Book: Lucas

XXX Jueves durante al año

XXX Jueves durante al año

By administrador on 29 octubre, 2020

Lucas 13, 31-35

En ese momento se acercaron algunos fariseos que le dijeron: «Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte.»

Él les respondió: «Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén.

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste!

Por eso, a ustedes la casa les quedará vacía. Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!»

Palabra del Señor

Comentario

Buen día. Una vez más a levantarnos. A levantarnos con la Palabra de Dios, que es la que siempre estará. Todo pasará. «Cielo y tierra pasará, pero mis palabras no pasarán», dice el Señor. Por eso, una vez más te animo a que empieces este día escuchando sinceramente, verdaderamente, con todo el corazón la Palabra de Dios. «Con todo el corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu». ¿Te acordás aquello del evangelio del domingo pasado, en donde, de una manera fuerte el Señor nos pide que le entreguemos todo, que no se puede andar entregando poquito a Dios, que nos da todo? Pero bueno, el camino es difícil. Hay que entenderlo. Hay que reconocer nuestra debilidad, hay que reconocer que nos cuesta. Y por eso si partimos desde esa base, desde la aceptación humilde y sencilla de que no podemos, de que amar al prójimo como él nos enseña, de que incluso amarlo como nos amamos a nosotros, cuesta bastante. Cuesta muchísimo, porque justamente nuestro amor está herido.

Nuestro amor no solo hacia los demás, sino hacia nosotros mismos está herido y tenemos que, de algún modo, dejarnos restaurar por la gracia y el amor de Dios. Pero con la gracia se puede. No podés bajar los brazos y decir que no podés perdonar, que no podés volver a empezar. La vida no se mide por éxitos humanos, sino que en el fondo se mide por volverse a levantar una y otra vez con la cabeza alta, diciendo: «Aquí estoy. Quiero volver a empezar. Quiero volver a pedir perdón. Quiero volver a escuchar. Quiero volver a darme cuenta de que se puede, de la mano de Jesús, amar como él nos enseña». Sigamos en este camino que nos va a ir bastante bien.

Con respecto a Algo del Evangelio de hoy, deberíamos decir que, evidentemente -y aunque suene medio redundante-, Jesús fue muy sincero, muy sincero. No fue un «sincericidio» digamos, como se dice, sino que fue sincero. Dijo lo que pensaba en los momentos justos. Podríamos decir que rezó con sinceridad, de cara a su Padre, sin ocultarle nada de lo que sentía y, además, fue muy sincero con los demás cuando tuvo que serlo, cuando tuvo que expresar lo que sentía y pensaba para el bien de los otros por amor. Porque ahí está la clave: ser sinceros por amor. Ser sinceros no quiere decir buscar -como decía recién- el «sincericidio», o sea, estar diciendo en todo momento y lugar y frente a cualquier persona lo que pensamos y sentimos. Ese no siempre es el camino.

Pero -vuelvo a decir- ser sinceros sí nos puede llevar muchas veces a tener que enfrentarnos con personas y situaciones, aunque no nos gusten. Cuando él lo tuvo que hacer, lo hizo y no tuvo, como se dice, «pelos en la lengua». Le dijo zorro a Herodes, el gobernador de ese momento, y les dijo en la cara a los fariseos lo que les tenía que decir. Por supuesto que no les gustaba, pero ¿pensás que Jesús se detuvo mucho en lo que pensarían los demás? ¿Crees que Jesús hubiera hecho todo lo que hizo si hubiese estado pendiente de los «me gusta» de los demás, de los seguidores, como a veces estamos nosotros? Muchas palabras y acciones de él jamás fueron «políticamente correctas». Todo lo contrario, generaron la ira y la bronca de muchos. Y esa fue una de las razones por las cuales le tocó la muerte, y una muerte tan dolorosa y triste.

Me pregunto: ¿Y a nosotros hoy qué nos pasa? ¿Por qué nos cuesta tanto ser sinceros y veraces? ¿No será que muchas veces vivimos camuflados en un mundo que le encanta la hipocresía y la mentira? ¿No será que la mentira nos molesta únicamente cuando nos toca de cerca, pero mientras tanto vivimos en un mundo que nos miente de algún modo, y eso parece que es parte de la vida? Hay muchos Herodes «zorros» en este mundo que hoy quieren matar a los que dicen la verdad. En muchos lugares del mundo hay hombres y mujeres que mueren por hablar, por ser sinceros, por ser cristianos incluso.

¿Nosotros de qué lado queremos estar? ¿Queremos ser zorros encubriendo la mentira en nuestros ambientes, en los trabajos deshonestos, en la política que no siempre busca el bien de los demás con sinceridad, en ciertos sectores de la Iglesia que dice lo que hay que hacer y no lo hace, en nuestras familias?

Hay algo que tenemos que tener claro. Si somos sinceros, tarde o temprano algo nos costará. La sinceridad no viene sin nada bajo el brazo; a Jesús le costó muchísimo, porque el mundo la odia. Odia la sinceridad, odia la transparencia. A nosotros también nos va a costar algún día y nos cuesta día a día abrir el corazón de par en par.

Una vez un amigo me contó algo que le pasó. Fue a denunciar un intento de corrupción en su trabajo. Fue decidido y fue recibido con mucho entusiasmo por su jefe. Él salió orgulloso y feliz de haber hecho el bien, lo que debía hacer. Pero la alegría y la ilusión de pensar que la situación corrupta iba a cambiar duró lo que dura una estrella fugaz. ¿Sabés qué pasó? Nunca más lo llamaron para un trabajo en ese lugar. La sinceridad cuesta, pero da paz cuando se logra. ¿Vos crees que este amigo ahora está en la calle sin trabajo y no puede mantener a su familia? No, nada de eso. Tiene otros trabajos, porque creo que Dios no nos abandona de algún modo cuando nosotros somos fieles a su Palabra. Nunca nos soltará la mano. Se puede, se puede ser sinceros. Se puede vivir en la verdad y se puede. Solo hay que buscarlo, desearlo y alcanzarlo.

Fiesta de Santos Simón y Judas

Fiesta de Santos Simón y Judas

By administrador on 28 octubre, 2020

Lucas 6, 12-19

Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios.

Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles: Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Simón, llamado el Zelote, Judas, hijo de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.

Al bajar con ellos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades. Los que estaban atormentados por espíritus impuros quedaban curados; y toda la gente quería tocarlo, porque salía de Él una fuerza que sanaba a todos.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy en toda la Iglesia celebramos la fiesta de dos apóstoles: Simón, llamado «el Zelote», y Judas, hijo de Santiago. Los que escuchaste que aparecen en Algo del evangelio de hoy. Lo que te propongo y me propongo, aunque el llamado de los apóstoles es claro que está dirigido de un modo especial a los que Jesús –valga la redundancia– eligió para sucederlo en su ministerio –o sea, en su servicio–, de curación, de enseñanza y que se transmitió en la Iglesia a lo largo de los tiempos a través del sacerdocio, del episcopado, del diaconado –o sea, del sacramento del Orden–. También podemos pensar que ese llamado es para cualquier cristiano porque cualquiera de nosotros de algún modo –en el sentido amplio– también es apóstol, enviado de Jesús. Cuántos enviados de Jesús, cuántos apóstoles y santos que no fueron sacerdotes o consagrados, sino que son laicos y cada vez más en la Iglesia. Por eso, también podemos reconocer que el llamado de Jesús es para todos, para transmitir lo mismo que él nos dio.

Quería que hoy pensemos en dos cosas, haciéndonos al mismo tiempo dos preguntas que nos pueden ayudar a comprender un poco este ministerio tan grande, este misterio tan grande.

¿Qué hace Jesús antes de elegir? ¿Qué hizo Jesús? Dice el evangelio que se retiró a una montaña para orar y pasó toda la noche en oración con Dios, con su Padre. Eso quiere decir que Jesús antes de decidirse a elegir no solo se puso a pensar –diríamos–, sino que se fue a orar, a estar con su Padre y a hablar con él de sus hijos, o sea, de sus hermanos. Porque Jesús es el Hijo, ¿y de qué hablaba con su Padre si no de nosotros, que también somos hijos del Padre y hermanos de Jesús? ¿De qué habló esa noche si no fue de los doce? Y también podríamos pensar y soñar o imaginar que pensó en cada uno de nosotros ese día.

Cuando Jesús va a hablar con su Padre, seguramente, además de hablarle como Hijo, le habló de sus hermanos –de cada uno de nosotros–. Entonces, ¡qué lindo es pensar esto!, ¿no? Que Jesús no sube a la montaña para calcular, para hacer un cálculo y razonamiento de quién era el mejor y a quién podía elegir, sino que Jesús va más allá, a hablar con su Padre y abrirle su corazón, para que Dios le enseñe a quién elegir más allá de las capacidades humanas.

Y eso es lo que tenemos que hacer nosotros también ante decisiones importantes: pasar largos ratos de oración. No podemos solamente elegir las cosas, las situaciones, las personas por lo que pensamos, por los cálculos, sino por lo que Dios nos ilumina y nos transmite de alguna manera cuando rezamos. Y, además, Jesús elige no a los que están capacitados, sino que capacita a los que llama.

Y la segunda pregunta que no podemos dejar de hacernos es: ¿Qué tuvo en cuenta Jesús al elegir esa noche? ¿Qué pidió? Tiene que ver con lo anterior. ¿Pidió un currículum para conocer las «capacidades» de los discípulos? ¿Pidió un certificado de «buena conducta»? No, nada de eso. Jesús no pidió ningún certificado, ni ningún currículum. Para elegir no tuvo en cuenta las capacidades humanas o si tenían o no pecados. Elige a los que quiere y por amor. No por ser muy buenos, sino para «hacerlos» buenos y santos, para que estando con él se transformen y se hagan verdaderos discípulos suyos.

Lo mismo hace con nosotros: no te eligió y no me eligió a mí por ser buenos. No nos eligió porque tenemos grandes capacidades. No tuvo en cuenta en esa noche eso, sino que nos eligió por puro amor. Y yo creo que también por algo más: porque apuesta a nuestro corazón. Confía en el fuego que puede salir de nuestro corazón, porque lo que más importa es poner el corazón en lo que hacemos.

Y acá está el misterio al cual nos podemos hoy abrir. Pensemos en esto: te eligió por amor. No te eligió por lo que hiciste o por lo que dejaste de hacer. Sí, es verdad que al elegirnos nos invita a desarrollar nuestras capacidades y a vivir de una manera distinta: a ser más buenos, pero más santos. Pero nos hacemos buenos y nos hacemos santos en la medida que estamos con Él. Descubrimos nuestras capacidades, nuestros talentos, en la medida en que decidimos estar con Él y decimos que «sí». No es que tenemos que esperar a ver todo lo que tenemos o con lo que contamos para decir que sí.

Yo te aseguro que cuando le decís que sí a tu Padre, cuando te decidís a seguirlo a Jesús, empezás a descubrir cosas que nunca hubieras imaginado. Eso descubrieron los apóstoles. El primero de la lista es Pedro, el más débil, el que lo negó también tres veces. Y el último de la lista es Judas el Iscariote, el traidor. ¡Qué increíble lo que Dios puede hacer llamándonos, como a Judas y a Tadeo!

Bueno, ojalá que hoy descubramos este llamado de Dios Padre hacia cada uno de nosotros. No importa dónde nos toque, no importa dónde nos quiera llevar Jesús –como a Simón y a Judas–. Lo importante es que nos sintamos llamados, amados e impulsados a vivir una vida distinta y abrir el corazón de par en par.

XXX Martes durante el año

XXX Martes durante el año

By administrador on 27 octubre, 2020

Lucas 13, 18-21

Jesús dijo:

«¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció, se convirtió en un arbusto y los pájaros del cielo se cobijaron en sus ramas.»

Dijo también: «¿Con qué podré comparar el Reino de Dios? Se parece a un poco de levadura que una mujer mezcló con gran cantidad de harina, hasta que fermentó toda la masa.»

Palabra del Señor

Comentario

No es fácil darle todo a Dios, todo el corazón, el alma y el espíritu, aunque estemos hechos para eso, incluso cuando lo experimentamos y nos damos cuenta de que es el camino correcto. No dejamos de ser débiles. Somos débiles, estamos rodeados de debilidad. Somos pecadores también, aunque muchos no crean en eso. El mundo también está sumergido en pecados estructurales que corrompen todo lo que tocan. Sé que la palabra «pecado» no está muy de moda actualmente, porque su abuso hizo que se pierda el uso –como se dice–, pero el abuso no quita el uso o, por lo menos, no debería.

Es una realidad, si le diéramos todo a Dios, si pudiéramos amarlo con todo nuestro ser, si lo reconociéramos como nuestro todo, nos amaríamos bien entre nosotros, jamás nos haríamos el mal. Y eso haría un mundo distinto, por supuesto, como Dios lo soñó y lo sueña. No se ama bien a los hombres si no se ama a Dios, que es el todo. Es un gran error creer que existe el verdadero amor humano sin que esté fundamentado en el amor a Dios. El amor procede de Dios. Dios es amor. Dios nos hizo a su «imagen y semejanza». Nos creó con la capacidad de amar, pero, claramente, no somos «iguales» a él. No somos dioses como a veces pretendemos serlo o como pretendía el demonio tentando a nuestros primeros padres. «Serán iguales a Dios», les dijo. ¿Te acordás? Esa es la gran tentación: ser como dioses. Pero la verdad es que somos humanos. Hechos para cosas grandes, pero débiles, muy débiles con un amor muy pobre; que si no se arraiga en Dios Padre, en la fuente del amor, posiblemente se canse y se desgaste. ¿Querés amar mejor a tu prójimo? ¿Querés amarte mejor a vos mismo? Es necesario que nos propongamos también y deseemos amar más a nuestro Padre, a Jesús, al Espíritu Santo, a nuestra Madre. Ese es el verdadero camino.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña que el «todo» no necesariamente tiene que ser grande o mucho, por decirlo así, en cantidad –como decíamos ayer–. El todo, el Reino de Dios, puede empezar y estar en una semilla, en una semilla muy pequeña incluso. En una semilla está todo lo necesario para que crezca una planta y, por más chiquita que sea, se puede convertir en algo inmenso. Por eso, para entregarle todo a Dios, no esperemos hacer cosas grandes o vistosas, grandes para este mundo que le gusta bastante el «show» y la visibilidad. Podemos dar todo y que nadie se entere. En realidad, lo lindo de esto es pensar que podemos dar todo en cada decisión y que eso no es como una cuenta matemática que se va acumulando para llegar a un número determinado. ¡Menos mal que Dios no cuenta como nosotros! Si ayer no dimos todo, hoy podemos hacerlo. Si en la decisión anterior no lo hicimos, en la siguiente podemos intentarlo otra vez. Lo importante es querer dar todo, es saber que el Reino de Dios es una relación de amor que se va construyendo día a día, que va creciendo en la medida que damos todo lo que podemos, aunque a veces parezca poco.

El Reino de los Cielos me animo a decir que es como el «Reino de la “Y”», de la letra que incluye y hace crecer. El Reino de los Cielos es el reinado de Dios en los corazones, en el tuyo y en el mío y en el de tantos millones de personas. El Reino de los Cielos existe desde que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Dios y hombre, humano y divino, muerto y resucitado: el que amó, ama y quiere ser amado; el que une pero, al mismo tiempo, respeta la diversidad. Es el «Reino de la “Y”», ese modo de vivir que Jesús adoptó y nos propone; el Reino que se transformó en un gran arbusto que abarca todos los tiempos y la historia y hoy nos cobija. Nos da cobijo para que aprendamos a cobijar.

Tu familia, tus amistades sanas son como pequeños Reinos de los Cielos donde está Dios, donde podemos ayudar a ser arbusto y levadura, donde podemos hacer algo de cobijo para otros y crecimiento para los demás, aprendiendo a dar todo.

El Reino de los Cielos comienza en el corazón de cada uno de nosotros ahora, en este momento; no ayer o mañana. ¡Ahora!

Acordate de la letra Y, incluila en tu diccionario. Así como Jesús nos incluyó a todos en su corazón a través de su amor. Porque el amor cobija y el amor hace fermentar la masa-corazón de aquellos que están abiertos al mensaje de amor de Jesús.

Tu familia –ya lo sé– y la mía es chiquita. Tu grupo de oración también. Tu parroquia, tu movimiento, tu amistad: todo es chiquito en comparación con este gran universo. Todo es chiquito como el grano de mostaza. Y la acción que puede tener esta sociedad en nosotros es imperceptible, como la levadura, pero ¿qué importa? ¿Y si probamos hacer crecer cada cosa dando todo sin excluir y cobijando?

Solo hay crecimiento y fermentación cuando se cobija, cuando se incluye a los demás, cuando nos proponemos amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y espíritu; confiando en que eso hará que amemos cada día a más personas, a cada persona que Dios nos haga cruzar, de algún modo, por el camino.

XXX Lunes durante el año

XXX Lunes durante el año

By administrador on 26 octubre, 2020

Lucas 13, 10-17

Un sábado, Jesús enseñaba en una sinagoga. Había allí una mujer poseída de un espíritu, que la tenía enferma desde hacía dieciocho años. Estaba completamente encorvada y no podía enderezarse de ninguna manera. Jesús, al verla, la llamó y le dijo: «Mujer, estás curada de tu enfermedad», y le impuso las manos.

Ella se enderezó en seguida y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la multitud: «Los días de trabajo son seis; vengan durante esos días para hacerse curar, y no el sábado.»

El Señor le respondió: «¡Hipócritas! Cualquiera de ustedes, aunque sea sábado, ¿no desata del pesebre a su buey o a su asno para llevarlo a beber? Y esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo aprisionada durante dieciocho años, ¿no podía ser librada de sus cadenas el día sábado?»

Al oír estas palabras, todos sus adversarios se llenaron de confusión, pero la multitud se alegraba de las maravillas que él hacía.

Palabra del Señor

Comentario

«Con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu», decía el evangelio del domingo. Dios nos pide que podamos amarlo con todo. No con partes, no con algo, no con migajas, no con lo que nos sobra, sino con todo.

Empecemos esta semana –como decimos a veces– con todo: con todas las ganas, con todas las fuerzas, con todo el ánimo, con todo el amor que tengamos en el corazón. Podemos amar más y mejor siempre. Podemos amar a Jesús mucho mejor y más de lo que hoy lo hacemos. Podemos amar más y mejor a los próximos que tenemos en la vida. Podés amar más y mejor a tu marido, a tu mujer. Podés amar más y mejor a tus hijos que tanto lo necesitan. Podés escucharlos más, podés prestarles más atención. Podés amar más y mejor a tus compañeros de trabajo. Es verdad, siempre podemos amar mejor y más a nuestros conocidos y, especialmente, a los que nos cuesta, incluso a los que no son tan amables.

Solo Dios se merece todo. Solo él tiene derecho a pedirnos todo lo mejor de nosotros. Él nos enseña que tiene que ser «todo». No nos dice «mucho». El mucho se mide por cantidad, el todo… es todo. Por eso, el mucho de alguien puede ser poco para Dios, porque pudo no ser todo, y el poco de otro puede ser todo para Dios, porque no mezquinó nada. No es la cantidad lo que mide Dios, porque el amor no se mide por cantidad, sino que se mide por totalidad, por plenitud. Por eso el mandamiento principal, el más grande, es un mandamiento vivo, que se va gestando. Va creciendo en nuestro interior y nos va impulsando a ser cada día lo que Dios quiere que seamos. No es para asustarnos. Es para alegrarnos y animarnos a vivir lo que Dios tiene preparado para cada uno de nosotros cuando no le mezquinamos el corazón, cuando estamos para él y solo para él, viéndolo en los demás.

El Papa Francisco decía algo que siempre me quedó grabado. Decía así: «La realidad es superior a la idea». Esta frase creo que ayuda mucho a ir al núcleo de Algo del evangelio de hoy, porque ante Jesús hay ciertas personas que no lo aceptaban, que no aceptaban la realidad. Personas que no aceptan lo que no entraba en sus esquemas lógicos –como pasa hoy–. Y la cerrazón puede llegar hasta tal punto –como hoy, por ejemplo–, de rechazarlo porque hizo el bien en un día sábado. Rechazan que pueda hacer el bien en el día que según la ley de los judíos era un día de descanso. Para ellos, sin darse cuenta, la ley estaba por encima de las personas y de sus necesidades y por eso se «indignaban»; porque, en el fondo, no entendían el sentido de la ley de Dios, que es amar al prójimo. Toda una imagen y ejemplo de tantas cerrazones nuestras también, que muchas veces queremos controlarlo todo. Actitudes que podemos tener que a veces dominándolo todo y pretendiendo que las ideas, los razonamientos, lleguen incluso a manipular y querer cambiar inmediatamente las cosas, las personas y la realidad.

Es cierto que la realidad podemos cambiarla o ir cambiándola con ideas, pero es más cierto aún que las ideas tienen que partir de la realidad para, desde ahí, poder conducirla. Y eso es lo que Jesús hace hoy. Él no vino a abolir la ley, a «tirarla» por el balcón, sino que vino a enseñarnos a entenderla y a interpretarla. Y por eso la cumplió primero. Y por eso a la hora de hacer el bien para Jesús lo importante era la persona, hacer el bien a la persona que tenía enfrente. El dolor de esta mujer para Jesús fue más importante que la «idea» de que en el sábado no se podía hacer nada.

Pensemos si a veces nosotros no somos más idealistas que realistas. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de las ideas, de las imágenes, de lo que «tiene» que ser y no es, de lo que «debería» haber sido y no fue, que le dije que hiciera y no hizo, de lo que quiero hacer y no hago nunca. A veces nos puede pasar que vivimos en el mundo de las anheladas intenciones jamás puestas en práctica. Y entonces: ¿cuál es la realidad de nuestra vida? Lo que somos, con nuestras actitudes, con nuestras virtudes y con nuestros pecados también. La realidad es que mi familia es la que tengo, la que Dios me regaló, mi marido y mi mujer que yo elegí y debo seguir eligiendo. La realidad es que tengo los hijos que tengo y que Dios me dio, que son como son. La realidad es el trabajo que nos tocó o que elegimos y nos da de comer todos los días, o la falta de trabajo. La realidad es la Iglesia que tenemos, no la que desearíamos. El grupo de oración que formo, el grupo de la parroquia, la universidad, la carrera que elegí, mi propia vida de fe. Aceptemos la realidad primero para poder cambiarla.

XXIX Sábado durante el año

XXIX Sábado durante el año

By administrador on 24 octubre, 2020

Lucas 13, 1-9

En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. El respondió:

«¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera.»

Les dijo también esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?” Pero él respondió: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás.”»

Palabra del Señor

Comentario

Qué lindo que es aprovechar el sábado, un día que es muchas veces para descansar, para hacer cosas que nos gustan, para estar en familia; y también aprovecharlo para justamente hacer cosas que nos alimentan: para leer un libro, para enriquecerse con una buena lectura y obviamente para escuchar otra vez la Palabra de Dios, para retomar algo de la semana, para volver a meditar un Evangelio. Qué bien nos hace escuchar la Palabra de Dios, qué bien nos hace darnos cuenta que “es viva y eficaz”.

Y hoy simplemente quería detenerme en esta pequeña parábola del viñador y contarte una anécdota que nos puede ayudar a comprender lo que es la “infinita paciencia” de Dios; que nos envió a Jesús -que es el viñador–, que intercede por nosotros y busca siempre “apostar” a nosotros.

Podemos pensar a veces que Dios tiene esa actitud ¿no? –como la que escuchábamos del dueño de la viña– que a veces quiere cortar la planta porque no da fruto; pues en esa situación es Jesús el que intercede, es Él quien dice: «¡No!, todavía dale tiempo» … ¿Cuánto tiempo nos ha dado Dios esperando que demos fruto en nuestras vidas? ¿Cuántas veces habrá apostado por nosotros?

Él “apostó” por nosotros dando la vida, vino al mundo a decirle a Dios Padre: «¡No!, todavía hay que darle una oportunidad al ser humano, hay que darles una oportunidad; Yo voy a morir por ellos, voy a morir y con mi amor voy a abonar la tierra de sus vidas para que se den cuenta que tienen que dar fruto».

Tenemos que “dar fruto”. No podemos ser mediocres, no podemos ser plantas estériles, no podemos estar plantados en la tierra de esta vida sin hacer nada; sin dar frutos de amor. Ese es el verdadero sentido de nuestra vida.

Pero entonces pensemos en esta doble dimensión: la necesidad que tenemos de dar frutos para vivir plenos y, por otro lado; cómo Jesús apuesta, apuesta a nosotros, ¿cuántas veces removió la tierra de nuestro corazón para abonarla y volver a darnos oportunidades? ¿Cuántas veces?… Por eso dale oportunidades a tus hijos, dale oportunidades a tu marido, a la gente que está a tu cargo, a tus hermanos, a tus amigos; todos podemos volver a dar fruto, aunque parezcamos estériles. No queramos arrancar las cosas, demos tiempo. A veces la paciencia nos hace sufrir, la paciencia de Dios nos hace sufrir. Dios es tan paciente que a veces nosotros no comprendemos.
Pero quería terminar contándote una anécdota de algo que me pasó que realmente me removió la “tierra” del corazón y fue un “abono” para mi vida sacerdotal.

El otro día –hace unas semanas– iba en el auto, frené en un semáforo y se acercó uno de estos chicos que limpian los vidrios y se acercan a ofrecernos ese servicio; y cuando me vio vestido de sacerdote se metió por la ventana, me agarró la mano y me dijo:

–¡Padre era lo que necesitaba, yo no puedo creer Dios pensó en mí; mirá tengo la piel de gallina! —me dice.

–Qué pasa? —le dije.

–No, yo necesito hablar, hablar con alguien —me dice— ¿podés hablar conmigo?

–Sí, bueno… —le digo.

Me frené, me estacioné al costado, fui a otra calle, me bajé del auto y me abrazó, se puso a llorar y me dijo:

–Yo necesitaba esto Padre, yo necesitaba un signo de Dios, yo me estaba por suicidar, me quiero suicidar, me quiero tirar de un puente, ¡no soporto más esta vida, no soporto la culpa de vivir así!  –¿Qué te pasó? —le digo.

–No, porque yo estuve preso y a raíz de eso mi familia una vez me fue a visitar y en el camino tuvieron un accidente y se murieron todos en la ruta. ¡No puedo vivir así Padre! ¿Cómo puedo vivir así? ¡Ayudame a sacarme esta culpa!

Bueno… al final no fue una confesión sacramental –por decirlo así–, pero fue una verdadera confesión de vida. Ese hombre necesitaba sacar lo que traía, remover la tierra, sentirse amado. Le dije: “Dios sabe lo que hiciste y te perdona, Dios te ama, Dios apuesta por vos”. Bueno, finalmente el hombre me abrazó, me dijo su nombre yo le dije el mío y partimos.

¡Qué removida de corazón fue eso para mí! ¡Qué removida y que abono para mi vida sacerdotal! Para decirme: ¡vale la pena ser sacerdote!, vale la pena andar vestido de sacerdote y que los demás vean un signo de Dios. Y seguramente para él fue una removida de corazón y un abono para su vida; para dar fruto.

Dios nos remueve la tierra del corazón y nos abona de mil maneras. Hay que estar atentos, hay que estar atentos y abiertos a las sorpresas de Dios, porque Él espera de nosotros grandes frutos. Que algunas palabras de este Evangelio te ayuden a vivir un sábado en paz, dispuesto a dar fruto y dispuesto también a dejarte “remover” la tierra de tu corazón.

XXIX Viernes durante el año

XXIX Viernes durante el año

By administrador on 23 octubre, 2020

Lucas 12, 54-59

Jesús dijo a la multitud:

«Cuando ven que una nube se levanta en occidente, ustedes dicen en seguida que va a llover, y así sucede. Y cuando sopla viento del sur, dicen que hará calor, y así sucede.

¡Hipócritas! Ustedes saben discernir el aspecto de la tierra y del cielo; ¿cómo entonces no saben discernir el tiempo presente?

¿Por qué no juzgan ustedes mismos lo que es justo? Cuando vas con tu adversario a presentarte ante el magistrado, trata de llegar a un acuerdo con él en el camino, no sea que el adversario te lleve ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y este te ponga en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.»

Palabra del Señor

Comentario

Cuánto tiempo perdemos, cuánta energía gastamos, cuántas frustraciones nos ganamos, de cuánto nos perdemos de ganar… cuando vivimos casi exclusivamente para «darle al César lo que es del César», a este mundo lo que el mundo nos reclama, y nos vamos olvidando de darle «a Dios lo que es de Dios».

Por un lado, Jesús nunca nos enseñó directamente a ir en contra de los poderes legítimos de este mundo. Al contrario, nos enseñó a respetarlo y a darle lo que le corresponde. Nunca promovió ninguna rebelión, ninguna lucha armada. Leyó otro evangelio o se armó su propio evangelio quien quiere hacer quedar a Jesús como una especie de revolucionario anarquista de estos tiempos, sin más régimen que el propio. Es verdad, Jesús de algún modo fue un revolucionario. Pero un revolucionario en serio, el que trajo fuego a la tierra, pero el fuego del amor. Porque solo por el amor verdadero y profundo se revoluciona verdaderamente nuestra vida y la de este mundo, como lo hicieron los santos.

Pero, por otro lado, nos enseñó con estas palabras que el verdadero rey de este mundo es Dios, es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y es por eso que perdemos el tiempo, gastamos energías de más, nos llenamos de frustraciones y nos perdemos de ganar. Cuando pensamos únicamente en lo temporal, en lo material, en lo que proviene de la organización humana, del progreso, lo que proviene del Estado, lo económico, las estadísticas, por decir solo algunas cosas. Y pensar que esas serán las que nos traerán el bienestar a nuestra sociedad y a nuestros corazones. Cuando la realidad nos muestra que aun la sociedad es más bien organizada y con mayor poder económico. También están llenas de frustraciones y vacíos en sus corazones.

Por más que vivamos en un mundo cuasiperfecto, en un país superorganizado, en cuanto a su justicia social, a sus instituciones, a sus leyes y todo lo que podamos imaginar, siempre será necesario, siempre hará falta la caridad, el amor. Siempre será necesario nuestro buen Dios. «A este mundo solo lo salva la caridad», decía un gran santo. Solo lo salva el amor que proviene de Dios y desciende a nuestros corazones. Ese amor que siempre se necesita y se necesitará, porque siempre habrá una carencia, una herida para sanar. Siempre. Siempre habrá algún corazón que necesita amor, especialmente los nuestros, por más bienes materiales y cosas solucionadas que tengamos. Por eso la Iglesia debe dedicarse a amar como ama Dios y no solo a hacer tareas sociales vacías de amor, por muy organizadas y lindas que parezcan. Por eso la Iglesia, vos y yo, debemos «darle al César lo que es del César», cumpliendo como cualquier hijo de este mundo con nuestras obligaciones como ciudadanos, pero principalmente darle «a Dios lo que es de Dios», darle a Dios a los demás –que es lo mejor que podemos darles–.

Cuidado con la caridad superorganizada, pero cuidadosa del contacto con el necesitado. Esa caridad de guantes blancos y mucha papelería que llenar. Alguien me contó una vez que para salir a estar con las personas que viven en la calle les pedían que se pongan guantes, por las dudas. ¡Qué cosa rara terminar así! Cuidado con la caridad burocrática, llena de miedos y barreras para poner, que más que buscar el bien del que se acerca, busca salvarse de juicios posibles. Cuidado con la evangelización llenas de «cosas de este mundo», llena de «marketing», pero vacía de contenido. Cuidado con la evangelización de «elite», donde solo pueden llegar los que tienen «con qué» o los que pagan más. Cuidado con la evangelización de «selección», que elige quiénes son dignos de recibir el mensaje y quiénes no. Cuidado con no darle «a Dios lo que es de Dios». Nos hace muy mal a todos, a los que decimos que amamos y a los que pretendemos que amen a Dios.

Sé que me excedí un poco con este tema, pero creo que tiene que ver con Algo del evangelio de hoy, en donde Jesús les reprocha la hipocresía por saber discernir con tanta claridad lo que ven con sus ojos, el tiempo meteorológico y no el tiempo presente, el tiempo de Dios y no lo que es justo. Todos andamos muchas veces por este mundo reclamando justicia y nos enojamos por las injusticias. Y, de algún modo, es necesario, es bueno. Muchos reclaman sus derechos, y está bien. Pero ¡cuidado!, porque ¿quién de nosotros reconoce los deberes que no siempre se cumplen?

«Cuando vas con tu adversario a presentarte ante el magistrado, trata de llegar a un acuerdo con él en el camino, no sea que el adversario te lleve ante el juez, y el juez te entregue al guardia, y este te ponga en la cárcel». El primero que merece justicia de algún modo es el Padre del cielo, que desea que todos sus hijos lo amen y vivan en paz. Y por eso es bueno y necesario que le reclamemos a este mundo, a los demás que sean justos, que le reclamemos a los gobernantes que sean justos. Pero al mismo tiempo o antes debemos ser justos nosotros mismos, en cada detalle, en cada momento, en cada relación humana, porque si no estaremos reclamando algo que ni siquiera nosotros mismos vivimos, ni cumplimos.

Sepamos discernir que Dios se merece ser amado siempre y no «de a ratos». Es justo que lo amemos y le entreguemos nuestro corazón. Solo es feliz el que pone su confianza en el Señor, el que no lucha tanto por que los demás sean justos con él mismo, sino el que se desvive por ser justo con los demás y con su Padre del cielo. Como lo hizo Jesús, que cuando tuvo que «darle al César lo que era del César», lo hizo, pagando su impuesto. Pero principalmente le dio a su Padre lo que era de su Padre, entregando su propia vida en la Cruz por nosotros y por amor. Jesús mismo es la síntesis del que supo discernir y supo darle a cada uno lo que le correspondía. Sigamos ese mismo camino.

XXIX Jueves durante el año

XXIX Jueves durante el año

By administrador on 22 octubre, 2020

 

Lucas 12, 49-53 – Memoria de San Juan Pablo II

Jesús dijo a sus discípulos:

«Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!

¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Palabra del Señor

Comentario

Todo cambia en nuestras vidas cuando nos damos cuenta de que no hay nada mejor, nada más lindo y gratificante, que darle «a Dios lo que es de Dios». Él se merece todo. Él es «el todo», y por eso tenemos que animarnos a «probar –como dice el Salmo– lo bueno que es el Señor». Tenemos que animarnos a darnos cuenta de que darle nuestra vida a él no nos quita nada, sino que nos da todo. San Ignacio lo decía muy bien al comienzo de sus «Ejercicios espirituales»: «El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, nuestro Señor». Puede resultar un lenguaje un poco antiguo, pero creo que podemos entenderlo bien.

«Alabar»: darle gracias por todo, reconocerlo en todo, descubrirlo en todas las cosas, maravillarse por su obra creadora.

«Hacer reverencia» para nosotros sería reconocerlo como nuestro Señor; adorarlo porque solo él lo merece y solo él da el sentido a nuestras vidas; descubrirlo como nuestro rey, como nuestro todo, sabiendo que solo a él podemos adorarlo.

«Servir»: servirlo en los demás, servirlo en lo que nos toca día a día, servirlo porque todo es de él, servirlo amándolo en todas las cosas, amándolo en el servicio para y por los demás, porque somos simples servidores. Solo así podremos darle «a Dios lo que es de Dios» y encontrar que nuestra vida es, por decirlo así, mucho mejor con él y para él. Busquemos hoy, de alguna manera, alabar a Dios, adorarlo con nuestra presencia y servirlo en los demás. «Démosle a él lo que es de él».

Algo del Evangelio de hoy necesita ser explicado para evitar algunas confusiones. Primero, Jesús habla de «fuego»; en segundo lugar, habla de un «bautismo» y, por último, habla de una «división». Fuego, bautismo y división.

Jesús vino a traer fuego. Viene a traer el «fuego» a la tierra con su presencia. El «fuego del amor» que ilumina, que quema y da calor. Todo eso hace el fuego. Todo eso hizo Jesús con su presencia en la tierra y lo sigue haciendo. Jesús es fuego que ilumina, que da un sentido nuevo a la vida, que nos permite ver las cosas de una manera distinta, que nos abre el entendimiento y nos revela otro panorama de nuestra existencia; haciéndonos ver cosas que no hubiésemos conocido si no fuera por la fe. Es «fuego de amor» que quema, porque da ganas de vivir, da ganas de entregarse, de levantarse, da ganas de encarar las cosas de otro modo. Y también –por supuesto– Jesús, porque el fuego da calor. Porque el que está cerca de alguien que ama a Jesús también se siente bien. Cuando sentimos frío, es el calor quien nos da cobijo y nos ayuda a mantenernos en pie.

En cuanto al bautismo del que habla Jesús cuando dice «tengo que recibir un bautismo»: ¿a qué se refiere? a su muerte y resurrección. Y cuando nosotros recibimos el bautismo de niños o de grandes y participamos de esa vida de Jesús, también continuamente tenemos que morir y resucitar. Eso, en definitiva, es el amor. El amor es muchas veces morir a un interés propio para darle un sentido nuevo a una acción, para poder resucitar, para cambiarla. El amor como el fuego quema y transforma las cosas. Entonces eso implica el bautismo, vivir el bautismo. Vivir el bautismo, vivir nuestra vida de bautizados, es aprender a morir y resucitar continuamente en todo lo que hacemos, en cada acción.

Y el último tema es el de la «división». Jesús no dice que quiere en sí misma la división y que viene a traer «guerra» y problemas a la tierra; sino que lo que Jesús nos está diciendo es que su presencia en el mundo trajo inevitablemente una división. No porque él vino a buscarla, sino porque es una consecuencia lógica de su presencia. Porque él es la verdad, porque él es el camino, porque él es la vida.

El amor –nos guste o no – «divide». Aunque es algo lindo para nosotros, nos divide. Nos divide también interiormente. Por eso santa Teresa de Ávila –una gran santa– decía: «A veces siento que soy dos, que hay dos en mí». ¿No te pasa que a veces sentís que tenes como dos personalidades? Una que quiere entregarse, que quiere amar, que quiere vivir la vida plenamente; y otra que se frena, que se queda, que es egoísta, que no busca entregarse, que es perezosa. Y eso pasa mucho también a nuestro alrededor. Jesús trajo la división, de alguna manera, con su presencia. Fijate en tu familia: no todos creen, no todos se comprometen con el amor, no todos quieren vivir una vida cristiana, incluso otros –muchísimos– la rechazan, se nos ríen.

¿No hay división o, por lo menos, indiferencia en nuestras vidas? A eso se refiere Jesús. Por eso, tranquilos. Tenemos que estar tranquilos. Tenemos que alegrarnos con que él sea nuestro fuego. Él nos invita a vivir el bautismo entregándonos en cada cosa que hacemos, reconociéndolo como nuestro todo. Y Jesús –aunque no lo quiera directamente– provoca esa división con su presencia en el mundo. Nos guste o no: divide. Por eso aprendamos a vivir la alegría de saber que él nos eligió para que también seamos fuego con nuestro amor y servicio. Y no nos asustemos si incluso a veces nuestra presencia trae división.

XXIX Miércoles durante el año

XXIX Miércoles durante el año

By administrador on 21 octubre, 2020

Lucas 12, 39-48

Jesús dijo a sus discípulos: “Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa.

Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada”.

Pedro preguntó entonces: “Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?”.

El Señor le dijo: “¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno?

¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo!

Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.

Pero si este servidor piensa: ‘Mi señor tardará en llegar’, y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.

El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo.

Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando le damos «a Dios lo que es de Dios», o sea, le damos todo lo que se merece, en el fondo, le damos nuestro corazón, nuestra confianza, nuestros criterios y pensamientos, nuestras acciones. Aprendemos a darle al mismo tiempo «al César lo que es del Cesar», o sea, le damos a este mundo lo que corresponde; le damos el valor que se merece, pero no más que eso.
Se dice que Dios acomoda todas las cosas, es verdad –es muy linda esa frase–, pero lo que acomoda las cosas es el amor que proviene de Dios y su accionar en nuestros corazones. «Amar a Dios sobre todas las cosas» es lo que hace que se acomoden todas las cosas, cada cosa en su lugar; pero no por arte de magia, sino por la simple razón de que amando a Dios como él se lo merece amamos mejor todo lo que nos rodea. Todo tiene su razón de ser, su lógica, su razonabilidad.

El mundo está como está porque el hombre le da «al César lo que es del César» y mucho más, y no le da «a Dios lo que es de Dios», le da mucho menos. Nuestra fe no puede ser «guardada» dentro de las casas, en lo privado, como algunos nos quieren imponer. Los poderes de este mundo jamás pueden impedirnos que amemos a Dios y que busquemos que los demás lo amen. La historia está llena de ejemplos de errores para ambos lados. Momentos en los que la Iglesia pretendió más de lo que le correspondía en este mundo y se metió en donde no debía, mezclándose con los poderosos sin escrúpulos. Y, por otro lado, los estados, los jefes de este mundo, no dejaron que ciertos hombres vivan la fe –como también pasa hoy–, pretendiendo que la escondan «debajo de la mesa», incluso llegando hasta perseguir y matar, por no respetar sus pensamientos y, finalmente, por querer respetar a Dios.

Según Algo del Evangelio de hoy, Jesús nos dice que debemos estar «preparados». ¿Qué es estar preparados? entonces podríamos preguntarnos hoy. ¿Es una frase que nos debe generar temor? ¿Qué significa vivir continuamente sabiendo que Jesús puede llegar en cualquier momento, tanto para nuestra partida personal de este mundo como para su segunda y definitiva venida en la que se encontrará con todos? ¿Pensaste alguna vez en esto, en que mañana podemos no estar? ¿Pensaste en que frente a Dios todo se va a hacer muy chiquito? ¿Pensaste que, en definitiva, todo se puede terminar de un momento a otro? Pensalo, hace bien.

Relacionándolo con lo que hablamos ayer, lo que nos mantiene preparados no es el temor, no es el cruzarse de brazos –como quien espera un tren en la estación–, sino que lo que nos mantiene el corazón encendido es vivir amando como si cada día fuera el último. Esto es lo que nos mantiene preparados, alertas, pero sin miedo.

Y para vivir así –como muchas veces dijimos– no tenemos que olvidarnos de escuchar y de hablar con Jesús. El que anda por la vida hablando y escuchando a Jesús, al Padre, al Espíritu, ¿por qué va a temer?, ¿de qué va a temer? ¿Hay razón para andar «calculando» la salvación o andar negociando el amor como quien negocia un producto?

Los hombres y mujeres de oración, los cristianos que viven en presencia de Dios, viven esperando a su Señor; lo desean, lo buscan, lo encuentran en todos lados. No solo esperando su triunfo definitivo, sino en cada cosa, en cada circunstancia, en cada persona, cuando se levantan, viajando, en el pobre, en el hijo, en la cocina, en el trabajo, en el dolor, en la angustia, en la alegría. Porque él siempre está. En cambio, cuando no vivimos rezando y trabajando o trabajando y rezando, al final, tarde o temprano, todo se vuelve desánimo, tedio, rutina, cansancio sin rumbo, enojo, estrés, olvido de lo lindo de la vida, y tantas cosas más.

Las palabras de hoy no son para tener miedo. No hay porqué temer si cada día esperamos al Señor, si cada día esperamos su Palabra, si cada día la meditamos y la saboreamos, si cada día descubrimos que podemos volver a empezar una y otra vez, si cada día no nos aferramos a este mundo y le damos «al mundo lo que es del mundo»; pero antes o al mismo tiempo le damos «a Dios lo que es de Dios», a Jesús lo que es de Jesús.

XXIX Martes durante el año

XXIX Martes durante el año

By administrador on 20 octubre, 2020

Lucas 12, 35-38

Jesús dijo a sus discípulos:

Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.

¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Palabra del Señor

Comentario

Cuando como cristianos nos olvidamos de darle a «Dios lo que es de Dios», de darle lo que es de él, todo en el fondo se va diluyendo, todo se relativiza, todo se va -como se dice- mundanizando. O sea, se va transformando como un pensamiento solo de este mundo, sin tenerlo en cuenta. «El todo se hace humano, demasiado humano» -como decía un filósofo-. Y nuestra fe nos enseña que Cristo vino al mundo para hacer de nuestra humanidad algo más grande, una nueva humanidad, mucho más humana de lo que nosotros a veces queremos y pretendemos. Porque desde su divinidad, enseñándonos a vivir como él, todo se transforma.

Hay una frase muy linda que siempre me ayudó y dice así: «Él se acostumbró a vivir como nosotros, pero para que nosotros nos acostumbráramos a vivir como él». ¡Qué lindo que es pensar así, pensar eso! ¡Qué lindo pensar que estamos hechos para cosas mucho más grandes todavía! Por eso el mundanizarse, o sea, el darle al «César lo que es del César», pero sin darle a «Dios lo que es de Dios», -entre tantas cosas- quiere decir no elevar nuestro corazón a las cosas eternas, al llamado de Dios para ser santos, para transformar este mundo desde adentro (no de cuestiones políticas y sociales). No nos damos cuenta de que estamos hechos para ser más de lo que podemos ser y creer que podemos llegar a ser mucho más de lo que este mundo nos propone y darnos cuenta que podemos amar como él nos ama, y encontrar así el verdadero sentido a nuestra vida que solo se encuentra en él. Incluso la Iglesia siempre corre este peligro de mundanizarse.

Vos y yo podemos caer en lo que se llama «mundanidad espiritual». Así lo llamaba el Papa Francisco. «¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto -por decir así- al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera siempre de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios. ¡No nos dejemos robar el evangelio!», así decía el Papa Francisco. Es necesario encontrar cristianos laicos, consagrados y sacerdotes que comprendan bien esto y no se dejen tentar por la facilidad de adaptarse a los criterios que usa este mundo, para evangelizar, para resolver los problemas de este mundo. Si en una parroquia, en un grupo de oración, en un movimiento o en cualquier comunidad cristiana no se tiene en claro esto, terminamos haciendo cosas “por hacer”. Hacemos lo que hace el mundo a su estilo, hacemos lo que hace el Estado. Pero no evangelizamos, no proclamamos que «Dios es Dios» y no podemos manipularlo a nuestro modo. No proclamamos que creer en Cristo es lo mejor que nos puede pasar.

Hacemos marketing. ¡Cuánto marketing hay a veces en la Iglesia, que está incluso vacío del anuncio de Jesús! Cuando nos pasa esto, ya ni siquiera nosotros le encontramos el gustito al creer, ya ni siquiera nosotros disfrutamos de la diferencia, el plus de sentir la necesidad de amarlo con todo nuestro ser. ¿Cuántos cristianos dejaron y dejan de creer porque no le dimos como Iglesia lo que, en realidad, le deberíamos dar? ¿Qué cosa te preguntarás? A Jesús, nada más ni nada menos. ¿Te parece poco? ¿Cuánto tiempo perdemos en pensar cómo evangelizar con nuevas técnicas o cosas muy lindas y atractivas, que a todos les gusta aplaudir y poner «me gusta», mientras, en el fondo, no evangelizamos, nos presentamos a nosotros mismos? A veces pienso si no hemos complicado demasiado las cosas, mientras lo único que deberíamos hacer es hablar de Jesús, es llevarlo a los demás sin demasiadas complicaciones.

Algo del Evangelio de hoy usa una imagen muy linda para ayudarnos a comprender cuál es el verdadero sentido de nuestras vidas y cómo deberíamos vivirla. Porque eso es lo más importante, las dos cosas al mismo tiempo: saber hacia dónde vamos, pero también saber cómo vamos hacia allá. Mucha gente sabe hacia dónde va, sabe cuál es la meta, pero no sabe cómo ir. Y eso, en definitiva, es tan importante como el saber hacia dónde. No saber cómo llegar a donde tenemos que llegar nos desgasta mucho, nos hace perder energías y también nos puede hacer perder el rumbo.

Cualquier persona, crea o no crea, sabe más o menos que quiere ser feliz. Tiene de algún modo esa meta en la vida. Pero muy pocos saben elegir el verdadero camino para alcanzar esa felicidad. Bueno, a los cristianos nos puede pasar lo mismo. Podemos tener bien claro el hacia dónde, pero no el cómo.

¿Cuál es la meta de nuestra vida? Esperar el regreso del Señor. ¿Cómo tenemos que vivir esa espera? Preparados con la lámpara del corazón encendida, con el corazón encendido.

Cuando nos mundanizamos, cuando nos acomodamos al modo de vivir de este mundo, nos olvidamos de la verdadera meta de nuestra vida. ¿Sabías que no somos nosotros los que alcanzamos a Jesús, sino que él es el que nos alcanza a nosotros y que será él el que nos venga a buscar algún día? ¡Qué distinto que es pensar la vida así! ¡Qué alegría es saber que en realidad la meta se nos acerca a nosotros, que la meta de nuestra vida no se hace «escurridiza», sino al contrario, se hace «encontradiza»! Sabiendo esto, sabiendo que la meta, o sea, Jesús, vendrá algún día hacia nosotros y que, en realidad, viene todos los días cuando nos dejamos sorprender por su amor.

Sabiendo esto, el modo de vivir bien, encendidos, entonces es esperar esa venida, es desearla con todo el corazón. Así lo decía San Pablo: «Me siento urgido de ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo». Algo parecido me dijo una vez Alejandra -esa amiga mía que me ayuda a no olvidarme de la pobreza y de los pobres- cuando una vez me llamó por teléfono y, en realidad, nos dijimos esto mutuamente. «Hola, padre, ¿cómo estás?», me dijo. «Acá ando Ale, más o menos. Cansado, tirando». Se sorprendió muchísimo que le dijera eso porque parece que los sacerdotes jamás podemos estar más o menos. Pero a partir de ahí nos empezamos a reír los dos. «¿Y vos, Ale?» «También, me dijo, más o menos». «Bueno, Ale, le dije, “estamos en el horno” -como se dice acá en Argentina-. Mejor es que estemos con Jesús, que nos vayamos al cielo». Ella me contestó: «¡Sí, padre, vámonos al cielo! Es mucho mejor que todo esto» «Sí, Ale, vamos juntos». Fue gracioso. Por ahí parece y puede parecer medio pesimista, pero expresaba de alguna manera lo que estábamos viviendo y nuestros deseos de estar con Jesús, para a veces no cansarnos tanto. Pero bueno, hay que seguir trabajando, hay que estar preparados, trabajando por él. Pero no pensemos en cosas drásticas, como en la muerte, aunque a veces mal no nos hace, sino también pensemos en el día a día.

Qué distinto es empezar el día diciéndonos: ¿En dónde voy a dejar hoy encontrarme por Jesús? ¿Qué tengo que hacer para dejar que él venga a mi vida y dejar que me sirva? Qué distinto es terminar el día preguntándonos: ¿En dónde y en qué situación me dejé encontrar por él y en dónde y cuándo me distraje haciéndome escurridizo a su amor?

¿Cómo hacemos para mantener la lámpara del corazón encendida y preparada? Me imagino que sabes la respuesta. Amando y dejándonos amar. Buscando el bien de los otros, antes que el nuestro y dejando que los otros también nos hagan el bien.

XXIX Lunes durante el año

XXIX Lunes durante el año

By administrador on 19 octubre, 2020

Lucas 12, 13-21

En aquel tiempo:

Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia.»

Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Después les dijo: «Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas.»

Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo: “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha.” Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe y date buena vida.”

Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”

Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios.»

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué difícil es tener las cosas claras y distintas -como se dice- para darle a cada cosa, por decirlo de alguna manera, lo que corresponde: «Al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios»! Parece tan obvio, parece tan fácil, pero la verdad es que son pocos los cristianos que saben darle a cada cosa su lugar y su tiempo. Tendemos a oponer o tendemos a mezclar. Oponer lo de este mundo a las realidades espirituales, como si fueran de otro mundo, es la tentación a veces más cotidiana y más teñida de aparente bondad. Mezclar las cosas hasta el punto de no saber bien qué es cada cosa y atribuirle a Dios lo que no es de él, o al revés, es la tentación también más tentadora. Esta verdad, que escuchamos en el evangelio de ayer, no se juega solo en una elección presidencial, en cuestiones políticas -como nos pasa a cada uno de nosotros en nuestros países, como algunos nos quieren hacer creer-, sino que se juega en cada decisión.

Una vez, me acuerdo, cuando fui a votar, lo hice en menos de cinco minutos y entonces, al salir del llamado «cuarto oscuro», en tono de risa y medio simbólicamente le dije al presidente de la mesa: «¡Qué milagro, no puedo creer que esto haya sido tan rápido!» Y él me contestó: «Es por los rezos, padre». Me reí y le contesté: «Los rezos en realidad creo que no tienen mucho que ver con esto. Esto es gracias a que las cosas están bien organizadas». Entiendo que usé mal la palabra «milagro» y entiendo que él también me lo dijo en forma simbólica, pero casi sin darme cuenta lo que le quise decir es «al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios». No hay que meter a Dios en cualquier cosa, aunque él está de alguna manera en todo lo que pasa, porque también lo permite. Aunque él está en todo, no hay que atribuirle a Dios lo que en realidad deberíamos hacer nosotros y no hay que atribuirle a los Césares de este mundo lo que en realidad es de Dios. Estos días vamos a ir desgranando este tema, que es bastante complejo.

Algo del Evangelio de hoy nos ayuda a seguir comprendiendo lo de ayer. Vemos que a Jesús hay que hablarle para cosas importantes. No hay que meterlo en lo que en realidad tenemos que resolver nosotros: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Jesús no está para eso, no está para las mezquindades de este mundo. Él no está para solucionarnos los problemas económicos, de dinero con los demás. Él no está para satisfacer nuestras «avaricias y ambiciones», que nos hacen olvidarnos de lo más importante: «A Dios lo que es de Dios». A veces somos así, acudimos a Dios para que nos solucione problemas mundanos, que en definitiva él nos ayuda a resolver; pero no por un «toque mágico», sino porque con su amor y enseñanzas nos da el criterio para saber decidir nosotros lo mejor. Aun con el riesgo de equivocarnos nos da esa libertad.

Al contrario, Jesús está para salvarnos de toda avaricia, que finalmente lo único que logra es que nos quedemos hablando con «nosotros mismos»; como el hombre de la parábola de Algo del evangelio de hoy que termina con la «panza para arriba» pensando que su vida estaba en sus manos, en sus propias manos, que había logrado todo lo necesario y que a partir de ese momento podía empezar a «comer, beber y darse buena vida», o sea, disfrutar olvidándose de los demás, del prójimo. ¿Con quién habló este hombre? Con él mismo, solo con él. ¿En quién pensó? En él mismo. ¿Y Dios? ¿Y los demás? Brillan por su ausencia en la vida del avaro que solo acude a Dios cuando lo necesita para satisfacer un capricho personal. Este hombre evidentemente no supo darle a «Dios lo que era de él», o sea, su corazón entero.

La falta de criterio por no escuchar a Dios nos va atrofiando el corazón y por más que seamos muy buenos, por más que hagamos cosas muy buenas, sin diálogo con Dios, sin nuestros silencios para poder escucharlo, nuestras palabras se van transformando en monólogos, o en diálogo entre yo y yo mismo. Muy aburrido.

¿Conoces esas personas que hablan y se contestan ellas mismas y que hablan con vos pero al mismo tiempo nunca te dejan que les contestes? Son las personas que les encanta hablar y les encanta escucharse a ellas mismas, como el hombre de la parábola de hoy. ¡Puro egoísmo! ¡Qué triste terminar así! ¡Qué triste esas personas que no saben escuchar, que no saben «parar la oreja» para saber qué les pasa a los demás, qué quiere Dios de su vida! ¡Qué insensatos que somos a veces! ¡Qué tontos que somos a veces, qué infantiles! No sabemos si hoy será el último día de nuestra vida y no terminamos de entenderlo. Y por eso vivimos como si nunca fuéramos a morir, y así podemos pasar días y años sin darle a Jesús lo que le corresponde.

Tener claro esto es lo que nos ayuda a que salgamos de nuestro «yo» egoísta y avaro para dejar de acumular sin sentido en este mundo y empezar a abrirnos a los demás. La escucha diaria de la Palabra nos abre siempre los oídos del alma para no dejar nunca de hablar con nuestro Padre; y escuchándolo sepamos decidir lo mejor para nuestras vidas y la vida de los demás, dándole siempre prioridad a él sin dejar de vivir en este mundo, que -dicho sea de paso- también es de él.