Book: Lucas

XXIV Lunes durante el año

XXIV Lunes durante el año

By administrador on 13 septiembre, 2021

 

Lucas 7, 1-10

Cuando Jesús terminó de decir todas estas cosas al pueblo, entró en Cafarnaún. Había allí un centurión que tenía un sirviente enfermo, a punto de morir, al que estimaba mucho. Como había oído hablar de Jesús, envió a unos ancianos judíos para rogarle que viniera a curar a su servidor.

Cuando estuvieron cerca de Jesús, le suplicaron con insistencia, diciéndole: «El merece que le hagas este favor, porque ama a nuestra nación y nos ha construido la sinagoga.»

Jesús fue con ellos, y cuando ya estaba cerca de la casa, el centurión le mandó decir por unos amigos: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres en mi casa; por eso no me consideré digno de ir a verte personalmente. Basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque yo -que no soy más que un oficial subalterno, pero tengo soldados a mis órdenes- cuando digo a uno: ” Ve”, él va; y a otro: “Ven”, él viene; y cuando digo a mi sirviente: “¡Tienes que hacer esto!”, él lo hace.»

Al oír estas palabras, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: «Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe.»

Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron al sirviente completamente sano.

Palabra del Señor

Comentario

El comienzo de una nueva semana siempre anima, siempre nos debería invitar a empezar de nuevo. ¿No te pasa? En realidad, no tenemos que olvidar que nuestra semana empieza el domingo, el día del Señor. Por eso ayer, cada domingo, debería ser siempre nuestro cimiento para todo lo que se nos viene encima a partir del lunes, cuando retomamos nuestras actividades, nuestros trabajos, nuestra rutina, lo que nos toca hacer cada día.

Ayer, leí algo maravilloso de san Agustín que no podía dejar de compartirlo, porque expresa lo que siempre deseo al predicar, al explicar día a día la Palabra de Dios, esta palabra que vos recibís en tantos medios digitales, especialmente en tu celular; dice así: «Acabamos de escuchar la lectura que se nos ha proclamado, y por eso debo decir algo para comentarla. Dios me ayudará para que diga cosas verdaderas, si yo, por mi parte, no pretendo exponer mis propias ideas. Porque si les propusiera mis ideas, también yo sería de aquellos pastores que, en lugar de apacentar las ovejas, se apacientan a sí mismos. Si, en cambio, hablo no de mis pensamientos, sino exponiendo la Palabra del Señor, es el Señor quien los apacienta por mediación mía». ¿No te parece maravilloso este texto? Me ayuda muchísimo a decirte lo que cada día deseo hacer cuando expongo y explico la Palabra de Dios… No proponerte mis ideas, no apacentarme a mí mismo, no darte «mis» pensamientos, sino intentar transmitirte los pensamientos de Dios, los que brotan de sus labios, de su corazón; si no… ¿qué sentido tendría lo que hago? ¿Qué sentido tendría la vida de un sacerdote?

Vos y yo no siempre pensamos como piensa Dios, debemos reconocerlo. Aunque creamos que tenemos la razón, nosotros –los sacerdotes– no siempre transmitimos lo que piensa Dios, sino que muchas veces predicamos cosas banales, mundanidades, sin darnos cuenta que lo mejor que podemos hacer es dejar que hable Jesús, y como él habla, sin temores, confiando en su palabra, y no en la nuestra. Algo así le decía Jesús ayer a Pedro en el Evangelio: «…porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Pedro creyó que lo que pensaba era mejor que lo que Jesús pensaba y era lo mejor para Jesús. Por ser bueno, seguramente, y querer evitar el sufrimiento a su amigo, terminó «pensando como los hombres» y no como Dios Padre, terminó deseando interponerse en el camino que Jesús tenía señalado, y por eso terminó tomándose la libertad de reprender a Jesús. Pero recibió, finalmente, la reprensión del mismo Jesús, que lo acusó incluso de «satanás», algo muy duro. Seguiremos con este tema estos días.

La novedad, lo que a mí me asombra de Algo del Evangelio de hoy, es que sea un hombre «no religioso» el que nos dé «lecciones» de fe, de religiosidad. ¿No te pasó alguna vez lo mismo? En fin, muchas veces hay personas que nos dan lecciones de religiosidad y no son exteriormente tan religiosos. Bueno, es un centurión, un soldado romano, el que hoy nos da «cátedra», por decirlo así, de lo que significa confiar en la palabra de Jesús aun sin haberlo conocido profundamente, aun sin haber visto lo que Jesús hizo a través de su Palabra. A mí eso me «descoloca», me asombra para bien, incluso no me asusta que sea Jesús quien se admire de él y lo ponga como ejemplo para todos, al contrario, me consuela mucho. De hecho, nuestro Maestro lo dice así: «Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe».

También te aseguro que, como sacerdote, no me canso, por decirlo de algún modo, de encontrar personas de mucha fe, mucho más que la mía, que no son «religiosas» o, por lo menos, no son lo que el común de la gente piensa sobre lo que es ser «religiosos». ¿Te acordás que lo hablamos algún vez? Esa mala idea de pensar que religioso es aquel que está mucho dentro de la Iglesia o hace muchas cosas exteriores para unirse a Dios.

Tan ejemplo de fe es para nosotros este hombre, que sus palabras quedaron para siempre en nuestra expresión más profunda de religiosidad, que es la santa Misa. Una maravilla, ¿no te asombra eso? Las palabras de un hombre pagano, de alguien que «supuestamente» no tenía fe, son rezadas todos los días por millones de personas en el mundo en cada misa celebrada, antes de recibir a Jesús en la Eucaristía. Son las únicas palabras de la santa Misa que el sacerdote debe responder junto con todo el pueblo. Nadie es digno de recibir a Jesús, ni siquiera el sacerdote, hasta el papa tiene que decirlas. «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme», decimos.

El Evangelio es así de sorprendente, un canto a la «apertura», una «cachetada» a nuestra estrechez mental, una muestra clara de que Jesús se regocijó por acercarse a los más apartados, a aquellos que incluso los «religiosos» de esa época no consideraban dignos. ¡Qué lindo que es saber que Jesús vino a hacernos dignos, a todos, a los que dicen ser «religiosos» y a los que aparentemente no tienen fe, a todos! Si la palabra de Jesús ese día bastó para sanar a ese sirviente, hoy debemos creer y pensar lo mismo. ¿No nos asombra?

Una palabra de Jesús escuchada con fe en este momento basta para sanarnos, a vos y a mí, de nuestras enfermedades del corazón. Creamos, asombrémonos de este hombre que es modelo de fe también y, al mismo tiempo, no nos asombremos de que muchas veces los que parecen menos «religiosos», sean los que más fe tienen, una fe tan sencilla y pura; los que más nos enseñan qué es lo verdaderamente esencial cuando de fe y religión se trata, que no es otra cosa que creer y confiar en la palabra de Jesús; y, finalmente, que eso nos arroje a obrar como él nos enseña.

XXIII Sábado durante del año

XXIII Sábado durante del año

By administrador on 11 septiembre, 2021

 

Lucas 6, 43-49

Jesús decía a sus discípulos:

«No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas.

El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca.

¿Por qué ustedes me llaman: “Señor, Señor”, y no hacen lo que les digo? Yo les diré a quién se parece todo aquel que viene a mí, escucha mis palabras y las practica. Se parece a un hombre que, queriendo construir una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Cuando vino la creciente, las aguas se precipitaron con fuerza contra esa casa, pero no pudieron derribarla, porque estaba bien construida.

En cambio, el que escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a un hombre que construyó su casa sobre tierra, sin cimientos. Cuando las aguas se precipitaron contra ella, en seguida se derrumbó, y el desastre que sobrevino a esa casa fue grande.»

Palabra del Señor

Comentario

La semana termina, va llegando a su fin y nuestras actividades también. Y por eso es bueno a veces mirar para atrás, no para escarbar en lo malo, sino para aprender de lo que pasó y hacer siempre como un repaso espiritual de la semana. No, no vamos a elegir este sábado hacer un repaso de cada evangelio, porque creo que Algo del Evangelio de hoy es, de por sí, de alguna manera, un «examen espiritual», de cómo estamos viviendo nuestra relación con la Palabra, que en definitiva es nuestra relación con Jesús, porque él se manifiesta en la Palabra. Cómo estamos escuchando: si la escucha es real y profunda, si realmente produce un cambio en nuestra vida, si nos estamos enamorando o no de su amor, si nos estamos dejando atraer por él al escuchar la Palabra. Porque, en definitiva –y nunca nos olvidemos de esto–, lo importante es enamorarnos de Cristo, de su Persona; enamorarnos de todo lo que es él, de todo lo que hace e hizo por nosotros: no de una idea, de una doctrina, sino de Jesús.

Por eso parafraseando la Palabra de hoy, mirando las imágenes que utiliza el mismo Jesús en este relato: «No hay árbol bueno – digamos que no hay persona que escuche la Palabra día a día y que haga el esfuerzo de interpretarla, por asimilarla, por amarla– que dé frutos malos»; es imposible. Sí, se puede equivocar, puede caer, pero frutos malos no podría ser. Aquel que escucha a Dios Padre seriamente da frutos. Aquel que escucha la palabra de Dios seriamente no da frutos malos, ¡no puede dar frutos malos! Porque la palabra de Dios se transforma en nuestra vida como en un riego continuo al corazón, mediante el cual va haciendo brotar lo mejor que tenemos y que ya está sembrado en nosotros, que es la bondad de Dios y la capacidad de amar.
Por eso el hombre bueno, el oyente de la Palabra, es aquel que se dedica con seriedad y constancia a escuchar lo que Dios quiere. Es el que, de golpe o golpe a golpe, descubre un tesoro de bondad que tiene en su corazón.

En realidad, diríamos que la Palabra es eso, es como que va cayendo en el corazón. Va sacando aquellas «costras» que no nos dejan ver o conocer lo que realmente tenemos y por eso nos hace relucir lo mejor que Dios sembró en nosotros.

Tenemos que confiar en que Dios Padre nos dio un corazón bueno, más allá de que sí tenemos pecados, nos equivocamos; más allá de que a veces podemos cometer algún mal. Sino tenemos que siempre pensar que él nos quiere ayudar a descubrir que tenemos, por decirlo así, un núcleo de bondad profundo y que a veces está tan oculto, por las heridas de la vida, que no nos damos cuenta de que lo que tenemos que hacer únicamente es quitar los obstáculos para que brote lo más lindo de nosotros.

Pero, al mismo tiempo, está siempre el peligro de ser, de alguna manera, «hipócritas de la Palabra», aunque suene duro. Aquel que escucha, aquel que dice: «Señor, Señor», que se llena los labios, pero finalmente no hace nada de lo que dice nuestro buen Dios. ¡Cuántas veces caemos en eso! Por eso, hoy Jesús directamente nos pregunta: «¿Por qué ustedes me llaman: “¿Señor, Señor” y no hacen lo que les digo?»

¿Por qué me llamás «Señor, Señor» y no terminás haciendo lo que te digo, que es lo que te va a hacer bien? Hacer lo que Jesús nos dice, en definitiva, es la prueba más elocuente, más evidente, más clara, que lo amamos. No se puede amar a alguien si uno no le pone el corazón y el oído y no termina obedeciendo, o sea, ligándose con el corazón a aquello que nos plantea.

Y, finalmente, Jesús utiliza la imagen de la «casa». En realidad, el oyente bueno de la Palabra es aquel que sabe construir toda su vida sobre el verdadero cimiento de la roca, que es Cristo. En cambio, aquel que escucha, pero no hace nunca lo que Jesús dice, en definitiva, siempre está propenso a que todo se venga abajo de un día para el otro; no por culpa de Dios, sino justamente por no haber construido sobre él. Todo se nos viene abajo en realidad porque no estamos poniendo nuestro corazón, nuestros anhelos, nuestras ansias, nuestros deseos y sueños, cimentados en la roca, que es Cristo.

Si ponemos todo en Jesús, no hay nada que nos derribe. No hay ventarrón, ni terremoto, ni tsunami, que voltee ese «arbolito» que somos vos y yo y que va creciendo día a día regado por la palabra de Dios. Nadie volteará nuestra casa, aunque sufra. Dejemos hoy que la palabra de Dios nos siga enriqueciendo el corazón. Preguntémonos sinceramente si estamos haciendo el esfuerzo por cumplir lo que Jesús nos dice y miremos hacia atrás y veamos también todo lo que él logró en nosotros día a día a través de su Palabra, especialmente en esta semana.

Tenemos un gran tesoro de bondad en nuestro corazón. Confiemos en eso y empecemos este fin de semana con mucha alegría, sabiendo que tenemos mucho para dar si sabemos escuchar y confiar en lo que Jesús nos regaló.

XXIII Viernes durante el año

XXIII Viernes durante el año

By administrador on 10 septiembre, 2021

Lucas 6, 39-42

Jesús hizo a sus discípulos esta comparación: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?

El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro.

¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo”, tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano.»

Palabra del Señor

Comentario

El sordomudo que fue curado por Jesús, en el episodio del domingo pasado, en realidad era un tartamudo, una de esas personas que no pueden hablar bien porque en definitiva algo les pasó que no escucharon bien, por lo tanto no aprendieron el lenguaje. Por eso era todo una imagen y es todo una imagen de lo que nos pasa a aquellos que no hemos aprendido a escuchar bien, que en definitiva deberíamos reconocer que a todos nos pasa de alguna manera. Somos tartamudos en el hablar de Dios, en el hablar del amor, estamos llenos de palabras que, en definitiva, no son las palabras que Dios quiere que salgan de nuestra boca. Por eso pidámosle al Señor también que nos suelte la lengua y que nos haga hablar solo de él, sin miedo, con fortaleza, con alegría, pero por eso tenemos que escuchar cada día la Palabra de Dios. Solo tu Palabra, Señor, nos sanará y nos purificará de tantas inmundicias que se han impregnaron en nuestras almas por escuchar tantas cosas sin sentido, incluso tantas cosas malas. Por eso, él escucha de tu Palabra, la que purificará nuestros sentidos, nuestra vista, nuestro tacto, nuestro gusto, todo lo que hacemos día a día por acercar a los demás a tu corazón. Señor, decinos al oído y tocanos los oídos, diciéndonos una vez más: «Ábrete», para que se nos suelte la lengua y comencemos a alabarte.

Hoy voy a dejar este audio lleno de preguntas para que por lo menos podamos responder alguna, para que nos podamos responder alguna durante el día. Por ahí es demasiado y no podemos con todas; son muchas preguntas, pero no importa, quedémonos con la que más nos guste, con la que más nos toque el corazón, no nos atragantemos. La Iglesia todos los días nos alimenta con la Palabra, con el Pan de la Palabra, pero no todos los días podemos comer todo el plato; a veces porque no tenemos hambre; otras, porque preferimos comer otra cosa y nos distraemos; otra, porque no nos gusta y entonces pasamos de largo, y otras porque a veces es demasiado y al final no podemos con todo y nos quedamos sin nada. Por eso al escuchar la Palabra de Dios siempre es bueno seguir el consejo y el principio espiritual de san Ignacio de Loyola y de tantos padres de la Iglesia y maestros de la espiritualidad, pero san Ignacio lo decía así: «No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente»; mejor es que nos quedemos con algo, pero en serio y profundo. Es mejor esto que pretender abarcarlo todo y no quedarnos con nada. ¿Cuántas veces nos pasa esto? Terminamos de escuchar y no nos quedamos con nada. Por eso sentir y gustar, experimentar y saborear las cosas de Dios hace que no las olvidemos jamás.

De la misma manera, nos pasa con la comida, cuando masticamos mucho la comida, le sentimos más el gusto, la digerimos mejor y nos alimentamos en serio; ahora, cuando masticamos poco y tragamos rápido, no digerimos bien y ese alimento no nos nutre de la mejor manera posible.

Por eso hoy acordémonos de esta frase: «No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente». Y van las preguntas para que meditemos:

¿Por qué a veces somos capaces de tomar el lugar que le corresponde a Dios y nos creemos con el derecho a juzgar? ¿Por qué juzgamos cuando en realidad el verdadero Maestro todavía no juzgó?

Nos olvidamos que Jesús nos dice que «seamos misericordiosos, como el Padre nuestro es misericordioso»; que hace llover sobre buenos y malos; nos olvidamos que Jesús no vino al mundo para juzgarlo, sino para salvarlo, y lo dice él mismo de sus propias palabras, y que el que se condena, se condena a sí mismo, que Jesús no quiere condenar a nadie en realidad. Solo quiere salvar, se condena en realidad el que no acepta ese amor misericordioso del Padre.

¿Es posible que a veces seamos capaces de estar mirando el defecto o el pecado ajeno y no nos demos cuenta de todos nuestros pecados y defectos?

¿No será que nos queda por conocernos mucho más todavía? ¿Todavía pensamos que nos conocemos plenamente?

¿No será que estamos a veces un poco ciegos por la viga que llevamos en el ojo y queremos guiar a los demás estando así, un poco ciegos? ¿No será que todavía no tomamos conciencia de todo lo que Jesús nos perdonó y toda la paciencia que nos tiene día a día? ¿No será que perdemos la memoria de tanto amor?

¿No será que nuestra ceguera espiritual no nos deja ver, y por ver mal juzgamos mal? ¿No será más eficaz y edificante dedicarnos a sacar tantas vigas de nuestros ojos que no nos dejan ver? ¿Cómo pretender corregir si todavía no podemos con nosotros mismos?

Bueno, Dios quiera que alguna de estas palabras de Jesús de Algo del Evangelio de hoy y estas preguntas que quise hacernos nos ayuden a saber y a gustar internamente de las cosas de Dios y que nos quedemos meditándolas durante este día, mientras hacemos lo que tenemos que hacer, o mejor, tomándonos un tiempo para empezar este día de la mejor manera.

XXIII Jueves durante el año

XXIII Jueves durante el año

By administrador on 9 septiembre, 2021

Lucas 6, 27-36

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.

Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman.

Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.

Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.

Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso».

Palabra del Señor

Comentario

Si Jesús nos abriera los oídos del corazón, cuanto bien podríamos hacer. Cuantas palabras lindas saldrían de nuestra boca si aprendieran a escuchar. Solo habla bien, solo habla lo justo y necesario, solo habla en el momento adecuado, aquel que sabe escuchar. Vivimos en una sociedad que le gusta el ruido, que le gusta las palabras, que le gusta hablar y pensar que todo lo solucionará por medio de las palabras, incluso a veces de los gritos, de la imposición; y, sin embargo, Jesús, con el milagro del Evangelio del domingo –en donde le dijo: «Efatá», ábrete–, nos enseña que todos hemos nacido un poco sordos del corazón, que no basta con oír, que tenemos que hacer un proceso interior para aprender a descubrirlo a él en los demás, para aprender a hablarle a los demás de él. Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy.

Si nos preguntarán hoy –medio desprevenidos–, si por ahí un hijo nos pide hablar y nos pregunta algo importante, o en la facultad, en la universidad, en el trabajo nos hacen una pregunta desafiante, como, por ejemplo, ¿qué es ser cristiano?… ¿Qué le dirías? ¿Qué le diríamos? ¿Cómo responderíamos esa pregunta? Creo que tranquilamente podríamos decirle: «Bueno, andá al capítulo seis del Evangelio de Lucas, versículo 27-36, o también andá a Mateo 5, 38-48, lee esto que acabamos de escuchar, por ejemplo». Pero bueno, en realidad, si le decimos eso a alguien, no le estarías dando una respuesta completa, porque nadie puede entender esta página del Evangelio si no conoce a Jesús, si no hizo un camino previo, si no se le abrió el corazón, los oídos del alma. Son de esas páginas un poco incómodas y muchísimas veces mal interpretadas y por eso no entendidas, y porque no son entendidas muchas veces son olvidadas.

Para responderle en serio a alguien que hace semejante cuestionamiento, deberíamos hacerle en realidad leer el libro de nuestra vida, de nuestra vida cristiana, y después que vea que eso que ve en vivo y en directo está escrito de hace ya muchísimos años porque alguien lo vivió y a partir de ahí lo vivieron miles y miles de personas, creo que la cosa cambiaría.

Ser cristiano, en definitiva, es amar, pero amar no solo con el impulso natural con el que amamos naturalmente, valga la redundancia, a los que queremos por afinidad o porque los elegimos, sino que amar con un plus; o, mejor dicho, poder amar con un plus que proviene de Dios. Es lo que llamamos nosotros la «caridad», amar a los demás con el amor que nos es dado por Dios Padre, amar a los demás por amor a Dios.

Si nos preguntan, tendríamos que decir que ser cristiano es ser seguidor de Cristo, que ser cristiano es haber descubierto que somos amados por Dios. No importa si somos buenos o malos, gordos o flacos, lindos – feos, negros – blancos, con dinero – sin dinero, con profesión o sin profesión; somos amados, y por haber descubierto que él nos ama, nosotros no tenemos derecho real a amar con distinción, a discriminar en el amor.

Otra cosa es cómo amamos a cada persona, pero de movida no podemos dejar a nadie de lado, de nuestra corazón. Entonces, ser cristiano es haber experimentado esto, y no por un cuento, no porque lo hayamos leído en un libro lindo o en el catecismo; sino porque nos dimos cuenta que es real, que el Padre ha sido misericordioso con nosotros, con vos y conmigo hoy, y que con ese que nos cuesta tanto también.

Algo del Evangelio de hoy es para sentarse a desmenuzarlo palabra por palabra, como para deleitarse y también asustarse un poco, te recomiendo que vuelvas a escucharlo o leerlo. ¿Amar a los enemigos es algo posible o es algo de unos pocos? ¿O Jesús estaba un poco loco? Es fundamental –y es lo que quiero dejarte hoy– que comprendamos a qué se refiere con «amar» o a qué tipo de amor se refiere Jesús.

Podemos equivocarnos y que al escuchar la palabra «amar» pensemos que tenemos que amar a un enemigo como amamos a un amigo, a un padre, a una madre, a un hijo o a un hermano; ¡no!, no quiere decir eso, no quiere decir que tenemos que ir hoy a abrazar al que nos hizo el mal –aunque, si nos sale, no estaría tan mal–, al que nos difamó, al que nos criticó, al que nos echó del trabajo, al que nos humilló, al que nos trató mal; no quiere decir que tenemos que irnos de vacaciones con esa persona o que tenemos que ser su amigo. Jesús nos pide un amor especial, distinto, que aunque no tenga espontaneidad, aunque no salga –digamos– naturalmente; no quiere decir que es hipocresía, como dicen algunos. Ese amor es caridad, viene de Dios porque de nosotros no sale, y porque viene de Dios nos permite hacer lo que no haríamos, y es como que nos transformaríamos en un puente de algo más grande que nos da una felicidad que tampoco viene de nosotros, nos da la bienaventuranza.

¿Qué podemos hacer con el que no es amable o se portó mal con nosotros, o sea, el que es de alguna manera nuestro enemigo? Muchas cosas. Si podemos, probemos hoy, por ejemplo, haciendo esto: saludar a esa persona, bendecirlo interiormente, hablar bien de ella, rezar –por supuesto–, no devolver mal por mal, no negarle algo que nos pida. Ser misericordioso como el Padre es misericordioso, esa es la manera de ser bienaventurado, de ser feliz.

Si alguien nos pregunta hoy qué es ser cristiano, no lo mandemos a leer el Evangelio, como dijimos al principio; demostrémoslo con la vida. Si nadie nos pregunta, no importa, pensemos hoy a quién, que no sea tan amable, podemos tratarlo como nos gustaría que nos traten.

XXIII Martes durante el año

XXIII Martes durante el año

By administrador on 7 septiembre, 2021

Lucas 6, 12-19

En esos días, Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios.

Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles: Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Simón, llamado el Zelote, Judas, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

Al bajar con ellos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades. Los que estaban atormentados por espíritus impuros quedaban curados; y toda la gente quería tocarlo, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

Palabra del Señor

Comentario

“Tus manos me hicieron y me formaron, instrúyeme para que aprenda tus mandamientos” Es lindo saber y sentir que las manos de Dios nos formaron, que Dios es como un alfarero, que disfruta amando a su creatura, llenándola de su ternura al formarla. Es bueno saber, al mismo tiempo, que el pecado nos va deformando y que, a causa de eso, perdemos el color y la forma que Dios soñó para cada uno de nosotros. La maravillosa obra de Dios que somos vos y yo, todo ser humano, pierde su rumbo y su guía por apartarse de los mandamientos de Dios, que no son otra cosa que eso, rumbo, guía, luz para el camino. Por eso debemos pedirles a esas manos que nos hicieron y formaron, que nos instruyan, que nos vuelvan a dar forma. Debemos pedirle a la mano poderosa de Dios que se pose sobre nosotros para hacer lo que tenga que hacer, para acariciar, para corregir, para acariñar, para abrazar, para consolar, para reprender. No podemos tener miedo a eso, debemos dejarnos sostener por las misericordiosas manos del Padre Dios.

Un modo de ir transformando de a poco nuestro corazón para que se parezca más a Algo del Evangelio, o sea al corazón de Jesús, es dejar que el corazón de Jesús se vaya “metiendo” en el nuestro. Implica tener una actitud más receptiva que activa, aunque en realidad ser “receptivos” es ya de por sí una actitud que necesariamente pide que “hagamos algo”, que nos hagamos receptivos. No es fácil ser receptivos, no es fácil decirnos a nosotros mismos: “no voy a hacer nada”, solo voy a recibir, para poder en realidad hacer mucho. No es fácil decirnos: “Voy a dejar de correr un poco”. Muchas veces en la vida, “no hacer nada” es hacer mucho, aunque nos parezca una contradicción. Siempre hay tiempo para la acción, siempre encontramos motivos y situaciones para hacer cosas, nos sale naturalmente y es bueno que así sea, porque estamos “hechos” para ser co-creadores con nuestro Padre del Cielo, para soñar y hacer grandes cosas según los dones que Él mismo nos ha dado.

Pero al mismo tiempo es bueno darnos cuenta que para encontrar lo mejor de nosotros, eso que anda escondido, para que salga lo más genuino de nuestro corazón, es necesario tomarnos tiempo, apartarnos y escuchar al que más sabe, al Padre de Jesús y de nosotros. Dejar de correr. Como lo hizo Jesús, que supo dejar de correr.

Jesús necesitó hacerlo y lo hizo. No tuvo problema en estar treinta años apartado de todo para hacer lo que tenía que hacer y en medio de la actividad supo también “escaparse” para estar solo con su Padre y decidir lo mejor para establecer el Reino de Dios en la tierra. Pensá en esa noche de diálogo con su Padre. Jesús pensó a quién debía llamar para estar cerca de Él y sintió en lo profundo de su corazón, quienes debían ser sus apóstoles, aquellos que continuarían su obra en el mundo. Es lindo imaginar ese momento como el día en que la Iglesia empezó a nacer en su corazón. Jesús soñó con formar una familia, con nosotros.

Las cosas grandes y lindas, las obras que perduran en el tiempo, no nacen de un impulso nervioso, de un arrebato místico maravilloso, de una pelea con alguien, de una idea aislada. No, las obras grandes como la Iglesia que Jesús quiso fundar para darnos a nosotros la posibilidad de conocerlo, nacen de la fecundidad de una actitud que sabe esperar y escuchar, sabe dejar de correr. Jesús supo esperar y escuchar a su Padre. No eligió con el apuro de aquel que desea hacer su proyecto y su plan. Jesús supo retirarse para enseñarnos que los nacimientos deben estar precedidos siempre, por deseos del corazón, de sueños, de una voluntad que busca lo que desea, y que sabe que las cosas grandes se van gestando y desarrollando con el tiempo. Así se concibió la Iglesia, podríamos decir que en esa noche. También ahí, en esa noche de oración de Jesús, fuimos pensados y deseados cada uno de nosotros, los discípulos de todos los tiempos, los apóstoles de todos los tiempos, los sacerdotes de todos los tiempos.

Hoy rezá con esto. Jesús no improvisó, se tomó su tiempo apartándose un poco de todo. Hacé lo mismo hoy. Hacé lo mismo, si necesitás tomar una buena decisión, si necesitás elegir algo importante, si necesitás madurar una intuición, un sueño posible, si estás por dar un paso necesario que no te animás… apártate para rezar. Rezá también imaginando a Jesús esa noche. No somos frutos de la improvisación divina, no somos un producto del azar, somos amados y deseados por un Dios que es Padre y que desde siempre nos eligió por medio de su propio Hijo, y que al mismo tiempo con su vida nos enseña el camino de la sabiduría y la paciencia.

Si te apartás un rato, el mundo no se vendrá abajo, al contrario, seguirá igual, pero vos estarás distinto para poder mejorarlo un poco con tus decisiones y tu alegría.

XXIII Lunes durante el año

XXIII Lunes durante el año

By administrador on 6 septiembre, 2021

Lucas 6, 6-11

Un sábado, entró en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada. Los escribas y los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si curaba en sábado, porque querían encontrar algo de qué acusarlo. Pero Jesús, conociendo sus intenciones, dijo al hombre que tenía la mano paralizada: «Levántate y quédate de pie delante de todos.» El se levantó y permaneció de pie.

Luego les dijo: «Yo les pregunto: ¿Está permitido en sábado, hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?» Y dirigiendo una mirada a todos, dijo al hombre: «Extiende tu mano.» El la extendió y su mano quedó curada.

Pero ellos se enfurecieron, y deliberaban entre sí para ver qué podían hacer contra Jesús.

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué maravilla es ver en la Palabra de Dios –fijándonos en el Evangelio de ayer– cómo Jesús tuvo gestos distintos con cada persona que se le acercó, cómo cada milagro fue también distinto, particular, especial! Ayer, notábamos cómo Jesús apartaba a este sordomudo, que en realidad era un sordo y tartamudo que le costaba hablar, y llevándolo aparte lo curó de manera especial. Puso sus manos en sus oídos, su saliva en su lengua para hacer que él pueda volver a hablar, para que en realidad sus oídos se le abran y escuche, y esa escucha le cambie la manera de hablar.

Bueno, en esta semana que comenzamos, este lunes –que espero que sea un lindo lunes para vos y para todos–, pensemos que Jesús de algún modo también nos aparta a vos y a mí de la multitud; que cuando nos quiere sanar, no quiere sensacionalismo o cosas espectaculares, sino quiere mirarnos a los ojos, quiere tocarnos el corazón, para ayudarnos a cambiar, para destrabarnos la lengua, para abrirnos los oídos y para ponernos en un nuevo camino.

Continuemos con este maravilloso Evangelio del domingo durante esta semana, pero también te propongo en estos días tomar un versículo del salmo 118 para que escuchemos y meditemos, dice así: «Tus manos me hicieron y me formaron; instrúyeme, para que aprenda tus mandamientos». Que estas palabras podamos transformarlas en petición: «Señor, vos me formaste, vos me diste todo, vos me diste esta vida, esta manera de pensar, este corazón, vos me diste esta familia que tengo, tantas cosas. Me formaste, me hiciste. Instrúyeme. Instruime, Señor, esta semana para que aprenda una vez más tus mandamientos, pero no como palabra muerta, sino para que las interiorice, para que tus mandatos no sean para mí una carga, para que descubra que tus mandatos, los mandatos de tu Padre, son en realidad bálsamo para el corazón, son guía, luz para caminar en esta vida tan difícil».

Ojalá que el Señor nos conceda en estos días el aprender verdaderamente sus mandamientos, que es todo lo que él nos enseña para poder vivir.

Y hoy en Algo del Evangelio vemos como dos actitudes opuestas; por un lado, vemos que Jesús se la pasó haciendo el bien y, por otro lado, los fariseos enojándose porque Jesús hace el bien –¡qué paradoja!– y quieren encontrar algo con lo que lo puedan acusar.

Primero fijemos nuestra mirada en Jesús, contemplémoslo a él, como siempre. Él hace el bien sin importarle la opinión de los demás ni la oposición ajena. El bien muchas veces en nuestra vida encuentra oposición, incluso ante personas que dicen querer hacer el bien –como los fariseos de ese tiempo–, personas religiosas que dicen amar a Dios. Jesús –como dice la misma Palabra– se la pasó haciendo el bien, por eso no le importaba que algunos estén buscando un motivo para acusarlo. Él sigue haciendo el bien ahora, en este momento. Jesús, haciendo el bien, quiere enseñar también por qué lo hace, y no lo entienden, pero lo hace igual; eso es lo lindo de la escena de la Palabra de Dios de hoy.

Jesús tiene en su corazón el coraje de hacer el bien, ese coraje que necesitamos todos para animarnos siempre a hacerlo incluso en lugares donde el bien parece que no alcanza, parece no satisfacer a los otros, no conforma y podríamos pensar: ¿cómo puede pasar esto? ¿Es posible que pase esto? ¿Cómo es posible que el hombre pueda cerrarse ante tanta bondad? ¡Qué tristeza la de Jesús! ¡Qué tristeza debe haber sentido nuestro Maestro!, y sigue sintiendo cuando se choca contra seres humanos que muchas veces no se conforman ni siquiera con el bien, no se conforman con nada.

Entonces aprendamos esto de Jesús: la decisión, el coraje, la fortaleza para hacer el bien. Cuando tenemos claro lo que tenemos que hacer utilizando medios buenos, hay que andar firmes para adelante. No dudemos en nuestro trabajo, en nuestro hogar, en la calle, en el viaje, en hacer el bien y hacerlo bien.

Cuando tengamos la posibilidad de hacer el bien, hagámoslo, aunque a nuestro alrededor se mueran de bronca, de celos, de enojos, de envidia, aunque los que dicen ser buenos –como los fariseos– se enfurezcan. Dejemos que los demás se enfurezcan, nosotros sigamos para adelante haciendo el bien y que eso nos llene de paz.

Y lo segundo a considerar es la increíble actitud de los fariseos. ¡Es increíble esta actitud!, la verdad, cuesta entenderla, pero es así. ¿Es posible tanta cerrazón incluso cuando alguien ve un milagro? Sí, es posible. Es posible que haya personas que en vez de disfrutar del bien ajeno que están viendo, estén preocupados por lo que no ven y juzgan. Hay personas así, hay personas que son así de verdad –incluso religiosos y hasta te diría que, como yo, sacerdotes–, que cuando ven algo bueno o cuando ven que alguien hace algo bueno, en vez de disfrutarlo, buscan algo que criticar, buscan algo para acusar, buscan –como se dice– la quinta pata al gato; no pueden disfrutar de las cosas buenas de los demás, están siempre encontrando todo lo malo, en el mundo, en la Iglesia, desde el papa para abajo, en la parroquia, en la comunidad, en los sacerdotes…

¿Por qué a veces no disfrutamos de las cosas buenas ajenas? ¿Por qué a veces nos da bronca lo bueno? Preguntémonos si no nos pasa a veces lo mismo. ¿Por qué a veces nos creemos que somos los únicos que podemos hacer el bien y lo hacemos mejor que los otros? Hay mucho de fariseísmo en nuestra Iglesia y en todos los que nos creemos que tenemos la medida de las cosas y cómo deben ser.

Que Jesús, con su coraje, nos libre de esta actitud. ¿Cómo hacerlo? Bueno, hagamos hoy y durante la semana el ejercicio de felicitar y alegrarnos con el bien que descubramos a nuestro alrededor, con las cosas buenas que hicieron los demás. Acordémonos que hay muchas cosas buenas fuera de nuestro corazón, de nuestro grupo, de nuestra parroquia, de nuestro movimiento, de nuestra manera de vivir la fe.

XXII Sábado durante el año

XXII Sábado durante el año

By administrador on 4 septiembre, 2021

Lucas 6, 1-5

Un sábado, en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas entre las manos, las comían.

Algunos fariseos les dijeron: «¿Por qué ustedes hacen lo que no está permitido en sábado?»

Jesús les respondió: «¿Ni siquiera han leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios y, tomando los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes, comió él y dio de comer a sus compañeros?»

Después les dijo: «El Hijo del hombre es dueño del sábado.»

Palabra del Señor

Comentario

Cuando concebimos la vida cristiana como un camino para ir conociendo plenamente a Jesús como nuestro salvador, como hombre de Dios, todo Dios y todo hombre. Cuando vamos despegándonos de esa vida de fe que por ahí sin querer nos han inculcado y, a veces, a nosotros nos cayó cómoda, al pensar que es cumplir unas normas de ser moralmente bueno; o incluso saber muchas cosas, saber mucha doctrina, saber de las cosas que enseña la Iglesia- cosa que es importante, por supuesto-, pero vamos saliendo de ese esquema que a veces nos hace rígidos, tanto para un lado, como para el otro. Porque la rigidez no es solamente el moralismo o ser doctrinario, sino también a veces algunos con muchas luces y con muchos deseos de libertad, de progresar, terminan cayendo en lo mismo porque al final hacen su propia ley.

Bueno, cuando salimos de ese esquema de fe vivido así y vamos descubriendo que a Jesús hay que conocerlo. Y a lo que nos invita él es a eso, a conocerlo. «Padre que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo, que tengan vida eterna» dice Jesús. No estaba diciendo que hagamos esto o lo otro solamente, sino que conozcamos al Padre. Y enamorándonos de tanto amor que nos tiene, de a poquito nos vamos haciendo verdaderamente cristianos. Cristo habita en nosotros y nos va transformando desde adentro. Y no solamente somos buenos y cumplimos una ley y la vivimos, y no solamente sabemos de la fe, sino que gozamos de ser cristianos. Es un gozo. Nos levantamos cada día llenos de alegría por ser hijos de Dios y devolvemos amor con amor.

Con respecto a Algo del Evangelio de hoy es lindo ver cuando Jesús aprovecha incluso situaciones muy difíciles -como estas controversias con los fariseos-, situaciones donde lo juzgan o juzgan a sus amigos, a sus discípulos, para enseñarnos, para que aprendamos a tener una mirada diferente de la vida; para que aprendamos a mirar en lo profundo de las cosas, en lo esencial; para que nos demos cuenta de que la ley suprema que está escrita en nuestro corazón, dada por él- por nuestro Padre-, es la ley, en definitiva, del amor. Y todo debe regirse por eso.

Y es por eso que san Pablo llega a decir en una de sus cartas: «Amar es cumplir la ley entera». Debemos aprender que el amor es finalmente la medida de todas las cosas y el cumplimiento de la ley, de todas las leyes y normas que podamos tener como Iglesia, como personas religiosas. No estamos hablando de leyes civiles, ese sería otro tema. Porque cuando no descubrimos que la ley de Dios es la ley del amor y que eso está por encima de todas las leyes – que incluso la propia Iglesia ha ido forjando a lo largo de la historia-, o que estas están al servicio del amor, es cuando perdemos el rumbo y absolutizamos las leyes, las pequeñas normas que tenemos; y que regulan la vida de la comunidad de la Iglesia en las comunidades, en la liturgia, en la catequesis, en la predicación, en todo lo que tiene que ver con la vida de aquellos que creen. Cuando nos olvidamos de que esas normas están para regular y para enseñarnos a amar, hacemos justamente de esas normas leyes absolutas y nos olvidamos del objetivo final al que nos quieren orientar, que es siempre el amor: la entrega cotidiana y sincera hacia los demás.

Por eso el amor siempre tiene que ser la guía. Y entonces nos deberíamos preguntar qué es el amor, el bien del otro, en definitiva. El amor es buscar siempre el bien de los demás. Cuando olvidamos ese principio fundamental, nos pasa así. Como les pasaba a los fariseos que eran capaces incluso de no hacer el bien en un sábado, porque la ley decía que en sábado no había que hacer esto o lo otro y no había que hacer ciertas cosas.
Jesús nos quiere llevar justamente a un nuevo enfoque en el cumplimiento de la ley. ¿No será que el pueblo judío se había puesto muchas leyes y se había olvidado del amor?

Incluso Jesús en un momento lo dice: «Ustedes se olvidan del mandamiento de Dios por llenarse de costumbres, de tradiciones humanas». ¿No será que nosotros también en la Iglesia a veces nos llenamos de normas, de reglas y requisitos para un montón de cosas que no están mal, pero las usamos mal y nos olvidamos a veces del amor? ¿No será que tenemos que aprender a aplicar las leyes y las normas a situaciones concretas, viendo siempre a las personas, comprendiendo sus condiciones particulares de las personas que el Señor pone en nuestro camino? Porque ese es nuestro problema. Las leyes universales las aplicamos a situaciones concretas a veces olvidándonos de la particularidad del sujeto que las tiene que observar.

Y eso también nos pasa a nosotros cuando nos juzgamos, cuando no nos perdonamos ante situaciones que vivimos, porque había que hacer tal o cual cosa y no la pudimos hacer. Y somos muy duros con nosotros, personalmente – digo – y no comprendemos que ciertas circunstancias nos llevaron a veces a caer en lo que caímos, valga la redundancia. Ciertas circunstancias no nos permitieron hacer lo que deberíamos haber hecho y entonces hay que perdonar y mirar para adelante.

Esta nueva visión, de la que estoy hablando, no anula la ley. Ese sería otro error, como les pasa a algunos, no quieren leyes. Por eso el otro peligro siempre es caer en rechazar tanto las normas, de habernos cansado tanto de que se usen mal; pensando incluso que parece que no sirven, que las despreciamos. Entonces caemos en el otro extremo del fariseísmo, que sería «mi propia norma», la norma de mi capricho, la norma de que finalmente es un desorden y hago lo que me parezca a cada momento. Y eso tampoco conduce siempre al amor. El amor tiene que ver y tiene que ser el que regule todas mis actitudes, mis sentimientos, mis pensamientos.

Bueno, Dios quiera que estas palabras de Jesús nos ayuden a ver que la ley está hecha para el hombre y no el hombre para la ley. Nosotros tenemos que ser libres, ir aprendiendo la libertad de los hijos de Dios siempre. Descubrir día a día, en cada circunstancia concreta de la vida, qué es lo mejor que podemos hacer. Eso implica siempre un esfuerzo, implica oración, silencio, autoconocimiento e interiorización, para poder descubrir qué es lo que Dios Padre nos pide en cada circunstancia particular de nuestra existencia.

XXII Viernes durante el año

XXII Viernes durante el año

By administrador on 3 septiembre, 2021

Lucas 5, 33-39

En aquel tiempo, los escribas y los fariseos dijeron a Jesús: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y hacen oración, lo mismo que los discípulos de los fariseos; en cambio, los tuyos comen y beben.»

Jesús les contestó: «¿Ustedes pretenden hacer ayunar a los amigos del esposo mientras él está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado; entonces tendrán que ayunar.»

Les hizo además esta comparación: «Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo para remendar uno viejo, porque se romperá el nuevo, y el pedazo sacado a este no quedará bien en el vestido viejo. Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque hará reventar los odres; entonces el vino se derramará y los odres ya no servirán más. ¡A vino nuevo, odres nuevos! Nadie, después de haber gustado el vino viejo, quiere vino nuevo, porque dice: El añejo es mejor.»

Palabra del Señor

Comentario

Cuando no somos capaces de detenernos, de mirarnos en el espejo, con sinceridad, sin vanidad, simplemente para ver lo que somos, es porque en el fondo algo nos pasa, no somos capaces de mirarnos a nosotros mismos. Detenerse frente al espejo para mirarse, no siempre es signo de vanidad, puede ser por la sencilla razón de reconocernos amados, por Dios, por nosotros mismos. Es por eso que el apóstol Santiago decía que el que no pone por obra la palabra, es como el que se mira al espejo, se contempla, y yéndose se olvida de cómo es. No vivir la palabra de Dios es olvidarse lo que uno es, porque Dios nos habla de lo fuimos, de lo que somos y de lo que quiere que seamos, por lo tanto, no poner por obra lo que nos dice, es en el fondo no saber quiénes somos, olvidarnos de dónde venimos y hacia dónde vamos. Intentemos no ser hoy oyentes olvidadizos, busquemos reflejarnos en Jesús y animarnos a contemplarnos.

Tomando Algo del Evangelio de hoy podríamos preguntarnos ¿Qué valor y qué sentido tiene para nosotros –los cristianos– privarnos de algo que en sí mismo es bueno y útil para nuestro sustento, como el alimento?

Jesús dice que cuando Él les sea quitado –o sea cuando Él ya no esté más en este mundo, con nosotros físicamente– los discípulos tendrán que ayunar; y podríamos decir que en esa etapa estamos nosotros. Jesús habla directamente de que el ayuno tenemos que hacerlo y es bueno hacerlo, Él lo hizo.

La misma Sagrada Escritura y toda la tTadición de la Iglesia a lo largo de los siglos, nos muestran que el ayuno es de gran ayuda para luchar contra el pecado y todo lo que nos induce a él, con nuestras debilidades.

Jesús en el Nuevo Testamento nos da una razón profunda del ayuno, porque esto es lo que tenemos que encontrar, la razón profunda. ¿Por qué es bueno ayunar?

Dice: «A vino nuevo; odres nuevos» no podemos hacer algo nuevo con el mismo corazón de antes, tenemos que buscar tener un corazón nuevo.cOdres es el recipiente en donde se guarda el vino; bueno, a vino nuevo –a esta nueva noticia que nos viene a traer Jesús– hay que encontrar una nueva manera de guardarlo.

Por eso Jesús nos enseña que el verdadero ayuno consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre que ve en lo secreto y nos recompensa.

El ayuno está orientado a que nos alimentemos del verdadero alimento que es hacer la voluntad de Dios. Por eso, la finalidad del verdadero ayuno es alimentarnos de este alimento verdadero. Incluso hay un santo que dice algo muy interesante que creo que nos puede ayudar, dice así: “El ayuno es el alma de la oración y la misericordia es la vida del ayuno, por tanto, quien reza; que ayune, quien ayune; que se compadezca, que preste oídos a quien le suplica a aquel que al suplicar desea que se le oiga; pues Dios presta oídos a quien no cierra los suyos al que le suplica”.

El ayuno está orientado hacia la caridad, al amor, a la misericordia. Está orientado a que tengamos la voluntad dispuesta para estar pensando más en los demás; para no estar encerrados en nosotros mismos.

En nuestros días parece que el ayuno es una práctica que perdió su valor espiritual, por eso a vino nuevo; odres nuevos, corazón nuevo. No es cuestión de hacer algo por hacerlo. Lo extraño es que incluso fuera de la Iglesia el ayuno es reconocido, valorado por médicos, por un montón de personas que dicen que el ayuno les hace bien, pero para buscar un bienestar material, un bienestar del cuerpo, incluso para terapias del cuerpo; para los que creemos en Jesús, en primer lugar, el ayuno es para conformarnos con la voluntad de Dios.

La práctica del ayuno nos ayuda a unificar nuestro cuerpo y nuestra alma, a poder refrenar, orientar nuestras tendencias y pasiones que a veces se desordenan, para un bien más grande que es el amor a Dios y el de los demás. Y al mismo tiempo, ayunar nos ayuda a tomar conciencia del mal en que viven muchos de nuestros hermanos; san Juan dice en su primera carta: “Si alguno posee bienes en el mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?”

Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar un estilo de caridad, de buen samaritano, inclinándonos y preocupándonos por nuestros hermanos.

Que estas palabras nos ayuden hoy a poder ayunar de alguna manera, con alguna comida, con algo que tiendas a buscar mucho, ya sea en cantidad o en calidad. Cada uno tiene que buscar qué cosas puede ofrecer a Dios con un “corazón nuevo”, por amor a Dios y a los más necesitados.

XXII Jueves durante el año

XXII Jueves durante el año

By administrador on 2 septiembre, 2021

 

Lucas 5, 1-11

En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Navega mar adentro, y echen las redes.»

Simón le respondió: «Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes.» Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.

Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador.» El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón.

Pero Jesús dijo a Simón: «No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres.»

Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor

Comentario

Ayer citábamos al apóstol Santiago cuando decía: “si alguno se contenta con oír la palabra sin ponerla por obra, ese se parece al que contempla su imagen en un espejo, se contempla, pero yéndose se olvida de cómo es”. Esto es lo que nos pasa tantas veces al escuchar la palabra de Dios, parece que hacemos como cuando antes de salir a trabajar, después de levantarnos y prepararnos, nos paramos frente al espejo, nos lavamos la cara, nos peinamos y salimos medio corriendo, como no queriendo detenernos mucho para ver realmente cómo estamos, cómo “nos vemos”, cómo está nuestro rostro. Así hacemos con la Palabra, la escuchamos, pero no sabemos siempre frenarnos, dejar que eso que escuchamos nos refleje algo de la voluntad de Dios, algo de lo que somos, algo sobre cómo estamos. Cuando no ponemos por obra la palabra, es porque no le damos tiempo, en el fondo no la contemplamos, sino que la escuchamos a las “corridas”, queriendo hacer lo que queríamos hacer y no tanto lo que Dios quiere o nos está pidiendo.

Es necesario tomarse más tiempo, es necesario hacer momentos de silencio, es necesario hacer retiros espirituales, es necesario mirarse al espejo de la palabra por más tiempo. Intentemos hoy un poco más, hagamos el esfuerzo.
Algo del Evangelio de hoy es uno de esos días para contemplar con todo el corazón, por eso te digo esto; hacé el intento de imaginarte esta escena maravillosa del Evangelio, metete como si estuvieras ahí… para enamorarte de un Jesús que sorprende, que descoloca, que llama, que se mete en la barca, que enseña, que perdona, que calma, que invita a la confianza, que convierte a un simple pescador bastante cabeza dura y pecador, en un “pescador de hombres”, en un hombre que cambió la historia de miles.

Es uno de esos días en los que me gustaría callar un poco, no decir mucho, por eso simplemente remarco algunas pinceladas de lo que ya dice la palabra.

Jesús se mete en la barca de Pedro, se mete en su vida, en su lugar de trabajo; como se metió en la mía, en la tuya, como se quiere meter en tu vida si estás escuchando; te pide que le des un lugar, que le abras tu lugar, que le abras tu casa, tu corazón.

Jesús invita a Pedro a confiar en su Palabra; nos invita a creer, a abandonarnos, a no creer tanto en nosotros mismos, en nuestras capacidades o formas de hacer las cosas, sino más en Él, en su estilo, en su modo de amar.

Pedro confía, le responde: «Si tú lo dices…», a partir de ahí, todo se transforma y pasa lo inexplicable: se llenan las dos barcas de peces, su vida se llena de otras cosas, lo mismo pasa con la tuya y la mía, se llena de un montón de cosas que Dios nos va regalando, de personas, de oportunidades de amar.

Pedro descubre la grandeza, se maravilla, y por eso se tira a los pies de Jesús; no solo porque se sintió un miserable, un pecador, sino también porque ante algo tan grande se descubrió poco; vos y yo también somos pecadores como Pedro, pero no significa que somos nada, somos algo, algo, pero muy chiquitos ante Jesús.

Solo vemos lo poco que somos cuando descubrimos lo grande que es Dios, lo grande que es Jesús; y no podemos reconocer quién es Jesús, si no reconocemos que nosotros somos pequeños, no miserables, pero pequeños.

Y, por último, Jesús le dijo a Pedro: «No temas», no tengas miedo por ser pecador, tranquilo eso ya lo sé, no hace falta castigarte. Jesús sabe que somos pecadores, Jesús ya sabe todo eso y no le importa tanto, porque Él transforma lo que parece que no sirve, lo que es descartable y termina convirtiéndolo en algo grande.

El mundo hace todo lo contrario, fabrica los pecadores, los promueve, pero después los desprecia, los descarta, no los perdona; sin embargo, Jesús recibe a los pecadores, los abraza, los perdona y los convierte en “pescadores de hombres”, en personas, capaces de amar.

Ojalá que hoy sientas ese deseo de abrazarte con Jesús, de tirarte a sus pies, de reconocerte pequeño, pequeña y caer en la cuenta, principalmente, de la grandeza de Dios, de todo lo que Él hizo y hace por nosotros en nuestra vida.

XXII Miércoles durante el año

XXII Miércoles durante el año

By administrador on 1 septiembre, 2021

Lucas 4, 38-44

Al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella. Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.

Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. De muchos salían demonios, gritando: «¡Tú eres el Hijo de Dios!» Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.

Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo: «También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado.» Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.

Palabra del Señor

Comentario

Antes que nada, quería que recordemos algunas palabras de la carta de Santiago, donde habla sobre la Palabra –dice Santiago–, “Pongan por obra la palabra y no se contenten solo con oírla engañándose ustedes mismos, porque si alguno se contenta con oír la palabra sin ponerla por obra, ese se parece al que contempla su imagen en un espejo, se contempla, pero yéndose se olvida de cómo es”.

La Palabra de Dios por ser lo que Dios desea para nosotros, es como un espejo para nosotros mismos, nos permite conocernos, nos permite saber realmente quienes somos, nos permite saber qué es lo que necesitamos, a qué estamos aferrados, de qué cosas tenemos que liberarnos, qué cosas tenemos que proyectar y soñar.

La Palabra es todo, porque es lo que Dios quiere decirnos, lo que Dios nos enseña y por eso intentemos quedarnos con algo de los que nos dice, intentemos ponerla en práctica, intentemos meditarla.

Hoy pretendo dejarte algunas preguntas para que puedas hacer este camino, para que puedas y podamos todos, ponernos frente al espejo que es el mismo Dios, porque somos imagen y semejanza de Él, para que reflejándonos podamos ver en qué cosas nuestra imagen está deformada, o está alejada de lo que Dios quiere y en qué cosas nos estamos pareciendo más a Él, a Jesús, que es la “imagen del Dios invisible”.

Y por eso que en Algo del Evangelio de hoy vemos a un Jesús en todo su esplendor –por decirlo de algún modo–, un Jesús que enseña, un Jesús que cura dolencias y un Jesús que vence a los demonios.

Esta triple dimensión de la vida de Jesús, que se manifestó en su vida terrena, pero que sigue actuando hoy, silenciosamente. Jesús sigue enseñando, Jesús sigue curándonos y sigue venciendo a los demonios, y al mismo tiempo vemos Jesús que se aleja un poco de la multitud porque también necesita un poco de paz.

Por eso hoy hagámonos juntos algunas preguntas: ¿Qué cosas de las enseñanzas de Dios todavía no asimilás? ¿Qué cosas todavía no comprendés porque no hiciste el esfuerzo para lograrlo? ¿Qué cosas rechazás a veces de la Palabra de Dios porque no te gustan o no te caen bien? ¿Qué cosas te producen un poco de resistencia? Esto a veces nos puede pasar con la palabra de Dios o con las enseñanzas de la Iglesia. ¿Qué cosas no asumís de corazón y que en realidad son para tu bien? Me parece que hay algo que no podemos olvidar o dudar, y es que… ¿Cómo es posible que Dios puede enseñar algo que hace mal al hombre si el hombre es su propia creatura y, además, la más amada?

Animate a preguntarte ¿Qué enseñanzas de Dios dejás de lado, las cajoneás, las dejás ahí, no las reflexionás; o incluso a veces te das el lujo de cuestionar?

¿De qué dolencias necesitás que Dios te sane?, ya sea morales, espirituales o físicas; a veces acarreamos cosas físicas que quisiéramos que Dios nos libre de ellas y puede ser que nos libre, pero Jesús libera de los dolores “físicos” para que nos demos cuenta que hay algo más profundo, que existen otras dolencias morales o espirituales que son las que nos atormentan verdaderamente; como nuestras propias debilidades psicológicas; las debilidades o pecados de los otros que nos hacen sufrir; las debilidades que no sabemos sacar adelante por temor o impotencia, y por supuesto, el pecado, que es lo que nos ata y nos destruye; el pecado que no nos deja acercarnos al Padre; sin embargo, y aunque parezca contradictorio, no podemos olvidar que, ese pecado es también a veces trampolín para llegar a Él, para que descubramos el amor misericordioso de Dios ,que es Padre siempre. En mis pocos años de sacerdote conocí muchísima gente que se acerca al Padre después de fuertes experiencias de pecado, y paradójicamente terminan más cerca de aquellos que piensan que no necesitan nada, porque aparentemente “están bien”.

A veces, para con Dios actuamos como con los médicos; hasta que no nos duele algo no vamos, raramente consultamos al médico cuando estamos bien…. lo mismo hacemos con Dios.

Bueno, todos podemos descubrir las dolencias que tenemos para poder dar un salto a Jesús, para buscarlo sinceramente. Y finalmente, siguiendo con lo anterior, Jesús sigue venciendo a los demonios que nos tientan y nos alejan de su amor. Y entonces, podemos también pedirle que nos muestre el por qué estamos atormentados, qué tenemos que dejarnos enseñar y de qué cosas tenemos que dejar curarnos para poder liberarnos.

Dejemos que hoy la Palabra sea el espejo de nuestro corazón, para encontrar todo lo lindo que Dios nos dio y todo lo que Él desea transformar y sanar, no tengamos miedo a mirarnos a nosotros mismos en el espejo más puro y transparente que podamos reflejarnos, la misma Palabra de Dios.