Book: Marcos

V Lunes durante el año

V Lunes durante el año

By administrador on 8 febrero, 2021

Marcos 6, 53-56

Después de atravesar el lago, llegaron a Genesaret y atracaron allí.

Apenas desembarcaron, la gente reconoció en seguida a Jesús, y comenzaron a recorrer toda la región para llevar en camilla a los enfermos, hasta el lugar donde sabían que él estaba. En todas partes donde entraba, pueblos, ciudades y poblados, ponían a los enfermos en las plazas y le rogaban que los dejara tocar tan sólo los flecos de su manto, y los que lo tocaban quedaban curados.

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué lindo es empezar una nueva semana con ganas de “salir”! Deseos de salir de nosotros mismos, de abrir el alma y el corazón, de no dejar las puertas y las ventanas de nuestro corazón cerradas, impidiendo que entre el aire y la luz. Como hizo Jesús, que se animó a salir, a salir de su “comodidad” de ser Dios para estar con nosotros, de su casa, para empezar a predicar, del apretujamiento de la gente para ir a hablar con su Padre. Algo así decía el evangelio de ayer. Valga la redundancia, Jesús salió, para salir. Salió del “seno” del Padre para estar con nosotros y enseñarnos a “salir” de nosotros mismos. ¿Te diste cuenta que cuando dejás de usar mucho una habitación, una casa, por nueva que sea, si dejás todo cerrado a la larga todo se deteriora, todo se humedece, todo parece como se enferma? Así es, las cosas cuando no se usan para lo que se hicieron dejan de tener sentido, se rompen. Lo mismo pasa con el corazón… se deforma, pierde su forma, se endurece, incluso se puede enfermar. Por eso, si empezás este lunes medio triste, medio sin ganas, medio con ganas de encerrarte más… hacé todo lo contrario. Salí. Abrí la ventana de tu habitación, abrí la puerta, dejá que, entre el aire, dejá que entre la luz para que te des cuenta lo que te perdés si mantenés todo cerrado. Hacé lo mismo con tu corazón. No guardes lo bueno que tenés. No creas que está todo sucio y no vale la pena. No digas mañana lo que podés decir hoy. No dejes de decirle a los demás que los querés, que los necesitás. No creas que no necesitás nada de los demás, no creas que los demás no necesitan nada de vos. Todos necesitamos de todos. Todos necesitamos ser curados y sanados por Jesús y Él se nos presenta por medio de otros, como vos también podés presentarte en nombre de Jesús a los otros.

La Palabra de Dios tiene que ser para nosotros el primer “empujón” del día, el “envión” para empezar, para arrancar la semana. ¡Cómo cuesta a veces empezar los lunes! Pareciera que todo nos pesa más. Si andás por la ciudad, si andás por algún medio de transporte, o incluso en tu misma casa, te aseguro que verás muchas caras de “poca felicidad” Bueno, no importa. Sonreíle al del peaje, sonreíle a tus hijos, haceles el desayuno con más amor, sonreíle al chofer del colectivo, sonreíle al portero de tu edificio, sonreíle a tu empleado, sonreíle a tu marido, a tu mujer, sonreíle a tu jefe. El cristiano está para amar, el amor de nuestro interior está para darlo. La luz sirve para iluminar, tus palabras y tu sonrisa también. La Palabra de Dios es una maravilla, no la leas solo para vos, intentá vivirla.

Algo del Evangelio de hoy, en muy pocas palabras nos da una pincelada de lo que generaba la presencia de Jesús, de lo que se había extendido su fama por todos lados, del deseo insaciable que tenía la gente de estar con Él por lo que hacía, por sus curaciones, por sus exorcismos, y un poco menos, por sus palabras, por lo que decía. Siempre es más atrayente saber que alguien puede sanarnos de nuestros males físicos, que, de nuestros males espirituales, morales que muchas veces ni reconocemos. Te presento una suposición: Si hoy te dijeran que, en la plaza de tu barrio, en la plaza más cercana de la ciudad en donde vivís, va a estar alguien que cura y sana enfermos con solo tocarlos… ¿Qué harías? ¿Qué haríamos? Me imagino que si estás enfermo irías corriendo o le pedirías a alguien que te lleve. Me imagino que, si no estás experimentando ningún sufrimiento en tu cuerpo, en una de esas te acercarías por curioso o por ahí no lo creerías mucho y ni te daría ganas de ir, ¿no? Y si te digo que hoy en la plaza de tu barrio hay alguien que va a hablar a la multitud para dar un mensaje de paz, de cambio personal, palabras que cambiarán tu vida… ¿Qué harías? ¿Qué haríamos? Bueno, algo así pasaba con Jesús. Sus curaciones atraían multitudes. Sus palabras generaban admiración, pero no siempre tanta adhesión. Lo mismo pasa hoy. Ante lo extraordinario es fácil generar convocatoria, se llena fácil, sin embargo, ante lo cotidiano, ante palabras que lo que nos piden es un cambio de vida, un esfuerzo personal, no todos se entusiasman tanto.

Por eso hoy podríamos hacernos varias preguntas… ¿Qué es lo que en definitiva le interesaba a Jesús? ¿Qué es lo que le interesa hoy de nosotros? Por supuesto que no hay una única respuesta, como siempre. Por un lado, obviamente que Jesús se compadeció del dolor humano y salió para aliviarlo, y, de hecho, el evangelio muestra que lo hizo. Pero, por otro lado, hay un dato que es imposible de ocultar y si no lo decimos ocultamos la verdad o de alguna manera mentimos. ¿Qué dato? En realidad, te dejo más preguntas. ¿Por qué Jesús no terminó con todo el sufrimiento, por qué no lo eliminó? ¿Por qué no demostró todo su poder y sanó a todos o bien, no recorrió todo el mundo para sanar a todos? ¿Por qué hoy Jesús no sana a todos los que sufren y se acercan a Él? ¿No tiene tanto poder o prefiere otra cosa? ¿Le gusta vernos sufrir? ¿Le da lo mismo? ¿Quiere que algunos se curen y otros no? La gran pregunta de fondo y que todos nos hicimos alguna vez o nos haremos alguna vez es… ¿Por qué Dios permite el sufrimiento? Bueno lamento decirte que hoy, por el tiempo, no puedo responderte todo esto. La palabra de Dios cada día nos irá respondiendo, vas a ver, pero imagino que ya te lo estarás imaginando.

V Domingo durante el año

V Domingo durante el año

By administrador on 7 febrero, 2021

Marcos 1, 29-39

Jesús salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.

Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era Él.

Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando.

Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: «Todos te andan buscando».

Él les respondió: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido».

Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios.

Palabra del Señor

Comentario

No todos los que escuchan la palabra de Dios cada día pueden vivir el día del Señor            , el domingo, como quisieran. Es una realidad, el mundo en el que vivimos es muy distinto, todo cambia, todo cambió, y sin adentrarnos en juzgar si es mejor o peor que el de hace unas décadas, la realidad, es que mucha gente trabaja incluso los domingos. Muchos por necesidad, otros por no querer renunciar a lo material por amor a Dios, otros por querer generar un poco más de ingresos a los habituales. Son miles las situaciones. No importa, lo que hoy quiero decirte es que, si sos unos de esos que no pueden ir a misa este día, por elección o por obligación, no te olvides que podés escuchar a Jesús siempre. Podés escucharlo principalmente en su palabra escrita, por este audio, o bien podés escucharlo ofreciendo lo que te toca vivir cada día con amor. Amar en lo concreto y en lo que cada uno tiene por delante es una de las formas palpables de poder escuchar a Dios. No creas que estás afuera. No creas que la Iglesia es de unos cuantos, de los que viven y eligen ir. La Iglesia somos todos, es de todos y aunque el mandato de Dios es reunirse cada domingo en familia a adorar al Padre y disfrutar de las celebraciones de nuestra fe que nos animan a seguir y nos ayudan en el camino, mientras no puedas hacerlo, tenés que saber que podés hacerlo de otra manera hasta que logres acercarte.

En Algo del Evangelio de hoy aparece varias veces la palabra salió. Dice que Jesús salió de la sinagoga… salió antes del amanecer “y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando” Jesús mismo dijo: “Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido.”

Podríamos decir que Jesús “se la pasó saliendo”, al venir a nuestro mundo significa que “salió del suyo”, de la comodidad de ser Dios, de ser un Dios que contempla la humanidad “desde arriba” y no le importa tanto el sufrimiento de sus hijos. Todo lo contrario. Ese no es el Dios que nos vino a mostrar Jesús. Él salió de sí mismo al hacerse hombre y como hombre durante su vida pública, al comenzar su misión no hizo otra cosa que salir para mostrarnos fundamentalmente dos cosas, por lo menos interpretando el evangelio de hoy.

Antes que nada, fue Él el que vino a nosotros. No salió para “hacer nada”, no salió de cualquier manera. Salió para enseñar, para exorcizar, para sanar y curar. Así lo vemos en la escena de hoy. Sale para estar con nosotros, para dejarse acorralar por la gente, “la ciudad entera se reunió delante de la puerta” Fue de pueblo en pueblo, no esperó que lo busquen, aunque lo buscaban, sino que Él fue en busca de la gente. De la misma manera hoy Jesús sigue saliendo, sigue buscándote para sanarte, para “sanarte” de esas dolencias que no te dejan en paz. Sin embargo, y al mismo tiempo, no salió para satisfacer las “necesidades” de todos, no todos fueron curados y liberados. Cuando todos los buscaban, Jesús eligió también irse a otro lugar a predicar. Su principal misión es la de enseñar, la de predicar el amor del Padre que quiere sanarnos de nuestras dolencias espirituales y no solo las físicas.

Lo segundo es que Jesús salió a rezar, a orar, a estar con su Padre. También salió para mostrarnos un modo de vivir. Un cristiano tiene que “salir” no quedarse quieto ni encerrado, en la medida que pueda. ¡¡La Iglesia tiene que salir para no enfermarse!! Jesús salió a curar, Jesús salió a trabajar, pero también salió a rezar. Tres modos de salir que no pueden faltar en nuestra vida. No se puede vivir sin salir y no se puede salir a hacer solo una cosa. Tenemos que amar a los otros (sanar y curar), tenemos que trabajar y tenemos que rezar. ¿Tenemos? Mejor dicho, necesitamos, como Jesús, rezar y encontrar momentos de soledad con nuestro Padre, sino de nada sirve todo lo que podamos hacer. Será un hacer vacío, es un salir a ningún lado, sin rumbo.

Jesús vivió en perfecto equilibrio esas necesidades profundas del alma. Pidamos la gracia de salir y de saber salir, de gastar bien nuestras energías y de descansar el corazón en Aquel que nos pide “salir”, saliendo de nosotros mismos.

IV Sábado durante el año

IV Sábado durante el año

By administrador on 6 febrero, 2021

Marcos 6, 30-34

Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco.» Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

Palabra del Señor

Comentario

La palabra de Dios es luz y vida cuando vamos aprendiendo a escucharla y a guardarla en el corazón. ¿Probaste alguna vez guardar una palabra en tu corazón durante el día y repetirla interiormente sin que nadie se cuenta? ¿Hiciste el intento de quedarte con algo del evangelio de cada día que sea como luz para lo que debés emprender en tu día? Solo cuando incorporamos verdaderamente el alimento cotidiano de la palabra de Dios a nuestras vidas, ella misma va iluminando y mostrándonos caminos nuevos, o bien, nos hace rectificar el que estamos llevando. Quiero seguir animándote y animarme a mí mismo a continuar haciendo el esfuerzo diario por escuchar a Jesús en sus evangelios, luchando por escuchar y amar más, por ser instrumentos de la palabra de Dios en un mundo que está invadido por las tinieblas.

Vamos a Algo del Evangelio de hoy: ¿Quién dijo que ser cristiano es trabajar y trabajar y no descansar nunca? ¿Quién dijo que ser cristiano es solamente vivir como volcado hacia afuera, haciendo cosas por los demás y no tener tiempo para descansar un poco?

Creo que como lo pinta esta escena tan linda, ser cristiano en definitiva, al fin de cuentas, es andar con Jesús, es caminar con Él, es disfrutar de su presencia, y en ese caminar como cualquier otro camino de la vida hay un poco de todo, incluso momentos en que Él nos puede decir que es necesario frenar para tomar un poco de aire, nos puede decir: “Vení, vengan apártense un poco, vayamos a un lugar desierto para descansar, porque el corazón también necesita un respiro”.

Él mismo lo buscó, Jesús necesitaba descansar físicamente y descansar también del agobio de tanta gente que se acercaba para escucharlo, para ser sanada; necesitaba también escuchar a sus amigos, a los apóstoles, necesitaba hablarles, animarlos, empujarlos, levantarlos; necesitaba apartarse también para estar con los apóstoles porque ni siquiera tenían tiempo para comer, ni siquiera tenían tiempo para conversar –también podríamos pensar– porque el reunirse a comer para nosotros es también reunirnos a escucharnos, a dialogar, a saber lo que le está pasando al de al lado, a nuestro hijo, a nuestra hija, a tu marido para saber cómo le fue en el trabajo, a tu mujer para ver cómo anda…

Jesús también necesita apartarnos un poco para estar con nosotros, en realidad somos nosotros los que necesitamos que Jesús nos “aparte”, porque si fuera por nosotros seguiríamos y seguiríamos sin parar hasta que algún día todo explota o todo se para.

Sabemos –por el evangelio de hoy– que finalmente Jesús no pudo tener ese momento de descanso, porque la gente los vio, los persiguió y no les dio respiro; y además terminó compadeciéndose de todos y les siguió enseñando un largo rato.

Pero es bueno que de la escena de hoy nos quedemos con la intención de Jesús, Él quiso eso, aunque al final no se pudo. Él quiere también hoy que aprendamos a apartarnos, Él quiere que sepamos dejar un poco nuestras cosas de lado; incluso nuestras tareas apostólicas, nuestras tareas de caridad, del servicio que hacemos, cosas que Él mismo nos pidió; pero Él quiere que también nos apartemos para estar con Él, para reclinar nuestra cabeza en Él.

Y no es descansar por descansar, no es dormir por dormir, no es tirarse en la cama por tirarse en la cama; es aprender a apoyar nuestra cabeza en su corazón, como lo hizo el discípulo amado en la última cena. ¡Cuántas veces descansamos mucho y después todo sigue igual!

Por ahí ahora volviste, volvimos de las vacaciones en donde dormimos más, en donde cambiamos la rutina, pero todo sigue igual ¿por qué? Porque no descansamos con Jesús; porque descansaste solo o sola, porque hiciste la misma vida que venías haciendo, pero en otro lado, sólo cambiaste de lugar y no el corazón. Es necesario que aprendamos a descansar con Jesús, lo grita el corazón de cada uno de nosotros, lo necesita; sólo cuando descansamos con Él cinco, diez o los minutos que podamos cada día, sólo cuando nos sale bien de adentro estar con Él porque escuchamos su invitación: «Vení, vení a descansar»; sólo así tenemos resto, tenemos alegría suficiente para sobrellevar todo, tenemos ánimo grande para escuchar a nuestros hijos, a los compañeros, a los vecinos, a todos. Sólo así no nos molesta y no nos aturde la presencia –a veces agobiante– de los demás, de las personas que nos rodean y nos reclaman.

Pidámosle hoy a Jesús que nos diga al oído: «Vení a un lugar desierto, vení para descansar un poco». Ser cristiano, en definitiva, ser amigo de Jesucristo es trabajar con Él, pero también saber descansar con Él. Que Jesús hoy nos regale esa gracia a todos nosotros.

IV Viernes durante el año

IV Viernes durante el año

By administrador on 5 febrero, 2021

Marcos 6, 14-29

El rey Herodes oyó hablar de Jesús, porque su fama se había extendido por todas partes. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos» Otros afirmaban: «Es Elías.» Y otros: «Es un profeta como los antiguos.» Pero Herodes, al oír todo esto, decía: «Este hombre es Juan, a quien yo mandé decapitar y que ha resucitado.»

Herodes, en efecto, había hecho arrestar y encarcelar a Juan a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, con la que se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano.» Herodías odiaba a Juan e intentaba matarlo, pero no podía, porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía. Cuando lo oía, quedaba perplejo, pero lo escuchaba con gusto.

Un día se presentó la ocasión favorable. Herodes festejaba su cumpleaños, ofreciendo un banquete a sus dignatarios, a sus oficiales y a los notables de Galilea. La hija de Herodías salió a bailar, y agradó tanto a Herodes y a sus convidados, que el rey dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.» Y le aseguró bajo juramento: «Te daré cualquier cosa que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.» Ella fue a preguntar a su madre: « ¿Qué debo pedirle?» «La cabeza de Juan el Bautista», respondió esta.

La joven volvió rápidamente a donde estaba el rey y le hizo este pedido: «Quiero que me traigas ahora mismo, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»

El rey se entristeció mucho, pero a causa de su juramento, y por los convidados, no quiso contrariarla. En seguida mandó a un guardia que trajera la cabeza de Juan. El guardia fue a la cárcel y le cortó la cabeza. Después la trajo sobre una bandeja, la entregó a la joven y esta se la dio a su madre.

Cuando los discípulos de Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.

Palabra del Señor

Comentario

Algo del Evangelio de hoy es muy claro: Herodes es la personificación de la debilidad del corazón humano, del gran adversario de nuestra felicidad, el amor propio exacerbado  que a veces subido al pedestal del poder sea donde nos toque estar, vive una vida de “fantasía” por ese poder o deseo de más, deseo de agradar a otros, incapacidad de jugarse por las personas y finalmente de buscar el bien ajeno, sino que lo único que le interesa es mantenerse en un lugar de privilegio, de que sigan pensando bien de él.

En cambio, Juan el Bautista fue feliz, murió dignamente y por eso nadie olvidará su muerte, aunque haya sido fruto de un juego; en cambio de la muerte de Herodes ¿Quién se acuerda? Juan fue asesinado por un juramento barato de éste hombre viciado por el poder, por la seducción del baile de una joven, por un rato de vanidad, de cobardía; Juan el Bautista murió por la verdad, pero no por una frase que era verdad, o por una frase que era regla moral, de sentido común; Juan el Bautista murió por una verdad que él mismo vivía y disfrutaba porque, la verdad es vida y la verdad es camino, la verdad es Jesucristo. Y estar con Jesús nos asegura la felicidad de vivir en verdad, de estar en el buen camino.

Cuidado que nosotros somos así a veces –por más que no seamos poderosos–, somos así cuando cuidamos nuestro rancho a costa de todo, cuando callamos alguna verdad profunda que nos puede incomodar o puede incomodar a los demás y lo hacemos por miedo; Herodes habita en nuestro corazón cuando matamos lo que nos molesta, cuando le cortamos la cabeza a aquellos que antes admirábamos, cuando somos capaces de traicionar lo que más nos hacía feliz hace un ratito, y por miedo o falta de amor terminamos trayendo en la bandeja la cabeza de ese amor que hemos matado. Ser veraces y sinceros cuesta la vida, cuesta la vida que nos quieren vender, que nos quiere vender el mundo; pero al mismo tiempo nos da una vida que nadie nos puede quitar: la vida de los hijos de Dios, de la paz del corazón cuando hacemos lo que tenemos que hacer, la felicidad que da la satisfacción de la obra hecha con amor y por amor.

IV Jueves durante el año

IV Jueves durante el año

By administrador on 4 febrero, 2021

Marcos 6, 7-1

Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.

Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir.

Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos».

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.

Palabra del Señor

Comentario

El otro extremo con respecto el tema del demonio, su existencia y su acción en este mundo, es por supuesto el contrario a la exageración y lo más común hoy en día… su negación. O sea, el decir que no existe o bien el minimizar tanto su presencia que en realidad nos resulta más fácil “hacer” como que si no existiese. El mayor triunfo del demonio en estos tiempos es, justamente, que la mayoría de los cristianos piensen que no existe, digamos que así, “se hace una fiesta”. Es un ser más inteligente que nosotros, por eso cuando “nosotros fuimos, él ya fue y vino” y mientras caemos en los extremos, viendo demonios en todos lados, o bien, negando su existencia, él saca provecho de esas situaciones en miles y millones de almas. Ni una cosa, ni la otra. Lo más sano es, saber que existe sin darle demasiada importancia y al mismo tiempo, aprender a luchar contra sus engaños y artimañas que intentan, sutilmente, que cada día, que erremos el camino o bien nos vayamos alejando.

Cuando se anda por los extremos, se cae fácilmente en dos clásicos errores. Por un lado, echarle la culpa de todos nuestros males, errores y pecados al demonio y sus tentaciones, y, por lo tanto, la solución a esos problemas, vicios y pecados inevitablemente siempre la buscaremos en recetas un poco mágicas camufladas de espiritualidad sin asumir nuestras propias responsabilidades y sin tomar las decisiones que nos ayuden a cambiar o crecer más allá de las trabas que él puede ponernos en el camino. Otro error clásico es, olvidando que él existe realmente, reducir todos los problemas de nuestra vida a lo puramente humano, a “temas psicológicos”, culturales o lo que sea, cayendo en la ingenuidad e increencia de que, además de este mundo que vemos con nuestros ojos, existe un mundo espiritual que no vemos, en donde también se da una lucha por servir o no servir a Dios, y eso influye en nosotros también. Seguiremos con esto, mañana.

Escuchamos en Algo del Evangelio de hoy cómo Jesús envía a los doce, a esos doce que Él había elegido para que estén con Él, para que lo conozcan, para que conozcan su corazón; llega un momento de su vida en el que les pide que lo ayuden. Suena extraño, eso de que Jesús necesita la ayuda de los hombres para llevar el mensaje de conversión, el mensaje del Reino de Dios a todos los hombres y, además, claramente como dice el texto… “expulsar demonios, espíritus impuros”

Dios hecho hombre, Jesús, necesita de los hombres para llevar su mensaje, Él sigue utilizando las mediaciones humanas para que también el mensaje llegue a todos los hombres. Por eso, incluso en su vida pública, pide ayuda a los discípulos, a los que nombra apóstoles y los envía de dos en dos, no envía personas “solas”.

No podemos vivir una vida de fe solitariamente, y especialmente esto se dirige a los apóstoles o sea también a los sucesores de los apóstoles: a los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados. Es una misión especial que nunca puede ser solitaria. Erramos el camino en la Iglesia cuando los consagrados, todos los que son elegidos para llevar el mensaje la Palabra de Dios, piensan que pueden solos, que pueden ser “francotiradores” de la fe, que en la medida en que se aíslan y “hacen su rancho aparte” lo que hacen es lo mejor, piensan que esa es la mejor manera de evangelizar…

Eso es falso, el Evangelio nos enseña que no se puede evangelizar solos; porque evangelizar es transmitir con la vida el mensaje del misterio del Reino de Dios a los demás. Y el Reino de Dios es misterio de “relación”, es relación de amor. ¿Cómo podemos vivir en relación, si estamos solos? Sólo de a dos se puede vivir el amor, y sólo transmitiendo amor podemos predicar el mensaje de Dios a los demás.

Ojalá que podamos darnos cuenta que si andamos solos las cosas no funcionan. Sólo podremos descubrir la verdad en nuestra vida en la medida que establecemos relaciones con los demás, relaciones basadas en el evangelio.

Un matrimonio; una mujer, un marido, descubre la verdad de su corazón y la verdad de su vida, solamente abriéndose al otro, a los demás. Y abrirse a los demás ayuda a que otros también descubran el mensaje del Reino de Dios. Lo mismo pasa con los sacerdotes. Jesús no quiso estar solo, Jesús llamo a doce; no quiso enviarnos solos y en la Iglesia no estamos solos, somos una gran familia que como cuerpo de Cristo transmitimos el mensaje de un Dios que tampoco es solitario, de un Dios que es familia: es Padre, Hijo y Espíritu Santo.

IV Miércoles durante el año

IV Miércoles durante el año

By administrador on 3 febrero, 2021

Marcos 6, 1-6

Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: « ¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo.

Por eso les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa.» Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe.

Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.

Palabra del Señor

Comentario

Hay que reconocerlo, resulta medio complicado hablar de la realidad del demonio en estos tiempos. Es mucho más gratificante hacer como si no existiera, es más atrayente. Igualmente, antes que nada, hay que aclarar que nosotros los cristianos creemos en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, no creemos en satanás. O sea, no tenemos fe en él, no le creemos a él, no nos fiamos de él. Eso está claro. Lo digo, porque a veces en algunos ambientes cristianos, se habla tanto del demonio, algunos sacerdotes hablan tanto del maligno, que parece ser más importante que el mismo Dios y en vez de amar a Jesús las personas terminan teniéndole miedo a alguien que no conocemos. Hoy no es tan común, pero se da. La Iglesia enseña que el demonio existe, que es un ser espiritual, un ángel caído, un ángel que se rebeló a la voluntad del Padre y por eso se “autoexcluyó” del amor de Dios y junto a él, arrastró a muchos ángeles, que no sabemos cuántos son. Eso quiere decir, que es una creatura, no tiene otro rango que el de creatura. No es la personificación del mal, como si fuera que el mal es una fuerza opositora a Dios que anda dando vueltas por ahí y que lucha de igual a igual con Dios, como los antiguos mitos. No es una “energía” maligna, no es la “mala onda” del mundo que está en el aire, no es algo que está dentro de nosotros – aunque puede pasar – no es algo abstracto, sino que es un ser distinto a nosotros, más inteligente que nosotros, que intenta continuamente alejarnos del camino de la voluntad de Dios. Esa es su principal finalidad, distanciarnos, o bien, oponernos a lo que Dios desea para cada uno de nosotros, o sea la santidad, la felicidad. Y eso, lo hace de mil modos diferentes. Pero el modo más común no es la posesión como a veces se piensa, sino todo lo contrario, es la sutileza, el silencio, el anonimato, la mentira.

Al contemplar esta escena del algo del evangelio de hoy, los cristianos, los que creemos; debemos reconocer con humildad y nunca olvidar, la dificultad propia que tiene la fe, que significa tener fe o decir que la tenemos. A veces simplificamos mucho la fe, y aseguramos tener fe sin ahondar en lo que significa, o incluso criticamos a aquellos que no tienen fe y decimos ante ciertas situaciones: ¿Cómo no pueden creer? ¿Cómo si ven esto, no pueden creer?

Sin embargo, como creyentes, y creyentes que pensamos y usamos la razón que nos dio Dios; tenemos que reconocer que nuestra fe, intrínsecamente tiene una gran dificultad, es difícil creer. Si no reconocemos esto, estamos simplificando la fe y en el fondo, estamos menospreciando un don que es de Dios. Creer es un don que recibimos, la posibilidad de creer en Alguien que está más allá de lo que vemos, la posibilidad de creer que en la sencillez de las cosas podemos encontrar a Dios, la posibilidad de creer que esa persona que caminó por Galilea, ese hombre, era Dios que vino a estar entre nosotros; es un don, no podemos olvidarlo. Y es por eso que a muchos les cuesta creer; nos cuesta creer, porque no se tiene fe por evidencias o certezas científicas, porque lo humano se transforma en obstáculo para lo divino, para aquel que no tiene fe. Y por eso a veces a nosotros en nuestras casas, en nuestras familias, cuando queremos ser profetas, cuando queremos ser personas que muestren y anuncien que Dios está; se nos hace muy difícil, porque nosotros –y todos los demás– cuando hablamos de Dios, lo que buscamos es algo más grande, algo milagroso, algo que deslumbre.

El Señor vino a enseñarnos, justamente, que Él eligió un modo muy sencillo de hacerse presente en la humanidad y lo sigue haciendo a través de la Iglesia, a través de cada ser humano. En estos días, alguien que viene haciendo un proceso, un camino de conversión muy lindo y que no puede ir a misa los domingos por su trabajo, me decía algo así: “Si bien el silencio nos invita a la reflexión y a escuchar la voz de Dios, también creo que al encuentro del otro podemos encontrar a Dios, al fin y al cabo, todo es caridad. Es hallarlo en el otro, en un paciente, en un niño, en el colectivo al que está con una mirada triste, es regalar un buen día, una sonrisa. (…) No sé si pueda explicarme padre, sueño con una Iglesia que sea realmente católica, universal, en donde encontremos a Dios en los otros, en la misa, de los lunes o los domingos, o cualquier día, donde podamos desviar la mirada y pensar en aquel que no se acerca, o al salir de la misma iglesia”. Creo que no es necesario agregar mucho más, la palabra de Dios va obrando de modo maravilloso en el corazón de esta mujer.

Necesitamos fe para ver los milagros de Dios, necesitamos fe para darnos cuenta que Dios está presente. Por eso lo mejor que podemos pedir es la fe; no es pedir milagros. Si tenemos fe veremos milagros continuamente en lo sencillo de cada día. El milagro de poder despertar, levantarnos y ver todo lo que Dios nos regaló, nuestra familia, nuestros hijos, el milagro de haber recibido tantos dones espirituales y materiales.

Pidamos fe para poder descubrir que Él está siempre y que lo humano no sea un obstáculo para creer, sino todo lo contrario, el trampolín para confiar en su presencia.

IV Lunes durante el año

IV Lunes durante el año

By administrador on 1 febrero, 2021

Marcos 5, 1-20

Jesús y sus discípulos llegaron a la otra orilla del mar, a la región de los gerasenos. Apenas Jesús desembarcó, le salió al encuentro desde el cementerio un hombre poseído por un espíritu impuro. El habitaba en los sepulcros, y nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. Muchas veces lo habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarlo. Día y noche, vagaba entre los sepulcros y por la montaña, dando alaridos e hiriéndose con piedras.

Al ver de lejos a Jesús, vino corriendo a postrarse ante él, gritando con fuerza: «¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo de Dios el Altísimo? ¡Te conjuro por Dios, no me atormentes!» Porque Jesús le había dicho: «¡Sal de este hombre, espíritu impuro!» Después le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?» El respondió: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos.» Y le rogaba con insistencia que no lo expulsara de aquella región.

Había allí una gran piara de cerdos que estaba paciendo en la montaña. Los espíritus impuros suplicaron a Jesús: «Envíanos a los cerdos, para que entremos en ellos.» El se lo permitió. Entonces los espíritus impuros salieron de aquel hombre, entraron en los cerdos, y desde lo alto del acantilado, toda la piara -unos dos mil animales- se precipitó al mar y se ahogó.

Los cuidadores huyeron y difundieron la noticia en la ciudad y en los poblados. La gente fue a ver qué había sucedido. Cuando llegaron a donde estaba Jesús, vieron sentado, vestido y en su sano juicio, al que había estado poseído por aquella Legión, y se llenaron de temor. Los testigos del hecho les contaron lo que había sucedido con el endemoniado y con los cerdos. Entonces empezaron a pedir a Jesús que se alejara de su territorio.

En el momento de embarcarse, el hombre que había estado endemoniado le pidió que lo dejara quedarse con él. Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: «Vete a tu casa con tu familia, y anúnciales todo lo que el Señor hizo contigo al compadecerse de ti.» El hombre se fue y comenzó a proclamar por la región de la Decápolis lo que Jesús había hecho por él, y todos quedaban admirados.

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen lunes, buen comienzo de semana. No te desalientes, no dejes que te tire abajo la “modorra” de este mundo. Levantemos todos la cabeza y el corazón. Esto me hace acordar a la conversación que tuve una vez con un monje, que al despedirnos nos dijimos casi al mismo tiempo: “¡No te desanimes!” El me pedía que rece por él y yo le pedía que rece por mí, cada uno pensando, como nos pasa siempre, que lo de cada uno, la vida de cada uno, es la más difícil. Un sacerdote que vive en el mundo tiende a pensar que los monjes están mejor y que no necesitan tanto de nuestra oración y al revés, por ahí a algún monje le debe pasar lo mismo. Pero la cuestión es, que al decirnos, eso me salió decirle: “Bueno, más que pedir que no nos desanimemos, pidamos que no nos quedemos tirados cuando nos desanimemos” Dije eso pensando en que es imposible a veces no desanimarse. Creo que Dios no pretende que siempre estemos bien, humanamente hablando, sería imposible… lo que si desea de nosotros es que sepamos acudir a Él en los momentos difíciles y no busquemos otros consuelos. Bueno si andamos así, pensemos en buscarlo a Él, y si estamos bien, disfrutemos el estar bien, no vaticinemos problemas futuros.

El evangelio de hoy es largo para comentar, tenemos poco tiempo. Por eso me quedo con un par de ideas que tienen que ver con esto del desánimo, de la tristeza que a veces nos puede invadir. La felicidad tiene adversarios que tenemos que conocer. El maligno no quiere que seamos felices y, al mismo tiempo, el mundo nos inventa felicidades ilusorias poniéndonos obstáculos a la verdadera felicidad.       

Algo del Evangelio de hoy muestra otra vez a un demonio mentiroso. Quiere hacerle creer a Jesús que es uno, pero en realidad son muchos. Habla en singular, pero cuando Jesús le pregunta el nombre es una legión. El mal espíritu nos engaña siempre, está siempre engañándonos en el interior de nuestro corazón para que erremos el camino de la felicidad, para que en realidad sigamos donde estamos, habitando en “nuestros sepulcros”, en lugares muertos y a veces hasta haciendo que nos lastimemos a nosotros mismos. El engaño del demonio puede llevarnos incluso a eso. Nos aleja de los demás haciéndonos creer que “hacer la nuestra” es mejor, y finalmente logramos que ya nadie se nos quiera acercar. El demonio busca que andemos tristes, desanimados.

Lo segundo es fuerte, pero es real, y es que, no siempre el bien realizado es bien recibido. Fijate. Jesús hace un bien, pero lo echan del pueblo. ¿Qué extraño no? Todos ven el bien que hizo Jesús y sin embargo… ¿Qué termina siendo lo más importante para la gente de ese lugar, para este mundo? Lo de siempre, el dios dinero. La gente no soportó que se pierdan dos mil cerdos. Importa más el valor de los cerdos que ese hombre haya quedado liberado de los espíritus impuros. El mundo y ciertas personas son muy buenos hasta que le tocan el bolsillo. ¿No te pasó alguna vez? Serviste en un lugar, en un trabajo, hasta que lo que dominó la decisión fue el gasto que ocasionabas. Esto pasa cada día, es la perversa ley del mundo, pasa en muchos de nuestros ambientes. Lamentablemente el dinero, a veces, es el primer patrón.

Tengamos cuidado con los engaños del maligno que intenta que seamos felices a su manera, que intenta que tomemos atajos que no nos llevan a ningún lado, que intenta que vivamos desanimados. Tengamos cuidado con este mundo mentiroso, que se compadece, que nos quiere, hasta que le generamos un gasto, porque a partir de ahí somos un número más, un número que resta o que suma, pero un número, no una persona. Para Jesús somos personas, con dignidad, y por eso le pide al hombre que vuelva a su casa, que vuelva con su familia.

IV Domingo durante el año

IV Domingo durante el año

By administrador on 31 enero, 2021

Marcos 1, 21-28

Jesús entró en Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».

Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.

Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; ¡da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!» Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

Palabra del Señor

Comentario

El domingo es un lindo día para hacer un poco más de silencio después de tanto ruido “semanal”. Es necesario, aunque nadie nos enseñe a vivirlo, aunque no haya escuela para aprender a hacerlo. El que necesita ruido para tapar más ruido, es porque todavía no termina de encontrarse consigo mismo, con los demás y con Dios. Probá este día apagar un poco todos los aparatos que nos aturden tanto y no nos dejan escucharnos entre nosotros y mucho menos a Dios. El silencio no debería ser desesperación, sino encuentro, sirve para encontrarnos mutuamente, para amarnos mejor. El silencio en realidad es, para dar espacio al diálogo, para poder escuchar mejor y poder hablar bien a los otros, lo justo y necesario. Solo el que sabe hacer silencio puede escuchar realmente a los otros y hablar bien a los otros, sin gritonear ni adoctrinar continuamente. El día del Señor debería ser para nosotros esa oportunidad, por lo menos un inicio. Eso no quiere decir que tu casa se tiene que transformar en un monasterio, sino que hagas el intento de escuchar un poco más a los otros, de bajar los “volúmenes” que nos aturden por todos lados, para darte cuenta que las verdaderas palabras que hacen bien son las de Dios.

Sin embargo, mientras tanto, cada día escuchamos palabras, palabras y palabras, muchas palabras vacías. En nuestro país, en el mundo, incluso en nuestras familias, en la Iglesia. Las noticias que escuchamos todos los días son informes de los problemas que pasan, pero rara vez alguien se hace cargo de eso que dice que pasa. Las lindas noticias parecen ser cosas excepcionales.  Cuando escuchamos tanto parece que todos saben todo, pero en el fondo nadie resuelve seriamente los problemas. Los medios hablan, los políticos también, nosotros también. Los que manejan los destinos de los países les importa los problemas de la gente, eso dicen, pero mientras tanto no los viven, los ven de lejos. Todo parece una gran farsa. Pasa también dentro de la Iglesia, hablamos mucho pero no siempre hacemos lo que decimos, también hay mucha superficialidad. En definitiva, el mundo está lleno de personas sin autoridad, nosotros también actuamos sin autoridad cuando no somos coherentes con lo que decimos. Muchos consideran que, por hablar bien, con oratoria, dicen la verdad, pero en realidad dicen palabras vacías si eso no va acompañado de sus obras.

Así está el mundo de hoy y en medio de este mundo nosotros confesamos que “el Reino de Dios está cerca” como decía Jesús el domingo anterior. El Reino de Dios está entre nosotros y para nosotros esa es nuestra alegría. Esto quiere decir que Él está entre nosotros, aun cuando no lo parece, aun cuando pareciera que todo está medio perdido. Pero si no cambiamos, si no nos convertimos y creemos, difícilmente lo experimentaremos y nos alegraremos con esta linda noticia.

En Algo del Evangelio de hoy Jesús aparece como el Profeta, el verdadero Profeta que habla con autoridad, no solo porque “sabe” lo que dice o porque lo dice lindo, sino porque vive realmente lo que dice. Eso es tener autoridad, experimentar en carne propia lo enseñado, por eso “todos estaban asombrados de su enseñanza” y además, porque su palabra hacía lo que decía. Jesús nos maravilla porque no habla por hablar; no miente al hablar; ni impone al hablar; no embauca al hablar; no engaña a nadie al hablar; no grita al hablar; no genera miedo al hablar. Sino todo lo contrario. Habla cuando tiene que hablar; habla con firmeza, pero con amor; habla para sanar y consolar; habla para decir la verdad; habla para mostrar el camino; habla para dar vida; habla con autoridad, vive lo que dice y después lo dice.

Por eso Jesús termina de enseñar y demuestra su autoridad expulsando un demonio que lo quiere increpar. “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?” Jesús quiere que el demonio se calle, que nos deje de molestar, que nos deje de engañar. Jesús no solo vino a enseñar una doctrina, sino que vino a vencer al que deforma al ser humano, haciéndolo inhumano por el pecado. Él nos quiere ayudar a distinguir su voz de la del demonio que siempre nos está llamando por la otra oreja.

No dejemos que las voces de este mundo sin autoridad, nos llenen la cabeza y el corazón. No dejemos que la voz del maligno nos haga “creer” que Jesús no está o no actúa. No nos dejemos engañar por el demonio que desea justamente que nos olvidemos de que él también actúa. No nos olvidemos que Jesús ya lo venció, que solo Él tiene el verdadero poder.

Pidamos hoy dos gracias. Maravillarnos de las palabras, del modo de enseñar de Jesús, de su autoridad, preguntándonos cómo estamos ejerciendo nuestra autoridad como profetas en medio de este mundo. ¿Hablamos por hablar o hablamos de lo que vivimos? Y, por otro lado, pidamos saber distinguir las palabras de Dios, de las del demonio que andan dispersas por ahí queriéndonos engañar. Jesús es más fuerte, no tengamos miedo.

III Sábado durante el año

III Sábado durante el año

By administrador on 30 enero, 2021

Marcos 4, 35-41

Al atardecer de aquel día, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos a la otra orilla.» Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya.

Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal.

Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?»

Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!» El viento se aplacó y sobrevino una gran calma.

Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?»

Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?»

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué lindo sería tener más tiempo cada día para dedicarnos en serio a la lectura y meditación de la Palabra de Dios! Nuestros corazones cambiarían, el mundo cambiaría. Me lo planteo como sacerdote, siempre. En especial cuando experimento que justamente cuando más le dedico a la oración, más distinto se hace el día, más tiempo tengo para amar, todo lo contrario, a lo que pensamos. Seguro que alguna vez te pasó. Y es ahí cuando me digo: ¡Si hiciera esto todos los días, con amor nuevo, con constancia, con decisión, que distintos serían mis días! Pero lo que me pregunto y te pregunto, ¿nos faltará tiempo o nos falta amor? Son muchas las personas que nos dicen a los sacerdotes: “Padre, no puedo rezar, no pude ir a misa porque no tengo tiempo”. San Juan Pablo II cuando estuvo en Argentina desde hace muchos años dijo algo así: “El cristiano que dice que no tiene tiempo para rezar lo que le falta no es tiempo, sino amor” ¿Hace falta que te explique esta frase? Creo que no. No me falta tiempo en mi día, aunque a veces quisiera que el día dure un poco más, lo que me falta, lo que nos falta es un poco más de fe y de amor, para saber que Jesús siempre está para escucharnos, aunque parezca dormido, que siempre está en cada sagrario, en cada adoración, en cada instante del día. No nos falta tiempo, ni a vos ni a mí, nos falta amor, amamos poco. El que ama en serio se hace tiempo para estar con el que ama. Nos falta hacernos el tiempo para lo que realmente vale la pena.

Estuvimos esta semana reflexionando sobre la conversión, el cambio que Dios nos pide. Creo que esto nos ayudó a tomar dimensión de lo que nos perdemos cuando escuchamos mal, cuando no ponemos algo más de nosotros, cuando queremos las cosas fáciles, sin lucha, sin constancia y nos olvidamos que la gracia actúa, pero que también necesita de nosotros. Nunca tenemos que olvidar que la Palabra de Dios, como escuchábamos ayer, tiene una gran fuerza por sí misma, aunque nosotros no lo percibamos, pero que al mismo tiempo, necesita tierra fértil, necesita conversión.  Tenemos que recordar también que el Reino es de Dios, no de nosotros. No es el Reino mío, en donde todo depende de nosotros, de nuestro esfuerzo, sino que es el Reino del Padre, con su Hijo y sus hijitos, que somos nosotros. Él no quiere que ninguno se pierda, él necesita de cada uno de nosotros para continuar su obra, pero al mismo tiempo, puede hacerlo sin nosotros, no somos absolutamente indispensables, el Reino crece mientras dormimos, nos levantamos, crece porque Él lo hace crecer, aunque parezca dormido.

Hoy, prefiero tomar algo del evangelio y no hacer el resumen de esta semana porque el evangelio es demasiado bueno, demasiado lindo. Quiero tomar una idea, o una imagen. Jesús durmiendo mientras todo parece que se va “llenando de agua”. Increíble. ¿Quién de nosotros no hubiese tenido la misma actitud de los discípulos? ¿Quién de nosotros no tuvo alguna vez la misma reacción para con Jesús?: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?» “¿Jesús, no te importa que nos tape el agua de la injusticia, de la insensatez, de la amargura, del pecado, de los vicios, de la pobreza, de la maldad, de nuestras debilidades, de la depresión, de todo lo que nos ahoga y nos hace vivir inestables, pensando que en cualquier momento esto se puede hundir? ¿No te importa? Decinos la verdad Jesús, ¿No te importa?” Una imagen puede más que mil palabras, y a veces el silencio de Dios es también un modo de comunicarse. Dios no se comunica con nosotros solo hablando, sino también durmiendo, sino también con sus silencios que a veces nos desesperan. ¿Qué raro no? El silencio de Dios es también semilla del Reino sembrada en nuestros corazones que dará fruto a su tiempo. A Jesús si le importa que nos “ahoguemos”, aunque no parezca, por eso se levanta cuando es necesario y hace “callar al viento y al mar que se pone bravo” y nos quiere tapar. Pero lo que realmente le importa a Jesús, es que perdamos la fe, es que dudemos de Él, de su presencia en la barca de este mundo. Eso es en realidad “ahogarse”, perder la confianza, dejar de creer que Él está aun cuando parece dormido. Es ahí cuando tenemos que sentirnos ahogados en serio. No cuando las cosas del mundo nos sobrepasan, cuando lo externo parece que nos “inunda”, sino cuando el corazón se inunda de angustia, cuando deja de creer, de confiar, cuando deja de hablar con Jesús, cuando deja de escuchar. Cuando estés así, ahí preocupate, ahí pega el grito.  Mientras tanto, todo lo demás es solucionable de una manera u otra.

Terminemos esta semana escuchando a Jesús, tranquilos, en silencio, mientras todo el mundo anda de acá para allá buscando no sé qué, nosotros busquemos otra cosa, escuchemos otra cosa: «¿Por qué tenés miedo? ¿Cómo no tenés fe?»

III Viernes durante el año

III Viernes durante el año

By administrador on 29 enero, 2021

Marcos 4, 26-34

Jesús decía a la multitud:

«El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha.»

También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra.»

Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.

Palabra del Señor

Comentario

El verdadero cambio se da en el corazón. Cuando el corazón de una persona cambia, por más que afuera siga todo igual, para esa persona todo cambia. El mundo cambiaría si los corazones de todos se decidieran a cambiar. Mientras tanto, todo seguirá igual. Son puras ilusiones las propuestas o planes de cambio que no implican el cambio del corazón. No alcanza todo el dinero del mundo para cambiar de raíz toda la maldad de este mundo, toda la superficialidad y mediocridad, incluso los problemas sociales, la pobreza, por ejemplo. Nuestra mayor pobreza, en realidad, es la del corazón, pobreza entendida como mezquindad, y por eso hay pobreza material, por eso hay tanta desigualdad. Todos experimentamos esta mezquindad del corazón, sino, no se entiende que este mundo tenga tanto para dar, pero ese tanto este repartido entre unos pocos o bien a veces los que tienen poco quieran tener mucho más a costa de todo. Tanto pobres, como ricos materialmente estamos atravesados por una gran debilidad del corazón y es la de esperar que el cambio venga desde afuera y no darnos cuenta que somos nosotros los que podemos empezar a cambiar desde ahora, en este instante, si lo quisiéramos. ¿Vos querés cambiar? ¿Te das cuenta que podés cambiar si lo quisieras? ¿Podrías ser más generoso, menos ambicioso? ¿Podrías mostrarte más sonriente con los demás, con los que te cuesta? ¿Cuántas cosas podrías cambiar si realmente te lo propusieras?

Esto es algo que no tenemos que olvidar nunca. El cambio empieza desde el corazón, Jesús nos pidió que nos convirtamos desde adentro, quiere que cambiemos el corazón. Quiere darnos un corazón de carne, está cansado de nuestras durezas de corazón, de esas partes de nuestro corazón que se van haciendo de piedra. ¿Confías, crees que podés cambiar?

Podríamos dar mil ejemplos de esto, de cómo se cambia, pero podemos entenderlo con Algo del Evangelio de hoy, con ésta parábola maravillosa de hoy: “¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios?” El Reino de Dios, la propuesta de amor de Dios Padre hacia nosotros, por medio de su Hijo Jesús, es incomparable, no se puede agotar con imágenes, pero si se puede intentar comparar con algo que nos ayude. Como hoy, con un hombre que siembra, una semilla que crece más allá de sus esfuerzos, y una cosecha que llega a su tiempo, en el momento oportuno, cuando está maduro el grano, más allá de los apuros del sembrador, pero todo se da “desde adentro”, en el silencio, de noche y de día.

Podríamos decir que escuchar, rezar y meditar la Palabra de Dios cada día es parecido a esto. Hay algo que nos supera y que produce fruto mientras dormimos, mientras descansamos, mientras nos enojamos, mientras nos entristecemos, mientras pensamos que no vale la pena, incluso mientras nos alejamos, mientras nos olvidamos, mientras nos encaprichamos, mientras nos superficializamos con este mundo consumista y egoísta, mientras todo gira a nuestro alrededor sin parar. Un protagonista de la parábola, y no menos importante, es la semilla, el mensaje, el amor que lleva en sí la palabra, ya que tiene su propia fuerza, es viva, no es palabra seca, vacía, muerta. ¡Qué linda noticia! ¿No te alegra? A mí muchísimo, me anima a poder cambiar, me ayuda a acordarme lo que ya logró en mí la palabra, silenciosamente, desde adentro.

Confiemos todos en la semilla, no tanto en nosotros, en mí al transmitirla o en vos al escucharla. Confiemos en que la Palabra que Dios sembrada día a día en nuestras almas va a dar su fruto a su tiempo, nos va a ir cambiando lentamente el corazón, tarde o temprano, aunque estemos dormidos, distraídos, en cualquier cosa. Lo importante es perseverar, permanecer. Es como la lluvia, que no vuelve al cielo sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado.

Muchos oyentes me contaron que escuchan los audios, la palabra de Dios en familia, o como matrimonio. ¡Qué lindo! Qué bueno sería que todos podamos hacer eso, hacer el esfuerzo diario de escuchar juntos, para comprometerse a cambiar juntos. ¡Cómo cambiarían nuestras familias, qué bien nos haría a todos! No dejes de escuchar nunca, no te canses de hacer el esfuerzo por prestarle atención a Jesús, que la cosecha llegará a su debido tiempo, cuando corresponda, cuando madure.