Book: Marcos

I Martes durante el año

I Martes durante el año

By administrador on 12 enero, 2021

Marcos 1, 21-28

Jesús entró a Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».

Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.

Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: « ¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!» Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué mal usamos a veces la palabra poder! O también podríamos decir que mal usamos el poder que todos tenemos. Está tan embarrada esa palabra que pareciera que tener poder no es tan bueno, y, sin embargo, en el verdadero sentido de la palabra, todos tenemos “algo de poder” y no tenemos que tener miedo a decirlo. Ser hombres es tener libertad y tener libertad es tener un gran poder en nuestras manos. Vuelvo a decir, ¡Qué mal usamos a veces la palabra poder! Incluso la usamos mal para hablar del mismo Dios, de Jesús. Sin embargo, el evangelio del domingo decía: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo…” Juan Bautista también tenía poder, como vos y yo. Todos tenemos poder, pero Jesús es más poderoso que nosotros… esa es la cuestión. Ahora… ¿Qué es tener poder? ¿Qué es el poder? ¿Qué significa tener poder? ¿Qué hizo Juan Bautista con su poder? ¿Qué hizo Jesús con su poder? ¿No será que el poder tiene más que ver con el poder cambiar uno mismo? Intentaremos seguir reflexionando sobre esto en estos días.

¡Cómo cuesta cambiar ciertas cosas en nuestra vida! ¡Cómo cuesta cambiar cuando nos damos cuenta que es necesario cambiar, que es necesario hacer un esfuerzo para ser distintos, para amar! Acordate que amar es cambiar sin dejar de ser lo que somos, pero no se ama sin hacer un esfuerzo y todo esfuerzo implica un cambio, de lugar, de pensamiento, de actitud, de sentir! Amar es también ir descubriendo quienes somos, es ir conociéndonos más, conociendo nuestra vocación, nuestra misión, el sentido de nuestra vida. Ayer escuchábamos que Jesús llamaba a unos pescadores, para transformarlos en pescadores de hombres, para ayudarlos a que se den cuenta que estaban hechos para cosas más grandes. Pero eso lo fueron descubriendo poco a poco, en la medida que se dejaron amar por Jesús, en la medida en que fueron aprendiendo de Él, a medida que se fueron conociendo, con sus limitaciones y capacidades.

Es bueno que cada uno vaya pensando y rezando, de la mano de Algo del Evangelio, qué cambios podemos hacer en nuestra vida. Qué cambios están al alcance de nuestras manos. A veces no son grandes cosas, te diría que es todo lo contrario, muchas veces los grandes cambios empiezan con cosas muy sencillas y silenciosas, pero cuestan mucho porque a veces no las vemos. A veces es “desacelerar”, otras veces será “bajar un cambio”, muchas veces orientar el rumbo desviado, por ahí será volver a encontrar el rumbo perdido, otras será dejar de hacer ciertas cosas, de pensarlas, de taparlas, quien sabe, mil maneras, mil formas de cambiar para creer. ¿Cambiar por cambiar? No, cambiar y creer, cambiar para encontrar el Reino de Dios que está entre nosotros y no lo vemos. Creer que Jesús vino a inaugurar una etapa nueva de la historia, de nuestra vida, como aparece claramente en el evangelio de hoy.

La primera acción concreta de Jesús es la de expulsar un demonio. Es verdad que dice que Jesús enseñaba, enseñaba de una forma distinta, con autoridad, o sea, haciendo lo que decía, no como nosotros que a veces enseñamos lo que no hacemos. Pero detengámonos en la autoridad de Jesús para vencer al malo, al maligno. No hay que olvidarse de esto, no podemos pasar de largo en el evangelio esto. Jesús vino a vencer al maligno, y lo hizo claramente: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros?» Sí, Jesús vino a acabar con el malo en este mundo y lo que nos hace mal. El demonio es un mentiroso, pero a Jesús no le puede mentir. El demonio habla en plural, pero Jesús le habla en singular: «Cállate y sal de este hombre». Jesús lo descubre. Lo vence con la verdad, el demonio nos quiere vencer con la mentira. ¡Qué linda noticia! Jesús vino a “acabar” con el padre de la mentira. No hay porqué temer, no tenemos que temer. No hay que negar su existencia y su insistencia en alejarnos de Jesús, pero no hay que darle más entidad de la que tiene, Jesús vino a acabar con el demonio, vino a vencerlo para que nosotros aprendamos a vencerlo con la verdad.

Un cambio que está al alcance de nuestras manos, de nuestra decisión, es salir de la mentira dejando que Jesús la eche con su Palabra. No dejarnos engañar por el demonio que siempre prefiere mentirnos y mantenernos en la mentira. La verdad espanta al demonio, la verdad lo aleja. No porque estemos poseídos, eso es raro, sino porque muchas veces no enfrentamos nuestra propia verdad, la verdad de nuestra vida, la tapamos, la ocultamos, la pateamos y por eso andamos así, como se dice, a los ponchazos.

I Lunes durante el año

I Lunes durante el año

By administrador on 11 enero, 2021

Marcos 1, 14-20

Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia».

Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores. Jesús les dijo: «Síganme, y Yo los haré pescadores de hombres». Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.

Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, espero que empieces una linda semana escuchando más a Jesús, todos juntos escuchando más a Jesús; cada uno desde su lugar, cada uno desde su situación, desde su vocación. Eso no importa tanto, lo importante es que todos escuchemos cada día la Palabra de Dios y escuchándolo a Él podamos conocerlo y amarlo más; y amándolo más colaboremos un poco, cada uno desde su lugar a hacer un mundo algo mejor, con más caridad, con más paz.

Como decíamos ayer, empezamos un tiempo distinto, también un tiempo distinto en el que nos acompañará otro evangelio durante la semana y también los domingos (salvo en algunas excepciones). Empezamos hoy a leer y escuchar el evangelio de Marcos.

Y las primeras palabras de Jesús son éstas: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia». Conviértanse en realidad viene de la palabra griega “metanoia” que significa “cambio de mentalidad”; Jesús nos invita al cambio, al cambio profundo y no al cambio por afuera, a hacernos una “chapa y pintura”. Hay que cambiar de mentalidad para reconocer el Reino de Dios que está cerca; hay que cambiar el corazón y la mente para reconocer la humildad de un niño nacido en un pesebre bien pobre; hay que cambiar la manera de pensar sobre cómo es Dios y cómo lo esperamos ver, a veces para darnos cuenta de que Dios es omnipotente pero mucho más sencillo de lo que pensamos; no es solo una cambio moral, de nuestros comportamientos (cosa que es necesaria) es también muy necesario cambiar nuestra mentalidad sobre cómo miramos la realidad, la nuestra y la que nos rodea. Entonces podemos preguntarnos ¿Qué es primero, cambiar las actitudes o la mentalidad? Es difícil decirlo, casi como decir qué es primero, el huevo o la gallina. Pero lo que sí podemos decir es que “convertirse” para la Palabra de Dios, primero no significa ser bueno, portarse bien, ser perfecto y no equivocarse; como muchas veces nos enseñaron o aprendimos.

Convertirse significa animarse a cambiar nuestras estructuras mentales que se transforman en barreras, para que después pueda penetrar el evangelio, para poder después aceptar los modos de ser de Dios, su manera de amar y de enseñarnos a amar. Porque Dios muchas veces termina siendo muy ilógico según nuestro modo de ver las cosas; o dicho de otra manera, la lógica de Jesús termina chocando con nuestra pobre lógica que muchas veces pretende ser la verdadera sin aceptar la de Dios. Cambiar quiere decir aceptar antes que nada que la lógica de Dios, su amor, muchas veces es ilógico para nosotros y eso nos cuesta aceptarlo.

Cambiar es lo más difícil de nuestra fe. Cambiar implica una gran violencia interior. Quiere decir que tenemos que doblegar muchas cosas que sin darnos cuenta nos dominan. Por ejemplo: Podemos pasarnos la vida diciendo que creemos, que amamos a Jesús, que esto y que lo otro; pero cuando viene el dolor en nuestra vida, cuando nos toca la puerta el sufrimiento propio o ajeno, somos capaces de tirar todo por el balcón porque no comprendemos que pueden pasar algunas cosas, porque pretendíamos algo distinto de Dios. A todos nos puede pasar. Por eso aprovechemos hoy para pedir la fe verdadera, no la que yo me fabriqué sin querer. Nadie está exento de enojarse o de no comprender a Dios, es muy humano y a veces necesario para reconocer en serio qué significa creer. Pero mientras tanto no esperemos que nos pase. Convertirse es cambiar, cambiar es difícil, cambiar es salir de la comodidad para creer en un Dios que también cambió por nosotros.

Jesús nos llama, como a Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Ellos se dejaron atrapar por lo distinto, por un Jesús que seguramente los cautivó, si no, no hubiesen dejado todo así nomás. Se dejaron convertir el corazón y creyeron. Después junto a Él fueron aprendiendo y conociéndolo verdaderamente. No lo conocieron solo ese día, sino durante toda su vida. Nosotros podemos andar en la misma. Pidamos saber cambiar para creer y creer para poder cambiar.

Pidamos sentirnos llamados por Jesús que pasa por la orilla de nuestras vidas, nos ve trabajando, nos ve “estando en la nuestra” y nos vuelve a decir: “Seguime”. Animate a creer en un Dios que es distinto a lo que vos crees, animate a creer en un Dios que te invita a veces a lo inesperado, a lo sorpresivo, a lo que nos conduce a lo desconocido; pero que finalmente nos dará la verdadera alegría, la verdadera luz que necesitamos en nuestras vidas.

Fiesta del Bautismo del Señor

Fiesta del Bautismo del Señor

By administrador on 10 enero, 2021

Marcos 1, 7-11

Juan predicaba, diciendo:

«Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.»

Palabra del Señor

Comentario

Con la fiesta de hoy, la del bautismo de Jesús, dejamos atrás el tiempo de navidad para comenzar un nuevo tiempo de la Iglesia, un tiempo litúrgico distinto, el más largo del año, llamado tiempo común o tiempo ordinario. Ya pasaron los días en los que intentamos profundizar el misterio de un Dios que se hizo ternura, se hizo niño, para que nos “encariñáramos” con Él. Ya pasaron los días del nacimiento, de la familia de Nazaret, de su manifestación a los sabios de oriente, de la epifanía. Con la fiesta de hoy empieza la llamada “vida pública” de Jesús, empieza su ministerio, su servicio hacia toda la humanidad, empieza a gestarse lentamente el porqué de su venida al mundo, el para qué de su vida entre nosotros.

Nada de lo que eligió vivir Jesús fue en vano, fue sin sentido, fue simplemente una anécdota más para contar. Nada de lo que está relatado en los evangelios es superficial, está demás, no vale la pena. Al contrario, todo está perfectamente, por decir así, pensado por Dios para nuestra alegría y salvación. Jesús no hizo las cosas para que “parezca” que era necesario, que era importante, sino porqué fue necesario e importante. Así debemos leer y escuchar el evangelio, así debemos recibir las palabras que nos fueron transmitidas, no como palabras de hombres, sino como lo que son, palabras de Dios. Cuando sentimos y vivimos las cosas así, cada detalle, cada palabra se vuelve alimento, de transforma en vida, nos puede llenar el corazón que parece insaciable. De la misma manera que para los enamorados todo se vuelve “excusa” para amarse, para encontrarse, para sentirse cercanos.

Dicho esto, Algo del Evangelio de hoy parece llevarnos por el rumbo de preguntarnos sobre la necesidad del porqué del bautismo de Jesús. ¿Para qué? ¿Qué sentido tuvo y porqué lo hizo? Si no tenía pecado y nunca lo tendría… ¿Era necesario?

Jesús se hizo bautizar haciendo “la fila” como cualquier otro. Algo extraño. Se acercó a Juan el Bautista para ser bautizado como si fuera un pecador más. Todavía nadie lo conocía, sin embargo, Él se hizo conocer en medio de su pueblo, compartiendo la debilidad de todos. ¿Cómo iba a ser posible que nos encariñáramos con alguien lejano, con alguien distinto, con alguien que no se identificara realmente con nosotros?

Tenemos un Dios un poco “loco”, dicho con amor, en realidad loco por amor, loco de amor, un Dios que hace lo que “no le corresponde” por amor a nosotros. Porque en definitiva el verdadero amor “hace” eso, hace lo que está más allá de lo necesario, lo que aparentemente no corresponde, para acercarse al que puede sentirse menos y teme el ser amado. Por eso el bautismo de Jesús, aunque en cierto sentido no era necesario, por el lado del amor si era necesario, y como Dios es amor, era realmente necesario. ¿Cuántas veces en tu vida hiciste cosas por los demás, por tus hijos, por tus más queridos, cosas que no eran necesarias aparentemente, pero el amor que brotó de tu corazón, las transformó en necesarias, el amor te hizo hacerlas y nunca te arrepentiste? ¿Cuántas veces hiciste cosas para que otro no se sienta menos, para que los otros se sientan amados, aunque en principio no te correspondían? Bueno, algo similar podemos pensarlo de Jesús, con la inmensa diferencia que Él siendo Dios se hizo hombre, y siendo hombre, fue uno de “tantos”.

Jesús se solidarizó con cada uno de nosotros por amor. Se sumergió en las aguas del río Jordán, se dejó “mojar” por las aguas impuras por el pecado de los hombres. Cargó sobre sí los pecados de todo el mundo y ese día empezó su camino hacia la cruz, su camino de obediencia al Padre.
Decimos que Jesús es la Palabra del Padre a los hombres, bueno… la primera palabra de la Palabra, no es una palabra, es un gesto, un gesto de humildad. El poder de Dios se manifiesta, como siempre, en la humildad, en el despojo, en la destrucción de la soberbia, del egoísmo, del poder mundano. La humildad de Dios quiere ablandarnos el corazón para mostrarnos el camino que tarde o temprano debemos hacer todos, por más arriba que nos creamos.

El que nos salvó fue humilde. El que nos perdona es humilde. El que se entrega cada día en la Eucaristía por nosotros, es humilde. La humildad es su virtud, es su fuerza, es su poder.

Aprendamos de Jesús que “hizo la fila” como cualquier otro hombre. Aprendamos a ser y comportarnos como hijos amados de Dios, pero hijos humildes de Dios-Padre, que sienten y viven, no con autosuficiencia, sino, sabiendo que todo se recibe de Él, que el camino es la humildad.

Para vivir como hijos, hay que saberse y sentirse hijo. Qué lindo que cada uno pueda hoy escuchar en su corazón las mismas palabras que dijo el Padre al abrirse el cielo cuando Jesús fue bautizado: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.” ¿Te sentís amado por el Padre, elegido, predilecto? Entonces… vivamos como hijos, vivamos como el Hijo, siendo humildes.

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 9 enero, 2021

Marcos 6, 45-52

Después que los cinco mil hombres se saciaron, en seguida, Jesús obligó a sus discípulos a que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, hacia Betsaida, mientras él despedía a la multitud. Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar.

Al caer la tarde, la barca estaba en medio del mar y él permanecía solo en tierra. Al ver que remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra, cerca de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el mar, e hizo como si pasara de largo.

Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban sobresaltados. Pero él les habló enseguida y les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman.» Luego subió a la barca con ellos y el viento se calmó.

Así llegaron al colmo de su estupor, porque no habían comprendido el milagro de los panes y su mente estaba enceguecida.

Palabra del Señor

Comentario

Ya estamos llegando al final del tiempo de Navidad, este tiempo tan lindo en el que intentamos descubrir y admirarnos del Dios con nosotros, de ese niño que nació para darnos todo, por amor. En breve empezaremos el tiempo llamado ordinario, el tiempo común de la Iglesia; donde empezaremos a meditar la vida pública de Jesús.

La Iglesia nos regala hoy un evangelio para meditar qué es lo que el Señor nos quiere enseñar, contemplar un poco el modo de actuar del Señor para poder llevarlo a nuestra vida. Si uno se pone a pensar, en la palabra de Dios, no hay relatados muchos episodios en donde se muestra a Jesús navegando con sus discípulos en el mar -por decir así- descansando, contemplando la naturaleza; donde diga que los discípulos estaban remando y que Jesús estaba con ellos disfrutando. Y uno puede pensar “¿Será que no pasó nunca? ¿O pasó y no está contado?”. Yo creo que es lindo pensar que sí pasó, en tres años de vida pública junto con sus discípulos habrá habido un montón de momentos en los que seguramente disfrutaron de estar en el Mar de Galilea navegando; aunque siempre lo hicieron mientras Jesús iba de acá para allá trabajando, pero ¿y entonces por qué no está contado?

Porque en el Evangelio están contados los episodios de la vida de Jesús que nos quieren ayudar a experimentar y asimilar la salvación de Dios, a experimentar la salvación de Jesús que viene a traernos; por eso están contados estos momentos en los cuales el Señor aparece como para tranquilizar, aparece en momentos de tormenta. Él aparece en momentos en los que los discípulos están remando. Entonces por un lado hay que pensar eso, que la vida no es siempre esto, la vida no es siempre penosa, o remar y remar y no sentir a Jesús; pero, por otro lado, tenemos que pensar que está contado justamente para tranquilizarnos y ayudarnos en los momentos en los que sí nos pasa eso, porque parte de nuestra vida es así.

Y bueno, pensemos tres cosas de Algo del Evangelio de hoy:

Primero ver como Jesús obliga a los discípulos a mandarse solos, Jesús los obliga a que se adelanten, Él a veces “nos obliga a andar solos” aunque siempre estamos acompañados con otros hermanos, con otros discípulos, nos manda solos al mar de este mundo para que aprendamos también a manejarnos, para que aprendamos también a remar, a remar contra el viento en contra que tenemos, pero sabiendo que nunca deja de estar a nuestro lado, aunque parezca, aunque no lo sintamos.

Y esto es lo segundo, este mundo muchas veces se nos vuelve en contra, tantas cosas que se nos vuelven en contra, nuestras propias debilidades, nuestros propios pecados que arrastramos y parece que remamos y remamos y no avanzamos, las mismas cosas del mundo que se nos presentan como atrayentes y nos hacen pensar que es lo más fácil, nuestra propia familia, nuestros propios dolores, los propios problemas, la falta de salud, de trabajo… Tantas cosas que se nos vuelven en contra. Bueno, muchas veces tenemos que remar en contra, y se nos vuelve muy difícil y penoso; y eso nos pasa a todos, no estamos solos, aunque pensamos que estamos solos en la barca, siempre estamos con alguien. Jesús mandó a los discípulos en grupo, siempre tenés a alguien para ayudarte a remar, siempre tenés a alguien en tu familia, siempre tenés algún amigo, siempre tenés un sacerdote conocido, siempre tenés alguien que podés mirar y que está remando con vos, no pienses que estás solo.

Jesús “nos obliga” a andar solos, a remar solos para que aprendamos, para que maduremos, pero en realidad siempre hay alguien con nosotros, fundamentalmente Él.

Y lo último; lo tercero, Jesús aparece solo, y sólo para calmarnos, sólo para tranquilizarnos, para hacernos perder el temor; Él se aleja, pero para que nos demos cuenta de que siempre está, de alguna manera se esconde, se hace como un fantasma, pero en el fondo Él siempre está.

“Tranquilícense soy yo, no temas.” Él está siempre. Mirá a tu alrededor, parece que cuando remás estás solo, pero levantá la cabeza que tenés a alguien que te quiere ayudar y por supuesto, que tenés a Jesús que se sube a la barca de nuestra vida, a la barca de la Iglesia, a la barca de lo que te está pasando para tranquilizarte. Si estás así, mirá a tu alrededor que vas a ver que siempre hay una posibilidad para pedir ayuda. Que el Señor hoy nos consuele, que nos ayude a seguir remando y nos ayude a seguir caminando en las dificultades de esta vida.

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 8 enero, 2021

Marcos 6, 34-44

Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

Como se había hecho tarde, sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto, y ya es muy tarde. Despide a la gente, para que vaya a las poblaciones cercanas a comprar algo para comer.»

El respondió: «Denles de comer ustedes mismos.»

Ellos le dijeron: «Habría que comprar pan por valor de doscientos denarios para dar de comer a todos.»

Jesús preguntó: «¿Cuántos panes tienen ustedes? Vayan a ver.»

Después de averiguarlo, dijeron: «Cinco panes y dos pescados.»

Él les ordenó que hicieran sentar a todos en grupos, sobre la hierba verde, y la gente se sentó en grupos de cien y de cincuenta.

Entonces él tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran.

También repartió los dos pescados entre la gente.

Todos comieron hasta saciarse, y se recogieron doce canastas llenas de sobras de pan y de restos de pescado. Los que comieron eran cinco mil hombres.

Palabra del Señor

Comentario

Volver a mirar al cielo cada tanto, cuando empezamos a meditar la Palabra de Dios; volver a concentrarnos en lo que escuchamos, volver a tener un signo que nos ayude a rezar mejor, como una cruz, como una vela, como una imagen; muchas veces son como “condimentos” que nos hacen muy bien para poder rezar realmente con la Palabra de Dios. Eso es lo que buscamos: rezar, escuchar, poder dialogar, poder decirle algo a partir de esa Palabra que quedó para siempre en nuestras manos y en los corazones de cada creyente.

Por eso te propongo que, hoy escuchando el milagro de Jesús de la multiplicación de los panes, puedas hacer este ejercicio; volver a mirar al cielo, volver a mirar una imagen, volver a mirar de alguna manera algo que te ayude a transportarte a ese lugar.

En Algo del Evangelio de hoy hay un detalle importante que aparece también en otros milagros, y es que Jesús les pide a los discípulos de alguna manera que se hagan cargo: “Traigan ustedes los panes y denles de comer” “Denles de comer ustedes mismos”, que ellos mismos –los discípulos, nosotros– les demos de comer. En verdad Él sabía que no podían, sabía que para ellos era imposible, que ellos no van a multiplicar los panes, ni siquiera saben compartir lo que tienen; sin embargo, Jesús los anima a que ellos se hagan cargo de la situación.

Él se compadece de nosotros, de toda la humanidad y por eso vino a hacerse hombre, para saciarnos, para darnos el alimento que necesitamos para vivir y que es, justamente, Él mismo. Sin embargo, por otro lado, quiere que también nos hagamos cargo de la historia, quiere que nos hagamos cargo de la compasión que necesita el mundo y que muchas veces no hay quien pueda darla. Por eso les pide que pongan algo, nos pide que pongamos algo de nosotros, les pide que pongan los cinco panes y los dos pescados; es el milagro –de alguna manera– compartido y para compartir, es el milagro de la sobreabundancia de Jesús que al mismo tiempo necesita de la ayuda de los discípulos, necesita de vos y de mí para poder llegar a todos. Necesita de nosotros para alcanzar ese pan que saciará a miles y que sació a miles a lo largo de toda la historia.

Es el milagro del amor, es el milagro de cada Misa: un poco de pan y de vino; que se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Jesús para todos. “Tomen y coman”; Jesús sigue alimentando en cada Misa a miles y miles en todas partes del mundo, en todo lugar. La Misa es de algún modo, la actualización de este milagro de la multiplicación de los panes; pero no solamente es el milagro de que se convierte en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sino también es el milagro de Palabra que sale de la boca de Dios, en cada predicación, en cada testimonio y que después se transforma en miles corazones alcanzados.

Es el milagro que quiere hacer Jesús todos los días con nuestros cinco panes y dos pescados, con ese “poquito” que tenemos para poder hacer algo más grande. Por eso tu pizca de amor, tu poquito de voluntad para ayudar a otros a descubrir que sólo el amor verdadero, el amor de Jesús sacia el corazón del hombre; es lo que necesitamos poner para que Él haga lo demás. Y esto no es simplemente una poesía, es realidad. Jesús misteriosamente nos eligió a nosotros para multiplicar su cuerpo, para multiplicar su alimento, para multiplicarse Él mismo, pero a través de nosotros. Entonces preguntémonos hoy si nosotros vamos a poner nuestros cinco panes y dos pescados; o si nosotros hoy vamos a poner algo para poder hacer que esto llegue a otros, con nuestra propia vida, con nuestro aporte a la evangelización. La Palabra de Dios se multiplica y sacia a miles y miles de personas: a los que están cerca, a los que no están tan cerca; a los que están más o menos, a los que están alejados.

Dios quiera, y quiere, que hoy pongamos nuestros cinco panes y dos pescados para poder saciar el hambre de otros y que también nosotros seamos saciados, al alimentar a los demás.

II Domingo de adviento

II Domingo de adviento

By administrador on 6 diciembre, 2020

Marcos 1, 1-8

Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.

Como está escrito en el libro del profeta Isaías: «Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos,» así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo.»

Palabra del Señor

Comentario

A veces resulta difícil seguir el hilo de lo que, domingo a domingo, se nos va proponiendo para meditar. Parece casi imposible seguir el ritmo de lo que la palabra de Dios nos propone. Pero no hay que perder el ánimo. Esto no es un examen escolar, la idea no es intentar escuchar todo para “hacer” toda la tarea como quien tiene que cumplir. Sino que lo ideal es, escuchar y discernir, o sea distinguir qué es para mí y qué no. Qué es para mí en este momento y qué no, y no tanto un escuchar por escuchar. La Iglesia, especialmente los domingos y en los tiempos como adviento, nos ayuda a organizarnos, nos arma un esquema en el que pedagógicamente nos quiere llevar de la mano a un mismo fin, pero eso no quiere decir que todos lleguemos ahora y de la misma manera. Cada uno de nosotros está en momentos y situaciones especiales, cada uno de nosotros llega a este tiempo de modos y con vivencias distintas. No somos iguales y no tenemos porqué serlo. La propuesta es la misma para todos, pero la respuesta es tan diversa como tipos de oyentes la reciban.

La propuesta del adviento la presentamos la semana pasada. Un primer domingo para despertar, para estar en VELA, VIGILANTES, y hoy, en este segundo domingo, se nos propone el tema de la CONVERSIÓN. Por eso aparece la figura de Juan el Bautista, que no puede faltar en este tiempo. Él siempre aparece cuando hay que desaparecer, cuando hay que abrir puertas, pero para dejarlas abiertas y que nadie se quede ahí. ¿A quién se le ocurre quedarse en la puerta después de abrirla? ¿A quién se le ocurre abrir una puerta y quedarse ahí para taparla, para no dejar pasar a nadie?

Eso es Juan el Bautista para nosotros, para la historia de la salvación, para este adviento que empezamos. Es el que abrió la puerta para dar paso a Cristo y jamás se le ocurrió quedarse ahí para molestar, sino todo lo contrario, abrió para apartarse y que todos podamos pasar y estar con Jesús. «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias» La conversión que se nos propone, es la conversión de la humildad, tanto para recibir la salvación como para ser canal de ella. Sin humildad no es posible recibir profundamente a Cristo en el corazón, y sin humildad es infecundo nuestro trabajo para llevar a Cristo a los demás.

Juan Bautista vivió las dos dimensiones de la humildad, la que recibe sin nada a cambio, la que recibe sabiendo que todo debe recibirlo, la que recibe sabiendo que lo grande viene de lo alto, y por otro lado, la humildad que da sabiendo que es necesario desaparecer, la que da reconociendo que viene algo mejor, la que da no creyéndose dueño de lo dado.

Para recibir a Jesús niño en esta navidad y todos los días, es indispensable seguir el camino de la humildad, convertirse día a día, cambiar de mentalidad a cada instante, cambiar nuestra manera de encarar las cosas, de planearlas, de soñarlas. Las grandezas de este mundo, las grandezas con las que se “agranda” nuestro corazón no se condicen con la grandeza de algo del evangelio de hoy y la que se nos propone en este adviento.

La segunda lectura de hoy dice algo muy fuerte y directo que nos ayuda reflexionar en esta línea: “El Señor no tarda en cumplir lo que ha prometido, como algunos se imaginan, sino que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.” Él nos quiere humildes, nos necesita humildes, por la sencilla razón de que es la mejor manera que se cumpla su voluntad acá en la tierra. No es un “aderezo” más al plan de salvación, sino que es la condición para que se dé la salvación. El que no se reconoce humilde y necesitado jamás deseará recibir algo distinto a lo que tiene. El que no se reconoce deseoso de conversión, de cambio, es el que no considera que la propuesta de Jesús es mucho más feliz y superadora que la nuestra.

Y, por otro lado, el que no es humilde para transmitir, no puede ser puente para que otros descubran a Jesús. El que no desaparece para dejar que aparezca el verdadero salvador, es el que sin querer se considera salvador de los otros. Vivimos esa paradoja. La maravilla de ser salvados y ser de alguna manera “salvadores” de otros, pero no por nosotros mismos, sino por el misterio del amor de Jesús que actúa en nosotros.

Que este segundo domingo de adviento nos ayude a darnos cuentas que sin Él no seríamos nada, que Él nos pide una vez más que cambiemos algo de nosotros para dejar que sea Él el salvador en tantos corazones que lo necesitan, sin olvidar que los primeros necesitados somos vos y yo.

I Domingo de Adviento

I Domingo de Adviento

By administrador on 29 noviembre, 2020

Marcos 13, 33-37

En aquél tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

«Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela.

Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.

Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!».

Palabra del Señor

Comentario

Empezamos a partir de hoy lo que se llama un nuevo año litúrgico, un nuevo año de la Iglesia. Quiero aclarar algunas cuestiones que creo que nos pueden ayudar a caminar, como se dice, «de la mano» de la Iglesia, o sea, de manera especial, dejándose guiar en estas semanas. El año de la Iglesia empieza con el tiempo de Adviento, uno de los tiempos llamados «fuertes», en los que especialmente nos concentramos, por decirlo así, en «temas» fundamentales de nuestra fe. Cada año nuestra madre la Iglesia busca que cada creyente pueda celebrar, revivir y llevar a su vida la misma vida de nuestro buen Jesús. El año litúrgico no es una especie de «repaso histórico» de la vida de Cristo, sino más bien es un introducirnos en su vida: conociendo, asimilando y amando todo lo que hizo y siendo conscientes de su obrar constante en el mundo, en nuestros corazones. No es un simple recuerdo, sino un pasado que afirma la fe, un presente que alegra y anima y un futuro que da esperanza.

Teniendo en cuenta esto, los signos nos hacen muy bien. Son como especie de mojones en nuestra vida espiritual. Por eso, no te olvides lo bien que hace que en tu casa puedas tener la tradicional Corona de Adviento que simboliza esta preparación espiritual, que simboliza cómo la luz de Cristo –que está presente en nuestras vidas– quiere ir encendiéndose lentamente en nuestros corazones para nacer otra vez en la Navidad, que se acerca. Por eso las cuatro velas: tres de color morado y una de color blanco.

También en estos días se puede ir desempolvando el pesebre, que tenemos guardado en nuestros hogares, para armarlo con nuestros hijos, con aquellos que podamos el ocho de diciembre, día de la Inmaculada Concepción.

Junto con Algo del Evangelio intentaremos seguir paso a paso lo que la Palabra de Dios nos va a ir proponiendo. Durante los domingos de este año corresponde que nos dejemos acompañar por el evangelio de san Marcos –salvo algunas excepciones–, se llama Ciclo B. Algo importante para empezar el Adviento no es únicamente, como se dice a veces, preparación para la Navidad, para celebrar y revivir la primera venida del Señor a la tierra, sino también es preparación para la definitiva y última venida de Jesús al final de los tiempos y un tomar consciencia de su presencia constante entre nosotros.

Por eso, es necesario respetar con paciencia las lecturas de estos domingos. A modo de resumen y para que las puedas comprender o puedas ir anticipándote a lo que vendrá, te muestro lo central de cada domingo hasta Navidad, con una palabra que resume el mensaje esencial y central. En este domingo el mensaje podríamos decir que es: «Estén prevenidos», o sea, es el llamado a la vigilancia, al estar vigilantes. En el segundo domingo la frase sería: «Preparen el camino del Señor». Se nos muestra la necesidad de convertirnos, convertir nuestro corazón. En el tercer domingo leeremos, escucharemos el evangelio de Juan: «¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?». Y la invitación es de algún modo al testimonio, o sea, a mostrar con nuestra vida la presencia de Cristo. Y, finalmente, leyendo a Lucas en el cuarto domingo todo se concentra en el nacimiento: «Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús». Y la palabra clave podríamos decir que es anuncio, el anuncio de la venida del Salvador. Entonces sería algo así: VIGILANCIA, CONVERTIRSE, TESTIMONIO y ANUNCIO.

Quería que hoy nos centremos en esta imagen tan humana, tan nuestra y tan del Adviento: velar, vigilar. Venimos de alguna manera en estos últimos días hablando de esto, al final del año litúrgico: estar atentos, prevenidos. La Palabra, como siempre lo digo, no quiere darnos miedo, pero sí quiere despertarnos; que no seamos vigilantes dormidos ¿no?, como aquellos que están custodiando pero se duermen. ¿Despertarnos de qué?, nos podríamos preguntar.

¿Estamos dormidos o somnolientos? ¿Te acordás de Johnny, ese amigo tan querido que siempre me hacía lindos comentarios? Me dijo, me acuerdo, que él estaba despierto y era verdad, porque respondió todas preguntas. «Sí, estoy despierto Padre», me decía. El adviento es tiempo de «salir» del sueño en el que a veces andamos. Esa actitud tan humana de andar metidos en lo cotidiano, en el tener poco tiempo para el Señor, incluso poco tiempo para nosotros, para nuestra familia, para lo importante. Tenemos tiempo pero ocupado en miles de cosas que nos terminan «absorbiendo» y sumergiendo solo en el «hacer», y nuestros buenos deseos se van haciendo mediocres. ¿No te pasa eso alguna vez? ¿No es verdad que casi no tenemos tiempo para reflexionar? ¿No es verdad que tenemos muchas veces tiempo para divertirnos y no hacer «nada», pero no tenemos tiempo real para frenar y pensar o rezar y ver qué nos pasa en el corazón?

Para empezar este tiempo la Palabra de Dios nos da un fuerte grito: «Tengan cuidado y estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor». Despiértense, dense cuenta que Jesús está y que además algún día va a venir definitivamente, por decirlo así, y en serio. Ya está, pero todavía tiene que venir, aunque parezca contradictorio.

Estamos en un tiempo para que también descubramos que cada acontecimiento de la vida es como un gesto o una caricia que Dios nos da para llamarnos la atención y que no nos olvidemos de él, para hacernos acordar que llegará un día en el que nos dará un abrazo para siempre. ¡Qué lindo tiempo para frenar un poco, despertarse e ir escribiendo día a día en qué podemos percibir el amor de Dios! ¿Te animás a hacer este caminito?

Vamos a despertarnos, te lo propongo. Hagamos el esfuerzo. Despertémonos juntos escuchando siempre la Palabra, esa palabra que nos saca de nuestras comodidades y ocupaciones innecesarias. Vamos a despertarnos y pedir salir de una vez por todas de esos pecados o vicios que nos atan. Vamos a despertarnos en este Adviento y darnos cuenta que no vale la pena correr tanto a fin de año, porque no tiene sentido. Vamos a pedirle a Jesús que nos ayude a estar prevenidos, a no estar como tantos, únicamente comiendo y bebiendo, aunque es necesario para vivir.

Memoria del Martirio de San Juan Bautista

Memoria del Martirio de San Juan Bautista

By administrador on 29 agosto, 2020

Marcos 6, 17-29

Herodes, en efecto, había hecho arrestar y encarcelar a Juan a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, con la que se había casado. Porque Juan decía a Herodes: “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano”.

Herodías odiaba a Juan e intentaba matarlo, pero no podía, porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía.

Un día se presentó la ocasión favorable. Herodes festejaba su cumpleaños, ofreciendo un banquete a sus dignatarios, a sus oficiales y a los notables de Galilea. La hija de Herodías salió a bailar, y agradó tanto a Herodes y a sus convidados, que el rey dijo a la joven: “Pídeme lo que quieras y te lo daré”. Y le aseguró bajo juramento: “Te daré cualquier cosa que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”. Ella fue a preguntar a su madre: “¿Qué debo pedirle?”. “La cabeza de Juan el Bautista”, respondió esta.

La joven volvió rápidamente adonde estaba el rey y le hizo este pedido: “Quiero que me traigas ahora mismo, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista”.

El rey se entristeció mucho, pero a causa de su juramento, y por los convidados, no quiso contrariarla. En seguida mandó a un guardia que trajera la cabeza de Juan. El guardia fue a la cárcel y le cortó la cabeza. Después la trajo sobre una bandeja, la entregó a la joven y esta se la dio a su madre.

Cuando los discípulos de Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.

Palabra del Señor

Comentario

Me animo a poder darte un consejo hoy, que me lo doy siempre también a mí mismo, que es en realidad para cada día, para siempre… un consejo para todos: ¡No aflojemos! ¡No hay que aflojar! Sé que a veces nos agarran tristezas y desánimos, pero no hay que aflojar, te pido por favor. Muchas cosas podemos dejar de hacer en nuestra vida. Muchas cosas nos pueden pasar. Muchas cosas cambian y es verdad que es bueno que así sea. Las cosas cambian, pero hay cosas que no deben cambiar nunca. Hay algo que no debe cambiar y debe permanecer siempre, aun en las dificultades más complicadas, y es… el seguir escuchando, o sea, no dejar de escuchar. No dejemos de escuchar la palabra de cada día, no lo dejes. No importa cómo, con quién o por medio de quién. Lo importante es escuchar, pero la palabra de Dios, no tantos comentarios… la palabra de Dios. Por eso digámonos a nosotros mismos ahora, en el silencio de tu casa, de tu jardín, de tu habitación, o alzando la voz: ¡Quiero seguir escuchando! Me hace tanto bien cuando escucho en serio. No puedo dejar de escuchar. No puedo olvidarme de todas las cosas que la palabra de Dios cada día me iluminó tantas veces. Digámosle hoy todos a Jesús: No quiero dejar de escuchar Maestro bueno. No quiero caer en la tentación tan tentadora de pensar que ya está, que ya me las sé todas, que me aburrí de la palabra; ¡de cansarme de tu Padre!

La clave es no perder la memoria, no olvidarse de todo lo que Dios va haciendo en nosotros a medida que escuchamos y por eso es necesario siempre ser agradecidos. Todos estamos unidos por la palabra de Dios en este momento, ahora, vos y yo, que hace que su obra vaya más allá de lo que nuestra percepción puede lograr comprender. Esto es verdad y nos ayuda mucho a todos, porque estamos unidos por la misma palabra. La palabra que transmite una verdad. ¿Cuál verdad? La misma verdad que defendió Juan el Bautista hasta el final y por la que tuvo que morir decapitado. Sí, tan triste como eso. Pidieron que la cabeza de Juan- de este hombre justo y santo- sea llevada en una bandeja. Toda una imagen de lo que es capaz de hacer el ser humano que no vive en la verdad, cortarle la cabeza a alguien por ser incapaz de reconocer la verdad, por ser incapaz de jugarse por ella.

Hoy en Algo del Evangelio celebramos su martirio, su testimonio de amor por la verdad. Si prestamos atención, no hay muchas palabras de este gran hombre en los evangelios. No habla directamente, especialmente hoy, simplemente dicen que él decía: “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano”, o sea, le decía la verdad a Herodes. Sin embargo, la escena sí está plagada de palabras de otros, de diálogos falsos e hipócritas, de mentiras, de cobardías, engaños, vendettas, falsos juramentos y vanidades. Como pasa hoy en día cuando vemos a algún medio de comunicación. Todo es vanidad, todo para lograr a veces matar la verdad. Así es la historia de este mundo lejos de Dios, que odia la verdad y le gusta vivir en las tinieblas, desde siempre y más todavía desde la llegada a este mundo de la Verdad, que es nuestro buen  y amado Jesús. El mundo sin él es un mundo lleno de hipocresía y falto de verdad. El mundo sin Jesús es un mundo que preferiría salvarse a sí mismo antes que dar la vida por la verdad.

Del mismo modo obra la cobardía en nuestro corazón cuando no nos animamos a jugarnos por esta verdad con amor o por bronca matamos algunas verdades (o personas que dan testimonio de la verdad) con nuestras palabras. El martirio de Juan el Bautista, de San Juan, es un espejo que, por contraste, nos puede mostrar la debilidad de este mundo y de nuestros corazones, que les cuesta muchísimo reconocer la verdad y jugarse por ella. ¡Qué difícil es encontrar en este mundo, y aun también entre personas de fe, cristianos que se jueguen por la verdad! ¡Cómo cuesta encontrar cristianos que realmente vivan por ella, que no tengan miedo de hablar y defender a Jesús hasta el final, y no a los gritos, sino con amor!

Es verdad que hay mucha gente buena en este mundo, mucha gente buena en la Iglesia, pero hay pocas personas, pocos sacerdotes, que se animan a hablar la verdad (en todas sus dimensiones) hasta el final, su verdad, la verdad de Jesús, la verdad de esta vida, la verdad de la Iglesia. Es muy fácil ser como Herodes, como Herodías y su hija, como los que estaban ese día en esa fiesta, en ese cumpleaños, o como ese guardia que cumplió una orden. Es fácil no jugarse por nada y callar toda la deshonestidad, mentira, corrupción, acomodo, falsedad y engaño que hay por ahí dando vueltas, alrededor nuestro. Es fácil. Nadie nos dice nada, es “políticamente correcto”. Es un modo de subsistir.

Pero… ¿verdaderamente preferimos eso? ¿Preferimos vivir acomodados y ser recordados como mediocres y tibios? ¿No es más gratificante vivir por la verdad, por Jesús, dejando algo más grande en este mundo, algo que perdure para siempre? Pensémoslo hoy. Tomémonos un tiempo para rezar y meditar.

Marcos 12, 38-44 – IX Sábado durante el año

Marcos 12, 38-44 – IX Sábado durante el año

By administrador on 6 junio, 2020

 

Jesús enseñaba a la multitud: “Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y en los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad”.

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba como la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

Palabra del Señor

Comentario

Terminamos una nueva semana acompañados de las palabras de Dios, de las palabras que no pasan, que permanecen para siempre, de corazón en corazón, de generación en generación hasta el fin de los tiempos, aun cuando todo pase. Palabras de Dios, palabras que quedaron grabadas para siempre en la Sagrada Escritura, por aquellos que inspirados por él las escribieron, y en cada corazón que las cree y las lleva a la vida, a la práctica. Por eso, podríamos quedarnos sin biblia, sin papel escrito de la palabra de Dios. Pensando en algo drástico, que se acaben todos los libros, que se rompan todos los lugares donde está guardada esa palabra de Dios. Sin embargo, la palabra de Dios permanece en tu corazón y en el mío cuando las vivimos. Jamás pasarán. Hay palabras o frases de la Palabra de Dios que es bueno, por eso, no dejarlas, de alguna manera, “pasar” fácilmente. Qué lindo intentar seguir repasándolas por el corazón, porque son claves, son importantes. Son palabras que engendran otras palabras. Podríamos decir que engendran actitudes distintas en nosotros. Palabras que nos ayudan a cambiar de pensamiento, palabras que no pasan jamás, pero que hay que hacerlas revivir una y otra vez. ¿Cómo hacer para hacerlas revivir? Viviéndolas nosotros, llevándolas a la práctica, no dejando que caigan en corazones agujereados, sino en corazones dispuestos a hacerlas carne. ¿Qué palabra de Dios te representa a vos? ¿Con qué palabra de Dios creés que los demás te recordarán el día que te toque partir? ¿Qué palabra de Dios mostrás al mundo que no cree? Es lindo pensarlo así. Es lindo pensar que cada uno de nosotros, de alguna manera, como en el gran libro de la vida, en el gran libro que Dios quiere decirle a la humanidad, de alguna manera, cada uno de nosotros es como una palabra que forma todo el mensaje de Dios. Y es bueno pensar cuál es la que a mí me encontró, porque la palabra de Dios, de alguna manera, nos encuentra, nos topa por el camino.

Por eso, muchas veces te propongo repasar Algo del evangelio de la semana. Creo que es una ayuda más, un paso más que podemos dar. Sin embargo, en este sábado te propongo que meditemos el de este día.

Se puede decir que todo el evangelio, todos los textos del evangelio, son como un drama entre los que necesitan ser salvados, y lo demuestran, y los que no necesitan salvación y están orgullosos de eso, los que se creen tenerlo todo y no necesitan de nadie. Te diría que toda la historia de la humanidad es la historia de los que se creen salvados por sí mismos, por el poder, por el dinero, por el prestigio, por la fama, por una religiosidad del cumplimiento, por sus propios planes y miles de cosas más, y de los que nunca se consideran salvados por alguna circunstancia humana, por el contexto en el que vivimos, sino los que siempre manifiestan que la salvación es un regalo. Es un regalo que viene de lo alto y no de este mundo material, y Jesús, en el medio de la historia, en todo sentido, queriendo mostrarnos con su amor que la verdadera salvación no viene de los poderes de este mundo, sino que viene de su amor misericordioso, de su corazón que ama hasta el final, y que desde la cruz nos sigue diciendo que no vale la pena “bajarse de la cruz” y no querer sacrificarse por el amor, sino que vale la pena amar hasta el fin; que no vale la pena querer ocupar los primeros puestos, ser saludados en las plazas, en los lugares públicos, ser aplaudidos por los demás. No vale la pena, sino que vale la pena otra cosa.

Por eso, la pobre viuda del evangelio de hoy, una viuda pobre, mejor dicho, dio más que nadie. Es la viuda pobre que no quiso, de alguna manera, guardarse nada para sí misma, sino que, con lo poco que tenía, quiso ayudar a otros para poder salvarlos, para poder ayudarlos. No se miró a sí misma y cuidó lo poco que tenía, lo amarrocó, lo guardó, pensando en su subsistencia, sino que confió en que, dando con el corazón, nunca sería abandonada por Dios. Esa es la lógica del que es generoso, que da sabiendo que nunca será abandonado. Da sabiendo que todo lo que se da, de alguna manera, se multiplica y así como él pudo ser generoso, siempre habrá alguien generoso con él. Esa es la lógica del generoso. No es que lo hace para que le den, pero lo hace confiando en que alguien, más bueno que él, o igual que él, aparecerá.

La más pobre dio más que todos los ricos, según la Palabra de hoy. Evidentemente, como decía alguien por ahí, Jesús no sabe mucho de matemática. ¿Cómo es posible que alguien que dio menos en cantidad sea en realidad el que más dio? ¿Te parece lógico eso? ¿Le parece lógico a este mundo que busca en todo sacar el máximo beneficio con la mínima inversión? Jesús no sabe ni de matemática, ni de inversión, ni de mercados, ni de conveniencias y, por ahí, lo que él mide y calcula pasa por otro lado, pasa por el corazón, que no puede medirse. Me inclino a pensar que él mira lo que a nosotros nos cuesta ver. Para Jesús dar mucho no es directamente proporcional a dar con el corazón y dar poco puede ser compatible con darlo todo. No siempre, pero puede ser compatible, como el caso de hoy. Una cosa extraña para nuestra mentalidad que todo lo calcula, que todo lo mide y lo cuenta pensando que la vida del corazón, a veces, es matemática pura, donde siempre 1+1 es 2. Sin embargo, sabemos que no es así.

Menos mal que las cosas de Dios no son así, si no estaríamos bastante complicados todos. La vida del corazón no es una ciencia exacta, ciencia al estilo de este mundo. Es ciencia, pero del corazón. Va por otros carriles. Y mientras nosotros queremos encasillar y encajonar todo en cálculos y números, incluso, a veces, la salvación, negociando con Dios para ver qué nos dará, si le damos algo o cuándo nos dará lo que queremos que nos dé, Jesús se encarga de “patear el tablero” y enseñarnos un modo nuevo de ver las cosas, de entender la realidad.

Intentemos hoy vivir y pensar que la “salvación” de nuestra vida, la alegría y la felicidad de nuestra vida, porque eso es la salvación, la comunión profunda con nuestro Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, la salvación y la alegría de nuestra familia no pasa por la cantidad de bienes que tengamos y acumulemos, sino que pasa, en el fondo, y bien arribita también, por la generosidad con la que vivamos. Sea mucho o poco lo que demos, no importa. El cálculo mejor dejémoslo en manos de Jesús, que, gracias a su Padre, por ahí, no sabe tanto de matemática. Aprendemos de esta viuda, que supo darlo todo, aunque nadie se había dado cuenta, sino solamente Jesús. Qué bueno, qué lindo que Jesús sea el único que se dé cuenta lo que verdaderamente damos cuando damos. Gracias Señor por mirar el corazón y no mirar las apariencias.

Marcos 12, 35-37 – IX Viernes durante el año

Marcos 12, 35-37 – IX Viernes durante el año

By administrador on 5 junio, 2020

 

Jesús se puso a enseñar en el templo y preguntaba: «¿Cómo pueden decir los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David ha dicho, movido por el Espíritu Santo:

“Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies”.

Si el mismo David lo llama “Señor”, ¿cómo puede ser hijo suyo?»

La multitud escuchaba a Jesús con agrado.

Palabra del Señor

Comentario

Escuchar, como decíamos ayer, no es lo mismo que oír. Qué bueno que empecemos este día intentando escuchar. Oír, sabemos, es la capacidad, digamos “humana” de percibir los sonidos. Oye el que tiene oído y sus componentes internos para oír, y no es algo que decidimos o nos planteamos o lo pensamos, excepto que nos tapemos los oídos. Se da. Es una capacidad que Dios nos ha dado. Oímos cosas continuamente. Es un acto reflejo, involuntario. Aunque a veces, como decía, podemos hacernos los distraídos para no oír, como hacíamos de chicos cuando no queríamos escuchar a un hermano, una hermana, y, tapándonos los oídos, decíamos: “¡No te escucho, no te escucho!” Por el oído entran a nuestros pensamientos y el corazón gran parte de la realidad que percibimos y que después procesamos, por decirlo de alguna manera, y afecta a todo lo que somos. Es como un alimento. El oído también es ese lugar donde entra aquello que nos alimenta, que nos hace muchas veces “ser como somos”. Nos va conformando o deformando, o las dos cosas al mismo tiempo. O, en algunos aspectos, nos deformamos y, en otros, nos vamos conformando, o sea, tomando una forma distinta. Nos va “conformando” al corazón de Jesús cuando escuchamos la palabra de Dios que nos enseña que estamos hechos para amar a su Padre y al prójimo, o nos va “deformando” los pensamientos y el corazón para terminar escuchándonos solo a nosotros y nuestros egoísmos, o solo a personas que, en el fondo, nos hacen mal. Es así. Por eso es bueno que oigamos cosas lindas, que cuidemos nuestros oídos y el de nuestros hijos, especialmente el de los más pequeños, porque por ahí entran palabras y sonidos que nos ayudan, o no, a ser mejores hijos de Dios. Es difícil aprender a escuchar a Dios, es bastante difícil a Jesús, si nuestros oídos están acostumbrados a oír cualquier cosa, cualquier ruido, cualquier palabra, como si fuera todo lo mismo. ¿Pensaste en esto alguna vez? ¿Lo pensamos? ¿No nos damos cuenta que es bueno que tus hijos y nuestros hijos escuchen cosas lindas, que les hagan bien? Si empezamos el día y terminamos el día con el noticiero, las malas noticias, y… difícilmente a nuestros oídos puedan agradarle las palabras de Jesús que intentamos escuchar después.

En cambio, escuchar es algo distinto. Algo distinto a oír. Cuando escuchamos es como que ponemos también el corazón y con el corazón ponemos el cuerpo. Ponemos más en juego de nosotros. Es lindo hablar con esas personas que no solo te oyen, sino que te escuchan. Y qué difícil es encontrar esas personas que realmente escuchan y les interesa lo que uno está diciendo. Es lindo cuando al hablar te miran a los ojos, no están moviéndose como queriendo irse, no están queriendo interrumpir la conversación para meter su “bocado”. Por eso escuchar es otra cosa. Por eso el mandamiento de ayer decía: “¡Escucha! Poné el corazón”. Escuchá. Poné el corazón al oír. No se ama oyendo así nomás, no se ama diciendo que se ama, sino que se ama con todo el corazón, con toda el alma, con las fuerzas, el espíritu, con todo el ser. Se ama escuchando. Y escuchando cosas lindas, palabras de Dios, el corazón empieza a entrenarse para la escucha que necesitamos realizar entre nosotros.

Algo del evangelio de hoy habla del agrado con el cual escuchaban a Jesús. “La multitud escuchaba a Jesús con agrado” dice. No sabemos si lo comprendían o no perfectamente, pero, por lo menos, a diferencia de los fariseos, escribas y doctores, esta gente escuchaba con agrado. Ese es el comienzo de la comprensión, escuchar con agrado. Si algo nos desagrada, difícilmente escucharemos, por ahí solo oiremos, o cerraremos la cortina en el corazón. Al que le agrada una realidad, una persona, una situación, escucha mucho mejor que aquel que oye pensando que el otro termine, para dejar de verlo, para irse. Oye pensando por adentro ¿qué me va a enseñar este a mí? Oye con actitud de soberbia o despectiva. Oye mirando a otro lado. ¿Te agrada escuchar a Jesús más allá de que algún día comprendas un poco más o menos? ¿Cómo escuchas la palabra de Dios de cada día? ¿Cómo la lees: como queriendo terminar para hacer otra cosa o como queriendo que el tiempo no exista para no medirlo?
Podemos pasarnos años oyendo la palabra de Dios y no escuchándola. Podemos pasarnos años con personas y no haberlas escuchado nunca. ¡Qué triste! Podemos haber pasado años yendo a misa y no haber escuchado verdaderamente la palabra de Dios. Podemos habernos pasado años oyendo audios con la Palabra pero no escuchar nada. Eso es la pena más grande, porque el que vive así, solo se escucha así mismo, su criterio es solo él mismo. No tiene otro parámetro que sus pensamientos y sentimientos. Y así vive, en su mundo, creyendo que su mundo es el único y el mejor. ¡Qué triste! No es para que nos desanimemos, sino para que nos tomemos en serio esto. Para que no perdamos el tiempo, para volver a poner el centro de nuestros amores en la familia, el trabajo, las comunidades, la escucha sincera, para saber quién es el otro y qué necesita. Sin este camino, el amor entre nosotros se basa en lo que nosotros pensamos que el otro necesita y no en lo que realmente necesita.

Por ahí nos pasamos años dándole a nuestro marido, a nuestra mujer, a nuestros hijos, hermanos, jefes, empleados, amigos, lo que nosotros únicamente consideramos necesario para ellos, o lo que me dijeron que el otro necesita. Sin embargo, el amor es “buscar el bien del otro” y para conocer el bien del otro, necesito que el otro me lo exprese y así discernir si puedo o no dárselo. Bueno, todo un arte, amar como Dios quiere es un arte que se aprende. Escuchar como él quiere es un arte que se aprende. No es una receta que se aplica para todos igual y se obliga. ¿Y si empezamos al revés? Empecemos por lo menos haciendo el esfuerzo para que nos agrade más escuchar que hablar. Empecemos por lo menos haciendo cada día el esfuerzo para no solo oír el evangelio, sino escucharlo, meditarlo, contemplarlo y vivirlo.