Book: Lucas

XXII Miércoles durante el año

XXII Miércoles durante el año

By administrador on 2 septiembre, 2020

Lucas 4, 38-44

Al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre, y le pidieron que hiciera algo por ella. Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y esta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.

Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. De muchos salían demonios, gritando: «¡Tú eres el Hijo de Dios!» Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.

Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos. Pero él les dijo: «También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado.» Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.

Palabra del Señor

Comentario

«Dios no lo permita, eso no va a suceder» le dijo Pedro a Jesús el domingo, cuando se dio cuenta que su amigo iba a ser entregado y que iba a morir, cuando escuchó que su amigo iba a sufrir. Esa frase tan conocida por nosotros y que muchas veces sale de nuestros labios y de nuestro corazón cuando queremos que no pase lo que no deseamos, obviamente. No queremos sufrir ni queremos que los demás sufran. No deseamos que… en el fondo, ¿sabés qué nos pasa? No nos gusta que Dios permita el sufrimiento. Por eso, gritamos y decimos que «Dios no permita esto, por favor». Ese es uno de los grandes misterios que tenemos que seguir profundizando día a día, a lo largo de nuestra vida, el porqué Dios permite el mal o para qué lo permite. Para qué permite que pasen las cosas que pasan, que nos pasen esas cosas que rechaza nuestro corazón, como le pasó a Pedro. Sin embargo, la respuesta de Jesús es ya un camino a seguir: «Sos para mí un obstáculo. ¡Retírate de mí, ve detrás de mí, Satanás!» Los pensamientos que no son de Dios. Esos pensamientos que quieren evitar la entrega, en el fondo quieren evitar el amor; por eso no son de Dios. Pero continuemos con lo de hoy.

La palabra de Dios se transforma en consuelo del corazón, consuelo que llega a veces de manera inesperada, que cae en el alma como gota de lluvia torrencial y, de golpe, hace ruido, moja todo. Moja como un baldazo de agua que refresca la vida y el corazón. Pero otras veces la palabra de Dios va consolando como gota de agua que se filtra por el techo- como en una gotera-, lenta y silenciosamente, y va mojando de a poco, casi imperceptiblemente, pero cuando te das cuenta estás todo «empapado de Jesús». Sea como sea, siempre hay que escuchar teniendo esta certeza: «Todo lo que escucho me hará bien, tarde o temprano. Aunque al principio no parezca, aunque no perciba los frutos, aunque no entienda mucho». Repetite esto a vos mismo, creé en lo que decís y vas a ver que todo es distinto. Vas a ver que tarde o temprano, si perseveras, tu vida va cambiando al ritmo de lo que Dios quiere. No busquemos cosas «maravillosas». Las cosas grandes empiezan en el silencio y en la constancia del día a día. No se cambia el mundo a los gritos, ni a los «ponchazos», ni a los golpes. Se cambia la vida, vamos siendo santos, gracias a la gracia -valga la redundancia- que va actuando así, como Dios quiere y en el tiempo que él quiere.

La misma vida de Jesús es un ejemplo de lo que te estoy intentando decir. La vida de Jesús es modelo para nosotros en todas sus dimensiones. Esto nunca podemos olvidarlo. No solo en cuanto a su bondad, en cuanto a lo moral, sino en cuanto al modo como él «encaró» las cosas, lo que eligió, lo que no eligió, cómo vivió, qué tipo de vida prefirió vivir. Jesús eligió ser un hombre y vivir como hombre. No fue un superhombre, un Dios, que se hizo «pasar» por hombre para que nos creamos que era hombre. No, todo eso son desviaciones o herejías de nuestra fe. Jesús fue Dios con todas las letras y hombre con todas las letras. Es Dios hecho hombre y justamente ahí radica el misterio y lo más propio de nuestra fe en él.

Acabamos de escuchar en Algo del evangelio casi como un resumen de un día de Jesús en ese tiempo. Un día de Jesús en plena vida pública, en plena «fama» -diríamos- y, al mismo tiempo, en pleno momento de preparación para su muerte: yendo a Jerusalén, a su entrega. Jesús hace todo en un día, de todo, pero hace todo bien y en la medida justa. Algo que nosotros tenemos que aprender. Un sabio sacerdote me dijo una vez: «Nadie hace más cosas que el que hace una cosa por vez». Te estarás riendo porque, en este mundo en el que vivimos, tenemos la gran «posibilidad» y «peligrosidad» de hacer varias cosas al mismo tiempo. De hecho, seguro que ahora mientras estás escuchando, al mismo tiempo estás desayunando, manejando, viajando o arreglando tu habitación o mirando otras cosas o pensando el día que empieza o que termina. Son pocos los que están haciendo una cosa por vez. Sin embargo, Jesús, mientras estuvo con nosotros en la Tierra siendo Dios, hizo una cosa por vez. Esto nos enseña el evangelio de hoy. ¡Qué extraño!, ¿no? « ¡Qué Dios tan poco eficiente! » diría alguien. Diría un activista del mundo de hoy. Mirá todo lo que hizo en un día, pero todo en su momento y lugar.

Salió de predicar en la sinagoga, curó a la suegra de Pedro, después curó a muchos enfermos, expulsó e increpó a los demonios. Se fue a dormir cuando tenía que dormir, se levantó temprano y se fue a un lugar solo. Se retiró cuando se tenía que retirar. No se dejó retener y se fue a otra ciudad cuando consideró que tenía que hacerlo. Se retiró para orar, para discernir. Jesús fue dueño siempre de sí mismo para el bien de todos, aunque ni siquiera él mismo llegó a todos los de su tiempo. ¡Qué enseñanza tan grande! También tenemos que aprender de Jesús el no creernos omnipotentes y autosuficientes, mucho más en el mundo de hoy donde pensamos que todo el mundo tiene que enterarse de todo. No podemos estar en todos lados al mismo tiempo y no podemos pretender que todo sea «ya». Solo Dios es así. Y ahora Jesús sí está en todos lados al mismo tiempo, pero siendo hombre no hizo eso. No pudo hacer eso. ¿Qué nos pasará a nosotros que a veces pensamos que podemos ser así, como dioses? Probemos hoy, por lo menos, no escuchar ahora la palabra de Dios haciendo otra cosa. Porque cuando se reza, se reza. Cuando se habla con el Señor, cuando se lo escucha, se lo escucha.

XXII Martes durante el año

XXII Martes durante el año

By administrador on 1 septiembre, 2020

Lucas 4, 31-37

Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y enseñaba los sábados. Y todos estaban asombrados de su enseñanza, porque hablaba con autoridad.

En la sinagoga había un hombre que estaba poseído por el espíritu de un demonio impuro; y comenzó a gritar con fuerza; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».

Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre.» El demonio salió de él, arrojándolo al suelo en medio de todos, sin hacerle ningún daño. El temor se apoderó de todos, y se decían unos a otros: «¿Qué tiene su palabra? ¡Manda con autoridad y poder a los espíritus impuros, y ellos salen!»

Y su fama se extendía por todas partes en aquella región.

Palabra del Señor

Comentario

Veíamos que Pedro en el evangelio del domingo se convirtió en un obstáculo para Jesús, incluso Jesús se animó a llamarlo Satanás. ¿Por qué Jesús llamó Satanás a Pedro, al que había nombrado de hace poquito, de hace un momento, como “piedra de la Iglesia”, a quien le había dicho: «Feliz de ti, Simón, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo»? ¿Por qué? Porque, en definitiva, Satanás es el enemigo de la Cruz. Él es el enemigo del amor y, como odia el amor, en el fondo odia la entrega, y la entrega es la Cruz. Por eso, cuando no pensamos como piensa Dios, cuando actuamos como Pedro, cuando nos dejamos guiar por nuestros pensamientos y no por los de Dios, sin darnos cuenta estamos siendo instrumento de los pensamientos de Satanás, que odia la Cruz y prefiere saltearla. Odia la entrega. Odia el sacrificio. Odia todo aquello que hace que nos entreguemos a nosotros mismos por amor a los demás, todo aquello que hace que nos neguemos para ser plenamente humanos: para aquello para lo cual Dios nos ha creado.

Lo que escuchábamos ayer en Algo del Evangelio, al comenzar el ministerio público de Jesús, y ese anuncio de venir a liberar a los oprimidos hoy- en este texto- se pone de manifiesto con este episodio en el que Jesús actúa realmente y expulsa al demonio de esta persona. Pero es interesante ver cómo lo vence, porque su forma de vencer al demonio nos ayuda también a, cada día, luchar contra su accionar, contra sus tentaciones. ¿Cómo lo vence? Con su palabra, «Cállate y sal de este hombre» le dice.

El diablo es el que busca dividir y mentir. El diablo es el que divide tus pensamientos, los confunde y los mezcla. Divide también nuestros sentimientos, nuestro corazón. Intenta que no distingamos, que mezclemos todo, que no sepamos discernir y distinguir. Como enseñaba san Pablo también: «Sepan discernir aquello que agrada, lo bueno, lo que es perfecto». Acordémonos que «la Palabra es viva y eficaz» y discierne los pensamientos del corazón y ayuda a distinguir. El diablo, al contrario, busca siempre confundir, divide nuestras relaciones humanas, divide a la familia.

Busca que estemos enemistados con los demás; que nos mantengamos en nuestra posición, en nuestros pensamientos duros y rígidos, en nuestra lógica, en nuestros sentimientos; que no cambiemos, aunque sean viejísimos, y que sigamos con esos rencores, con broncas, que no olvides. Busca que nos peleemos con el de al lado, con el que está viajando, con tu jefe, con nuestro compañero de trabajo, con nuestros hermanos, con tu marido, con tu mujer, con tu vecino. Él busca siempre eso y nos engaña y nos miente para que vivamos engañados y fuera de la verdad de Dios, que es el amor. Nos inclina a que pensemos siempre en lo malo, en lo negativo, a que veamos la parte mala de la vida y nos olvidemos de todo lo bueno. Divide también a la sociedad. Genera “mentiras nacionales”, ideologías, pensamientos, formas de vivir que no buscan el bien común. Genera las ideologías que producen las famosas «grietas».

Para evitar caer en sus engaños tenemos que conocer cómo actúa y qué vino a hacer Jesús con el demonio. Y para eso es mejor no centrarse en las conocidas posesiones –como en el caso de hoy–, que son en realidad pocas, sino más bien en la cotidianidad, es decir, cómo actúa el diablo normal o cotidianamente y silenciosamente.

Por eso – y como un paréntesis- te recomiendo, lo recomendé alguna vez, que puedas leer un libro genial de un autor que se llama Lewis. El libro se llama «Cartas del diablo a su sobrino», donde genialmente va describiendo cómo hace el diablo para engañarnos. Es como un libro de espiritualidad, pero visto desde las sombras. Pero te dejo tres consejos también, al mismo tiempo, de un gran santo, san Ignacio de Loyola, que nos enseña a poder distinguir el actuar del demonio en nuestra vida.

Él dice que el demonio primero actúa como una mujer y que se vuelve débil ante la fuerza y se hace fuerte ante la debilidad ajena. Por eso ante las tentaciones y en las pruebas tenemos que enfrentarlo al demonio. No tenemos que tenerle miedo. Tenemos que rezar más. Tenemos que enfrentarlo también con nuestros pensamientos, no dejarse ganar. El diablo se hace débil cuando nosotros nos hacemos fuertes por la gracia, por supuesto, con la ayuda de Jesús, con la oración, con la Virgen- con nuestra madre-, con los sacramentos.

Segundo, dice San Ignacio que el demonio se hace como alguien que quiere enamorar a escondidas a una mujer; entonces como la quiere enamorar y es una persona prohibida, busca que no se sepa de ese engaño. Entonces ¿qué es lo que hace el demonio? Busca que no hablemos, que callemos, que no contemos lo que nos pasa, que ocultemos las cosas. ¿Cuál es la solución entonces? Sencilla pero difícil: abrir el alma a alguien, abrir el corazón, compartir esos pensamientos, esas dudas que nos invaden, a un sacerdote, a un amigo, a alguien espiritual, alguien que nos conozca de verdad y que nos ayude.

Y tercero, por último, dice este santo que el diablo actúa como alguien que quiere conquistar una ciudad. ¿Y por dónde va a entrar? Obviamente por el lugar más débil, es astuto. No va a entrar por el lugar más fuerte. Por eso, ¿por dónde nos va a querer debilitar el demonio? Por nuestro lugar más débil, por nuestra característica más frágil, por el lugar más flaco, por la gran debilidad. Siempre se filtrará por ahí, como el agua que entra por donde hay agujeros.

¿Cuál es la solución entonces? Prestemos atención a nuestras debilidades, a las más fuertes, y fortalezcamos esa debilidad. Y ahí es donde nos tenemos que ir generando una fortaleza donde ya nadie pueda entrar; porque, si no entra por la debilidad, no va a poder entrar por ningún lado. No hay que tenerle miedo. Principalmente, Jesús es más fuerte. Ese es el anuncio. Jesús hoy nos muestra su poder. Hay que vencer al demonio con la Palabra, la Palabra de Dios: «Callate y salí de acá. No me molestes, no me molestes más, que yo amo a Jesús más que a todas las cosas de este mundo». Y, como decía san Bernardo, «Por vos no empecé esto, por vos no lo voy a dejar». Por el demonio no empezamos el camino de Jesús, mucho menos por él lo vamos a dejar.

XXII Lunes durante el año

XXII Lunes durante el año

By administrador on 31 agosto, 2020

Lucas 4, 16-30

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

“El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado por la unción.
Él me envió a llevar la Buena Noticia los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor.”

Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.»

Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?»

Pero Él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán el refrán: “Médico, cúrate a ti mismo.” Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm.»

Después agregó: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio.»

Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Palabra del Señor

Comentario

¿A quién de nosotros le gusta sufrir o ver sufrir a los que más quieren? Eso le pasó a Pedro ayer en el evangelio, no quiso que Jesús sufra. Con muy buena intención, se quiso interponer entre la voluntad del Padre y el deseo de Jesús de cumplirla. Es muy difícil, es un misterio. Dios permite el sufrimiento y lo utiliza para poder acercarnos más a él. Pedro se transformó en un obstáculo para el camino de Jesús. Pedro también somos nosotros cuando no comprendemos el misterio del sufrimiento y pensamos como pensamos nosotros los hombres, y no sabemos ahondar en el misterio de Dios. Vamos a seguir con este tema un poco esta semana.

Esta semana empezaremos a escuchar el evangelio de Lucas- te habrás dado cuenta-. Veníamos escuchando a Mateo y, ahora, pasamos a otro evangelista, que si bien tiene muchas cosas en común y que se parecen, porque hay pasajes similares, siempre hay que decir que cada evangelista- debemos recordar siempre- tiene su propia mirada del “misterio” de Jesús, su lectura de la vida. Y eso nos puede ayudar a enriquecer lo que vamos aprendiendo sobre él.

En esta semana también te propongo que no nos transformemos en oyentes olvidadizos de la Palabra, sino que pongamos en práctica lo que escuchamos, sabiendo que- como dice la misma palabra de Dios- “la Palabra tiene una fuerza capaz de salvarnos”. Ahora, tendríamos que preguntarnos: ¿Qué es salvarnos?, ¿salvarnos de qué? Si no pensamos y reflexionamos en qué tenemos que ser salvados, o pensamos que ya fuimos salvados de todo y ya no necesitamos nada más, la palabra de Dios no va a tener esa fuerza en nosotros.

Bueno, con este espíritu, con este corazón, vamos a Algo del evangelio de hoy. ¿Qué podemos aprender de estas palabras de hoy? Me parece que se podría resumir en cuatro cosas, aunque siempre es mucho más, pero cuatro cosas que nos orientan.

Jesús habla de que viene a cumplir una misión. Él es el enviado del Padre para cumplir la misión en esta tierra con nosotros, en cada ser humano. Él es el que fue dócil a la Palabra. Por supuesto, él es la misma Palabra, pero fue dócil al envío de su Padre para venir a hacer lo que el Padre le pedía. Y por eso, nos podemos preguntar: ¿Y qué vino a hacer Jesús a este mundo? Vino a liberarnos, a permitirnos ver, quitarnos la ceguera. Vino a libertarnos, a darnos libertad, y «a proclamar un año de gracia»- dice -.

Muchas veces –no sé si te pasará– tenemos la idea que Jesús, sí, nos vino a salvar- lo repetimos mucho- del pecado. Y eso por supuesto que es verdad y lo vivimos y experimentamos cuando nos sentimos perdonados, cuando nos confesamos, cuando caemos, cuando podemos dejar algo que arrastramos, un vicio. Pero a veces, ese “salvarnos del pecado”, no terminamos de darnos cuenta a qué se refiere principalmente o pensamos que simplemente es ese perdón que se nos da cuando nos confesamos, pero Jesús quiere ir más allá. No solo quiere perdonarnos los pecados, la culpa de lo que hicimos, a través de la confesión, sino que además quiere liberarnos de todo lo que el pecado produce en nuestra vida, de sus consecuencias; todos los problemas que trae al mundo; la debilidad que nos arrastra también al pecado o sea que, en el fondo, es causa del pecado. Por eso Jesús también viene a liberarnos, a liberarnos porque estamos de alguna manera atados, cautivos de muchas cosas, de nuestra manera de pensar, como Pedro, de nuestra manera de sentir. Cautivos de nosotros mismos, de pecados que también nos tienen atados o modos de ser, actitudes, temperamentos, carácter. Cautivos también de personas, de afectos, de cosas. Estamos cautivos de algún modo y Jesús también viene a liberarnos de esto.

Estamos ciegos también porque no vemos bien. No vemos las cosas con claridad. No sabemos todo. Por eso él viene a darnos una mirada diferente de la vida en general, de nuestra vida; una mirada distinta de la realidad, de todo lo que nos pasa, para que tengamos, en definitiva, una mirada de fe, una mirada sobrenatural – como Dios mira las cosas.

También dijimos que viene a darnos libertad, a ayudarnos a elegir bien, a permitirnos desplegar nuestra capacidad de elegir: lo mejor que Dios nos dio en esta vida.

Y Jesús, al mismo tiempo, viene a proclamar, como se dice, un año de gracia. Eso quiere decir que estamos en el tiempo de la misericordia, en el tiempo del perdón (Dios nos da tiempo para que podamos acercarnos a Él), en el tiempo de la reparación de todas las cosas malas que podemos tener en nuestra vida, lo malo que hicimos. Él viene a dar un año de gracia, un tiempo de perdón. Que esta semana empecemos con esta certeza de que Jesús viene a salvarnos, la Palabra viene a salvarnos. ¿De qué? Dijimos, de tantas cosas. Pensalo en tu vida.  Viene a liberarte del pecado, a permitirnos ver y quitarnos la ceguera, a darnos la verdadera libertad de los hijos de Dios, de los que saben elegir siempre lo mejor, aquello que nos conduce a hacer la voluntad del Padre.

No te olvides que si querés recibir los audios directamente en tu celular, podés ingresar a nuestra web www.algodelevangelio.org. Lo podrás recibir por WhatsApp, por mail, por YouTube, por Facebook o por la aplicación de Telegram. También buscando en el buscador: @algodelevangelio.

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

By administrador on 15 agosto, 2020

Lucas 1, 39-56

María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:

«¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.»

María dijo entonces:

«Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.»

María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.

Palabra del Señor

Comentario

Qué bien hace empezar este día con esta fiesta tan importante de nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María, madre de Jesús, madre de Dios, madre nuestra y madre de toda la Iglesia. Para nosotros, María es el camino más seguro, más corto y más rápido para llegar a Jesús, para llegar al cielo. Tan sencillo y lindo y profundo como eso, aunque algunos, incluso católicos, les cueste comprenderlo. Pero ella es así, ella es así, siempre está ahí. En este día celebramos, nos alegramos, nos llenamos de profundo gozo porque María fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Eso celebramos en esta fiesta, María ya está resucitada en el cielo, junto a Jesús, a Dios Padre y al Espíritu y todos los santos.

Ella se anticipó, ella llegó primero, ella nos marcó el camino. Ella nos anticipa la gloria. Ella nos da esperanza, porque con su vida y con su final, con su asunción, nos enseña que ese también es el fin de nuestra vida, estar algún día gozando con todos nuestros hermanos, con todos los santos, la eterna alabanza Dios, que es nuestro Padre. Pero María, para llegar a estar ahora en el cielo, vivió en la tierra cumpliendo siempre la voluntad de Dios Padre, desde el instante en el que le dijo que “sí” al ángel para ser la madre de Jesús y durante toda su vida. Y María lo demostró también con su propia vida, como lo dice Algo del evangelio de hoy: «Partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá». Finalmente, la voluntad de Dios, el amor, se manifiesta en obras concretas, palpables; en obras que no hacen alarde, como ella tampoco lo hizo, sino en obras que cambian la vida de los demás. En definitiva, nuestra fe nos tiene que llevar a eso, a actuar y a obrar movidos por el Espíritu Santo, como lo hizo María, para buscar siempre hacer la voluntad de Dios y no la nuestra. Y por eso, la oración, la vida de profundo silencio que María también vivió y experimentó, fue la que la llevó a aceptar la voluntad de Dios y, finalmente, a hacer lo que él le pedía, sirviendo en este caso a su prima Isabel.

Es por eso que en ese encuentro maravilloso entre María y su prima Isabel, entre Juan y Jesús, se oyó, de algún modo, la voz del Espíritu, que hizo saltar de alegría a todos esos corazones. Eso es lo que hace Jesús en nuestra vida cuando a través de otros podemos encontrarlo, como le pasó a Isabel, o también a través del servicio podemos descubrir que ese es el sentido de nuestra vida. Por eso María cantó feliz, porque ella creyó, porque ella creyó que se iba a cumplir la voluntad de Dios en su pequeña y humilde vida. Ella creyó que diciéndole que “sí” al Señor- aunque nadie se dé cuenta, aunque incluso algunos la hayan señalado-, creyó que su alma iba a ser grande y que iba a cantar la grandeza de Dios haciendo maravillas con su “pequeñez”. Eso es lo que nos enseña siempre la vida de María, que solamente con la humildad y “pequeñez” de nuestro corazón podremos hacer cosas grandes para contribuir al Reino de Dios, que el Señor nos pide que sembremos y colaboremos para que su amor se extienda por todos lados en cosas de cada día.

No demos más vueltas. No esperemos grandes cosas para hacer la voluntad de Dios. Tenemos que descubrirla en el servicio concreto y cotidiano, en nuestra familia, en nuestros seres queridos, en mi mujer, en mi esposa, en mis hijos, en mi comunidad, en mi trabajo. Es ahí donde podemos descubrir que, de alguna manera, siempre el ángel se nos presenta y nos invita a hacer la voluntad de nuestro Padre del cielo.

Que hoy nuestra alma también “cante la grandeza del Señor” y que nuestro espíritu se estremezca de gozo en Dios, que es nuestro salvador, porque él miró la bondad y la “pequeñez” de la Virgen María, su servidora. Y por eso la llamamos feliz, porque en ella Dios hizo grandes cosas, como lo puede hacer en nosotros. «Su misericordia es grande y se extiende de generación es generación». Pidámosle al Señor que hoy nos llene de gozo y nos ayude, también, a ser humildes para un día poder ser elevados como lo fue nuestra Madre.

Memoria de Santa Marta

Memoria de Santa Marta

By administrador on 29 julio, 2020

 

Lucas 10, 38-42

En aquel tiempo:

Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa.

Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.»

Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada.»

Palabra del Señor

Comentario

Es una imagen bellísima la de algo del evangelio de hoy en este día de Santa Marta: un pueblo, una casa, la invitación a Jesús de una mujer —Marta—para que estuviera en su casa; María que “aprovecha” la situación de esta invitación y se sienta a los pies de Jesús para escuchar… Mientras tanto, Marta que no para de trabajar, que no para de hacer cosas: va de aquí para allá seguramente con deseos de servir a su Maestro; y la otra que “escucha”.

Todo un cúmulo de signos en esta situación, y Jesús como siempre que enseña. Jesús aprovecha esta ocasión para ilustrarnos con una enseñanza que nos tiene que quedar grabada en el corazón. Jesús enseña con la vida, enseña con lo que pasa; Jesús es el Maestro que no necesita tiza, ni pizarrón, es el Maestro que no necesita presentaciones de Power Point, o videos para llamar la atención…

Jesús es el Maestro que cautiva el corazón de aquellos que lo escuchan, es el verdadero Maestro y por eso nos enseña; y termina dándole una “lección” a Marta: no la trata mal ni la crítica, simplemente —de alguna manera—, Jesús se lamenta:

«Marta, Marta te inquietas por tantas cosas, sin embargo, hay una sola que es necesaria, María eligió la mejor parte».

Y qué bueno que hoy nosotros podamos decir: Quiero aprender a elegir, quiero aprender a decidirme por lo mejor porque tantas veces he perdido el tiempo haciendo tantas cosas y sin embargo, tengo que volver a escuchar que Jesús me dice:

“Dejá de inquietarte por tantas cosas, ¿No aprendiste en la vida que finalmente la inquietud no te llevó a nada?, ¿No aprendiste que al final de cuentas esa inquietud te la terminé solucionando Yo? ¿Te la terminó solucionando el tiempo; o el tiempo te fue demostrando que no era tan necesario como pensabas?”

¿Cuántas veces andamos como Marta? ¿Cuántas veces también parece, que ser como María es “perder el tiempo”? ¿Cuántas veces el mundo se burla de nosotros porque parece que estar a los pies de Jesús no es necesario? (Y que en realidad es un símbolo, porque estar a los pies de Jesús puede ser rezar, puede ser adorar, tomarse un tiempo de silencio, escuchar estos audios, leer la Palabra, puede ser no hacer lo que el mundo piensa que tenemos que hacer).

Sin embargo, estar “a los pies de Jesús” pero para ESCUCHARLO, es lo verdaderamente necesario; en definitiva, el no desprecia la “actividad”, no está despreciando a Marta por lo que hace, lo que le quiere enseñar es que haciendo cosas no tiene que olvidarse de lo más importante, que aún haciendo cosas tenía que haberlo escuchado a Él, que aún sirviéndolo tenía que haberlo escuchado a Él.

Marta invita a Jesús a su casa y termina poniéndose a trabajar. ¿Cuántas veces nosotros también hacemos lo mismo? Queremos abrirle el corazón a Dios y le hemos abierto el corazón para que entre a nuestra vida teniendo algún servicio, alguna actividad comunitaria, solidaria, caritativa de la Iglesia; y sin embargo sin querer lo dejamos de escuchar.

Si estamos sirviendo a Dios y lo dejamos de escuchar es porque en el fondo no lo estamos sirviendo, nos estamos sirviendo a nosotros mismos, estamos sirviendo a nuestros caprichos o proyectos y por eso terminamos quejándonos y podemos quejarnos como Marta de la actitud de María que en el fondo fue la más sabia y la de corazón más grande, por lo menos en ese día.

Qué bueno que hoy podamos aprovechar para serenarnos un poco, para decirnos a nosotros mismos: «Rodrigo, Rodrigo te inquietas por tantas cosas…» Decí tu nombre y también dejá que Jesús te lo diga a vos mismo: “¿Porqué te inquietas, porqué andas corriendo, qué necesidad?”

¿No te das cuenta que de un día para el otro tu vida puede terminar, puede llegar a su final, a su mejor final que es encontrarte con Jesús? ¿Y vos crees que te va a preguntar cuántas cosas “hiciste”; o cuánto amaste, cuánto lo “escuchaste”? O con cuánto amor hiciste lo que hiciste.

Ojalá que vivamos este día escuchando a Jesús, acordate que no son dos cosas distintas; se puede escuchar a Jesús haciendo lo que tenemos que hacer, amando a los que tenemos a nuestro alrededor, se puede escuchar a Jesús en la actividad en medio del mundo; pero para eso necesitamos cada tanto decir: “Tengo que frenar, tengo que estar a tus pies…” Disfrutemos de la Palabra de Dios, la Palabra de Dios escuchada, transmitida en la Iglesia que es la que nos alimenta cada día y nos ayuda a que no terminemos siendo “Martas” sin corazón. Sino Martas Santas como el día de hoy que celebramos la santidad de esta mujer, que finalmente se dio cuenta de lo que Jesús le decía y seguramente cambió, y aprendió a estar a los pies de Jesús, para terminar, estando con Él l en el cielo. ¡Tengamos el corazón de María y las manos de Marta, para ser unos verdaderos discípulos.

 

 

Lucas 1, 57-66. 80 – Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista

Lucas 1, 57-66. 80 – Solemnidad del Nacimiento de Juan Bautista

By administrador on 24 junio, 2020

 

Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.

A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan.»

Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre.»

Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan.»

Todos quedaron admirados. Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.

Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.

El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.

Palabra del Señor

Comentario

“El Señor me llamó desde el seno materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre” dice la primera lectura del profeta Isaías de la misa de hoy. Algo así también podemos repetir nosotros, intentando experimentar lo mismo, sentirnos amados y llamados desde el vientre de nuestras madres. El salmo también dice algo muy lindo: “Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el seno de mi madre. Te doy gracias, porque fui formado de manera tan admirable. ¡Qué maravillosas son tus obras!” Qué lindo empezar este día pensando que cada uno de nosotros fue pensado por un Dios que es Padre. Alegrarse con saber que cada vida es sagrada desde el vientre de nuestras madres porque fuimos creados y formados de manera admirable. Porque somos amados y llamados a una misión especial, a ser de alguna manera profetas y precursores de Jesús para los otros.

Hoy la Iglesia celebra el llamado a la vida de Juan el Bautista, su nacimiento. ¿Por qué?, te podrías preguntar. Porque según Jesús, san Juan Bautista fue el hombre más grande nacido de mujer. Así salió de su propia boca.

Su nacimiento fue anunciado, como el de Jesús. Llamado a “prepararle” el camino, a predicar y a allanar los senderos para la llegada del Salvador.

Es al mismo tiempo el último de los profetas y es, de alguna manera, la “bisagra” entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, el que permitió la “novedad “en lo antiguo.

Y por eso Jesús llegó a decir que “el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que Juan Bautista”. ¿Por qué? Porque los que vivimos en la etapa del Reino de los hijos de Dios somos de algún modo más grandes ya que podemos vivir desde la gracia. Vivimos con la gracia que nos regaló Jesús, el Espíritu Santo. Vivimos el ser hijos adoptivos de Dios Padre, algo que San Juan Bautista no pudo experimentar, aunque, por supuesto, dando su vida, preparando el camino para el Señor, es de los grandes santos de nuestra Iglesia.

De este santo podríamos decir y aprender muchísimas cosas y, aunque no aparece en Algo del Evangelio de hoy, me gusta imaginar el momento en el que Juan desde el vientre de su madre pudo percibir la presencia de Jesús cuando María visitó a Isabel, saltando de alegría. Quiere decir que fue profeta desde antes de nacer. Fue útil a la historia de la humanidad, a cada uno de nosotros, sin haber visto la luz del sol, aun sin haber nacido. Desde el vientre de su madre pataleó y le avisó a su madre que ahí estaba Jesús, en el otro vientre. Es una maravilla pensar esto, en el valor y la significancia que tiene cada vida, incluso antes de nacer, sabiendo que Dios tiene un propósito para cada uno que no podemos truncar por nada de este mundo.

San Juan Bautista es el gran profeta, porque señaló siempre a Jesús y nunca quiso ser el centro, jamás pretendió que los demás lo siguieran a él, jamás se le ocurrió anunciar algo falso; siempre anunció la verdad, se la jugó por la verdad y finalmente terminó, dando la vida, muriendo por la verdad.

También es el humilde que no se sintió digno de desatarle la correa de las sandalias a Jesús. No se sintió digno de bautizarlo. No se sintió digno casi de “estar con él”; porque reconoció a Jesús como su gran Salvador, el Salvador de todos.

La humildad es la condición necesaria para ser un verdadero hijo de Dios, para ser cristiano. Vos y yo podemos ser humildes. Tenemos que aprender a no ser el centro de nada. La humildad es la virtud del cristiano que necesitamos todos para que lo que reluzca en nosotros, no seamos nosotros mismos, sino la obra de Dios en nuestra vida.

Es el santo de la humildad, el santo que aprendió a hacerse pequeño para que Jesús fuera quien se hiciera grande. Fue él el que aprendió a ir desapareciendo para que el que vaya apareciendo fuera Jesús.

Y por eso su gran frase ha quedado para siempre en la liturgia de la Misa, que celebramos todos los días: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Que san Juan Bautista en este día nos ayude, llenos de alegría, a mostrarle a los demás dónde está el Cordero de Dios. Dónde está ese Cordero que quita nuestros pecados, que sana nuestro corazón, que nos libera de las cosas que nos atan, que nos da paz, que recibe nuestros agobios.

Que, al mirar la Hostia hoy en la Misa, en alguna Misa, nos ayude a reconocer dónde está el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo, que sigue haciéndose pequeño, que sigue haciéndose humilde, que sigue mostrándose vulnerable para que nosotros nos enternezcamos y nos animemos a amarlo cada día más, y seamos verdaderos hijos de Dios.

Lucas 24, 13-35 – III Domingo de Pascua

Lucas 24, 13-35 – III Domingo de Pascua

By administrador on 26 abril, 2020

 

El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»

Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»

«¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»

Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adónde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»

El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

Y se decían: « ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Comentario

¡Quedate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba! ¡Qué linda petición! ¡Qué lindo que hoy todos, estemos donde estemos, estemos como estemos, hayamos resucitado o no en esta Pascua que pasó, podamos decir esto desde el corazón! ¡Quedate con nosotros! Estos dos discípulos le dijeron eso a Jesús sin saber todavía quién era realmente, sus ojos del corazón no veían lo que nosotros hoy sabemos, no sabían quién era el que los había acompañado durante todo el camino y les había hecho arder el corazón. ¡Quedate con nosotros! ¿Cuánto más tenemos que pedir nosotros que ya sabemos que “ese” que anda por el camino de la vida intentando que nuestro corazón se llene de ardor es el mismo Jesús? Nosotros ya sabemos el final de la historia, nosotros ya sabemos que ese Jesús anda así por nuestra vida y por la de tantos hombres y mujeres que caminan cabizbajos, con el “semblante triste”, como no comprendiendo nada, deprimidos por no encontrar el sentido de sus vidas, por haberlo perdido ante algún dolor, ante alguna frustración, o simplemente porque tantas deseos de más, nos hace olvidar quién es “lo más”.

Nosotros podemos hoy agregarle una palabra clave a esa frase de estos dos discípulos. ¿Te diste cuenta? Nosotros podemos decirle: “Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Vos y yo sabemos que ese hombre es Jesús. Vos y yo… ¿lo sabemos? Nosotros sabemos que Jesús está, pero parece no estar. Nosotros hoy queremos saborear la presencia de un Dios que está pero permanece oculto a los ojos de los que andan mirando para abajo, de los que no escuchan los sonidos del corazón, de los que no escuchan la Palabra de Dios.

En este domingo levantemos la cabeza, dejemos de “discutir” por el camino de la vida, dejemos de hablar como si Jesús no estuviera, dejemos de mirarnos el “ombligo” y no ver lo que alguna vez ya vimos. ¿No ardió acaso nuestro corazón alguna vez en nuestra vida cuando descubrimos la presencia de un Jesús vivo, en ese retiro, en ese momento de oración, en ese pobre que visitaste, en tu marido, en tu mujer, en tus hijos? ¿No ardía acaso nuestro corazón? ¿Qué nos pasa ahora? ¿Qué nos pasó?

“Quedate con nosotros, Señor, porque ya es tarde y el día se acaba”. Quedate conmigo podemos decirle con emoción. En realidad él siempre está, somos nosotros los que nos vamos escurriendo de sus manos y nos perdemos. Por ahí podríamos dar vuelta esta petición y escuchar que es Jesús el que nos dice al corazón: “Quedate conmigo, no te vayas más, la vida se acaba, el día se acaba, no te alejes nunca más de mí”.

Lucas  24, 35-48 – Jueves de la Octava de Pascua

Lucas 24, 35-48 – Jueves de la Octava de Pascua

By administrador on 16 abril, 2020

 

Los discípulos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»

Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: « ¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo.»

Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: « ¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos.

Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»

Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»

Palabra del Señor

Comentario

Por ahí te va a sorprender un poco lo que te voy a decir, lo que me digo siempre a mí mismo. ¡No es sencillo creer! Cuando uno crece en la vida de fe, y no me refiero con esto a “saber” muchas cosas, a ser grandes teólogos, sino a pensar de un modo más profundo lo que implica creer, lo que significa la resurrección de Jesús, deberíamos reconocer con humildad que no es sencillo creer, no hay que dar por sentado que el creer es algo fácil. Si esto fuera cierto, todos deberían haber creído en la resurrección de Jesús, todos deberían creer en que Jesús está vivo, sin embargo, no es así, las evidencias nos llueven por todos lados; las evidencias de que no es evidente, valga la redundancia, creer en que Dios se haya hecho hombre, de que haya muerto y resucitado. Incluso podríamos decir que cuanto más “evidencias” buscamos, en el sentido científico de la palabra, más obstáculos podríamos encontrar. Si y vos y yo creemos, se lo debemos a la gracia que recibimos para acoger la fe y responderle a Jesús, y muy poquito a nosotros mismos, todo es gracia.

Por eso, que buena oportunidad para pedirle a Jesús que nos abra la inteligencia, para que podamos comprender las Escrituras. Es buen día para hacer esto, porque justamente en algo del evangelio de hoy, Lucas lo dice claramente: “les abrió la inteligencia para que pudieran comprender…” Esto es algo que tenemos que pedir siempre y que a veces nos olvidamos, yo me lo olvido también. Si todos los días hiciéramos este ejercicio, si todos los días nos acordáramos de pedirle a Jesús, ¡Qué distinto sería todo! Sin la gracia que viene de lo alto, sin la gracia que viene de Jesús no podemos comprender en su totalidad todo lo que está escrito para nuestra enseñanza, para nuestra santidad. ¡Señor, que hoy podamos comprender un poco más;  Señor te pedimos que hoy nos abras un poco más la inteligencia de la mente y la del corazón, para poder encontrarte en la Escrituras, para poder reconocer  al Resucitado a nuestro alrededor, en cada palabra, en cada gesto, en cada Misa, en cada Eucaristía; Señor acompañanos como a los discípulos de Emaús, explicanos las cosas porque nuestra mente es lenta y pequeña; Señor, te pedimos que te nos manifiestes, así somos testigos de todo esto ante el mundo que no cree y vive como si no existieras! Te pedimos esto y todo lo que nuestro corazón no se anima a pedir.

Imaginando la escena hoy ¿Quién de nosotros, poniéndose en el lugar de los discípulos, no actuaría de la misma manera? ¡Temor, alegría, admiración y resistencia a creer! Pasaron por todos los estados de ánimo posibles en un instante. Primero miedo, después alegría, admiración y al final, una especie de resistencia a tanta alegría ¿Es posible todo esto? ¿Es posible semejante alegría? Creo que cualquiera de nosotros haría lo mismo. No es fácil creer semejante acontecimiento, no es fácil creer cuando la alegría es demasiado grande. Evidentemente no habían comprendido ni las Escrituras, ni lo que Jesús les había dicho de tantas maneras y tantas veces. En la vida necesitamos creer en la Palabra de Dios, pero también, necesitamos la confirmación de esa Palabra, necesitamos experimentar en carne propia la realidad de lo que leemos. Es por eso, que muchas cosas en la vida no las terminamos de creer hasta que no nos pasan. Cuando nos pasan, nos decimos: ¡¡¡Ah!!! Ahora entiendo, ahora descubro eso que antes leía y no comprendía. Los discípulos necesitaron vivir esta experiencia para confirmar lo que Jesús les había dicho de palabra. Nosotros también hoy necesitamos experimentar la presencia real de Jesús en nuestras vidas para ser testigos verdaderos de Él en el mundo. Sino ¿de qué somos testigos? Cristiano es el que cree en Jesús, cree en la Palabra de Dios, pero no solo cree, sino que lo experimenta, lo vive y como lo experimenta y lo vive, es testigo de lo que cree y vive, refleja con su vida lo que lee, cree y experimenta. Estos días de Pascua son días para volver a creer, para volver a experimentar que Jesús está vivo, y nos pide que, con nuestro testimonio, mostremos que esto es verdad. Si hubiera más testigos reales de que Jesús vive, ¡Qué distinto sería todo! ¿No?

Lucas 24, 13-35 – Miércoles de la Octava de Pascua

Lucas 24, 13-35 – Miércoles de la Octava de Pascua

By administrador on 15 abril, 2020

 

Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»

Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»

«¿Qué cosa?», les preguntó.

Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»

Jesús les dijo: « ¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»

El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor

Comentario

¡Quedate con nosotros, porque ya esta tarde y el día se acaba! Quédate con nosotros, Señor. A esta frase le agregamos Señor, aunque ellos no lo sabían, le pedían que se queden con ellos, pero no lo sabían, que era el señor. Nosotros, ahora, ya conociéndote resucitado sabemos que sos el Señor. Sabemos que caminas a nuestro lado, desde siempre aunque no nos demos cuenta y por saber que sos el Señor te lo pedimos de otra manera… “¡Señor quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba!” Todo se está oscureciendo. Todo parece que se pone negro. Todo se vuelve tinieblas en un mundo sin vos, por eso los que creemos Señor hoy te decimos quédate con nosotros. Acompañanos hasta nuestra casa, acompañanos porque con vos todo es distinto. Con vos arde nuestro corazón, con vos todo se siente de otra manera.

Por eso, hoy Señor me animo a hacer una oración más que un comentario de Algo del Evangelio. Hoy me animo a pedirte en nombre de toda la humanidad: Quédate con nosotros porque a veces sentimos que no estás y por eso también te pedimos perdón porque sentimos que no estás y nos olvidamos de nuestra fe y ese sentimiento de soledad, de angustia, de tristeza, de pesadumbre, nos hace, a veces afirmar que no estás ¿Cómo somos capaces de decirte eso Señor, si vos estuviste y estás siempre y estarás siempre? Ahora me acuerdo de esas palabras que le dijiste a los discípulos “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo” y yo me olvido, me las olvido, me olvidé de semejante afirmación, me olvide porque pensé que la fe era un sentimiento y me olvidé de que la fe era también una certeza de aquellas cosas que no vemos y de esas palabras que vos dijiste y que permanecen para siempre, por eso “Señor a quien vamos a ir si tú tienes palabras de Vida eterna”. Nosotros en este momento de la humanidad, nos sentimos así caminando, cabizbajos, un poco tristes, quejándonos porque estamos mirando para abajo y nos olvidamos de que sos el Maestro y que siempre caminás con nosotros y que estás en la barca. Sos el dueño, sos el que maneja el timón, sos el capitán del barco, sacudido por las olas de este mundo que no se da cuenta de tu presencia y que por haberse olvidado de vos…se ve así, azotado por todos lados.

Pero nosotros, Señor, los que escuchamos la palabra de Dios, queremos decirte, desde el fondo del corazón: Quédate con nosotros entra en nuestro hogar porque ahí queremos sentarnos con vos y que bendigas el pan, que des gracias, que lo repartas y que podamos reconocerte, en ese gesto de amor. Y eso es lo que necesitamos en este tiempo de encierro, en este tiempo en el que no podemos salir, pero si estamos con nuestras familias y ahí es, donde partiendo el pan con ellos, compartiendo lo que tenemos, aun lo poco que tengamos, aun lo de siempre, lo que parece cotidiano, ahí podamos descubrirte. Que esta escena del Evangelio que acabamos de escuchar sea para nosotros un motivo de esperanza, un saber que siempre estás, y que siempre estarás con nosotros No permitas que perdamos la esperanza No permitas que nos quejemos. Queremos que vuelva a arder nuestro corazón porque sabemos que estas resucitado, sabemos que nos acompañás y nos acompañarás siempre. Gracias Jesús, gracias Jesús por caminar con nosotros.

Sábado Santo

Sábado Santo

By administrador on 11 abril, 2020


Comentario al Sábado Santo

Hoy en éste sábado santo, no hay Evangelio, no hay Palabra de Dios para escuchar porque la Palabra se ha callado, la Palabra está muerta, en silencio, está a la espera. Nosotros también deberíamos seguir en silencio para aprender a escuchar lo que a veces no podemos escuchar. Eso nos propone la Iglesia en este día. Jesús está en el sepulcro. Estamos a la espera de la Resurrección, estamos en Vigilia esperando la Pascua.

Por eso la liturgia de la Iglesia permanece en silencio y no nos propone algo del Evangelio para meditar, para que podamos experimentar el vacío y así volvamos a escuchar con alegría el anuncio de la Resurrección. Todos sabemos y creemos que Jesús hoy está, está vivo, resucitado pero también sabemos y creemos que es necesario revivir ciertas cosas, para no olvidar lo que Él hizo por nosotros. Él murió, realmente murió,  permaneció en el sepulcro y al tercer día resucitó. Es por eso que intentamos vivir éste sábado santo de ésta manera, hasta la Vigilia Pascual en silencio.

Silencio fecundo, silencio de amor, silencio de los que quieren escuchar porque necesitan la voz del buen pastor que nos habla con su dulce voz al oído. Imaginando a Jesús en el sepulcro; imaginando a María quebrada, destrozada por el dolor por la muerte de su Hijo; reviviendo la angustia de las mujeres que amaban a Jesús y de golpe, se quedaron solas, intentando acompañar a los discípulos de Jesús. Sus amigos, que escaparon en el momento de dolor y estarían de alguna manera llenos de culpa sin comprender lo que estaba pasando cómo su amigo, aquel que hacía milagros, aquél que curaba a los enfermos, aquel que resucitó a Lázaro, no pudo librarse de la muerte, no pudo bajarse de la cruz y mostrar que era Dios.

Hay que rebuscársela en este día para que no sea un día más, sino que sea un día fecundo. Mientras muchísimos olvidan lo que pasó hoy, te recuerdo y me recuerdo, el para qué de este día. Los templos permanecen en silencio, las cruces tapadas, los altares despojados, las flores ausentes, la Virgen Dolorosa mirando a su Hijo, la Cruz puesta para ser adorada. Podemos rezar, escuchar el silencio, podemos volver a rezar un Vía Crucis, podemos volver a hacer cosas para no alejarnos del silencio.

Cuanto más silencio hagamos, más deseos tendremos de que llegue la Pascua, de que llegue la Vigilia. Si nunca fuiste a una vigilia no nos perdamos la oportunidad de esperar ésta vigilia con más ansias en el corazón. La Vigilia Pascual nos ayudará a experimentar lo que significó un mundo sin Jesús y lo que significa un mundo con Jesús, que es la luz que viene a iluminar las tinieblas con su resplandor porque él es la luz representada en el cirio pascual. Un mundo en silencio que empieza a escuchar la mejor música que puede escuchar el hombre, la Palabra de Dios. Que es como una sinfonía y que hay que aprender a escuchar.  Un mundo en pecado que es perdonado y redimido. Un mundo dividido que es congregado por Cristo en su espíritu, en un solo amor. Ojalá podamos vivir éste día y esperar con ansias la Vigilia Pascual, la resurrección del Señor que nos introducirá en la vida nueva, una vez más, una y otra vez. Hoy los católicos del mundo podemos renovar nuestro deseo de vivir como bautizados en cada Vigilia Pascual del mundo entero. Es la oportunidad para volver a ser fieles a su palabra, para volver a renovar nuestra alianza, para volver a poner nuestra confianza en aquel que nos dio la vida.