Book: Marcos

II Domingo de Cuaresma

II Domingo de Cuaresma

By administrador on 28 febrero, 2021

Marcos 9, 2-10

Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.

Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo».

De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos».

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué lindo es saber que no todo es un desierto en la vida!, sino que, además, gracias a Dios, tenemos momentos y experiencias de «transfiguraciones», como las de Algo del Evangelio de hoy, en este domingo, segundo de Cuaresma. En medio de los desiertos también hay oasis, hay descansos, hay montañas como el Tabor en donde Jesús se transfiguró y se dejó ver como Dios, por lo menos por un instante, de un modo deslumbrante. Durante la Cuaresma también la Iglesia nos regala un «Tabor», o sea, un domingo en donde no hablamos tanto del camino, de la lucha, de las pruebas, de las tentaciones, de la Cruz que se vendrá, sino de las experiencias de Jesús que nos tocan hasta el cuerpo y nos ayudan a mantenernos firmes en el camino, a pesar de todo, pase lo que pase. Quien tuvo una experiencia real de Jesús, difícilmente se deje vencer, se deje caer en la peor tentación, en los momentos difíciles, de crisis, que nunca nos faltarán. De hecho, tan fuerte fue para estos apóstoles ese día que no lo olvidaron jamás y, además, representados por Pedro, quisieron quedarse a vivir en ese lugar, sin importarles nada. En ellos está representada la Iglesia, vos y yo.

Jesús no les propuso a sus amigos, no nos propone a nosotros, un camino de Cruz con una sola cara, así nomás, a secas, sino que nos propone un camino de felicidad pero de entrega, un camino que siempre terminará bien, pero que terminará con él en la gloria del cielo si somos fieles a su amor hasta el fin. «Por la constancia salvarán sus vidas», dice Jesús también. Ese día quiso darles a sus apóstoles, por lo menos a estos tres, la gracia de poder verlo «cara a cara» y de escuchar la voz del Padre, para que cuando la Cruz aparezca en el camino, que finalmente apareció, no se olviden de lo que habían visto, no se olviden del final del túnel, como se dice.

¿Te pasó alguna vez? Decime que sí, por favor. Decime que alguna vez tuviste esa sensación y experiencia de perder la noción del tiempo y de decir interiormente: «¡Qué bien que estoy acá! ¡Qué lindo sería que esto dure para siempre! ¡Si esto me pasó en la tierra, lo que debe ser el cielo!» Sin embargo, tenemos que reconocer que esto no es magia. Jesús no nos propone magia, nos propone fidelidad, nos propone bajar del monte para volver a la vida de todos los días y entregarnos, dar la vida, como les pasó a Pedro, Santiago y Juan. Él nos pide entrega total; nos prueba de algún modo, permite la prueba, mejor dicho, para que nos animemos a entregarlo todo, hasta la sangre, como lo hizo él. ¿Quién de nosotros, si le piden todo, da todo, pero realmente todo? Ojalá pudiéramos.

En la primera lectura, también de hoy, dice la Palabra que «Dios puso a prueba a Abraham». «¡Abraham!», le dijo. Él respondió: «Aquí estoy». Abraham es el ejemplo más acabado del que da todo, del que no se guardó nada. No hay que pensar, en ese relato tan conocido, en un Dios que es macabro al pedir el sacrificio de Isaac, su hijo, sino en un Dios que, de alguna manera, permite la prueba, nos «pone a prueba” para llevarnos hasta el fondo de la fe. Así lo llevó a Abraham a la confianza total, absoluta, y así bendecirlo, haciéndolo padre de miles y miles. Abraham es padre de la fe y modelo de la fe. ¿Por qué? Porque escuchó, creyó y obedeció absolutamente. Para creer es necesario escuchar, para confirmar la fe es necesario obedecer. La fe es confianza y no confía el que antes no escucha y no confía el que no es capaz de obedecer. Por eso, la fe no es algo abstracto, un mero sentimiento o aceptación de verdades intelectuales que no tocan la vida. La fe es camino de escucha y de obediencia. La fe-confianza es el eslabón que une la escucha con la obediencia a lo que Dios nos va proponiendo a lo largo de la vida. Abraham supo hacer todo bien porque confío en que lo que escuchaba era verdad, y como era verdad, debía hacerlo para su bien y el de su familia. Confío en Dios, confió al escuchar y obedeció con confianza.

Uno escucha muchas veces que con total seguridad muchos de nosotros decimos: «Padre, yo tengo fe».

Sin embargo, cuando uno pregunta, cuando uno indaga un poco más por el compromiso real con la fe, en general lo que se descubre es que «esa fe» a veces es un poco supuesta, no está acompañada ni de escucha, ni de obras, ni de amor. Como si la fe fuera una mera afirmación: «tengo fe». Pareciera que con decir que «tenemos fe» alcanza. No es así. La fe es camino de abandono total, de ir capacitándonos para darle todo a Dios, y dándole todo, recibir todo de él. O dicho al revés, ¡cuidado!, recibiendo todo de él somos capaces de darlo todo.

En el Evangelio de hoy Dios Padre nos da la misma clave de la primera lectura para que nuestra fe no sea frases sueltas: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo». Escuchar. Por más que Pedro quería quedarse ahí porque estaba lindo el lugar, Dios les dice: «Escuchen». Escuchá, escuchemos. Leamos y meditemos la Palabra de Dios, lo que Dios quiere. Confiemos en lo que nos pide. Creamos de verdad, creamos que todo es verdad y caminemos con él en medio de las pruebas de este mundo, de tentaciones, sufrimientos, para poder llegar como él transfigurados a la gloria de la Resurrección.

Qué lindo es terminar con estas palabras de san Pablo: «¿Qué diremos después de todo esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?»

I Domingo de Cuaresma

I Domingo de Cuaresma

By administrador on 20 febrero, 2021

Marcos 1, 12-15

El Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.

Después que Juan Bautista fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia».

Palabra del Señor

Comentario

Buenas, buen domingo. Bienvenido al Tiempo de Cuaresma, al primer domingo de Cuaresma. Comenzamos el camino cuaresmal, el Miércoles de Ceniza, que lleva su ritmo propio, por decirlo así, especialmente en las lecturas de los domingos, que nos van orientando hacia la Pascua, para que, en el fondo, despertemos nuestros deseos profundos, a veces dormidos, de renovar nuestras promesas bautismales –aquellas que hicieron nuestros padres, seguramente, por nosotros en el caso que nos hayamos bautizado de niños–.

El Papa Benedicto XVI decía algo que nos puede ayudar a empezar este tiempo. Decía así: «Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios?» Y otras del Papa Francisco, en un mensaje de Cuaresma, decía así: «La raíz de los males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que nos lleva a no amar a Dios y por lo tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. La Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra». ¡Qué lindas palabras de los Papas!, que nos ayudan a comenzar estos días, que nos ayudan a modo de introducción para tomar conciencia de lo que nos perdemos cuando nos perdemos la Palabra, de lo que nos perdemos cuando no reconocemos los tiempos propios de la Iglesia que se nos regalan como tiempo de gracia; esos que nos van educando y formando el corazón, de la misma manera que Jesús se dejó modelar el corazón por su Padre, por la obediencia e incluso por las pruebas y tentaciones que le tocó vivir.

Algo del Evangelio de hoy claramente podríamos decir que tiene dos partes. Por un lado, la prueba que vive Jesús en el desierto y, por otro, el comienzo de su predicación, de su ministerio. Pero quería que nos centremos más en la primera parte hoy.

Jesús se dejó tentar, podríamos decir, para enseñarnos. Nos enseña que, en el fondo, es necesario ser tentado, aunque te suene raro lo que estoy diciendo. Pero la ecuación o el razonamiento es sencillo. Si Jesús quiso vivir y pasar por la tentación, quiere decir que nosotros también de algún modo debemos pasarla. Todo lo que le pasó a Jesús es camino que nosotros también deberemos transitar, de un modo o de otro. Por eso, ante la prueba, la tentación, podríamos preguntarnos: ¿por qué no a nosotros? ¿Qué nos queda a nosotros si él mismo la vivió? La vivió para hacerse pobre con nosotros y la vivió para vencerlas por nosotros. Por eso es lindo pensar y consolarnos con esto, con el ejemplo de Jesús y, especialmente, con su victoria, no quedarnos solo en la prueba. Saber que el mismo Jesús quiso someterse a la prueba de ser tentado, que quiso pasar por el «desierto» de esta vida para ayudarnos a pasarlo a nosotros, nos ayuda mucho a no pensar en la idea de un Dios lejano y ajeno a nosotros y, además, no sentirnos solos en la tentación. Por eso, no le tengamos miedo a la tentación, a la prueba. Tenemos que saber que es parte de la vida y que, además, es necesaria en la fe para crecer. La tentación claramente, tenemos que decirlo, no es pecado, es solo tentación, o sea, es prueba.

San Agustín decía algo maravilloso: «Nuestra vida, no puede verse libre de tentaciones; porque nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado, ni puede luchar si carece de enemigo y de tentaciones». ¡Qué lindo es considerar y vivir las pruebas de la vida así! ¡Qué fuerza da el ver a Jesús venciendo al maligno, ese que siempre nos quiere apartar de la confianza que tenemos que tener para ser hijos de Dios! ¡Somos hijos del mismo Padre! ¡Esa es la linda noticia, esa es la buena noticia, ese es el llamado de Jesús! No nos olvidemos, confiemos en que él es nuestro Padre.

Eso intenta hacer el maligno. ¡Quiere que perdamos la confianza en Dios Padre! Eso es lo que logró con nuestros primeros padres (Adán y Eva), lo que logra con nosotros tantas veces, pero no lo puede lograr hoy en Algo del evangelio con Jesús, su hijo. ¡Qué alivio!

Las grandes pruebas de la vida no tienen que ver con esos «pecaditos» que cometemos a veces todos los días, que por supuesto tenemos que combatir y luchar para erradicarlos, sino que tienen que ver con cuestiones a veces mucho más profundas. En los pecaditos –como le digo– de cada día te diría que no necesitamos de Satanás para caer. Caemos nosotros solos, por nuestra debilidad y por la poca resistencia que le ofrecemos al mal de nuestro corazón y al de afuera. Satanás lo que busca y buscará siempre es apartarnos de la confianza, de la certeza, de ser hijos amados por el Padre, pase lo que pase.

En realidad, la mayor tentación, podríamos decir, esa que en el padrenuestro pedimos evitar, es la de dudar del amor de Dios; no de su existencia, sino de su amor incondicional. Jesús vino a romper con esa duda que siempre quiere anidar en nuestros corazones, cuando en el desierto de la vida todo se pone difícil, cuando aparecen las pruebas, el dolor, la indiferencia, el olvido, las injusticias, la muerte, la hipocresía y todo lo que podamos imaginar.

Hacia esa certeza caminamos en esta Cuaresma. Esta es la verdad que vino a revelarnos el Hijo de Dios, Jesús. El Hijo amado que jamás dudó del amor de su Padre, aun en los peores momentos en donde todos nosotros dudaríamos. No sé por dónde andarás, no sé por qué momento espiritual, no sé por dónde andaremos todos, pero seguro que vos y yo alguna vez dudamos, alguna vez sufrimos pruebas; es parte de la vida, es parte de nuestra fe.

Pidamos a Jesús que nos ayude a transitar este desierto que a veces se pone duro y parece que no termina más. Pidamos que nos sostenga en la duda cuando venga, en la prueba cuando nos aceche, para siempre volver a confiar y volver a empezar.

VI Martes durante el año

VI Martes durante el año

By administrador on 16 febrero, 2021

Marcos 8, 14-21

Jesús volvió a embarcarse hacia la orilla del lago.

Los discípulos se habían olvidado de llevar pan y no tenían más que un pan en la barca. Jesús les hacía esta recomendación: «Estén atentos, cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos discutían entre sí, porque no habían traído pan.

Jesús se dio cuenta y les dijo: «¿A qué viene esa discusión porque no tienen pan? ¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?»

Ellos le respondieron: «Doce».

«Y cuando repartí siete panes entre cuatro mil personas, ¿cuántas canastas llenas de trozos recogieron?»

Ellos le respondieron: «Siete».

Entonces Jesús les dijo: «¿Todavía no comprenden?»

Palabra del Señor

Comentario

Jesús, como siempre, rompe todos los esquemas. Rompe con lo tradicional de esos tiempos y los de estos tiempos también. Nadie en ese tiempo se le hubiese ocurrido tocar a un leproso, no solo por evitar el contagio físico, sino porque el que tocaba también a alguien «impuro» quedaba impuro. La impureza de la piel, para ellos, tenía que ver con una impureza más profunda, con la del alma, con el pecado y el aislamiento; era para evitar un mal mayor. Sin embargo, a Jesús no le importa mucho todo esto. Al contrario, dice el evangelio que «Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”». Tan cercano se hizo a nosotros que corrió «el riesgo» de ser tenido por impuro, solo por amor, por compasión. ¡Qué distinto lo que estamos viviendo hoy!, ¿no?, que pensamos que aislándonos vamos a hacernos bien entre nosotros.

Me contaron que, en algún lugar del mundo, un grupo de católicos que sale todas las semanas a acompañar y alimentar a las personas en situación de calle, les propusieron que se pongan guantes de goma para evitar cualquier tipo de contagio. El propio Estado organiza esa actividad y obliga a que se haga así, incluso como condición para recibir fondos y financiar la actividad. Este grupo de católicos, con mucho sentido evangélico y coraje, prefirió hacerlo al «modo de Jesús»: sin guantes, con corazón. ¿Te imaginás a Jesús haciendo milagros con guantes? Sería imposible. ¿Te imaginás a Jesús en cuarentena, encerrado hasta el fin de los tiempos? El amor de Jesús corre el riesgo, los santos corrieron riesgos, porque amar es riesgoso. El santo Cura Brochero, el santo argentino, se contagió de lepra por tomar mate con un leproso de su parroquia, a quien nadie quería visitar. Nosotros tenemos que animarnos a correr riesgos por estar con los que nadie quiere estar, por los que nadie recibe, por los que no son atendidos por nadie. Solo así podremos incorporarlos, de alguna manera, a esta sociedad en donde todo es reciclable y descartable.

Algo del Evangelio de hoy nos puede ayudar a entender qué es lo que nos pasa muchas veces o qué es lo que les pasa a tantos cristianos, hombres y mujeres, que no terminan de vivir su fe con verdadera alegría. Dice el evangelio así: «¿Todavía no comprenden ni entienden? Ustedes tienen la mente enceguecida. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. ¿No recuerdan cuántas canastas llenas de sobras recogieron, cuando repartí cinco panes entre cinco mil personas?» Las palabras de Jesús suenan duras, pero fueron así de reales. ¿No recordamos? ¿No será que nos pasan estas cosas porque no recordamos, porque no terminamos de comprender y entender?

Los discípulos habían estado en la multiplicación de los panes más grande de la historia y después se estaban preocupando por si les iba a alcanzar o no con un pan para todos. Parece mentira, parece gracioso, incluso una ironía de la Palabra de Dios, pero no lo es. Realmente les pasó eso, realmente nos pasa eso, a vos y a mí. Nos olvidamos de lo vivido, nos olvidamos del don, nos olvidamos de los milagros, que somos hijos y terminamos «peleándonos por quién podrá comer y quién no» entre hermanos. Nos olvidamos que somos hermanos y entonces nos ponemos a discutir cuando vemos que no alcanza, porque no confiamos en que el otro es hermano y que podemos compartir. En el fondo, nos olvidamos de nuestra condición de hijos y hermanos. Si nunca olvidáramos que nuestro Padre del Cielo jamás nos dejará sin lo necesario para vivir; si jamás olvidáramos que así como Dios cuida de los animales y de las aves del cielo es imposible que él nos deje de cuidar, no nos detendríamos en peleas que no tienen sentido, no nos pondríamos a discutir por un poquito de pan. ¡Qué poca memoria tenemos! ¡Qué rápido nos olvidamos de que si sabemos compartir, si ponemos de nuestra parte, si nosotros hacemos lo que otros no pueden, jamás nos faltará nada! Al contrario, siempre va a sobrar, porque también otros harán lo que nosotros no podemos hacer.

¿Ya te olvidaste de todo lo que Dios Padre te dio a lo largo de la vida? ¿Ya te olvidaste de que hace un ratito nomás Jesús multiplicó los panes frente a tus narices? ¿Tan rápido nos olvidamos de todo? ¿Ya te olvidaste de aquella vez que te animaste a poner de tu parte y de golpe todo fue mejor, todo se disfrutó, todo salió más lindo? ¿Ya te olvidaste de que la multiplicación de los panes es el milagro continuo de Jesús cuando sabemos poner amor a cada cosa? ¿Ya te olvidaste? ¿Nos olvidamos de que la Eucaristía es el pan del cielo que se multiplica cada día para los que tenemos hambre de Dios? ¿Ya te olvidaste de que la Iglesia, aun con sus pecados y debilidades, es una muestra cierta de que lo que se comparte se multiplica? ¿Te pusiste a contar alguna vez la cantidad de amistades, conocidos y hermanos que llegaron a tu vida gracias a que Jesús siempre multiplica todo? ¿Todavía no comprendemos ni entendemos?

No nos perdamos tanto amor del Padre por andar peleando y discutiendo por pequeñeces. No nos perdamos tanto amor de hermanos por andar mirando si nuestra panza o bolsillos estarán un poco más llenos. Ser hijos y hermanos es mucho más que una simple comida, es compartir nuestras propias vidas, nuestros corazones, nuestro amor.

VI Lunes durante el año

VI Lunes durante el año

By administrador on 15 febrero, 2021

Marcos 8, 11-13

Llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él; y, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Jesús, suspirando profundamente, dijo: « ¿Por qué esta generación pide un signo? Les aseguro que no se le dará ningún signo».

Y dejándolos, volvió a embarcarse hacia la otra orilla.

Palabra del Señor

Comentario

A veces, los lunes es necesario respirar hondo, tomar aire y juntar fuerzas para poder arrancar una vez más. Después de descansar un poco, de habernos despejado el fin de semana, hay que reconocer que cuesta, cuesta mucho más. Pero la Palabra de Dios siempre nos alienta, siempre nos impulsa a empezar una vez más, siempre nos vuelve a conducir por el camino correcto, siempre nos levanta si andamos caídos. Por eso, querer escuchar el evangelio todos los días es lo mejor que podemos desear, es la actitud del que quiere ser purificado, como el leproso del evangelio de ayer: «Si quieres, puedes purificarme».

Hoy podemos caer todos de rodillas una vez más, para suplicarle a Jesús que nos conceda lo mejor que podemos pedir: la pureza de corazón que nos permita ver con nitidez y no tan llenos de cosas que nos impiden ver. La enfermedad que más nos enferma, valga la redundancia, es la impureza del corazón, la lepra del alma que nos hace aislarnos y que los demás se aíslen de nosotros, se nos escapen. Aunque no parezca, este mundo es un gran «leprosario», lleno de hombres y mujeres que también están impuros, aunque creen que están sanos.

Vivimos muchas veces desvinculados de Dios, de nosotros mismos y de los demás. Por más sanitos que estemos del cuerpo, la impureza del corazón la llevamos siempre a cuestas y siempre está latente. Sin darnos cuenta miramos la impureza ajena o la impureza del mundo que nos rodea y olvidamos que somos parte de eso y que todo lo que nos impide ver a Dios con claridad y con el corazón es de alguna manera una impureza. El pecado es un problema en nuestra vida, pero la cuestión está en reconocer qué es lo que lo produce, qué es lo que nos lleva a tomar decisiones equivocadas.

El cristiano en serio es el que empieza a vivir una relación de amor real y concreta con un Dios que es Padre, con un Dios que es Hijo y hermano mayor de cada uno de nosotros y con un Dios que también es Espíritu, que habita en el alma, que anima y consuela siempre. El cristiano que recibe esta gracia, la gracia de la pureza, y que no fuerza su relación con su Padre, sino que la disfruta, que vive feliz de ser pobre de espíritu, que vive feliz por ser paciente, por ser misericordioso, por estar en paz, por tener el corazón puro, por dejarse consolar en el sufrimiento; es el cristiano que no necesita «signos» especiales, vive las bienaventuranzas, no necesita andar «desafiando» a Dios. ¿Qué hijo que se siente hijo y que ama a su Padre lo desafía y discute con Él? Una cosa es enojarse cada tanto por no comprender, una cosa es no entender sus caminos y otra cosa es desafiarlo y discutir.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña lo que no debemos hacer con nuestro buen Jesús, con su Padre, si queremos ser felices, si queremos vivir esta pureza. Ni discutir, ni desafiar. Algo que les encantaba a los fariseos. Algo que a nuestro corazón a veces también le gusta. ¿Sos de discutir y desafiar a los demás? ¿Sos de discutir y desafiar a Dios? Vuelvo a decir, una cosa es preguntarle a tu Papá el porqué de esto y el porqué de lo otro –algo normal y parte de nuestra vida- y otra cosa es plantarnos firmemente frente a Dios como si fuéramos más grandes que él; no como hijos, sino como «pares». La cosa no es así.

Discutir no tiene sentido, dialogar sí. No discutas con nadie, no pierdas el tiempo. Dialogar siempre. No te canses de dialogar, es lo mejor que podemos hacer. Dejemos de discutir porque es lo peor que podemos hacer. Fijémonos qué dice el evangelio de hoy, dice que «llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él». No dice que Jesús discutía con ellos. No me imagino a Jesús discutiendo, sí me lo imagino queriendo dialogar. Pero cuando alguien no quiere dialogar, el problema no es nuestro, es del otro, es el otro el que no quiere. El que discute generalmente cae en el desafiar, en el intentar poner a prueba al otro, porque en el fondo no le interesa lo que el otro piensa y siente, sino que solo en lo que él piensa y siente.

El que discute no escucha, no está dispuesto a escuchar, por eso discute; es medio sordo del corazón. El que discute no está abierto a incorporar algo nuevo, sino que busca que el otro se adecue a su manera de ser. Por eso los fariseos discuten, desafían y piden un signo, mientras tenían el signo frente a sus narices. Mucho para aprender de la Palabra de Dios de hoy. No solo en nuestra relación con los demás, sino con nuestro Padre. ¿Dialogamos con nuestro Papá del cielo o discutimos? ¿Le preguntamos o lo desafiamos?

Finalmente, creo que es lindo imaginar ese momento en el que «Jesús, suspirando profundamente, dijo: “¿Por qué esta generación pide un signo?”» ¿Qué pensará Jesús de nosotros cuando le pedimos signos todavía? ¿Suspirará de la misma manera? Podemos ser parte de esa generación que no se comporta como hijos y anda siempre desafiando a Dios, pidiéndole signos. Podemos, cuidado. ¿Por qué será que no terminamos de convencernos del signo más grande y maravilloso que podamos imaginar, de Jesús mismo? ¿Por qué será que nos pasamos bastante tiempo de nuestra vida discutiendo, desafiando a otros y al mismísimo Dios y no nos damos cuenta que el mayor desafío está en reconocer el amor de Dios que se hizo carne en Jesús y se hace carne todos los días con su Palabra en la Eucaristía, en los más pobres, en nuestra familia? ¿Qué Dios pretendemos? ¿No seremos demasiados pretensiosos?

VI Domingo durante el año

VI Domingo durante el año

By administrador on 14 febrero, 2021

Marcos 1, 40-45

En aquel tiempo: Se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme». Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.

Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: «No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio».

Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a Él de todas partes.

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué maravilla es cuando empezamos a experimentar que la celebración de la Misa del domingo ya deja de ser parte de un «análisis» semanal para ver si voy o no! Es lindo para nosotros, los sacerdotes, ir viendo como ciertas personas experimentan ese gozo, la alegría de acercarse a Jesús superando toda obligación externa, todo precepto de la Iglesia; que es necesario, pero que es mucho más necesario internalizarlo, amarlo. No estoy en contra del precepto ni mucho menos. Soy un agradecido a mis padres que siempre, desde niño, me hicieron sentir y reconocer que el domingo no solo era un día especial para descansar un poco más, un día para comer en familia, para ver un buen partido de fútbol o lo que sea, sino que era un día especial en donde era necesario renunciar un poco a mí mismo para darle a Dios algo de mi corazón o todo; pero se lo va dando de a poco, es verdad, aunque no siempre lo hacía.

Sin embargo, me pregunto: ¿Cuántos cristianos irían a Misa un domingo si a la Iglesia se le ocurriera un día decir que no es precepto –incluso como está pasando en muchos lugares–, que no tenemos la obligación, que deja de ser un «pecado»? ¿Qué pasaría? Por las dudas, no lo pensemos mucho, no vaya a ser que nos encontremos con la triste realidad, con la difícil realidad de que hay poco amor a Jesús o porque todavía no lo descubrimos (no por maldad).

El precepto es necesario, porque es una guía, un faro que nos marca el camino. Pero cuando tenemos que «obligar», el amor, tarde o temprano, deja de ser amor para convertirse en un «no sé qué». Es por eso que miles de cristianos, después de miles de idas y vueltas, recién en etapas muy adultas de la vida descubren lo que realmente es la Misa y es ahí cuando no la dejan más. Como siempre, intento decirte no importa en qué etapa estás, no importa en qué momento estás de tu situación, de la vida espiritual, lo importante es que seamos sinceros con Dios y con nosotros mismos. Sea lo que sea siempre es bueno pedir la gracia, pedir fe para reconocer que la Misa y sus frutos en nosotros son algo que nos viene de lo «alto», es un don que se va descubriendo y que cuando se lo descubre, es muy difícil de dejar; pero, al mismo tiempo, hay que buscarlo. Ni la fe es pura obligación, ni la fe tampoco es «hago lo que siento» cuando lo siento, sino que la fe también es reconocimiento de un don que nos pide una respuesta con libertad y amor. Y esto es un proceso inevitable, largo y a veces muy arduo. Eso necesita y quiere Dios. Eso desea Jesús de nosotros.

Algo del Evangelio de hoy nos ayuda a rumbear un poco para ese lado y no quedarnos en la superficialidad. Una vez más, Jesús hace un milagro que es mucho más que una simple curación de un cuerpo enfermo, sino que es un milagro que enseña que lo impuro puede volver a ser puro, solo gracias a su poder, que es el amor. De hecho, es el mismo Jesús quien dice: «Lo quiero, queda purificado». ¿Y a qué impurezas se refiere? ¿Cuál es la pureza que viene a devolvernos la presencia de Jesús en nuestras vidas? La impureza que representa la lepra de la escena de hoy, esta enfermedad que alejaba a las personas del contacto con su comunidad y con el culto de esos tiempos, es justamente eso, un obstáculo que nos impide el verdadero contacto con Dios, con un Dios que es y quiere ser Padre abrazador y no tanto como a veces lo imaginamos nosotros, justamente a causa de la impureza que llevamos a cuestas. Es la impureza que nos aísla del amor de los demás, creyéndonos indignos de poder recibirlo y darlo. ¡Es muy triste el sentirnos impuros e indignos del amor de Dios y de los demás! Esa es la lepra más leprosa, valga la redundancia. Es triste, pero es así. Es tristeza del alma. Es la tristeza de la imposibilidad de aceptar que Dios nos ama así, incluso impuros, pecadores, y que nos ama incondicionalmente, siempre y para siempre, aunque estemos tirados y zaparrastrosos por el camino de la vida, llenos de inmundicia.

Él quiere devolvernos la pureza, que no significa no equivocarnos nunca, sino que nos demos cuenta que aun pecando y pecando podemos buscarlo y amarlo, aun habiéndonos alejado de todos podemos volver a amar y ser amados.

Por otro lado, aunque no se ve a simple vista, parece ser que Jesús no queda muy conforme con el milagro de hoy, porque el leproso desobedece lo que Él le pide y, a partir de ahí, ya ni siquiera podía entrar a las ciudades a predicar, sino que iban a buscarlo para ser curados de sus dolencias. ¿De qué sirve dejarse curar por Dios si después no lo escuchamos? Jesús lo purifica. No solo lo cura, no solo le quita las manchas de su cuerpo, sino que vuelve a ponerlo en contacto con Él y con su comunidad, con sus hermanos, con los sacerdotes de su pueblo. Lo purifica para que él descubra que los demás también tenían que buscar eso.

No podemos olvidar lo del domingo pasado: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido». Él también quería predicar, Él quería y quiere ser escuchado y cuando no lo escuchamos, cuando buscamos de Él solo cuestiones físicas o terrenales, que no están mal, pero nos quedamos a mitad de camino y nos perdemos la mejor parte, Él se da cuenta que nos falta algo.

El leproso cometió un solo error: no escuchó a Jesús. Recibió lo que quería, pero se perdió lo mejor, obedecer la palabra de Jesús: «No le digas nada a nadie». Jesús vino a purificarnos, no solo a curarnos, no te olvides. Quiere que podamos escucharlo y lo que más le duele es que no lo escuchemos. Ese es el gran peligro. Que nuestro afán por «estar bien» del cuerpo no nos haga olvidar que lo mejor que nos puede pasar es estar bien del alma, confiar en Él, creerle a Él, más allá de nuestras enfermedades o problemas.

¿Vos querés ser purificado? Yo sí. Levantemos la mano en el corazón y pidámoselo a Jesús con toda nuestra fe.

V Sábado durante el año

V Sábado durante el año

By administrador on 13 febrero, 2021

Marcos 8, 1-10

En esos días, volvió a reunirse una gran multitud, y como no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Si los mando en ayunas a sus casas, van a desfallecer en el camino, y algunos han venido de lejos».

Los discípulos le preguntaron: «¿Cómo se podría conseguir pan en este lugar desierto para darles de comer?»

Él les dijo: «¿Cuántos panes tienen ustedes?»

Ellos respondieron: «Siete».

Entonces él ordenó a la multitud que se sentara en el suelo, después tomó los siete panes, dio gracias, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. Ellos los repartieron entre la multitud. Tenían, además, unos cuantos pescados pequeños, y después de pronunciar la bendición sobre ellos, mandó que también los repartieran.

Comieron hasta saciarse y todavía se recogieron siete canastas con lo que había sobrado.

Eran unas cuatro mil personas. Luego Jesús los despidió. En seguida subió a la barca con sus discípulos y fue a la región de Dalmanuta.

Palabra del Señor

Comentario

Un día más, un sábado más que se nos regala la posibilidad de frenar un poco, descansar, poner este audio con la Palabra de Dios y animarse a escuchar lo que Jesús nos quiere decir. A veces te resultará repetitivo que lo diga una y otra vez, pero la verdad que a fuerza de repetir las cosas nos van quedando en el corazón. Si pensamos en la historia de la Iglesia, en la Iglesia como un cuerpo cuya cabeza es Cristo, podríamos decir que hace dos mil años la Iglesia como cuerpo viene escuchando la Palabra de Dios una y otra vez, y podríamos pensar que es repetitivo. Sin embargo, lo sigue haciendo porque necesita volver a escuchar. Vos y yo necesitamos volver a escuchar. Vos y yo necesitamos volver a experimentar que solo esforzándonos, solo permaneciendo y solo dejando que la gota de agua, de rocío del amor de Dios que desciende por su Palabra en nuestro corazón, solo recibiéndola y permaneciendo mucho tiempo, nos mojará el corazón y hará que brote en nosotros lo mejor, lo que él quiere. Por eso, una vez más, este sábado anímate a tomártelo con más calma.

Siempre sobra podríamos decir, siempre sobra cuando se trata de las cosas de Dios. Cuando Jesús está en medio de nosotros, en nosotros, jamás puede faltar lo esencial para vivir. Cuando falta, en realidad es porque Jesús no está ahí, no porque él no quiere, sino porque alguien no le dio lugar, alguien no lo deja entrar, alguien le cerró la puerta. Dice así el libro del Apocalipsis: «Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos». Solo es cuestión de dejarlo pasar. Él está tocando la puerta, la de tu corazón y la del mío. Cuando Jesús está en un corazón, jamás faltará lo necesario para vivir en paz, o sea, el amor que se necesita.

La Madre Teresa, santa Teresa de Calcuta, no refiriéndose directamente a este evangelio, pero sí creo que cae como anillo al dedo, decía algo así: «Yo hago lo que usted no puede, y usted hace lo que yo no puedo. Juntos podemos hacer cosas grandes». Cada uno podríamos decir entonces que hace lo que puede –eso quiso decir la Madre Teresa– y los otros hacen lo que uno no puede hacer, porque no todos podemos hacer todo, pero con esos «podemos» chiquitos se pueden hacer cosas grandes que a veces ni calculamos, que ni pensamos. ¡Qué emoción cuando uno se pone a pensar en esto con fe y profundidad! ¡Esto es la Iglesia! ¡Qué maravilla cuando nos damos cuenta que la multiplicación de los panes es el milagro continuo del amor de Jesús que se comparte y se derrama abundantemente a lugares impensados, a corazones que nunca imaginamos! ¿Cuántas obras en la Iglesia comenzaron así? Seguramente tu comunidad, un movimiento, una parroquia. Tantas obras de caridad que surgieron por un «podemos» de alguien y el «podemos» del otro y, de golpe, todo empezó a crecer.

El milagro de la multiplicación de los panes pasó verdaderamente, no como algunos tratan de negar diciendo que es un escrito simbólico. Es una pérdida de tiempo detenerse en estos análisis, lo importante es que Jesús lo hizo y lo sigue haciendo. Jesús lo hace a cada minuto, en cada rincón del mundo, cuando creemos en su amor, cuando confiamos en su palabra, cuando nos abandonamos a su obra –que es más grande que la nuestra–, cuando no nos adueñamos de su amor, cuando simplemente somos instrumentos, canales, cuando nos animamos a escuchar esto cada día. Pero al mismo tiempo levantamos el corazón para ver que hay miles de «hambrientos», como nosotros, que necesitan del «pan de Jesús», del pan material, del pan de una vida más llevadera, más digna, pero también del pan del amor, del pan de la Palabra.

¿Pensás que tenés que tener mucho para convertirte en pan para los demás? ¿Pensás que tenés que saber mucho para poder hablar de Jesús a los otros? Eso no es así. Somos luz y sal. Somos sal y somos luz. Llevamos en nuestro interior el tesoro y la capacidad de amar, no hay que dar muchas más vueltas.

Cuando damos muchas vueltas, es porque no nos damos cuenta de que lo que buscamos ya lo tenemos al alcance de nuestras manos, de nuestro corazón. No hay que ir a buscar pan para todos a todos lados, hay que dar lo que se tiene y eso se multiplica. Así de sencillo. ¿Nos parece raro? ¿Será porque todavía no experimentamos que el amor de Jesús siempre es desbordante? Si ya lo hacés, afírmate en esta maravilla multiplicadora. Si todavía no lo hiciste, pensá en alguien que pueda hacer «lo que vos no podés» y ponete a hacer «lo que otros no pueden». Y así es como se van uniendo los eslabones de la cadena y se llega a donde jamás se hubiese pensado.

Siempre sobra cuando se ama, siempre sobra cuando se trata de las cosas de Dios, cuando Jesús está en medio de nosotros, cuando le abrimos la puerta para cenar con él todos los días.

V Viernes durante el año

V Viernes durante el año

By administrador on 12 febrero, 2021

Marcos 7, 31-37

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.

Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete». Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Palabra del Señor

Comentario

Generalmente, cuando estamos mal, nos encerramos, nos encerramos en nuestra casa, en nuestra habitación, hasta podemos cerrar las ventanas y las cortinas porque no queremos ver a nadie ni queremos que nos vean. Es una actitud muy humana que representa la cerrazón del corazón, el miedo a sufrir, incluso hasta los animales cuando tienen miedo, se «meten» en sus cuevas. Eso hacíamos de niños, seguramente todos. En el fondo, el problema es que tenemos miedo, diferentes miedos que no nos dejan enfrentar la realidad. Pero también es una actitud que, de adultos, seguimos repitiendo de una forma u otra. A veces, si podemos, lo volvemos a hacer, nos queremos escapar. Pero lo que nos pasa es que ya no podemos, porque tenemos nuestras obligaciones, nuestras responsabilidades y no nos «da la cara» para repetirlo; la vida diaria nos lo impide. Por eso, al no poder encerrarnos en nuestra habitación como cuando éramos niños, nos encerramos de otras formas. Pero, en definitiva, hacemos lo peor que podemos hacer, cerramos el corazón, aunque por fuera todos piensen que la vida va «viento en popa».

Estas son algunas de las enfermedades que nos invaden el alma: la falta de amor que paraliza, el miedo que nos detiene, el egoísmo que no nos deja ver, la bronca que nos mantiene aislados, el rencor que no nos permite oír a los demás y a Dios, la culpa que no nos deja levantarnos y nos victimiza, la falta de perdón que nos mantiene ensimismados. ¿Qué hacer con todo esto? Bueno, parece sencillo, pero es de toda la vida. El verdadero médico de la vida, del corazón, es Jesús. La receta es «salir» para dejarse ayudar o ayudar a los demás saliendo. Ahora bien: Jesús se sirve de miles de situaciones y personas para curarnos. De ahí que en evangelio del domingo se veía claramente que nadie se sanaba solo: «Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados». Y también decía: «Jesús salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés». Siempre hay alguien que me ayuda a acercarme a Jesús o que con su presencia trae la sanación a nuestras vidas. Nadie se sana solo, nadie se sana encerrado. Al contrario, cuanto más encerrados permanecemos, más tardaremos en sanar. Si andás encerrado, andas mal, por favor, «salí», llamá a alguien, pedí ayuda. No te ahogues en tu soberbia, en tu omnipotencia, en tu autosuficiencia. Solo el amor puede sanarnos.

Mientras tanto, mientras a veces andamos encerrados por la vida, podemos no darnos cuenta de tantas cosas lindas. Podemos no darnos cuenta de todo lo que podemos dar. Mientras tanto, mientras otros dan la vida cada día, nosotros podemos andar medios «sordomudos», necesitando que Jesús nos saque de esa situación, como en Algo del evangelio de hoy. No hablamos bien cuando no escuchamos bien. Es ley del cuerpo y del alma. Los sordos de nacimiento son mudos también –por no haber podido escuchar nunca las palabras–, no saben hablar, no saben emitir los sonidos que para nosotros son normales. Pero ellos son buenos, porque les toco nacer así y, finalmente, se hacen entender de alguna manera. Pero los peores somos nosotros, los que estamos un poco mudos, aunque podemos hablar y no hablamos bien, pero porque, en el fondo, no sabemos escuchar con el corazón; somos «sorditos del corazón».

La sordera del corazón, que se manifiesta exteriormente, es uno de los peores males. Es la que produce todas las peleas, divisiones, rencillas, complicaciones, rencores, malos entendidos, calumnias, difamaciones y tantas cosas más en nuestras vidas, porque en realidad no sabemos escuchar, podemos estar medios sordos u oímos lo que queremos oír. Nos perdemos de oír las cosas lindas y a veces nos habituamos a oír cosas malas, por eso de nuestro corazón pueden salir cosas malas y de nuestros labios palabras que no irradien alegría.

Nos perdemos de escuchar todos los días con detenimiento las cosas lindas que nuestro Padre del cielo nos quiere decir por andar escuchando tantas sonseras, tonteras, tantas malas noticias, tantas noticias sin sentido, frívolas. Y así nos pasamos los días usando nuestros oídos en cosas que no tienen mucho sentido. Nos perdemos de decir cosas lindas a los que lo necesitan por andar soltando nuestra lengua en palabras vacías, que molestan, que se quejan, que critican y pretenden resolver el mundo por un ratito de charla. El mundo no se mejora con palabras y quejas; el mundo se mejora trabajando con amor. La familia se mejora escuchándola, no se mejora mostrándole todo lo malo. La Iglesia no se mejora, como hacen algunos, incluso consagrados, con «incontinencia verbal», mostrando todo lo malo o con la «crítica farisaica», sino con amor incondicional y entrega.

Qué lindo terminar este audio en este día y contemplar que Jesús mire al cielo y suspire y diga sobre nosotros: «Efatá, ábrete». Que se abran tus oídos y los míos para que podamos escuchar todo lo lindo que Él tiene para decirnos, todo lo lindo que Jesús dice de nosotros, todo lo lindo que a veces nos andamos perdiendo por no escuchar. Que se abran nuestros oídos para que «se nos suelte la lengua y comencemos a hablar normalmente», como deben hablar los hijos de Dios, como hablan aquellos que se dieron cuenta que no sirven para estar encerrados, sino para salir y amar a los demás.

V Jueves durante el año

V Jueves durante el año

By administrador on 11 febrero, 2021

Marcos 7, 24,30 – Memoria de Nuestra Señora de Lourdes

Jesús partió de allí y fue a la región de Tiro. Entró en una casa y no quiso que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer oculto.

En seguida una mujer cuya hija estaba poseída por un espíritu impuro, oyó hablar de él y fue a postrarse a sus pies. Esta mujer, que era pagana y de origen sirofenicio, le pidió que expulsara de su hija al demonio.

El le respondió: «Deja que antes se sacien los hijos; no está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros».

Pero ella le respondió: «Es verdad, Señor, pero los cachorros, debajo de la mesa, comen las migajas que dejan caer los hijos».

Entonces Él le dijo: «A causa de lo que has dicho, puedes irte: el demonio ha salido de tu hija». Ella regresó a su casa y encontró a la niña acostada en la cama y liberada del demonio.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando alguien es sanado por Jesús, inmediatamente, y sin una obligación externa, surge la gratitud, y la gratitud siempre se traduce en un servicio concreto. Así lo expresaba el evangelio del domingo, decía: «Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos». El servicio, el descubrir esa vocación que todos llevamos dentro, ese llamado interior a hacer algo por los demás, en definitiva a amar, es genuino y duradero cuando está anclado en el reconocimiento de que los primeros sanados, agraciados, somos nosotros. Si no es así, el servicio no es una forma de vida, sino simplemente una actividad más dentro de todas las cosas que hacemos en el día.

Muchísimas personas «sirven» en la Iglesia o sirvieron, pero no todas lo hacen habiéndose reconocido sanadas, como le pasó a la suegra de Pedro. Ese es el verdadero «salir» al que nos invita e impulsa la Palabra de Dios, y eso se demuestra a lo largo de toda la vida, no en un «fin de semana». La caridad, un apostolado, una actividad concreta por los demás es el alma de la Iglesia y lo que la mantiene viva y despierta, porque si todos los cristianos hiciéramos únicamente lo «obligatorio», lo estrictamente necesario, esta linda familia no crecería, no se extendería, porque en el fondo no estaría amando.

Vos y yo fuimos sanados, ¿sabías?, de una manera u otra, y si no vivimos dando un servicio desinteresado a los otros, es porque no servimos para vivir o no estamos viviendo plenamente la vida. El que todavía no «sale» de sí mismo para servir a los demás es porque todavía no percibió la sanación de Jesús en su corazón.

Solo una madre puede saber lo que se siente cuando un hijo o una hija sufre. Los varones no podemos experimentarlo de la misma manera, por más que intentemos y digamos «te entiendo». Somos distintos, somos de otro modo.

En Algo del Evangelio de hoy aparece, como tantas veces en la Palabra de Dios, la figura de una mujer sufriente y la fuerza de su amor, de su fe, de su esperanza, que muchas veces supera lo imaginado. Los varones deberíamos admirar muchísimo a las mujeres en esto. Es algo que a nosotros la naturaleza no nos dio, solo podemos maravillarnos e intentar pedirlo de alguna manera. No podemos vivir la fe sin esta dimensión femenina y por eso el amor a la Santísima Virgen es tan esencial para nosotros, para todos.

Quería contarte algo. De hace un tiempo, tuve la dicha de que me llamen a rezar un responso de un joven de treinta años que decidió lamentablemente terminar con su vida ahorcándose. Algo terrible, que no necesita muchas palabras. Dije dicha porque estar en ese momento es un regalo de Dios para un sacerdote. Así trato de percibirlo siempre. No conocía a la familia directamente, solo a uno parientes, pero sentí la fuerza para poder estar y quedarme como pocas veces lo había sentido en mi vida. No miré el reloj, no importaba lo que tenía que hacer después. No importaba el tiempo. Después de hacer las oraciones que debemos hacer los sacerdotes, con un recipiente de agua bendita en las manos, dije las palabras de bendición sobre el difunto e invité al padre, que estaba al lado del cajón, a hacer lo mismo, a rociar el cuerpo de su hijo con el agua y una flor que llegué a cortar del ramo que tenía cerca.

El joven tenía tres hermanas, que también estaban de pie, al lado, destrozadas. La madre estaba abatida, sentada, casi sin querer levantar la cabeza, sin querer participar. El primer y gran gesto que me emocionó fue que una de las hermanas reemplazó esa flor que yo había cortado así nomás por una rosa muy linda que tenía en sus manos. Todo un signo. Después de eso, las tres repitieron el gesto y, de repente, se hizo un silencio desgarrador, atronador. Quedaba la madre. Yo no quería forzarla, pero sentía que era necesario, que ella podía hacerlo. Miré a las hermanas y las animé para que se lo ofrecieran. En ese momento empezó una especie de «procesión de amor», llena de amor.

Las hijas se acercaron a la madre, la sostuvieron de sus brazos y la ayudaron a levantarse. Todos mirábamos fijos, pero en medio de un silencio sagrado. La madre se acercó e hizo «el rito de despedida» y, después, se quedó parada al lado de su hijo, llena de amor, poniendo sus manos sobre las de él como no queriéndose ir más. Hice lo mismo, puse mis manos sobre las suyas y la de su hijo. Yo no podía decirle nada. A partir de ese momento, se generó un diálogo lleno de fe mientras todos los presentes lograban escuchar algo. Y no podría contarlo todo porque fue tan profundo y largo que sería imposible.

Pero las palabras de Jesús de hoy me trajeron a la memoria ese momento. Pienso que Jesús le habría dicho lo mismo a esta madre llena de fe y amor: «A causa de lo que has dicho, puedes irte». Esa mujer me había enseñado todo, al lado de su hijo que acababa de morir, en muy poco tiempo. En un momento me salió decirle a los cinco: «Solo les pido un favor: “Por favor, no se enojen con Dios”». Entre tantas cosas lindas, una de las respuestas fue: «Padre, tengo más fe que nunca». Solo una madre puede responder eso. Solo Jesús podía consolarla. Me gustaría algún día volverme a encontrar con esa madre, para poder decirle lo que creo que le diría Jesús: «A causa de lo que has dicho, puedes irte».

V Miércoles durante el año

V Miércoles durante el año

By administrador on 10 febrero, 2021

 

Marcos 7, 14-23 – Memoria de Santa Escolástica

Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. ¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!»

Cuando se apartó de la multitud y entró en la casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de esa parábola. Él les dijo: «¿Ni siquiera ustedes son capaces de comprender? ¿No saben que nada de lo que entra de afuera en el hombre puede mancharlo, porque eso no va al corazón sino al vientre, y después se elimina en lugares retirados?» Así Jesús declaraba que eran puros todos los alimentos.

Luego agregó: «Lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».

Palabra del Señor

Comentario

Cuando leemos atentamente la Palabra de Dios, los evangelios, muchas veces nos pueden surgir muchos interrogantes –valga la redundancia–, cuestionamientos, incluso hasta dudas. Es normal. Te diría que es hasta sano que así sea. Si a partir de la escucha no surge nada, es porque ese texto no nos dijo nada. Pero no por culpa del texto, sino porque no pusimos la atención necesaria, no incluimos el corazón en la lectura. Solo preguntándole cosas a la Palabra de Dios, a Dios mismo, obtendremos respuestas, o por lo menos algunas, y serán esas respuestas las que nos irán ayudando a encontrar el buen rumbo que todos anhelamos.

Es para interrogarse, desde el evangelio del domingo, el por qué Jesús no curó a todos los enfermos y, además, cuando lo volvían a buscar, él decidía irse a otro lado. ¿No te genera preguntas esa actitud de Jesús? A mí sí. Por un lado, está clara la decisión de Jesús de curar algunas dolencias físicas. Pero, por otro lado, es claro el deseo de Jesús de mostrarnos que esas curaciones no eran su primer objetivo, sino que eran signo de algo más profundo. Si no fuera así, Jesús se hubiese transformado en una especie de curandero más de este mundo. Mucho más efectivo que los que andan mintiendo por ahí, pero uno más del montón.

¿No te preguntaste alguna vez el por qué hoy no se ven esos milagros en la Iglesia si supuestamente decimos que Jesús sigue sanando? ¿No será porque justamente la sanación, que nos vino a traer él, es la del corazón? ¿No será que son millones los sanados, pero que nuestra ceguera o deseo de lo extraordinario no nos deja ver más lo profundo, eso que solamente puede ver Dios, el corazón?

Algo del Evangelio de hoy nos enseña algo que tiene que ver con esto que venimos hablando. El mal no es una cosa que anda dando vueltas por ahí y se nos mete en el corazón, como algunos piensan. El mal no es algo que hacen los demás y solamente me toca a mí sufrirlo, sino que es algo que brota de nuestro corazón. Y en eso estamos todos incluidos. No podemos echarle la culpa a los de afuera. No podemos echarle la culpa al mundo en el que vivimos, a internet, al celular, a la televisión, a las cosas malas que hacen los otros, a las cosas que pasan y antes no pasaban. No podemos vivir pensando que la culpa la tienen los demás y que todo lo que no es mío no es tan bueno.

Es verdad que fuera nuestro hay cosas malas y pasan cosas malas. Es verdad que hay que evitar estar en lugares y con personas que nos hacen mal, que de alguna manera nos «ensucian». Pero también es bueno volver a escuchar lo que Jesús dice hoy: «Lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro». Fuimos creados para amar, para salir de nosotros mismos, sin embargo, en el corazón del hombre hay de todo un poco: hay luces y sombras. Hay también malas intenciones, lujuria, deseos de tener lo de los otros, deseos de matar –por lo menos con la mirada y con el corazón– a los demás, de adulterios, de maldad, de engaños, de deshonestidades, de envidia, de difamación, de orgullo, de desatino –como dice la Palabra–.

Cada uno tiene lo suyo, cada uno debe ser sincero consigo mismo y darse cuenta de que, aunque lo de afuera influye, el que finalmente hace las cosas es uno. Somos nosotros los que decidimos comportarnos como hijos de un mismo padre o no, vernos como hermanos. No podemos vivir como los fariseos, creyendo que el problema de nuestra impureza es algo externo. Eso es la hipocresía que muchas veces puede enfermar. Ver siempre los problemas afuera y no en nosotros.

No podemos vivir pensando que por hacer cosas buenas, así nomás, «seremos buenos», sino que en realidad porque ya tenemos amor en nuestro corazón podemos hacer cosas buenas por los otros. La capacidad de amar, Dios ya la puso en nuestro corazón y eso, por decirlo de algún modo, nos va «abuenando», nos va purificando de lo otro que siempre está y estará.

Porque en la medida que dejamos salir lo mejor de nosotros, lo demás, lo malo se va apagando, va perdiendo fuerzas y colaboramos a que todo lo que nos rodea vaya siendo más lindo, las personas y las cosas.

Vos y yo seremos más cristianos en la medida que busquemos amar en cada cosa y no tanto por luchar contra los males de este mundo, así directamente, aunque sea necesario a veces un poco, es verdad.

Pongamos nuestro corazón en lo bueno y ya tendremos la mejor batalla ganada: el darnos cuenta lo que somos, lo que Dios nos dio.

«Escúchenme todos y entiéndanlo bien», dice Jesús. Escuchemos atentamente la Palabra, para no equivocarnos con pensamientos tan distintos a los de Dios y que nos hacen a veces errar el camino.

Dejemos que Jesús nos sane el corazón, que sane nuestro corazón de tantas impurezas que no nos dejan vivir en paz, que no nos dejan amar como Jesús quiere que nos amemos.

V Martes durante el año

V Martes durante el año

By administrador on 9 febrero, 2021

Marcos 7, 1-13

Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce.

Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?»

Él les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres.»

Y les decía: «Por mantenerse fieles a su tradición, ustedes descartan tranquilamente el mandamiento de Dios. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y además: El que maldice a su padre y a su madre será condenado a muerte. En cambio, ustedes afirman: “Si alguien dice a su padre o a su madre: Declaro corbán -es decir, ofrenda sagrada- todo aquello con lo que podría ayudarte…” En ese caso, le permiten no hacer más nada por su padre o por su madre. Así anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido. ¡Y como estas, hacen muchas otras cosas!»

Palabra del Señor

Comentario

No hay otro camino para vivir bien, que el “salir”. Muchas veces pretendemos que los demás vengan a nosotros, que Dios venga a nosotros, que Jesús venga a nosotros, y es verdad que eso muchas veces pasa porque Dios hace lo que quiere, lo que le parece. Sin embargo, los verdaderos encuentros se dan cuando sabemos “salir” de nosotros mismos, cuando no estamos “en la nuestra” encerrados como tortugas en su caparazón queriendo que siempre nos busquen los otros. Jesús salió para encontrarse con todos los que quieren salir y eso vino a enseñarnos. La enfermedad más profunda que sufrimos todos, es la del egoísmo, al del amor propio que nos lleva a no salir, a pensar en nuestro mundito interior, en nuestros problemas creyéndonos que somos el centro del universo. De eso vino a sanarnos Jesús, de eso quiere curarnos hoy a vos y a mí, nadie se “salva” de esa enfermedad. Hoy, más que nunca, tenemos miles de opciones y propuestas de sanación, la ciencia progresó muchísimo en eso, y eso está bueno. Hablando con alguien que necesitaba ayuda psicológica, y de hecho él mismo lo reconocía, me salió decirle: Está bien, déjate ayudar por un psicólogo, búscalo, es bueno, te puede ayudar, pero no te olvides que el “mejor psicólogo” es Jesús, y además es gratis. Ayuda psicológica sí, pero por un tiempo, en cambio Jesús siempre, para toda la vida. Nos equivocamos cuando damos vuelta la ecuación. Por favor, que ningún profesional se ofenda, pero es la realidad… el verdadero médico del hombre, del alma, es Jesús, eso nos enseñaba el evangelio del domingo. 

¡Cuánto para aprender con algo del evangelio de hoy! Jesús no tiene ningún problema de llamar a las cosas por su nombre y decirle de frente a los hipócritas lo que eran realmente. No hay nada peor para un hipócrita que le digan hipócrita, que le saquen la máscara, porque en definitiva es lo que significa, “ponerse una máscara” y ocultar lo que realmente uno es. La hipocresía tiene mil aristas diferentes, pero en definitiva la raíz es la misma, es la soberbia, es el orgullo, es el excesivo amor propio. La soberbia no quiere que nos veamos cómo somos, no le gusta que nos miremos al espejo para reconocernos, y por eso, se siente cómoda con una “máscara” que tapa la realidad. La realidad es que estos fariseos perdían el tiempo en cosas secundarias, que no eran malas, pero que tapaban lo más importante. ¡Cuántas veces hacemos lo mismo! ¡Cuánto tiempo perdemos en la familia, en la Iglesia, en una comunidad, en cosas secundarias que más que acercarnos a Jesús nos alejan entre nosotros!

La soberbia del alma hace que de tanto mirarnos a nosotros mismos, de tanto mirarnos el ombligo, la realidad se nos vaya desdibujando y terminemos por formarnos una realidad bastante chiquita o pretendamos una realidad a nuestra medida. La gran cruz de nuestra vida, es la misma realidad, el aceptar lo que es, más allá de lo que pretendamos. Lo que es, más allá de lo que piense o sienta. Lo que es y debo aceptar. Lo que es, por más que quiera cambiarlo.

Dice la palabra de Dios de hoy que Jesús “les decía: «Por mantenerse fieles a su tradición, ustedes descartan tranquilamente el mandamiento de Dios” Esa frase dice muchas cosas, pero en síntesis quiere expresar eso. Es la soberbia la que lentamente puede ir transformándose en hipocresía y hacer que nos fabriquemos nuestra propia realidad y por “mantenernos fieles” a nuestra propia verdad, nos olvidamos la gran Verdad que es la de Dios. Eso pasa de manera terrible en nuestra propia fe, pero nos pasa en todos los ámbitos de la vida. No hay que olvidar que la peor hipocresía es la religiosa, la de los consagrados, las de las personas que dicen ser “de Dios”, sin embargo, no nos olvidemos que todos podemos ser hipócritas de mil modos distintos.

Muchas personas sin ser muy religiosas digamos que son, como se dice, “más papistas que el Papa” Nadie está exento de esta enfermedad. Pidamos a Jesús que nos libre de la hipocresía, y que, si lo somos, no animemos a sacarnos la máscara que no deja ver lo mejor de nosotros, lo mejor de Dios, que es el mandamiento del amor hacia él y a nuestros hermanos.