Book: Lucas

XXVI Miércoles durante el año

XXVI Miércoles durante el año

By administrador on 30 septiembre, 2020

Lucas 9, 57-62 – Memoria de San Jerónimo

Mientras Jesús y sus discípulos iban caminando, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas!»

Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.»

Y dijo a otro: «Sígueme.» El respondió: «Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre.» Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios.»

Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos.» Jesús le respondió: «El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios.»

Palabra del Señor

Comentario

La gran pregunta del evangelio del domingo que pasó y que seguimos meditando era esta -acordate-: «¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?» «El primero», le respondieron los sacerdotes muy seguros. Los que hacen la voluntad de Dios no son los primeros en responder que la harán, sino los que finalmente la hacen. No es una cuestión de quién se adelanta a responder, sino quién responde con su vida. Así de sencillo. Por eso, esto nos ayuda también a comprender esa otra sentencia de Jesús del otro domingo, sobre que «muchos de los primeros serán los últimos y que muchos de los últimos serán los primeros». Hay muchísimas personas que hoy, en este momento, ahora, no están haciendo lo que Dios pretende y desea de ellos. Sin embargo, pueden y están siempre a tiempo de comportarse y vivir como hijos, de sentirse hijos amados del Padre. Y, por el contrario, hay muchísimas personas que hoy, en este momento, incluso sacerdotes -como yo-, dicen y se creen muy religiosos. Pero ¡cuidado!, por ahí no están viviendo fielmente a lo que Dios les pide o que dicen vivir. No todo lo que brilla es oro.

¡Qué lindo es que nos sintamos todos posibilitados a decir siempre sí y a hacer lo que ese sí significa! ¿Te das cuenta de que decirle que sí a Dios puede cambiar muchas cosas en tu vida y en la de los demás? ¿Nos damos cuenta de que hacer o no hacer la voluntad de Dios es determinante, es realmente importante? ¿Nos damos cuenta de que, en definitiva, estamos en esta vida para hacer lo que sentimos y pensamos que Dios nos pide? Vamos para ese lado. Te invito hoy a ir para ese rumbo, a tomar ese camino. A veces podemos responder que no y nos arrepentimos, y cumplimos la voluntad de Dios; pero peor es lo otro, decir que sí y no hacerlo.

Algo del Evangelio de hoy me hace pensar bastantes cosas. Podríamos preguntarnos si estos hombres habían comprendido al acercarse a Jesús, con tanto entusiasmo para seguirlo, lo que les quiso decir. ¿Qué habrán hecho después de estas palabras?, ¿lo habrán seguido o no? Me gusta preguntarme eso. No sabemos, no lo dice. Lo que sí sabemos es lo que les respondió Jesús y es lo que nos sirve a nosotros hoy.

¿Y los «peros» de las respuestas? Los «peros» de las respuestas de estos hombres son evidencia de que, en realidad, no comprendían todavía muy bien a quién seguían o a quién querían seguir. Cuando uno sabe lo que quiere, cuando uno tiene bien claro el fin y sus deseos, no hay «pero» que valga. Todo es superado por el anhelo de alcanzar ese deseo. Seguir a Jesús o querer seguirlo poniendo «peros» es, en el fondo, un signo de que todavía no se lo conoce bien y que, por eso, no nos animamos a dar el paso definitivo. Por eso, hay que enamorarse de él, hay que buscarlo, hay que conocerlo, para que se nos vayan todos los miedos.

Jesús hoy otra vez es incomprendido. Lo quieren, pero no lo quieren completamente. Quieren seguirlo, pero a su manera. Nosotros también muchas veces ponemos muchos «peros», conscientes e inconscientes, pero finalmente son «peros».

Jesús no siempre fue comprendido y no siempre se hizo comprender perfectamente. Siempre dejó la puerta abierta al misterio. Él lo hizo bien conscientemente. Hay que animarse a no comprender todo para empezar a comprender algo. Solo cuando damos ese paso, cuando nos animamos a largarnos sin tantos «peros», cuando nos arriesgamos en serio, es cuando empezamos a comprender. ¡Qué paradoja! En cambio, cuando miramos la vida desde un balcón y no nos animamos a dar el paso, a tirarnos, sabiendo que siempre él nos recibirá, en el fondo no comprendemos nada y esperamos lo mágico para empezar a comprender. ¡Cuánto racionalismo hoy hay en la Iglesia, pretendiendo saberlo todo, pretendiendo comprender todo! No se puede así, no se puede seguir a Jesús así. Hay que arriesgarse por amor.

Siempre habrá una «cuota» de incomprensión en nuestra vida, para con nosotros, para con los demás y, por supuesto, para con los planes de Dios. Cuota que hará que no todos nos comprendan bien y cuota de incomprensión que hará que no comprendamos todo lo que Jesús es y a lo que nos invita. ¿Pretendemos comprenderlo todo? Te estás poniendo en el lugar de Dios. ¿Querés que todos te comprendan? No te estás poniendo en el lugar de los otros. Ni vos, ni yo, ni los demás, somos perfectos. Solo Dios comprende todo y solo Dios Padre da su gracia para aquellos que buscan comprenderlo, pero nunca plenamente.

Jesús invitó a estos hombres y nos invita hoy a todos a no mirar para atrás, a lanzarnos al futuro sin arrastrar el pasado; a no anteponer nada ante su amor, ni siquiera la propia familia; a no esperar el momento ideal para amar, sino a empezar a amar desde ahora, hoy, sin esperas, sin pereza. Jesús nos anima a no buscar en él comodidades humanas, sino entrega, amor, acompañados a veces de dolores e incomprensiones; pero para encontrar la felicidad, la buena, la verdadera.

No se puede tener todo calculado. No seamos «ingenieros de la fe». No se puede esperar resolver todo para entregarse, para empezar a caminar. La fe no es matemática pura. Lo bueno es entregarse sabiendo que el camino se va aclarando en la medida que avanzamos y sabiendo que con Jesús nunca nos vamos a perder, aunque a veces nos cueste comprender.

XXVI Lunes durante el año

XXVI Lunes durante el año

By administrador on 28 septiembre, 2020

Lucas 9, 46-50

A los discípulos de Jesús se les ocurrió preguntarse quién sería el más grande.

Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, tomó a un niño y acercándolo, les dijo: «El que recibe a este niño en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe a aquel que me envió; porque el más pequeño de ustedes, ese es el más grande.»

Juan, dirigiéndose a Jesús, le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros.»

Pero Jesús le dijo: «No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes, está con ustedes.»

Palabra del Señor

Comentario

Hay que empezar este lunes con todo, con todo lo que podemos, con todo el corazón. Mirar para adelante, mirar el presente, pero también todo lo que podemos hacer de aquí en adelante. Miremos todo lo que podemos hacer en este día con ojos de fe. Pensemos en lo que planeamos hacer estos días. Hay que volver a entusiasmarse con el evangelio, con la Palabra de Dios, con el amor que tenemos en el corazón y podemos dar a los demás, estemos donde estemos, estemos como estemos. Sí, entiendo, por ahí estás empezando este día con cara y cuerpo de cansancio, pero se puede cambiar, se puede hacer un esfuerzo y decir: «Yo quiero otra cosa. Quiero transmitir alegría por donde ande. Quiero hacer eso donde me toque estar, sonreír y animar a los demás».

La vida de Jesús es una invitación a la alegría y a superar las dificultades. Esta semana, además de ir desmenuzando el evangelio del domingo, veremos cómo Jesús es muy incomprendido, por propios y extraños. Por eso, ¿vos pensás que sos el único o la única a quien no la comprenden? ¿Vos pensás que a Jesús se le hizo fácil? Vamos a ver cómo Jesús parece que habla un «idioma» en el que casi nadie lo entiende y no logran conocer su corazón. Esto no es para resignarnos, sino para animarnos y sentirnos acompañados. Además, si al mismo Dios le pasó y le pasa, ¿por qué no a nosotros? Incluso en el evangelio de ayer, Jesús se enfrenta con los fariseos, con los sacerdotes, con los notables de ese tiempo, que se creían los primeros y juzgaban a los demás, y Jesús les dice en la cara: «Los publicanos y las prostitutas entrarán antes al Reino de los Cielos que ustedes».

¡Qué dureza la de Jesús, pero qué gran verdad! Por eso, la soberbia del corazón, aquella que no busca aceptar al otro en principio tal como es, para después ver si se puede cambiar algo, es la que nos aleja de la verdad de Dios, que vino a este mundo a cambiarnos, pero primero a aceptarnos; a cambiarnos por el amor y no por el juzgarnos y condenarnos. El evangelio del domingo es durísimo. Volvelo a leer si tenes tiempo y vas a ver cómo iremos descubriéndole cosas nuevas a esta gran parábola que nos dejó Jesús.

A los discípulos en Algo del Evangelio de hoy se les ocurrió cualquier cosa. Ellos estaban, como decimos en Argentina, «en cualquiera». En realidad, estaban en la de ellos, estaban en ellos mismos. A vos y a mí por ahí se nos hubiese ocurrido lo mismo: pensar quién es el mejor, el más grande, y además en poner barreras a otros para que sean cercanos a Jesús. Las dos grandes tentaciones: el «poder» y el «exclusivismo». Cosas que pasan todavía en nuestra Iglesia. Todos de una manera u otra buscamos «ser alguien» en este mundo por medio del poder, que en sí mismo no es malo, sino que es la capacidad de hacer cosas, más o menos oculto. Pero al mismo tiempo es la gran debilidad de todos.

Por si no te enteraste, así nacemos, así vinimos a este mundo: «fallados de fábrica», con la mancha original de la desobediencia a nuestro Creador y sin «querer o a veces queriendo», disimuladamente, deseamos ponernos en el lugar de Dios. Queremos buscarnos lugares de poder en el que nos sintamos bien, bien apreciados y queridos por otros, poniendo nuestra seguridad en opiniones pasajeras y cambiantes. Somos así de raros e ingenuos a veces. Igual que los discípulos que mientras Jesús les hablaba de humildad, del servicio, del poder -pero entregándonos-, iban pensando por dentro suyo quién sería el más grande.

Lo peor que nos puede pasar hoy es que nosotros pensemos para adentro: «Ay, ¿cómo se les va a ocurrir semejante cosa a los discípulos?» Como si fuese que a nosotros no nos pasa lo mismo, que en la Iglesia no pasa lo mismo. ¡Pobre Jesús, incomprendido ayer, hoy y siempre! Jesús en vida humilde y sencillo. Jesús hoy en cada Eucaristía humilde, sencillo e incomprendido. También hoy en la Iglesia podemos caer en eso los consagrados, los sacerdotes, buscando lugares de poder donde nos sintamos más queridos. También aquellos que son el Pueblo de Dios, los laicos, pueden caer en eso, creando bandos, prefiriendo a unos más que a otros, creyendo que unos son mejores que los otros. ¡Qué poca mirada evangélica tenemos a veces!

El que quiere andar con Jesús, tiene que andar como él anduvo. El que quiere ir con Jesús, tiene que comprender que no es cuestión de grandeza humana, de logros pasajeros. Tiene que comprender que estar con Jesús no da «poder» al estilo de este mundo, que no es para tener poder y ser reconocido como grande por otros, tener muchísimos seguidores y que todos nos aplaudan. Eso es del mundo. El que ande con Jesús tiene que aceptar que hay «otros» que pueden hacer cosas buenas también en su Nombre, que pueden colaborar al Reino de Dios, que el bien no se reduce a nuestras cuatro paredes o a nuestro corazón. Estar con él no nos hace exclusivos, sino que nos hace inclusivos. Nos debería hacer incluir a todos los que trabajan por el Reino.

Todo lo demás, todo aire de poder, de grandeza humana, de creer que tenemos el «monopolio» del bien, de pensar que porque tenemos un lugar de servicio somos más que otros, de pensar que en nuestros propios grupos, parroquia, movimiento, congregación, hacemos las cosas mejores que en otros lugares. Todo eso… no es del evangelio. Sí podemos mirar para aprender y crecer, pero no para menospreciar. Todo eso no es de Jesús. Eso no viene de su corazón, eso viene del nuestro. Y, mientras pensemos así, no estaremos todavía completamente convertidos a él.

Que no se te ocurra preguntar esas cosas, aunque las pienses. No repitamos errores viejos del evangelio. No todo lo que pensamos hay que decirlo, pero sí hay que ser sinceros con nosotros mismos y con los demás. ¿Qué ando buscando con Jesús? ¿Me busco a mí mismo o lo busco a él? ¿Quién es el más grande?, podemos preguntarnos a veces. Y… ¡Jesús!, claramente. El que se hizo pequeño, el que siendo grande, el que siendo fuerte, se hizo débil; el que siendo rey se hizo nuestro servidor. Todo lo demás no vale la pena preguntarlo.

XXV Sábado durante el año

XXV Sábado durante el año

By administrador on 26 septiembre, 2020

Lucas 9, 43b-45

Mientras todos se admiraban por las cosas que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: «Escuchen bien esto que les digo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.»

Pero ellos no entendían estas palabras: su sentido les estaba velado de manera que no podían comprenderlas, y temían interrogar a Jesús acerca de esto.

Palabra del Señor

Comentario

La escucha de la Palabra de Dios no debe carecer de algo fundamental: la constancia. La constancia es una de las virtudes que más escasean en nuestros corazones, de aquellos que se proponen alcanzar una meta y, por supuesto, de los que nos propusimos seguir a Jesús, nuestro Maestro. Son muchas las situaciones o los textos de la Palabra de Dios en los que se menciona esta virtud. Recuerdo ahora cuando Jesús les dijo a sus discípulos: «Gracias a la constancia salvarán sus vidas», o bien cuando les explicó la parábola del sembrador y les dijo: «…pero no la deja echar raíces, porque es inconstante» -por lo negativo-. No vamos a explicar estos textos, pero me gustaría que nos quedemos con esta idea de fondo en este sábado, en el que intentamos perseverar, ser constantes en la escucha diaria de la maravillosa aventura de conocer lo que Dios Padre desea de nosotros.

Son muchísimos los testimonios de personas, de corazones que gracias a la constancia fueron encontrando el camino de Jesús, que van descubriendo la maravillosa propuesta del seguimiento, y lo equivocado que estamos, a veces, cuando no sabemos interpretar sus palabras y enseñanzas. En realidad, no necesito contarte los testimonios, incluso si te animás, podés dejarnos el tuyo en nuestra página: www.algodelevangelio.org. Porque es algo que podés comprobar por vos mismo, vos misma, con la experiencia de tu vida. ¿Cuántas cosas alcanzaste gracias a tu constancia, gracias a no haber bajado los brazos nunca, a seguir luchando y confiando? Si logramos tantas cosas materiales o proyectos o sueños gracias a la constancia, a la tenacidad… ¿cómo bajar los brazos en la escucha de la Palabra de Dios? ¿Cómo rendirse cuando vamos descubriendo que solo él puede darnos la alegría del corazón, el gozo eterno? Recuerdo que en una caminata que hicimos con mi comunidad una vez en la montaña, una de las mujeres que se animó a desafiar la naturaleza -bastante más grande que los jóvenes que caminaban- en un momento sintió que no podía más, que sus piernas ya no le respondían, y entonces, con mucho dolor, incluso llorando, decidió quedarse. Sin embargo, seguíamos mirándola, mientras subíamos, con la esperanza de que se iba a levantar. Habíamos propuesto que ella se quede ahí, que nos espere para la vuelta. Seguíamos mirando y soñábamos que se iba a animar a seguir, a ser constante en sus pasos, en su decisión. ¿Y sabes qué? Fue así. De repente, nos dimos vuelta en un momento y vimos que tomó su bastón para seguir y llegó nomás. Llegó con lágrimas en los ojos, pero llena de gozo por haber podido, valga la redundancia, lograr lo que soñaba: llegar a la cumbre. Eso es lo que a veces nos pasa en la vida. Esa debe ser nuestra actitud para seguir y amar a Jesús (no bajar los brazos, aunque parezca imposible, volver a levantarnos si nos caímos, una vez más, volver a confiar, ser constantes).

Lo mismo hizo Jesús en su vida, en su paso por la tierra. Lo mismo sigue haciendo, o ayudando a que podamos hacerlo nosotros. Jamás baja los brazos, siempre nos busca. Siempre desea que lo busquemos. No se cansa de esperarnos, es constante, incluso en el dolor.

Algo del Evangelio de hoy es un anticipo de la constancia que Jesús tuvo en su vida, hasta el final, incluso sabiendo lo que le esperaba. Las palabras de nuestro Maestro parecen ser pesimistas o extrañas. Son un anuncio de «pájaro de mal agüero», como dice el dicho. «Mientras todos se admiraban por las cosas que hacía, él dijo a sus discípulos: “Escuchen bien esto que les digo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres”». En medio de la admiración, no se guardó el vaticinio de lo que vendría. Todo parecía muy lindo, todos lo elogiaban, los discípulos iban felices y orgullos de ser sus amigos -seguro que con el pecho inflado-, pero él no tuvo problema en decirles la verdad: en algún momento llegaría la cruz.

¿Por qué Jesús actúo de esa manera?, podríamos preguntarnos. ¿Por qué en medio de la euforia y la fascinación por los prodigios que hacía les dio tan mala noticia? Bueno, las respuestas podrían ser muy variadas. La más simple y concreta es por la sencilla razón que les dijo la verdad. Quería que sepan la verdad, no tenía porqué ocultarla. El espanto ante la cruz hubiese sido mucho peor de lo que fue si Jesús les hubiera ocultado lo que iba a pasar, lo que las autoridades y el mismo pueblo le iban a hacer. Lo increíble es que, aun sabiendo la verdad, sus amigos en el momento del dolor huyeron despavoridos. No pudieron soportar su miedo y se escondieron. Otra respuesta, enlazada con la primera, es que Jesús quiso prepararlos para el momento de dolor, aunque parezca que por los hechos no valió la pena, que no sirvió para nada. Sin embargo, no es así, porque el discípulo amado sí estuvo en la cruz con María y las mujeres y, a pesar de que todos se escaparon, e incluso lo negaron como Pedro, esas palabras quedaron grabadas en sus corazones, como espina en su consciencia, como enseñanzas para sus propias vidas, para lo que vendría, la vida de la Iglesia -la tuya y la mía-.

No deberíamos tener problema en decir todos que, tarde o temprano, nos tocará de alguna manera pasar por la Cruz de esta vida. No sería malo también decírselo a tus hijos, a los que tenés a cargo, si no estamos ocultando una parte de la vida, y por ahí ya estamos pasando ese dolor. Sería de necios ocultar o pintarrajear la vida de color de rosas cuando la experiencia nos enseña y nos dice que cierto sufrimiento es inevitable, tengamos fe o no. Ese es otro cantar. Ver y entender la vida con toda su belleza y crudeza es necesario. Es falsa la espiritualidad cristiana de un optimismo medio ingenuo, mal entendido; de una alegría sin fin, sin cruces, sin entrega, sin sacrificios. Y esto es algo que lamentablemente muchos hoy proponen, creyendo que será más atractiva la decisión de seguir a Jesús. Sin embargo, es un engaño que no da frutos, que es «pan para hoy y hambre para mañana». Por eso tantos abandonan la fe, porque no se les dijo todo de un principio. También es falsa la espiritualidad cristiana casi masoquista, que habla exclusivamente del dolor y del sacrificio olvidándose de la belleza de la vida y que, además, la cruz, para el que ama, termina siendo gozosa y llena de vida.

Conclusión: como siempre, ambas dimensiones van de la mano y no se pueden separar. Lo vivió Jesús. Lo anunció, lo anticipó también cuando dijo: «Tendrán un gozo que nadie les podrá quitar». Y por eso quiere que nosotros también podamos comprenderlo, aunque a veces nuestro entendimiento parezca velado.

XXV Viernes durante el año

XXV Viernes durante el año

By administrador on 25 septiembre, 2020

Lucas 9, 18-22

Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos le respondieron: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado.»

«Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?»

Pedro, tomando la palabra, respondió: «Tú eres el Mesías de Dios.»

Y él les ordenó terminantemente que no lo dijeran a nadie.

«El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»

Palabra del Señor

Comentario

Continuando con la reflexión tan profunda que podemos hacer del evangelio del domingo, que sería interminable, son tantos los temas que se pueden desmenuzar de esa parábola llena de enseñanzas y, al mismo tiempo, llena de misterio y dificultad para nuestros pensamientos, que no siempre son los de Dios. Podríamos decir que esos trabajadores de la primera hora que no supieron comprender la actitud del propietario al darles lo mismo a cada uno y que, finalmente, terminaron protestando contra su dueño. Como lo hacemos también nosotros con Dios en el fondo, cuando no nos gusta que sea tan bueno, cuando vemos que aquellos que trabajaron menos por él, reciben lo mismo. Podríamos decir tres cosas que tienen que ver con esta actitud de protesta con Dios, que después motivaron la respuesta: «¿Por qué tomas a mal que sea bueno?»

Creo que la envidia es una de ellas. La envidia hace que estemos mirando los bienes de los demás o bien no nos alegramos con el bien de los otros. Eso les pasó a esos trabajadores de la primera hora. Miraron el bien de los otros y no supieron alegrarse. Se olvidaron de que el propietario, de que Dios, estaba siendo justo con ellos porque les estaba dando lo que les había prometido. Lo demás, ¿qué importa? Si yo recibo lo que a mi me prometieron, ¿qué me importa lo que reciben los otros?

Lo segundo es que no se sintieron hermanos. No estaban hermanados. Como nos pasa también a nosotros, que no terminamos de comprender que para Dios somos todos sus hijos y, por lo tanto, somos todos hermanos y que no es una carrera de méritos para llegar al cielo, sino que el mérito ya nos lo ganó Jesús, como decíamos ayer. Por lo tanto, para saber alegrarse con el bien de los otros, hay que realmente sentirse hermanos y eso es un camino de toda la vida y que cuesta muchísimo.

Y lo tercero, que podríamos decir que le pasó a estos trabajadores, es que trabajaron en el fondo interesadamente. Y, para trabajar para Dios, hay que trabajar desinteresadamente, no pretendiendo otra cosa que lo que él nos promete y que no es otra cosa que la Vida eterna. Aquel que trabaja por interés, pensando que con Dios es una especie de comercio -que doy para que me des-, termina en el fondo enojado, porque se choca contra los intereses de los demás. Hay que trabajar por el interés de Dios, que es que todos los hombres se salven, que todos conozcan su amor y que todos algún día lleguen al cielo.

Al escuchar el evangelio, en general y cambiando de tema, nos tiene que llevar siempre a una actitud de oración, una actitud orante. El evangelio, la Palabra de Dios, no es para estudiar, para sacarle grandes conclusiones; es más bien para rezar, o sea, para entrar en diálogo con Dios, para abrir el corazón, aunque está bien -por supuesto- que otros lo estudien.

Por eso pienso que podemos quedarnos con una actitud muy linda de Algo del Evangelio de hoy, cuando dice que Jesús oraba a solas.

Jesús buscaba momentos de oración solitarios, pero lleno de la compañía de su Padre del cielo. Es lo que también necesitamos siempre nosotros, vos y yo, en el día a día. Es como el aire de nuestra alma que necesitamos para poder vivir. Tiene que ser como el aire para nuestros pulmones. Sin este aire de la oración, no podemos respirar. Por eso todos necesitamos vivir, de algún modo, en un ambiente de silencio o buscar el silencio de alguna manera.

Vos que sos mamá y madre, y necesitás siempre empezar el día estando sola un ratito, o también al terminarlo cuando todos se van a dormir; apagar la luz de tu habitación y sentarte en el sillón y estar con Dios, con tu Padre, «que ve en lo secreto y, que viendo en lo secreto, te recompensará»; dejar todo, frenar para pensar y ofrecer todo lo que hiciste, todo lo que entregaste en ese día, para darle verdadero sentido a tu día. Jesús estando con sus discípulos lo hizo. También nosotros podemos hacerlo y lo necesitamos.

Vos que sos varón, padre o no, pero te la pasás trabajando todo el día, si no frenás cinco o diez minutos por día y te apartás para mirar lo que hiciste, para descargar las cosas que viviste, las tensiones, para agradecer la mujer que tenés, para maravillarte del don de la vida de tus hijos –los que están y los que están viniendo–, ¿cómo pensás que vas a llegar a fin de mes o a fin de año? Es imposible. No solo tenemos que pensar cómo llegar a fin de mes con el dinero, sino con el corazón. ¿Cómo pensás que vas a llegar? Si tenemos dinero, pero nos falta la paciencia y la paz del corazón, ¿de qué sirve haber llegado a fin de mes o incluso que nos sobre?

Y vos que sos hijo o hija, y estudiás o trabajás o vas al colegio o cursás en la facultad, en la universidad, y también esperás que llegue el fin de semana para hacer mil cosas y no perderte nada con tus amigos, ¿cómo decís que no podés frenar diez o quince minutos por día para estar en silencio con tu Padre del cielo que siempre te escucha? ¿Es posible poner tantas excusas? ¿Cuánto tiempo pasamos frente al celular, a la televisión, a la computadora y a las cosas que nos gustan? ¿Es verdad realmente que no podemos estar diez minutos en silencio con nuestro Dios? Pensémoslo, porque sin momentos a solas con Dios, no podemos pretender conocerlo y crecer en la fe. Nuestra fe va a ser «superficial».

Y vos, que sos sacerdote, consagrada, consagrado, ¿cómo es posible que pierdas el hábito de la oración? Ese que te llenó el alma cuando te dijiste que sí al Señor.

En definitiva, es una cuestión de amor. No alcanza a veces con escuchar este audio de cinco, seis o diez minutos. Es necesario profundizar, estar con Dios en una Iglesia en silencio, en una habitación, en tu jardín. Todos podemos hacerlo, no hay excusas.

San Juan Pablo II cuando estuvo en Argentina, hace muchísimos años, dijo algo muy, muy lindo y muy importante: «El que dice que no tiene tiempo para orar, para estar a solas con Dios, lo que le falta no es tiempo, sino amor».

Es así, tenemos que aceptarlo. Es una cuestión de amor. A todos nos falta mucho amor. Nos falta esa certeza de que la oración es realmente un diálogo con nuestro Padre.

Dios quiera que hoy podamos lograr esos cinco o diez minutos –aparte de este audio– de silencio para estar a solas con nuestro Padre, para profundizar lo que escuchamos, para agradecer lo que tenemos. Podemos hacerlo, inténtalo. Podemos hacerlo.

XXV Jueves durante el año

XXV Jueves durante el año

By administrador on 24 septiembre, 2020

Lucas 9, 7-9 – Memoria de Nuestra Señora de la Merced

El tetrarca Herodes se enteró de todo lo que pasaba, y estaba muy desconcertado porque algunos decían: «Es Juan, que ha resucitado.» Otros decían: «Es Elías, que se ha aparecido», y otros: «Es uno de los antiguos profetas que ha resucitado.»

Pero Herodes decía: «A Juan lo hice decapitar. Entonces, ¿quién es este del que oigo decir semejantes cosas?» Y trataba de verlo.

Palabra del Señor

Comentario

¿Es posible enojarse porque Dios sea tan bueno? ¿Es posible? ¿Te lo preguntaste alguna vez? Sí, yo diría que sí y mucho más normal de lo que creemos, aunque a veces no se hace consciente. Dios Padre es muy, pero muy bueno; tan, pero tan bueno que no cabe en nuestros pensamientos, que no son los de él. Esa también es una verdad que trataba de expresarnos la parábola del evangelio del domingo. A veces quisiéramos que Dios sea justo como nosotros pretendemos que sea justo, y no tan misericordiosamente justo, como lo que realmente es. Hay muchísimos cristianos que se creen «los primeros» por su manera de vivir, por su manera de pensar, por lo que saben de la fe. Y por eso serán los últimos, cuando se crean los primeros. Muchísimos, más de los que imaginamos. Incluso vos y yo podemos estar en esta lista, de los que se creen los primeros y con más derechos que otros. Y, al mismo tiempo, hay muchísimos hijos de Dios que para el mundo «son los últimos», que parecen «los últimos», que parecen no convertirse nunca, que son considerados «los del fondo», y finalmente, aunque nos duela, aunque nos cueste entender, serán los primeros en llegar a recibir el regalo del cielo si aceptan trabajar para el Señor aunque sea en el último instante de su vida, como el buen ladrón.

¿Te acordás de ese buen ladrón que murió al lado de Jesús? Parecía el último y fue el primero en entrar en el Reino de los Cielos. Si sos de los que se enojan por la gran bondad de Dios, por la infinita bondad de Dios, pedile que te ablande el corazón. No te enojes por el hecho de que Dios sea bueno y haga con su amor lo que le parece. Vos harías lo mismo con tus hijos. No hay peor enojo que el enojo por el derroche de amor de Dios, que justamente vino a mostrarnos y a enseñarnos ese camino. Vuelvo a decirte lo mismo: esto no tiene nada que ver con la justicia humana o con los méritos que podamos hacer para alcanzar ciertas cosas en este mundo. Tiene que ver con la gracia, que es gratis, que es regalo; con la invitación de Dios que es a trabajar por él, que será hasta el final (no importa en el momento de la vida que estemos).

Y en Algo del Evangelio de hoy vemos claramente a Herodes que no sabe bien quién es Jesús: «¿Quién es este del que oigo decir semejantes cosas?» En realidad, Herodes estaba desconcertado porque la misma gente tampoco sabía bien quién era Jesús Pensaban que era un resucitado, un antiguo profeta o Juan el Bautista. Fijate como a veces es más fácil pensar en cosas raras, o digamos espectaculares o maravillosas, que pensar en lo normal, en lo ordinario.

Era más fácil pensar que ese llamado Jesús era alguien que había resucitado que pensar o saber realmente quién era. Era un hombre. Sí, era un hombre. Pero también sabemos nosotros que era Dios hecho hombre, Dios encarnado, y por eso costaba tanto creer.

Por supuesto, a nosotros me imagino que nos hubiese pasado lo mismo. No es fácil creer que Dios sea tan como de los nuestros, que sea tan normal, digamos. No es fácil creer que Dios se haya hecho hombre. No es fácil creer que lo trascendente se haya hecho parte de nuestra vida. No es fácil pensar que lo inaccesible se hizo accesible. No es fácil pensar que lo divino se manifieste en lo humano. No es fácil creer. Claro, si tenés fe me dirás: «No, para mí sí». Bueno, pero, si no tenés fe, el que no tiene fe si no cree por la gracia, si no se le toca el corazón -de alguna manera-, su razón se choca contra alguna barrera, aunque hay razones para creer. Pero ese es otro tema.

Por eso a veces nos pasa a nosotros esto en la vida. Nos podemos pasar la vida buscando a un Jesús deslumbrante, maravilloso; buscando a un Dios que se nos manifieste a lo grande, y no nos damos cuenta de que Dios al hacerse hombre vino justamente a darnos vuelta ese pensamiento. Vino a hacer de lo ordinario algo extraordinario, de lo sencillo algo grande. Vino a divinizar lo humano, o sea, hacer de las cosas ordinarias de nuestra vida, algo trascendente, algo grande, darles un valor infinito.

A nosotros puede pasarnos lo mismo, podemos tener a Jesús al lado: en un enfermo, pobre que nos pide y que nos cruzamos a veces todos los días, en nuestra madre que nos necesita, en algún enfermo de la familia, en alguien que está solo, en la Palabra de Dios que escuchamos todos los días y la tenemos en nuestras manos, en la Eucaristía diaria y dominical –en la posibilidad de recibirla–, en la posibilidad de recibir el perdón también en la confesión. En todas esas circunstancias tenemos la presencia viva de Jesús. Pero, si no somos capaces de verlo -y no porque él no esté, sino porque estamos ciegos-, nos pasamos la vida esperando grandes cosas y nos perdemos la oportunidad de encontrarlo y de encontrarnos con Jesús, a quien tenemos siempre presente de tantas maneras.

Puede ser una etapa de la vida espiritual o de fe, tuya o mía, el buscar a Dios en lo milagrosamente visible, dicho así nomas -visible con nuestros sentidos-. Puede pasarnos que, en un principio, andemos de milagro en milagro o buscando apariciones, revelaciones privadas por todo el mundo -a ver qué dicen, qué no dicen-, para encontrar confirmaciones de lo que creemos o queremos creer. Hasta te diría que es normal y a veces necesario, si no Dios no permitiría que pasen estas cosas, estas apariciones o revelaciones, que claramente a veces existen. Pero, al mismo tiempo, es necesario ir desprendiéndose de ese modo de encontrar a Jesús en nuestra vida, para no depender absolutamente de eso, que es esporádico y circunstancial, porque no es lo normal y ordinario. Él está siempre, lo veamos o no. No depende de nuestros sentidos o sentimientos o de lo que dicen los otros; depende de él, de su presencia, que está siempre. Y somos nosotros los que tenemos que ir madurando y dándonos cuenta de que su presencia es más normal de lo que imaginamos y más cotidiana de lo que pretendemos.

Si estamos todavía detrás de grandes cosas, es porque en realidad -como Herodes y algunos de ese tiempo- no sabemos bien quién es Jesús y qué es lo que vino a hacer. Pidamos más fe para creer que él está en lo humano y que en lo humano encontramos lo divino y que no hay que darle muchas vueltas.

XXV Miércoles durante el año

XXV Miércoles durante el año

By administrador on 23 septiembre, 2020

 

Lucas 9, 1-6 – Memoria de San Pío de Pietrelcina

Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar a toda clase de demonios y para curar las enfermedades. Y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos, diciéndoles: «No lleven nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tampoco dos túnicas cada uno. Permanezcan en la casa donde se alojen, hasta el momento de partir. Si no los reciben, al salir de esa ciudad sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos.»

Fueron entonces de pueblo en pueblo, anunciando la Buena Noticia y curando enfermos en todas partes.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando consideramos que el Reino de los Cielos, el Reino de los Hijos de Dios -los hijos de un mismo Padre y miles y millones de hermanos-, es una especie de carrera para ver quién llega primero o para ver quién recibe más, o para ver y medir las cosas a un modo humano por la «meritocracia» humana, erramos el camino. En realidad, «no entendimos nada», como decimos a veces. Y es así. Como decía la lectura de Isaías del domingo: «Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos». Nuestro Padre no quiere que nuestra vida sea una competencia. No hay que trasladar la carrera que nos propone este mundo por ser «mejores» -que muchas cosas está bien- al Reino de los Cielos. Es otra cosa, otra medida, otra justicia. Ese era un poco el planteo de fondo de la parábola del propietario y los trabajadores de la viña.

Ninguno de nosotros, estrictamente hablando, se merece nada, aunque suene duro decirlo. Ninguno de nosotros, en las cosas que vienen de Dios, se merece más que el otro también -si nos merecemos algo-, más que el de al lado. Los méritos son de Cristo. Él pagó nuestras deudas. Y, claramente, al final de los tiempos, al final de nuestra vida -y a eso se refería la parábola-, recibiremos el mismo regalo, el regalo del cielo, todos por igual, hayamos trabajado muchísimo, más o menos o muy poco. El tema no está en el tiempo, en la cantidad, sino en haber aceptado la invitación de Dios. Por eso hay que salir del esquema de la «meritocracia» humana. Vuelvo a repetir: no se aplica al Reino de Dios. La meritocracia será aplicable en otros temas. Así no piensa nuestro Padre. Hay que alegrarse de trabajar por él desde ahora, alegrándose de que nos haya llamado a servirlo. Qué lindo, qué alegría que el Padre salga a buscarnos a la mañana, a media mañana, al mediodía, a la tarde, a media tarde o al final de la tarde. Amándolo, lo demás, lo demás vendrá por añadidura.

En Algo del Evangelio de hoy Jesús convoca a doce personas, a doce hombres de carne y hueso, bastantes normales diríamos, como vos y yo. A los doce que él quería y a los cuales les dio el privilegio de que lo conozcan durante algunos años, para que, conociéndolo, amándolo, puedan seguirlo y hacer lo mismo que él. ¿A qué cosas te estarás preguntando?

Primero, a anunciar que el Reino del Padre no es algo que llegará algún día solamente, sino que es algo que ya está entre nosotros y llegará a su plenitud al fin de los tiempos. Está desde que el Hijo del hombre se hizo como uno de nosotros.

Segundo, a luchar contra el malo, contra aquel que busca por todos los medios posibles evitar que el hombre se haga humilde para comprender estos misterios del Reino. También a sanar las enfermedades físicas, como signo de aquellas enfermedades que nos impiden recibir el mensaje del Padre.

La tarea que Jesús les encomienda a estos hombres es la tarea encomendada a la Iglesia, a la Iglesia de todos los tiempos también y la que nos encomienda a nosotros, en este mismo momento. Los apóstoles fueron las columnas de la Iglesia, los hombres que gracias al poder dado por Jesús pudieron continuar su obra y, gracias a ellos, esta obra pueda extenderse por todos los siglos, hasta hoy. Vos y yo de alguna manera -no te olvides- también somos apóstoles. También somos piedras vivas de este gran edificio que es la Iglesia.

La fuerza y la eficacia de esta obra que nos pide es, justamente, no utilizar ninguna fuerza ajena a la que Jesús nos dio. La fuerza y la maravilla del evangelio pierde fuerza, valga la redundancia, cuando queremos nosotros mismos agregarle «accesorios» que lo único que hacen es opacar la atracción propia que ya tiene y que hay que descubrir. Por eso, Jesús los manda casi sin nada, los envía a ellos con su corazón y la fuerza de su palabra, y les manda que eviten llevar cosas que puedan hacer pensar que gracias a ellas la Palabra será más eficaz. Esa es la gran tentación de siempre de la Iglesia, de nosotros.

Todos deseamos eficacia y éxito en todas las cosas que hacemos. La Iglesia de todos los tiempos siempre deseó que el evangelio penetre todas las realidades, en todos los hombres. Sin embargo, vivimos frustrados o entristecidos cuando pensamos o ponemos todas nuestras energías en los medios que utilizamos para evangelizar y no en la fuerza misma del evangelio, que es justamente -como dije al principio- no aplicar ninguna fuerza externa. Sé que es difícil de entender, pero es profundo.

Anunciar y anunciar, esa es nuestra tarea. Anunciar la Palabra de Dios que es viva y eficaz en la medida que yo también la vivo, en la medida que es eficaz en mi propio corazón. Además, la eficacia de este anuncio es, la mayoría de las veces, imperceptible. Crece en el silencio de las noches. Crece en el silencio del dolor, de los corazones que la aceptan. Crece en el silencio de las alegrías y jamás va a ser anunciado con bombos y platillos en la televisión.

Mucho se habla de estas cosas, de que la Iglesia debe saber anunciar el mensaje de Jesús, de que nosotros tenemos que saber utilizar distintos medios de comunicación para llegar mejor al mundo. Es verdad, está bien. Hay que usar las cosas, ¿pero de qué manera? ¿A cualquier precio? Cuidado, nada de eso sirve si con eso opacamos lo más esencial del evangelio. Cuando un sacerdote se pone por encima de Jesús, por más medios lindos que utilice -divertidos y muy aggiornados- este tiempo, de nada sirven si los que escuchan no ven a Jesús. La humildad, la sencillez por medio de la cual Jesús quiso mostrarle al hombre su amor y su deseo de salvarlo, tiene que brillar.

Solo viviendo y comprendiendo esto, viviremos más en paz con nosotros mismos y con los demás; evangelizando sin ponernos como centro, sino solo como servidores. Nosotros regamos, él hace crecer. Mientras más cosas carguemos o creamos que necesitamos, menos brillará el poder de nuestro buen Jesús y más confundiremos al que escucha. ¡Qué difícil es entender esto, pero qué necesario es transmitirlo! ¿Te imaginás si todos viviéramos y comprendiéramos esta verdad?

XXV Martes durante el año

XXV Martes durante el año

By administrador on 22 septiembre, 2020

Lucas 8, 19-21

Su madre y sus hermanos fueron a verlo, pero no pudieron acercarse a causa de la multitud. Entonces le anunciaron a Jesús: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren verte.»

Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican.»

Palabra del Señor

Comentario

Podríamos decir que no es muy divertido que nos digan -como el evangelio del domingo- que «muchos de los primeros serán los últimos y muchos de los últimos serán los primeros», cuando desde el fondo de nuestro corazón y desde todos lados se nos «bombardea» con que ser primero es lo mejor, es lo que debemos buscar en sí mismo. Por eso, es bueno seguir profundizando esas palabras de Jesús del evangelio del domingo durante estos días. Y para empezar es muy importante un detalle, que en el fondo no es “detalle”: Jesús dice dos veces la palabra «muchos», o sea, no dice todos. Esto me parece que nos ayuda a entender el sentido profundo de esta frase que se estrella contra la mentalidad del mundo y de nuestro corazón también, para no quedarnos en la superficie, en la periferia, como creyendo que Jesús está a favor de una cierta «injusticia» que da todo lo mismo. Da lo mismo el que se esfuerza como el que no o que, finalmente, da lo mismo intentar luchar día a día por servirlo que andar perdido en las plazas de la vida y «pegar» el manotazo de ahogado al final de la vida, en la última hora. Esas son nuestras pobres miradas, pero es justamente de donde nos quiere sacar el Señor. Él quiere ayudarnos a no mirar con nuestra mirada -valga la redundancia-, a no pensar como pensamos, a no equiparar la justicia humana con la divina, a no comparar el juicio final de nuestra vida con la virtud de la justicia que debemos vivir cada día. Una cosa es la «paga» que recibimos por un trabajo, la remuneración que merecemos al dar nuestro tiempo a un tercero, y otra cosa es la «paga» que Dios Padre nos tiene preparada al final de nuestra vida por haberlo amado y haberlo servido. No se pueden comparar o son tan incomparables que son muy distintas. El amor no es un premio. El denario que el Señor nos dará, la Vida eterna, es un regalo. El amor no se compara con nada, se recibe como don. El amor no se vende a cambio de otra cosa, se regala por el simple hecho de amar, de saber que amar da la verdadera felicidad.

Seguiremos pidiéndole a Jesús en estos días que nos ayude a comprender mejor todo esto que venimos escuchando.

La escena de Algo del Evangelio de hoy seguro que la habrás escuchado alguna vez. Es una escena breve, sencilla, cortita, que describe un momento muy concreto, pero lleno de significado. María va en busca de Jesús con sus parientes –no dice porqué- y no sabemos si, finalmente, fue recibida después de las palabras que dijo Jesús. Lo que sí sabemos es que con sus palabras no solo termina recibiendo a María en su corazón –como siempre lo hizo- sino que además lo agranda hacia muchos más, mucho más de lo imaginado.

Por eso hoy te propongo algo distinto: que nos pongámonos por un momento en el corazón de María. ¿Habrá escuchado María estas palabras de su hijo? ¿Habrá escuchado que su mismo hijo, el Hijo de Dios, estaba incluyendo a más madres en su corazón? Si lo escuchó, ¿qué habrá sentido?, ¿qué habrá pensado? Qué bueno poder hacer el esfuerzo de ponerse en el corazón de María, aunque nunca podremos hacerlo plenamente, porque ella es la más humilde y la más pura; la más despojada, pero la más amada. Ella con sus actitudes y silencios nos señala el verdadero camino del cristiano, el de escuchar y practicar lo escuchado. Algo que nos hace doler el alma muchas veces. No es sencillo vivir lo que escuchamos en el evangelio. No es fácil vivir todo lo que Jesús nos propone.

Si escuchó estas palabras, ¿qué habrá sentido? ¿Dolor? ¿Tristeza? ¿Paz, serenidad? ¿Alegría? Si no las escuchó en ese momento por la multitud, seguro que las escuchó en otro momento o se las transmitieron. Seguro que escuchó una y mil veces a su hijo con amor, de eso no podemos dudar. Ella es la única que siempre practicó lo que escuchó. Y seguro que ella siempre tuvo claro que su hijo no era solo suyo, sino que sería para todos. Esta escena de hoy podríamos decir que es una foto de lo que María siempre supo y estuvo dispuesta a hacer, compartir lo suyo con todos. En realidad, nunca se adueñó de lo que no era suyo, de lo regalado. Ese es uno de los secretos de María, el haber tenido todo, el haber tenido a Jesús en su vientre y en su corazón, pero al mismo tiempo no poseerlo para ella sola.

Por eso, no podemos imaginar que María se entristeció, ni que se puso celosa de su hijo, sino que tenía bien claro que él era hermano de todos los que querían escucharlo y los que estaban dispuestos a vivir como su Padre quería.

Amar no es poseer, amar es dar libertad. Así nos ama Dios Padre y así quiere que nos amemos entre nosotros. Así quiere que podamos amarlo a él, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Todo lo demás son desviaciones del amor. Todo lo demás se parece más a amor propio que amor de Dios. El amor posesivo que no incluye, sino que excluye a otros, el amor celoso, el amor que no acepta a los otros como son, en el fondo todavía no es amor o, por lo menos, no es reflejo del amor de Dios. Jesús quiere incluir a todos, aunque no todos quieren ser incluidos en él.

Él no excluyó a María al decir esto. Todo lo contrario, la incluyó para siempre, la guardó en su corazón, le dio el lugar que le correspondía. Pero, al mismo tiempo, abrió las puertas para que sean muchos más los hijos de su madre, los Hijos de Dios. Las puertas se abren no para que salgan unos y entren otros, sino para que entren todos, como decimos a veces: «Apretados, pero entramos todos».

Si escuchás y hacés lo que Jesús enseña, si lo escuchamos, nuestro corazón nos va a quedar chico para tantas personas. Tus hermanos y hermanas, tus madres, se multiplicarán. Ese es el secreto del evangelio, dar todo pensando y sabiendo que no tenemos nada y, de golpe, nos encontramos con todo. Dios nos da todo. Los que escuchamos día a día a Jesús en el evangelio nos sentimos hermanos sin vernos las caras. ¿No te pasa eso a vos? ¿Te parece poco?

XXIV Sábado durante el año

XXIV Sábado durante el año

By administrador on 19 septiembre, 2020

Lucas 8, 4-15

Como se reunía una gran multitud y acudía a Jesús gente de todas las ciudades, él les dijo, valiéndose de una parábola: «El sembrador salió a sembrar su semilla. Al sembrar, una parte de la semilla cayó al borde del camino, donde fue pisoteada y se la comieron los pájaros del cielo. Otra parte cayó sobre las piedras y, al brotar, se secó por falta de humedad. Otra cayó entre las espinas, y estas, brotando al mismo tiempo, la ahogaron.

Otra parte cayó en tierra fértil, brotó y produjo fruto al ciento por uno.»

Y una vez que dijo esto, exclamó: «¡El que tenga oídos para oír, que oiga!»

Sus discípulos le preguntaron qué significaba esta parábola, y Jesús les dijo: «A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás, en cambio, se les habla en parábolas, para que miren sin ver y oigan sin comprender.

La parábola quiere decir esto: La semilla es la Palabra de Dios. Los que están al borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el demonio y arrebata la Palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.

Los que están sobre las piedras son los que reciben la Palabra con alegría, apenas la oyen; pero no tienen raíces: creen por un tiempo, y en el momento de la tentación se vuelven atrás.

Lo que cayó entre espinas son los que escuchan, pero con las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida, se van dejando ahogar poco a poco, y no llegan a madurar. Lo que cayó en tierra fértil son los que escuchan la Palabra con un corazón bien dispuesto, la retienen, y dan fruto gracias a su constancia.

Palabra del Señor

Comentario

«Como se reunía una gran multitud y acudía a Jesús gente de todas las ciudades, él les dijo valiéndose de una parábola». Hay que ponerse en ese contexto, en ese lugar, en ese momento, en esa situación de la historia, en la que Jesús aprovecha las multitudes para enseñarles. Las multitudes seguramente buscaban otra cosa; buscaban saciar su deseo de ser sanados, curados, su deseo de alimento, por los milagros que él hacía. Pero, sin embargo, Jesús les enseña. ¡Cuánto nos enseña este evangelio de hoy! ¡Cuánto nos enseña a los miembros de la Iglesia, a los que evangelizamos, cuando pensamos que hay que darle a las personas, a los corazones, lo que ellos buscan! No siempre, no siempre es así. Tenemos que aprender a discernir, como lo hizo Jesús en ese tiempo. Hoy las multitudes también están hambrientas de Jesús; hoy más que nunca. Hoy, cuando en la Iglesia también vivimos de algún modo el encierro, porque no aprendemos del evangelio, no nos damos cuenta de que Jesús salió a buscar a los que lo necesitaban. Hoy también vivimos esto. Y también nos equivocamos, porque no escuchamos a Jesús. No nos damos cuenta de que las personas necesitan la Palabra de Dios. Necesitan escuchar qué es lo que Dios dice y enseña, qué es lo que Dios quiere. Porque solo desde ahí, solo desde adentro del corazón, siguiendo las enseñanzas de nuestro Padre del cielo, vendrá la verdadera sanación de los corazones. Todo lo demás -sí- puede venir (las curaciones del cuerpo, la expulsión de demonios, los milagros de la multiplicación de los panes), pero lo que la Palabra da no lo puede dar otra cosa que la boca y el corazón de Jesús.

Hablándonos en parábolas, Jesús, en Algo del evangelio de hoy, también nos enseña, de algún modo, cosas sin decirlo, con su modo de enseñar. Nos enseña que la realidad que nos circunda, las cosas que pasan, no se definen con una frase, con una idea, ni con una sola parábola, por ejemplo. Sino que con muchas frases y muchas parábolas uno puede acercarse un poco más a la verdad del Reino de Dios, pero que jamás podremos atrapar del todo. Al hablarnos del Reino de Dios en parábolas, él nos enseña a ser humildes de algún modo, a ir entendiendo de a poco y, al mismo tiempo, saber que jamás entenderemos todo. Por eso “Algo” del evangelio, ¿entendés? Cuando queremos atrapar la verdad, hacerla nuestra; cuando creemos que sabemos todo de Dios, de nuestra fe, de nuestra vida espiritual, de lo que nos pasa -por saber algunas «frases» que son verdad-, es cuando en realidad sabemos muy poco.

Por eso, la escena de hoy nos regala una de las parábolas aparentemente más sencillas, pero al mismo tiempo más profundas.

Tu vida, y la mía, la verdad que es un poco de todo. Es compleja. Todo está mezclado en nuestro corazón. Tenemos, por decirlo así, todos los terrenos en el corazón. No somos lo uno o lo otro. No somos blanco y negro, también hay grises. Hay terrero pedregoso también. Tenemos malezas, partes de camino duras y, también, tierra fértil. Algunas palabras de Dios prenden, crecen -por decirlo así-, «germinan», fácil en nuestro corazón y otras, lamentablemente, las desperdiciamos. Con algunos temas de la Palabra de Dios nos entusiasmamos más y otros ni los escuchamos. En nuestro corazón además tenemos que reconocer que también hay cizaña sembrada por el «enemigo», hay maleza, o por personas que se disfrazan de «enemigos» y actúan en nuestra vida como sembradores de cizaña. Y además nosotros mismos también nos transformamos en tierra fértil para la cizaña, cuando no rechazamos el mal en nuestro corazón y somos, de algún modo, nuestros propios «enemigos». ¿Cuántas veces somos nosotros mismos los que boicoteamos la acción de Dios en nuestro corazón y no dejamos que prevalezca la buena semilla y el amor?

¿Qué podemos hacer? ¿Rasgarnos las vestiduras?, ¿golpearnos el pecho? No. Podemos ser tierra fértil cada día un poco más, hoy, en este día, en este sábado. Tenemos que ser tierra de la buena, de la que recibe la Palabra, la que le da un buen espacio de crecimiento, le da aire, la riega, le remueve alrededor para que penetren los nutrientes, le quita las espinas, la abona y sabe esperar para ver el fruto. Porque para ver el fruto hay que esperar. La dinámica de la Palabra de Dios en nuestra vida es como la semilla y la tierra. Es una relación constante que no termina nunca. Una necesita de la otra. Es un trabajo de todos los días. La semilla de la Palabra de Dios necesita de nuestro corazón y necesita también un buen ambiente para crecer. La semilla tiene todo su potencial y nosotros también. En la semilla está todo lo disponible para que se produzca un árbol lleno de frutos. La semilla está todos los días disponible. La estás escuchando ahora, en este audio. Todos los días podés escucharla. Tu respuesta es hoy, no mañana. No hay que posponer. Nuestra respuesta no es a futuro, es ahora. Podemos dar mucho fruto. Podemos dar mucho más de lo que damos. Podemos hacer algo más para amar, para perdonar, para crecer, para ayudar, para hacer crecer a otros. Podemos mucho más. No seamos mezquinos, no midamos tanto. Dejemos que el amor de Dios que es inmensamente generoso -como este sembrador de la parábola que siembra sabiendo que mucho se perderá-; que esta verdad, nos transforme en serio. No nos conformemos con la mediocridad de este mundo y, muchas veces, de nuestra amada Iglesia, que no termina de despertarse para llevar el mensaje de Dios a los demás. «¡El que tenga oídos para oír, que oiga!»

XXIV Viernes durante el año

XXIV Viernes durante el año

By administrador on 18 septiembre, 2020

Lucas 8, 1-3

Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.

Palabra del Señor

Comentario

Muchas veces se dice que de perdones: «borrón y cuenta nueva», que es olvidar completamente las ofensas recibidas. Podríamos pensarlo así desde el lado de Dios; que Dios, de algún modo, se olvida de aquello que le debemos, como pasó con ese servidor de la parábola del domingo, que no solo no le estiró el plazo de pago, sino que le perdonó la deuda. A ese servidor no le alcanzaba la vida para pagar todo lo que debía. Tenía que vender a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, o sea, tenía que ser de algún modo esclavo de ese rey al cual le debía. Sin embargo, Dios le perdonó la deuda. Pero si lo miramos desde el lado humano, en el plano humano, en las relaciones entre nosotros, como después escuchamos en la parábola -cuando a ese servidor perdonado se le acerca un compañero, un hermano, a pedirle perdón o a pedirle, diríamos en lenguaje de la parábola, que le dé un plazo para pagar su deuda-, tendríamos que decir que el perdón no es olvido. Humanamente, deberíamos decir que es imposible olvidar completamente algo. Siempre nuestra memoria residual guarda en nuestro corazón las cosas lindas, los gozos, pero también guarda las tristezas. Nuestra memoria es como una caja donde todo se va guardando y algunas quedan escondidas -es verdad-, y de algún modo puedo decir que se olvida. Pero el perdón, en realidad, te diría que es un mirar a aquello que nos dolió, un mirar a esa persona que nos ofendió, de un modo distinto; un mirar como Dios mira, un mirar con misericordia, un pasar por alto ese dolor, un mirar la herida, pero al mismo tiempo aceptarla.

Si pretendemos que el perdón es un olvido total, casi inmaculado; si pretendemos que nunca más me va a doler la ofensa que me cometieron, jamás vamos a perdonar. Tenemos que dar pasos para perdonar. No solo es una gracia, sino también tenemos que poner nuestra decisión, nuestra voluntad, para decir: «Esto lo tengo que perdonar. No puedo vivir así. No puedo vivir mirando la paja en el ojo ajeno. No puedo vivir juzgando al que me hirió. No puedo, no puedo. Me hace mal. Aunque no comprenda, aunque no entienda, aunque mi razón se nuble y se empeñe en decir que es imperdonable, mi corazón y mi decisión pueden perdonar». Dios quiera que todos los que escuchamos la palabra de Dios cada día nos dispongamos a perdonar siempre y a estar dispuestos a perdonar siempre, aun cuando nos hayan herido en lo más profundo de nuestro corazón. No podremos entrar al cielo si de algún modo no sanamos y no perdonamos de corazón a nuestros hermanos.

Me asombra ver en Algo del Evangelio de hoy a un Jesús, diría así, «movedizo», un Jesús que no se queda quieto, un Jesús que va de acá para allá, recorre pueblos y ciudades. No estaba acuartelado, encerrado. Sí, Jesús estuvo treinta años oculto; no encerrado, oculto -pensemos en eso-. Treinta años en silencio, trabajando. Aparentemente, para el mundo de hoy, no haciendo nada. Pero, en realidad, se estaba preparando para algo grande, para algo que era necesario, y que en tres años él solo podía hacer. ¿A vos qué te asombra del evangelio de hoy?

Hay algo muy claro en las palabras de esta escena –y en todo el evangelio– y es que cuando Jesús empezó a evangelizar, cuando se decidió a salir, se lo tomó muy en serio. No paró, no se detuvo, no se quedó quieto. Fue en busca de las personas. Las fue a buscar en sus dolores, en sus necesidades, en sus enfermedades. Fue a donde estaban las personas. No solo esperó a que vengan, aunque muchas se acercaron. Él iba a buscarlas. No se quedó detrás de un escritorio esperando que la gente llegue. No se quedó esperando que Herodes le dé el sí para poder caminar, sino que Jesús fue en busca de la gente. No fue un vago a la espera de los demás, hasta que a la gente se le ocurría acercarse a él. ¡Cuánto nos enseña esto hoy a todos!, ¿no? Especialmente en este tiempo. Desde los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, todo el pueblo de Dios, ¿qué hacemos? ¿Estamos saliendo o estamos esperando?

Y lo segundo es que Jesús nunca anda solo. Podría haberlo hecho solo, pero no quiso hacerlo así. ¡Qué extraño!,¿no? ¡Qué misterio! Sí, Jesús, siendo Dios, no eligió andar solo por este mundo, como un ermitaño o -como diríamos hoy- un francotirador –mandando tiros al aire solo, para dar en el blanco-, sino que anduvo con los doce que él había elegido y también -como dice el evangelio de hoy- con muchas mujeres que lo ayudaron, muchas mujeres sanadas por él.

Jesús rompió todos los esquemas y pensamientos de la época en muchos aspectos al tener, por ejemplo, hoy discípulas mujeres. No era propio de la época que un maestro tenga mujeres como discípulas, era escandaloso. Seguramente lo criticaron, como nos critican en la Iglesia siempre a los sacerdotes y a cada uno que se decide evangelizar. Era raro que las mujeres lo sigan, pero por eso Jesús también rompió con la cultura y el pensamiento de esa época.

Y sabemos que Jesús eligió a los doce que serán después los primeros sacerdotes, los elegidos para prolongar el amor de Dios a través del tiempo, para celebrar los sacramentos, para predicar la Palabra, para guiar a las futuras comunidades.

Pero ¿y las mujeres?, nos podríamos preguntar. Son mayoría, como pasa hoy en día. Como decía el Papa Francisco: «Los laicos son la inmensa mayoría del pueblo de Dios y las mujeres la inmensa mayoría de nuestras comunidades». Mujeres que están escuchando este audio: ustedes tienen una gran tarea en la Iglesia. Ustedes están y estuvieron cerca de Jesús, como esas discípulas que lo seguían y que lo amaban y que lo ayudaban. Ustedes tienen una tarea en la Iglesia como la tuvieron en ese momento en la vida de Jesús. El rol de ustedes en la Iglesia es indispensable, porque ustedes aportan el corazón a la familia de Dios, a la Iglesia, a la sociedad, que no podemos dar nosotros los varones, los sacerdotes.

Imagino a las mujeres, amigas de Jesús, aportando infinidad de detalles a la evangelización -además de sus bienes, como dice la Palabra- y cosas que, aunque no están en el evangelio, seguro que fueron así. Sin embargo, cuando lo que más aporta se corrompe, las consecuencias -como siempre- son nefastas. Tenemos que cuidarnos de las habladurías dentro de la Iglesia; cuidarnos de las calumnias, porque cuando el demonio entra, divide. Mujeres, también cuiden a los sacerdotes de esos miembros de las comunidades que quieren destruirlos por el simple hecho de no pensar igual, de ser distintos, por celos y tantas cosas más. No imagino a las que fueron discípulas de Jesús chusmeando detrás de él. Sin embargo, en nuestras comunidades pasan estas cosas. Es muy triste.

Finalmente, de este evangelio podemos contemplar el comienzo de lo que será y debe ser la Iglesia: una gran familia formada por hombres y mujeres débiles, con diferentes funciones, pero iguales en dignidad, siguiendo a Jesús y buscando la santidad; sino ¿qué estamos haciendo?

Y como seguimos a Jesús no podemos estar quietos. Si nos quedamos quietos, si esperamos a la gente, nos vamos a cansar de vernos las caras, nos vamos a aburrir entre nosotros. Si en nuestra parroquia, en nuestro grupo –sé que muchos grupos de oración y comunidades escuchan estos audios–; si en tu movimiento se quedan encerrados, no corren, no salen a buscar a las personas que están destrozadas por la vida, ¿de qué tipo de Iglesia estamos hablando?

No puede haber una comunidad cristiana que no salga de sí misma, que se quede quieta. Jesús nunca se quedó quieto, no perdió el tiempo en críticas y habladurías, sino que siempre siguió adelante.

XXIV Jueves durante el año

XXIV Jueves durante el año

By administrador on 17 septiembre, 2020

Lucas 7, 36-50

Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.

Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!»

Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte.» «¡Di, Maestro!», respondió él.

«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos amará más?»

Simón contestó: «Pienso que aquel a quien perdonó más.»

Jesús le dijo: «Has juzgado bien.» Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor.»

Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados.»

Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?» Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»

Palabra del Señor

Comentario

Hoy la palabra de Dios nos vuelve a deslumbrar en una escena maravillosa, cargada de gestos, de palabras, de signos, tanto que podríamos pasar horas contemplándola y meditándola. Pero hoy elijo quedarme con tres imágenes: la de Jesús, que es el centro de todo y el dueño de todo lo que pasa. Porque él sabe lo que le pasa en el corazón del fariseo, en el de la mujer y, también, en el nuestro.

Por otro lado, está el fariseo, el que lo invitó, el anfitrión, el que se cree dueño de todo, dueño de la situación; pero, en realidad, todo le pasa por encima y termina quedando expuesto ante todos como el peor anfitrión: sin amor, sin corazón, sin entrañas, sin paz en su interior.

Y, finalmente, esta gran mujer -que no sabemos el nombre-, un ejemplo de mujer. Llena de amor, de detalles, porque es un derroche de amor todo lo que hace para con Jesús. ¡Qué importan al final sus pecados si fue la que más amó! ¡Qué importan al final sus pecados si fue a la que se le perdonó! Ella se fue en paz, aun habiéndose expuesto a ser burlada, criticada, despreciada. Con todo eso, sin embargo, se fue en paz. Sin embargo, el fariseo… ¡Qué ejemplo de mujer! ¡Qué ejemplo de actitud para imitar! Hay mujeres en el evangelio que nos conmueven, y esta es una de ellas. No sabemos su nombre, como dijimos. Sabemos que decían los demás que era una pecadora y Jesús también lo sabía, pero en realidad lo que nosotros podemos saber es que fue la que más amó y eso es lo más lindo. Tiene que ver con Algo del evangelio del domingo también, por eso vamos a continuar con este tema del perdón que tanto bien nos hace.

Pienso y rezo dos cosas para dejarte hoy meditando, para poder seguir meditando yo también, además de todo lo que podés pensar de este evangelio: por un lado, la actitud del fariseo y, por otro lado, la actitud de esta mujer, la que más amó. Creo que son como dos modos de pararse frente a la vida, frente a Jesús, en nuestra relación con Dios.

Me animo a decir que nuestra vida es como un ir de a poco, lentamente, dándonos cuenta de que fuimos perdonados, muy perdonados. Tenemos mucho para dar y mucho para amar, pero somos deudores. Tenemos una deuda, como la parábola del domingo y la de hoy. Y lo que pasa es que, a veces, fuimos banalizando el pecado a lo largo del tiempo y la palabra «pecado» está devaluada. Y por eso nos fuimos quedando con que, al final, los pecaditos que cometemos diariamente y confesamos son siempre los mismos, mirándonos a nosotros como unos tremendos narcisistas; o bien, lo minimizamos tanto, nos cansó tanto escuchar esta palabra en un tiempo, que ya parece que nada es pecado. Y como nada es pecado, finalmente, no hay perdón; y como no hay perdón, no hay salvación; y como no hay salvación, no hay amor verdadero a Dios. No podemos sentirnos amados si de algo no fuimos perdonados.

Sin perdón, no hay demostración de amor verdadera a Dios. Jesús nos ayuda hoy a salir de estos caminos sin salida. Nos quiere llevar a algo mucho más profundo. Todos fuimos perdonados, pecando mucho o poco hacia afuera -no importa-. Todos fuimos perdonados. Tarde o temprano tenemos que caer en la cuenta de eso, que somos deudores. Esto nos puede llevar toda una vida, pero tarde o temprano caeremos a los pies de Jesús, como esta mujer, para demostrarle tanto amor por todo lo que nos dio, especialmente su amor y su perdón.

Nuestra vida cristiana debe ser un descubrir, un ir dejándonos encontrar por él, un tomar consciencia con el corazón de esta verdad tan profunda. Por eso hoy, antes de hacer muchas cosas, pensemos en esto. Si no comprendemos esto, estaremos como el fariseo: mirando a todos, juzgando a todos desde arriba, como si fuésemos inmaculados, incluso a Jesús, que es capaz de perdonarlo todo -como hizo este fariseo-.

Si crees que se te perdonó poco, seguro que andás por la vida con aires de suficiencia y grandeza pensando en los grandes pecadores que andan sueltos por ahí. ¿Creés que eso te da la paz que viene de Jesús? ¿Creés que la vida cristiana es andar inmaculado por ahí, recolectando méritos para ser mejores que los otros?, ¿o no crees que a vos también se te perdonó incluso antes de nacer o se te salvó de que cometas pecados?

No podemos ser mejores, en realidad más buenos y más santos, si no nos damos cuenta de que antes fuimos perdonados, mucho antes de que nos diéramos cuenta. Y por eso hoy –como esa gran mujer– tenemos que tirarnos, arrojarnos a los pies de Jesús, llenos de amor, en algún Sagrario, en la intimidad de nuestro corazón, de nuestra habitación, ante alguien que lo necesita para demostrarle todo el amor que podamos.