Book: Marcos

XVI Domingo durante el año

XVI Domingo durante el año

By administrador on 18 julio, 2021

Marcos 6, 30-34

Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

Palabra del Señor

Comentario

Qué lindo domingo para empezar escuchando la Palabra de Dios, para empezar a escuchar cómo es que hoy Dios Padre nos quiere hacer empapar, o empapar el corazón, mejor dicho, con su amor, con sus palabras, con sus enseñanzas, con el amor de su Hijo, que se derrama sobre nosotros por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado. Por eso, dispongámonos para que hoy, que seguramente vas a estar en familia, Dios lo quiera así. Espero que puedas también participar de la misa, para escuchar y recibir al Señor en su Cuerpo y en su Sangre, y por eso sería bueno que nos preparemos pensando en que la misa de algún modo es como este pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar, de Algo del Evangelio de hoy, en las que hay varios momentos.

El primero es que cuando los apóstoles vuelven de la misión que Jesús les había encomendado –¿te acordás el domingo pasado?– y vuelven con ganas de contarle todo lo que habían hecho y enseñado, no dice el Evangelio que vuelven para contar el éxito que tuvieron, toda la gente que se convirtió gracias a ellos, todos los que los escucharon. No. Dice que querían decir «todo lo que habían hecho y enseñado», no hablan tanto de los frutos hacia afuera, sino de lo que ellos pudieron hacer, o sea, los apóstoles ya empiezan a darse cuenta que la misión que Jesús les había dado era la de enseñar y hacer lo que les habían pedido, y no tanto el éxito que con ello pudieran conseguir, el éxito visible podríamos decir.

Vamos a la misa, venimos el domingo a misa, para poder estar con Jesús, para volver a estar con él y contarle todo lo que pudimos hacer en esta semana, todo lo que pudimos enseñar con su Palabra, porque nosotros también tenemos que enseñar de algún modo, nosotros también tenemos que estar dispuestos a llevarlo a Jesús, como nos pedía el domingo pasado: «Vayan de dos en dos», vayan de ciudad en ciudad y prediquen el Evangelio. Imagínate si pensáramos que la misa es algo de lo de hoy.

El segundo momento también podríamos compararlo con algo de la misa, porque es cuando Jesús recibe a sus discípulos y les dice: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto para descansar un poco». Los apóstoles necesitan descansar seguramente porque habían andado muchísimo, habían recorrido ciudades, pueblos, habían escuchado lindas cosas y también seguro habían escuchado cosas difíciles, dolores, tristezas; y eso también nos pasa a nosotros en la semana, volvemos felices de algunas cosas y no tanto de otras, a veces con sufrimientos. Seguramente por ahí alguno de nosotros está viviendo algo difícil, una pérdida, un dolor, una tristeza profunda o algún sufrimiento espiritual, el arrastrar un pecado que no podemos dejar y que nos atormenta. Bueno, volvamos a la misa para «descansar», para estar con Jesús, pero para descansar bien, como él quiere, con él, descansando de tantos agobios. Descansamos cuando estamos con él, descansamos cuando nos confiamos en él, en Dios Padre y en el Espíritu. Descansamos cuando aprendemos a dejarle todo a sus pies y a contarle lo que vivimos; eso es lo que necesita nuestro corazón, el de todo ser humano. «Mi corazón estará inquieto hasta que no descanse en tí», decía el gran san Agustín. Cuánta gente que se acerca a la Iglesia y uno la recibe en el confesionario o en una simple charla, y cuando uno ve que descarga sus problemas en Jesús, automáticamente le cambia la cara. Cuando descansamos en Dios Padre, nos cambia la cara. Podemos estar muy cansados del cuerpo, pero descansamos el corazón, no tanto por lo que uno le dice, sino porque finalmente vienen a estar con Jesús. Estamos todos un poco cansados de tanto correr, de tantas cosas que tenemos que hacer y no sabemos ni para qué, y aun sabiendo el para qué, igual nos cansamos.

Aprendamos a descansar en nuestro buen Dios, dejemos de buscar el descanso en otras cosas, en cosas que no nos terminan de saciar y vamos, como se dice, picoteando –como los pajaritos en diferentes comidas–, pero al final nunca nos sentimos saciados. El único y verdadero alimento que nos sacia es el estar con Jesús. Bueno, ojalá que de alguna manera hoy podamos vivir nuestra santa misa así. Vayamos a «descansar» a la santa misa, no porque sea un spa espiritual (como algunos pueden pensar), pero que de alguna manera en la misa «descansamos», porque alabamos y le damos gracias al Señor por todo lo que nos da a pesar de las cosas difíciles que nos tocan vivir.

Y lo tercero es que Jesús se compadeció y enseñó. Él se compadeció porque vio que andaban como ovejas sin pastor. Él se compadece porque se le conmueven las entrañas de amor, porque ve al hombre que necesita una guía, necesita acceder a un conocimiento para acercarse a Dios Padre, y esa es la tarea de Jesús. Vino a enseñar eso y se pasó largo rato enseñándoles. Y así quiere pasarse largo rato: enseñándonos a vos y a mí en todos los lugares del mundo donde se celebre la misa. Jesús enseñará a través de los sacerdotes, de las palabras, de los gestos, de las lecturas del día, y así es como enseñará cuál es la verdad del amor de su Padre. Y el amor de Dios es esto: verdad que quiere calar profundo en nuestra vida y que nos quiere transformar para que amemos y nos compadezcamos de los demás como Jesús lo hizo. El Señor quiere que nosotros también seamos como guías y pastores de las personas que nos tocan cruzarnos cada día; y, para poder ser un buen pastor, hay que aprender a dejarse guiar, hay que compadecerse como él se compadeció de nosotros. Y lo que nos tiene que mover a enseñar es el amor, el amor a las personas con las que vivimos día a día y que a veces andan como ovejas sin pastor.

Bueno, que hoy podamos alegrarnos con esta actitud de Jesús, que podamos ir a «descansar» con él y que podamos ir a contarle lo que nos pasa, para que él con su amor y con la verdad de sus enseñanzas nos ayude a vivir este domingo en paz y poder volver a vivir con alegría el día a día de nuestra semana.

XV Domingo durante el año

XV Domingo durante el año

By administrador on 11 julio, 2021

Marcos 6, 7-13

Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.

Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir.

Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos».

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.

Palabra del Señor

Comentario

No alcanza un domingo, una semana, una vida para amar a Dios como se lo merece. No alcanza toda tu vida, ni la mía, para devolverle a los que nos aman tanto amor que nos dieron a lo largo de sus vidas. El amor con amor se paga, pero el amor al mismo tiempo no tiene precio, no se le puede poner un valor numérico y, por lo tanto, nunca podremos saber si devolvemos todo lo que los otros hicieron por nosotros. Lo más triste que nos puede pasar es calcular el amor que debemos dar, a Dios y a los demás. No hay que calcularlo todo, hay que dar sin pensar tanto. Cuando en la lógica del amor ponemos la lógica de la matemática, en definitiva, deja de ser amor inmediatamente. Es por eso que no alcanza un domingo de misa y más oración, con una semana, con una vida entregada, para darle a Dios todo lo que le corresponde. De ahí lo que dice el salmo: «¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?». Pero no se trata de que nos sintamos mal por no dar tanto, no estoy buscando eso, sino de darnos cuenta todo lo que tenemos para dar y empecemos a darlo verdaderamente, hasta que podamos.

Los cristianos, los que decimos tener fe, debemos salir de la lógica del cumplimiento, del pensar que hacer ciertas cosas nos asegura ser buenos y mejores que otros. El cristiano, vos y yo, no podemos seguir pensando que el amor tiene una medida, un límite, eso no nos hace bien, nos limita muchísimo, nos impide ser todo lo que podemos ser. Cuando le ponemos límites al amor, cuando damos solo lo que nos parece que tenemos que dar, nos perdemos algo mucho más grande. Esto que estoy diciendo no es para que nos sintamos siempre como a destiempo con Dios Padre y con culpa, sino para que sintamos que siempre podemos dar más y algo mejor, que el amor siempre nos lleva a más, que Jesús siempre tiene algo más grande para nuestras vidas, y que por mezquinos a veces se nos pasa de largo.

Después del rechazo en su tierra de Nazaret y de transformarse en «escándalo», en piedra de tropiezo para algunos – ¿te acordás el domingo pasado?–, Jesús había quedado asombrado de la falta de fe de esa gente. Sin embargo, en Algo del Evangelio de hoy, la continuación del Evangelio anterior, la reacción de Jesús no es la que podríamos esperar. ¿Qué hace? ¿Se enoja, se irrita, maldice, como por ahí lo haríamos nosotros? No, dice que «Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros». Esto quiere decir que la respuesta de Jesús ante la falta de fe del mundo es, de algún modo, redoblar la apuesta ante la falta de fe de este mundo, porque finalmente lo humano parece ser un obstáculo para lo divino.

Ante la oposición y la incredulidad, la respuesta de Jesús, vuelvo a decir, es redoblar la apuesta; no busca el camino más fácil o, por lo menos, el aparentemente más fácil. No solo predicar a Él, sino que además junto con Él envía a sus elegidos para que hagan lo mismo que Él, les da el poder de hacer lo mismo que Él. ¡Qué misterio! El misterio entonces finalmente se agranda, por decirlo de alguna manera; se agranda y se complica también, porque ahora no solo debemos creer en Jesús, sino también, además, confiar en sus enviados, en sus elegidos. Se amplía el misterio en el tiempo y se agranda el escándalo, la incredulidad de los miembros de la Iglesia finalmente. Es difícil creer en Jesús, creer que fue Dios hecho hombre y, por medio de Él, que Dios nos habló y nos amó tanto. Hoy también es difícil creer y confiar en que, por medio de hombres, de la Iglesia, podemos alcanzar y recibir la salvación. Eso también es escándalo para muchos, es piedra de tropiezo.

Por otro lado, es lindo disfrutar de la bondad de Jesús y de su modo de actuar. No es pesimista, no se deprime, no se enoja sin sentido. Apuesta siempre a la bondad, al núcleo de bondad que hay en el hombre. Sigue insistiendo, confía en nosotros, no nos critica.

También es práctico y sencillo, no se detiene ante el rechazo: «Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos». La Iglesia vive de este llamado y de este envío. Nació así y nació para eso, para continuar la misión salvífica de Jesús en la tierra. La Iglesia debe comportarse como Jesús, no enojarse, no irritarse hacia los que no creen, sino todo contrario, redoblar siempre la apuesta con amor. ¡No nos escuchan! No importa, sigamos adelante hasta que alguien nos escuche, es parte de la misión.

Vuelvo a decir: La Iglesia nació así, pero nació de «dos en dos», nunca en soledad. Nadie puede ser creíble si anda solo. ¿Cómo mostrar el amor si no tengo a otro para amar? Por eso los mandó de «dos en dos», para que los demás vean que el centro del mensaje es, en definitiva, el amor.

Los discípulos no fueron enviados así nomás. Fueron enviados con un mandato, fueron enviados, fíjate, con lo que tenían puesto, justamente para que estén siempre dispuestos al servicio, para que estén siempre disponibles a la voluntad de Dios. La Iglesia, cada uno de nosotros, deberíamos vivir así para que el mensaje de Jesús llegue realmente a los corazones. Por eso a veces me pregunto: ¿Cuántas cosas se nos «pegaron» en tantos siglos de historia, como esas cosas que acumulamos en nuestras casas y ya no nos sirven para nada? El papa Francisco decía algo así relacionado con esto: «¿Cuántas veces pensamos la misión en base a proyectos o programas? ¿Cuántas veces imaginamos la evangelización en torno a miles de estrategias, tácticas, maniobras, buscando que las personas se conviertan a base de nuestros argumentos?». Recuerdo también a san Juan Pablo II diciendo que «el programa pastoral de este tercer milenio no tiene que ser otra cosa que la santidad, o sea, no muchas estrategias, ser santos». La fuerza del mensaje reside en el mensaje mismo, el amor que contiene y no en los medios que utilizamos, aunque a veces sean buenos. En realidad, el único medio para ayudar a otros a descubrir el amor de Dios, es amando, es siendo santos y solo se ama de verdad entregándonos, sin calcular tanto, sin medir hasta donde; porque Él no lo hizo ni hace lo mismo hoy con nosotros, al contrario, siempre «redobla la apuesta del amor».

XIV Domingo durante el año

XIV Domingo durante el año

By administrador on 4 julio, 2021

Marcos 6,1-6

Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos.

Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?

¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo.

Por eso les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa”.

Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos.

Y él se asombraba de su falta de fe. Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.

Palabra del Señor

Comentario

En este domingo, al contemplar esta escena en la que el mismo Jesús fue rechazado en su propia tierra, por su propia familia, aun cuando había hecho milagros –cosa que nos puede sorprender–, me parece una buena oportunidad para que vos y yo, cada cristiano, cada discípulo, los que creemos, reconozcamos con humildad que la fe tiene en sí misma una gran dificultad, aunque parezca duro decirlo. Podríamos preguntarnos entonces qué significa tener fe o decir, por lo menos, que la tenemos. A veces simplificamos mucho la cuestión de la fe, decir que tenemos fe, porque estamos acostumbrados a vivirlo y a expresarlo. Aseguramos tener fe sin ahondar muchas veces en lo que significa, lo que implica, o incluso podemos no entender a aquellos que dicen no tener fe, y decir ante ciertas situaciones: ¿Cómo no pueden creer? ¿Cómo puede ser que aun viendo milagros algunos todavía no puedan creer? ¿Cómo es posible que tanta gente que decía incluso tener fe, cercanos nuestros, ahora ya no la tengan o la hayan perdido? ¿Cómo es posible que haya tantos cristianos que habiendo estado en la Iglesia ahora no la quieran, la rechazan, son indiferentes, o incluso la desprecian o la odian?

Como creyentes, y creyentes que pensamos porque usamos la inteligencia que Dios nos dio, tenemos que reconocer que nuestra fe, este don tan grande, esencialmente tiene una gran dificultad. No es fácil confiar en lo que no vemos o, dicho de otro modo, confiar que por medio de lo que vemos, de lo poco que podemos ver, se nos puede manifestar lo que no vemos, lo invisible, lo espiritual, la presencia divina. Si no reconocemos esta verdad, estamos simplificando mucho la fe y, en el fondo, estamos menospreciando un don que es de Dios. Creer y responderle a Dios es un don que recibimos. La posibilidad de creer en alguien que está más allá de lo que vemos; la posibilidad de creer que en la sencillez de las cosas cotidianas podemos escuchar o encontrar a Dios, nuestro Padre; la posibilidad de creer que esa persona que caminó por Galilea hace dos mil años, ese hombre llamado Jesús, era al mismo tiempo Dios que vino a estar presente entre nosotros; es un don, y no podemos olvidarlo. Es por eso que a muchos les cuesta creer. A vos y a mí nos cuesta creer, tenemos momentos, porque no se llega a la fe por evidencias o certezas científicas, aunque haya momentos que nos pueden ayudar el razonar y el pensar, porque lo humano se puede transformar finalmente en obstáculo para lo divino, para aquel que no tiene fe o la tiene debilitada.

Jesús vino a enseñarnos con su propia vida que Dios eligió un modo muy sencillo de hacerse presente en este mundo y lo sigue haciendo por medio de la Iglesia, a través de cada ser humano, especialmente de aquellos que se abren a su gracia y amor.

Algo del Evangelio de hoy dice que «Jesús no pudo hacer ningún milagro allí». ¿Por qué no pudo, si él podría haberlo hecho igual, a pesar de todo? Si él hubiese querido, los hubiese realizado a los milagros. ¿Sabes por qué no pudo? No pudo porque no había fe, así dice la Palabra: «Se asombraba de su falta de fe». No vale la pena hacer milagros cuando no hay fe, porque Jesús no hacía milagros para despertar la fe –aunque te parezca raro–, para que crean, no era un milagrero, para que lo miren a él, sino que en realidad solo veían los milagros aquellos que ya tenían en su corazón la semilla, de algún modo, de la fe, aquellos que se abrían a la confianza en él. La ecuación es muy distinta, es al revés de lo que generalmente pensamos. Necesitamos tener fe para ver los milagros, necesitamos fe para darnos cuenta que Dios está presente, y no milagros para tener fe, aunque a veces podría pasar que nos afirman la fe los milagros. Por eso lo más grande que podemos pedir en la vida es la fe, no milagros. Si tenemos fe, veremos milagros continuamente en lo sencillo de cada día, porque los milagros no son solamente las cosas extraordinarias que pueden pasar, sino aquellos que son cotidianos y ocultos.

El milagro de poder despertar, levantarnos y ver todo lo que Dios Padre nos regala; nuestra familia, nuestros hijos, nuestros seres queridos; el milagro de haber recibido tantos dones espirituales y materiales, que nos hacen posible estar ahora escuchando la Palabra de Dios, por ejemplo.

Hoy podemos pedir fe para ser un poco más felices, antes que cosas; fe para ver todo lo que Dios hace en cada instante, por vos y por mí, eso también es creer. Miremos nuestra vida, el mundo en el que vivimos, podríamos ver milagros siempre y ser mucho más felices de lo que somos, ver que vale la pena creer y hace tanto bien.

Por eso hoy, en este domingo, pidamos fe, para que no se transforme en motivo de tropiezo la fe, los errores humanos que hay en la Iglesia, los tuyos y los míos, los pecados de nosotros los sacerdotes, de los laicos, porque nuestros pecados son un obstáculo para que otros crean y por eso tenemos que evitarlos, para evitar que otros dejen de creer; sin embargo, no siempre es culpa nuestra, sino que tiene que ver con esta actitud propia de la fe, esto de tener que confiar, que por medio de lo humano conocemos lo divino.

Pidamos fe para ser cada día más felices, amando y dejándonos amar, para descubrir más y más milagros a nuestro alrededor. Pidamos fe para los que no creen y se burlan de nosotros. Pidamos por los que dejaron de creer por culpa de nosotros, los miembros de la iglesia. Pidamos para que los que no confían en nosotros, porque somos demasiados «humanos», empiecen a confiar, como le pasó a Jesús. Pidamos fe para seguir aprendiendo que Jesús es mucho más accesible de lo que pensamos y que nos habla por medio de los nuestros, y no de cosas muy lejanas.

XIII Domingo durante el año

XIII Domingo durante el año

By administrador on 27 junio, 2021

Marcos 5, 21-43

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y Él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva». Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré sanada». Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba sanada de su mal».

Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de Él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi manto?»

Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?» Pero Él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.

Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a los pies y le confesó toda la verdad.

Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanada de tu enfermedad».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?» Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas». Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga.

Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme». Y se burlaban de él.

Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!» En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer.

Palabra del Señor

Comentario

Si cada domingo pudiéramos disfrutar de escuchar más la Palabra de Dios, si cada domingo prestáramos más atención a las lecturas que se nos regalan en cada misa, si cada domingo lo viviéramos como un domingo, ¡qué distinto sería!, ¡qué lindo sería! Seguramente lo hacés, lo intentás, pero seguramente también siempre podemos hacerlo mejor. Cada domingo podemos seguir aprendiendo a vivir mejor el domingo. Cada domingo es un regalo de Dios Padre, que quiere que descansemos y estemos más atentos a Él, a su presencia, a los demás. Es necesario tener, por lo menos, un día a la semana para frenar un poco de las actividades y descansar realmente, no solo del trabajo diario, sino del trabajo «interior», por decirlo así, de los proyectos que tenemos y seguimos elaborando en el corazón y que a veces no nos dejan descansar. Intentemos hoy descansar un poco de todo lo que quisiéramos hacer y no llegamos o no podemos. Intentemos hoy tener un tiempo más de oración para descansar nuestro corazón solo en Él. Salí a caminar, anda a una plaza, salí a pasear, anda a ver el paisaje, despejate un poco, pero sin superficialidad, sino con profundidad.

Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy. Tanto la mujer como Jairo, que se desespera por su hijita, los dos se nos dice que se arrojan a los pies de Jesús, uno para rogarle que cure a su hija, la otra finalmente para reconocer avergonzada que había sido ella la que había tocado su manto, para «confesar toda la verdad», como dice el texto. Me sale decir esto: «¡Cómo quisiera tener la fe de esa mujer! ¡Cómo quisiera tener la fe de ese padre!, ¡cómo quisiera ser Jairo por un rato! ¡Cómo quisiera tener esa confianza total! ¡Como quisiera confiar siempre en Jesús, aun cuando todos nos digan y me digan que no vale la pena! ¡Cómo quisiera confiar, aunque otras voces interfieran diciéndome que “no moleste al Maestro”! ¡Cómo quisiera tener esa certeza! La certeza de que, en definitiva, cuando ya no nos queda nada, cuando probamos todo, cuando todo se nos “muere” alrededor, incluso nuestros seres más queridos, cuando ya gastamos “todos nuestros bienes” para que alguien nos pueda curar, cuando probamos todas las recetas que andan circulando por el “mercado” religioso de este mundo, cuando ya intentamos seguir los mil y un consejos de todos los que nos quieren solucionar los problemas con palabras lindas pero que no salvan, cuando ya no queda nada, en realidad viene lo mejor». ¿Sabés qué? ¿Sabés qué nos queda? En realidad, nos queda todo, nos queda el mismo Jesús. Es necesario a veces quedarse sin nada para descubrir a Jesús, al todo.

Jesús, por eso hoy te digo: «¡Cómo quisiera tener la fe tan simple, tan confianzuda, tan tozuda, tan desvergonzada, tan intrépida, tan del corazón, tan genuina, tan salvadora, como la de estas dos personas del Evangelio de hoy! ¡Qué importan las multitudes, qué importa que todos se conviertan en obstáculos para llegar a Vos, qué importa que todos se “burlen” de Vos cuando Vos querés meterte en nuestras vidas, qué importa que hasta tus discípulos –los de antes y los de hoy– no entiendan que haya gente entre la multitud queriendo ser curada, qué importa todo eso cuando Sos el único que escucha a Jairo y lo acompaña, cuando Sos el único que se da cuenta, cuando “andamos queriendo” tocar tu manto como le pasó a esa mujer, cuando Sos el único que nos escucha verdaderamente!».

No nos olvidemos de que el que cree siempre le falta «algo», y ese «algo» siempre vendrá de Dios Padre y que Él nos da todo por medio de Jesús. El que cree es el que vive sin miedo, confiado, en paz. No es feliz el que se cree que tiene todo y no necesita de nadie. No es feliz el que nunca se arrojó a los pies de Jesús porque cree que no lo necesita, sino que es feliz el que encuentra a Jesús y, sin importarle nada, hace lo que tiene que hacer: reconocerse débil, enfermo, necesitado de algo, de algo nuevo, de la paz que solo puede dar Él.

¡Cómo quisiera ser esa mujer por un momento, cómo quisiera ser ese padre por un instante! Señor, ¡cómo quisiera tener esa fe! ¿A vos no te pasa lo mismo?

XII Domingo durante el año

XII Domingo durante el año

By administrador on 20 junio, 2021

Marcos 4, 35-41

Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?». Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen»?

Palabra del Señor

Comentario

Un domingo más, un día más del Señor, como se llama este día en el que tratamos de experimentar una vez más el poder de la Palabra de Jesús, el poder de su presencia en nuestras vidas, el poder también que tiene él en la Eucaristía, porque él sigue estando con nosotros hasta el fin de los tiempos, como nos lo prometió antes de partir. Por eso cada Evangelio, cada escena que escuchamos, debe ser para nosotros un experimentar que eso sigue pasando; que esta escena, por ejemplo, de hoy que escuchamos con tanta simbología, con tantas cosas para decirnos, no es algo del pasado, no es algo que solamente les pasó a los discípulos, sino que es algo que nos está pasando a nosotros, es algo que le sigue pasando a la humanidad.

La humanidad y la Iglesia, también podríamos decir especialmente que está simbolizada en la barca, andan así por el mar de este mundo, en donde también se desatan fuertes vendavales y las olas entran en la barca y nos hacen pensar que se va a hundir. ¿Cuántas veces nos pasó esto? ¿Cuántas veces pensamos que la barca de la Iglesia se va a hundir cuando vemos tantos problemas, tantas voces disonantes, tantas divisiones, tantas dificultades que tiene hasta el mismo sucesor de Pedro para llevarla adelante, con tantos que se le ponen en contra? Bueno, ¿cuántas veces pensamos que el vendaval de este mundo puede hundir la barca? Sin embargo, una vez más y como siempre, y como será hasta el fin de los tiempos, Jesús está en la popa. Sí, es verdad, a veces «durmiendo sobre el cabezal», como dice Algo del Evangelio de hoy. Pero por eso esta escena nos quiere enseñar que la barca de la Iglesia cuando está con Jesús –y no puede ser de otra manera–, nunca se va a hundir, jamás se va a hundir.

Pueden sobrepasarnos las olas, nos podemos mojar, podemos gritar de miedo, podemos asustarnos, podemos decirle al Señor: «¿No te importa que nos ahoguemos? ¿No te das cuenta todo lo malo que está pasando? ¡Hace algo!». Bueno, puede pasar todo eso, pero sin embargo tenemos que confiar que nunca se va a hundir. Nuestra fe en realidad es eso, es confiar en la presencia del Señor aunque parezca que no está. Nuestra fe también debe convivir y convive con la duda. ¿Cuántas veces vos y yo dudamos? ¿No pensás que es parte de la fe dudar? La duda finalmente es la que nos permite afirmarnos una vez más en la gran certeza que sostiene a nuestra fe, que es la presencia de Jesús pase lo que pase. Por eso, si en este momento estás con esa actitud de duda, de tristeza, incluso de enojo ante Dios porque parece ser que no hace lo que vos crees que tiene que hacer, volvé a afirmarte en esta verdad.

Él está, está en la popa. Es verdad, está durmiendo, y a veces podríamos pensar que duerme para probarnos, para que no dudemos o para que, si estamos dudando, nos demos cuenta otra vez, una y mil veces más, que él está y que cuando él se despierta, cuando él con su palabra increpe al viento y al mar como símbolo de las fuerzas de este mundo que quiere arrollar la bondad y el amor, cuando él se despierta y dice «silencio y callate», todo se vuelve una gran calma. Bueno, vos y yo también necesitamos en este domingo que las palabras de Jesús nos den calma y paz.

Señor, hablalé, hablalé a mi corazón, hablalé al corazón de tantos que están dudando y no se dan cuenta que vos estás y que nos decís al corazón: «¿Por qué tienen miedo? ¿Por qué tenés miedo? ¿Cómo no tienen fe? ¿No tenés fe todavía, después de todo lo que viviste al lado mío?». Lo mismo le pasó a los discípulos. Después de ver tantos milagros, tantas situaciones donde Jesús mostró su poder, todavía dudaban. Bueno, nosotros también a veces dudamos y estamos como quietos, paralizados, atemorizados, porque no terminamos de creer.

Señor, increpá hoy el vendaval de mi corazón y el de tantos cristianos que todavía dudan y no pueden creer que vos sos el dueño de la historia, que vos con tu Palabra podés frenar cualquier mal que nos sobrevenga, que vos con tu Palabra nos mostras que siempre estás y estarás hasta el final.

Que este domingo, día tuyo, Señor, día en el que le dedicamos especialmente a escucharte con más atención, nos ayudes a afirmar una vez más nuestra fe en tu presencia inconmovible.

XI Domingo durante el año

XI Domingo durante el año

By administrador on 13 junio, 2021

Marcos 4, 26-34

Jesús decía a la multitud:

«El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha».

También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra».

Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.

Palabra del Señor

Comentario

El domingo no es un día más, porque es el primero de la semana. Aunque nuestra vida moderna, este tiempo que nos toca vivir, nos fue haciendo creer que es el último, y que el lunes es el primero, en realidad para los cristianos debería ser y es el primero, porque es el Día de la Resurrección, el día en el que Jesús inauguró un tiempo nuevo, el día en el que él venció la muerte y el pecado para darnos una nueva vida. La semana hay que empezarla espiritualmente, por decirlo de alguna manera, en este día, y hasta te diría que psicológicamente, con el domingo, con el Día del Señor, con un día de paz espiritual y de familia; como puedas, estés donde estés, como puedas. Solo si empezamos la semana con el domingo bien vivido, podremos empezar la semana laboral con otro corazón y otra cara; de lo contrario, empezaremos, como se dice, con el pie cruzado, con el pie cambiado.

Algo del Evangelio de hoy habla dos veces de una semilla: una semilla que crece en silencio, sin que el sembrador se dé cuenta, y una semilla demasiado chiquita para producir un arbusto tan grande. Solo dos cosas que puede hacer Dios. Dos semillas distintas: una que no se dice de qué es y la otra que es la más pequeña, que se conoce, la de un grano de mostaza. De una se dice algo de su silencio y de la otra algo sobre una enorme desproporción entre los comienzos y el final. En la primera no importa tanto de qué planta es, sino lo que importa es su modo de crecer (silencioso y oculto), más allá de que se sepa o no. ¿Cómo es posible que el crecimiento sea tan silencioso y tan ajeno al sembrador? ¿Cómo es posible que todo se desarrolle sin que él sepa cómo? Así dice la Palabra. De la semilla de mostaza sí importa su tamaño, porque después al crecer desconcierta hasta al más sabiondo. ¿Cómo de lo más pequeño puede surgir lo más grande? ¿Cómo es posible semejante cambio? Al escuchar las parábolas nos parece casi obvio, demasiado simple. A veces podemos caer en eso, pero justamente esa simpleza es la que rara vez entra en nuestra cabeza, que es muy rebuscada. Porque después, a la hora de nuestras obras, de nuestras búsquedas y deseos, nos olvidamos de esta simpleza evangélica y necesitamos que nos la vuelvan a explicar una vez más y volver a empezar. Así es Dios. Así ve y quiere las cosas. Así tenemos que verlas y quererlas nosotros.

Jesús cuenta dos sencillas parábolas para que aprendamos a ver y amar la realidad como la ve y la ama Dios Padre, no como la vemos nosotros. Ver la naturaleza nos ayuda también a ver a Dios y a comprenderlo. Ver cómo funcionan las cosas naturalmente nos introduce en el misterio del obrar de Dios en el mundo y en nuestro propio corazón. El Reino de Dios no es el reino de los hombres, no es el reino de nuestras miradas superficiales. Lo que nos enseña Jesús con estas parábolas, es un mensaje de esperanza y confianza. Sí, es verdad, hay muchas cosas malas en este mundo, hay mucha maldad y mucho pecado, en nosotros también. Pero también es verdad, y una verdad mucho más grande aun, y es que el Reino de Dios crece, sigue creciendo, se desarrolla y da fruto mucho más allá –y a veces a pesar nuestro–, y que el Reino de Dios comienza así, de una manera imperceptible y sin que nos demos cuenta. Eso es más verdad que lo malo, que a veces no nos deja ver.

A Dios le gusta que las cosas sean en silencio y vayan transformando los corazones calladamente. De la misma manera que las cosas crecen en silencio, la vida de Dios en nosotros va empujando –como el tallo en la planta– en silencio y despacito, al ritmo de Dios, a un ritmo diferente, a un ritmo casi te diría que natural. A nosotros nos gusta lo vistoso y ruidoso, a él le gusta lo oculto y callado. ¡Qué gran enseñanza! Miremos nuestra propia vida, miremos como Dios fue obrando así, a lo largo de nuestras vidas. Así es el Reino de Dios. No seamos ansiosos, no nos angustiemos, ni estresemos de más.

A Dios también le gusta empezar sus obras con cosas insignificantes – como el grano de mostaza–, con cosas que casi ni se ven y que casi nadie tiene en cuenta. Pequeños hombres y mujeres hechos del mismo barro que vos y yo. Así empezó el Reino de Dios en este mundo, con Jesús; así continúa hasta hoy, desde los apóstoles hasta nosotros. Dios tarde o temprano hace grande lo que parece imposible, lo pequeño. A nosotros nos sigue gustando lo grande y espectacular, a él le gusta lo chiquito y olvidado. ¡Cuánto para aprender de nuestra propia Iglesia! Miremos nuestra propia vida. Es chiquita ante los ojos de este mundo, pero grande y con grandes posibilidades de crecer a los ojos de nuestro Padre.

Por eso te eligió a vos y a mí, a nosotros, así como somos. Porque quiere ir haciendo su obra en silencio y empezando desde algo muy chiquito. Esto nos da confianza y esperanza. El Reino de Dios triunfa y triunfará si comprendemos y llevamos a la vida esta verdad. No nos inquietemos si parece que las cosas no cambian, que todo sigue igual o incluso peor. La obra de Dios es mucho más grande y ruidosa de lo que parece. Lo que pasa es que es un ruido distinto, no es el ruido del mundo, el ruido alocado. Acordate que el Reino de Dios crece sin que nos demos cuenta y que empieza desde una pequeña semilla, desde tu corazón y el mío. ¿Cuántos corazones sencillos, pequeños y silenciosos, cambiaron este mundo a fuerza de decirle que sí a Dios, en lo escondido, en sus ocultas decisiones? Como nuestra Madre, la Virgen, empezando por ella, pero hubo millones y hay millones. El tuyo y el mío también pueden hacerlo.

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor

By administrador on 6 junio, 2021

Marcos 14,12-16.22-26

El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”.

Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?’.

Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”.

Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella.

Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.

Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.

Palabra del Señor

Comentario

No alcanza este día para contestar esta pregunta, que en realidad no terminamos de entender y poder contestar. No nos alcanzará la vida. ¡Estamos a veces, podemos estar a veces tan acostumbrados a recibir la Eucaristía que ya no nos sorprende! ¡Estamos tan desacostumbrados otras tantas veces! Tantos católicos que no tienen hambre de Jesús en la Eucaristía.

Y sin la Eucaristía, sin el Cuerpo y la Sangre del Señor presente realmente en nuestras vidas, no habría Iglesia, no seríamos nada, no podríamos nada, no podríamos amar como nos ama Jesús. ¿Para qué nos reuniríamos cada domingo? ¿Para qué nos reunimos hoy? ¿Para qué sería nuestro domingo? Solo para descansar. Solo nos puede convocar y reunir Él, Jesús, en la Eucaristía. Nos reunimos por Él y en Él, para Él, para darle gloria al Padre.

Él hace la Iglesia día a día, con su amor, entregándose siempre, sin condiciones, aunque vos y yo a veces no nos demos cuenta, aunque a veces como sacerdote lo tenga en mis manos y siga sin darme cuenta. Incluso sabiendo que muchas veces no lo valoramos ni los fieles, ni nosotros los sacerdotes, no terminamos de comprender tanto amor. Él nos ama tanto, que incluso decidió quedarse en la Eucaristía sabiendo el riesgo que correría por nuestra falta de amor, que no lo valoraríamos lo suficiente.

Si supiéramos, si comprendiéramos realmente con el corazón que Él está ahí, presente realmente, ¡cómo nos emocionaríamos!, ¡cómo correríamos a recibirlo!, ¡cómo nos prepararíamos para aceptarlo en nuestro corazón!, ¡cómo nos dedicaríamos verdaderamente a amarlo!

Sin embargo, a veces lo traicionamos, no por maldad, pero lo cambiamos por cualquier cosa; queremos «comprar» el hambre que tenemos con otras cosas, con nuestros caprichos, con un partido de fútbol, con la pereza, por el egoísmo, con excusas y mil excusas.

¡Cuánto amor Señor nos falta! ¡Perdónanos Señor en este día, en el que celebramos que tu Cuerpo y tu Sangre se quedó para siempre con nosotros! ¡Perdónanos por nuestra falta de amor! ¡Perdónanos por a veces ser tan ingratos!

Tenemos que reconocerlo, a veces –sin darnos cuenta– nos pusimos en el centro, pusimos excusas del tipo de: «si lo sentimos o no», «no siento ir a Misa», «no me gustó», «no me gusta esto o lo otro», «no me gusta el sacerdote», «no me gusta la comunidad». Incluso nuestros cantos en la liturgia en la misa a veces parecen hablar más de nosotros que de Jesús. Si sacamos del centro a Jesús… ¿quién queda en el centro? ¿No será que a veces nos ponemos en el centro, y por eso no terminamos de saciarnos nunca? ¿No terminamos de comprender?

Danos Señor la gracia de proclamar con firmeza y alegría que sos el centro, debes ser el centro de la vida, de la Iglesia y sos el centro del mundo en ese pedacito de pan, para siempre, hasta el fin de los tiempos, aunque el mundo se nos ría y no nos comprenda, aunque nosotros mismos no te tratemos como lo merecés.

Y por eso, hoy te sacamos a las calles, para alabarte, para adorarte, para reconocerte vivo y presente, y para decirte: «Señor, vivimos por Vos, gracias a Vos y queremos vivir por Vos, para Vos y para los demás. Queremos descubrir que ese vacío que a veces sentimos, que esos “crujidos” del corazón solamente pueden saciarse arrodillándonos frente a tu presencia real, y también “arrodillándonos”, por así decirlo, ante el amor de los demás, para amar a los demás».

Nos pediste amar con todo el corazón a los otros, pero también tenemos que adorarte y amarte en la Eucaristía, recibirte en la Eucaristía para poder, finalmente, amar a los que pones a nuestro lado.

Esta solemnidad exalta, alaba y se alegra, se maravilla del misterio de la fe. «Este es el misterio de la fe –decimos en la misa–. Anunciamos tu muerte Señor y proclamamos tu resurrección, hasta que vuelvas». Otra vez me digo y te digo: «¿Qué sería de nosotros sin la Eucaristía?».

Queremos acordarnos Señor, recuperar la memoria, no permitas que perdamos la memoria o que recordemos selectivamente. Sos el pan de vida que nos acompaña y nos acompañará, que nos alimenta y nos alimentará siempre. Si olvidamos, si perdemos la memoria, perdemos el rumbo. Y nosotros queremos Señor vida eterna. Vivimos por Vos, gracias a Vos y queremos vivir para Vos y para los demás.

IX Sábado durante el año

IX Sábado durante el año

By administrador on 5 junio, 2021

Marcos 12, 38-44

Jesús enseñaba a la multitud: “Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y en los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad”.

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba como la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

Palabra del Señor

Comentario

Terminamos una nueva semana acompañados de las palabras de Dios, de las palabras que no pasan, que permanecen para siempre, de corazón en corazón, de generación en generación hasta el fin de los tiempos, aun cuando todo pase. Palabras de Dios, palabras que quedaron grabadas para siempre en la Sagrada Escritura, por aquellos que inspirados por él las escribieron, y en cada corazón que las cree y las lleva a la vida, a la práctica. Por eso, podríamos quedarnos sin biblia, sin papel escrito de la palabra de Dios. Pensando en algo drástico, que se acaben todos los libros, que se rompan todos los lugares donde está guardada esa palabra de Dios. Sin embargo, la palabra de Dios permanece en tu corazón y en el mío cuando las vivimos. Jamás pasarán. Hay palabras o frases de la Palabra de Dios que es bueno, por eso, no dejarlas, de alguna manera, “pasar” fácilmente. Qué lindo intentar seguir repasándolas por el corazón, porque son claves, son importantes. Son palabras que engendran otras palabras. Podríamos decir que engendran actitudes distintas en nosotros. Palabras que nos ayudan a cambiar de pensamiento, palabras que no pasan jamás, pero que hay que hacerlas revivir una y otra vez.

¿Cómo hacer para hacerlas revivir? Viviéndolas nosotros, llevándolas a la práctica, no dejando que caigan en corazones agujereados, sino en corazones dispuestos a hacerlas carne. ¿Qué palabra de Dios te representa a vos? ¿Con qué palabra de Dios creés que los demás te recordarán el día que te toque partir? ¿Qué palabra de Dios mostrás al mundo que no cree? Es lindo pensarlo así. Es lindo pensar que cada uno de nosotros, de alguna manera, como en el gran libro de la vida, en el gran libro que Dios quiere decirle a la humanidad, de alguna manera, cada uno de nosotros es como una palabra que forma todo el mensaje de Dios. Y es bueno pensar cuál es la que a mí me encontró, porque la palabra de Dios, de alguna manera, nos encuentra, nos topa por el camino.

Por eso, muchas veces te propongo repasar Algo del evangelio de la semana. Creo que es una ayuda más, un paso más que podemos dar. Sin embargo, en este sábado te propongo que meditemos el de este día.

Se puede decir que todo el evangelio, todos los textos del evangelio, son como un drama entre los que necesitan ser salvados, y lo demuestran, y los que no necesitan salvación y están orgullosos de eso, los que se creen tenerlo todo y no necesitan de nadie. Te diría que toda la historia de la humanidad es la historia de los que se creen salvados por sí mismos, por el poder, por el dinero, por el prestigio, por la fama, por una religiosidad del cumplimiento, por sus propios planes y miles de cosas más, y de los que nunca se consideran salvados por alguna circunstancia humana, por el contexto en el que vivimos, sino los que siempre manifiestan que la salvación es un regalo. Es un regalo que viene de lo alto y no de este mundo material, y Jesús, en el medio de la historia, en todo sentido, queriendo mostrarnos con su amor que la verdadera salvación no viene de los poderes de este mundo, sino que viene de su amor misericordioso, de su corazón que ama hasta el final, y que desde la cruz nos sigue diciendo que no vale la pena “bajarse de la cruz” y no querer sacrificarse por el amor, sino que vale la pena amar hasta el fin; que no vale la pena querer ocupar los primeros puestos, ser saludados en las plazas, en los lugares públicos, ser aplaudidos por los demás. No vale la pena, sino que vale la pena otra cosa.

Por eso, la pobre viuda del evangelio de hoy, una viuda pobre, mejor dicho, dio más que nadie. Es la viuda pobre que no quiso, de alguna manera, guardarse nada para sí misma, sino que, con lo poco que tenía, quiso ayudar a otros para poder salvarlos, para poder ayudarlos. No se miró a sí misma y cuidó lo poco que tenía, lo amarrocó, lo guardó, pensando en su subsistencia, sino que confió en que, dando con el corazón, nunca sería abandonada por Dios. Esa es la lógica del que es generoso, que da sabiendo que nunca será abandonado. Da sabiendo que todo lo que se da, de alguna manera, se multiplica y así como él pudo ser generoso, siempre habrá alguien generoso con él. Esa es la lógica del generoso. No es que lo hace para que le den, pero lo hace confiando en que alguien, más bueno que él, o igual que él, aparecerá.

La más pobre dio más que todos los ricos, según la Palabra de hoy. Evidentemente, como decía alguien por ahí, Jesús no sabe mucho de matemática. ¿Cómo es posible que alguien que dio menos en cantidad sea en realidad el que más dio? ¿Te parece lógico eso? ¿Le parece lógico a este mundo que busca en todo sacar el máximo beneficio con la mínima inversión? Jesús no sabe ni de matemática, ni de inversión, ni de mercados, ni de conveniencias y, por ahí, lo que él mide y calcula pasa por otro lado, pasa por el corazón, que no puede medirse. Me inclino a pensar que él mira lo que a nosotros nos cuesta ver. Para Jesús dar mucho no es directamente proporcional a dar con el corazón y dar poco puede ser compatible con darlo todo. No siempre, pero puede ser compatible, como el caso de hoy. Una cosa extraña para nuestra mentalidad que todo lo calcula, que todo lo mide y lo cuenta pensando que la vida del corazón, a veces, es matemática pura, donde siempre 1+1 es 2. Sin embargo, sabemos que no es así.

Menos mal que las cosas de Dios no son así, si no estaríamos bastante complicados todos. La vida del corazón no es una ciencia exacta, ciencia al estilo de este mundo. Es ciencia, pero del corazón. Va por otros carriles. Y mientras nosotros queremos encasillar y encajonar todo en cálculos y números, incluso, a veces, la salvación, negociando con Dios para ver qué nos dará, si le damos algo o cuándo nos dará lo que queremos que nos dé, Jesús se encarga de “patear el tablero” y enseñarnos un modo nuevo de ver las cosas, de entender la realidad.

Intentemos hoy vivir y pensar que la “salvación” de nuestra vida, la alegría y la felicidad de nuestra vida, porque eso es la salvación, la comunión profunda con nuestro Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, la salvación y la alegría de nuestra familia no pasa por la cantidad de bienes que tengamos y acumulemos, sino que pasa, en el fondo, y bien arribita también, por la generosidad con la que vivamos. Sea mucho o poco lo que demos, no importa. El cálculo mejor dejémoslo en manos de Jesús, que, gracias a su Padre, por ahí, no sabe tanto de matemática. Aprendemos de esta viuda, que supo darlo todo, aunque nadie se había dado cuenta, sino solamente Jesús. Qué bueno, qué lindo que Jesús sea el único que se dé cuenta lo que verdaderamente damos cuando damos. Gracias Señor por mirar el corazón y no mirar las apariencias.

IX Viernes durante el año

IX Viernes durante el año

By administrador on 4 junio, 2021

Marcos 12, 35-37

Jesús se puso a enseñar en el templo y preguntaba: «¿Cómo pueden decir los escribas que el Mesías es hijo de David?

El mismo David ha dicho, movido por el Espíritu Santo:

“Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies”. Si el mismo David lo llama “Señor”, ¿cómo puede ser hijo suyo?»

La multitud escuchaba a Jesús con agrado.

Palabra del Señor

Comentario

Continuando con el tema de la comida, de las comidas, o esos momentos en los que nos sentamos a la mesa para compartir los alimentos y, al mismo tiempo, compartir la vida, creo que es bueno que pensemos esto, que de alguna manera esbozamos ayer. Aquel que permanece hasta el final en la mesa, acompañando a aquel que quiere, como esa anécdota que te contaba; en realidad, esa historia que te contaba de esta mujer, que al cambiar su vida ya no solo servía la comida, sino que se quedaba hasta el final, nos puede ayudar a pensar que, en definitiva, quedarse hasta el final en la mesa, es un signo de que no solo nos interesa alimentar el cuerpo, sino que también nos interesa alimentar el alma, o por lo menos alimentar al otro con nuestra presencia.

¡Nuestras presencias amorosas frente a los demás también alimentan!, ¿pensaste eso alguna vez? Por eso te decía que les enseñes siempre a tus hijos a permanecer en la mesa hasta al final, hasta que el último termine, porque es un signo muy fuerte de que nos interesa estar con el otro, que no solo queremos comer y llenar nuestro estómago para ir y hacer lo que nos parece, sino que el otro también merece que yo lo pueda esperar. Siempre valoro en mis padres que nos enseñaron a mí y mis hermanos a permanecer hasta el final. Es verdad que cuando era niño, cuando éramos niños, nos molestaba y nos enojábamos o por ahí teníamos que permanecer hasta el final para terminar la comida que nunca debíamos dejar. ¡Pero qué bien me hizo finalmente! Permanecer hasta el final es decirle al otro, aunque esté callado, aunque no haga nada: «Yo te acompaño». No solo me alimenté yo, sino que también quiero que vos te alimentes de mi presencia y quiero también alimentarme de la tuya.

Algo del Evangelio de hoy habla del agrado con el cual escuchaban a Jesús. «La multitud escuchaba a Jesús con agrado», dice. No sabemos si lo comprendían o no perfectamente, pero por lo menos, a diferencia de los fariseos, escribas y doctores, esta gente «escuchaba con agrado». Ese es el comienzo de la comprensión, «escuchar con agrado». Si algo nos desagrada, difícilmente escucharemos, por ahí solo oiremos o cerraremos la cortina del corazón. Al que le agrada una realidad, una persona, una situación escucha mucho mejor que aquel que oye pensando que el otro termine lo antes posible, para dejar de verlo, para irse a hacer otra cosa.

Oye pensando por adentro: ¿Qué me va a enseñar este a mí? Oye con actitud de soberbia o despectiva. Oye mirando a otro lado. ¿Te agrada escuchar a Jesús más allá de que algún día comprendas un poco más o menos? ¿Cómo escuchas la Palabra de Dios de cada día? ¿Cómo la lees: como queriendo terminar para hacer otra cosa o como queriendo que el tiempo no exista para no medirlo? ¿Cómo escuchas a los demás? ¿No te pasa esto a veces, que estás escuchando esperando que el otro termine para hacer lo que te parece bueno? En definitiva, escucharemos a Jesús como escuchamos a los demás. Si a los demás no les escuchamos, difícilmente podremos escuchar a Jesús.

Podemos pasarnos años oyendo la Palabra de Dios y no escuchándola verdaderamente. Podemos pasarnos años con personas y no haberlas escuchado nunca. ¡Qué triste! Podemos haber pasado años yendo a misa y no haber escuchado verdaderamente la Palabra de Dios. Podemos haber pasado años oyendo audios con la Palabra, pero no escuchar nada. Eso es la pena más grande, porque el que vive así, solo se escucha así mismo, su criterio solo es él mismo. No tiene otro parámetro que sus pensamientos y sentimientos. Y así vive, en su mundo, creyendo que su mundo es el único y el mejor.

¡Qué triste! No es para que nos desanimemos, sino para que nos tomemos en serio esta actitud, para que no perdamos el tiempo, para volver a poner el centro de nuestros amores en la familia, el trabajo, las comunidades, la escucha sincera, para saber quién es el otro y qué necesita. Sin este camino, el amor entre nosotros se basa en lo que nosotros pensamos que el otro necesita y no en lo que realmente necesita.

Por ahí nos pasamos años dándole a nuestro marido, a nuestra mujer, a nuestros hijos, hermanos, jefes, empleados, amigos, lo que nosotros únicamente consideramos necesario para ellos o lo que me dijeron que el otro necesita. Sin embargo, el amor es «buscar el bien del otro» y para conocer el bien del otro, necesitamos que el otro nos lo exprese de alguna manera y así discernir si puedo o no dárselo. Bueno, todo un arte. Amar como Dios quiere es un arte que se aprende, se aprende escuchando. Escuchar como él quiere es un arte que se aprende con la Palabra de Dios.

No es una receta que se aplica para todos por igual y se obliga. Por eso, ¿y si empezamos al revés? Empecemos por lo menos haciendo el esfuerzo para que nos agrade escuchar a los que nos hablan, empecemos por lo menos haciendo cada día el esfuerzo para no solo oír el Evangelio, sino escucharlo, meditarlo, contemplarlo y vivirlo.

IX Jueves durante el año

IX Jueves durante el año

By administrador on 3 junio, 2021

Marcos 12, 28-34

Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?».

Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos».

El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios».

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor

Comentario

Si pudiéramos repasar los evangelios, o incluso toda la Palabra de Dios, a lo largo y ancho de tantas páginas que Dios nos regala, podríamos percibir que el tema de la comida, de los banquetes, es bastante recurrente. A Jesús le encantaba ir a comer a las casas, muchos encuentros lindos con los más excluidos fueron en comidas, y por supuesto que con sus discípulos comió cientos de veces y la comida más importante fue la última cena. Tan importante es para Jesús, para Dios Padre, ese momento tan básico y sencillo de nuestras vidas, como es comer, que incluso eligió quedarse con nosotros hasta el fin de los tiempos en una comida llena de escucha o en una escucha que nos lleva a alimentarnos bien, del verdadero pan del cielo.

Eso es para nosotros la Eucaristía, la santa misa, un momento en el que escuchamos a Jesús y nos alimentamos de él para aprender a amarnos entre nosotros, para llevar ese estilo de vida a nuestras vidas, valga la redundancia. Todo lo que se hace en la misa es para que recordemos eso, para que revivamos ese momento. Se prepara la mesa para que podamos sentir que ese momento es vital, para que nos sintamos amados y queridos por él. No nos olvidemos que el que nos prepara la mesa es él mismo, el que siempre se preocupa por nosotros es él, el que sabe lo que necesitamos antes que nosotros mismos lo sepamos es él. No se puede amar si no aprendemos a sentarnos juntos a una mesa para escucharnos.

Me sorprendió mucho el testimonio de una señora que, al volver de un retiro de sanación, contaba que «había nacido de nuevo». ¿Qué fue «nacer de nuevo» para ella?, te estarás preguntando. Entre las cosas que relataba que la habían cambiado, pero no por imposición, sino justamente porque se sentía nueva, perdonada, amada, era el tema de la comida. Contó que antes de ir al retiro, por mucho tiempo le preparaba la mesa y la comida a su hermano, «casi como a un perro», decía; se la servía así nomás y hacía todo lo posible para que su hermano termine rápido, así ella podía volver a encerrarse en su habitación. Todo un signo de lo que vivía. En cambio, contó que al volver del retiro, le preparaba la comida con más tiempo, se la servía con amor y, lo que era increíble, más todavía, ahora se quedaba para acompañarlo hasta terminar, sin dejarse atrapar por su ansiedad de ir a encerrarse en su habitación a ver televisión y a olvidarse de todo. Sin palabras. El que ama es capaz de sentarse a la mesa hasta el final. Enséñale eso a tus hijos: que no se levanten de la mesa hasta el final.

Las palabras de Jesús en Algo del Evangelio de hoy son una invitación a escuchar. En realidad, Jesús viene respondiendo discusiones y pruebas, y se podrían decir muchísimas cosas con la respuesta de Jesús, pero quería centrarme en una, que a veces pasa desapercibida a nuestro paladar del corazón. A veces no escuchamos la primera palabra importante del mandamiento más importante: ESCUCHA. En otros evangelios se tendrá tiempo de pensar y rezar con la unidad de los dos mandamientos, algo que creo que ya sabemos. Son dos en uno en realidad. No se puede separar el amor de Dios del amor al prójimo. Amamos más a Dios cuando amamos más a los otros, amamos más a los demás cuando amamos más a Dios.

¿Pero de hace cuánto que no reflexionamos sobre el hecho de ESCUCHAR? Lo primero que no hacemos y deberíamos hacer, es escuchar, es leer pero escuchando. Me dirás que estás escuchando el audio, pero te diré que ahora estás oyendo, porque escuchar es otra cosa. No siempre se oye escuchando ni se escucha oyendo. Si no escuchamos a Jesús, no hay posibilidad de amar a Dios con todas las fuerzas y al prójimo como él desea. La escucha diaria, continua, paciente, perseverante, es la que nos pone en el camino del amor. Si escuchamos a Jesús, amaremos; si no escuchamos, no amaremos. ¿Vos crees que amás y no escuchás verdaderamente? ¿Vos crees que amás a los tuyos y nos sos capaz de estar un tiempo sentado escuchando al que decís que amás?

Te propongo que hoy pienses en estas palabras de Jesús, estos mandamientos, no como un mandato impuesto desde afuera, sino también como una promesa que él mismo nos hizo si aprendemos a escuchar. Amarás… Amarás. Si escuchás, vas a poder amar; si escuchás, vas a empezar a encontrar motivos para amar; si escuchás a ese que no querés escuchar, lo vas a empezar a conocer y conociéndolo lo amarás o amándolo lo conocerás. La escucha sincera conduce al amor. Es imposible escuchar a Dios y no amarlo. Por eso te habrá pasado y te estará pasando que la Palabra de Dios te va enamorando, te va atrapando, te va generando una linda atracción en el corazón. Si escuchás todos los días las palabras de Dios, cuando menos te des cuenta lo amarás «con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas». Si escuchás mejor y de corazón a tu prójimo, tarde o temprano lo terminarás amando, porque lo conocerás y, finalmente, no podremos no amar algo que es «imagen y semejanza de Dios», al cual decimos que amamos.