Book: Juan

III Martes de Pascua

III Martes de Pascua

By administrador on 20 abril, 2021

Juan 6, 30-35

La gente dijo a Jesús:

«¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo.»

Jesús respondió: «Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.»

Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»

Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»

Palabra del Señor

Comentario

Si retomamos Algo del Evangelio del domingo, es entendible que Jesús les haya dicho a los discípulos: «Mírenme. Tóquenme, soy yo». Esa necesidad tan humana, de algún modo, de experimentar en carne propia lo que vemos con nuestros ojos. A veces los ojos no alcanzan, a veces la mirada no alcanza, porque nuestra mirada a veces no es profunda. Vemos, pero no terminamos de mirar, de contemplar. Por eso, Jesús les dijo a los discípulos: «Mírenme, aquí estoy. Tóquenme, soy yo. Estas son mis llagas». Vamos a continuar con este tema en estos días.

Ayer decíamos que es bueno empezar siempre por el principio, por preguntarnos lo básico, por preguntarnos lo esencial y por ser sinceros. Y de estas preguntas nadie puede prescindir, nadie debería, nadie puede hacer como que no son para él. Por ejemplo, ¿buscamos a Jesús? ¿Somos capaces de andar kilómetros, de trabajar, de esforzarnos para estar con él, aunque sea para pedirle algo material?, decíamos. Y si lo buscamos, ¿por qué lo buscamos? ¿Qué es lo que buscamos cuando lo buscamos, valga la redundancia? La sinceridad allana los caminos. La sinceridad con nosotros mismos y con Jesús nos ayuda a creer mejor y creer bien, porque «la obra de Dios es que ustedes crean» –decía el Evangelio–, que nosotros creamos. En esto dejamos ayer.

Es necesario trabajar por el alimento que no perece, que no se corrompe, que no pasa, que permanece. A eso invitaba Jesús a los que lo seguían, a que no solo se quedaran con lo exterior, con lo superficial, con lo que sacia (el hambre por un rato, nada más), sino que se den cuenta que también hay que trabajar por lo más profundo, por lo que alimenta el alma, el corazón, por lo que nada ni nadie nos puede quitar.

Pensemos en la cantidad de tiempo y esfuerzo que a veces dedicamos a muchas cosas en nuestra vida, y no me refiero a cosas malas, por supuesto, sino a cosas buenas, que están bien y nos hacen bien y que, además, hacen bien a las demás. Pensemos en la cantidad de horas que dedicamos a cosas que no son malas, pero que, en exceso, a la larga terminan haciéndonos mal o aislándonos de los demás. Recordemos –por qué no– el tiempo que invertimos en hacer el mal, en buscar únicamente nuestro propio interés, aunque no sea con mal intención. Y así podríamos seguir. Cada uno puede pensar en lo suyo y volver a escuchar las palabras de Jesús de ayer: «Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna». Escuché una frase, de hace poco, muy interesante que decía: «Muéstrame tu agenda y te diré en qué Dios crees». Como diciendo: al final, en nuestra agenda, en lo que hacemos cada día, se demuestra nuestro interés, qué estamos buscando.

¿En qué estamos dedicando entonces nuestro tiempo? ¿En qué andás trabajando? ¿En qué nos estamos esforzando y poniendo todo, apostando como si fuera a veces lo único de nuestra vida? Todos tenemos hambre de algo, todos andamos buscando saciar la sed de amor que hay en nuestro interior, la sed de ser amados y de amar. Porque, en definitiva, el fondo de la cuestión es esa: hambre y sed de amor, de aquello para lo cual fuimos creados, para amar y ser amados. Pero como la balanza quedó desequilibrada desde que entró el pecado en el mundo y el egoísmo en nuestros corazones, todos andamos mendigando amor a veces y pretendiendo todo de los demás, pero, al mismo tiempo, no dando siempre amor que los otros necesitan, no amando como los demás se merecen.

Ante esta situación, el mejor camino no es ir en busca de cosas que sacian por un tiempo, por cosas que tienen fecha de vencimiento. Lo mejor es ir a la fuente del amor, a la fuente de donde brota todo lo que necesitamos y que, además, nos dará el equilibrio y la fuerza para no andar trabajando de más en lo que es pasajero y trabajar con todo el corazón en lo que realmente vale la pena.

La mayoría de nuestros problemas, sufrimientos, tristezas, dolores, desencuentros, enojos, iras, broncas, etc., tienen que ver con que no sabemos saciar nuestro hambre y nuestra sed de amor en el lugar que corresponde, en Jesús. ¿Pero dónde está?, preguntarás. Y bueno, hay que trabajar para buscarlo.

Por eso, no hay mejor manera de empezar este día que dejándonos que Jesús nos diga a todos, otra vez, desde Algo del Evangelio de hoy: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed». O decirle nosotros desde lo más profundo: «Jesús, quiero que seas el pan que me quite el hambre, el agua que me quite la sed. Esa hambre y esa sed que muchas veces no me dejan en paz». «Señor, danos siempre de ese pan».

III Lunes de Pascua

III Lunes de Pascua

By administrador on 19 abril, 2021

Juan 6, 22-29

Después de que Jesús alimentó a unos cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos.

Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?».

Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello».

Ellos le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?».

Jesús les respondió: «La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado».

Palabra del Señor

Comentario

¡Buen día, buen lunes, una vez más deseosos de escuchar la Palabra de Dios! ¿Estás con ganas hoy de escuchar la Palabra de Dios? Puede ser que sí, puede ser que no, pero, si no hacemos el esfuerzo, las ganas no aparecerán; por eso si no estás con ganas, volvé a escuchar. Olvídate de todo lo que tenés que hacer, escucha lo que Dios te dice, te va hacer bien. Y si estás con ganas, aprovecha el envión y déjate llevar por lo que Jesús te dice al corazón. Decía el Evangelio de ayer, domingo, que Jesús les preguntaba a los discípulos: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean».

¡Qué bueno que es poder volver a experimentar que Jesús nos dice a cada uno de nosotros lo mismo!, pero personalmente: «¿Por qué seguís lleno de temor? ¿Por qué estás turbado? ¿Qué te pasa? ¿No crees todavía que estoy en tu vida? ¿No crees que realmente te cambié la vida?». Sí, es verdad, si miras alrededor y ves todo lo que está pasando, te turba, te da miedo, ¿pero no será que el miedo es porque no terminas de creer? Dejemos que Jesús nos diga hoy al corazón: «Soy yo, mirá, tocame, fíjate. Soy yo, no temas. Estoy con vos siempre, pase lo que pase. Soy el dueño de la historia y de tu historia».

Bueno, en esta nueva semana de Pascua, ya no escucharemos relatos de las apariciones de Jesús a sus discípulos, sino escucharemos relatos en donde la Palabra de Dios quiere de alguna manera despertar nuestra fe, reavivarla, animarla; quiere, me parece, llevarnos a purificar nuestra fe, nuestra mirada. Siempre debemos hacer ese camino. Jesús quiere que «arda nuestro corazón» al escucharlo. Quiere purificar nuestra fe de todo lo que la aleja del verdadero rostro del Padre, del que nos vino a mostrar Jesús y no del que nosotros sin querer nos vamos haciendo a nuestra medida, según nuestras pobres ideas.

Todos los días vamos a escuchar fragmentos del capítulo 6 del Evangelio de Juan, que es llamado el Discurso del Pan de Vida. ¡Presta mucha atención! Es un discurso larguísimo que Jesús da a sus discípulos y a la multitud que lo había seguido después de la multiplicación milagrosa de los panes. Hay que seguirlo de a poquito. Si querés, léelo entero, pero después hay que seguirlo de a poquito, desmenuzarlo para poder disfrutarlo. La Palabra de Dios es como la comida de cada día, para que guste más hay que saborearla de a poco, masticar mucho y sentir el gusto. Si se come de golpe y no se mastica, o se traga sin masticar, la comida puede caer mal y, además, no nos alimentamos bien. Para asimilar bien la comida es necesario tomarse el tiempo y masticar bien, saborear lo que se nos da. Lo mismo tenemos que hacer con la Palabra de cada día o, por lo menos, con un texto en la semana.

Imaginate la escena de hoy, ¡hace el esfuerzo! Después de haber multiplicado panes para más de cinco mil personas y de que sus discípulos lo vieron caminar sobre las aguas, ¿quién no se hubiera entusiasmado con seguir a ese hombre? ¿Qué haríamos nosotros si nos enteráramos de que, a unas cuadras de nuestras casas, a unos metros, se reparte comida gratis o, pensemos, lo que necesitamos para vivir? ¿Cuánta gente le cae bien y vota o votaría a políticos que solo dan y dan sin esperar un trabajo a cambio, pensando que así dignifican a las personas? ¡Comida gratis y abundante para todos, sin excepción!: el sueño de un mundo que quiere vivir sin esfuerzo, de la «magia». ¡Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia!, como se dice.

¿Qué muestra entonces Algo del Evangelio de hoy? Cuando la multitud va otra vez en búsqueda de Jesús, se ponen en camino y cruzan todo el lago para encontrarlo de nuevo. De hecho, habían querido hacerlo Rey, o sea, querían hacerlo, diríamos nosotros, su presidente, su primer ministro, pero Jesús no responde como alguien de este mundo.

Reciben una respuesta dura y directa, que les muestra, en realidad, la doblez del corazón de los que le seguían: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse». Pensemos si Jesús nos dice hoy a nosotros lo mismo: «Te aseguro que vos no me seguís porque me amás, sino porque te doy algo». ¡Qué duro!, ¿no? Un golpe duro para aquellos que habían navegado kilómetros para poder verlo y estar con él. «Ustedes no me buscan porque supieron interpretar el signo que hice, porque supieron ver detrás de la multiplicación de los panes algo más profundo. Ustedes me buscan para saciar el hambre de su estómago y no el hambre del corazón». «Ustedes piensan solo en lo material», diríamos. ¿Jesús no se enoja entonces porque lo buscan? ¿Quién más que él tiene pretensiones de que lo busquemos? Pero lo que quiere Jesús es que andemos tras de él, pero que seamos sinceros y reconozcamos nuestras motivaciones y deseos. Quiere que lo busquemos a él y no simplemente las cosas que nos da o necesitamos materialmente.

Y nosotros hoy podríamos preguntarnos: «¿Por qué buscamos a Jesús?». Pregúntatelo con sinceridad: ¿Qué es lo que buscas cuando buscas a Dios? O mejor empecemos por el principio: ¿Buscamos a Jesús? ¿Estás buscando a Dios? ¿Somos capaces de andar kilómetros, de esforzarnos para estar con él, aunque sea para pedirle algo material? En realidad, podríamos pensar que, a lo mejor, nuestra búsqueda empieza por lo material, pero termina por el corazón. ¿Cuántas veces nos hemos acercado a Dios por necesidades básicas y eso se transforma en trampolín para conocerlo de corazón? La sinceridad allana los caminos. La sinceridad con nosotros mismos y para con Jesús nos ayuda a creer mejor y creer bien, porque «la obra de Dios es que ustedes crean», dice Jesús. ¿Escuchaste bien? Es el mayor milagro: «creer» en Jesús, en el Jesús verdadero, no en el que nos fabricamos a veces. Pidamos al Señor que haga su obra en nosotros y que nos ayude a seguir creyendo, creyendo con sinceridad.

II Sábado de Pascua

II Sábado de Pascua

By administrador on 17 abril, 2021

Juan 6, 16-21

Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaún, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento.

Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. El les dijo: «Soy yo, no teman.»

Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban.

Palabra del Señor

Comentario

¡Buen día, buen sábado! Un sábado más que nos regala el Señor para seguir escuchando su Palabra, para buscar comprenderla, meditarla, contemplarla y, finalmente, para vivirla. Porque, en definitiva, si no vivimos la Palabra de Dios, si solamente es un texto para leer, para disfrutar un momento y no llevarlo a la vida, la Palabra se queda muerta. «La palabra es viva y eficaz». La palabra no es letra muerta si la encarnamos en nuestra propia vida. Por eso, cada uno de nosotros, vos y yo, puede transformarse en una palabra viva que camine por este mundo, en una palabra que le diga algo a este mundo, que vive a veces como en tinieblas, como si Dios no estuviera, o que, finalmente, no se da cuenta de la riqueza que se pierde. Por eso, cada cristiano, cada persona que escucha la Palabra de Dios movido por el Espíritu y dejando que el Espíritu toque su corazón y lo guíe, puede transformarse en una linda Palabra de Dios para los otros. ¡No te lo olvides!, ¡no lo olvides nunca! Por supuesto que esto no es automático, por supuesto que no es que lo vamos a lograr de un día para el otro, sino que es a fuerza de escuchar, proponerse diferentes cosas, sacar conclusiones de lo que leemos y escuchamos y tratar de vivirlo, tratar de pedirle la fuerza al Señor para que nos ayude.

Seguimos en este tiempo pascual, terminando la segunda semana de Pascua, segunda semana en la que continuamos tratando de experimentar y de reconocer la presencia viva y resucitada de Jesús en nuestras vidas. Y hoy escuchamos en Algo del Evangelio un texto cortito pero sustancioso, un texto que los otros evangelios también (algunos) lo traen, pero que Juan lo cuenta de un modo distinto y que nos ayuda también a, de algún modo, entender cómo está presente Jesús en nuestra vida o cómo a veces no terminamos de verlo y qué es lo que hace cuando nosotros nos embarcamos.

Primera imagen: Dice que «los discípulos se embarcaron», o sea, subieron a ese transporte que usaban en ese tiempo –ellos que eran algunos pescadores– y quieren cruzarse a la otra orilla. Por eso la barca es símbolo de la Iglesia, símbolo de esta comunidad que Dios nos regaló, de la comunidad de millones de hijos de Dios iluminados por el Espíritu Santo y con la cabeza y el capitán en la tierra, que es el papa. Andamos por el mar de este mundo buscando nuestro rumbo, el rumbo de llegar a la Vida eterna, de llegar a la otra orilla. Por eso, la barca también es símbolo de nuestra propia vida. Nosotros andamos embarcados o tenemos que embarcarnos en una misión. Tenemos una misión.

Jesús resucitado no está en nuestras vidas solamente para consolarnos a nosotros, sino que quiere que también aprendamos a llevar ese consuelo y esa paz a los demás. Bueno, ¿en qué estás embarcado?, ¿en qué te embarcarte y no sabes para dónde vas?, ¿tenés un rumbo claro?, ¿sabés dónde está la otra orilla o te estás dejando llevar por el viento de este mundo que nos lleva para cualquier lado? Eso es lo primero que te propongo y me propongo que nos preguntemos. ¿Estamos dejándonos llevar por la barca de la Iglesia? ¿Escuchamos la voz de Jesús en la Iglesia?

Lo segundo es esto, ¿no?: que «el mar estaba agitado», dice el texto, o sea, el mundo está agitado. Todo a nuestro alrededor parece a veces que está agitado. El viento de las modas, de las culturas que van en contra de nuestros pensamientos, del Evangelio, nos quieren agitar y llevar para cualquier lado. Quieren, en definitiva, que nos desviemos del rumbo. Quieren que no confiemos en la presencia de Jesús, que siempre está al lado nuestro y que camina sobre el mar de este mundo. Está más allá, está más allá y nos acompaña.

Bueno, ¿qué es lo que nos está agitando?, ¿por qué te estás dejando agitar?, ¿por qué no te confías en que la barca va rumbo a la otro orilla dirigida, en definitiva, por Jesús?, ¿por qué perdemos la paz tan rápidamente a veces?, ¿por qué no nos damos cuenta que Jesús, en el fondo, sostiene nuestra vida?

Y acá entramos en lo tercero, y por eso tiene que ver también con lo segundo, que es que Jesús se acerca a nuestra barca porque va caminando por encima del mundo, va caminando sobre el agua. ¿Por qué tenemos miedo? Porque, en definitiva, no nos damos cuenta que Jesús está. Pensamos –como dice otros evangelios– que es un fantasma. Los discípulos tuvieron miedo porque no se dan cuenta que era Jesús.

Bueno, cuando estamos tristes, cuando nos dejamos llevar por los vientos de este mundo, cuando pensamos que todo se va a hundir, es porque, en el fondo, no confiamos en su presencia. Y es ahí donde Jesús nos quiere decir al corazón, una vez más: «Soy yo, no teman. Soy yo, no temas. ¿Qué te pasa? Date cuenta que estoy a tu lado, date cuenta que, si dejas el timón en mis manos, todo va a ser mucho mejor, todo va a llegar a buen puerto».

Sigamos navegando por las aguas turbulentas de este mundo, confiando en que tenemos una misión y que es Jesús el que nos guía y que es Jesús el que nos empuja y nos anima a salir adelante. Nosotros, como los discípulos, a veces queremos subir a la barca a Jesús. Sin embargo, él sigue caminando por las aguas de este mundo y nos acompaña para que confiemos en él, para que nos dejemos guiar por su amor.

II Viernes de Pascua

II Viernes de Pascua

By administrador on 16 abril, 2021

Juan 6, 1-15

Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?» El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan.»

Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»

Jesús le respondió: «Háganlos sentar.»

Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron. Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada.»

Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.

Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo.»

Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.

Palabra del Señor

Comentario

“Feliz el que cree sin haber visto” Feliz el que acepta que Dios está siempre, aunque no lo pueda ver con sus ojos. Feliz el que se afirma en esas veces que, de alguna manera lo experimentó y no dudó. Y no añora el pasado si no que aprende a vivir el presente. Feliz el que escucha y no se cansa de escuchar. Porque el escuchar es una prueba clara de estar intentando creer, de caminar creyendo, intentando aceptar lo que vivimos, sin ver, sin pretender pruebas científicas de todo. No todo se comprueba con experimentos, sino que hay muchas cosas que el corazón sabe comprobarlas, sabe aceptarlas, sabe recibirlas, sabe madurarlas. Por eso es feliz no el que no busca respuestas, sino el que, de alguna manera, ya las encontró y aprende a aceptar eso que tiene, como un niño en brazos de su madre, no pretendiendo nada más que eso. Felices los que creemos sin ver. Vos y yo estamos en ese grupo. ¿Estamos en ese grupo? ¿Sos de los que creen sin ver?

Terminando la semana, mientras hacés cosas de la casa, seguramente, te propongo algunas preguntas que tienen que ver con Algo del Evangelio de hoy. Sabemos por los diferentes evangelios y relatos, especialmente en el Evangelio de Juan, que Jesús multiplica los panes como signo de algo más y que más allá de los detalles de uno y otro relato, no solo quisieron mostrar y dejar escrito que Jesús hizo semejante milagro y que cómo Dios hecho hombre podía hacer eso y mucho más, sino que Jesús quiere ser Pan para la vida del mundo y no rey al estilo de este mundo como se ve claramente en el relato de hoy. Es muy clara la Palabra de Dios. Es muy clara. No podemos olvidar esta parte: “Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña” “Otra vez”, se ve que ya se había retirado muchas veces.

No somos nosotros los que hacemos rey a Dios, sino que Dios es rey antes que nosotros existiéramos y Dios es rey que se entrega y quiere ser alimento de un hombre que no se da cuenta y que busca saciarse con muchas cosas que no son Dios. Este es el trasfondo profundo del evangelio de hoy. Porque claramente se ve eso. Que, ante semejante milagro, ante la sorpresa, lo primero que intentaron esos hombres fue hacerlo rey. Claro. Convenía mucho un rey que les diera de comer a todos gratis. Eso es lo que, de alguna manera también nos pasa a nosotros. Sin darnos cuenta, pretendemos que Dios sea el que nos de lo que pretendemos, lo que queremos. El que sacie nuestra hambre de cosas materiales y no el que sacie el hambre espiritual que tenemos, el hambre de amor. El hombre tiene hambre de algo más, necesita algo más. No necesita solo pan de harina o cebada. No necesita solo casa, auto, salud y vacaciones.

Necesitamos algo más. ¿Qué necesitamos? Eso es bueno preguntarse. Aunque tengas todo lo que crees necesitar, algún día te darás cuenta de que necesitás algo más grande, algo que vos mismo no podés darte a vos mismo. Es tan grande lo que necesitamos que nosotros no podemos crearlo para nosotros, solo podemos recibirlo como un don.  Casi que no hace falta que te lo diga, pero sí lo tengo que decir. Nuestro pan del alma, del espíritu no puede ser otra cosa que Dios mismo. Somos, de algún modo, insaciables. Porque necesitamos siempre más. Solo nos sacia lo abundante y lo superabundante solo puede ser Dios mismo, Jesús. ¿Pero Dios dónde está? ¿Cómo me sacio de Dios? Desde que Jesús vino al mundo, desde que el Padre envió a su Hijo para que creamos, él es el Pan del mundo, el alimento de todos los hambrientos, de tu hambre y del mío. Ahora… ¿cómo podemos alimentarnos de este Dios hecho hombre, de Jesús, vivir de tal manera que Él mismo se convierta en nuestro pan? Aceptando y creyendo lo que venimos meditando en estos días, escuchando la Palabra de cada día, viviéndola, haciéndola carne, amando en el metro cuadrado donde nos toca, en lo cotidiano, encontrando lo grande en lo sencillo.

Aceptando ser perdonado y perdonando. Creyendo que Jesús está en cada Eucaristía y deseando recibirla con amor. Dándote cuenta de que vos también podés hacer algo por el hambre del mundo, mostrándoles a los demás que lo único que sacia el corazón del hombre, es Jesús. Es por eso por lo que Jesús desea nuestro aporte en este milagro. Quiere que seamos parte, porque solo a través de nosotros puede llegar el amor de Dios a alguien que necesita amor. Solamente a través del amor de un hombre Jesús puede demostrarle a otro que es amado.

II Jueves de Pascua

II Jueves de Pascua

By administrador on 15 abril, 2021

Juan 3, 31-36

El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.

El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.

Palabra del Señor

Comentario

Felices los que creen sin haber visto. Felices los que todavía confían en que Jesús resucitado está entre nosotros, aunque a veces no tengamos las pruebas que pretendemos. Felices los que creen que esas llagas fueron el motivo de la sanación y que las llagas y las heridas de nuestra vida también son causas de sanación para nosotros y para los demás. Felices los que creemos que creer nos hace felices.

Me animo a volver a decirte una vez y otra vez, y a mí también: “No te canses de escuchar, no te canses de volver a empezar, no te canses de escuchar la Palabra de Dios, que es escuchar a Dios mismo. Si te cansaste de los audios, por lo menos escuchá el Evangelio. Es lo mínimo que te pido”. Escuchá la Palabra de Dios. Sólo el que escucha siempre es capaz de volver a levantarse, de volver a empezar, de volver a creer y de darse cuenta de que la fe alegra el corazón. La fe entra por los oídos. Casi sin querer me pasó algo muy lindo pensando en qué decir en el audio de hoy. Hoy tenía ganas de comentar algo sobre la necesidad que tenemos de escuchar para creer, quería seguir con el tema de la fe, algo bastante obvio, pero que siempre hay que volver a repetir, y me acordé de que San Pablo habla algo sobre esto en alguna de sus cartas. Busqué mi Biblia, esa que quiero tanto y que me acompaña desde que me decidí seguir a Cristo más de cerca, y la abrí con la intención de encontrar en alguna carta de San Pablo lo que recordaba remotamente, pero con pocas esperanzas porque no me acordaba bien en dónde estaría. Providencialmente abrí en la Carta a los Romanos en el capítulo 10, 14 donde dice: “Pero ¿cómo invocarlo sin creer en él? ¿Y cómo creer, sin haber oído hablar de él? ¿Y cómo oír hablar de él, si nadie lo predica? ¿Y quiénes predicarán, sino se los envía?” Una maravilla, todavía estoy impresionado de cómo suceden a veces las cosas. Todo lo que deseo que pase día a día con estos audios se sintetiza en esta frase. Todo lo que desea el Padre que nos pase a cada uno de nosotros se explica en estas palabras de San Pablo.

Para invocar a Jesús tenemos que creer en él, para creer en él tenemos que escuchar, para escuchar sobre él, alguien tiene que hablar sobre él y para hablar sobre Jesús alguien tiene que haber sido enviado a cumplir esa misión.

Jesús es el enviado desde el cielo por el Padre. Enviado desde la eternidad para hablarnos de su Padre, el tuyo y el mío. Te diría que una de las misiones más importantes de Jesús es mostrarnos el verdadero rostro de Dios que es Padre, Padre con todas las letras y con letras mayúsculas, Padre en serio, infinitamente más Padre de todo lo que te podés imaginar. Así lo dice el Algo del Evangelio de hoy: El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. Es necesario comprender esto para que nuestra fe sea más plena. No es cuestión de creer cualquier cosa, hay que creer lo que Dios quiere que creamos. Hay que usar bien la palabra fe. Dios Padre envió a su Hijo para que diga sus palabras, para que hable en su nombre gracias a que los dos tienen un mismo Espíritu. El Padre puso todo en las manos de su Hijo y todo lo que escuchamos decir de Jesús es lo que dice el Padre.

Por eso oír hablar a Jesús es oír hablar al Padre y oír hablar de Jesús es oír hablar del Padre y por eso alguien tiene que predicar esto, alguien tiene que hablar de las palabras de Jesús, para que escuchándolo a él a todos los hombres puedan escuchar lo que el Padre del Cielo nos quiere decir: Los perdono, tengo misericordia de cada uno, quiero darles un abrazo de perdón, vuelvan a mí.

¿Te das cuenta porqué es tan importante escuchar, oír hablar a Jesús y oír hablar de Jesús? ¿Te das cuenta de porqué creer en Jesús nos hace veraces, de porqué creer en sus palabras nos da Vida Eterna? Porque no hay otra palabra de Dios Padre para nosotros que no sea una palabra de amor, de verdad, de consuelo, de ánimo, de corrección, de perdón, de reproche cariñoso. Todo para nuestro bien, todo para andar en la verdad y para amar.

No nos cansemos de escuchar, no te canses de escuchar. No te canses de oír la palabra de Dios. Si escuchás con constancia, cuando menos te des cuenta vas a tener más Vida. Vida con mayúscula, vida que no muere, aunque ande rondando la muerte. Vida que no se acaba, aunque las cosas se acaben. Por favor, no te canses de escuchar y no te canses de predicar. Todos somos enviados también a hablar de Jesús. No me canso de escuchar testimonios de personas que escucharon con sinceridad y con constancia la Palabra de Dios. No me canso de leer los testimonios que nos dejan en nuestra página contando lo bien que les ha hecho escuchar la Palabra de Dios. No te canses de ser Apóstol de Jesús y de enviar la Palabra de Dios a otros para que se den cuenta que no hay nada más lindo que, día a día, escuchar lo que Dios nos quiere decir.

II Miércoles de Pascua

II Miércoles de Pascua

By administrador on 14 abril, 2021

Juan 3, 16-21

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.

Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

Palabra del Señor

Comentario

Te gustaría reflexionar hoy el porqué se puede vivir mucho más feliz creyendo que no creyendo. ¿Querés darte cuenta de porqué puede vivir feliz aquel que vive creyendo, no que cree, sino que vive creyendo, que cada día hace un esfuerzo por decirle que sí a la invitación de Dios? Así dice la Palabra de Dios: «Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna». Sí, porque Dios no envío a su Hijo para juzgar al mundo, para juzgarte a vos o a mí, para señalarnos, sino para que creamos, para que nos salvemos por medio de él, para que aceptemos su amor misericordioso. No es que se cree y nada más. El que cree vive creyendo, digamos que es como ir caminando, se camina avanzando, es como algo continuo, algo dinámico que crece de a poco. Por eso, es feliz el que cree sin ver, porque camina confiado, camina sabiendo que va de la mano, camina sabiendo que poco a poco irá descubriendo lo que Dios le propone. No es la omnipotencia del creerse que uno sabe todo, que uno puede todo, que uno controla todo. Por eso el que va creyendo va viviendo de una manera distinta, como alguien que tiene vida en el espíritu, dada por el Espíritu. El que cree renace, de alguna manera, siempre, porque algo más grande lo sostiene y lo anima a seguir; por eso es feliz el que cree sin ver.

Ayer Jesús nos decía: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». Nosotros podemos ser reengendrados, podemos vivir una especie de renacimiento espiritual sea en la situación en la que estemos. Es el Espíritu Santo el que nos ayuda a creer, el Espíritu que recibimos en el bautismo, en la confirmación, que recibimos cada vez que volvemos a decirle que sí al Señor. ¿Creer en qué?, nos podemos preguntar. ¿Creer en quién? Creer en Jesús, creer en que él es el enviado del Padre, el Hijo único que vino al mundo para que tengamos luz y no andemos en las tinieblas. ¿Qué prueba más grande de amor de que Dios pueda venir a estar con nosotros, que ser Dios y venir a estar con el hombre por puro amor, sin preguntar, sin esperar nada a cambio?

La fe es un don, el don es Jesús y lo que nos queda a nosotros es aceptar esto. Eso nos enseña Algo del Evangelio de hoy. La fe no es un conjunto de normas, una grilla de cosas por cumplir, una doctrina que aprender o repetir o para defender a los gritos como si fuese nuestra verdad, un sentimiento que sentir. La fe es un don y ese don es el mismo Hijo de Dios, el Hijo único del Padre que se hizo hombre para que sientas, aceptes con tu cabecita y te des cuenta que Dios ama al hombre en serio, que Dios se tomó en serio esta decisión, muy enserio. Y, en definitiva, creer es aceptar que esto es posible y que además cambia la vida del que lo acepta y entrando así en una Vida nueva, puede entrar en una Vida nueva.

Todos nosotros, los que escuchamos la Palabra de Dios día a día, seguramente somos bautizados, confirmados o por ahí no, por ahí incluso no hemos recibido el bautismo. Dios quiera que estés escuchando incluso sin tener algún Sacramento. Incluso también la mayoría de nosotros recibimos a Jesús en la comunión. Ahora, eso no quiere decir que todos experimentamos esto de volver a nacer, este nacer en el Espíritu Santo. Muchas veces tenemos al Espíritu olvidado y por eso el Espíritu Santo no puede hacer tantas cosas en nosotros. Está como queriendo trabajar desde adentro y nosotros estamos en otra.

Hay que volver a maravillarse una vez más de que Dios nos haya amado primero e incondicionalmente y nos haya enviado a su Hijo para enseñarnos a vivir como hijos amados por él, para perdonarnos los pecados y ayudarnos a dejar el pecado que nos sigue atormentando muchas veces, nos sigue de alguna manera persiguiendo, desde adentro y desde afuera. Y es el Espíritu enviado por Jesús el que nos santifica y vivifica.

Hoy intentemos hablarle a Jesús como lo que es, nuestro Salvador, nuestro hermano mayor, el que vino a darnos vida y no a condenarnos, aquel que nos vino a dar luz para poder ver bien.

Todo lo que pidamos en su nombre al Padre él nos lo concederá. Pidamos creer en esto, pidamos creer en él, pidamos renacer una vez más. Pidamos seguir creyendo, para que la vida no se haga tan pesada, para que la muerte no apague el sentido de la vida, para que el sufrimiento no sea la última palabra, para que el amor sea el motor de cada cosa que hacemos, para que Jesús sea el centro de nuestro corazón, para que podamos animar al triste, consolar al afligido, para seguir amando, aunque a veces nos cansemos. No nos cansemos de seguir evangelizando por medio de las redes, especialmente en estos momentos. No nos cansemos de hacer un clic para enviarle a otro la Palabra de Dios que tanto bien hace a aquel que la escucha con insistencia y con amor. Jesús, que nos pase de todo, pero que no nos cansemos, que no nos cansemos de creer y de amarte.

II Martes de Pascua

II Martes de Pascua

By administrador on 13 abril, 2021

Juan 3, 7-15

Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto».

«El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu».

«¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo.

Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.

Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo?

Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna».

Palabra del Señor

Comentario

«¡Felices los que creen sin haber visto!». Me parece que puede transformarse en la frase de esta semana que nos acompañe, en este tiempo en el que parece que vemos cada vez menos. Sin embargo, Jesús está mostrándonos su llaga, su costado, diciéndonos: «Esta es la prueba de mi amor. Yo te amo porque estas marcas, este dolor lo sufrí por vos». Hace unos días, o no sé, alguien alguna vez me preguntó: «¿Cómo es esto de que la fe es un don? ¿Cómo es posible que alguien tenga fe y otros no? ¿Cómo puede ser que Dios les dé la fe a algunos y a otros no?». Bueno, es todo un tema que supera lo que podemos decir en un audio. Solo me animo a decirte que es bueno preguntarse, cuestionarse. Es bueno cuestionarse con espíritu abierto para poder encontrar respuestas que afirmen lo que creemos, que ayuden a creer mejor.

La fe no es para tontos, como decimos a veces. No, no es para tontos, creer es de inteligentes. Es, a veces, medio despectivo aquellos que creen que los que tienen fe son medios tontos o no quieren pensar, al contrario. Por eso, como Tomás, también a veces dudar nos ayuda a afirmar nuestra fe. La duda de Tomás se convirtió en un «Señor mío y Dios mío». Jesús utiliza todas nuestras debilidades para confirmarnos en la fe, para que creamos más. Sin embargo, retomando un poco lo de recién, en realidad es más lógico poder llegar a argumentar la fe que argumentar el sin sentido, el ateísmo. Pero bueno ese es otro tema. Por ahora es bueno quedarse con lo esencial.

No creeríamos en Cristo si no hubiéramos recibido una gracia que viene de lo alto, de arriba, si no hubiéramos sido atraídos por el Padre. Así lo dice Jesús: «Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae». Eso quiere decir que el impulso interior para acercarnos a Jesús viene como don. Ahora, la respuesta a ese impulso depende de nuestra libertad, de nuestra elección, que de alguna manera nunca es definitiva, nunca podemos decir «ya está», ya creo en forma plena y completa, ya alcancé la meta, ya terminé. Siempre hay que volver a empezar, volver a creer, confiar, decir que sí una vez más, abandonarse más, aceptar más, ser cada día más feliz de la mano de Jesús que nos lleva así al cielo con alegría. Por eso Algo del Evangelio de hoy, de alguna manera, nos ayuda a considerar este misterio increíble, aunque es creíble, aunque parezca contradictorio (el misterio de tener fe).

Felices los que creen que es posible renacer de lo alto, nacer de nuevo, volver a empezar. Felices los que creen en estas palabras de Jesús, las palabras que Nicodemo no pudo entender en su momento y que nosotros hoy volvemos a escuchar. Felices los que creen y confían, porque la confianza da felicidad, la confianza en Jesús, la confianza en su Palabra nos pone en una órbita diferente, por decir así, porque nos ayuda a despojarnos un poco de toda pretensión de tenerlo todo bajo nuestro dominio, todo controlado: las personas y las cosas, las situaciones, el futuro, el pasado. ¡No!

Feliz el que es sencillo, el que no es rebuscado y cree con convicción sin esperar comprobaciones «científicas» a todo lo que pasa, aunque la ciencia hace mucho bien –pero ese es otro tema–, a todo lo que ve, o sea, buscar todo el día comprobación de todo lo que ve. Feliz el que ve más allá de lo que ve. Pero en eso que ve descubre cosas buenas, cosas lindas, cosas verdaderas y no se queda en lo superficial, en lo mundano, en lo feo que se ve de afuera.

Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto». ¿No será que vos y yo también, que nosotros también? ¿No será que nosotros necesitamos volver a nacer de tantas cosas que han muerto en nuestra vida? Volvé a nacer, mirá a tu corazón, date cuenta que tenés mucho todavía para vivir, para dar, tenés mucho que resucitar también. La Pascua es volver a nacer. Siempre se puede volver a nacer en lo espiritual. Nunca pienses que estás muerto. No te quedes ahí tirado, no pienses que el pecado te derrotó. Jamás, jamás con Jesús el pecado nos derrotará, aunque tengas muchos años, aunque estés enfermo y tu cuerpo no pueda más.

Lo importante es que no muera tu interior, tus ganas de creer y vivir, de ser feliz, de darte cuenta de que tenés a alguien para amar al lado tuyo.

Una vez, visitando a una señora enferma, postrada le pregunté cómo se sentía. Me dijo: «Padre, me duele mucho el cuerpo, pero lo peor, lo que más me duele, es el alma». Tenía motivos para quejarse y sentirse mal, pero en su dolor supo percibir que el peor dolor de todos es el del alma, el de estar muertos en vida. Nosotros hoy podemos elegir la vida o la muerte, elegir el amor o el egoísmo. Nosotros podemos renacer de lo alto. Podemos creer más, tener más vida y ser felices junto a Jesús. Hablale, escuchalo, abrile tu corazón.

II Lunes de Pascua

II Lunes de Pascua

By administrador on 12 abril, 2021

Juan 3, 1-8

Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos. Fue de noche a ver a Jesús y le dijo: «Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él».

Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios».

Nicodemo le preguntó: «¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?».

Jesús le respondió: «Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Ustedes tienen que renacer de lo alto”.

El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu».

Palabra del Señor

Comentario

Se puede nacer de nuevo habiendo ya nacido. Se puede volver a nacer. Se puede volver a empezar después de haber terminado. Podemos levantarnos otra vez habiéndonos caído. Se puede pedir perdón habiéndolo negado. Se puede volver a creer habiendo desconfiado tantas veces. Podemos salir de la cama aun queriendo quedarnos para siempre a descansar. Se puede volver a abrazar si cerraste los brazos. Se puede alcanzar la paciencia habiéndola perdido. Se puede pasar del odio al amor y quedarse ahí para siempre. Se puede volver a la gracia después de haber pecado.

Así podríamos seguir un día entero, diciendo frases parecidas. Pero no quiero decirte frases lindas y nada más. Quiero que comprendamos que esto es verdad, es real. Y seguro que, si te lo ponés a pensar, en tu vida seguro que te pasó tantas veces. No quiero que escuchemos lindos «slogans» de que se puede y se puede, aunque sean verdad, sino quiero que empecemos este lunes con ganas de «nacer de nuevo», de «resucitar», porque en definitiva es lo mismo. Resucita el que nace de nuevo, se nace de nuevo resucitando. Dios quiera que el día de la Divina Misericordia de ayer, nos haya llenado de alegría el corazón, como a los discípulos, con ese soplido de Jesús que los llenó del Espíritu Santo para que ellos también lleven paz a los demás.

Jesús nos «asegura que el que no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios». El que no empieza este lunes con deseos de «volver a empezar» en serio, con ganas de levantarse y amar a los que Dios ponga en nuestro camino, no podrá ver el Reino de Dios en lo concreto de este día. ¿Quién es capaz de reconocer en lo sencillo de cada día el reinado de un Dios que está vivo y nos sigue amando a cada instante? «El que oye la voz del Espíritu, que es como el viento, no se ve y no se sabe muchas veces de dónde viene y a dónde va».

Algo del Evangelio de hoy nos anima a ponernos en el lugar de Nicodemo; este fariseo que, por temor a la represalia o a la burla, fue a ver a Jesús de noche para que nadie sepa que creía en él. ¿Cuántas veces andamos así por la vida, por nuestra familia, por nuestros trabajos, universidades, grupos, como si fuera de noche, ocultándonos del amor de Jesús, de que otros sepan que amamos a Jesús? Queriéndose encontrar con Jesús sin que nadie lo sepa ¿Cuántas veces hemos ocultado nuestro amor a Jesús por respetos humanos, por vergüenza, por temor? ¡Qué lindo que es cuando «nacemos de nuevo» y ya no nos da miedo que de nuestros labios salga la palabra: Jesús! ¡Qué lindo que es escuchar cristianos que por haber «nacido de lo alto» ya no le temen al ridículo!

Como esa chica que me contó una vez que después de su conversión, gracias a un retiro, decidió pasar una Navidad distinta al darse cuenta que las navidades en su familia eran vacías. ¿Qué hizo? Frenó la cena de Navidad para decirles a sus familiares que el sentido de esa noche era otro, no solo comer y recibir regalos. Les habló de Jesús sin miedo, con lágrimas en los ojos. ¿Sabés qué pasó? Todos terminaron llorando y viviendo una Navidad distinta, más profunda. Eso pasa cuando alguien se anima a salir de la oscuridad y mostrar que ama a Jesús, que Jesús le cambió la vida. Eso tenemos que hacer nosotros hoy. No importa. Como podamos, en donde estemos, por las redes, por un mensaje, con una llamada, como sea, tenemos que gritarle al mundo que Jesús nos cambió la vida.

Se puede volver a nacer, se puede resucitar, se puede recibir la gracia que viene de lo alto. Hay que pedirla. Por cincuenta días seguiremos en el tiempo pascual, tiempo para disfrutar y pedir la gracia de volver a nacer. Pensá y rezá, seguro que tenés «algún muerto» en tu corazón para resucitar. Todos tenemos algún muerto guardado por ahí. Seguro que tenés un motivo para volver a empezar, para volver a nacer.Quería recordarte que, si querés recibir los audios directamente en tu celular, podés bajarte la aplicación de Telegram y buscar nuestro canal @algodelevangelio o bien buscarnos por los distintos medios, por las redes, en nuestra App Algo del Evangelio en Play Store, en nuestra web www.algodelevangelio.org, por YouTube, por Face. Ayudanos, acompañanos a distribuir la Palabra de Dios a más corazones. Ayudanos a que más corazones se sientan amados por Jesús y puedan resucitar en esta Pascua, una vez más. Como nos pasó a nosotros, a vos y a mí.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

II Domingo de Pascua

II Domingo de Pascua

By administrador on 11 abril, 2021

Juan 20, 19-31

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!».

Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré».

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».

Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe».

Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»

Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Palabra del Señor

Comentario

Este segundo Domingo de Pascua es también llamado el «Domingo de la Misericordia», podríamos decir de la misericordia que viene de lo alto, del cielo: la Divina Misericordia, la misericordia que trajo Jesús enviado por su Padre. Este domingo fue instituido por san Juan Pablo II como el Domingo de la Divina Misericordia, el segundo Domingo de Pascua.

Domingo también en el que Jesús se aparece a sus discípulos, a nosotros, de algún modo, para darles la paz, para darnos la paz. Se aparece a nosotros también para decirnos al corazón: «¡La paz esté con ustedes! ¡La paz esté con vos! En este domingo quiero darte paz y darles el poder de perdonar y de retener, para darnos el poder de perdonar los pecados y de retenérselos a los demás». Qué cosa tan seria este mandato de Jesús, para darles el Espíritu, soplando sobre ellos y hacerlos apóstoles de la misericordia. Y también, de algún modo, a vos y a mí.

Domingo también en el que la incredulidad de Tomás nos ayuda a afirmar nuestra fe. Como siempre, la debilidad termina triunfando, porque la fuerza de Dios triunfa en la debilidad del hombre. «Felices los que creen sin haber visto», dice Jesús. Nosotros somos parte de esa humanidad que cree sin ver. Nosotros debemos ser felices por creer sin ver. ¿Somos felices por creer sin ver?, ¿sos feliz? Es el gran elogio de Jesús para toda la generación de cristianos que creyeron en él sin haberlo visto. Nosotros somos los que no vimos pero creemos. Nos veníamos preguntando en la semana: ¿creemos? ¿Por qué creemos? «Porque ustedes lo aman sin haberlo visto –dice san Juan– y creyendo en él sin verlo todavía».

Somos felices porque la misericordia ya no es una palabra linda para aplicar, sino que es una Persona, una Persona con sus llagas todavía en sus manos y en su costado, con sus llagas resucitadas; llagas que ya no duelen y que, por eso, son llagas que curan a aquellos que buscan ser curados. Hoy es un día en el que Jesús a los que estamos cerca, a sus discípulos, a vos y a mí, nos sopla otra vez sobre el corazón y nos dice al oído: «Vos también sos apóstol de la misericordia. Sos enviado a llevar la misma misericordia que yo te di». Dejémonos soplar hoy por Jesús al corazón –que nos quiere derramar su Espíritu Santo– y que nos diga: «Vos también sos apóstol de la misericordia». Somos los encargados de hacer llegar a los demás la paz y el amor de Jesús que quiere perdonar, pero con misericordia, no de «cualquier» manera. Perdonar con la medicina de la misericordia quiere decir perdonar para sacarnos del dolor del pecado, quiere perdonarnos para sanar y resucitar.

Nosotros estamos viviendo esta Pascua y queremos transformarnos en apóstoles de la misericordia, porque recibimos ya esa misericordia. Jesús trae paz, es lo primero que nos hace. No da muchas explicaciones ni indicaciones, no nos dice qué es lo que tenemos que hacer, no explica muchas cosas sobre cómo resucitó o cómo habrá sido ese momento, sino que les mostró sus manos y el costado, mostró sus heridas, las heridas que nos curaron –como dice la Escritura-. Porque las heridas son la «marca» del amor, de él hacia nosotros. Heridas causadas por tanto odio, por tanta ignorancia, pero vencidas con tanto amor. Sin embargo, las heridas siguen, las marcas quedan. La paz entonces proviene de experimentar que Jesús cura y sana, aunque esas marcas no se vayan. Jesús se aparece de un modo nuevo, pero, al mismo tiempo, no queriendo ocultar las marcas del dolor, que son las marcas del amor.

Es entendible en Algo del Evangelio la reacción de Tomás: quiere saber si ese que se apareció es el mismo que sufrió por él. ¿No será eso? Es también, creo yo, lo mismo que hubiéramos hecho nosotros. Quiere asegurarse tocando sus llagas, es decir, las marcas del amor. La prueba de la resurrección para Tomás no es verle la cara al Señor, sino el tocar sus llagas. ¡Qué misterio! Sus heridas nos han curado. No sabemos si llegó a tocarlas, pero sí sabemos que Jesús se lo propuso.

Entonces podemos preguntarnos: ¿por qué Jesús resucitado se muestra llagado? ¿Por qué la resurrección no eliminó tanto rastro de dolor, tanto rastro del pasado? Para mostrar que el amor sanó el dolor, aunque las marcas queden; por eso. Lo mismo pasa en nuestras vidas, lo que nos sana es el amor, y el amor no quita muchas veces las heridas, sino que las «suaviza», las deja en paz. Les da la unción de la misericordia para que podamos volver a renacer. No quieras vivir como si nada hubiese pasado en tu vida, como si no importaran las «marcas». Las marcas del dolor son las huellas del amor, dijimos. La resurrección de Jesús no es, de algún modo, borrón y cuenta nueva, sino que es vida nueva, haciendo nuevo el pasado con todo su dolor.

«Dentro de tus llagas escóndeme», dice la oración de san Ignacio de Loyola. Pidámosle eso al Señor hoy, que nos escondamos dentro de sus llagas para poder experimentar tanto amor, tanta misericordia que hemos recibido y tanta misericordia que tenemos para dar a los demás. A aquellos que ven a un Dios lejano, a un Dios que no viene a amar sino a dar indicaciones, mostrémosles que en realidad Jesús es un Dios de misericordia, que viene a perdonar y a curar nuestros dolores.

Que tengas un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre misericordioso, Hijo que vino a traer la misericordia y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Viernes de la Octava de Pascua

Viernes de la Octava de Pascua

By administrador on 9 abril, 2021

Juan 21, 1-14

Jesús se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades.

Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos.

Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.»

Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros.» Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada.

Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?»

Ellos respondieron: «No.»

El les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán.» Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!»

Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla.

Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.»

Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer.»

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué maravilla debe haber sido ese momento! ¡Qué maravilla seguir escuchando los relatos de las apariciones de Jesús resucitado a sus amigos! Te dije al principio de la semana que era un tiempo para disfrutar mucho. Cada aparición es para disfrutar de las “artimañas” (entre comillas) de Jesús para hacerle sentir a los discípulos su presencia. Y los discípulos, por otro lado, que no terminan de entender mucho lo que pasa. Van y viene, como nuestro corazón.

Hace unos días alguien me preguntó muy directamente: “¿Para vos qué es tener fe, qué es creer? ¡Qué pregunta! Y es algo que nos podemos hacer una vez más nosotros. Me salió decirle algo así: “Para mí tener fe es creer en Jesús, creer en todo lo que leo de él y creer que es verdad. Para mí es no dudar de eso” No sé si la respuesta es la más correcta posible, la que mejor le pude haber dado, la teológicamente más correcta, pero estoy convencido que, en definitiva, creer, es creer en una Persona, real, como nosotros, que está vivo y sigue vivo obrando en nuestros corazones, sigue “apareciéndose” a miles de personas, sigue buscándonos, a vos y a mí. Bueno, como nosotros… ¡no! Es hombre, pero es Dios. Esa es la gran diferencia.

¡Jesús parece que no se cansa de insistir! ¡Parece mentira! Aun estando resucitado, aun después de haberlo visto con sus propios ojos, Jesús los busca y los busca. Nos busca y nos busca. Busca a sus amigos que se vuelven a perder en las cosas de cada día, en sus oficios originales, en la misma situación en la cual lo habían conocido. Es la maravilla de un Dios hecho hombre que ya no encuentra manera de atraer con amor a los que salvó por amor. Es la paradoja de unos hombres que no terminan de convencerse de la presencia de Dios en sus vidas.

Hoy, la imagen de Algo del Evangelio es esta: los discípulos volviendo a pescar peces, lo de siempre. Jesús volviendo a pescar hombres, amigos, a vos y a mí. Y así hará hasta el final de los tiempos. Nosotros que volvemos a lo nuestro. Nos olvidamos de su presencia, y él que nos vuelve a buscar, una y otra vez. Los discípulos de Jesús, (muchas veces vos y yo) toman la decisión de volver a pescar, de volver al oficio original y no al oficio original (como una imagen) y no al oficio que Jesús les había encomendado. Es la imagen del no terminar de comprender, de convencerse, de obedecer, de confiar. De echar las redes, de ir mar adentro, de empezar una nueva vida, de cambiar. Jesús había dicho a Pedro, le había dicho que lo haría pescador de hombres y Pedro se vuelve solito a ser pescador de peces, ¡otra vez! ¡Qué poca cosa!

¡Y lo peor es que con él arrastra a los demás discípulos! El pesimista, el desesperanzado, arrastra a los demás y los convierte en hombres sin esperanza. ¡Toda una imagen de lo que a veces hacemos nosotros! Y Jesús ¿qué hace? Los va a buscar ahí mismo, en el lugar donde se están escapando, en realidad, en el mismo lugar donde se habían conocido. Él no se olvida, Pedro sí, los discípulos también y nosotros, ni hablar. Nos terminamos olvidando de lo que Jesús nos dice, nos terminamos olvidando del encuentro que alguna vez tuvimos con él. Nos terminamos olvidando de sus promesas, nos terminamos olvidando de sus mandatos. ¿Y qué hacemos? Volvemos a la rutina, a lo que sabemos hacer, a lo que nos da seguridad, a donde nos creemos que las sabemos todas. ¿Y qué nos pasa?

Lo que le pasa a Pedro, a sus amigos. No pescan nada, puro fracaso, cansancio sin fecundidad, cansancio sin frutos, sin pescados. Y Jesús ¿qué hace? Se les vuelve a aparecer ahí. Se nos vuelve a aparecer de un modo o de otro, en el lugar de trabajo, en la familia, en la rutina, en el olvido, en el escape, en donde parece que no está, en donde parece que se fue. Bueno, justamente ahí está, ahí se mete, ahí quiere volver a hacerme escuchar su voz para que pueda obedecerle, para que pueda volver a confiar, ¡para que vuelva a creer! ¡Qué bueno que sos Jesús!! Qué paciencia nos tenés. ¡Confiemos en su palabra! Echemos las redes en donde él nos dice.

Abramos los ojos para poder reconocerlo y confiar de una vez por todas que él es el dueño y Señor de la historia, de la tuya y la mía, de nuestra historia y que solo seremos fecundos si hacemos las cosas en nombre de él y por él. ¡Si nos dejamos encontrar una y otra vez por él que no se cansa de buscarnos!