Book: Marcos

VIII Viernes durante el año

VIII Viernes durante el año

By administrador on 28 mayo, 2021

Marcos 11, 11-26

Jesús llegó a Jerusalén y fue al Templo; y después de observarlo todo, como ya era tarde, salió con los Doce hacia Betania.

Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. Al divisar de lejos una higuera cubierta de hojas, se acercó para ver si encontraba algún fruto, pero no había más que hojas; porque no era la época de los higos. Dirigiéndose a la higuera, le dijo: «Que nadie más coma de tus frutos.» Y sus discípulos lo oyeron.

Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: «¿Acaso no está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.»

Cuando se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban la forma de matarlo, porque le tenían miedo, ya que todo el pueblo estaba maravillado de su enseñanza.

Al caer la tarde, Jesús y sus discípulos salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar otra vez, vieron que la higuera se había secado de raíz. Pedro, acordándose, dijo a Jesús: «Maestro, la higuera que has maldecido se ha secado.»

Jesús le respondió: «Tengan fe en Dios. Porque yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: “Retírate de ahí y arrójate al mar”, sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá. Por eso les digo: Cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo tienen y lo conseguirán.

Y cuando ustedes se pongan de pie para orar, si tienen algo en contra de alguien, perdónenlo, y el Padre que está en el cielo les perdonará también sus faltas.»

Palabra del Señor

Comentario

Una y otra vez hay que volver a empezar. Aunque parezca una frase “trillada”, dicha incluso hasta en canciones que mucho no tienen que ver con la fe, la verdad es que cada día debemos volver a empezar, de una y mil maneras. Hay que reafirmarse una vez más en los deseos de seguir a Jesús, o seguirnos a nosotros mismos y al mundo. ¿Qué es lo que querés? ¿Qué es lo que queremos? Nos caemos y cansamos, nos entristecemos y bajoneamos o nos deprimimos, cuando en el fondo no estamos siguiendo a Jesús, cuando consiente o inconscientemente ponemos nuestras esperanzas y alegrías en cosas que pasan y nos terminan dejando vacíos. Y eso nos pasa a todos, de un modo u otro, en algún momento u en otro. Si andás así, acordate que es necesario volver a empezar, mirarlo a Jesús una vez más, confiar en su amor y en su gracia, que eso nos debería bastar.

En este viernes, ya cercanos al fin de semana, cada uno con el cansancio de la vida que llevamos a cuestas; creo que nos puede hacer bien, contemplar el momento en el que Jesús llega a Jerusalén, cuando “termina su camino”. Por otro lado, escuchamos en otros evangelios, que Jesús les había anticipado a sus discípulos que su destino era llegar a Jerusalén en donde sería maltratado, crucificado y finalmente, resucitado, pero ellos, no terminaron nunca de comprender. Su ceguera no se los permitió, como nos pasa también a nosotros, que seguimos a Jesús, pero muchas veces no terminamos de comprender.

En estos días escuchamos como Jesús había emprendido su caminar y en ese camino, había encontrado diferentes situaciones; un hombre rico que no se animaba a seguirlo, los discípulos que se pelean y no comprenden lo más profundo del “ser” de Jesús y a lo que había venido, y finalmente un cieguito, que, por su fe, fue salvado. Que, por su fe, no sólo fue curado de su ceguera física; sino que fue curado de su ceguera espiritual, y comenzó a seguir a Jesús.

En definitiva, lo que nos enseñaron esos relatos, es que la fe, nos va curando la ceguera espiritual y nos permite seguir a Jesús libremente. Y que por supuesto sin fe, no podemos “ver más allá”, sin fe, nos perdemos de muchísimas cosas, sin fe, no sólo no vivimos como quiere el Señor, sino que además no estamos en comunión con los demás, no nos abrimos a cosas nuevas, ni nos abrimos al amor, vivimos en nuestro pequeño mundo, mirándonos el ombligo y además, somos capaces de cuestionar hasta al mismo Dios.

Y por eso, Jesús en algo del evangelio de hoy, nos propone la fe, nos invita a tener fe; tanta fe, que incluso seamos capaces de “mover montañas”. Entendiendo esta frase como un símbolo; por supuesto no podemos reducir esta expresión, a pensar que con la fuerza o poder de nuestra mente, confiando, podemos realmente “mover” una montaña. Con esta expresión, Jesús se refiere a algo “más profundo”; más bien, se refiere a las “montañas” que tenemos que mover en nuestra vida, aquellas que no nos permiten caminar, a esas “montañas” que no nos animamos a subir, porque parecen “imposibles”, a las “montañas” de los obstáculos de la vida, que sólo podemos mover con la fe y a través de ella, nos damos cuenta que es posible, es posible dar un paso más, es posible levantarte si estás al costado del camino, tirar tu manto, tirar ese pecado que arrastrás y no te deja seguir, o superar cualquier situación de tu vida que parezca “imposible”, por haberte alejado de Él.

Lo importante es tener fe, confiar, fiarse de Jesús, rezar como si ya hubiéramos obtenido lo que pedimos, dejando todo en manos de Él, incluso si no pasa lo que nos gustaría que pase. Eso también es tener fe.

Hoy, te invito a que nos dispongamos a rezar, pidiéndole al Señor lo que necesitamos, pidiéndole al Señor, que nos cure de la ceguera, para que nos animemos a seguirlo, pidiéndole, una gracia para alguien que vemos que la necesita, para alguien enfermo, para alguien que sufre… En realidad, la fe, “mueve montañas”, porque la fe, “mueve corazones” y ¡la montaña más difícil de mover, es nuestro corazón!

VIII Jueves durante al año

VIII Jueves durante al año

By administrador on 27 mayo, 2021

Marcos 10, 46-52

Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»

Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo.» Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Animo, levántate! El te llama.» Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él.

Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»

El le respondió: «Maestro, que yo pueda ver.»

Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado.» En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.

Palabra del Señor

Comentario

Qué paradoja, que ironía, que aparente contradicción; escuchar este Evangelio, cuando finalmente es un ciego, un cieguito; Bartimeo, el que termina pegando un salto y siguiendo a Jesús por el camino.

Terminamos una sección del Evangelio de Marcos que se llama así: “la sección del camino”. Cuando Jesús, se decide a caminar hacia Jerusalén para entregar su vida, y les va anunciando a los discípulos, que va a ser entregado, maltratado, para terminar, sufriendo por nosotros y al final resucitar. Y en ese camino, nadie lo entiende, ni siquiera sus discípulos.

Acordáte del lunes, como se acercaba el hombre rico arrojándose a los pies de Jesús, y su mezquindad, no le permitía animarse a dejar algo para seguir a Jesús; tanto su mezquindad, como su incapacidad para ver a quién tenía enfrente. Ni siquiera una mirada de amor lo pudo conmover para “dejar algo” para seguir a Jesús.

Después, el martes, escuchábamos como Pedro de alguna manera, “regateaba” con Jesús, y buscaba “algo” a cambio: “Nosotros lo hemos dejado todo… ¿y para nosotros, qué vendrá?” Sin embargo; Jesús, le prometía todo. Ante la mezquindad de Pedro, Jesús promete todo. Y ayer, Juan y Santiago, que se peleaban por un puesto; y los diez que se indignaban. En el fondo, los doce discípulos eran débiles, no comprenden a quien están siguiendo.

Y finamente, hoy termina esta sección del camino, con éste cieguito que nos conmueve a todos: “¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí!”. Muchos lo querían callar, pero él seguía gritando, y Jesús en medio de la multitud, lo escucha.

Jesús es el único que escucha el grito de angustia y necesidad de los hombres, Jesús es el único que escucha al cieguito que necesita “ser curado”; todos quieren callarte, todos quieren callarnos, pero Jesús nos escucha. ¡Qué linda esta imagen!, Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”. “¡Ánimo, levántate!” -le dijeron- “¡Él te llama!”, y el ciego arrojó su manto y se puso de pie de un salto.

Jesús le preguntó, y nos pregunta hoy a nosotros: ¿Qué querés que haga por ti?, ¿Qué necesitas?, ¿Necesitas algo o no necesitas nada?… Esa es la “gran pregunta”, no podemos reconocer a Jesús, no podemos seguirlo en el camino, si no reconocemos que algo nos falta, que algo Jesús nos tiene que dar, que, de alguna manera, estamos “ciegos”.

Y por eso, vemos que en realidad los discípulos “no ven”, y el único que finalmente terminará viendo y siguiendo a Jesús con convicción, será aquel que reconoce que “no veía”. Lo mejor que tiene éste cieguito, es que reconoce su necesidad, por eso él dice: “Maestro, que pueda ver”. Y ante esa demostración de necesidad, de humildad; es cuando Jesús le dice: “Vete, tu fe te ha salvado”, y en seguida, -dice el Evangelio-, comenzó a ver, y lo siguió por el camino.

El hombre rico; vos y yo que a veces estamos ricos de “cosas”, ricos de “creernos no necesitados”, ricos de “andar buscando un puesto en este mundo”, ricos de “andar regateándole a Dios algo a cambio”, de lo que según nosotros le damos a Él; como estamos ricos no podemos dejar nada, no nos animamos a dejar nada y por eso a veces no seguimos a Jesús por el camino. O por ahí, estamos también ricos de tantas cosas, como los discípulos; ricos de “poder”, y andamos detrás de Jesús, pero en el fondo, no lo estamos siguiendo; estamos siguiendo un reconocimiento, un puesto, estamos sometiendo a los demás con nuestro poder.

Qué lindo es el ejemplo de éste cieguito, que éste cieguito nos ayude a darnos cuenta de que todos necesitamos ver; que vos y yo, que venimos escuchando el Evangelio hace tanto tiempo, necesitamos seguir “aprendiendo a ver”.

El Evangelio de Marcos, nos quiere mostrar que en definitiva todos estamos ciegos, y que solamente se cura de esa “ceguera espiritual”, que no nos permite ver más allá de las cosas; aquel que se reconoce “cieguito”.

Señor, que yo pueda ver, ¡Jesús, hijo de David, ten piedad de mí! Ojalá que hoy peguemos un salto y nos acerquemos a Jesús, para que Él nos pregunte: “¿Qué quieres que haga por ti?”.

Curame Señor, curame de mi ceguera, curame de lo que no puedo ver, curame de mis pecados, curame de no poder ver el amor que tengo a mi alrededor, curame de no ser un hombre espiritual, de no reconocer todo lo que tengo en mi interior, que está tapado por tantas cosas que no me dejan ver.

VIII Miércoles durante el año

VIII Miércoles durante el año

By administrador on 26 mayo, 2021

Marcos 10, 32-45

Mientras iban de camino para subir a Jerusalén, Jesús se adelantaba a sus discípulos; ellos estaban asombrados y los que lo seguían tenían miedo. Entonces reunió nuevamente a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder:

«Ahora subimos a Jerusalén; allí el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos: ellos se burlarán de él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán. Y tres días después, resucitará.»

Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir.»

Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?»

Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria.»

Jesús le dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?»

«Podemos», le respondieron.

Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que yo beberé y recibirán el mismo bautismo que yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados.»

Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquellos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad.

Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.»

Palabra del Señor

Comentario

Mientras vamos caminando por la vida, mientras vamos escuchando la palabra de Dios de cada día, también, y al mismo tiempo, vamos escuchando otras voces interiores y exteriores que nos quieren alejar de Jesús, que no nos dejan comprender su mensaje, que no nos permiten comprender la profundidad de lo que nos quiere decir y enseñar. El mundo anda en otra sintonía, nosotros a veces también. Por eso hay que escuchar y escuchar, mucho, cada día, sin desfallecer.

En Algo del Evangelio de hoy, Juan y Santiago se pelean por un puesto, porque no entienden que el reinado de Jesús, es un reinado espiritual, un reinado que transforma desde adentro del hombre, para sacarnos las “cáscaras” que tenemos, y poder encontrar al niño interior, nuestro pequeño interior. Terminan peleándose porque los otros diez se indignan. ¡En definitiva todos son débiles!, en realidad, ninguno descubre la verdadera propuesta que vino a hacerles Jesús.

¡Qué paradoja: Jesús, proponiendo la pequeñez; los discípulos proponiendo una grandeza que no comprenden, ¡y nosotros también muchas veces andamos así!

Andamos así en la Iglesia, andamos así en nuestras familias, andamos así entre nosotros; peleándonos por un puesto, indignándonos por el puesto del otro. No somos del mundo, pero parecemos del mundo. Cuando en la Iglesia nos peleamos como se pelean afuera, es porque no comprendimos nuestra misión. Esta es la gran debilidad del hombre, de todos, con la cual lucharemos hasta el final.

Ojalá nos diéramos cuenta de esto, ojalá nos convirtiéramos en hombres y mujeres espirituales, como dice San Pablo; en hombres nuevos, y nos demos cuenta que la verdad de la vida, la esencia de la vida, pasa por otro lado, por la pequeñez que nos hace grandes, por la fortaleza que triunfa en la debilidad.

Mientras tanto, seremos cristianos que andamos así, andamos detrás de Jesús en otra, en otra sintonía, mientras Él nos habla de entrega. Sí, caminamos, vamos con Él de alguna manera, pero vamos ahí, en el “montón”, en la “masa”, sin ser lo que debemos ser realmente, y sin distinguir realmente lo que Jesús nos pide.

VIII Martes durante el año

VIII Martes durante el año

By administrador on 25 mayo, 2021

Marcos 10, 28-31

Pedro le dijo a Jesús: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna.

Muchos de los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros».

Palabra del Señor

Comentario

Me acuerdo cuando Johnny –¿te acordás?, mi amigo y amigo de toda la comunidad– recibió la comunión. Me acuerdo que fue muy emocionante, muy lindo. En el sermón, intenté que los niños, de alguna manera, puedan decir lo que sentían y pensaban, y cuando les propuse agradecer, Johnny tomó la palabra y dijo: «Yo agradezco poder recibir el cuerpo y la sangre de Jesús». Cortito, sencillito y al pie, como se dice, sin muchas vueltas. Pensaba en esto de aprender a agradecer lo «esencial», aprendiendo de Johnny, y, por supuesto, a pedir lo esencial. Quiero pedir lo esencial. Hoy quiero rezar por Johnny y por todos los niños para que siempre vuelvan a Jesús, para que tomen siempre más comuniones que la primera, no quedarnos con esa tristeza que nos da a veces ver, que muchos no vuelven. Los niños muchas veces, por otro lado, como vengo diciendo, nos enseñan lo esencial. ¡Aprendamos hoy de los niños!

¿Qué agradecerías vos hoy, en este martes? ¿Qué pedirías? Hay que agradecer y pedirle a Jesús aquello que agradeceríamos si supiéramos que es el último día, vivir lo de cada día. De hecho, así nos lo enseñó en el Padrenuestro: pedir «el pan de cada día». Hagamos este ejercicio, nos va a ayudar mucho.

Ayer escuchábamos que un hombre rico se iba triste y apenado porque no se animaba a dejar ni a vender nada por Jesús. No hablamos de este tema, pero, en el fondo, lo que le faltó a este pobre hombre –como también nos falta a nosotros– fue amor, lo que le faltó fue enamorarse de Cristo. El que no se enamora vive midiéndolo todo, regatea, mezquina todo. Ama, pero a su medida y le pone medidas al amor. El hombre rico representa a los cristianos que se contentan con cumplir, con no hacer nada malo, con no matar y no robar, pero que nunca se animan a mucho más, nunca se animan a dejar algo por amor a Jesús. En realidad, la pregunta que nos podríamos hacer es esta: «¿Si no somos capaces de dejar algo por Jesús, podemos decir que verdaderamente lo amamos? ¿No es un amor muy superficial y mezquino?». Vos y yo tenemos alguna riqueza que nos impide ser libres, ¿cuál es la tuya? ¿Es necesario tener tanto, es necesario acumular tanto? ¿Es necesario aferrarse tanto a lo propio, a los proyectos de uno, a nuestros pensamientos?, porque ¡cuidado!, también ahí hay riquezas que no queremos dejar. ¿Por qué nos cuesta tanto dar?

Continuando con el Evangelio de ayer, en Algo del Evangelio de hoy aparece Pedro, representando a todos los que sí habían dejado algo por Jesús, a los apóstoles. Por ahí también nos representa a nosotros hoy. Especialmente, puede ser a los sacerdotes, a los consagrados, a los que dejaron un proyecto para seguir el de Jesús, pero también a vos que sos laico, la inmensa mayoría de los católicos de la Iglesia, que también dejaste algo; que también alguna vez te casaste y te entregaste, cuando empezaste a servir a Jesús más de cerca, cuando te fuiste a misionar, cuando ayudaste a alguien más pobre, cuando hacés algo concreto por él. También podemos imaginarnos representados por Pedro. ¿Y a nosotros qué? Creo que podíamos meditar esta pregunta desde dos puntos de vista.

Primero, a Pedro y a nosotros también nos sale una cierta mezquindad de adentro del corazón y al entregarnos estar, de algún modo, buscando recompensas. ¿Y a nosotros? ¿Y yo que me la paso sirviendo, y yo que dejé un montón de cosas por vos? Sin querer podemos caer, como el hombre rico de ayer, en cierta mezquindad, en una entrega medida, a medias, en una entrega por conveniencia, en una entrega que no se deja mirar por Jesús con amor, en una entrega que busca algo a cambio. ¡Cuidado!, ¿qué buscamos? Es el peligro de todo apóstol, de todo cristiano, de todo sacerdote, de todo consagrado. ¡El que anda pidiendo algo a cambio, sin querer se puede transformar en un funcionario de la fe y no en un servidor, en un amigo de Jesús! ¡Cuidado con ser un funcionario de Jesús!

Por otro lado, y al mismo tiempo, hay algo muy lindo.

Jesús promete y promete en serio, no como nosotros, no como las promesas de algunos políticos y de tanta gente que anda por ahí. Jesús promete y cumple. Cualquier sacerdote, cualquier consagrado, cualquier cristiano comprometido puede ser testigo de esta verdad, y eso es algo que solo logra Jesús. Dejar algo por él, «nos llena» de casas, de hogares porque podemos quedarnos y alojarnos en miles de lugares distintos, gracias a la generosidad de los que nos consideran hermanos. Haber dejado algo por Jesús nos permite tener miles de hermanos y hermanas, la Iglesia nos llena de hermanos. Predicar la Palabra de Dios cada día nos llena de hermanos y hermanas. Especialmente a los consagrados, dejar el hogar por amor a Jesús nos llena de muchas y buenas madres, también tenemos más padres, que se preocupan por nosotros. Nunca tendremos hambre ni sed, porque él nos provee de todo. Esto es verdad, te lo aseguro.

Todo esto también va acompañado de sufrimientos por amor al Reino de Dios, es inevitable. Al mundo no le gusta la Palabra de Dios, le molesta. Pero al final, vendrá lo mejor, vendrá la Vida eterna. Te propongo hoy, que no seamos mezquinos, no negociemos con Jesús. Él nos da todo, ya lo prometió. Busquemos el Reino de Dios y su santidad, y todo lo demás vendrá por añadidura.

VIII Lunes durante el año

VIII Lunes durante el año

By administrador on 24 mayo, 2021

Marcos 10, 17-27

Cuando Jesús se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»

Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre.»

El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud.»

Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme.» El, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.

Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!» Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.»

Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros:

«Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible.»

Palabra del Señor

Comentario

Nunca me voy a cansar de decirte que «no nos cansemos». Me lo digo a mí mismo, en especial los lunes y te lo digo a vos una y mil veces: «No te canses, no nos cansemos de escuchar». Un santo español lo decía de un modo muy lindo en una oración que dice así, te la comparto: «Madre, que no nos cansemos». Parece algo imposible pretender que no nos cansemos, cuando es lógico y hasta te diría lindo cansarse por amor, y si es por amor a Dios, mucho mejor todavía –amor a Dios que nos mueve amar a los demás, por supuesto–. Pero creo que la expresión habla de un cansancio distinto, de ese cansancio que no nos deja seguir con una sonrisa, del cansancio que nos «desarticula» y nos quita los deseos, de ese cansancio que en definitiva se olvidó de Jesús; que dicho sea de paso, también se cansó humanamente. «Madre, que no nos cansemos de creer, de esperar y de amar, que es lo único que nos conduce a la felicidad que mantiene las sonrisas».

Es lindo empezar esta semana escuchando esta escena de Algo del Evangelio, en la que se nos pueden plantear tantas cosas, tantas sensaciones y reacciones diferentes. Muchas preguntas. Al terminar unos días de ejercicios espirituales, una vez me acuerdo, una de las ejercitantes al dar su testimonio dijo algo así: «Llegué llena de dudas, y me voy con más dudas todavía». Parecía un comentario negativo y, al mismo tiempo, gracioso, pero fue muy profundo. Quiere decir que el conocer a Jesús nos quita muchas dudas, pero al mismo tiempo nos llena de más preguntas y más dudas, que vamos esclareciendo en la medida que caminamos con él. Eso nos pasa con la escucha de su Palabra. La Palabra de Dios nunca deja de maravillarnos, nunca debería dejar de maravillarnos, porque cada escena del Evangelio es una fuente inagotable, un alimento perpetuo para todos nosotros y por eso, más allá de lo que dice la Palabra, podemos encontrar miles y miles de recepciones, según el corazón de cada uno de nosotros. La Palabra es una, los corazones miles y las respuestas variadas. Intentemos hoy dar nuestra propia respuesta, según lo que escuchemos y meditemos, también intentemos generar nuestras propias preguntas.

Hoy tengo ganas de que nos llenemos de preguntas, hacer algo así como una lluvia de preguntas –como se dice– al texto, a mí y a cada uno de los que escuchamos estos audios. Alguna pregunta podrá encontrar respuesta, otras no, pero será el comienzo para que algún día sí, por algo se empieza. Muchas veces se dice y se puede escuchar que aquel que se encontró alguna vez con Jesús, en alguna escena del Evangelio e incluso podemos pensarlo hoy, no quedó igual, no queda igual; que aquel que se encontró con él por ser tan irresistible su persona no pudo decir otra cosa que sí, no pudo resistir a su amor. Bueno, es verdad este razonamiento, y es lindo, pero creo que también le falta una parte, le falta una posibilidad, que nunca puede faltar, le falta la respuesta del hombre de hoy, del Evangelio de hoy y de tantos hombres a lo largo de la historia, ¿cuál respuesta? El no, y desde ahí la tristeza y la pena. Sí, lamentablemente existe esa posibilidad.

¿Existe la posibilidad de ver a Jesús cara a cara y terminar yéndose triste, por no animarse a decirle que sí? ¿Existe la posibilidad de haber sido mirado con amor y terminar yéndose apenado? ¿Es posible que vayamos hacia Jesús, que nos arrodillemos frente a él llenos de ansias y de amor y que terminemos yéndonos con las manos vacías, peor de lo que estábamos al llegar? ¿Es posible acercarnos a Dios intentando negociar con él la salvación después de la muerte, pero olvidándonos de la propuesta que él nos hace vivir desde hoy de un modo diferente? ¿Es posible que Jesús nos ofrezca dejar algo para seguirlo, para algo más lindo y pleno, para compartir lo que tenemos con los demás y que nos neguemos, que nos vayamos con la cabeza gacha? ¿Es posible que sigamos sin entender lo que significa ser cristianos, lo que quiere decir seguir a Jesús? ¿Es posible que la riqueza del corazón y material nos impida disfrutar de la propuesta liberadora deun Dios que se despojó de todo para encontrarse con todos? Todo es posible. Pénsalo, rézalo, meditémoslo en nuestras vidas. Pero hoy el Evangelio termina con una posibilidad muy posible, valga la redundancia, mucho más linda.

Para Dios todo es posible. Para Dios es posible destrozar todas las mezquindades que hacen que nos impidan animarnos a lo imposible, a lo que el mundo nos plantea como locura. Para Jesús es posible desarmarte con su mirada y ayudarte a que de una vez por todas descubras que lo mejor es seguirlo a él, amarlo a él, dejando de lado nuestras riquezas que nos impiden disfrutar de lo mejor de la vida, la posibilidad de amar y ser libre. ¿Esto no te quita alguna de tus dudas?

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Solemnidad de la Ascensión del Señor

By administrador on 16 mayo, 2021

Marcos 16, 15-20

Jesús resucitado se apareció a los Once y les dijo:

«Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.

Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»

Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.

Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Palabra del Señor

Comentario

Jesús resucitado se apareció a los Once y les dijo:

«Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.

Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán.»

Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.

Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

Palabra del Señor

Comentario

Celebramos hoy en la Iglesia esta gran Solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos. Jesús, después de resucitar, a los cuarenta días ascendió a los cielos dejándose ver por sus discípulos, dejándose también ocultar por una nube –como dice la primera lectura de hoy–. Parte para estar junto a su Padre, para ser premiado por el Padre, después de haber venido y cumplir su misión, su voluntad y ayudarnos a nosotros a empezar un camino nuevo, una nueva etapa de la historia y de la historia de cada uno de nosotros.

Dice la primera lectura de hoy: «… mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando el cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo vendrá de la misma manera que lo han visto partir”». Y desde ese día, todos los bautizados, los que creemos en él, seguimos esperando su segunda y definitiva venida.

Pero esta espera no puede ser una espera pasiva. Un cristiano en serio sabe esperar, pero al mismo tiempo esta esperanza le da una nueva forma a su vida, lo mueve a la entrega y al amor por los demás; lo que podríamos llamar una «esperanza activa», una «esperanza verdaderamente cristiana».

Algo del Evangelio de hoy nos deja ver claramente la manera como tenemos que esperar hasta la segunda venida del Señor; el evangelista nos narra cómo antes de partir hacia el Padre, Jesús les da –por decirlo así– un último mandamiento, una última instrucción: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará».

Podríamos pensar que Jesús delegó esa «tarea» a sus «elegidos», a los once apóstoles, pero… ¿y a nosotros? ¿Será que a veces por ahí no nos tomamos en serio las gracias que recibimos en nuestro bautismo? Todo el pueblo de Dios, todos los bautizados somos, por su gracia, sacerdotes, profetas y reyes. Anunciar el Evangelio es la misión de cada bautizado, es la razón de ser. Ser cristiano y ser misionero, en realidad, es la misma cosa. Todos tenemos la misión de anunciar esa Buena Noticia a toda la creación, que sigue siendo tan actual como hace dos mil años, que Jesús está vivo, está presente entre nosotros y actuando. Anunciar el Evangelio de todas las maneras posibles, anunciarlo con palabras, pero sobre todo aceptar el reto de hacer vida el Evangelio: esa es la mejor manera de anunciar, de predicar. Las palabras convencen, los ejemplos arrastran.

En el plan divino de salvación, estaba contemplado que Dios se hiciera hombre, que viviera entre nosotros para revelarnos el rostro amoroso del Padre, para enseñarnos a amar, así como él nos amó, hasta dar su vida en la cruz. Pero el Hijo tenía que volver al Padre; y eso es lo que celebramos hoy: la Solemnidad de la Ascensión del Señor, este gran misterio de nuestra fe. Jesús ascendió, volvió a su «lugar», pero, en realidad, su lugar hoy es todo lugar, es estar en todo lugar. Esta es su promesa: «Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo». Fue una partida necesaria para quedarse siempre con nosotros hasta el final. ¡Señor, qué lindo es saber y creer esto! Estás en todo lugar y en todo momento.

El cielo comenzó a estar en la tierra desde que Jesús vino a habitarla y a estar con nosotros; y la tierra está «en el cielo» desde que Jesús ascendió y nos llevó a todos con él. «Él ascendió a los cielos para estar a la derecha del Padre», para ser Señor del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. El Padre lo premió por haber cumplido fiel y amorosamente su voluntad. Desde que ascendió a los cielos, desde que él está en todos lados, millones de corazones comprendieron esto y dejaron que él reine en sus vidas. Jesús reina, aunque muchas veces no te des cuenta. Reina en la medida que lo dejamos reinar. Reina y reinará plenamente cuando venga glorioso al final de los tiempos.

Hagamos hoy el intento de mirar al cielo, simbólicamente, para cruzarnos las miradas con Jesús, que está en el cielo, pero está con nosotros. Miremos, pero sabiendo que no es una despedida total, sino que es una despedida a medias. En realidad, Jesús no se fue, se quedó para siempre, especialmente en la Eucaristía, especialmente en los corazones de los que sufren, de los que creen y lo aman. ¿Crees en esto? Jesús estará siempre con nosotros hasta que vuelva.

Mientras tanto, avivemos nuestra esperanza, pidamos al Señor que nos asista con esa gracia. Todos somos llamados a vivir en esperanza, a vivir con la certeza de que las promesas de Dios se cumplen y se cumplirán en cada uno de nosotros. Somos llamados a vivir y valorar esta gracia de saber que al ascender Jesús a los cielos también llevó, de algún modo, un pedacito de cada uno de nosotros; porque si él es la cabeza y nosotros somos su cuerpo, de alguna manera también nosotros estamos junto al Padre y de alguna manera ya nos abrió las puertas del cielo para cuando nos toque partir.

 

Sábado de la octava de Pascua

Sábado de la octava de Pascua

By administrador on 10 abril, 2021

Marcos 16, 9-15

Jesús, que había resucitado a la mañana del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, aquella de quien había echado siete demonios. Ella fue a contarlo a los que siempre lo habían acompañado, que estaban afligidos y lloraban. Cuando la oyeron decir que Jesús estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.

Después, se mostró con otro aspecto a dos de ellos, que iban caminando hacia un poblado. Y ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero tampoco les creyeron.

En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado. Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación.»

Palabra del Señor

Comentario

Por qué no intentar en este sábado de la octava de Pascua; con la cual terminamos esta gran celebración de este gran día que es el de la Pascua, la Resurrección del Señor, el  “paso” de Nuestro Señor por la muerte para darnos vida; por qué no intentar lo que no hacemos hace tiempo que es hacer una síntesis de los evangelios de esta semana, que son tan ricos y nos pueden ayudar muchísimo  finalmente a vivir la experiencia real y concreta de que Jesús está vivo, en nuestra vida. Porque, en definitiva, de eso se trata ser cristiano: en descubrir la presencia de Dios real y concreta en nuestra vida como una persona a la cual queremos seguir porque nos enamoramos, porque descubrimos su amor. Eso es ser cristiano.” No se empieza a ser cristiano por una idea o por una doctrina; sino se empieza a ser cristiano verdaderamente cuando nos encontramos con una Persona, y cuando esa Persona cambia el rumbo de nuestra vida”; así lo decía en su momento el Papa Benedicto XVI, nos cambia el sentido de nuestra vida.

Como decía san Juan Pablo II: “Cristo nos da todo, no quita nada; no tengan miedo a Cristo, ábranle las puertas de par en par”.

Bueno; en esta semana de Pascua de la Octava, hemos contemplado estos evangelios donde se nos muestra a Jesús que se aparece a sus amigos; a sus discípulos, a las mujeres, y por qué no pensar también en la aparición de Jesús a su madre la Virgen Santísima, que, aunque no está relatada también podemos imaginarla, tal como lo plantea san Ignacio de Loyola.
Es una oportunidad para poder reflejarnos y vernos también cómo en nuestra vida, Jesús de alguna manera se nos apareció, se nos manifestó, aunque siempre de alguna manera “velado”, oculto; por eso tenemos que hacer un esfuerzo, por eso tenemos que abrir las puertas de nuestro corazón.

Y para repasar y ver algunas frases, algunas situaciones de los evangelios de esta semana nos pueden ayudar. Por supuesto que cada uno de nosotros puede tomar el evangelio que más nos gusta, incluso el de hoy; porque algo del evangelio de hoy es como una especie de “resumen” de los evangelios de la semana.

Marcos sintetiza tres apariciones y las hace bien concretas y sencillas; en cambio los otros evangelistas se explayan un poco más.

Entonces utilicemos esta especie de “síntesis” del evangelio de Marcos de hoy, para ver la síntesis de esta semana y quedarnos con una frase, con una situación, con algo que nos ayude a rezar, a emocionarnos, a volver a nuestra Galilea y descubrir aquel momento en el cual nos encontramos con él y ahora por ahí está todo “apagado”; o no, o nos encontramos en esta Pascua con Jesús más plenamente y esto nos impulsa a seguirlocon alegría; o no y estamos en la apatía total…

Pidamos la gracia, pidámosle al Señor poder encontrarlo, pidámosle al Señor como decía el evangelio del lunes: alegrarnos. «Alégrense» —dice Jesús. Pidamos alegrarnos verdaderamente con la presencia de Jesús Resucitado. Y Jesús nos plantea –como el lunes– ir a Galilea; ir a ese lugar original donde lo conocimos alguna vez, donde escuchamos hablar de Él y por ahí nos olvidamos… Pensá en eso, y cómo las mujeres se postraron, se tiraron a sus pies de la emoción.

El martes veíamos cómo Jesús consolaba también a María diciéndole: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Y podríamos dejar que Jesús nos pregunte qué es lo que nos pasa, por qué lloramos, por qué a veces seguimos en la tristeza, por qué nos desanimamos tan fácil. Jesús nos viene a traer alegría y paz. Y aunque a veces conviva con la tristeza; la paz que viene a traer Jesús es una paz que nos da la certeza de su Presencia.

O también como el miércoles, pensar en la presencia de Jesús con los discípulos de Emaús, que los acompaña, aunque ellos no se dan cuenta. Él siempre está a nuestro lado, aunque no lo vemos, siempre dispuesto a explicarnos las Escrituras para que “arda” nuestro corazón y que finalmente se nos manifiesta en la Eucaristía para poder experimentarlo verdaderamente. Y así el jueves veíamos cómo Jesús nos trae la paz: «La paz esté con ustedes»; y al mostrarles sus manos y sus pies, los discípulos se llenaban de alegría y admiración; pero también por otro lado se “resistían” a creer. A veces nos cuesta creer. Pidamos la gracia de creer. Él está, está presente.

Y ayer ese gran evangelio de la pesca milagrosa donde Juan pega el grito: “¡Es el Señor!”, y Pedro desaforadamente pero lleno de amor, se tira al mar y recorre cien metros para encontrar a su Señor; toda una prueba de su inmenso amor.

Ojalá tuviéramos ese deseo profundo de que cuando nos dicen “allá está el Señor”, pudiéramos tiranos de cabeza –por decirlo así–, jugarnos la vida, cambiar el rumbo de nuestra vida para transmitir la alegría de Jesús Resucitado.

Ojalá que esta semana de Pascua nos encienda de vuelta en lo profundo de nuestro corazón para decir: “Vale la pena ser cristiano, vale la pena creer en Jesús, vale la pena hablarle a los demás sin miedo de que Jesús está vivo”.

Cómo nos cuesta a veces ¿no?, cómo nos cuesta hablar en nuestros ambientes de Nuestro Señor como alguien concreto, como una Persona a la cual amamos.

Ser cristiano, es seguir a Jesús, ser cristiano es enamorarse de Él y no tener vergüenza de ser testigos de su Resurrección.

Vigilia Pascual

Vigilia Pascual

By administrador on 3 abril, 2021

Marcos 16, 1-8

Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro.

Y decían entre ellas: «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?». Pero al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande.

Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, pero él les dijo: «No teman. Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como él se lo había dicho».

Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo.

Palabra del Señor

Comentario

Estamos a la espera, con ansias de que llegue la noche, para que esta vigilia nos lleve inexorablemente a reconocer a Jesús resucitado en nuestras vidas, y eso nos transforme. Lo que queremos conocer nos tiene que transformar, sino todavía no es conocido. ¿Quién de nosotros no lo necesita? Pero mientras tanto, mientras andamos por la vida, ¿quién de nosotros no enfrentó una situación como la de las mujeres yendo al sepulcro, en Algo del Evangelio de hoy? La duda, la increencia, la desesperanza, la desazón, la tristeza, el miedo. «¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?», ¿quién nos va a ayudar a quitar la muerte de esta vida?, ¿quién nos va a ayudar a superar todas las situaciones de muerte que nos rodean? De alguna manera es esta pregunta: ¿quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro? Mujeres que iban en búsqueda de un cadáver se preguntan por algo lógico y necesario. No se imaginan que Dios romperá con toda la lógica humana, con todo lo imaginable. La resurrección es posible, ¿sabías? La resurrección fue real, no hay otro camino. Por eso estamos escuchando la Palabra de Dios y por eso a vos, cuando escuchas la Palabra de Dios, algo te pasa; eso no pasa con cualquier cosa. Por eso, según el relato y lo que nos muestra es que no será necesario finalmente correr la piedra del sepulcro, el mismo Jesús con la fuerza de su amor lo hará.

La Vigilia pascual es una celebración para llenarse de gozo y dar gracias. Gracias por la creación, gracias por el don de la vida, gracias porque Dios hizo grandes obras en la historia del Pueblo de Israel, en la historia de nuestro pueblo, pero gracias fundamentalmente porque Jesús ha resucitado. Gracias porque creemos en esto y podemos disfrutarlo. La Resurrección es la obra más grande y maravillosa del Padre en toda la historia de la humanidad, es la mayor manifestación de su amor, del amor que transformó para siempre las vidas de miles y miles y millones de personas.

Rescatando a su Hijo de la muerte nos rescata a todos de la muerte eterna y de todo lo que en nuestra vida cotidiana huele a muerte. Por eso podemos resucitar cada día, por eso esta Pascua es una nueva oportunidad para resucitar, para renovar nuestras promesas bautismales. Aquellas que hicieron nuestros padres o aquellas que hicimos nosotros por voluntad propia, pero que tenemos que ser conscientes una vez más, renunciar, renunciar a todo lo que nos aleja del amor de Dios y decir una vez más: «Creo. Creo, Señor, creo que sos Padre, que sos Hijo y que sos Espíritu. Creo que sos Padre misericordioso, amoroso y tierno, y que enviaste a tu Hijo al mundo para enseñarnos a vivir. Creo que tu Hijo, Jesús, murió por mí y resucitó, creo que está conmigo y con toda la humanidad hasta el fin de los tiempos. Creo en el Espíritu Santo, que fue enviado para habitar en nuestras almas y darnos vida a cada instante. Creo Señor que con tu amor infinito reestableciste los vínculos que rompemos nosotros por el pecado y por el mal de este mundo».

Quien cree en la Resurrección de Jesús sabe que las piedras que tapan nuestros corazones hechos sepulcros pueden ser corridas. ¿Lo crees? ¿Crees qué Jesús puede sacar esa piedra que te atora, que te traba, que no te deja amar, que no te deja ser feliz, cuando incluso tenés todo para hacerlo? Quien cree en la Resurrección de Jesús ve por todos lados vida, vida que vivifica, valga la redundancia, y da un nuevo sentido a cada cosa. Quien cree que Jesús está vivo y que quitó las piedras del sepulcro vive también como resucitado, dando gracias porque todo puede ser vencido, dando gracias porque hay una alegría profunda que nadie puede quitarnos, cree que las enemistades, los odios, las debilidades, la muerte y el dolor no tienen la última palabra. Todo puede ser vencido, no porque desaparezca, sino porque se enfrenta y se asume sabiendo que en lo profundo de nuestra alma hay un vínculo que jamás podrá romperse, el de ser hijos de Dios y el de ser hechos para la resurrección, para la Vida eterna.

¿Crees que vas a vivir eternamente? ¿Crees que hay una vida después de la muerte? ¿Crees que la resurrección abrió las puertas de la eternidad y que ya nadie podrá vencerlas, ni quitarnos esa gracia y ese regalo tan grande?

Que esta nueva Vigilia pascual nos quite los miedos, el miedo a todo lo que no nos deja amar y ser servidores de los demás. Que esta Vigilia pascual, esta nueva resurrección nos dé la fuerza para no bajarnos de la cruz, para seguir amando hasta el final. Que nos quite el miedo a todo lo que huele a sepulcro y muerte en nuestros corazones. Si Jesús verdaderamente resucitó, ¿a qué le tenés miedo?, ¿a qué le tenemos miedo? Verdaderamente ha resucitado el Señor y nos ha dado nueva vida.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre Misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Domingo de Ramos – Pasión de nuestro Señor Jesucristo

Domingo de Ramos – Pasión de nuestro Señor Jesucristo

By administrador on 28 marzo, 2021

Marcos 15, 1-39

En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Este lo interrogó: «¿Tú eres el rey de los judíos?» Jesús le respondió: «Tú lo dices.» Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él. Pilato lo interrogó nuevamente: «¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!» Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato. En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición. La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado. Pilato les dijo: «¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?» Él sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás. Pilato continuó diciendo: «¿Qué debo hacer, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?» Ellos gritaron de nuevo: «¡Crucifícalo!» Pilato les dijo: «¿Qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Crucifícalo!» Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.

Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron. Y comenzaron a saludarlo: «¡Salud, rey de los judíos!» Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.

Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: «lugar del Cráneo». Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno. Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: «El rey de los judíos». Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: ¡«¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!» De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!» También lo insultaban los que habían sido crucificados con Él.

Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde; y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: «Eloi, Eloi, lamá sabactani.» Que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías». Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber, diciendo: «Vamos a ver si Elías viene a bajarlo». Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró. El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: «¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!»

Palabra del Señor

Comentario

Hoy es Domingo de Ramos y de Pasión. Dos caras de la misma moneda, dos realidades que vivió la misma persona, nuestro buen Jesús, que vivimos también vos y yo. Él entró a Jerusalén aclamado por muchos, subido en un burrito, para de a poco también subirse a la cruz, a su verdadero altar. Ese será su trono definitivo, su triunfo definitivo. ¿Su triunfo?, podemos preguntarnos. ¿Se puede triunfar cuando se está en una cruz muriendo burlado por todos, después de haber soportado tanta injusticia? ¿Después de haber amado tanto? En definitiva, la pregunta de fondo que nos podríamos hacer hoy todos es: ¿Qué es triunfar? ¿Quién gana al final en esta vida?

Hoy celebramos dos misterios que no se pueden separar, están unidos íntimamente: la entrada mesiánica, triunfal –y por eso la rememoramos en la bendición de ramos–, y la culminación en el Calvario –por eso leemos la Pasión–. Jesús es el Mesías, sí, pero un Mesías distinto, el Mesías que no encaja, que no cuaja con la lógica humana del poder a costa de todo y la fama buscada para la propia gloria. «Al contrario, dice la Palabra, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres», como dice san Pablo. El Mesías que triunfa en donde nadie quiere triunfar.

Empezamos la semana más santa, la semana destinada a revivir lo mismo que vivió nuestro buen Jesús. No entramos a la Semana Santa para ver una película, queremos entrar para revivir lo que pasó, para que nos pase por el corazón. Revivirlo junto a Él, porque Él lo hizo por vos y por mí. Él quiere que podamos hacerlo con Él y por Él. Nosotros también tenemos que «aprender a soportar» las injusticias de este mundo hasta el final, sin reaccionar con violencia. Nosotros también tenemos que asumir que la cruz, el sufrimiento «por amor», es y será parte de nuestra vida y que solo con la humildad y el amor se pueden vencer. Ese es el camino del cristiano que vive una vida nueva. Acordate, no te olvides: «Si el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto».

¡Gracias, Jesús, por entrar en la Pasión! Jesús en la Pasión finalmente terminó solo, soportando todo el peso, pero su soledad no fue en vano. El colmo del pecado y el abandono que Jesús sintió por nosotros se resume en estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Así cantamos en el Salmo hoy. Eso experimentó y por eso gritó. Realmente ante la muerte se sintió solo. Pero hoy Jesús, ya glorificado, ya a la derecha del Padre, podríamos pensar que grita desde todas partes, grita a cada corazón: «¡Amigo mío, amiga mía!, ¿por qué, me has abandonado?» ¿Por qué nos cuesta tanto amar a quien tanto nos amó? ¡Somos tan débiles, Señor! Somos tan ingratos, como lo fue toda esa multitud que te aclamó y después desapareció. Jesús, subime a tu humilde burrito y llévame junto a tu Corazón al Calvario de mi vida, para poder resucitar junto a Vos para siempre, aprendiendo a soportar mis sufrimientos, obedeciendo la voluntad del Padre, que finalmente será lo que me ayude a amar.

III Viernes de Cuaresma

III Viernes de Cuaresma

By administrador on 12 marzo, 2021

Marcos 12, 28b-34

Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?».

Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que éstos».

El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios».

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor

Comentario

¿Sabés por qué no nos conviene hacer de nuestra relación con Dios un comercio? Por la sencilla razón de que no es necesario y, además, no nos conviene; siempre saldremos perdiendo. Dios nos dio y no da todo su amor sin pedirnos, en principio, nada a cambio. Pensar que Dios nos puede dar algo solo y únicamente porque nosotros le damos algo, es olvidarnos de quién es Dios verdaderamente o, en el fondo, es no conocerlo todavía. Si Jesús hubiese necesitado algo de nosotros para darnos lo que él quería, no habría muerto por nosotros antes de que naciéramos; habría esperado que demos nuestro corazón, que nosotros entreguemos la vida también. Por eso, la lógica divina es al revés. Debemos descubrir todo lo que Dios hizo por nosotros, incluso sin ni siquiera merecerlo.

Dice un Salmo: «¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?». ¿Lo escuchaste alguna vez? Quiere decir que, en realidad, nuestra deuda de amor con Dios es infinita, es imposible de pagar con nuestros propios medios, con nuestro pobre amor. Su amor es impagable, diríamos. No podemos «negociar» con él por la sencilla razón de que no es necesario, ya tenemos todo lo que buscamos. Y, además, si habría que pagar el amor, dejaría de ser amor.

Y, por otro lado, es infantil, es de niños, es estar con pequeñeces cuando él pretende grandezas, corazones inmensos. Por eso, toda espiritualidad que se basa en un «hacer cosas» para que Dios me dé lo que pretendo, en realidad no es cristiana plenamente, tiene algún vicio. Nuestro templo-corazón debe despojarse de todo lo que le impide correr hacia Dios libremente, sin obstáculos, sin tantas condiciones, sin tantas reglas que nosotros mismos nos imponemos, sin tantas «cadenas», sin tantas devociones, sino con una «línea directa», estando siempre online, sabiendo que él está siempre con nosotros, amándonos, sosteniéndonos, esperándonos. Espero que me entiendas, no digo que tener devociones está mal. Lo que digo es que cuando nos impiden llegar a Dios, es porque algo estamos haciendo mal. La devoción es buena, somos nosotros los que no sabemos conducirla.

¿Por qué dar tantas vueltas cuando tenemos a Jesús a la vuelta del corazón? Dejemos que él siga expulsando a todos los vendedores de nuestro interior que no nos dejan amar como él quiere. Mientras tanto, ¿qué tenemos que hacer nosotros? Escuchar.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña que lo más importante y lo primero es escuchar. No ama el que no escucha y no escucha el que no ama. «¿Cuál es el primero de los mandamientos?», le preguntaron a Jesús. «Escuchar para amar», «amarás si escuchás». Es lindo saber que el mandamiento también es de algún modo una promesa que Dios nos hace. Amarás, amarás… Vamos a terminar amando pero si empezamos por escuchar. Escuchar es lo primero que quiere él de nosotros. Sin escucha no hay posibilidad de entregarnos, no hay amor que prospere. A veces creo que los cristianos queremos empezar por el final y nos olvidamos del principio. Siempre es bueno empezar por el principio. Decía una canción muy linda: «Crece desde el pie, musiquita; crece desde el pie». Todo crece desde el pie.

¿Cómo pretender que Dios sea todo si no le damos lo primero y principal que es el oído del corazón, que hace que las palabras lleguen y nos transformen? ¿Quién se puede enamorar de alguien al que jamás escucha? Por eso es bueno volver a escuchar que el primer mandamiento en realidad es escuchar, valga la redundancia. No se puede amar a quien no se escucha. Mirá a tus hijos, a tu marido, a tu mujer, a tus hermanos, a tus amigos. Míralos y pregúntate con sinceridad si es posible amarlos de verdad si no los escuchás, si no te tomás el tiempo para saber qué piensan, qué sienten, qué necesitan, sentándote un rato con ellos. Cuando empecemos a escuchar a los que tenemos al lado, nos llevaremos muchas sorpresas, para bien y, a veces, para mal, o por lo menos para descubrir cosas que no nos gustan. Nos sorprendemos para bien cuando de golpe descubrimos una riqueza inimaginable en personas que antes no teníamos en cuenta.

Nos sorprendemos para mal cuando de golpe nos distanciamos de personas que en realidad no conocíamos bien, porque en el fondo no nos escuchábamos.

¿No será que con Dios nos pasa lo mismo? ¿No será que nos alejamos de él porque nos perdemos de escucharlo? ¿No será que nos enamoramos perdidamente de su corazón porque en el fondo nunca nos decidimos a escucharlo en serio?

El amor de Dios brota y crece, casi naturalmente, cuando se escucha. La escucha es como la lluvia que riega las plantas, porque al escuchar cosas lindas, cosas de Dios, eso nos va purificando el corazón para poder verlo nítidamente y, una vez que lo vemos, empezamos a amarlo con todo el corazón, con toda el alma, el espíritu y las fuerzas. En cambio, cuando las cosas pretenden ser al revés, o sea, obligarse a amar a un Dios que no se escucha y no se sabe bien quién es, es tan imposible como estar ciego o sordo y querer enamorarse a distancia de alguien que ni siquiera se ve ni se escucha.

Empecemos por el principio y el camino será más lindo y posible. Probemos hoy escuchar y que el escuchar nos abra el corazón para amar, a Dios y a los demás, como Jesús lo pretende, porque en realidad escuchar es ya empezar a amar, y cuanto más amemos, más escucharemos.