La luz da vida a la naturaleza. Sin la luz del sol, las plantas no podrían crecer. Sin la luz del sol, nosotros también viviríamos todos los días a oscuras.

Ahora… no basta con decir de la boca para afuera que creemos, ya lo dijimos, eso sobra y hace mal en realidad. Hay muchos cristianos que dicen creer, pero son ovejas sordas, que no quieren escuchar. Es necesario dejar que la fe se haga vida, que la fe ilumine lo propio, el propio corazón, y que irradie hacia afuera como un destello, como un reflejo de lo que recibimos. Es necesario cambiar de vida también, cada día. Y esto no es un imperativo moral, una obligación, es una realidad, una consecuencia natural cuando se cree, digamos así, en serio, cuando se escucha todos los días a Jesús, cuando dejamos que sus palabras y su vida nos muestren un nuevo camino, nos muestren el pecado también, el desorden que hay en nosotros, nos muestren nuestra bondad y la de los demás, nos eviten caer una y otra vez.

Que sus palabras iluminen también el dolor de los otros para que podamos aprender a ayudar. Si Cristo que es luz no está en nuestras vidas, si sus palabras no iluminan nuestro obrar y pensar, nada nos conmueve, nada nos saca de nuestra somnolencia, de ese andar anestesiados ante tanta oscuridad e injusticia.

Es sencillo: o somos ovejas que escuchamos y seguimos a Jesús, o somos ovejas que seguimos a un rebaño distinto, a un rebaño de una de una ideología, de una política, de un proyecto personal, de una filosofía, de modas pasajeras, o incluso de caprichos personales.

Pidámosle a Jesús que nos siga conduciendo hacia los pastos que él quiere darnos, hacia los pastos de su amor y de su palabra.

IV Lunes de Pascua

IV Lunes de Pascua

By administrador on 26 abril, 2021

Juan 10, 1-10

Jesús dijo:

«Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino, por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz».

Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.

Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.

Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia».

Palabra del Señor

Comentario

Empezamos otra semana en este lunes, de la mano de la Palabra de Dios. Esa palabra que quedó para siempre grabada en las Sagradas Escrituras y que escuchamos todos los días en cada templo esparcido por el mundo, pero también individualmente, en miles de corazones, como el tuyo y el mío. No es lo mismo empezar el día escuchando a Jesús. No es lo mismo, convéncete, no te engañes pensando que hay otra manera de empezar el día; es lo mejor que podemos hacer juntos, es lo mejor que podés hacer. Somos miles de miles en este mismísimo momento, somos cientos de miles que cada día intentamos enamorarnos más de él. No todo está perdido, no todo es como muchos dicen. Jesús es el verdadero Pastor de nuestras almas, de nuestro corazón, y aquí está, una vez más, hablándonos con amor, para que podamos amarlo de verdad.

La Palabra necesita ser interpretada para ser bien comprendida, porque podemos escuchar sin comprender, podemos leer sin interpretar, y así no llegar a profundizar y ser cristianos que no conocemos realmente a Cristo. Escuchar cada día lo que Dios Padre nos dice por medio del Evangelio, tratar de interpretarlo y llevarlo a la práctica en nuestra vida; o bien, darnos cuenta de que eso ya lo vivimos de alguna manera es el mejor camino que podemos seguir. Eso es ser ovejas, ser ovejas que escuchen a su Pastor que con sus silbos amorosos nos habla al corazón.

Jesús es el verdadero Pastor y nosotros somos sus ovejas. Imágenes que nos quieren ayudar a comprender un poco más la actitud de un Dios Padre que nos cuida como a sus ovejitas más amadas. Jesús se nos muestra como el verdadero Pastor; o sea el guía, el conductor, el protector, el que conoce, ama y cuida a todas sus ovejas, y a cada una en particular, esas ovejas que el Padre le encomendó. Y eso quiere decir que siempre hubo, hay y habrá también, aunque cueste decirlo, falsos pastores, «supuestos» guías y protectores, cuidadores; pero que, en el fondo, en realidad, nunca serían capaces de dar la vida por sus ovejas, como lo hizo Jesús y como lo hace. Solo hay un verdadero pastor de toda la humanidad, solo es Jesús el que nos da la vida al dar su Vida por nosotros. La vida se comunica, se transmite. La vida de Dios es la que nos da vida. Vos y yo estamos vivos, tenemos el corazón latiendo de amor gracias al amor de Dios que cada día nos da su amor.

Sin embargo, en tu vida, y en la mía también, hay muchos que nos proponen y nos prometen «vida» y cómo vivir mejor; hay muchos que nos prometieron solucionarnos la vida, valga la redundancia, vendiéndonos falsas ilusiones; hay muchos que se creen capaces de mejorar la vida de los otros, que se creen los «mesías» de los demás. Pero Jesús en Algo del Evangelio de hoy es muy claro: «La puerta soy yo. Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento». Él no solo es el Pastor, el que cuida, el que guía, el que escucha, el que ama, el que conoce; sino que, además, es la puerta por la cual se entra al verdadero corral, para estar con el verdadero rebaño. Solo a través de Jesús nos podemos salvar, solo por medio de él encontraremos la paz, la plenitud que anhelamos, solo a través de él podremos encontrar la verdadera comunión con Dios Padre; porque Él es el Hijo que vino a mostrarnos cómo es realmente su Padre.

¿Qué es entonces ser salvados? Salvarse, desde ahora –en esta vida– es vivir una relación de comunión, de amor, con un Dios que nos quiere alimentar con su propio amor. Salvarse, en definitiva, es amar, es salir del «yoísmo», del egoísmo, y es amar con el corazón. Y a amar se aprende, conociendo el verdadero amor de Dios, que se nos reveló en Jesús, que es la puerta y, al mismo tiempo, el Pastor, que nos conduce hacia el Padre.

Todos los hombres se salvarán por él, aunque no lleguen a conocerlo explícitamente, porque él es el que abrió la puerta del corazón de Dios para todos los hombres, para que todos los hombres se salven y nadie se pierda.

Hay que dejarse guiar por Jesús, hay que dejarse alimentar por él; porque él vino a darnos vida, y vida en abundancia, vida de la buena, vida que quita el hambre y la sed de tanto vacío en nuestro interior. Mientras tanto, nosotros como ovejas, vamos aprendiendo a escuchar su voz y a comer de los buenos pastos, a no meternos en «cualquier» corral –tené cuidado–, a no creerle a cualquier «pastor» que se cree pastor.

Pidamos para todos, esa gracia en este día y en este comienzo de semana, pidamos la alegría de sonreír de corazón, pidamos paz para no rechazar a nadie, para jamás ofender a nadie, para hacer sentir a todos que son amados por él.

IV Domingo de Pascua

IV Domingo de Pascua

By administrador on 25 abril, 2021

Juan 10, 11-18

Jesús dijo:

«Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.

Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.

El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre».

Palabra del Señor

Comentario

Es necesario volver a escuchar una y mil veces quien es el verdadero y único pastor de nuestras almas, de nuestras vidas, de nuestros corazones. Es necesario en este domingo volver a recordar, por más que nos «perdamos» en los tentadores campos de este mundo, por más que escuchemos «otras voces» que nos pueden atraer momentáneamente, por más que otros nos prometan dar la vida por nosotros; en realidad, el único que hace todo lo que deseamos que hagan por nosotros es Jesús. Él único que nos conoce verdaderamente, él único que dio y da la vida por nosotros es Jesús, el buen Pastor, el verdadero Pastor.

Puede no decirnos mucho a nosotros, o a alguno de nosotros, la imagen del pastor que nos presenta la Palabra de Dios de hoy; puede que nos quede un poco lejana por el contexto en el que vivimos o porque jamás hayamos visto un pastor como los de antes. Sin embargo, podemos hacer el esfuerzo de imaginar lo que significa la figura y presencia de un pastor en un rebaño.

Por eso, este domingo se le llama en toda la Iglesia «el del buen Pastor» o también podríamos decir «del verdadero Pastor», porque así también puede traducirse esa palabra. Por eso es un día en el que especialmente se reza por los que Jesús llama a seguirlo de una manera especial para ser pastores de su rebaño. Por eso tenemos que pedirle al verdadero Pastor que siga llamando a hombres a representar con sus vidas, el único pastoreo que le corresponde a él.

Buenos pastores pueden haber muchos, pero VERDADERO solo Jesús. Solo él nos conduce hacia los pastos tranquilos en donde nos alimentamos sana y abundantemente. Solo él sigue dando la vida por nosotros y nos sigue llamando por nuestro nombre para que no nos olvidemos de su voz. ¿Conocemos a nuestro Pastor? ¿Reconocemos su voz, que no se cansa de llamarnos con sus silbos amorosos? Él conoce a sus ovejas, te conoce a vos y mí, nos conoce a todos, nos mira, nos vigila, pero no para que nos asustemos; todo lo contrario, para que confiemos y no pensemos en los peligros de esta vida que a veces nos paralizan. Él siempre va a estar para cuidarnos, para darnos lo que necesitamos. El Pastor está siempre, aunque a veces no se lo vea, aunque no lo vean, pero escucha, aunque no lo escuchen, ama, aunque no lo amen. Todo eso y mucho más es nuestro buen Jesús.

La Iglesia necesita más pastores, pero más que nada necesita pastores parecidos a Jesús. La Iglesia necesita pastores que «den la vida por las ovejas», que vivan y cumplan aquello para lo cual fueron elegidos. La Iglesia necesita pastores como Jesús, pastores que conozcan a sus ovejas; pastores que llamen a las ovejas por su nombre, que vayan delante de ellas, que hagan lo que dicen; pastores que tengan una voz que sea reconocida por ellas; pastores que «arrastren a las ovejas» al verdadero Pastor, que es Jesús, y no a ellos mismos.

Este domingo recemos por las vocaciones, por las que están y las que necesitamos que vengan. Él no se cansa de llamar y no se cansará nunca de llamar a los hombres que quieran y se animen a vivir lo que él quiere. En eso tenemos que estar confiados, pero al mismo tiempo tenemos que rezar con fe. De alguna manera, también depende de nosotros, como decía San Agustín: «Si existen buenas ovejas, habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas salen los buenos pastores».

Es un domingo en el que todos los sacerdotes tenemos que preguntarnos con sinceridad: ¿Damos la vida por las personas que Dios nos encomienda o somos funcionarios y asalariados? ¿Damos la vida con nuestras actitudes? ¿Hacemos lo que prometimos alguna vez con entusiasmo antes de la ordenación? Todo sacerdote, antes de la ordenación, jura ante Dios poniendo la mano sobre la Palabra de Dios, entre otras cosas, lo siguiente: «En el ejercicio del ministerio que me ha sido confiado, en nombre de la Iglesia, conservaré íntegro el depósito de la fe y lo trasmitiré y explicaré fielmente; evitando, por tanto, cualquier doctrina que le sea contraria». No somos sacerdotes para nosotros, a nuestro modo ni por nosotros. No predicamos nuestra palabra, sino su Palabra. No celebramos nuestra Misa, sino la única Misa de la Iglesia, la «Misa de Jesús» en la que se entrega por todos, sacerdotes y fieles. No pastoreamos nuestras ovejas, sino las de Jesús. No somos dueños de nadie, por eso debemos ayudar a que las ovejas sean libres para ir hacia el buen y único Pastor.

Que Jesús, el verdadero Pastor, nos ayude a todos, especialmente a los sacerdotes, a ser verdaderos pastores de la Iglesia; pastores capaces de dar la vida por Cristo y su cuerpo, que es la Iglesia, sin escandalizar a nadie y dedicándonos a ser lo que tenemos que ser: sacerdotes y buenos pastores.

¡Gracias Jesús, por cada sacerdote que alguna vez llamaste a ser parecido a vos! ¡Gracias por habernos llamado!  ¡Gracias por haberme llamado, Señor! Te pido que hoy nos sigas animando. Te pido a vos, que escuchas este audio, que hoy reces por los sacerdotes, por los que están y por los que vendrán.

III Sábado de Pascua

III Sábado de Pascua

By administrador on 24 abril, 2021

Juan 6, 60-69

Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?».

Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: « ¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen».

En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.

Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo.

Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?».

Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».

Palabra del Señor

Comentario

Para sintetizar un poco lo que veníamos desmenuzando del Evangelio del domingo anterior, terminando esta semana, podríamos decir que la fe necesita de estas dos dimensiones, o sea que vamos creyendo en la vida en la medida que comprendemos que Dios con su luz nos abre la inteligencia para ir comprendiendo la historia de la salvación que esta manifestada en las Escrituras, y por eso la inteligencia también tiene que ver con la fe: en la medida que comprendemos mejor la fe, más creemos; y también la otra dimensión, la dimensión del corazón, que necesitamos con los sentidos también experimentar la presencia de Jesús resucitado. Por eso acordate: «Miren mis manos y mis pies, soy yo, no soy un espíritu». Después, que es primero y que es posterior, o sea, si creemos primero al comprender y después al experimentar; o al revés, experimentando y después comprendemos, eso es anecdótico. Justamente las apariciones de Jesús resucitado nos muestran que pueden ser caminos diversos, finalmente lo importante es abrazar a Jesús resucitado.

Y llegamos en Algo del Evangelio de hoy al final de esta semana, al final del Discurso del Pan de Vida, en el que Jesús después de ir rodeando el tema -podríamos decir-, de presentarse como el pan, como el alimento del mundo, finalmente terminó diciéndolo directamente y sin vueltas: «Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Les aseguro que me quedaré con ustedes para siempre, hasta el fin de los tiempos. Me quedaré realmente para que puedan alimentarse de Mí, para que me encuentren resucitado en cada misa, en cada sagrario, en cada lugar donde se adore la eucaristía. Me quedaré especialmente ahí, pero para que también me encuentren en todos lados, en cada lugar donde haya amor, ahí estaré yo, siempre. Estaré también en cada persona, estaré también en tu corazón, en vos mismo, para que puedas creer en Mí».

Después de oír a Jesús toda la semana diciendo que él es el pan de vida, diciendo que para dejar de tener hambre hay que alimentarse de él, que para dejar de tener sed hay que dejarse atraer por él, hay que creer en él. También diciendo explícitamente que hay que alimentarse de su cuerpo y de su sangre: ¿Qué pensás? ¿Qué te sale decir en este día? ¿Te sale decir lo que dijeron los que no creyeron: «¿Es duro este lenguaje?», o te sale decir lo que le salió decir a Pedro del corazón: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios»?

Escuchar a Jesús que dice sin ningún problema: «¿También ustedes quieren irse?», también nos tiene que llevar a nosotros a sincerarnos –como dijimos al comienzo de la semana– a purificar nuestra fe de todo lo que la contamina, de todo lo contaminada que pueda estar. ¿Creemos o no creemos en esto? ¿Nos parece duro el lenguaje o creemos que su palabra son Vida eterna? No hay muchos caminos ante esto: o creer en sus palabras, creer en que él quiso quedarse como alimento en cada eucaristía y actuar en consecuencia, o no creer y pensar que es simbólico, pensar que no es para tanto, pensar que es una exageración, que es un invento de algunos de la Iglesia. Jesús no presiona a nadie, pero sí invita a que nos decidamos: «¿También ustedes quieren irse? ¿Qué querés hacer: creer y seguir caminando o dudar y quedarte quieto esperando más milagros?».

El continuo milagro de Jesús en esta tierra actualmente es la eucaristía, no hay que esperar más. Es su presencia silenciosa en cada templo, en cada sagrario, en cada corazón que lo recibe. ¿Por qué esperamos algo más, a veces? ¿No será que nos falta fe y no lo reconocemos? Muchas veces me dicen: «Padre, yo no voy a misa o no voy mucho a la Iglesia, pero tengo fe». Es verdad, no voy a negarlo.

Ahora, me pregunto: Si realmente tuviéramos fe en que Jesús se quedó en la eucaristía y que está realmente ahí, ¿no iríamos corriendo a estar con él o a recibirlo? Seamos sinceros. A todos nos falta fe, nos falta purificar nuestra fe y poder decirle a Jesús con sinceridad: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna». Si los sacerdotes tuviéramos fe en la eucaristía, ¿no celebraríamos la misa cada día con más amor y fervor?

¡Quiero creer, Señor, quiero sincerarme y decirte que no quiero ir a otro lado, pero, al mismo tiempo, necesito fuerza para seguir! Hay que pedir que él nos lo conceda, no te olvides lo que nos dijo: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si mi Padre no se los concede».

Que tengamos un buen sábado y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo –que se quedó en la eucaristía para siempre– y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

III Viernes de Pascua

III Viernes de Pascua

By administrador on 23 abril, 2021

Juan 6, 52-59

Los judíos discutían entre sí, diciendo: « ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.

Palabra del Señor

Comentario

¡Ay de aquel que experimentó alguna vez la presencia de Jesús resucitado!, no por ahí como les pasó a los discípulos ese día, del Evangelio del domingo que escuchamos tan claramente, donde Jesús se mostraba, comía con ellos y que después, además, les abría la inteligencia para que comprendieran las Escrituras. Si te diste cuenta, el camino inverso del relato de Emaús, donde, en realidad, primero Jesús les explica las Escrituras y después lo reconocen; el domingo era al revés: primero, se les presentaba, lo reconocían, y después les abría la inteligencia. Bueno, ¿quién de nosotros que experimentó la presencia de Jesús resucitado puede volver a atrás? Ya no se puede.

Eso me decía alguien que me vino a ver en estos días, emocionado por el cambio que produjo en él la Palabra de Dios, junto con su mujer. Me decía esto: «Ya no puedo volver atrás. Ya Jesús se presentó en mi vida, me tocó el corazón y no puedo volver atrás». Bueno, esa es la maravilla de la fe. Podemos volver atrás en el sentido de que aflojemos, que nos cansemos, ¿pero puedo volver atrás en dejar de creer? Aquel que cree en serio, aquel que es maduro en la fe, no por mérito propio sino por pura gracia de Dios, ya no tiene vuelta atrás. Y eso es lo más lindo. Es un camino que terminará en la eternidad. No te olvides: vamos todos para el cielo de la mano de Jesús.

El camino de esta semana va llegando al final, por lo menos al final del capítulo 6 del Evangelio de Juan, en el discurso del Pan de Vida –¿te acordás?–, en el que mañana verás cómo termina  de una mañana maravillosa. Por ahora podríamos decir que venía todo muy lindo, todo tranquilo. Jesús atraía con sus palabras, presentándose como el alimento del mundo, para que el mundo tenga vida. Hasta ahí todo muy bien. A partir de ahora vamos a ver cómo reaccionan los que lo siguen al escuchar que tienen que alimentarse de su cuerpo y su sangre.

Me acuerdo que una vez alguien recién convertido me decía: «¿Qué hago acá, padre? ¿Qué hago viniendo a misa? No sé qué hago acá». «Y…te dejaste atraer y viniste», hubiese sido una buena respuesta para darle. Es un misterio, sabemos algo, pero no todo; intuimos, pero no sabemos todo. Y eso es lo lindo, una libertad atraída por Dios. Algo así como lo que decía el profeta Jeremías, ¿te acordás?: «¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido!».

Somos de alguna manera protagonistas de nuestra vida, pero –como también decía ayer– no los actores principales. Si nos acercamos a Jesús es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo y porque, al mismo tiempo, nos hemos dejado seducir. ¿No? Hay que dar gracias y alegrarse mucho con esto. La clave o la mayor dificultad es dejarse seducir, dejarse atraer por él, no poner trabas, no poner peros, no poner siempre excusas, no pretender que él sea como nosotros queremos que sea. Dejar que Dios sea Dios, esa es la maravilla, a su manera, con su lógica y nosotros aceptar que somos simples creaturas que perdemos el rumbo fácilmente y que lo mejor que podemos hacer es escuchar.

Ayer no habíamos dicho nada, pero hoy es casi inevitable. Jesús lleva el discurso a un extremo, por decirlo de alguna manera; no porque sea extremista, sino porque su amor es tan grande que desarticula todo lo pensable, lo razonable. Veníamos escuchando que Jesús decía que él es el pan de Vida y el agua que viene a calmar el hambre y la sed del hombre, que él es la respuesta a todos nuestros vacíos, podríamos decirlo de alguna manera. Bueno, al final lo que parecía simbólico o lo que podríamos pensar al principio que era simbólico en su discurso, una especie de metáfora o de comparación, se vuelve realidad. Y Jesús dice esto: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». Ya no es una forma de decir, una especie de imagen linda para admirarse. No, es mucho más que eso. Es la locura de las locuras.

Jesús quiso quedarse realmente con su cuerpo y su sangre. Hay que creer para poder aceptarlo. Jesús es pan, o sea, es el alimento del hombre hambriento de amor. Jesús es pan cuando nos habla en su palabra, con la palabra escrita; Jesús es alimento cuando lo escuchamos en la oración y disfrutamos de ese diálogo; Jesús sacia nuestra hambre cuando amamos a los que tenemos al lado, de algún modo hasta que nos duela; Jesús es verdadera comida del alma si tenemos los ojos del corazón abiertos a ver más allá de lo que vemos. Pero en donde Jesús es más alimento que nunca, y no nos podemos olvidar, en donde se cumple realmente estas palabras es en la eucaristía, en la comunión, es en la misa en donde él eligió quedarse perfecta y plenamente.

¡Ay, si los católicos creyéramos realmente esta verdad!, ¿no crees que no nos desesperaríamos por ir a recibirlo? ¿No crees que respetaríamos más la eucaristía? ¡Ay, si los sacerdotes creyéramos que tenemos a Jesús en las manos!, ¿no crees que moriríamos de emoción? ¡Ay, Señor, si creyéramos en tus palabras y que realmente estás presente en cada eucaristía, qué distinto sería todo! Señor, danos la gracia de creer, danos siempre tu cuerpo y tu sangre, para que tu amor se haga realidad en nuestras vidas.

III Jueves de Pascua

III Jueves de Pascua

By administrador on 22 abril, 2021

Juan 6, 44-51

Jesús dijo a la gente:

«Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: Todos serán instruidos por Dios.

Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.

Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.

Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.

Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen jueves. Espero que hayas empezado un lindo día con deseos de seguir escuchando a Jesús. ¡Cuánto me maravilla y cuánto me alegra seguir cada día, a pesar de estar haciendo esto hace ya tantos años!, que alguno puede pensar que la rutina hace que no disfrute. Uno a veces con la poca fe que tiene, incluso siendo sacerdote, puede dudar de la obra de Dios. ¡Cuánto me alegra cuando sigo recibiendo mensajes, testimonios de personas que siguen siendo transformadas y escuchan con tanta alegría la Palabra de Dios, desayunando en familia, algunos en el trabajo, otros ejerciendo su profesión, incluso como militares, como personas que sirven a la patria! Bueno, infinidad de mensajes y de testimonios que muestran cómo la Palabra de Dios es para todos.

Jesús es para todos y quiere llegar al corazón de todos, y es por eso que escuchábamos en el Evangelio del domingo que se aparecía y les decía a sus discípulos: «Mírenme, soy yo. Tóquenme y vean». Como también mostrándonos que la fe tiene esta dimensión de necesidad de tocar y ver también. ¡Cuidado! No es que creemos ciegamente, dicho figuradamente, no es que creemos porque creemos. No es que creemos y no tenemos que pensar, y por eso Jesús también se aparece y les explica las Escrituras. Les abre el entendimiento para que puedan comprender. La fe entra por los oídos, por el corazón, pero también se puede pensar. La fe también entra por la vista, o sea, vemos cosas, vemos de algún modo la presencia real de Jesús en la eucaristía, en las personas, en el amor, en la oración cuando lo escuchamos, pero también podemos pensar y seguir utilizando el cerebro que Dios nos dio.

Ahora, Algo del Evangelio de hoy nos ayuda a dar un paso más, la Palabra nos ayuda a dar un paso más que nos puede sorprender a simple vista: «La voluntad del Padre es que creamos en su Hijo, en Jesús, pero nadie puede acercarse a Jesús, si Dios Padre no lo atrae, si de alguna manera no se experimenta una atracción interior y misteriosa que nos lleva a Dios». Esto explica por qué la fe es realmente un don, un regalo, que puede ser aceptado o no. Pero es don que viene del cielo y un don llegado al alma de cada uno de nosotros, por la atracción que genera el Padre hacia Jesús, su hijo. Sin olvidar jamás que, al mismo tiempo, la fe es respuesta de los que aceptan esta verdad, respuesta de la inteligencia y de la voluntad –como dijimos antes– de aquellos que creen, de la decisión de querer vivir según sus enseñanzas.

Siempre recuerdo la linda historia de Blanca. Me acuerdo. Una mujer muy buena y sencilla que se acercó a la capilla –donde me tocaba ayudar– para empezar la catequesis con su hija. No estaba bautizada, pero misteriosamente iba a misa y escuchaba con más emoción y atención la Palabra de Dios que muchos de los católicos que estaban ahí y parecían más creyentes. Lloraba mientras yo daba los sermones, se emocionaba. La historia es larga, me costaría contártela, pero lo lindo es que fue ella, sin saber nada de la fe –intelectualmente digamos–, nada, sin haber leído nunca el catecismo; fue ella la que terminó pidiendo el bautismo, terminó pidiendo recibir el don de la fe. En un año, en ese año, tuve la dicha de bautizarla, darle la confirmación, a Jesús en la Eucaristía y el sacramento del matrimonio. Nunca me voy a olvidar de su rostro lleno de emoción. ¿Cómo fue posible todo esto?, pensaba yo. Creo que se lo dije también. Es simple. «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió»: es la respuesta exacta.

Ella me había contado que había experimentado la presencia de Jesús yendo a ver a un santo. No sabía quién era mucho, pero ella le iba a pedir, y en esa misa que ella entró sin saber qué pasaba, qué significaba todo eso, escuchó que había que ir a Jesús. Y ella dijo: «Voy a dejar al santo, voy a acercarme al jefe, voy a acercarme a Jesús», y así empezó su camino. ¡Qué lindo!, qué gran misterio de la atracción de Jesús hacia nosotros. Es un misterio, pero es lindo, una libertad atraída por Dios.

Algo así como lo que decía el profeta Jeremías: «¡Tú me has seducido Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido!». Somos protagonistas, pero no somos los actores principales, aunque a veces nos la creamos un poco y nos olvidemos.

Si nos hemos acercado a Jesús, es porque Dios Padre nos atrajo de alguna manera, nos animó, nos sedujo, por supuesto utilizando instrumentos humanos también, y porque, al mismo tiempo, nos hemos dejado seducir, y eso es lindo. Nadie es seducido si no se deja seducir y nadie se deja seducir si alguien no lo seduce.

Sería lindo pensarlo así, tanto para nosotros como para aquellos que vemos que no se acercan a la Iglesia. Recemos para que el Padre los atraiga y vivamos con alegría para ayudar también a esa atracción. ¡Alegrate de que esta Palabra te esté llegando a tu corazón! ¡Alegrate de ser atraída y atraído por Jesús hacia el Padre! ¡Alegrate y ayudá a que otros también se acerquen!

III Miércoles de Pascua

III Miércoles de Pascua

By administrador on 21 abril, 2021

Juan 6, 35-40

Jesús dijo a la gente:

«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.

La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.

Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día.»

Palabra del Señor

Comentario

Algo particular del Evangelio del domingo, que venimos desmenuzando también en estos días, es que Jesús no les dice: «Miren mi cara, soy yo, miren mi rostro», sino que les dijo: «Miren mis manos y mis pies, soy yo», o sea, «miren mis llagas», en el fondo les estaba diciendo. «Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Soy el mismo que morí por ustedes».

Por eso, esta escena y esta actitud de Jesús nos tiene que llevar a pensar también lo que él hoy pretende de nosotros. ¿Dónde tocamos a Jesús?, ¿dónde lo vemos? Finalmente, en rostros concretos, que están llagados, que también están heridos por el dolor y el pecado de esta vida; nosotros mismos también. Jesús, en realidad, se esconde en las llagas, en las manos y en los pies, especialmente de los que sufren; pero también quiere que vos y yo seamos manos y pies que trabajen por él, que nos acerquemos a encontrarlo concretamente, que no estemos anhelando una espiritualidad digamos mal llamada mística, volada, que no esté pegada a la tierra, sino los pies bien puestos en la tierra y el corazón en el cielo, sabiendo que él esta.

Bueno, pero seguimos diciendo que hay que trabajar para buscarlo, decíamos ayer; y en Algo del Evangelio de hoy podríamos retomar un poco esto y pensar: ¡Hay que trabajar por lo que vale la pena, hay que trabajar día a día para alcanzar el pan del alma, el PAN DEL CORAZÓN!, que ayuda a no desfallecer por el camino de esta vida tan dura. Por eso, no hay mejor manera de empezar este día que dejando que Jesús nos diga a todos otra vez: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed». O también decirlo nosotros desde lo más profundo del corazón y con la mayor sinceridad posible: «¡Jesús, quiero que seas pan que me quite el hambre, agua que me quite la sed! Esa hambre y sed que muchas veces no me dejan en paz». «Señor, danos siempre de este pan», decíamos.

Es bueno que empecemos este día también pensando: ¿A qué se refiere la Palabra de Dios con el símbolo del alimento, representado por el pan? Se refiere a todo aquello que buscamos para saciar las necesidades básicas de cada día, pero, al mismo tiempo, representa las necesidades más profundas de nuestra vida. Somos cuerpo y espíritu, y no podemos aislar una cosa de la otra. No solo vivimos de pan material, de cosas; no solo vivimos para saciar nuestra hambre del estómago, nuestra hambre biológica, sino que vivimos también y necesitamos lo más esencial. Como decía el Principito, ¿te acordás?, «que lo esencial es invisible a los ojos», pero que es sensible al corazón –podríamos agregar nosotros–. Sin amor no podemos vivir.

Sin amar y sin ser amados desesperamos. El amor es el verdadero alimento y motor de nuestra vida y la prueba más palpable de esto es que hay personas que tienen todo lo material y más para vivir y, sin embargo, muchas veces viven insatisfechas. Y, por el contrario, hay personas que viven con lo justo y necesario, o incluso con menos de lo necesario, y sin embargo viven en cierta plenitud espiritual que nosotros no podemos alcanzar o, por lo menos, no viven como eternos insatisfechos, que ahí está el problema.

Tengamos la cantidad que tengamos de cosas materiales, la edad que tengamos, los afectos que tengamos, vivir volcados hacia afuera como si lo interior no importara (como, por ejemplo, la comida, la bebida, los vicios, las adicciones, las obsesiones, la avaricia –bueno, mezclé un poco de todo por ahí, de cosas buenas y malas–), pero cada uno tiene que pensarlo. Si vivimos centrados y centrando nuestra vida solo en nosotros y nuestros deseos personales, la superficialidad muchas veces puede ser un síntoma que nos estamos alimentando mal, que estamos comiendo mucho pan material y poco pan espiritual, el pan del cielo.

Todos podemos creer en Jesús, sin embargo, vivir alimentándonos de otras cosas, mientras decimos que creemos en él. Incluso podemos defenderlo con nuestras palabras, podemos estar trabajando para él, para la Iglesia. Estar caminado detrás de él entonces no es garantía absoluta de que lo consideremos como nuestro mejor alimento. ¡Cuidado! La eterna insatisfacción en la que vivimos muchas veces es como un termómetro de la mala alimentación de los que decimos creer, pero todavía no nos satisface verdaderamente creer en Jesús. ¿No te pasó alguna vez? ¿No te pasa que aun estando con él, con Jesús, no terminas de estar feliz? Bueno, hay que pensar qué nos pasa.

El que cree en serio, el que va caminando hacia él y con él en la pureza de la fe, o por lo menos lo intenta, hacia ese buscar únicamente al «Dios de los consuelos y no los consuelos de Dios», vive satisfecho, sabiendo que no hay mejor alimento de la vida que el pan bajado del cielo, que es el mismo Jesús. Y ese pan llega a nuestra vida por diferentes proveedores, digamos así. Llega del cielo, pero se hace algo humano y cotidiano. Se hace palabra escrita día a día para meditar. Se hace hijo a quien ayudar y sostener. Se hace marido y mujer a quien amar siempre, aun en la dificultad, aun en el dolor.

Se hace pobre a quien socorrer y ayudar. Se hace oración diaria a donde acudir. Se hace trabajo cotidiano que dignifica. Se hace Eucaristía y comunión en donde nos alimentamos realmente. Y lo más lindo de todo…esto que es gratuito. Se nos da gratuitamente, solo que nosotros ponemos muchas veces trabas y seguimos insistiendo en alimentarnos con alimentos baratos que no sacian, o que sacian pero solo por un ratito, que en el fondo no es saciar.

El que se alimenta de Jesús recibe estas palabras y consuelo y verdad: «Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día». ¡Qué lindo mensaje de Algo del Evangelio de hoy! Levantemos la cabeza, levantemos el corazón y volvamos a mirar a Jesús que es nuestro alimento diario.