Book: Marcos

IX Miércoles durante el año

IX Miércoles durante el año

By administrador on 2 junio, 2021

Marcos 12, 18-27

Se acercaron a Jesús unos saduceos, que son los que niegan la resurrección, y le propusieron este caso: «Maestro, Moisés nos ha ordenado lo siguiente: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda.”

Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda y también murió sin tener hijos; lo mismo ocurrió con el tercero; y así ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos ellos, murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?»

Jesús les dijo: «¿No será que ustedes están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios? Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las mujeres se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo. Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído en el Libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, lo que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? El no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Ustedes están en un grave error.»

Palabra del Señor

Comentario

En el hecho de preparar la mesa para otros u a otro, para que puedan comer, se juegan muchas cosas. Obviamente que la comida en sí es importante, pero, finalmente, lo que se comió o dejó de comer pasará a ser anecdótico, si lo que se hizo, se lo hizo cargado de amor, y el otro supo comprenderlo; en sí, si lo que se vivió en ese momento, estuvo cargado de amor. «¡Qué linda estuvo la juntada, qué bien nos hizo volver a vernos!», decimos a veces. Y en el caso de un lindo desayuno preparado de sorpresa, finalmente decimos: «Gracias, gracias por lo que hiciste». Darle al otro de comer es decirle, en el fondo: «Te quiero, para mí sos importante y por eso me ocupé de esperarte, me preocupé en que todo esté arreglado, en que te sientas bien». Y, por el contrario, es feo cuando el lugar para comer está descuidado, desarreglado, cuando de una manera u otra descubrimos que no se ocuparon mucho en prepararlo.

El amor también está en los detalles, no está meramente en lo exterior, pero se manifiesta también en eso. Jesús tuvo en cuenta los detalles para dejarnos preparada la mesa, la mesa de su palabra y de la Eucaristía. Detalles sencillos, pero detalles al fin, que nos ayudan a comprender cuánto nos ama. Lo mismo podemos hacer nosotros. Estamos a tiempo en esta semana para hacer el intento, para sorprender a alguien también preparándole la mesa y que se sienta amado, querido.

Algo del Evangelio de hoy nos sigue reflejando algunas de las controversias que le tocó vivir a Jesús a lo largo de su vida pública. A él también lo cuestionaron, también le tocó lidiar con diferentes grupos dentro del judaísmo de su tiempo, entre ellos los fariseos, ayer, y hoy, los saduceos. ¿Vos pensás que los cristianos no tenemos que vivir controversias? Si a Jesús lo cuestionaron, ¿por qué crees que a nosotros no nos va a pasar lo mismo? Es lindo escuchar como Jesús, de alguna manera, sale al paso de estos cuestionamientos, de esa fea intención que ellos tenían de querer «hacerle pisar el palito», para acusarlo de algo; pero Jesús la tenía clara, sabía responder. Algo que también debemos aprender nosotros para no entrar en el juego, a veces maquiavélico, de los que nos rechazan.

Los saduceos no creían en la resurrección y tampoco pretendían creer; por eso ponen a prueba a Jesús, presentándole este caso que parece difícil y que no era para convencerse o cambiar de opinión, sino que era para acusar a Jesús. Y él responde con esta pregunta, que creo que nos puede ayudar a todos: «¿No será que ustedes están equivocados, por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios?». ¿No será que nosotros cuestionamos cosas de Dios, incluso de la Iglesia, porque no comprendemos la Palabra de Dios, porque no comprendemos las Escrituras? ¿No será que a veces nos critican los otros porque no comprenden las Escrituras? ¿No será que a veces no nos abrimos a lo que Dios nos enseña, por medio de la sabiduría de la Iglesia? ¿No será que no nos damos cuenta que los cuestionamientos que nos hacen a los cristianos provienen de que no comprenden ni les interesa a veces comprender la Palabra de Dios? Creo que esta es la clave de hoy, la cuestión más importante, más allá de lo que Jesús afirma sobre la resurrección. Que «Dios es un Dios de vivos, no de muertos».

Que Dios nos creó para la vida y nos dio la oportunidad, con su muerte y resurrección, de poder resucitar algún día y vivir eternamente en un «nuevo cielo y una nueva tierra», donde resucitaremos y recuperaremos, de alguna manera, nuestro cuerpo. Y en este estado, ya no habrá «amores exclusivos», ya no habrá «amores posesivos», sino que seremos todos hermanos para siempre. Y por eso, no habrá matrimonios. A eso se refiere Jesús. Esto alguna vez ya lo comentamos cuando hablamos de la resurrección.

Pero lo importante de hoy me parece que es el fondo de la cuestión. La actitud de los saduceos es muchas veces la nuestra ante las cosas de Dios y de muchas cosas que nos rodean, especialmente la actitud también de los que rechazan la fe de la Iglesia, incluso entre iglesias hermanas. Vamos con nuestros preconceptos pretendiendo que los demás nos respondan lo que queremos escuchar, cuando en realidad deberían ser al revés. No comprendemos a Jesús porque no lo dejamos hablar o porque lo escuchamos con un «filtro» a nuestra medida. No comprendemos la Palabra de Dios y por eso cuestionamos. ¡Cuidado con esa actitud! ¡Cuidado porque es falta de humildad!

Lo que deberíamos hacer en nuestra vida, es precisamente lo que propuse al principio: escuchar la Palabra de Dios, buscar comprenderla dejándonos ayudar por la Iglesia y preguntarle a Dios lo que nos quiere decir. Preguntar lo que significa cada pasaje de la Escritura para aprender cada día de ella con mucha humildad, dejándonos invadir por la sabiduría y la bondad de Dios.

IX Martes durante el año

IX Martes durante el año

By administrador on 1 junio, 2021

Marcos 12, 13-17

Le enviaron a Jesús unos fariseos y herodianos para sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones. Ellos fueron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarlo o no?»

Pero Él, conociendo su hipocresía, les dijo: «¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme un denario.»

Cuando se lo mostraron, preguntó: « ¿De quién es esta figura y esta inscripción?»

Respondieron: «Del César.»

Entonces Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios.»

Y ellos quedaron sorprendidos por la respuesta.

Palabra del Señor

Comentario

A Jesús le gustaba reunirse con sus amigos, y a veces no tan amigos, a comer; le encantaban las comidas, pero no solo por una cuestión de llenar su estómago, sino que también hay algo mucho más profundo, que tenemos que aprender de la vida de Jesús. ¿Lo pensaste alguna vez? Se me vino al corazón, esto, en una la misa de domingo. Porque, en definitiva, la Eucaristía es para nosotros revivir en nuestra alma la última cena, con signos y gestos y palabras, en donde Jesús fue el que preparó la mesa a sus discípulos y en donde Él mismo se entregó como alimento, anticipando lo que iba a hacer en la cruz. Por eso el comprender esto nos cambia la mirada y nuestros sentimientos de lo que a veces sentimos o pretendemos al ir a misa, o podríamos ampliarlo a nuestra vida de fe.

Ser cristiano es, antes que amar a Jesús, un dejarse amar por Él, es el reconocer que somos amados primero y que esta verdad la celebramos cada día en cada rincón del mundo en donde se celebra una eucaristía, la misa. El que prepara la mesa en tu casa, es el que, de alguna manera, llega primero, te ama primero, piensa en vos antes que vos en él. El que te prepara el desayuno para que te levantes con alegría, te lo prepara antes que te levantes o te lo lleva a la cama para que empieces el día con esa certeza, con la certeza de ser amado. No alcanza la comparación, pero intentemos pensar algo así con Jesús y todo lo que hace para alimentarnos, todo lo que hace para que experimentemos su amor a lo largo de la vida, cada día. Jesús siempre se nos anticipa, como decía el Papa Francisco: «Nos primerea». ¡Llega primero! Siempre nos ama primero, mucho antes de que nos demos cuenta.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña muchas cosas, pero una de ellas es que claramente Jesús no fue, como se dice así vulgarmente, simplemente, un bonachón. Fue muy bueno, por supuesto, fue santo, siempre hizo el bien, pero no fue un ingenuo, como nosotros entendemos a veces la ingenuidad, ¡no!, o sea, el pensar que nos pasan por encima o que simplemente nos tienen que pisotear, ¡no! Es lindo aprender de Jesús no solo a ser buenos, sino también a ser inteligentes. Eso es algo que podemos a veces olvidar. No solo hay que ser buenos, sino que también hay que serlo al modo de Jesús, sabiendo qué hacer en cada circunstancia, cuándo y cómo hacer el bien.

Hay veces que, ante los engaños de los otros, de los que nos quieren hacer «pisar el palito» – como se dice– para caer en sus trampas, nos conviene responder con preguntas, como lo hacía Él. La manera más fácil de desenmascarar un engaño, una hipocresía y saber qué es lo que realmente pretende el otro, es responder con una pregunta; es, por decir así, «redoblar» la apuesta, pero con amor. Jesús no se dejó engañar por los soberbios de este mundo, que querían que se equivoque para acusarlo de algo. Por eso, primero, lo adulan un poco, por soberbios y arrogantes y ese es el gran pecado, como dice un salmo. Si respondía que había que pagar el impuesto, lo iban a acusar de estar a favor del imperio y en contra de su pueblo y de Dios; si respondía que no había que pagarlo, lo iban a acusar de rebelde, de no someterse a la ley de Roma. Por eso, no podía haber mejor respuesta que la de Jesús: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios». Me animo a parafrasearlo de esta manera: «Esa moneda es del emperador, tiene su cara, dénsela a él. Está bien. Ahora, el corazón dénselo a Dios, porque es de él, porque en sus corazones está grabada la imagen de Dios; por lo tanto, es de Él». Cada cosa en su lugar y a no dejarse engañar. Eso es lo que tenemos que aprender.

Los cristianos estamos en este mundo, y el mundo es la viña del Padre, como escuchamos en la Palabra; pero, al mismo tiempo, no somos de este mundo, no somos para servir al pensamiento de este mundo. Por eso hay que darle a este mundo, a esta vida lo que es de este mundo, pero a Dios siempre lo que es de Él.

¿Y qué le corresponde a este mundo? Justamente eso es lo que tenemos que aprender a discernir y distinguir, seguramente muchas cosas, pero jamás el corazón completo. ¿Qué tenemos que darle a Dios? ¡Todo!, porque todo es de Él, fundamentalmente nuestra alma que fue creada a su «imagen y semejanza». ¿Te acordás de la parábola de la viña? La viña es de Él, el mundo es de Él, todo fue puesto por Él y por eso los frutos son para Él. Sin embargo, este mundo hace que olvidemos quién es el verdadero rey o emperador. Dios es el verdadero rey de nuestras vidas. Los reyes de este mundo pasan y pasan, los presidentes también. A ellos les gusta que sus nombres queden grabados en diferentes lugares, en monedas, billetes, calles, estatuas y tantas cosas más, pero el único nombre que merece ser grabado en nuestro corazón es el de Dios, es el de Jesús.

La respuesta de Jesús pone las cosas en su lugar, nos enseña la verdadera jerarquía de las cosas de esta vida. Somos de Dios y para Dios y, al mismo tiempo, debemos en este mundo cumplir las leyes que nos rigen y nos ayudan a vivir en sociedad buscando el bien común. Un buen cristiano es un buen ciudadano que acepta y cumple las leyes que se orientan al bien común, pero poniendo a Dios ante todo y jamás aceptando las leyes que atentan contra el amor de Dios y sus mandamientos. Por eso san Pablo recomendaba rezar por los gobernantes y someterse a ellos. Recordemos igualmente siempre lo principal: «A Dios lo que es de Dios», o sea, debemos a Él darle todo.

VIII Sábado durante el año

VIII Sábado durante el año

By administrador on 29 mayo, 2021

Marcos 11, 27-33

Y llegaron de nuevo a Jerusalén. Mientras Jesús caminaba por el Templo, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos se acercaron a él y le dijeron: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio autoridad para hacerlo?»

Jesús les respondió: «Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. Díganme: el bautismo de Juan, ¿venía del cielo o de los hombres?»

Ellos se hacían este razonamiento: «Si contestamos: “Del cielo”, él nos dirá: “¿Por qué no creyeron en él? ¿Diremos entonces: “De los hombres?”» Pero como temían al pueblo, porque todos consideraban que Juan había sido realmente un profeta, respondieron a Jesús: «No sabemos.»

Y él les respondió: «Yo tampoco les diré con qué autoridad hago estas cosas.»

Palabra del Señor

Comentario

¡Buen sábado! Espero que empieces, que empecemos un buen fin de semana. Después de haber escuchado cada día la Palabra de Dios, no podemos bajar los brazos. Siempre los días que podemos descansar un poquito más, los días que cambiamos de actividad, también son días para tener una oportunidad y volver a escuchar de otra manera, escuchando algo que ya escuchamos para repasarlo por el corazón, o bien escuchar mejor lo que no escuchamos, o escuchar mejor lo que hoy se nos propone para escuchar. Por eso, ¡a levantarse una vez más este sábado!, en el que terminamos esta semana de recorrido de la Palabra de Dios, donde una vez más Jesús nos habló al corazón, a todos.

¿Cuántas personas son las que reciben la Palabra de Dios, la meditan, la escuchan, la mastican en su corazón para poder sacarle fruto? ¿Cuántas personas? En realidad, no importa –como siempre digo– la cantidad, sino cuántas son las que le sacan fruto. Solo Jesús lo sabe. Por eso, no te canses de escuchar y no te canses de ayudar a otros a que puedan escuchar. No pienses que por un rechazo ya no quieren escuchar más, sino que a veces cada uno tiene sus días, a veces no escuchamos con tanta atención, pero no dejemos de insistir.

Bueno, y en este final de semana también, como decíamos ayer, llegamos al final de una sección del «camino» del Evangelio de Marcos, donde Jesús ya se encamina decididamente a Jerusalén para entrar a ciudad santa, que representa toda la religiosidad de un pueblo, toda la historia de una relación con Dios; en donde también había autoridades que, sin darse cuenta y a veces creyéndose más que los demás, se creían los representantes de Dios en la tierra, pero no siempre cumplían bien su función. Pero vamos por partes.

Primero, dice el Evangelio, Algo del Evangelio de hoy, que Jesús llegó a Jerusalén. Bueno, Jesús caminaba, caminaba por Galilea, por los distintos lugares donde quiso predicar, pero se encaminó a Jerusalén. Sabía a dónde tenía que ir. Eso es algo que también nos ayuda a nosotros. ¿Sabemos a dónde estamos yendo? ¿Sabemos a dónde nos lleva el camino que estamos transitando? Hay que tener bien en claro hacia dónde vamos. Jesús siempre tuvo en claro que finalmente tenía que llegar a Jerusalén, que ahí debía ser el lugar donde iba a entregar su vida. Bueno, ¿vos y yo sabemos a dónde vamos, qué estamos haciendo en esta vida?

Y segundo, dice que una vez que empezó a caminar, ya dentro del Templo de Jerusalén, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, o sea, aquellos que tenían autoridad dentro del pueblo de Israel, aquellos que interpretaban la Ley, aquellos que daban culto a Dios, en representación del pueblo, se acercan para cuestionar la autoridad de Jesús. Los que se creen con autoridad cuestionan la autoridad de otros, en este caso de Jesús, como pasa también en el mundo de hoy. Aquellos que se creen con la autoridad, que se creen con el derecho de ejercer poder sobre los demás, muchas veces cuestionan la autoridad de otros que, en el fondo, tienen más autoridad. Jesús –decía también la Palabra– predicaba con autoridad y no como los escribas y fariseos. Por eso, ellos se mueren de envidia y de bronca al ver que Jesús tenía más autoridad que ellos, cuando ellos eran los que pensaban que la tenían, y la cuestionan: «¿Quién te dio autoridad para hacerlo?».

Bueno, a nosotros también muchas veces en la vida nos pueden cuestionar nuestra autoridad, pero si la ejercemos bien, tenemos que estar en paz; si la ejercemos con amor, por atracción y no imponiendo nada a los demás, como hacían los escribas y fariseos, nosotros tenemos que estar en paz. Sin embargo, cuando nos cuestionan la autoridad porque la estamos ejerciendo mal, es oportunidad para revisarla y cambiar y ejercer autoridad como lo hacía Jesús: viviendo primero lo que predicaba. Eso es lo que nos da autoridad: vivir y pasar por el corazón primero aquello que pretendemos que aprendan los demás.

Y por último –y para terminar– Jesús nos enseña también qué tenemos que hacer cuando cuestionan nuestra autoridad y, por otro lado, no tenemos la necesidad ni tampoco la obligación ni el deber de responder a todo lo que nos cuestionan. Jesús no termina respondiéndole lo que ellos pretenden, les responde con una pregunta, y ahí es donde ellos se quedan en un «callejón sin salida» y no saben qué responder porque, en el fondo, no tienen miedo, porque, en el fondo, no tienen autoridad. No tenemos obligación de responder a aquellos que no tienen autoridad, o sea, a aquellos que no viven lo que enseñan ni viven lo que predican. Por eso, pidámosle a Jesús que también nos dé esa sabiduría, esa capacidad de callar en los momentos que tenemos que callar y de responder con preguntas a aquellos que no se merecen que le digamos todo lo que pensamos y sentimos. Eso no es mentir, sino es, simplemente, no decir toda la verdad en los momentos que no vale la pena, en los momentos en que tenemos en frente solo corazones cerrados y obtusos.

VIII Viernes durante el año

VIII Viernes durante el año

By administrador on 28 mayo, 2021

Marcos 11, 11-26

Jesús llegó a Jerusalén y fue al Templo; y después de observarlo todo, como ya era tarde, salió con los Doce hacia Betania.

Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. Al divisar de lejos una higuera cubierta de hojas, se acercó para ver si encontraba algún fruto, pero no había más que hojas; porque no era la época de los higos. Dirigiéndose a la higuera, le dijo: «Que nadie más coma de tus frutos.» Y sus discípulos lo oyeron.

Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: «¿Acaso no está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.»

Cuando se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban la forma de matarlo, porque le tenían miedo, ya que todo el pueblo estaba maravillado de su enseñanza.

Al caer la tarde, Jesús y sus discípulos salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar otra vez, vieron que la higuera se había secado de raíz. Pedro, acordándose, dijo a Jesús: «Maestro, la higuera que has maldecido se ha secado.»

Jesús le respondió: «Tengan fe en Dios. Porque yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: “Retírate de ahí y arrójate al mar”, sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá. Por eso les digo: Cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo tienen y lo conseguirán.

Y cuando ustedes se pongan de pie para orar, si tienen algo en contra de alguien, perdónenlo, y el Padre que está en el cielo les perdonará también sus faltas.»

Palabra del Señor

Comentario

Una y otra vez hay que volver a empezar. Aunque parezca una frase “trillada”, dicha incluso hasta en canciones que mucho no tienen que ver con la fe, la verdad es que cada día debemos volver a empezar, de una y mil maneras. Hay que reafirmarse una vez más en los deseos de seguir a Jesús, o seguirnos a nosotros mismos y al mundo. ¿Qué es lo que querés? ¿Qué es lo que queremos? Nos caemos y cansamos, nos entristecemos y bajoneamos o nos deprimimos, cuando en el fondo no estamos siguiendo a Jesús, cuando consiente o inconscientemente ponemos nuestras esperanzas y alegrías en cosas que pasan y nos terminan dejando vacíos. Y eso nos pasa a todos, de un modo u otro, en algún momento u en otro. Si andás así, acordate que es necesario volver a empezar, mirarlo a Jesús una vez más, confiar en su amor y en su gracia, que eso nos debería bastar.

En este viernes, ya cercanos al fin de semana, cada uno con el cansancio de la vida que llevamos a cuestas; creo que nos puede hacer bien, contemplar el momento en el que Jesús llega a Jerusalén, cuando “termina su camino”. Por otro lado, escuchamos en otros evangelios, que Jesús les había anticipado a sus discípulos que su destino era llegar a Jerusalén en donde sería maltratado, crucificado y finalmente, resucitado, pero ellos, no terminaron nunca de comprender. Su ceguera no se los permitió, como nos pasa también a nosotros, que seguimos a Jesús, pero muchas veces no terminamos de comprender.

En estos días escuchamos como Jesús había emprendido su caminar y en ese camino, había encontrado diferentes situaciones; un hombre rico que no se animaba a seguirlo, los discípulos que se pelean y no comprenden lo más profundo del “ser” de Jesús y a lo que había venido, y finalmente un cieguito, que, por su fe, fue salvado. Que, por su fe, no sólo fue curado de su ceguera física; sino que fue curado de su ceguera espiritual, y comenzó a seguir a Jesús.

En definitiva, lo que nos enseñaron esos relatos, es que la fe, nos va curando la ceguera espiritual y nos permite seguir a Jesús libremente. Y que por supuesto sin fe, no podemos “ver más allá”, sin fe, nos perdemos de muchísimas cosas, sin fe, no sólo no vivimos como quiere el Señor, sino que además no estamos en comunión con los demás, no nos abrimos a cosas nuevas, ni nos abrimos al amor, vivimos en nuestro pequeño mundo, mirándonos el ombligo y además, somos capaces de cuestionar hasta al mismo Dios.

Y por eso, Jesús en algo del evangelio de hoy, nos propone la fe, nos invita a tener fe; tanta fe, que incluso seamos capaces de “mover montañas”. Entendiendo esta frase como un símbolo; por supuesto no podemos reducir esta expresión, a pensar que con la fuerza o poder de nuestra mente, confiando, podemos realmente “mover” una montaña. Con esta expresión, Jesús se refiere a algo “más profundo”; más bien, se refiere a las “montañas” que tenemos que mover en nuestra vida, aquellas que no nos permiten caminar, a esas “montañas” que no nos animamos a subir, porque parecen “imposibles”, a las “montañas” de los obstáculos de la vida, que sólo podemos mover con la fe y a través de ella, nos damos cuenta que es posible, es posible dar un paso más, es posible levantarte si estás al costado del camino, tirar tu manto, tirar ese pecado que arrastrás y no te deja seguir, o superar cualquier situación de tu vida que parezca “imposible”, por haberte alejado de Él.

Lo importante es tener fe, confiar, fiarse de Jesús, rezar como si ya hubiéramos obtenido lo que pedimos, dejando todo en manos de Él, incluso si no pasa lo que nos gustaría que pase. Eso también es tener fe.

Hoy, te invito a que nos dispongamos a rezar, pidiéndole al Señor lo que necesitamos, pidiéndole al Señor, que nos cure de la ceguera, para que nos animemos a seguirlo, pidiéndole, una gracia para alguien que vemos que la necesita, para alguien enfermo, para alguien que sufre… En realidad, la fe, “mueve montañas”, porque la fe, “mueve corazones” y ¡la montaña más difícil de mover, es nuestro corazón!

VIII Jueves durante al año

VIII Jueves durante al año

By administrador on 27 mayo, 2021

Marcos 10, 46-52

Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»

Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo.» Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Animo, levántate! El te llama.» Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él.

Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»

El le respondió: «Maestro, que yo pueda ver.»

Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado.» En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

Palabra del Señor

Comentario

Qué paradoja, que ironía, que aparente contradicción; escuchar este Evangelio, cuando finalmente es un ciego, un cieguito; Bartimeo, el que termina pegando un salto y siguiendo a Jesús por el camino.

Terminamos una sección del Evangelio de Marcos que se llama así: “la sección del camino”. Cuando Jesús, se decide a caminar hacia Jerusalén para entregar su vida, y les va anunciando a los discípulos, que va a ser entregado, maltratado, para terminar, sufriendo por nosotros y al final resucitar. Y en ese camino, nadie lo entiende, ni siquiera sus discípulos.

Acordáte del lunes, como se acercaba el hombre rico arrojándose a los pies de Jesús, y su mezquindad, no le permitía animarse a dejar algo para seguir a Jesús; tanto su mezquindad, como su incapacidad para ver a quién tenía enfrente. Ni siquiera una mirada de amor lo pudo conmover para “dejar algo” para seguir a Jesús.

Después, el martes, escuchábamos como Pedro de alguna manera, “regateaba” con Jesús, y buscaba “algo” a cambio: “Nosotros lo hemos dejado todo… ¿y para nosotros, qué vendrá?” Sin embargo; Jesús, le prometía todo. Ante la mezquindad de Pedro, Jesús promete todo. Y ayer, Juan y Santiago, que se peleaban por un puesto; y los diez que se indignaban. En el fondo, los doce discípulos eran débiles, no comprenden a quien están siguiendo.

Y finamente, hoy termina esta sección del camino, con éste cieguito que nos conmueve a todos: “¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!”. Muchos lo querían callar, pero él seguía gritando, y Jesús en medio de la multitud, lo escucha.

Jesús es el único que escucha el grito de angustia y necesidad de los hombres, Jesús es el único que escucha al cieguito que necesita “ser curado”; todos quieren callarte, todos quieren callarnos, pero Jesús nos escucha. ¡Qué linda esta imagen!, Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”. “¡Ánimo, levántate!” -le dijeron- “¡Él te llama!”, y el ciego arrojó su manto y se puso de pie de un salto.

Jesús le preguntó, y nos pregunta hoy a nosotros: ¿Qué querés que haga por ti?, ¿Qué necesitas?, ¿Necesitas algo o no necesitas nada?… Esa es la “gran pregunta”, no podemos reconocer a Jesús, no podemos seguirlo en el camino, si no reconocemos que algo nos falta, que algo Jesús nos tiene que dar, que, de alguna manera, estamos “ciegos”.

Y por eso, vemos que en realidad los discípulos “no ven”, y el único que finalmente terminará viendo y siguiendo a Jesús con convicción, será aquel que reconoce que “no veía”. Lo mejor que tiene éste cieguito, es que reconoce su necesidad, por eso él dice: “Maestro, que pueda ver”. Y ante esa demostración de necesidad, de humildad; es cuando Jesús le dice: “Vete, tu fe te ha salvado”, y en seguida, -dice el Evangelio-, comenzó a ver, y lo siguió por el camino.

El hombre rico; vos y yo que a veces estamos ricos de “cosas”, ricos de “creernos no necesitados”, ricos de “andar buscando un puesto en este mundo”, ricos de “andar regateándole a Dios algo a cambio”, de lo que según nosotros le damos a Él; como estamos ricos no podemos dejar nada, no nos animamos a dejar nada y por eso a veces no seguimos a Jesús por el camino. O por ahí, estamos también ricos de tantas cosas, como los discípulos; ricos de “poder”, y andamos detrás de Jesús, pero en el fondo, no lo estamos siguiendo; estamos siguiendo un reconocimiento, un puesto, estamos sometiendo a los demás con nuestro poder.

Qué lindo es el ejemplo de éste cieguito, que éste cieguito nos ayude a darnos cuenta de que todos necesitamos ver; que vos y yo, que venimos escuchando el Evangelio hace tanto tiempo, necesitamos seguir “aprendiendo a ver”.

El Evangelio de Marcos, nos quiere mostrar que en definitiva todos estamos ciegos, y que solamente se cura de esa “ceguera espiritual”, que no nos permite ver más allá de las cosas; aquel que se reconoce “cieguito”.

Señor, que yo pueda ver, ¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí! Ojalá que hoy peguemos un salto y nos acerquemos a Jesús, para que Él nos pregunte: “¿Qué quieres que haga por ti?”.

Curame Señor, curame de mi ceguera, curame de lo que no puedo ver, curame de mis pecados, curame de no poder ver el amor que tengo a mi alrededor, curame de no ser un hombre espiritual, de no reconocer todo lo que tengo en mi interior, que está tapado por tantas cosas que no me dejan ver.

VIII Miércoles durante el año

VIII Miércoles durante el año

By administrador on 26 mayo, 2021

Marcos 10, 32-45

Mientras iban de camino para subir a Jerusalén, Jesús se adelantaba a sus discípulos; ellos estaban asombrados y los que lo seguían tenían miedo. Entonces reunió nuevamente a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder:

«Ahora subimos a Jerusalén; allí el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos: ellos se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán. Y tres días después, resucitará.»

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.»

Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?»

Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria.»

Jesús le dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?»

«Podemos», le respondieron.

Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados.»

Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad.

Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.»

Palabra del Señor

Comentario

Mientras vamos caminando por la vida, mientras vamos escuchando la palabra de Dios de cada día, también, y al mismo tiempo, vamos escuchando otras voces interiores y exteriores que nos quieren alejar de Jesús, que no nos dejan comprender su mensaje, que no nos permiten comprender la profundidad de lo que nos quiere decir y enseñar. El mundo anda en otra sintonía, nosotros a veces también. Por eso hay que escuchar y escuchar, mucho, cada día, sin desfallecer.

En Algo del Evangelio de hoy, Juan y Santiago se pelean por un puesto, porque no entienden que el reinado de Jesús, es un reinado espiritual, un reinado que transforma desde adentro del hombre, para sacarnos las “cáscaras” que tenemos, y poder encontrar al niño interior, nuestro pequeño interior. Terminan peleándose porque los otros diez se indignan. ¡En definitiva todos son débiles!, en realidad, ninguno descubre la verdadera propuesta que vino a hacerles Jesús.

¡Qué paradoja: Jesús, proponiendo la pequeñez; los discípulos proponiendo una grandeza que no comprenden, ¡y nosotros también muchas veces andamos así!

Andamos así en la Iglesia, andamos así en nuestras familias, andamos así entre nosotros; peleándonos por un puesto, indignándonos por el puesto del otro. No somos del mundo, pero parecemos del mundo. Cuando en la Iglesia nos peleamos como se pelean afuera, es porque no comprendimos nuestra misión. Esta es la gran debilidad del hombre, de todos, con la cual lucharemos hasta el final.

Ojalá nos diéramos cuenta de esto, ojalá nos convirtiéramos en hombres y mujeres espirituales, como dice San Pablo; en hombres nuevos, y nos demos cuenta que la verdad de la vida, la esencia de la vida, pasa por otro lado, por la pequeñez que nos hace grandes, por la fortaleza que triunfa en la debilidad.

Mientras tanto, seremos cristianos que andamos así, andamos detrás de Jesús en otra, en otra sintonía, mientras Él nos habla de entrega. Sí, caminamos, vamos con Él de alguna manera, pero vamos ahí, en el “montón”, en la “masa”, sin ser lo que debemos ser realmente, y sin distinguir realmente lo que Jesús nos pide.

VIII Martes durante el año

VIII Martes durante el año

By administrador on 25 mayo, 2021

Marcos 10, 28-31

Pedro le dijo a Jesús: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna.

Muchos de los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros».

Palabra del Señor

Comentario

Me acuerdo cuando Johnny –¿te acordás?, mi amigo y amigo de toda la comunidad– recibió la comunión. Me acuerdo que fue muy emocionante, muy lindo. En el sermón, intenté que los niños, de alguna manera, puedan decir lo que sentían y pensaban, y cuando les propuse agradecer, Johnny tomó la palabra y dijo: «Yo agradezco poder recibir el cuerpo y la sangre de Jesús». Cortito, sencillito y al pie, como se dice, sin muchas vueltas. Pensaba en esto de aprender a agradecer lo «esencial», aprendiendo de Johnny, y, por supuesto, a pedir lo esencial. Quiero pedir lo esencial. Hoy quiero rezar por Johnny y por todos los niños para que siempre vuelvan a Jesús, para que tomen siempre más comuniones que la primera, no quedarnos con esa tristeza que nos da a veces ver, que muchos no vuelven. Los niños muchas veces, por otro lado, como vengo diciendo, nos enseñan lo esencial. ¡Aprendamos hoy de los niños!

¿Qué agradecerías vos hoy, en este martes? ¿Qué pedirías? Hay que agradecer y pedirle a Jesús aquello que agradeceríamos si supiéramos que es el último día, vivir lo de cada día. De hecho, así nos lo enseñó en el Padrenuestro: pedir «el pan de cada día». Hagamos este ejercicio, nos va a ayudar mucho.

Ayer escuchábamos que un hombre rico se iba triste y apenado porque no se animaba a dejar ni a vender nada por Jesús. No hablamos de este tema, pero, en el fondo, lo que le faltó a este pobre hombre –como también nos falta a nosotros– fue amor, lo que le faltó fue enamorarse de Cristo. El que no se enamora vive midiéndolo todo, regatea, mezquina todo. Ama, pero a su medida y le pone medidas al amor. El hombre rico representa a los cristianos que se contentan con cumplir, con no hacer nada malo, con no matar y no robar, pero que nunca se animan a mucho más, nunca se animan a dejar algo por amor a Jesús. En realidad, la pregunta que nos podríamos hacer es esta: «¿Si no somos capaces de dejar algo por Jesús, podemos decir que verdaderamente lo amamos? ¿No es un amor muy superficial y mezquino?». Vos y yo tenemos alguna riqueza que nos impide ser libres, ¿cuál es la tuya? ¿Es necesario tener tanto, es necesario acumular tanto? ¿Es necesario aferrarse tanto a lo propio, a los proyectos de uno, a nuestros pensamientos?, porque ¡cuidado!, también ahí hay riquezas que no queremos dejar. ¿Por qué nos cuesta tanto dar?

Continuando con el Evangelio de ayer, en Algo del Evangelio de hoy aparece Pedro, representando a todos los que sí habían dejado algo por Jesús, a los apóstoles. Por ahí también nos representa a nosotros hoy. Especialmente, puede ser a los sacerdotes, a los consagrados, a los que dejaron un proyecto para seguir el de Jesús, pero también a vos que sos laico, la inmensa mayoría de los católicos de la Iglesia, que también dejaste algo; que también alguna vez te casaste y te entregaste, cuando empezaste a servir a Jesús más de cerca, cuando te fuiste a misionar, cuando ayudaste a alguien más pobre, cuando hacés algo concreto por él. También podemos imaginarnos representados por Pedro. ¿Y a nosotros qué? Creo que podíamos meditar esta pregunta desde dos puntos de vista.

Primero, a Pedro y a nosotros también nos sale una cierta mezquindad de adentro del corazón y al entregarnos estar, de algún modo, buscando recompensas. ¿Y a nosotros? ¿Y yo que me la paso sirviendo, y yo que dejé un montón de cosas por vos? Sin querer podemos caer, como el hombre rico de ayer, en cierta mezquindad, en una entrega medida, a medias, en una entrega por conveniencia, en una entrega que no se deja mirar por Jesús con amor, en una entrega que busca algo a cambio. ¡Cuidado!, ¿qué buscamos? Es el peligro de todo apóstol, de todo cristiano, de todo sacerdote, de todo consagrado. ¡El que anda pidiendo algo a cambio, sin querer se puede transformar en un funcionario de la fe y no en un servidor, en un amigo de Jesús! ¡Cuidado con ser un funcionario de Jesús!

Por otro lado, y al mismo tiempo, hay algo muy lindo.

Jesús promete y promete en serio, no como nosotros, no como las promesas de algunos políticos y de tanta gente que anda por ahí. Jesús promete y cumple. Cualquier sacerdote, cualquier consagrado, cualquier cristiano comprometido puede ser testigo de esta verdad, y eso es algo que solo logra Jesús. Dejar algo por él, «nos llena» de casas, de hogares porque podemos quedarnos y alojarnos en miles de lugares distintos, gracias a la generosidad de los que nos consideran hermanos. Haber dejado algo por Jesús nos permite tener miles de hermanos y hermanas, la Iglesia nos llena de hermanos. Predicar la Palabra de Dios cada día nos llena de hermanos y hermanas. Especialmente a los consagrados, dejar el hogar por amor a Jesús nos llena de muchas y buenas madres, también tenemos más padres, que se preocupan por nosotros. Nunca tendremos hambre ni sed, porque él nos provee de todo. Esto es verdad, te lo aseguro.

Todo esto también va acompañado de sufrimientos por amor al Reino de Dios, es inevitable. Al mundo no le gusta la Palabra de Dios, le molesta. Pero al final, vendrá lo mejor, vendrá la Vida eterna. Te propongo hoy, que no seamos mezquinos, no negociemos con Jesús. Él nos da todo, ya lo prometió. Busquemos el Reino de Dios y su santidad, y todo lo demás vendrá por añadidura.

VIII Lunes durante el año

VIII Lunes durante el año

By administrador on 24 mayo, 2021

Marcos 10, 17-27

Cuando Jesús se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»

Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre.»

El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud.»

Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme.» El, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!» Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.»

Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros:

«Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible.»

Palabra del Señor

Comentario

Nunca me voy a cansar de decirte que «no nos cansemos». Me lo digo a mí mismo, en especial los lunes y te lo digo a vos una y mil veces: «No te canses, no nos cansemos de escuchar». Un santo español lo decía de un modo muy lindo en una oración que dice así, te la comparto: «Madre, que no nos cansemos». Parece algo imposible pretender que no nos cansemos, cuando es lógico y hasta te diría lindo cansarse por amor, y si es por amor a Dios, mucho mejor todavía –amor a Dios que nos mueve amar a los demás, por supuesto–. Pero creo que la expresión habla de un cansancio distinto, de ese cansancio que no nos deja seguir con una sonrisa, del cansancio que nos «desarticula» y nos quita los deseos, de ese cansancio que en definitiva se olvidó de Jesús; que dicho sea de paso, también se cansó humanamente. «Madre, que no nos cansemos de creer, de esperar y de amar, que es lo único que nos conduce a la felicidad que mantiene las sonrisas».

Es lindo empezar esta semana escuchando esta escena de Algo del Evangelio, en la que se nos pueden plantear tantas cosas, tantas sensaciones y reacciones diferentes. Muchas preguntas. Al terminar unos días de ejercicios espirituales, una vez me acuerdo, una de las ejercitantes al dar su testimonio dijo algo así: «Llegué llena de dudas, y me voy con más dudas todavía». Parecía un comentario negativo y, al mismo tiempo, gracioso, pero fue muy profundo. Quiere decir que el conocer a Jesús nos quita muchas dudas, pero al mismo tiempo nos llena de más preguntas y más dudas, que vamos esclareciendo en la medida que caminamos con él. Eso nos pasa con la escucha de su Palabra. La Palabra de Dios nunca deja de maravillarnos, nunca debería dejar de maravillarnos, porque cada escena del Evangelio es una fuente inagotable, un alimento perpetuo para todos nosotros y por eso, más allá de lo que dice la Palabra, podemos encontrar miles y miles de recepciones, según el corazón de cada uno de nosotros. La Palabra es una, los corazones miles y las respuestas variadas. Intentemos hoy dar nuestra propia respuesta, según lo que escuchemos y meditemos, también intentemos generar nuestras propias preguntas.

Hoy tengo ganas de que nos llenemos de preguntas, hacer algo así como una lluvia de preguntas –como se dice– al texto, a mí y a cada uno de los que escuchamos estos audios. Alguna pregunta podrá encontrar respuesta, otras no, pero será el comienzo para que algún día sí, por algo se empieza. Muchas veces se dice y se puede escuchar que aquel que se encontró alguna vez con Jesús, en alguna escena del Evangelio e incluso podemos pensarlo hoy, no quedó igual, no queda igual; que aquel que se encontró con él por ser tan irresistible su persona no pudo decir otra cosa que sí, no pudo resistir a su amor. Bueno, es verdad este razonamiento, y es lindo, pero creo que también le falta una parte, le falta una posibilidad, que nunca puede faltar, le falta la respuesta del hombre de hoy, del Evangelio de hoy y de tantos hombres a lo largo de la historia, ¿cuál respuesta? El no, y desde ahí la tristeza y la pena. Sí, lamentablemente existe esa posibilidad.

¿Existe la posibilidad de ver a Jesús cara a cara y terminar yéndose triste, por no animarse a decirle que sí? ¿Existe la posibilidad de haber sido mirado con amor y terminar yéndose apenado? ¿Es posible que vayamos hacia Jesús, que nos arrodillemos frente a él llenos de ansias y de amor y que terminemos yéndonos con las manos vacías, peor de lo que estábamos al llegar? ¿Es posible acercarnos a Dios intentando negociar con él la salvación después de la muerte, pero olvidándonos de la propuesta que él nos hace vivir desde hoy de un modo diferente? ¿Es posible que Jesús nos ofrezca dejar algo para seguirlo, para algo más lindo y pleno, para compartir lo que tenemos con los demás y que nos neguemos, que nos vayamos con la cabeza gacha? ¿Es posible que sigamos sin entender lo que significa ser cristianos, lo que quiere decir seguir a Jesús? ¿Es posible que la riqueza del corazón y material nos impida disfrutar de la propuesta liberadora deun Dios que se despojó de todo para encontrarse con todos? Todo es posible. Pénsalo, rézalo, meditémoslo en nuestras vidas. Pero hoy el Evangelio termina con una posibilidad muy posible, valga la redundancia, mucho más linda.

Para Dios todo es posible. Para Dios es posible destrozar todas las mezquindades que hacen que nos impidan animarnos a lo imposible, a lo que el mundo nos plantea como locura. Para Jesús es posible desarmarte con su mirada y ayudarte a que de una vez por todas descubras que lo mejor es seguirlo a él, amarlo a él, dejando de lado nuestras riquezas que nos impiden disfrutar de lo mejor de la vida, la posibilidad de amar y ser libre. ¿Esto no te quita alguna de tus dudas?

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Solemnidad de la Ascensión del Señor

By administrador on 16 mayo, 2021

Marcos 16, 15-20

Jesús resucitado se apareció a los Once y les dijo:

«Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.

Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»

Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.

Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Palabra del Señor

Comentario

Jesús resucitado se apareció a los Once y les dijo:

«Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.

Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»

Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.

Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Palabra del Señor

Comentario

Celebramos hoy en la Iglesia esta gran Solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos. Jesús, después de resucitar, a los cuarenta días ascendió a los cielos dejándose ver por sus discípulos, dejándose también ocultar por una nube –como dice la primera lectura de hoy–. Parte para estar junto a su Padre, para ser premiado por el Padre, después de haber venido y cumplir su misión, su voluntad y ayudarnos a nosotros a empezar un camino nuevo, una nueva etapa de la historia y de la historia de cada uno de nosotros.

Dice la primera lectura de hoy: «… mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando el cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo vendrá de la misma manera que lo han visto partir”». Y desde ese día, todos los bautizados, los que creemos en él, seguimos esperando su segunda y definitiva venida.

Pero esta espera no puede ser una espera pasiva. Un cristiano en serio sabe esperar, pero al mismo tiempo esta esperanza le da una nueva forma a su vida, lo mueve a la entrega y al amor por los demás; lo que podríamos llamar una «esperanza activa», una «esperanza verdaderamente cristiana».

Algo del Evangelio de hoy nos deja ver claramente la manera como tenemos que esperar hasta la segunda venida del Señor; el evangelista nos narra cómo antes de partir hacia el Padre, Jesús les da –por decirlo así– un último mandamiento, una última instrucción: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará».

Podríamos pensar que Jesús delegó esa «tarea» a sus «elegidos», a los once apóstoles, pero… ¿y a nosotros? ¿Será que a veces por ahí no nos tomamos en serio las gracias que recibimos en nuestro bautismo? Todo el pueblo de Dios, todos los bautizados somos, por su gracia, sacerdotes, profetas y reyes. Anunciar el Evangelio es la misión de cada bautizado, es la razón de ser. Ser cristiano y ser misionero, en realidad, es la misma cosa. Todos tenemos la misión de anunciar esa Buena Noticia a toda la creación, que sigue siendo tan actual como hace dos mil años, que Jesús está vivo, está presente entre nosotros y actuando. Anunciar el Evangelio de todas las maneras posibles, anunciarlo con palabras, pero sobre todo aceptar el reto de hacer vida el Evangelio: esa es la mejor manera de anunciar, de predicar. Las palabras convencen, los ejemplos arrastran.

En el plan divino de salvación, estaba contemplado que Dios se hiciera hombre, que viviera entre nosotros para revelarnos el rostro amoroso del Padre, para enseñarnos a amar, así como él nos amó, hasta dar su vida en la cruz. Pero el Hijo tenía que volver al Padre; y eso es lo que celebramos hoy: la Solemnidad de la Ascensión del Señor, este gran misterio de nuestra fe. Jesús ascendió, volvió a su «lugar», pero, en realidad, su lugar hoy es todo lugar, es estar en todo lugar. Esta es su promesa: «Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo». Fue una partida necesaria para quedarse siempre con nosotros hasta el final. ¡Señor, qué lindo es saber y creer esto! Estás en todo lugar y en todo momento.

El cielo comenzó a estar en la tierra desde que Jesús vino a habitarla y a estar con nosotros; y la tierra está «en el cielo» desde que Jesús ascendió y nos llevó a todos con él. «Él ascendió a los cielos para estar a la derecha del Padre», para ser Señor del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. El Padre lo premió por haber cumplido fiel y amorosamente su voluntad. Desde que ascendió a los cielos, desde que él está en todos lados, millones de corazones comprendieron esto y dejaron que él reine en sus vidas. Jesús reina, aunque muchas veces no te des cuenta. Reina en la medida que lo dejamos reinar. Reina y reinará plenamente cuando venga glorioso al final de los tiempos.

Hagamos hoy el intento de mirar al cielo, simbólicamente, para cruzarnos las miradas con Jesús, que está en el cielo, pero está con nosotros. Miremos, pero sabiendo que no es una despedida total, sino que es una despedida a medias. En realidad, Jesús no se fue, se quedó para siempre, especialmente en la Eucaristía, especialmente en los corazones de los que sufren, de los que creen y lo aman. ¿Crees en esto? Jesús estará siempre con nosotros hasta que vuelva.

Mientras tanto, avivemos nuestra esperanza, pidamos al Señor que nos asista con esa gracia. Todos somos llamados a vivir en esperanza, a vivir con la certeza de que las promesas de Dios se cumplen y se cumplirán en cada uno de nosotros. Somos llamados a vivir y valorar esta gracia de saber que al ascender Jesús a los cielos también llevó, de algún modo, un pedacito de cada uno de nosotros; porque si él es la cabeza y nosotros somos su cuerpo, de alguna manera también nosotros estamos junto al Padre y de alguna manera ya nos abrió las puertas del cielo para cuando nos toque partir.

 

Sábado de la octava de Pascua

Sábado de la octava de Pascua

By administrador on 10 abril, 2021

Marcos 16, 9-15

Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios. Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.

Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.

En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado. Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación.»

Palabra del Señor

Comentario

Por qué no intentar en este sábado de la octava de Pascua; con la cual terminamos esta gran celebración de este gran día que es el de la Pascua, la Resurrección del Señor, el  “paso” de Nuestro Señor por la muerte para darnos vida; por qué no intentar lo que no hacemos hace tiempo que es hacer una síntesis de los evangelios de esta semana, que son tan ricos y nos pueden ayudar muchísimo  finalmente a vivir la experiencia real y concreta de que Jesús está vivo, en nuestra vida. Porque, en definitiva, de eso se trata ser cristiano: en descubrir la presencia de Dios real y concreta en nuestra vida como una persona a la cual queremos seguir porque nos enamoramos, porque descubrimos su amor. Eso es ser cristiano.” No se empieza a ser cristiano por una idea o por una doctrina; sino se empieza a ser cristiano verdaderamente cuando nos encontramos con una Persona, y cuando esa Persona cambia el rumbo de nuestra vida”; así lo decía en su momento el Papa Benedicto XVI, nos cambia el sentido de nuestra vida.

Como decía san Juan Pablo II: “Cristo nos da todo, no quita nada; no tengan miedo a Cristo, ábranle las puertas de par en par”.

Bueno; en esta semana de Pascua de la Octava, hemos contemplado estos evangelios donde se nos muestra a Jesús que se aparece a sus amigos; a sus discípulos, a las mujeres, y por qué no pensar también en la aparición de Jesús a su madre la Virgen Santísima, que, aunque no está relatada también podemos imaginarla, tal como lo plantea san Ignacio de Loyola.
Es una oportunidad para poder reflejarnos y vernos también cómo en nuestra vida, Jesús de alguna manera se nos apareció, se nos manifestó, aunque siempre de alguna manera “velado”, oculto; por eso tenemos que hacer un esfuerzo, por eso tenemos que abrir las puertas de nuestro corazón.

Y para repasar y ver algunas frases, algunas situaciones de los evangelios de esta semana nos pueden ayudar. Por supuesto que cada uno de nosotros puede tomar el evangelio que más nos gusta, incluso el de hoy; porque algo del evangelio de hoy es como una especie de “resumen” de los evangelios de la semana.

Marcos sintetiza tres apariciones y las hace bien concretas y sencillas; en cambio los otros evangelistas se explayan un poco más.

Entonces utilicemos esta especie de “síntesis” del evangelio de Marcos de hoy, para ver la síntesis de esta semana y quedarnos con una frase, con una situación, con algo que nos ayude a rezar, a emocionarnos, a volver a nuestra Galilea y descubrir aquel momento en el cual nos encontramos con él y ahora por ahí está todo “apagado”; o no, o nos encontramos en esta Pascua con Jesús más plenamente y esto nos impulsa a seguirlocon alegría; o no y estamos en la apatía total…

Pidamos la gracia, pidámosle al Señor poder encontrarlo, pidámosle al Señor como decía el evangelio del lunes: alegrarnos. «Alégrense» —dice Jesús. Pidamos alegrarnos verdaderamente con la presencia de Jesús Resucitado. Y Jesús nos plantea –como el lunes– ir a Galilea; ir a ese lugar original donde lo conocimos alguna vez, donde escuchamos hablar de Él y por ahí nos olvidamos… Pensá en eso, y cómo las mujeres se postraron, se tiraron a sus pies de la emoción.

El martes veíamos cómo Jesús consolaba también a María diciéndole: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Y podríamos dejar que Jesús nos pregunte qué es lo que nos pasa, por qué lloramos, por qué a veces seguimos en la tristeza, por qué nos desanimamos tan fácil. Jesús nos viene a traer alegría y paz. Y aunque a veces conviva con la tristeza; la paz que viene a traer Jesús es una paz que nos da la certeza de su Presencia.

O también como el miércoles, pensar en la presencia de Jesús con los discípulos de Emaús, que los acompaña, aunque ellos no se dan cuenta. Él siempre está a nuestro lado, aunque no lo vemos, siempre dispuesto a explicarnos las Escrituras para que “arda” nuestro corazón y que finalmente se nos manifiesta en la Eucaristía para poder experimentarlo verdaderamente. Y así el jueves veíamos cómo Jesús nos trae la paz: «La paz esté con ustedes»; y al mostrarles sus manos y sus pies, los discípulos se llenaban de alegría y admiración; pero también por otro lado se “resistían” a creer. A veces nos cuesta creer. Pidamos la gracia de creer. Él está, está presente.

Y ayer ese gran evangelio de la pesca milagrosa donde Juan pega el grito: “¡Es el Señor!”, y Pedro desaforadamente pero lleno de amor, se tira al mar y recorre cien metros para encontrar a su Señor; toda una prueba de su inmenso amor.

Ojalá tuviéramos ese deseo profundo de que cuando nos dicen “allá está el Señor”, pudiéramos tiranos de cabeza –por decirlo así–, jugarnos la vida, cambiar el rumbo de nuestra vida para transmitir la alegría de Jesús Resucitado.

Ojalá que esta semana de Pascua nos encienda de vuelta en lo profundo de nuestro corazón para decir: “Vale la pena ser cristiano, vale la pena creer en Jesús, vale la pena hablarle a los demás sin miedo de que Jesús está vivo”.

Cómo nos cuesta a veces ¿no?, cómo nos cuesta hablar en nuestros ambientes de Nuestro Señor como alguien concreto, como una Persona a la cual amamos.

Ser cristiano, es seguir a Jesús, ser cristiano es enamorarse de Él y no tener vergüenza de ser testigos de su Resurrección.