Book: Marcos

XXXIII Domingo durante el año

XXXIII Domingo durante el año

By administrador on 14 noviembre, 2021

Marcos 13, 24-32

Jesús dijo a sus discípulos:

En aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y Él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.

Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta.

Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.

Palabra del Señor

Comentario

En estos días, si nos ponemos a pensar, también parece que el sol se oscurece y deja de alumbrar ¿no?  –simbólicamente–, parece que ya no hay “calor” de cosas buenas; cómo cuando nos acostumbramos a ver y a escuchar tanta gente que muere por el odio, por la injusticia, por el fanatismo religioso, por ideologías políticas, por egoísmos y ansias de tanto poder de tantas personas.

En estos días también parece ser que la luna deja de brillar; que las estrellas se vienen abajo y los astros también se tambalean. Y ni siquiera ésta luz, ésta luz de la luna ilumina un poco a la noche oscura del mundo que está lleno de guerra.

Cuando vemos tanto mal, tanta pobreza, tanta injusticia, tanta desigualdad, las cosas tan mal distribuidas, dolores tan profundos en muchos y vida tan holgada en pocos, muerte de tantos inocentes no nacidos o nacidos… ¿Da bronca muchas veces no? Y también dan ganas de que todo se termine lo antes posible, y que Dios haga justicia en serio, en mi vida y con el mundo entero.

¿Quién no pensó esto alguna vez? ¿Cuándo se terminará el sufrimiento en mi vida y en la de los demás? ¿Cuándo las cosas serán como Dios quiere que sean, y como la mayoría de los hombres queremos que sean?

Las palabras de algo del evangelio de hoy creo que parecen más actuales que nunca. Son duras y por ahí difíciles de comprender, pero reales; por las cosas que pasan, que están pasando, y además por el deseo de que se cumpla su promesa de venir y terminar con todo esto de una vez; de venir lleno de poder y gloria como lo dice hoy la Palabra.

Una prueba más de que lo que Jesús dice siempre es verdad, son estas palabras: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán».

Pensemos en esto, pensá en esto: pasarán mil cosas en la vida –cosas buenas y no muy buenas–, pasará lentamente este mundo como viene pasando hace siglos y siglos, pasarán los elogios de la vida, los éxitos, las felicitaciones, las cosas materiales, lo que tuve, lo que tengo y lo que tendré, pasarán mis seres queridos, pasaré yo también algún día, todo va a pasar; pero las palabras de Jesús no pasan. Y por eso en cada tiempo siguen diciendo algo y siguen salvando; porque no pasan, siempre dicen lo que está pasando y lo que tenemos que hacer para dejar algo permanente en esta vida.

El mejor “negocio” –por decirlo de alguna manera– que podemos hacer hoy con este Evangelio los que creemos en Jesús, es aferrarnos a lo que no pasa y dejar que pase lo que tiene que pasar.

Aferrarnos a las palabras de Jesús es aferrarnos a lo que permanece y nos ayuda a vivir todo lo pasajero de la vida en su justa medida. Pero agarrarse de lo eterno, de las palabras de Jesús; no significa dejar que nos pase la vida por encima y esperar que venga algo mejor cruzados de brazos, ¡no!, por favor, eso no es cristianismo; eso es cristianismo sin vida y sin actitud, un cristianismo sin esperanza activa, sino con una esperanza pasiva, mediocre, que cree que vendrá algo mejor, pero mientras tanto, no hace nada. Nada más alejado del Evangelio que eso.

No sabemos el día ni la hora en la que Jesús vendrá a derrotar el mal para siempre; por eso mientras tanto, tenemos que ser nosotros mismos –con nuestra vida– los que llevemos las palabras de Jesús que permanecen para siempre.

¿Sabías que tu vida y la mía es la única palabra de Jesús que alguien puede escuchar? ¿Sabías que nuestra vida, nuestra presencia en este mundo; es un “decir” de Jesús en medio de un mundo violento y egoísta?

El Evangelio de hoy no es el anuncio inevitable de una historia que va hacia la destrucción, sino lo contrario: es un anuncio esperanzador de una historia que va hacia algo mejor y que justamente necesita de nosotros para lograrlo.

Por eso Jesús no dijo ni el día ni la hora. ¿Qué sería de nosotros si supiéramos que dentro de unos años Jesús vendría a derrotar el mal? Esperaríamos sin hacer nada, dejando que todo lo hiciera Él. Sin embargo, Jesús no lo dijo para que hoy, hoy en este domingo nosotros digamos: “Como no sabemos cuándo viene; mientras tanto trabajemos para ayudar a que otros se den cuenta que así no podemos vivir más, que nos merecemos algo mejor, que tenemos que creer en las palabras de Jesús que dan vida y nos dan la vida eterna” Bueno, para terminar…

¿Cómo imaginás tu vida? ¿El final de tu vida? ¿Cómo algo que pasará sin dejar nada, sin dejar algo que permanezca; o te imaginás una vida que deje palabras de Jesús que no pasen?

Acordate que las palabras de Jesús no pasan, y si tu vida fue una palabra de Jesús; tu vida no va a pasar, tu vida permanecerá en la vida de los otros, como la de los santos.

Por eso nuestro mejor “negocio” es aferrarnos a lo que no pasa jamás, que es el amor que podemos dar mientras parece que todo se viene abajo y todo pasa.

Aprovechá el día de hoy para hacer cosas que permanecen, cosas que no pasan; aprovechá para amar, aprovechá hoy para vivir las palabras de Jesús.

XXXII Domingo durante el año

XXXII Domingo durante el año

By administrador on 7 noviembre, 2021

Marcos 12, 38-44

Jesús enseñaba a la multitud:

«Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad».

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre.

Entonces Él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir».

Palabra del Señor

Comentario

Hoy en este domingo día del Señor; es bueno frenarnos y detenernos como se detuvo Jesús en Algo del Evangelio de hoy. Jesús se detiene a mirar; mira para conocer lo profundo, y después llama a los discípulos para enseñarles a mirar, a mirar como mira Él. “Mientras el hombre mira las apariencias; Dios mira el corazón”, dice la Palabra de Dios; y menos mal que Dios mira así, mira para ver, de otra manera.

Los que saben un poco de historia y de la Biblia, dicen que en esa época la alcancía del templo de Jerusalén donde la gente depositaba su limosna, era de bronce, era como un gran embudo que estaba ubicada a la vista de todos; por eso en el momento en que la gente se acercaba a poner su ofrenda no sólo todos te veían, sino que se sabía más o menos cuánto ponías pues al tirar las monedas se escuchaba el ruido. Entonces a mayor ruido: más monedas, más riquezas, seguramente más bien visto; y a menor ruido: menor cantidad de monedas, menor riqueza, menos tenidos en cuenta. Todo un signo ¿no?, todo un signo que nos puede ayudar para –a través de esta imagen– encontrar el corazón del mensaje de hoy.

Porque Jesús mira bien, nos mira bien y quiere enseñarnos a mirarnos bien a nosotros mismos y también unos a otros, en definitiva, enseñarnos a ver, a través de la mirada. Y por eso, es bueno hacerse algunas preguntas: ¿Es posible que todo lo midamos por lo que se ve con los ojos? ¿Es posible que midamos todo por el ruido que hace, o por la propaganda que tiene? ¿Es posible que midamos todo por la cantidad? ¿Es posible que midamos todo por lo que dicen los demás? Sí, es posible, es muy posible; nos pasa un muchísimo, somos así.
Muchas veces, sin querer –porque lo tenemos como pegado o incorporado– andamos por la vida evaluando todo por las cantidades; en general siempre relacionamos que, a mayor cantidad, parece que todo es mejor. Nos evaluamos con números, nos ponemos calificaciones, nos premiamos con números, pensamos en tener más cosas, más dinero, más bienes, más y más; y además sin querer muchas veces le transmitimos esto a nuestros hijos o a los que tenemos a cargo.

Y esta mentalidad mundana, lo único que logra es que miremos todo superficialmente, haciendo que todo se vuelva después una frustración cuando no alcanzamos las cantidades que aparentemente hay que alcanzar, cuando no cumplimos con los “parámetros” que nos ponen.
¿No es medio infantil esta manera de vivir? Sí, creo que es bastante infantil; sin embargo, está muy arraigada en nuestra vida, incluso en la Iglesia también. Las preguntas clásicas que nos revelan esta forma de pensar o de ir por la vida, por ejemplo, serían:
—¿Cuánta gente fue?: ¡Uy qué bueno! o ¡uhh qué lástima! –decimos ¿no? – no fue tanta gente. — ¿Cuántos chicos fueron? — ¿Cuántos “likes o me gusta” te pusieron? — ¿Cuántos seguidores tenés? — ¿Cuántos seguidores tiene ese famoso o esa persona? ¿Viste cuánta gente lo sigue y lo quiere? ¡Qué infantiles que somos a veces! ¡Cuánto necesitamos de los números, como si fuera que nos dan algo!

En realidad, sí nos dan algo, y ese es el engaño, por eso los buscamos; nos dan cierta “seguridad” afectiva, nos agrandan el ego, nos permiten convertimos en foco de atención. ¿No será que estas palabras de Jesús, esta imagen de Jesús mirando a la viuda, necesitamos volver a escucharlas, volver a contemplar la imagen? Eso es lo que te propongo hoy: miremos como mira Jesús, para poder ver cómo ve Él.

Todos tenemos que proponernos esto, los sacerdotes y consagrados también. Porque mientras tanto, Jesús nos dice: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquier otro» «Les aseguro que Yo no miro las cantidades que miran ustedes; les aseguro que ustedes pierden el tiempo pensando y sintiendo que siempre es mejor lo que más cantidad tiene; les aseguro que pueden pasarse la vida midiendo todo por la cantidad, mientras Yo, miro otra cantidad: la del corazón».

O sea, no es que a Jesús no le interesen las cantidades; sí le interesan, pero le interesa la cantidad del corazón; le interesa con cuánto corazón hacemos lo que hacemos. Le interesa que nuestras limosnas, nuestras obras, nuestras actitudes cotidianas en la familia, en el trabajo, en el apostolado, en lo que hacemos, en cada cosa, sea hecha con una buena cantidad de corazón. Podemos “dar mucho” en apariencia, podemos dar todo; pero con poco corazón. Podemos dar todo lo que tenemos, pero no dar nada de lo que somos. Podemos dar todos nuestros bienes, pero vacíos de amor.

En cambio, podemos dar casi nada a los ojos de los demás y estar dando todo, podemos dar algo insignificante materialmente, podemos dar muy poco tiempo de nuestra vida para un trabajo o para ayudar a alguien; pero podemos estar dando todo de nosotros. Por eso la clave está en dar todo desde adentro, porque así nos estaremos asegurando de dar lo más necesario, así nos estaremos asegurando de dar lo mejor. Si damos todo lo que podemos desde adentro, no importará tanto cuánto demos ante la mirada de los demás; a veces daremos mucho, otras veces no tanto; pero ante los ojos de Dios estaremos dando todo.

Y lo contrario: si nuestro dar cosas no va acompañado del dar interior; podemos estar dando muchísimo desde afuera –a los ojos de los demás–, pero estaremos dando nada ante los ojos de Dios.

Que la viudita de hoy – esta pobre mujer necesitada pero con el corazón lleno– y la mirada de Jesús que nos ayuda a ver lo profundo y dejar de perder el tiempo en las superficialidades de esta vida; nos ayuden a empezar a mirarnos mejor entre nosotros, que nos ayuden a salir de esta mirada mundana y superficial, y empezar a mirar como mira Jesús: sin estar preocupados por la cantidad, sino lo que realmente le interesa a Él.

XXXI Domingo durante el año

XXXI Domingo durante el año

By administrador on 31 octubre, 2021

Marcos 12, 28b-34

Un escriba se acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?»

Jesús respondió: «El primero es: “Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas”. El segundo es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay otro mandamiento más grande que estos».

El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios».

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor

Comentario

Son muchas las veces que a los sacerdotes se nos parte el alma, de alguna manera, cuando un niño durante una confesión, aunque estrictamente hablando no son confesiones y por eso puedo contarlo, nos dice casi con lágrimas en los ojos: “Padre, mi papá no me escucha, mi mamá no me escucha, no me prestan atención”. Es muy triste escuchar eso. Es triste, pero pasa, son muchos los niños, y también te puede pasar a vos como matrimonio, o en una amistad, que no se sienten escuchados, por diferentes razones, pero que en definitiva es lo mismo, cuando no nos escuchan no importa tanto el porqué. ¿Será que a Dios le pasa lo mismo con nosotros? Si el domingo anterior el milagro del ciego nos quería enseñar que andamos un poco ciegos todos, hoy, aunque no se habla de milagro, sí nos enseña sobre la escucha. Bartimeo no veía, pero dice la palabra de Dios que se “enteró” de que Jesús pasaba por ahí, aunque podríamos decir que “escuchó” que pasaba por ahí, tenía el oído atento, listo para escuchar.

Por eso la gran tarea de nuestra vida, lo mejor que podemos hacer es escuchar. Algo del Evangelio de hoy nos enseña que primero hay que escuchar, antes que nada. ¿Qué tenemos que hacer? Escuchar. No ama el que no escucha y no escucha verdaderamente el que no ama. ¿Cuál es el primero de los mandamientos? le preguntaron a Jesús. “Escuchar para amar” “Amarás, si escuchás”, podríamos decir. Es lindo saber que el mandamiento también es una promesa… Amarás, amarás… Vamos a terminar amando, pero si empezamos por escuchar. Escuchar es lo primero que quiere Dios de nosotros, sin escucha no hay posibilidad de amar, no hay amor que prospere.

A veces creo que los cristianos sin darnos cuenta queremos empezar por el final del camino y nos olvidamos del principio. Siempre es bueno empezar por el principio. “Crece desde el pie, musiquita, crece desde el pie” dice una canción. Todo crece desde el pie. ¿Cómo pretender que Dios sea todo si no le damos lo primero y principal que es el oído del corazón que hace que las palabras lleguen? ¿Quién se puede enamorar de alguien al que jamás escucha o le presta su atención? Por eso es bueno volver a escuchar que el primer mandamiento en realidad, es escuchar. No se puede amar a quien no se escucha. No podemos darle a Dios lo mejor de nosotros, sino le damos lo principal. Mirá a tus hijos, a tu marido, a tu mujer, a tus hermanos, miralos y preguntate con sinceridad si es posible amarlos de verdad, si no los escuchás de verdad, si no te tomás el tiempo para saber qué piensan, qué sienten, qué necesitan, sentándote un rato con ellos. Cuando empezamos a escuchar a los que tenemos al lado nos llevamos muchas sorpresas, para bien y a veces para mal.

Nos sorprendemos para bien, cuando de golpe descubrimos una riqueza inimaginable en personas que antes no teníamos en cuenta. Nos sorprendemos para mal cuando de golpe nos distanciamos de personas que en realidad no conocíamos bien, porque en el fondo no nos escuchábamos. Nos sorprendemos para mal, pero en el fondo para bien cuando nos damos cuenta que estábamos llenos de prejuicios por no haber escuchado, por haber supuesto cosas, por haber emitido juicios que no nos permitieron saber lo que tenía el otro en el corazón. ¿No será que con Dios nos pasa un poco lo mismo? ¿No será que nos alejamos de Dios porque nos perdemos de escucharlo, nos perdemos la mayor riqueza que nos regaló, la capacidad de amar escuchando? ¿No será que algún día nos enamoraremos perdidamente de Él cuando nos decidamos a escucharlo?

El amor a Dios brota y crece casi naturalmente cuando se escucha sinceramente, la escucha es como la lluvia que riega las plantas, porque el escuchar cosas lindas, cosas de Dios, nos purifica el corazón para poder verlo nítidamente y una vez que lo vemos empezamos a amarlo con todo el corazón, con toda el alma, el espíritu y las fuerzas. En cambio, cuando las cosas quieren ser al revés, o sea obligarse a amar a un Dios, a una persona que no se escucha y no se sabe bien quien es, es casi tan imposible como estar ciego o sordo y querer enamorarse a la distancia de alguien que ni siquiera veo ni escucho.

Empecemos por el principio y el camino será más posible y lindo. En realidad, en los evangelios anteriores, Jesús venía respondiendo discusiones y pruebas, y se podrían decir muchísimas cosas con la respuesta de hoy de Jesús. Pero quería centrarme en esta, que a veces pasa desapercibida a nuestro paladar del corazón, a veces no escuchamos la primera palabra importante del mandamiento más importante, y nos preguntamos cómo hacemos para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo. ¿Sabés cómo? Escuchando. Si no escuchamos a Jesús no hay posibilidad de amar a Dios con todas las fuerzas y al prójimo como Él desea. La escucha diaria, continua, paciente, perseverante, es la que nos pone en el camino del amor. Si escuchamos a Jesús amaremos, si no escuchamos no amaremos. ¿Vos crees que amas y no escuchás? ¿Vos crees que amas y nos sos capaz de estar un tiempo sentado escuchando a los que decís que amás?

Probemos hoy escuchar más y que el escuchar nos abra el corazón para amar, a Dios y a los demás, porque en realidad, escuchar ya es empezar a amar.

XXX Domingo durante el año

XXX Domingo durante el año

By administrador on 24 octubre, 2021

Marcos 10, 46-52

Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»

Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo».

Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Animo, levántate! Él te llama».

Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»

Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver».

Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

Palabra del Señor

Comentario

En este domingo, creo que es lindo detenernos tranquilos en ésta escena tan rica de la palabra de Dios, en la que podemos contemplar tantas cosas, tanto la actitud de Jesús, como la de la multitud, la de los discípulos y por supuesto, la de este cieguito mendigo Bartimeo; un cieguito testarudo, hablando cariñosamente, pedigüeño, pero con un corazón inmenso, que nos enseña tanto.

Jesús iba caminando hacia Jerusalén, iba caminando dispuesto a entregarse por todos, como lo dijo el domingo pasado. Les había venido explicando a los discípulos durante el camino, que se iba a entregar, pero los discípulos no entendían; se enojaban porque otros hacían el bien como ellos, se peleaban por el primer puesto, pensaban que era imposible que un rico entrara al Reino de los Cielos, no comprendían. Todo esto lo meditamos los domingos anteriores.

Los discípulos y la multitud van caminando con Él sin entender mucho –bastante desubicados podríamos decir– y por otro lado está el cieguito, el mendigo al costado del camino, en la banquina; que rompe a gritos todos los esquemas. Estos son los personajes de Algo del Evangelio de hoy que está lleno de simbolismos y enseñanzas.

Empecemos por Jesús.

Jesús se detiene porque escucha, escucha el grito; lo manda llamar y le pregunta: «¿Qué puedo hacer por tí?», mientras todos quieren callar al pobre mendigo; Jesús escucha, Jesús llama, pregunta y salva.  ¿Puede hacer algo mejor? ¿Puede haber algo tan bueno? En esta escena, como en tantas otras, nos muestra que es el único que escucha entre tanta gente, el único que nos escucha verdaderamente, que nos escucha a nosotros en medio de la multitud de las personas, que a veces nos pasan por encima en este mundo. Él es el único que nos escucha no para enojarse y mandarnos a callar; sino que escucha para salvarnos y hacernos entrar en el camino, en su camino. ¡Qué linda esta imagen! Y la delicadeza de Jesús es maravillosa.

Bueno ¿Ese es el Jesús que conocemos vos y yo? ¿Ese es el Jesús al cuál le rezamos? ¿Es el Jesús que viene a quitarnos la ceguera, o el Jesús que no tiene nada de qué curarnos? ¿En qué lugar estamos? ¿En ese lugar de los que callan al ciego, a los otros porque no dejamos que se acerquen a Jesús o con nuestras actitudes alejamos a los demás? ¿O somos ese cieguito que anda pidiendo a los gritos algo de Jesús y está sintiendo esa experiencia linda de que Él siempre nos escucha?

Mientras tanto también tenemos la otra cara: los discípulos y la multitud no dejan que el más “débil” se acerque libremente a Jesús. El ciego y mendigo molesta con su presencia y con sus gritos; sólo uno termina siendo intermediario, pero porque Jesús se lo pidió. En realidad, todos los que van caminando con Jesús, de algún modo, son una imagen de la Iglesia en camino, de conversión; pero… ¿Qué Iglesia queremos? ¿Una Iglesia puente que deja que los demás crucen los ríos para encontrarse con Jesús? ¿O una Iglesia que pone trabas y obstáculos para que los demás se acerquen a Él? ¿O hacemos callar a los demás con nuestras actitudes porque nos creemos que el estar cerca de Él nos hace “mejores”?

¡Cuidado! Cuidado porque los discípulos veían el camino, pero no comprendían el modo de caminar; en cambio, el mendigo estaba al costado del camino y terminó abriendo los ojos para largarse a caminar con Jesús, como Jesús.

Y, por último: el cieguito.

El cieguito Bartimeo insistente, ¡nos enseña tanto! No le importó nada; sólo le importó encontrarse con Jesús, ver y empezar a caminar. Podríamos pensar que si gritó así es porque ya algo creía en Él, significa que ya había escuchado de Él y sabía que si le pedía algo a este hombre –al hijo de David, al Rey–, iba a ser curado.

¡Cuidado!, a veces los “descartados” al borde del camino, los que están descartados de nuestra sociedad, los que están sufriendo, los supuestamente más “pecadores”, los que pensamos que no tienen nada; tienen una fe más pura y más valiente que la de los que andamos caminando “cerca” de Jesús, a veces casi como “guardaespaldas” cuidándolo de que no se le acerque nadie aparentemente “indigno”. Esta actitud de Bartimeo es para imitar, él pidió ver y Jesús se lo concedió. Pero el cieguito no se fue a su casa, no se fue a hacer sus cosas, a descansar; sino que se puso en camino para andar con Jesús. Toda una imagen de la vida, de la vida de fe, del que se siente curado por Jesús, no puede hacer otra cosa que ponerse en camino.

Cuando Jesús nos abre los ojos –porque eso es la fe: que se nos abran los ojos del alma–; deberíamos empezar a caminar junto a Él el camino de la vida –despacito– porque Jesús vino a darnos esa capacidad de ver, vino a dar la luz de la fe. «Tu fe te ha salvado» –dice Jesús–; no dijo “tu fe te ha curado”. Tu fe te ha salvado, tu fe te permite empezar a caminar, la fe nos da la luz necesaria para dar cada paso cotidiano.

Ojalá que hoy seamos como el cieguito Bartimeo; que pidamos a los gritos: ¡Jesús que vea!, que vea algo más de mi vida, que te vea presente en mi familia, en mi trabajo, en mis amigos, que te vea, que te vea; así me pongo a caminar junto con vos y tantos hermanos.

XXIX Domingo durante el año

XXIX Domingo durante el año

By administrador on 17 octubre, 2021

Marcos 10, 35-45

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir».

Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?»

Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria».

Jesús le dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?»

«Podemos», le respondieron.

Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que Yo beberé y recibirán el mismo bautismo que Yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados».

Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

Palabra del Señor

Comentario

Hoy domingo, el día del Señor como siempre es lindo pensar que tenemos que aprovechar para estar más con Él, con nuestra familia; para dedicar más tiempo a las cosas que nos alimentan el alma y nos hacen bien, y así, dejar de lado tantas cosas que a veces no nos dejan escuchar a Dios y escuchar a los demás.

Por eso con Algo del Evangelio de hoy, podemos intentar escuchar a Jesús más atentamente y fijarnos también en la actitud de los discípulos que nos enseña muchísimo.

Otra vez los discípulos están “desubicados”, como estamos viendo de hace ya varios domingos, están ubicados en otro lugar, no se dan cuenta dónde están. En realidad, no entienden mucho; no entienden casi nada. Jesús les venía hablando de su Pasión, les venía hablando hacía tiempo de entrega, de amor; y algunos –Juan y Santiago– están “cuchicheando” por atrás, buscando el modo de robarle un “puesto” a Jesús olvidándose de sus hermanos. Una actitud bastante egoísta, parecida a tantas realidades de nuestro mundo.

«No saben lo que piden», –les dijo Jesús – no tenían ni idea lo que estaban pidiendo. Pero bueno, por sus deseos de grandeza, mezclado con una pisca de ambición, son capaces de decir que sí a cualquier cosa, incluso a un sufrimiento futuro que no conocen; como tantas veces nos pasa a nosotros. Los deseos de grandezas humanas se mezclan con nuestro amor, y podemos cometer muchos errores.

Pero Jesús con mucha inteligencia no se los reprocha; pero evita decirles que sí antes de saber qué quieren. Él siempre tuvo la gran capacidad de sacar lo mejor a veces de cosas no tan puras. Les arranca un SÍ a ellos, antes de que ellos sepan a lo que se comprometen.

“Sí podemos” –dijeron ellos–, pensando que sabían; pero no sabían lo que significaba el “Bautismo” que Jesús iba a recibir, ni el “cáliz” que iba a beber; no sabían que Jesús se refería a su Pasión, no sabían que se estaban comprometiendo a sufrir por amor a Él.

Juan y Santiago dicen: “¡Podemos!”, con mucho entusiasmo; pero pensando en el “puesto” que deseaban y Jesús en realidad –y eso es lo más lindo– les tiene preparado el mejor puesto y el primer puesto, que será el dar la vida; ser los primeros en dar la vida.

Lo divertido, es que los otros diez también muestran la “hilacha”, como se dice, muestran su debilidad y se indignan. No soportan que dos se queden con todo y que sean los primeros. Son tan ambiciosos en realidad como ellos; son incapaces de comprender el corazón de Jesús que les hablaba de otra cosa más profunda.

Y acá está lo te propongo contemplar hoy: el corazón de Jesús; porque termina diciendo: «háganse servidores para tener autoridad».

¿Cuándo caeremos en la cuenta en la Iglesia, en nuestras comunidades, en nuestras familias también; de esta enseñanza del Evangelio? ¿Será posible que tantas veces lo pasemos por alto? ¿Será posible que no entendamos que la verdadera autoridad es la que se funda en el amor y en el servicio? ¿Que la verdadera autoridad no significa ser primeros en todo; sino ser primeros en amar? Jesús no está en contra de que seamos primeros, en que deseemos cosas grandes o nos destaquemos en lo que hacemos; sino que lo que no quiere es que usemos eso para creernos superiores y someter a los demás.

Si sos bueno en algo, usalo para servir, si te querés destacar en algo, no te destaques para que te digan que sos el primero; destacate para servir a los demás, para amar, en silencio.

Esto no hay que llevarlo al extremo para descubrirlo, se manifiesta en cada cosa que hacemos día a día, empezando por la familia.

Hoy intentemos servir y no sentarnos primeros a la mesa para que nos sirvan los demás; busquemos levantarnos primeros de la mesa, no para ir a ver una serie, sino para servir a los demás. La comida familiar puede ser una gran imagen de lo que le pasa a cada uno en el corazón: ¿Quién se sienta primero? ¿Quién se levanta primero? ¿Quién se sirve primero? ¿Quién empieza a comer primero? ¿Quién es el que está ahí esperando que le alcancen todo y quién es el que realmente quiere servir, quien no se quiere sentar en el medio para no pasar las cosas a todos…

Bueno, ojalá que en este día en el que estaremos seguramente con la familia, y con el Señor; nos demos cuenta de lo que hoy nos invita Jesús: a no desubicarnos. Si Jesús nos vino a servir; ¿Cómo nosotros pretendemos ser servidos y ser primeros en comodidad, buscando que nos sirvan a nosotros? Bueno, nuestro corazón es débil, pero al mismo tiempo Jesús nos llena de su gracia y de su amor para que podamos vivir esta enseñanza.

XXVIII Domingo durante el año

XXVIII Domingo durante el año

By administrador on 10 octubre, 2021

 

Marcos 10, 17-30

Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»

Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre».

El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».

Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».

Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!»

Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios».

Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible».

Pedro le dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna».

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen domingo. Creo que no hay mejor manera de empezar este día que este gran Evangelio, escuchando esta escena en la que se nos pueden plantear tantas cosas, tantas sensaciones y reacciones diferentes. La Palabra de Dios nunca deja de maravillarnos, nunca debería dejar de maravillarnos, porque cada escena del Evangelio es una fuente inagotable, un alimento perpetuo para todos nosotros y por eso, más allá de lo que dice la Palabra en sí, podemos encontrar miles y miles de recepciones, según el corazón de cada uno de nosotros. La Palabra es una, los corazones millares y las respuestas muy variadas. Vos intentá hoy dar tu propia respuesta, según lo que escuchas y meditas.

En Algo del Evangelio de hoy, un hombre, no sabemos quién, no sabemos su nombre, podemos ser vos y yo, fue corriendo hacia Jesús, se arrodilló frente a Él y le hizo una gran pregunta. Hasta ese momento algo bastante lindo, algo conmovedor, como tantas veces a lo largo del Evangelio, personas arrodilladas frente a Jesús, para implorarle que los toque, que los sane, que los cure, que los perdone. Hasta ahí todo muy lindo, sin embargo, este hombre le hace una pregunta bastante común diríamos, aunque no deja de ser importante. ¿Qué debo hacer? En definitiva, le preguntó: ¿Qué tengo que hacer para llegar al cielo, para ganarme la Vida eterna? ¿Qué cosas tengo que hacer para «ganarme» la Vida eterna, una vida futura después de la muerte, mejor y más plena? Su necesidad pasó por él mismo, y no por algo que necesitó de Jesús, ese es el primer gran detalle. Parece ser un hombre en que no se percibe un interés por la persona de Jesús. Aparentemente muy bueno, incluso cumplía –vemos después– desde su juventud con todos los mandamientos, por lo cual se supone que amaba a Dios y al prójimo; un hombre con buenas intenciones, como tantos de nosotros, pero que al final del relato termina yéndose triste, no pudo, no fue capaz, no se animó a más. Tuvo la posibilidad de todo y se volvió con lo mismo que había llegado, con él mismo, sus ideas y sentimientos. ¡Qué triste!, ¿no? Pocas veces en el Evangelio se ve un encuentro de un hombre con Jesús y que termina en tristeza, ¡qué extraño!

Así anduvo Jesús en este mundo, así anda también ahora. Invitando a los hombres a que se animen a dejar de pensar en lo que tienen que hacer, a que se animen a salir de sus propias ideas y esquemas, para vivir una relación de amor, real y profunda, verdadera, con su corazón, con la persona misma de Jesús, que es Dios hecho hombre. Así anda Jesús, deseando que más que buscar lo que tenemos que hacer, anhelemos lo que podemos recibir de Él, para poder entrar en el Reino desde ahora, para sentirnos amados y capaces de amar sin andar negociando con nuestro Padre del cielo. El Reino de Dios es un don que se recibe de lo alto, no un premio para los bondadosos, cumplidores y perfectitos vistos desde afuera. Pero hay un gran detalle más… solo puede recibirlo aquel que se da cuenta que justamente eso es un don, no algo que se gana por mérito propio, y que solo siguiéndolo a Jesús uno puede encontrarlo. Todo lo demás, todo lo que podamos pensar o nos enseñaron sin mala intención, es un «negocio de la fe», es mercantilismo del amor, porque finalmente hago algo para recibir, cumplo para quedar bien, cumplo para alcanzar otra cosa, para calmar mi conciencia. En la vida de la gracia, no hay meritocracia. Eso es para otro tema.

Hoy ese hombre somos nosotros y no queremos volvernos tristes a nuestras casas con lo que trajimos, sino queremos volvernos con más, con un Jesús que es el verdadero tesoro. Si hoy vas a misa, no solo pregúntale a Jesús qué debes hacer, qué tenemos que hacer, sino pregúntale cómo podés recibir algo más de Él, cómo podés abrirte a la novedad.

Mejor dejemos que Él nos mire con amor para darnos cuenta que el amor no tiene límite, que es posible dejar todo por Él. Esa es la verdadera actitud de un cristiano, dejarse mirar por Jesús. Todo lo demás «vendrá por añadidura», lo que tengamos que hacer lo iremos descubriendo paso a paso, en la medida que lo sigamos con todo el corazón.

Cuando realmente experimentamos la mirada de Jesús, una mirada de amor y no de reclamo, no nos quedará otra linda salida que devolverle la mirada para empezar a seguirlo por este camino de la vida, como Él lo hizo, «poniéndose en camino», obedeciendo a su Padre.

¡Que distinto ser cristiano así! Sí, es verdad… es muy difícil, pero hay que pedirlo como gracia, como don, salir del esquema clásico de cumplimiento. «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible».

Domingo XXVI durante el año

Domingo XXVI durante el año

By administrador on 26 septiembre, 2021

Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros».

Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros.

Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo.

Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.

Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos al infierno, al fuego inextinguible. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies al infierno.

Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga».

Palabra del Señor

Comentario

El domingo pasado a los discípulos -y a nosotros también- les costaba mucho comprender que para ser el primero hay que hacerse servidor de todos, hay que hacerse pequeño –por eso Jesús tomaba un niño y nos enseñaba esto–; hoy el discípulo Juan nos representa también a todos los que pensamos que a Jesús podemos “guardarlo”, guardarlo con exclusividad como si fuera únicamente para nosotros. Juan nos representa a todos, porque a todos nos cuesta comprender esto que hoy nos enseña Jesús; todos podemos caer en esto. Dice Juan: “Tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros”.
Ese gran peligro de convertir nuestra fe, nuestra relación con Jesús –podríamos decir también la religión, la Iglesia–, en un “club de fútbol”, en un grupito cerrado, una especie de empresa en donde los que estamos “dentro” tenemos como un lugar de privilegio, estamos felices de que estamos cerca; y para que entren otros tienen que cumplir una serie de requisitos o tienen que pasar por el filtro de nuestros caprichos. ¿Cuántas veces damos esa impresión desde la Iglesia?

Es cansador de escuchar y ver, muchas actitudes que tenemos dentro de la Iglesia cuando se acerca alguien que aparentemente no estaba tan cerca, y a veces lo primero que le preguntamos es ¿Pero usted está casada por la Iglesia, usted tiene esto, tiene lo otro? O tiene que traer tal papel, tal requisito, y ponemos una serie de requisitos que no tienen que ser lo primero. No podemos poner primero requisitos a alguien que se acerca a la Iglesia para conocer a Jesús. Jesús no puso ningún “requisito”.

Y creo que esto nos puede pasar a dos niveles: uno hacia adentro de la Iglesia y otro hacia afuera.

Dentro de la Iglesia, caemos en esta actitud celosa y exclusivista cuando con una gran soberbia –encubierta por supuesto– consideramos que el bien solo existe en nuestro grupo, en tu grupo de oración, en tu grupo de la parroquia, en los movimientos, o en la parroquia misma; cuando pensamos que sólo es bueno donde estamos nosotros; parece que afuera de nosotros nadie hace algo bueno, y si algún sacerdote, grupo o movimiento está haciendo algo bueno o vistoso es como para sospechar. ¡Qué raro! ¡Qué raro que estén haciendo cosas buenas!

Nos ponemos celosos del bien ajeno, incapaces de alegrarnos con la bondad de los otros, eso es lo que somos a veces: celosos y exclusivistas.

Y eso se manifiesta con las críticas a las iniciativas ajenas que no son las que nosotros queremos; o bien, con el silencio e incapacidad de reconocer o felicitar por algo bueno que sea distinto a lo nuestro, a lo que hacemos nosotros. ¡Qué difícil es felicitar a otros! ¿Cuánto hay de esto en nuestras parroquias? Cuánta incapacidad para trabajar en unidad reconociendo que cada uno puede hacer el bien a su manera si trabaja en el nombre de Jesús, y “el que no está contra nosotros está con nosotros”; no impidamos el bien ajeno, alegrémonos con lo que hacen los demás para transmitir la fe.
El camino es uno: JESÚS, pero los modos para llegar a Él son diversos, son múltiples, y eso es bueno, eso hace linda a la Iglesia.

Y esta manera de pensar y sentir –eso que le pasó a Juan– también nos puede pasar hacia afuera de la Iglesia tanto individualmente, como a nivel de una comunidad. Esto nos pasa cuando caemos en el gran error de pensar que sólo en la Iglesia puede obrar el Espíritu Santo; y nos olvidamos que Dios actúa más allá de las cuatro paredes de la Iglesia y más allá de los miembros de la Iglesia. Gracias a Dios el Espíritu es Espíritu, el obrar de Dios y el modo como llega a las personas es inconmensurable y misterioso.

No podemos caer en la cerrazón de pensar que solo en la Iglesia estamos capacitados para hacer el bien y recibir inspiraciones de Dios.

Podemos pensar en esta distinción que hacía el gran san Agustín sobre los que pertenecen al cuerpo de Dios, pero no al alma; y los que pertenecen al alma sin pertenecer al cuerpo. Hay muchas personas que, aunque no pertenecen a la Iglesia pueden tener y estar movidos por el alma de la Iglesia que es el Espíritu.

Y, al contrario, muchos que están en el cuerpo o son de la Iglesia, no viven con el alma de la Iglesia. Por eso no vemos al Espíritu Santo en nuestros criterios, en nuestra pobre mirada de la realidad. Jesús hoy es muy claro: «No se lo impidan porque nadie puede hacer un milagro en mi nombre y luego hablar mal de mí».

No impidamos que otros hagan el bien en su Nombre, incluso aprendamos de tanta gente que hace el bien en el Nombre de Dios y puede hacerlo incluso mejor que nosotros.

XXV Domingo durante el año

XXV Domingo durante el año

By administrador on 19 septiembre, 2021

Marcos 9, 30-37

Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará». Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.

Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: «¿De qué hablaban en el camino?» Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.

Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos».

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado».

Palabra del Señor

Comentario

¿De qué hablamos en el camino de nuestra vida nosotros que también somos discípulos de Jesús? ¿Qué vamos hablando mientras caminamos detrás de él, mientras decimos que tenemos fe? ¿Vamos discutiendo, como los discípulos del relato de hoy?

En esta escena que acabamos de escuchar, Jesús se da cuenta que sus discípulos están discutiendo, sabe perfectamente que mientras él iba anunciando lo que le iba a pasar con toda claridad –su entrega en la cruz y su resurrección–; los discípulos –sus amigos– y nosotros también en la Iglesia no terminamos de comprender y discutimos por cosas que no tienen sentido. Y, además, lo peor de todo es que no queremos preguntar –por las dudas–, a veces es mejor no preguntar para no salir de la ignorancia, a veces preferimos no saber las cosas para «seguir en la nuestra», seguir en nuestras cosas. «Por las dudas, no preguntes», decimos; el saber nos compromete, el saber nos pone frente a la realidad, nos obliga a entregarnos. Entonces nos puede pasar que preferimos no preguntar mucho, por eso es una actitud que nos demuestra que seguir en la nuestra es el camino más fácil.

Y hoy aparece, en Algo del Evangelio, este gran contraste entre los discípulos de Jesús que están en la suya –peleando y discutiendo por quién es el más grande– mientras caminan; y, por otro lado, el Maestro hablando de lo que iba a padecer y de su resurrección; en realidad, les estaba contando todo, no solo lo peor.

¿No será que nosotros a veces estamos en la misma? ¿En la Iglesia, en nuestras familias, en nuestras comunidades? Nuestras vidas pueden terminar siendo a veces una eterna discusión: discutimos en nuestras casas, podemos discutir en nuestras familias, con tu marido, con tu mujer, con tus hijos, con nuestros hermanos, con nuestros padres, con nuestros compañeros, amigos, en la calle, en el trabajo… El mundo anda discutiendo. Discutimos muchas veces y por ahí preferimos a veces no discutir, nos callamos; pero en el fondo discutimos por dentro, en silencio, no hace falta enojarse y gritar para ser un gran discutidor. Hay personas que no discuten directamente con los demás, pero igualmente se quedan con la suya, discuten en su interior, discuten incluso hasta con su Padre Dios.

En el fondo, todos nosotros discutimos porque queremos obtener algo de poder, poder lograr algo y eso nos da cierta «seguridad», queremos tener una influencia sobre los otros, consciente o inconscientemente, sobre las cosas; queremos poder lograr algo en el corazón ajeno; queremos poder convencer a los demás y que así opinen muchas veces como nosotros; queremos poder cambiar lo que vemos, si está mal; queremos poder lograr nuestros objetivos; queremos poder descargar la bronca y la impotencia de ver tantas cosas que no funcionan en nuestro entorno, en nuestro trabajo, en la familia, en nuestro bendito país; queremos bajarle el poder y el copete –como se dice– a los que se creen más que nosotros y que, en definitiva, se adueñaron de tantas cosas. Vivimos, finalmente, queriendo poder hacer algo y lograr cosas, y eso en sí mismo no es algo malo. No te asustes con lo que estoy diciendo.

Ahora, la pregunta que nos puede surgir es: ¿Jesús está en contra de nuestros deseos de poder hacer cosas grandes, de poder lograr nuestros proyectos? ¡No! Jesús no rechaza en sus discípulos el deseo de ser grandes; por eso les dice: «El que quiera ser el primero …», eso quiere decir que es legítimo querer ser de algún modo «primero», querer destacarnos por el bien; lo que pasa es que muchas veces erramos el camino. Por eso queremos que hoy resuenen estas palabras de Jesús en nuestros corazones, en muchos de nosotros, especialmente en los cristianos que nos decimos seguidores de Jesús, en los sacerdotes, en los obispos, pero también en tantos laicos, padres de familia, profesores, en los jefes de empresas, en los líderes de grupo y –¿por qué no?– en tantos políticos que guían nuestras naciones y les encanta el poder; o sea que todos los que tienen un lugar importante en la sociedad escuchen estas palabras. ¿Cuáles son las palabras de Jesús que deseamos que resuenen, que te propongo que resuenen? «Para ser el primero hay que hacerse el último de todos y el servidor de todos».

Lo que nos da poder no es someter, no es manipular, no es que se nos tiren a los pies por lo bueno que somos, que nos obedezcan sin pensar, sin discernir, que nos palmeen la espalda por lo grande que hicimos, que nos aplaudan al terminar, que nos agradezcan antes de irnos a dormir, que nos consulten todo, que nos consideren los mejores; ¡no!, lo que nos da poder sobre los demás, o sea, lo que atrae a los demás –porque en definitiva eso es el poder, atraer con amor, es lograr una atracción sobre el corazón ajeno–, es servir, es el amor que damos, es la entrega, es que el otro se sienta querido, que el otro reconozca un amor más grande. Ese es el camino que eligió nuestro buen Dios: hacerse hombre para servir. Dios no es orgulloso, a Dios no le molestó «parecer menos» ante los ojos de los hombre, al contrario, renunció a su posibilidad de someter al hombre con un poder al estilo mundano y eligió el poder Divino; ese que vos y yo no podemos comprender todavía porque a veces vivimos discutiendo por pequeños espacios de poder, por reconocimientos pasajeros; el poder divino que brota de un amor incondicional y eterno es el que, finalmente, no se acabará jamás.

Y así fue que Dios Padre atrajo y atrae a miles de hombres que responden a esta manera de amar. Eso es ser cristiano: dejarse atraer primero por el poder que Dios nos manifiesta a través de su amor, que nos enseña que vino a servir y no a ser servido. Qué lindo poder, ese es un poder duradero, un poder que da libertad, que no esclaviza, que no somete, y que deja hacer a los demás lo que los demás tienen que ser.

Que hoy podamos, en este domingo, todos comprender un poco más estas palabras de Jesús y que vivamos un día en el que podamos servir verdaderamente, no queriendo someter a nadie.

Aprovechemos este día para no sentarnos a la mesa y esperar a que nos sirvan, aprovechemos hoy para mirar a los otros y descubrir lo que necesitan, para hablar con el que no hablás hace tiempo, aprovechemos para pensar en los demás, aprovechemos para no esperar que se nos tiren a los pies para servirnos; sino para atraer a los demás con el verdadero poder que viene de Dios, que es el amor y el servicio.

XXIV Domingo durante el año

XXIV Domingo durante el año

By administrador on 12 septiembre, 2021

Marcos 8, 27-35

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?»

Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas».

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?»

Pedro respondió: «Tú eres el Mesías» Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad.

Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará».

Palabra del Señor

Comentario

Podemos imaginar este momento, esta escena de Algo del Evangelio de hoy que acabamos de escuchar: Jesús con sus discípulos en el camino, en medio de la sierra, de las montañas, mientras caminaban y después de haber hecho muchos milagros, muchas curaciones; Jesús se da vuelta y les pregunta: «¿Quién dice la gente que soy Yo?» ¿Qué dice la gente de mí? Conclusión: nadie sabe bien quién es Jesús. «¿Y ustedes –le dice a sus discípulos– quién dicen que soy?» Pedro responde perfectamente –digamos que aprueba el examen– “Sos el Mesías”.

Pero después, Jesús extrañamente no quiere que sepan quién era o que digan que es el Mesías. Increíblemente les explica que va a tener que sufrir, ser condenado a muerte y finalmente resucitar.

Y después de esto aparece Pedro otra vez, pero esta vez desaprobando el examen o tirando por la borda todo lo bueno que había dicho, y dice la palabra que lo llevó aparte para “reprenderlo”; sí escuchaste bien, Pedro lo llevó aparte para reprender a Jesús.

¿Qué contraste tan grande no? Pedro sabe que Jesús es el Mesías, pero le quiere dar lecciones de cómo tiene que ser Mesías.

Podríamos imaginar algo ¿qué le habrá dicho? ¿Qué le habrá dicho Pedro a Jesús?: “Vos no vas a sufrir, vos no podés sufrir y morir, un Mesías como el que yo quiero no puede vivir eso; un Mesías, un Salvador, tiene que librar y evitar todos los sufrimientos, ese es el Mesías que quiere la gente”.

Pedro, como siempre, somos todos, somos vos y yo; sus pensamientos –dice Jesús– no son los de Dios; son los de los hombres.

Podríamos decir nosotros: los pensamientos de Pedro no son solo de él, sino también son nuestros pensamientos; nadie absolutamente nadie quiere sufrir, todos queremos escaparle al sufrimiento. En el fondo, quiere librarse del sufrimiento él mismo; porque si Jesús pasaba por eso, él también tendría que pasar por eso.

Queremos un Jesús sin cruz; porque nosotros –nadie, ningún ser humano– quiere la cruz. No siempre queremos renunciar a nosotros mismos, ni cargar la cruz. Es imposible no pensar en esto, el sufrimiento está, queramos o no, sufrimos, nos duele el cuerpo o el corazón por miles de cosas que sería infinito nombrarlas.

¿Y qué hacemos generalmente con el sufrimiento? En general creo que tomamos dos caminos: por un lado; a veces lo escondemos, no queremos mostrarnos sufriendo, no queda bien sufrir, tapamos el sufrimiento, mejor que nadie sepa, queremos evitar que otros sufran con nuestro sufrimiento –y eso a veces lo hacemos por un bien– pero por ahí nos parece de “poco hombre” andar mostrando que sufrimos, escondemos lo que es obvio, escondemos el sufrimiento.

Y por otro lado nos pasa lo de Pedro: nos enojamos y reprendemos a Dios, a la vida, a los demás, ¿cómo es posible que suframos así? ¿Cómo un Dios bueno va a querer un mundo así? ¿Cómo Dios permitió esto en mi vida, en la de mi familia, en la de mi amigo? ¿Cómo permitió este sufrimiento?

Pobre Dios, Él intentando aliviarnos el sufrimiento que Él no creó; y nosotros enojándonos con Él y a veces con los demás.

Nosotros queremos enseñarle a Dios cómo tiene que salvarnos ¡Qué locura! Pero qué humano que es este pensamiento, qué natural, a todos nos pasa.

Hoy te propongo que te quites tus pensamientos, olvídate de esos pensamientos; pensá como Dios, que te va a ir mucho mejor, nos va mucho mejor cuando pensamos como Dios nos propone.Las dos posiciones que tomamos ante el sufrimiento son ilógicas, son como callejones sin salida, son irracionales. Si escondés el sufrimiento y no compartís el sufrimiento, tapás algo que es inevitable; pasa como con una herida, si la tapás, tarda mucho más en curar y duele más, entonces cuando tapamos el sufrimiento sufrimos más.

Y, por otro lado, si te enojás con Dios o con la vida, sufrís el doble porque sufrís por lo que te toca sufrir y además sufrís por el enojo de sufrir; no te conviene.

¿Qué nos conviene? Escuchar a Jesús; seguirlo, renunciar a uno mismo y cargar con la cruz, con las innumerables molestias de esta vida, pero no para sufrir por sufrir, sino para amar, amar y vivir salvados.

Hoy tenemos que probar eso: no esquives ni te quejes de la cruz, no te enojes con Dios ni con los demás; elegí cargar la cruz, abrazala, elegí cargar ese pequeño sufrimiento que te saca de la comodidad para que te preocupes por tu mujer, por tu marido, para servir a tus hijos, para vos como hijo ayudar a tus padres en algo de la casa, para visitar a ese enfermo que anda solo, para llamar a ese amigo del que te olvidaste; si abrazás esas cruces vivís como hombre libre y salvado, vas a ganar la vida; si las esquivás, perdés la vida, te quedás solo y lo que es peor, llevás una cruz más grande y pesada que es la de tu soledad y la de tu egoísmo.