Book: Marcos

XXIV Domingo durante el año

XXIV Domingo durante el año

By administrador on 12 septiembre, 2021

Marcos 8, 27-35

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?»

Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas».

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?»

Pedro respondió: «Tú eres el Mesías» Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad.

Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará».

Palabra del Señor

Comentario

Podemos imaginar este momento, esta escena de Algo del Evangelio de hoy que acabamos de escuchar: Jesús con sus discípulos en el camino, en medio de la sierra, de las montañas, mientras caminaban y después de haber hecho muchos milagros, muchas curaciones; Jesús se da vuelta y les pregunta: «¿Quién dice la gente que soy Yo?» ¿Qué dice la gente de mí? Conclusión: nadie sabe bien quién es Jesús. «¿Y ustedes –le dice a sus discípulos– quién dicen que soy?» Pedro responde perfectamente –digamos que aprueba el examen– “Sos el Mesías”.

Pero después, Jesús extrañamente no quiere que sepan quién era o que digan que es el Mesías. Increíblemente les explica que va a tener que sufrir, ser condenado a muerte y finalmente resucitar.

Y después de esto aparece Pedro otra vez, pero esta vez desaprobando el examen o tirando por la borda todo lo bueno que había dicho, y dice la palabra que lo llevó aparte para “reprenderlo”; sí escuchaste bien, Pedro lo llevó aparte para reprender a Jesús.

¿Qué contraste tan grande no? Pedro sabe que Jesús es el Mesías, pero le quiere dar lecciones de cómo tiene que ser Mesías.

Podríamos imaginar algo ¿qué le habrá dicho? ¿Qué le habrá dicho Pedro a Jesús?: “Vos no vas a sufrir, vos no podés sufrir y morir, un Mesías como el que yo quiero no puede vivir eso; un Mesías, un Salvador, tiene que librar y evitar todos los sufrimientos, ese es el Mesías que quiere la gente”.

Pedro, como siempre, somos todos, somos vos y yo; sus pensamientos –dice Jesús– no son los de Dios; son los de los hombres.

Podríamos decir nosotros: los pensamientos de Pedro no son solo de él, sino también son nuestros pensamientos; nadie absolutamente nadie quiere sufrir, todos queremos escaparle al sufrimiento. En el fondo, quiere librarse del sufrimiento él mismo; porque si Jesús pasaba por eso, él también tendría que pasar por eso.

Queremos un Jesús sin cruz; porque nosotros –nadie, ningún ser humano– quiere la cruz. No siempre queremos renunciar a nosotros mismos, ni cargar la cruz. Es imposible no pensar en esto, el sufrimiento está, queramos o no, sufrimos, nos duele el cuerpo o el corazón por miles de cosas que sería infinito nombrarlas.

¿Y qué hacemos generalmente con el sufrimiento? En general creo que tomamos dos caminos: por un lado; a veces lo escondemos, no queremos mostrarnos sufriendo, no queda bien sufrir, tapamos el sufrimiento, mejor que nadie sepa, queremos evitar que otros sufran con nuestro sufrimiento –y eso a veces lo hacemos por un bien– pero por ahí nos parece de “poco hombre” andar mostrando que sufrimos, escondemos lo que es obvio, escondemos el sufrimiento.

Y por otro lado nos pasa lo de Pedro: nos enojamos y reprendemos a Dios, a la vida, a los demás, ¿cómo es posible que suframos así? ¿Cómo un Dios bueno va a querer un mundo así? ¿Cómo Dios permitió esto en mi vida, en la de mi familia, en la de mi amigo? ¿Cómo permitió este sufrimiento?

Pobre Dios, Él intentando aliviarnos el sufrimiento que Él no creó; y nosotros enojándonos con Él y a veces con los demás.

Nosotros queremos enseñarle a Dios cómo tiene que salvarnos ¡Qué locura! Pero qué humano que es este pensamiento, qué natural, a todos nos pasa.

Hoy te propongo que te quites tus pensamientos, olvídate de esos pensamientos; pensá como Dios, que te va a ir mucho mejor, nos va mucho mejor cuando pensamos como Dios nos propone.Las dos posiciones que tomamos ante el sufrimiento son ilógicas, son como callejones sin salida, son irracionales. Si escondés el sufrimiento y no compartís el sufrimiento, tapás algo que es inevitable; pasa como con una herida, si la tapás, tarda mucho más en curar y duele más, entonces cuando tapamos el sufrimiento sufrimos más.

Y, por otro lado, si te enojás con Dios o con la vida, sufrís el doble porque sufrís por lo que te toca sufrir y además sufrís por el enojo de sufrir; no te conviene.

¿Qué nos conviene? Escuchar a Jesús; seguirlo, renunciar a uno mismo y cargar con la cruz, con las innumerables molestias de esta vida, pero no para sufrir por sufrir, sino para amar, amar y vivir salvados.

Hoy tenemos que probar eso: no esquives ni te quejes de la cruz, no te enojes con Dios ni con los demás; elegí cargar la cruz, abrazala, elegí cargar ese pequeño sufrimiento que te saca de la comodidad para que te preocupes por tu mujer, por tu marido, para servir a tus hijos, para vos como hijo ayudar a tus padres en algo de la casa, para visitar a ese enfermo que anda solo, para llamar a ese amigo del que te olvidaste; si abrazás esas cruces vivís como hombre libre y salvado, vas a ganar la vida; si las esquivás, perdés la vida, te quedás solo y lo que es peor, llevás una cruz más grande y pesada que es la de tu soledad y la de tu egoísmo.

XXIII Domingo durante el año

By administrador on 5 septiembre, 2021

Marcos 7, 31-37

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.

Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete». Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Palabra del Señor

Comentario

¿Escuchamos bien el Evangelio? ¿Escuchamos lo que pasó, que la gente le presentó un sordomudo para que le impusiera las manos? ¿Nos dimos cuenta de que Jesús lo separó de la multitud, lo llevó aparte, y hace una curación tocándole las orejas y su lengua? ¿Nos dimos cuenta de que Jesús para hacer el milagro miró al cielo, suspiró y dijo una palabra: «Ábrete», mirando a su Padre, seguramente? ¿Y nos dimos cuenta de que la gente estaba admirada y decía: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos»? ¿Escuchamos bien? Si no lo escuchaste bien, te propongo que vuelvas a poner el audio y escuchar, por lo menos, el texto del Evangelio. Si lo escuchaste bien, quiere decir que estás atento, pero a veces no escuchamos bien o a veces no empezamos prestando atención a las cosas, y esto es lo primero que creo que nos enseña Algo del Evangelio de hoy.

Este sordomudo representa a toda la humanidad que, de alguna manera, está «sorda del corazón», y por eso no sabe hablar, no sabe comunicarse, oye pero no escucha. Este sordomudo nos representa también a vos y a mí que nos cuesta escuchar verdaderamente con el corazón a nuestro Padre del cielo y a los demás. Y esto se nos manifiesta de muchísimas maneras, sería larguísimo describirlas, pero pensemos, por ejemplo, cuando escuchamos, cuando oímos en realidad; pero pensemos, por ejemplo, cuando oímos a alguien, pero en realidad estamos pensando interiormente en lo que le vamos a contestar, o cuando oímos, pero estamos esperando que haya un silencio en la conversación para emitir nuestra opinión sin prestar atención verdaderamente a lo que nos dicen. Pensemos en esas personas o por ahí somos una de esas personas, que no paran de hablar, que hablan y hablan y nunca hacen una pausa; nunca preguntan verdaderamente por el otro, cómo está; nunca se preocupan en realidad por los demás, solamente quieren dar su opinión. Pensemos si somos de esas personas que siempre tienen algo para decir, siempre tienen una respuesta a todo, como si lo supieran todo. Pensemos si no somos de esas personas que también somos callados pero, en el fondo, tampoco escuchan de corazón, que están siempre metidas en sí mismas y que –como decimos– están en su mundo.

La verdad es que escuchar es muy difícil y a todos nos cuesta, y se nos manifiesta de muchísimas maneras. Pensemos si verdaderamente escuchamos a alguien cuando, en el fondo, nos dimos vuelta y dimos un portazo, cuando nos vamos, cuando dejamos hablando solo a los demás, a tu marido, a tu mujer, a tus amigos, a tu novia, a tu novio, cuando en el fondo ya no querés hablar más, cuando preferís estar solo, pero en el fondo no es que no queremos hablar, sino no queremos escuchar. Pensemos si realmente escuchamos esa vez cuando le cerramos, simbólicamente, la cortina a una persona y no la queremos ver más, no la soportamos más.

Bueno, vuelvo a decir, hoy Algo del Evangelio nos pone de algún modo al desnudo en esta actitud tan humana. Somos muy incapaces, tenemos mucha dificultad para escuchar de corazón. Y sumémosle a esto todo lo que nos fue pasando en la vida, o en realidad podríamos decir que esto es consecuencia de la herida del pecado y de las heridas de la vida, los dolores que vivimos y que nos fueron cerrando el corazón, las dificultades que tuvimos, la poca escucha que recibimos de los que nos deberían haber escuchado; entonces verdaderamente no aprendimos a escuchar, solamente oímos y sumémosle la cultura en la que vivimos, llena de ruidos, que no escucha nada, llena de cosas. Comemos, cenamos con el televisor, comemos con la radio, estamos con música, no podemos sentarnos a veces ni a hablar, estamos corriendo todo el día, y el celular que nos aísla tantas veces –es tan bueno, pero finalmente también nos puede aislar–; tantas cosas que no nos dejan escuchar.

Bueno, hoy es el día, en este domingo, para que suspiremos también, que miremos al cielo y le digamos a Jesús: «Abrime, abrime los oídos del corazón para que pueda empezar verdaderamente a escuchar».

Empecemos a escuchar a los que tenemos al lado, escuchá a tu marido, a tu mujer, a tus hijos que necesitan que les preguntes también cómo están, pero que necesitan que los escuches, a tus hermanos, también los hijos a sus padres, a todos los que tenemos al lado. ¿Cuántos problemas tenemos en nuestras familias porque en el fondo no nos comunicamos bien, porque no oímos verdaderamente y eso no nos lleva a escuchar, porque no escuchamos, no sabemos hablar? ¿Cuántas incomprensiones? ¿Cuántas cosas nos hubiésemos ahorrado en nuestra vida si hubiéramos escuchado?

Y Dios Padre en ese sentido es el modelo perfecto del que nos escucha siempre. Por eso si no nos sentimos escuchados por los demás, acordémonos de que Jesús siempre nos escucha en el Sagrario, en su soledad; acordémonos de que Jesús nos escucha en la adoración, en nuestro corazón, mientras andamos por la vida, mientras caminamos, en nuestra consciencia también. Siempre nos escucha. Porque escuchar significa amar, en definitiva. Escucha el que ama y ama el que escucha.

El primer gran obstáculo que tenemos que vencer para amar a las personas que tenemos a nuestro alrededor es escucharlos en serio, es renunciar a nuestro propio tiempo, a nuestro ego, es «perder» el tiempo; pero, en realidad, es ganarlo estando con aquellos que necesitan ser escuchados. Y nosotros necesitamos también ser escuchados, por eso hablémosle a nuestro Padre, manifestémosle lo que nos pasa, hablemos a las personas que tenemos a nuestro alrededor. Cuando no nos escuchamos, no nos sabemos comunicar, y cuando no nos sabemos comunicar, no hablamos o hablamos mal, nos ladramos, nos gritamos, nos enfrentamos, nos criticamos, nos silenciamos para no decir nada, para ser indiferentes. Bueno, todo esto nos viene por nuestra incapacidad de escuchar, por la herida que dejó el ego en nuestro corazón.

Y hoy Jesús nos dice a todos: «Ábrete». Quiere abrirnos, quiere tocarnos los oídos, tocarnos la lengua para que empecemos a escuchar verdaderamente y para que podamos hablar y decir cosas lindas, cosas que hagan bien; que podamos hablar las palabras justas, que podamos decir lo que tengamos que decir a los demás en el momento oportuno. Todo esto es lo que de alguna manera creo que la escena de hoy nos quiere enseñar.

Tenemos que estar dispuestos a la escucha profunda, pero para eso tenemos que dejar que Jesús nos abra una vez más los oídos del corazón y, a la vez, ayudar a otros a que también se les abran, para que así nos escuchen también.

XXII Domingo durante el año

XXII Domingo durante el año

By administrador on 29 agosto, 2021

Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar.

Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce y de las camas.

Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?»

Él les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice:

“Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí.
En vano me rinde culto:
las doctrinas que enseñan
no son sino preceptos humanos”.

Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres».

Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino.

Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».

Palabra del Señor

Comentario

Parece como que resuenan hoy fuerte estas palabras de Jesús: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien», ojalá que esto también hoy nos quede en el corazón a nosotros, que escuchemos y entendamos.

Entendamos bien lo que Jesús nos quiere decir; qué difícil es en nuestra vida el equilibrio en las cosas, en todos los aspectos de nuestra vida, nos cuesta muchísimo encontrar el punto medio, el equilibrio en las cosas que hacemos, en nuestra manera de pensar, en nuestra manera de actuar, en lo que sentimos, en lo que emprendemos y es más común irnos a los extremos; caemos en ideologías, y absolutizamos las cosas.

En la fe nos puede pasar lo mismo y nos pasa muchas veces lo mismo, y esto es lo que Jesús hoy viene decirnos en Algo del Evangelio, a enseñarnos a través de este reproche tan fuerte –como siempre– a los fariseos que erraban el camino; pero acordate nosotros también tenemos algo de fariseos en nuestro corazón. Por algo estas palabras quedaron y se siguen escuchando y resuenan hoy en la Iglesia: «Escúchenme todos y entiéndanme bien».

Jesús nos quiere llevar a una religiosidad pura y sin mancha delante de Dios –eso dice Santiago en la segunda lectura de hoy–, una religiosidad que sea verdadera y que no nos olvidemos del mandamiento de Dios que es atender a los huérfanos y a las viudas que están necesitados; o sea el amor al prójimo, y rechazar todo aquello que nos contamina del mundo: todas las ideologías y todos los extremos en los que podemos caer.

Y Jesús hoy nos da dos grandes enseñanzas muy claras que nos pueden ayudar y que van encaminadas a corregir dos grandes desviaciones de nuestra religiosidad.

La primera que nos quiere enseñar el Señor es aprender a distinguir lo “esencial” de lo “accidental”; cuando dice: «Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios por seguir la tradición de los hombres», no quiere decir que no hay que tener tradiciones, más bien se refiere a que lo principal, lo “esencial” es el mandamiento de Dios y que muchas veces por aferrarnos a cosas humanas, tradiciones que hemos recibido, que aceptamos sin discernirlas, olvidamos lo más importante que nos enseña Dios. Esta es la gran advertencia y la gran enseñanza, porque caemos en los dos extremos: en pensar en una fe sin tradición –o sea desgajada completamente de lo que nos vienen transmitiendo nuestros padres y desde los apóstoles ininterrumpidamente hasta hoy–; o caer en el otro extremo de aferrarnos a la tradición y caer en un tradicionalismo mal entendido.

Esto hay que entenderlo bien; la Iglesia es “tradicional” en el buen sentido de la palabra, lleva una tradición; significa que nos transmite ininterrumpidamente hace dos mil años por escrito y oralmente, lo que Jesús nos ha enseñado; no podemos renegar de nuestro pasado. Ahora, no podemos absolutizar el pasado porque es pasado nada más, porque parece que si es viejo es mejor. 

Entonces en este extremo podemos caer en un “tradicionalismo” mal entendido; o en un “progresismo” mal entendido; ser tradicional es las dos cosas al mismo tiempo: tradicional como lo entiende la Iglesia, es amar nuestro pasado, pero estar siempre abiertos al cambio de lo que es accidental.

Esto nos enseña Jesús, lo esencial es el mandamiento de Dios; las tradiciones humanas pueden cambiar.

Entonces ni una cosa ni la otra; sino el equilibrio. ¿Qué difícil es el equilibrio no? Y en la Iglesia lamentablemente a veces caemos en “etiquetarnos”, nos etiquetamos entre: derecha, izquierda, conservador, progresista; ¿de qué sirve eso?, ¿de qué sirve eso sí olvidamos lo principal?, si olvidamos el amor al prójimo, ese amor que nos debemos entre nosotros.

Y la segunda gran enseñanza de Jesús es que todas las cosas malas proceden del interior y son las que “manchan” al hombre. Jesús nos quiere enseñar que la prioridad está en el corazón, está en nuestro interior, que no podemos echarles la culpa a las cosas de afuera; que no somos impuros y malos por problemas externos, somos impuros y malos porque nos sale de adentro de nuestro corazón que es débil.

Entonces Jesús nos quiere ayudar a priorizar el corazón, sin despreciar lo externo, poner la prioridad en el corazón. Preocupate primero por sanar tus intenciones, sanamos nuestras intenciones, la avaricia, la maldad, t la u engaño, la mentira, el egoísmo; eso tenemos que sanar todos y no echarle la “culpa” a nada que viene de afuera.

Y por otro lado también evitar caer en los extremos: el pensar que porque Jesús prioriza el corazón no importa nada de lo externo; entonces no importa nada de lo que hacemos, cómo lo hacemos, si es lindo o feo ya que solo importa el corazón; ¡no!, importa también lo de afuera por algo tenemos los sacramentos, por algo embellecemos las Iglesias, por algo tenemos gestos, importan las cosas de afuera. Así como importan en el amor entre nosotros, los gestos que nos expresan ese amor, importan también para Jesús.

Sin irnos al otro extremo de que honremos a Dios con los labios, pero no con el corazón, que nos llenemos de cosas externas, de bellezas externas, llenando nuestras celebraciones de cantos, de flores, de ropa, de cosas; pero que, si no hay corazón, si el corazón está lejos de Dios, de nada sirve.

Ojalá que las palabras de Jesús hoy nos ayuden a encontrar el equilibrio, el bendito equilibrio que nos cuesta encontrar en nuestra vida. En la fe está lo esencial para no dividirnos entre nosotros, para no rechazarnos, para no “etiquetarnos”, la religiosidad pura y sincera delante de Dios es: “atender a los huérfanos y a las viudas” o sea amar, al prójimo y no contaminarnos con las cosas de este mundo que nos hacen mal.

Fiesta de la Transfiguración del Señor

Fiesta de la Transfiguración del Señor

By administrador on 6 agosto, 2021

Marcos 9, 2-10

Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevo a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.

Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo.»

De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos.»

Palabra del Señor

Comentario

Hoy, en esta fiesta de la Transfiguración del Señor, podríamos preguntarnos qué significa que Jesús se haya transfigurado y porqué. Significa que Jesús reveló su gloria, reveló su dignidad frente a sus discípulos; algo que debe haber sido tan maravilloso, que Pedro después se expresa en una de sus cartas diciendo que “él vio la gloria llena de majestad”, él pudo ver la gloria de Dios y en ese momento de gozo, de no entender qué pasaba; surge en Pedro este gran acto de generosidad y el deseo de quedarse para siempre en ese lugar: “hagamos tres carpas”, tres carpas para los demás, pero ninguna para él. Tal era el deseo de que eso durara para siempre que se olvidó de su propia comodidad.

Parecido a esos momentos de nuestra vida en el que se nos manifiesta Dios de alguna manera, no como a Pedro, pero aun así se nos muestra y queremos que dure para siempre.

Sabemos también que Jesús se reveló así para apartar del corazón de los discípulos lo que después será el escándalo de la cruz; se muestra como Dios para que después –cuando Jesús esté en la cruz– crean y no se olviden de eso. Sin embargo, el evangelio muestra que esto no funcionará del todo, por decirlo de algún modo, porque el único que estará al pie de la cruz será el discípulo amado, María y algunas mujeres.

Y, por otro lado, Jesús también se transfigura para manifestar lo que se cumplirá un día en todo el cuerpo de Él, o sea en todos los bautizados; algún día nos transfiguraremos como Él. Así como la cabeza que es Él, se transfiguró y dejó ver su divinidad; algún día nosotros nos transfiguraremos, resucitaremos con nuestro cuerpo para vivir eternamente en la gloria del cielo.

Pero hay una frase de Dios Padre que dice en Algo del Evangelio de hoy que expresa cuál es su voluntad, cuál es su deseo para con nosotros: «Este es mi hijo muy querido, escúchenlo»; por eso quería que hoy nos concentremos ahí. Dios Padre nos pide que escuchemos a su Hijo, Él envía a su Hijo para que lo escuchemos. Y esto, parece tan simple, pero es la clave de nuestra vida y lo que se nos hace tan difícil: escuchar, escuchar. Escuchar a nuestro buen Dios, escucharnos a nosotros mismos, y escuchar a los demás.

Hay dos grandes vías, o espacios para escuchar a Dios, una es la oración personal en la cual hablamos y escuchamos; especialmente cuando leemos e intentamos entender su palabra, pero también en el silencio. Cuesta mucho, porque muchas veces hablamos y hablamos y no sabemos escuchar; bueno, la oración es ese momento personal de escuchar a Dios.

Sin embargo, también hay otra vía, otro espacio para escuchar a Dios, que es en el prójimo; como dice San Juan que Dios es amor, si amamos, si estamos atentos al bien de los demás, Dios habita en nosotros, y si amamos a los demás y vemos en los demás también a Dios, entonces quiere decir que de alguna manera Dios nos habla a través de los otros. Por eso dice también San Juan, que no podemos amar a quien no vemos si no amamos a aquellos que vemos. Y esto también lo podemos aplicar a la escucha: no podemos escuchar a aquél que no vemos, si no escuchamos a aquellos que vemos.

Por eso te propongo hoy analizar esas dificultades que tenemos para escuchar, en realidad muchas veces oímos sin escuchar, el que oye, pero no escucha, es el que muchas veces está mirando de reojo, no escucha a las personas, no está mirando cuando le hablan, está pensando en lo que tiene que hacer y no en lo que tiene delante. Cuántas veces no nos pasa eso; oímos sin escuchar, porque miramos de reojo, no miramos a la cara.

Después está el que mira, pero tampoco escucha; oye, pero en realidad tiene el pensamiento en otra cosa, piensa en lo que contestará, ya está pensando en lo que le va a contestar, piensa en sus cosas y no presta atención, piensa en lo que vendrá, piensa en lo que esa persona es, o está pensando en otra cosa, piensa, piensa, piensa, pero no escucha. Y el que oye también sin escuchar porque su corazón está en otra, no le interesa lo que el otro le dice, porque está inclinado interiormente a otra cosa y cuando el corazón está en otra cosa, por más que mire, por más que abra los oídos; las palabras vuelan y no penetran en el corazón.

¿Qué hacer ante todo esto en este día? Tratá de escuchar mirando al otro, tratá de escuchar pensando en lo que el otro está diciendo, tratá de escuchar poniendo el corazón en la persona que tenés adelante. Hoy hacé el esfuerzo de escuchar, pero para escuchar acordate; tenés que oír, tenés que mirar, tenés que poner el pensamiento en lo que te están diciendo y tenés que poner el corazón; si no escuchás a los demás difícilmente puedas escuchar a Jesús, como quiere el Padre y vivir su voluntad.

Escuchá hoy a tus padres, a tus hijos, escuchá a tu jefe, al que te cruces por la calle; escuchá, escuchá porque eso es lo que desea el Padre: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo» Escuchemos a Jesús también en su palabra de cada día, escuchémoslo en la oración, en el silencio, escuchémoslo en todas partes.

XVI Domingo durante el año

XVI Domingo durante el año

By administrador on 18 julio, 2021

Marcos 6, 30-34

Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

Palabra del Señor

Comentario

Qué lindo domingo para empezar escuchando la Palabra de Dios, para empezar a escuchar cómo es que hoy Dios Padre nos quiere hacer empapar, o empapar el corazón, mejor dicho, con su amor, con sus palabras, con sus enseñanzas, con el amor de su Hijo, que se derrama sobre nosotros por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado. Por eso, dispongámonos para que hoy, que seguramente vas a estar en familia, Dios lo quiera así. Espero que puedas también participar de la misa, para escuchar y recibir al Señor en su Cuerpo y en su Sangre, y por eso sería bueno que nos preparemos pensando en que la misa de algún modo es como este pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar, de Algo del Evangelio de hoy, en las que hay varios momentos.

El primero es que cuando los apóstoles vuelven de la misión que Jesús les había encomendado –¿te acordás el domingo pasado?– y vuelven con ganas de contarle todo lo que habían hecho y enseñado, no dice el Evangelio que vuelven para contar el éxito que tuvieron, toda la gente que se convirtió gracias a ellos, todos los que los escucharon. No. Dice que querían decir «todo lo que habían hecho y enseñado», no hablan tanto de los frutos hacia afuera, sino de lo que ellos pudieron hacer, o sea, los apóstoles ya empiezan a darse cuenta que la misión que Jesús les había dado era la de enseñar y hacer lo que les habían pedido, y no tanto el éxito que con ello pudieran conseguir, el éxito visible podríamos decir.

Vamos a la misa, venimos el domingo a misa, para poder estar con Jesús, para volver a estar con él y contarle todo lo que pudimos hacer en esta semana, todo lo que pudimos enseñar con su Palabra, porque nosotros también tenemos que enseñar de algún modo, nosotros también tenemos que estar dispuestos a llevarlo a Jesús, como nos pedía el domingo pasado: «Vayan de dos en dos», vayan de ciudad en ciudad y prediquen el Evangelio. Imagínate si pensáramos que la misa es algo de lo de hoy.

El segundo momento también podríamos compararlo con algo de la misa, porque es cuando Jesús recibe a sus discípulos y les dice: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto para descansar un poco». Los apóstoles necesitan descansar seguramente porque habían andado muchísimo, habían recorrido ciudades, pueblos, habían escuchado lindas cosas y también seguro habían escuchado cosas difíciles, dolores, tristezas; y eso también nos pasa a nosotros en la semana, volvemos felices de algunas cosas y no tanto de otras, a veces con sufrimientos. Seguramente por ahí alguno de nosotros está viviendo algo difícil, una pérdida, un dolor, una tristeza profunda o algún sufrimiento espiritual, el arrastrar un pecado que no podemos dejar y que nos atormenta. Bueno, volvamos a la misa para «descansar», para estar con Jesús, pero para descansar bien, como él quiere, con él, descansando de tantos agobios. Descansamos cuando estamos con él, descansamos cuando nos confiamos en él, en Dios Padre y en el Espíritu. Descansamos cuando aprendemos a dejarle todo a sus pies y a contarle lo que vivimos; eso es lo que necesita nuestro corazón, el de todo ser humano. «Mi corazón estará inquieto hasta que no descanse en tí», decía el gran san Agustín. Cuánta gente que se acerca a la Iglesia y uno la recibe en el confesionario o en una simple charla, y cuando uno ve que descarga sus problemas en Jesús, automáticamente le cambia la cara. Cuando descansamos en Dios Padre, nos cambia la cara. Podemos estar muy cansados del cuerpo, pero descansamos el corazón, no tanto por lo que uno le dice, sino porque finalmente vienen a estar con Jesús. Estamos todos un poco cansados de tanto correr, de tantas cosas que tenemos que hacer y no sabemos ni para qué, y aun sabiendo el para qué, igual nos cansamos.

Aprendamos a descansar en nuestro buen Dios, dejemos de buscar el descanso en otras cosas, en cosas que no nos terminan de saciar y vamos, como se dice, picoteando –como los pajaritos en diferentes comidas–, pero al final nunca nos sentimos saciados. El único y verdadero alimento que nos sacia es el estar con Jesús. Bueno, ojalá que de alguna manera hoy podamos vivir nuestra santa misa así. Vayamos a «descansar» a la santa misa, no porque sea un spa espiritual (como algunos pueden pensar), pero que de alguna manera en la misa «descansamos», porque alabamos y le damos gracias al Señor por todo lo que nos da a pesar de las cosas difíciles que nos tocan vivir.

Y lo tercero es que Jesús se compadeció y enseñó. Él se compadeció porque vio que andaban como ovejas sin pastor. Él se compadece porque se le conmueven las entrañas de amor, porque ve al hombre que necesita una guía, necesita acceder a un conocimiento para acercarse a Dios Padre, y esa es la tarea de Jesús. Vino a enseñar eso y se pasó largo rato enseñándoles. Y así quiere pasarse largo rato: enseñándonos a vos y a mí en todos los lugares del mundo donde se celebre la misa. Jesús enseñará a través de los sacerdotes, de las palabras, de los gestos, de las lecturas del día, y así es como enseñará cuál es la verdad del amor de su Padre. Y el amor de Dios es esto: verdad que quiere calar profundo en nuestra vida y que nos quiere transformar para que amemos y nos compadezcamos de los demás como Jesús lo hizo. El Señor quiere que nosotros también seamos como guías y pastores de las personas que nos tocan cruzarnos cada día; y, para poder ser un buen pastor, hay que aprender a dejarse guiar, hay que compadecerse como él se compadeció de nosotros. Y lo que nos tiene que mover a enseñar es el amor, el amor a las personas con las que vivimos día a día y que a veces andan como ovejas sin pastor.

Bueno, que hoy podamos alegrarnos con esta actitud de Jesús, que podamos ir a «descansar» con él y que podamos ir a contarle lo que nos pasa, para que él con su amor y con la verdad de sus enseñanzas nos ayude a vivir este domingo en paz y poder volver a vivir con alegría el día a día de nuestra semana.

XV Domingo durante el año

XV Domingo durante el año

By administrador on 11 julio, 2021

Marcos 6, 7-13

Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.

Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir.

Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos».

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.

Palabra del Señor

Comentario

No alcanza un domingo, una semana, una vida para amar a Dios como se lo merece. No alcanza toda tu vida, ni la mía, para devolverle a los que nos aman tanto amor que nos dieron a lo largo de sus vidas. El amor con amor se paga, pero el amor al mismo tiempo no tiene precio, no se le puede poner un valor numérico y, por lo tanto, nunca podremos saber si devolvemos todo lo que los otros hicieron por nosotros. Lo más triste que nos puede pasar es calcular el amor que debemos dar, a Dios y a los demás. No hay que calcularlo todo, hay que dar sin pensar tanto. Cuando en la lógica del amor ponemos la lógica de la matemática, en definitiva, deja de ser amor inmediatamente. Es por eso que no alcanza un domingo de misa y más oración, con una semana, con una vida entregada, para darle a Dios todo lo que le corresponde. De ahí lo que dice el salmo: «¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?». Pero no se trata de que nos sintamos mal por no dar tanto, no estoy buscando eso, sino de darnos cuenta todo lo que tenemos para dar y empecemos a darlo verdaderamente, hasta que podamos.

Los cristianos, los que decimos tener fe, debemos salir de la lógica del cumplimiento, del pensar que hacer ciertas cosas nos asegura ser buenos y mejores que otros. El cristiano, vos y yo, no podemos seguir pensando que el amor tiene una medida, un límite, eso no nos hace bien, nos limita muchísimo, nos impide ser todo lo que podemos ser. Cuando le ponemos límites al amor, cuando damos solo lo que nos parece que tenemos que dar, nos perdemos algo mucho más grande. Esto que estoy diciendo no es para que nos sintamos siempre como a destiempo con Dios Padre y con culpa, sino para que sintamos que siempre podemos dar más y algo mejor, que el amor siempre nos lleva a más, que Jesús siempre tiene algo más grande para nuestras vidas, y que por mezquinos a veces se nos pasa de largo.

Después del rechazo en su tierra de Nazaret y de transformarse en «escándalo», en piedra de tropiezo para algunos – ¿te acordás el domingo pasado?–, Jesús había quedado asombrado de la falta de fe de esa gente. Sin embargo, en Algo del Evangelio de hoy, la continuación del Evangelio anterior, la reacción de Jesús no es la que podríamos esperar. ¿Qué hace? ¿Se enoja, se irrita, maldice, como por ahí lo haríamos nosotros? No, dice que «Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros». Esto quiere decir que la respuesta de Jesús ante la falta de fe del mundo es, de algún modo, redoblar la apuesta ante la falta de fe de este mundo, porque finalmente lo humano parece ser un obstáculo para lo divino.

Ante la oposición y la incredulidad, la respuesta de Jesús, vuelvo a decir, es redoblar la apuesta; no busca el camino más fácil o, por lo menos, el aparentemente más fácil. No solo predicar a Él, sino que además junto con Él envía a sus elegidos para que hagan lo mismo que Él, les da el poder de hacer lo mismo que Él. ¡Qué misterio! El misterio entonces finalmente se agranda, por decirlo de alguna manera; se agranda y se complica también, porque ahora no solo debemos creer en Jesús, sino también, además, confiar en sus enviados, en sus elegidos. Se amplía el misterio en el tiempo y se agranda el escándalo, la incredulidad de los miembros de la Iglesia finalmente. Es difícil creer en Jesús, creer que fue Dios hecho hombre y, por medio de Él, que Dios nos habló y nos amó tanto. Hoy también es difícil creer y confiar en que, por medio de hombres, de la Iglesia, podemos alcanzar y recibir la salvación. Eso también es escándalo para muchos, es piedra de tropiezo.

Por otro lado, es lindo disfrutar de la bondad de Jesús y de su modo de actuar. No es pesimista, no se deprime, no se enoja sin sentido. Apuesta siempre a la bondad, al núcleo de bondad que hay en el hombre. Sigue insistiendo, confía en nosotros, no nos critica.

También es práctico y sencillo, no se detiene ante el rechazo: «Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos». La Iglesia vive de este llamado y de este envío. Nació así y nació para eso, para continuar la misión salvífica de Jesús en la tierra. La Iglesia debe comportarse como Jesús, no enojarse, no irritarse hacia los que no creen, sino todo contrario, redoblar siempre la apuesta con amor. ¡No nos escuchan! No importa, sigamos adelante hasta que alguien nos escuche, es parte de la misión.

Vuelvo a decir: La Iglesia nació así, pero nació de «dos en dos», nunca en soledad. Nadie puede ser creíble si anda solo. ¿Cómo mostrar el amor si no tengo a otro para amar? Por eso los mandó de «dos en dos», para que los demás vean que el centro del mensaje es, en definitiva, el amor.

Los discípulos no fueron enviados así nomás. Fueron enviados con un mandato, fueron enviados, fíjate, con lo que tenían puesto, justamente para que estén siempre dispuestos al servicio, para que estén siempre disponibles a la voluntad de Dios. La Iglesia, cada uno de nosotros, deberíamos vivir así para que el mensaje de Jesús llegue realmente a los corazones. Por eso a veces me pregunto: ¿Cuántas cosas se nos «pegaron» en tantos siglos de historia, como esas cosas que acumulamos en nuestras casas y ya no nos sirven para nada? El papa Francisco decía algo así relacionado con esto: «¿Cuántas veces pensamos la misión en base a proyectos o programas? ¿Cuántas veces imaginamos la evangelización en torno a miles de estrategias, tácticas, maniobras, buscando que las personas se conviertan a base de nuestros argumentos?». Recuerdo también a san Juan Pablo II diciendo que «el programa pastoral de este tercer milenio no tiene que ser otra cosa que la santidad, o sea, no muchas estrategias, ser santos». La fuerza del mensaje reside en el mensaje mismo, el amor que contiene y no en los medios que utilizamos, aunque a veces sean buenos. En realidad, el único medio para ayudar a otros a descubrir el amor de Dios, es amando, es siendo santos y solo se ama de verdad entregándonos, sin calcular tanto, sin medir hasta donde; porque Él no lo hizo ni hace lo mismo hoy con nosotros, al contrario, siempre «redobla la apuesta del amor».

XIV Domingo durante el año

XIV Domingo durante el año

By administrador on 4 julio, 2021

Marcos 6,1-6

Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos.

Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos?

¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?”. Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo.

Por eso les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa”.

Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos.

Y él se asombraba de su falta de fe. Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.

Palabra del Señor

Comentario

En este domingo, al contemplar esta escena en la que el mismo Jesús fue rechazado en su propia tierra, por su propia familia, aun cuando había hecho milagros –cosa que nos puede sorprender–, me parece una buena oportunidad para que vos y yo, cada cristiano, cada discípulo, los que creemos, reconozcamos con humildad que la fe tiene en sí misma una gran dificultad, aunque parezca duro decirlo. Podríamos preguntarnos entonces qué significa tener fe o decir, por lo menos, que la tenemos. A veces simplificamos mucho la cuestión de la fe, decir que tenemos fe, porque estamos acostumbrados a vivirlo y a expresarlo. Aseguramos tener fe sin ahondar muchas veces en lo que significa, lo que implica, o incluso podemos no entender a aquellos que dicen no tener fe, y decir ante ciertas situaciones: ¿Cómo no pueden creer? ¿Cómo puede ser que aun viendo milagros algunos todavía no puedan creer? ¿Cómo es posible que tanta gente que decía incluso tener fe, cercanos nuestros, ahora ya no la tengan o la hayan perdido? ¿Cómo es posible que haya tantos cristianos que habiendo estado en la Iglesia ahora no la quieran, la rechazan, son indiferentes, o incluso la desprecian o la odian?

Como creyentes, y creyentes que pensamos porque usamos la inteligencia que Dios nos dio, tenemos que reconocer que nuestra fe, este don tan grande, esencialmente tiene una gran dificultad. No es fácil confiar en lo que no vemos o, dicho de otro modo, confiar que por medio de lo que vemos, de lo poco que podemos ver, se nos puede manifestar lo que no vemos, lo invisible, lo espiritual, la presencia divina. Si no reconocemos esta verdad, estamos simplificando mucho la fe y, en el fondo, estamos menospreciando un don que es de Dios. Creer y responderle a Dios es un don que recibimos. La posibilidad de creer en alguien que está más allá de lo que vemos; la posibilidad de creer que en la sencillez de las cosas cotidianas podemos escuchar o encontrar a Dios, nuestro Padre; la posibilidad de creer que esa persona que caminó por Galilea hace dos mil años, ese hombre llamado Jesús, era al mismo tiempo Dios que vino a estar presente entre nosotros; es un don, y no podemos olvidarlo. Es por eso que a muchos les cuesta creer. A vos y a mí nos cuesta creer, tenemos momentos, porque no se llega a la fe por evidencias o certezas científicas, aunque haya momentos que nos pueden ayudar el razonar y el pensar, porque lo humano se puede transformar finalmente en obstáculo para lo divino, para aquel que no tiene fe o la tiene debilitada.

Jesús vino a enseñarnos con su propia vida que Dios eligió un modo muy sencillo de hacerse presente en este mundo y lo sigue haciendo por medio de la Iglesia, a través de cada ser humano, especialmente de aquellos que se abren a su gracia y amor.

Algo del Evangelio de hoy dice que «Jesús no pudo hacer ningún milagro allí». ¿Por qué no pudo, si él podría haberlo hecho igual, a pesar de todo? Si él hubiese querido, los hubiese realizado a los milagros. ¿Sabes por qué no pudo? No pudo porque no había fe, así dice la Palabra: «Se asombraba de su falta de fe». No vale la pena hacer milagros cuando no hay fe, porque Jesús no hacía milagros para despertar la fe –aunque te parezca raro–, para que crean, no era un milagrero, para que lo miren a él, sino que en realidad solo veían los milagros aquellos que ya tenían en su corazón la semilla, de algún modo, de la fe, aquellos que se abrían a la confianza en él. La ecuación es muy distinta, es al revés de lo que generalmente pensamos. Necesitamos tener fe para ver los milagros, necesitamos fe para darnos cuenta que Dios está presente, y no milagros para tener fe, aunque a veces podría pasar que nos afirman la fe los milagros. Por eso lo más grande que podemos pedir en la vida es la fe, no milagros. Si tenemos fe, veremos milagros continuamente en lo sencillo de cada día, porque los milagros no son solamente las cosas extraordinarias que pueden pasar, sino aquellos que son cotidianos y ocultos.

El milagro de poder despertar, levantarnos y ver todo lo que Dios Padre nos regala; nuestra familia, nuestros hijos, nuestros seres queridos; el milagro de haber recibido tantos dones espirituales y materiales, que nos hacen posible estar ahora escuchando la Palabra de Dios, por ejemplo.

Hoy podemos pedir fe para ser un poco más felices, antes que cosas; fe para ver todo lo que Dios hace en cada instante, por vos y por mí, eso también es creer. Miremos nuestra vida, el mundo en el que vivimos, podríamos ver milagros siempre y ser mucho más felices de lo que somos, ver que vale la pena creer y hace tanto bien.

Por eso hoy, en este domingo, pidamos fe, para que no se transforme en motivo de tropiezo la fe, los errores humanos que hay en la Iglesia, los tuyos y los míos, los pecados de nosotros los sacerdotes, de los laicos, porque nuestros pecados son un obstáculo para que otros crean y por eso tenemos que evitarlos, para evitar que otros dejen de creer; sin embargo, no siempre es culpa nuestra, sino que tiene que ver con esta actitud propia de la fe, esto de tener que confiar, que por medio de lo humano conocemos lo divino.

Pidamos fe para ser cada día más felices, amando y dejándonos amar, para descubrir más y más milagros a nuestro alrededor. Pidamos fe para los que no creen y se burlan de nosotros. Pidamos por los que dejaron de creer por culpa de nosotros, los miembros de la iglesia. Pidamos para que los que no confían en nosotros, porque somos demasiados «humanos», empiecen a confiar, como le pasó a Jesús. Pidamos fe para seguir aprendiendo que Jesús es mucho más accesible de lo que pensamos y que nos habla por medio de los nuestros, y no de cosas muy lejanas.

XIII Domingo durante el año

XIII Domingo durante el año

By administrador on 27 junio, 2021

Marcos 5, 21-43

Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y Él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva». Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré sanada». Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba sanada de su mal».

Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de Él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi manto?»

Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?» Pero Él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.

Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a los pies y le confesó toda la verdad.

Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanada de tu enfermedad».

Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?» Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas». Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga.

Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme». Y se burlaban de él.

Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!» En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer.

Palabra del Señor

Comentario

Si cada domingo pudiéramos disfrutar de escuchar más la Palabra de Dios, si cada domingo prestáramos más atención a las lecturas que se nos regalan en cada misa, si cada domingo lo viviéramos como un domingo, ¡qué distinto sería!, ¡qué lindo sería! Seguramente lo hacés, lo intentás, pero seguramente también siempre podemos hacerlo mejor. Cada domingo podemos seguir aprendiendo a vivir mejor el domingo. Cada domingo es un regalo de Dios Padre, que quiere que descansemos y estemos más atentos a Él, a su presencia, a los demás. Es necesario tener, por lo menos, un día a la semana para frenar un poco de las actividades y descansar realmente, no solo del trabajo diario, sino del trabajo «interior», por decirlo así, de los proyectos que tenemos y seguimos elaborando en el corazón y que a veces no nos dejan descansar. Intentemos hoy descansar un poco de todo lo que quisiéramos hacer y no llegamos o no podemos. Intentemos hoy tener un tiempo más de oración para descansar nuestro corazón solo en Él. Salí a caminar, anda a una plaza, salí a pasear, anda a ver el paisaje, despejate un poco, pero sin superficialidad, sino con profundidad.

Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy. Tanto la mujer como Jairo, que se desespera por su hijita, los dos se nos dice que se arrojan a los pies de Jesús, uno para rogarle que cure a su hija, la otra finalmente para reconocer avergonzada que había sido ella la que había tocado su manto, para «confesar toda la verdad», como dice el texto. Me sale decir esto: «¡Cómo quisiera tener la fe de esa mujer! ¡Cómo quisiera tener la fe de ese padre!, ¡cómo quisiera ser Jairo por un rato! ¡Cómo quisiera tener esa confianza total! ¡Como quisiera confiar siempre en Jesús, aun cuando todos nos digan y me digan que no vale la pena! ¡Cómo quisiera confiar, aunque otras voces interfieran diciéndome que “no moleste al Maestro”! ¡Cómo quisiera tener esa certeza! La certeza de que, en definitiva, cuando ya no nos queda nada, cuando probamos todo, cuando todo se nos “muere” alrededor, incluso nuestros seres más queridos, cuando ya gastamos “todos nuestros bienes” para que alguien nos pueda curar, cuando probamos todas las recetas que andan circulando por el “mercado” religioso de este mundo, cuando ya intentamos seguir los mil y un consejos de todos los que nos quieren solucionar los problemas con palabras lindas pero que no salvan, cuando ya no queda nada, en realidad viene lo mejor». ¿Sabés qué? ¿Sabés qué nos queda? En realidad, nos queda todo, nos queda el mismo Jesús. Es necesario a veces quedarse sin nada para descubrir a Jesús, al todo.

Jesús, por eso hoy te digo: «¡Cómo quisiera tener la fe tan simple, tan confianzuda, tan tozuda, tan desvergonzada, tan intrépida, tan del corazón, tan genuina, tan salvadora, como la de estas dos personas del Evangelio de hoy! ¡Qué importan las multitudes, qué importa que todos se conviertan en obstáculos para llegar a Vos, qué importa que todos se “burlen” de Vos cuando Vos querés meterte en nuestras vidas, qué importa que hasta tus discípulos –los de antes y los de hoy– no entiendan que haya gente entre la multitud queriendo ser curada, qué importa todo eso cuando Sos el único que escucha a Jairo y lo acompaña, cuando Sos el único que se da cuenta, cuando “andamos queriendo” tocar tu manto como le pasó a esa mujer, cuando Sos el único que nos escucha verdaderamente!».

No nos olvidemos de que el que cree siempre le falta «algo», y ese «algo» siempre vendrá de Dios Padre y que Él nos da todo por medio de Jesús. El que cree es el que vive sin miedo, confiado, en paz. No es feliz el que se cree que tiene todo y no necesita de nadie. No es feliz el que nunca se arrojó a los pies de Jesús porque cree que no lo necesita, sino que es feliz el que encuentra a Jesús y, sin importarle nada, hace lo que tiene que hacer: reconocerse débil, enfermo, necesitado de algo, de algo nuevo, de la paz que solo puede dar Él.

¡Cómo quisiera ser esa mujer por un momento, cómo quisiera ser ese padre por un instante! Señor, ¡cómo quisiera tener esa fe! ¿A vos no te pasa lo mismo?

XII Domingo durante el año

XII Domingo durante el año

By administrador on 20 junio, 2021

Marcos 4, 35-41

Al atardecer de ese mismo día, les dijo: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?». Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!». El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?». Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen»?

Palabra del Señor

Comentario

Un domingo más, un día más del Señor, como se llama este día en el que tratamos de experimentar una vez más el poder de la Palabra de Jesús, el poder de su presencia en nuestras vidas, el poder también que tiene él en la Eucaristía, porque él sigue estando con nosotros hasta el fin de los tiempos, como nos lo prometió antes de partir. Por eso cada Evangelio, cada escena que escuchamos, debe ser para nosotros un experimentar que eso sigue pasando; que esta escena, por ejemplo, de hoy que escuchamos con tanta simbología, con tantas cosas para decirnos, no es algo del pasado, no es algo que solamente les pasó a los discípulos, sino que es algo que nos está pasando a nosotros, es algo que le sigue pasando a la humanidad.

La humanidad y la Iglesia, también podríamos decir especialmente que está simbolizada en la barca, andan así por el mar de este mundo, en donde también se desatan fuertes vendavales y las olas entran en la barca y nos hacen pensar que se va a hundir. ¿Cuántas veces nos pasó esto? ¿Cuántas veces pensamos que la barca de la Iglesia se va a hundir cuando vemos tantos problemas, tantas voces disonantes, tantas divisiones, tantas dificultades que tiene hasta el mismo sucesor de Pedro para llevarla adelante, con tantos que se le ponen en contra? Bueno, ¿cuántas veces pensamos que el vendaval de este mundo puede hundir la barca? Sin embargo, una vez más y como siempre, y como será hasta el fin de los tiempos, Jesús está en la popa. Sí, es verdad, a veces «durmiendo sobre el cabezal», como dice Algo del Evangelio de hoy. Pero por eso esta escena nos quiere enseñar que la barca de la Iglesia cuando está con Jesús –y no puede ser de otra manera–, nunca se va a hundir, jamás se va a hundir.

Pueden sobrepasarnos las olas, nos podemos mojar, podemos gritar de miedo, podemos asustarnos, podemos decirle al Señor: «¿No te importa que nos ahoguemos? ¿No te das cuenta todo lo malo que está pasando? ¡Hace algo!». Bueno, puede pasar todo eso, pero sin embargo tenemos que confiar que nunca se va a hundir. Nuestra fe en realidad es eso, es confiar en la presencia del Señor aunque parezca que no está. Nuestra fe también debe convivir y convive con la duda. ¿Cuántas veces vos y yo dudamos? ¿No pensás que es parte de la fe dudar? La duda finalmente es la que nos permite afirmarnos una vez más en la gran certeza que sostiene a nuestra fe, que es la presencia de Jesús pase lo que pase. Por eso, si en este momento estás con esa actitud de duda, de tristeza, incluso de enojo ante Dios porque parece ser que no hace lo que vos crees que tiene que hacer, volvé a afirmarte en esta verdad.

Él está, está en la popa. Es verdad, está durmiendo, y a veces podríamos pensar que duerme para probarnos, para que no dudemos o para que, si estamos dudando, nos demos cuenta otra vez, una y mil veces más, que él está y que cuando él se despierta, cuando él con su palabra increpe al viento y al mar como símbolo de las fuerzas de este mundo que quiere arrollar la bondad y el amor, cuando él se despierta y dice «silencio y callate», todo se vuelve una gran calma. Bueno, vos y yo también necesitamos en este domingo que las palabras de Jesús nos den calma y paz.

Señor, hablalé, hablalé a mi corazón, hablalé al corazón de tantos que están dudando y no se dan cuenta que vos estás y que nos decís al corazón: «¿Por qué tienen miedo? ¿Por qué tenés miedo? ¿Cómo no tienen fe? ¿No tenés fe todavía, después de todo lo que viviste al lado mío?». Lo mismo le pasó a los discípulos. Después de ver tantos milagros, tantas situaciones donde Jesús mostró su poder, todavía dudaban. Bueno, nosotros también a veces dudamos y estamos como quietos, paralizados, atemorizados, porque no terminamos de creer.

Señor, increpá hoy el vendaval de mi corazón y el de tantos cristianos que todavía dudan y no pueden creer que vos sos el dueño de la historia, que vos con tu Palabra podés frenar cualquier mal que nos sobrevenga, que vos con tu Palabra nos mostras que siempre estás y estarás hasta el final.

Que este domingo, día tuyo, Señor, día en el que le dedicamos especialmente a escucharte con más atención, nos ayudes a afirmar una vez más nuestra fe en tu presencia inconmovible.

XI Domingo durante el año

XI Domingo durante el año

By administrador on 13 junio, 2021

Marcos 4, 26-34

Jesús decía a la multitud:

«El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha».

También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra».

Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.

Palabra del Señor

Comentario

El domingo no es un día más, porque es el primero de la semana. Aunque nuestra vida moderna, este tiempo que nos toca vivir, nos fue haciendo creer que es el último, y que el lunes es el primero, en realidad para los cristianos debería ser y es el primero, porque es el Día de la Resurrección, el día en el que Jesús inauguró un tiempo nuevo, el día en el que él venció la muerte y el pecado para darnos una nueva vida. La semana hay que empezarla espiritualmente, por decirlo de alguna manera, en este día, y hasta te diría que psicológicamente, con el domingo, con el Día del Señor, con un día de paz espiritual y de familia; como puedas, estés donde estés, como puedas. Solo si empezamos la semana con el domingo bien vivido, podremos empezar la semana laboral con otro corazón y otra cara; de lo contrario, empezaremos, como se dice, con el pie cruzado, con el pie cambiado.

Algo del Evangelio de hoy habla dos veces de una semilla: una semilla que crece en silencio, sin que el sembrador se dé cuenta, y una semilla demasiado chiquita para producir un arbusto tan grande. Solo dos cosas que puede hacer Dios. Dos semillas distintas: una que no se dice de qué es y la otra que es la más pequeña, que se conoce, la de un grano de mostaza. De una se dice algo de su silencio y de la otra algo sobre una enorme desproporción entre los comienzos y el final. En la primera no importa tanto de qué planta es, sino lo que importa es su modo de crecer (silencioso y oculto), más allá de que se sepa o no. ¿Cómo es posible que el crecimiento sea tan silencioso y tan ajeno al sembrador? ¿Cómo es posible que todo se desarrolle sin que él sepa cómo? Así dice la Palabra. De la semilla de mostaza sí importa su tamaño, porque después al crecer desconcierta hasta al más sabiondo. ¿Cómo de lo más pequeño puede surgir lo más grande? ¿Cómo es posible semejante cambio? Al escuchar las parábolas nos parece casi obvio, demasiado simple. A veces podemos caer en eso, pero justamente esa simpleza es la que rara vez entra en nuestra cabeza, que es muy rebuscada. Porque después, a la hora de nuestras obras, de nuestras búsquedas y deseos, nos olvidamos de esta simpleza evangélica y necesitamos que nos la vuelvan a explicar una vez más y volver a empezar. Así es Dios. Así ve y quiere las cosas. Así tenemos que verlas y quererlas nosotros.

Jesús cuenta dos sencillas parábolas para que aprendamos a ver y amar la realidad como la ve y la ama Dios Padre, no como la vemos nosotros. Ver la naturaleza nos ayuda también a ver a Dios y a comprenderlo. Ver cómo funcionan las cosas naturalmente nos introduce en el misterio del obrar de Dios en el mundo y en nuestro propio corazón. El Reino de Dios no es el reino de los hombres, no es el reino de nuestras miradas superficiales. Lo que nos enseña Jesús con estas parábolas, es un mensaje de esperanza y confianza. Sí, es verdad, hay muchas cosas malas en este mundo, hay mucha maldad y mucho pecado, en nosotros también. Pero también es verdad, y una verdad mucho más grande aun, y es que el Reino de Dios crece, sigue creciendo, se desarrolla y da fruto mucho más allá –y a veces a pesar nuestro–, y que el Reino de Dios comienza así, de una manera imperceptible y sin que nos demos cuenta. Eso es más verdad que lo malo, que a veces no nos deja ver.

A Dios le gusta que las cosas sean en silencio y vayan transformando los corazones calladamente. De la misma manera que las cosas crecen en silencio, la vida de Dios en nosotros va empujando –como el tallo en la planta– en silencio y despacito, al ritmo de Dios, a un ritmo diferente, a un ritmo casi te diría que natural. A nosotros nos gusta lo vistoso y ruidoso, a él le gusta lo oculto y callado. ¡Qué gran enseñanza! Miremos nuestra propia vida, miremos como Dios fue obrando así, a lo largo de nuestras vidas. Así es el Reino de Dios. No seamos ansiosos, no nos angustiemos, ni estresemos de más.

A Dios también le gusta empezar sus obras con cosas insignificantes – como el grano de mostaza–, con cosas que casi ni se ven y que casi nadie tiene en cuenta. Pequeños hombres y mujeres hechos del mismo barro que vos y yo. Así empezó el Reino de Dios en este mundo, con Jesús; así continúa hasta hoy, desde los apóstoles hasta nosotros. Dios tarde o temprano hace grande lo que parece imposible, lo pequeño. A nosotros nos sigue gustando lo grande y espectacular, a él le gusta lo chiquito y olvidado. ¡Cuánto para aprender de nuestra propia Iglesia! Miremos nuestra propia vida. Es chiquita ante los ojos de este mundo, pero grande y con grandes posibilidades de crecer a los ojos de nuestro Padre.

Por eso te eligió a vos y a mí, a nosotros, así como somos. Porque quiere ir haciendo su obra en silencio y empezando desde algo muy chiquito. Esto nos da confianza y esperanza. El Reino de Dios triunfa y triunfará si comprendemos y llevamos a la vida esta verdad. No nos inquietemos si parece que las cosas no cambian, que todo sigue igual o incluso peor. La obra de Dios es mucho más grande y ruidosa de lo que parece. Lo que pasa es que es un ruido distinto, no es el ruido del mundo, el ruido alocado. Acordate que el Reino de Dios crece sin que nos demos cuenta y que empieza desde una pequeña semilla, desde tu corazón y el mío. ¿Cuántos corazones sencillos, pequeños y silenciosos, cambiaron este mundo a fuerza de decirle que sí a Dios, en lo escondido, en sus ocultas decisiones? Como nuestra Madre, la Virgen, empezando por ella, pero hubo millones y hay millones. El tuyo y el mío también pueden hacerlo.