Book: Lucas

II Jueves de Cuaresma

II Jueves de Cuaresma

By administrador on 17 marzo, 2022

Lucas 16, 19-31

Jesús dijo a los fariseos:

«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas.

El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado.

En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan.”

Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí.”

El rico contestó: “Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento.”

Abraham respondió: “Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen.”

“No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán.”

Abraham respondió: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán.”»

Palabra del Señor

Comentario

La experiencia de la transfiguración, seguramente para los discípulos, en otros momentos de sus vidas, fue consuelo en la aflicción, en los momentos de cruz que les tocó vivir, tanto la cruz de Jesús, como la propia. En realidad, deberíamos decir que no comprendieron mucho hasta que recibieron el Espíritu Santo, es Él el que nos ayuda a comprender las vivencias, las experiencias, tanto las gozosas, como las dolorosas. Por eso es bueno pedirle a la tercera persona de la Santísima Trinidad, que nos ayude a asimilar las experiencias lindas de Dios, y a poder aceptar las que no fueron tan gratas, solo Él puede hacerlo.

Hay evangelios que son tan expresivos, dicen tanto de solo escucharlos, palabras en las que Jesús fue tan directo, que pareciera que no necesitan tanta explicación. Sin embargo, siempre es bueno volver a escucharlos, siempre es bueno volver a decir algo para despertarnos del letargo en el que vivimos muchas veces, consciente o inconscientemente. Todos somos propensos a olvidar, especialmente las cosas que no nos interesan tanto, todos tendemos a ir acomodándonos en nuestras cosas y eso hace que incluso, olvidemos lo importante, lo que en realidad no podemos olvidar. Esto que nos pasa con las cosas de la vida, nos puede pasar con nuestra fe, con lo esencial del evangelio, y que si lo olvidamos provoca que se vaya atrofiando, perdiendo forma, y nos hace caer lentamente en una fe armada a la carta, a nuestro gusto y placer.

¿Cómo hacer para esquivar y minimizar las palabras de Jesús en Algo del Evangelio de hoy? Imposible. Si recibimos bienes en la tierra, ya sea por regalo o esfuerzo personal, o ambas al mismo tiempo – pero que finalmente jamás es mérito exclusivo de uno – y no sabemos compartirlos o no quisimos compartirlos al ver a tantos que la pasan mal, terminaremos algún día pidiendo clemencia a aquellos mismos que no quisimos socorrer cuando nos necesitaron. Así de directo, duro y sencillo. Jesús no tuvo medias tintas en ciertos temas, y por más que este evangelio, en estos tiempos de consumismo viralizado, nos dé en el fondo del corazón a todos, no podemos esquivarlo.

Ninguno de nosotros puede acabar con el hambre en el mundo, con la injusticia, con el dolor, con la desigualdad, con los sin techo, pero todos nosotros podemos ayudar de alguna manera a los que vamos cruzando por la vida, a los que de algún modo son presencia de Jesús para nosotros.

Alguno dirá: A mí nadie me regalo nada, no me sobra nada. ¿Por qué tengo que darle algo de lo mío a los que no se esforzaron por conseguirlo? ¿Estamos seguros? ¿Nadie nos regaló nada? Pensémoslo bien, desde que somos niños. ¿Nadie nos regaló nada? ¿Estamos seguros que en nuestra casa no nos sobra algo? Vayamos mirar la cantidad de ropa que tenemos sin usar. Vayamos a mirar nuestra cocina y heladera, la comida que tenemos. Miremos nuestra billetera o la cuenta del banco, si tenemos, y fijémonos si en realidad necesitamos todo lo que tenemos o bien creemos que lo necesitamos. Mientras nosotros los cristianos a veces almacenamos y custodiamos cosas sin saber bien para qué, miles y miles luchan día a día por lo de cada día, por subsistir, ni siquiera lo de mañana.

No está mal tener bienes, lo que está mal es no compartirlos, lo que está mal es ver alguien tirado y pasar de largo, lo que está mal es gastar miles de miles en cosas superfluas y no ser capaces de mirar y sentir el dolor de tanta gente que no puede, que no le alcanza. No nos corresponde solucionarle, el problema a todos, pero sí a los que podemos, a los que lleguen nuestras manos y corazón.

A veces la cerrazón del corazón humano puede llegar a ser tan grande, “que, aunque los muertos resuciten, tampoco se convencerán”. Es muy fuerte y dura esta expresión de Jesús, pero describe gráficamente el drama del corazón del hombre que se cierra al amor de Dios y al de los más necesitados. Que Jesús nos libre de esta cerrazón, a vos y a mí. No hace falta que resucite alguien para descubrir lo que Dios quiere, lo que desea de nosotros. Tenemos la Palabra de cada día y lo que nos falta muchas veces es llevarla a la vida, a la práctica.

II Lunes de Cuaresma

II Lunes de Cuaresma

By administrador on 14 marzo, 2022

Lucas 6, 36

Jesús dijo a sus discípulos:

«Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.»

Palabra del Señor

Comentario

La palabra de Dios, un lunes a la mañana es, por decir así, “resucitadora”, ayuda a levantarnos, a decir: “Hoy me levanto sí o sí” “Hoy quiero algo distinto” “Hoy puedo, hoy se puede hacer algo mejor”. En el evangelio de ayer, la transfiguración de Jesús nos ayudaba a tener esperanza, a tener un ancla de donde afirmarnos para cuando lleguen los momentos de dolor, de dificultad, de prueba, como es natural en nuestra vida, como lo fue en la vida de Jesús. Los discípulos vivieron un momento único que jamás olvidaron, y por más que en ese momento no comprendieron plenamente lo que pasaba, por más que Pedro “no sabía lo que decía”, sin embargo, ese momento, esa experiencia no se la olvidaron jamás.

Que necesario es recordar las experiencias gratas de Jesús que guardamos en el corazón, no podemos olvidarlas. Es por eso que podemos decir que el olvido, la pérdida de memoria del corazón, de esa memoria que nos hace bien, esa que nos da la certeza de la fe, de la presencia permanente de Jesús en nuestras vidas, es la causante de muchos de nuestros males. El cristiano desmemoriado, ese que no vuelve de tanto en tanto a esas transfiguraciones de Jesús, a esos momentos inolvidables en lo que Él se nos manifestó, tarde o temprano abandona la fe, o por lo menos vive una fe superficial y asentada únicamente, por decirlo de alguna manera, en un sentimentalismo o intelectualismo. Es por eso que San Pablo decía: “Perseveren firmemente en el Señor” La firmeza de la perseverancia solo puede lograrla aquel que no se olvida que “somos ciudadanos del cielo” y que estamos para algo más grande aquí en la tierra, y que pase lo que pase, sabemos y creemos que Jesús es nuestro Señor y que nuestra vida le pertenece a Él.

Algo del Evangelio de hoy, es cortito pero sustancioso, me parece que nos anima a levantarnos. Nos anima a no tener miedo y a poner el corazón donde vale la pena. Porque mientras el mundo avanza, tus proyectos también, los de tu parroquia, tu grupo de oración, tu trabajo, tu comunidad; mientras todo avanza, no debemos olvidar que lo que más tiene que avanzar es nuestra misericordia, nuestro perdón, nuestro evitar juzgar y condenar a los demás. ¿De qué sirve avanzar en tantas cosas de la vida si no avanzamos en la misericordia, que es lo que alivia y da paz al corazón? ¿De qué sirve tener todo y pedirle a Jesús todo, si no tenemos misericordia ni perdón con los demás creyendo que somos más?

¿No es una hipocresía vivir así? ¿De qué sirve que tus hijos tengan todo si no aprendieron de tu boca y de tu corazón el no juzgar y condenar a los otros? ¿Nos damos cuenta que este es el corazón del evangelio muchas veces olvidado? ¿Nos damos cuenta de por qué la cuaresma nos quiere llevar a lo esencial? ¿Nos damos cuenta cuántas veces destruimos a personas por nuestra falta de misericordia y de perdón? ¿Nos damos cuenta que esos que alguna vez despreciamos y ofendimos, que no perdonamos y juzgamos, es tan hombre y mujer como vos, tan débil y con problemas como vos y yo? Jesús es misericordioso, Él mismo es la Misericordia, pero al mismo tiempo es justo, también habrá justicia cuando nos juzgue. Nos juzgará con misericordia, como solo Él puede, pero en la medida que nosotros vayamos aprendiendo a hacer lo mismo.

¿Cómo nos dará la cara para pedir perdón y misericordia si nosotros hoy somos incapaces de darla? ¿Si nosotros no damos nunca el brazo a torcer? Escuché una vez a alguien a quien le preguntaban si se arrepentía de algo en su vida y contestaba muy seguro: “Me arrepiento de lo que no hice, jamás de lo que hice o dije, eso jamás” ¡Que frase tan soberbia y llena de cerrazón! ¡Cuánta necesidad de conversión que tenemos si pensamos así!

¡Qué lindo será hoy pedir misericordia para todos, no tener miedo y quitarnos el orgullo que tantas veces no nos deja vivir en paz! ¿Sabés porqué a veces andamos tirados en el piso y muchas veces sin ganas? Porque no somos capaces de perdonar, de ser misericordiosos, de callar por amor y no condenar. La falta de perdón y la soberbia nos aplasta y nos va haciendo insensibles, incapaces de comprender de que todos estamos hechos de barro, de que todos somos frágiles y capaces de caer.
Cuando Jesús dice que demos y se nos dará, no nos está proponiendo el “negocio de la fe, del amor”, o sea, el dar para que algún día nos den algo como retribución. Me parece que es al revés, nos está advirtiendo que no podemos pretender que nos den, que algún día Él nos dé, si nosotros no dimos primero, si nosotros no fuimos capaces de entregar. No podemos pedir misericordia ni ahora, ni en el juicio final, si no aprendimos a darla en estos tiempos. No podemos pretender no ser condenados, si nosotros nos cansamos de condenar a los demás. Se nos debería caer la cara de vergüenza al reclamar que no nos juzguen, si nosotros juzgamos y somos duros con los otros.

Se nos medirá con la misma vara con la que nosotros medimos a los otros. Si usamos vara cortita, para tener “cortitos” a los demás, la misma usarán con nosotros. En cambio, sí usamos vara ancha y larga, Jesús hará lo mismo con nosotros. Seamos misericordiosos como el Padre del cielo es misericordioso con nosotros. Probemos, nos hará muy bien a todos.

II Domingo de Cuaresma

II Domingo de Cuaresma

By administrador on 13 marzo, 2022

Lucas 9, 28b-36

Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él.

Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»

El no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo.» Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo.

Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.

Palabra del Señor

Comentario

Si el Domingo pasado para empezar la Cuaresma, no teníamos miedo por lo menos, la Palabra de Dios quería quitarnos el miedo a la tentación, a la prueba, a las dificultades de la vida, incluso veíamos que eran necesarias para crecer y madurar, porque también veíamos a Jesús que pasaba por lo mismo, que nos pasa a nosotros, y Él fue tentado en nosotros. Hoy la Palabra de Dios, en este momento de la vida de Jesús en la transfiguración, nos quiere consolar, mostrándonos el final del camino, como lo hizo Jesús con sus discípulos.

¿Te acordás de esta frase de San Agustín? “Nuestra vida mientras dure esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones. Porque nuestro crecimiento se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones.” Y no es que a nosotros nos gusta el sufrimiento por el sufrimiento mismo, no es que buscamos las dificultades por gusto nomás, sino que en la Cuaresma se nos quiere dar como un baldazo de realidad, realismo, un no querer ocultar una verdad de la vida, grandes verdades de la vida como esta. Que para resucitar primero tenemos que morir, para vencer primero hay que luchar, para encontrar hay que buscar, para recibir hay que pedir, para gozar hay que amar, y para amar tenemos que renunciar y el renunciar implica el sufrimiento, muchas veces interior de nuestro corazón.

Jesús los lleva al monte a los discípulos, a los más cercanos, para mostrarse como Dios, para mostrarles el esplendor de su Gloria, para mostrarles lo que les espera a ellos si saben perseverar, si no se cansan, si siguen caminando. Y debe haber sido tan lindo ese momento que Pedro quiso hacer tres carpas, quiso quedarse ahí para siempre, prefirió hacer un campamento de elite de algunos con Jesús, para no bajar al llano de su realidad, para evitar bajar a la realidad, nada más normal que la reacción de Pedro. Pedro siempre nos representa por su humanidad, por su espontaneidad, que cualquiera de nosotros hubiera hecho. Porque apenas vivimos un lindo momento en la vida, ya sea en lo humano, lo cotidiano, como una experiencia de Dios, cuando apenas experimentamos la presencia de Dios en nuestras vidas, que sería como la transfiguración, queremos permanecer ahí para siempre. Queremos de alguna manera olvidarnos del día a día, de lo que debemos hacer, nos olvidamos que tenemos que bajar.

Nos encanta volar y evitar a veces las dificultades diarias. En realidad, lo que Jesús les hace a sus discípulos experimentar, no es para que se queden regodeándose entre ellos, sino para evitarles el miedo, o para enseñarles a superarlo, para enseñarles a confiar cuando después venga el momento de la Cruz. Jesús nos muestra el final del camino, nos muestra el final de la película, para que no desfallezcamos en el camino. Ya sabemos cómo va a terminar si sabemos perseverar. Jesús en esta vida nos da su Amor, a veces lo sentimos a cuenta gotas, pero mostrándonos que al final la victoria está asegurada si caminamos con Él, si no nos alejamos de Él, si luchamos con Él, si somos tentados con Él también triunfaremos con Él, esa es nuestra esperanza. Tenemos que escucharlo y aprender a confiar, como tuvo que hacerlo Abraham en la primera lectura que escuchamos hoy.

Tuvo que confiar, aunque no vio todo, no vio el final del camino completamente, sino que vio una luz que le mostró un poco para poder terminar. Así como tuvieron que hacerlo los apóstoles hoy, a Pedro y a nosotros siempre nos asecha esta tentación, como la de hacer campamento y no volver a la realidad. De querer vivir de experiencias de Dios, que nos pueden alejar de los demás, esa no es la experiencia del cristiano. El cristiano es el que reconoce las dos cosas: la Cruz y la Gloria que vendrá, la experiencia de Jesús, pero llevada a lo normal, a lo cotidiano, a la familia, al trabajo, a los hijos, a los amigos. El cristiano en serio es el que no se olvida de lo regalado mientras camina hacia adelante, con obstáculos, si es verdad, con dolores, con molestias y por eso no le escapa la Cruz. Porque sabe que después vendrá lo mejor. Los cristianos en serio son los que aceptan con fe las palabras del Padre de Algo del Evangelio de hoy, “Este es mi Hijo el elegido, escúchenlo”.

Y por eso confiamos en que todo esto es verdad, que todo esto es una invitación a confiar, confiemos, es lindo confiar, sepamos esperar y que, en cada prueba, dolor, sufrimiento, dificultad, cada desgarro de la vida que está al final del camino, nos anima, y que nos empuja a caminar mientras amamos y enseñamos amar a los de al lado, y nos dejamos enseñar por los demás también. Cuando lleguemos a esa luz, podremos mirar para atrás y decir con certeza: “Benditas dificultades, benditos sufrimientos que me ayudaron a crecer y a llegar al final de este camino para estar con Jesús”.

I Miércoles de Cuaresma

I Miércoles de Cuaresma

By administrador on 9 marzo, 2022

Lucas 11, 29-32

Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: «Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.

El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.

El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.»

Palabra del Señor

Comentario

El demonio nos tienta siempre, pero especialmente cuando más vulnerables estamos, le gusta entrar al castillo del corazón, como decía San Ignacio, por el lugar más flaco, nosotros diríamos, el más débil. Es cierto que es difícil discernir a cada paso las pruebas y tentaciones por las cuales pasamos, hay que tomarse el tiempo cada noche para examinarnos espiritualmente, no únicamente desde lo moral, sino fundamentalmente desde lo espiritual, para poder distinguir si nuestras caídas tienen que ver con fragilidades propias, imperfecciones adheridas, o bien porque el demonio aprovechó esas fragilidades para plantearnos falsos caminos bien atractivos. No hay que esquivarles a estos temas, por más pasado de moda que estén, porque por algo quedaron en la palabra de Dios, por algo Jesús los pasó, para enseñarnos a pasarlo nosotros.

El demonio tentó a Jesús en su momento más frágil, cuando sintió hambre, aprovechándose de ese momento de necesidad. Lo mismo hace con vos y conmigo, aprovecha esos momentos en los que somos vulnerables, por distintas razones, ya sea por algo físico o espiritual, en un momento de dolor, de tristeza, de soledad. Es cuando más atentos debemos estar, porque nuestros errores más grandes surgen en esos momentos, en los cuáles por necesidad nos dejamos engañar por el demonio, con caminos cortos, con atajos, con medios ilícitos para alcanzar un bien. Debemos serenarnos y contestar con la palabra de Dios, como hizo Jesús.

Tendemos a pensar que todo tiempo pasado fue mejor, por eso San Agustín decía: “El tiempo pasado lo juzgamos mejor, sencillamente porque no es el nuestro”. Por eso no hay porque pensar que el mundo de Jesús, el mundo y ese tiempo, el que eligió para vivir, fue muy distinto al nuestro. Es verdad que muchas cosas externas cambiaron, que se vive distinto, que la cultura era distinta, que parece que hoy todo está peor, pero también es verdad que el hombre es hombre, con toda su debilidad, desde que el pecado entró en este mundo y hay cosas que no cambiaron demasiado. Por ejemplo, las debilidades en general son las mismas, aunque se van expresando de manera diferente.

Por eso cuando en Algo del Evangelio de hoy, escuchamos que la gente pedía un signo, o sea pedía una especie de certificación para comprobar quien era Jesús, no es muy distinto a lo que también pasa hoy cuando muchos de nosotros y tanta gente necesitamos de signos visibles para creer, para asegurarnos que las cosas son como nos dicen, como nos dijeron. Es algo inherente al hombre, es nuestra débil necesidad. Muchas veces no podemos confiar si no es por medio de signos, de situaciones, de personas, y al mismo tiempo eso se nos vuelve en contra cuando exigimos más de la cuenta y, al fin y al cabo, no confiamos.

A los que andaban con Jesús les pasaba eso, a nosotros a veces también. Habían visto milagros, situaciones extraordinarias, curaciones, exorcismos y tantas cosas más, sin embargo, exigían más y más. ¿No será que a nosotros nos pasa lo mismo? Somos bastante insaciables y nos olvidamos todo lo que ya se nos dio y entonces siempre terminamos pidiendo más. Como los niños. Por eso tenemos que preguntarnos con sinceridad ¿Quién de nosotros puede decir que nunca tuvo o experimentó un signo real de que Jesús está vivo y presente en su vida, de que Dios está presente? ¿Realmente podemos decir con seriedad que no? Pero no estoy hablando de milagros para salir en televisión, sino me refiero a miles de situaciones donde si somos capaces de detenernos y contemplar un poco casi no hace falta pedirle a Dios un signo. Están por todos lados.

Jesús hoy les dice a los que lo apretujaban y a nosotros, el signo que necesitan y que les daré para siempre es mi resurrección, ese es el signo de Jonás- Así como Jonás que pasó tres días en el vientre de un pez, así Jesús pasará y pasó tres días en el vientre de la tierra para resucitar y darnos una vida nueva y estar con nosotros hasta el fin de los tiempos. Ese es el mayor milagro que debían esperar los judíos y no todos pudieron interpretar. Ese es el mayor milagro para nosotros, ese es el gran signo. No debemos esperar nada más, sino que tenemos que aprender a descubrirlo en lo que hacemos y vivimos, y para eso hay que saber descubrir su presencia en todas las cosas, en especial en la Eucaristía, en la oración como vimos ayer y en los más necesitados como escuchamos el lunes.

No pidamos signos innecesarios, sino mejor abramos los ojos para descubrir los que ya están. ¿De qué sirve andar buscando milagritos por todos lados mientras que el gran milagro nos pasa por enfrente todos los días? “Aquí hay alguien más que Jonás” Jesús es más que todo lo que podemos imaginar, Jesús es todo y nos da todo.

I Domingo de Cuaresma

I Domingo de Cuaresma

By administrador on 6 marzo, 2022

Lucas 4, 1-13

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: «Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan.» Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan.»

Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá.» Pero Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»

Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden.

Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra.»

Pero Jesús le respondió: «Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.»

Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.

Palabra del Señor

Comentario

En este primer domingo de cuaresma, mientras caminamos hacia la Pascua, quería empezar este momento de oración y reflexión con unas palabras de San Agustín que dicen así: “Nuestra vida, mientras dure esta peregrinación, no puede verse libre de tentaciones, porque nuestro progreso se realiza por medio de la tentación, y nadie puede conocerse a sí mismo, si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede crecer si no ha luchado, ni luchar si no carece de enemigo ni tentaciones”. ¿Te das cuenta que lo que para nosotros a veces es un problema, una molestia, y además un motivo de queja, para los grandes santos, para la Palabra de Dios, es causa de crecimiento? En definitiva, podríamos decir que la tentación, las pruebas son necesarias e inevitables.

Todos somos tentados y seremos tentados para que, en nosotros, vaya saliendo lo mejor, luzca lo más grande, lo más puro de nuestro ser, que es nada más ni nada menos que el ser hijos de Dios y sentirnos hijos de Dios, vivir como hijos de Dios. Así empieza la cuaresma, mostrándonos a Jesús que es llevado al desierto por el Espíritu, para ser tentado, para ser probado en lo más profundo de su ser Hijo del Padre, antes de empezar su misión. Estas tentaciones de Jesús, son como un anticipo de lo que será definitiva toda su vida, incluso hasta cuando estuvo suspendido en la Cruz, por amor a nosotros, siempre Jesús fue probado, probado para ver si cumplía o no su misión, para ver si cumplía la voluntad de su Padre. En Jesús, todos nosotros fuimos tentados también, por eso si Él fue tentado, podemos preguntarnos ¿Por qué no vamos hacerlo nosotros? ¿Por qué nos sorprendemos cuando sufrimos tentaciones, si Él mismo las vivió?

No deberíamos sorprendernos ni alarmarnos cuando sufrimos tentaciones, al contrario. Pero todavía hay algo mucho mejor… en Jesús también todos nosotros ya vencimos de algún modo. Él hubiese podido evitar la tentación, pero quiso parecerse en todo a nosotros, menos en el pecado, parecerse en todo a nosotros, incluso en la tentación, para que nosotros también aprendiéramos a vencerla y aprendamos de las pruebas que vivimos en la vida.

¿Cuáles son las pruebas por las que pasa Jesús en algo del evangelio de hoy? ¿Cuáles son las más mayores pruebas y tentaciones que nos puede tocar vivir a nosotros, si ya no nos tocaron? Las tres tentaciones que escuchamos hoy a Jesús, quieren justamente atentar lo más grande y sagrado de la relación del Padre y el Hijo, el ser Hijo, el sentirse Hijo, el vivir como Hijo, escuchando a su Padre, y confiando en los que Él le pedía.

El demonio busca alejar a Jesús de su Padre, que sienta que lo que pide no es para su felicidad, no es para un bien. Busca que no le obedezca, que haga la suya, que se corte sólo diríamos nosotros, quiere que convierta todas las piedras en pan, para solucionar una necesidad, el problema del hambre, quiere que adore otras cosas, y no a su Padre. Y finalmente quiere que tiente a su Padre, que lo pruebe, que lo desafíe siendo hijo. Esa es la gran tentación de todos los hijos de Dios dispersos por el mundo, la tuya y mía también. Todos sufrimos estas tentaciones, aunque a veces no nos damos cuenta, es la gran tentación también de la Iglesia. Olvidamos que no vivimos solamente de pan, de necesidades materiales, sino que fundamentalmente vivimos del amor de Dios, del Pan que viene de lo alto y que todas las soluciones por más lindas que parezcan, no pasan por lo material únicamente, al contrario.

Vivimos también tentados de hacernos mil ídolos a medida, para tener poder, para sentirnos poderosos, y nos olvidamos de que el verdadero poder es el amor y el darnos a los demás. Y eso es lo que Jesús nos termina demostrando con su propia vida. Y también el demonio quiere que probemos a Dios, que lo desafiemos, que desafiemos a nuestro Padre, que nos demuestre su poder, su presencia, y que solucione todos nuestros problemas de una manera mágica. Cada uno debe rezar hoy y eso es lo que te propongo, cómo estas tentaciones toman diferentes formas y color en nuestras vidas y que lo más importante es vencerlas, escuchando y contestando con la Palabra de Dios.

Sólo el que escucha a su Padre día a día, vence las pruebas más grandes. Escuchando a Dios todos podemos vencer al demonio, el que a Dios tiene nada le falta, decía Santa Teresa de Jesús, sólo el que se anima a vivir del Pan de cada día, adora al único Dios verdadero, al único que nos puede salvar, y al único que merece adoración. Sólo el que escucha día a día su Palabra, es capaz de no desafiarlo nunca, todo lo contrario, se arroja en sus brazos como niño en brazos de su Madre.

Sábado después de ceniza

Sábado después de ceniza

By administrador on 5 marzo, 2022

Lucas 5, 27-32

Jesús salió y vio a un publicano llamado Leví, que estaba sentado junto a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» El, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.

Leví ofreció a Jesús un gran banquete en su casa. Había numerosos publicanos y otras personas que estaban a la mesa con ellos. Los fariseos y los escribas murmuraban y decían a los discípulos de Jesús: «¿Por qué ustedes comen y beben con publicanos y pecadores?»

Pero Jesús tomó la palabra y les dijo: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan.»

Palabra del Señor

Comentario

Un llamado, una crítica y una respuesta eterna de Jesús: creo que con estos tres momentos, de alguna manera, podemos resumir Algo del Evangelio de hoy y nos puede ayudar a rezar a todos los que escuchamos diariamente la Palabra de Dios.

Primero, Jesús llama a un recaudador de impuestos, a un reconocido «traicionero» del pueblo judío, aquel que se servía de los que necesitaban para recaudar para el imperio. Y justamente a él lo llama no por ser bueno, sino porque seguro vio en él algo que nadie podía ver. Vio, podríamos decir, el núcleo de bondad de su corazón. Nunca hay que descartar a nadie. Siempre cuando Jesús llama, nos enseña eso. «Nosotros miramos las apariencias, él mira el corazón». Todo hombre, por más malo que parezca o por más de que haya hecho muchísimas cosas malas en su vida, tiene en su interior algo que nadie ve, incluso él mismo. El único que puede ver eso y apostar a lo que nadie ve es Jesús, también pasó con vos y conmigo. Eso se ve en el evangelio de hoy. Solo Dios se juega por nosotros cuando a veces parece que nadie lo hace. Esto es algo que no tenemos que olvidar nunca, para pensarlo en nosotros y para pensarlo en los demás, cuando a veces sin querer juzgamos por desconocimiento. No descartar jamás a nadie, por más perdido que parezca.

Después de esto, Jesús termina comiendo y festejando con Leví y sus amigos pecadores. Obviamente, ¿qué clase de amigos tenía Leví? Parecido al refrán que dice: «Dios los cría y el viento los amontona» o «dime con quién andas, y te diré quién eres». Bueno, a Jesús no le molesta encontrar pecadores amontonados; al contrario, se mete ahí donde nadie quiere meterse. Se mete con sus discípulos. Nosotros también a veces tenemos esos prejuicios y pensamos: «Mirá con quién anda ese, mirá con quién se junta». Bueno, puede ser, pero depende. Es verdad que, si no voy como médico a un hospital y no tengo cuidado, puedo terminar enfermándome también yo. Ahora, también es verdad que puedo ir al hospital como médico, como lo hizo Jesús, para ayudar a que los enfermos se curen.

Los fariseos no entendían esto y por eso critican, pero al criticarlo, sin darse cuenta, lo elogian. Siempre la crítica proviene de una cierta ignorancia y de una carencia propia. Critican porque no saben, creyendo que saben, como vos y yo cuando también criticamos. Criticamos convencidos que es justa y necesaria la crítica, pero en el fondo ignoramos algo básico y profundo, no sabemos lo que hay en el interior de cada hombre. No lo sabemos, y si no lo sabemos, no podemos ni tenemos el derecho a hablar como si supiéramos. Sin embargo, lo triste es que a veces hablamos como si supiéramos.

Estos fariseos no conocían el corazón de Jesús, ni tampoco el de Leví, el de los pecadores. El mundo no conoce el corazón de Dios y, por eso, se toma el atrevimiento de criticarlo. Nosotros no conocemos el corazón de los demás como para opinar tan libremente y creyendo que lo sabemos todo. Por eso, la respuesta de Jesús pinta cómo es el corazón de un Dios que generalmente es criticado, justamente por ser bueno.

Para este mundo ser bueno se convierte en motivo de crítica, en un problema. Nos dicen a veces: «No seas tan bueno». «No seas ingenuo», nos dicen algunos y algunos padres incluso enseñan esto a sus hijos. Es verdad que hay que cuidarse, es verdad que no hay que ser tonto. Pero Dios vino a mostrar que es bueno, que puede sentarse a la mesa con todos y que por eso no deja de ser Dios, que viene como médico de nosotros que estamos enfermos, y a veces andamos como si no lo estuviéramos.

Tanto Leví como sus amigos, como los fariseos, en el fondo están todos enfermos; algunos se dan cuenta y otros no. Unos con enfermedades visibles y otros con enfermedades ocultas.

Todos sufrimos enfermedades espirituales y del corazón, y por eso en vez de ver las enfermedades de los demás olvidándonos de las nuestras, en vez de enojarnos porque Jesús cura a los que parece que no lo merecen, en vez de creernos que no necesitamos médico, aprovechemos que Jesús se sienta a la mesa con cualquiera, con todos, para estar con él; y para que estando con él, podamos cambiar. Es verdad, él quiere que cambiemos. Él quiere que en esta Cuaresma nosotros nos propongamos verdaderamente un cambio profundo del corazón. Es tiempo de gracia, es tiempo de dejar que Jesús se siente a la mesa con nosotros y nos enternezca con su amor y nos muestre que es posible ser hombres y mujeres nuevos, cambiar verdaderamente.

Esta es la conversión que todos necesitamos, cercanos y alejados. Porque, en definitiva, algún día todos terminaremos comiendo en la misma mesa, en la mesa del Reino, si de verdad aprendimos a dejarnos curar por Dios, que es Padre y envía a su Hijo para sanarnos. Mientras tanto, no señalemos a nadie, por las dudas. No vaya ser que Dios lo llame y yo me quede mirando de lejos cómo disfrutan algo que me estoy perdiendo. Mientras tanto, vivamos esta Cuaresma convencidos de que necesitamos del mejor médico del mundo que anda recorriendo el hospital de nuestra vida buscando a quién curar.

Hoy te animo a levantar la mano para poder decirle: «Señor, yo tengo necesidad de médico, tengo necesidad de vos. Tengo necesidad de ser curado, porque mi soberbia también me enceguece y me hace ponerme por encima de los demás; porque mi soberbia también me hace olvidar que alguna vez entraste a mi vida y me enseñaste lo que era la misericordiosa».

Jueves después de ceniza

Jueves después de ceniza

By administrador on 3 marzo, 2022

Lucas 9, 22-25

Jesús dijo a sus discípulos:

«El Hijo del hombre, les dijo, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.»

Después dijo a todos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde y arruina su vida?»

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué alegría más grande es empezar esta Cuaresma con libertad, con decisión, no por un ritualismo vacío! ¡Qué lindo es empezarla con amor, con un amor no viciado por el «qué dirán», por la obligación impuesta desde afuera o incluso por una religiosidad aparentemente muy linda desde afuera, pero vacía, de pura cáscara! Como tantos Miércoles de Ceniza, la Iglesia ayer estaba llena, de bote a bote, como se dice, con ancianos, adultos y niños de todos los tamaños… le di tantas gracias a Dios de corazón. Todavía existe una fe pura y sencilla en el pueblo de Dios, aun cuando no es obligación ir por el precepto, se acercaron y se acercan muchísimos a escuchar la Palabra de Dios, a recibir ese signo tan lindo y tan fuerte de la imposición de las cenizas y también a recibir la Eucaristía, por supuesto.

La Iglesia, creo yo que debe volver a la sencillez, a la pureza de la fe, a la fe que no es impuesta, sino asimilada; a la fe no fabricada desde afuera, sino vivida; a la fe no de las masas, sino de las comunidades pequeñas y fervorosas. ¿Para qué queremos ser muchos? Todos debemos experimentar alguna vez que la fe no es «tener» que hacer cosas hacia afuera, como ayunar, rezar y dar limosna, sino que la fe en realidad es creer en Jesús, vivo y presente en una comunidad concreta, en la Eucaristía, en los más pobres, y que el Padre finalmente es el que nos da la gracia de hacer cosas luego de tener esa certeza. Sí, ayunar, rezar y dar limosna, pero eso brota desde adentro.

Yendo a Algo del Evangelio de hoy, podemos decir que es verdad que no es bueno ser drástico, o sea, pensar que en la vida todo es blanco o negro, de esta vereda o de la otra, porque eso muchas veces nos lleva a enfrentarnos y a mirar de reojo todo lo que no es como nosotros pensamos que debe ser. Pero también es verdad que en la vida es bueno ser claros y sinceros, fundamentalmente con nosotros mismos y para con Dios. No se puede andar en serio por la vida sin una profunda y verdadera sinceridad. Y la Cuaresma, vamos a ir viendo, es de alguna manera un lindo camino de sinceridad interior que redundará en nuestra relación con Dios y los demás.

¿Por qué digo esto? Porque hoy Jesús en sus palabras es un poco drástico, digamos, a simple vista. En realidad, muchas veces Jesús lo fue, pero drástico, contundente, fuerte, para una mirada superficial y para corazones que no quieren meterse para dentro, o bien podemos pensar que no siempre el ser drástico, contundente y fuerte es algo malo en sí mismo, al contrario, es necesario muchas veces. Pero imagino que si estás escuchando este audio, querés ser sincero con él y con vos mismo. ¿Cuáles son las definiciones contundentes? «El que quiera ir detrás de mí tiene que cargar su cruz». El que quiera salvar su vida, la va a perder y el que la pierda por Jesús, la salvará. No parece haber mucho término medio. Por eso en esto tenemos que ser sinceros nosotros con él; si no, hacemos de nuestra fe hacia él una especie de ensalada de frutas, como se dice, en donde no terminamos de distinguir bien qué es cada cosa. Seguirlo cargando nuestra cruz es seguirlo, seguirlo sin cargar ninguna cruz es mirarlo de lejos, no es seguirlo. Es como poner «me gusta» a una página y enterarse cada tanto cuales son las novedades de este mundo tan superficial.

Es como hacerse miembro de un club y recibir novedades por correo, es como decir que somos estudiantes y ni siquiera estudiamos, solo vamos a cursar. Seguirlo y buscar nuestro propio provecho, queriendo salvarnos a nosotros mismos, siendo egoístas, no es seguirlo, sino que es hacernos la idea de que lo seguimos. Seguirlo es empezar un camino de aceptación de que la salvación viene de él y que solo perdiendo la vida por amor de apoco, entregándonos vamos encontrando la plenitud. ¿Ves? En este sentido, Jesús no fue con medias tintas, no dijo una frase linda para atraer, para que lo sigamos, sin mostrarnos la letra chica del contrato, al contrario, fue más sincero que cualquiera.

Ahora, por otro lado, es verdad que una vez que lo seguimos, que tomamos esa decisión, empezamos un camino, estando en camino y en el camino hay de todo, hay varios carriles, por decir así, rápidos, lentos, incluso hay colectoras, hay caídas, cansancios, ayudas, reproches, hay… podríamos decir, algunos grises, pero ese es otro tema.

Hoy busquemos un «shock» de sinceridad, que puede transformarse en un sincericidio pero que nos haga bien, entregando la vida. ¿Queremos seguir a Jesús así, con cruz y dando la vida o queremos un cristianismo del vale todo y todo está bien siempre que siga mis gustos y caprichos? ¿Somos libres de seguir a Jesús, es una decisión nuestra, o lo seguimos casi por inercia como quien no quiere nada? ¿Lo seguimos dando la vida o pretendiendo que todos la den por nosotros? ¿Lo seguimos de lejos, casi virtualmente, sin compromiso como quien pone «me gusta» en una página para quedar bien con el otro o lo seguimos siendo responsables con cada obra del día, sabiendo que, sin diálogo con él, sin amor concreto al prójimo y sin privaciones voluntarias de nosotros mismos no podemos amar en serio? Pensemos y recemos con este regalo de hoy, con la Palabra de Dios.

VIII Domingo durante el año

VIII Domingo durante el año

By administrador on 27 febrero, 2022

Lucas 6, 39-45

Jesús les hizo también esta comparación: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?

El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro.

¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo», tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano!

No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas.

El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca.

Palabra del Señor

Comentario

El domingo es el día del Señor, siempre es bueno volver a recordarlo, y aunque en la “teoría” debería ser un día especialmente reservado para Él, debemos reconocer que en la “práctica”, en este mundo en el que vivimos, difícilmente podemos dedicarle mucho tiempo o por lo menos el que se merece. Igualmente podríamos preguntarnos… ¿Cuál es el tiempo que se merece nuestro buen Dios que es Padre? ¿Alcanza con ofrecerle una hora por semana asistiendo a Misa? ¿Con eso bastaría para decir que estamos viviendo el día de Él? En realidad, deberíamos decir que todo nuestro tiempo es para Él, que Él es el dueño del tiempo, que nuestra vida es de Él, que nuestro tiempo es de Él y para Él. Es por eso que San Pablo decía: “Yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben ofrecer. No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.”

Entonces lo correcto sería decir, o lo que más agrada a Dios, es que a Él no podemos ofrecerle “algo” de nuestro tiempo, sino toda nuestra vida, eso es lo que Él se merece. Sin embargo, ahora cabe preguntarnos… ¿Qué significa ofrecerle nuestra vida? o ¿Alcanza con decir que el domingo es su día y que por ejemplo podemos quedarnos con la conciencia tranquila ofreciéndole la Misa de cada domingo? Aunque la Misa es lo más grande que le ofrece la Iglesia al Padre, sería reductivo o muy pobre conformarnos con decir que, si cumplimos la Misa del domingo, transformamos ese día en el día del Señor. Para el mundo ofrecerle todo a Dios es un poco exagerado, para la mentalidad de este mundo y la nuestra muchas veces, la cantidad es lo que marca el valor de las cosas, por eso podemos pensar que ofrecerle más tiempo a Dios, sería de algún modo ofrecerle el corazón, y no ofrecer más tiempo para Él sería no darle nada.

Lo más sano y liberador sería pensar y sentir que somos de Él y que todo lo que hacemos en su nombre es para Él, y aunque es necesario ir a Misa cada domingo, eso no basta si no le ofrecemos cada segundo de nuestra vida, hagamos lo que hagamos. Transformemos este día en el día del Señor, ofreciéndole hasta lo más insignificante que hagamos y lo más cotidiano, como la vida en familia, el descanso, la diversión, y por supuesto, la Misa.

De Algo del Evangelio de hoy son muchas cosas las que podemos meditar, porque el mismo Jesús intenta explicar lo mismo desde muchas comparaciones, que se ayudan la una a la otra. Sin embargo, podríamos decir para sintetizar, algunas cosas. El que mira el defecto en el ojo ajeno, la paja, sin ver en su ojo el propio, la viga, es un ciego. Teniendo una viga en el propio ojo, difícilmente podamos ver bien la de los demás, a eso se refiere Jesús. La propia viga nos oculta la realidad, y lo que deberíamos reconocer antes de intentar extirpar el defecto ajeno, es que nosotros, vos y yo, estamos repletos de defectos. Nuestra boca habla de lo que tiene el corazón, y es por eso que cuando andamos mirando de reojo o de frente los problemas ajenos, opinamos de ellos creyendo que sabemos, damos las soluciones mágicas a todos los problemas de los demás, es porque nuestro corazón destila bastante soberbia y orgullo.

Es feo reconocer que estamos un poco ciegos, en realidad es difícil para nuestro gran orgullo, pero en realidad reconocerlo es una gracia. Mucho peor es no reconocer la ceguera con la que vivimos y considerar que nunca necesitamos ser corregidos por otros porque no tenemos errores. De ahí el famoso refrán de que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Por eso podríamos decir, que parte de nuestra ceguera para vernos a nosotros mismos como seres débiles y llenos de “vigas”, llenos de errores, es no querer ver. Muchas veces no vemos por debilidad, por olvido, por ignorancia, por flaquezas, pero muchas otras no vemos porque preferimos no ver, porque elegimos dedicarnos a ver lo de los demás.

La sabiduría del cristiano no consiste en ser muy sagaz para ver todos los errores hacia afuera, en la Iglesia, en el Papa, en los Obispos, en los sacerdotes, en mi coordinador de grupo, en los papás de catequesis, en los problemas del mundo de hoy, en la economía, en la política, en los políticos, en mi jefe, en el vecino, en el demonio… y así podríamos seguir. La sabiduría del cristiano no consiste en ser “acusador” de los demás, ese es el papel del demonio en realidad. En la palabra de Dios se lo llama “el acusador de nuestros hermanos”, y nosotros no podemos transformarnos en eso, ni prestarle nuestros labios y corazón para eso, para eso está él. Nosotros antes que nada debemos “acusarnos a nosotros mismos” o sea, en reconocernos débiles y pecadores, llenos de errores y defectos, pero deseosos del amor de Dios y de su misericordia, no mirando tanto la paja en el ojo de los demás sino la viga en el nuestro.

Esta es la verdadera sabiduría del cristiano, la humildad que nos iguala con todos, la humildad que no divide ni separa, sino que unifica en la pobreza, en la sencillez, en la simplicidad, en la misericordia.

Pidamos hoy no ser ciegos, para no caer en el pozo de la hipocresía, en el de la doblez. Reconozcamos que estamos ciegos y que necesitamos del Maestro para tomar y retomar siempre el buen camino.

VII Domingo durante el año

VII Domingo durante el año

By administrador on 20 febrero, 2022

Lucas 6, 27-38

Jesús dijo a sus discípulos:

Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por lo que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.

Hagan por lo demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman. Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.

Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.

Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.

Palabra del Señor

Comentario

En este domingo tenemos la gracia de escuchar una de las “páginas” más bellas y difíciles de comprender del mensaje del evangelio. Es incómoda y muchísimas veces mal interpretada y por eso, no muy comprendida. Al no ser comprendida podríamos decir, que también es olvidada.
Sin embargo, si nos preguntaran alguna vez, estemos donde estemos –un poco desprevenidos–, un hijo o hija, un amigo, o simplemente un conocido ¿Qué es ser cristiano? ¿No crees que deberíamos responderle con esta página del evangelio? Sé que suena un poco duro, que es demasiada exigencia junta para alguien que pregunta, sin embargo, es o debería ser aquello que nos diferencie de un simple mensaje de amor, universal que podríamos compartir con cualquier ser humano de buena voluntad. ¿Qué le diríamos? ¿Cómo responderíamos a esa pregunta? ¿Qué es ser cristiano?

Es cierto que, si respondiéramos invitando a leer ésta página de la palabra de Dios, no estaríamos dando una respuesta plena, porque en definitiva ser cristiano es seguir a Cristo, y es por eso que nadie puede entender estas palabras de algo de evangelio de hoy si no conoce, ama y sigue a Jesús, sino le abre su corazón. Pero lo que quiero decir, es que estas enseñanzas de Jesús, son el corazón de su mensaje, son el centro de su corazón, y es por eso, que es cristiano plenamente, sólo aquel que comprende y vive este mensaje tan profundo.

Ser cristiano es amar, es cierto, pero en realidad cualquier persona puede hacerlo. Sin embargo, el cristiano ama, pero no sólo con ese impulso con el que amamos naturalmente a los que por afinidad elegimos, sino que ama con un agregado; o, mejor dicho, puede amar con un agregado, por decirlo de algún modo, que proviene de Dios. Es lo que nosotros llamamos caridad, amar a los demás con el amor que nos da Dios, amar a los demás por amor a Dios.

Si nos preguntan, tendríamos que decir que ser cristiano es intentar seguir a Cristo día a día; que ser cristiano es haber descubierto que somos amados por Dios, sin importar tanto si somos buenos o malos, aunque desea que seamos santos; sino que la gran noticia es que somos amados, y por haber descubierto que Él nos ama sin distinción, nosotros no podemos darnos el lujo de amar distinguiendo.

Entonces, ser cristiano es haber experimentado esto, no por un cuento, no porque lo hayamos leído en un libro lindo o en el catecismo; sino porque nos dimos cuenta que es real, que el Padre fue demasiado misericordioso con vos, conmigo y con esos que nos cuesta amar.

Algo del Evangelio de hoy, es para sentarse a desmenuzarlo palabra por palabra, como para deleitarse y también para ponerse un poco serios. Te recomiendo que vuelvas a escucharlo o leerlo. ¿Amar a los enemigos es algo posible o es algo de unos pocos? ¿O Jesús estaba un poco loco?

Es fundamental –y es lo que quiero dejarte hoy– que comprendamos a qué se refiere con “amar” o a qué tipo de amor se refiere Jesús hacia nuestros enemigos.

Podemos equivocarnos y pensar que la palabra “amar”, significa que debemos amar a un enemigo como amamos a un amigo, a un padre, a una madre, a un hijo o a un hermano; no quiere decir que tenemos que ir hoy a abrazar al que nos hizo mal –aunque si nos sale algún día sería una gran gracia–, al que nos difamó, al que nos criticó, al que nos echó del trabajo, al que nos humilló, al que nos trató mal; no quiere decir que tenemos que irnos de vacaciones con los enemigos, que deben ser nuestros amigos. Jesús nos pide un amor especial, distinto, que, aunque no tenga espontaneidad, aunque no salga naturalmente, puede surgir por la fuerza que viene de Él. Sería un error pensar que amar así es hipocresía como algunos dicen; sino que ese amor es caridad, viene de Dios porque de nosotros no sale, y porque viene de Dios nos permite hacer lo que no haríamos, y como nos transforma en un puente de algo más grande nos da una felicidad que tampoco viene de nosotros, nos da la verdadera felicidad, la que viene de Él.

¿Qué podemos hacer con el que no es amable, o se portó mal con nosotros, o sea el que es de alguna manera se transformó en nuestro enemigo, en alguien que no podemos amar? Muchas cosas, podemos probarlo hoy, por ejemplo, saludando, bendiciendo, hablando bien de él, rezando por él, no devolviendo mal por mal, no negándole algo que nos pida…

Ser misericordioso como el Padre es misericordioso, esa es la manera de ser bienaventurado, de ser feliz, como nos propone Jesús con su vida.

Si alguien nos pregunta hoy qué es ser cristiano, no lo mandemos a leer el evangelio únicamente; sino que podemos demostrarlo con nuestra vida, amando como nos pide y nos ayuda Jesús.

VI Domingo durante el año

VI Domingo durante el año

By administrador on 13 febrero, 2022

Lucas 6, 12-13. 17. 20-26

Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles.

Al bajar con ellos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón. Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo:

«¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados!
¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!
¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo!. ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!

Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre!
¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!
¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!»

Palabra del Señor

Comentario

Así como ese día Jesús se retiró para orar y pasó toda la noche en oración, hoy nosotros, en este domingo podemos de algún modo hacer lo mismo, cada domingo podríamos hacer lo mismo, para experimentar lo necesario que es apartarse para rezar. No se reconoce la necesidad de oración hasta que no se la experimenta, y no se la experimenta hasta que no se toma la decisión de apartarse y disfrutarla. Ese es el desafío de todo cristiano, el mío y el tuyo. Necesitamos retirarnos, como lo hizo Jesús, es ahí donde todo se ve distinto, donde todo se siente distinto.

Dice Algo del Evangelio de hoy, que Jesús fijó la mirada en sus amigos. Podemos pensar que también en nosotros, y que al abrir su corazón con las bienaventuranzas lo que quiso hacer es pintarnos de algún modo su rostro, diciéndonos cómo es su corazón.

¿Queremos intentar vivir el evangelio en serio? El camino es vivir las bienaventuranzas. No cumplir los mandamientos, no cumplir las bienaventuranzas; sino vivirlas, porque no son unos mandamientos nuevos, sino que son promesas de Dios Padre para sus hijos.

Él nos promete felicidad siguiendo el camino que nos señala, siguiéndolo a Él, viviendo como Él. Eso son las bienaventuranzas, por eso no te imagines más mandamientos, más peso, más cosas imposibles que hacer, sino que son un don, una posibilidad que nos da el Corazón de Jesús que nos invita a vivir así, dándonos la fuerza para hacerlo.

Por eso, seremos felices cuando creemos en sus promesas; y eso ya nos pone en un camino de felicidad, creer en lo que nos promete.

Seremos felices si le creemos más a Él, que a las promesas que nos hacen de todos lados, haciéndonos creer que por tener mucho y ser reconocidos, estaremos mejor.

Seremos felices si le creemos más a Jesús que a nuestros deseos terrenales de felicidad –aunque muchos sean legítimos–, seremos felices si confiamos en que todo esto es verdad.

¿Y qué es verdad te preguntarás? Que la pobreza espiritual nos permite vivir en la tierra algo de la felicidad que experimentaremos algún día en el cielo y que no tendrá fin. Porque vive el Reino de Dios aquel que se siente y vive como hijo; no pretendiendo grandezas que superen su capacidad, sino el que acalla y modera sus deseos como un niño en brazos de su madre.

El pobre de espíritu es el que acalla y modera sus deseos, el que no pretende abarcarlo todo, el que vive el día a día como si fuera un regalo y por eso cuida su vida y la vida de los demás; el que no está angustiado por el futuro, por cómo va a hacer para resolver esto o lo otro, como pensando que es el centro de todo, sino estando en paz. Por eso hoy vamos a ser felices si no nos angustiamos de más, si no nos angustiamos por lo que vendrá mañana.

Hoy vamos a experimentar más felicidad si creemos que, aunque a veces nos falte un poco de amor, de afecto, confiamos en que solo seremos saciados por el amor de Dios.

Hoy seremos un poco más felices, aunque estemos llorando por algún dolor, por alguna angustia, por alguna muerte, por la falta de trabajo, por las peleas en nuestras familias, por nuestras frustraciones diarias; seremos más felices, si confiamos en que el consuelo verdadero nos vendrá solo de Él, solo si nos acercamos a Él, si nos arrodillamos ante Él, si dedicamos más tiempo a Él, si nos entregamos a los demás y hacemos algo por ellos.

Hoy seremos más felices si, aunque nos burlen, en el trabajo, en la facultad, incluso en la propia familia; experimentamos que no hay nada más lindo que sufrir algo por Jesús, uniendo nuestro sufrimiento al de Él, sabiendo que esa unión da una felicidad que solo puede explicar aquel que tiene fe, sufriendo a causa del Reino de los Cielos.

Y ¡ay de nosotros! si hoy vivimos como si no necesitáramos nada, ni de nadie, llenos de todo, pero en realidad llenos de nada; ¡ay de nosotros! si pensamos que comprar algunas cosas va a saciar nuestra verdadera hambre de felicidad, ¡ay de nosotros! los que creemos en Jesús y vivimos de la risa superficial y no nos damos cuenta del llanto y del sufrimiento de los demás; podemos reír, sí, está bien, pero no podemos olvidarnos de los que sufren y de los que lloran.

¡Ay de nosotros! los que creemos en Jesús, en un Dios crucificado y resucitado por nosotros y nos dejamos llevar por los elogios y aplausos de un mundo que busca el éxito a toda costa, el placer por encima de todo y la riqueza como medida de la grandeza.

Que Jesús desde algo evangelio de hoy nos libre de todo esto, pero fundamentalmente nos abra las puertas a la felicidad, a sus promesas de felicidad eterna que empiezan acá en la tierra, y que depende en cierta medida de nosotros si nos decidimos a vivirla.

Que las palabras del Corazón de Jesús, de estas Bienaventuranzas, nos ayuden a vivir un día en paz y que podamos encontrar la felicidad que Él nos promete.