Book: Lucas

XXIX Viernes durante el año

XXIX Viernes durante el año

By administrador on 22 octubre, 2021

Lucas 12, 54-59

Jesús dijo a la multitud:

«Cuando ven que una nube se levanta en occidente, ustedes dicen en seguida que va a llover, y así sucede. Y cuando sopla viento del sur, dicen que hará calor, y así sucede.
¡Hipócritas! Ustedes saben discernir el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo entonces no saben discernir el tiempo presente?

¿Por qué no juzgan ustedes mismos lo que es justo? Cuando vas con tu adversario a presentarte ante el magistrado, trata de llegar a un acuerdo con él en el camino, no sea que el adversario te lleve ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y este te ponga en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.»

Palabra del Señor

Comentario

Ser primero es otra cosa, ser grande es otra cosa. No nos engañemos, esa idea que traemos en nuestro ADN y que, además, cierta educación y cultura se encargan de exacerbar, no es la de Dios, no es la de un Jesús y humilde, que fue grande y primero en todo, pero de otra manera. Se es primero sirviendo, se es grande cuando se sirve a todos. Nuestras frustraciones y tristezas, nos invaden cuando buscamos grandezas y puestos mundanos, y no las de Jesús, eso es algo que tenemos que aprender. El hombre se afana por alcanzar cosas y lugares que no siempre traen la felicidad, no conducen necesariamente a la alegría, porque no siempre van de la mano del servicio. Podemos ser los primeros en todo, grandes para todo el mundo, pero si no utilizamos eso para servir, de nada sirve. Por eso Jesús no va en contra de esos deseos, sino que en realidad nos ayuda a conducirlos para el bien, y para el bien de todos.

Se tienen que dar esas condiciones para que esas búsquedas sean camino de felicidad, para el bien, y el bien de todos. ¿Qué andás buscando hoy? ¿Para qué querés ser primero en eso que tanto te desvela? ¿Qué buscás en el fondo cuando buscás algo grande? ¿Para qué usas ese don que te hace distinto a los demás y que te hace llevarte algunos aplausos? Estas y otras preguntas son las que nos tenemos que hacer para purificar o por lo menos descubrir nuestras intenciones, que pueden tener mucho de ángel y al mismo tiempo, bastante de bestia. Jesús nos tiene paciencia y nos conduce a la entrega verdadera, confiemos en eso.

Algo del Evangelio de hoy tiene claramente dos partes; y quiero que nos concentremos en la primera para que podamos meditar sobre este “reproche” de Jesús hacia la multitud y también hacia nosotros.

En general, sabemos a veces distinguir ciertas cosas que pasan en la vida; tenemos la capacidad de encontrar la causa de las cosas, de hecho, el hombre progresó muchísimo en saber por qué pasan ciertas cosas; sabemos predecir el tiempo –como dice Jesús–, vemos el tiempo, vemos una nube y sabemos lo que puede traer; y así en muchos ejemplos vemos cómo el hombre avanzó mucho en el conocimiento.

Sin embargo, somos muy certeros para las cosas del mundo, para lo material, para saber la causa de las cosas y así sacar conclusiones; pero hoy de alguna manera Jesús nos dice: “¿No les falta también saber interpretar mi presencia en el mundo?, porque cuando dice: «el tiempo presente», se está refiriendo a Él. Por eso, podemos imaginar que nos dice: “Hipócritas, a veces no saben distinguir que Yo estoy entre ustedes”. Escuchamos que veían a Jesús y no se daban cuenta quién era…

A nosotros también nos pasa lo mismo. ¿Cuánto esfuerzo ponemos a veces en las cosas de todos los días, en nuestro trabajo, en encontrar la causa de nuestros problemas, en buscar soluciones, en la medicina, en la ciencia? En tantas cosas que ponemos mucho el corazón y nuestra energía para poder crecer. Sin embargo; en lo espiritual ¿Cuánto nos falta? ¿Qué capacidad es la que tenemos de discernir? –a eso se refiere Jesús–, no sabemos discernir su presencia en el mundo.

Y por eso vivimos a veces sin esperanza, sin alegría, con poca paz, frustrados, enojados con la realidad que nos toca vivir, con nosotros mismos, con los demás; porque no terminamos de reconocer a Jesús entre nosotros.

Por eso hoy te propongo –y me propongo–, que aprendamos a discernir. ¿Qué significa discernir?: distinguir una cosa de otra, señalando la diferencia que hay entre ellas para poder elegir la mejor. Eso es aprender a discernir. Y comúnmente se utiliza esta palabra para aprender a reconocer las diferentes emociones que brotan de nuestro corazón. Y por supuesto se trata de aprender a discernir la presencia de Dios en los demás. Pienso en dos cosas:

Aprender a discernir en nosotros mismos, aprender a discernir en los demás. ¿Discernir en vos mismo qué? La acción de Dios en tu vida; no podemos a veces ser tan ciegos como para no reconocer todo lo que Dios hizo en nuestra vida, la presencia de Dios, la cantidad de dones que Dios nos regaló y nos mostró a lo largo de toda nuestra vida. Incluso en este día, en el que te acabas de levantar y te bendijo con un día más de vida, que te brinda la posibilidad de volver a ver a tus hijos, a tus hermanos, la bendición de tener un trabajo y, así tantas cosas que muestran que Dios está presente y actúa en tu vida. No seamos necios. Aprendamos a ver que Dios nos hizo crecer y nos sigue haciendo crecer día a día; en la fe, en la posibilidad de escuchar la Palabra de Dios y así en tantísimas cosas.

También necesitamos aprender a discernir en los demás; aprendé a ver que en los demás también Dios está actuando. Siempre hay un núcleo profundo de bondad en cada persona y siempre podemos darnos cuenta de cómo fueron creciendo las personas a tu alrededor: tus hijos, tus hermanos, tus padres; que avanzaron en la vida gracias a la presencia de Jesús, y al amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros. No seamos tan negativos, no miremos todo el día lo malo en los demás, en lo que nos rodea…

Bueno hoy te propongo que sea un día de aprender a discernir, aprender a distinguir: “esto es así porque pasó esto…”, “acá hay cosas buenas por eso hay frutos buenos…”; aprender a ver eso, quedarnos con lo bueno y aprender a desechar lo malo.

Como dice san Pablo: “Examínenlo todo y quédense con lo bueno”.

XXIX Jueves durante el año

XXIX Jueves durante el año

By administrador on 21 octubre, 2021

Lucas 12, 49-53

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!

¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Palabra del Señor

Comentario

Jesús siempre aprovechó las debilidades de sus amigos para enseñarles, para “reunirlos” aparte y marcarles el camino con mucho amor, con demasiada paciencia, como lo hace con nosotros una y otra vez. Así es la pedagogía divina, la de nuestro Maestro, no rechaza de “plano” lo que sentimos y pensamos, aunque no sea lo correcto, sino que a partir de ahí nos ayuda a descubrir nuestra debilidad para poder cambiarla lentamente a lo largo del tiempo, sabiendo que a larga va triunfar su amor. Los discípulos lo vivieron así, sus propias vidas fueron un testimonio de que Jesús logra transformar los corazones de los que elige, sin importarle mucho sus debilidades. Como lo hace con vos y conmigo, día a día. Nuestras debilidades, esa “bestia” que llevamos dentro del corazón y que nos “juega” malas pasadas tantas veces, no son para Él obstáculo, todo lo contrario, son el sustrato de humildad que tenemos para construir, confiando en Él. Volvamos a decirle a Jesús que queremos un puesto, pero el puesto del amor, el ser primeros y grandes para servir.

Hoy suena “durísimo” que Jesús diga: «No he venido a traer la paz a la tierra». ¿Cómo es posible que diga eso? si en muchos pasajes del Evangelio dice: «La paz esté con ustedes»; como cuando se les aparece a sus discípulos después de haber resucitado. En otro momento también dijo: «El que no está contra mí, está conmigo».

Y en resumen sabemos que Jesús vino a traer un mensaje de paz; entonces ¿Cómo entender lo que nos dice en la palabra de hoy? Para entender esto pensemos en tres cosas de Algo del Evangelio de hoy.

Primero Jesús habla de “fuego”, en segundo lugar, habla de un “bautismo” y por último habla de la “división”. Fuego, bautismo y división. Jesús viene a traer fuego, viene a traer el “fuego” de su presencia, el fuego del amor que ilumina, que quema y da calor; todo eso hace el fuego. Todo eso hizo Jesús con su presencia en la tierra y lo sigue haciendo. Jesús es fuego que ilumina, que da un sentido nuevo a la vida, que te permite ver las cosas de una manera diferente, que te abre el entendimiento y te revela otro panorama de tu vida, haciéndote ver cosas que no hubieses conocido de no ser por la fe. Es “fuego de amor” que quema, porque da ganas de vivir, da ganas de entregarse a los demás, da ganas de encarar las cosas de otra manera.

Y también Jesús da calor, porque el que está cerca de alguien que ama a Jesús también se siente bien. Cuando sentimos frío, es el calor quien nos da cobijo y nos ayuda a mantenernos en pie. Por eso cuando Jesús está en tu vida te ayuda a iluminar, te ayuda a quemar a otros y dar calor.

En cuanto al Bautismo del que habla Jesús, cuando dice «Tengo que recibir un Bautismo», ¿A qué se refiere? A su muerte y su resurrección, a su entrega.

Cuando nosotros recibimos el Bautismo y participamos de esa vida de Jesús; también tenemos continuamente que morir y resucitar. Eso es el amor; el amor es muchas veces morir a un interés propio para renacer, para resucitar. El amor como el fuego, quema y transforma las cosas. Entonces eso implica el bautismo. Vivir el bautismo, nuestra vida de bautizados es aprender a morir y resucitar continuamente en todo lo que hacemos, en cada acción. Eso es algo que nos podemos proponer hoy: “Quiero morir y resucitar, quiero vivir mi vocación de bautizado, quiero ser un verdadero cristiano que traiga fuego a la tierra como Jesús lo trajo a los discípulos y a partir de ahí se extendió por toda la tierra”.

Y el último tema es el de la “división” Que es con lo que empezamos, y profundizar esto nos va a ayudar a terminar de comprender…

Jesús no se refiere a que quiere la división, que quiere la “guerra” –problemas– en la tierra; lo que está diciendo es que su presencia en el mundo trajo la división. Porque el amor “divide”, el amor nos guste o no –aunque es algo lindo para nosotros– nos divide, nos divide interiormente. Por eso santa Teresa –una gran santa– decía: “A veces siento que soy dos, que hay dos en mí”. ¿No te pasa que a veces sentís que tenés sentimientos y pensamientos encontrados? Unos que quieren entregarse, que quieren amar, que quieren vivir la vida plena; y otros que te frenan, que se quedan, que son egoístas, que no buscan entregarse a los demás. Y eso pasa a nuestro alrededor: Jesús de algún modo trajo la división con su presencia porque, fijate en tu familia, en tu contexto; no todos creen, no todos se comprometen con el amor, no todos quieren vivir la vida cristiana, incluso otros –muchísimos– la rechazan.

A eso se refiere hoy. Por eso, tranquilo, tranquila, tenemos que estar tranquilos, tenemos que alegrarnos de que Jesús es nuestro fuego; Jesús nos invita a vivir el Bautismo entregándonos en cada cosa que hacemos; y –aunque no lo quiera directamente– provoca división con su presencia. Nos guste o no: divide. Por eso puede pasar que tus seres queridos no estén de acuerdo, tu mujer, tu marido, o por ahí tus hijos, tus parientes o tus amigos, a veces pueden estar en otra.

Aprendamos a vivir la alegría de saber que Jesús nos eligió y que quiere que seamos fuego. Seamos fuego que ilumine, que queme y transforme la realidad que nos toque vivir, dando el calor de nuestro amor a los demás.

XXIX Miércoles durante el año

XXIX Miércoles durante el año

By administrador on 20 octubre, 2021

Lucas 12, 39-48

Jesús dijo a sus discípulos: “Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa.

Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”.

Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?”.

El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno?

¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo!

Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.

Pero si este servidor piensa: ‘Mi señor tardará en llegar’, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.

El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo.

Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente.

Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más

Palabra del Señor

Comentario

Si tuviéramos tiempo, si nos hiciéramos el tiempo para detenernos, rezar y pensar cuantos SÍ le dimos a Jesús envueltos de nuestra propia debilidad, como lo hicieron los mismos discípulos, nos sorprenderíamos de la maravilla que hace su amor en nosotros. Esa debería ser la gran noticia del evangelio, de la presencia de Jesús en nuestras vidas. Que Él nos toma, nos elige como somos, como estamos, para llevarnos a un lugar mejor, para que cambiemos, es verdad, pero para ayudarnos, no para juzgarnos. Los discípulos, excepto Juan, según la palabra de Dios y la tradición, terminaron dando la vida, terminaron muriendo por Jesús, terminaron perseguidos a causa del evangelio, terminaron recibiendo el bautismo y bebiendo el cáliz que Jesús bebió. De la misma manera empezó nuestro camino de seguimiento consiente y maduro del Señor.

Algún día nos animamos a decirle que sí, nos animamos a decirle “podemos” y a partir de ahí, empezó la aventura de lo cierto, pero también de lo incierto. La certeza de que vamos por el buen camino, de que vamos hacia buen puerto, pero la incertidumbre de no saber lo que pasará mañana, de no saber qué es lo que nos pedirá, de no saber a qué nuevo servicio nos llamará algún día. ¡Qué lindo que es seguir así a Jesús! Con la certeza y la incertidumbre de estar siempre con Él a pesar de todo, a pesar de nuestras fragilidades, a pesar de nuestras pequeñas ambiciones, a pesar de lo que somos, con lo que somos, sin descartarlo, sino amándolo y sanándolo día a día con los sacramentos, con la oración, con su amor.

Con Algo del Evangelio de hoy simplemente te propongo algo sencillo, algunas preguntas para poder meditar, para hacer el propio camino.

La primera tiene que ver con el enfoque con el cual pensamos en esta venida del Señor de la que tanto habla la palabra de Dios: podemos relacionarla con en el día en que nos toque partir de este mundo –cuando nos llegue la muerte–; o bien con lo que llamamos “el fin del mundo”, pero que en realidad esa será la llamada segunda venida del Señor.

¿Cómo la pensamos? ¿Como algo que nos da miedo, como un momento de temor, como un momento de incertidumbre; o la pensamos como un momento de alegría, como ese encuentro definitivo con aquel que amamos?

¿Cómo la pensamos? Es importante pensarlo porque también ahí se juega cómo vemos este momento. Hay que mirar esto de frente, no esquivarlo, porque en esa forma de mirar se juegan muchas cosas de nuestro día a día.

Por otro lado; ¿si el Señor nos llamara hoy tendríamos temor o tendríamos esperanza? ¿Qué sentimiento o pensamiento se nos viene al corazón?

Y si tenemos temor: ¿Por qué tenemos temor? ¿A qué le tememos?

¿Le tememos a Jesús o tememos porque no estamos haciendo las cosas bien o no confiamos tanto en la vida eterna? Nosotros tenemos que pensar que, si se nos dio mucho, no tiene que tomarse como una responsabilidad que nos ahogue y no nos deje avanzar; sino al contrario, debe ser más bien una alegría el saber que porque se nos dio mucho, el Señor nos pedirá mucho, pero no como algo ilógico, tirado de los pelos, sino como una consecuencia de lo que Él pretende de nosotros. Amor con amor se paga. Porque Él nos dio todo y quiere exigirnos mucho para que ayudemos a otros también a encontrarse definitivamente con Él.

Hacete algunas de estas preguntas para que te ayuden a no ver este momento del cual habla el Señor hoy en el Evangelio como un momento dramático, sino al contrario; como el momento culmen de nuestra vida, en el cual nos encontraremos con Aquel que nos dio la posibilidad de vivir esta linda vida, con Aquel que nos dio toda clase de dones y con Aquel que quiere que algún día podamos abrazarlo con todo lo que dimos en esta vida, con todo lo que pudimos amar; y no con todo lo que nos reservamos por temor y por no haber descubierto los grandes dones que teníamos.

Que las palabras de hoy nos ayuden a no andar con temor; sino a andar con la frente en alto, esperando la venida de Jesús a cada paso, en cada esquina, en cada persona, en cada detalle.

XXIX Martes durante el año

XXIX Martes durante el año

By administrador on 19 octubre, 2021

Lucas 12, 35-38

Jesús dijo a sus discípulos:

Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.

¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos.

¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Palabra del Señor

Comentario

No aceptar que somos débiles, a la larga puede hacernos cometer errores todavía mucho más grandes de que si nos consideramos un poco “bestias”. Jesús desea de cada uno de nosotros, nuestro servicio, nuestro amor, nuestra entrega, no una pureza angelical. Por eso, es bueno reconocer que no somos ángeles, sino seres humanos, con algo de cada cosa; bondad y maldad, santidad y pecado, generosidad y egoísmo, soberbia y humildad, y así podríamos seguir. Los servidores de Jesús que no se dan cuenta de esta realidad, pueden transformarse en bestias, incluso bajo apariencia de espiritualidad. ¿Cuántos dolores y sin sabores en nuestra amada Iglesia, por no reconocer que todos somos débiles, que incluso un elegido de Jesús puede caer en lo peor? La historia de la salvación está llena de ejemplos de servidores que, por descuidos, por olvidos, por sus debilidades, terminaron hundiéndose en el barro… un ejemplo claro es el del rey David, pero que finalmente supo reconocer su pecado y pidió perdón.

Queda claro en la escena del domingo, que Jesús no se enoja con la debilidad de sus discípulos, de los doce, sino que aprovecha la “avivada” de Juan y Santiago y la indignación de los otros diez, para enseñarles que ese no era el camino. Lo interesante de la actitud de los dos discípulos, es que incluso su debilidad los llevó a decir “podemos”, sin saber a lo que se estaban comprometiendo. ¡Qué lindo! Qué alivio es saber que Jesús se “aprovecha” de nuestras debilidades para arrancarnos un sí, que a la larga nos purificará por el amor que recibimos de Él. Si tuviéramos que esperar a ser puros, ángeles, para seguir a Jesús, para servirlo, ninguno de nosotros podría hacerlo. Son muchas las personas que no se animan a servir a Jesús de cerca, porque no se consideran “dignos”, porque no se creen capacitados, porque se sienten pecadores, pero se olvidan que es Él el que nos dignifica y que en realidad nadie es digno; se olvidan de que nadie está verdaderamente capacitado, sino que su amor nos capacita, y finalmente, no se dan cuenta que todos somos pecadores, y es Él el que nos santifica.

Algo del Evangelio de hoy, usa una imagen muy linda para ayudarnos a comprender cuál es el verdadero sentido de nuestra vida y cómo debemos vivirla. Porque eso es lo importante, las dos cosas al mismo tiempo. Saber hacia dónde vamos, pero también saber cómo vamos. Mucha gente sabe hacia dónde va, sabe cuál es la meta, pero no sabe cómo ir y eso en definitiva es tan importante como el saber hacia dónde. No saber cómo llegar a dónde tenemos que llegar nos desgasta mucho, nos hace perder energías y también nos puede hacer perder el rumbo. Cualquier persona, crea o no crea, sabe más o menos que quiere ser feliz, tiene esa meta en la vida, pero muy pocos saben elegir el verdadero camino para alcanzar esa felicidad. Bueno, a los cristianos nos puede pasar lo mismo. Podemos tener bien claro el hacia dónde pero no el cómo.

¿Cuál es la meta de nuestra vida? Esperar el regreso del Señor. ¿Cómo tenemos que vivir esa espera? Preparados, con la lámpara del corazón encendida, con el corazón encendido. Cuando nos mundanizamos, cuando nos acomodamos al modo de vivir de este mundo nos olvidamos de la verdadera meta de nuestra vida. ¿Sabías que no somos nosotros los que alcanzamos a Jesús, sino que Él es el que nos alcanza a nosotros, y que será Él el que nos venga a buscar? ¡Qué distinto pensar así, qué alegría es saber que en realidad la meta se nos acerca a nosotros, que la meta de nuestra vida no se hace “escurridiza”, sino que, al contrario, se hace “encontradiza”!

Sabiendo esto, sabiendo que la meta, o sea Jesús, vendrá algún día hacia nosotros, y que por eso también viene todos los días cuando nos dejamos sorprender por su amor, el modo de vivir preparados, encendidos, es esperar sin miedo esa venida, es desearla. Así lo decía San Pablo: “Me siento urgido de ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo” Choca un poco a nuestra mentalidad el “desear irse” para estar con Cristo, o sea querer morir. Hoy en día, más que nunca, la muerte parece ser un tabú, no queremos enfrentarla, no queremos hablar de ella, no queremos ni mirarla de cerca. Por supuesto que debemos amar la vida y no tenemos que buscar la muerte, sin embargo, el que ama a Jesús y lo espera, no debería tenerle miedo a ese encuentro, a ese momento que nosotros llamamos muerte, o, mejor dicho, el miedo natural a ese momento no debería ser más grande que el deseo de estar con Él.

Pero no pensemos en cosas drásticas, como en la muerte, aunque a veces mal no nos hace, sino también pensemos en el día a día. Qué distinto es empezar el día diciéndonos: ¿En dónde voy a dejar encontrarme por Jesús hoy? ¿Qué tengo que hacer para dejar que Él venga a mi vida y dejar que me sirva? Qué distinto es terminar el día preguntándonos: ¿En dónde y en qué situación me dejé encontrar por Jesús y en donde y cuando me distraje haciéndome escurridizo?

¿Cómo hacemos para mantener la lámpara del corazón encendida y preparada? Me imagino que sabés la respuesta. Amando y dejándonos amar. Buscando el bien de los otros antes que el nuestro y dejando que los otros nos hagan el bien. Ese es el camino, ser servidores de Jesús en donde nos toque estar, ser grandes, pero amando, ser los primeros en dar la vida por todos, especialmente por los más pequeños.

Fiesta de San Lucas

Fiesta de San Lucas

By administrador on 18 octubre, 2021

Lucas 10, 1-9

El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde Él debía ir.

Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni provisiones, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario.

No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes”».

Palabra del Señor

Comentario

San Lucas es el evangelista que, entre tantas características particulares que tiene, le gustó pintarnos a un Jesús orante. Un Jesús que se hacía un tiempo para estar tranquilo con su Padre del cielo, con nuestro Papá. Son muchos los momentos en donde el evangelista nos cuenta que Jesús se apartaba para orar, en donde hablaba sobre la oración, y por supuesto en donde nos enseñó a orar por un especial pedido de sus discípulos: “Señor, enseñanos a orar…” Por eso me parece lindo que, en este día, en esta fiesta nos enfoquemos en eso, creo que nos puede hacer bien, porque en definitiva lo que nos cambia el corazón, lo que hace la diferencia, es la oración. Podemos leer la Biblia de punta a punta mil veces, pero si no rezamos con ella, solo nos queda la historia, solo nos quedan datos, información.

El que reza con la palabra de Dios es el que cambia o se deja cambiar, es el que está siempre atento, es el que se deja encontrar por la palabra, más que andar buscando lo que dice. Es Dios el que nos encuentra con su palabra, y para eso hay que escucharla y rezarla, masticarla.

¿Y si nos preguntamos algunas cosas? ¿Qué nos han enseñado de niños sobre la oración? ¿Qué hemos recibido? ¿Cómo estamos viviendo hoy nuestra relación con Dios que en definitiva se define mucho en nuestra manera de rezar? ¿Seguimos pensando como niños y rezando como adultos o pensamos como adultos y rezamos como niños? Seguramente nos han enseñado cosas muy buenas, seguramente recibimos buenos consejos. Por ahí nos han dicho que “nunca nos acostemos sin antes haber rezado, o bien nunca nos durmamos sin haber por lo menos rezado algo”. Por ahí nos han enseñado con el ejemplo, nuestra abuela, nuestra madre, nuestro padre.

Cada uno podrá pensar en lo suyo. Pero cada uno tiene que reflexionar sobre si la oración diaria, más allá de lo que nos pase y como la hagamos, es o no una “necesidad”. ¿Necesito hablar y escuchar a Jesús todos los días? ¿Lo necesito o lo siento como una obligación? ¿Cuándo no rezo siento culpa porque no cumplí o porque en realidad no hablé con Aquel que me hace bien escucharlo siempre?

Escuchar y meditar con Algo del Evangelio es un modo de rezar. Es la manera más clara de saber lo que Dios nos quiere decir, por medio de las palabras que quedaron en los evangelios, en labios de Jesús, en sus gestos y acciones. Por eso cada día, es necesario decirnos: “Hoy voy a rezar con el evangelio…” Hoy más que nunca con el evangelio de Lucas en su día, en su fiesta. Lucas no fue un discípulo directo de Jesús, pero se encargó de recopilar y ordenar todo lo que Jesús había dicho y hecho, dejándolo para siempre a nuestra disposición, para nuestra oración. No escribió una biografía histórica de Jesús, sino que nos cuenta algunas cosas cargadas de fe, para suscitar nuestra fe, para animar nuestra fe, para sostener nuestra fe.

Algo que no podemos olvidar cuando rezamos, cuando hablamos con el Padre del cielo, teniendo en cuenta lo que dice hoy, es pedir que haya más “trabajadores para la cosecha”: “Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” Si hay algo por lo cual tenemos que rezar todos los cristianos, es para que Dios Padre envíe más “trabajadores” a recoger lo que Él siembra día a día. Los sacerdotes son tan necesarios como la oración. Sin oración no hay “trabajadores”, hay hombres que se consagran, pero no trabajadores. Lo que Jesús y la Iglesia necesitan son sacerdotes que trabajen, que, a pesar de todo, no abandonen por el camino, no se aburguesen en la comodidad de este mundo que busca el acomodo continuamente.

Son necesarios más “curas Brochero”, más santos que hasta el final de sus vidas con su trabajo y oración, entreguen la vida por los demás, den sus vidas por los demás. La oración de todos los cristianos es lo que “mueve” el corazón de Dios para hacer de hombres comunes, hombres entregados a la misión de anunciar “que el Reino de Dios está cerca”. Esa es la misión del sacerdote, esa es mi misión, trabajar todos los días, obviamente sabiendo descansar, pero para poder trabajar más, anunciando que Jesús está cerca y entre nosotros, aunque a veces no parezca, aunque a veces nos desanimemos y tengamos ganas de bajar los brazos.

Terminemos con algunas otras preguntas ¿Rezás por esto de vez en cuando? ¿Rezan en tu grupo de oración por los sacerdotes? ¿Rezan en tu parroquia por esta intención? ¿Rezas por el sacerdote de tu comunidad, por tu sacerdote amigo? Si sos madre o padre ¿te animás a pedirle a Dios Padre para que tu hijo sea sacerdote? Recemos hoy todos, no solo para que haya más sacerdotes, sino para que haya más sacerdotes que trabajen.

XXVIII Sábado durante el año

XXVIII Sábado durante el año

By administrador on 16 octubre, 2021

Lucas 12, 8-12

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que aquel que me reconozca abiertamente delante de los hombres, el Hijo del hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios. Pero el que no me reconozca delante de los hombres, no será reconocido ante los ángeles de Dios.

Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.

Cuando los lleven ante las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en ese momento lo que deban decir.»

Palabra del Señor

Comentario

Al terminar una semana siempre es bueno ver un poco el camino transitado. Lo hacemos en muchos aspectos de la vida; al terminar un año, a veces hacemos una evaluación al terminar un curso, al terminar una materia de la universidad. Se nos evalúa de alguna manera. Es verdad que nosotros no tenemos que caer en esa mirada, de alguna manera, llena de competencia que nos rodea en este mundo y estar evaluándonos como si fuera que Dios nos va a poner una calificación; pero de alguna manera tener una mirada crítica, en el buen sentido de la palabra, de nosotros mismos nos hace bien, porque nos ayuda a animarnos a progresar, a querer cambiar, a no quedarnos quietos.

Acordate que siempre se dice que, en la vida espiritual, si no se rema, se vuelve para atrás. Es como ir en contra de la corriente, de un río, del mar. Si no remamos, nos vamos para atrás. Por eso, siempre en la semana, al terminarla, es bueno decir: «¿Cómo estuve escuchando estos días?» No tanto una evaluación moral, si estuve muy bien o muy mal, sino cómo estuve escuchando: ¿estuve poniendo mi corazón?, ¿dónde estuvo mi corazón? «Donde esté tu tesoro, estará tu corazón», dice la Palabra. Por eso, poder mirar así nos ayuda a ver dónde está nuestro corazón y rectificar si hay que rectificar, afirmar si hay que afirmar, alegrarse si hay que alegrarse, dar gracias o pedir perdón si tenemos que hacerlo. Por eso siempre los sábados aprovechemos para mirar para atrás y decir: «Bueno, ¿cómo estuve escuchando esta semana? ¿Escuché a mi Señor o me escuché mucho a mí mismo?,¿o escuché muchas cosas que, finalmente, no me aportaron nada?» Dios quiera que podamos hacer también este camino en este día.

Algo del Evangelio de hoy tiene que ver de algún modo con lo que venimos diciendo en estos días, porque Jesús dice: «Les aseguro que aquel que me reconozca abiertamente delante de los hombres, el Hijo del hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios». En cierta manera, es esa actitud -que venimos hablando en estos días- que necesitamos todos: la actitud de humildad, la actitud de no caer en la hipocresía, en el doblez de corazón, en la soberbia, en pensar que todo lo que tenemos es gracias a nuestro esfuerzo, que todo lo que tenemos es gracias a nuestro trabajo; sino al contrario, darnos cuenta de que Jesús es el que nos da la gracia. Jesús es el que nos da la fuerza cada día para poder hacer lo que él nos enseña. Él, con su espíritu, es el que nos inspira a las obras buenas que hicimos. Por eso, siempre es necesario dar gracias.

Por eso, en este sábado, te propongo un remedio contra la soberbia, el orgullo y la arrogancia; esas enfermedades del alma que se nos pueden meter en el corazón, que nos pueden invadir y nos hacen tanto mal, que hacen tanto mal a los demás. El remedio es que de nuestros labios se caiga una y mil veces la palabra GRACIAS; que cada uno pueda ponerle a esta palabra rostros, situaciones, gestos, cosas que nos pasaron.

Gracias Señor por darnos la vida. Gracias por darnos el ser y las ganas de levantarnos esta mañana. Gracias, aunque a veces nos cansemos. Gracias por dejarnos existir un día más, hasta hoy. Gracias por darnos tantos años y oportunidades para volver a empezar, para pedir perdón, para dejar que nos perdonen y que nos sigan amando a pesar de nuestras debilidades.

Gracias por la familia que nos diste, por nuestros padres, hermanos y hermanas, hijos e hijas. Son nuestro mejor regalo, aunque a veces no nos comprendamos, aunque nos equivoquemos, aunque ellos no hayan sido siempre los que hicieron todo bien; pero, sin embargo, son un regalo. Son nuestro mejor regalo porque es en nuestra familia donde aprendimos a amar, a veces cayéndonos; pero aprendimos; y a ser amados también.

Gracias por el lugar donde nacimos y nos criamos, por la escuela o el colegio donde nos tocó estar y aprender, por los compañeros y amigos, por nuestros maestros y profesores, por cada una de las personas que nos marcaron y ayudaron con su esfuerzo (silencioso y cotidiano) y nos ayudaron a ser lo que hoy somos.

Gracias por los dolores que también nos ayudaron a ser fuertes en el amor, por las enfermedades que nos enseñaron la paciencia. Gracias por las tristezas que nos golpearon para darnos cuenta de que amar es necesario, y que para amar es necesario entregarse.

Gracias Señor por el don de la fe, que nos permite ver todo distinto en un mundo que se empecina por no creer y vivir al margen de Dios Padre. Gracias por los sacramentos que recibimos y que nos enriquecieron. Gracias por ese alimento de la Palabra que nos guía, fortalece y consuela siempre. Siempre gracias. Señor, gracias por las personas, sacerdotes, amigos y familiares que nos ayudaron a confiar en tu amor; que siempre nos precede, que siempre se nos anticipa a pesar de nuestras caídas. Gracias por que cada día te las «ingeniás» para buscarnos, amarnos y perdonarnos, para alimentarnos a pesar de nuestras debilidades y olvidos. Gracias por darnos la oportunidad, en este momento, de decirte gracias.

Gracias es la única palabra que deseamos juntos que se nos quede en el corazón en el momento que nos llames a tu encuentro. Gracias es la única palabra que vale la pena decir en el silencio de la oración. Gracias es la palabra con la que queremos terminar esta semana.

Señor, por todo ¡gracias! Y ayudanos a que, cuando nos toque hablar frente a los demás de tu amor, no tengamos miedo; que no tengamos miedo de decirle al mundo que gracias a tu amor estamos vivos y tenemos el corazón alerta para amar siempre.

XXVIII Viernes durante el año

XXVIII Viernes durante el año

By administrador on 15 octubre, 2021

Lucas 12, 1-7

Se reunieron miles de personas, hasta el punto de atropellarse unos a otros. Jesús comenzó a decir, dirigiéndose primero a sus discípulos: «Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. No hay nada oculto que no deba ser revelado, ni nada secreto que no deba ser conocido. Por eso, todo lo que ustedes han dicho en la oscuridad, será escuchado en pleno día; y lo que han hablado al oído, en las habitaciones más ocultas, será proclamado desde lo alto de las casas.

A ustedes, mis amigos, les digo: No teman a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más. Yo les indicaré a quién deben temer: teman a aquel que, después de matar, tiene el poder de arrojar a la Gehena. Sí, les repito, teman a ese.

¿No se venden acaso cinco pájaros por dos monedas? Sin embargo, Dios no olvida a ninguno de ellos. Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman, porque valen más que muchos pájaros.»

Palabra del Señor

Comentario

Si nos presentamos frente a Jesús sin estar dispuestos a recibir de Él lo que Él quiera darnos, o incluso pedirnos, nuestros encuentros pueden ser en vano, nuestros encuentros pueden terminar en tristeza. El rico de corazón, el rico en bienes que lleva a cerrarle el corazón, en el fondo es una persona triste, porque es incapaz de enriquecer a otros, es incapaz de darse cuenta que lo que tiene es para ayudar a otros. Es por eso que Jesús ante la partida triste de este hombre que “poseía muchos bienes”, nos advierte que es muy difícil entrar en el Reino de los Cielos con el corazón lleno de nosotros mismos. El Reino de los Cielos podemos empezar a disfrutarlo acá, no se refiere únicamente a la Vida Eterna. Pero podemos disfrutarlo desde ahora, en la medida en que nos dejemos enriquecer por otros y nosotros estemos dispuestos a enriquecer a los demás desde nuestras pobrezas, desde lo que humildemente somos. No hay riqueza más grande que la pobreza del corazón, que nos permite que entren otros amores, y es por eso que Jesús al que deje todo por Él le promete que “…«recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna». Y esto no es por arte de magia, sino porque el dejar algo, da espacio para más, esa es la dinámica del amor, de lo que Jesús nos propone a todos al seguirlo.

Algo del Evangelio de hoy, de alguna manera creo que nos ayuda a terminar bien la semana, a no quedarnos sólo con estas palabras “difíciles” de Jesús que escuchamos en estos días. Y hoy Jesús dice especialmente a los discípulos y a nosotros también: «Cuidado con la levadura de los fariseos que es la hipocresía».

La hipocresía es como una levadura que hace fermentar nuestra “masa”, que más bien podríamos decir que la pudre, pudre nuestro corazón.

Cuidado con la hipocresía –que es la que nos destruye–, cuidado con la mentira, cuidado con la doblez de corazón, cuidado con la incoherencia.

Nosotros somos discípulos, somos seguidores de Jesús; no podemos decir una cosa y hacer otra. Nuestra vida tiene que estar más puesta en nuestro testimonio, en nuestra forma de vivir; que en las cosas que decimos. Pero ¡cuidado!, porque a veces con nuestra mentira, con nuestra doblez, con nuestra ambición, con nuestra vanidad, con todo lo que es para afuera y que en realidad no muestra lo que es nuestro corazón; podemos hacer mucho mal. Y nos hacemos mal a nosotros mismos, vivimos una vida disociada. ¡Cuidado con la hipocresía!

“Señor libranos de la hipocresía, libranos de la mentira y ayudanos a ser coherentes en la fe, verdaderos cristianos coherentes con lo que decimos, creemos y hacemos”.
Ojalá que hoy el Señor nos conceda esa gracia.

Lo segundo que podemos considerar es que Jesús nos habla de “no temer”. Hay gente que hace el mal, gente que nos puede hacer mal, gente malvada en este mundo, gente que realmente busca el mal de los demás; pero Jesús dice: «No teman a los que matan el cuerpo… teman a aquel que después de matar tiene el poder de arrojar a la gehena».

No temamos a los que realmente no matan lo más importante de nuestra vida que es nuestra fe; nuestra confianza, nuestra certeza de que hay algo mejor, de que la vida es mucho más grande de lo que creemos y la bondad es mucho más grande de lo que creemos. No temas, si te tocó sufrir algo en la vida, no temas a eso; no temas a lo que puedan hacerte el mal. Como decíamos ayer, cada uno deberá dar cuentas a Dios de lo que hizo.

Y lo tercero, es que Jesús nos da un lindo mensaje cuando nos dice: «Ustedes tienen contados todos los cabellos, no teman porque valen más que muchos pájaros».
Qué lindo es saber que Dios es nuestro Padre, este es el mensaje final, consolador y esperanzador de Jesús: Dios es nuestro Padre. Tiene contados todos nuestros cabellos, sabe todo lo que pensamos, sentimos, decimos y hacemos.

No hay que dudar del amor del Padre incluso en momentos difíciles, en todo momento hay que confiar que Dios es nuestro Padre y que Él conduce la historia de nuestra vida, la historia de la humanidad; y saber que por más que haya personas malas, por más que podamos sufrir malas experiencias; Dios es nuestro Padre, Dios es tu Padre.

Hoy mirá al cielo y decile a Dios: “Padre, quiero confiar en Vos, quiero saber que estás presente, quiero sentir que estás presente, y no quiero hacer nada que muestre una doblez de corazón, no quiero hacer nada oculto, porque todo está expuesto ante tus ojos y ante tu corazón”.

Bueno que las palabras del Evangelio de hoy nos ayuden a vivir un día con confianza, sin temor y ausente de hipocresía.

XXVIII Jueves durante el año

XXVIII Jueves durante el año

By administrador on 14 octubre, 2021

Lucas 11, 47-54

Dijo el Señor:

«¡Ay de ustedes, que construyen los sepulcros de los profetas, a quienes sus mismos padres han matado! Así se convierten en testigos y aprueban los actos de sus padres: ellos los mataron y ustedes les construyen sepulcros.

Por eso la Sabiduría de Dios ha dicho: Yo les enviaré profetas y apóstoles: matarán y perseguirán a muchos de ellos. Así se pedirá cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas, que ha sido derramada desde la creación del mundo: desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que fue asesinado entre el altar y el santuario. Sí, les aseguro que a esta generación se le pedirá cuenta de todo esto.

¡Ay de ustedes, doctores de la Ley, porque se han apoderado de la llave de la ciencia! No han entrado ustedes, y a los que quieren entrar, se lo impiden.»

Cuando Jesús salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a acosarlo, exigiéndole respuesta sobre muchas cosas y tendiéndole trampas para sorprenderlo en alguna afirmación.

Palabra del Señor

Comentario

A simple vista, por decirlo así, conmovía en la escena del evangelio del domingo, imaginar al hombre arrodillado frente a Jesús para preguntarle: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?» Digo conmovía, porque siempre es lindo imaginar esos momentos únicos, para Jesús y para aquellos que se encontraron con Él, en los que pasó algo inolvidable, tan inolvidable que alguien quiso ponerlo por escrito para que nosotros podamos disfrutarlo hoy. Sin embargo, este encuentro, el “arrodillarse” de este hombre no fue como otros tantos, que terminaron en perdón, en sanación, en llanto, en curaciones, sino que terminó en tristeza, no comprendió a lo que Jesús lo invitaba, y por eso podríamos decir que terminó mal, terminó yéndose triste. Por eso, queda claro que a veces no alcanza con una postura exterior para que Jesús nos alegre el alma, si eso no va acompañado del corazón, de la disposición a dejarse invitar por Jesús a algo distinto. Podemos arrodillarnos mil veces frente a Él, pero si no estamos dispuestos a seguirlo, a salir de la comodidad de estar “cumpliendo” los mandamientos, no nos alcanza, nos “falta una cosa”, nos falta lo más importante, nos falta el amor.

Algo del Evangelio además de enseñarnos hasta dónde puede llegar el amor de Dios; también nos quiere mostrar hasta dónde puede llegar la cerrazón y la crudeza del pecado, la cerrazón del corazón del hombre que cuando no quiere ver, cuando no quiere escuchar, cuando no quiere sentir; casi se vuelve un imposible para Dios –diríamos así–, casi que es imposible para Dios doblegarnos. Él es tan respetuoso de nuestra libertad, que cuando nosotros no queremos, Él no quiere doblegarnos, no se impone, no nos obliga a nada; aunque por supuesto que para Él todo es posible.

Estos fariseos no querían ver, no podían salir de su encierro; por ahí eso no te pasa, pero por ahí lo ves, y lo vemos en el mundo de hoy: lo ves en tu trabajo, lo ves en la televisión, vemos maldad, cerrazón, ceguera de tantos que se empecinan en hacer el mal y que no quieren dejar de hacerlo. Bueno, no nos amarguemos.

A Jesús le pasó lo mismo, a Dios le pasa lo mismo; ni el mismo Jesús pudo con ellos, aunque murió por ellos –y esto es importante–, murió por ellos.

¿Vos crees que nosotros podemos? No sé. Lo que sí podemos hacer es rezar y ofrecer también nuestra vida por los que hacen el mal.

Sabemos lo que dice hoy Jesús: ellos tendrán que dar cuentas de todo el mal que hicieron. Los malvados tendrán que dar cuenta a Dios, del mal que les hicieron a tantos justos y que sigue sucediendo hoy en tantos aspectos de nuestra vida donde vemos que sufren tantos inocentes por culpa de la maldad de otros; eso habrá que dejárselo a Dios, le corresponde a Él.

Y lo segundo que podemos sacar de este Evangelio es considerar que algún grado de soberbia también tenemos nosotros.

Ayer veíamos la primera hija de la soberbia que es la vanidad; hoy podemos ver las otras dos hijas mayores de la soberbia que son la ambición y la presunción.

La ambición es ese querer desordenado de honor, de fama. Es válido cuidar nuestro buen nombre; pero a veces podemos ambicionarlo a costa de todo, por ejemplo, a través de la crítica, de la calumnia, de la mentira, de la traición; muchas veces hacemos de todo para llegar a “quedar bien” y que nos tengan por “buenos”. Y una cosa lleva a la otra, y todo tiene su raíz en esta ambición desmedida. ¿Cuántas veces mentimos para quedar bien? ¿Cuántas veces criticamos para quedar bien? ¿Cuántas veces hemos traicionado la confianza de alguien para que nosotros quedemos bien? Es para pensar…

Y la presunción es intentar aquello que no nos da la capacidad y las posibilidades; diríamos en Argentina: “es querer hacer lo que no nos da el cuero”.

Es el sentirnos omnipotentes, el creer que puedo con todo y no reconocer que a veces no nos da la vida ni el corazón para todo. Soy presuntuoso cuando no delego y pretendo hacer todo, cuando controlo todo, podríamos decir que a veces hay una sana inconsciencia y un coraje que nos anima a hacer cosas que no sabemos; pero al mismo tiempo, tenemos que saber reconocer nuestros límites: ser humildes, realistas.

Ese es el desafío de hoy: seguir pidiendo a Jesús que nos libre de caer en este gran pecado del orgullo y la soberbia, y que nos haga humildes de corazón.

Por eso repetí hoy cuantas veces puedas esta jaculatoria: “Jesús manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo”.

XXVIII Miércoles durante el año

XXVIII Miércoles durante el año

By administrador on 13 octubre, 2021

Lucas 11, 42-46

«¡Ay de ustedes, fariseos, que pagan el impuesto de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, y descuidan la justicia y el amor de Dios! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello.

¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar el primer asiento en las sinagogas y ser saludados en las plazas!

¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven y sobre los cuales se camina sin saber!»

Un doctor de la Ley tomó entonces la palabra y dijo: «Maestro, cuando hablas así, nos insultas también a nosotros.»

El le respondió: «¡Ay de ustedes también, porque imponen a los demás cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni siquiera con un dedo!»

Palabra del Señor

Comentario

Buen día. Que tengas un buen día y que empieces de la mano de la Palabra de Dios. Cuando hablamos de la Palabra de Dios, no se puede negar que muchas veces hay temas que cuesta hablarlos. No es muy grato escuchar la Palabra de Dios cuando lo que dice nos molesta un poco, cuando más que animar parece hundirnos o nos muestra el lado oscuro de nuestro corazón, de nuestra vida. Alguien me decía, una vez, que le costaba escucharme, que muchas veces le molestaba lo que yo le decía, pero sin embargo él insistía; insistía en escuchar, porque al mismo tiempo le daba la sensación que por algo tenía que seguir escuchando. Muy valorable de su parte, esta persona que sinceramente me decía que le costaba escuchar, pero sin embargo seguía. Bueno, a mí también me cuesta, pero podemos cambiar el enfoque y pensar de una forma más positiva, eso siempre es posible: pensar que en realidad la Palabra de Dios es la luz de la sabiduría Divina, que tiene que ser y quiere ser música armoniosa para la vida que muchas veces anda como sin fuerza, desentonando por la vida.

Cuesta escuchar que Jesús sea a veces tan directo o tan exigente, lo decía el domingo: «Solo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres…». «Solo te falta una cosa…», decía. En algunos aspectos de la vida, a veces, una sola cosa es todo, o sea, eso que nos falta en realidad es lo más importante. Y en realidad deberíamos pensar que es lógico, nos guardamos para nosotros lo que consideramos más preciado y no queremos darlo a veces por nada del mundo… Bueno, eso es lo que Jesús pretendió de ese hombre, pero no para obligarlo, sino porque él mismo se lo preguntó o, mejor dicho, le dejó la puerta abierta para que Jesús se lo diga: «Solo te falta una cosa…». Por eso nuestra pregunta crucial no debería ser qué debemos hacer para heredar la Vida eterna –esa ya la sabemos–, sino mejor es preguntarnos y preguntarle a Jesús: ¿Qué cosa nos falta para ser felices acá, en la tierra, y tener un tesoro ya en el cielo? Solo nos falta una cosa, y la más importante… ¿Qué nos falta dar? Preguntémonos hoy esta gran pregunta.

En Algo del Evangelio de hoy, las palabras de Jesús también son muy directas, y no podemos cambiarlas aunque no nos gusten tanto. No tengamos miedo, porque no es un drama descubrir que somos orgullosos, no debería ser novedad, y si es novedad, es porque vivíamos en la ceguera, porque de algún modo todos lo somos –es parte de la condición humana–; y si no lo sabías, bueno, bienvenido a esta humanidad creada por Dios, pero también hecha de barro y llena de debilidad a consecuencia del pecado.

Y en las duras críticas que escuchamos hoy de Jesús a los fariseos y a los doctores de la Ley –y de rebote también a nosotros que lo escuchamos–, resalta otra de las «hijas de la soberbia»: la vanidad, o también llamada vanagloria.

La vanidad es como la hija dilecta de la soberbia, y nos hace finalmente caer en la soberbia. Es el deseo desordenado de prestigio, de fama, de aplausos, de adulación; y la virtud opuesta a este vicio es la modestia. Repito: es el «deseo desordenado», exacerbado de ser reconocidos; porque obviamente hay un sano deseo –y debe haberlo– de tener buena fama o de cuidar nuestro nombre para que no sea ensuciado por cualquiera. Y Jesús hoy lo dice bien claro: «Les gusta ocupar los primeros puestos en las sinagogas y ser saludados en las plazas, son sepulcros limpios por fuera, pero sucios por dentro».

El vanidoso o vanidosa busca eso, antes que nada: quiere ser alabado y desea alabarse a sí mismo. Le gusta hacer resaltar sus cualidades o sus logros y a veces exageradamente, otras muy sutilmente, pero siempre logra de alguna manera que sepan lo que hizo o lo que va a hacer; y si no lo reconocen, se pone triste o, incluso, a veces se enoja. En las conversaciones el vanidoso usa mucho el pronombre personal YO, para darle más fuerza a la frase: «yo hice esto», «yo le dije que haga esto».

Casi que solo a él le salen las cosas tan bien, y si los demás las hacen bien, en realidad rara vez las hacen «tan bien» como él.

En realidad, si nos ponemos a pensar, el ser vanidoso es una actitud muy infantil, es una actitud de los niños; pero no de «hacerse como niños» que nos pide Jesús en el Evangelio, sino realmente una actitud de niños caprichosos, que todavía no maduraron. Porque, así como los niños necesitan que les festejen y aplaudan todo lo que hacen, y que también si no les festejan lo que hacen, se festejan ellos mismos, ¿te diste cuenta cuando un niño a veces se aplaude a sí mismo por lo que hizo o a veces nosotros le promovemos con aplausos para que se ponga contento?; bueno, esa misma actitud infantil la vemos en el vanidoso.

El niño necesita el aplauso; por eso la vanidad es un signo de una gran inmadurez en nuestra vida, que siendo adultos deberíamos ir superando, porque tenemos que asentarnos en lo que somos y en lo que Dios piensa, y no en lo que los demás piensan de nosotros. Pero lamentablemente la arrastramos a lo largo de los años y de la vida, y cuando esta vanidad se da en el ámbito religioso –en nuestra fe–, es mucho peor, porque podemos caer en la hipocresía de los fariseos, porque «usamos» a Dios para ponernos por encima de los demás.

Que Jesús hoy nos libre a todos de la vanidad, nos libre de esta hija de la soberbia que muchas veces se cuela en nuestro corazón, en nuestras relaciones humanas; que podamos vivir este día afirmándonos en lo que Dios piensa de nosotros y no en lo que piensan los demás.

XXVIII Martes durante el año

XXVIII Martes durante el año

By administrador on 12 octubre, 2021

Lucas 11, 37-41

Cuando terminó de hablar, un fariseo lo invitó a cenar a su casa. Jesús entró y se sentó a la mesa. El fariseo se extrañó de que no se lavara antes de comer.

Pero el Señor le dijo: «¡Así son ustedes, los fariseos! Purifican por fuera la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia. ¡Insensatos! El que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro? Den más bien como limosna lo que tienen y todo será puro.»

Palabra del Señor

Comentario

La riqueza que nos propone este mundo y de la que nuestro corazón tantas veces se enamora, no tiene nada que ver con la del evangelio, con la de Jesús. Contrasta tanto, es tan opuesta que nos obnubila y nos impide ver con claridad la propuesta del Reino de los Cielos. Por eso Jesús no tuvo pelos en la lengua para decir: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!» Hoy – y me animo a decir más que nunca, por lo menos hasta ahora – la riqueza de este mundo nos quiere robar el corazón que, en realidad, debería ser para Dios. Todos, vos y yo, de la clase social que seas, del país que seas, vivas donde vivas, tengas muchos o pocos ingresos, todos estamos inmersos en este mundo globalizado y en esta cultura consumista que nos aturde, y que, además, a propósito, y queriendo nos ocupó la mayor parte del corazón llenándonos de tristezas, porque le fue quitando el lugar de privilegio a Jesús, pobre y humilde de corazón, mientras nosotros llenos de ingenuidad decimos que todo progreso es bueno en sí mismo. Por eso ese hombre que se encontró con Jesús se fue triste, porque no quiso darle lugar a Jesús en el corazón, no fue capaz de darle algo a los más necesitados por amor a Jesús, sus bienes pudieron más. Seguiremos toda la semana desgranando el maravilloso evangelio del domingo, aunque nos duela.

El gran pecado para la palabra de Dios, la gran debilidad de nuestro corazón, de nuestra vida; es el orgullo, la soberbia, es dejarnos vencer por estas inclinaciones.

Que Jesús nos cuide de no caer en esta gran debilidad, para que no nos domine; siempre estará presente – porque somos débiles–, pero lo que tenemos que evitar es que nos domine; que nos domine el corazón, que nos domine el pensamiento, que vaya ganando terreno en nuestras vidas. Porque la soberbia y el orgullo recordemos que nos lleva a la arrogancia, a jactarnos de cosas que no son, a querernos demasiado –y es verdad que tenemos que querernos, pero en su justa medida–, tenemos que querernos, pero no al extremo de creernos la medida y jueces de todo y de todos.

La soberbia es el afecto desordenado de la propia excelencia, es ese deseo que tenemos de “sobresalir”. Por un lado, es bueno aspirar a ser buenos, mejores, superarnos; es bueno y necesario para crecer –esto no lo podemos negar–, pero no es bueno cuando esto se desordena y genera en nuestro interior un modo de pensar y sentir que nos pone como centro de todo y terminamos mirando a los demás de arriba para abajo.

Y ayer decíamos que a veces esta soberbia, este orgullo, puede llegar a tomar el color incluso, de despreciar a los demás con un deseo oculto y refinado de que se fijen en nosotros.

En Algo del Evangelio de hoy los fariseos se extrañan de que Jesús no haga lo que ellos hacían: ¿cómo no se lava antes de comer? ¿Cómo no hace lo que yo hago? –estarían diciendo–, ¿cómo no hace lo que hay que hacer?… Y nosotros también hacemos lo mismo: ¿Cómo fulano no hizo esto? ¿Cómo fulano hizo aquello? O bien decimos: “las cosas se hacen así”, “las cosas se tienen que hacer asá”.

Y así vamos caminando por la vida, pretendiendo que todo sea a nuestro modo. Pero en el fondo el objetivo más o menos consciente de nuestro ego agrandado, es sobresalir, es darnos más importancia a nosotros mismos; incluso a veces despreciando a los demás o lo que los demás hacen. Criticamos, incluso podemos llegar hasta inventar cosas de los demás o calumniarlos.

Disminuimos los méritos y aciertos ajenos; a veces “ventilamos” defectos y desaciertos para que el otro disminuya; o a veces “aumentamos” lo que otros hicieron o dijeron. En realidad –como este fariseo– con comentarios, gestos o pensamientos; queremos dar a entender que somos más inteligentes. Nuestros comentarios u opiniones, nuestros chistes son mejores que los de los demás.

Queremos también mostrar que somos más virtuosos o más capacitados, que hacemos mejor las cosas que los otros; si las hiciéramos nosotros serían mejores. Solamente nosotros parece que hacemos las cosas bien.

Es como un orgullo oculto y entrelazado entre nuestras actitudes, que a veces está cargado de envidia. Es como si estuviéramos diciendo continuamente que, si siguieran nuestro consejo, nuestro punto de vista, nuestro ejemplo; las cosas serían mucho mejores y no habría tantos problemas.

Bueno, Jesús hoy nos invita a no mirar tanto hacia afuera, a no mirar las apariencias y juzgar. “El hombre mira las apariencias; Dios mira el corazón” –dice la Palabra de Dios–, no nos permitamos juzgar el interior de alguien por lo que vemos de afuera; “demos más bien limosna de lo que tenemos que todo será puro”.

¿Queremos purificarnos de nuestras malas intenciones, pensamientos y deseos? Tenemos que dar, ser pobres de corazón, dejar de aferrarnos a nuestros bienes como si fueran la felicidad. Dar de nosotros a los demás, para que nosotros nos purifiquemos primero, que nos dejemos purificar por el amor de Jesús que es humilde y que quiere que también seamos humildes.