Book: Lucas

Lucas 1, 57-66. 80 – Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista

Lucas 1, 57-66. 80 – Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista

 

Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.

A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan.»

Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.»

Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan.»

Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.

Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.

El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.

Palabra del Señor

Comentario

“El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre” dice la primera lectura del profeta Isaías de la misa de hoy. Algo así también podemos repetir nosotros, intentando experimentar lo mismo, sentirnos amados y llamados desde el vientre de nuestras madres. El salmo también dice algo muy lindo: “Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el seno de mi madre. Te doy gracias, porque fui formado de manera tan admirable. ¡Qué maravillosas son tus obras!” Qué lindo empezar este día pensando que cada uno de nosotros fue pensado por un Dios que es Padre. Alegrarse con saber que cada vida es sagrada desde el vientre de nuestras madres porque fuimos creados y formados de manera admirable. Porque somos amados y llamados a una misión especial, a ser de alguna manera profetas y precursores de Jesús para los otros.

Hoy la Iglesia celebra el llamado a la vida de Juan el Bautista, su nacimiento. ¿Por qué?, te podrías preguntar. Porque según Jesús, san Juan Bautista fue el hombre más grande nacido de mujer. Así salió de su propia boca.

Su nacimiento fue anunciado, como el de Jesús. Llamado a “prepararle” el camino, a predicar y a allanar los senderos para la llegada del Salvador.

Es al mismo tiempo el último de los profetas y es, de alguna manera, la “bisagra” entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el que permitió la “novedad “en lo antiguo.

Y por eso Jesús llegó a decir que “el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que Juan Bautista”. ¿Por qué? Porque los que vivimos en la etapa del Reino de los hijos de Dios somos de algún modo más grandes ya que podemos vivir desde la gracia. Vivimos con la gracia que nos regaló Jesús, el Espíritu Santo. Vivimos el ser hijos adoptivos de Dios Padre, algo que San Juan Bautista no pudo experimentar, aunque, por supuesto, dando su vida, preparando el camino para el Señor, es de los grandes santos de nuestra Iglesia.

De este santo podríamos decir y aprender muchísimas cosas y, aunque no aparece en Algo del Evangelio de hoy, me gusta imaginar el momento en el que Juan desde el vientre de su madre pudo percibir la presencia de Jesús cuando María visitó a Isabel, saltando de alegría. Quiere decir que fue profeta desde antes de nacer. Fue útil a la historia de la humanidad, a cada uno de nosotros, sin haber visto la luz del sol, aun sin haber nacido. Desde el vientre de su madre pataleó y le avisó a su madre que ahí estaba Jesús, en el otro vientre. Es una maravilla pensar esto, en el valor y la significancia que tiene cada vida, incluso antes de nacer, sabiendo que Dios tiene un propósito para cada uno que no podemos truncar por nada de este mundo.

San Juan Bautista es el gran profeta, porque señaló siempre a Jesús y nunca quiso ser el centro, jamás pretendió que los demás lo siguieran a él, jamás se le ocurrió anunciar algo falso; siempre anunció la verdad, se la jugó por la verdad y finalmente terminó, dando la vida, muriendo por la verdad.

También es el humilde que no se sintió digno de desatarle la correa de las sandalias a Jesús. No se sintió digno de bautizarlo. No se sintió digno casi de “estar con él”; porque reconoció a Jesús como su gran Salvador, el Salvador de todos.

La humildad es la condición necesaria para ser un verdadero hijo de Dios, para ser cristiano. Vos y yo podemos ser humildes. Tenemos que aprender a no ser el centro de nada. La humildad es la virtud del cristiano que necesitamos todos para que lo que reluzca en nosotros, no seamos nosotros mismos, sino la obra de Dios en nuestra vida.

Es el santo de la humildad, el santo que aprendió a hacerse pequeño para que Jesús fuera quien se hiciera grande. Fue él el que aprendió a ir desapareciendo para que el que vaya apareciendo fuera Jesús.

Y por eso su gran frase ha quedado para siempre en la liturgia de la Misa, que celebramos todos los días: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Que san Juan Bautista en este día nos ayude, llenos de alegría, a mostrarle a los demás dónde está el Cordero de Dios. Dónde está ese Cordero que quita nuestros pecados, que sana nuestro corazón, que nos libera de las cosas que nos atan, que nos da paz, que recibe nuestros agobios.

Que, al mirar la Hostia hoy en la Misa, en alguna Misa, nos ayude a reconocer dónde está el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo, que sigue haciéndose pequeño, que sigue haciéndose humilde, que sigue mostrándose vulnerable para que nosotros nos enternezcamos y nos animemos a amarlo cada día más, y seamos verdaderos hijos de Dios.

Lucas 24, 13-35 – III Domingo de Pascua

Lucas 24, 13-35 – III Domingo de Pascua

 

El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»

Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»

«¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»

Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adónde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»

El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

Y se decían: « ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Comentario

¡Quedate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba! ¡Qué linda petición! ¡Qué lindo que hoy todos, estemos donde estemos, estemos como estemos, hayamos resucitado o no en esta Pascua que pasó, podamos decir esto desde el corazón! ¡Quedate con nosotros! Estos dos discípulos le dijeron eso a Jesús sin saber todavía quién era realmente, sus ojos del corazón no veían lo que nosotros hoy sabemos, no sabían quién era el que los había acompañado durante todo el camino y les había hecho arder el corazón. ¡Quedate con nosotros! ¿Cuánto más tenemos que pedir nosotros que ya sabemos que “ese” que anda por el camino de la vida intentando que nuestro corazón se llene de ardor es el mismo Jesús? Nosotros ya sabemos el final de la historia, nosotros ya sabemos que ese Jesús anda así por nuestra vida y por la de tantos hombres y mujeres que caminan cabizbajos, con el “semblante triste”, como no comprendiendo nada, deprimidos por no encontrar el sentido de sus vidas, por haberlo perdido ante algún dolor, ante alguna frustración, o simplemente porque tantas deseos de más, nos hace olvidar quién es “lo más”.

Nosotros podemos hoy agregarle una palabra clave a esa frase de estos dos discípulos. ¿Te diste cuenta? Nosotros podemos decirle: “Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Vos y yo sabemos que ese hombre es Jesús. Vos y yo… ¿lo sabemos? Nosotros sabemos que Jesús está, pero parece no estar. Nosotros hoy queremos saborear la presencia de un Dios que está pero permanece oculto a los ojos de los que andan mirando para abajo, de los que no escuchan los sonidos del corazón, de los que no escuchan la Palabra de Dios.

En este domingo levantemos la cabeza, dejemos de “discutir” por el camino de la vida, dejemos de hablar como si Jesús no estuviera, dejemos de mirarnos el “ombligo” y no ver lo que alguna vez ya vimos. ¿No ardió acaso nuestro corazón alguna vez en nuestra vida cuando descubrimos la presencia de un Jesús vivo, en ese retiro, en ese momento de oración, en ese pobre que visitaste, en tu marido, en tu mujer, en tus hijos? ¿No ardía acaso nuestro corazón? ¿Qué nos pasa ahora? ¿Qué nos pasó?

“Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Quedate conmigo podemos decirle con emoción. En realidad él siempre está, somos nosotros los que nos vamos escurriendo de sus manos y nos perdemos. Por ahí podríamos dar vuelta esta petición y escuchar que es Jesús el que nos dice al corazón: “Quedate conmigo, no te vayas más, la vida se acaba, el día se acaba, no te alejes nunca más de mí”.

Lucas  24, 35-48 – Jueves de la Octava de Pascua

Lucas 24, 35-48 – Jueves de la Octava de Pascua

 

Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»

Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: « ¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo.»

Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: « ¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»

Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»

Palabra del Señor

Comentario

Por ahí te va a sorprender un poco lo que te voy a decir, lo que me digo siempre a mí mismo. ¡No es sencillo creer! Cuando uno crece en la vida de fe, y no me refiero con esto a “saber” muchas cosas, a ser grandes teólogos, sino a pensar de un modo más profundo lo que implica creer, lo que significa la resurrección de Jesús, deberíamos reconocer con humildad que no es sencillo creer, no hay que dar por sentado que el creer es algo fácil. Si esto fuera cierto, todos deberían haber creído en la resurrección de Jesús, todos deberían creer en que Jesús está vivo, sin embargo, no es así, las evidencias nos llueven por todos lados; las evidencias de que no es evidente, valga la redundancia, creer en que Dios se haya hecho hombre, de que haya muerto y resucitado. Incluso podríamos decir que cuanto más “evidencias” buscamos, en el sentido científico de la palabra, más obstáculos podríamos encontrar. Si y vos y yo creemos, se lo debemos a la gracia que recibimos para acoger la fe y responderle a Jesús, y muy poquito a nosotros mismos, todo es gracia.

Por eso, que buena oportunidad para pedirle a Jesús que nos abra la inteligencia, para que podamos comprender las Escrituras. Es buen día para hacer esto, porque justamente en algo del evangelio de hoy, Lucas lo dice claramente: “les abrió la inteligencia para que pudieran comprender…” Esto es algo que tenemos que pedir siempre y que a veces nos olvidamos, yo me lo olvido también. Si todos los días hiciéramos este ejercicio, si todos los días nos acordáramos de pedirle a Jesús, ¡Qué distinto sería todo! Sin la gracia que viene de lo alto, sin la gracia que viene de Jesús no podemos comprender en su totalidad todo lo que está escrito para nuestra enseñanza, para nuestra santidad. ¡Señor, que hoy podamos comprender un poco más;  Señor te pedimos que hoy nos abras un poco más la inteligencia de la mente y la del corazón, para poder encontrarte en la Escrituras, para poder reconocer  al Resucitado a nuestro alrededor, en cada palabra, en cada gesto, en cada Misa, en cada Eucaristía; Señor acompañanos como a los discípulos de Emaús, explicanos las cosas porque nuestra mente es lenta y pequeña; Señor, te pedimos que te nos manifiestes, así somos testigos de todo esto ante el mundo que no cree y vive como si no existieras! Te pedimos esto y todo lo que nuestro corazón no se anima a pedir.

Imaginando la escena hoy ¿Quién de nosotros, poniéndose en el lugar de los discípulos, no actuaría de la misma manera? ¡Temor, alegría, admiración y resistencia a creer! Pasaron por todos los estados de ánimo posibles en un instante. Primero miedo, después alegría, admiración y al final, una especie de resistencia a tanta alegría ¿Es posible todo esto? ¿Es posible semejante alegría? Creo que cualquiera de nosotros haría lo mismo. No es fácil creer semejante acontecimiento, no es fácil creer cuando la alegría es demasiado grande. Evidentemente no habían comprendido ni las Escrituras, ni lo que Jesús les había dicho de tantas maneras y tantas veces. En la vida necesitamos creer en la Palabra de Dios, pero también, necesitamos la confirmación de esa Palabra, necesitamos experimentar en carne propia la realidad de lo que leemos. Es por eso, que muchas cosas en la vida no las terminamos de creer hasta que no nos pasan. Cuando nos pasan, nos decimos: ¡¡¡Ah!!! Ahora entiendo, ahora descubro eso que antes leía y no comprendía. Los discípulos necesitaron vivir esta experiencia para confirmar lo que Jesús les había dicho de palabra. Nosotros también hoy necesitamos experimentar la presencia real de Jesús en nuestras vidas para ser testigos verdaderos de Él en el mundo. Sino ¿de qué somos testigos? Cristiano es el que cree en Jesús, cree en la Palabra de Dios, pero no solo cree, sino que lo experimenta, lo vive y como lo experimenta y lo vive, es testigo de lo que cree y vive, refleja con su vida lo que lee, cree y experimenta. Estos días de Pascua son días para volver a creer, para volver a experimentar que Jesús está vivo, y nos pide que, con nuestro testimonio, mostremos que esto es verdad. Si hubiera más testigos reales de que Jesús vive, ¡Qué distinto sería todo! ¿No?

Lucas 24, 13-35 – Miércoles de la Octava de Pascua

Lucas 24, 13-35 – Miércoles de la Octava de Pascua

 

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»

Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»

«¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»

Jesús les dijo: « ¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»

El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Comentario

¡Quedate con nosotros, porque ya esta tarde y el día se acaba! Quédate con nosotros, Señor. A esta frase le agregamos Señor, aunque ellos no lo sabían, le pedían que se queden con ellos, pero no lo sabían, que era el señor. Nosotros, ahora, ya conociéndote resucitado sabemos que sos el Señor. Sabemos que caminas a nuestro lado, desde siempre aunque no nos demos cuenta y por saber que sos el Señor te lo pedimos de otra manera… “¡Señor quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba!” Todo se está oscureciendo. Todo parece que se pone negro. Todo se vuelve tinieblas en un mundo sin vos, por eso los que creemos Señor hoy te decimos quédate con nosotros. Acompañanos hasta nuestra casa, acompañanos porque con vos todo es distinto. Con vos arde nuestro corazón, con vos todo se siente de otra manera.

Por eso, hoy Señor me animo a hacer una oración más que un comentario de Algo del Evangelio. Hoy me animo a pedirte en nombre de toda la humanidad: Quédate con nosotros porque a veces sentimos que no estás y por eso también te pedimos perdón porque sentimos que no estás y nos olvidamos de nuestra fe y ese sentimiento de soledad, de angustia, de tristeza, de pesadumbre, nos hace, a veces afirmar que no estás ¿Cómo somos capaces de decirte eso Señor, si vos estuviste y estás siempre y estarás siempre? Ahora me acuerdo de esas palabras que le dijiste a los discípulos “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo” y yo me olvido, me las olvido, me olvidé de semejante afirmación, me olvide porque pensé que la fe era un sentimiento y me olvidé de que la fe era también una certeza de aquellas cosas que no vemos y de esas palabras que vos dijiste y que permanecen para siempre, por eso “Señor a quien vamos a ir si tú tienes palabras de Vida eterna”. Nosotros en este momento de la humanidad, nos sentimos así caminando, cabizbajos, un poco tristes, quejándonos porque estamos mirando para abajo y nos olvidamos de que sos el Maestro y que siempre caminás con nosotros y que estás en la barca. Sos el dueño, sos el que maneja el timón, sos el capitán del barco, sacudido por las olas de este mundo que no se da cuenta de tu presencia y que por haberse olvidado de vos…se ve así, azotado por todos lados.

Pero nosotros, Señor, los que escuchamos la palabra de Dios, queremos decirte, desde el fondo del corazón: Quédate con nosotros entra en nuestro hogar porque ahí queremos sentarnos con vos y que bendigas el pan, que des gracias, que lo repartas y que podamos reconocerte, en ese gesto de amor. Y eso es lo que necesitamos en este tiempo de encierro, en este tiempo en el que no podemos salir, pero si estamos con nuestras familias y ahí es, donde partiendo el pan con ellos, compartiendo lo que tenemos, aun lo poco que tengamos, aun lo de siempre, lo que parece cotidiano, ahí podamos descubrirte. Que esta escena del Evangelio que acabamos de escuchar sea para nosotros un motivo de esperanza, un saber que siempre estás, y que siempre estarás con nosotros No permitas que perdamos la esperanza No permitas que nos quejemos. Queremos que vuelva a arder nuestro corazón porque sabemos que estas resucitado, sabemos que nos acompañás y nos acompañarás siempre. Gracias Jesús, gracias Jesús por caminar con nosotros.

Sábado Santo

Sábado Santo


Comentario al Sábado Santo

Hoy en éste sábado santo, no hay Evangelio, no hay Palabra de Dios para escuchar porque la Palabra se ha callado, la Palabra está muerta, en silencio, está a la espera. Nosotros también deberíamos seguir en silencio para aprender a escuchar lo que a veces no podemos escuchar. Eso nos propone la Iglesia en este día. Jesús está en el sepulcro. Estamos a la espera de la Resurrección, estamos en Vigilia esperando la Pascua.

Por eso la liturgia de la Iglesia permanece en silencio y no nos propone algo del Evangelio para meditar, para que podamos experimentar el vacío y así volvamos a escuchar con alegría el anuncio de la Resurrección. Todos sabemos y creemos que Jesús hoy está, está vivo, resucitado pero también sabemos y creemos que es necesario revivir ciertas cosas, para no olvidar lo que Él hizo por nosotros. Él murió, realmente murió,  permaneció en el sepulcro y al tercer día resucitó. Es por eso que intentamos vivir éste sábado santo de ésta manera, hasta la Vigilia Pascual en silencio.

Silencio fecundo, silencio de amor, silencio de los que quieren escuchar porque necesitan la voz del buen pastor que nos habla con su dulce voz al oído. Imaginando a Jesús en el sepulcro; imaginando a María quebrada, destrozada por el dolor por la muerte de su Hijo; reviviendo la angustia de las mujeres que amaban a Jesús y de golpe, se quedaron solas, intentando acompañar a los discípulos de Jesús. Sus amigos, que escaparon en el momento de dolor y estarían de alguna manera llenos de culpa sin comprender lo que estaba pasando cómo su amigo, aquel que hacía milagros, aquél que curaba a los enfermos, aquel que resucitó a Lázaro, no pudo librarse de la muerte, no pudo bajarse de la cruz y mostrar que era Dios.

Hay que rebuscársela en este día para que no sea un día más, sino que sea un día fecundo. Mientras muchísimos olvidan lo que pasó hoy, te recuerdo y me recuerdo, el para qué de este día. Los templos permanecen en silencio, las cruces tapadas, los altares despojados, las flores ausentes, la Virgen Dolorosa mirando a su Hijo, la Cruz puesta para ser adorada. Podemos rezar, escuchar el silencio, podemos volver a rezar un Vía Crucis, podemos volver a hacer cosas para no alejarnos del silencio.

Cuanto más silencio hagamos, más deseos tendremos de que llegue la Pascua, de que llegue la Vigilia. Si nunca fuiste a una vigilia no nos perdamos la oportunidad de esperar ésta vigilia con más ansias en el corazón. La Vigilia Pascual nos ayudará a experimentar lo que significó un mundo sin Jesús y lo que significa un mundo con Jesús, que es la luz que viene a iluminar las tinieblas con su resplandor porque él es la luz representada en el cirio pascual. Un mundo en silencio que empieza a escuchar la mejor música que puede escuchar el hombre, la Palabra de Dios. Que es como una sinfonía y que hay que aprender a escuchar.  Un mundo en pecado que es perdonado y redimido. Un mundo dividido que es congregado por Cristo en su espíritu, en un solo amor. Ojalá podamos vivir éste día y esperar con ansias la Vigilia Pascual, la resurrección del Señor que nos introducirá en la vida nueva, una vez más, una y otra vez. Hoy los católicos del mundo podemos renovar nuestro deseo de vivir como bautizados en cada Vigilia Pascual del mundo entero. Es la oportunidad para volver a ser fieles a su palabra, para volver a renovar nuestra alianza, para volver a poner nuestra confianza en aquel que nos dio la vida.