Book: Lucas

XXVIII Martes durante el año

XXVIII Martes durante el año

By administrador on 13 octubre, 2020

Lucas 11, 37-41

Cuando terminó de hablar, un fariseo lo invitó a cenar a su casa. Jesús entró y se sentó a la mesa. El fariseo se extrañó de que no se lavara antes de comer.

Pero el Señor le dijo: «¡Así son ustedes, los fariseos! Purifican por fuera la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia. ¡Insensatos! El que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro? Den más bien como limosna lo que tienen y todo será puro.»

Palabra del Señor

Comentario

No nos alimentamos solo de pan -ya lo sabemos-, aunque obviamente lo necesitamos para vivir. Me imagino que habrás escuchado muchas veces esta frase: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Nos alimentamos principalmente de amor y el amor entra, por decirlo así, a nuestro corazón «por todos lados», por los oídos, por los ojos, por el tacto, por el olfato y por el gusto. Por eso la imagen del banquete, de la comida a la que nos invita Jesús, esa imagen del evangelio del domingo es mucho más profunda que una «juntada a comer». Cuando comemos juntos, en familia, sabemos que no alimentamos el estómago solamente, sino que también nutrimos el corazón, o por lo menos ese es el anhelo de nuestro buen Dios y de nuestro corazón.

Se me ocurrió una frase, parafraseando otra conocida: «Dime cómo comes y te diré cómo amas». El modo como comemos, como nos alimentamos, expresa mucho lo que somos. Por algo la Palabra de Dios está repleta de menciones a los banquetes; por algo Jesús eligió la imagen del banquete para hablar del Reino de Dios; por algo Jesús en el evangelio de Juan eligió unas bodas para empezar su ministerio público; por algo aceptó muchas veces ir a comer a casas -como hoy, en este evangelio-, y lo acusaron además de «borracho y glotón»; por algo él se despidió de sus amigos en una cena; por algo se apareció resucitado a sus amigos y los invitó a comer; por algo nuestro buen Jesús quiso quedarse entre nosotros como alimento, como comida, en la Eucaristía. Jesús nos invita a un banquete, pero no solo para comer comida, sino principalmente para entrar en comunión con él y los otros.

Retomando el tema de la soberbia, hoy podemos agregar que este vicio es el afecto desordenado de la propia excelencia a ese deseo que tenemos de «sobresalir». Por un lado, sabemos y tenemos que saberlo que es bueno y natural aspirar a ser buenos, mejores; superarnos día a día. Es bueno y necesario para crecer. Pero no hace bien cuando esto se desordena y genera en nuestro interior un modo de pensar y sentir que nos pone como centro de todo y terminamos mirando a los demás como desde arriba para abajo.

Ayer decíamos que a veces esta soberbia, este orgullo, puede llegar a tomar el color, incluso, o la gravedad, de despreciar a los demás con un deseo oculto y refinado de que se fijen más en nosotros.

En Algo del Evangelio de hoy el fariseo anfitrión se extraña de que Jesús no haga lo que él hacía. «¿Cómo no se lava las manos antes de comer? ¿Cómo no hace lo que yo hago?», pensó. «¿Cómo no hace lo que se debe hacer, lo que hay que hacer?” ¡Cuánto de esto también hay en nuestros corazones! «¿Cómo fulano, fulana no hizo esto? ¿Cómo mengano hizo aquello?» O bien decimos: «Las cosas se hacen así». Las cosas se tienen que hacer asá, de esta manera». Estamos llenos de frases que manifiestan nuestras soberbias interiores.

Y así a veces vamos caminando por la vida, pretendiendo que todo sea a nuestro modo o al modo como nos enseñaron y no dejamos lugar a lo distinto, a la diversidad, a la novedad que puede cambiarnos el corazón.

Pero en el fondo el objetivo más o menos consciente de nuestro yo, tan grande y desordenado, es sobresalir, es darnos más importancia a nosotros mismos, incluso a veces, lamentablemente, despreciando a los demás o lo que los demás hacen, que en el fondo es lo mismo. Criticamos. Incluso podemos llegar hasta inventar cosas de los demás, que es calumniar, con tal de que nosotros quedemos mejor.

Disminuimos los méritos y aciertos ajenos. A veces «ventilamos» defectos y desaciertos para que el otro disminuya; o a veces «aumentamos» lo que otros han hecho o dicho para dejarlos peor de lo que estaban.

En realidad -como este fariseo- con comentarios, gestos o pensamientos queremos dar a entender que somos más inteligentes, más capaces, que hacemos las cosas mucho mejor. Nuestros comentarios u opiniones, nuestros chistes a veces, nuestras ironías, -por supuesto- terminan siendo mejores que los de los demás.

Es un orgullo oculto y entrelazado entre nuestras actitudes, que a veces está cargado de envidia. Es como si estuviéramos diciendo, continuamente que, si siguieran nuestro consejo, nuestro punto de vista, nuestro ejemplo, las cosas serían mucho mejores y no habría tantos problemas, la Iglesia sería mejor, el mundo estaría mucho mejor con nosotros.

Bueno, Jesús en Algo del evangelio de hoy nos invita a no mirar tanto hacia afuera, a no mirar las apariencias y juzgar. No nos permitamos juzgar el interior de alguien por lo que vemos de afuera «demos más bien limosna de lo que tenemos, que todo será puro». Amemos a lo que es distinto, al distinto, y nuestro corazón será más puro.

Esta enseñanza surgió de una cena – ¿te diste cuenta? – en donde, en vez de entrar en comunión, el fariseo se distanció porque juzgó, porque puso barreras. Jesús no quiere eso de nosotros. Tenemos que dar, tenemos mucho para dar. Dar de nosotros a los demás para que, primero, nos purifiquemos interiormente, para que nos dejemos purificar por el amor de Jesús, que es humilde y que por supuesto quiere que nosotros también seamos humildes.

XXVIII Lunes durante el año

XXVIII Lunes durante el año

By administrador on 12 octubre, 2020

Lucas 11, 29-32 – Memoria de nuestra Señora del Pilar

Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: «Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.

El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.

El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.»

Palabra del Señor

Comentario

La Palabra de Dios se hace vida. Nos da vida cuando nos damos cuenta de que se va ensanchando el corazón y nos va ayudando a sumar digamos así -aunque no es con números-, pero a aumentar los afectos en nuestras vidas, hermanos y hermanas, que jamás hubiéramos conocido si no hubiese sido por el amor de Jesús. Preguntate hoy: ¿Cuántas personas conocés gracias a la fe, gracias a la Palabra de Dios? Incluso en esto de enviarnos los audios, ¿cuántos vínculos hemos ganado en tu grupo de oración, en tu comunidad, en tu movimiento o incluso -como digo- virtualmente? Es lindo empezar este lunes sumando corazones, sumando rostros a nuestras vidas, incorporándolos a nuestras oraciones, incorporándolos a nuestros grupos, incluso el envío del evangelio diario que tantos lo necesitan y todavía no se dan cuenta. Recordá que, si querés recibirlo directamente, en nuestra web: www.algodelevangelio.org podés fijarte los distintos modos de recibirlo.

El rey del mundo, Dios, nos dio la vida para eso, para aceptar su invitación, para que vivamos esta vida como un gran banquete de bodas en donde todos podamos encontrarnos, como lo hacemos habitualmente con nuestras familias. Recordemos Algo del Evangelio de ayer para ir deshilachándolo día a día y así descubrir nuevos matices. Decía la Palabra: «Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, todo está a punto: vengan a las bodas». El Reino de los Cielos, entre tantas cosas, es esto, una invitación a un banquete, a una comida, a un casamiento. Nosotros diríamos acá, en Argentina, a un gran asado, con muchos terneros. Dios invita, no obliga. Propone, no impone. Nadie puede sentirse bien yendo obligado a una comida, por más rica que sea. Lo atractivo de ir a una comida es haber sido invitado. ¡Qué lindo que es cuando nos invitan! ¡Qué lindo que es sentirse querido por el que nos invitó! Por eso, lo atractivo de una invitación no solo es la comida en sí, aunque sume -por supuesto- si es rica, no es lo que nos den de comer, sino que es estar con el que nos invita y con los invitados. ¿Qué es lo que recordás de tu comida familiar de ayer? ¿Qué recordás incluso de tu casamiento o de un casamiento? ¿Recordás la comida? ¿o recordás el haber compartido tiempo con los que querías? El Reino de Dios no se vive por imposición, sino como una gran invitación.

Durante los evangelios de esta semana vamos a reconocer que el tema del orgullo o de la soberbia aparece constantemente como una gran crítica que Jesús hace hacia los fariseos. Todo lo contrario a la humildad y sencillez de saberse invitado a un banquete. Somos invitados, no los dueños de la fiesta.

La actitud de soberbia es la de querer de alguna manera sobresalir, querer destacarse, «exhibirse». Y el orgullo significa también una cierta arrogancia, presunción, y por otro lado el exceso de la propia estima, el quererse demasiado, el buscar ser tenidos en cuenta, ser estimados, más de lo necesario.

Bueno, en definitiva, vemos que el orgullo y la soberbia son de alguna manera lo mismo, son hermanas muy cercanas. Y la misma Palabra de Dios es muy dura con la soberbia en la que puede caer el hombre. Solo un ejemplo del Antiguo Testamento dice así: «La soberbia es odiosa al Señor y a los hombres. El petulante no quiere que le corrijan, por eso no va con los sabios». Bueno, si hay algo que al Señor no le gusta de nosotros, podríamos decir, es que seamos soberbios y orgullosos. Vamos a ver cómo esta soberbia y este orgullo se manifiestan muy sutilmente en nuestra vida. No hay que pensar que soberbio es aquel que se lleva todo por delante, que es arrogante en exceso o aparatosamente, sino que la soberbia es mucho más sutil y difícil de percibir de lo que imaginamos. Por eso se opone a la humildad cristiana y no es únicamente como, popularmente, se la entiende. Justamente lo difícil de nuestra soberbia y nuestro orgullo es que a veces no podemos detectarla, sabe ocultarse. Somos soberbios y orgullosos y a veces no nos damos cuenta. Esa es nuestra gran debilidad.

Y para resumir un poco lo de hoy podríamos decir que hay como cuatro especies de soberbias, para que vayas pensando y meditando en estos días y le pidas a Jesús que te ilumine.

Los hombres de Algo del evangelio de hoy le piden un «signo» a Jesús. Son arrogantes, desafiantes. Quieren, de alguna manera, «ver para creer» y no quieren ver más allá de lo que estaban viendo. Bueno, es así. La soberbia en nuestra vida puede manifestarse, por ejemplo, en creernos que los bienes recibidos de Dios los poseemos por derecho propio, que los conseguimos por nuestro propio esfuerzo. La otra forma de soberbia puede ser la de creer que los bienes que recibimos de Dios nos los merecemos. Seguro que lo merecíamos. Ese es el pensamiento que a veces subyace en nosotros: «lo merezco».

Otra manera de ser soberbio es pensar y decir que poseemos cosas que, en realidad, no tenemos. Decimos y pensamos que tenemos o hicimos tal cosa cuando, en realidad, no es verdad.

Y la última forma de soberbia, la cuarta, es llegar incluso a despreciar a los demás con el deseo de que se fijen en nosotros. A veces despreciamos a otros para que nos miren a nosotros. Por eso, te propongo ir viendo esta semana la sutileza con que la soberbia se puede manifestar en nuestras vidas. La iremos descubriendo en estos enfrentamientos que tendrá Jesús con los fariseos, pero fundamentalmente confrontándolo con nuestras propias vidas.

XXVII Sábado durante el año

XXVII Sábado durante el año

By administrador on 10 octubre, 2020

Lucas 11, 27-28

Cuando Jesús terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: «¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!»

Jesús le respondió: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican.»

Palabra del Señor

Comentario

Siempre al terminar una semana, una semana de trabajo, una semana donde a veces no tenemos tanto tiempo para dedicarle a lo que decimos simbólicamente, o de manera concreta también, a las cosas de Dios. Pero que también esa frase tiene su peligro, porque como que dividimos, como que parece que las cosas de Dios están fuera de nuestra vida ordinaria, separadas. Y, sin embargo, siempre tenemos que decir que las cosas de Dios finalmente son también nuestras cosas, que las cosas de Dios son las cosas de este mundo, por supuesto, las que se orientan a él. Pero desde que Dios se hizo hombre, desde que el Hijo de Dios se encarnó en María y nació entre nosotros y vivió como nosotros, padeció también como padecemos nosotros, se alegró como nosotros; desde ese instante, que cambió la historia de la humanidad, el mundo es cosa de Dios, fundamentalmente porque él lo tocó, él se hizo hombre.

Y, por lo tanto, no deberíamos separar. No deberíamos decir que las cosas de Dios son, por ejemplo, hacer algo para él, un apostolado, la oración, la adoración, nuestra participación en la misa; sino que también las cosas de Dios son las cosas de cada día: nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros silencios, nuestros cansancios, nuestras alegrías, nuestras tristezas.

Todo es de Dios si yo se lo entrego a él. Por supuesto que lo único que no es de Dios es el pecado y la mundanidad, o sea, la mentalidad de este mundo que va en contra de la verdad, del amor, de la belleza y todo lo que Dios desea que reluzca en este mundo. Por eso, aunque aparentemente no nos hayamos ocupado de las cosas de Dios en una semana, tenemos que decir que todo fue de Dios. Aprovechemos para ofrecérselo a él y decirle: «Señor, aunque no te tuve tan presente, aunque no te pensé, aunque no te recé tanto, bueno, te ofrezco todo. Te ofrezco todo lo que hice, aunque en su momento no me di cuenta». Y aprendamos a transformar en cosas de Dios todo lo que hacemos, desde que abrimos los ojos hasta que nos acostamos, incluso nuestro sueño. Porque como dice el salmo: «Hasta de noche me instruyes internamente». ¡Tengo siempre presente al Señor: con él a mi derecha no vacilare!» Hasta en los sueños podemos tener presente al Señor. Hasta en los sueños Dios nos puede mandar un mensaje, nos puede decir algo.

Bueno, y Algo del evangelio de hoy, Jesús responde algo muy importante, que nos tiene que hacer mucho bien y hacer reflexionar demasiado: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican». ¿Por qué Jesús dijo esto ante esa especie de alabanza, esa mujer que levantó su voz en medio de la multitud y le dijo: «¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!» ?; como diciendo «es feliz la Virgen porque ella te tuvo, porque ella te amamantó, porque ella te llevó en su vientre, porque ella te tuvo en sus brazos». Sí, es verdad.

Seguramente la Virgen fue feliz por ese vínculo también de sangre, porque Jesús también tuvo la sangre de María. Sin embargo, esta mujer, al levantar la voz así, se olvidó una parte o no la sabía y es por eso que Jesús nos enseña que la verdadera felicidad no se basa en cosas meramente humanas, en vínculos de sangre por más lindos que sean y por más bien que nos hagan, por supuesto, porque nuestra familia es el gran regalo de Dios. Pero todos sabemos y tenemos la experiencia que a veces los vínculos de sangre no son los que hubiésemos soñado, los vínculos de sangre a veces no se comportan como quisiéramos, los vínculos de sangre incluso nos han herido y mucho más las cosas de este mundo.

No somos felices simplemente por tener cosas, no somos felices porque nuestros proyectos vayan para adelante y salgan como quisiéramos, sino que la verdadera felicidad, que tenemos que aspirar, es la de escuchar y vivir; escuchar lo que Dios nos dice, que podríamos resumirlo en una gran palabra: «Te amo. Yo te amo, yo te di la vida. Te di todo para que la disfrutes, pero también para que pongas tu mirada en el cielo, para que te des cuenta de que, en realidad, tu vida es para entregarla y para llegar a la Vida eterna, donde ahí sí, verdaderamente, seremos felices y en donde incluso debemos decir los vínculos de sangre no serán los de esta tierra». Llevaremos todos la misma sangre del Hijo de Dios, que la derramó por nosotros y se entregó, y viviremos una hermandad verdadera, profunda, duradera y eterna y una felicidad que no nos caberá en el corazón. Porque será tan grande que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, aquello que Dios tiene preparado para los que lo aman».

Concentrémonos en buscar esa felicidad. Todo lo demás es pasajero, incluso los vínculos de sangre. Felices seremos si hoy escuchamos la Palabra de Dios, esto que nos regaló el evangelio de hoy, y lo practicamos.

XXVII Viernes durante el año

XXVII Viernes durante el año

By administrador on 9 octubre, 2020

Lucas 11, 15-26

Habiendo Jesús expulsado un demonio, algunos de entre la muchedumbre decían: «Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios.» Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo.

Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra. Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque -como ustedes dicen- yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul. Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces. Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.

Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras, pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes.

El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: “Volveré a mi casa, de donde salí.” Cuando llega, la encuentra barrida y ordenada. Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio.»

Palabra del Señor

Comentario

¿Sabés cuál es el modo de amar a las personas, a nuestros dones y a las cosas? Como ama Dios, como amó Jesús, como nos amó: dando siempre libertad. Algo tan difícil que no se aprende en una universidad, estudiando o leyendo, por palabras, sino simplemente amando y rectificando cada día el rumbo, dejándose moldear por la Palabra de Dios, que es maestra en el amor, que siempre nos reorienta el rumbo cuando lo perdemos. Es así de misteriosa y verdadera la Palabra de nuestro buen Dios que transforma desde adentro, como tantos me lo dicen y como tantas veces yo mismo lo experimenté. Alguien me dijo una vez: «Padre, no sabés, no sabés lo que hace la Palabra de Dios en nosotros». Bueno, me lo dicen muchísimos. «La verdad es que no lo sé y no lo sabré o no lo termino de saber», le dije. Y, por dentro, pienso que tampoco tengo porqué saberlo, porque mientras Dios lo sepa qué importa. Pero me siguió diciendo: «La Palabra de Dios me transformó la vida. Hoy estoy así con mi mujer porque me transformó. Se nos mete hasta la médula cada vez que la escuchamos. Nos peleamos durante quince años. Ahora escuchamos juntos y después de escucharla nos quedamos como “molidos”». ¡Qué maravilla, qué aliento para que todos sigamos adelante, para que no nos desalentemos y siempre miremos para adelante!

¿Sabés cuál es el modo de amar dando libertad? Como una imagen es algo así como tener un pajarito entre las manos. No abras mucho las manos porque se te escapa – aunque a veces habrá que dejarlo volar – y, por otro lado, no lo aprietes mucho porque se va a asfixiar, lo vas a ahogar. Amar sin adueñarse, amar como si nada fuera nuestro, como si todo fuera de Dios -que de hecho lo es-, es el camino que tenemos que tomar, es como tener un pajarito entre las manos.

Por otro lado, Algo del evangelio de hoy nos enseña una gran verdad que no tenemos que olvidar jamás. Como dice alguien por ahí: «Que no hay que confundir inteligencia con capacidad intelectual y que el pecado original también nos afectó la inteligencia». No hay que olvidarse. Eso quiere decir que no todo lo que nace de nuestros pensamientos es verdad absoluta, como a veces creemos, y que el demonio aprovecha esa debilidad para dividir, para enemistar, para hacernos ver mal donde no lo hay, para impedir que podamos ver el bien donde sí lo hay; imposibilitándonos, con eso, de disfrutar del bien que hay en la vida.

El mal espíritu, entonces, busca que nos aseguremos en nuestras «verdades» y que nos alejemos de los demás por ideas, de nuestros hermanos, que nos distanciemos. Por eso, también, un autor decía: «Las palabras que nacen de la mente son un muro, las que nacen del corazón son un puente». ¿Cuánto de esto hay en nosotros? ¿Cuánto de esto hay en nuestras familias? ¿Cuánto de esto hay en la Iglesia, en nuestro trabajo? ¿De cuántas personas nos hemos alejado por dejarnos llevar por nuestros pensamientos cerrados sin haber abierto el corazón? ¡Cuánta división en este mundo por aferrarnos a razones que consideramos válidas y que nos hacen convencernos de que tenemos siempre la verdad absoluta! En el fondo, nos adueñamos hasta de nuestros propios pensamientos.

No seamos ingenuos. La división siempre procede del mal espíritu y de un corazón que se deja engañar. Pero sabemos que, gracias a Dios, la fuerza del dedo de Dios –como dice el evangelio– es más fuerte. La fuerza del amor de Jesús, que busca ablandarnos el corazón y guiar nuestros pensamientos hacia el bien, es mucho más grande que la sospecha y las suspicacias que el demonio nos quiere sembrar sobre los otros en el corazón.

Por eso, pensemos hoy de qué andamos sospechando, de quién andamos sospechando y sobre qué cosas sospechamos, de que estás muy seguro de lo que pensás y crees que es así, tan verdad, y por ahí no es tan así. No todo lo que pensás es tan así. ¿Cuántas veces nos equivocamos con nuestros juicios? Acerquémonos a ese que nos alejamos por habernos dejado engañar por el padre de la mentira, que es el demonio, como se dejaron engañar algunos de la multitud en la Palabra de hoy.

Acordate que Jesús conoce tus pensamientos y los de los demás. Acordate que «hablando con el corazón se crean puentes» y callando se cavan fosas.

«Señor, no permitas que nos adueñemos de nuestros pensamientos y juicios sobre los otros, sino ayudanos a que descubramos que siempre abriendo el corazón podemos volver a reencontrarnos con los que nos habíamos alejado».

XXVII Jueves durante el año

XXVII Jueves durante el año

By administrador on 8 octubre, 2020

Lucas 11, 5-13

Jesús dijo a sus discípulos:

«Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle”, y desde adentro él le responde: “No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos.”

Yo les aseguro que, aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.

También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.

¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!»

Palabra del Señor

Comentario

¿Sabías algo? Cuanto más nos queremos adueñar de algo o de alguien, más fácilmente perdemos y más sufrirás al perderlo. En cambio, cuanto más soltamos, más libertad damos a las cosas, más nos vuelven, por verdadero amor. Toda una paradoja de lo que nuestro corazón se resiste a aceptar, porque tiende a querer adueñarse de las cosas como si fueran «creación propia». Pero solo Dios es dueño, solo Dios es creador. Acordate lo del evangelio del domingo: «Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos». ¿Por qué Jesús les dijo eso a los sacerdotes y nos dice a nosotros semejantes palabras? Porque cuando nos adueñamos de los demás, de los bienes espirituales o de las cosas, damos menos frutos, o no los damos o no los sabemos compartir. Cuando nos adueñamos de una amistad, cuando nos adueñamos de un afecto, por más legítimo que parezca, en definitiva, lo estamos usando para nuestra conveniencia y no estamos siendo generosos, no estamos dando libertad, como Dios nos la da a nosotros.

Cuando nos adueñamos de los bienes materiales como si fueran absolutos, les estamos privando a los demás la posibilidad de compartirlos. Cuando nos adueñamos de un talento, de una capacidad, o la damos a cuentagotas o donde se nos antoja, estamos siendo egoístas. Nos estamos perdiendo de algo más grande. Y lo peor de lo peor es cuando alguien que es puente entre Dios y los hombres, se adueña de esa gracia y no permite que les llegue a todos. Esa es la peor de las corrupciones. Pensemos y recemos hoy con esto: ¿De qué cosas nos estamos adueñando? ¿A qué cosas estamos apegados casi como si fuéramos dioses? Que, si por estar demasiado agarrados a algo, por ahí no estamos corriendo el riesgo de perderla por asfixia o de sufrir excesivamente al perderla por algo natural de la vida.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña justamente a liberarnos de toda pretensión de poder y de tener, pidiendo lo que realmente es necesario, lo que realmente necesitamos. ¿Qué necesitamos? El Evangelio nos saca de esta duda. Jesús termina diciendo: «…cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan».

Entonces, ¿a qué se refiere Jesús con pedir, buscar y llamar? Bueno, creo que está claro. A pedir el Espíritu Santo, a buscar el Espíritu Santo, a llamar para que se nos dé el Espíritu Santo.

Entonces, él nos enseña a pedir lo mejor que podemos pedir. Nosotros tenemos que aprender a pedir lo mejor. Está bien que pidamos salud, trabajo, cosas para que nos vayan bien, y con las cuales podamos satisfacer nuestras necesidades materiales; pero Jesús nos enseña a pedir algo más grande, a más. Levantemos la cabeza, pidamos el Espíritu Santo.

Como dice San Pablo: «El Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se les ha dado».

Todos somos hijos. Tu hijo es hijo de Dios, tu hija también, tu marido, tu mujer, tu vecino, tu jefe, incluso ese que te cuesta cruzar por el camino. No somos nuestros y nadie es de nadie. Esa es la linda verdad que debería dar paz a muchas de nuestras inquietudes, a nuestras ansias de poseer cosas y personas. Solo somos de Dios Padre y solo él debería ser aquello que jamás imaginemos perder en la vida.

¡Eso tenemos que pedir, buscar y llamar! Si todos los días pidiéramos esto, nuestra vida sería tan distinta. «Si nosotros, que somos malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!». Eso quiere el Padre que pidamos: el Espíritu que habita en nosotros; que a veces tenemos escondido, tapado por nuestros olvidos y egoísmos, por nuestra soberbia y pereza, por nuestras ansias de «ser alguien» en esta vida, al modo mundano, sin darnos cuenta de que ya somos los mejor que podemos ser, hijos amados del Padre. Sería «demagogia sacerdotal» que hoy te diga que este evangelio es la puerta de entrada a pedirle cualquier cosa a Dios, sabiendo que él nos dará todo lo que deseamos. No es así.

Son desviaciones de la Palabra de Dios, desviaciones caprichosas de algunos malos intérpretes. Jesús nos enseñó a pedir, buscar y llamar, con insistencia y testarudez, pero nos habla de pedir el Espíritu de Dios, o sea, de pedir nada más ni nada menos que al mismo Dios en nuestras vidas. ¿Te parece poco? Podemos pedir mil cosas en esta vida, podemos inquietarnos por otras millones más, pero una solo es necesaria. Y como María, la del evangelio del otro día, debemos elegir la mejor parte que no nos será quitada. Pidamos hoy el Espíritu Santo, que habita en nuestro corazón y solo quiere que nos acordemos de él, que él también está, que él existe y que él obra en nuestras almas.

XXVII Miércoles durante el año

XXVII Miércoles durante el año

By administrador on 7 octubre, 2020

Memoria de Nuestra Señora del Rosario – Lucas 11,1-4

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos”.

El les dijo entonces: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación”.

Palabra del Señor

Comentario

Hay formas y formas de adueñarse de las cosas, de los corazones, de las personas, de lo que en realidad no es nuestro, de los regalos y de todo un poco. Pero no hay peor cosa que «adueñarse» de la salvación y de lo que es de Dios: de su amor y de su gracia. «A Dios lo que es de Dios», dice la misma Palabra de Dios. Ese es el gran peligro y error de los pequeños seres humanos, que somos nosotros. Somos muy insignificantes en comparación con la inmensidad del universo, con la inmensidad de la creación; pero, al mismo tiempo, somos tan capaces de considerarnos el centro de todo, incluso del mismo universo. Nada nos llevaremos de este mundo cuando nos toque partir y lo más esencial no depende jamás exclusivamente de nosotros. Sin embargo, podemos caer en la gran tentación de adueñarnos, como les pasó a los sacerdotes y ancianos del pueblo de Israel, los del evangelio del domingo.

Hoy la historia se repite, cuando, por ejemplo -como decía el Papa Francisco-, transformamos a la Iglesia en una «aduana», en donde se «chequea» a los que pasan para ver si están aptos para recibir el amor de Dios. Pero ¡cuidado! No hay aduana sin «aduaneros», sin los que ejercen esa profesión tan malvada. Podemos ser unos perfectos aduaneros de la Iglesia de cientos de maneras posibles, vos y yo. Se da cuando, en vez de allanar los caminos para que algunos entren y encuentren en la Iglesia un lugar de salvación, entorpecemos los senderos para hacer de la Iglesia un lugar de «exclusivos». No solo la culpa es de la jerarquía, sino que todos de un modo u otro colaboramos por acción u omisión. La salvación -grábatelo en el corazón- no es de nadie; en realidad, es solo de Dios, es un regalo de él. La salvación -que al fin de cuentas quiere decir «sentirse amados, perdonados siempre»-, volviendo a nacer una y otra vez, no puede ser un monopolio de los que están «adentro» de la Iglesia, sino un regalo para todos, que puede llegar de mil maneras diferentes a todos y que nosotros no somos nadie para señalar o decir quién se la merece o quién no.

Aunque parezca que no tiene relación, la oración que Jesús nos enseñó es camino de liberación para no creerse exclusivos, ni dueños de nada. Algo del evangelio de hoy se hace oración porque es el mismo Jesús, el mismo Señor que con sus palabras nos enseña hacia dónde tiene que estar orientado nuestro corazón.

Por eso, hoy no pretendo que analicemos cada petición del Padre Nuestro (la oración que tanto conocemos) que sería muy extenso. Te propongo entonces que digamos juntos: «Señor, enséñanos a orar. Jesús necesitamos la oración como el aire de nuestros pulmones. Necesitamos darnos cuenta de que sin escuchar al Padre vamos experimentado una orfandad de corazón, aunque él nunca nos deje y no deja de ser nuestro Padre, más allá de nuestros escapes. Necesitamos caer en la cuenta de que somos hijos; que siendo todos hijos, somos hermanos y todo es de todos. Enséñanos a rezar en este día la oración que hoy nos enseñaste con tanto amor».

Porque la oración es un don que debemos pedir; no es simplemente una obligación, algo que tenemos que hacer, como sin querer a veces nos enseñaron. Eso de que hay que «cumplir» con la oración, de que hay que rezar. ¡No! La oración debe convertirse en una necesidad del alma.

«Señor, regálanos el don de necesitar escucharte y hablarte». Porque eso es rezar, eso es orar: escuchar y hablar, dialogar como un hijo habla con su padre y con Jesús, como un amigo le habla al otro, y en el Espíritu Santo, que habita en nosotros y nos mueve desde adentro enseñándonos a clamar, como decía San Pablo: «Abbá», es decir, Padre o Papá, papito.

Hoy tomémonos cinco o diez minutos, miremos al cielo, miremos algo de lo que Dios hizo para nosotros, porque todo es don. Recitemos el Padre Nuestro como nunca lo hayamos hecho; recitalo al ritmo de tu corazón y no al de los labios que, muchas veces, repiten sin saber qué es lo que dicen. No lo repitas, decilo, pensalo. Escuchá lo que decís, imaginá lo que rezás, sentí lo que pensás.

Y terminemos agradeciendo la simplicidad y la sencillez de esta gran oración; la oración más completa, más plena, más necesaria de todo cristiano, de todo Hijo de Dios.

«Gracias Jesús por enseñarnos a orar. Gracias por dejarnos el Padre Nuestro. Gracias por permitirnos llamar a Dios como “Padre”, como tu Padre, como nuestro Padre. Gracias por hacernos hijos, por dejarnos compartir el ser hijos y el no creernos dueños de nuestra vida».

Hoy al rezar el Padre Nuestro no dejes de mirar también a los demás como hermanos; no dejes de pedir por todos los hijos de nuestro Padre, especialmente por los que menos sienten su presencia; no dejes de perdonar a los que te ofendieron; no dejes de intentar hacer su voluntad; no dejes vencerte por el pecado; no te dejes vencer por la tentación, por la prueba, por el maligno que quiere alejarnos del Padre; no dejes de elegir siempre lo mejor, aquello que nadie te puede quitar, la mejor parte.

«Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros queremos perdonar a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer la tentación».

XXVII Martes durante el año

XXVII Martes durante el año

By administrador on 6 octubre, 2020

Memoria de San Bruno – Lucas 10, 38-42

Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.»

Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria, María eligió la mejor parte, que no le será quitada.»

Palabra del Señor

Comentario

Vivir la vida como un don es el mejor remedio para, te diría, casi todos los problemas que nos surgen día a día, para tantas angustias. Si fuéramos más agradecidos, nos evitaríamos más amarguras, más quejas, más juicios temerarios, más tristezas, más enojos y todo lo que puedas imaginarte vos mismo mientras estás escuchando. Y cuando digo la vida, me refiero a todo, desde la existencia hasta el poder levantarnos de la cama y respirar, hasta el más mínimo detalle que nos ayude a descubrir que todo nos fue dado, que todo es don, que lo más esencial de la vida no depende de nosotros. Por eso, hoy te propongo y me propongo empezar el día dando gracias. Y solo da gracias aquel que no se adueña de las cosas, sino que siempre las considera regalos, y por eso es agradecido. Todo lo contrario a lo que les pasó a los sacerdotes y fariseos del evangelio del domingo que escuchábamos.

Qué difícil es todo cuando vivimos en un mundo donde todo se compra y se vende, donde todo tiene un valor monetario. Y eso lentamente, de algún modo, nos va «adormeciendo» la capacidad de reconocer lo que, en realidad, no tiene valor, porque justamente su valor es incalculable. A lo realmente necesario no se le puede poner precio.

Es un ejercicio que debemos hacer todos. Por eso, si podés en este momento, tené un gesto. Por ejemplo, mirá el cielo, arrodillate, o mirá un lugar que te ayude a concentrarte, cerrá los ojos. Lo que sea para poder decir a Dios, tu Padre: «Gracias. Gracias por todo. Gracias a pesar de todo». Ponele nombre a esas gracias. Además, animate a agradecer lo que no tenés muchas ganas de agradecer; eso que parece que no tuvo sentido en tu vida, en tu día; eso que no te pareció necesario y, sin embargo, pasó, aunque no te gustó. Gracias por lo agradable y por lo que no es tan agradable. Te aseguro de que, si todos aprendiéramos a ser agradecidos, viviríamos muy distinto, hasta entre nosotros nos miraríamos distinto.

Algo del Evangelio de hoy, con esta escena tan linda y conocida, nos enseña que lo esencial de la vida no es siempre lo que parece desde afuera. Nos enseña que en la vida debemos aprender a elegir bien y que hay cosas que no se compran con nada; que hay valores que, si aprendemos a cultivarlos, nadie nos lo podrá quitar. Nuestro gran valor, lo mejor que podemos tener, es a Jesús, es su amor.

No siempre el ser agradecido se manifiesta «haciendo cosas» hacia fuera -como lo hizo Marta queriendo servir a Jesús-, sino que la primera actitud del que sabe agradecer una presencia es el escuchar, es el estar quieto, es el hacer silencio. Eso es lo que necesita Jesús de nosotros, lo que necesitaba de Marta. Eso es lo que necesitamos como hermanos. Eso es lo que debemos hacer también como Iglesia. Basta de tanto ruido, basta de tanto hacer.

Hoy quiero yo mismo, y quiero que todos lo quieran, ser como María, que «tirada» a los pies de Jesús escuchaba su Palabra. Quiero que nos convenzamos, que nos demos cuenta de que estar a los pies de Jesús no es «perder el tiempo». Quiero que nos demos cuenta de que vivir con el corazón puesto en lo importante es justamente lo necesario para vivir en paz y construir un mundo de paz, y después hacer cosas buenas. Quiero que «dejemos de oír» las voces de este mundo que nos quieren hacer creer que en la vida lo importante es «hacer y hacer» sin rumbo claro, solo por el hecho de que «hacer» parece ser lo mejor y es lo que más «seguidores» da. ¡Cuánto de esto vivimos hoy en la Iglesia!

La Iglesia siempre corre este peligro de caer en esa tentación «tan tentadora» de hacer por hacer, de difundir lo que hace, creyendo que ese es el camino. La Iglesia hoy más que nunca debe cuidarse de no caer en la «mundanidad espiritual», de la que tanto habló el Papa Francisco; el sentir y pensar como piensa este mundo, sin discernir y frenar, haciendo por hacer y enorgulleciéndose por el solo hecho de hacer. El mundo se lleva todo por delante y no mira los corazones de las personas; al contrario, hasta puede usarlos para «quedar» bien. El mundo cree que el «hacer», el construir, el mostrar lo que hace, el «pavonearse» con lo que hace, es el fin de todo y es lo que lo hace «dormir» en paz. Y por esto, hasta incluso dentro de la Iglesia, podemos ver que se usa sin querer a los pobres para quedar como buenos y solidarios. ¡Cuidado!

El mundo y la parte del mundo, del hombre viejo que llevamos en el corazón, piensa muchas veces así. Se inquieta y se inquieta por muchas cosas y se olvida de la necesaria, de la que jamás nos podrá ser quitada. Aunque nos quiten todo, aunque nos dejen encerrados para siempre, nadie nos podrá quitar a Jesús.

Esta es la sabiduría del evangelio y la de los santos, como San Francisco de Asís que les decía a sus hermanos: «Recuerda que cuando abandones esta tierra, no podrás llevarte contigo nada de lo que has recibido, solo lo que has dado». Lo que damos es lo que perdura y queda para siempre; lo que damos de nosotros mismos, no las cosas. Y lo mejor que podemos dar a los demás es a Jesús y a su amor, es darnos nosotros mismos y no tanto acciones hacia fuera.

Marta fue muy buena, incluso es santa, pero ese día estando con Jesús se equivocó; como cualquiera de nosotros que teniendo en frente al mismo Dios, muchas veces también en un pobre, en nuestra familia, en la Iglesia, en una adoración, en la visita a un enfermo, nos desgastamos en cosas que al final no suman o no aportan lo mejor. Nos perdemos en lo que no es necesario. No nos inquietemos por cosas que no perduran, por cosas que no son necesarias. Aprendamos de Marta, que se equivocó y eso nos ayuda a no equivocarnos hoy. Aprendamos de María, que supo elegir lo mejor, aunque su hermana la acusó ese día de no ayudarla. No nos acusemos entre nosotros y aprendamos a elegir siempre lo mejor.

XXVII Lunes durante el año

XXVII Lunes durante el año

By administrador on 5 octubre, 2020

Lucas 10, 25-37

Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?»

Jesús le preguntó a su vez: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?»

El le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo.»

«Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida.»

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?»

Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver.”

¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?»

«El que tuvo compasión de él», le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: «Ve, y procede tú de la misma manera.»

Palabra del Señor

Comentario

No esperemos a perder lo que creíamos tener para valorar lo que tenemos. Valorar algo, amarlo, no es poseerlo, no es «hacernos los dueños», sino es colocarnos en el lugar que corresponde; como participes de una obra mucha más grande que, en realidad, no es nuestra, sino que es del Padre. La viña no es nuestra. Estamos de paso y estamos para dar frutos que le corresponden a Dios, al Padre, al dueño de la viña. Esta será la idea de fondo de esta semana. Retomando el evangelio de ayer, cuando nos «adueñamos» de las personas, de los dones y de las cosas, al final de cuentas nos quedaremos sin nada, porque se nos quitará «aun lo que creíamos tener».

¿Qué tenemos en nuestra vida que no hayamos recibido? Y si lo recibiste, si lo recibimos, ¿por qué nos engrandecemos como si no lo hubiéramos recibido? Algo así dice San Pablo. Vivamos esta semana, empecemos este lunes, con este espíritu. Valoremos lo que tenemos, cuidémoslo; pero dejémoslo libre, no es nuestro. Valorá a tu esposa, a tu marido, a tus hijos, a tus padres, tu trabajo, tu profesión, tus bienes, la fe, la oración, la Palabra de Dios, tu servicio, tu apostolado. Valóralo, pero valóralo como un regalo que será regalo si le das la libertad y no te lo adueñas.

Hoy es un buen día para que estas palabras de Jesús, para que Algo del Evangelio no sea solo una linda parábola y decir: ¡Qué linda parábola!; sino para darnos cuenta que Jesús nos cuenta esta parábola para que nos vayamos transformando en buenos samaritanos de los demás, de tanta gente que anda tirada por el costado del camino, de los que tenemos cerca de nosotros y de los que vemos todos los días.

Y esto es muy importante, porque nosotros los cristianos siempre corremos el riesgo de ser muy solidarios y caritativos y hacer un montón de cosas por los demás –incluso con mucho esfuerzo–. Pero podemos hacerlo con personas que finalmente elegimos, con actividades que hacemos y realizamos fuera del ámbito de nuestra vida, de nuestra familia, para otros que necesitan. Y eso por supuesto que está muy bien -no digo que esté mal–, pero no termina de estar bien si no aprendemos a ser buenos samaritanos con los que nos cruzamos por el camino; con los que nos cruzamos por casualidad, por decir así, como dice la parábola; con los que Dios puso en nuestro camino, como nuestra familia. Todos andamos por el camino de la vida «topándonos» con personas golpeadas por otros, golpeadas por la vida.

Pensalo, pensemos en esto hoy. Entonces está bien que «planeemos» la caridad, que la Iglesia lo haga, pero también tenemos que aprender a hacer caridad y ser buenos con los que se nos presentan, con lo no planeado, con los que «interrumpen» nuestro tiempo y nos sacan el tiempo que habíamos pensado dedicarlo a otra cosa. Y eso es lo que muchas veces olvidamos. No hacemos el bien para calmar nuestra consciencia. No hacemos el bien para calmar nuestra sed de ser «buenos», para que nos feliciten, para que nos digan qué caritativos somos; sino que hacemos el bien y debemos hacerlo por Alguien –con mayúscula– que lo hizo también por nosotros: con Jesús.

Antes que nada, no hay que olvidar que nosotros somos los hombres y mujeres que fuimos rescatados al borde del camino por Jesús, que se hizo prójimo nuestro, se hizo hombre, se hizo buen samaritano de cada uno, con corazón, de corazón a corazón.

Te propongo que hoy intentemos andar más despacio por la vida. Hagamos el esfuerzo, tratemos de no correr. Al dejar de correr vamos a poder ver mejor a nuestro alrededor y, si vemos mejor, seguro que vamos a poder compadecernos de alguien que la pasa peor que nosotros. Es casi imposible pasar un día sin ver a alguien al costado del camino de la vida que necesita de nuestra ayuda. Y si no -si no estás en un ambiente así–, pensá en alguien, rezá por alguien, ayudá a alguien, llamá a alguien. Pero no solo con dinero y de lejos, sino conmoviéndote, acercándote, vendando sus heridas, cubriéndolas con aceite, poniéndolo sobre tu montura, llevándolo a donde puede ser cuidado y pagando por ello si es necesario.

Todo esto son signos de que no se puede «amar a distancia», no se puede amar virtualmente. No podemos amar en serio si no nos vemos, si no tocamos la realidad, si no hablamos, si no conocemos al que sufre, corazón a corazón.

XXVI Sábado durante el año

XXVI Sábado durante el año

By administrador on 3 octubre, 2020

Lucas 10, 17-24

Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre.»

El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo.»

En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»

Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: «¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! ¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!»

Palabra del Señor

Comentario

La propuesta desde Algo del Evangelio de hoy, de este sábado, es que puedas meditar y rezar por tu cuenta, es ayudarte a que hagas un poco el esfuerzo de tu parte, no porque todos los días no lo hagas, sino porque siempre se puede hacer algo más. Por eso solo daré algunas pinceladas, sencillas de lo que nos dice la palabra de Dios de este día.

Igualmente, me vienen al corazón las palabras del salmo, el 118: “Nunca me olvidaré de tus preceptos, por medio de ellos me has dado vida”. Intentemos aplicar esta enseñanza del salmo: ¿Cuáles son las palabras que recuerdo de lo que acabo de escuchar? O ¿Qué palabras no quisiéramos olvidar? Seguramente mientras yo te estoy hablando, ya algo te vino a la cabeza y al corazón, de lo que hoy, o incluso esta semana pudiste escuchar y meditar.

Y eso es, creo lo más importante; que espontáneamente tomes tu Biblia otra vez y anotes en un cuaderno o grabes en tu corazón qué palabras de Dios escuchaste especialmente, esas que naturalmente se grabaron en tu corazón, como Dios grabó la ley en las tablas.

Por ahí no te acordás literalmente lo que Dios te dijo, pero te acordás lo que te quiso decir, eso también es importante, y no es lo mismo. Por eso no es cuestión solamente de acordarse de “memoria” un versículo, como un loro que repite algo que le dijeron, sino de recordar lo que experimentaste e interpretaste de lo que Dios te dijo; porque eso es lo que jamás te vas a olvidar y eso es lo que no tenemos que olvidar; porque si lo recordamos es porque realmente fue importante, o porque algo nos quiso decir, o porque algo nos marcó, era lo que necesitábamos en ese momento.

Bueno, hagamos ese esfuerzo, si realmente no recordamos nada de los evangelios de esta semana, o el de hoy, volvamos a escuchar alguno (por ahí eso te ayuda), vuelvo a decir que por ahí no fue una frase literal, pero si fue una actitud que sentiste que Dios te pidió cambiar, un modo de ser que te invita a vivir, un consuelo que te regaló, cualquier cosa que cada uno puede haber vivido de una forma especial.

Hagamos este ejercicio: sentate, recordá y escribí si podés, y una vez que lo escribas, podés hacer ese método que utilizan algunos monjes de repetir esa frase; repetirla, repetirla interiormente para que quede grabada en el corazón.
Y bueno si es algo que tenemos que cambiar, algo que debemos hacer; pidámosle a Dios la gracia de que nos ayude a vivirlo estos días: “Ayudame a cambiar esto, ayudame a vivir esto, ayudame a acercarme a tal persona…ayudame a dejar ese sentimiento que me atormenta” Bueno, que cada uno que pida la gracia que más necesita a Dios.

Ojalá que puedas recordar lo que Dios te dijo; porque cuando Dios te dice algo al corazón, jamás se olvida y si no se olvida, eso es lo que nos da vida.

Es lindo reflexionar, sencillamente, desde algo del evangelio de hoy, la actitud de los discípulos al volver de misionar, sus sentimientos, y por otro lado la respuesta de Jesús y su enseñanza según lo que ellos habían experimentado. Jesús es tan Maestro, que no solo nos envía a misionar, sino que nos enseña a regresar y a saber qué hacer con lo que vivimos gracias a su envío. Esto es algo particular y lindo para pensar. Siempre Él ayudando a sus discípulos a que vean más allá de lo que veían, más allá de lo que experimentaban. Es, por un lado, natural y lógico el sentimiento de gozo de los discípulos al ver que “hasta los demonios se sometían en su Nombre”, pero, por otro lado, es necesaria la actitud y de algún modo, la corrección de Jesús, para que sus amigos no se adueñen de lo que lograban y que su alegría esté fundada en algo más profundo y no únicamente en el poder que experimentaban.

No hay que olvidar que detrás de toda obra evangelizadora, de toda acción misionera, además de la gracia de Dios, por detrás está la acción del demonio que quiere destruir y dividir, y que, si no sabemos discernir eso, por más bien que hagamos, todo puede venirse abajo. Sin embargo, Jesús les dice: “Nada podrá dañarlos”, como diciendo “si están conmigo, si se dejan guiar por mi amor, nada podrá destruirlos”. El demonio, dice la palabra, “ronda buscando a quién devorar”, ronda buscando a quien destruir, y mucho más a los que están siendo enviados por Jesús para hablar del Reino de Dios. Por eso la oración y la cercanía con Jesús debe ser nuestro anhelo y nuestra alegría. La alegría y el gozo de evangelizar no debe ponerse tanto en los frutos de la misión, sino en que todo lo que hagamos, por más que no veamos nada, por más que nuestro corazón esté árido y seco, tiene su sentido, tiene su recepción en el corazón del Padre que todo lo ve, todo lo recibe, todo lo acepta.

Alegrémonos de que, por amar, seguir y trabajar por Jesús, nuestros nombres están escritos en el cielo de un modo especial.

XXVI Jueves durante el año

XXVI Jueves durante el año

By administrador on 1 octubre, 2020

Lucas 10, 1-12 – Memoria de Santa Teresita del Niño Jesús

El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir.

Y les dijo: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino.

Al entrar en una casa, digan primero: “¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario.

No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: “El Reino de Dios está cerca de ustedes.” Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: “¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca.”

Les aseguro que, en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad.»

Palabra del Señor

Comentario

Una vez alguien me dijo algo divertido con respecto a los audios. Me dijo así: «Padre, yo soy distribuidor de los audios, pero al por menor». Me lo dijo con mucha humildad, pero con orgullo. Me dio mucha gracia y alegría. ¿Cuántos son los que escuchan la Palabra de Dios cada día?, me preguntan a veces. ¿Cuántas personas lo reciben?,¿a cuántos le llega? Y la verdad…que no lo sabemos, ni importa tanto la cantidad. Creo que no hay que centrarse en eso. Lo importante es que, vos y yo ahora, el que está escuchando y yo tratando de transmitir, no importa dónde estés y la situación que tengas, que estés viviendo, el sufrimiento, la alegría, lo que sea, lo importante es que escuchemos a Jesús y que nos transformemos también en distribuidores, dicho en términos comerciales, pero que en definitiva sería ser evangelizadores, ser discípulos. No ocultar, ni esconder esta alegría tan grande de poder transmitir cosas que hacen bien, palabras que consuelan, palabras de Dios que nos quieren llegar al corazón.

Y, justamente, hablando de cosas lindas… ¿cómo es posible que Jesús haya dicho semejantes palabras, como las que escuchamos el domingo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios»? Del evangelio del domingo me imagino que te las acordarás. Son lindas depende desde dónde la miremos. La verdad es que suenan fuertes, sobre todo saliendo de la boca de nuestro Maestro. Pero bueno, son esas, no se las puede cambiar. Además, dice: «Les aseguro». No dice «puede ser», sino «les aseguro». Hay que comprenderlas también en su contexto, pero son esas. La soberbia nos cierra el camino al Padre. La humildad y el reconocer nuestras debilidades nos abre las puertas al corazón de Jesús. Por eso, una prostituta arrepentida puede llegar antes que yo al cielo. Por eso la soberbia interior, por más pulcritud exterior que tengamos, puede hacer que nos perdamos para siempre. Que Jesús siempre nos libre de eso, de la soberbia de esos sacerdotes y fariseos que también se nos pueden pegar al corazón, a vos y a mí.

En Algo del Evangelio de hoy se ve a un Jesús, paradójicamente, muy necesitado de los hombres. Sí, fue tan hombre que además de serlo en serio, sin dejar de ser Dios, quiso que su salvación nos llegara y nos llegue ahora a través de otros hombres y mujeres comunes y corrientes, como vos y yo. Esto es lo que nos hace a veces revelarnos contra los caminos de Dios, enojarnos, y nos cuesta comprender. ¿Puede lo divino llegar a nosotros a través de lo humano? Hay que responder siempre que sí – «puede», no-, y debe. Es así. Hay que responder con un sí muy grande. Ese es el milagro continuo del día a día que nos cuesta ver, el milagro continuo de los santos en la Iglesia, que a través de personas nos ha llegado a nosotros también la salvación de Dios. Lo escuchamos en la Palabra de hoy: «Jesús eligió a setenta y dos, y los mandó de dos en dos para que lo precedieran», para hacer lo mismo que él estaba haciendo; para abrir el camino, la brecha, a la llegada de su Palabra también.

No hay Iglesia individual, no hay Iglesia narcisista, una Iglesia que cante como «solista». No hay amor donde no hay más de uno; tiene que haber dos para que exista la reciprocidad, el amor. Y Dios no está donde no hay amor, porque Dios es amor. Así de simple. Por eso, Jesús eligió formar su Iglesia. No hay que complicar tanto las cosas, aunque a veces eso nos sale bastante fácil. ¿No? A veces, es tan difícil ser simples y sencillos. Es tan difícil, por decirlo de algún modo, ser «normal» en la Iglesia.

Te cuento y me acuerdo de una anécdota de San Felipe Neri, a quien le preguntó una vez uno de sus discípulos: «¿Por qué es tan difícil vivir el evangelio?» Y San Felipe Neri le contestó: «Porque es simple». Sí, es verdad, es difícil porque es simple.

Pero bueno, me fui un poco de tema. No hay que complicar las cosas. La Iglesia comenzó por un deseo de Jesús para que su amor llegue a nosotros y para eso eligió y elige a hombres y mujeres que lo ayuden, a vos y a mí.

Vuelvo a decirlo: eso es la Iglesia. Es un puente o el «transporte», por decirlo así, que nos trae el amor de Dios que está en la otra orilla.

Pero no te olvides lo que dice Jesús: «Los trabajadores son pocos…». Es verdad que se refiere especialmente al sacerdocio, pero quiero hoy extenderlo a todos: a los que estamos escuchando, a los sacerdotes, a los consagrados, a los laicos -la inmensa mayoría del Pueblo de Dios-. Vos sos la Iglesia, yo soy la Iglesia. Vos sos un puente, todos somos puente. Todos podemos serlo. Vos sos trabajador, también trabajadora. Por eso, dedicá hoy con sencillez, con simpleza, tu día a ayudar a otros y ser puente entre Dios y los hombres; a llevar a otros y que se den cuenta que el Reino de Dios está cerca, entre nosotros. Porque donde hay amor, ahí está Dios. Eso es el Reino de los hijos y de los hermanos.

Olvidate de los lobos que están en medio de nosotros y aúllan para asustarnos. Con Jesús todo es posible. Con Jesús podemos más, aunque no nos entiendan o hablen mal sin saber. Hoy también, si podés y te acordás, rezá para que Jesús envíe más trabajadores a su campo, más sacerdotes y consagrados al Reino de Dios que tanto necesita la Iglesia.