Book: Mateo

XIX Jueves durante el año

XIX Jueves durante el año

By administrador on 11 agosto, 2022

Mateo 18, 21-19, 1

Se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?».

Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes”. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda”. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?”. E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».

Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.

Palabra del Señor

Comentario

Los espejos no siempre nos muestran lo que queremos ver, sino que muestran lo que hay, lo que somos, lo que tenemos. El espejo no miente nunca. Sólo nos queda a nosotros aprender a interpretar de la mejor manera lo que vemos, sin asustarnos de ver lo que no nos gusta ver y tampoco agrandarnos por ver algo que es lindo de ver. La Palabra de Dios es así, es «espejo de la Verdad». Y esta Verdad hay que aprender a asimilarla, quererla y vivirla.

Las parábolas que contaba Jesús y enseñaba, son muchísimas veces, un «espejo narrado» –por decir así–. Jesús contaba las parábolas para que los que lo escuchaban se sintieran identificados en ellas y se dieran cuenta de que muchas veces lo que vemos afuera en realidad lo tenemos dentro. Las parábolas son «espejo de nuestra vida» y muestran lo que Jesús quiere que veamos. Nosotros muchas veces podemos comportarnos como ese servidor de la parábola de hoy,–bastante miserablemente–, que se tira a los pies del Señor para implorar que le perdonen una deuda impagable, incalculable, millonaria, y después ser incapaces de perdonar algo insignificante, una deuda de «almacén» a otra persona y además mandarlo a la cárcel de castigo. Así de ridícula es la comparación de hoy, millones contra monedas, perdón infinito con justicia exagerada.

Podemos preguntarnos: ¿Cuál es la razón por la que este hombre «miserable» hace esto? ¿Qué le pasó? ¿Cuál es la razón por la que nosotros mismos terminamos muchas veces haciendo lo mismo? En el fondo de todo, hay una sencilla y misteriosa razón, !se olvidó!, se olvidó del perdón y nunca se sintió perdonado, no tomó la dimensión del perdón; y esto nos pasa porque no nos sentimos perdonados, en el fondo. No caemos en la cuenta de todo lo que Dios nos ha perdonado y nos sigue perdonando. Estamos ciegos, no nos damos cuenta. Sea como haya sido tu vida y la mía, como la hayas llevado; tenés que darte cuenta, tenemos que darnos cuenta de que fuimos perdonados y seremos perdonados, si sabemos tirarnos a los pies de Jesús, y nos arrepentimos; fuimos perdonados debiendo muchísimo, tenemos que sentirnos perdonados. Tenemos que aprender a pedir perdón. Ya sea que haya sido un gran pecador en tu vida o que haya sido bueno o buena persona, somos perdonados.

En el primer caso, si fuiste un gran pecador, se te perdonó de todo lo que hiciste y se te seguirá perdonando en la medida que sepas pedir perdón. Y en el segundo caso, si pensás que no fuiste tan perdonado porque no cometiste muchos pecados en tu vida, date cuenta que si no caíste es porque fuiste perdonado antes de tiempo.

Él te liberó el camino para que no caigas tanto, porque Jesús murió por eso, también para salvarte de que no caigas, por eso pensalo y seriamente, si a veces no sos o no somos como ese «miserable» de la parábola de hoy. Que esta parábola sea espejo, «espejo para ver la Verdad». Pensemos seriamente si no estamos guardando el perdón que Dios nos ha dado y lo estamos reteniendo.

¿Y si no perdonamos, cómo nos da la cara para pedirle perdón a Dios? ¿Y si no perdonamos, cómo nos da el corazón para rezar todos los días: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»?¿Cómo nos da la cara, a veces, somos tan «caraduras»? Pero no te asustes si te sabes perdonado. Si te sentís perdonado, vas a saber perdonar. A eso hay que aspirar a sentirse perdonado.

Un consejo antes de preguntarle a Jesús, cuántas veces hay que perdonar, como preguntó Pedro. Pregúntate: ¿Cuántas veces ya te perdonó Él? ¿Llevas la cuenta de eso?

XIX Martes durante el año

XIX Martes durante el año

By administrador on 9 agosto, 2022

Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?»

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.

Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial.

¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir en busca de la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

Palabra del Señor

Comentario

Hay que animarse a verse en el espejo con sinceridad, no por vanidad, no solo para ver, ¡qué «lindos» podemos ser!, sino también para ver la realidad, para ver todo lo que somos. ¡Eso es humildad! La Palabra de Dios es espejo del alma y es camino de humildad. Porque la humildad, decía Santa Teresa, es «andar en la verdad». No es únicamente decir la verdad como algunos dicen, sino más bien, descubrir la verdad de uno mismo, la maravilla escondida en nosotros mismos y al mismo tiempo «el maquillaje» que no nos deja saber bien que hay detrás. ¡Qué lindo es animarse a dejar que la palabra de Dios sea espejo! Animate a decirle hoy a Jesús: ¡Quiero descubrirme como soy, quiero realmente descubrir quién soy, sin miedo, sin mentiras, sin dobleces! Para verse seriamente en el espejo de la Palabra, no basta pasar y seguir de largo. Hay que quedarse, hay que mirarse bastante tiempo. Si uno no se frena, no ve nada. Bueno, ante la Palabra de Dios hay que detenerse, hay que preguntarse, hay que quedarse un rato largo, solo así nos va mostrando la verdad de lo que somos. Somos mucho más «lindos» ante los ojos de Dios de lo que pensamos, somos mucho más pequeños de lo agrandados que a veces nos vemos. Esto no es «narcisismo espiritual», sino humildad espiritual, y no falsa humildad. Sigamos en este camino estos días.

Los discípulos fueron dándose cuenta quienes eran, con sus propias debilidades y sus capacidades, solo estando con Jesús. No hubo otro camino para ellos. No fueron a hacer un curso de virtudes, no fueron a «capacitarse» a un lugar. No hicieron dinámicas de conocimiento entre ellos, no usaron métodos de autoconocimiento. Estuvieron con Él. Solo estando con Él aprendemos el camino de la sinceridad espiritual, de la sencillez del corazón, de la simpleza de la vida, de la verdadera humildad. Todo lo demás, todo lo demás se puede aprender en muchos lados, en muchas escuelas, universidades o cursos. Ahora… la humildad del Evangelio, la de Jesús, la que da vida, solo se aprende con Él y solo haciéndose humilde podemos hacer las grandes cosas que pretendemos, muchas veces con aires de grandeza. Jesús nos quiere para cosas grandes, eso es verdad y no hay que negarlo, no quiere mediocres que se conformen con poco, que no den todo lo que tienen para dar, pero lo quiere a su modo. Jesús quiere que te «agrandes» y quieras cosas grandes, pero «haciéndote pequeño» y no pretendiendo más de lo que podés.

Tenemos que conocernos en serio y ser humildes de corazón. ¡Qué paradoja más rara estarás pensando! ¿Ser grande siendo pequeño? ¿No pretender todo para alcanzar todo? Es tan simple como difícil para vivir y aceptar. Es lo que Jesús hizo y lo que quiere corregir en nosotros. Todo lo grande empieza de a poco. Todo lo grande empieza desde cosas insignificantes, mirá la naturaleza. Todo lo grande está formado por mil cosas pequeñas, y todo necesita de todo, nada está aislado en sí mismo. Dios se hizo niño y Dios quiere que tengamos alma de niños.

Jesús nos asegura hoy que si no cambiamos, que si no nos hacemos como niños no podremos entrar en su Reino, no podremos disfrutar desde ahora el amor del Padre, ni tampoco entrar en el Amor definitivo cuando todo esto se termine. ¡Qué increíble lo que nos cuesta cambiar! ¡Qué locura cuánto nos cuesta aceptar que somos necesitados! ¡Qué dificultades tenemos para reconocer que Dios es el que nos anda buscando siempre y nosotros nos empeñamos en perdernos! Intentemos hoy cambiar, intentemos ser un poco más pequeños pero nunca renunciando a hacer cosas grandes.

XIX Lunes durante el año

XIX Lunes durante el año

By administrador on 8 agosto, 2022

Mateo 17, 22-27

Mientras estaban reunidos en Galilea, Jesús les dijo: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres: lo matarán y al tercer día resucitará Y ellos quedaron muy apenados.

Al llegar a Cafarnaúm, los cobradores del impuesto del Templo se acercaron a Pedro y le preguntaron: «¿El Maestro de ustedes no paga el impuesto?» «Sí, lo paga», respondió.

Cuando Pedro llegó a la casa, Jesús se adelantó a preguntarle: «¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes perciben los impuestos y las tasas los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños?» Y como Pedro respondió: «De los extraños» Jesús le dijo: «Eso quiere decir que los hijos están exentos. Sin embargo, para no escandalizar a esta gente, ve al lago, echa el anzuelo, toma el primer pez que salga y ábrele la boca. Encontrarás en ella una moneda de plata: tómala, y paga por mí y por ti».

Palabra del Señor

Comentario

«No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino»… así empezaba diciendo el Evangelio de ayer. Jesús les hablaba a sus discípulos, a nosotros, que nos guste o no, somos un pequeño rebaño en comparación con las fuerzas y pensamientos de este mundo. No todos los católicos comprenden esta gran verdad que se deja traslucir en toda la vida de Jesús, en la vida de los discípulos y especialmente en los comienzos de la Iglesia. Si en algún momento de la historia, la Iglesia se consideró que era el único y gran rebaño del mundo, la llamada cristiandad, se haya equivocado o no, esa es otra discusión, hoy está más que claro que somos «un pequeño rebaño», un rebaño más de tantos que se consideran rebaños, el rebaño elegido por Jesús, sí, firmes en la Verdad de Él, pero lo cierto es que no todos nos consideran la voz que debe regir los destinos de este mundo. Sin embargo, la historia nos enseña que de algún modo u otro esto siempre fue así. Los poderes y los pensamientos de este mundo no escuchan la voz del Buen Pastor y se rigen por la obstinación de su propio corazón que los lleva de aquí para allá sin rumbo cierto. No debemos temer, aunque tengamos motivos, Jesús está con nosotros y aunque no nos escuchen, aunque seamos los pequeños de este mundo, aunque seamos pocos, aunque seamos realmente un pequeño rebaño, nuestra misión será siempre la de iluminar con la luz de Jesús las tinieblas que nos rodean, las sombras que nos quieren asustar.

La Palabra de Dios es, entre tantas cosas, espejo del alma, espejo del corazón, espejo de lo que no podemos ver por nuestra propia incapacidad y corta mirada sobre nosotros mismos. Qué lindo empezar esta nueva semana que nos regala Jesús para seguir conociendo y amando, con esta imagen de fondo, la palabra es espejo. La Palabra me muestra quien soy, como soy, todo lo que soy. Por supuesto que no es automático, como tantas cosas en la vida, por supuesto que esto no se da de golpe, pero si nos ponemos a pensar y miramos para atrás… ¿cuántas cosas de nuestro corazón y de nuestra vida nos ayudó a descubrir la escucha diaria de la Palabra de Dios? Si todavía no lo experimentaste, empecemos a probarlo. Las palabras que Dios nos dirige todos los días por medio de su Hijo Jesús, son la mejor «terapia» del corazón que podemos tomar en la vida y además, la única que es gratuita. Con esto no quiero desprestigiar la psicología o las otras ciencias que ayudan al hombre, simplemente pienso en voz alta, y pienso que, si todos viviéramos de acuerdo a la palabra de Dios, si todos meditáramos constantemente lo que Dios dice, no necesitaríamos tanto otras cosas, que son buenas, pero que muchas veces nos hacen olvidar de lo esencial. Sin Jesús, no hay verdadero conocimiento personal y no puede haber verdadera sanación del alma.

Vamos a intentar que, en estos días, lo que Jesús hace y dice en el Evangelio , se transforme para nosotros en un verdadero espejo del corazón, en el cuál no tengamos miedo de mirarnos, de descubrirnos, y maravillarnos e incluso de asustarnos un poco. Pero mirando ese espejo con Jesús, nada puede asustarnos lo suficiente, como para perder la paz.

Hoy Algo del Evangelio tiene dos partes bien distintas, una bien cortita en la que simplemente se dice que los discípulos «quedaron muy apenados» ante el anuncio de la Pasión de su amigo y la segunda, en donde Jesús le enseña a Pedro que, aunque muchas cosas «por justicia humana» no nos corresponden o podríamos obviarlas, por caridad y para no escandalizar es bueno que las hagamos. Quedémonos con la segunda parte.

¿Te pusiste a pensar en esto alguna vez? Muchas veces en la vida tenemos que aplicar este principio, por un bien más grande. ¿Te pusiste a pensar que por más que nuestro Reino no es de este mundo, tenemos que vivir en este mundo y tenemos que contribuir a que este mundo le vaya lo mejor posible?

Si nos atáramos a la literalidad de lo que somos, como somos hijos de Dios y Él es nuestro rey, solo a Él deberíamos «pagarle» nuestro tributo. Estaríamos exentos, «sin embargo, para no escandalizar» para no ser obstáculo a que otros crean, tenemos que sujetarnos a las leyes humanas de este mundo, por supuesto mientras no vayan en contra de la ley de Dios. San Pablo lo dice de otra manera: «Todo te es lícito, pero no todo te es conveniente» Muchas cosas es lícito que las hagamos e incluso que no las hagamos y no estaría mal, sin embargo, nosotros los hijos de Dios miramos más allá, debemos mirar más allá. Nuestra mirada no se agota en nuestra forma de pensar, en juicios personales, sino que también en lo que podemos provocar al actuar en la manera en que elegimos actuar.

Diría el refrán: «No solo hay que ser, sino parecer», no solo hay que pensar y actuar según lo que uno cree conveniente o justo, sino también en evitar que nuestras actitudes sean un motivo para que otros se alejen de Jesús. Se alejen de Jesús, ahí está lo importante, no que me quieran o no me quieran, que no se alejan de Jesús. Jesús nos enseña eso, y eso no quiere decir que quiere que estemos pendientes siempre de lo que opinan los demás, pero sí de que aprendamos a mirar más allá de nosotros y lo que producen nuestros actos.

Las palabras de Jesús son espejo para nuestra manera de actuar, son guía para nuestro corazón. No tengamos miedo a mirarnos hoy en este espejo con sinceridad.

Dedicación de la Basílica de Santa María

Dedicación de la Basílica de Santa María

By administrador on 5 agosto, 2022

Mateo 16, 24-28

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.

Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino”.

Palabra del Señor

Comentario

Además de los pecados derivados de la avaricia, hay otras «especies» de avaricia, que nos vendría bien recordar, para que sigamos creciendo en la generosidad, en el desprendimiento. Un filósofo, Aristóteles, nombra la siguientes: La parquedad, que sería dar, pero demasiado poco, dar menos de lo que podría dar, ante las necesidades que se nos presentan. Sería un dar, pero para calmar mi conciencia, no con desprendimiento, hacia los pobres, hacia las obras de apostolado, hacia la Iglesia, por ejemplo. Otra especie de avaricia es la obstinación, que sería el extremo, o sea no dar nada, que es peor que lo anterior. La tacañería sería otro tipo de avaricia, que consiste en dar, pero con mucha cautela. Suele darse en los que son capaces de gastar muchísimo en sus propios caprichos, en cosas inútiles, pero no en ayudar a los otros. Vuelvo a decir, todo esto no lo enumeré en estos días para atormentarnos, sino para que descubramos que podemos seguir creciendo, podemos seguir el ejemplo de Jesús que nos llamó a todos a cosas más grandes y nos llamó a que seamos desprendidos, a que no miremos tanto las cosas de la tierra, donde la herrumbre las corroe, sino en las del cielo, que permanecen para siempre.

Al mismo tiempo, intentamos en esta semana que ya está terminando, poco a poco descubrir desde la palabra de cada día, algo más sobre nuestra fe, y no tanto sobre lo que creemos, sino más bien, qué significa creer. Los evangelios de esta semana fueron una maravilla en este sentido, fueron como una catequesis de episodios sobre la fe en Jesús. Ayer no lo pude decir, pero en el relato de Pedro confesando su fe en Jesús, se ve claramente que, en definitiva, creer, creer en serio, quiere decir confesar con los labios y el corazón que Jesús no es un hombre cualquiera, sino que es el Hijo de Dios, es Dios hecho hombre, y eso, aunque a nosotros nos parece fácil y cotidiano, no lo es. Jesús le dijo a Pedro: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo». Se cree en Jesús por recibir un don. Nadie cree en Jesús por sí mismo. Creemos gracias al Padre, y al mismo tiempo en nuestro interior siempre convive la debilidad, la posibilidad de decir con los labios una cosa, pero al mismo tiempo, pensar y sentir otra. Pedro confiesa con los labios a Jesús, pero inmediatamente después, Jesús lo aparta como a Satanás porque sus pensamientos no son los de Dios.

Vos y yo creemos, no lo dudo, es seguro que si estás escuchando este audio es porque crees en Jesús, pero eso no quiere decir que siempre nuestros pensamientos y sentimientos son los que Dios desea de nosotros. Acordémonos lo de Jesús ayer a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Esto se lo dijo a Pedro, su mejor amigo, Jesús.

Inmediatamente después de esto, de esta escena, viene Algo del Evangelio de hoy. Jesús, no se lo dice solo a Pedro, sino que ahora se lo advierte a todos sus discípulos. ¿Es duro no? Pedro quiso enseñarle a Jesús qué camino tenía que elegir para salvar al hombre, en realidad, más superficialmente y con mucho amor, Pedro quería evitar que su amigo sufra, Pedro no quería ver sufrir a Jesús porque también sabía en el fondo que en algún momento él tendría que sufrir. Sin embargo, es como si Jesús le dijera y nos dijera a todos: «Déjenme sufrir con amor por ustedes para que cuando ustedes sufran no se sientan solos. Déjenme sufrir por amor a ustedes y también déjenme enseñarles que la vida no tiene sabor si no tiene amor, y no tiene amor si no es con cruz.

Pedro, discípulos míos, (a vos y a mí) el camino de la cruz no es el peor camino cómo pensás espontáneamente, al contrario, es el mejor, es el que quise elegir y por eso es el mejor, no lo quieras evitar por comodidad y egoísmo, no quieras salvarte solo, dejame amarte, dejame perder la vida para ganar muchas, así es como soy feliz, así es como serás feliz vos también. «Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará». Bueno, me inventé un discurso de Jesús para con nosotros, para que entendamos bien sus palabras.

Jesús con su ejemplo nos enseña que nuestros pensamientos no siempre son los de Él y los del Padre, y aunque a nosotros naturalmente nos repugne el sufrir, el sufrimiento entregado y ofrecido, es sufrimiento que se convierte en vida, es amor, y el amor es vida. Son pocos los que quieren cargar con el peso de la vida, con el peso diario de entregarse por amor, porque eso que implica sufrimiento. Le escapamos al sufrimiento cuando nos olvidamos de su lado oculto, pero fecundo, cuando nos olvidamos de amar. Son muchos los que quieren escaparle al sufrimiento por miedo, por egoísmo, olvidándose de que va de la mano al camino que conduce al amor, que conduce a Jesús, que conduce al cielo. Si amamos, con todo lo que implica, ganamos, tenemos más vida y damos vida. Si nos guardamos el amor y nos escondemos por miedo a sufrir, nos quedamos solos, nuestra vida se pierde y perdemos a los que nos rodean, nos perdemos de amarlos y que nos amen, nos perdemos de dejar algo importante en esta tierra, eso que jamás se perderá, el amor.

Memoria de san Juan María Vianney

Memoria de san Juan María Vianney

By administrador on 4 agosto, 2022

Mateo 16, 13-23

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»

Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas.»

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?» Tomando la palabra, Simón Pedro respondió:

«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo». Y yo te digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.

Desde aquel día, Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».

Pero él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Palabra del Señor

Comentario

Todo pecado o vicio, tiene, por decirlo de una manera, «hijas e hijos», pecados derivados. En el caso de la avaricia, se dice que son: la dureza de corazón, la inquietud, la violencia, la mentira, el perjurio, el fraude y la traición. Caemos en la avaricia cuando retenemos riquezas o cuando las adquirimos. Del retener riquezas, procede en primera medida, la dureza de corazón, porque se cierra a la compasión hacia los otros, en especial hacia los más necesitados. A los avaros se les endurece el corazón más y más, en la medida que retienen y no son generosos. Un avaro no se conmueve antes las necesidades ajenas, piensa que no le corresponde, se queda frío, inconmovible, se desentiende.

Del adquirir muchas riquezas se sigue el afán de poseer más y más, y el corazón nunca está satisfecho, por eso busca por todos los medios, no importa si son buenos o malos, aumentar lo que tiene, nunca se sacia. Como dice el Eclesiastés: «el que ama el dinero, no se ve lleno de él». Por eso el avaro vive inquieto, inseguro, siempre tiene miedo. Esta inquietud, esta ansiedad por tener y tener puede llevar al avaro a la violencia y al engaño, con tal de conseguir lo que desea. Por otro lado, la mentira es la consecuencia lógica de aquel que desea conseguir por cualquier medio, lo que desea. Se mienten los esposos, los hijos a los padres, los empleados a sus jefes, los jefes a sus empleados, se miente en los negocios, los abogados a sus clientes, los clientes a sus abogados.

Incluso la mentira puede llegar a estar afirmada por un perjurio, que es cuando se engaña jurando. Cuando esto va creciendo en el corazón, se puede llegar al fraude, que es cuando el engaño va acompañado de la acción. Por último, la traición se da cuando eso se dirige hacia una persona, como en el caso de Judas con Jesús, que fue capaz de entregarlo por unas monedas. Todo esto no es para mirar únicamente lo negativo, sino para que comprendamos porqué para Jesús el remedio a todos estos males es la generosidad y la conciencia de que cada día puede ser el último, y que no vale la pena acumular por acumular, como nos enseñaba la parábola del domingo.

En Algo del Evangelio de hoy, como Pedro, somos capaces de confesar la fe en Jesús y ayudar a que otros la descubran, y al mismo tiempo, o al instante, transformarnos en obstáculos para que otros crean en Él, porque nuestros pensamientos no siempre son los de Dios. Por más que creamos que Jesús es el Hijo de Dios, no siempre pensamos y sentimos como Él. Podemos ser obstáculos, podemos dejarnos llevar por nuestros pensamientos o el de los demás. Creer así nomás, diciéndolo sin despreciar, creen muchos… ahora…creer bien, como Jesús quiere, creen los que reciben el don de lo alto, del Padre, y son pocos. Los cristianos también vivimos a veces esta dualidad y luchamos día a día para no ser obstáculos de Jesús, para él y para los demás.

No debe haber tristeza más grande para cualquiera de nosotros, por lo menos para mí, que alejar a alguien de Jesús por nuestro mal ejemplo, que alguien por vos y por mí se aleje del amor de Dios. Es un peso muy grande el que llevamos, y al mismo tiempo, es algo que no siempre depende de nosotros y por eso no debemos creer que todo depende de nosotros. Por más buenos y santos que seamos, muchas personas nos rechazarán, nos criticarán y no creerán, porque siempre encontrarán un porqué o una excusa para no creer. De la misma manera que le pasó a Jesús. No podemos pretender que lo que hacemos agrade y conforme a todos, no pretendamos nunca eso. Porque creer es un don que regala el Padre, no es algo que fabricamos ni imponemos nosotros. Nosotros, y también vos, solo somos un medio, un puente, pero que muchas veces puede romperse o simplemente los demás no lo quieren usar. Hay que conocer nuestra fe para amarla, hay que conocer que significa tener fe, hay que amar nuestra fe para conocerla mejor.

No nos olvidemos que se cree por gracia de Dios y se responde por decisión propia. No nos olvidemos de rezar hoy por todos los que no tienen fe, especialmente por los que están sufriendo grandes pruebas y no entienden el sentido de sus vidas. Recemos también por aquellos que tienen mayor responsabilidad en la transmisión de la fe, como el Papa, los obispos, los sacerdotes y diáconos, por los consagrados y consagradas, por todo el pueblo cristiano. Te pido que también hoy reces por mí yo también rezo por vos.

XVIII Miércoles durante el año

XVIII Miércoles durante el año

By administrador on 3 agosto, 2022

Mateo 15, 21-28

Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: « ¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Pero él no le respondió nada.

Sus discípulos se acercaron y le pidieron: «Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos».

Jesús respondió: «Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel».

Pero la mujer fue a postrarse ante él y le dijo: « ¡Señor, socórreme!»

Jesús le dijo: «No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros».

Ella respondió: « ¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!»

Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!» Y en ese momento su hija quedó curada.

Palabra del Señor

Comentario

Continuemos con el tema que se desprendía del evangelio del domingo, la avaricia. Se dice que la avaricia puede darse principalmente de dos modos: en cuanto que se opone a la justicia y en la medida que se opone a la generosidad. Sin extendernos mucho intentaremos ahondar en esto. Se opone a la justicia en la medida que se usurpa o se retiene un bien ajeno. Por ejemplo, podría ser no pagar las deudas a su debido tiempo, no prestar los servicios prometidos perjudicando a los beneficiarios con los cuales me comprometí. Son cosas que no prestamos mucha atención, pero que a veces demuestran grandes injusticias entre nosotros. Y en cuanto a la generosidad o el desprendimiento, tiene que ver cuando el amor desordenado al dinero, hace que lo prefiramos a la caridad, marginando a Dios y el amor al prójimo. Por ejemplo, descuidar el cuidado de algún enfermo, de los ancianos o de aquellos que merecen nuestro amor, porque el apego o los deseos de tener más y más, hacen que olvidemos y dejemos de lado lo más esencial.

Se puede caer en la avaricia de dos modos. Uno inmediato, que sucede cuando buscamos adquirir o retener bienes más de lo debido, en perjuicio de otros, malgastando o no gastando lo necesario. El segundo modo es, por decir de alguna manera, más interior, espiritual, entonces ahí el avaro peca contra sí mismo, porque están desordenados sus afectos, y las cosas materiales le roban el corazón, se menosprecia bienes mayores como el amor a Dios y a los demás, por cosas materiales y pasajeras.

Pero tenemos que seguir conociendo qué es la fe, no solo en qué creemos, sino qué significa tener fe. El «saber» lo que creemos no nos asegura el creer bien, por decirlo así. Muchos cristianos «conocen» bien su fe, saben el catecismo, lo enseñan, lo trasmiten, lo defienden incluso con uñas y dientes, pero en el fondo y en la superficie, no creen como se cree en el Evangelio. Parece raro lo que te digo, pero pensalo bien, creo que es así. Quiero explicarme bien, no solo hay que creer, sino «hay que creer bien», creer como Jesús quiere que creamos. Nos olvidamos muchas veces de que la fe es don, dado desde arriba y, por lo tanto, nos ayuda a dar la respuesta adecuada a Jesús, no la que se nos antoja. Sé que es complicado hablar de esto en el mundo del «individualismo exacerbado».

Podemos ser unos grandes «caprichosos de la fe». Con todo esto, no me refiero únicamente a que hay que vivir la fe, eso es obvio, o sea, de que debemos tener una moral acorde a lo que creemos, sino de que hay que «pensar y sentir» como creyentes, como hombres y mujeres de fe, y eso lleva tiempo, eso es gracia, eso es trabajo arduo de Jesús con nosotros y de nosotros con Él. Se puede ser muy bueno, ser muy buena persona, no hacer nada malo y hacer muchas cosas buenas, pero no tener mente y corazón creyente. En la Iglesia, tanto laicos como sacerdotes, abundan los que dicen «tener fe», pero cuando piensan y se expresan parecen paganos, y pasa lo contrario a veces, muchas personas que parecen no ser de fe, son las que piensan y sienten como Jesús quiere. Parece raro lo que te digo, ya lo sé, pero no lo es. Pasa desde los comienzos, le pasó a Jesús. Los que lo esperaban con ansias no lo reconocieron, los que estaban con Él no lo comprendían y los que menos los esperaban creyeron en Él, lo comprendieron y le obedecieron.

Eso vemos en Algo del Evangelio de hoy ¡Qué grande es la fe de tanta gente que parece lejos, pero está cerca! a mí a veces me maravilla muchísimo, y al mismo tiempo, que poca la fe de tanta gente que parece estar cerca. Qué grande es la fe de la gente que no sabe mucho de la fe (a los ojos de otros sabiondos) pero que en realidad sabe lo más importante, sabe lo mejor. ¡Que Jesús lo puede todo! Qué grande es la fe de tantas madres que lloran con dolor por sus hijos, por sus familias; qué grande es la fe de esta mujer del Evangelio de hoy que nos enseña a todos. Nos enseña a gritar desde el fondo del alma a los que decimos tener fe y en realidad muchas veces, no la tenemos tanto o la tenemos demasiado en la cabeza y poco en el corazón. Y también te enseña a vos que decís no estar tan cerca, pero cuando te acercás a Jesús te acercás en serio. Cuánta gente se acerca poco pero cuando se acerca, se acerca en serio, se acerca con fe.

Lo importante es acercarse en serio, acercarse bien a Jesús. Tengamos cuidado si creemos que «estamos cerca» de Él. Aprendamos a admirarnos de la gente que parece lejos, pero tiene mucha fe, tiene la fe bien pura. Y también vos, abrí los ojos que por ahí aparentemente no estás tan cerca y date cuenta de que Jesús quiere que le pidas las cosas a gritos, aunque a muchos les moleste; pedí las cosas a gritos sabiendo que Él te escucha. Todos tenemos que pedir lo que necesitamos, eso es tener fe. Tenemos que abrir el corazón al Señor, para mostrarle que tenemos fe, ¡qué lindo que es creer que Jesús lo puede todo!

XVIII Martes durante el año

XVIII Martes durante el año

By administrador on 2 agosto, 2022

Mateo 14, 22-36

Después que se sació la multitud, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo.

La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar.

Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman».

Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua».

«Ven», le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»

En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo De Dios».

Al llegar a la otra orilla, fueron a Genesaret. Cuando la gente del lugar lo reconoció, difundió la noticia por los alrededores, y le llevaban a todos los enfermos, rogándole que los dejara tocar tan sólo los flecos de su manto, y todos los que lo tocaron quedaron curados.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy podemos preguntarnos si es malo el deseo y posesión de bienes exteriores. Eso de lo que hablábamos ayer. Y puede hacernos caer en la avaricia. Debemos decir que el deseo en sí mismo no es malo, no es pecado, porque fue el mismo Creador quien puso a nuestro servicio todo lo creado. El pecado está en no moderar esos deseos, porque la bondad de las cosas está en el justo medio y por eso el exceso o el defecto puede originar un mal. El dinero y lo que podemos alcanzar con él debe estar en función de un fin bueno y necesario y no al revés. Por eso debemos buscar el dinero en la medida que nos sirva para la propia vida y para abrirnos al amor de los demás y sus necesidades. Un síntoma de nuestra avaricia puede ser el egoísmo; si estamos siendo o no generosos, si los bienes que tenemos nos están ayudando a estar más disponibles a los demás, a nuestros seres queridos y a los pobres. O todo lo contrario, si me están haciendo más esclavo y dependiente.

¿Sabés quiénes son los grandes en este mundo ante los ojos de Dios, los ricos ante los ojos de Dios?  Acordáte del Evangelio del domingo, no los que hacen grandes galpones para guardar sus bienes, no los que tienen más de una casa y no la usan, no los que lograron más de una empresa, no los que lograron tener muchos títulos, no los que se desvelan por «tener y tener». Tampoco los que teniendo poco, viven añorando algo más.

Tampoco los que envidian al que tiene. El rico ante los ojos de Dios, «el generoso», teniendo mucho o poco, no importa. El que tiene para dar. Y el que da porque tiene. ¿Y cómo llegamos a ser generosos? Es generoso, el que no se cansa de conocer y conocer a Jesús y a los demás. El que conoce, ama. No se puede amar a quien no se conoce. Y el que ama va conociendo más a Jesús y a los demás. Escuchar cada día la Palabra de Dios nos ayuda a transitar este camino, el camino de la apertura del corazón, de la generosidad, a fuerza de conocimiento y amor. El que realmente va conociendo a Jesús. El que va conociendo qué es tener fe, va desbordando de generosidad. No puede vivir otra cosa en su vida que no sea la generosidad, porque realmente conoce que todo es don y que jamás quedará desamparado en el mar de este mundo. Algo del Evangelio de hoy es una escena para introducirnos en la fe.
La fe tiene mucho de zambullirse. La fe tiene mucho de Pedro, de intrepidez. Pedro es intrépido, desafía a Jesús, desafía la propia fe: «Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». No tiene fe verdadera el que se queda quieto en la barca gritando de miedo, esperando a Jesús o un fantasma, sino que también hay que salir, hay que animarse, hay que tirarse al agua, hay que tirarse a la pileta, siempre tiene agua.

Hay que animarse a caminar sobre el terreno inseguro de este mundo. El que quiera encontrar en el camino de la fe seguridades humanas, tiene que dedicarse a otra cosa, tiene que dedicarse a las matemáticas. Pedro nos enseña con esto y también nos hace reír, también. Pedro es atrevido, se anima y nos anima. Pero al mismo tiempo es inmaduro como nosotros. Duda, duda, teniendo todo, duda al dejar de mirar a Jesús. Duda por olvidarse. «¿Hombre de poca fe, por qué dudaste?», ¿vos y yo, por qué dudamos?¿Mujer de poca fe, madre de poca fe, por qué dudas? ¿Varón y padre de poca fe, hija de poca fe, por qué dudas? ¿Qué nos pasa? ¿Por qué dudamos? Porque somos débiles somos como Pedro. Hay que contar con la duda. Es parte de la vida y de la fe. La fe, certeza y duda al mismo tiempo. La fe es caminar por las aguas de este mundo yendo hacia Jesús y eso no es fácil.

¿Quién te dijo que creer en serio, tener fe en serio, es fácil? Es fácil la fe armada a nuestra medida. Es fácil la fe fabricada en casa. Pero para creer que Jesús está con nosotros siempre y que a pesar de todo, de que nos hundimos, de que sufrimos, de que muchas veces está oscuro y no es fácil, se necesita mucha fe. Por eso hoy, si estamos en una situación parecida, gritemos juntos, gritemos juntos con Pedro: «¡Señor, salvame. Señor, salvame, porque creí que podía solo y me estoy hundiendo!».

Salvame porque mi soberbia y ceguera me llevaron a estar como estoy. Aprendamos a gritar por amor y con fe a Jesús, que siempre está con nosotros, especialmente en los momentos de tormentas.

XVIII Lunes durante el año

XVIII Lunes durante el año

By administrador on 1 agosto, 2022

Mateo 14, 13-21

Al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos.

Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos».

Pero Jesús les dijo: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos».

Ellos respondieron: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados».

«Tráiganmelos aquí», les dijo.

Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud.

Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

Palabra del Señor

Comentario

La avaricia, algo de lo que nos tenemos que cuidar, según lo que Jesús decía en el Evangelio de ayer, es considerada el segundo de los pecados capitales, pecados que son cabeza de otros y por eso se le llama capitales. Significa «avidez mental», o bien, ansia de dinero, en el que están representados todos los bienes exteriores, por lo tanto, se la puede definir como el ansia inmoderada o desordenada de poseer bienes exteriores. Por eso es bueno preguntarse, retomando el hilo de la palabra de ayer… ¿Por qué los hombres deseamos con tantas ansias tener bienes materiales? ¿No es verdad que es más importante el ser que el poseer? ¿No deberíamos preocuparnos más por otros valores como la honradez, la generosidad, la laboriosidad, la fe, la esperanza y la caridad, por ejemplo? ¿No deberíamos intentar ser cada día mejores hombres, mejores hijos de Dios?

Sin embargo, si miramos a nuestro alrededor, incluso dentro de nuestro corazón, es mucho más el esfuerzo que ponemos en poseer y alcanzar logros exteriores, que el que ponemos para alcanzar bienes espirituales. A veces preferimos aumentar nuestro poseer que nuestro ser interior. Ni hablar de la mentalidad de este mundo y la cultura en la que vivimos. La sencilla razón es porque somos insensatos, como le decía Dios al hombre de la parábola de ayer, y creemos que los bienes exteriores nos son necesarios para alcanzar la felicidad, y entonces, creemos que, por tener más, nos aumentará la felicidad, y esto se torna insaciable, la experiencia de cada uno de nosotros y la del mundo, nos enseña que esto es verdad, nos guste más o menos. Seguiremos con este tema estos días.

Hay una frase que habrás escuchado muchas veces y que se repite y repite por ahí, que quiero que también nos acompañe esta semana para las reflexiones de la palabra de Dios. Te habrás dado cuenta, que intento todos los días, como me sale y como puedo, acompañar los comentarios de Algo del Evangelio con algo más, siguiendo con el Evangelio del domingo, con introducciones, con otras enseñanzas, con anécdotas, con aportes que nos ayudan a conocer más nuestra fe, porque no se puede «amar lo que no se conoce». A esta frase me refería, la habrás escuchado. Hay que conocer para amar, pero también hay que amar para conocer. Se necesitan mutuamente. La Palabra diaria, no solo nos debería ayudar a rezar, sino que además nos ayuda a «formar» nuestro pensamiento y corazón.

Se conoce con todo lo que somos, no me refiero solo a «estudiar», sino que conocemos con todos nuestros sentidos, con todas nuestras facultades interiores, con todo lo que sentimos. Jesús enseñaba de miles de maneras. Jamás dio «clases» en aulas, ni usó «libros», sino que su aula fue el andar y su libro era Él mismo y la naturaleza. Vamos a intentar en estos días, desde la palabra, conocer más nuestra fe, no me refiero a conocer el catecismo, sino a saber más ¿qué es la fe? Usamos tanto la palabra fe y para tantas cosas, que muchas veces no se termina de saber bien que es, o bien para algunos la fe es una cosa y para otros, otra. Bueno, que mejor que Jesús y las actitudes de los demás frente a él para saber qué quiere decir «tener» fe. ¿Estamos seguros de que tenemos fe?

Jesús, en el pasaje de hoy hace lo inimaginable. Multiplica comida, multiplica panes y pescados para miles. Y esto que para nosotros es ya casi una costumbre de escuchar, es una locura, algo que ninguno de nosotros ha podido ver en su vida y ni siquiera podemos imaginarlo. Solo los presentes ese día y solo los que tuvieron el privilegio de conocer algunos santos que Dios les concedió ese don, pueden saber lo que significó eso. ¿Por qué Jesús pudiendo hacer eso siempre no lo hizo tanto como a veces querríamos? ¿Por qué Jesús no sigue haciéndolo hoy, por qué no calma el hambre de tantos miles que lo necesitan? Bueno, creo que estas preguntas de hoy, nos pueden ayudar a conocer algo más sobre la fe que nos transmite el Evangelio y la Iglesia. ¿A qué me refiero?

A que Jesús no vino únicamente a eso, Jesús no fue un superhombre, un mago, una superestrella, un político prometedor de felicidad mundana y pasajera. Jesús no vino a calmar solitariamente el hambre del mundo, sino que vino a ayudarnos a que nos demos cuenta que el hambre del mundo es culpa del egoísmo y la avaricia de nuestro corazón, y que somos nosotros «los que tenemos que darles de comer». «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos», les dijo Jesús. El milagro de la fe no es esperar a que venga alguien a hacer lo que vos pensás que hay que hacer. El milagro de la fe es darte cuenta que podemos hacerlo nosotros, que podemos hacer muchas cosas por los demás. Que podemos alimentar al que tiene hambre, que cuando se da algo, cuando nos damos nosotros mismos, misteriosamente todo se multiplica. Tener fe no es esperar el «milagro» de arriba que no nos involucra, sino que es involucrarnos con Jesús en la falta de amor que hay en este mundo. Ese es el Jesús del Evangelio. El que salva, pero que quiere que «salves» con Él, que salvemos con Él. Ayudemos hoy a Jesús a que se multiplique en otros. Hay mil maneras, pensemos, ¿qué podemos hacer hoy con Jesús y por los demás? Mañana será otro día.

XVII Sábado durante el año

XVII Sábado durante el año

By administrador on 30 julio, 2022

Mateo 14, 1-12

La fama de Jesús llegó a oídos del tetrarca Herodes, y él dijo a sus allegados: «Este es Juan el Bautista; ha resucitado de entre los muertos, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos.»

Herodes, en efecto, había hecho arrestar, encadenar y encarcelar a Juan, a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla.» Herodes quería matarlo, pero tenía miedo del pueblo, que consideraba a Juan un profeta.
El día en que Herodes festejaba su cumpleaños, la hija de Herodías bailó en público, y le agradó tanto a Herodes que prometió bajo juramento darle lo que pidiera.

Instigada por su madre, ella dijo: «Tráeme aquí sobre una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.»

El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por los convidados, ordenó que se la dieran y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Su cabeza fue llevada sobre una bandeja y entregada a la joven, y esta la presentó a su madre. Los discípulos de Juan recogieron el cadáver, lo sepultaron y después fueron a informar a Jesús.

Palabra del Señor

Comentario

Un consejo para hoy, para mí mismo y para vos, para los tuyos. ¡No le aflojes, te lo pido por favor que no le aflojes! Muchas cosas podemos dejar de hacer en nuestra vida, muchísimas. Muchas cosas cambian y es bueno que así sea, pero hay algo que no debe cambiar nunca y debe permanecer siempre, aún en las dificultades más complicadas y es… el seguir escuchando. No dejes de escuchar la Palabra de cada día, no importa cómo, con quién y por medio de quien. Lo importante es escuchar. Terminemos esta semana diciéndonos otra vez al corazón: ¡quiero seguir escuchando, me hace bien, no puedo dejar de escuchar! Digámosle hoy a Jesús: “¡No quiero dejar de escuchar, no quiero caer en la tentación de pensar que ya está, de aburrirme de Vos, de cansarme de Dios!”

Si te dan ganas de aflojar pensá en esos días en el que la palabra te cambió, que te ayudó, algunos días ayuda más, otros menos, pero siempre ayuda. Esto es verdad y nos ayuda mucho a todos, porque estamos unidos por la misma palabra, la palabra que transmite una verdad.

La misma verdad que defendió Juan el Bautista hasta el final y por la que tuvo que morir decapitado. Sí, parece una película, esas que vimos muchas veces, pero esto paso en serio. Pidieron que la cabeza de Juan llevada en una bandeja, toda una imagen de lo que es capaz de hacer el ser humano, cuando el odio y la envidia anidan en su corazón.

En Algo del Evangelio de hoy no hay muchas palabras de Juan, no habla directamente, simplemente decían que decía: “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano”. Decía la verdad, eso que algunos les molesta. Pero sí el evangelio está lleno de palabras de otros; palabras de mentiras, cobardías, engaños, vendettas, falsos juramentos, hipocresía, vanidad. Todo para terminar matando a la verdad, para acallar, aunque no pudieron. Así es la historia de este mundo, que odia la verdad y le gusta vivir en la sombra, en las tinieblas, desde siempre y más todavía desde la llegada a este mundo de la Verdad con mayúscula que es Jesús. Así actúa la cobardía en nuestro corazón cuando no nos animamos a jugarnos por la verdad o por bronca, matamos algunas verdades de los otros, o matamos a otros con nuestras supuestas verdades.

El martirio de San Juan el Bautista es espejo que, por contraste, muestra la debilidad de este mundo y la de nuestros corazones que le cuesta reconocer la verdad y jugarse por ella hasta derramar la sangre.

¡Cómo cuesta encontrar personas que se jueguen por la verdad! ¡Cómo cuesta encontrar cristianos que realmente mueran por la verdad, que no tengan miedo de hablar y defender a Jesús! Da tristeza cuando los cristianos somos cobardes y no nos animamos a dar la vida por Jesús como Él la dio por nosotros. A veces defendemos muchas verdades, pero son chiquitas, son intrascendentes, son superficiales, y no defendemos la única Verdad por la cual vale la pena vivir y morir. Cuando tomamos conciencia de que alguien nos amó hasta el extremo y dio la vida por amor nosotros, vamos entendiendo que nuestra vida no tiene sentido si no vamos por el mismo camino, que no vale la pena sufrir por bagatelas, sino únicamente por el amor, el amor de Jesús. Esto Juan el Bautista lo entendió perfectamente y por eso terminó con su cabeza en una bandeja, pero lo que es mejor, terminó siendo recordado por todos nosotros.

Hay mucha gente buena en el mundo, mucha gente buena en la Iglesia, pero hay poca gente que se anima a abrazar la verdad (en todas sus dimensiones) hasta el final, su verdad, la verdad de Jesús, la verdad de esta vida. Es muy fácil ser como Herodes, como Herodías y su hija, como los que estaban en ese cumpleaños o como ese guardia que cumplió una orden. Es fácil no jugarse por nada y callar toda la deshonestidad, mentira, corrupción, acomodo, falsedad y engaño que hay por ahí, alrededor nuestro. Es fácil. Nadie te dice nada, es “políticamente correcto”. Está más de moda ser políticamente correcto, justamente por una mala comprensión de lo que es la política, y eso se traslada a todos los ámbitos de la vida, incluso en la Iglesia. Lo correcto es andar en la verdad, en reconocer lo que somos y para qué estamos, siendo capaces de ser rechazados por seguir el camino de nuestro Salvador.

¿Qué preferimos realmente? ¿Preferimos vivir acomodados y ser recordados como unos mediocres o no ser recordados por nada que valga la pena? ¿No es más lindo vivir y morir por la verdad, por Jesús, dejando algo más grande en este mundo, algo que perdure para siempre? No alcanza con ser buenos, de esos hay muchos, sino que hay que vivir como Juan el Bautista, preparando el camino para que Jesús viva en los corazones de aquellos, que andan necesitados de verdad y amor.

XVII Jueves durante el año

XVII Jueves durante el año

By administrador on 28 julio, 2022

Mateo 13, 47-53

Jesús dijo a la multitud: «El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

¿Comprendieron todo esto?» «Sí», le respondieron.

Entonces agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo.» Cuando Jesús terminó estas parábolas se alejó de allí.

Palabra del Señor

Comentario

La insistencia en la oración es directamente proporcional, a nuestros deseos de obtener lo que pedimos… Cuando abandonamos la oración, en el fondo, es porque no deseamos tanto lo que creemos desear y por lo cual nos acercamos a pedir. Es cierto que esto es complejo, porque por un lado están nuestros deseos y por otro los deseos de Dios, que por más que sepamos algo, no sabemos todo y como decíamos ayer “no sabemos pedir como es debido”. Este es uno de los temas centrales del evangelio que nos regalaba la liturgia del domingo. Jesús no solo nos enseñó el padrenuestro para que “repitamos frases hechas”, sino que, además, la misma oración del Señor es una escuela del corazón, es escuela que nos enseña pedagógicamente, cuáles deberían ser nuestras prioridades al desear, cuáles deben ser nuestros deseos más profundos, o, dicho de otro modo, qué es lo que Dios Padre quiere que deseemos. La realidad es que muchas veces insistimos en la oración en temas que no deberíamos insistir y no insistimos en los que deberíamos insistir, es muy humano. Y de nuestra falta de oración, o desde nuestra oración mal orientada, muchas veces provienen todas nuestras aflicciones e incluso nuestros enojos o frustraciones para con Dios.

Hay cosas en la vida que se entienden con el tiempo. Necesitan tiempo. Todo necesita tiempo. El evangelio no es la excepción, Jesús se hizo hombre en el tiempo, se tomó tiempo para estar con nosotros, estuvo sujeto al tiempo y le gustó pasar tiempo con los suyos. Pensemos que Jesús estuvo treinta años con sus padres hasta que decidió tomarse tiempo para enseñar, expulsar demonios y curar a los enfermos. Se tomó tiempo para enseñarles a sus discípulos, estuvo tres años con ellos y les tuvo una paciencia de “fierro” para saber esperarlos, en su estreches de mente, en sus terquedades, en sus cerrazones. Imaginate que a los discípulos les resultó difícil estando con Jesús cara a cara, ¿qué nos hace pensar que a nosotros que desde hace no mucho tiempo estamos escuchando la palabra de Dios seriamente, se nos hará fácil?

No es fácil comprender el evangelio, pero no porque las palabras escritas son difíciles o porque nos presente teoremas matemáticos imposibles de resolver, sino porque la palabra de Dios es el corazón y la mente de Dios. Las palabras de Jesús, sus actitudes y sus gestos, son la forma de pensar y sentir de Dios, y comprender, aceptar y cambiar nuestra manera de pensar para que sea parecida a la de Dios es todo un camino, muchas veces dificilísimo de transitar. ¡Nos cuesta cambiar! No queremos cambiar, somos reacios a cambiar, está comprobado científicamente, nuestro cerebro quiere repetir acciones para que no le generen un desgaste. No nos gusta cuando alguien nos cambia algo, nos gustan las cosas como nosotros queremos o pensamos que tienen que ser y todo cambio nos produce un cierto “stress”. Tengamos paciencia, tengámonos paciencia mutuamente. No podemos cambiar de un día para el otro. No podemos comprender de un día para el otro. Siempre hay que volver a empezar.

Fijémonos en la parábola de Algo del Evangelio de hoy. El plan de Dios es el plan de la paciencia, el plan de esperar hasta el final. No estamos en el tiempo de la selección todavía, estamos en el tiempo de la pesca. «El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces.» Dios pesca con red, no pesca seleccionando. Él quiere que en esa red entren todos y solamente al final de la historia, al final de nuestra vida, abrazará lo bueno y rechazará lo malo. ¿Comprendemos esto? Estas son las cosas de Dios que muchas veces nos cuesta aceptar y cambiar. Por ahí la entendemos, pero no solo hay que entender las palabras, sino que también hay que empezar a vivirlas, hay que empezar a transmitirlas, con nuestra forma de pensar, de hablar y de sentir. ¡Cuesta cambiar! Somos reacios a cambiar.

Los discípulos contestaron rápidamente que comprendían, sin embargo, en los comienzos de la Iglesia, intentaron hacer una selección, intentaron ser ellos los que decidían quién podía y quien no podía estar en la red del Reino de los Cielos. Tuvo que aparecer San Pablo para hacerles ver a los discípulos que tenían que abrirse al mundo. ¿No hacemos lo mismo nosotros muchas veces? ¿No somos selectivos en nuestros ambientes, en nuestros grupos, en nuestras parroquias? ¿No somos selectivos al hacer apostolado? ¿No será que muchas veces más que pescar con red pescamos con mira telescópica eligiendo lo que nos parece? ¿No será que nos falta bastante corazón y amplitud de mente para dejar que sea Dios el que elija? El Reino de Dios es como una red que se tira al mar, no es una caña de pescar, no es un detector de bondad. En el Reino de Dios hay de todo un poco, por eso tenemos que aprender a convivir y no juzgar tanto. Aprender a pensar cómo piensa el dueño del Reino y dejar de pensar como pensamos nosotros. Dejemos que el Rey, el dueño del Reino, haga lo que le parezca. Mientras tanto, nosotros, vivamos como hijos, sabiendo que tenemos toda clase de hermanos, pero que en definitiva, son hermanos.