Book: Lucas

Solemnidad de Santa María Madre de Dios

Solemnidad de Santa María Madre de Dios

By administrador on 1 enero, 2021

Lucas 2, 16-21

Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.

Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.

Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor

Comentario

Empezamos un nuevo año; un nuevo año de la mano de Jesús, más de dos mil años desde que Jesús llegó al mundo para quedarse siempre entre nosotros. La historia de la humanidad no está ajena a lo que pasó hace más de dos mil años, aunque muchos no lo quieran reconocer, aunque a muchos no les importe o se olviden, Jesús está entre nosotros. estuvo junto a nosotros en el año que pasó y estará con nosotros en este año que empezamos juntos. Esa es la certeza de la fe, aunque no sepamos qué pasará, todo será distinto si estamos con Él, si nos dejamos amar por Él, si nos jugamos por Él.

En este año que comienza pedimos al Señor que nos bendiga y que nos proteja tomando lo de la primera lectura de hoy del libro de los Números; “Que el Señor te bendiga y te proteja, que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia, que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz”. Todos tenemos que pedir esto para nosotros, para nuestra familia, para la Iglesia, para el mundo entero; “Que el Señor nos muestre su rostro y nos conceda la paz”.

Esta es la oración de bendición que todos debemos desear para los otros, para los que no tienen paz, para los que la perdieron, para los que se les escapó de la mano la felicidad, por buscarse a sí mismos. Nosotros podemos pedirla para nosotros, para todos los que escuchan día a día la palabra de Dios, es lo mejor que podemos pedir.
Mientras tanto, pasan muchas cosas en nuestra vida y en la vida de la Iglesia, en la vida del mundo; mientras tanto el mundo sigue su curso como yendo hacia “quien sabe dónde”. Lo mismo le pasó a María en algo del evangelio de hoy: mientras ella había dado a luz a su hijo; los pastores iban a verla, los pastores contaban lo que escuchaban, igualmente fueron los magos de oriente. Y María mientras tanto qué hacía; dice la Palabra: “Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” Mientras tanto, mientras vivía el misterio más grande que podamos imaginar, conservar su virginidad y ser Madre de Dios, ella conservaba y meditaba, guardaba y reflexionaba todo en su corazón. Hay cosas que nos tocan vivir que no tenemos tiempo de “digerirlas” y por eso hay que guardarlas, hay que conservarlas para poder meditarlas después más tranquilos, para poder rumiarlas mientras el tiempo no puede detenerse, mientras nosotros no podemos detenernos, por una cosa o por la otra.

Esto le pasó también a María. Un embarazo milagroso, una familia sagrada, un hijo de su vientre que también era Dios. Pero además María vivió cosas muy difíciles. La incomprensión de lo que Dios le pedía, el intento de abandono de José, el tener que dar a luz en un lugar indigno, el tener que huir a Egipto al poco tiempo de haber nacido Jesús por miedo a que Herodes lo mate, el tener que volver a su tierra natal por caminos y situaciones difíciles, el vivir en un pueblo sencillo y pobre durante toda su vida, el haber sido víctima de los comentarios ajenos y tantas cosas más. Lo bueno y lo malo viene junto, así es la vida de María, de José y Jesús, así es nuestra vida.

Día VI de la octava de Navidad

Día VI de la octava de Navidad

By administrador on 30 diciembre, 2020

Lucas 2. 22. 36-40

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor.

Estaba también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

Palabra del Señor

Comentario

Seguramente muchos de los que escuchan estos audios ya empezaron sus vacaciones o están por empezarlas, por lo menos en Argentina, o bien están con sus trabajos, pero con un ritmo mucho más tranquilo. Es bueno que pensemos que las vacaciones, el descanso que nos merecemos todos, aunque no todos lo pueden lograr y eso es lo más triste, es una oportunidad muy linda para escuchar más, para escuchar de otra manera, para escuchar desde otro lugar, con otra actitud. No todos en este mundo tienen la posibilidad de cambiar de lugar, de conocer otros lugares, de tener vacaciones. Si tenés esa gracia agradécelo desde el fondo del alma, porque es un regalo de Dios. A veces basta con cambiar de ambiente para cambiar de actitud, a veces basta con ver un paisaje distinto para escuchar algo que nunca escuchaste, a veces basta con bajar la actividad para desacelerar la ansiedad y ver algo que no veías. Aprovechá esta oportunidad, sea que tengas o no tengas vacaciones, acordate que no hay vacaciones de escuchar, no hay vacaciones de desear estar con Aquel que nos ama. No hay vacaciones de Amor a Dios para un cristiano en serio. Es un gran error y no nos hace bien esas vacaciones donde parece que sufrimos una metamorfosis y somos otros, distintos a lo que somos generalmente. Ojalá que vivas unas vacaciones desde Dios y con Dios, pudiendo rezar mejor, pudiendo leer más, pudiendo disfrutar bien de tu familia. Y al mismo tiempo, recemos por los millones de personas que no tienen esa posibilidad, por las injusticias de este mundo que no sabe compartir. Seamos generosos en las vacaciones, no despilfarremos los bienes, ayudemos a alguien que lo necesita, no dejemos la caridad en otro lado.

En estos días, gracias a Dios que va obrando silenciosa y lentamente en muchos corazones, me han llegado muchos testimonios de personas, que no conozco, contándome lo que produjo en sus vidas el escuchar día a día lo que Dios nos va diciendo. Si vos querés hacerlo ayuda mucho a todos. Podés escribirnos en nuestra página www.algodelevangelio.org. No dejo de maravillarme de la fuerza que tiene la Palabra de Dios para animar, consolar, corregir, levantar, guiar, iluminar, instruir y tantas cosas más. A veces me dan ganas de que todo el mundo escuche la Palabra de Dios, de decirle a todos que no hay nada más enriquecedor, nada más gratificante, nada más cristiano que escuchar y meditar todos los días lo que Dios nos dice.

Por eso te propongo que, en estos días, te preguntes qué fue obrando Dios en tu vida desde que te propusiste escucharlo en serio. Alguien me contaba que se puso a escribir mes a mes, todo lo que fue viviendo en el año. Por ahí no te sale algo así, es difícil, pero sí algo parecido. Si todavía no hiciste este ejercicio de animarte a evaluar la acción de Dios en tu vida concreta, te propongo que en estos días puedas hacerlo, o bien en los primeros días de tus vacaciones, hacé una especie de examen espiritual de tu año, no un examen de conciencia para ver los pecados, sino algo más amplio. Algo así como una evaluación sobre cómo te fue en el año en tu relación con Dios, que, por supuesto no es algo abstracto, sino que tiene que ver con todo lo que hacés.

Esto no puede hacerse sin paciencia, algo de esto decíamos ayer. Esto no se puede hacer sin un corazón dispuesto a agradecer todo, incluso lo que pasó en el año que no pareció tan lindo, incluso eso que te gustaría guardar en el cajón y no sacarlo nunca más. Acordémonos que María supo “guardar todas las cosas en su corazón”, mientras el niño iba creciendo. En algo del evangelio de hoy, Ana, ya anciana supo esperar hasta el fin de su vida para ver a Jesús, para ver al niño. Ana lo pudo ver, seguramente después de pasar por mil situaciones difíciles y no tan lindas, su viudez y pobreza. Pero hay un detalle importante en el evangelio de hoy, dice que Ana: “Daba gracias a Dios y hablaba del niño” Que lindo sería que terminemos este año así, dando gracias y hablando del niño, haya pasado lo que haya pasado, hayamos sufrido lo que hayamos sufrido, habiéndonos salido lo que haya salido, habiéndonos equivocado o no, habiendo fracasado una o mil veces. Lo importante es saber que por la paciencia veremos al niño, en algún momento de nuestra vida, del día de hoy – no sabemos – veremos la ternura de Dios y tendremos que dar gracias y hablar de Él.

Si no damos gracias y no hablamos del niño que nació, quiere decir que la navidad no pasó por casa, quiere decir que la navidad fue un barniz, un poco de luces, fuegos artificiales, un poco de pan dulce, de turrones, de regalos, pero nada del niño, nada de amor, nada de acción de gracias. Que el Dios hecho niño te conceda poder verlo hoy y dar gracias con todo el corazón.

V día de la octava de Navidad

V día de la octava de Navidad

By administrador on 29 diciembre, 2020

Lucas 2, 22-35

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.»

Palabra del Señor

Comentario

Vuelvo a recordarte y recordarme que para que la Palabra de Dios de frutos verdaderos, en la vida de cada uno de nosotros, no basta solamente con escucharla, sorprenderse o admirarse, sino que es necesario recibirla, aceptarla y asimilarla para que como una semilla lentamente vaya creciendo y algún día produzca lo que Dios quiere que produzca. ¡Por eso una de las condiciones necesarias para que esto se dé o se vaya dando en nuestra vida es la paciencia, paciencia en todas sus dimensiones!! Paciencia para escuchar y no abandonar, paciencia para recibirla siempre con un corazón abierto, sabiendo que algo de bien dejará en mí; paciencia para aceptarla aún cuando haya días que no me guste mucho lo que dice; paciencia para saber esperar los frutos que puede ir dando en mi vida. Nada es mágico ni automático en la vida y en las cosas de Dios, todo requiere tiempo y dedicación, y lo que muchas veces escucho y no comprendo, puede ser que lo termine comprendiendo con los años por algo que me pasó.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña esto, aunque no de manera directa. Podríamos pensar que esto les pasó a María y a José. No comprendieron todo en cada instante de su vida, al contrario, les tocó muchas veces ir sorprendiéndose paso a paso y tener que abandonarse a lo que iban viviendo. Eso es algo que todos tenemos que aprender. A veces queremos saber todo antes de tiempo, a veces pretendemos tener todo resuelto para dar ciertos pasos en la vida, a veces nos enojamos porque las cosas no salen como quisiéramos y no nos damos cuenta que detrás de nuestras pretensiones hay Alguien que “la tiene más clara que nosotros”, hay Alguien que sabe mucho mejor que nosotros, hay Alguien que conoce todo y que nada se le escapa en su plan de salvación para cada uno. ¿Cuántas veces en tu vida pensaste que las cosas no irían bien y al final fue lo mejor? ¿Cuántas veces en tu vida rechazaste algo que te pasó, pero finalmente te diste cuenta que fue lo mejor que te podía haber pasado? La vida es así, hay que aprender a leer las cosas que nos van pasando y aprender a no rechazar las cosas que aparentemente parecen malas. En el evangelio, escuchábamos como José y María apenas recién nacido Jesús tuvieron que huir para evitar que lo maten. Trasladarse, mudarse, vivir un tiempo escondidos. Hoy a María, Simeón le anticipa que el niño será signo de contradicción. Sí, aunque no parezca muy lindo, la ternura y la maravilla de haber recibido a un niño por obra y gracia del Espíritu Santo, convive con la dificultad, con la persecución, con la maldad, en definitiva con la cruz. Así será la vida de Jesús, así también es nuestra vida y así tenemos que aprender a vivirla. La Navidad no excluye la cruz. El amor no excluye la dificultad. Lo lindo de la vida no excluye el dolor. La ternura del niño no excluye el esfuerzo por cuidarlo y hacerlo crecer.

Pensalo también en tu vida, en la de tu familia. Todo va junto, aunque no todo nos de lo mismo y nos guste. Pero hay acontecimientos que tenemos que empezar a agradecer aunque de primeras no parezcan muy agradables.

Ya se acerca el fin de un año y sería bueno que pensemos y agradezcamos todo. Incluso lo que no nos pareció voluntad de Dios. Si sabés agradecer vas a ver que algo bueno vas a encontrar.

Fiesta de la Sagrada Familia, Jesús, María y José

Fiesta de la Sagrada Familia, Jesús, María y José

By administrador on 27 diciembre, 2020

Lucas 2,22-40

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón primogénito será consagrado al Señor. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.»

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.

Palabra del Señor

Comentario

Dios Padre «no da puntada sin hilo», como se dice. Sabe tejer la historia y lo hace junto a la historia del hombre, para así poder crear el mejor telar. La historia de la humanidad es como un gran telar, tejido por nuestro buen Dios y visto desde abajo por los hombres. Desde abajo a veces la cosa no se ve tan linda. ¿Viste alguna vez un telar en su revés, del otro lado? No se llega a distinguir la hermosura real que tiene, porque solo el que teje ve lo que está logrando. Es por eso que a veces no terminamos de comprender las cosas que van pasando, que vamos viviendo. Es por eso que no nos parece lindo a veces lo que Dios hace o lo que Dios permite que pase, porque no somos los «tejedores», sino que somos observadores, y a veces no observamos bien. Es verdad que también participamos: nosotros somos los trazos, nosotros somos como sus hilos. Pero la gran verdad es que solo al final de la historia veremos y comprenderemos todo tal cual es. Es así, como se dice: «No da puntada sin hilo». Desde Abraham hasta la familia de Nazaret, desde la familia de Nazaret hasta nuestros días, él desea que el hombre sea familia, formando familias.

Eligió a Abraham y lo hizo, a pesar de su vejez, padre de una multitud, el primero de la gran familia del pueblo de Israel: «Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas. Y añadió: Así será tu descendencia». En medio de ese pueblo se formará la Sagrada Familia y en el corazón de esa pequeña y humilde familia nacerá, crecerá y vivirá Jesús, el «Dios con nosotros». Dios es familia, se hizo hombre en una familia y desea que vivamos en familia.

Jesús, como cualquiera de nosotros, creció, aprendió, se educó y obedeció, viviendo, como se dice, normalmente el día a día con sus padres durante 30 años. ¡Qué misterio, 30 años en silencio! A su vez, dejó su casa y sus padres para formar la gran familia de Dios que es la Iglesia. Ese es el deseo profundo de nuestro Padre, que toda la humanidad sea una gran familia. Hacia ese fin nos dirigimos, y mientras tanto tenemos que aprender a amarnos como lo que somos, hermanos. Hermanos unidos por un lazo más profundo que el de nuestra sangre, la Sangre del mismo Jesús, que murió y resucitó por nosotros para reunirnos en una misma casa-familia.

En la familia de Nazaret siempre se respiró el mismo aire, el aire puro de buscar hacer en todo momento la voluntad de Dios: «Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea». María y José no quisieron otra cosa para su hijo que no fuera la voluntad del Padre. Jesús no quiso otra cosa para su vida que no sea vivir unido a sus padres, honrándolos, pero para un día salir a cumplir su misión, hacer la voluntad de su Padre. «¿No sabían acaso que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?», les dijo en una oportunidad.

Si en la familia no está Jesús, si lo dejamos «olvidado en la caravana» de este mundo que cree vivir feliz sin Dios, si lo fuimos desplazando de nuestras conversaciones, si la Palabra de Dios fue reemplazada por las palabrerías de la televisión, de la radio, de la tecnología, si dejamos de bendecir la mesa, de enseñarle a nuestros hijos a rezar y tantas cosas más. Si pasa todo esto, ¿cómo podemos pretender que haya paz? Nuestras familias, tu familia necesita de Jesús. ¿Quién lo va a buscar y encontrarlo para llevarlo a donde corresponde? Me parece que nos toca a nosotros, a mí y a vos.

Que nuestras familias sean un pequeño reflejo de la familia de Nazaret, la Sagrada Familia, en donde los padres dejen que los hijos sean hijos, hijos de Dios, hijos de un mismo Padre, y que los ayuden a crecer en libertad y en amor; en donde los hijos honren a sus padres, pero siempre con la mirada puesta en el cielo; en donde entre hermanos se amen como nos ama Jesús y así aprendan a amar a todos los hombres como hermanos. ¡María y José, cuiden y protejan a nuestras familias! Jesús, enséñanos a vivir como viviste vos en tu familia. Enséñanos a vivir como viviste con María y José, como una verdadera familia.

Feria de Adviento – 23 de diciembre

Feria de Adviento – 23 de diciembre

By administrador on 23 diciembre, 2020

Lucas 1, 57-66

Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan.»

Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.»

Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan.»

Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.

Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.

Palabra del Señor

Comentario

Recuerdo que cuando era niño (supongo que entre los ocho y los diez años), mi madre y mi padre me enseñaban que el que me traería los regalos en la Nochebuena sería el niñito Jesús. Por supuesto que yo estaba tan convencido de que realmente era él, que me acuerdo que iba a esperarlo a la puerta con un vidrio que permitía ver para afuera, que había en mi casa, con ganas de encontrármelo, pensando que vendría como volando. Mientras tanto, no sé quién iba de mi familia y ponía los regalos en el árbol de Navidad para terminar de completar la ilusión. Pensándolo bien, pensándolo hoy como adulto, ¿era realmente un engaño?, ¿era una ilusión? ¿Me engañaban al decirme que era Jesús el que nos regalaba algo esa noche? Por supuesto que en parte sí, pero yendo a lo más profundo: ¿no es más realidad esto que el hecho de estar esperando a un hombre que no sé quién es o que han inventado, vestido de rojo, venido de no sé dónde y sobre unos renos que vuelan? ¿No será que nuestra fe es mucho más real que las tradiciones comerciales que nos han ido imponiendo?

Es verdad de fe que Jesús está en todos lados. Es mucho más verdad que él prometió quedarse con nosotros hasta el fin de los tiempos y es totalmente verdad que continuamente nos trae regalos para darnos una felicidad distinta y duradera. En realidad, en estos días no debemos esperar cosas, sino que lo esperamos a él. Él es el regalo, y la irrealidad o fantasía de que hay otro que nos trae regalos no hace más que opacar la verdadera realidad. Por eso, disculpá que insista, sé que soy medio pesado con este tema. Sé que esto no tiene mucho «rating» para mis audios, porque incluso en nuestra propia Iglesia uno se puede llegar a encontrar con pesebres vivientes y Papá Noel al mismo tiempo, con sacerdotes, padres, catequistas que les enseñan a los niños que el 24 a la noche viene Papá Noel. Lo sé, pero bueno, no importa. Yo prefiero enseñar lo que es realmente la Navidad.

¿Qué nos pasó a los católicos que sin darnos cuenta abandonamos lo más nuestro? ¿No será que perdimos algo de nuestra fe, nuestras raíces más profundas? La fe debería envolver toda nuestra vida, toda nuestra cultura, nuestro modo de pensar, de sentir, de enseñar, de celebrar, de descansar, de disfrutar. Fe y vida son una misma cosa para el que cree. La fe nos ayuda a vivir de un modo diferente y la vida cambia cuando se cree en Jesús. Fe y vida es la síntesis a la que debemos aspirar para ser cristianos en serio y no cristianos privados, cristianos «de salón» –como decía el Papa Francisco–, cristianos que nos privamos de lo más nuestro, cristianos que escondemos la fe, que nos avergonzamos de decir que la Navidad es de Jesús (solo de él); pero que también es para todos, si entendemos lo que estamos haciendo, lo que estamos celebrando. Sería bueno que nos encarguemos de no callar esto en estos días.

En Algo del Evangelio de hoy Zacarías recupera el habla que había perdido por haber dudado del anuncio del Ángel, de que sería el padre de Juan el Bautista. Cuando no creemos, cuando no confiamos en las promesas que nos hace Dios, cuando no confiamos en que Jesús es el dueño y centro de la historia, de nuestras vidas, somos apresados por el silencio; pero no porque dejamos de hablar, literalmente, sino porque en realidad no hablamos o hablamos mal de Dios. Hablamos de otras cosas, perdemos la capacidad de hablar bien de nuestro buen Dios, que es Padre. Dios pasa a ser una idea. Jesús no es alguien a quien amamos, sino que es una doctrina, un buen hombre que nos habla de amor, incluso puede ser una gran moral, una cosa abstracta a la que decimos que seguimos. ¿En qué andamos nosotros hoy concretamente, antes de llegar la Nochebuena? ¿De qué vamos a hablar hoy a los demás? ¿Y en la Nochebuena? ¿Andamos como Zacarías, mudos por dudar, y nos transformamos en cristianos que no pueden alabar a Dios, o sea que no pueden reconocer que Dios es Dios y nosotros solo unas pequeñas creaturas amadas por él?

Zacarías recuperó el habla no para decir sonseras, para cantar sonseras, para pedir cosas para él o para enojarse por no haber podido hablar tanto tiempo. «Recuperó el habla y comenzó a alabar», así dice el evangelio. Empezó a darle a Dios lo que le correspondía, o sea, todo su amor, su alabanza.

Solo podremos alabar a Dios de corazón en estos días si reconocemos lo que él hizo en nosotros y por nosotros. Se hizo niño, se hizo bebé, para que aprendamos a abrazarlo sin condiciones, sin peros, aceptando su amor silencioso pero eficaz, aunque todos anden gritando y corriendo. Si no reconocemos eso, en esta Navidad andaremos mudos de lo importante y llenos de palabras vacías.

Que Jesús nos conceda lo que más necesitamos para poder alabar en serio, para poder gritar sin miedo y vergüenza lo que Dios hizo por nosotros. Vayamos al pesebre, guiados por la luz de Jesús. Acerquémonos en estos días a un pesebre a disfrutar del silencio de un Dios que se hizo niño por vos y por mí, por todos.

Feria de Adviento – 22 de diciembre

Feria de Adviento – 22 de diciembre

By administrador on 22 diciembre, 2020

Lucas 1, 46-56

María dijo entonces:

«Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.»

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué difícil es abstraerse de los «vientos» del materialismo que nos golpean por todos lados, nos rodea por todos lados, especialmente en estas fechas! Viene de todos los puntos cardinales; ya no se puede decir que solo es del norte, para los que vivimos en el sur, o del occidente, para los que viven en oriente. Por todos lados hay carteles de todo lo que podemos comprar. Todo el mundo ofrece su «mercancía», sus descuentos, sus propuestas, sus promociones, y podríamos decir que está bien. Como dice el dicho: «De algo hay que vivir». Pero también es bueno aprender a discernir un poco. No podemos vivir así nomás, a merced de lo que nos ofrece. No podemos decir que «es lo que hay», «el mundo es así, hay que adaptarse al mundo en el que vivimos», «todos lo hacen, ¿qué tiene de malo?». Son todas frases que nos instalan en la comodidad, en la facilidad de no pensar, de no distinguir, de ser uno más del montón, de no ser cristianos al modo de Jesús, que estuvo en el mundo, pero no fue del mundo.

No le dio su corazón al mundo, le dio su corazón para amarlo y cambiarlo. Así les dijo Jesús a sus discípulos: «Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia». Por eso, «no hagamos las cosas por hacer», «no compremos por comprar». Pensemos y recemos qué estilo de Navidad queremos vivir en familia. La cuestión es bastante lineal. Cuanto más nos acerquemos a un pesebre, más nos daremos cuenta que la sencillez y austeridad debería ser lo que nos caracterice como cristianos, y más en esta fiesta. Cuanto más contemplemos al niño Dios en el pesebre, más nos daremos cuenta que el mejor regalo que podemos dar y recibir en estos días es el mismísimo Dios.

Ayer terminábamos rezando a la Virgen y en Algo del evangelio de hoy empezamos rezando con las mismas palabras que salieron de los labios de la Madre de Jesús. Palabras que brotaron de un corazón desbordante de alegría, porque la alegría es así, se derrama y empapa todo a su alrededor. Palabras que surgieron de un corazón colmado de felicidad, de humildad y sencillez; de un alma generosa y entregada, que se sabía amada por Dios. Son palabras que no solo nos muestran el alma de María, sino que también nos ayudan a decirle a Dios Padre cosas lindas, lo que vale la pena decirle. No hay mejor manera de dirigirse a Dios que utilizar las mismas palabras que él le inspiró a María. No hay manera de equivocarse.

Todo lo que dijo María es de Dios y nos hablan bien de Dios, nos enseñan cómo es Dios y, en definitiva, es lo que necesitamos por estos días. Porque qué sentido tiene en estos días, qué sentido tiene la Navidad si no es para enamorarnos más de Dios. Que amándonos tanto fue capaz de enviarnos a su Hijo al mundo por amor, haciéndose un niño como nosotros.

Todo este tiempo de Adviento fuimos intentando despertar en nosotros el verdadero deseo de Dios; queríamos despertar la esperanza, el deseo de recibirlo. Sin este deseo, sin estas ganas de esperar algo de Dios, sin este deseo profundo, nada de lo que podamos festejar el 24 a la noche o el 25 tendrá sentido o colmará nuestro corazón. Escuché un relato que contaba que una vez en la Catedral de Milán, en Italia, en las paredes de afuera de la Iglesia, apareció una inscripción que decía: «Dios es la respuesta», casi como una confesión de fe pública. Pero al poco tiempo, apareció otra frase un poco más abajo, como preguntándole y desafiando a la primera: «Sí, pero ¿cuál era la pregunta?» Interesante la réplica.

Eso quiere decir que si no hay pregunta, si no hay deseo, Dios nunca será para nosotros la respuesta que necesitamos. Si no hay verdadero deseo de Dios, si no hay deseo de recibirlo, no puede haber Navidad que llene el alma de nadie; al contrario, todo será un vacío mayor. Por más regalos que nos hagan o que te hagas, por más regalos que hagamos, por más comida que comamos, por más fuegos artificiales que tiremos, si no hay deseo de Dios, Dios no se presentará. No porque no quiera, sino porque ni nos daremos cuenta. Jesús no aparecerá en nuestras vidas, no nos sorprenderá.

Por eso, hoy te propongo y me propongo que nos preguntemos algo: ¿Qué venimos deseando en estos días? ¿Qué estoy esperando? Pero preguntémonos con sinceridad. No podemos mentirnos a nosotros mismos. ¿Qué clase de Navidad preparamos en nuestros hogares y qué tipo de esperanzas y deseos despertamos en nuestros niños? ¿En qué claudicamos como cristianos que al final nuestros hijos, y porqué no nosotros, lo único que esperan es un regalo material, que incluso ellos mismos pidieron por consejo nuestro? ¿No era que los regalos son regalos y lo lindo que tienen es que son una sorpresa? ¿En qué convertimos nuestra Navidad, que a muchos nos estresa el corazón y nos exprime el bolsillo tener que regalar algo a media familia, incluso a veces casi por obligación, tapando sin querer el anhelo de esperar algo mucho más grande y profundo, al mismísimo Dios?

No es pesimismo, en serio. Trato de ser realista y escuchar en el evangelio el modo de ser de un Dios totalmente diferente al que nosotros festejamos. ¿Será que Jesús se alegra de que festejemos su llegada despilfarrando tanto dinero? Sera bueno que cada uno responda estas preguntas, que podemos hacernos hoy. ¿Dios es la respuesta a nuestra vida o ni siquiera es una pregunta?

Feria de Adviento – 21 de diciembre

Feria de Adviento – 21 de diciembre

By administrador on 21 diciembre, 2020

Lucas 1, 39-45

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá.

Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:

«¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.»

Palabra del Señor

Comentario

Hoy te hago una propuesta, algo así como un ejercicio que nos ayude a profundizar este evangelio de hoy, aunque al principio te parezca que no tiene nada que ver. Van algunas preguntas: ¿Quiénes son las personas más importantes de tu vida? Pensalo unos segundos. Pueden ser varias, pero pensá en ellas y, si tenés un poco de tiempo, escribí en un papel sus nombres. Pero no pienses en las que fueron importantes alguna vez. No es un ejercicio para caer en la tristeza, sino pensá en las que están hoy presentes. Después de tener claro quiénes son, pensá y, si querés, anotá: ¿Qué les regalarías en esta Navidad con tus ingresos habituales, con el dinero que realmente tenés y podés gastar? Ahora, sigue otra pregunta: ¿Qué les regalarías si te ganas la lotería y tenés todo el dinero del mundo, si no tenés restricciones para elegir? Si podés, anotá ese superregalo que le harías para que te deleites un poco soñando, por lo menos. Y la última es un poco más fuerte: ¿Qué les regalarías si te dicen que será la última Navidad que los veas, la última Navidad que pasen juntos? Me imagino cómo cambió tu cara, y espero que haya cambiado tu estilo de regalo en el que estés pensando.

Ahora… ¿vale la pena que le regales algo material si será la última Navidad juntos? Hagamos este ejercicio; es lindo, es interesante para que reflexionemos. No sé qué estarás pensando. Creo que no quiere decir que no nos regalemos nada en estos días, pero sí me parece que quiere decir que pensemos un poco en lo que hacemos. ¿Para qué regalamos y qué regalamos cuando regalamos?

Mientras en estos días en la mayor parte de los lugares del mundo la gente corre para ver qué va a comprar, se desvive pensando qué le vendrá bien al otro para regalarle. Mientras tanto, no olvidemos que hay miles de personas que realmente necesitan un regalo que no «cuesta dinero», que es gratis, pero cuesta mucho más en realidad; cuesta mucho corazón, porque cuesta amor. Hay millones de personas, entre las que estamos también vos y yo, que lo que necesitan en definitiva no es algo material, sino que necesitan amor, presencias.

En estos días vamos a celebrar la fiesta del mayor regalo que pudo haber recibido este mundo, la fiesta del «Dios con nosotros». La historia de la salvación nos enseña que llegó un momento en el que Dios ya no quiso enviar mensajeros, no quiso enviar más profetas, un anuncio traído por otro. Ni siquiera regalos materiales, ni mucho menos. Quiso venir él mismo. Quiso hacerse hombre para que nos demos cuenta que lo que vale finalmente en la vida es su «presencia» y todo lo que ella trae, y no tanto lo que llevamos en las manos. ¿Podremos entenderlo de una vez por todas en esta Navidad? ¿Podremos transmitir esto a nuestros hijos, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros grupos, en nuestros ambientes? ¡Qué difícil que es, qué complicado es desterrar todo lo que nos invadió en estas últimas décadas! Nos robaron todo, hasta el nombre de la Navidad (le pusieron «las fiestas»). Nos robaron a Jesús y lo reemplazaron por ya sabes quién. Nos robaron la Misa a la medianoche y la reemplazaron por un brindis vacío, muchas veces de contenido. Mejor dicho… ¿nos robaron o nos la dejamos robar? ¿Qué nos pasó a los cristianos?

En estos días especialmente, hay personas que más que regalos necesitan «presencias»; presencias no virtuales, sino presencias que traigan amor y no cosas. El amor no es una cosa, y la prueba está que en momentos límites de la vida lo único que nos interesa, si tenemos un poco de corazón, es amar y ser amados. Como hizo María en Algo del evangelio de hoy. Caminó, se dice, 120 km para visitar a su prima que necesitaba de su presencia y de la de Jesús, aunque todavía no había nacido. Porque cuando salimos de nosotros mismos, para ir a estar con otros y no llevamos nada en las manos, reluce lo mejor que podemos llevar: a Jesús en el corazón, al amor. Si María hubiese llevado algo en sus manos, difícilmente se hubiese percibido la presencia de Jesús en su vientre. María va con las manos vacías,pero con el corazón lleno de Jesús.

Cuantas más cosas llevamos en las manos, cuantas más cosas materiales pensamos que tenemos que dar para demostrar el amor, en el fondo lo que estamos haciendo es «opacar» el amor. El amor es gratuito, no se compra ni se vende; se da y se recibe gratuitamente. El amor lo llevamos en nosotros, no en las cosas. Cuando lo único que llevamos en nosotros son «cosas en las manos y la billetera con dinero», el que nos recibe espera lo de nuestras manos, lo distraemos de lo esencial. En cambio, cuando no solo llevamos «cosas en las manos» y las «cosas en las manos» que podemos llevar son solo una excusa para acercarnos, sino que además llevamos corazón, llevamos amor y amor de Jesús. La persona no solo recibe cosas, sino que recibe lo mejor que puede recibir y lo mejor que podemos darle: a Jesús. Eso hizo María. Le llevó el mejor regalo que podía llevarle a su prima y a Juan Bautista: a Jesús.

Terminemos hoy rezando juntos, como nos salga, pidiendo lo esencial a nuestra Madre y Madre del Amor. «María, rogá por nosotros que a veces nos confundimos y queremos regalar solo “cosas” sin darnos a nosotros mismos. María, rogá por nosotros para que nos demos cuenta que siempre puede ser nuestra última Navidad y los demás no quieren cosas de nuestras manos, sino nuestro amor. María, rogá por los que están abandonados y nadie les regala su presencia, nadie les regala amor, para que algún Hijo de Dios tenga compasión y se acerque a él».

IV Domingo de Adviento

IV Domingo de Adviento

By administrador on 20 diciembre, 2020

Lucas 1, 26-38

En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El Ángel entró en su casa y la saludó diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.»

Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.

Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?»

El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.» Y el Ángel se alejó.

Palabra del Señor

Comentario

Llegamos al cuarto domingo de este tiempo de Adviento, en el que venimos paso a paso intentando llegar a la Navidad con un corazón un poco más dispuesto, un poco más grande, un poco más deseoso de Jesús; con más esperanza, con ansias de recibir al niño Jesús en brazos y alegrarnos con la inmensa bondad de este Dios, tan bueno y misericordioso, que tenemos. Porque al fin de cuentas, todo lo que hacemos no es para «demostrarle» a Dios todo lo bueno que somos o todo lo buenos que podemos ser; sino al contrario, es un darnos cuenta todo lo amoroso que fue, es y será con nosotros, con todos los hombres.

Cada año que pasa se anuncia lo mismo, cada año que pasa se nos propone lo mismo, cada domingo que pasa se nos propone lo mismo: reconocer, aceptar y alegrarnos con la bondad del Señor, que nació, vivió, murió y resucitó por nosotros. Podrás pensar que todo esto es repetitivo, que todo se puede tornar un poco rutinario. Puede ser, puede ser, si lo miramos y analizamos con ojos superficiales o calculistas. Pero, en realidad, es lindo reconocer y aceptar que buscar revivir el amor de Dios en el corazón jamás puede parecernos lo mismo, jamás puede resultarnos tedioso si lo amamos realmente. Como tampoco lo es con un amor humano, si es verdaderamente un amor profundo. Ningún encuentro es igual al otro para aquel que ama y se siente amado. Así es como quiere encontrarnos Jesús en esta Navidad tan cercana, deseosos de que no sea una más, una igual a las otras, algo «así nomás»; sino un día en el que podamos decir: «¡Qué lindo que es creer, tener fe. Qué lindo que es ser cristiano, creer en Jesús y dejarse amar por él».

Por eso, es momento de estar en silencio, como María, esperando el anuncio, escuchando y aceptando las palabras del Ángel –el mensajero de Dios–, que trae la mejor noticia que jamás el hombre pudo imaginar. Es momento de aceptar la Noche Buena con oídos y corazón atento a lo que Jesús nos quiere manifestar en estos días. Algo nos querrá decir, a todos.

Hay que estar atentos porque las promesas de Dios superan todo lo imaginable, porque «no hay nada imposible para Dios». Él es capaz de realizar lo que nuestra razón no puede comprender. Él es capaz de amarnos como nadie lo puede hacer. Él es capaz de levantarnos de esta tristeza, de esa depresión que nos invadió. Él es capaz de ayudarnos a perdonar y abrazar a esa persona que la bronca y el rencor me alejó haciendo que parezca algo para siempre. «Tu promesa supera tu fama», dice el salmo. Siempre Dios supera con sus sorpresas lo que podemos imaginar. Como le pasó a María, que ofreció su virginidad al Señor. Y así fue. Dios le permitió seguir siendo virgen y al mismo tiempo ser la Madre de Dios. Cuando Dios promete algo, lo cumple, y al cumplirlo sorprende al hombre porque le da más de lo que imagina. Dios se da así mismo. Dios ya no quiere intermediarios, quiere presentarse él mismo para que el hombre conozca el misterio de amor guardado desde toda la eternidad en su corazón. Dios ama al hombre y por eso quiso hacerse hombre. Dios quiere que podamos amarlo para que podamos ser verdaderamente hombres.

«No hay nada imposible para Dios». No es imposible que vivas una Navidad en serio. No es imposible que nos tomemos unas horas para contemplar el pesebre en estos días. No es imposible que nos reconciliemos con el que estamos enojados. No es imposible que nos acordemos de algún pobre que la está pasando mal. No es imposible. El Ángel le anunció a María lo que parecía imposible, María creyó y se alegró.

Creamos que es posible que Jesús esté entre nosotros, pero que además quiere venir continuamente a nuestro corazón. Creamos que podemos dar un paso de conversión y ser cristianos más comprometidos. Creamos que todo es posible para aquel que cree.

Pidamos a María, lo necesitamos. Ella es la que esperó, escuchó y creyó. Que ella nos ayude a realizar esas «cosas» que para nosotros parecen imposibles.

Feria de Adviento – 19 de diciembre

Feria de Adviento – 19 de diciembre

By administrador on 19 diciembre, 2020

Lucas 1, 5-25

En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, de la clase sacerdotal de Abías. Su mujer, llamada Isabel, era descendiente de Aarón. Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril; y los dos eran de edad avanzada.

Un día en que su clase estaba de turno y Zacarías ejercía la función sacerdotal delante de Dios, le tocó en suerte, según la costumbre litúrgica, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la asamblea del pueblo permanecía afuera, en oración, mientras se ofrecía el incienso.

Entonces se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías quedó desconcertado y tuvo miedo. Pero el Ángel le dijo: «No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan. El será para ti un motivo de gozo y de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque será grande a los ojos del Señor. No beberá vino ni bebida alcohólica; estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre, y hará que muchos israelitas vuelvan al Señor, su Dios. Precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos y atraer a los rebeldes a la sabiduría de los justos, preparando así al Señor un Pueblo bien dispuesto.»

Pero Zacarías dijo al Ángel: «¿Cómo puedo estar seguro de esto? Porque yo soy anciano y mi esposa es de edad avanzada.»

El Ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena noticia. Te quedarás mudo, sin poder hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su debido tiempo.»

Mientras tanto, el pueblo estaba esperando a Zacarías, extrañado de que permaneciera tanto tiempo en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y todos comprendieron que había tenido alguna visión en el Santuario. El se expresaba por señas, porque se había quedado mudo.

Al cumplirse el tiempo de su servicio en el Templo, regresó a su casa. Poco después, su esposa Isabel concibió un hijo y permaneció oculta durante cinco meses. Ella pensaba: «Esto es lo que el Señor ha hecho por mí, cuando decidió librarme de lo que me avergonzaba ante los hombres.»

Palabra del Señor

Comentario

En esta última semana hacia el nacimiento de nuestro Dios, un Dios bastante particular, un Dios que se hizo niño, se hizo bebé, el «Dios con nosotros», el que vino a tener una experiencia de amor con cada uno de nosotros; podemos preguntarnos: ¿Dónde se encuentra un Dios así? Es poco lo que se puede decir hoy de Algo del evangelio porque es bastante largo, queda más lugar para la Palabra que para lo que se pueda decir. Por eso, prefiero solo animarte y animarme, para que también yo me lo pregunte porque lo necesito, a continuar en estos días con esta actitud de RECIBIR, con una actitud receptiva. Ya lo dijimos: no tanto hacer, sino la actitud de recibir al niño. Esta es la mejor forma de continuar en estos días, no hacer mucho más que esto.

En realidad, creo que estos días de a poquito debemos ir callándonos, apagando un poco las radios, las televisiones, los celulares, las computadoras. Dejar un poco de tanto ruido para poder hacer silencio. Solo en el silencio podremos comprender algo más de la Navidad. No el silencio que proviene de la duda y desconfianza hacia Dios, como le pasó a Zacarías, que calló porque en el fondo dudo o no pudo hablar más, hasta el nacimiento de Juan, sino todo contrario: el silencio maduro, el silencio que proviene de la fe, el que surge de considerar que todo lo que podamos decir a veces está demás; que todo lo que intentemos agregar lo que hace muchas veces es «empañar» todo, oscurecer el misterio. Ante el misterio es mejor callar. Cuánta palabrería a veces, incluso dentro de la Iglesia, en las misas, en los momentos donde deberíamos callar. Cuánta palabrería a veces frente al Santísimo, cuando ante lo sagrado lo mejor es postrarse y callarse.

Intentemos hacer todo esto. Intentemos en estos días proponernos en serio frenar un poco, dejar de correr, o bien antes de correr, antes de empezar el día o al terminarlo, ir acercándonos a un pesebre, al de una parroquia o al de tu casa. ¿Te acordaste de armar el pesebre? Espero que sí. Dios está con nosotros, aunque nosotros a veces «no estemos con él». Dios está en todos lados, aunque nosotros no nos demos cuenta. Dios se manifiesta en donde quiere, aunque nosotros intentemos que se manifieste en donde nosotros queremos.

Una vez rezando un responso, el hijo del difunto, muy agradecido por haber rezado junto a ellos, al final se me acercó para contarme que «ahora creía en Dios, que ahora creía en la Vida eterna». ¿Sabés en dónde se le manifestó Dios? ¿Qué fue lo que hizo que empiece a creer así, de golpe, digamos? ¿Sabés qué fue? La mirada de su padre antes de morir; la mirada intensa, llena de amor de su padre al despedirse, al entregar su vida, o sea, creyó ante la muerte. Me dijo: «Padre, cuando mi papá me miró así, con ese amor tan intenso, yo me dije: “Existe algo después de esta vida. Dios tiene que existir si hay tanto amor”».

¡Qué maravilla! ¡Cuánto me enseñó! Teología pura en una experiencia concreta y real. Increíble, pero en realidad muy creíble para los que creemos en que Dios es amor, y donde hay amor, ahí está Dios. Este hombre llegó a percibirlo en su papá, en su última mirada. ¿Dónde pretendemos, a veces, nosotros encontrar a Dios? No pretendamos encontrarlo en cosas extrañas. En donde menos nos imaginamos, a veces en lo más «normal» de la vida, en lo más cotidiano, ahí está. ¿Quién se hubiese imaginado que Dios se haría un niño indefenso y débil en brazos de una madre pobre y sencilla y humilde, con un papá también entregado, justo y generoso? Preparemos el corazón para saber recibirlo en estos días, de la forma que él quiera.

III Miércoles de Adviento

III Miércoles de Adviento

By administrador on 16 diciembre, 2020

Lucas 7, 19-23

Juan el Bautista, llamando a dos de sus discípulos, los envió a decir al Señor: « ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?»

Cuando se presentaron ante Jesús, le dijeron: «Juan el Bautista nos envía a preguntarte: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”»

En esa ocasión, Jesús curó mucha gente de sus enfermedades, de sus dolencias y de los malos espíritus, y devolvió la vista a muchos ciegos. Entonces respondió a los enviados:

«Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados y los sordos oyen, los muertos resucitan, la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!»

Palabra del Señor

Comentario

La esperanza a la que estamos llamados, la que nos da firmeza en el día a día para seguir adelante, para luchar con lo que nos cuesta y nos pesa en el corazón, es la que de alguna manera nos mantiene «alertas y atentos» para, finalmente, dejarnos sorprender. Vuelvo a decirme y decirte: Si no estamos atentos, difícilmente nos sorprenderemos. Atentos a las pequeñeces de Dios, a las que nos regala día a día. Si estamos «atados» a las cosas, si estamos aferrados a nuestros pensamientos, si estamos esperando solo nuestros proyectos, si esperamos solo nuestros «caprichos», las sorpresas de Dios, las verdaderas, jamás nos sorprenderán –valga la redundancia–.

¿Te imaginás a Jesús mirándonos ahora, en este momento, deseando que nos dejemos sorprender, que nos dejemos de una vez por todas abrazar por él, por su amor? ¿Te imaginás a Jesús deseando que tantos miles y miles de hombres y mujeres de este mundo nos demos cuenta de su presencia entre nosotros? ¿Te imaginás a Jesús escuchándonos a todos al mismo tiempo mientras nosotros escuchamos hoy su Palabra? ¿Cuántos miles somos que leemos y escuchamos la Palabra cada día? Solo él lo sabe. Pero como decíamos en el evangelio de ayer, no todos los que dicen que sí hacen la voluntad del Padre. No basta con la palabra, sino que hay que hacer algo. ¿Te imaginás qué pasaría si todos los que escuchamos la Palabra cada día nos decidiéramos a hacer el bien olvidándonos cada día un poco más de nosotros, sabiendo que –si nos olvidamos de nosotros– nos encontramos con nuestra verdadera identidad? ¿Te imaginás qué pasaría si en vez de andar corriendo en estas fechas para comprar cosas, ayudáramos a alguien que no tiene techo, que no come cada día? ¿Te imaginás si este mundo incoherente en vez de gastar dinero en pirotecnia para festejar en lo que no cree la destinara a ayudar a los que realmente la pasan mal? ¿Te imaginás si nosotros mismos no despilfarráramos tanto dinero en cosas que no dan nada? ¿Te imaginás si todos los cristianos en sus hogares, en vez de esperar al llamado Papa Noel, nos dedicáramos a esperar a Jesús, como nos enseñaron cuando éramos niños?

Sé que estoy haciendo demasiadas preguntas y que no siempre son las que necesitás o necesitás. Por ahí es solo cosa mía. Sé que no tiene mucho marketing a veces ir contra la corriente de lo que se piensa. Pero la verdad es que muchas cosas de nuestra fe son a contracorriente inevitablemente. Nos guste o no. Pienso a veces si Jesús no estará sorprendido de nuestra falta de fe, de un mundo con tantos cristianos pero que por momentos es tan injusto, tan desigual, con tantas diferencias. De hecho, él mismo se lo preguntó: «Cuando vuelva a la tierra, ¿encontraré fe?»

Sé también que son miles y miles los que hacen el bien cada día y que se la juegan por Jesús en el silencio. Eso es lo lindo, eso da esperanza también. Eso sorprende. Nunca dejemos de querer sorprendernos. Nunca dejemos que el pesimismo nos venza, nos liquide el corazón. Es difícil muchas veces creer en el Jesús verdadero, en el de los evangelios. Hoy volvemos a escuchar la duda de Juan el Bautista: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?» ¿Cómo es el Dios hecho hombre en el que creemos?

Tener fe es una maravilla, es un don, es alegría. Pero también es una tarea, es lucha, es a veces incomprensión, es purificación y –porqué no– incluso desilusión de tantas cosas. Juan esperaba una cosa y se encontró con otra. Por ahí a nosotros alguna vez nos pasó lo mismo, en la Iglesia, en nuestro grupo de oración, en nuestro movimiento, en nuestra parroquia, en nuestra familia, en nuestra comunidad. ¿Cuántas personas dejan una comunidad cristiana cuando conocen a las personas que la forman? Y uno se pregunta: ¿Qué esperaban encontrar? ¿Perfección? Uno se desilusiona cuando espera encontrar algo que en realidad no existe. Es real, hay que ser realistas. Los que formamos la Iglesia somos muy humanos, «demasiados humanos». Aunque te parezca raro, es necesario desilusionarse un poco para crecer en la fe. Para después darnos cuenta, como Juan el Bautista, de que el verdadero Jesús no es el que por ahí conocimos al principio o nos imaginamos.

Solo si hacemos este camino de purificación, después viene la sorpresa, viene la fe más pura y sincera. La fe que se aferra no de ilusiones o de ideas preconcebidas o mal enseñadas, sino la fe del Jesús del evangelio, del Jesús silencioso en la Eucaristía, del Jesús escondido en el pobre sufriente, del Jesús real. No el triunfante, no el Jesús de los «miles de seguidores» o del Jesús de los «me gusta», sino el Jesús que eligió nacer escondido y sin publicidad, del Jesús que le escapa al aplauso, del Jesús que prefiere el silencio antes que el ruido, del Jesús que regala amor y no cosas.

¿Cuál Jesús querés esperar en esta Navidad? ¿Cuál Jesús le estás enseñando a esperar a nuestros hijos en esta Navidad? Mirá que si enseñamos a esperar cosas que no existen, a la larga viene la desilusión y no siempre hay fuerzas o ganas para salir de ahí. Jesús es real, está vivo. Y es mucho mejor esperarlo a él.