Book: Lucas

XXIII Miércoles durante el año

XXIII Miércoles durante el año

By administrador on 9 septiembre, 2020

Lucas 6, 20-26

Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: «¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!

¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados!

¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!

¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!

¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo. De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!

Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!

¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!

¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!»

Palabra del Señor

Comentario

Corregir por amor y dejarse corregir nos sitúa en el lugar correcto, en el lugar que debemos estar, en el lugar que nuestro Padre del cielo quiere y desea para cada uno de nosotros. En la hermandad, en la gran hermandad de los hijos de Dios, que por ser hermanos y ser hijos de un mismo Padre, nos debemos considerar como iguales, como capaces de hacer muchas cosas buenas; pero también capaces de equivocarnos. Y por eso podemos rectificar siempre el camino si un hermano se acerca con humildad a corregirme. La gran condición de la corrección fraterna, tanto para ser recibida como para darla, es la humildad; el reconocimiento de nuestra pobreza, tanto a veces material como espiritual, de nuestra necesidad de recibir el amor, de no creernos autosuficientes. Solo el que es humilde puede corregir y solo el que es humilde puede dejarse corregir.

Las palabras de Algo del Evangelio de hoy, en la montaña, en el famoso sermón de la montaña, se vuelven, por un lado, palabras de alegría, de invitación a una felicidad verdadera; esa felicidad que viene de lo alto, no la que nos promete este mundo, sino la que él nos regala. Jesús al expresar las bienaventuranzas nos hace una descripción de su rostro y, describiéndonos su rostro, nos describe su corazón. Nos abre el corazón, como si nos dijera: «Miren. Este es mi corazón, así soy yo, aquí estoy yo».

Las bienaventuranzas no son nuevos mandamientos, son promesas de Dios Padre. No son para cumplirlas, sino para vivirlas, encarnarlas. Porque Dios nos promete una felicidad siguiendo el camino que él nos señala, siguiéndolo a él, viviendo como él. No imaginemos que son más mandamientos, más peso, cosas imposibles de hacer, sino que son un don que se nos da desde el corazón desbordante de amor de Jesús, que nos invita a vivir esto; dándonos, al mismo tiempo, la fuerza para hacerlo. Por eso somos felices cuando creemos en las promesas de nuestro buen hermano Jesús. Eso ya nos pone en el camino de una felicidad distinta.

Vamos a ser más felices si le creemos más a él que a las promesas que nos hacen de todos lados haciéndonos «creer» que por tener mucho y ser reconocidos seremos felices.

Seremos felices, bienaventurados, si creemos más en Jesús que en nuestros deseos humanos de felicidad –aunque sean legítimos–. Seremos felices si confiamos en que todo esto es verdad. ¿Qué es verdad? Que la pobreza espiritual nos hace vivir ya en la tierra algo de la felicidad que tendremos algún día en el cielo y que no tendrá fin. Porque vive el Reino de Dios aquel que se siente y vive como hijo, como el hijo. «No pretendiendo grandezas que superan su capacidad, sino el que acalla y modera sus deseos como un niño en brazos de su madre» como dice el Salmo. El pobre de espíritu es el que acalla y modera sus deseos, a veces muy pretenciosos; el que no pretende abarcarlo todo; el que vive el día a día como si fuera un regalo, porque lo es, y por eso cuida la vida, su propia vida y la vida de los demás amando; el que no está angustiado por el futuro, por cómo va a hacer para resolver esto o lo otro, porque está tranquilo en Dios. Por eso, hoy seremos más felices si no nos angustiamos de más, por lo que viene mañana, sino que entregamos todo a nuestro Padre sabiendo que vendrá algo mejor.

Hoy vamos a tener un poquito más de felicidad si creemos que, aunque tengamos un poco de hambre de amor, de afecto, de cosas que realmente necesitamos, confiamos en que vamos a ser saciados y que solo nuestro Padre nos saciará.

Hoy vamos a ser un poco más felices si, aunque estemos llorando por alguna situación, por alguna angustia, por una muerte, por una ausencia, por una falta de trabajo, por falta de salud, por peleas en nuestras familias, por frustraciones diarias; seremos felices si confiamos en que el consuelo verdadero nos vendrá de él, si nos acercamos a él, si nos arrodillamos ante él, si le dedicamos más tiempo a nuestro buen Dios, si nos entregamos a los demás haciendo algo por ellos.

Hoy vamos a ser un poco más felices si, aunque nos burlen en nuestra casa, en el trabajo, en la universidad, nos damos cuenta de que no hay nada más lindo que sufrir algo por amor de Dios, por ser discípulo de Jesús, uniendo nuestro sufrimiento al de él. Porque esa unión da una felicidad que solo puede explicar aquel que tiene fe, aquel que sabe sufrir a causa del Reino de los Cielos.

Y ¡ay de nosotros! si hoy vivimos como si no necesitáramos nada; llenos de todo, pero en realidad llenos de nada. ¡Ay de nosotros! si pensamos que comprar algunas cosas va a saciar nuestra hambre de felicidad. Y ¡ay de nosotros! los que creemos en Jesús y vivimos de la risa y no nos damos cuenta del llanto y del sufrimiento de los que más nos necesitan, de los que tenemos alrededor. Podemos reír, sí, está bien, pero no podemos olvidarnos de los que sufren y de los que lloran.

¡Ay de nosotros! los que creemos en Jesús, en un Dios crucificado y resucitado por amor y nos dejamos llevar por los elogios y aplausos de un mundo que busca el éxito a toda costa, el placer por encima de todo y la riqueza como medida de la grandeza.

Que hoy Jesús nos libre de todo esto, pero, fundamentalmente, nos abra las puertas a la felicidad, a su promesa de felicidad eterna, que empieza acá en la tierra, y que depende de nosotros, depende de vos y de mí. Que hoy podamos vivirla, en este día.

Que las palabras del corazón de Jesús, de estas bienaventuranzas, nos ayuden a vivir un día en paz y que podamos encontrar la felicidad que él nos promete.

XXIII Lunes durante el año

XXIII Lunes durante el año

By administrador on 7 septiembre, 2020

Lucas 6, 6-11

Un sábado, entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si curaba en sábado, porque querían encontrar algo de qué acusarlo. Pero Jesús, conociendo sus intenciones, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: «Levántate y quédate de pie delante de todos.» El se levantó y permaneció de pie.

Luego les dijo: «Yo les pregunto: ¿Está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?» Y dirigiendo una mirada a todos, dijo al hombre: «Extiende tu mano.» El la extendió y su mano quedó curada.

Pero ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podían hacer contra Jesús.

Palabra del Señor

Comentario

No es fácil corregirnos entre nosotros. No es fácil porque en realidad sin darnos cuenta, en el fondo, nos creemos distintos, o a veces inferiores o superiores, a los demás. Con lo cual esa primera condición de la corrección fraterna que nos planteaba Jesús en el evangelio de ayer, domingo, se complica bastante. Porque lo primero que debemos sentir en el corazón y aceptar también de los otros y para con nosotros es que somos hermanos. Por eso que Jesús dice: «Si tu hermano peca…si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo en privado». Vamos a intentar esta semana seguir profundizando este tema de la corrección fraterna que, cada vez, se utiliza menos en las comunidades de fe, pero es una de las condiciones necesarias- diría yo- para vivir una vida de fe comprometida al estilo de Jesús, como él la quiere, sintiéndonos hermanos y haciéndonos cargo, de algún modo, de los que Dios pone en nuestro camino.

Te propongo hoy, en este lunes, fijar la mirada en Jesús. Fijemos hoy nuestra mirada en él. Contemplemos al Jesús de Algo del Evangelio de hoy. Él hace el bien sin importarle la opinión ni la oposición ajena y los demás se mueren de bronca al verlo hacer el bien. Toda una locura. Algo que parece extraño, pero es lo que pasó. Es lo que pasa también y sigue pasando y seguirá pasando.

El bien muchas veces en nuestra vida encuentra oposición, incluso ante personas que dicen querer hacer el bien –personas religiosas en este caso, como las de la escena que escuchamos recién–, que dicen amar a Dios. «Jesús se la pasó haciendo el bien», dice el libro de Hechos de los Apóstoles. No se detuvo ante los que le ponían «piedras en el camino».

Él hace el bien queriendo enseñar porqué lo hace y no lo entienden. Pero finalmente lo hace igual, no le importa. Eso es algo lindo de esta escena tan fuerte y tan decidora de la palabra de Dios. «El que quiera entender que entienda», como lo dice Jesús.

Él tiene en su corazón el coraje para hacer el bien. Ese coraje, esa audacia que necesitamos todos para animarnos en lugares donde incluso el bien parece que no alcanza. Para animarnos a hacer lo que debemos hacer. En esos lugares donde parece que incluso hacer el bien no satisface a los demás, no conforma nunca. O esas personas que nunca se conforman con nada, aunque entregues toda tu vida. Y podrías pensar ¿cómo puede pasar esto?, ¿es posible que pase esto? ¿Cómo es posible que a veces ni siquiera hacer el bien alcance a satisfacer a algunos corazones ambiciosos de ya no sé qué? ¿Cómo es posible que el hombre pueda cerrarse tanto a la bondad de un hombre que amó tanto? Bueno, si eso le pasó a Jesús, cómo no nos pasará a nosotros. Pensá en tu vida cuántas veces te entregaste completamente y eso no alcanzó.

¡Qué tristeza la de Jesús! Qué tristeza debe haber sentido y sigue sintiendo cuando se choca de algún modo contra un ser humano que, muchas veces, no se conforma ni siquiera con el bien, ¡no se conforma con nada!

Entonces creo que hoy podemos aprender esto de nuestro Maestro: la decisión, la audacia, el coraje para hacer el bien. Cuando tenemos claro que lo tenemos que hacer, utilizando medios buenos- por supuesto-. No dudemos en nuestro trabajo, no dudemos en nuestra casa, en la calle, en el viaje, en hacer el bien y hacerlo bien. Cuando tengamos la posibilidad de hacerlo, tenemos que hacerlo, aunque a alrededor se nos mueran de risa, de bronca, de celos, de enojos. Aunque incluso los que dicen ser buenos nos critican –como los fariseos, se enfurezcan-. Dejalos que se enfurezcan. Nosotros sigamos haciendo el bien y alegrándonos con eso. «Si ladran, Sancho, es señal que cabalgamos», decía el Don Quijote.

Y lo segundo que te propongo y me propongo es para pensar. Es la actitud increíble de estos hombres, de los fariseos. Parece mentira, pero es verdad. ¿Es posible tanta cerrazón incluso cuando alguien ve un milagro con sus propios ojos? Sí, es posible, es posible que haya personas que en vez de disfrutar el bien ajeno, estén preocupados por algo que no ven y deducen sin saber. La verdad que hay personas así. Incluso personas que se dicen muy religiosas (consagrados, sacerdotes, laicos, miembros de la Iglesia), que cuando ven algo bueno o cuando ven que alguien hace algo bueno, en vez de disfrutarlo, buscan algo que criticar, buscan algo para acusar. Buscan- como se dice- la quinta pata al gato. No pueden disfrutar de las cosas buenas de los demás. Están siempre encontrando todo lo malo en el mundo, en la Iglesia, desde el Papa para abajo; en la Parroquia, con su sacerdote, con su comunidad. Nadie se salva.

¿Por qué a veces no disfrutamos de las cosas buenas ajenas? ¿Por qué a veces nos da bronca lo bueno de los otros? Preguntémonos si a veces no nos pasa lo mismo. Hay gente que es amarga a veces- parece que por naturaleza-, que no disfruta del bien, porque en el fondo tiene envidia. La envidia no nos deja disfrutar de la bondad que nos rodea, incluso fuera de la Iglesia. ¿Por qué a veces nos creemos que somos los únicos que podemos hacer el bien y lo hacemos mejor que los otros?

Hay mucho fariseísmo en este mundo, mucha hipocresía. También hay que reconocerlo, con dolor, dentro de nuestra amada Iglesia y en todos los corazones de los que creen que tienen la medida de las cosas y cómo se deben hacer.

Jesús con su audacia, superando toda dificultad, y con su libertad nos ayude en esta actitud que debemos apropiarnos. ¿Cómo hacerlo? Hagamos hoy y durante la semana el ejercicio de felicitar-¿por qué no?- o rezar o alegrarnos con el bien que podamos descubrir a nuestro alrededor, con las cosas buenas que hacen e hicieron los demás. Acordémonos que hay muchas cosas buenas fuera de nuestro corazón, de nuestro grupo, de nuestra parroquia, de nuestro movimiento.

Memoria de Madre Teresa de Calcuta

Memoria de Madre Teresa de Calcuta

By administrador on 5 septiembre, 2020

Lucas 6, 1-5

Un sábado, en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas entre las manos, las comían.

Algunos fariseos les dijeron: «¿Por qué ustedes hacen lo que no está permitido en sábado?»

Jesús les respondió: «¿Ni siquiera han leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios y, tomando los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y dio de comer a sus compañeros?»

Después les dijo: «El Hijo del hombre es dueño del sábado.»

Palabra del Señor

Comentario

Cuando concebimos la vida cristiana como un camino para ir conociendo plenamente a Jesús como nuestro salvador, como hombre de Dios, todo Dios y todo hombre. Cuando vamos despegándonos de esa vida de fe que por ahí sin querer nos han inculcado y, a veces, a nosotros nos cayó cómoda, al pensar que es cumplir unas normas de ser moralmente bueno; o incluso saber muchas cosas, saber mucha doctrina, saber de las cosas que enseña la Iglesia- cosa que es importante, por supuesto-, pero vamos saliendo de ese esquema que a veces nos hace rígidos, tanto para un lado, como para el otro. Porque la rigidez no es solamente el moralismo o ser doctrinario, sino también a veces algunos con muchas luces y con muchos deseos de libertad, de progresar, terminan cayendo en lo mismo porque al final hacen su propia ley. Bueno, cuando salimos de ese esquema de fe vivido así y vamos descubriendo que a Jesús hay que conocerlo. Y a lo que nos invita él es a eso, a conocerlo. «Padre que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo, que tengan vida eterna» dice Jesús. No estaba diciendo que hagamos esto o lo otro solamente, sino que conozcamos al Padre. Y enamorándonos de tanto amor que nos tiene, de a poquito nos vamos haciendo verdaderamente cristianos. Cristo habita en nosotros y nos va transformando desde adentro. Y no solamente somos buenos y cumplimos una ley y la vivimos, y no solamente sabemos de la fe, sino que gozamos de ser cristianos. Es un gozo. Nos levantamos cada día llenos de alegría por ser hijos de Dios y devolvemos amor con amor.

Con respecto a Algo del Evangelio de hoy es lindo ver cuando Jesús aprovecha incluso situaciones muy difíciles -como estas controversias con los fariseos-, situaciones donde lo juzgan o juzgan a sus amigos, a sus discípulos, para enseñarnos, para que aprendamos a tener una mirada diferente de la vida; para que aprendamos a mirar en lo profundo de las cosas, en lo esencial; para que nos demos cuenta de que la ley suprema que está escrita en nuestro corazón, dada por él- por nuestro Padre-, es la ley, en definitiva, del amor. Y todo debe regirse por eso.

Y es por eso que san Pablo llega a decir en una de sus cartas: «Amar es cumplir la ley entera». Debemos aprender que el amor es finalmente la medida de todas las cosas y el cumplimiento de la ley, de todas las leyes y normas que podamos tener como Iglesia, como personas religiosas. No estamos hablando de leyes civiles, ese sería otro tema. Porque cuando no descubrimos que la ley de Dios es la ley del amor y que eso está por encima de todas las leyes – que incluso la propia Iglesia ha ido forjando a lo largo de la historia-, o que estas están al servicio del amor, es cuando perdemos el rumbo y absolutizamos las leyes, las pequeñas normas que tenemos; y que regulan la vida de la comunidad de la Iglesia en las comunidades, en la liturgia, en la catequesis, en la predicación, en todo lo que tiene que ver con la vida de aquellos que creen. Cuando nos olvidamos que esas normas están para regular y para enseñarnos a amar, hacemos justamente de esas normas leyes absolutas y nos olvidamos del objetivo final al que nos quieren orientar, que es siempre el amor: la entrega cotidiana y sincera hacia los demás.

Por eso el amor siempre tiene que ser la guía. Y entonces nos deberíamos preguntar qué es el amor, el bien del otro en definitiva. El amor es buscar siempre el bien de los demás. Cuando olvidamos ese principio fundamental, nos pasa así. Como les pasaba a los fariseos que eran capaces incluso de no hacer el bien en un sábado, porque la ley decía que en sábado no había que hacer esto o lo otro y no había que hacer ciertas cosas.

Jesús nos quiere llevar justamente a un nuevo enfoque en el cumplimiento de la ley. ¿No será que el pueblo judío se había puesto muchas leyes y se había olvidado del amor? Incluso Jesús en un momento lo dice: «Ustedes se olvidan del mandamiento de Dios por llenarse de costumbres, de tradiciones humanas». ¿No será que nosotros también en la Iglesia a veces nos llenamos de normas, de reglas y requisitos para un montón de cosas que no están mal, pero las usamos mal y nos olvidamos a veces del amor? ¿No será que tenemos que aprender a aplicar las leyes y las normas a situaciones concretas, viendo siempre a las personas, comprendiendo sus condiciones particulares de las personas que el Señor pone en nuestro camino? Porque ese es nuestro problema. Las leyes universales las aplicamos a situaciones concretas a veces olvidándonos de la particularidad del sujeto que las tiene que observar.

Y eso también nos pasa a nosotros cuando nos juzgamos, cuando no nos perdonamos ante situaciones que vivimos, porque había que hacer tal o cual cosa y no la pudimos hacer. Y somos muy duros con nosotros, personalmente – digo – y no comprendemos que ciertas circunstancias nos llevaron a veces a caer en lo que caímos, valga la redundancia. Ciertas circunstancias no nos permitieron hacer lo que deberíamos haber hecho y entonces hay que perdonar y mirar para adelante.

Esta nueva visión, de la que estoy hablando, no anula la ley. Ese sería otro error, como les pasa a algunos, no quieren leyes. Por eso el otro peligro siempre es caer en rechazar tanto las normas, de habernos cansado tanto de que se usen mal; pensando incluso que parece que no sirven, que las despreciamos. Entonces caemos en el otro extremo del fariseísmo, que sería «mi propia norma», la norma de mi capricho, la norma de que finalmente es un desorden y hago lo que me parezca a cada momento. Y eso tampoco conduce siempre al amor. El amor tiene que ver y tiene que ser el que regule todas mis actitudes, mis sentimientos, mis pensamientos.
Bueno, Dios quiera que estas palabras de Jesús nos ayuden a ver que la ley está hecha para el hombre y no el hombre para la ley. Nosotros tenemos que ser libres, ir aprendiendo la libertad de los hijos de Dios siempre. Descubrir día a día, en cada circunstancia concreta de la vida, qué es lo mejor que podemos hacer. Eso implica siempre un esfuerzo, implica oración, silencio, autoconocimiento e interiorización, para poder descubrir qué es lo que Dios Padre nos pide en cada circunstancia particular de nuestra existencia.

XXII Viernes durante el año

XXII Viernes durante el año

By administrador on 4 septiembre, 2020

Lucas 5, 33-39

En aquel tiempo, los escribas y los fariseos dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y hacen oración, lo mismo que los discípulos de los fariseos; en cambio, los tuyos comen y beben.»

Jesús les contestó: «¿Ustedes pretenden hacer ayunar a los amigos del esposo mientras él está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado; entonces tendrán que ayunar.»

Les hizo además esta comparación: «Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo para remendar uno viejo, porque se romperá el nuevo, y el pedazo sacado a este no quedará bien en el vestido viejo. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque hará reventar los odres; entonces el vino se derramará y los odres ya no servirán más. ¡A vino nuevo, odres nuevos! Nadie, después de haber gustado el vino viejo, quiere vino nuevo, porque dice: El añejo es mejor.»

Palabra del Señor

Comentario

¿Qué habrá sentido Pedro después de escuchar esas palabras tan duras de Jesús: «! Aléjate de mí, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios»?¿Qué le habrá pasado por el corazón? ¿Qué habrá dicho? ¿Qué habrá pensado? ¿Se habrá acercado Jesús después para preguntarle porqué había sido tan duro? Yo creo que sí. Yo creo que Jesús, después de reprenderlo, le habrá explicado que lo que había hecho, aunque había sido con buena intención, no era algo de Dios. Esto es algo que nosotros pocas veces nos planteamos. A veces creemos que bastan las buenas intenciones para hacer el bien. Sin embargo, en el camino del cristiano, en el camino de la santidad, de esa montaña que debemos trepar lentamente para llegar a la cima, para estar cada día más cerca de la voluntad del Padre, para estar cada día más cerca de su amor, no bastan las buenas intenciones, sino que además nuestra intención tiene que estar en consonancia con el deseo de Dios. A veces, por más que tengamos buena intención, no es momento de decir ciertas cosas, de hacer ciertas cosas, sino que también tenemos que aprender a discernir los momentos adecuados para hacer el bien y, también, a quién le hacemos el bien y cómo lo hacemos. Bueno, una serie de cuestiones que pocas veces tenemos en cuenta. Por eso, como siempre, Pedro termina siendo para nosotros un espejo, una ayuda para poder también discernir cómo actuamos y cómo obramos. Siempre tenemos que preguntarnos si nuestros pensamientos también serán los de Dios.

Tomando Algo del Evangelio de hoy podríamos preguntarnos: ¿Qué valor y qué sentido tiene para nosotros hoy –los cristianos– privarnos de algo que en sí mismo es bueno y útil para nuestro sustento, para nuestra vida, como lo es el alimento? ¿Por qué deberíamos hacer algo así? ¿Por qué el ayuno todavía no debe pasar de moda?

Jesús dice que cuando él les sea quitado –o sea, que cuando él ya no esté más en este mundo, entre nosotros, físicamente–, los discípulos tendrán que ayunar; y podríamos decir que en esa etapa estamos nosotros hoy. Los discípulos, después de la partida de Jesús también aprendieron a ayunar. Por eso, Jesús habla directamente de que el ayuno tenemos que hacerlo y que es bueno hacerlo, porque él también lo hizo.

La misma Sagrada Escritura y toda la tradición de la Iglesia a lo largo de tantos siglos nos muestran que la práctica del ayuno es de gran ayuda para muchas cosas, entre ellas, para luchar contra el pecado, contra las tentaciones, contra lo que nos induce al pecado, con nuestras propias debilidades; para fortalecer la voluntad; para aprender a renunciar a algo que es necesario, pero pensando en algo más grande.

Jesús en el Nuevo Testamento nos da una razón también profunda del ayuno. Porque esto es lo que tenemos que encontrar, la razón profunda. ¿Por qué es bueno ayunar? Dice él: «¡A vino nuevo, odres nuevos!» No podemos entonces hacer algo nuevo, un ayuno enseñado por Jesús, con el mismo corazón de antes, con un corazón del Antiguo Testamento, con un corazón que solamente piensa en cumplir una norma.

“Odre” es el recipiente- acordate- en donde se guarda el vino, se guardaba en esa época. Bueno, a vino nuevo –a esta nueva noticia que trae Jesús, que nos vino a dar– hay que encontrar una nueva manera de guardarlo, un nuevo corazón. Porque si el vino nuevo se ponía en odres viejos, reventaban, porque el cuero ya estaba duro.

Por eso, hoy Jesús nos enseña que el verdadero ayuno consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre que ve en lo secreto y nos recompensa y no estar haciendo las cosas para que los demás nos vean. El ayuno está orientado a que nos alimentemos del verdadero alimento que es hacer la voluntad de Dios. Por eso, la finalidad del verdadero ayuno es alimentarnos del verdadero alimento, es entrenarnos en esa tarea tan difícil. Incluso hay un santo que decía algo muy interesante, que creo que nos puede ayudar. Decía así: «El ayuno es el alma de la oración y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien reza, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica a aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oídos a quien no cierra los suyos al que suplica». ¡Qué buenas palabras!

El ayuno entonces está orientado hacia la caridad, hacia el amor, la misericordia; orientado a que tengamos la voluntad dispuesta para estar pensando más en los demás, para no estar encerrados en nosotros mismos.

Sé que en nuestros días el ayuno parece ser una práctica que perdió su valor espiritual. Por eso, «a vino nuevo, odres nuevos», corazón nuevo. Corazón que sea capaz de ensancharse, no rígido. No es cuestión de hacer algo por hacerlo. Lo extraño es que incluso fuera del ámbito de la Iglesia el ayuno es bastante reconocido, valorado por médicos, por muchas personas que dicen que el ayuno les hizo bien, incluso para cosas terapéuticas, para un bienestar material, del cuerpo. Para los que creemos en Jesús, en primer lugar, a pesar de todo esto que puede ayudar, el ayuno es conformarnos con la voluntad de Dios.

La práctica del ayuno nos ayuda a unificar nuestro cuerpo y nuestra alma; a poder refrenar, reorientar nuestras tendencias y pasiones que a veces se desordenan, para un bien más grande que es el amor a Dios y el amor a los demás. Y al mismo tiempo, ayunar nos ayuda a tomar conciencia del mal en que viven muchos de nuestros hermanos: la falta de alimentos. San Juan dice en su Primera Carta: «Si alguno posee bienes en el mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?»

Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar un estilo de caridad, de buen samaritano, inclinándonos y preocupándonos por nuestros hermanos.

Que estas palabras de hoy nos ayuden a poder de algún modo ayunar, con alguna comida (con la cantidad, con la calidad), con algo que nos gusta demasiado. Cada uno tiene que buscar qué cosas puede ofrecer a Dios con un «corazón nuevo», por amor a Dios y a los que menos tienen.

Memoria de San Gregorio Magno

Memoria de San Gregorio Magno

By administrador on 3 septiembre, 2020

Lucas 5, 1-11

En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Navega mar adentro, y echen las redes.»

Simón le respondió: «Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes.» Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.

Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador.» El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón.

Pero Jesús dijo a Simón: «No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres.»

Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor

Comentario

¿Qué habrá sentido Pedro después de escuchar de labios de Jesús: «¡Apártate de mí, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres»? ¿Qué habrá sentido ese Pedro que inmediatamente antes había experimentado el ser nombrado como «piedra de la Iglesia», había experimentado la felicidad de haber sido depositario de semejante misión, de haber experimentado la inspiración de decir quién era Jesús? ¡Qué paradoja! Así es a veces nuestro corazón. Podemos pasar de estar inspirados por el buen Espíritu, de decir cosas que no sabemos de dónde salen – sino que vienen simplemente de Dios-, a poder ser instrumentos del maligno, ser como Satanás con muy buenas intenciones. Pedro había tenido buena intención, había querido salvar a Jesús del sacrificio, de la muerte, del dolor. Sin embargo, la Palabra del domingo misteriosamente nos enseña que no alcanza con tener buenas intenciones para hacer el bien, para hacer la voluntad de Dios; que el bien hay que hacerlo en consonancia con los pensamientos de Dios. Por eso Pedro se transformó en obstáculo y por eso también nosotros con muy buenas intenciones, a veces, creyendo que hacemos el bien, podemos hacer un mal. Podemos ser obstáculo para la voluntad de Dios en nuestra vida y en la vida de los demás. Todo un camino de discernimiento. Siempre tenemos que pensar: « ¿Esto que estoy pensando, sintiendo, viene de Dios?, ¿me conduce a cumplir su voluntad? » ¿Esto que quiero hacer interferirá en la voluntad de Dios por más que yo crea que sea bueno?»

Bueno, Algo del Evangelio de hoy creo que es uno de esos días para contemplar, más que para hablar mucho, con todo el corazón. Por eso te digo esto: Hacé el intento de imaginarte esta escena maravillosa del evangelio, donde también Pedro es protagonista. Tratá de meterte como si estuvieras ahí, para enamorarte de un Jesús que sorprende, que nos descoloca, que llama, que se mete en la barca de Pedro- de nuestro corazón-, que enseña, que perdona, que calma, que invita a la confianza, que convierte a un simple pescador bastante cabeza dura y pecador- como vos y yo- en un «pescador de hombres», en un hombre que cambió después la historia de miles de personas.

Es uno de esos días en los que me gustaría callar un poco, no decir mucho. Por eso simplemente remarcaré algunas pinceladas de lo que ya dice la palabra de Dios para que también puedas hacer tu propio camino.

Jesús se mete en la barca de Pedro. Se mete en nuestra vida, en nuestro lugar de trabajo, en nuestra familia, en donde estamos, como se metió-¿no?- en la mía y en la tuya, como quiere seguir metiéndose en nuestro corazón si estamos escuchando. Nos pide que le demos un lugar, que le abramos el corazón, que le dejemos lugar para que él esté ahí, para que él la conduzca, para que no nos creamos los dueños de nuestra vida.

Jesús invita a Pedro a confiar en su Palabra. Nos invita a creer, a abandonarnos, en lo que él nos dice, a no creer tanto en nosotros mismos, a confiar más en lo que él nos enseña; confiar en nuestras capacidades, sí, pero confiando más en que los verdaderos frutos vendrán cuando sepamos obedecerle a él, siguiendo su estilo, su modo de amar. Acordate: no alcanza con tener buenas intenciones.

Pedro confía, le responde: «Si tú lo dices», y a partir de ahí todo se transforma y pasa lo inexplicable: se llenan las dos barcas de peces. Su vida se llena de otras cosas que no tenía en cuenta. Lo mismo pasó con la tuya y con la mía, se llenaron de un montón de cosas de Dios, porque él nos va regalando corazones, personas. Nos da oportunidades para amar y para ensanchar nuestra vida, para abrir nuestros horizontes.

Pedro, como nosotros, descubre la grandeza, se maravilla. Y por eso, ante esa grandeza de tanto amor, se arroja a los pies de Jesús. No solo porque se sintió un miserable, un pecador, sino porque ante algo tan grande se descubrió poca cosa. Vos y yo también somos pecadores como Pedro, hay que reconocerlo. Somos débiles pero no significa que no somos nada, ya somos algo para él. Somos en realidad sus hermanos menores, muy chiquitos ante Dios, pero somos amados. Solo vemos lo poco que somos cuando descubrimos lo grande que es Dios, lo grande que es Jesús, y no podemos reconocer quién es él si no nos damos cuenta que nosotros, primero, somos pequeños. No miserables, pero pequeños.

Y, por último, Jesús le dijo a Pedro: «No temas, no tengas miedo por ser pecador». Ya sé, eso no es ninguna novedad, no hace falta castigarte. Él sabe, Jesús sabe, que somos pecadores. Él conoce todo, conoce nuestro corazón y no le importa tanto eso, porque él transforma lo que parece que no sirve para nada, lo que es descartable, y termina convirtiéndolo en algo grande.

El mundo hace todo lo contrario. Fabrica pecadores, los promueve, pero después los desprecia, los descarta, no los perdona. Sin embargo, nuestro buen Jesús recibe a los pecadores, a vos y a mí, los abraza, los perdona y los convierte en «pescadores de hombres», en personas capaces de amar mucho más.

Ojalá que hoy nos sintamos con ese deseo de abrazar a Jesús, de tirarnos a sus pies, de reconocernos pequeños, pequeñas, y caer en la cuenta principalmente de la grandeza de Jesús, de todo lo que él hizo y hace por nosotros en nuestra vida cada día.

XXII Miércoles durante el año

XXII Miércoles durante el año

By administrador on 2 septiembre, 2020

Lucas 4, 38-44

Al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella. Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.

Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. De muchos salían demonios, gritando: «¡Tú eres el Hijo de Dios!» Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.

Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo: «También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado.» Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.

Palabra del Señor

Comentario

«Dios no lo permita, eso no va a suceder» le dijo Pedro a Jesús el domingo, cuando se dio cuenta que su amigo iba a ser entregado y que iba a morir, cuando escuchó que su amigo iba a sufrir. Esa frase tan conocida por nosotros y que muchas veces sale de nuestros labios y de nuestro corazón cuando queremos que no pase lo que no deseamos, obviamente. No queremos sufrir ni queremos que los demás sufran. No deseamos que… en el fondo, ¿sabés qué nos pasa? No nos gusta que Dios permita el sufrimiento. Por eso, gritamos y decimos que «Dios no permita esto, por favor». Ese es uno de los grandes misterios que tenemos que seguir profundizando día a día, a lo largo de nuestra vida, el porqué Dios permite el mal o para qué lo permite. Para qué permite que pasen las cosas que pasan, que nos pasen esas cosas que rechaza nuestro corazón, como le pasó a Pedro. Sin embargo, la respuesta de Jesús es ya un camino a seguir: «Sos para mí un obstáculo. ¡Retírate de mí, ve detrás de mí, Satanás!» Los pensamientos que no son de Dios. Esos pensamientos que quieren evitar la entrega, en el fondo quieren evitar el amor; por eso no son de Dios. Pero continuemos con lo de hoy.

La palabra de Dios se transforma en consuelo del corazón, consuelo que llega a veces de manera inesperada, que cae en el alma como gota de lluvia torrencial y, de golpe, hace ruido, moja todo. Moja como un baldazo de agua que refresca la vida y el corazón. Pero otras veces la palabra de Dios va consolando como gota de agua que se filtra por el techo- como en una gotera-, lenta y silenciosamente, y va mojando de a poco, casi imperceptiblemente, pero cuando te das cuenta estás todo «empapado de Jesús». Sea como sea, siempre hay que escuchar teniendo esta certeza: «Todo lo que escucho me hará bien, tarde o temprano. Aunque al principio no parezca, aunque no perciba los frutos, aunque no entienda mucho». Repetite esto a vos mismo, creé en lo que decís y vas a ver que todo es distinto. Vas a ver que tarde o temprano, si perseveras, tu vida va cambiando al ritmo de lo que Dios quiere. No busquemos cosas «maravillosas». Las cosas grandes empiezan en el silencio y en la constancia del día a día. No se cambia el mundo a los gritos, ni a los «ponchazos», ni a los golpes. Se cambia la vida, vamos siendo santos, gracias a la gracia -valga la redundancia- que va actuando así, como Dios quiere y en el tiempo que él quiere.

La misma vida de Jesús es un ejemplo de lo que te estoy intentando decir. La vida de Jesús es modelo para nosotros en todas sus dimensiones. Esto nunca podemos olvidarlo. No solo en cuanto a su bondad, en cuanto a lo moral, sino en cuanto al modo como él «encaró» las cosas, lo que eligió, lo que no eligió, cómo vivió, qué tipo de vida prefirió vivir. Jesús eligió ser un hombre y vivir como hombre. No fue un superhombre, un Dios, que se hizo «pasar» por hombre para que nos creamos que era hombre. No, todo eso son desviaciones o herejías de nuestra fe. Jesús fue Dios con todas las letras y hombre con todas las letras. Es Dios hecho hombre y justamente ahí radica el misterio y lo más propio de nuestra fe en él.

Acabamos de escuchar en Algo del evangelio casi como un resumen de un día de Jesús en ese tiempo. Un día de Jesús en plena vida pública, en plena «fama» -diríamos- y, al mismo tiempo, en pleno momento de preparación para su muerte: yendo a Jerusalén, a su entrega. Jesús hace todo en un día, de todo, pero hace todo bien y en la medida justa. Algo que nosotros tenemos que aprender. Un sabio sacerdote me dijo una vez: «Nadie hace más cosas que el que hace una cosa por vez». Te estarás riendo porque, en este mundo en el que vivimos, tenemos la gran «posibilidad» y «peligrosidad» de hacer varias cosas al mismo tiempo. De hecho, seguro que ahora mientras estás escuchando, al mismo tiempo estás desayunando, manejando, viajando o arreglando tu habitación o mirando otras cosas o pensando el día que empieza o que termina. Son pocos los que están haciendo una cosa por vez. Sin embargo, Jesús, mientras estuvo con nosotros en la Tierra siendo Dios, hizo una cosa por vez. Esto nos enseña el evangelio de hoy. ¡Qué extraño!, ¿no? « ¡Qué Dios tan poco eficiente! » diría alguien. Diría un activista del mundo de hoy. Mirá todo lo que hizo en un día, pero todo en su momento y lugar.

Salió de predicar en la sinagoga, curó a la suegra de Pedro, después curó a muchos enfermos, expulsó e increpó a los demonios. Se fue a dormir cuando tenía que dormir, se levantó temprano y se fue a un lugar solo. Se retiró cuando se tenía que retirar. No se dejó retener y se fue a otra ciudad cuando consideró que tenía que hacerlo. Se retiró para orar, para discernir. Jesús fue dueño siempre de sí mismo para el bien de todos, aunque ni siquiera él mismo llegó a todos los de su tiempo. ¡Qué enseñanza tan grande! También tenemos que aprender de Jesús el no creernos omnipotentes y autosuficientes, mucho más en el mundo de hoy donde pensamos que todo el mundo tiene que enterarse de todo. No podemos estar en todos lados al mismo tiempo y no podemos pretender que todo sea «ya». Solo Dios es así. Y ahora Jesús sí está en todos lados al mismo tiempo, pero siendo hombre no hizo eso. No pudo hacer eso. ¿Qué nos pasará a nosotros que a veces pensamos que podemos ser así, como dioses? Probemos hoy, por lo menos, no escuchar ahora la palabra de Dios haciendo otra cosa. Porque cuando se reza, se reza. Cuando se habla con el Señor, cuando se lo escucha, se lo escucha.

XXII Martes durante el año

XXII Martes durante el año

By administrador on 1 septiembre, 2020

Lucas 4, 31-37

Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y enseñaba los sábados. Y todos estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad.

En la sinagoga había un hombre que estaba poseído por el espíritu de un demonio impuro; y comenzó a gritar con fuerza; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».

Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre.» El demonio salió de él, arrojándolo al suelo en medio de todos, sin hacerle ningún daño. El temor se apoderó de todos, y se decían unos a otros: «¿Qué tiene su palabra? ¡Manda con autoridad y poder a los espíritus impuros, y ellos salen!»

Y su fama se extendía por todas partes en aquella región.

Palabra del Señor

Comentario

Veíamos que Pedro en el evangelio del domingo se convirtió en un obstáculo para Jesús, incluso Jesús se animó a llamarlo Satanás. ¿Por qué Jesús llamó Satanás a Pedro, al que había nombrado de hace poquito, de hace un momento, como “piedra de la Iglesia”, a quien le había dicho: «Feliz de ti, Simón, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo»? ¿Por qué? Porque, en definitiva, Satanás es el enemigo de la Cruz. Él es el enemigo del amor y, como odia el amor, en el fondo odia la entrega, y la entrega es la Cruz. Por eso, cuando no pensamos como piensa Dios, cuando actuamos como Pedro, cuando nos dejamos guiar por nuestros pensamientos y no por los de Dios, sin darnos cuenta estamos siendo instrumento de los pensamientos de Satanás, que odia la Cruz y prefiere saltearla. Odia la entrega. Odia el sacrificio. Odia todo aquello que hace que nos entreguemos a nosotros mismos por amor a los demás, todo aquello que hace que nos neguemos para ser plenamente humanos: para aquello para lo cual Dios nos ha creado.

Lo que escuchábamos ayer en Algo del Evangelio, al comenzar el ministerio público de Jesús, y ese anuncio de venir a liberar a los oprimidos hoy- en este texto- se pone de manifiesto con este episodio en el que Jesús actúa realmente y expulsa al demonio de esta persona. Pero es interesante ver cómo lo vence, porque su forma de vencer al demonio nos ayuda también a, cada día, luchar contra su accionar, contra sus tentaciones. ¿Cómo lo vence? Con su palabra, «Cállate y sal de este hombre» le dice.

El diablo es el que busca dividir y mentir. El diablo es el que divide tus pensamientos, los confunde y los mezcla. Divide también nuestros sentimientos, nuestro corazón. Intenta que no distingamos, que mezclemos todo, que no sepamos discernir y distinguir. Como enseñaba san Pablo también: «Sepan discernir aquello que agrada, lo bueno, lo que es perfecto». Acordémonos que «la Palabra es viva y eficaz» y discierne los pensamientos del corazón y ayuda a distinguir. El diablo, al contrario, busca siempre confundir, divide nuestras relaciones humanas, divide a la familia.

Busca que estemos enemistados con los demás; que nos mantengamos en nuestra posición, en nuestros pensamientos duros y rígidos, en nuestra lógica, en nuestros sentimientos; que no cambiemos, aunque sean viejísimos, y que sigamos con esos rencores, con broncas, que no olvides. Busca que nos peleemos con el de al lado, con el que está viajando, con tu jefe, con nuestro compañero de trabajo, con nuestros hermanos, con tu marido, con tu mujer, con tu vecino. Él busca siempre eso y nos engaña y nos miente para que vivamos engañados y fuera de la verdad de Dios, que es el amor. Nos inclina a que pensemos siempre en lo malo, en lo negativo, a que veamos la parte mala de la vida y nos olvidemos de todo lo bueno. Divide también a la sociedad. Genera “mentiras nacionales”, ideologías, pensamientos, formas de vivir que no buscan el bien común. Genera las ideologías que producen las famosas «grietas».

Para evitar caer en sus engaños tenemos que conocer cómo actúa y qué vino a hacer Jesús con el demonio. Y para eso es mejor no centrarse en las conocidas posesiones –como en el caso de hoy–, que son en realidad pocas, sino más bien en la cotidianidad, es decir, cómo actúa el diablo normal o cotidianamente y silenciosamente.

Por eso – y como un paréntesis- te recomiendo, lo recomendé alguna vez, que puedas leer un libro genial de un autor que se llama Lewis. El libro se llama «Cartas del diablo a su sobrino», donde genialmente va describiendo cómo hace el diablo para engañarnos. Es como un libro de espiritualidad, pero visto desde las sombras. Pero te dejo tres consejos también, al mismo tiempo, de un gran santo, san Ignacio de Loyola, que nos enseña a poder distinguir el actuar del demonio en nuestra vida.

Él dice que el demonio primero actúa como una mujer y que se vuelve débil ante la fuerza y se hace fuerte ante la debilidad ajena. Por eso ante las tentaciones y en las pruebas tenemos que enfrentarlo al demonio. No tenemos que tenerle miedo. Tenemos que rezar más. Tenemos que enfrentarlo también con nuestros pensamientos, no dejarse ganar. El diablo se hace débil cuando nosotros nos hacemos fuertes por la gracia, por supuesto, con la ayuda de Jesús, con la oración, con la Virgen- con nuestra madre-, con los sacramentos.

Segundo, dice San Ignacio que el demonio se hace como alguien que quiere enamorar a escondidas a una mujer; entonces como la quiere enamorar y es una persona prohibida, busca que no se sepa de ese engaño. Entonces ¿qué es lo que hace el demonio? Busca que no hablemos, que callemos, que no contemos lo que nos pasa, que ocultemos las cosas. ¿Cuál es la solución entonces? Sencilla pero difícil: abrir el alma a alguien, abrir el corazón, compartir esos pensamientos, esas dudas que nos invaden, a un sacerdote, a un amigo, a alguien espiritual, alguien que nos conozca de verdad y que nos ayude.

Y tercero, por último, dice este santo que el diablo actúa como alguien que quiere conquistar una ciudad. ¿Y por dónde va a entrar? Obviamente por el lugar más débil, es astuto. No va a entrar por el lugar más fuerte. Por eso, ¿por dónde nos va a querer debilitar el demonio? Por nuestro lugar más débil, por nuestra característica más frágil, por el lugar más flaco, por la gran debilidad. Siempre se filtrará por ahí, como el agua que entra por donde hay agujeros.

¿Cuál es la solución entonces? Prestemos atención a nuestras debilidades, a las más fuertes, y fortalezcamos esa debilidad. Y ahí es donde nos tenemos que ir generando una fortaleza donde ya nadie pueda entrar; porque, si no entra por la debilidad, no va a poder entrar por ningún lado. No hay que tenerle miedo. Principalmente, Jesús es más fuerte. Ese es el anuncio. Jesús hoy nos muestra su poder. Hay que vencer al demonio con la Palabra, la Palabra de Dios: «Callate y salí de acá. No me molestes, no me molestes más, que yo amo a Jesús más que a todas las cosas de este mundo». Y, como decía san Bernardo, «Por vos no empecé esto, por vos no lo voy a dejar». Por el demonio no empezamos el camino de Jesús, mucho menos por él lo vamos a dejar.

XXII Lunes durante el año

XXII Lunes durante el año

By administrador on 31 agosto, 2020

Lucas 4, 16-30

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

“El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado por la unción.
Él me envió a llevar la Buena Noticia los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.”

Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.»

Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?»

Pero Él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán el refrán: “Médico, cúrate a ti mismo.” Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm.»

Después agregó: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio.»

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Palabra del Señor

Comentario

¿A quién de nosotros le gusta sufrir o ver sufrir a los que más quieren? Eso le pasó a Pedro ayer en el evangelio, no quiso que Jesús sufra. Con muy buena intención, se quiso interponer entre la voluntad del Padre y el deseo de Jesús de cumplirla. Es muy difícil, es un misterio. Dios permite el sufrimiento y lo utiliza para poder acercarnos más a él. Pedro se transformó en un obstáculo para el camino de Jesús. Pedro también somos nosotros cuando no comprendemos el misterio del sufrimiento y pensamos como pensamos nosotros los hombres, y no sabemos ahondar en el misterio de Dios. Vamos a seguir con este tema un poco esta semana.

Esta semana empezaremos a escuchar el evangelio de Lucas- te habrás dado cuenta-. Veníamos escuchando a Mateo y, ahora, pasamos a otro evangelista, que si bien tiene muchas cosas en común y que se parecen, porque hay pasajes similares, siempre hay que decir que cada evangelista- debemos recordar siempre- tiene su propia mirada del “misterio” de Jesús, su lectura de la vida. Y eso nos puede ayudar a enriquecer lo que vamos aprendiendo sobre él.

En esta semana también te propongo que no nos transformemos en oyentes olvidadizos de la Palabra, sino que pongamos en práctica lo que escuchamos, sabiendo que- como dice la misma palabra de Dios- “la Palabra tiene una fuerza capaz de salvarnos”. Ahora, tendríamos que preguntarnos: ¿Qué es salvarnos?, ¿salvarnos de qué? Si no pensamos y reflexionamos en qué tenemos que ser salvados, o pensamos que ya fuimos salvados de todo y ya no necesitamos nada más, la palabra de Dios no va a tener esa fuerza en nosotros.

Bueno, con este espíritu, con este corazón, vamos a Algo del evangelio de hoy. ¿Qué podemos aprender de estas palabras de hoy? Me parece que se podría resumir en cuatro cosas, aunque siempre es mucho más, pero cuatro cosas que nos orientan.

Jesús habla de que viene a cumplir una misión. Él es el enviado del Padre para cumplir la misión en esta tierra con nosotros, en cada ser humano. Él es el que fue dócil a la Palabra. Por supuesto, él es la misma Palabra, pero fue dócil al envío de su Padre para venir a hacer lo que el Padre le pedía. Y por eso, nos podemos preguntar: ¿Y qué vino a hacer Jesús a este mundo? Vino a liberarnos, a permitirnos ver, quitarnos la ceguera. Vino a libertarnos, a darnos libertad, y «a proclamar un año de gracia»- dice -.

Muchas veces –no sé si te pasará– tenemos la idea que Jesús, sí, nos vino a salvar- lo repetimos mucho- del pecado. Y eso por supuesto que es verdad y lo vivimos y experimentamos cuando nos sentimos perdonados, cuando nos confesamos, cuando caemos, cuando podemos dejar algo que arrastramos, un vicio. Pero a veces, ese “salvarnos del pecado”, no terminamos de darnos cuenta a qué se refiere principalmente o pensamos que simplemente es ese perdón que se nos da cuando nos confesamos, pero Jesús quiere ir más allá. No solo quiere perdonarnos los pecados, la culpa de lo que hicimos, a través de la confesión, sino que además quiere liberarnos de todo lo que el pecado produce en nuestra vida, de sus consecuencias; todos los problemas que trae al mundo; la debilidad que nos arrastra también al pecado o sea que, en el fondo, es causa del pecado. Por eso Jesús también viene a liberarnos, a liberarnos porque estamos de alguna manera atados, cautivos de muchas cosas, de nuestra manera de pensar, como Pedro, de nuestra manera de sentir. Cautivos de nosotros mismos, de pecados que también nos tienen atados o modos de ser, actitudes, temperamentos, carácter. Cautivos también de personas, de afectos, de cosas. Estamos cautivos de algún modo y Jesús también viene a liberarnos de esto.

Estamos ciegos también porque no vemos bien. No vemos las cosas con claridad. No sabemos todo. Por eso él viene a darnos una mirada diferente de la vida en general, de nuestra vida; una mirada distinta de la realidad, de todo lo que nos pasa, para que tengamos, en definitiva, una mirada de fe, una mirada sobrenatural – como Dios mira las cosas.

También dijimos que viene a darnos libertad, a ayudarnos a elegir bien, a permitirnos desplegar nuestra capacidad de elegir: lo mejor que Dios nos dio en esta vida.

Y Jesús, al mismo tiempo, viene a proclamar, como se dice, un año de gracia. Eso quiere decir que estamos en el tiempo de la misericordia, en el tiempo del perdón (Dios nos da tiempo para que podamos acercarnos a Él), en el tiempo de la reparación de todas las cosas malas que podemos tener en nuestra vida, lo malo que hicimos. Él viene a dar un año de gracia, un tiempo de perdón. Que esta semana empecemos con esta certeza de que Jesús viene a salvarnos, la Palabra viene a salvarnos. ¿De qué? Dijimos, de tantas cosas. Pensalo en tu vida.  Viene a liberarte del pecado, a permitirnos ver y quitarnos la ceguera, a darnos la verdadera libertad de los hijos de Dios, de los que saben elegir siempre lo mejor, aquello que nos conduce a hacer la voluntad del Padre.

No te olvides que si querés recibir los audios directamente en tu celular, podés ingresar a nuestra web www.algodelevangelio.org. Lo podrás recibir por WhatsApp, por mail, por YouTube, por Facebook o por la aplicación de Telegram. También buscando en el buscador: @algodelevangelio.

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

By administrador on 15 agosto, 2020

Lucas 1, 39-56

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:

«¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.»

María dijo entonces:

«Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.»

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Palabra del Señor

Comentario

Qué bien hace empezar este día con esta fiesta tan importante de nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María, madre de Jesús, madre de Dios, madre nuestra y madre de toda la Iglesia. Para nosotros, María es el camino más seguro, más corto y más rápido para llegar a Jesús, para llegar al cielo. Tan sencillo y lindo y profundo como eso, aunque algunos, incluso católicos, les cueste comprenderlo. Pero ella es así, ella es así, siempre está ahí. En este día celebramos, nos alegramos, nos llenamos de profundo gozo porque María fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Eso celebramos en esta fiesta, María ya está resucitada en el cielo, junto a Jesús, a Dios Padre y al Espíritu y todos los santos.

Ella se anticipó, ella llegó primero, ella nos marcó el camino. Ella nos anticipa la gloria. Ella nos da esperanza, porque con su vida y con su final, con su asunción, nos enseña que ese también es el fin de nuestra vida, estar algún día gozando con todos nuestros hermanos, con todos los santos, la eterna alabanza Dios, que es nuestro Padre. Pero María, para llegar a estar ahora en el cielo, vivió en la tierra cumpliendo siempre la voluntad de Dios Padre, desde el instante en el que le dijo que “sí” al ángel para ser la madre de Jesús y durante toda su vida. Y María lo demostró también con su propia vida, como lo dice Algo del evangelio de hoy: «Partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá». Finalmente, la voluntad de Dios, el amor, se manifiesta en obras concretas, palpables; en obras que no hacen alarde, como ella tampoco lo hizo, sino en obras que cambian la vida de los demás. En definitiva, nuestra fe nos tiene que llevar a eso, a actuar y a obrar movidos por el Espíritu Santo, como lo hizo María, para buscar siempre hacer la voluntad de Dios y no la nuestra. Y por eso, la oración, la vida de profundo silencio que María también vivió y experimentó, fue la que la llevó a aceptar la voluntad de Dios y, finalmente, a hacer lo que él le pedía, sirviendo en este caso a su prima Isabel.

Es por eso que en ese encuentro maravilloso entre María y su prima Isabel, entre Juan y Jesús, se oyó, de algún modo, la voz del Espíritu, que hizo saltar de alegría a todos esos corazones. Eso es lo que hace Jesús en nuestra vida cuando a través de otros podemos encontrarlo, como le pasó a Isabel, o también a través del servicio podemos descubrir que ese es el sentido de nuestra vida. Por eso María cantó feliz, porque ella creyó, porque ella creyó que se iba a cumplir la voluntad de Dios en su pequeña y humilde vida. Ella creyó que diciéndole que “sí” al Señor- aunque nadie se dé cuenta, aunque incluso algunos la hayan señalado-, creyó que su alma iba a ser grande y que iba a cantar la grandeza de Dios haciendo maravillas con su “pequeñez”. Eso es lo que nos enseña siempre la vida de María, que solamente con la humildad y “pequeñez” de nuestro corazón podremos hacer cosas grandes para contribuir al Reino de Dios, que el Señor nos pide que sembremos y colaboremos para que su amor se extienda por todos lados en cosas de cada día.

No demos más vueltas. No esperemos grandes cosas para hacer la voluntad de Dios. Tenemos que descubrirla en el servicio concreto y cotidiano, en nuestra familia, en nuestros seres queridos, en mi mujer, en mi esposa, en mis hijos, en mi comunidad, en mi trabajo. Es ahí donde podemos descubrir que, de alguna manera, siempre el ángel se nos presenta y nos invita a hacer la voluntad de nuestro Padre del cielo.

Que hoy nuestra alma también “cante la grandeza del Señor” y que nuestro espíritu se estremezca de gozo en Dios, que es nuestro salvador, porque él miró la bondad y la “pequeñez” de la Virgen María, su servidora. Y por eso la llamamos feliz, porque en ella Dios hizo grandes cosas, como lo puede hacer en nosotros. «Su misericordia es grande y se extiende de generación es generación». Pidámosle al Señor que hoy nos llene de gozo y nos ayude, también, a ser humildes para un día poder ser elevados como lo fue nuestra Madre.

Memoria de Santa Marta

Memoria de Santa Marta

By administrador on 29 julio, 2020

 

Lucas 10, 38-42

En aquel tiempo:

Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa.

Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.»

Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada.»

Palabra del Señor

Comentario

Es una imagen bellísima la de algo del evangelio de hoy en este día de Santa Marta: un pueblo, una casa, la invitación a Jesús de una mujer —Marta—para que estuviera en su casa; María que “aprovecha” la situación de esta invitación y se sienta a los pies de Jesús para escuchar… Mientras tanto, Marta que no para de trabajar, que no para de hacer cosas: va de aquí para allá seguramente con deseos de servir a su Maestro; y la otra que “escucha”.

Todo un cúmulo de signos en esta situación, y Jesús como siempre que enseña. Jesús aprovecha esta ocasión para ilustrarnos con una enseñanza que nos tiene que quedar grabada en el corazón. Jesús enseña con la vida, enseña con lo que pasa; Jesús es el Maestro que no necesita tiza, ni pizarrón, es el Maestro que no necesita presentaciones de Power Point, o videos para llamar la atención…

Jesús es el Maestro que cautiva el corazón de aquellos que lo escuchan, es el verdadero Maestro y por eso nos enseña; y termina dándole una “lección” a Marta: no la trata mal ni la crítica, simplemente —de alguna manera—, Jesús se lamenta:

«Marta, Marta te inquietas por tantas cosas, sin embargo, hay una sola que es necesaria, María eligió la mejor parte».

Y qué bueno que hoy nosotros podamos decir: Quiero aprender a elegir, quiero aprender a decidirme por lo mejor porque tantas veces he perdido el tiempo haciendo tantas cosas y sin embargo, tengo que volver a escuchar que Jesús me dice:

“Dejá de inquietarte por tantas cosas, ¿No aprendiste en la vida que finalmente la inquietud no te llevó a nada?, ¿No aprendiste que al final de cuentas esa inquietud te la terminé solucionando Yo? ¿Te la terminó solucionando el tiempo; o el tiempo te fue demostrando que no era tan necesario como pensabas?”

¿Cuántas veces andamos como Marta? ¿Cuántas veces también parece, que ser como María es “perder el tiempo”? ¿Cuántas veces el mundo se burla de nosotros porque parece que estar a los pies de Jesús no es necesario? (Y que en realidad es un símbolo, porque estar a los pies de Jesús puede ser rezar, puede ser adorar, tomarse un tiempo de silencio, escuchar estos audios, leer la Palabra, puede ser no hacer lo que el mundo piensa que tenemos que hacer).

Sin embargo, estar “a los pies de Jesús” pero para ESCUCHARLO, es lo verdaderamente necesario; en definitiva, el no desprecia la “actividad”, no está despreciando a Marta por lo que hace, lo que le quiere enseñar es que haciendo cosas no tiene que olvidarse de lo más importante, que aún haciendo cosas tenía que haberlo escuchado a Él, que aún sirviéndolo tenía que haberlo escuchado a Él.

Marta invita a Jesús a su casa y termina poniéndose a trabajar. ¿Cuántas veces nosotros también hacemos lo mismo? Queremos abrirle el corazón a Dios y le hemos abierto el corazón para que entre a nuestra vida teniendo algún servicio, alguna actividad comunitaria, solidaria, caritativa de la Iglesia; y sin embargo sin querer lo dejamos de escuchar.

Si estamos sirviendo a Dios y lo dejamos de escuchar es porque en el fondo no lo estamos sirviendo, nos estamos sirviendo a nosotros mismos, estamos sirviendo a nuestros caprichos o proyectos y por eso terminamos quejándonos y podemos quejarnos como Marta de la actitud de María que en el fondo fue la más sabia y la de corazón más grande, por lo menos en ese día.

Qué bueno que hoy podamos aprovechar para serenarnos un poco, para decirnos a nosotros mismos: «Rodrigo, Rodrigo te inquietas por tantas cosas…» Decí tu nombre y también dejá que Jesús te lo diga a vos mismo: “¿Porqué te inquietas, porqué andas corriendo, qué necesidad?”

¿No te das cuenta que de un día para el otro tu vida puede terminar, puede llegar a su final, a su mejor final que es encontrarte con Jesús? ¿Y vos crees que te va a preguntar cuántas cosas “hiciste”; o cuánto amaste, cuánto lo “escuchaste”? O con cuánto amor hiciste lo que hiciste.

Ojalá que vivamos este día escuchando a Jesús, acordate que no son dos cosas distintas; se puede escuchar a Jesús haciendo lo que tenemos que hacer, amando a los que tenemos a nuestro alrededor, se puede escuchar a Jesús en la actividad en medio del mundo; pero para eso necesitamos cada tanto decir: “Tengo que frenar, tengo que estar a tus pies…” Disfrutemos de la Palabra de Dios, la Palabra de Dios escuchada, transmitida en la Iglesia que es la que nos alimenta cada día y nos ayuda a que no terminemos siendo “Martas” sin corazón. Sino Martas Santas como el día de hoy que celebramos la santidad de esta mujer, que finalmente se dio cuenta de lo que Jesús le decía y seguramente cambió, y aprendió a estar a los pies de Jesús, para terminar, estando con Él l en el cielo. ¡Tengamos el corazón de María y las manos de Marta, para ser unos verdaderos discípulos.