Book: Lucas

XXII Martes durante el año

XXII Martes durante el año

By administrador on 31 agosto, 2021

Lucas 4, 31-37

Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y enseñaba los sábados. Y todos estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad.

En la sinagoga había un hombre que estaba poseído por el espíritu de un demonio impuro; y comenzó a gritar con fuerza; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».

Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre.» El demonio salió de él, arrojándolo al suelo en medio de todos, sin hacerle ningún daño. El temor se apoderó de todos, y se decían unos a otros: «¿Qué tiene su palabra? ¡Manda con autoridad y poder a los espíritus impuros, y ellos salen!»

Y su fama se extendía por todas partes en aquella región.

Palabra del Señor

Comentario

Más allá de algunos excesos que haya habido en alguna época de la Iglesia o incluso hoy, con respecto a la presencia y acción del demonio en el mundo, o también otros excesos más actuales, como por ejemplo el negar o minimizar su obrar; no podemos quitar esta página del Evangelio y es claro que Jesús vino, entre tantas cosas, también a vencer al diablo, al que Él mismo llama en otros momentos como el “padre de la mentira”, aquel que viene a dividir. A ese, Jesús vino a vencer.

Y en este episodio vemos claramente cómo lo vence con su palabra: «Cállate y sal de este hombre».

El diablo es el que busca dividir y mentir, el diablo es el que divide nuestros pensamientos, los confunde y los mezcla; divide también nuestros sentimientos, tu corazón; intenta que no distingas, que mezcles todo, que no puedas discernir. Acordate que la Palabra es viva y eficaz y discierne los pensamientos, del corazón y ayuda a distinguir; el diablo al contrario, busca confundir, divide tus relaciones humanas, divide a tu familia, busca que estés enemistado, que te mantengas en tu posición, en tus pensamientos, en tu lógica, en tus sentimientos, que no cambies, y aunque sean muy viejos, quiere que sigas con rencores, con broncas, que no olvides, busca que te pelees con el de a lado, con el que estás viajando, con tu jefe, con tu compañero de trabajo, con tus hermanos, con tu marido, con tu mujer, con tu vecino; él busca eso, y te engaña, te miente para que vivas engañado y fuera de la verdad de Dios, te inclina a que pienses siempre en lo malo, que veas siempre la parte mala de la vida y no veas nada bueno.

Divide también a la sociedad, genera “mentiras culturales”, por decir así, genera pensamientos y formas de vivir que no buscan el bien de todos…

Para evitar caer en sus engaños, tenemos que conocer cómo actúa y cómo vino a vencerlo Jesús; y para eso, es mejor no centrarse en las posesiones –como en el caso de hoy– que son pocas en realidad, sino más bien en la cotidianidad, es decir cómo actúa el diablo normal o cotidianamente.

Para eso y como un paréntesis, te recomiendo un libro genial de un autor que se llama Lewis, el libro se llama “Cartas del diablo a su sobrino”, donde genialmente va describiendo cómo hace el diablo para engañarnos; pero te dejo tres consejos de un gran santo, san Ignacio de Loyola, que nos enseña a poder distinguir el actuar del demonio en nuestra vida.

Primero dice que el demonio actúa como una mujer, en que es débil ante la fuerza y se hace fuerte en la debilidad; por eso ante las tentaciones y en las pruebas tenés que enfrentarlo, no tenés que tenerle miedo, tenés que rezar, tenés que enfrentarlo también con tus pensamientos, no dejarte ganar. El diablo se hace débil cuando vos te haces fuerte; por supuesto con la ayuda de Jesús, con la gracia, con la oración, con la ayuda de la Virgen.

Segundo: dice San Ignacio que se hace como alguien que quiere enamorar, entonces como quiere enamorar a una persona que es prohibida, busca que no se sepa ese engaño; entonces ¿el demonio también que hace?; busca que vos no hables, que calles, que no cuentes lo que te pasa, que ocultes las cosas. ¿Cuál es la solución? Abrir el alma a alguien, abrir tu corazón, compartir esos pensamientos o dudas que te vienen, abrir el corazón a alguien, a un sacerdote, a alguien espiritual, alguien que te conozca.

Y tercero: dice que el diablo actúa como alguien que quiere conquistar una ciudad –así dice san Ignacio–, ¿y por dónde va entrar?; por el lugar más débil, es astuto no va a entrar por el lugar más fuerte. Por eso ¿por dónde te va a querer debilitar el demonio? Por tu lugar más débil, por tu lugar más flaco.

¿Cuál es la solución entonces? Prestá atención a tu debilidad más fuerte, fortalecé tu debilidad y ahí te tenés que hacer fuerte; porque si no entra por tu debilidad no va a poder entrar.

Bueno, espero que estos tres consejos de este gran santo también nos ayuden, no hay que tener miedo; Jesús es más fuerte, Jesús hoy nos muestra su poder, Él nos demuestra que vino a vencer el mal y nos quiere ayudar a liberarnos de esto que a veces nos puede molestar y poner piedras en el camino.

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

By administrador on 15 agosto, 2021

Lucas 1, 39-56

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:

«¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.»

María dijo entonces:

«Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.»

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Palabra del Señor

Comentario

Qué bien hace empezar este día con esta fiesta tan importante de nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María, madre de Jesús, madre de Dios, madre nuestra y madre de toda la Iglesia. Para nosotros, María es el camino más seguro, más corto y más rápido para llegar a Jesús, para llegar al cielo. Tan sencillo y lindo y profundo como eso, aunque algunos, incluso católicos, les cueste comprenderlo. Pero ella es así, ella es así, siempre está ahí. En este día celebramos, nos alegramos, nos llenamos de profundo gozo porque María fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Eso celebramos en esta fiesta, María ya está resucitada en el cielo, junto a Jesús, a Dios Padre y al Espíritu y todos los santos.

Ella se anticipó, ella llegó primero, ella nos marcó el camino. Ella nos anticipa la gloria. Ella nos da esperanza, porque con su vida y con su final, con su asunción, nos enseña que ese también es el fin de nuestra vida, estar algún día gozando con todos nuestros hermanos, con todos los santos, la eterna alabanza Dios, que es nuestro Padre. Pero María, para llegar a estar ahora en el cielo, vivió en la tierra cumpliendo siempre la voluntad de Dios Padre, desde el instante en el que le dijo que “sí” al ángel para ser la madre de Jesús y durante toda su vida. Y María lo demostró también con su propia vida, como lo dice Algo del evangelio de hoy: «Partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá». Finalmente, la voluntad de Dios, el amor, se manifiesta en obras concretas, palpables; en obras que no hacen alarde, como ella tampoco lo hizo, sino en obras que cambian la vida de los demás.

En definitiva, nuestra fe nos tiene que llevar a eso, a actuar y a obrar movidos por el Espíritu Santo, como lo hizo María, para buscar siempre hacer la voluntad de Dios y no la nuestra. Y por eso, la oración, la vida de profundo silencio que María también vivió y experimentó, fue la que la llevó a aceptar la voluntad de Dios y, finalmente, a hacer lo que él le pedía, sirviendo en este caso a su prima Isabel. Es por eso que en ese encuentro maravilloso entre María y su prima Isabel, entre Juan y Jesús, se oyó, de algún modo, la voz del Espíritu, que hizo saltar de alegría a todos esos corazones. Eso es lo que hace Jesús en nuestra vida cuando a través de otros podemos encontrarlo, como le pasó a Isabel, o también a través del servicio podemos descubrir que ese es el sentido de nuestra vida. Por eso María cantó feliz, porque ella creyó, porque ella creyó que se iba a cumplir la voluntad de Dios en su pequeña y humilde vida.

Ella creyó que diciéndole que “sí” al Señor- aunque nadie se dé cuenta, aunque incluso algunos la hayan señalado-, creyó que su alma iba a ser grande y que iba a cantar la grandeza de Dios haciendo maravillas con su “pequeñez”. Eso es lo que nos enseña siempre la vida de María, que solamente con la humildad y “pequeñez” de nuestro corazón podremos hacer cosas grandes para contribuir al Reino de Dios, que el Señor nos pide que sembremos y colaboremos para que su amor se extienda por todos lados en cosas de cada día.

No demos más vueltas. No esperemos grandes cosas para hacer la voluntad de Dios. Tenemos que descubrirla en el servicio concreto y cotidiano, en nuestra familia, en nuestros seres queridos, en mi mujer, en mi esposa, en mis hijos, en mi comunidad, en mi trabajo. Es ahí donde podemos descubrir que, de alguna manera, siempre el ángel se nos presenta y nos invita a hacer la voluntad de nuestro Padre del cielo.

Que hoy nuestra alma también “cante la grandeza del Señor” y que nuestro espíritu se estremezca de gozo en Dios, que es nuestro salvador, porque él miró la bondad y la “pequeñez” de la Virgen María, su servidora. Y por eso la llamamos feliz, porque en ella Dios hizo grandes cosas, como lo puede hacer en nosotros. «Su misericordia es grande y se extiende de generación en generación». Pidámosle al Señor que hoy nos llene de gozo y nos ayude, también, a ser humildes para un día poder ser elevados como lo fue nuestra Madre.

Memoria de Santa Marta

Memoria de Santa Marta

By administrador on 29 julio, 2021

Lucas 10, 38-42

En aquel tiempo:

Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa.

Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.»

Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada.»

Palabra del Señor

Comentario

Es una imagen muy bella, muy linda, la del evangelio de hoy, en este día de Santa Marta. Una escena, digamos, un pueblo, una casa, la invitación a Jesús de una mujer —Marta—para que estuviera en su casa. María, que digamos que “aprovecha” esa situación tan linda y esa invitación y se sienta a los pies de Jesús para escuchar. Mientras tanto, Marta que no para de trabajar, que no para de hacer cosas. Va de aquí para allá, seguramente con deseos de servir a su Maestro. Y la otra, su hermana, que parece que no hace nada, sin embargo, estaba haciendo mucho, escuchando.

Todo un cúmulo de signos en esta escena, en esta situación, y Jesús, como siempre, que enseña, aprovecha para enseñar. Aprovecha esta ocasión para ilustrarnos con una enseñanza que nos tiene que quedar grabada en el corazón. Jesús enseña con la vida, enseña con lo que pasa. Él es el Maestro que no necesita tiza, ni pizarrón. Es el Maestro que no necesita presentaciones Power Point, ni videos, ni publicaciones para llamar la atención.

Jesús es el Maestro que cautiva el corazón de aquellos que lo escuchan. Es el verdadero Maestro y, por eso, nos enseña y termina dándole una “lección” a Marta. No la trata mal ni la crítica, simplemente —de alguna manera—, él se lamenta: «Marta, Marta te inquietas por tantas cosas, sin embargo, hay una sola que es necesaria. María eligió la mejor parte».

Qué bueno que hoy nosotros podamos decir: quiero aprender a elegir, quiero aprender a decidirme por lo mejor, porque tantas veces perdí el tiempo haciendo tantas cosas y, sin embargo, tengo que volver a escuchar lo que Jesús me dice: “Dejá de inquietarte por tantas cosas. ¿No aprendiste en la vida que finalmente la inquietud no te llevó a nada? ¿No aprendiste que, al final de cuentas, esa inquietud te la terminé solucionando “yo”? ¿Te la terminó solucionando el tiempo o el tiempo te fue demostrando que no era tan necesario como pensabas?”

¿Cuántas veces andamos como Marta? ¿Cuántas veces, también, parece que ser como María es “perder el tiempo”? Algunos dicen eso. ¿Cuántas veces el mundo se burla de nosotros porque parece que estar a los pies de Jesús no es necesario? Hay que hacer cosas. Y que en realidad es un símbolo, porque estar a los pies de Jesús puede ser, por supuesto, rezar, adorar, tomarse el tiempo del silencio, escuchar la Palabra, leerla. Puede ser no hacer lo que el mundo piensa que tenemos que hacer.

Sin embargo, estar “a los pies de Jesús” pero para escucharlo, es lo verdaderamente necesario. En definitiva, él no desprecia la “actividad”, no está menospreciando a Marta por lo que hace. Lo que le quiere enseñar es que haciendo cosas no tiene que olvidarse de lo más importante, que aun haciendo cosas tenía que hacerlo escuchándolo a él, que aun sirviéndolo tenía que haberlo escuchado primero a él.
Marta invita a Jesús a su casa y termina “poniéndose a trabajar”. ¿Cuántas veces nosotros también hacemos lo mismo? Queremos abrirle el corazón a Dios, y le hemos abierto el corazón para que entre a nuestra vida, teniendo algún servicio, alguna actividad comunitaria, solidaria, caritativa en la Iglesia y, sin embargo, sin querer, lo fuimos dejando de escuchar. Nos olvidamos de su llamado.

Si estamos sirviendo a Dios y lo dejamos de escuchar es porque, en el fondo, no lo estamos sirviendo verdaderamente. Nos estamos sirviendo un poco a nosotros mismos. Estamos sirviendo a nuestros caprichos o proyectos y, por eso, podemos terminar quejándonos, como Marta, o podemos quejarnos por la actitud de “las Marías”, de aquellos que parece que no hacen tanto, y que en el fondo fue la más sabia y la de corazón más grande, por lo menos ese día.

Qué bueno que hoy podamos aprovechar para serenarnos un poco. Para decirnos a nosotros mismos o dejar que Jesús nos diga, con nuestro nombre: «Rodrigo, Rodrigo ¿por qué te inquietás por tantas cosas?» Decí tu nombre y también dejá que Jesús te lo diga a vos mismo: “¿Por qué te inquietás, por qué andás corriendo, qué necesidad?”

¿No te das cuenta de que, de un día para el otro, tu vida puede terminar, puede llegar a su final, a su mejor final, que es encontrarte con Jesús? ¿Y vos creés que te va a preguntar cuántas cosas “hiciste” o cuánto amaste, cuánto “escuchaste” para amar, con cuánto amor hiciste lo que hiciste? ¿Qué te va a preguntar, qué nos va a preguntar?

Dios quiera que vivamos este día escuchando a Jesús. Acordate que no son dos cosas distintas. Se puede escuchar al Maestro haciendo lo que tenemos que hacer, amando a los que tenemos a nuestro alrededor. Se puede escuchar a Jesús en la actividad en medio del mundo. Pero para eso necesitamos cada tanto decir: “Tengo que frenar, tengo que estar a tus pies”. Disfrutemos de la Palabra de Dios, la Palabra de Dios escuchada, transmitida en la Iglesia, que es la que nos alimenta cada día y nos ayuda a que no terminemos siendo “Martas” sin corazón, sino Martas Santas como el día de hoy, que celebramos la santidad de esta mujer que, finalmente, se habrá dado cuenta de lo que Jesús le decía y seguramente pudo cambiarlo, y aprendió a estar a los pies de Jesús, para terminar estando con él en el cielo eternamente. ¡Tengamos el corazón, mientras tanto, de María y las manos de Marta para ser sus verdaderos discípulos!

Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista

Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista

By administrador on 24 junio, 2021

Lucas 1, 57-66.80

Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.

A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan.»

Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.»

Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan.»

Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.

Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.

El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.

Palabra del Señor

Comentario

«El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre», dice la primera lectura del profeta Isaías de la misa de hoy. Algo así también podemos repetir nosotros, intentando experimentar lo mismo, sentirnos amados y llamados desde el vientre de nuestras madres. El salmo también dice algo muy lindo: «Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el seno de mi madre. Te doy gracias, porque fui formado de manera tan admirable. ¡Qué maravillosas son tus obras!». ¡Qué lindo empezar este día pensando que cada uno de nosotros fue pensado por un Dios que es Padre! Alegrarse con saber que cada vida es sagrada desde el vientre de nuestras madres porque fuimos creados y formados de manera admirable. Porque somos amados y llamados a una misión especial, a ser de alguna manera profetas y precursores de Jesús para los otros.

Hoy la Iglesia celebra el llamado a la vida de Juan el Bautista, su nacimiento. «¿Por qué?», te podrías preguntar. Porque, según Jesús, «san Juan Bautista fue el hombre más grande nacido de mujer». Así salió de su propia boca.

Su nacimiento fue anunciado como el de Jesús. Llamado a «prepararle el camino, a predicar y a allanar los senderos» para la llegada del Salvador. Es, al mismo tiempo, el último de los profetas y es, de alguna manera, la «bisagra» entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el que permitió la «novedad» en lo antiguo. Y por eso Jesús llegó a decir que «el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que Juan Bautista». ¿Por qué? Porque los que vivimos en la etapa del Reino de los Hijos de Dios somos, de algún modo, más grandes, ya que podemos vivir desde la gracia. Vivimos con la gracia que nos regaló Jesús, el Espíritu Santo. Vivimos el ser Hijos adoptivos de Dios Padre. Algo que san Juan Bautista no pudo experimentar, aunque, por supuesto, dando su vida, preparando el camino para el Señor, es de los grandes santos de nuestra Iglesia.

De este santo podríamos decir y aprender muchísimas cosas y, aunque no aparece en Algo del Evangelio de hoy, me gusta imaginar el momento en el que Juan desde el vientre de su madre pudo percibir la presencia de Jesús, cuando María visitó a Isabel, saltando de alegría. Quiere decir que fue profeta desde antes de nacer. Fue útil a la historia de la humanidad, a cada uno de nosotros, sin haber visto la luz del sol, aun sin haber nacido. Desde el vientre de su madre pataleó y le avisó a su madre que ahí estaba Jesús, en el otro vientre. Es una maravilla pensar esto, en el valor y la significancia que tiene cada vida, incluso antes de nacer, sabiendo que Dios tiene un propósito para cada uno que no podemos truncar por nada de este mundo. San Juan Bautista es el gran profeta, porque señaló siempre a Jesús y nunca quiso ser el centro, jamás pretendió que los demás lo siguieran a él, jamás se le ocurrió anunciar algo falso. Siempre anunció la verdad, se la jugó por la verdad y finalmente terminó dando la vida, muriendo por la verdad.

También es el humilde que no se sintió digno de desatarle la correa de las sandalias a Jesús. No se sintió digno de bautizarlo. No se sintió digno casi de «estar con él»; porque reconoció a Jesús como su gran Salvador, el Salvador de todos.

La humildad es la condición necesaria para ser un verdadero Hijo de Dios, para ser cristiano. Vos y yo podemos ser humildes. Tenemos que aprender a no ser el centro de nada. La humildad es la virtud del cristiano que necesitamos todos para que lo que reluzca en nosotros no seamos nosotros mismos, sino la obra de Dios en nuestra vida.

Es el santo de la humildad, el santo que aprendió a hacerse pequeño para que Jesús fuera quien se hiciera grande. Fue él el que aprendió a ir desapareciendo para que el que vaya apareciendo fuera Jesús. Y por eso su gran frase ha quedado para siempre en la liturgia de la Misa, que celebramos todos los días: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».

Que san Juan Bautista en este día nos ayude, llenos de alegría, a mostrarle a los demás dónde está el Cordero de Dios; dónde está ese Cordero que quita nuestros pecados, que sana nuestro corazón, que nos libera de las cosas que nos atan, que nos da paz, que recibe nuestros agobios.

Que al mirar la hostia hoy en la Misa, en alguna Misa, nos ayude a reconocer dónde está el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo, que sigue haciéndose pequeño, que sigue haciéndose humilde, que sigue mostrándose vulnerable para que nosotros nos enternezcamos y nos animemos a amarlo cada día más y seamos verdaderos Hijos de Dios.

Memoria del Inmaculado Corazón de María

Memoria del Inmaculado Corazón de María

By administrador on 12 junio, 2021

Lucas 2, 41-51

Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de él.

Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas.

Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados.»

Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» Ellos no entendieron lo que les decía.

El regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón.

Palabra del Señor

Comentario

No podía ser de otra manera. Al día siguiente en el que celebramos al Sagrado Corazón de Jesús, la Iglesia como maestra, como pedagoga de nuestra fe nos regala esta memoria, este día tan lindo en donde contemplamos el corazón inmaculado de María. Ese corazón que no solo aceptó la voluntad de Dios diciéndole que sí al ángel, para comenzar el maravilloso camino de la salvación que ha llegado hasta nosotros en este día, sino que también María desde su corazón podríamos también pensar, imaginar y maravillarnos que le dio su sangre al mismo corazón de Cristo, llevándolo en su vientre. María no solo lo amó desde el instante de su concepción, sino que le dio su propia sangre, su propia carne, para alimentar y hacer del corazón de Jesús el corazón más grande y más amoroso que haya existido en esta tierra. Por eso, el corazón inmaculado de María también tiene que estar, de alguna manera, presente en nuestras vidas. Ese corazón que no solo alimentó a Jesús en el vientre, sino que también lo supo amar desde que lo tuvo ese primer día en brazos, cuando tuvo que dar a luz en un lugar pobre y sencillo, también cuando decidió emigrar junto con san José y escaparse del peligro de Herodes yéndose a Egipto; amamantándolo, abrazándolo, besándolo y cuidando a ese niño que era el Salvador.

Toda la vida de María fue un simple y maravilloso acto de amor para cuidar el corazón de Jesús y que ese corazón termine entregándose por nosotros en la cruz. Como decíamos ayer: «Abriéndose de par en par para que su sangre y el agua, que derramó de su corazón, sean para nosotros los signos de los sacramentos que nos dan vida: el Bautismo y la Eucaristía». Ese corazón de María que no solo estuvo con Jesús en los momentos donde él disfrutaba y ella también, junto a san José, sino que también estuvo siempre atravesado por el dolor. Y por eso María recibió esa profecía en la que se le anticipaba que su corazón también sería atravesado. «Una espada atravesará tu corazón», le dijo el profeta Simeón a María, y así fue. Durante toda su vida, María también aprendió a sufrir junto a su hijo, al hijo que también sufriría por nosotros para darnos vida. Y al pie de la cruz, María se mantuvo con su corazón alerta, amoroso, dejando que Jesús la mire, para mostrarle que aunque él se iba ella quería ser madre de todos los hermanos de Jesús, de vos y de mí también.

Por eso, en Algo del Evangelio de hoy podemos pedirle a María que nos ayude a aferrarnos a su corazón inmaculado, ese corazón que no solo aprendió a sufrir junto a su hijo, sino que también nunca cometió un pecado. Jamás decidió hacer algo en contra de la voluntad del Padre y por eso es inmaculado, por eso es un corazón que se abre de par en par hacia nosotros, sus hijos; y ella, como Madre, nos arropa, nos abraza, nos ama constantemente. Y nos da la sangre de Cristo también –que corre por nuestras venas–, la sangre de la gracia del Espíritu Santo, porque ella también es esposa del Espíritu Santo, y busca que continuamente nosotros nos abramos al amor de Dios.

María, que tu corazón inmaculado hoy, junto al de Jesús, nos abrace una vez más y nos haga sentirnos hijos y amados, nos haga sentirnos hermanos de todos, y que podamos vivir como vos también viviste. María, que tu corazón inmaculado nos llene hoy de gozo y nos colme de paz.

Fiesta de la Visitación de María

Fiesta de la Visitación de María

By administrador on 31 mayo, 2021

Lucas 1, 39-56

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:

«¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.»

María dijo entonces:

«Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.»

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Palabra del Señor

Comentario

Hay escenas del Evangelio que son más fáciles de imaginar que otras. Los mismos evangelistas, aquellos que escribieron la Palabra, tienen sus diferencias en cuanto al modo de relatar los mismos hechos y esto, más que un problema, es una riqueza para nosotros hoy. Alguna vez te dije que es bueno y lindo intentar «meterse en las escenas», dicho así vulgarmente, hacer el esfuerzo por ser uno más de ese momento único. Se dice en la vida espiritual «aplicar los sentidos», o sea buscar, escuchar, gustar, oler, ver y tocar de alguna manera lo que imaginamos del relato. San Ignacio lo llama «composición del lugar», imaginarse el lugar. Es difícil lograrlo, pero si uno se da el tiempo, si uno se esfuerza para hacer de la escena algo así, como una película filmada por uno mismo o actuada por uno mismo, todo cambia, todo se hace más propio, más personal. Y entonces, desde ahí, todo es Palabra de Dios, no solo las palabras concretas de la escena, lo que dijo Jesús, sino cada detalle, cada gesto, cada silencio, cada olor, todo el conjunto de cosas y cada una por su cuenta. Tenés que animarte a hacerlo algún día. Igual hoy podemos hacer un intento, es una linda escena como para empezar.

Cerrá los ojos e imaginá el momento en el que María se decidió a partir, el viaje, la preparación de las cosas que tenía que llevar, su deseo profundo de ver a su prima, de ayudarla, las incomodidades que vivió en el camino, el calor, el cansancio, el paisaje, la llegada, el gozo de Isabel al verla, la alegría de María al escuchar esas palabras y sentir que el niño saltaba de alegría en su vientre. Si sos mujer y si sos madre, se te va a hacer un poco más fácil, lo demás corre por tu imaginación, los detalles podés agregarlo vos.

Algo del Evangelio de hoy, nos trae esta Fiesta de la Visita de María a su prima santa Isabel, Isabel que será santa. Celebramos que María después de enterarse, de recibir semejante noticia, de que estaba embarazada e iba a ser la madre del Hijo de Dios, se dispuso a visitar a su prima, para estar con ella, para acompañarla también en el embarazo, que se enteró por medio del ángel.

¡Qué lindo es empezar el día de la mano de María!, que está siempre, porque ella sabemos que no solo es la madre de Jesús, sino que también, desde hace dos mil años, es madre nuestra. Ella cada día se transforma en nuestra madre, es nuestra madre trayéndonos a Jesús a este día, al hoy. Ella vuelve a traerlo a cada pesebre, que se transforma en receptor de Jesús, en cada corazón que quiere recibirlo.

Hoy podemos pedirle eso: María, tráenos a Jesús, tráenos a Jesús como se lo llevaste a tu prima, tráenos la alegría de Jesús. Vos que lo llevaste en tu vientre y que lo llevás siempre en tu corazón, haciendo su voluntad, tráelo al hoy de mi vida, al hoy de la Iglesia, al hoy de mi hogar, de mi trabajo, de lo que sea que tenga que hacer; tráeme a Jesús, lo necesito. Quiero saltar de gozo, como saltó Juan el Bautista en el vientre de Isabel.

Se me ocurre poder decir tres cosas con respecto a este maravilloso canto del Magníficat, este canto que brotó del alma de María cuando se encontró con su prima. Es un canto que brota de un alma sorprendida por Dios, enamorada, pero, al mismo tiempo, agradecida. Estas tres cosas: sorprendida, enamorada y agradecida.

Sorprendida porque nunca imaginó algo tan grande. Ella siempre esperó algo de Dios, pero nunca imaginó que podía ser tan maravilloso. Dios siempre nos da algo más de lo que esperamos; solo hay que saber esperar, solo hay que tener paciencia, solo hay que saber que el tiempo nos da lo que necesitamos, porque –como dice el salmo– «su promesa ha superado su renombre», su promesa supera su fama; solo tenemos que saber que la gracia de Dios actúa en el tiempo, y por eso «la paciencia todo lo alcanza», la paciencia siempre nos da más de lo que esperamos. Por eso María se sorprendió tanto y lo disfrutó.

Y María también era, por supuesto, una enamorada de Dios. Al estar enamorada, supo esperar. Solo un alma enamorada sabe esperar de Dios cosas grandes, solo un alma enamorada se sorprende y está dispuesta a ser sorprendida. El que no está enamorado, siempre espera lo mismo; nunca espera nada distinto y se aburre en la rutina. En cambio, María, vos y yo podemos enamorarnos. María se dejó sorprender y se dejó maravillar por Dios, por eso también pensó en los demás, decidió visitar a santa Isabel. «Su alma canta la grandeza de Dios, y su espíritu se estremece de gozo en Dios, su Salvador». Dios quiera que hoy podamos sorprendernos y enamorarnos más de Jesús, de la mano de María. Ella fue un alma agradecida, por eso cantó lo que Dios hizo en ella, y no por lo que ella había hecho; canta agradecida al reconocer que es amada y elegida, aun siendo pequeña y sencilla.

Estos tres regalos que recibió María, también son para nosotros, para que podamos dejarnos sorprender por Dios, nuestro Padre, enamorarnos de él viviendo agradecidos.

III Domingo de Pascua

III Domingo de Pascua

By administrador on 18 abril, 2021

Lucas 24, 35-48

Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes».

Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo».

Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?». Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”».

Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto».

Palabra del Señor

Comentario

Tercer domingo del tiempo pascual, tiempo en el que seguimos reflexionando y aceptando con gozo la realidad más trascendente de la historia de la humanidad, que Jesús resucitó y que con su resurrección nos da la vida y nos da una Vida eterna. No solo nos acompaña en el caminar diario, sino que ya nos asegura la Vida eterna si caminos junto con él, si aceptamos su misericordia y su amor.

Un domingo más en el que también aceptamos escuchar la Palabra de Dios, para que esta Palabra finalmente penetre en nuestras almas, nos llene de gozo y nos anime a seguir caminando. ¡No nos cansemos! O, mejor dicho, sí nos podemos cansar, pero la clave está en seguir caminando, seguir abriendo los brazos para encontrar su presencia en la eucaristía, en la oración, en nuestro trabajo diario, en nuestras familias, en los más necesitados, en aquellos donde también de algún modo se hace presente, más patente, la necesidad de amor que tenemos para dar.

Por eso, ánimo, a levantarse, a darnos cuenta que este domingo no puede ser un domingo más. Tiene que ser un domingo donde nos llenemos de gozo, porque tenemos fe, porque somos felices de creer sin ver, y a eso tenemos que apuntar y por ese lado tenemos que seguir caminando. Sí, parece a veces que vamos a tientas, que no vemos todo, pero basta con ver el paso siguiente, basta con saber que el paso siguiente será en un lugar firme: en el amor y en el corazón de Jesús.

Creo que hay algo que queda patente en Algo de Evangelio de hoy, valga la redundancia, y es claramente la dificultad que tuvieron los discípulos en creer que ese que se les había aparecido era realmente Jesús. Jesús parece hacer todo lo posible para que crean, y a ellos les cuesta muchísimo. Jesús les dice: «Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo». Así y todo, diríamos, los discípulos, dice la Palabra que se «resistían a creer». ¿Pero por qué? Porque «era tal la alegría y la admiración de los discípulos» que no podían creerlo. A nosotros por ahí nos parece obvio, pero, en realidad, tenemos que reconocer que no es tan obvia a nuestra pobre humanidad la resurrección de Jesús. No es tan obvio creer en esto. Nosotros lo tenemos asimilado porque la fe nos da ese don. A nosotros nos parece fácil porque, en el fondo, ya «lo sabemos», porque ya sabemos lo que pasó, porque Jesús nos tocó el corazón en algún momento. Pero no era tan fácil y tan obvio para los que habían estado junto con él, para los que lo habían visto muerto en la cruz, que de algún modo es lo que nos pasa a nosotros. Cuando tenemos una experiencia de dolor fuerte, una tristeza grande, nos parece imposible que venga algo nuevo, nos parece imposible la resurrección.

Esto puede deberse a que digamos que hay una tendencia en nuestra vida a que las malas noticias casi que las creemos sin cuestionarlas ni averiguar mucho y las buenas noticias nos cuestan un poco más. Es algo a lo que tendemos naturalmente todos. No quiero generalizar, pero podríamos pensar algo así. Lo malo parece obvio, está a la vista de todo el mundo y lo bueno cuesta verlo. Pensá si no te pasa eso alguna vez. Además, no hay que ser adivino para darnos cuenta que vivimos en una cultura de las «malas noticias», continuamente escuchamos malas noticias. Los noticieros en su mayoría dan malas noticas y, además, se jactan de tener «la primicia» de esa mala noticia. Les encanta decir que tienen la primicia, algo urgente, como si fuera una virtud el llegar rápido a informar todo lo malo. ¿Y lo bueno? Y lo bueno a veces parece que brilla por su ausencia. Y bueno… queda ahí, a un costado, parece que relegado.

Y así, lentamente, la onda de las malas noticias va socavando nuestro corazón y se nos hace casi imposible aceptar que puede haber cosas buenas en este mundo.

¿No será que esto también les pasó a los discípulos, de alguna manera? ¿No será que en ese tiempo también los malos augurios estaban de moda y que todo lo malo parece relucir y lo bueno se oculta? A ellos les parecía increíble semejante noticia, tanto que no lo creían. La noticia era tan buena, tan impresionante, tan maravillosa que no podían creerlo. Lo tenían frente a ellos y no podían creerlo. Nosotros también lo experimentamos a veces cuando nos pasa algo lindo, incluso llegamos a decir: «Pellizcame para ver si es verdad». ¿No? Porque parece que no lo podemos creer, queremos despertarnos del sueño.

¿No será que a nosotros también hoy nos pasa lo mismo? No es lo mismo nuestra vida si creemos o no firmemente que Jesús está vivo entre nosotros. Nada es igual frente al que cree en la resurrección, en la presencia viva de Jesús. Es increíble, digamos así, pero es creíble, y es lo que le da sentido a nuestra fe. Es creíble porque la vida de los discípulos cambió, comenzó la Iglesia, la fe se empezó a esparcir por todo el mundo y esos hombres temerosos se transformaron en hombres de Dios, que no se cansaron de predicar hasta la muerte la presencia de Jesús.

Si nos preguntan por ahí: «¿Qué es ser cristiano?», deberíamos responder: «Creer que Cristo está resucitado, creer que está vivo, que ese hombre que caminó por Galilea, por Jerusalén de hace unos 2.000 años está vivo, a pesar de que lo mataron». Parece increíble, pero es verdad. Cree, creamos que hay cosas lindas que son creíbles, aunque parezca difícil. Creamos que lo que les pasó a los discípulos es verdad y fue lo que cambió para siempre el curso de la historia, de la tuya y de la mía. Pellizcate y decile a Jesús: «Creo, creo aunque a veces mi corazón se resista a creer. Creo aunque a veces el mal parezca triunfar en la vida». Nosotros tenemos que ser «testigos de todo esto», tenemos que contarle a todo el mundo que Jesús está vivo y, aunque parece increíble, es verdad.

Jueves de la Octava de Pascua

Jueves de la Octava de Pascua

By administrador on 8 abril, 2021

Lucas 24, 35-48

Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»

Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: « ¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo.»

Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: « ¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»

Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»

Palabra del Señor

Comentario

Por ahí te va a sorprender un poco lo que te voy a decir, lo que me digo siempre a mí mismo. ¡No es sencillo creer! Cuando uno crece en la vida de fe, o por lo menos intenta crecer y no me refiero con esto a “saber” muchas cosas, a ser grandes teólogos, sino a pensar de un modo más profundo lo que implica creer, lo que significa creer en la resurrección de Jesús, deberíamos reconocer con humildad que no es sencillo creer, no hay que dar por sentado que el creer es algo fácil. Hay gente que a veces lo dice como si fuera así no más, como por obra y gracia sí, del arte de magia y no del Espíritu Santo.

Si esto fuera cierto, todos deberíamos haber creído en la resurrección de Jesús, todos deberían creer en que Jesús está vivo, sin embargo, no es así, las evidencias nos llueven por todos lados; las evidencias de que no es evidente, valga la redundancia, creer que Dios se haya hecho hombre, de que haya muerto y resucitado por nosotros. Incluso podríamos decir que cuanto más “evidencias” buscamos, en el sentido científico de la palabra, más obstáculos podríamos encontrar. Si y vos y yo creemos, se lo debemos a la gracia que recibimos para acoger la fe y responderle a Jesús, y muy poquito a nosotros mismos, todo es gracia.

Por eso, que buena oportunidad para pedirle a Jesús que nos abra la inteligencia, para que podamos comprender las Escrituras. Es buen día para hacer esto, porque justamente en algo del evangelio de hoy, Lucas lo dice claramente: “les abrió la inteligencia para que pudieran comprender…” Esto es algo que tenemos que pedir siempre y que a veces nos olvidamos, yo me lo olvido también. Si todos los días hiciéramos este ejercicio, si todos los días nos acordáramos de pedirle a Jesús, ¡Qué distinto sería todo! Sin la gracia que viene de lo alto, sin la gracia que viene de Jesús no podemos comprender en su totalidad todo lo que está escrito para nuestra enseñanza, para nuestra santidad.

¡Señor, que hoy podamos comprender un poco más; Señor te pedimos que hoy nos abras un poco más la inteligencia de la mente y del corazón, para poder encontrarte en la Escrituras, para poder reconocer al Resucitado a nuestro alrededor, en cada palabra, en cada gesto, en cada Misa, en cada Eucaristía; Señor acompañanos como a los discípulos de Emaús, explicanos las cosas porque nuestra mente es lenta y pequeña; Señor, te pedimos que te nos manifiestes, así somos testigos de todo esto ante el mundo que no cree y vive como si no existieras! Te pedimos esto y todo lo que nuestro corazón no se anima a pedir.

Imaginando la escena de hoy ¿Quién de nosotros, poniéndose en el lugar de los discípulos, no hubiera actuado de la misma manera? ¡Temor, alegría, admiración y resistencia a creer! Pasaron por todos los estados de ánimo posibles en un instante. Primero miedo, después alegría, admiración y al final, una especie de resistencia a tanta alegría ¿Es posible todo esto? ¿Es posible semejante alegría? Creo que cualquiera de nosotros haría lo mismo. No es fácil creer semejante acontecimiento, no es fácil creer cuando la alegría es demasiado grande. Evidentemente no habían comprendido ni las Escrituras, ni lo que Jesús les había dicho de tantas maneras y tantas veces.

En la vida necesitamos creer en la Palabra de Dios, pero también, necesitamos la confirmación de esa Palabra, necesitamos experimentar en carne propia la realidad de lo que leemos. Es por eso, que muchas veces en la vida no las terminamos de creer hasta que no nos pasan. Cuando nos pasan, nos decimos: ¡¡¡Ah!!! Ahora entiendo, ahora descubro eso que antes leía y no comprendía. Los discípulos necesitaron vivir esta experiencia para confirmar lo que Jesús les había dicho de palabra. Nosotros también hoy necesitamos experimentar la presencia real de Jesús en nuestras vidas para ser testigos verdaderos de Él en el mundo. Sino ¿de qué somos testigos? Cristiano es el que cree en Jesús, cree en la Palabra de Dios, pero no solo cree, sino que lo experimenta, lo vive y como lo experimenta y lo vive, es testigo de lo que cree y vive, refleja con su vida lo que lee, cree y experimenta. Estos días de Pascua son días para volver a experimentar, para volver a creer que Jesús está vivo, y nos pide que, con nuestro testimonio, mostremos que esto es verdad. Si hubiera más testigos reales de que Jesús vive, ¡Qué distinto sería todo! ¿No?

Miércoles de la Octava de Pascua

Miércoles de la Octava de Pascua

By administrador on 7 abril, 2021

Lucas 24, 13-35

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!». «¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».

Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba».

Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!».

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Comentario

«¡Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba!». Aunque los discípulos de Emaús no sabían que le estaban pidiendo al mismo Señor que se quede con ellos, porque todavía no sabían quién era, nosotros sí podemos hacer nuestra esa petición, agregándole su nombre (Señor), porque ya lo sabemos: «¡Quédate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba! ¡Quédate con nosotros que te necesitamos más que nunca!» El día se acaba, aunque esté empezando, porque al mundo le gustan las tinieblas, le gusta esconder tu amor, ocultarlo, le gusta esconder tu verdad, aunque ella quiera resplandecer. «¡Quédate con nosotros, por favor, porque sin Vos no podemos!» En realidad, deberíamos saber que él está siempre con nosotros y que nosotros somos los que no siempre nos quedamos con él; por eso quedémonos con él, siempre, especialmente en este día.

¡Qué lindo que es imaginar que esta escena, que esta aparición de Jesús, de Algo del Evangelio de hoy es más común de lo que imaginamos! ¡Qué lindo que es sentir que esta Palabra de Dios de hoy es tan real como imperceptible a nuestros ojos! Hoy quiero que esto sea real en mi vida y en la tuya. Hoy quiero dejar que Jesús me explique algo más de las Escrituras para darme cuenta que él está siempre, aun cuando me pierdo y quiero volver a lo mío, aun cuando me pierdo por el pecado y el egoísmo, aun cuando mi cabeza se ponga dura y pretenda que todo sea como yo pretendo.

Ir caminando a Emaús, como estos discípulos, es volver a lo de siempre, volver a lo conocido por haber dejado de confiar, por no animarse a creer. Es olvidarse de la noticia más linda que podíamos haber recibido: la Resurrección. Volver a Emaús es haber perdido la esperanza en la resurrección, en la nuestra, en la de cada día y, además, en la de Jesús; es no confiar que él está siempre y que camina con nosotros, aunque a veces no podamos reconocerlo. ¿Cuántas veces volvemos a nuestros emauses, a esos lugares nuestros por haber dejado de creer? Nuestros emauses son esos lugares seguros, pero en donde Jesús no nos pidió estar. ¿Cuántas veces escuchamos que Jesús resucitó, pero no lo vemos, no lo experimentamos, no terminamos de saborear ese misterio tan lindo? Son más los cristianos que viven como estos dos discípulos, cabizbajos, que los que viven sabiendo y sintiendo que Jesús camina siempre a nuestro lado mientras nos explica las Escrituras, con el corazón a punto de explotar y corriendo a contárselo a otros.

Todos tenemos momentos, a todos nos toca pasar ciertas cosas difíciles, dolorosas y a veces angustiantes. Pero lo importante es no olvidar esta imagen de Algo del Evangelio de hoy. ¿Cuál? Que mientras caminamos por la vida queriendo dejar que el pesimismo nos gane y nos llene el corazón, mientras caminamos con el corazón encerrado en nuestros pensamientos, mientras hablamos entre nosotros como retroalimentando la mala onda de un mundo que siempre parece superarse a sí mismo en maldad y en locura; mientras pasa todo eso, Jesús se pone de nuestro lado siempre, camina a nuestro lado. Le encanta caminar con nosotros para llevarnos de a poquito a un lugar en donde podamos reconocerlo. No es lo mismo llegar a Emaús sin Jesús que con Jesús. No es lo mismo que Jesús sea el que nos abra el corazón y el entendimiento. ¡Qué lindo que es cuando él nos hace ver lo que nunca vimos, nos hace dar cuenta de tantas cosas que dejábamos pasar de lado por ignorancia y tozudez! ¿Nos arde el corazón hoy al escuchar estas palabras de Jesús?

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre Misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Domingo de Pascua

Domingo de Pascua

By administrador on 4 abril, 2021

Lucas 24, 13-35

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?».

Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!».

«¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».

Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?». Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba».

Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!».

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Comentario

¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Feliz Pascua para todos, para todos los que día a día escuchan estos audios del Evangelio, donde intentamos juntos meditar y contemplar la Palabra de Dios, vivirla, leerla, aceptarla! ¡Qué linda que es esta fiesta! Es la fiesta central de nuestra fe, la fiesta que nos debería llenar de gozo el corazón y ayudarnos a dar cuenta y a gritarle a todo el mundo que vale la pena ser cristiano, que vale la pena ser católico y creer, y decirle a Jesús: «Sí, verdaderamente creo que estás entre nosotros, verdaderamente creo en tu promesa, que estás con nosotros hasta el fin de los tiempos».

La Pascua es volver a aceptar esta gran verdad y que, a pesar de las cosas que nos pasan, a pesar de que a veces andamos como los discípulos de Emaús del texto que acabamos de escuchar de Algo del Evangelio, con el semblante triste, conversando y discutiendo por el camino de la vida, mientras Jesús está al lado nuestro, sin darnos cuenta; a pesar de eso, de que nos puede pasar lo mismo, hoy queremos decirte Jesús que creemos, que ya no dudamos de tu existencia, de que ya no dudamos de tu obrar, de tu trabajo silencioso en tantos corazones que aceptan tu verdad.

Hoy, en este día, se permite leer también este evangelio. Habrás escuchado seguramente el de Juan, capítulo 20, pero también se permite leer el conocido pasaje de «los discípulos de Emaús», que también lo escucharemos un par de veces más a lo largo de este tiempo pascual, que hoy comenzamos. Quería hoy compartirte este texto que es tan decidor, como se dice, tan ilustrativo de lo que es nuestra vida. Podríamos pensar que esta escena en la que estos discípulos van caminando cabizbajos, tristes, porque no comprendían lo que pasaba, porque no habían creído todavía, y que finalmente terminan sorprendiéndose y reconociendo a Jesús al partir el pan, es de algún modo una catequesis de lo que es nuestra vida, o incluso lo que nos puede pasar en un mismo día.

La vida es esto, es un caminar hacia la Eternidad, dándonos cuenta en algún momento, o buscando darnos cuenta, que Jesús camina siempre a nuestro lado y que no es que no lo vemos porque él no está, sino que no lo vemos porque no creemos. Eso le pasó a estos dos discípulos, que al mirarse a sí mismos, al mirarse su propio ombligo, al no terminar de creer, discutían, iban con el semblante triste. ¿Vos estás con el semblante triste? Yo estoy con el semblante triste. ¿Qué nos pasa? No será porque no nos damos cuenta que Jesús nos está hablando por el camino pero nosotros seguimos mirando el pasado, seguimos enredados en un pasado que ya pasó y que simplemente tenemos que superar y aprender a mirar para adelante y a apostar hacia cosas nuevas, propuestas, que Dios siempre nos tiene en el camino.

Bueno, así andamos a veces y por eso hoy tenemos que levantar la cabeza y dejar que Jesús nos hable al corazón. Cuando él nos habla al corazón, cuando dejamos que la Palabra de Dios penetre en nuestras almas, se nos va encendiendo, se nos va llenando de fuego el corazón y nos damos cuenta que estamos hechos para cosas más grandes, no para andar tristes. Y es así que los discípulos y vos y yo, aunque somos duros de entendimiento, algún día tendremos que caer en la cuenta de que Jesús está entre nosotros; y solo lo podemos reconocer si escuchamos su Palabra y si nos sentamos a la mesa con él, que finalmente es el amor que nos rodea, las personas que podemos amar, los que nos necesitan. Por eso ellos terminan reconociéndolo al partir el pan, terminan reconociéndolo al compartir, al amar. «¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino, nos explicaba las Escrituras?». ¿No arde acaso ahora tu corazón? Bueno, si tu corazón arde, salí corriendo a compartir tu vida con otros y te vas a dar cuenta que Jesús está siempre al lado tuyo, mucho más cerca de lo que creías. ¡Feliz y Santa Resurrección! ¡Feliz y Santa Pascua!

Que tengamos un buen domingo y que la bendición de Dios, que es Padre Misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.