Book: Lucas

XXVIII Sábado durante el año

XXVIII Sábado durante el año

By administrador on 17 octubre, 2020

XXVIII Sábado durante el año – Memoria de San Ignacio de Antioquía

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que aquel que me reconozca abiertamente delante de los hombres, el Hijo del hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios. Pero el que no me reconozca delante de los hombres, no será reconocido ante los ángeles de Dios.

Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.

Cuando los lleven ante las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no se preocupen de cómo se van a defender o qué van a decir, porque el Espíritu Santo les enseñará en ese momento lo que deban decir.»

Palabra del Señor

Comentario

Al terminar una semana siempre es bueno ver un poco el camino transitado. Lo hacemos en muchos aspectos de la vida; al terminar un año, a veces hacemos una evaluación al terminar un curso, al terminar una materia de la universidad. Se nos evalúa de alguna manera. Es verdad que nosotros no tenemos que caer en esa mirada, de alguna manera, llena de competencia que nos rodea en este mundo y estar evaluándonos como si fuera que Dios nos va a poner una calificación; pero de alguna manera tener una mirada crítica, en el buen sentido de la palabra, de nosotros mismos nos hace bien, porque nos ayuda a animarnos a progresar, a querer cambiar, a no quedarnos quietos.

Acordate que siempre se dice que, en la vida espiritual, si no se rema, se vuelve para atrás. Es como ir en contra de la corriente, de un río, del mar. Si no remamos, nos vamos para atrás. Por eso, siempre en la semana, al terminarla, es bueno decir: «¿Cómo estuve escuchando estos días?» No tanto una evaluación moral, si estuve muy bien o muy mal, sino cómo estuve escuchando: ¿estuve poniendo mi corazón?, ¿dónde estuvo mi corazón? «Donde esté tu tesoro, estará tu corazón», dice la Palabra. Por eso, poder mirar así nos ayuda a ver dónde está nuestro corazón y rectificar si hay que rectificar, afirmar si hay que afirmar, alegrarse si hay que alegrarse, dar gracias o pedir perdón si tenemos que hacerlo. Por eso siempre los sábados aprovechemos para mirar para atrás y decir: «Bueno, ¿cómo estuve escuchando esta semana? ¿Escuché a mi Señor o me escuché mucho a mí mismo?,¿o escuché muchas cosas que, finalmente, no me aportaron nada?» Dios quiera que podamos hacer también este camino en este día.

Algo del Evangelio de hoy tiene que ver de algún modo con lo que venimos diciendo en estos días, porque Jesús dice: «Les aseguro que aquel que me reconozca abiertamente delante de los hombres, el Hijo del hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios». En cierta manera, es esa actitud -que venimos hablando en estos días- que necesitamos todos: la actitud de humildad, la actitud de no caer en la hipocresía, en el doblez de corazón, en la soberbia, en pensar que todo lo que tenemos es gracias a nuestro esfuerzo, que todo lo que tenemos es gracias a nuestro trabajo; sino al contrario, darnos cuenta de que Jesús es el que nos da la gracia. Jesús es el que nos da la fuerza cada día para poder hacer lo que él nos enseña. Él, con su espíritu, es el que nos inspira a las obras buenas que hicimos. Por eso, siempre es necesario dar gracias.

Por eso, en este sábado, te propongo un remedio contra la soberbia, el orgullo y la arrogancia; esas enfermedades del alma que se nos pueden meter en el corazón, que nos pueden invadir y nos hacen tanto mal, que hacen tanto mal a los demás. El remedio es que de nuestros labios se caiga una y mil veces la palabra GRACIAS; que cada uno pueda ponerle a esta palabra rostros, situaciones, gestos, cosas que nos pasaron.

Gracias Señor por darnos la vida. Gracias por darnos el ser y las ganas de levantarnos esta mañana. Gracias aunque a veces nos cansemos. Gracias por dejarnos existir un día más, hasta hoy. Gracias por darnos tantos años y oportunidades para volver a empezar, para pedir perdón, para dejar que nos perdonen y que nos sigan amando a pesar de nuestras debilidades.

Gracias por la familia que nos diste, por nuestros padres, hermanos y hermanas, hijos e hijas. Son nuestro mejor regalo, aunque a veces no nos comprendamos, aunque nos equivoquemos, aunque ellos no hayan sido siempre los que hicieron todo bien; pero, sin embargo, son un regalo. Son nuestro mejor regalo porque es en nuestra familia donde aprendimos a amar, a veces cayéndonos; pero aprendimos; y a ser amados también.

Gracias por el lugar donde nacimos y nos criamos, por la escuela o el colegio donde nos tocó estar y aprender, por los compañeros y amigos, por nuestros maestros y profesores, por cada una de las personas que nos marcaron y ayudaron con su esfuerzo (silencioso y cotidiano) y nos ayudaron a ser lo que hoy somos.

Gracias por los dolores que también nos ayudaron a ser fuertes en el amor, por las enfermedades que nos enseñaron la paciencia. Gracias por las tristezas que nos golpearon para darnos cuenta de que amar es necesario, y que para amar es necesario entregarse.

Gracias Señor por el don de la fe, que nos permite ver todo distinto en un mundo que se empecina por no creer y vivir al margen de Dios Padre. Gracias por los sacramentos que recibimos y que nos enriquecieron. Gracias por ese alimento de la Palabra que nos guía, fortalece y consuela siempre. Siempre gracias. Señor, gracias por las personas, sacerdotes, amigos y familiares que nos ayudaron a confiar en tu amor; que siempre nos precede, que siempre se nos anticipa a pesar de nuestras caídas. Gracias por que cada día te las «ingeniás» para buscarnos, amarnos y perdonarnos, para alimentarnos a pesar de nuestras debilidades y olvidos. Gracias por darnos la oportunidad, en este momento, de decirte gracias.

Gracias es la única palabra que deseamos juntos que se nos quede en el corazón en el momento que nos llames a tu encuentro. Gracias es la única palabra que vale la pena decir en el silencio de la oración. Gracias es la palabra con la que queremos terminar esta semana.

Señor, por todo ¡gracias! Y ayudanos a que, cuando nos toque hablar frente a los demás de tu amor, no tengamos miedo; que no tengamos miedo de decirle al mundo que gracias a tu amor estamos vivos y tenemos el corazón alerta para amar siempre.

XXVIII Viernes durante el año

XXVIII Viernes durante el año

By administrador on 16 octubre, 2020

Lucas 12, 1-7

Se reunieron miles de personas, hasta el punto de atropellarse unos a otros. Jesús comenzó a decir, dirigiéndose primero a sus discípulos: «Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. No hay nada oculto que no deba ser revelado, ni nada secreto que no deba ser conocido. Por eso, todo lo que ustedes han dicho en la oscuridad, será escuchado en pleno día; y lo que han hablado al oído, en las habitaciones más ocultas, será proclamado desde lo alto de las casas.

A ustedes, mis amigos, les digo: No teman a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más. Yo les indicaré a quién deben temer: teman a aquel que, después de matar, tiene el poder de arrojar a la Gehena. Sí, les repito, teman a ese.

¿No se venden acaso cinco pájaros por dos monedas? Sin embargo, Dios no olvida a ninguno de ellos. Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman, porque valen más que muchos pájaros.»

Palabra del Señor

Comentario

Me acuerdo cuando una vez tuve la dicha de ir a comer con una familia, una familia amiga con pocos recursos económicos, pero con un corazón muy grande. Tan grande que, cada vez que iba, se esmeraban en preparar todo de una manera admirable. El día anterior a que yo vaya habían ido a comprar el pollo para la comida y tardaron casi cinco horas en conseguirlo un poco más barato, más económico. Todo para recibirme de la mejor manera que podían. ¡Qué bien que hace comer en familia! ¡Qué lindo que es! ¡Qué lindo que es comer con familias así!

Es en las comidas en donde nos conocemos mejor los unos con los otros, en donde vemos nuestras caras, cómo son, sin maquillajes; en donde descubrimos también la generosidad de unos, que van y vienen con bandejas para servir mejor, y la comodidad de otros también, que esperan a ser servidos; en donde se nota claramente quién anda de mal humor y necesita una sonrisa más grande; en donde se percibe quién anda en su mundo y necesita una mirada, una palmada, un ánimo, un abrazo; en donde se conoce más a fondo cómo está cada uno.

Antes de sentarnos a comer, me acuerdo de que yo estaba tratando de resolver la necesidad de otra familia que, por una tormenta la noche anterior se le habían volado las chapas del techo de la casa y, absorbido por eso, me di cuenta de que estaba más atento al celular que a otra cosa. Y me acordé de lo que había dicho en el audio de ese día, mis propias palabras: «¿Te imaginás a Jesús pendiente de su celular en una comida con José y María?» Me vino bien recordar lo que yo mismo había dicho. Por eso, guardé el celular y me dediqué a estar. Además, me animé a pedirles que apaguen el televisor para bendecir y me encantó cuando una madre le pidió a su hija que deje su celular mientras comíamos. ¡Qué distinto que es comer así! ¡Qué bien que nos hace! Pienso que eso es lo que Jesús quiere cuando nos invita a estar con él, a participar de su banquete, especialmente de la Eucaristía. Quiere que estemos con él, que apaguemos todo, que no nos conectemos con nada más. ¿Sabés cómo terminó esa comida? Cuando les dije que iba a ir a buscar chapas para la familia que había sufrido la tormenta, se ofrecieron cuatro a ayudarme: abuelo, hija y nietas. ¿Hace falta explicar algo más?

En Algo del Evangelio de hoy, además de hablarle a la multitud, Jesús habla especialmente a los discípulos, a vos y a mí: «Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía». La hipocresía es como una levadura, silenciosa y oculta, que hace fermentar nuestra «masa-corazón», que en realidad, podríamos decir, lo pudre. No es que le saca lo mejor, lo pudre. Pudre lo más profundo de nosotros, pero inflándolo como hace la levadura, haciéndole creer que está más grande que los demás y que es grande por lo bueno; pero, en realidad, lo hace engrandecer de soberbia y no de humildad.

Cuidado con la hipocresía –que es lo que nos destruye–, cuidado con la mentira, cuidado con el doblez de corazón, cuidado con la incoherencia. Siempre tenemos que estar atentos.

Nosotros somos discípulos. Nuestra vida tiene que estar más puesta en nuestro testimonio, en nuestra forma de vivir, que en las cosas que decimos. Por eso, tengamos cuidado. Porque a veces con nuestra mentira, con nuestra doblez, con nuestra ambición, con nuestra vanidad, con todo lo que es para afuera y que, en realidad, no muestra la verdad de nuestro corazón, podemos hacer mucho mal. Y nos hacemos mal a nosotros mismos, vivimos una vida disociada. ¡Cuidado con la hipocresía! «Señor, libranos de la hipocresía, libranos de la mentira y ayudanos a ser coherentes en la fe; verdaderos cristianos coherentes con lo que decimos, creemos y hacemos».

Pero hay una segunda cosa que es más linda en las palabras de Algo del evangelio de hoy. Jesús nos habla de «no temer». Hay gente que hace el mal -es verdad-, gente que nos puede hacer el mal, gente malvada en este mundo, gente que es capaz realmente de buscar el mal de los demás. Y nos puede tocar personas que nos traten mal y nos hagan el mal, pero Jesús dice: «No teman a los que matan el cuerpo. Teman a aquel que, después de matar, tiene el poder de arrojar a la Gehena».

No temamos a los que realmente no matan lo más importante de nuestra vida, que es nuestra fe, nuestra confianza total, nuestra certeza de que hay algo mejor, de que la vida es mucho más grande de lo que vemos y creemos, y que la bondad es mucho más grande de lo que pensamos. No temamos. Si nos tocó sufrir algo duro en la vida, no temamos a eso. No temas a los que puedan hacerte el mal. Si estamos con Jesús, nada nos podrá voltear, nada nos podrá vencer, nada nos va a doblegar, nada nos va a quitar lo mejor que tenemos. Tememos cuando en realidad no confiamos en él, cuando nos miramos solo a nosotros mismos.

El Padre tiene contado todos nuestros cabellos. ¿Qué más podemos pedir? ¿A quién le podemos temer?

XXVIII Jueves durante el año

XXVIII Jueves durante el año

By administrador on 15 octubre, 2020

Lucas 11, 47-54 – Memoria de Santa Teresa de Jesús

Dijo el Señor:

«¡Ay de ustedes, que construyen los sepulcros de los profetas, a quienes sus mismos padres han matado! Así se convierten en testigos y aprueban los actos de sus padres: ellos los mataron y ustedes les construyen sepulcros.

Por eso la Sabiduría de Dios ha dicho: Yo les enviaré profetas y apóstoles: matarán y perseguirán a muchos de ellos. Así se pedirá cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas, que ha sido derramada desde la creación del mundo: desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que fue asesinado entre el altar y el santuario. Sí, les aseguro que a esta generación se le pedirá cuenta de todo esto.

¡Ay de ustedes, doctores de la Ley, porque se han apoderado de la llave de la ciencia! No han entrado ustedes, y a los que quieren entrar, se lo impiden.»

Cuando Jesús salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a acosarlo, exigiéndole respuesta sobre muchas cosas y tendiéndole trampas para sorprenderlo en alguna afirmación.

Palabra del Señor

Comentario

Una verdadera comida, un verdadero banquete, es el que nos lleva a comunicarnos cada día mejor entre nosotros. No imagino a Jesús devorando en una casa de familia, sin escuchar a los otros. Cuando alimentamos nuestro cuerpo, nos tenemos que dar cuenta que necesitamos el alimento del alma, es un reflejo. ¿Imaginás a Jesús sentado en la mesa esperando que todos lo sirvan como si fuera un rey de este mundo? Trayéndolo al mundo de hoy… ¿Imaginás a Jesús sentado a la mesa viendo televisión, preocupado por las ultimas noticias o esperando su novela sin aprovechar la presencia de los otros? ¿Imaginás a Jesús sentándose en ese lugar estratégico donde muchos se quieren sentar, como para evitar servir a otros? ¿Imaginás a Jesús sirviéndose primero para lograr elegir siempre lo mejor, la mejor milanesa? ¿Imaginás a Jesús comiendo con María y José y mientras tanto estar viendo su celular para ver si le escribe uno que está lejos? En una comida se juega mucho de nuestra disposición para servir y escuchar a los otros. Aunque no lo creas. “Dime como comes y te diré como amas” Jesús vino a este mundo a enseñarnos a amar, y el amor se juega en todos los detalles, el amor se demuestra también en nuestras comidas. Sería bueno, que esto que nos enseña la palabra, nos sirva a modo de revisión para ver cómo están siendo nuestras comidas familiares, nuestras comidas laborales, nuestras comidas entre amigos.

Algo del Evangelio además de enseñarnos hasta dónde puede llegar el amor de Dios; también nos quiere mostrar hasta dónde puede llegar la cerrazón y la crudeza del pecado, la cerrazón del corazón del hombre cuando no quiere ver, cuando no quiere escuchar, cuando no quiere sentir; casi se vuelve un imposible para Dios –diríamos así–, casi que es imposible para Dios doblegarnos.

Estos fariseos no querían ver, no podían salir de su encierro; por ahí eso no te pasa, pero por ahí lo ves, lo vemos en el mundo de hoy: lo ves en tu trabajo, lo ves en la televisión, en las familias, en la iglesia. Vemos maldad, cerrazón, ceguera de tantos que se empecinan en hacer el mal y que no quieren dejar de hacerlo. Bueno, pero no es para amargarse y ser profetas de amarguras. A Jesús le pasó lo mismo, a Dios le pasa lo mismo; ni el mismo Jesús pudo con ellos, aunque murió por ellos –y esto es lo importante–, murió por ellos y por todos los que hoy también se empecinan en hacer el mal.

Jesús es claro: ellos tendrán que dar cuentas de todo el mal que hicieron. Los malvados tendrán que dar cuenta a Dios, del mal que le hicieron a tantos justos y que sigue sucediendo hoy en tantos aspectos de nuestra vida, donde vemos que sufren tantos inocentes por culpa de la maldad de otros; eso habrá que dejárselo a Dios, le corresponde a Él, no nos toca a nosotros juzgar, solo intentar evitarlo cuando esté al alcance de nuestro corazón.

Otra reflexión que podemos sacar de este evangelio es considerar que algún grado de soberbia nosotros también tenemos.

La soberbia se manifiesta de muchos modos. Hoy nos podemos enfocar en dos, la ambición y la presunción:
La ambición es ese querer desordenado de honor, de fama. Es válido cuidar nuestro buen nombre; pero a veces podemos ambicionarlo a costa de todo, por ejemplo, a través de la crítica, de la calumnia, de la mentira, de la traición; muchas veces hacemos de todo para llegar a “quedar bien” y que nos tengan por “buenos. ¿Cuántas veces llegamos a mentir para quedar bien? ¿Cuántas veces criticamos para quedar bien? ¿Cuántas veces hemos traicionado la confianza de alguien para que nosotros quedemos bien?

Y la presunción es intentar aquello que no nos da la capacidad y las posibilidades; diríamos en Argentina: “es querer hacer lo que no nos da el cuero”. Es el sentirnos omnipotentes, el creer que puedo con todo y no reconocer que a veces no nos da la vida ni el corazón para todo. Por ejemplo, soy presuntuoso cuando no delego y pretendo hacer todo, cuando controlo todo. Puede ser que a veces tengamos una sana inconsciencia y un coraje que nos anima a hacer cosas que no sabemos; pero al mismo tiempo, tenemos que saber reconocer nuestros límites: ser humildes y realistas.

Este es el desafío te propongo hoy: seguir pidiendo a Jesús que nos libre de caer en este gran pecado del orgullo y la soberbia, y que nos haga mansos y humildes de corazón.

XXVIII Miércoles durante el año

XXVIII Miércoles durante el año

By administrador on 14 octubre, 2020

Lucas 11, 42-46

«¡Ay de ustedes, fariseos, que pagan el impuesto de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, y descuidan la justicia y el amor de Dios! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello.

¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar el primer asiento en las sinagogas y ser saludados en las plazas!

¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven y sobre los cuales se camina sin saber!»

Un doctor de la Ley tomó entonces la palabra y dijo: «Maestro, cuando hablas así, nos insultas también a nosotros.»

El le respondió: «¡Ay de ustedes también, porque imponen a los demás cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni siquiera con un dedo!»

Palabra del Señor

Comentario

El Reino de Dios se parece a un gran rey que nos invita a las bodas de su hijo y está todo preparado, todo preparado: los terneros, la comida, la mesa. Todo preparado para que nosotros podamos también participar. ¡Qué lindo que es -retomando el evangelio del domingo- recordar que el Reino de Dios no es solamente una invitación a trabajar -como veíamos en otras parábolas-, una invitación a cumplir su voluntad, a dar frutos, sino que también es un banquete! Es un momento para disfrutar la relación con Dios; esa relación de Padre a hijos, de hijos con el Padre y de hermanos. Es para disfrutar también. Es para darnos cuenta de que es una alianza de amor en donde compartimos lo más necesario, lo que no nos puede faltar: el amor.

El banquete es simplemente una imagen para que nos demos cuenta de que el Reino de Dios también tiene algo de fiesta. Por eso, no tenemos que olvidarnos que esta invitación no podemos dejarla pasar. Cada día el Señor nos invita a participar de este banquete de amor. En nuestro bautismo fue nuestra primer gran llamada, pero también a lo largo de toda nuestra vida, una y otra vez, se nos prepara una mesa. La Eucaristía y cada sacramento es para los que creemos en el Reino de Dios y aquellos que queremos vivirlo como una participación del amor de Dios, para que nosotros también podamos desparramarlo a los demás. Dios quiera que nunca olvidemos esta dimensión tan linda del Reino de Dios, que se nos presentaba en esta parábola que tiene tantas enseñanzas. Pero continuemos con el evangelio de hoy.

En las duras críticas que escuchamos de Jesús hacia los fariseos, los doctores de la Ley y, por decirlo de alguna manera, de rebote también a nosotros que lo estamos escuchando, resalta una de las «hijas de la soberbia», por decirlo así, que se llama la vanidad o la vanagloria.

La vanidad es como la hija preferida de la soberbia y nos hace terminar cayendo por supuesto en la soberbia. Es el deseo desordenado de prestigio, de fama, de aplausos, de adulación; y la virtud opuesta, que tenemos que trabajar siempre, es la modestia. Repito esto una vez más: es el «deseo desordenado», exacerbado de ser reconocido; porque podríamos decir que hay siempre un sano deseo o un deseo bueno -y debe haberlo– de conservar nuestra buena fama, de cuidar nuestro nombre, que nos hace hijos.

Y Jesús, en Algo del Evangelio de hoy, lo dice bien claro: «Les gusta ocupar los primeros puestos en las sinagogas y ser saludados en las plazas. Son sepulcros limpios por fuera, pero sucios por dentro». Toda una imagen muy dura de escuchar, pero es así.

El vanidoso o vanidosa o cuando somos vanidosos, en el fondo, buscamos eso, antes que nada, buscamos ser alabados o buscamos alabarnos a nosotros mismos. Es cuando nos gusta hacer resaltar las cualidades o nuestros logros y a veces exageradamente, otras muy sutilmente. Pero siempre el vanidoso logra, de alguna manera, que sepan lo que hizo o lo que va a hacer. Y si no lo reconocen de algún modo, le sobreviene la tristeza e incluso se enoja, cae en la ira.

En las conversaciones el vanidoso usa mucho el pronombre personal YO, para darle más fuerza a la frase: «Yo hice esto», «yo le dije que haga esto». Casi que solo él hace las cosas bien y si los demás las hacen, rara vez las hacen «tan bien» como él.

En realidad, si nos ponemos a pensar, el ser vanidoso es una actitud en el fondo muy infantil; es una actitud de niños que todavía no han madurado. Pero no de ese «hacernos como niños» que nos pide Jesús en el evangelio, sino realmente una actitud de niño mimado, de niño malcriado, al que no se lo crió bien. Porque así como los niños malcriados necesitan que les festejen y aplaudan todo lo que hacen -en realidad esta actitud exacerbada por los adultos- y que también si no les festejan lo que hacen, se festejan a sí mismos -¿viste cuando un niño se aplaude a sí mismo por lo que hizo? – y nosotros también le aplaudimos para que se ponga contento. Bueno, esa misma actitud infantil la vemos en el vanidoso, pero en el vanidoso adulto.

Los niños necesitan el aplauso cuando se les enseña eso. Pero, en realidad, si le enseñáramos que no lo necesita, no lo necesitaría. Nosotros, sin darnos cuenta, le creamos la necesidad. Por eso, la vanidad es un signo de gran inmadurez en nuestra vida, que siendo adulto deberíamos ir superando día a día. Porque tenemos que asentarnos en realidad en lo que somos y en lo que Dios piensa de nosotros y no en la opinión ajena, en lo que piensan los demás.

Pero, lamentablemente, lo podemos arrastrar a lo largo de los años. Y cuando esta vanidad se da en el ámbito religioso, en nuestra vida de fe, en el fondo es mucho peor, porque podemos caer en la hipocresía de los fariseos, porque «usamos» a Dios para ponernos por encima de los demás. Y eso es lo peor que nos puede pasar. Qué triste cuando esto pasa en la vida religiosa: en un consagrado, en una consagrada, en un sacerdote, en un obispo, en un catequista, en un educador. Es el peor virus que puede haber dentro del corazón de un miembro de la Iglesia: la vanidad religiosa camuflada de bien. Cuando nos exaltamos a nosotros mismos «sirviéndonos» de los demás, pero en el fondo nos estamos sirviendo a nosotros. ¡Qué desastre! Y a veces incluso podemos poner cargas en los demás que ni siquiera nosotros mismos podemos llevar, que ni siquiera podemos tocarlas con el dedo.

Somos incluso capaces de hacer cosas así. Bueno, que hoy Jesús nos libre de la vanidad. Hay que pedírselo con todo el amor. Que él nos libre de esta hija de la soberbia que muchas veces está entremezclada en nuestro corazón, en nuestras relaciones humanas. Que podamos vivir este día afirmándonos en la gran alegría y certeza de lo que Dios piensa de nosotros, de lo que él ve y nadie ve, y no en lo que piensan los demás. El Reino de Dios es un gran banquete en donde todos nos sentamos en la misma mesa y todos somos hijos del mismo padre.

XXVIII Martes durante el año

XXVIII Martes durante el año

By administrador on 13 octubre, 2020

Lucas 11, 37-41

Cuando terminó de hablar, un fariseo lo invitó a cenar a su casa. Jesús entró y se sentó a la mesa. El fariseo se extrañó de que no se lavara antes de comer.

Pero el Señor le dijo: «¡Así son ustedes, los fariseos! Purifican por fuera la copa y el plato, y por dentro están llenos de voracidad y perfidia. ¡Insensatos! El que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro? Den más bien como limosna lo que tienen y todo será puro.»

Palabra del Señor

Comentario

No nos alimentamos solo de pan -ya lo sabemos-, aunque obviamente lo necesitamos para vivir. Me imagino que habrás escuchado muchas veces esta frase: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Nos alimentamos principalmente de amor y el amor entra, por decirlo así, a nuestro corazón «por todos lados», por los oídos, por los ojos, por el tacto, por el olfato y por el gusto. Por eso la imagen del banquete, de la comida a la que nos invita Jesús, esa imagen del evangelio del domingo es mucho más profunda que una «juntada a comer». Cuando comemos juntos, en familia, sabemos que no alimentamos el estómago solamente, sino que también nutrimos el corazón, o por lo menos ese es el anhelo de nuestro buen Dios y de nuestro corazón.

Se me ocurrió una frase, parafraseando otra conocida: «Dime cómo comes y te diré cómo amas». El modo como comemos, como nos alimentamos, expresa mucho lo que somos. Por algo la Palabra de Dios está repleta de menciones a los banquetes; por algo Jesús eligió la imagen del banquete para hablar del Reino de Dios; por algo Jesús en el evangelio de Juan eligió unas bodas para empezar su ministerio público; por algo aceptó muchas veces ir a comer a casas -como hoy, en este evangelio-, y lo acusaron además de «borracho y glotón»; por algo él se despidió de sus amigos en una cena; por algo se apareció resucitado a sus amigos y los invitó a comer; por algo nuestro buen Jesús quiso quedarse entre nosotros como alimento, como comida, en la Eucaristía. Jesús nos invita a un banquete, pero no solo para comer comida, sino principalmente para entrar en comunión con él y los otros.

Retomando el tema de la soberbia, hoy podemos agregar que este vicio es el afecto desordenado de la propia excelencia a ese deseo que tenemos de «sobresalir». Por un lado, sabemos y tenemos que saberlo que es bueno y natural aspirar a ser buenos, mejores; superarnos día a día. Es bueno y necesario para crecer. Pero no hace bien cuando esto se desordena y genera en nuestro interior un modo de pensar y sentir que nos pone como centro de todo y terminamos mirando a los demás como desde arriba para abajo.

Ayer decíamos que a veces esta soberbia, este orgullo, puede llegar a tomar el color, incluso, o la gravedad, de despreciar a los demás con un deseo oculto y refinado de que se fijen más en nosotros.

En Algo del Evangelio de hoy el fariseo anfitrión se extraña de que Jesús no haga lo que él hacía. «¿Cómo no se lava las manos antes de comer? ¿Cómo no hace lo que yo hago?», pensó. «¿Cómo no hace lo que se debe hacer, lo que hay que hacer?” ¡Cuánto de esto también hay en nuestros corazones! «¿Cómo fulano, fulana no hizo esto? ¿Cómo mengano hizo aquello?» O bien decimos: «Las cosas se hacen así». Las cosas se tienen que hacer asá, de esta manera». Estamos llenos de frases que manifiestan nuestras soberbias interiores.

Y así a veces vamos caminando por la vida, pretendiendo que todo sea a nuestro modo o al modo como nos enseñaron y no dejamos lugar a lo distinto, a la diversidad, a la novedad que puede cambiarnos el corazón.

Pero en el fondo el objetivo más o menos consciente de nuestro yo, tan grande y desordenado, es sobresalir, es darnos más importancia a nosotros mismos, incluso a veces, lamentablemente, despreciando a los demás o lo que los demás hacen, que en el fondo es lo mismo. Criticamos. Incluso podemos llegar hasta inventar cosas de los demás, que es calumniar, con tal de que nosotros quedemos mejor.

Disminuimos los méritos y aciertos ajenos. A veces «ventilamos» defectos y desaciertos para que el otro disminuya; o a veces «aumentamos» lo que otros han hecho o dicho para dejarlos peor de lo que estaban.

En realidad -como este fariseo- con comentarios, gestos o pensamientos queremos dar a entender que somos más inteligentes, más capaces, que hacemos las cosas mucho mejor. Nuestros comentarios u opiniones, nuestros chistes a veces, nuestras ironías, -por supuesto- terminan siendo mejores que los de los demás.

Es un orgullo oculto y entrelazado entre nuestras actitudes, que a veces está cargado de envidia. Es como si estuviéramos diciendo, continuamente que, si siguieran nuestro consejo, nuestro punto de vista, nuestro ejemplo, las cosas serían mucho mejores y no habría tantos problemas, la Iglesia sería mejor, el mundo estaría mucho mejor con nosotros.

Bueno, Jesús en Algo del evangelio de hoy nos invita a no mirar tanto hacia afuera, a no mirar las apariencias y juzgar. No nos permitamos juzgar el interior de alguien por lo que vemos de afuera «demos más bien limosna de lo que tenemos, que todo será puro». Amemos a lo que es distinto, al distinto, y nuestro corazón será más puro.

Esta enseñanza surgió de una cena – ¿te diste cuenta? – en donde, en vez de entrar en comunión, el fariseo se distanció porque juzgó, porque puso barreras. Jesús no quiere eso de nosotros. Tenemos que dar, tenemos mucho para dar. Dar de nosotros a los demás para que, primero, nos purifiquemos interiormente, para que nos dejemos purificar por el amor de Jesús, que es humilde y que por supuesto quiere que nosotros también seamos humildes.

XXVIII Lunes durante el año

XXVIII Lunes durante el año

By administrador on 12 octubre, 2020

Lucas 11, 29-32 – Memoria de nuestra Señora del Pilar

Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: «Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.

El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.

El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.»

Palabra del Señor

Comentario

La Palabra de Dios se hace vida. Nos da vida cuando nos damos cuenta de que se va ensanchando el corazón y nos va ayudando a sumar digamos así -aunque no es con números-, pero a aumentar los afectos en nuestras vidas, hermanos y hermanas, que jamás hubiéramos conocido si no hubiese sido por el amor de Jesús. Preguntate hoy: ¿Cuántas personas conocés gracias a la fe, gracias a la Palabra de Dios? Incluso en esto de enviarnos los audios, ¿cuántos vínculos hemos ganado en tu grupo de oración, en tu comunidad, en tu movimiento o incluso -como digo- virtualmente? Es lindo empezar este lunes sumando corazones, sumando rostros a nuestras vidas, incorporándolos a nuestras oraciones, incorporándolos a nuestros grupos, incluso el envío del evangelio diario que tantos lo necesitan y todavía no se dan cuenta. Recordá que, si querés recibirlo directamente, en nuestra web: www.algodelevangelio.org podés fijarte los distintos modos de recibirlo.

El rey del mundo, Dios, nos dio la vida para eso, para aceptar su invitación, para que vivamos esta vida como un gran banquete de bodas en donde todos podamos encontrarnos, como lo hacemos habitualmente con nuestras familias. Recordemos Algo del Evangelio de ayer para ir deshilachándolo día a día y así descubrir nuevos matices. Decía la Palabra: «Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, todo está a punto: vengan a las bodas». El Reino de los Cielos, entre tantas cosas, es esto, una invitación a un banquete, a una comida, a un casamiento. Nosotros diríamos acá, en Argentina, a un gran asado, con muchos terneros. Dios invita, no obliga. Propone, no impone. Nadie puede sentirse bien yendo obligado a una comida, por más rica que sea. Lo atractivo de ir a una comida es haber sido invitado. ¡Qué lindo que es cuando nos invitan! ¡Qué lindo que es sentirse querido por el que nos invitó! Por eso, lo atractivo de una invitación no solo es la comida en sí, aunque sume -por supuesto- si es rica, no es lo que nos den de comer, sino que es estar con el que nos invita y con los invitados. ¿Qué es lo que recordás de tu comida familiar de ayer? ¿Qué recordás incluso de tu casamiento o de un casamiento? ¿Recordás la comida? ¿o recordás el haber compartido tiempo con los que querías? El Reino de Dios no se vive por imposición, sino como una gran invitación.

Durante los evangelios de esta semana vamos a reconocer que el tema del orgullo o de la soberbia aparece constantemente como una gran crítica que Jesús hace hacia los fariseos. Todo lo contrario a la humildad y sencillez de saberse invitado a un banquete. Somos invitados, no los dueños de la fiesta.

La actitud de soberbia es la de querer de alguna manera sobresalir, querer destacarse, «exhibirse». Y el orgullo significa también una cierta arrogancia, presunción, y por otro lado el exceso de la propia estima, el quererse demasiado, el buscar ser tenidos en cuenta, ser estimados, más de lo necesario.

Bueno, en definitiva, vemos que el orgullo y la soberbia son de alguna manera lo mismo, son hermanas muy cercanas. Y la misma Palabra de Dios es muy dura con la soberbia en la que puede caer el hombre. Solo un ejemplo del Antiguo Testamento dice así: «La soberbia es odiosa al Señor y a los hombres. El petulante no quiere que le corrijan, por eso no va con los sabios». Bueno, si hay algo que al Señor no le gusta de nosotros, podríamos decir, es que seamos soberbios y orgullosos. Vamos a ver cómo esta soberbia y este orgullo se manifiestan muy sutilmente en nuestra vida. No hay que pensar que soberbio es aquel que se lleva todo por delante, que es arrogante en exceso o aparatosamente, sino que la soberbia es mucho más sutil y difícil de percibir de lo que imaginamos. Por eso se opone a la humildad cristiana y no es únicamente como, popularmente, se la entiende. Justamente lo difícil de nuestra soberbia y nuestro orgullo es que a veces no podemos detectarla, sabe ocultarse. Somos soberbios y orgullosos y a veces no nos damos cuenta. Esa es nuestra gran debilidad.

Y para resumir un poco lo de hoy podríamos decir que hay como cuatro especies de soberbias, para que vayas pensando y meditando en estos días y le pidas a Jesús que te ilumine.

Los hombres de Algo del evangelio de hoy le piden un «signo» a Jesús. Son arrogantes, desafiantes. Quieren, de alguna manera, «ver para creer» y no quieren ver más allá de lo que estaban viendo. Bueno, es así. La soberbia en nuestra vida puede manifestarse, por ejemplo, en creernos que los bienes recibidos de Dios los poseemos por derecho propio, que los conseguimos por nuestro propio esfuerzo. La otra forma de soberbia puede ser la de creer que los bienes que recibimos de Dios nos los merecemos. Seguro que lo merecíamos. Ese es el pensamiento que a veces subyace en nosotros: «lo merezco».

Otra manera de ser soberbio es pensar y decir que poseemos cosas que, en realidad, no tenemos. Decimos y pensamos que tenemos o hicimos tal cosa cuando, en realidad, no es verdad.

Y la última forma de soberbia, la cuarta, es llegar incluso a despreciar a los demás con el deseo de que se fijen en nosotros. A veces despreciamos a otros para que nos miren a nosotros. Por eso, te propongo ir viendo esta semana la sutileza con que la soberbia se puede manifestar en nuestras vidas. La iremos descubriendo en estos enfrentamientos que tendrá Jesús con los fariseos, pero fundamentalmente confrontándolo con nuestras propias vidas.

XXVII Sábado durante el año

XXVII Sábado durante el año

By administrador on 10 octubre, 2020

Lucas 11, 27-28

Cuando Jesús terminó de hablar, una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: «¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!»

Jesús le respondió: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican.»

Palabra del Señor

Comentario

Siempre al terminar una semana, una semana de trabajo, una semana donde a veces no tenemos tanto tiempo para dedicarle a lo que decimos simbólicamente, o de manera concreta también, a las cosas de Dios. Pero que también esa frase tiene su peligro, porque como que dividimos, como que parece que las cosas de Dios están fuera de nuestra vida ordinaria, separadas. Y, sin embargo, siempre tenemos que decir que las cosas de Dios finalmente son también nuestras cosas, que las cosas de Dios son las cosas de este mundo, por supuesto, las que se orientan a él. Pero desde que Dios se hizo hombre, desde que el Hijo de Dios se encarnó en María y nació entre nosotros y vivió como nosotros, padeció también como padecemos nosotros, se alegró como nosotros; desde ese instante, que cambió la historia de la humanidad, el mundo es cosa de Dios, fundamentalmente porque él lo tocó, él se hizo hombre.

Y, por lo tanto, no deberíamos separar. No deberíamos decir que las cosas de Dios son, por ejemplo, hacer algo para él, un apostolado, la oración, la adoración, nuestra participación en la misa; sino que también las cosas de Dios son las cosas de cada día: nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros silencios, nuestros cansancios, nuestras alegrías, nuestras tristezas.

Todo es de Dios si yo se lo entrego a él. Por supuesto que lo único que no es de Dios es el pecado y la mundanidad, o sea, la mentalidad de este mundo que va en contra de la verdad, del amor, de la belleza y todo lo que Dios desea que reluzca en este mundo. Por eso, aunque aparentemente no nos hayamos ocupado de las cosas de Dios en una semana, tenemos que decir que todo fue de Dios. Aprovechemos para ofrecérselo a él y decirle: «Señor, aunque no te tuve tan presente, aunque no te pensé, aunque no te recé tanto, bueno, te ofrezco todo. Te ofrezco todo lo que hice, aunque en su momento no me di cuenta». Y aprendamos a transformar en cosas de Dios todo lo que hacemos, desde que abrimos los ojos hasta que nos acostamos, incluso nuestro sueño. Porque como dice el salmo: «Hasta de noche me instruyes internamente». ¡Tengo siempre presente al Señor: con él a mi derecha no vacilare!» Hasta en los sueños podemos tener presente al Señor. Hasta en los sueños Dios nos puede mandar un mensaje, nos puede decir algo.

Bueno, y Algo del evangelio de hoy, Jesús responde algo muy importante, que nos tiene que hacer mucho bien y hacer reflexionar demasiado: «Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican». ¿Por qué Jesús dijo esto ante esa especie de alabanza, esa mujer que levantó su voz en medio de la multitud y le dijo: «¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!» ?; como diciendo «es feliz la Virgen porque ella te tuvo, porque ella te amamantó, porque ella te llevó en su vientre, porque ella te tuvo en sus brazos». Sí, es verdad.

Seguramente la Virgen fue feliz por ese vínculo también de sangre, porque Jesús también tuvo la sangre de María. Sin embargo, esta mujer, al levantar la voz así, se olvidó una parte o no la sabía y es por eso que Jesús nos enseña que la verdadera felicidad no se basa en cosas meramente humanas, en vínculos de sangre por más lindos que sean y por más bien que nos hagan, por supuesto, porque nuestra familia es el gran regalo de Dios. Pero todos sabemos y tenemos la experiencia que a veces los vínculos de sangre no son los que hubiésemos soñado, los vínculos de sangre a veces no se comportan como quisiéramos, los vínculos de sangre incluso nos han herido y mucho más las cosas de este mundo.

No somos felices simplemente por tener cosas, no somos felices porque nuestros proyectos vayan para adelante y salgan como quisiéramos, sino que la verdadera felicidad, que tenemos que aspirar, es la de escuchar y vivir; escuchar lo que Dios nos dice, que podríamos resumirlo en una gran palabra: «Te amo. Yo te amo, yo te di la vida. Te di todo para que la disfrutes, pero también para que pongas tu mirada en el cielo, para que te des cuenta de que, en realidad, tu vida es para entregarla y para llegar a la Vida eterna, donde ahí sí, verdaderamente, seremos felices y en donde incluso debemos decir los vínculos de sangre no serán los de esta tierra». Llevaremos todos la misma sangre del Hijo de Dios, que la derramó por nosotros y se entregó, y viviremos una hermandad verdadera, profunda, duradera y eterna y una felicidad que no nos caberá en el corazón. Porque será tan grande que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, aquello que Dios tiene preparado para los que lo aman».

Concentrémonos en buscar esa felicidad. Todo lo demás es pasajero, incluso los vínculos de sangre. Felices seremos si hoy escuchamos la Palabra de Dios, esto que nos regaló el evangelio de hoy, y lo practicamos.

XXVII Viernes durante el año

XXVII Viernes durante el año

By administrador on 9 octubre, 2020

Lucas 11, 15-26

Habiendo Jesús expulsado un demonio, algunos de entre la muchedumbre decían: «Este expulsa a los demonios por el poder de Belzebul, el Príncipe de los demonios.» Otros, para ponerlo a prueba, exigían de él un signo que viniera del cielo.

Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «Un reino donde hay luchas internas va a la ruina y sus casas caen una sobre otra. Si Satanás lucha contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Porque -como ustedes dicen- yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul. Si yo expulso a los demonios con el poder de Belzebul, ¿con qué poder los expulsan los discípulos de ustedes? Por eso, ustedes los tendrán a ellos como jueces. Pero si yo expulso a los demonios con la fuerza del dedo de Dios, quiere decir que el Reino de Dios ha llegado a ustedes.

Cuando un hombre fuerte y bien armado hace guardia en su palacio, todas sus posesiones están seguras, pero si viene otro más fuerte que él y lo domina, le quita el arma en la que confiaba y reparte sus bienes.

El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, vaga por lugares desiertos en busca de reposo, y al no encontrarlo, piensa: “Volveré a mi casa, de donde salí.” Cuando llega, la encuentra barrida y ordenada. Entonces va a buscar a otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí. Y al final, ese hombre se encuentra peor que al principio.»

Palabra del Señor

Comentario

¿Sabés cuál es el modo de amar a las personas, a nuestros dones y a las cosas? Como ama Dios, como amó Jesús, como nos amó: dando siempre libertad. Algo tan difícil que no se aprende en una universidad, estudiando o leyendo, por palabras, sino simplemente amando y rectificando cada día el rumbo, dejándose moldear por la Palabra de Dios, que es maestra en el amor, que siempre nos reorienta el rumbo cuando lo perdemos. Es así de misteriosa y verdadera la Palabra de nuestro buen Dios que transforma desde adentro, como tantos me lo dicen y como tantas veces yo mismo lo experimenté. Alguien me dijo una vez: «Padre, no sabés, no sabés lo que hace la Palabra de Dios en nosotros». Bueno, me lo dicen muchísimos. «La verdad es que no lo sé y no lo sabré o no lo termino de saber», le dije. Y, por dentro, pienso que tampoco tengo porqué saberlo, porque mientras Dios lo sepa qué importa. Pero me siguió diciendo: «La Palabra de Dios me transformó la vida. Hoy estoy así con mi mujer porque me transformó. Se nos mete hasta la médula cada vez que la escuchamos. Nos peleamos durante quince años. Ahora escuchamos juntos y después de escucharla nos quedamos como “molidos”». ¡Qué maravilla, qué aliento para que todos sigamos adelante, para que no nos desalentemos y siempre miremos para adelante!

¿Sabés cuál es el modo de amar dando libertad? Como una imagen es algo así como tener un pajarito entre las manos. No abras mucho las manos porque se te escapa – aunque a veces habrá que dejarlo volar – y, por otro lado, no lo aprietes mucho porque se va a asfixiar, lo vas a ahogar. Amar sin adueñarse, amar como si nada fuera nuestro, como si todo fuera de Dios -que de hecho lo es-, es el camino que tenemos que tomar, es como tener un pajarito entre las manos.

Por otro lado, Algo del evangelio de hoy nos enseña una gran verdad que no tenemos que olvidar jamás. Como dice alguien por ahí: «Que no hay que confundir inteligencia con capacidad intelectual y que el pecado original también nos afectó la inteligencia». No hay que olvidarse. Eso quiere decir que no todo lo que nace de nuestros pensamientos es verdad absoluta, como a veces creemos, y que el demonio aprovecha esa debilidad para dividir, para enemistar, para hacernos ver mal donde no lo hay, para impedir que podamos ver el bien donde sí lo hay; imposibilitándonos, con eso, de disfrutar del bien que hay en la vida.

El mal espíritu, entonces, busca que nos aseguremos en nuestras «verdades» y que nos alejemos de los demás por ideas, de nuestros hermanos, que nos distanciemos. Por eso, también, un autor decía: «Las palabras que nacen de la mente son un muro, las que nacen del corazón son un puente». ¿Cuánto de esto hay en nosotros? ¿Cuánto de esto hay en nuestras familias? ¿Cuánto de esto hay en la Iglesia, en nuestro trabajo? ¿De cuántas personas nos hemos alejado por dejarnos llevar por nuestros pensamientos cerrados sin haber abierto el corazón? ¡Cuánta división en este mundo por aferrarnos a razones que consideramos válidas y que nos hacen convencernos de que tenemos siempre la verdad absoluta! En el fondo, nos adueñamos hasta de nuestros propios pensamientos.

No seamos ingenuos. La división siempre procede del mal espíritu y de un corazón que se deja engañar. Pero sabemos que, gracias a Dios, la fuerza del dedo de Dios –como dice el evangelio– es más fuerte. La fuerza del amor de Jesús, que busca ablandarnos el corazón y guiar nuestros pensamientos hacia el bien, es mucho más grande que la sospecha y las suspicacias que el demonio nos quiere sembrar sobre los otros en el corazón.

Por eso, pensemos hoy de qué andamos sospechando, de quién andamos sospechando y sobre qué cosas sospechamos, de que estás muy seguro de lo que pensás y crees que es así, tan verdad, y por ahí no es tan así. No todo lo que pensás es tan así. ¿Cuántas veces nos equivocamos con nuestros juicios? Acerquémonos a ese que nos alejamos por habernos dejado engañar por el padre de la mentira, que es el demonio, como se dejaron engañar algunos de la multitud en la Palabra de hoy.

Acordate que Jesús conoce tus pensamientos y los de los demás. Acordate que «hablando con el corazón se crean puentes» y callando se cavan fosas.

«Señor, no permitas que nos adueñemos de nuestros pensamientos y juicios sobre los otros, sino ayudanos a que descubramos que siempre abriendo el corazón podemos volver a reencontrarnos con los que nos habíamos alejado».

XXVII Jueves durante el año

XXVII Jueves durante el año

By administrador on 8 octubre, 2020

Lucas 11, 5-13

Jesús dijo a sus discípulos:

«Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle”, y desde adentro él le responde: “No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos.”

Yo les aseguro que, aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.

También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.

¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!»

Palabra del Señor

Comentario

¿Sabías algo? Cuanto más nos queremos adueñar de algo o de alguien, más fácilmente perdemos y más sufrirás al perderlo. En cambio, cuanto más soltamos, más libertad damos a las cosas, más nos vuelven, por verdadero amor. Toda una paradoja de lo que nuestro corazón se resiste a aceptar, porque tiende a querer adueñarse de las cosas como si fueran «creación propia». Pero solo Dios es dueño, solo Dios es creador. Acordate lo del evangelio del domingo: «Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos». ¿Por qué Jesús les dijo eso a los sacerdotes y nos dice a nosotros semejantes palabras? Porque cuando nos adueñamos de los demás, de los bienes espirituales o de las cosas, damos menos frutos, o no los damos o no los sabemos compartir. Cuando nos adueñamos de una amistad, cuando nos adueñamos de un afecto, por más legítimo que parezca, en definitiva, lo estamos usando para nuestra conveniencia y no estamos siendo generosos, no estamos dando libertad, como Dios nos la da a nosotros.

Cuando nos adueñamos de los bienes materiales como si fueran absolutos, les estamos privando a los demás la posibilidad de compartirlos. Cuando nos adueñamos de un talento, de una capacidad, o la damos a cuentagotas o donde se nos antoja, estamos siendo egoístas. Nos estamos perdiendo de algo más grande. Y lo peor de lo peor es cuando alguien que es puente entre Dios y los hombres, se adueña de esa gracia y no permite que les llegue a todos. Esa es la peor de las corrupciones. Pensemos y recemos hoy con esto: ¿De qué cosas nos estamos adueñando? ¿A qué cosas estamos apegados casi como si fuéramos dioses? Que, si por estar demasiado agarrados a algo, por ahí no estamos corriendo el riesgo de perderla por asfixia o de sufrir excesivamente al perderla por algo natural de la vida.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña justamente a liberarnos de toda pretensión de poder y de tener, pidiendo lo que realmente es necesario, lo que realmente necesitamos. ¿Qué necesitamos? El Evangelio nos saca de esta duda. Jesús termina diciendo: «…cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan».

Entonces, ¿a qué se refiere Jesús con pedir, buscar y llamar? Bueno, creo que está claro. A pedir el Espíritu Santo, a buscar el Espíritu Santo, a llamar para que se nos dé el Espíritu Santo.

Entonces, él nos enseña a pedir lo mejor que podemos pedir. Nosotros tenemos que aprender a pedir lo mejor. Está bien que pidamos salud, trabajo, cosas para que nos vayan bien, y con las cuales podamos satisfacer nuestras necesidades materiales; pero Jesús nos enseña a pedir algo más grande, a más. Levantemos la cabeza, pidamos el Espíritu Santo.

Como dice San Pablo: «El Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se les ha dado».

Todos somos hijos. Tu hijo es hijo de Dios, tu hija también, tu marido, tu mujer, tu vecino, tu jefe, incluso ese que te cuesta cruzar por el camino. No somos nuestros y nadie es de nadie. Esa es la linda verdad que debería dar paz a muchas de nuestras inquietudes, a nuestras ansias de poseer cosas y personas. Solo somos de Dios Padre y solo él debería ser aquello que jamás imaginemos perder en la vida.

¡Eso tenemos que pedir, buscar y llamar! Si todos los días pidiéramos esto, nuestra vida sería tan distinta. «Si nosotros, que somos malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!». Eso quiere el Padre que pidamos: el Espíritu que habita en nosotros; que a veces tenemos escondido, tapado por nuestros olvidos y egoísmos, por nuestra soberbia y pereza, por nuestras ansias de «ser alguien» en esta vida, al modo mundano, sin darnos cuenta de que ya somos los mejor que podemos ser, hijos amados del Padre. Sería «demagogia sacerdotal» que hoy te diga que este evangelio es la puerta de entrada a pedirle cualquier cosa a Dios, sabiendo que él nos dará todo lo que deseamos. No es así.

Son desviaciones de la Palabra de Dios, desviaciones caprichosas de algunos malos intérpretes. Jesús nos enseñó a pedir, buscar y llamar, con insistencia y testarudez, pero nos habla de pedir el Espíritu de Dios, o sea, de pedir nada más ni nada menos que al mismo Dios en nuestras vidas. ¿Te parece poco? Podemos pedir mil cosas en esta vida, podemos inquietarnos por otras millones más, pero una solo es necesaria. Y como María, la del evangelio del otro día, debemos elegir la mejor parte que no nos será quitada. Pidamos hoy el Espíritu Santo, que habita en nuestro corazón y solo quiere que nos acordemos de él, que él también está, que él existe y que él obra en nuestras almas.

XXVII Miércoles durante el año

XXVII Miércoles durante el año

By administrador on 7 octubre, 2020

Memoria de Nuestra Señora del Rosario – Lucas 11,1-4

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos”.

El les dijo entonces: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación”.

Palabra del Señor

Comentario

Hay formas y formas de adueñarse de las cosas, de los corazones, de las personas, de lo que en realidad no es nuestro, de los regalos y de todo un poco. Pero no hay peor cosa que «adueñarse» de la salvación y de lo que es de Dios: de su amor y de su gracia. «A Dios lo que es de Dios», dice la misma Palabra de Dios. Ese es el gran peligro y error de los pequeños seres humanos, que somos nosotros. Somos muy insignificantes en comparación con la inmensidad del universo, con la inmensidad de la creación; pero, al mismo tiempo, somos tan capaces de considerarnos el centro de todo, incluso del mismo universo. Nada nos llevaremos de este mundo cuando nos toque partir y lo más esencial no depende jamás exclusivamente de nosotros. Sin embargo, podemos caer en la gran tentación de adueñarnos, como les pasó a los sacerdotes y ancianos del pueblo de Israel, los del evangelio del domingo.

Hoy la historia se repite, cuando, por ejemplo -como decía el Papa Francisco-, transformamos a la Iglesia en una «aduana», en donde se «chequea» a los que pasan para ver si están aptos para recibir el amor de Dios. Pero ¡cuidado! No hay aduana sin «aduaneros», sin los que ejercen esa profesión tan malvada. Podemos ser unos perfectos aduaneros de la Iglesia de cientos de maneras posibles, vos y yo. Se da cuando, en vez de allanar los caminos para que algunos entren y encuentren en la Iglesia un lugar de salvación, entorpecemos los senderos para hacer de la Iglesia un lugar de «exclusivos». No solo la culpa es de la jerarquía, sino que todos de un modo u otro colaboramos por acción u omisión. La salvación -grábatelo en el corazón- no es de nadie; en realidad, es solo de Dios, es un regalo de él. La salvación -que al fin de cuentas quiere decir «sentirse amados, perdonados siempre»-, volviendo a nacer una y otra vez, no puede ser un monopolio de los que están «adentro» de la Iglesia, sino un regalo para todos, que puede llegar de mil maneras diferentes a todos y que nosotros no somos nadie para señalar o decir quién se la merece o quién no.

Aunque parezca que no tiene relación, la oración que Jesús nos enseñó es camino de liberación para no creerse exclusivos, ni dueños de nada. Algo del evangelio de hoy se hace oración porque es el mismo Jesús, el mismo Señor que con sus palabras nos enseña hacia dónde tiene que estar orientado nuestro corazón.

Por eso, hoy no pretendo que analicemos cada petición del Padre Nuestro (la oración que tanto conocemos) que sería muy extenso. Te propongo entonces que digamos juntos: «Señor, enséñanos a orar. Jesús necesitamos la oración como el aire de nuestros pulmones. Necesitamos darnos cuenta de que sin escuchar al Padre vamos experimentado una orfandad de corazón, aunque él nunca nos deje y no deja de ser nuestro Padre, más allá de nuestros escapes. Necesitamos caer en la cuenta de que somos hijos; que siendo todos hijos, somos hermanos y todo es de todos. Enséñanos a rezar en este día la oración que hoy nos enseñaste con tanto amor».

Porque la oración es un don que debemos pedir; no es simplemente una obligación, algo que tenemos que hacer, como sin querer a veces nos enseñaron. Eso de que hay que «cumplir» con la oración, de que hay que rezar. ¡No! La oración debe convertirse en una necesidad del alma.

«Señor, regálanos el don de necesitar escucharte y hablarte». Porque eso es rezar, eso es orar: escuchar y hablar, dialogar como un hijo habla con su padre y con Jesús, como un amigo le habla al otro, y en el Espíritu Santo, que habita en nosotros y nos mueve desde adentro enseñándonos a clamar, como decía San Pablo: «Abbá», es decir, Padre o Papá, papito.

Hoy tomémonos cinco o diez minutos, miremos al cielo, miremos algo de lo que Dios hizo para nosotros, porque todo es don. Recitemos el Padre Nuestro como nunca lo hayamos hecho; recitalo al ritmo de tu corazón y no al de los labios que, muchas veces, repiten sin saber qué es lo que dicen. No lo repitas, decilo, pensalo. Escuchá lo que decís, imaginá lo que rezás, sentí lo que pensás.

Y terminemos agradeciendo la simplicidad y la sencillez de esta gran oración; la oración más completa, más plena, más necesaria de todo cristiano, de todo Hijo de Dios.

«Gracias Jesús por enseñarnos a orar. Gracias por dejarnos el Padre Nuestro. Gracias por permitirnos llamar a Dios como “Padre”, como tu Padre, como nuestro Padre. Gracias por hacernos hijos, por dejarnos compartir el ser hijos y el no creernos dueños de nuestra vida».

Hoy al rezar el Padre Nuestro no dejes de mirar también a los demás como hermanos; no dejes de pedir por todos los hijos de nuestro Padre, especialmente por los que menos sienten su presencia; no dejes de perdonar a los que te ofendieron; no dejes de intentar hacer su voluntad; no dejes vencerte por el pecado; no te dejes vencer por la tentación, por la prueba, por el maligno que quiere alejarnos del Padre; no dejes de elegir siempre lo mejor, aquello que nadie te puede quitar, la mejor parte.

«Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino; danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros queremos perdonar a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer la tentación».