Book: Lucas

Miércoles de la Octava de Pascua

Miércoles de la Octava de Pascua

By administrador on 20 abril, 2022

Lucas 24, 13-35

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»

Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»

«¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.» Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.» El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Comentario

Ir caminando a Emaús es volver a lo de siempre, volver a lo conocido por haber dejado de confiar, por no animarse a creer. Es olvidarse de la noticia más linda que podíamos haber recibido, la Resurrección. Volver a Emaús, es haber perdido la esperanza en la resurrección, en la nuestra, en la de cada día y además en la de Jesús, es no confiar que Jesús está siempre y camina con nosotros, aunque a veces no podamos reconocerlo. ¿Cuántas veces volvemos a nuestros emauses por haber dejado de creer? Nuestros emauses son esos lugares seguros, pero en donde Jesús no nos pidió estar. ¿Cuántas veces escuchamos que Jesús resucitó, pero no lo vemos, no lo experimentamos, no terminamos de saborear ese misterio tan lindo? Son más los cristianos que viven como estos dos discípulos, cabizbajos, que los que viven sabiendo y sintiendo que Jesús camina siempre a nuestro lado mientras nos explica las escrituras, con el corazón a punto de explotar. Todos tenemos momentos, a todos nos tocan pasar ciertas cosas, difíciles, dolorosas y a veces angustiantes.

Pero lo importante es no olvidar esta imagen de Algo del Evangelio de hoy. ¿Cuál? Que mientras caminamos así por la vida, queriendo que el pesimismo nos gane y nos llene el corazón. Mientras caminamos con el corazón encerrado en nuestros pensamientos. Mientras hablamos entre nosotros como retroalimentando la mala onda de un mundo que siempre parece superarse así mismo en maldad y en locura. Mientras pasa todo eso, Jesús se pone de “nuestro lado”, camina a nuestro lado, le encanta caminar con nosotros para llevarnos de a poquito al lugar donde podemos reconocerlo. No es lo mismo llegar a Emaús sin Jesús que con Jesús. No es lo mismo que Jesús sea el que nos abra el corazón y el entendimiento. ¡Qué lindo que es cuando Jesús nos hace ver lo que nunca vimos, nos hace dar cuenta de tantas cosas que dejábamos pasar de lado por ignorancia y tozudez!

¡Qué lindo que es imaginar que esta escena, que esta aparición de Jesús, es más común de lo que imaginamos! ¡Qué lindo que es sentir que esta palabra de Dios de hoy es tan real como imperceptible a nuestros ojos! Hoy quiero que esto sea real en mi vida y en la tuya. ¡Hoy quiero dejar que Jesús me explique algo más de las escrituras para darme cuenta que Él está siempre, aun cuando me pierdo y quiero volver a lo mío, aun cuando me pierdo por el pecado y el egoísmo, aun cuando mi cabeza se ponga dura y pretenda que todo sea como yo pretendo!

Alguien me dijo en estos días que quería hablar conmigo, con urgencia. Porque estaba viviendo una situación difícil. Por esas cosas de la vida de hoy, por las corridas, no pude hablar a tiempo. Sin embargo, cuando pude hablar me dijo: “Padre, ya estoy más tranquila, fui a hablar con Jesús al sagrario durante una hora y estoy con mucha paz”. Bueno, le dije, hiciste muy bien en ir a hablar con Jesús antes de hablar conmigo. ¿Qué podía decirle yo que no le haya dicho Jesús? Me dio una linda lección de normalidad cristiana. Primero Jesús en el silencio, en el sagrario, en la oración, después Jesús en los otros y finalmente Jesús, siempre Jesús. Lo demás… Bueno, lo demás ya lo sabés bastante bien.

Vigilia Pascual

Vigilia Pascual

By administrador on 16 abril, 2022

Lucas 24, 1-12

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Ellas encontraron removida la piedra del sepulcro y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.

Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se les aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes. Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día”» Y las mujeres recordaron sus palabras.

Cuando regresaron del sepulcro, refirieron esto a los Once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago, y las demás mujeres que las acompañaban. Ellas contaron todo a los Apóstoles, pero a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron.

Pedro, sin embargo, se levantó y corrió hacia el sepulcro, y al asomarse, no vio más que las sábanas. Entonces regresó lleno de admiración por lo que había sucedido.

Palabra del Señor

Comentario

Estamos a la espera, con ansias de que llegue la noche, para que ésta vigilia nos lleve inexorablemente a reconocer a Jesús Resucitado en nuestras vidas. ¿Quién de nosotros no lo necesita? Pero mientras tanto, mientras andamos por la vida… ¿Quién de nosotros no enfrentó una situación como la de las mujeres yendo al sepulcro? La duda, la increencia, la desesperanza, la desazón, la tristeza, el miedo: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? Mujeres que iban en búsqueda de un cadáver se preguntan por algo lógico y necesario. No se imaginan que Dios romperá con toda lógica humana. La Resurrección es posible. No será necesario correr la piedra del sepulcro, el mismo Jesús con la fuerza de su Amor lo hará.

La vigilia pascual es una celebración para llenarse de gozo y dar gracias. Gracias por la creación, gracias por el don de la vida, gracias porque Dios hizo grandes obras en la historia del Pueblo de Israel, pero… gracias fundamentalmente porque Jesús ha resucitado. Gracias porque creemos en esto y podemos disfrutarlo. La Resurrección es la obra más grande y maravillosa del Padre en toda la historia de la humanidad, es la mayor manifestación de su amor.

Rescatando a su Hijo de la muerte nos rescata a todos de la muerte eterna y de todo lo que en nuestra vida huele a muerte. Él con su amor infinito, restableció los vínculos que se habían roto por el pecado y el mal en el mundo.

Quien cree en la Resurrección de Jesús sabe que las piedras que tapan nuestros corazones hechos sepulcros, pueden ser corridas. Quien cree en la Resurrección de Jesús ve por todos lados vida, vida que vivifica y da un nuevo sentido a cada cosa. Quien cree que Jesús está bien vivo vive también como Resucitado, dando gracias porque todo puede ser vencido; las enemistades, los odios, las debilidades, la muerte, el dolor. Todo puede ser vencido no porque desaparezca, sino porque se enfrenta y se asume sabiendo que en lo profundo de nuestra alma hay un vínculo que jamás podrá romperse, el ser hijos de Dios.

Que esta nueva vigilia pascual nos quite todos los miedos; el miedo a todo lo que no nos deja amar y ser servidores de los demás. El miedo a todo lo que huele a sepulcro y muerte en nuestros corazones. Si Jesús resucitó… ¿De qué tenemos miedo?

Domingo de Ramos

Domingo de Ramos

By administrador on 10 abril, 2022

Lucas 22, 66a; 23, 1b-49

Pasión de nuestro Señor Jesucristo

Pilato lo interrogó, diciendo:
« ¿Eres tú el rey de los judíos?»
«Tú lo dices»
Le respondió Jesús. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud:
«No encuentro en este hombre ningún motivo de condena.»
Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando:
« ¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»
Por tercera vez les dijo:
« ¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad.»
Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó:
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»
Y diciendo esto, expiró.
Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando:
«Realmente este hombre era un justo.»
Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.

Palabra del Señor

Comentario

Celebramos hoy el domingo de Ramos y de Pasión. Así se le llama a este domingo, día en el que Jesús entra a Jerusalén subido en un burrito para después, de a poquito subirse a la Cruz, por amor a nosotros, ese será el trono en donde Jesús subirá para reinar en nuestros corazones, eso reviviremos en esta semana santa.

Se dice domingo de Ramos y de Pasión porque son dos misterios unidos, la entrada mesiánica (y por eso la rememoramos con la procesión y la bendición de ramos) y la culminación en el Calvario (y por eso leemos la Pasión, este año la de San Lucas). Elegimos algunos fragmentos nada más para meditar, porque es larga y no nos daría el tiempo. Jesús es el Mesías, sí es el Mesías aclamado por el pueblo, por muchos. Pero es el Mesías distinto, el Mesías que no encaja con la lógica humana del poder y de la fama, “al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres” como dice S. Pablo.

Empezamos esta semana santa, la más santa de todas, la semana destinada a vivir lo mismo que Jesús, a que revivamos en nuestro interior lo mismo que vivió Él. No entramos a la semana santa para ver como una “una película”, para pasar por arriba lo que pasó hace casi dos mil años, queremos entrar todos juntos para revivir en nuestro corazón lo que pasó. Junto a Jesús. Jesús lo hizo por vos, lo hizo por mí. Él quiere que podamos hacerlo con Él y por Él. Nosotros debemos “bajarnos del caballo de nuestro orgullo” y subirnos a un burrito de la humildad, nosotros también tenemos que asumir que la cruz, el dolor, el sufrimiento es y será parte de nuestra vida y que solo con la humildad y el amor se pueden vencer y se puede iluminar nuestra vida y la de los demás. Ese es el camino de los que viven resucitados, de los que queremos vivir la pascua, del cristiano que vive una vida nueva. Acordémonos de esa frase del evangelio: “Si el grano de trigo que cae en tierra, no muere, queda solo, pero si muere da mucho fruto”:

En un momento del relato que acabamos de escuchar de Algo del Evangelio de hoy, Pilato dice así: “Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte” Reconocía la bondad de Jesús y al mismo tiempo no se jugaba por ella, por Él. Pilato termina entregándolo. Nada, absolutamente nada, había en Jesús que mereciera pasar lo que pasó. Sin embargo, quiso pasarlo. No murió por casualidad, no se entregó “sin querer”, sino se entregó queriendo, sabiendo, buscando morir por mí y por vos, por todos.

También el texto relata lo que dijo el buen ladrón al otro ladrón: “Nosotros sí merecíamos morir, pero él no”. ¿Por qué entonces tiene que morir lo bueno, el que no hace nada malo, el que busca el bien? ¿Por qué tiene que triunfar la maldad, aparentemente, la injusticia en este mundo?

La fiesta de hoy nos muestra el colmo de la maldad del hombre versus el colmo del amor de Dios. Sabemos que finalmente ganó el colmo del amor de Dios, que ganó por mucho, aunque no parezca, aunque hoy sintamos que el mal triunfa. Así es como ganó Jesús, acallando los gritos de la maldad de nosotros con abrazos de amor, de silencio, de paciencia, de perdón. La multitud gritó que lo crucifiquen y Jesús terminó entregando su espíritu y gritando: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Así es nuestro Dios, no como el dios de nuestra soberbia que quiere tantas veces ganar pisoteando a los demás, mostrándoles poder.

Así te invito y me invito a que entremos en esta semana santa, la más santa de todas, la más especial. Para que podamos juntos “bajarnos del caballo de nuestro orgullo” y subirnos al burrito chiquito de Jesús y podamos experimentar lo mismo que nuestro Salvador, caminando hacia la cruz, por vos y por mí, por todos.

IV Domingo de Cuaresma

IV Domingo de Cuaresma

By administrador on 27 marzo, 2022

Lucas 15, 1-3. 11-32

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo entonces esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte de herencia que me corresponde.” Y el padre les repartió sus bienes.

Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.

Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones.   Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.

Entonces recapacitó y dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!” Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.”

Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.

El joven le dijo: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo.”   Pero el padre dijo a sus servidores: “Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado.” Y comenzó la fiesta.

El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso.

Él le respondió: “Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo.”

Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: “Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!”

Pero el padre le dijo: “Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.”»

Palabra del Señor

Comentario

En este domingo contemplamos una de las parábolas más maravillosas del evangelio. Un Padre y dos hijos. Un Padre que perdona al hijo menor que vuelve después de haber tocado fondo y que al mismo tiempo quiere hacer sentir al mayor que es hijo, desde mucho tiempo, aunque no se daba cuenta. Esta parábola es la historia de Dios Padre con los hombres, es la historia de los hombres con Dios, que es Padre, y nosotros sus hijos, un regalo que no terminamos de disfrutar. Somos hijos, pero vamos, venimos, y no terminamos de reconocernos hermanos entre nosotros. Porque en definitiva el problema de fondo es este: quien no reconoce a Dios como Padre y Padre de todos, jamás puede disfrutar de tener hermanos y lo que es peor, jamás puede disfrutar de la fiesta y de la alegría de los otros, esa que Dios nos regala a todos, sin distinción.

Jesús cuenta esta parábola a los fariseos que se la pasaban murmurando porque Él estaba comiendo con pecadores. Nos cuenta esta parábola a todos nosotros y a todos los que no pueden comprender el corazón de un Dios que es Padre y además es Misericordioso. Esta parábola es el corazón del evangelio. Algo del Evangelio de hoy es el corazón de toda la palabra de Dios. Es una manera de decirnos: “Miren… yo vine a comer con los pecadores, vine hacerlos sentir hijos a pesar de todo, vine a sentarme con ellos, aunque se hayan alejado, aunque hayan estado hundidos en el barro, aunque hayan querido comer comida de cerdos, aunque se hayan gastado todos los bienes de Dios en lo más bajo, aunque hayan cometido el peor de los pecados… Yo vine a comer con ustedes, vine a levantarnos, a agarrarlos de la mano diciéndoles vengan, salgan de ahí”. Pero también vine a ayudar a los que dicen “portarse bien”, a los que cumplen y no se equivocan tanto, a los que están siempre, pero no saben disfrutar de lo lindo que es ser hijo de Dios y además el tener hermanos, a los que se enojan por la bondad de Dios, a los que no comprenden que sea tan bueno, a los que no quieren participar de la fiesta que el Padre le organiza al hermano perdido cuando vuelve.

Ni vos ni yo estamos fuera de esta parábola, esa es la clave. No estamos fuera, somos uno de los dos, o tenemos partes de los dos, en alguna época fuimos uno y después otro. El protagonista especial es el Padre, el dueño de la historia de la humanidad, de la historia de nuestra vida. Si sos el menor, volvé, volvé que el Padre te espera con los brazos abiertos, no importa lo que hayas hecho, volvé, levantate, salí del barro, pensá que Él te está esperando, pedile perdón, no te pedirá explicaciones, dejá abrazarte por Dios que te quiere organizar una fiesta, no te preocupes por tu hermano más grande que todavía no sabe disfrutar, algún día se le va a pasar el enojo.

Si sos el mayor, si te comportás como el hermano mayor, reconoce que ese que vuelve, que ese que parece ser el peor, también es tu hermano, vos también podés caer, por eso tenés que disfrutar que vuelva. Aceptá la fiesta, aceptá que tu Padre tiene derecho a ser bueno con sus hijos perdidos y date cuenta que, en realidad, en el fondo, no supiste disfrutar de todo lo que Dios te dio durante toda tu vida, por eso te quejás, no te diste cuenta que tenías todo. Aceptá entrar a la fiesta, tu Padre te invitá, entrá. Todos tenemos que disfrutar de la fiesta de ser hijos de un mismo Padre y de ser hermanos entre nosotros. Eso va a ser el cielo, pero el cielo hay que empezar a vivirlo acá en la tierra.

III Sábado de Cuaresma

III Sábado de Cuaresma

By administrador on 26 marzo, 2022

Lucas 18, 9-14

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola:

«Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas.”

En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado.»

Palabra del Señor

Comentario

Creo que podemos aprovechar este sábado, terminando esta semana, para pedirle a la Palabra de Dios que produzca lo que necesitamos en nosotros y en los demás; porque acordate que la Palabra de Dios es como la lluvia que no vuelve al cielo sin haber hecho germinar, sin haber hecho crecer, sin haber fecundado la tierra; la tierra de nuestra vida, la tierra de nuestras actividades, de nuestro corazón, de todo lo que somos. Y bueno, depende de nosotros también que esa lluvia produzca su efecto y una de las cosas que podemos hacer es pedirle al Padre, pedirle que produzca lo que necesitamos de lo que escuchamos esta semana, aquel Evangelio que más me representó, que más me mostró algo que no estaba viendo.

Y de la parábola de algo evangelio de hoy creo que lo primero que podemos decir, o lo que se me ocurre hoy decir es. ¿No será que a veces interpretamos demasiado literal algunas cosas del evangelio y nos olvidamos de lo esencial, de lo más profundo? Pasa mucho en nuestras Iglesias que cuando hay celebraciones de poca gente -celebraciones semanales, por ejemplo- la gente se va mucho atrás, se va mucho a los bancos del fondo, a grandes distancias; como si a veces pensáramos que dependiendo del lugar que ocupemos estamos más o menos cerca de Dios o lo merecemos más o menos.

Y hoy justamente el Señor nos quiere mostrar que no se trata de eso. Obviamente la actitud del publicano que está lejos, es la actitud del que se siente pecador, del que se siente necesitado de Dios; y la actitud del fariseo que está de pie, es todo lo contrario, porque él se siente justo, se siente mejor que los demás y da gracias porque “no es como los demás”; pero no es una cuestión de qué asiento ocupo en la Iglesia, puedo estar en el primer banco sintiéndome un gran pecador y por tanto necesitado de Dios que es lo que me hace ir hasta ahí; puedo ser sacerdote y estar muy cerca del altar, pero estar lejos de Dios, mi corazón puede estar lejos de Dios, porque estoy soberbio y pienso que soy más que los demás; no importa el lugar…

Vamos a lo esencial del Evangelio: Jesús se refiere a aquellos que se tenían por justos y despreciaban a los demás; y de eso es de lo que debemos tener cuidado, reflexionar si nosotros en alguna forma de pensar, de sentir, de actuar o de mirar a los demás, no nos creemos un poco más justos y despreciamos a los demás. En el fondo es esa actitud la que nos aleja de Dios; cuando me siento capaz de juzgar y pensar que soy diferente, incluso agradecer que soy diferente y llegar a decir: “Gracias Señor porque me libraste de esto o de lo otro”, y miro a los demás de reojo. Cuando caemos en esa actitud de soberbia es cuando más lejos estamos de Dios y no nos iremos “justificados” en nuestra oración.

La oración que brota del fondo de nuestro corazón no es creernos diferentes a los demás, sino más bien pedirle al Señor que nos ayude a reconocernos como realmente somos; y no temer mostrarnos ante Dios como realmente somos.

Me contó alguna vez un sacerdote que después de una Misa, en el atrio de la Iglesia mientras saludaba a los demás, escuchaba un grupo de señoras que decían: “Y al final en el cielo vamos a estar los mismos de siempre”; como una actitud de mucha soberbia de la cual seguramente no se daban cuenta, estas señoras no se daban cuenta de lo que estaban diciendo.

¿A veces no será que nosotros nos creemos como una élite dentro de la Iglesia? Como la élite de los que estamos más cerca y “menos mal que somos nosotros, menos mal que Dios nos eligió a nosotros”. Hay que tener mucho cuidado de no caer en esta soberbia tan sutil que se mete en el corazón de los “más creyentes” incluso, de los que aparentemente estamos más cerca, estamos “de pie” al lado de Dios. Mejor es salir justificado de la oración, porque el que se humilla será ensalzado; el que se reconoce como es, a eso se refiere Jesús. Humillarse es reconocerse con la verdad, “La humildad es la verdad” decía Santa Teresa, y por eso aquel que se pone frente a Dios sin miedo a mostrarse como es y por esa pequeñez que reconoce en él pide perdón y se arrodilla también como una actitud interior; es el que realmente saldrá de la presencia de Dios, como Él quiere que salgamos y no como nosotros creemos que tenemos que salir.

Solemnidad de la Anunciación del Señor

Solemnidad de la Anunciación del Señor

By administrador on 25 marzo, 2022

Lucas 1, 26-38

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.

El ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.» Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»

María dijo al Ángel: « ¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?» El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»

María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.» Y el Ángel se alejó.

Palabra del Señor

Comentario

Celebramos hoy en toda la Iglesia la Solemnidad de la Anunciación del Señor, el día en el que todo cambió para siempre, el instante más silencioso, pero más trascendental de la historia de la humanidad. Los historiadores podrán decir muchas cosas sobre tantos acontecimientos importantes desde que el mundo es mundo, podrán buscar siempre lo más llamativo y espectacular, pero la realidad es que para nosotros ese momento, ese encuentro del Ángel Gabriel con María, ese encuentro del Espíritu Santo con la Virgen, es el verdadero acontecimiento que dio «vuelta» el mundo, tu vida y la mía, la de millones y millones de personas. Las cosas grandes de la historia de la humanidad, en realidad, pasaron desapercibidas para los poderosos de este mundo que les gusta mucho más el «show» que otra cosa. Dios eligió «hacerse el distraído» y entrar en este mundo por la puerta de «atrás», como para no figurar, como para no ser visto, como para ser uno más, sin dejar de ser lo que era y meterse en nuestros corazones.

Demasiada alegría junta, la alegría de una adolescente sencilla y desconocida, que recibió la noticia de que iba a ser la Madre de Dios. Una gran locura. La venida de Dios al mundo, el anuncio de la concepción de Jesús en el vientre de María, como decimos siempre, por obra y gracia del Espíritu Santo, es para alegrarse siempre. Jesús también fue un niño en el vientre de su madre. También creció silenciosamente hasta nacer como cualquiera de nosotros. Por eso hoy también rezamos por todos los niños por nacer, por todos los niños que están «custodiados» por sus madres en sus vientres. Pero especialmente recemos por todos los niños por nacer que sufren el «terror» del aborto que amenaza sus vidas, para que sus madres tomen conciencia del don que llevan en sus vientres y jamás recurran a una aparente solución que puede arruinar una vida para siempre, incluso la de ellas mismas. Para el caso, María también vivió un embarazo «no deseado», podríamos decirlo en lenguaje actual. Ella no tenía pensado quedar embarazada, y mucho menos de ese modo. Sin embargo, supo abrirse al misterio de la vida, supo aceptar lo que en principio no entendía ni quería. Supo querer y aceptar la invitación como voluntad de Dios y amar la vida desde el momento de su misteriosa concepción hasta la muerte en la cruz. Por eso es lindo hoy que recemos por todas las madres que también, por diferentes circunstancias, viven un embarazo «no deseado», no buscado, para que abran sus corazones al don que llevan, al niño que milagrosamente llevan en sus vientres y que necesitan de ellas.

Algo del Evangelio de hoy nos muestra que, de punta a punta, desde el anuncio del Ángel a María hasta el anuncio de la Resurrección, Dios viene a darnos una alegría, Dios está con nosotros para alegrarse, no para preocuparnos y asustarnos. Una vida que nos vino a dar una alegría. Una vida que nos vino a dar vida. Un niño siempre puede transformarse en una alegría. Ser cristiano es alegrarse con esta alegría, alegrarse de que Dios se haya «metido» en nuestras vidas, de que nos haya sorprendido de esta manera. Ser cristiano es alegrarse porque María fue capaz de decir que sí, y gracias a Ella, el Hijo de Dios se metió en nuestra historia, para vivir como nosotros, para morir por nosotros y resucitar para nosotros. María es la mujer más inteligente y llena de amor de la historia, la más feliz de todas porque supo confiar y creer sin ver, aunque haya preguntado para saber cómo Dios se las iba a ingeniar para hacer semejante milagro. Nunca desconfió de las promesas de Dios y de sus planes. Para el que cree, siempre lo que Dios quiere es lo mejor. Creer hace bien, creer es de inteligentes, creer nos abre caminos nuevos y más seguros, creer nos llena el alma de felicidad, aunque nos dé un poco de miedo y vértigo. Seremos felices si aprendemos a creer y confiar sin ver, sin muchas pretensiones.

Que hoy María nos ayude a decirle con confianza a Dios Padre, pero por ahí con miedo, pero con confianza: «Sí, soy tu servidor. Quiero ser tu servidora, que se cumpla todo lo que tenés pensado para mí». Que María despierte el corazón de tantas madres que, por equivocarse, hoy no quieren recibir una vida, que se sientan abrazadas y acompañadas por la misericordia de Jesús que siempre nos da una oportunidad.

¿Quién dijo que creer es de débiles e ingenuos? ¿Quién dijo alguna vez que tener fe es algo infantil o de poco inteligentes? ¿Lo escuchaste alguna vez? Son puras palabras y tentaciones. Creer como María, confiando sin entender tanto, es el verdadero camino de la felicidad. Y vos, ¿qué preferís?

III Jueves de Cuaresma

III Jueves de Cuaresma

By administrador on 24 marzo, 2022

Lucas 11, 14-23

Jesús estaba expulsando a un demonio que era mudo. Apenas salió el demonio, el mudo empezó a hablar. La muchedumbre quedó admirada, pero algunos de ellos decían: «Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios.» Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo.

Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra. Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque -como ustedes dicen- yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul. Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces. Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.

Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras, pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes.

El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.»

Palabra del Señor

Comentario

Como la parábola del domingo, nosotros, la higuera, las higueras, a veces no damos los frutos deseados por el dueño de la viña. Por más que tenemos todo para crecer, por más que sabemos lo que tenemos que hacer, vivimos «plantados» en este mundo, a veces con mucha esterilidad. No es para autocastigarnos, pero deberíamos ser sinceros y decir que siempre podemos dar más. Pero la buena noticia de ese Evangelio es justamente que Jesús nos espera siempre, que él no desea cortarnos y «tirarnos al fuego», sino todo lo contrario, que nos ama y con su amor quiere ablandarnos el corazón para que amemos y demos frutos. La lluvia de la Palabra tiene esa función en nuestra vida, abonar la tierra dura de nuestro corazón para que podamos absorber el buen alimento que Dios nos da cada día. Sin agua, las plantas no pueden tomar los nutrientes de la tierra por más que abunden, sin la lluvia de la Palabra, nosotros no podemos alimentarnos del amor de Dios, del amor de los demás; porque esa humedad, esas palabras son las que nos dan vida y sabiduría para tomar y elegir los caminos correctos.

Algo del Evangelio de hoy tiene que ver con algo que les pasó a los de aquella época, pero que también nos pasa muchas veces a vos y a mí, y terminamos por agobiarnos, haciéndonos caer en un pesimismo a veces insoportable. ¿Qué cosa? Por ejemplo, el vivir pensando en lo que nos falta; vivir viendo la parte vacía del vaso, como decimos a veces, lo que debería ser y no es, lo que me pasó, me afectó y debería haber sido distinto, pero ya no puedo cambiar; vivir sin considerar lo que tenemos y esperando algo mejor que seguramente vendrá; vivir así, ver las cosas así, es parte de la verdad de la vida, pero no es toda la verdad.

Hoy, no sé si te pasa eso a vos, estamos un poco cansados de escuchar parte de la verdad, y verdades a medias. Verdades que no son verdades en realidad, fuera y dentro de la Iglesia, verdades a medias, porque en realidad son «ideologías» y cuando una ideología quiere ser la única verdad; termina por matar a la Verdad con mayúscula, que es una Persona, Jesucristo. Somos capaces de matar por nuestra supuesta verdad, incluso en nombre de la Verdad. Estamos cansados porque cada uno tiene su verdad, o, mejor dicho, cada uno cree que tiene la suya y que es la única. Y pocos se animan a abrazar una Verdad más grande y trascendente. ¿Sabés qué es lo que pasa o por lo menos qué es lo que me parece que pasa en el mundo, y como dije antes, también dentro de la Iglesia? Pasa que Jesús es relegado, olvidado y muchas veces por los que deberían recordarlo más, mucho más. Sin embargo, nuestro buen Jesús no entra en estas discusiones interminables en donde todos quieren tener la razón, en donde el dinero manda, en donde la lógica del poder termina triunfando por sobre los intereses comunes o los intereses de un Dios que es amor. Todos hablan de verdades, pero se olvidan de una Verdad mucho más verdadera que es Jesús: «Camino, Verdad y Vida». Alguno me dirá, pero… ¿qué tiene que ver el mundo con Jesús, con las discusiones de este mundo? Tiene y mucho que ver, por lo menos para nosotros los cristianos, que sin querer a veces «separamos» demasiado las cosas del mundo con nuestra fe y nos olvidamos que nuestra fe es sal y luz en este mundo, dividido por las discordias, por las medias verdades que se hacen ideologías.

En la escena de Algo del Evangelio de hoy se pone de manifiesto los «pesimistas de siempre», los «mala onda», como decimos por acá, que buscan siempre «el pelo en la leche», la «quinta pata al gato», porque las ideas les nublan el corazón. La ideología no permite ver la realidad tal como es, porque se la mira de una perspectiva propia, y no desde el amor de Dios. Estos hombres, en vez de reconocer el bien que hacía Jesús, fueron capaces de decir semejante barbaridad, o sea que Jesús hacía el bien pero con el poder del demonio. ¡Algo absurdo, como lo que nos toca ver cada día! No solo no veían la parte llena del vaso, sino que imaginaban algo malo dentro del vaso.

No veían lo bueno, algo que a veces es mucho peor. Seamos cristianos, seguidores e imitadores de Cristo, aunque a muchos no les guste usar esa palabra, la de «imitar». Seamos conscientes de que debemos parecernos a l. Luchemos por dejar de dividir y buscar lo malo en lo bueno, o de ver solo lo malo cuando hay mucho de bueno. Seamos verdaderos discípulos de Jesús. Saltemos «las grietas» que nos separan para descubrir que del otro lado también hay hermanos, no solo enemigos, como vemos a veces, aunque algunos se comporten como tales. Del otro lado hay gente buena también, solo que a veces se dejan ganar por sus ideas, como de «este lado» también, que pasa tanto. En realidad, lo bueno sería pensar que no hay dos bandos, no todo es blanco o negro, los buenos y malos, sino que todos tenemos cosas buenas y cosas malas. De nuestro corazón brotan las buenas inspiraciones del Espíritu Santo y las malas inclinaciones con las cuales nacemos y vamos alimentando con nuestras malas elecciones.

III Lunes de Cuaresma

III Lunes de Cuaresma

By administrador on 21 marzo, 2022

Lucas 4, 24-30

Cuando Jesús llegó a Nazaret, dijo a la multitud en la sinagoga:

«Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón.

También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio.»

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Palabra del Señor

Comentario

Hace unas dos semanas, cuando empezamos la Cuaresma apareció un texto en la primera lectura que quisiera volver a rescatar como introducción y para ayudarnos a asimilar la Palabra de cada día. Un texto que habla sobre la Palabra misma. Dios mismo nos enseña lo que hace su Palabra, Dios mismo nos habla con su Palabra, Dios mismo hace la obra con su Palabra, en cada uno de nosotros. Por eso lo mejor que podemos hacer es dejar que Dios haga. El trabajo más arduo en nuestra vida no es hacer muchas cosas nosotros, sino más bien dejar que Dios haga, porque en definitiva Él es hacedor de nuestra vida o por lo menos debería serlo. El texto dice así y lo iremos desmenuzando estos días:

“Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé.” Es una maravilla y es lindo que lo vuelvas a escuchar. La Palabra de Dios es comparada con la lluvia y la nieve que vienen del Cielo. La Palabra de Dios viene del Cielo, viene de lo alto aunque nos venga desde lo humano, desde lo cotidiano, desde un libro, desde un audio, desde una persona, desde algo que pasó. Una cosa no quita la otra, al contrario, sino que una cosa necesita la otra. Dios no nos puede hablar sino es a través de lo humano, pero al mismo tiempo tenemos que tener la certeza que viene del cielo, viene desde el corazón de Dios Padre que quiere que sobre todos caiga la frescura de la lluvia de su Palabra, que en definitiva es Jesús.

¡La primera gran verdad que no podemos olvidar nunca cuando escuchamos la Palabra de Dios! Viene del cielo y es bendición, es algo bueno que Dios quiere decirnos, quiere refrescarnos, quiere sacarnos la sed, quiere hacernos crecer, quiere purificarnos. Como viene del cielo jamás quiere hacernos mal, jamás quiere hundirnos, entristecernos, jamás puede ser mentira, siempre es verdad liberadora, verdad que anima y consuela, verdad que a veces desnuda, pero cubre y cura. Así tenemos que escuchar la Palabra. Mirá la lluvia e imaginate que así desea Dios que su palabra llegue a todos, moje a todos.

¿Por qué ningún profeta es bien recibido en su tierra, porqué Jesús fue rechazado en su tierra, en su lugar, porqué a nosotros nos pasa a veces lo mismo en nuestras familias, conde nos conocen? Justamente por no comprender esto, por no comprender que Dios puede hablar así, como la lluvia y caer sobre todos. Por no creer que Dios que es grande, habla por medio de lo humano. Por no entender que a Dios no lo podemos entender, sino que lo tenemos que aceptar como es y que el único que nos enseña como es, justamente es él mismo.

Jesús hoy no se dejó matar, siguió su camino, aunque no lo entendieron y aunque lo quisieron matar. Así vamos nosotros, intentando seguir nuestro camino, el de Jesús, aunque nos quieran matar y hacer callar nuestra vos, simplemente porque no nos entienden, simplemente porque algunos no quieren escuchar lo evidente, simplemente porque no comprenden que Dios pueda ser como la lluvia, que viene del Cielo y empapa todo lo que toca. La diferencia es que la naturaleza no se cubre de la lluvia, en cambio nosotros sí, evitamos mojarnos como evitamos escuchar a Dios. Hoy dejemos que la lluvia de la Palabra nos empape y ayudemos a que estos audios de la Palabra se extiendan y empapen a todos, buenos y malos.

III Domingo de Cuaresma

III Domingo de Cuaresma

By administrador on 20 marzo, 2022

Lucas 13, 1-9

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió:

«¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.»

Les dijo también esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?”

Pero él respondió: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás.”»

Palabra del Señor

Comentario

En este nuevo domingo que se nos regala para poder descansar un poco más, para estar en familia, para glorificar al Señor, porque es el día del Señor, tratando de rezar un poco más, de escuchar más, de abrir nuestra alma a la Palabra que día a día nos va llevando hacia la Pascua, no tengamos miedo ni pasemos de largo esta aparente contradicción de las palabras de algo evangelio de hoy. Por un lado, dice Jesús, “les aseguro que no y si ustedes no se convierten, acabarán de la misma manera”, parece ser una amenaza, y por otro lado este… “Señor todavía déjala este año yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré, puede ser que así de frutos en adelante, sino la cortarás.”

Ese mismo Jesús, ese mismo que nos llama urgente a que cambiemos, a que nos convirtamos, a que nos despertemos de la dormición, es el mismo que después se juega por nosotros, por cada uno de nosotros y le dice al Padre, al dueño de la viña: déjalo un poco más, no lo cortes, no te lo lleves, si yo lo ayudo, si yo remuevo la tierra a su alrededor, si yo abono puede ser que todavía dé frutos. No es contradictorio en realidad esto, no es que Jesús hace el papel de bueno, viñador, y el Padre hace el papel de malo, propietario, calculador, del dueño que quiere cortar de raíz, todo aquello que no de fruto, no, es una parábola, una parábola que quiere llevarnos a algo más profundo, que quiere que descubramos otra cosa que está atrás, que en realidad eso es lo que haríamos nosotros, nosotros nos comportaríamos como ese propietario impaciente. Eso hacemos nosotros con las cosas y con las personas, nuestra paciencia es limitada, chiquita, nuestra paciencia es débil, tenemos paciencia en realidad con las cosas que nos gustan y nos conviene, somos egoístas y después explotamos y cortamos todo con las cosas, y personas que consideramos que no lo merecen, que no valen la pena. No vale la pena esperar por esto.

Cuántas cosas y personas cortamos de raíz por no haber sabido esperar, en el fondo por no saber valorar y descubrir que, esperando, todo puede dar fruto si se abona y se cuida. ¿Cuántas relaciones rompimos? ¿Cuántas personas quitamos de nuestra vida por no haberles dado una oportunidad? ¿Cuántas veces hicimos el papel de dueños malos, impacientes que pretenden merecer, que quieren y se creen merecedores de los frutos de su tierra como si realmente fuéramos los dueños de la vida de los demás y de las cosas que nos rodean? ¿Cuántas veces? Seamos sinceros. Por contraste hoy podríamos maravillarnos de la paciencia de un Dios que es Padre, de esa paciencia infinita que tiene, por saber esperar, no cortando las vidas de raíz.´

También un Dios que es Hijo y sabe jugarse por sus hermanos, es viñador y se juega por nosotros. Y también por otro lado, por qué no asustarnos un poco por nuestra paciencia, tan chiquitita y limitada, que tantas veces se transformó en impaciencia, siendo ansiosos e implacables con los demás, con nosotros y con las cosas. Nosotros muchas veces sufrimos por esta gran paciencia de Dios que parece no actuar, que parece no hacer nada, no destruir lo que no sirve, que lo deja, que parece inmóvil a tanta inmundicia de este mundo, ante tanta injusticia. Sin embargo, creo que hoy todos tenemos que aprender a sufrir por paciencia, es una gran virtud, sufrir por paciencia, con amorosa paciencia.

La falta de frutos de nuestra vida, y la de los demás, tiene que ver con nuestra impaciencia, por eso es bueno saber que siempre hay un rescoldo, un fondito del corazón, un resto que nos da esperanza para poder algún día dar fruto. Una semilla ahí escondida que todavía puede amar, que todavía vale la pena esforzarse, que todavía vale la penar rogar, sentarse y esperar.

De la misma manera que Dios y los demás lo hicieron conmigo y con vos, ¿Cuántas veces nos esperó nuestra madre, nuestro padre, nuestro profesor, nuestro amigo, nuestro abuelo y abuela, para vernos crecer y dar frutos? ¿Cuántas veces? Ni nosotros lo sabemos, imaginemos si nos hubieran cortado rápido, ahí nomás, cuando nos vieron medio marchitados y cansados sin hacer nada. No estaríamos escuchando hoy esta Palabra de Dios, escuchando esta parábola que exalta la admirable y sufriente paciencia de Dios, que nos envía a su Hijo el viñador para abonarnos, jugarse por nosotros, mover la tierra de nuestro corazón. Despertémonos, despiértense, nos dice Jesús, arriba, porque podemos morir en cualquier momento, somos creaturas como todos, como los que día a día mueren por ahí por causas normales, y a veces muy injustas. Todos podemos acabar igual, todos tenemos y podemos dar frutos, somos semillas del Padre y tenemos mucho para dar, no tengamos miedo, no nos guardemos nada.

Solemnidad de San José

Solemnidad de San José

By administrador on 19 marzo, 2022

Lucas 2, 41-51

Sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua.

Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.

Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas.

Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados.»

Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» Ellos no entendieron lo que les decía.

El regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy es la solemnidad de san José, el esposo de la Virgen María. San José tuvo el inmenso privilegio de ser elegido para ser padre de Jesús, tener al niño en sus brazos, de hablarle cara a cara, de corazón a corazón al Hijo de Dios. No lo dice explícitamente la Palabra de Dios, ¿pero tenés alguna duda de que fue así, de que fue un padre con todas las letras? Hay muchísimas cosas que la Palabra de Dios no dice, pero que no quiere decir que no hayan pasado. No es necesario a veces decir o contar las obviedades.

¡Qué maravilla debe haber sido la relación entre ellos: Jesús y José, José y Jesús, María y José, José y María! San José siempre aparece, en la Palabra de Dios, siendo fiel a la Palabra de Dios, a lo que Dios le pedía. San José nunca quiso brillar, nunca quiso sobresalir; todo lo contrario, le gustó siempre el silencio y el anonimato. Tanto que no hay palabras suyas en los evangelios, solo acciones, solo gestos, su propia vida. En realidad, habló, habló mucho, pero habló con sus acciones, con su vida.

¿Podés creer que una persona sobre la cual no conocemos palabra salida de su boca sea el santo más grande de todos los santos? ¡Qué increíble, qué gran enseñanza para vos y para mí! Y nosotros que a veces nos desvivimos por hablar, por hablar, por decir, por escribir, por esto y por lo otro, y sin embargo, lo que más nos ayudará, lo que más transformará, lo que más convencerá será nuestra propia vida; lo que hicimos, en definitiva. De ahí esa frase tan conocida que dice: «El único evangelio que escucharán predicar algunos es tu propia vida». En un mundo que se desvive por figurar, por publicar, por «postear», por intentar que otros se enteren de lo que hace, por pedir seguidores, por poner «me gusta» para que todos se den cuenta de lo que estamos haciendo; en una Iglesia en la que a veces también, sin querer, se cae en ese deseo desmedido, desordenado, de ser «tenidos en cuenta», incluso evangelizando, san José nos enseña el camino del silencio y del anonimato.

¿Qué es lo que recordás de las personas que te marcaron en tu vida: palabras o gestos y acciones? Seguro que recordás alguna frase por ahí, seguro algo lindo, pero lo que más te quedó, ¿qué es? ¿Qué crees que va a recordar de vos tu hijo, tu hija, tu alumno, tus amigos? Pensalo. ¿Qué crees que recordarán? Nuestros hijos nos «observan mucho más de lo que nos escuchan». Jesús seguro que observó a José mucho más que escucharlo o lo escuchó y también lo observó. Pero, en realidad, podríamos decir que el observar también es una forma de escuchar y cuando lo que se observa condice con lo que se escucha, queda grabado a fuego en el corazón.

José debe haber hablado muy poco y seguramente nunca dijo algo que después no confirmó con su vida. A nosotros a veces nos pasa lo contrario, podemos machacar con palabras lo que después no podemos sostener con nuestra propia vida y entonces lo que decimos jamás queda en el corazón de los otros. Conviene entonces siempre empezar al revés, vivir y después, si es necesario, hablar. «Predica con tu vida y, si es necesario, con palabras», decía san Francisco de Asís a sus hermanos.

¡Qué maravilla es imaginar a Jesús disfrutando de la presencia de su padre en la tierra! ¡Qué maravilla debe haber sido ver a Jesús aprendiendo no tanto de los grandes «discursos» de José, sino de su obediencia cotidiana a la Palabra de Dios! Eso es lo que tenemos que aprender cada día más, en nuestras familias, en nuestros grupos, en nuestras comunidades, en la Iglesia. Dejar de hablar tanto y vivir más el evangelio, interpretarlo, rumiarlo, sí saborearlo y llevarlo a la práctica mucho más. Dejar de decir lo que «todo el mundo tiene que hacer» y nosotros no hacer nada por ser santos. Dejar de solucionar todos los problemas del mundo o pretender hacerlo con nuestras palabras, mientras no somos capaces de dar la vida cuando es necesario hacerlo.

Aprendamos del silencio y de la obediencia de san José. Aprendamos que de nosotros quedará más lo que hicimos que lo que hablamos, que «el amor está más en las obras que en las palabras», como decía san Ignacio. Dios tiene sed de que tengamos sed de él, y amándolo, amemos a los demás. No tiene sed de que le hablemos mucho, debe estar cansado de tanta palabrería. Tiene sed de que lo amemos con nuestra propia vida.

Algo del Evangelio de hoy, sin decirlo, es una muestra más de que María y José aprendieron día a día a ser obedientes a la Palabra de Dios, a las palabras de Jesús, aun sin comprender completamente lo que pasaba. Eso nos pasa en momentos límites, pero deberíamos aprender a vivirlo cada día, en cada situación. Me acuerdo esa mujer, que me vino a ver, que estaba viviendo sus últimos momentos en la tierra, que ya se estaba dando cuenta que la vida se le apagaba poco a poco. Me decía algo así cuando le preguntaba qué sentía en esos momentos… Me decía: «Estoy dispuesta a lo que Dios disponga. A Dios no se le discute, él sabe cuál es el momento oportuno». ¡Qué gratificante! ¡Qué lindo escuchar algo así! Seguro que José pensó lo mismo. ¡Qué lindo que es cuando todo lo que predicamos en la Iglesia, lo que predicamos cada día los sacerdotes, vos y yo, de golpe se pone en evidencia en una vida concreta, en una persona que lo dice y lo hace!

A san José me lo imagino así, me lo imagino un hombre de paz, de corazón sencillo, un hombre firme, fuerte, pero humilde y sincero, con un corazón gigante como para amar a María y a Jesús, pero abierto siempre al misterio, a la incomprensión, al silencio, a la confianza total. Que en este día tan especial su intercesión nos alcance lo que Dios quiera regalarnos y su santidad nos impulse a desear a hacer siempre la voluntad de nuestro Padre.