Book: Marcos

Marcos 12, 38-44 – IX Sábado durante el año

Marcos 12, 38-44 – IX Sábado durante el año

 

Jesús enseñaba a la multitud: “Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y en los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad”.

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba como la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

Palabra del Señor

Comentario

Terminamos una nueva semana acompañados de las palabras de Dios, de las palabras que no pasan, que permanecen para siempre, de corazón en corazón, de generación en generación hasta el fin de los tiempos, aun cuando todo pase. Palabras de Dios, palabras que quedaron grabadas para siempre en la Sagrada Escritura, por aquellos que inspirados por él las escribieron, y en cada corazón que las cree y las lleva a la vida, a la práctica. Por eso, podríamos quedarnos sin biblia, sin papel escrito de la palabra de Dios. Pensando en algo drástico, que se acaben todos los libros, que se rompan todos los lugares donde está guardada esa palabra de Dios. Sin embargo, la palabra de Dios permanece en tu corazón y en el mío cuando las vivimos. Jamás pasarán. Hay palabras o frases de la Palabra de Dios que es bueno, por eso, no dejarlas, de alguna manera, “pasar” fácilmente. Qué lindo intentar seguir repasándolas por el corazón, porque son claves, son importantes. Son palabras que engendran otras palabras. Podríamos decir que engendran actitudes distintas en nosotros. Palabras que nos ayudan a cambiar de pensamiento, palabras que no pasan jamás, pero que hay que hacerlas revivir una y otra vez. ¿Cómo hacer para hacerlas revivir? Viviéndolas nosotros, llevándolas a la práctica, no dejando que caigan en corazones agujereados, sino en corazones dispuestos a hacerlas carne. ¿Qué palabra de Dios te representa a vos? ¿Con qué palabra de Dios creés que los demás te recordarán el día que te toque partir? ¿Qué palabra de Dios mostrás al mundo que no cree? Es lindo pensarlo así. Es lindo pensar que cada uno de nosotros, de alguna manera, como en el gran libro de la vida, en el gran libro que Dios quiere decirle a la humanidad, de alguna manera, cada uno de nosotros es como una palabra que forma todo el mensaje de Dios. Y es bueno pensar cuál es la que a mí me encontró, porque la palabra de Dios, de alguna manera, nos encuentra, nos topa por el camino.

Por eso, muchas veces te propongo repasar Algo del evangelio de la semana. Creo que es una ayuda más, un paso más que podemos dar. Sin embargo, en este sábado te propongo que meditemos el de este día.

Se puede decir que todo el evangelio, todos los textos del evangelio, son como un drama entre los que necesitan ser salvados, y lo demuestran, y los que no necesitan salvación y están orgullosos de eso, los que se creen tenerlo todo y no necesitan de nadie. Te diría que toda la historia de la humanidad es la historia de los que se creen salvados por sí mismos, por el poder, por el dinero, por el prestigio, por la fama, por una religiosidad del cumplimiento, por sus propios planes y miles de cosas más, y de los que nunca se consideran salvados por alguna circunstancia humana, por el contexto en el que vivimos, sino los que siempre manifiestan que la salvación es un regalo. Es un regalo que viene de lo alto y no de este mundo material, y Jesús, en el medio de la historia, en todo sentido, queriendo mostrarnos con su amor que la verdadera salvación no viene de los poderes de este mundo, sino que viene de su amor misericordioso, de su corazón que ama hasta el final, y que desde la cruz nos sigue diciendo que no vale la pena “bajarse de la cruz” y no querer sacrificarse por el amor, sino que vale la pena amar hasta el fin; que no vale la pena querer ocupar los primeros puestos, ser saludados en las plazas, en los lugares públicos, ser aplaudidos por los demás. No vale la pena, sino que vale la pena otra cosa.

Por eso, la pobre viuda del evangelio de hoy, una viuda pobre, mejor dicho, dio más que nadie. Es la viuda pobre que no quiso, de alguna manera, guardarse nada para sí misma, sino que, con lo poco que tenía, quiso ayudar a otros para poder salvarlos, para poder ayudarlos. No se miró a sí misma y cuidó lo poco que tenía, lo amarrocó, lo guardó, pensando en su subsistencia, sino que confió en que, dando con el corazón, nunca sería abandonada por Dios. Esa es la lógica del que es generoso, que da sabiendo que nunca será abandonado. Da sabiendo que todo lo que se da, de alguna manera, se multiplica y así como él pudo ser generoso, siempre habrá alguien generoso con él. Esa es la lógica del generoso. No es que lo hace para que le den, pero lo hace confiando en que alguien, más bueno que él, o igual que él, aparecerá.

La más pobre dio más que todos los ricos, según la Palabra de hoy. Evidentemente, como decía alguien por ahí, Jesús no sabe mucho de matemática. ¿Cómo es posible que alguien que dio menos en cantidad sea en realidad el que más dio? ¿Te parece lógico eso? ¿Le parece lógico a este mundo que busca en todo sacar el máximo beneficio con la mínima inversión? Jesús no sabe ni de matemática, ni de inversión, ni de mercados, ni de conveniencias y, por ahí, lo que él mide y calcula pasa por otro lado, pasa por el corazón, que no puede medirse. Me inclino a pensar que él mira lo que a nosotros nos cuesta ver. Para Jesús dar mucho no es directamente proporcional a dar con el corazón y dar poco puede ser compatible con darlo todo. No siempre, pero puede ser compatible, como el caso de hoy. Una cosa extraña para nuestra mentalidad que todo lo calcula, que todo lo mide y lo cuenta pensando que la vida del corazón, a veces, es matemática pura, donde siempre 1+1 es 2. Sin embargo, sabemos que no es así.

Menos mal que las cosas de Dios no son así, si no estaríamos bastante complicados todos. La vida del corazón no es una ciencia exacta, ciencia al estilo de este mundo. Es ciencia, pero del corazón. Va por otros carriles. Y mientras nosotros queremos encasillar y encajonar todo en cálculos y números, incluso, a veces, la salvación, negociando con Dios para ver qué nos dará, si le damos algo o cuándo nos dará lo que queremos que nos dé, Jesús se encarga de “patear el tablero” y enseñarnos un modo nuevo de ver las cosas, de entender la realidad.

Intentemos hoy vivir y pensar que la “salvación” de nuestra vida, la alegría y la felicidad de nuestra vida, porque eso es la salvación, la comunión profunda con nuestro Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, la salvación y la alegría de nuestra familia no pasa por la cantidad de bienes que tengamos y acumulemos, sino que pasa, en el fondo, y bien arribita también, por la generosidad con la que vivamos. Sea mucho o poco lo que demos, no importa. El cálculo mejor dejémoslo en manos de Jesús, que, gracias a su Padre, por ahí, no sabe tanto de matemática. Aprendemos de esta viuda, que supo darlo todo, aunque nadie se había dado cuenta, sino solamente Jesús. Qué bueno, qué lindo que Jesús sea el único que se dé cuenta lo que verdaderamente damos cuando damos. Gracias Señor por mirar el corazón y no mirar las apariencias.

Marcos 12, 35-37 – IX Viernes durante el año

Marcos 12, 35-37 – IX Viernes durante el año

 

Jesús se puso a enseñar en el templo y preguntaba: «¿Cómo pueden decir los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David ha dicho, movido por el Espíritu Santo:

“Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies”.

Si el mismo David lo llama “Señor”, ¿cómo puede ser hijo suyo?»

La multitud escuchaba a Jesús con agrado.

Palabra del Señor

Comentario

Escuchar, como decíamos ayer, no es lo mismo que oír. Qué bueno que empecemos este día intentando escuchar. Oír, sabemos, es la capacidad, digamos “humana” de percibir los sonidos. Oye el que tiene oído y sus componentes internos para oír, y no es algo que decidimos o nos planteamos o lo pensamos, excepto que nos tapemos los oídos. Se da. Es una capacidad que Dios nos ha dado. Oímos cosas continuamente. Es un acto reflejo, involuntario. Aunque a veces, como decía, podemos hacernos los distraídos para no oír, como hacíamos de chicos cuando no queríamos escuchar a un hermano, una hermana, y, tapándonos los oídos, decíamos: “¡No te escucho, no te escucho!” Por el oído entran a nuestros pensamientos y el corazón gran parte de la realidad que percibimos y que después procesamos, por decirlo de alguna manera, y afecta a todo lo que somos. Es como un alimento. El oído también es ese lugar donde entra aquello que nos alimenta, que nos hace muchas veces “ser como somos”. Nos va conformando o deformando, o las dos cosas al mismo tiempo. O, en algunos aspectos, nos deformamos y, en otros, nos vamos conformando, o sea, tomando una forma distinta. Nos va “conformando” al corazón de Jesús cuando escuchamos la palabra de Dios que nos enseña que estamos hechos para amar a su Padre y al prójimo, o nos va “deformando” los pensamientos y el corazón para terminar escuchándonos solo a nosotros y nuestros egoísmos, o solo a personas que, en el fondo, nos hacen mal. Es así. Por eso es bueno que oigamos cosas lindas, que cuidemos nuestros oídos y el de nuestros hijos, especialmente el de los más pequeños, porque por ahí entran palabras y sonidos que nos ayudan, o no, a ser mejores hijos de Dios. Es difícil aprender a escuchar a Dios, es bastante difícil a Jesús, si nuestros oídos están acostumbrados a oír cualquier cosa, cualquier ruido, cualquier palabra, como si fuera todo lo mismo. ¿Pensaste en esto alguna vez? ¿Lo pensamos? ¿No nos damos cuenta que es bueno que tus hijos y nuestros hijos escuchen cosas lindas, que les hagan bien? Si empezamos el día y terminamos el día con el noticiero, las malas noticias, y… difícilmente a nuestros oídos puedan agradarle las palabras de Jesús que intentamos escuchar después.

En cambio, escuchar es algo distinto. Algo distinto a oír. Cuando escuchamos es como que ponemos también el corazón y con el corazón ponemos el cuerpo. Ponemos más en juego de nosotros. Es lindo hablar con esas personas que no solo te oyen, sino que te escuchan. Y qué difícil es encontrar esas personas que realmente escuchan y les interesa lo que uno está diciendo. Es lindo cuando al hablar te miran a los ojos, no están moviéndose como queriendo irse, no están queriendo interrumpir la conversación para meter su “bocado”. Por eso escuchar es otra cosa. Por eso el mandamiento de ayer decía: “¡Escucha! Poné el corazón”. Escuchá. Poné el corazón al oír. No se ama oyendo así nomás, no se ama diciendo que se ama, sino que se ama con todo el corazón, con toda el alma, con las fuerzas, el espíritu, con todo el ser. Se ama escuchando. Y escuchando cosas lindas, palabras de Dios, el corazón empieza a entrenarse para la escucha que necesitamos realizar entre nosotros.

Algo del evangelio de hoy habla del agrado con el cual escuchaban a Jesús. “La multitud escuchaba a Jesús con agrado” dice. No sabemos si lo comprendían o no perfectamente, pero, por lo menos, a diferencia de los fariseos, escribas y doctores, esta gente escuchaba con agrado. Ese es el comienzo de la comprensión, escuchar con agrado. Si algo nos desagrada, difícilmente escucharemos, por ahí solo oiremos, o cerraremos la cortina en el corazón. Al que le agrada una realidad, una persona, una situación, escucha mucho mejor que aquel que oye pensando que el otro termine, para dejar de verlo, para irse. Oye pensando por adentro ¿qué me va a enseñar este a mí? Oye con actitud de soberbia o despectiva. Oye mirando a otro lado. ¿Te agrada escuchar a Jesús más allá de que algún día comprendas un poco más o menos? ¿Cómo escuchas la palabra de Dios de cada día? ¿Cómo la lees: como queriendo terminar para hacer otra cosa o como queriendo que el tiempo no exista para no medirlo?
Podemos pasarnos años oyendo la palabra de Dios y no escuchándola. Podemos pasarnos años con personas y no haberlas escuchado nunca. ¡Qué triste! Podemos haber pasado años yendo a misa y no haber escuchado verdaderamente la palabra de Dios. Podemos habernos pasado años oyendo audios con la Palabra pero no escuchar nada. Eso es la pena más grande, porque el que vive así, solo se escucha así mismo, su criterio es solo él mismo. No tiene otro parámetro que sus pensamientos y sentimientos. Y así vive, en su mundo, creyendo que su mundo es el único y el mejor. ¡Qué triste! No es para que nos desanimemos, sino para que nos tomemos en serio esto. Para que no perdamos el tiempo, para volver a poner el centro de nuestros amores en la familia, el trabajo, las comunidades, la escucha sincera, para saber quién es el otro y qué necesita. Sin este camino, el amor entre nosotros se basa en lo que nosotros pensamos que el otro necesita y no en lo que realmente necesita.

Por ahí nos pasamos años dándole a nuestro marido, a nuestra mujer, a nuestros hijos, hermanos, jefes, empleados, amigos, lo que nosotros únicamente consideramos necesario para ellos, o lo que me dijeron que el otro necesita. Sin embargo, el amor es “buscar el bien del otro” y para conocer el bien del otro, necesito que el otro me lo exprese y así discernir si puedo o no dárselo. Bueno, todo un arte, amar como Dios quiere es un arte que se aprende. Escuchar como él quiere es un arte que se aprende. No es una receta que se aplica para todos igual y se obliga. ¿Y si empezamos al revés? Empecemos por lo menos haciendo el esfuerzo para que nos agrade más escuchar que hablar. Empecemos por lo menos haciendo cada día el esfuerzo para no solo oír el evangelio, sino escucharlo, meditarlo, contemplarlo y vivirlo.

Marcos 12, 28-34 – IX Jueves durante el año

Marcos 12, 28-34 – IX Jueves durante el año

 

Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?»

Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos.»

El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios.»

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios.»

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor

Comentario

No solo hay que leer, sino que hay que leer con atención, hay que leer escuchando, de alguna manera. Es verdad que leer los evangelios nos va introduciendo lentamente en el corazón de Jesús, casi por inercia, digamos. Nos va introduciendo en el misterio de su vida, pero también es verdad, que no pasa por leer solamente, así no más, como quien lee una historia cualquiera, una novela. Sino que es un leer distinto, es un leer creyente, se dice… es un leer que escucha y saborea día a día. Es un leer que implica mucho corazón. Sé que esto que te planteo parece un poco imposible, algo imposible, pero no lo es, si empezamos a experimentarlo y a disfrutar de la palabra de Dios, nos empieza a gustar, la empezamos a desear. Alguien me dijo una vez: “Padre, recién ahora con 4 hijos estoy aprendiendo a ser padre”. Las cosas en la vida son fáciles al leerlas, al estudiarlas, sin embargo, no lo son, no son parte de nuestra vida hasta que no las vivimos en carne propia, no hacemos la experiencia y la asimilamos. Puedo saber de memoria el evangelio, citarlo de lado a lado, de memoria, pero puedo no vivirlo, puedo todavía no entenderlo, no aceptarlo, en el fondo. El evangelio se vive cuando en todo “veo, huelo, siento, gusto y toco”, de alguna manera, a Jesús. Cuando todo lo que leo, tanto lo lindo como lo difícil, lo veo después “en la calle”, por decirlo de alguna manera, en la vida concreta, lo veo y experimento en el mundo.

Las palabras de Dios son fuente de vida que enseñan a vivir bien, a vivir como Dios quiere, como Dios manda, se dice… marcan el rumbo de cada acción e iluminan, poco a poco, los pensamientos.

“¡Escucha, hija, mira y presta atención! Olvida tu pueblo y tu casa paterna, y el rey se prendará de tu hermosura. Él es tu señor: inclínate ante él”, dice el Salmo 45. Así habla Dios y ¿por qué no adaptarlo en este día para nosotros? “Escucha hijo, escucha hija, mirá, prestá atención, olvidá lo que tenés que hacer hoy, olvídate por un rato de tus preocupaciones, olvidá tus afectos por un momento, olvidá lo que te inquieta, lo que tenés que hacer, lo que pensás que es importante. El rey, Dios que es tu Padre se enamorará de tu hermosura, está enamorado de tu hermosura. Una vez más, estés como estés, de la hermosura de tu corazón, triste puede ser, encerrado, cabizbajo, como no sabiendo para dónde ir, pero él está enamorado de nuestra hermosura. El corazón que solo él conoce y solo él puede descubrir. Pero solo nos pide una cosa: ¡tenemos que reconocer, que es nuestro Señor, inclinarnos ante él!

Quise empezar así el audio de hoy, porque las palabras de Jesús en Algo del evangelio, son una invitación clara a escuchar. En realidad, Jesús viene respondiendo discusiones y pruebas, y se podrían decir muchísimas cosas con la respuesta de Jesús. Pero quería centrarme en una, que a veces pasa desapercibida a nuestro paladar del corazón, a veces no escuchamos la primera palabra importante del mandamiento más importante. ESCUCHA. En otros evangelios se tendrá tiempo de pensar y rezar en la unidad de los dos mandamientos, algo que creo que ya sabés, las dos cosas, amar a Dios y amar a los hombres. Amando a los hombres, amamos a Dios. No se puede separar el amor de Dios del amor del prójimo. Amamos más a Dios cuando más amamos a los otros, y amamos más a los demás, cuando más amamos a Dios. Pero de hace cuánto que no reflexionamos sobre el hecho de ESCUCHAR. Lo primero que no hacemos y deberíamos hacer, a veces, en el día, es escuchar. Es leer, pero escuchando. Me dirás: “bueno, pero, padre, yo estoy escuchando el audio, te estoy escuchando”. Pero te diré que ahora estás oyendo, porque escuchar es otra cosa, es un paso más. No siempre se oye escuchando, ni se escucha oyendo.

Si no escuchamos a Jesús no hay posibilidad de amar a Dios con todas las fuerzas y al prójimo como él desea. La escucha diaria, continua, paciente, perseverante, es la que nos pone en el camino del amor. Si escuchamos a Jesús amaremos, si no escuchamos no amaremos. ¿Vos crees que amás y no escuchás? ¿Vos crees que amás y nos sos capaz de estar un tiempo sentado, escuchando al que decís que amás?

Te propongo que, hoy pienses en estas palabras de Jesús, estos mandamientos, no como un mandato impuesto desde afuera, sino como una promesa que él mismo nos hace, si aprendemos a escuchar. Amarás… Amarás. Si escuchás vas a poder amar, si escuchás, vas a empezar a encontrar motivos para amar, si escuchás a ese que no querés escuchar, lo vas a empezar a conocer y conociéndolo, inevitablemente, algún día lo amarás. La escucha sincera conduce al amor. Es imposible escuchar a Dios y no amarlo. Por eso, te habrá pasado y te estará pasando que la Palabra de Dios te va enamorando, te va atrapando, te va generando una linda “atracción” que te enamora. Si escuchás todos los días la palabra de Dios, cuando menos te des cuenta lo amarás, “con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas”. Si escuchás mejor y de corazón a tu prójimo, tarde o temprano terminarás amándolo, porque lo conocerás y no se puede no amar algo, que es “imagen y semejanza de Dios”.

Marcos 12, 18-27 – IX Miércoles durante el año

Marcos 12, 18-27 – IX Miércoles durante el año

 

Se acercaron a Jesús unos saduceos, que son los que niegan la resurrección, y le propusieron este caso: «Maestro, Moisés nos ha ordenado lo siguiente: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda.”

Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda y también murió sin tener hijos; lo mismo ocurrió con el tercero; y así ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos ellos, murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»

Jesús les dijo: «¿No será que ustedes están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios? Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las mujeres se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo. Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído en el Libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, lo que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? El no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Ustedes están en un grave error.»

Palabra del Señor

Comentario

¡Si los católicos leyéramos más la palabra de Dios! ¡Si le dedicáramos tanto tiempo a la palabra de Dios como le dedicamos a las cosas que nos apasionan! Qué distinta sería nuestra vida. Qué distinto sería. Cuánto más amaríamos a Jesús. Mucho de nuestra falta de amor a Dios tiene que ver, concretamente, con no dedicarle el tiempo necesario a conocerlo, todo el tiempo que podríamos, o porque nos hemos quedado con un cristianismo de catecismo doctrinal y, a veces, infantil, y no de encuentro personal con él, especialmente por la oración diaria y sencilla con su Palabra. Tenemos que volver a la Palabra, a la escrita y a la que se transmite en la Iglesia de corazón a corazón, lo que se llama la TRADICIÓN. La de los santos también, la de las personas con sabiduría que viene de Dios. La que proviene de la liturgia, celebrada como la Iglesia quiere.

Decime si es lo mismo empezar el día escuchando la radio, mirando el celular, mirando la computadora, que escuchando el Evangelio del día. Decime. Preguntate con sinceridad. Decime si es lo mismo empezar el día saludando a los tuyos, así nomás que, dándoles un abrazo, en serio, deseándoles que tengan un buen día. ¿Es lo mismo saludar de lejos que abrazar? Decime si es lo mismo empezar el día prendiendo, como te dije, la computadora y conectándote con vos mismo, o intentando conectarte con Dios, como se dice. No es lo mismo ¡Probá! Sé que lo estás probando ahora, pero no le aflojes. No le aflojes. Es cada día. Cuando uno empieza el día escuchando la Palabra de Dios, es como que, de alguna manera, Dios permanece de un modo especial en nosotros. No porque Dios no esté, sino porque somos nosotros los que “le dejamos lugar”. Somos nosotros los que le abrimos las puertas. «Estoy a la puerta y llamo», dice la Palabra de Dios. « Estoy a la puerta y llamo». Jesús está golpeando siempre, la manija está del lado de adentro, nosotros tenemos que abrirla.

Somos nosotros los que empezamos a sentir, de esta manera, así, la presencia de Dios, más “palpable”, más real. Por eso, seguí intentando escuchar la Palabra de Dios cada día, al comenzar el día. Por supuesto que eso no quita que durante el día podamos seguir escuchando a Dios, al contrario, eso nos refuerza, y terminar escuchándolo. Cuántas personas me escriben día a día para decirme: “Padre, desde que escucho la Palabra de Dios, mi vida cambió”. ¡Cuánta! No te imaginás, no te imaginás. Te animo a entrar a la página de Algodelevangelio.org y darte cuenta de tantos testimonios de personas que les ha cambiado la vida.

Algo del evangelio de hoy nos sigue reflejando algunas de las controversias que a Jesús le tocó vivir. A él también lo cuestionaron, ¿o no pensabas eso? También le tocó lidiar con diferentes grupos dentro del judaísmo de su tiempo -como pasa hoy en la Iglesia- entre ellos los fariseos. Ayer y hoy, también, con los saduceos. Es lindo escuchar cómo Jesús, de alguna manera, sale al paso de estos cuestionamientos, de esa fea intención que ellos tenían de querer “hacerle pisar el palito”, que caiga en la trampa, para acusarlo de algo.

Los saduceos no creían en la resurrección y no pretendían creer, que eso es lo peor. Por eso ponen a prueba a Jesús, presentándole este caso que parece “difícil”, pero no para convencerse o cambiar de opinión, sino para acusar a Jesús. No preguntan para aprender, preguntan para acusar. Y Jesús les responde con esta pregunta, que creo que nos puede ayudar a todos: “¿No será que ustedes están equivocados, por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios?” ¿No será que nosotros cuestionamos cosas de Dios y a Dios y a la Iglesia, incluso, porque no comprendemos la Palabra de Dios, porque no comprendemos las Escrituras, porque no nos sentamos a estudiarla, ni a pensarla y analizarla, o aprender de otros? ¿O porque no nos abrimos a lo que Dios nos enseña a través de la sabiduría de la Iglesia? Muchas personas cuestionan, pero no se han puesto a investigar y a pensar.

Creo que esta es la clave del Evangelio de hoy, la cuestión más importante. Más allá de lo que Jesús afirma sobre la resurrección, que Dios es un Dios de vivos, obviamente, no un Dios de muertos. Dios nos creó para la vida y nos dio la oportunidad, con su muerte y resurrección, de poder resucitar algún día y vivir eternamente en un “nuevo cielo y una nueva tierra”, donde resucitaremos y recuperaremos, de algún modo, nuestro cuerpo. Y en este estado, ya no habrá “amores exclusivos”, por decirlo así, ya no habrá “amores posesivos”, que en el fondo no es amor, sino que seremos todos hermanos para siempre. Y por eso, no habrá matrimonios. Esto es una buena noticia para algunos y para otros no tanto, pero es lo que dice la Palabra de Dios. A eso se refiere Jesús.

Esto alguna vez ya lo comentamos cuando hablamos de la resurrección. Pero lo importante hoy me parece que es el fondo de la cuestión. La actitud de los saduceos es muchas veces la nuestra ante las cosas de Dios y de muchas cosas que nos rodean. Vamos con nuestros preconceptos, como se dice, prejuicios, pretendiendo, o sea, pre-entendiendo antes, y pretendiendo que los demás nos respondan lo que, en el fondo de nosotros, queremos escuchar, cuando, en realidad, debería ser al revés. No comprendemos a Jesús porque no lo dejamos hablar o porque lo escuchamos con un “filtro” a nuestra medida. No comprendemos la Palabra de Dios y por eso cuestionamos ¡Cuidado con esa actitud!, ¡Cuidado porque es falta de humildad!

Lo que deberíamos hacer en nuestra vida, nuestra vida de fe, es precisamente lo que te propuse al principio: escuchar la Palabra de Dios. Buscar comprenderla dejándonos ayudar por la Iglesia y preguntarle a Dios lo que nos quiere decir. Preguntar lo que significa cada pasaje de la Escritura para aprender de ella cada día, con mucha humildad. Queriendo aprender lo que Dios nos tiene para decir en cada momento de nuestra vida.

Marcos 12, 13-17 – IX Martes durante el año

Marcos 12, 13-17 – IX Martes durante el año

 

Le enviaron a Jesús unos fariseos y herodianos para sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones. Ellos fueron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarlo o no?»

Pero Él, conociendo su hipocresía, les dijo: «¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme un denario.»

Cuando se lo mostraron, preguntó: « ¿De quién es esta figura y esta inscripción?»

Respondieron: «Del César.»

Entonces Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios.»

Y ellos quedaron sorprendidos por la respuesta.

Palabra del Señor

Comentario

No se puede leer la vida de Jesús por partes, no es suficiente, no alcanza con sacar frases lindas del evangelio, interpretarlas a nuestra manera. Hay que animarse a todo, a mucho más, a conocerlo de pies a cabeza, hasta el fondo del corazón. Por eso, te pregunto y me pregunto: ¿Cuántos libros enteros leíste en tu vida? ¿Cuánto tiempo le dedicaste en tu vida a muchas páginas de diarios y revistas, libros y más libros? Seguramente mucho o por ahí no tanto, no importa, en realidad la cantidad que hayas leído. Ni hablar de películas o televisión, series que vemos a veces. Por eso, ahora podemos animarnos a preguntarnos… ¿Leíste alguna vez los evangelios enteros, de corrido, o día en día? ¿Leíste alguna vez todos los evangelios en donde se relata la vida de aquel que decís que amás y que seguís, los leíste? ¿Los escuchaste? ¿Los meditaste?

Es necesario que nos hagamos estas preguntas con sinceridad, porque no se conoce bien a Jesús cuando pretendemos conocerlo por partes, o por comentarios de otros, por más buenos que seamos, a veces, los sacerdotes, o intentemos serlo, o escuchando partes lindas nomás o no escuchando nada, o leyendo frases motivadoras del evangelio, dispersas por ahí, por todas las redes. Es imposible ser cristiano enamorado sin contacto con la Palabra de Dios. Alguna vez te lo dije, pero, por eso, afirmo una vez más, que es necesario escuchar el evangelio, el cometario es accesorio, hay que escuchar el evangelio.

Alguna vez también te dije: Si lees mucho de filosofía, serás filósofo… Si lees mucho de fútbol serás especialista en fútbol… Si te interesa la decoración, aprenderás de decoración, serás experta en decoración… Si escuchás y meditás mucho la Palabra de Dios, cada día, serás experto o experta en Jesús. ¿Hay algo mejor? ¿Hay algo mejor? Serás cristiano en serio. Porque ser cristiano es eso, amar a Jesús con todo el corazón. Lo mismo pasa con nosotros los sacerdotes… o comentamos la palabra de Dios, leyéndola y mostrándola, manifestándola, o nos predicamos a nosotros mismos, o lindas ideas, muy lindas, pero no las de Jesús.

Me acuerdo esa anécdota del padre Hurtado, cuando se acercó un estudiante, un seminarista, a preguntarle: ¿En qué se debía especializar, después de ordenarse sacerdote? ¿En qué carrera? ¿En qué licenciatura? Y san Alberto Hurtado le contestó: “Especialízate en Jesucristo”. No se puede hablar de Jesús, no se puede hablar de Dios, sin dejar que hable él. Tan sencillo como eso. Cuando perdemos el contacto con lo que da sentido a nuestra vida, o con lo que debería darlo, para lo cual nos consagramos nosotros los sacerdotes, somos capaces de hacer y decir cualquier cosa, como seguramente escucharás tantas por ahí. Es fundamental que volvamos a las fuentes, a la raíz de nuestra fe, a lo más profundo, todos, para volver a sentir la frescura del evangelio y encontrarnos con el Jesús que nos quisieron enseñar los que escribieron los evangelios. Hay que animarse a leer el evangelio de Marcos entero, y saborearlo poco a poco. Cuenta la historia que algunos santos se sabían el evangelio de Marcos, casi de memoria de tanto leerlo y meditarlo. Bueno, en la época donde no había tantos medios y cosas que nos hacen perder la memoria. Pero, ¡qué lejos estamos nosotros a veces, de tanto amor!

Algo del evangelio de hoy nos enseña muchas cosas, pero una de ellas es que, claramente Jesús no era tonto, bueno, es muy obvio, ¿no? Fue muy bueno, pero no era tonto, no era un ingenuo. Muchas veces ante los engaños de los otros, nos conviene responder con preguntas como lo hacía él. La manera más fácil de desenmascarar un engaño, una hipocresía y saber qué es lo que realmente busca el otro, es “retrucar”, como se dice, es un juego de acá de Argentina, que se llama “truco”. Si te cantan “truco”, decile “retruco”, si te cantan “retruco”, respondele “quiero vale cuatro”. Jesús no se dejó engañar por los soberbios de este mundo, que querían que pise el palito o la trampa, y se equivoque para acusarlo de algo. Por eso, primero lo adularon un poco, lo adulan en el evangelio de hoy. Si respondía que había que pagar el impuesto, lo iban a acusar de estar a favor del imperio y en contra de su pueblo y de Dios, si respondía que no había que pagarlo, lo iban a acusar de rebelde, de no someterse a la ley. Qué cosa tan actual también para hoy, ¿no? Qué difícil que es diferenciar lo que es de Dios y lo que es de los hombres, lo que es de los que nos gobiernan, y de nosotros, nuestra independencia sana. Por eso, no podía haber mejor respuesta que la de Jesús: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios.»

Podría ser algo así también: “Esa moneda que tenés en la mano es del Emperador, está bien, dásela a Él, está bien… es de él, está su cara; pero, el corazón es de Dios, y por eso hay que dárselo a él. En sus corazones está grabada la imagen de Dios, la imagen de Dios está grabada en nuestra alma”. Qué lindo, qué maravilla. Cada cosa en su lugar y no dejarse engañar. Eso es lo que tenemos que hacer. Los cristianos estamos en este mundo, y es lindo el mundo que Dios nos dio, es para agradecer, como decíamos ayer, pero al mismo tiempo no somos de este mundo, somos para otro mundo, no somos para este mundo. Por eso, hay que darle a este mundo, lo que es de este mundo, lo poco que podemos darle, pero a Dios lo que es de él. ¿Qué le corresponde al mundo? Es lo que tenemos que aprender a discernir y distinguir, seguramente muchas cosas, pero jamás el corazón. ¡Cuidado! No le des tu corazón a ningún político, a ningún líder humano. ¿Qué tenemos que darle a Dios? Todo, porque todo es de él.

Especialmente nuestro corazón que es su “imagen y semejanza” ¿Te acordás de la parábola de ayer? La viña es de él, el mundo es de él, todo fue puesto por él y para él, y por eso todos los frutos son para él. Sin embargo, “este mundo” nos hace olvidarnos quién es el verdadero “César”. Con mayúscula, Dios es el verdadero rey de nuestra vida, el que la gobierna. Los reyes de este mundo, los gobernadores de este mundo, pasan y pasan. Los presidentes también. A ellos les gusta que sus nombres queden grabados en diferentes lugares, en monedas, en billetes, calles, monumentos, lugares públicos y tantas cosas más, pero el único que merece ser grabado en nuestro corazón es Dios, el Dios hecho hombre, Jesús. ¿Entendemos esta verdad tan hermosa, tan maravillosa?

La respuesta de Jesús pone las cosas en su lugar, da la verdadera jerarquía a las cosas que nosotros a veces perdemos de vista. Somos de Dios y para Dios, Dios o nada, pero al mismo tiempo debemos en este mundo cumplir las leyes que nos rigen y nos ayudan a vivir en la sociedad buscando el bien común, por supuesto las que no contradicen la ley de Dios. Un buen cristiano es un buen ciudadano. San Pablo recomendaba rezar por los gobernantes, y de alguna manera, someterse a ellos, pero, ¡cuidado! A Dios lo que es de Dios. Un buen hijo de Dios cumple las leyes que se orientan al bien común, pero rechaza las leyes que atentan contra el amor de Dios y sus mandamientos. ¿Más clarito? hay que echare agua.

¿Entendemos? “A Dios lo que es de Dios”. O sea, todo.

Marcos 12, 1-12 – IX lunes durante el año

Marcos 12, 1-12 – IX lunes durante el año

 

Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos:

«Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía. Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías.

De nuevo les envió a otro servidor, y a este también lo maltrataron y lo llenaron de ultrajes. Envió a un tercero, y a este lo mataron. Y también golpearon o mataron a muchos otros.

Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: “Respetarán a mi hijo.” Pero los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra.” Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.

¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros.

¿No han leído este pasaje de la Escritura: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?»

Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque comprendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron.

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, Dios quiera que empieces una linda semana. Dios quiere que empecemos una linda semana. Acordémonos que no hay mejor manera de arrancar el día, de empezarlo, que estar escuchando la palabra de Dios. No a mí, ni a otros, sino la palabra de Dios. Nunca te olvides de eso y nunca te canses de hacerlo.

Después de un tiempo largo, casi tres meses, entre Cuaresma y la Pascua, retomamos lo que llamamos, el tiempo ordinario o el tiempo común o tiempo durante el año de la Iglesia. Así es cómo la Iglesia divide en diferentes modos el tiempo litúrgico, para ayudarnos a compenetrarnos cada vez más en la vida de Jesús. Por eso retomamos la escucha del evangelio de San Marcos. Seguiremos leyéndolo de manera continuada, desde el capítulo 12, y eso nos ayudará a seguir el hilo de lo que este evangelista quiso dejarnos sobre la figura de Jesús, su mirada sobre él, qué pensó y qué supo de él. Cada evangelista nos da su propia mirada del misterio de Jesús según la tradición que recibió de otros. Marcos era discípulo de Pedro, por eso se sabe que su evangelio proviene directamente de los relatos que suponemos y sabemos, mejor dicho, que recibió directamente de él y que fue el primero en escribirse. Es corto, de alguna manera, podríamos decir, sencillo, pero no por eso menos profundo, escueto, sencillito. Nos quiere mostrar a un Jesús muy humano, por decirlo así, lleno de gestos de cercanía, pero, al mismo tiempo, un Jesús sufriente. Un Mesías sufriente, que no le gusta que lo exalten al modo humano, sino que, incluso, no quiere que sepan que era el Mesías. Y será desde su sufrimiento en la cruz donde se manifestará su divinidad. Qué misterio. Desde la cruz un centurión lo proclamará Mesías. Verdaderamente este era el hijo de Dios. Seguramente algo extraño a nuestros oídos, pero nos ayudará. Nos hará muy bien. Por eso, la pregunta de fondo de este evangelio, y que te animo a que te la hagas hoy también, es: ¿Quién es realmente Jesús? ¿Quién es realmente Jesús?

Yendo a Algo del evangelio de hoy, podríamos decir que el fin de la parábola que Jesús le cuenta a los fariseos, a los escribas, es revelar la ignorancia del hombre cuando se cree el dueño de las cosas que, en realidad, son de Dios. Con esto los confronta con su propia historia, con la historia del pueblo de Israel que rechazó los enviados de Dios, pero también con la historia del ser humano, de toda la humanidad. Con nuestra historia también, con la tuya y la mía.

Dios, que nos dio todo, nos ha dado todo, plantó una viña, para que podamos vivir y alimentarnos de ella, o sea, nos dio todo este mundo. La creación maravillosa la “cercó” de alguna manera. Le puso ciertas normas, ciertas reglas que teníamos que respetar. Las normas que nos quieren conducir a vivir la vida entre nosotros en paz: los mandamientos. Nos dejó también “una torre de vigilancia” porque también, de alguna manera, se quedó él, para custodiarnos, no para castigarnos. Como Padre que ama. Y nosotros qué hacemos. Sin querer o queriendo, matamos a los enviados de Dios que vienen a buscar lo que, en realidad, es de él, y no nos damos cuenta de que él se hizo presente en muchísimos momentos de la historia.

Pero, pensemos en nuestra historia, en la personal. También nosotros, a veces, sin querer nos “adueñamos” de las cosas de Dios, de los frutos de esa viña que él nos regaló. Muchas veces no nos damos cuenta y no dejamos que él venga a cosechar lo que es de él. Nada es nuestro. Todo es de él. Nada es de nadie y todo es de todos. Nadie puede decir que es dueño de las cosas y de la creación, solamente un corazón soberbio. Nadie puede adueñarse de las gracias y de los carismas que Dios da.

Todo esto, que parece tan raro, es así; es el plan original de Dios Padre, que el hombre se encargó de destruir lentamente y Jesús vino a reparar. No pensemos que todo lo que nos rodea es “mérito” nuestro, todo lo que hicimos. ¿Quién decide qué es lo que se merece cada uno? En realidad ¿no nos merecemos, de alguna manera, todos lo mismo o en la medida que podemos recibir? Tenemos que aprender a compartir, y a no pensar que las cosas que alcanzamos a tener en la vida son por puro mérito nuestro. ¿Quién puede decir que tiene todo por mérito propio?, ¿Quién puede decir eso? Cuidado con adueñarnos de los regalos que Dios nos dio y los hemos hecho fructificar por nuestro esfuerzo. Es verdad. Cuidado con adueñarnos de las gracias de Dios. Cuidado con adueñarnos de las cosas de este mundo, de la Iglesia, de mi servicio, de mi comunidad, de mi parroquia. ¡Cuidado! Todo es gracia. Todo es don de Dios.

Si no aprendemos a mirar la vida de esa manera; podemos ser como estos hombres, que van matando lentamente a los enviados de Dios, que vienen a buscar a nuestra viña los frutos que le corresponden a él. Si miráramos la historia de la vida así, si miráramos la historia de nuestra propia vida así, con qué gratuidad viviríamos, con qué gratuidad viviríamos cada día…

Que tengamos un buen día. Que tengas un buen día y que puedas vivir así, con gratuidad, con una acción de gracias continua en el corazón, reconociendo que todo es regalo de él.

Marcos 16, 9-15 – Resumen Octava de Pascua

Marcos 16, 9-15 – Resumen Octava de Pascua

 

Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios. Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.

Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.

En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado. Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación.»

Palabra del Señor

Comentario

Por qué no intentar en este sábado de la octava de Pascua; con la cual terminamos esta gran celebración de este gran día que es el de la Pascua, la Resurrección del Señor, el  “paso” de Nuestro Señor por la muerte para darnos vida; por qué no intentar lo que no hacemos hace tiempo que es hacer una síntesis de los evangelios de esta semana, que son tan ricos y nos pueden ayudar muchísimo  finalmente a vivir la experiencia real y concreta de que Jesús está vivo, en nuestra vida. Porque, en definitiva, de eso se trata ser cristiano: en descubrir la presencia de Dios real y concreta en nuestra vida como una persona a la cual queremos seguir porque nos enamoramos, porque descubrimos su amor. Eso es ser cristiano.” No se empieza a ser cristiano por una idea o por una doctrina; sino se empieza a ser cristiano verdaderamente cuando nos encontramos con una Persona, y cuando esa Persona cambia el rumbo de nuestra vida”; así lo decía en su momento el Papa Benedicto XVI, nos cambia el sentido de nuestra vida.

Como decía san Juan Pablo II: “Cristo nos da todo, no quita nada; no tengan miedo a Cristo, ábranle las puertas de par en par”.

Bueno; en esta semana de Pascua de la Octava, hemos contemplado estos evangelios donde se nos muestra a Jesús que se aparece a sus amigos; a sus discípulos, a las mujeres, y por qué no pensar también en la aparición de Jesús a su madre la Virgen Santísima, que, aunque no está relatada también podemos imaginarla, tal como lo plantea san Ignacio de Loyola.

Es una oportunidad para poder reflejarnos y vernos también cómo en nuestra vida, Jesús de alguna manera se nos apareció, se nos manifestó, aunque siempre de alguna manera “velado”, oculto; por eso tenemos que hacer un esfuerzo, por eso tenemos que abrir las puertas de nuestro corazón.

Y para repasar y ver algunas frases, algunas situaciones de los evangelios de esta semana nos pueden ayudar. Por supuesto que cada uno de nosotros puede tomar el evangelio que más nos gusta, incluso el de hoy; porque algo del evangelio de hoy es como una especie de “resumen” de los evangelios de la semana.

Marcos sintetiza tres apariciones y las hace bien concretas y sencillas; en cambio los otros evangelistas se explayan un poco más.

Entonces utilicemos esta especie de “síntesis” del evangelio de Marcos de hoy, para ver la síntesis de esta semana y quedarnos con una frase, con una situación, con algo que nos ayude a rezar, a emocionarnos, a volver a nuestra Galilea y descubrir aquel momento en el cual nos encontramos con él y ahora por ahí está todo “apagado”; o no, o nos encontramos en esta Pascua con Jesús más plenamente y esto nos impulsa a seguirlocon alegría; o no y estamos en la apatía total…

Pidamos la gracia, pidámosle al Señor poder encontrarlo, pidámosle al Señor como decía el evangelio del lunes: alegrarnos. «Alégrense» —dice Jesús. Pidamos alegrarnos verdaderamente con la presencia de Jesús Resucitado. Y Jesús nos plantea –como el lunes– ir a Galilea; ir a ese lugar original donde lo conocimos alguna vez, donde escuchamos hablar de Él y por ahí nos olvidamos… Pensá en eso, y cómo las mujeres se postraron, se tiraron a sus pies de la emoción.

El martes veíamos cómo Jesús consolaba también a María diciéndole: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Y podríamos dejar que Jesús nos pregunte qué es lo que nos pasa, por qué lloramos, por qué a veces seguimos en la tristeza, por qué nos desanimamos tan fácil. Jesús nos viene a traer alegría y paz. Y aunque a veces conviva con la tristeza; la paz que viene a traer Jesús es una paz que nos da la certeza de su Presencia.

O también como el miércoles, pensar en la presencia de Jesús con los discípulos de Emaús, que los acompaña, aunque ellos no se dan cuenta. Él siempre está a nuestro lado, aunque no lo vemos, siempre dispuesto a explicarnos las Escrituras para que “arda” nuestro corazón y que finalmente se nos manifiesta en la Eucaristía para poder experimentarlo verdaderamente. Y así el jueves veíamos cómo Jesús nos trae la paz: «La paz esté con ustedes»; y al mostrarles sus manos y sus pies, los discípulos se llenaban de alegría y admiración; pero también por otro lado se “resistían” a creer. A veces nos cuesta creer. Pidamos la gracia de creer. Él está, está presente.

Y ayer, viernes, ese gran evangelio de la pesca milagrosa donde Juan pega el grito: “¡Es el Señor!”, y Pedro desaforadamente pero lleno de amor, se tira al mar y recorre cien metros para encontrar a su Señor; toda una prueba de su inmenso amor.

Ojalá tuviéramos ese deseo profundo de que cuando nos dicen “allá está el Señor”, pudiéramos tiranos de cabeza –por decirlo así–, jugarnos la vida, cambiar el rumbo de nuestra vida para transmitir la alegría de Jesús Resucitado.

Ojalá que esta semana de Pascua nos encienda de vuelta en lo profundo de nuestro corazón para decir: “Vale la pena ser cristiano, vale la pena creer en Jesús, vale la pena hablarle a los demás sin miedo de que Jesús está vivo”.

Cómo nos cuesta a veces ¿no?, cómo nos cuesta hablar en nuestros ambientes de Nuestro Señor como alguien concreto, como una Persona a la cual amamos.

Ser cristiano, es seguir a Jesús, ser cristiano es enamorarse de Él y no tener vergüenza de ser testigos de su Resurrección.

Sábado Santo

Sábado Santo


Comentario al Sábado Santo

Hoy en éste sábado santo, no hay Evangelio, no hay Palabra de Dios para escuchar porque la Palabra se ha callado, la Palabra está muerta, en silencio, está a la espera. Nosotros también deberíamos seguir en silencio para aprender a escuchar lo que a veces no podemos escuchar. Eso nos propone la Iglesia en este día. Jesús está en el sepulcro. Estamos a la espera de la Resurrección, estamos en Vigilia esperando la Pascua.

Por eso la liturgia de la Iglesia permanece en silencio y no nos propone algo del Evangelio para meditar, para que podamos experimentar el vacío y así volvamos a escuchar con alegría el anuncio de la Resurrección. Todos sabemos y creemos que Jesús hoy está, está vivo, resucitado pero también sabemos y creemos que es necesario revivir ciertas cosas, para no olvidar lo que Él hizo por nosotros. Él murió, realmente murió,  permaneció en el sepulcro y al tercer día resucitó. Es por eso que intentamos vivir éste sábado santo de ésta manera, hasta la Vigilia Pascual en silencio.

Silencio fecundo, silencio de amor, silencio de los que quieren escuchar porque necesitan la voz del buen pastor que nos habla con su dulce voz al oído. Imaginando a Jesús en el sepulcro; imaginando a María quebrada, destrozada por el dolor por la muerte de su Hijo; reviviendo la angustia de las mujeres que amaban a Jesús y de golpe, se quedaron solas, intentando acompañar a los discípulos de Jesús. Sus amigos, que escaparon en el momento de dolor y estarían de alguna manera llenos de culpa sin comprender lo que estaba pasando cómo su amigo, aquel que hacía milagros, aquél que curaba a los enfermos, aquel que resucitó a Lázaro, no pudo librarse de la muerte, no pudo bajarse de la cruz y mostrar que era Dios.

Hay que rebuscársela en este día para que no sea un día más, sino que sea un día fecundo. Mientras muchísimos olvidan lo que pasó hoy, te recuerdo y me recuerdo, el para qué de este día. Los templos permanecen en silencio, las cruces tapadas, los altares despojados, las flores ausentes, la Virgen Dolorosa mirando a su Hijo, la Cruz puesta para ser adorada. Podemos rezar, escuchar el silencio, podemos volver a rezar un Vía Crucis, podemos volver a hacer cosas para no alejarnos del silencio.

Cuanto más silencio hagamos, más deseos tendremos de que llegue la Pascua, de que llegue la Vigilia. Si nunca fuiste a una vigilia no nos perdamos la oportunidad de esperar ésta vigilia con más ansias en el corazón. La Vigilia Pascual nos ayudará a experimentar lo que significó un mundo sin Jesús y lo que significa un mundo con Jesús, que es la luz que viene a iluminar las tinieblas con su resplandor porque él es la luz representada en el cirio pascual. Un mundo en silencio que empieza a escuchar la mejor música que puede escuchar el hombre, la Palabra de Dios. Que es como una sinfonía y que hay que aprender a escuchar.  Un mundo en pecado que es perdonado y redimido. Un mundo dividido que es congregado por Cristo en su espíritu, en un solo amor. Ojalá podamos vivir éste día y esperar con ansias la Vigilia Pascual, la resurrección del Señor que nos introducirá en la vida nueva, una vez más, una y otra vez. Hoy los católicos del mundo podemos renovar nuestro deseo de vivir como bautizados en cada Vigilia Pascual del mundo entero. Es la oportunidad para volver a ser fieles a su palabra, para volver a renovar nuestra alianza, para volver a poner nuestra confianza en aquel que nos dio la vida.