Book: Marcos

V Martes durante el año

V Martes durante el año

By administrador on 7 febrero, 2023

Marcos 7, 1-13

Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce.

Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?»

El les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres.»

Y les decía: «Por mantenerse fieles a su tradición, ustedes descartan tranquilamente el mandamiento de Dios. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y además: El que maldice a su padre y a su madre será condenado a muerte. En cambio, ustedes afirman: “Si alguien dice a su padre o a su madre: Declaro corbán -es decir, ofrenda sagrada- todo aquello con lo que podría ayudarte…” En ese caso, le permiten no hacer más nada por su padre o por su madre. Así anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido. ¡Y como estas, hacen muchas otras cosas!»

Palabra del Señor

Comentario

La sal que se enfrasca, que se guarda, no sirve para nada. El cristiano que solo mira el pasado, está enfrascado. La sal que se guarda, que se mantiene, es la que se humedece y ya no sale del salero. El cristiano que es hipócrita es el que perdió su sabor y no sale de sí mismo. La sal que por querer mantenerla cuidada se encajona, termina no cumpliendo su función. El cristiano que pierde el tiempo juzgando, todavía no conoce su misión.

Imaginate si te quedás sin luz en tu casa, prendés una vela… y la ponés debajo de la mesa. ¿Para que la prendiste? El cristiano que no aporta nada, el cristiano que se calla todo es el que no ilumina, y el que habla de más, es el que encandila.

Vamos por partes con el evangelio de hoy; el problema no es el mandamiento de Dios –por supuesto–, el problema es que olvidamos el mandamiento de Dios, el pueblo judío olvidó el mandamiento de Dios y nosotros también lo olvidamos y vamos armando sin querer nuestro propio “castillito espiritual”; el problema no es que el sol no está cuando está nublado, sino que lo están tapando las nubes; el problema no es que haya tradiciones humanas –que son inevitables–, sino que yo sin querer hago de las tradiciones “el sol”, hago de las tradiciones lo esencial y no me doy cuenta que las tradiciones son como las nubes que van y vienen, que van cambiando de forma, que desaparecen y aparecen.

Ahora, ¿qué hacemos entonces? ¿Hacemos desaparecer las nubes para ver siempre el sol? Y la verdad es que no se puede; las nubes existen y sirven porque además nos dan sombra a veces, dan lluvia fresca que empapa la tierra, las nubes además embellecen el cielo también, lo hacen más lindo; las tradiciones humanas ayudan a transmitir la fe, para eso deben servir, “adornan” de alguna manera nuestra fe y nos hacen –podríamos decir– verla más linda, vivirla con más intensidad; pero no son la fe –no son el sol–, sino que nos ayudan.

Lamentablemente esta palabra “tradiciones” está un poco mal usada en nuestros ambientes; tanto para el que le gusta usarla mucho y la usa para aferrarse al “no cambiar”, esto lo vemos en los mal llamados –creo yo– tradicionalistas; como para el que la desprecia y critica lo tradicional por conocer una caricatura de lo que es la tradición, pero finalmente se aferra a una “nueva tradición” creada por otros, que es la del cambio por el cambio mismo, un cambio infantil, sin criterio, un cambio sólo por capricho, el cambio “adolescente”. Tanto el que se aferra al pasado sólo por el hecho de que todo lo anterior fue mejor, pensando que todo lo de ahora es malo; como el que cambia por cambiar y rechaza todo lo antiguo, ambos; no comprenden lo que significa lo tradicional, ambos dejaron que las nubes les tapen el sol y se olvidaron del sol y además se quedaron peleándose por las nubes. Esto nos pasa muchas veces en la Iglesia, parece que hay como dos bandos ¿no?; los tradicionalistas o los progresistas. Dos etiquetas feas que no tienen sentido, mal puestas; nada más alejado del Evangelio que estas etiquetas que nos ponemos entre católicos. Me imagino a Jesús agarrándose la cabeza y diciendo: “¡No entendieron nada! ¡No entendieron nada!” Si nos ponemos etiquetas entre nosotros mismos es porque nos olvidamos del sol, de Jesús que es el fundamento de nuestra Fe, si ponemos etiquetas a otros es porque estamos juzgando y no entendimos el mensaje del Evangelio.

Aprendamos a aceptar ciertas nubes, ciertas tradiciones que nos ayudan a embellecer la fe, aceptemos que hay algunos que les puede gustar más o menos algunas cosas; también aceptemos que hay cosas que cambian, no hay que “rasgarse las vestiduras” por pequeñeces. Lo que no podemos aceptar es pelearnos por cosas que no son la esencia de la fe, por las nubes, mientras el sol está queriendo iluminarnos y nosotros miramos para abajo peleándonos por algunas tonteras, perdiéndonos de lo mejor, perdiendo el tiempo; en ese caso caemos todos juntos en la hipocresía.

V Lunes durante el año

V Lunes durante el año

By administrador on 6 febrero, 2023

Marcos 6, 53-56

Después de atravesar el lago, llegaron a Genesaret y atracaron allí.

Apenas desembarcaron, la gente reconoció en seguida a Jesús, y comenzaron a recorrer toda la región para llevar en camilla a los enfermos, hasta el lugar donde sabían que él estaba. En todas partes donde entraba, pueblos, ciudades y poblados, ponían a los enfermos en las plazas y le rogaban que los dejara tocar tan sólo los flecos de su manto, y los que lo tocaban quedaban curados.

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué lindo es empezar esta semana con ganas de ser sal y luz, con deseos de que otros sean para nosotros sal y luz, que otros nos den un poco de su amor, del sabor que tiene para dar, que otros nos den su luz, la luz de Jesús que hay en tantos cristianos dispersos por este mundo! La Palabra de Dios tiene que ser para nosotros el primer “empujón” del día, el “envión” para empezar, para arrancar la semana. ¡Cómo cuesta a veces empezar los lunes! Pareciera que todo nos pesa más. Si andás por la ciudad, si andás por algún medio de transporte, o incluso en tu misma casa, te aseguro que verás muchas más caras de “poca felicidad” que de felicidad. Bueno, no importa.

Empecemos hoy con ganas de volver a escuchar. SOMOS sal, SOMOS luz. Seamos conscientes de eso y vayamos con el “salero” en mano, y con el candelero en el corazón. Sonreíle al del peaje, sonreíle a tus hijos, haceles el desayuno con más amor, sonreíle al chofer del colectivo, sonreíle al portero de tu edificio, sonreíle a tu empleado, sonreíle a tu marido, a tu mujer, sonreíle a tu jefe. La sal está para salar, el amor de nuestro interior está para darlo. La luz sirve para iluminar, tus palabras y tu sonrisa también. Vamos a seguir con estas lindas imágenes toda la semana. La Palabra de Dios es una maravilla, nunca me cansaré de decirte lo mismo. Nunca terminaremos de descubrirla completamente, depende de nosotros seguir o no.

Ayer tuve la gracia de celebrar una misa en la que al final hicimos una procesión con la Eucaristía, con el Santísimo entre la gente. Fueron alrededor de 45 minutos. ¿Cómo explicarte lo que fue? Bueno, en realidad es fácil. Fue de alguna manera Algo del Evangelio de hoy. Muchísima gente con enfermedades, ciegos, con discapacidades, pero fundamentalmente con enfermedades del corazón, del alma, entre esos estaba yo. Todos un poco enfermos, pero con la diferencia que yo llevaba a Jesús en mis manos, o mejor dicho Jesús me llevaba en su corazón. Además, muchísimos tenían en sus manos fotos de otras personas, familiares, amigos, seguramente con más dificultades que ellos.

Siempre Jesús nos sorprende a los sacerdotes, poniéndonos ante situaciones así, pero que lindo es cuando nos vuelve a sacudir bien de golpe y nos dice: ¿Ves que el evangelio no es un cuentito? ¿Ves que lo que lees cada día en la Palabra se repite todos los días, especialmente en los sacramentos? Cuando olvidamos la frescura del evangelio, la actualidad del evangelio, cuando olvidamos que lo que leemos no es historia, sino presente continuo, entonces la Palabra de Dios se vuelve algo lindo pero que no transforma, no cambia a nadie. Ahora… cuando uno ve con sus propios ojos que hay gente enferma que se agolpa para “tocar a Jesús”, por lo menos los flecos de su manto. Cuando uno ve que hay gente que le encanta ser “camillera” de otros y anda rezando, buscando la sanación para otros que no pueden estar, uno vuelve a renovarse, uno vuelve a creer de una forma nueva, uno vuelve a decir vale la pena. Es lindo ver el evangelio en vivo y dejar de “guitarrear” tanto a veces. Es bueno ver que Jesús sigue sanando, sigue pasando por nuestras vidas. Es sanador ver como la Iglesia, especialmente los sacramentos como la Misa, se vuelve “hospital de campaña” para tantos enfermos de la vida, como el evangelio de hoy. Donde andaba Jesús, todo se transformaba en un hospital, sencillo, pero hospital al fin. Enfermos y enfermeros por todos lados.

Si estás sufriendo o viviendo algo difícil sé que entendés de qué te hablo. Si no tenés ni un problema en tu vida, si todo anda bien, por ahí estarás pensando que esto no te dice nada. Puede ser. Pero nunca creas que a vos no te va a pasar. Nunca desprecies el modo que tienen algunos de acercarse a Jesús, a veces un poco “alocado”, tirándose incluso ante el sacerdote para tocar “el fleco de su manto”. Nunca te burles del que parece “loco” por Jesús. Es verdad que, como decimos a veces: “Hay de todo en la viña del Señor”. Pero en ese “hay de todo”, estamos vos y yo. No creas que estamos excluidos.

Con sinceridad te digo, que me gustaría a veces estar un poco más loco por Jesús, hasta pasar por loco. A veces me gustaría que no me importe nada y poder tirarme a los pies de Él como lo vi ayer en vivo y en directo. ¿A vos no? Si al final de cuentas, en el ocaso de nuestra vida, ¿Qué tendrá en cuenta Jesús al vernos cara a cara? Cuanto lo hemos amado, pero con el cerebro, sino con el corazón.

IV Sábado durante el año

IV Sábado durante el año

By administrador on 4 febrero, 2023

Marcos 6, 30-34

Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco.» Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

Palabra del Señor

Comentario

La Palabra de Dios es luz y vida cuando vamos aprendiendo a escucharla y a guardarla en el corazón. ¿Probaste alguna vez guardar una palabra en tu corazón durante el día y repetirla interiormente sin que nadie se dé cuenta, «solo tu Padre que ve en lo secreto»? ¿Hiciste el intento de quedarte con algo del evangelio de cada día y que se transforme como luz para lo que debés emprender en tu día? Solo cuando incorporamos verdaderamente el alimento cotidiano de la Palabra de Dios a nuestras vidas, ella misma va iluminando y mostrándonos caminos nuevos o bien nos hace rectificar el que estamos llevando.

Quiero seguir animándote y animarme a mí mismo a continuar haciendo el esfuerzo diario por escuchar a Jesús en sus evangelios, luchando por escuchar y amar más, para ser instrumentos de la Palabra de Dios en un mundo que está invadido por las tinieblas. No te olvides que si querés recibir los evangelios en audio en tu celular, podés ingresar a nuestra web www.algodelevangelio.org para ver los medios para recibirlo, pero especialmente por la aplicación de Telegram. Si buscás nuestro canal, nos vas a encontrar como @algodelevangelio.

Pero vamos a Algo del evangelio de hoy. ¿Quién dijo que ser cristiano es trabajar y trabajar, y no descansar nunca? ¿Quién dijo que ser cristiano es solamente vivir como volcado hacia afuera, haciendo cosas por los demás y no tener tiempo para descansar un poco, para estar con Jesús?

Creo que, como lo pinta esta escena tan linda, ser cristiano, en definitiva, al fin de cuentas, es andar con Jesús, es caminar con Él, es disfrutar de su presencia. Y en ese caminar, como cualquier otro camino de la vida, hay un poco de todo, incluso momentos en que Él nos puede decir que es necesario frenar para tomar un poco de aire y nos puede decir: «Vení, vengan, apártense un poco. Vayamos a un lugar desierto para descansar, porque el corazón también necesita un respiro».

Él mismo lo buscó, Jesús necesitó descansar físicamente y descansar también del agobio de tanta gente que se acercaba para escucharlo, para ser sanada. Necesitaba también escuchar a sus amigos, a los Apóstoles. Necesitaba hablarles, animarlos, empujarlos, levantarlos. Necesitaba apartarse también para estar con sus amigos porque ni siquiera tenían tiempo para comer, ni siquiera tenían tiempo para conversar, también podríamos pensar. Porque el reunirse a comer para nosotros es también reunirnos a escucharnos, a dialogar, a saber, lo que le está pasando al de al lado, a nuestro hijo, a nuestra hija, a tu marido, a tu mujer, para saber cómo le fue en ese día.

Jesús también necesita apartarnos un poco para estar con nosotros, en realidad somos nosotros los que necesitamos que Jesús nos «aparte», porque si fuera por nosotros, a veces seguiríamos y seguiríamos sin parar hasta que algún día todo el corazón explota y ya no sabe para dónde ir.

Sabemos, por Algo del Evangelio de hoy, que finalmente Jesús no pudo tener ese momento de descanso, porque la gente lo vio, los persiguió y no les dio respiro, y además terminó compadeciéndose de todos y les siguió enseñando un largo rato. Pero es bueno que de la escena de hoy nos quedemos con la intención de Jesús. Él quiso eso, aunque al final no se pudo, como tantas veces pasa en la vida. Él quiere también hoy que aprendamos a apartarnos de nuestras tareas. Él quiere que sepamos dejar un poco nuestras cosas de lado que nos agobian, nuestras tareas de caridad, del servicio que hacemos, cosa que Él mismo nos pidió. Pero Él quiere que también nos apartemos para escucharlo, para reclinar nuestra cabeza en su corazón. Y no es descansar por descansar, no es dormir por dormir, no es tirarse en la cama por tirarse en la cama; es aprender a apoyar nuestra cabeza en su corazón como lo hizo el discípulo amado en la última cena. ¡Cuántas veces descansamos mucho y después todo sigue igual!

Por ahí ahora alguno volvió de vacaciones en donde se descansó un poco más, en donde cambiamos de rutina, ¿pero no te pasa que todo sigue igual? ¿Por qué? Porque en el fondo no descansamos con Jesús, porque descansaste solo o sola, porque hiciste la misma vida que venías haciendo, pero en otro lado, solo cambiaste de lugar y no el corazón.

Es necesario que aprendamos a descansar con Jesús, lo grita el corazón de cada uno de nosotros, lo necesita. Solo cuando descansamos con él cinco, diez o los minutos que podamos cada día, solo cuando nos sale bien de adentro estar con Él porque escuchamos su invitación: «Vení, vení a descansar». Solo así tenemos resto, como se dice, tenemos alegría suficiente para sobrellevar todo, tenemos ánimo grande para escuchar a nuestros hijos, a los compañeros, a los vecinos, a todos. Solo así no nos molesta y no nos aturde la presencia –a veces agobiante– de los demás, de las personas que nos rodean y nos reclaman.

Pidámosle hoy a Jesús que nos diga al oído: «Vení a un lugar desierto, vení para descansar un poco». Ser cristiano, en definitiva, ser amigo de Jesús, es trabajar con Él, pero también es saber descansar con Él. Que Jesús hoy nos regale esa gracia a todos nosotros.

IV Viernes durante el año

IV Viernes durante el año

By administrador on 3 febrero, 2023

Marcos 6, 14-29

El rey Herodes oyó hablar de Jesús, porque su fama se había extendido por todas partes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos» Otros afirmaban: «Es Elías.» Y otros: «Es un profeta como los antiguos.» Pero Herodes, al oír todo esto, decía: «Este hombre es Juan, a quien yo mandé decapitar y que ha resucitado.»

Herodes, en efecto, había hecho arrestar y encarcelar a Juan a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, con la que se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano.» Herodías odiaba a Juan e intentaba matarlo, pero no podía, porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía. Cuando lo oía, quedaba perplejo, pero lo escuchaba con gusto.

Un día se presentó la ocasión favorable. Herodes festejaba su cumpleaños, ofreciendo un banquete a sus dignatarios, a sus oficiales y a los notables de Galilea. La hija de Herodías salió a bailar, y agradó tanto a Herodes y a sus convidados, que el rey dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.» Y le aseguró bajo juramento: «Te daré cualquier cosa que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.» Ella fue a preguntar a su madre: « ¿Qué debo pedirle?» «La cabeza de Juan el Bautista», respondió esta.

La joven volvió rápidamente a donde estaba el rey y le hizo este pedido: «Quiero que me traigas ahora mismo, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»

El rey se entristeció mucho, pero a causa de su juramento, y por los convidados, no quiso contrariarla. En seguida mandó a un guardia que trajera la cabeza de Juan. El guardia fue a la cárcel y le cortó la cabeza. Después la trajo sobre una bandeja, la entregó a la joven y esta se la dio a su madre.

Cuando los discípulos de Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.

Palabra del Señor

Comentario

La felicidad tiene adversarios, decíamos el lunes, ¿te acordás? Ese día hablamos fundamentalmente de dos, de Satanás el padre de la mentira y la mentalidad del mundo que pone otros intereses antes que el bien de las personas; el poder, el dinero, el prestigio. Pero… no hay que “tirar la pelota afuera” como se dice en el lenguaje futbolístico. Tirar la pelota afuera es echarles la culpa a los otros, o al otro y no darnos cuenta de que el principal adversario de nuestro gran anhelo de felicidad en el corazón, es nuestro mismo corazón que no siempre “ama y se sabe amado”, como decía San Agustín. Dando vuelta la frase del santo nosotros podemos decir: “Es infeliz el que no ama y no se sabe amado”, el que ama mal, o egoístamente. Cada infelicidad, cada mal trago de vida, cada tristeza fruto de nuestras malas elecciones proviene de esto, de no estar amando bien, o que no nos están amando como lo necesitamos. El gran obstáculo, el gran adversario para nuestra felicidad es nuestro excesivo amor propio, que nos lleva a andar poniendo nuestra felicidad en el poder, en el orgullo y la vanidad, y en las riquezas de este mundo que nos “engatusan”.

Algo del Evangelio de hoy es muy claro: Herodes es la personificación de la debilidad del corazón humano, del gran adversario de nuestra felicidad, el amor propio exacerbado  que a veces subido al pedestal del poder sea donde nos toque estar, vive una vida de “fantasía” por ese poder o deseo de más, deseo de agradar a otros, incapacidad de jugarse por las personas y finalmente de buscar el bien ajeno, sino que lo único que le interesa es mantenerse en un lugar de privilegio, de que sigan pensando bien de él.

En cambio Juan el Bautista fue feliz, murió dignamente y por eso nadie olvidará su muerte, aunque haya sido fruto de un juego; en cambio de la muerte de Herodes ¿Quién se acuerda? Juan fue asesinado por un juramento barato de este hombre viciado por el poder, por la seducción del baile de una joven, por un rato de vanidad, de cobardía; Juan el Bautista murió por la verdad, pero no por una frase que era verdad, o por una frase que era regla moral, de sentido común; Juan el Bautista murió por una verdad que él mismo vivía y disfrutaba porque la verdad es vida y la verdad es camino, la verdad es Jesucristo. Y estar con Jesús nos asegura la felicidad de vivir en verdad, de estar en el buen camino.

Cuidado que nosotros somos así a veces –por más que no seamos poderosos–, somos así cuando cuidamos nuestro ranchito a costa de todo, cuando callamos alguna verdad profunda que nos puede incomodar o puede incomodar a los demás y lo hacemos por miedo; Herodes habita en nuestro corazón cuando matamos lo que nos molesta, cuando le cortamos la cabeza a aquellos que antes admirábamos, cuando somos capaces de traicionar lo que más nos hacía feliz hace un ratito, y por miedo o falta de amor terminamos trayendo en la bandeja la cabeza de ese amor que hemos matado. Ser veraces y sinceros cuesta la vida, cuesta la vida que nos quieren vender, que nos quiere vender el mundo; pero al mismo tiempo nos da una vida que nadie nos puede quitar: la vida de los hijos de Dios, de la paz del corazón cuando hacemos lo que tenemos que hacer, la felicidad que da la satisfacción de la obra hecha con amor y por amor.

IV Miércoles durante el año

IV Miércoles durante el año

By administrador on 1 febrero, 2023

Marcos 6, 1-6

Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: « ¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo.

Por eso les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa.» Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe.

Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.

Palabra del Señor

Comentario

¿Vale la pena emprender el verdadero camino de la felicidad, el de las bienaventuranzas? ¿Vale la pena intentar ser feliz por el camino más escarpado, por el camino donde parece que se tiene pocos amigos, donde parece que nadie o pocos quieren andar? La verdadera felicidad es cuesta arriba, no se construye en serio nuestra vida cuesta abajo. Todos queremos ser felices, todos deseamos ser felices, hasta el que lleva la vida más infeliz del mundo, hasta el que se empecina por destruirse y destruir a los demás con sus malas elecciones. Todos, errados o no tanto, todos… queremos ser felices. Pero la gran tentación es la de tomar caminos alternativos, atajos, caminos más atractivos, caminos fáciles, más placenteros, más cómodos y en apariencia mejores. Por eso a todos tarde o temprano se nos presenta esta disyuntiva: ¿Vale la pena seguir esto que cuesta tanto, mientras veo tanta gente que ni se preocupa y parece ser que anda feliz? ¿Vale la pena intentar ser bueno, honesto, humilde, sufrir en silencio, caritativo, misericordioso, paciente, pacífico, santo e incluso a veces burlado y criticado? Porque si no vale la pena… ¿Para qué perder el tiempo? ¿Qué estamos haciendo?

San Agustín decía que el sabio es el que logra el arte de ser feliz. Y cuando le preguntaban qué es ser feliz, decía que es feliz aquel que ama y se sabe amado. Creo que de alguna manera acá tenemos una respuesta. La felicidad está en amar y sentirse amado, o podríamos decir en sentirse amado amando. Y eso cuesta. No se logra con una decisión, de un día para el otro, no se alcanza estudiando algo, sino que se va alcanzando en la medida que vamos aprendiendo a “tirarnos a los pies de Jesús”, como decíamos ayer, todos los días, a Jesús en el silencio y a Jesús en los demás. A Jesús en el silencio para sentirnos siempre amados y en los demás para amar y también encontrar amor en los otros, solo amando experimentamos amor. ¿Te parece que no vale la pena? Estoy convencido que sí, estamos convencidos que sí, por eso anunciamos a Jesús. No da lo mismo buscar ser felices con fe, creyendo, que, a tientas, sin ver. Jesús vino a enseñarnos una felicidad que cala mucho más hondo, que penetra hasta lo más hondo del alma. Es como un ancla en el fondo del mar que nos mantiene en el mismo lugar, aunque todo se mueva y se tambalee, aunque las olas de este mundo nos pasen por encima. Creer nos abre un camino de felicidad distinto, a veces muy difícil de explicar y que solo lo entiende el que lo empieza a vivir.

Algo del Evangelio de hoy dice que Jesús no pudo hacer ningún milagro allí. ¿Por qué no pudo; si Él podría haberlo hecho, a pesar de todos? Si Él hubiese querido los hubiese realizado; ¿Sabés por qué no pudo? No pudo porque no había fe: “Se asombraba de su falta de fe”. No vale la pena hacer milagros cuando no hay fe, porque Jesús no hacía los milagros para suscitar la fe, para que crean, no era un milagrero, sino que en realidad solo veían los milagros aquellos que tenían fe. Muy distinta la ecuación. Bueno, eso mismo pasa hoy; necesitamos fe para ver los milagros de Dios, necesitamos fe para darnos cuenta que Jesús está presente. Y eso nos da felicidad, ver los milagros, ver el amor de Dios en este mundo, sentirnos amados por sus acciones.

Por eso lo mejor que podemos pedir para ser felices, antes que cosas, es fe; fe para ver, no pedir milagros para creer. Si tenemos fe veremos milagros continuamente. El milagro de poder despertar, levantarnos y ver todo lo que Dios nos ha regalado, nuestra familia, nuestros hijos, el milagro de haber recibido tantos dones espirituales y materiales, y así echando una mirada a nuestra vida al mundo en que vivimos podríamos ver milagros continuamente y ser mucho más felices de lo que somos, ver que vale la pena creer.

Por eso pidamos fe, para que no se transformen en motivo de tropiezo a la fe de otros los errores humanos de la Iglesia, los tuyos y los míos, los pecados de nosotros los sacerdotes, de los laicos; obviamente que el pecado es un obstáculo para que otros crean y por eso tenemos que evitarlo, para evitar que otros dejen de creer.

Pidamos fe para ser cada día más felices, amando y dejándonos amar, para poder descubrir más y más milagros a nuestro alrededor. Pidamos fe para los que no creen y se burlan de nosotros; para los que dejaron de creer por culpa de nosotros; para los que no confían en nosotros porque somos demasiados “humanos”, como le pasó a Jesús, pidamos fe para seguir aprendiendo el arte de ser felices, que se aprende mucho mejor de la mano de Jesús.

IV Martes durante el año

IV Martes durante el año

By administrador on 31 enero, 2023

Marcos 5, 21-43

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva.» Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.

Se encontraba allí una mujer que desde hacia doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré curada.» Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.

Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi manto?»

Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?» Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.

Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.

Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad.»

Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?» Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas.» Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga.

Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: « ¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme.» Y se burlaban de Él.

Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!» En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que dieran de comer a la niña.

Palabra del Señor

Comentario

Felices son los que se sienten pobres interiormente, pobres de espíritu, pobres de corazón, y eso significa que no tienen nada conseguido como mercancía, nada comprado, sino que todo es don, todo es regalado, todo viene desde lo alto.

Es más feliz el que sabe pedir y pedir, buscar y buscar. Como la mujer del evangelio de hoy, como Jairo que desespera por su hijita. Los dos se arrojan a los pies de Jesús, uno para rogarle que cure a su hijita, la otra para reconocer que ella había sido la que había tocado su manto, para “confesar toda la verdad” ¡Cómo quisiera ser esa mujer, cómo quisiera ser ese padre, como quisiera ser Jairo! ¡Cómo quisiera tener esa fe! esa confianza total de que en definitiva cuando ya no nos queda nada, cuando todos se nos “muere” alrededor, incluso nuestros seres más queridos, cuando ya hemos gastado “todos nuestros bienes” para que otros nos intenten curar, cuando ya hemos probado todas las recetas que andan circulando por el “MercadoLibre” religioso de este mundo, cuando ya hemos intentado seguir los mil y un consejos de todos los que nos quieren solucionar los problemas con palabras lindas, pero que no salvan, cuando ya no queda nada, en realidad nos queda todo, nos queda Jesús.

¡Cómo quisiera Jesús tener esa fe tan directa, tan confianzuda, tan tozuda, tan desvergonzada, tan intrépida, tan del corazón, tan genuina, tan salvadora! ¡Qué importan las multitudes, qué importa que todos sean obstáculos para llegar a Jesús, qué importa que todos de “burlen” de Jesús cuando él quiere meterse en nuestras vidas, qué importa que hasta los discípulos de Jesús no entiendan que haya gente entre la multitud queriendo ser curada, qué importa todo eso cuando es Jesús el único que escucha a Jairo y lo acompaña, cuando es Jesús el único que se da cuenta cuando “andamos queriendo” tocar su manto! ¿Qué importa todo esto cuando se tiene fe? Cuando no se tiene esa fe, sí nos puede importar, sí podemos andar entre la multitud siendo anónimos para Jesús y para los demás. En cambio, este tipo de fe, la de esta mujer y este papá, nos saca del anonimato, nos introduce al mundo real, al mundo que Jesús quiere que vivamos, nos introduce en el camino de la felicidad que el nos propone, las de los pobres de espíritu. Porque en definitiva el que cree que siempre le falta “algo” y que ese “algo” siempre vendrá de Dios, ese será realmente feliz a la larga. No es feliz el rico de espíritu, el busca felicidades inmediatas, el que se mete en “MercadoLibre” a comprar felicidades pasajeras. No es feliz el que nunca se arrojó a los pies de Jesús porque cree que no lo necesita. Sino que es feliz el que encuentra a Jesús y sin importarle nada hace lo que tiene que hacer, reconocerse débil, enfermo, necesitado de algo, de algo nuevo, de la felicidad que solo él puede dar.

¡Cómo quisiera ser esa mujer por un momento, cómo quisiera ser ese padre por un instante! ¡Cómo quisiera tener esa fe!

IV Lunes durante el año

IV Lunes durante el año

By administrador on 30 enero, 2023

Marcos 5, 1-20

Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos. Apenas Jesús desembarcó, le salió al encuentro desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu impuro. El habitaba en los sepulcros, y nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. Muchas veces lo habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarlo. Día y noche, vagaba entre los sepulcros y por la montaña, dando alaridos e hiriéndose con piedras.

Al ver de lejos a Jesús, vino corriendo a postrarse ante él, gritando con fuerza: «¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo de Dios el Altísimo? ¡Te conjuro por Dios, no me atormentes!» Porque Jesús le había dicho: «¡Sal de este hombre, espíritu impuro!» Después le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?» El respondió: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos.» Y le rogaba con insistencia que no lo expulsara de aquella región.

Había allí una gran piara de cerdos que estaba paciendo en la montaña. Los espíritus impuros suplicaron a Jesús: «Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos.» El se lo permitió. Entonces los espíritus impuros salieron de aquel hombre, entraron en los cerdos, y desde lo alto del acantilado, toda la piara -unos dos mil animales- se precipitó al mar y se ahogó.

Los cuidadores huyeron y difundieron la noticia en la ciudad y en los poblados. La gente fue a ver qué había sucedido. Cuando llegaron a donde estaba Jesús, vieron sentado, vestido y en su sano juicio, al que había estado poseído por aquella Legión, y se llenaron de temor. Los testigos del hecho les contaron lo que había sucedido con el endemoniado y con los cerdos. Entonces empezaron a pedir a Jesús que se alejara de su territorio.

En el momento de embarcarse, el hombre que había estado endemoniado le pidió que lo dejara quedarse con él. Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a tu casa con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al compadecerse de ti.» El hombre se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho por él, y todos quedaban admirados.

Palabra del Señor

Comentario

¡Que levante la mano y el corazón el que quiere ser feliz! ¿Quién de nosotros no quiere ser feliz, no quiere vivir en paz, no quiere vivir bien esta vida que nos ha regalado Dios? Sería casi imposible pensar que alguien de los que está escuchando pueda responder que no, aunque todo es posible en esta vida, no sería una respuesta sensata. Si le preguntás al que tenés al lado ahora mismo si quiere o no quiere ser feliz, sea de la religión que sea, sea que crea que Dios existe o no, te aseguro que te responderá que sí. Vamos a dedicar esta semana, siguiendo la invitación de Jesús de ayer desde el monte de las bienaventuranzas, al tema de la felicidad, a las promesas de Jesús para que seamos felices. Hoy, por lo largo del evangelio, simplemente nos quedamos con lo elemental: ¿Quién de nosotros nos desea la felicidad? ¿Quién de nosotros, de una manera o de otra, no la busca?
Bueno, una buena noticia para hoy es esta: el primero que quiere y está realmente interesado por nuestra felicidad es el mismo Jesús, es Dios Padre, es el Espíritu que habita en nosotros. Él quiero que hoy, vos y yo seamos felices, esperemos su felicidad, la que Él quiere regalarnos.

El evangelio de hoy es largo para comentar, tenemos poco tiempo. Por eso me quedo con un par de ideas que tienen que ver con esto de la felicidad. La felicidad tiene adversarios que tenemos que conocer. El maligno que no quiere que seamos felices y el mundo que nos inventa felicidades ilusorias y nos pone trabas a la verdadera felicidad.

Algo del Evangelio de hoy muestra otra vez a un demonio mentiroso. Quiere hacerle creer a Jesús que es uno, pero en realidad son muchos. Habla en singular, pero cuando Jesús le pregunta el nombre es una legión. El mal espíritu nos engaña siempre, está siempre engañándonos en el interior de nuestro corazón para que erremos el camino de la felicidad, para que en realidad sigamos donde estamos, habitando en “nuestros sepulcros”, en lugares muertos y a veces hasta haciendo que nos lastimemos a nosotros mismos. El engaño del demonio puede llevarnos incluso a eso. Nos aleja de los demás y nos quedamos solos, nadie se nos puede acercar.

Por otro lado, el mundo rechaza el bien. Fijate. Jesús hace un bien, pero lo echan del pueblo: “Empezaron a pedir a Jesús que se alejara de su territorio” ¿Qué raro no? todos ven el bien que hizo Jesús y sin embargo… ¿Qué termina siendo lo más importante para la gente de ese lugar? Como siempre el dios dinero. La gente no soportó que se pierdan dos mil cerdos. Importa más el valor de los cerdos que ese hombre haya quedado liberado de los espíritus impuros. El mundo es muy buenito hasta que le tocan el bolsillo. ¿No te pasó alguna vez? Serviste en un lugar, en un trabajo, hasta que lo que dominó la decisión fue el gasto que ocasionabas. El mundo busca la felicidad de otra manera, y quiere tu felicidad mientras vos y yo no lo molestemos. Pensalo. Esto pasa cada día, en cada sociedad, en cada país, en muchos de nuestros ambientes. Lamentablemente el dinero es el primer patrón. Sin embargo, todos sabemos que el dinero no compra la felicidad, nos da cosas que necesitamos para estar bien, pero no compra lo que es in-comprable, porque si se comprara dejaría de ser felicidad.

Tengamos cuidado con los engaños del maligno que intenta que seamos felices a su manera, que intenta que tomenos atajos que no nos llevan a ningún lado. Tengamos cuidado con este mundo mentiroso, que se compadece, que nos quiere, hasta que le generamos un gasto, porque a partir de ahí somos un número más, un número que resta o que suma, pero un número, no una persona.

III Sábado durante el año

III Sábado durante el año

By administrador on 28 enero, 2023

Marcos 4, 35-41

Al atardecer de aquel día, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos a la otra orilla.» Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya.

Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal.

Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?»

Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!» El viento se aplacó y sobrevino una gran calma.

Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?»

Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?»

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué lindo sería tener más tiempo cada día para dedicarle a la lectura y meditación de la Palabra de Dios! Me lo planteo como sacerdote, siempre. En especial cuando experimento que justamente cuando más le dedico a la oración, más especial se hace el día. Seguro que alguna vez te pasó. Y es ahí cuando me digo: ¡Si hiciera esto todos los días, con amor nuevo, con constancia, con decisión, que distintos serían mis días! Pero lo que me pregunto y te pregunto, ¿nos falta tiempo o nos falta amor? San Juan Pablo II cuando estuvo en Argentina desde hace muchos años dijo algo así, yo lo leí de grande porque cuando vino era niño, pero recuerdo lo que leí: “El cristiano que dice que no tiene tiempo para rezar lo que le falta no es tiempo, sino amor” ¿Hace falta que te explique esta frase? Creo que no. No me falta tiempo en mi día, aunque a veces quisiera que el día dure un poco más, lo que me falta, lo que nos falta es un poco más de fe y de amor, para saber que Jesús siempre está para escucharnos, aunque parezca dormido, que siempre está en cada sagrario, en cada adoración, en cada instante del día. No nos falta tiempo, ni a vos ni a mí, nos falta amor. Nos falta hacernos el tiempo para lo que realmente a la larga valdrá la pena.

Estuvimos esta semana reflexionando sobre la comunicación, de Dios con nosotros, nosotros con Dios y entre nosotros. Creo que esto ayuda a tomar dimensión de lo que nos perdemos cuando escuchamos mal, cuando no ponemos algo más de nosotros, cuando queremos las cosas fáciles, sin lucha, sin constancia. Nunca tenemos que olvidar que la Palabra de Dios, como escuchábamos ayer, tiene una gran fuerza por sí misma, aunque nosotros no lo percibamos. Tenemos que recordar que el Reino es de Dios, no de nosotros. No es el Reino mío, en donde todo depende de nosotros, de nuestro esfuerzo, sino que es el Reino del Padre, con su Hijo y sus hijitos, que somos nosotros. Él no quiere que ninguno se pierda, él necesita de cada uno de nosotros para continuar su obra, pero al mismo tiempo, puede hacerlo sin nosotros, no somos completamente indispensables, el Reino crece mientras dormimos, nos levantamos, crece porque Él lo hace crecer, aunque parezca dormido.

Hoy, prefiero tomar Algo del Evangelio y no hacer el resumen de esta semana porque el evangelio es demasiado bueno, demasiado lindo. Quiero tomar una idea, o una imagen. Jesús durmiendo mientras todo parece que se va “llenando de agua”. Increíble. ¿Quién de nosotros no hubiese tenido la misma actitud de los discípulos? ¿Quién de nosotros no tuvo alguna vez la misma reacción para con Jesús?: « ¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?» “¿Jesús, no te importa que nos tape el agua de la injusticia, de la insensatez, de la amargura, del pecado, de los vicios, de la pobreza, de la maldad, de nuestras debilidades, de la depresión, de todo lo que nos ahoga y nos hace vivir inestables, pensando que en cualquier momento esto se puede hundir? ¿No te importa? Decinos la verdad Jesús, ¿No te importa?” Una imagen puede más que mil palabras, y a veces el silencio de Dios es también un modo de comunicarse. Dios no se comunica con nosotros solo hablando, sino también durmiendo, sino también con sus silencios que a veces nos desesperan. ¿Qué raro no?

El silencio de Dios es también semilla del Reino sembrada en nuestros corazones que dará su fruto a su tiempo. A Jesús si le importa que nos “ahoguemos”, aunque no parezca, por eso se levanta cuando es necesario y hace “callar al viento y al mar que se pone bravo” y nos quiere tapar. Pero lo que realmente le importa a Jesús, es que perdamos la fe, es que dudemos de Él, de su presencia en la barca de este mundo. Eso es en realidad “ahogarse”, perder la confianza, dejar de creer que Él l está aún cuando parece dormido. Es ahí cuando tenemos que sentirnos ahogados en serio. No cuando las cosas del mundo nos sobrepasan, cuando lo externo parece que nos “inunda”, sino cuando el corazón se inunda de angustia, cuando deja de creer, de confiar, cuando deja de hablar con Jesús, cuando deja de escuchar. Cuando estés así, ahí preocupate, ahí pega el grito.

Mientras tanto, todo lo demás es solucionable de una manera u otra. Terminemos esta semana escuchando a Jesús, tranquilos, en silencio, mientras todo el mundo anda de acá para allá buscando no sé qué, nosotros busquemos otra cosa, escuchemos otra cosa: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?»

III Viernes durante el año

III Viernes durante el año

By administrador on 27 enero, 2023

Marcos 4, 26-34

Jesús decía a la multitud:

«El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha.»

También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra.»

Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.

Palabra del Señor

Comentario

“¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios?” ¡Qué linda pregunta se pregunta Jesús! Él se preocupaba, o se ocupaba, en buscar la mejor manera de comunicarse con los que lo escuchaban. No solo le interesaba decir lo que pensaba, sin importarle sus oyentes, como si fuese un político demagogo de estos tiempos. Jesús es Dios, y Dios es amor, por eso habló siempre con amor y verdad. Es interesante pensar en esto, relacionándolo con lo que estamos profundizando en estos días sobre la comunicación. Dios no solo se ocupa de hablarnos o decirnos verdades abstractas, frases para anotar en un libro, frases para compartir en las redes, sino también le gusta que las podamos comprender, que entendamos el mensaje y que esas palabras graben un cambio en el alma. Por eso también se ocupa en el modo de transmitirlas. Porque detrás y en las palabras, hay mucho más que letras desparramadas, hay corazón, hay amor, hay algo más para dar. Si el amor estuviera solo en las palabras, todo sería bastante más sencillo entre nosotros, incluso para Dios hubiese sido más sencillo, podría haberse quedado tranquilo “en el cielo” y nos podría haber tirado desde arriba un libro lleno de frases románticas que hablen del amor. Sin embargo, decidió venir él mismo a hablarnos en persona, de corazón a corazón.

Es algo que no tenemos que olvidar nunca. La comunicación entre nosotros, nosotros con Dios y Dios con nosotros, no es meramente una cuestión intelectual, de pasarnos “informaciones”, contenidos de cosas, sino que cuando dos personas se comunican hay algo que está más allá y permanece aun cuando dejamos de vernos, permanecen en el tiempo-corazón de cada uno. Un abrazo, un lindo gesto, una palabra de consuelo, de aliento, de esperanza, de alegría, sigue produciendo sus frutos más allá de la presencia física del que las dice y el que las recibe. Sigue consolando, sigue dando esperanzas, sigue llenando de alegría, sigue… continúa, porque el corazón tiene “ritmos” diferentes, “baila” cuando la música deja de sonar. Pensá y rezá con esto. Nos pasa con cosas lindas y no tan lindas. Pensá en esas palabras, gestos, frases que jamás vas a olvidar porque le dieron de alguna manera un rumbo distinto a tu vida, no solo a tu día, sino a tu vida. Podríamos dar mil ejemplos de esto, pero podemos entenderlo con Algo del Evangelio de hoy, con esta parábola maravillosa de hoy: “¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios?” El Reino de Dios, la propuesta de amor de Dios Padre hacia nosotros, por medio de su Hijo Jesús, es incomparable, no se puede agotar con imágenes, pero si se puede intentar comparar con algo para ayudar.

Como hoy, con un hombre que siembra, una semilla que crece más allá de sus esfuerzos, y una cosecha que llega a su tiempo, en el momento oportuno, cuando está maduro el grano, más allá de los apuros del sembrador. Podríamos decir que escuchar, rezar y meditar la Palabra de Dios de cada día es parecido a esto. Hay algo que nos supera y que produce fruto mientras dormimos, mientras descansamos, mientras nos enojamos, mientras nos entristecemos, mientras pensamos que no vale la pena, incluso mientras nos alejamos, mientras nos olvidamos, mientras nos encaprichamos, mientras nos superficializamos con este mundo consumista y egoísta, mientras todo gira a nuestro alrededor sin parar. La comunicación decíamos es de a dos por lo menos, pero el tercer protagonista y no menos importante es la semilla, el mensaje, el amor que lleva en sí la palabra, ya que tiene su propia fuerza, es viva, no es palabra seca, vacía, muerta. ¡Qué linda noticia! ¿No te alegra? A mí muchísimo. Por eso, como venimos diciendo en estos días, en la comunicación todo depende de varias cosas, del que comunica, del que recibe, pero gracias a Dios también del mensaje, de la semilla.

Confiemos mutuamente en la semilla, no tanto en nosotros, en mí al transmitirla o en vos al escucharla. Confiemos en que la Palabra que Dios siembra día a día en nuestras almas va a dar su fruto a su tiempo, nos va a ir cambiando lentamente el corazón, tarde o temprano, aunque estemos dormidos, distraídos, en cualquiera. Es como la lluvia, no vuelve al cielo sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado.

No dejes de escuchar nunca, no te canses de hacer el esfuerzo por prestarle atención a Jesús, que la cosecha llegará a su debido tiempo.

III Jueves durante el año

III Jueves durante el año

By administrador on 26 enero, 2023

Marcos 4, 21-25

Jesús decía a la multitud:

«¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿No es más bien para colocarla sobre el candelero? Porque no hay nada oculto que no deba ser revelado y nada secreto que no deba manifestarse. ¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!»

Y les decía: «¡Presten atención a lo que oyen! La medida con que midan se usará para ustedes, y les darán más todavía. Porque al que tiene, se le dará, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.»

Palabra del Señor

Comentario

“¡Presten atención a lo que oyen!” La comunicación no solo es un contenido, no solo es un mensaje que transmitir, así a secas, no solo es letra que dice algo en la simple literalidad. También es espíritu que trasciende lo que dice. Ahí radica la maravilla y al mismo tiempo la fragilidad de la comunicación. Venimos hablando en estos días un poco de esto. Decíamos que no siempre hay que “echarle” la culpa al que me habla, sino que también no pocas veces la poca efectividad del mensaje en el corazón depende del destinatario, o porque no de ambos. Es un poco de todo, un mensaje que se comunica, alguien que lo transmite y otro que lo recibe. Bueno en todo ese trayecto pasa de todo o puede pasar de todo. Nos pasa en la vida cotidiana, con nuestros afectos, con nuestra familia, amigos, compañeros de trabajo, con nosotros mismos. ¿Cuántas confusiones, malentendidos, peleas, rencores, silencios, indiferencias, críticas, juicios, guerras, y tantas cosas más se dan por comunicarnos mal? ¿Cuántos sinsabores nos ahorraríamos si dejáramos de pensar en lo que pensaron, están pensando y empezarán a pensar los otros, mientras yo sigo pensando que lo que pienso es lo correcto? Lindo trabalenguas para pensar.

Bueno, si esto nos pasa en la vida cotidiana, con lo normal de cada día, nada impide que nos pase con la Palabra de Dios. Dios quiere comunicarse con el hombre y somos nosotros los que tenemos que recibir su mensaje. Dios nos habla por medio de su palabra escrita, pero en general alguien nos la explica y somos nosotros los que la recibimos. Por eso cada día debemos esforzarnos por trascender la letra, en trascender lo que dice el que me la explica. Ese es el trabajo que tenés que hacer vos y yo. No podemos quedarnos con lo que “nos dijeron” por más lindo que sea. Tenemos que entender qué nos está diciendo “ahora”, en este instante a cada uno de nosotros. Si no, somos simples repetidores, somos “loritos” de la fe. Nuestra lectura se tiene que transformar en oración, en respuesta de nuestro propio corazón. Es por eso que cada día digo: “Recemos con el evangelio…” Si cada uno de nosotros no reza, falta algo, algo muy importante. Es verdad que no todos los días nos da “el cuero” para hacerlo, pero que lindo sería intentarlo, darnos cuenta que somos una de las partes importantes del mensaje.

¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿No es más bien para colocarla sobre el candelero?” ¿Acaso escuchamos la palabra de Dios cada día para guardarnos lo que escuchamos y no darlo a la luz? Algo del Evangelio de hoy me ayuda a aclarar lo que intento decirte de muchas maneras. Como siempre una imagen puede más que mil palabras y la imagen del evangelio de hoy habla por sí misma. La comunicación tiene un mensajero, un mensaje y un destinatario. Dios nos habló por medio de su Hijo, de Jesús, que es la luz, nosotros la recibimos. ¿Para qué? ¿Para guardarlo debajo de una mesa? ¿Para no iluminar? La Palabra de Dios se hizo carne en Jesús y sus palabras dan luz a nuestras vidas, por eso no se pueden esconder. San Pablo fue iluminado para iluminar. Nosotros somos los candeleros, sostenemos la luz, no somos la luz, pero depende de nosotros el que esa luz pueda llegar a otros lugares, puede iluminar a los que están en la oscuridad.

Si pudimos iluminar y no lo hicimos, es como haber podido dar mucho y no haber querido. Eso quiere decir que “al que tiene, se le dará, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene” El que no tiene es el que llega habiendo podido dar mucho, pero finalmente se quedó con poco, por egoísta, por no haber iluminado, por haber escondido la lámpara debajo de la cama, por haberle privado a otros la posibilidad de ser iluminados. A ese se le quitará lo poco que tenga. En cambio, al que llegue frente a Jesús con mucho más de lo que se le dio, se le dará más todavía. Al que llegue habiendo iluminado a otros, habiendo logrado que muchos disfruten de la luz de Jesús, se le dará más, tendrá más hermanos, más de los que alguna vez imaginó.

Pensemos que andamos haciendo con lo que hemos recibido, que andamos haciendo con el mejor regalo que hemos recibido, al mismo Jesús que es la luz de nuestras vidas. No pienses ahora en capacidades humanas, en cosas que te salen bien, en las que los demás te halagan o aplauden. Pensá en la fe, en Jesús, en la dicha de ver todo distinto gracias a la luz que recibiste alguna vez. ¿La estás compartiendo? ¿Estás llevando esa luz a donde no la hay? Acordate que, si la guardás debajo de un cajón no sirve para nada, dejás sin luz a otros y algún día te quedarás sin luz vos mismo. Acordate que si iluminás, también serás iluminado, porque también disfrutarás de ver lo que pocos ven y de ver que otros empiezan a ver.