Book: Lucas

Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista

Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista

By administrador on 24 junio, 2021

Lucas 1, 57-66.80

Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.

A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan.»

Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.»

Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan.»

Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.

Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.

El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.

Palabra del Señor

Comentario

«El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre», dice la primera lectura del profeta Isaías de la misa de hoy. Algo así también podemos repetir nosotros, intentando experimentar lo mismo, sentirnos amados y llamados desde el vientre de nuestras madres. El salmo también dice algo muy lindo: «Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el seno de mi madre. Te doy gracias, porque fui formado de manera tan admirable. ¡Qué maravillosas son tus obras!». ¡Qué lindo empezar este día pensando que cada uno de nosotros fue pensado por un Dios que es Padre! Alegrarse con saber que cada vida es sagrada desde el vientre de nuestras madres porque fuimos creados y formados de manera admirable. Porque somos amados y llamados a una misión especial, a ser de alguna manera profetas y precursores de Jesús para los otros.

Hoy la Iglesia celebra el llamado a la vida de Juan el Bautista, su nacimiento. «¿Por qué?», te podrías preguntar. Porque, según Jesús, «san Juan Bautista fue el hombre más grande nacido de mujer». Así salió de su propia boca.

Su nacimiento fue anunciado como el de Jesús. Llamado a «prepararle el camino, a predicar y a allanar los senderos» para la llegada del Salvador. Es, al mismo tiempo, el último de los profetas y es, de alguna manera, la «bisagra» entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el que permitió la «novedad» en lo antiguo. Y por eso Jesús llegó a decir que «el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que Juan Bautista». ¿Por qué? Porque los que vivimos en la etapa del Reino de los Hijos de Dios somos, de algún modo, más grandes, ya que podemos vivir desde la gracia. Vivimos con la gracia que nos regaló Jesús, el Espíritu Santo. Vivimos el ser Hijos adoptivos de Dios Padre. Algo que san Juan Bautista no pudo experimentar, aunque, por supuesto, dando su vida, preparando el camino para el Señor, es de los grandes santos de nuestra Iglesia.

De este santo podríamos decir y aprender muchísimas cosas y, aunque no aparece en Algo del Evangelio de hoy, me gusta imaginar el momento en el que Juan desde el vientre de su madre pudo percibir la presencia de Jesús, cuando María visitó a Isabel, saltando de alegría. Quiere decir que fue profeta desde antes de nacer. Fue útil a la historia de la humanidad, a cada uno de nosotros, sin haber visto la luz del sol, aun sin haber nacido. Desde el vientre de su madre pataleó y le avisó a su madre que ahí estaba Jesús, en el otro vientre. Es una maravilla pensar esto, en el valor y la significancia que tiene cada vida, incluso antes de nacer, sabiendo que Dios tiene un propósito para cada uno que no podemos truncar por nada de este mundo. San Juan Bautista es el gran profeta, porque señaló siempre a Jesús y nunca quiso ser el centro, jamás pretendió que los demás lo siguieran a él, jamás se le ocurrió anunciar algo falso. Siempre anunció la verdad, se la jugó por la verdad y finalmente terminó dando la vida, muriendo por la verdad.

También es el humilde que no se sintió digno de desatarle la correa de las sandalias a Jesús. No se sintió digno de bautizarlo. No se sintió digno casi de «estar con él»; porque reconoció a Jesús como su gran Salvador, el Salvador de todos.

La humildad es la condición necesaria para ser un verdadero Hijo de Dios, para ser cristiano. Vos y yo podemos ser humildes. Tenemos que aprender a no ser el centro de nada. La humildad es la virtud del cristiano que necesitamos todos para que lo que reluzca en nosotros no seamos nosotros mismos, sino la obra de Dios en nuestra vida.

Es el santo de la humildad, el santo que aprendió a hacerse pequeño para que Jesús fuera quien se hiciera grande. Fue él el que aprendió a ir desapareciendo para que el que vaya apareciendo fuera Jesús. Y por eso su gran frase ha quedado para siempre en la liturgia de la Misa, que celebramos todos los días: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».

Que san Juan Bautista en este día nos ayude, llenos de alegría, a mostrarle a los demás dónde está el Cordero de Dios; dónde está ese Cordero que quita nuestros pecados, que sana nuestro corazón, que nos libera de las cosas que nos atan, que nos da paz, que recibe nuestros agobios.

Que al mirar la hostia hoy en la Misa, en alguna Misa, nos ayude a reconocer dónde está el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo, que sigue haciéndose pequeño, que sigue haciéndose humilde, que sigue mostrándose vulnerable para que nosotros nos enternezcamos y nos animemos a amarlo cada día más y seamos verdaderos Hijos de Dios.

Memoria del Inmaculado Corazón de María

Memoria del Inmaculado Corazón de María

By administrador on 12 junio, 2021

Lucas 2, 41-51

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.

Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas.

Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados.»

Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» Ellos no entendieron lo que les decía.

El regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón.

Palabra del Señor

Comentario

No podía ser de otra manera. Al día siguiente en el que celebramos al Sagrado Corazón de Jesús, la Iglesia como maestra, como pedagoga de nuestra fe nos regala esta memoria, este día tan lindo en donde contemplamos el corazón inmaculado de María. Ese corazón que no solo aceptó la voluntad de Dios diciéndole que sí al ángel, para comenzar el maravilloso camino de la salvación que ha llegado hasta nosotros en este día, sino que también María desde su corazón podríamos también pensar, imaginar y maravillarnos que le dio su sangre al mismo corazón de Cristo, llevándolo en su vientre. María no solo lo amó desde el instante de su concepción, sino que le dio su propia sangre, su propia carne, para alimentar y hacer del corazón de Jesús el corazón más grande y más amoroso que haya existido en esta tierra. Por eso, el corazón inmaculado de María también tiene que estar, de alguna manera, presente en nuestras vidas. Ese corazón que no solo alimentó a Jesús en el vientre, sino que también lo supo amar desde que lo tuvo ese primer día en brazos, cuando tuvo que dar a luz en un lugar pobre y sencillo, también cuando decidió emigrar junto con san José y escaparse del peligro de Herodes yéndose a Egipto; amamantándolo, abrazándolo, besándolo y cuidando a ese niño que era el Salvador.

Toda la vida de María fue un simple y maravilloso acto de amor para cuidar el corazón de Jesús y que ese corazón termine entregándose por nosotros en la cruz. Como decíamos ayer: «Abriéndose de par en par para que su sangre y el agua, que derramó de su corazón, sean para nosotros los signos de los sacramentos que nos dan vida: el Bautismo y la Eucaristía». Ese corazón de María que no solo estuvo con Jesús en los momentos donde él disfrutaba y ella también, junto a san José, sino que también estuvo siempre atravesado por el dolor. Y por eso María recibió esa profecía en la que se le anticipaba que su corazón también sería atravesado. «Una espada atravesará tu corazón», le dijo el profeta Simeón a María, y así fue. Durante toda su vida, María también aprendió a sufrir junto a su hijo, al hijo que también sufriría por nosotros para darnos vida. Y al pie de la cruz, María se mantuvo con su corazón alerta, amoroso, dejando que Jesús la mire, para mostrarle que aunque él se iba ella quería ser madre de todos los hermanos de Jesús, de vos y de mí también.

Por eso, en Algo del Evangelio de hoy podemos pedirle a María que nos ayude a aferrarnos a su corazón inmaculado, ese corazón que no solo aprendió a sufrir junto a su hijo, sino que también nunca cometió un pecado. Jamás decidió hacer algo en contra de la voluntad del Padre y por eso es inmaculado, por eso es un corazón que se abre de par en par hacia nosotros, sus hijos; y ella, como Madre, nos arropa, nos abraza, nos ama constantemente. Y nos da la sangre de Cristo también –que corre por nuestras venas–, la sangre de la gracia del Espíritu Santo, porque ella también es esposa del Espíritu Santo, y busca que continuamente nosotros nos abramos al amor de Dios.

María, que tu corazón inmaculado hoy, junto al de Jesús, nos abrace una vez más y nos haga sentirnos hijos y amados, nos haga sentirnos hermanos de todos, y que podamos vivir como vos también viviste. María, que tu corazón inmaculado nos llene hoy de gozo y nos colme de paz.

Fiesta de la Visitación de María

Fiesta de la Visitación de María

By administrador on 31 mayo, 2021

Lucas 1, 39-56

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:

«¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.»

María dijo entonces:

«Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.»

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Palabra del Señor

Comentario

Hay escenas del Evangelio que son más fáciles de imaginar que otras. Los mismos evangelistas, aquellos que escribieron la Palabra, tienen sus diferencias en cuanto al modo de relatar los mismos hechos y esto, más que un problema, es una riqueza para nosotros hoy. Alguna vez te dije que es bueno y lindo intentar «meterse en las escenas», dicho así vulgarmente, hacer el esfuerzo por ser uno más de ese momento único. Se dice en la vida espiritual «aplicar los sentidos», o sea buscar, escuchar, gustar, oler, ver y tocar de alguna manera lo que imaginamos del relato. San Ignacio lo llama «composición del lugar», imaginarse el lugar. Es difícil lograrlo, pero si uno se da el tiempo, si uno se esfuerza para hacer de la escena algo así, como una película filmada por uno mismo o actuada por uno mismo, todo cambia, todo se hace más propio, más personal. Y entonces, desde ahí, todo es Palabra de Dios, no solo las palabras concretas de la escena, lo que dijo Jesús, sino cada detalle, cada gesto, cada silencio, cada olor, todo el conjunto de cosas y cada una por su cuenta. Tenés que animarte a hacerlo algún día. Igual hoy podemos hacer un intento, es una linda escena como para empezar.

Cerrá los ojos e imaginá el momento en el que María se decidió a partir, el viaje, la preparación de las cosas que tenía que llevar, su deseo profundo de ver a su prima, de ayudarla, las incomodidades que vivió en el camino, el calor, el cansancio, el paisaje, la llegada, el gozo de Isabel al verla, la alegría de María al escuchar esas palabras y sentir que el niño saltaba de alegría en su vientre. Si sos mujer y si sos madre, se te va a hacer un poco más fácil, lo demás corre por tu imaginación, los detalles podés agregarlo vos.

Algo del Evangelio de hoy, nos trae esta Fiesta de la Visita de María a su prima santa Isabel, Isabel que será santa. Celebramos que María después de enterarse, de recibir semejante noticia, de que estaba embarazada e iba a ser la madre del Hijo de Dios, se dispuso a visitar a su prima, para estar con ella, para acompañarla también en el embarazo, que se enteró por medio del ángel.

¡Qué lindo es empezar el día de la mano de María!, que está siempre, porque ella sabemos que no solo es la madre de Jesús, sino que también, desde hace dos mil años, es madre nuestra. Ella cada día se transforma en nuestra madre, es nuestra madre trayéndonos a Jesús a este día, al hoy. Ella vuelve a traerlo a cada pesebre, que se transforma en receptor de Jesús, en cada corazón que quiere recibirlo.

Hoy podemos pedirle eso: María, tráenos a Jesús, tráenos a Jesús como se lo llevaste a tu prima, tráenos la alegría de Jesús. Vos que lo llevaste en tu vientre y que lo llevás siempre en tu corazón, haciendo su voluntad, tráelo al hoy de mi vida, al hoy de la Iglesia, al hoy de mi hogar, de mi trabajo, de lo que sea que tenga que hacer; tráeme a Jesús, lo necesito. Quiero saltar de gozo, como saltó Juan el Bautista en el vientre de Isabel.

Se me ocurre poder decir tres cosas con respecto a este maravilloso canto del Magníficat, este canto que brotó del alma de María cuando se encontró con su prima. Es un canto que brota de un alma sorprendida por Dios, enamorada, pero, al mismo tiempo, agradecida. Estas tres cosas: sorprendida, enamorada y agradecida.

Sorprendida porque nunca imaginó algo tan grande. Ella siempre esperó algo de Dios, pero nunca imaginó que podía ser tan maravilloso. Dios siempre nos da algo más de lo que esperamos; solo hay que saber esperar, solo hay que tener paciencia, solo hay que saber que el tiempo nos da lo que necesitamos, porque –como dice el salmo– «su promesa ha superado su renombre», su promesa supera su fama; solo tenemos que saber que la gracia de Dios actúa en el tiempo, y por eso «la paciencia todo lo alcanza», la paciencia siempre nos da más de lo que esperamos. Por eso María se sorprendió tanto y lo disfrutó.

Y María también era, por supuesto, una enamorada de Dios. Al estar enamorada, supo esperar. Solo un alma enamorada sabe esperar de Dios cosas grandes, solo un alma enamorada se sorprende y está dispuesta a ser sorprendida. El que no está enamorado, siempre espera lo mismo; nunca espera nada distinto y se aburre en la rutina. En cambio, María, vos y yo podemos enamorarnos. María se dejó sorprender y se dejó maravillar por Dios, por eso también pensó en los demás, decidió visitar a santa Isabel. «Su alma canta la grandeza de Dios, y su espíritu se estremece de gozo en Dios, su Salvador». Dios quiera que hoy podamos sorprendernos y enamorarnos más de Jesús, de la mano de María. Ella fue un alma agradecida, por eso cantó lo que Dios hizo en ella, y no por lo que ella había hecho; canta agradecida al reconocer que es amada y elegida, aun siendo pequeña y sencilla.

Estos tres regalos que recibió María, también son para nosotros, para que podamos dejarnos sorprender por Dios, nuestro Padre, enamorarnos de él viviendo agradecidos.

III Domingo de Pascua

III Domingo de Pascua

By administrador on 18 abril, 2021

Lucas 24, 35-48

Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes».

Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo».

Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?». Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”».

Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto».

Palabra del Señor

Comentario

Tercer domingo del tiempo pascual, tiempo en el que seguimos reflexionando y aceptando con gozo la realidad más trascendente de la historia de la humanidad, que Jesús resucitó y que con su resurrección nos da la vida y nos da una Vida eterna. No solo nos acompaña en el caminar diario, sino que ya nos asegura la Vida eterna si caminos junto con él, si aceptamos su misericordia y su amor.

Un domingo más en el que también aceptamos escuchar la Palabra de Dios, para que esta Palabra finalmente penetre en nuestras almas, nos llene de gozo y nos anime a seguir caminando. ¡No nos cansemos! O, mejor dicho, sí nos podemos cansar, pero la clave está en seguir caminando, seguir abriendo los brazos para encontrar su presencia en la eucaristía, en la oración, en nuestro trabajo diario, en nuestras familias, en los más necesitados, en aquellos donde también de algún modo se hace presente, más patente, la necesidad de amor que tenemos para dar.

Por eso, ánimo, a levantarse, a darnos cuenta que este domingo no puede ser un domingo más. Tiene que ser un domingo donde nos llenemos de gozo, porque tenemos fe, porque somos felices de creer sin ver, y a eso tenemos que apuntar y por ese lado tenemos que seguir caminando. Sí, parece a veces que vamos a tientas, que no vemos todo, pero basta con ver el paso siguiente, basta con saber que el paso siguiente será en un lugar firme: en el amor y en el corazón de Jesús.

Creo que hay algo que queda patente en Algo de Evangelio de hoy, valga la redundancia, y es claramente la dificultad que tuvieron los discípulos en creer que ese que se les había aparecido era realmente Jesús. Jesús parece hacer todo lo posible para que crean, y a ellos les cuesta muchísimo. Jesús les dice: «Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo». Así y todo, diríamos, los discípulos, dice la Palabra que se «resistían a creer». ¿Pero por qué? Porque «era tal la alegría y la admiración de los discípulos» que no podían creerlo. A nosotros por ahí nos parece obvio, pero, en realidad, tenemos que reconocer que no es tan obvia a nuestra pobre humanidad la resurrección de Jesús. No es tan obvio creer en esto. Nosotros lo tenemos asimilado porque la fe nos da ese don. A nosotros nos parece fácil porque, en el fondo, ya «lo sabemos», porque ya sabemos lo que pasó, porque Jesús nos tocó el corazón en algún momento. Pero no era tan fácil y tan obvio para los que habían estado junto con él, para los que lo habían visto muerto en la cruz, que de algún modo es lo que nos pasa a nosotros. Cuando tenemos una experiencia de dolor fuerte, una tristeza grande, nos parece imposible que venga algo nuevo, nos parece imposible la resurrección.

Esto puede deberse a que digamos que hay una tendencia en nuestra vida a que las malas noticias casi que las creemos sin cuestionarlas ni averiguar mucho y las buenas noticias nos cuestan un poco más. Es algo a lo que tendemos naturalmente todos. No quiero generalizar, pero podríamos pensar algo así. Lo malo parece obvio, está a la vista de todo el mundo y lo bueno cuesta verlo. Pensá si no te pasa eso alguna vez. Además, no hay que ser adivino para darnos cuenta que vivimos en una cultura de las «malas noticias», continuamente escuchamos malas noticias. Los noticieros en su mayoría dan malas noticas y, además, se jactan de tener «la primicia» de esa mala noticia. Les encanta decir que tienen la primicia, algo urgente, como si fuera una virtud el llegar rápido a informar todo lo malo. ¿Y lo bueno? Y lo bueno a veces parece que brilla por su ausencia. Y bueno… queda ahí, a un costado, parece que relegado.

Y así, lentamente, la onda de las malas noticias va socavando nuestro corazón y se nos hace casi imposible aceptar que puede haber cosas buenas en este mundo.

¿No será que esto también les pasó a los discípulos, de alguna manera? ¿No será que en ese tiempo también los malos augurios estaban de moda y que todo lo malo parece relucir y lo bueno se oculta? A ellos les parecía increíble semejante noticia, tanto que no lo creían. La noticia era tan buena, tan impresionante, tan maravillosa que no podían creerlo. Lo tenían frente a ellos y no podían creerlo. Nosotros también lo experimentamos a veces cuando nos pasa algo lindo, incluso llegamos a decir: «Pellizcame para ver si es verdad». ¿No? Porque parece que no lo podemos creer, queremos despertarnos del sueño.

¿No será que a nosotros también hoy nos pasa lo mismo? No es lo mismo nuestra vida si creemos o no firmemente que Jesús está vivo entre nosotros. Nada es igual frente al que cree en la resurrección, en la presencia viva de Jesús. Es increíble, digamos así, pero es creíble, y es lo que le da sentido a nuestra fe. Es creíble porque la vida de los discípulos cambió, comenzó la Iglesia, la fe se empezó a esparcir por todo el mundo y esos hombres temerosos se transformaron en hombres de Dios, que no se cansaron de predicar hasta la muerte la presencia de Jesús.

Si nos preguntan por ahí: «¿Qué es ser cristiano?», deberíamos responder: «Creer que Cristo está resucitado, creer que está vivo, que ese hombre que caminó por Galilea, por Jerusalén de hace unos 2.000 años está vivo, a pesar de que lo mataron». Parece increíble, pero es verdad. Cree, creamos que hay cosas lindas que son creíbles, aunque parezca difícil. Creamos que lo que les pasó a los discípulos es verdad y fue lo que cambió para siempre el curso de la historia, de la tuya y de la mía. Pellizcate y decile a Jesús: «Creo, creo aunque a veces mi corazón se resista a creer. Creo aunque a veces el mal parezca triunfar en la vida». Nosotros tenemos que ser «testigos de todo esto», tenemos que contarle a todo el mundo que Jesús está vivo y, aunque parece increíble, es verdad.

Jueves de la Octava de Pascua

Jueves de la Octava de Pascua

By administrador on 8 abril, 2021

Lucas 24, 35-48

Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»

Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: « ¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo.»

Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: « ¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»

Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»

Palabra del Señor

Comentario

Por ahí te va a sorprender un poco lo que te voy a decir, lo que me digo siempre a mí mismo. ¡No es sencillo creer! Cuando uno crece en la vida de fe, o por lo menos intenta crecer y no me refiero con esto a “saber” muchas cosas, a ser grandes teólogos, sino a pensar de un modo más profundo lo que implica creer, lo que significa creer en la resurrección de Jesús, deberíamos reconocer con humildad que no es sencillo creer, no hay que dar por sentado que el creer es algo fácil. Hay gente que a veces lo dice como si fuera así no más, como por obra y gracia sí, del arte de magia y no del Espíritu Santo.

Si esto fuera cierto, todos deberíamos haber creído en la resurrección de Jesús, todos deberían creer en que Jesús está vivo, sin embargo, no es así, las evidencias nos llueven por todos lados; las evidencias de que no es evidente, valga la redundancia, creer que Dios se haya hecho hombre, de que haya muerto y resucitado por nosotros. Incluso podríamos decir que cuanto más “evidencias” buscamos, en el sentido científico de la palabra, más obstáculos podríamos encontrar. Si y vos y yo creemos, se lo debemos a la gracia que recibimos para acoger la fe y responderle a Jesús, y muy poquito a nosotros mismos, todo es gracia.

Por eso, que buena oportunidad para pedirle a Jesús que nos abra la inteligencia, para que podamos comprender las Escrituras. Es buen día para hacer esto, porque justamente en algo del evangelio de hoy, Lucas lo dice claramente: “les abrió la inteligencia para que pudieran comprender…” Esto es algo que tenemos que pedir siempre y que a veces nos olvidamos, yo me lo olvido también. Si todos los días hiciéramos este ejercicio, si todos los días nos acordáramos de pedirle a Jesús, ¡Qué distinto sería todo! Sin la gracia que viene de lo alto, sin la gracia que viene de Jesús no podemos comprender en su totalidad todo lo que está escrito para nuestra enseñanza, para nuestra santidad.

¡Señor, que hoy podamos comprender un poco más; Señor te pedimos que hoy nos abras un poco más la inteligencia de la mente y del corazón, para poder encontrarte en la Escrituras, para poder reconocer al Resucitado a nuestro alrededor, en cada palabra, en cada gesto, en cada Misa, en cada Eucaristía; Señor acompañanos como a los discípulos de Emaús, explicanos las cosas porque nuestra mente es lenta y pequeña; Señor, te pedimos que te nos manifiestes, así somos testigos de todo esto ante el mundo que no cree y vive como si no existieras! Te pedimos esto y todo lo que nuestro corazón no se anima a pedir.

Imaginando la escena de hoy ¿Quién de nosotros, poniéndose en el lugar de los discípulos, no hubiera actuado de la misma manera? ¡Temor, alegría, admiración y resistencia a creer! Pasaron por todos los estados de ánimo posibles en un instante. Primero miedo, después alegría, admiración y al final, una especie de resistencia a tanta alegría ¿Es posible todo esto? ¿Es posible semejante alegría? Creo que cualquiera de nosotros haría lo mismo. No es fácil creer semejante acontecimiento, no es fácil creer cuando la alegría es demasiado grande. Evidentemente no habían comprendido ni las Escrituras, ni lo que Jesús les había dicho de tantas maneras y tantas veces.

En la vida necesitamos creer en la Palabra de Dios, pero también, necesitamos la confirmación de esa Palabra, necesitamos experimentar en carne propia la realidad de lo que leemos. Es por eso, que muchas veces en la vida no las terminamos de creer hasta que no nos pasan. Cuando nos pasan, nos decimos: ¡¡¡Ah!!! Ahora entiendo, ahora descubro eso que antes leía y no comprendía. Los discípulos necesitaron vivir esta experiencia para confirmar lo que Jesús les había dicho de palabra. Nosotros también hoy necesitamos experimentar la presencia real de Jesús en nuestras vidas para ser testigos verdaderos de Él en el mundo. Sino ¿de qué somos testigos? Cristiano es el que cree en Jesús, cree en la Palabra de Dios, pero no solo cree, sino que lo experimenta, lo vive y como lo experimenta y lo vive, es testigo de lo que cree y vive, refleja con su vida lo que lee, cree y experimenta. Estos días de Pascua son días para volver a experimentar, para volver a creer que Jesús está vivo, y nos pide que, con nuestro testimonio, mostremos que esto es verdad. Si hubiera más testigos reales de que Jesús vive, ¡Qué distinto sería todo! ¿No?

Miércoles de la Octava de Pascua

Miércoles de la Octava de Pascua

By administrador on 7 abril, 2021

Lucas 24, 13-35

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».

Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba».

Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!».

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Comentario

«¡Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba!». Aunque los discípulos de Emaús no sabían que le estaban pidiendo al mismo Señor que se quede con ellos, porque todavía no sabían quién era, nosotros sí podemos hacer nuestra esa petición, agregándole su nombre (Señor), porque ya lo sabemos: «¡Quédate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba! ¡Quédate con nosotros que te necesitamos más que nunca!» El día se acaba, aunque esté empezando, porque al mundo le gustan las tinieblas, le gusta esconder tu amor, ocultarlo, le gusta esconder tu verdad, aunque ella quiera resplandecer. «¡Quédate con nosotros, por favor, porque sin Vos no podemos!» En realidad, deberíamos saber que él está siempre con nosotros y que nosotros somos los que no siempre nos quedamos con él; por eso quedémonos con él, siempre, especialmente en este día.

¡Qué lindo que es imaginar que esta escena, que esta aparición de Jesús, de Algo del Evangelio de hoy es más común de lo que imaginamos! ¡Qué lindo que es sentir que esta Palabra de Dios de hoy es tan real como imperceptible a nuestros ojos! Hoy quiero que esto sea real en mi vida y en la tuya. Hoy quiero dejar que Jesús me explique algo más de las Escrituras para darme cuenta que él está siempre, aun cuando me pierdo y quiero volver a lo mío, aun cuando me pierdo por el pecado y el egoísmo, aun cuando mi cabeza se ponga dura y pretenda que todo sea como yo pretendo.

Ir caminando a Emaús, como estos discípulos, es volver a lo de siempre, volver a lo conocido por haber dejado de confiar, por no animarse a creer. Es olvidarse de la noticia más linda que podíamos haber recibido: la Resurrección. Volver a Emaús es haber perdido la esperanza en la resurrección, en la nuestra, en la de cada día y, además, en la de Jesús; es no confiar que él está siempre y que camina con nosotros, aunque a veces no podamos reconocerlo. ¿Cuántas veces volvemos a nuestros emauses, a esos lugares nuestros por haber dejado de creer? Nuestros emauses son esos lugares seguros, pero en donde Jesús no nos pidió estar. ¿Cuántas veces escuchamos que Jesús resucitó, pero no lo vemos, no lo experimentamos, no terminamos de saborear ese misterio tan lindo? Son más los cristianos que viven como estos dos discípulos, cabizbajos, que los que viven sabiendo y sintiendo que Jesús camina siempre a nuestro lado mientras nos explica las Escrituras, con el corazón a punto de explotar y corriendo a contárselo a otros.

Todos tenemos momentos, a todos nos toca pasar ciertas cosas difíciles, dolorosas y a veces angustiantes. Pero lo importante es no olvidar esta imagen de Algo del Evangelio de hoy. ¿Cuál? Que mientras caminamos por la vida queriendo dejar que el pesimismo nos gane y nos llene el corazón, mientras caminamos con el corazón encerrado en nuestros pensamientos, mientras hablamos entre nosotros como retroalimentando la mala onda de un mundo que siempre parece superarse a sí mismo en maldad y en locura; mientras pasa todo eso, Jesús se pone de nuestro lado siempre, camina a nuestro lado. Le encanta caminar con nosotros para llevarnos de a poquito a un lugar en donde podamos reconocerlo. No es lo mismo llegar a Emaús sin Jesús que con Jesús. No es lo mismo que Jesús sea el que nos abra el corazón y el entendimiento. ¡Qué lindo que es cuando él nos hace ver lo que nunca vimos, nos hace dar cuenta de tantas cosas que dejábamos pasar de lado por ignorancia y tozudez! ¿Nos arde el corazón hoy al escuchar estas palabras de Jesús?

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre Misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Domingo de Pascua

Domingo de Pascua

By administrador on 4 abril, 2021

Lucas 24, 13-35

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?».

Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!».

«¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».

Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba».

Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!».

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Comentario

¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Feliz Pascua para todos, para todos los que día a día escuchan estos audios del Evangelio, donde intentamos juntos meditar y contemplar la Palabra de Dios, vivirla, leerla, aceptarla! ¡Qué linda que es esta fiesta! Es la fiesta central de nuestra fe, la fiesta que nos debería llenar de gozo el corazón y ayudarnos a dar cuenta y a gritarle a todo el mundo que vale la pena ser cristiano, que vale la pena ser católico y creer, y decirle a Jesús: «Sí, verdaderamente creo que estás entre nosotros, verdaderamente creo en tu promesa, que estás con nosotros hasta el fin de los tiempos».

La Pascua es volver a aceptar esta gran verdad y que, a pesar de las cosas que nos pasan, a pesar de que a veces andamos como los discípulos de Emaús del texto que acabamos de escuchar de Algo del Evangelio, con el semblante triste, conversando y discutiendo por el camino de la vida, mientras Jesús está al lado nuestro, sin darnos cuenta; a pesar de eso, de que nos puede pasar lo mismo, hoy queremos decirte Jesús que creemos, que ya no dudamos de tu existencia, de que ya no dudamos de tu obrar, de tu trabajo silencioso en tantos corazones que aceptan tu verdad.

Hoy, en este día, se permite leer también este evangelio. Habrás escuchado seguramente el de Juan, capítulo 20, pero también se permite leer el conocido pasaje de «los discípulos de Emaús», que también lo escucharemos un par de veces más a lo largo de este tiempo pascual, que hoy comenzamos. Quería hoy compartirte este texto que es tan decidor, como se dice, tan ilustrativo de lo que es nuestra vida. Podríamos pensar que esta escena en la que estos discípulos van caminando cabizbajos, tristes, porque no comprendían lo que pasaba, porque no habían creído todavía, y que finalmente terminan sorprendiéndose y reconociendo a Jesús al partir el pan, es de algún modo una catequesis de lo que es nuestra vida, o incluso lo que nos puede pasar en un mismo día.

La vida es esto, es un caminar hacia la Eternidad, dándonos cuenta en algún momento, o buscando darnos cuenta, que Jesús camina siempre a nuestro lado y que no es que no lo vemos porque él no está, sino que no lo vemos porque no creemos. Eso le pasó a estos dos discípulos, que al mirarse a sí mismos, al mirarse su propio ombligo, al no terminar de creer, discutían, iban con el semblante triste. ¿Vos estás con el semblante triste? Yo estoy con el semblante triste. ¿Qué nos pasa? No será porque no nos damos cuenta que Jesús nos está hablando por el camino pero nosotros seguimos mirando el pasado, seguimos enredados en un pasado que ya pasó y que simplemente tenemos que superar y aprender a mirar para adelante y a apostar hacia cosas nuevas, propuestas, que Dios siempre nos tiene en el camino.

Bueno, así andamos a veces y por eso hoy tenemos que levantar la cabeza y dejar que Jesús nos hable al corazón. Cuando él nos habla al corazón, cuando dejamos que la Palabra de Dios penetre en nuestras almas, se nos va encendiendo, se nos va llenando de fuego el corazón y nos damos cuenta que estamos hechos para cosas más grandes, no para andar tristes. Y es así que los discípulos y vos y yo, aunque somos duros de entendimiento, algún día tendremos que caer en la cuenta de que Jesús está entre nosotros; y solo lo podemos reconocer si escuchamos su Palabra y si nos sentamos a la mesa con él, que finalmente es el amor que nos rodea, las personas que podemos amar, los que nos necesitan. Por eso ellos terminan reconociéndolo al partir el pan, terminan reconociéndolo al compartir, al amar. «¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino, nos explicaba las Escrituras?». ¿No arde acaso ahora tu corazón? Bueno, si tu corazón arde, salí corriendo a compartir tu vida con otros y te vas a dar cuenta que Jesús está siempre al lado tuyo, mucho más cerca de lo que creías. ¡Feliz y Santa Resurrección! ¡Feliz y Santa Pascua!

Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre Misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Solemnidad de la Anunciación del Señor

Solemnidad de la Anunciación del Señor

By administrador on 25 marzo, 2021

Lucas 1, 26-38

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel  le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».

María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?» El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios».

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.

Palabra del Señor

Comentario

Celebramos hoy en toda la Iglesia la Solemnidad de la Anunciación del Señor, el día en el que todo cambió para siempre, el instante más silencioso, pero más trascendental de la historia de la humanidad. Los historiadores podrán decir muchas cosas sobre tantos acontecimientos importantes desde que el mundo es mundo, podrán buscar siempre lo más llamativo y espectacular, pero la realidad es que para nosotros ese momento, ese encuentro del Ángel Gabriel con María, ese encuentro del Espíritu Santo con la Virgen, es el verdadero acontecimiento que dio «vuelta» el mundo, tu vida y la mía, la de millones y millones de personas. Las cosas grandes de la historia de la humanidad, en realidad, pasaron desapercibidas para los poderosos de este mundo que les gusta mucho más el «show» que otra cosa. Dios eligió «hacerse el distraído» y entrar en este mundo por la puerta de «atrás», como para no figurar, como para no ser visto, como para ser uno más, sin dejar de ser lo que era y meterse en nuestros corazones.

Demasiada alegría junta, la alegría de una adolescente sencilla y desconocida, que recibió la noticia de que iba a ser la Madre de Dios. Una gran locura. La venida de Dios al mundo, el anuncio de la concepción de Jesús en el vientre de María, como decimos siempre, por obra y gracia del Espíritu Santo, es para alegrarse siempre. Jesús también fue un niño en el vientre de su madre. También creció silenciosamente hasta nacer como cualquiera de nosotros. Por eso hoy también rezamos por todos los niños por nacer, por todos los niños que están «custodiados» por sus madres en sus vientres. Pero especialmente recemos por todos los niños por nacer que sufren el «terror» del aborto que amenaza sus vidas, para que sus madres tomen conciencia del don que llevan en sus vientres y jamás recurran a una aparente solución que puede arruinar una vida para siempre, incluso la de ellas mismas. Para el caso, María también vivió un embarazo «no deseado», podríamos decirlo en lenguaje actual. Ella no tenía pensado quedar embarazada, y mucho menos de ese modo. Sin embargo, supo abrirse al misterio de la vida, supo aceptar lo que en principio no entendía ni quería. Supo querer y aceptar la invitación como voluntad de Dios y amar la vida desde el momento de su misteriosa concepción hasta la muerte en la cruz. Por eso es lindo hoy que recemos por todas las madres que también, por diferentes circunstancias, viven un embarazo «no deseado», no buscado, para que abran sus corazones al don que llevan, al niño que milagrosamente llevan en sus vientres y que necesitan de ellas.

Algo del Evangelio de hoy nos muestra que, de punta a punta, desde el anuncio del Ángel a María hasta el anuncio de la Resurrección, Dios viene a darnos una alegría, Dios está con nosotros para alegrarse, no para preocuparnos y asustarnos. Una vida que nos vino a dar una alegría. Una vida que nos vino a dar vida. Un niño siempre puede transformarse en una alegría. Ser cristiano es alegrarse con esta alegría, alegrarse de que Dios se haya «metido» en nuestras vidas, de que nos haya sorprendido de esta manera. Ser cristiano es alegrarse porque María fue capaz de decir que sí, y gracias a Ella, el Hijo de Dios se metió en nuestra historia, para vivir como nosotros, para morir por nosotros y resucitar para nosotros. María es la mujer más inteligente y llena de amor de la historia, la más feliz de todas porque supo confiar y creer sin ver, aunque haya preguntado para saber cómo Dios se las iba a ingeniar para hacer semejante milagro. Nunca desconfió de las promesas de Dios y de sus planes. Para el que cree, siempre lo que Dios quiere es lo mejor. Creer hace bien, creer es de inteligentes, creer nos abre caminos nuevos y más seguros, creer nos llena el alma de felicidad, aunque nos dé un poco de miedo y vértigo. Seremos felices si aprendemos a creer y confiar sin ver, sin muchas pretensiones.

Que hoy María nos ayude a decirle con confianza a Dios Padre, pero por ahí con miedo, pero con confianza: «Sí, soy tu servidor.

Quiero ser tu servidora, que se cumpla todo lo que tenés pensado para mí». Que María despierte el corazón de tantas madres que, por equivocarse, hoy no quieren recibir una vida, que se sientan abrazadas y acompañadas por la misericordia de Jesús que siempre nos da una oportunidad.

¿Quién dijo que creer es de débiles e ingenuos? ¿Quién dijo alguna vez que tener fe es algo infantil o de poco inteligentes? ¿Lo escuchaste alguna vez? Son puras palabras y tentaciones. Creer como María, confiando sin entender tanto, es el verdadero camino de la felicidad. Y vos, ¿qué preferís?

Solemnidad de San José

Solemnidad de San José

By administrador on 19 marzo, 2021

Lucas 2, 41-51a

Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua.

Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.

Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas.

Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados».

Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» Ellos no entendieron lo que les decía.

El regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy es la solemnidad de san José, el esposo de la Virgen María. San José tuvo el inmenso privilegio de ser elegido para ser padre de Jesús, tener al niño en sus brazos, de hablarle cara a cara, de corazón a corazón al Hijo de Dios. No lo dice explícitamente la Palabra de Dios, ¿pero tenés alguna duda de que fue así, de que fue un padre con todas las letras? Hay muchísimas cosas que la Palabra de Dios no dice, pero que no quiere decir que no hayan pasado. No es necesario a veces decir o contar las obviedades.

¡Qué maravilla debe haber sido la relación entre ellos: Jesús y José, José y Jesús, María y José, José y María! San José siempre aparece, en la Palabra de Dios, siendo fiel a la Palabra de Dios, a lo que Dios le pedía. San José nunca quiso brillar, nunca quiso sobresalir; todo lo contrario, le gustó siempre el silencio y el anonimato. Tanto que no hay palabras suyas en los evangelios, solo acciones, solo gestos, su propia vida. En realidad, habló, habló mucho, pero habló con sus acciones, con su vida.

¿Podés creer que una persona sobre la cual no conocemos palabra salida de su boca sea el santo más grande de todos los santos? ¡Qué increíble, qué gran enseñanza para vos y para mí! Y nosotros que a veces nos desvivimos por hablar, por hablar, por decir, por escribir, por esto y por lo otro, y sin embargo, lo que más nos ayudará, lo que más transformará, lo que más convencerá será nuestra propia vida; lo que hicimos, en definitiva. De ahí esa frase tan conocida que dice: «El único evangelio que escucharán predicar algunos es tu propia vida». En un mundo que se desvive por figurar, por publicar, por «postear», por intentar que otros se enteren de lo que hace, por pedir seguidores, por poner «me gusta» para que todos se den cuenta de lo que estamos haciendo; en una Iglesia en la que a veces también, sin querer, se cae en ese deseo desmedido, desordenado, de ser «tenidos en cuenta», incluso evangelizando, san José nos enseña el camino del silencio y del anonimato.

¿Qué es lo que recordás de las personas que te marcaron en tu vida: palabras o gestos y acciones? Seguro que recordás alguna frase por ahí, seguro algo lindo, pero lo que más te quedó, ¿qué es? ¿Qué crees que va a recordar de vos tu hijo, tu hija, tu alumno, tus amigos? Pensalo. ¿Qué crees que recordarán? Nuestros hijos nos «observan mucho más de lo que nos escuchan». Jesús seguro que observó a José mucho más que escucharlo o lo escuchó y también lo observó. Pero, en realidad, podríamos decir que el observar también es una forma de escuchar y cuando lo que se observa condice con lo que se escucha, queda grabado a fuego en el corazón.

José debe haber hablado muy poco y seguramente nunca dijo algo que después no confirmó con su vida. A nosotros a veces nos pasa lo contrario, podemos machacar con palabras lo que después no podemos sostener con nuestra propia vida y entonces lo que decimos jamás queda en el corazón de los otros. Conviene entonces siempre empezar al revés, vivir y después, si es necesario, hablar. «Predica con tu vida y, si es necesario, con palabras», decía san Francisco de Asís a sus hermanos.

¡Qué maravilla es imaginar a Jesús disfrutando de la presencia de su padre en la tierra! ¡Qué maravilla debe haber sido ver a Jesús aprendiendo no tanto de los grandes «discursos» de José, sino de su obediencia cotidiana a la Palabra de Dios! Eso es lo que tenemos que aprender cada día más, en nuestras familias, en nuestros grupos, en nuestras comunidades, en la Iglesia. Dejar de hablar tanto y vivir más el evangelio, interpretarlo, rumiarlo, sí saborearlo y llevarlo a la práctica mucho más. Dejar de decir lo que «todo el mundo tiene que hacer» y nosotros no hacer nada por ser santos. Dejar de solucionar todos los problemas del mundo o pretender hacerlo con nuestras palabras, mientras no somos capaces de dar la vida cuando es necesario hacerlo.

Aprendamos del silencio y de la obediencia de san José.

Aprendamos que de nosotros quedará más lo que hicimos que lo que hablamos, que «el amor está más en las obras que en las palabras», como decía san Ignacio. Dios tiene sed de que tengamos sed de él, y amándolo, amemos a los demás. No tiene sed de que le hablemos mucho, debe estar cansado de tanta palabrería. Tiene sed de que lo amemos con nuestra propia vida.

Algo del Evangelio de hoy, sin decirlo, es una muestra más de que María y José aprendieron día a día a ser obedientes a la Palabra de Dios, a las palabras de Jesús, aun sin comprender completamente lo que pasaba. Eso nos pasa en momentos límites, pero deberíamos aprender a vivirlo cada día, en cada situación. Me acuerdo esa mujer, que me vino a ver, que estaba viviendo sus últimos momentos en la tierra, que ya se estaba dando cuenta que la vida se le apagaba poco a poco. Me decía algo así cuando le preguntaba qué sentía en esos momentos… Me decía: «Estoy dispuesta a lo que Dios disponga. A Dios no se le discute, él sabe cuál es el momento oportuno». ¡Qué gratificante! ¡Qué lindo escuchar algo así! Seguro que José pensó lo mismo. ¡Qué lindo que es cuando todo lo que predicamos en la Iglesia, lo que predicamos cada día los sacerdotes, vos y yo, de golpe se pone en evidencia en una vida concreta, en una persona que lo dice y lo hace!

A san José me lo imagino así, me lo imagino un hombre de paz, de corazón sencillo, un hombre firme, fuerte, pero humilde y sincero, con un corazón gigante como para amar a María y a Jesús, pero abierto siempre al misterio, a la incomprensión, al silencio, a la confianza total. Que en este día tan especial su intercesión nos alcance lo que Dios quiera regalarnos y su santidad nos impulse a desear a hacer siempre la voluntad de nuestro Padre.

III Sábado de Cuaresma

III Sábado de Cuaresma

By administrador on 13 marzo, 2021

Lucas 18, 9-14

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:

«Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”.

En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».

Palabra del Señor

Comentario

Podemos pasarnos la vida intentando «comerciar» con Dios, queriendo recibir algo y, al mismo tiempo, estar perdiéndonos todo lo que tiene para darnos gratuitamente, más allá de nuestras entregas. Hay cristianos que se enojan con Dios cuando no reciben lo que querían o pensaban que tenían que recibir. Hay cristianos que se pasan la vida pensando que deben «rendirle cuentas» a Dios, porque en definitiva no confían en su amor, no nos damos cuenta que nuestro Padre nos ama más allá de lo que hayamos hecho, sea bueno o sea malo. Después deberemos cambiar, pero primero hay que darnos cuenta. No podemos pensar que Dios es como un banquero que está en el cielo «negociando» con sus hijos para ver quién produce más, para ver a quién ama más según lo que hace o deja de hacer. Menos mal que Dios no es como a veces nosotros pensamos.

Dios es Padre, pero de una manera que no podemos imaginar, de un modo que ningún padre de la tierra podría igualar. Nuestras ideas sobre lo que es la paternidad se acercan un poco a lo que realmente es, pero siempre es menos, muchísimo menos de lo que realmente es. Si Dios no es comerciante, ¿por qué nosotros a veces nos empecinamos en intentar hacer «tratos con él»? Se ve que lo llevamos como adherido al corazón, se ve que nos manejamos así en el mundo y eso sin querer lo trasladamos a nuestra relación con él. Pidamos en este fin de semana, en este sábado, que Jesús expulse definitivamente de nuestro templo-corazón todas las actitudes y pensamientos comerciales que llevamos dentro y que no nos dejan descubrir a un Dios Padre providente siempre, pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, y que eso, más que ayudarnos a relajarnos, nos impulsa a amarlo más.

Justamente hoy el Señor en Algo del Evangelio nos quiere mostrar que nuestra relación con él no se trata de hacer cosas simplemente, porque claramente el fariseo que había hecho mucho no salió justificado según la Palabra; en cambio, el que parecía más lejano y lleno de miseria, el publicano, salió justificado, o sea, salió santificado.

La actitud del publicano que está lejos, es la actitud del que se siente débil, pecador, del que se siente necesitado de salvación; y la actitud del fariseo que está de pie, es todo lo contrario, porque se siente justo, se siente mejor que los demás y da gracias porque «no es como los demás». Y por eso no es una cuestión de qué lugar ocupamos en el templo. Puedo estar en el primer asiento sintiéndome un gran pecador y por lo tanto necesitado de mi buen Dios, que es lo que me hace ir hasta ahí, o puedo ser sacerdote y estar muy cerca del altar pero en el fondo estar lejos de Dios; mi corazón puede estar lejos del Padre, porque soy soberbio y pienso que soy más que los demás. En definitiva, no importa el lugar, importa la actitud.

Vamos entonces a lo esencial de la escena de hoy: Jesús se refiere a aquellos que se tenían por justos y despreciaban a los demás. Y de eso es de lo que tenemos que tener siempre cuidado, reflexionar si nosotros en alguna forma de pensar, de sentir, de actuar o de mirar a los demás, no nos creemos un poco más justos y despreciamos a los otros. En el fondo, es esa actitud la que nos aleja de Dios. Cuando nos sentimos capaces de juzgar y pensar que somos diferentes y eso nos ponga en un lugar distinto –incluso agradecer que soy distinto a los demás y llegar a decir: «Gracias, Señor, porque me libraste de esto o de lo otro»–, y por eso miro a los demás de reojo, desde arriba; cuando caemos en esa actitud de soberbia, es cuanto más lejos estamos de Dios y no nos iremos «justificados» en nuestra oración por más que nosotros creamos que sí.

La oración que brota del fondo de nuestro corazón no es creernos diferentes a los demás, sino más bien pedirle al Señor que nos ayude a reconocernos como lo que realmente somos y no tener que mostrarnos ante él con caretas, escondiéndonos o fingiendo.

¿A veces no nos pasa que nos creemos como una élite dentro de la Iglesia? Como la élite de los que estamos más cerca y «menos mal que somos nosotros, menos mal que Dios nos eligió a nosotros». Hay que tener mucho cuidado de no caer en esta soberbia tan sutil que se puede meter en el corazón de los supuestamente «más creyentes», incluso de los que aparentemente estamos más cerca, estamos al pie y «de pie» al lado de Dios.

Mejor es salir justificado de la oración, porque el que se humilla será ensalzado. El que se reconoce cómo es, a eso se refiere Jesús, ese será ensalzado. Humillarse es reconocerse con la verdad. «La humildad es la verdad», decía santa Teresa de Jesús, y por eso aquel que se pone frente a Dios sin miedo a mostrarse tal como es y por esa pequeñez que reconoce en él, pide perdón y se arrodilla también como en una actitud interior. Ese es el que realmente saldrá de la presencia de Dios, como él quiere que salgamos y no como nosotros creemos que tenemos que salir.

Pidamos esta gracia en este sábado. Aprovechemos para pedirle a la Palabra que produzca este fruto en nosotros: frutos de humildad, que es lo que realmente nos ayuda a vivir como el Señor quiere.