Book: Mateo

XXIV Domingo durante el año

XXIV Domingo durante el año

By administrador on 13 septiembre, 2020

Mateo 18, 21-35

Se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.

El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo.”

El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes.”

El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda.”

Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?”

E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos.»

Palabra del Señor

Comentario

Este domingo como cada domingo del día del Señor también, de algún modo, podríamos decir que es día de reconciliación, de perdón. Porque cada día del Señor en las misas, por ejemplo- en cada misa si te acordás-, se empieza con un momento de perdón, con una reconciliación personal y comunitaria. Pedimos perdón a Dios Padre todos juntos, toda la Iglesia, en nombre de todos también, reconociendo públicamente que todos somos débiles y pecadores y que de algún modo necesitamos el perdón de nuestro Padre. Algo que muchas veces, por la rutina, no terminamos de profundizar y olvidamos fácilmente. Pero es así. El domingo nos reunimos como hermanos, como Iglesia, a pedir perdón y a pedirnos perdón mutuamente, a escuchar la Palabra y a recibir la Eucaristía. Por eso, en este día te propongo que no te olvides de esta verdad. Aunque no puedas ir a misa, pensalo y rezalo por lo menos. Te propongo que le podamos pedir perdón a esa persona que alguna vez ofendiste y por orgullo te olvidaste de volver a mirar con humildad reconociendo tu error. Te propongo que, siguiendo lo que nos propone la palabra de Dios de hoy, aceptemos también el perdón de esa persona que lo ofreció con sinceridad y que por soberbia o dolor te negaste a recibirlo.

Hoy no podemos dejar de rezar con Algo del evangelio. No es uno más. Es un canto a la bondad y misericordia de un Dios que es Padre y que ve cosas que nosotros no vemos. Y, por otro lado, también es un golpe, un cachetazo a nuestra desfachatez que vivimos a veces, de exigirle a Dios lo que después nosotros no podemos hacer o no queremos vivir por olvidadizos, por mezquinos o por egoístas.

La pregunta de Pedro nos viene muy bien a todos. Es la pregunta que alguna vez todos, por ahí, nos hicimos ante sufrimientos que nos causaron las ofensas grandes de los demás, ofensas que nos tocaron sufrir en la vida. Es la pregunta que nosotros le hubiéramos hecho también a Jesús si hubiéramos estado con él ese día o al ver que perdonaba a los que se le acercaban. ¿No te parece? ¿No preguntaste alguna vez eso? ¿Tenemos que perdonar siempre?, esa es la pregunta clave. ¿Tiene límite el perdón?, ¿o cuál es el límite del perdón?

La semana pasada teníamos que animarnos a corregir a nuestros hermanos, a «hacernos cargo» de ellos de alguna manera, como también lo tienen que hacer con nosotros. Y hoy también, a un hermano, tenemos que estar dispuestos a perdonarlo siempre que se arrepienta y se acerque a pedirnos perdón. ¿Nos dimos cuenta alguna vez de este desafío tan grande? En esto se juega el ser cristiano de verdad: en la capacidad y en la alegría de saber perdonar. Es difícil porque, por ahí, por este mundo en el que vivimos andan muchos que dicen, incluso muy católicos: «Eso solo lo perdona Dios.» Eso es imperdonable.» O también esa otra frase conocida: «Yo no soy quién para perdonar». ¿Escuchaste alguna vez eso? Seguramente sí. Los dichos populares -como lo dije varias veces- tienen mucha sabiduría y a veces no. A veces, al contrario, van en contra del evangelio. No tienen algo del evangelio, tienen medias verdades, menoscabando el valor y las enseñanzas del evangelio.

La parábola de Jesús de hoy es una comparación casi ridícula -podríamos decir-, absurda. Que, si no prestamos atención, pasa un poco desapercibida; pero es la esencia de la parábola. Para hacerla un poco más simple y trayéndola a valores de estos tiempos, el servidor olvidadizo es el que no perdona una deuda de unos centavos, cuando un ratito antes se le había perdonado una deuda de millones. A uno le sale decir, sin pensar: «¡Qué espanto! Yo jamás haría una cosa así». ¿Cómo es posible que alguien haga algo así?

Sin embargo, en realidad -te diría o por lo menos pienso así-, Jesús nos lo está diciendo a todos: «Eso hacen ustedes cuando no quieren perdonar a alguien, cualquier cosa. Se olvidan de que Dios, su Rey, les perdonó una deuda de millones». No estar dispuesto a perdonar es comportarse como ese servidor olvidadizo. Es tan infinita la distancia entre lo que nos perdona Dios y nos perdonó y nos perdonará a lo largo de la vida que no llegamos a comprenderla. No terminamos de caer en la cuenta de lo que se nos perdonó o de lo que se nos perdona cuando, arrepentidos, nos acercamos a recibir su gracia. Y es por eso que somos capaces de hacer esta ridiculez tan grande y absurda.

Cuando no queremos perdonar, sin darnos cuenta, estamos tomando «del cuello a ese alguien hasta ahogarlo», con tal de que nos devuelva lo poco que nos quitó, que a veces puede ser nuestra fama, la paz, la dignidad, el prestigio. Sí, cosas dolorosas y grandes, que nos duelen cuando las perdemos. La falta de perdón es la medida de nuestro amor, que a veces es tan pobre. Es la medida de nuestra incapacidad de darnos cuenta lo que Dios ya nos perdonó aun antes de que hubiéramos nacido. Por eso, solo el que se siente perdonado de corazón por Dios es capaz de perdonar todo y siempre a aquel que le pide perdón. Solo el que reconoce el don de Dios es capaz de no negar un don a otro. Pensemos en esta ecuación que se entiende con la razón, pero no siempre se vive con el corazón. Dios ama plenamente, por eso perdona verdaderamente. Nosotros amamos poco y, por eso, somos capaces de ahogar a los demás por muy poco. ¿Qué nos queda entonces para salir de este encierro? Reconocer cada día más este perdón infinito que Dios nos concede a todos para que seamos capaces de llevarlo a los demás. Que este domingo nos ayude a volver a descubrir una vez más tanto amor, tanto perdón que Dios nos dio, para que nunca se lo neguemos a los demás.

Fiesta de la Natividad de la Virgen María

Fiesta de la Natividad de la Virgen María

By administrador on 8 septiembre, 2020

Mateo 1, 1-16. 18-23

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos. Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de estos fue Tamar. Fares fue padre de Esrón; Esrón, padre de Arám; Arám, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón. Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut. Obed fue padre de Jesé; Jesé, padre del rey David.

David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías. Salomón fue padre de Roboám; Roboám, padre de Abías; Abías, padre de Asá; Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Jorám; Jorám, padre de Ozías. Ozías fue padre de Joatám; Joatám, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías; Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Amón; Amón padre de Josías; Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia.

Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel; Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacím; Eliacím, padre de Azor. Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquím; Aquím, padre de Eliud; Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob. Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.»

Palabra del Señor

Comentario

Entiendo, me imagino, me imagino tu cara o lo que estarás pensando con semejante evangelio que para nosotros es un poco extraño. Tantos nombres, ¿para qué tantos nombres? ¿Qué sentido tiene escuchar este evangelio de hoy? en el cual la verdad que no entendemos mucho y, además, hasta se hace medio pensado, cansador ¿Por qué la Iglesia quiere leer este evangelio en este día, día de la Natividad de nuestra Madre del cielo? En esta fiesta de hoy existe también la opción de leer un evangelio más corto, en realidad la última parte del que acabo de leer -cortarlo un poquito-. Pero elegí leer el más completo porque pienso que, aunque al principio no entendamos tanto, «algo» siempre nos va a dejar si lo explicamos un poco. Me prometí al inicio de este camino de predicación a través de estos audios nunca dejar de leer el evangelio -incluso me acuerdo que pensé en este evangelio- y no solo no dejar de leerlo porque me parece que la palabra de Dios tiene que brillar siempre, y cada uno tiene que tomar su Biblia y hacer su camino. Me acuerdo que también me dije: «Aunque sea el más difícil de explicar, el más aburrido, incluso que no dice nada para estos tiempos, también lo voy a leer».

Porque siempre la palabra de Dios nos puede decir algo y además, al mismo predicador, esforzarse por entender y explicarlo, también le ayuda. La Palabra de Dios no está escrita en vano. Por alguna razón, Dios en su Espíritu y por medio de los escritores sagrados quiso que quede este texto para siempre. Confío más en su Palabra siempre que en mi comentario. Algo nos tiene que decir. Algo del evangelio siempre nos deja algo, valga la redundancia. No nos podemos rendirnos tan rápido y aunque me quede menos tiempo para comentar haré lo posible para ayudarte a meditar.

A veces -freno un poco-, a veces ponemos tanto énfasis en ciertas cosas que nos gustan, investigamos, ahondamos. Pero con la palabra de Dios no hacemos siempre lo mismo. Imaginate que ante cada texto hagamos un esfuerzo grande por comprenderlo, ¡cuánto bien nos haría!

Bueno, entre tantas cosas que se pueden analizar de este texto quiero dejarte simplemente dos detalles de esta llamada «genealogía de Jesús» que acabamos de escuchar, que nos ayudarán a pensar, de algún modo, cómo piensa Dios, que es muy diferente a nosotros por supuesto.  ¿Cómo pensó esta historia de salvación tan maravillosa que llega hasta nuestros días, hasta nuestro corazón? En esta larga lista de nombres aparecen, por un lado, dos varones provenientes, uno- fíjate-, de un incesto y otro, de un adulterio. Y, por otro lado, cuatro mujeres, algo extraño para esa época -hoy estamos acostumbrados, pero no se las nombraba-, con historias incluso no muy lindas, no muy felices, no muy santas.

También extranjeras, tres de ellas; que para los hebreos era una gran infidelidad el matrimonio con extranjeros, porque se rompía ese mandato de Dios de que no se crucen o entremezclen con los paganos. Y, lo que es peor, además tres de ellas consideradas pecadoras: Tamar, Rajab, Betsabé. Y solo Ruth se distingue de algún modo por su pureza. Bueno, ¿qué quiere decir todo esto? No te aburras. Quiere decir que Jesús entró en la raza humana, en nuestra historia, tal y como es la raza humana, con todo lo bueno y lo malo. No con unos buenos y otros malos: con todo lo bueno y lo malo que hay en la humanidad y en nuestro corazón. En la historia de la salvación no se ocultan los pecados. Fíjate ese detalle. No se ocultan los pecadores. Se perdonan, se perdonan. Jesús puso una puerta de pureza total en el penúltimo escalón- digamos así-, su madre Inmaculada. Él quiso pasar finalmente, después de tanta historia de pecado y santidad, por una puerta santa y pura. Pero aceptó, al mismo tiempo, en todo el resto de sus antepasados la realidad humana total que él venía a salvar. Dios, que escribe derecho en  «líneas torcidas», entró también por caminos torcidos, por los caminos de la humanidad- no por otros-. Cuesta creer a veces que nuestro buen Jesús se haya hecho hombre realmente y que no esquivó nada de lo que eso significa.

La Virgen Santísima en este día, el día de su natividad- su cumpleaños, digamos-, es el último eslabón al que Jesús quiso unirse para purificar al género humano. Y por eso tenía que ser pura, totalmente pura. Hoy recordamos el día que nació. Ella ya está en la eternidad, ya no vive en el tiempo. Recordamos que nació para ser la «puerta purísima»- como dice esa linda jaculatoria- que nos trajo el Salvador y viene a meterse en nuestra historia. No para ocultar nuestros pecados pasados, para meterlos debajo de la alfombra, para esconder las impurezas (esas cosas que queremos que nadie sepa de nuestra historia); sino todo lo contrario, para redimir esa impureza  sin ocultarla, para sanar el pecado sin negarlo.

Aprovechemos este día para dejar que nuestro Maestro se meta en nuestra vida de algún modo y purifique lo que tenga que purificar, lo que tenga que sanar. Todos lo necesitamos. Que María hoy sea esa puerta de pureza que se abra para que Jesús llegue a nuestra vida una vez más, una y mil veces más. Porque te necesitamos, Señor de la historia.

XXIII Domingo durante el año

By administrador on 6 septiembre, 2020

Mateo 18, 15-20

Jesús dijo a sus discípulos:

Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano.

Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.

Palabra del Señor

Comentario

Otro día del Señor, otro domingo que se nos vuelve a regalar. Es, como siempre, para agradecer, para disfrutar, aunque estemos viviendo situaciones distintas y difíciles cada uno de nosotros, esparcidos por el mundo. Entiendo que no es fácil, todos lo entendemos. Entiendo que no todas las familias, por ahí, pueden vivir el domingo como de alguna manera la Iglesia nos propone. Entiendo que no siempre nuestros hijos lo entienden, lo quieren, y eso muchas veces hace sufrir a los padres. A veces también entre esposos. No todos comprenden lo mismo. No todos quieren vivir lo mismo. Entiendo que no todos ven el domingo como un día para dedicarle más al Señor y a nuestros hermanos. Lo entendemos y sé que también lo entendés, pero no nos desanimemos. Sigamos apostando a cuidar el domingo, a custodiarlo; a cuidar la familia, la que tengamos; a no escondernos y seguir luchando por vivir un día distinto, como nuestro buen Dios lo quiere.

Algo del Evangelio de hoy nos habla y nos introduce en lo que llamamos, tradicionalmente en la Iglesia, «corrección fraterna», la corrección entre hermanos fraterna. Preguntas que me vienen: ¿Corrección fraterna? ¿Ir a corregir a un hermano teniendo yo muchos pecados también? ¿Hacerse cargo del otro de alguna manera? Suena un poco difícil, extraño y hasta a veces casi imposible. Porque ¿qué tengo que esperar?, ¿no tener ningún pecado para ser también hermano de otros y corregir? Mucho más en un mundo donde parece que «todo vale», donde finalmente lo importante es que uno sea feliz a su manera y no dejándose guiar por la Palabra. Donde parece que todo es bueno y es aceptable que cada uno haga lo que le parezca o lo que sienta, sin importar tanto si es verdad o no ese pensamiento o sentimiento o ese modo de obrar. Escuchaste alguna vez, seguramente, esa frase que dice: «Y si lo hace feliz, que haga lo que quiera».

Tiene parte de verdad, pero es tan común escucharla. Esa es la ley del mundo de hoy, del pensamiento mundano – podríamos decir-. Mientras no molestes a nadie, mientras no le hagas mal a nadie y, además, mientras vos consideres que lo que hacés está bien, alcanza, con eso basta. No hay ninguna ley superior, mucho menos la ley de Dios, que pueda regir nuestra vida. Parece ser que no hay una verdad clara, en donde debemos confrontar lo que hacemos. Es la ley del respeto pero mal entendido, la ley de la libertad mal entendida, mal interpretada. En el fondo es la ley del relativismo, donde se proclama que no hay verdad, pero en el fondo es una dictadura del relativismo. En el fondo esa supuesta «no verdad», que proclama el relativismo, se transforma en verdad para los que piensan así y por eso les enoja que otros tengan otra verdad.

Sin embargo, ¿te parece que Jesús puede pensar así?, ¿un cristiano puede pensar así? ¿No sería una gran contradicción? La enseñanza de la palabra de Dios es todo lo contrario, la de hoy: «Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a un hermano». Bastante distinto, ¿no? Ese es el mandato de Jesús, que nos sintamos hermanos, que nos tratemos como hermanos, que nos cuidemos como hermanos, que no permitamos que un hermano se pierda. Somos hijos de un mismo Padre. Corre por nuestras venas la misma sangre divina que nos va santificando y sanando por medio del amor, para que algún día todos estemos con él en el cielo. Por eso, si un hermano sufre, yo sufro con él. Si un hermano se alegra, me alegro con él. Por eso tenemos que cuidarnos entre nosotros, y el pecado es lo que hiere la relación entre hermanos. Si eso es así, si creemos esto- que somos realmente hermanos-, ¿cómo me va a dar lo mismo que mi hermano se equivoque y se salga del camino? ¿Cómo no voy a aceptar que un hermano me corrija a mí cuando yo me equivoco? No es lo mismo, no puede darme lo mismo. Jesús nos pedirá cuentas de algún modo de nuestros hermanos, de aquello que hemos podido hacer algo y no lo hicimos. Nos preguntará si nos hicimos cargo de los otros de algún modo, si de verdad los consideramos hermanos o no y si nos dejamos corregir también por los demás. ¡Qué difícil es dejarse corregir!

La corrección fraterna claramente no es fácil, lo sabemos. No es para cualquiera, digamos así. Es para aquellos que se sienten hermanos de verdad, que buscan la santidad; para aquellos que tienen fe, para los que creen en la fuerza del amor y del perdón, y saben que Dios Padre puede hablarme a través de otro, no solamente en mi silencio. Se necesita para esto, por supuesto, mucha humildad. Pero es maravilloso pensar que en el cielo pueden «desatarse o atarse» las cosas según nuestra manera de obrar. Podemos con nuestro amor ayudar a que alguien «desate» de su corazón el pecado, o bien podemos pecar de omisión dejando que alguien se quede «atado» a su pecado. Ese poder tan grande que nos dejó el Señor es un gran misterio: desatar o dejar atado. Corregir y ayudar o callar y dejar pasar.

La corrección entre hermanos es un don que debemos pedir en la oración. No puede darse si no se acepta con humildad también ser corregido. Cuando nos reunimos en su Nombre, él está. Cuando nos unimos a pedir algo a nuestro Padre del cielo, él lo concede. Por eso hay que pedir cosas grandes: la salvación de los que se están perdiendo por el pecado (nuestros hijos, nuestros seres queridos, nuestros amigos). Pidamos tener el amor suficiente para darnos cuenta que corregir también es amar y que, para corregir bien, hay que corregir por amor, con amor, por el bien del otro y estar dispuestos a ser corregidos. Nos salvamos juntos, de algún modo, ayudándonos entre todos. O nos quedamos solos y, en el fondo, no nos salvamos.

La hermandad que llegará al final de los tiempos, cuando vuelva Jesús, tenemos que empezar a vivirla desde acá y se va forjando cada día con nuestra manera de obrar: desatando y atando con nuestro amor o con nuestra falta de amor.

XXII Domingo durante el año

XXII Domingo durante el año

By administrador on 30 agosto, 2020

Mateo 16, 21-27

Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.

Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: «Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá».

Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras».

Palabra del Señor

Comentario

“Desde aquel día…” dice Algo del evangelio de hoy, el evangelio de este domingo en el que se nos invita, como siempre, a descansar de algún modo en el Señor. Es el día del Señor, aprovéchalo. Aprovéchalo siempre porque es un día especial. Aprovechá para estar más en familia. Aprovechalo para dedicarle un poco más de tiempo a la oración, al silencio, a divertirte, a esparcirte un poco, a disfrutar de tantas cosas lindas que Dios nos dio a cada uno de nosotros.

“Desde aquel día” dice la Palabra, o sea, después de que Pedro- ¿te acordás? – lo proclamó como Mesías e Hijo de Dios, y después de que Jesús designó a Simón como la piedra sobre la cual edificaría su Iglesia. Desde ese momento, Jesús anunció que sufriría- ¡qué paradoja! -, que sería condenado a muerte y que después resucitaría. Acordate la escena del domingo anterior cuando Jesús preguntaba: « ¿Quién dicen que soy?» « ¿Quién decís que soy?».

Bueno, por las dudas y para que no nos hagamos un Jesús de “bolsillo”, un Dios a nuestra medida, Jesús nos deja bien clarito qué clase de Mesías es, quién es él realmente. No solamente lo que nosotros pensamos que es, sino que es él el que nos enseña, realmente, quién es. No es el que Pedro se imaginó, el que nos imaginamos todos. No es el Mesías, de algún modo, “solucionador” de problemas de forma inmediata, con un clic, “ahora”, sino que es el que asume todo el sufrimiento de la humanidad por amor a vos y por amor a mí.

Por eso aunque a Pedro se le había revelado de lo alto quién era Jesús, inmediatamente se le meten en el corazón y en el pensamiento cosas que no son de Dios. Pedro pasó de ser un iluminado por el Padre del cielo a estar inducido, de algún modo, por Satanás. Quiso interferir en los planes de su Padre, en el pensar de Dios, diciendo: «Dios no lo permita, eso no sucederá», con muy buena intención – ¡pobre Pedro! – como nos pasa a nosotros también. Pero, de alguna manera, Pedro se la “creyó” –nos la creemos muchas veces–. Se creyó y se creó un Jesús a su medida y quiso enseñarle cómo tenía que salvarnos. Dios no puede permitir el sufrimiento, Dios debe intervenir y parar con todo lo que pasa. Nosotros creemos lo mismo ¿o no? ¿No nos pasa eso también? ¿Quién no hubiera hecho lo mismo que Pedro ante un amigo que dice que va a sufrir? ¿Quién no hubiese dicho lo mismo: “Jesús no quiero que vos sufras”? Nadie quiere sufrir, es verdad. Yo tampoco, ni vos.

Estamos a veces cansados de sufrir. Sin embargo, esos pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres. Sufrir, en realidad, y aunque nos cueste, es parte – perdón que lo diga así – es el “combo de la vida”. Creas o no creas, pasas muchas veces y deberás pasar, en algún momento de la vida, por el sufrimiento; el sufrimiento del corazón, del alma, de la soledad, de la tristeza; el de una depresión; el de no soportar ciertas situaciones, de no soportar pecados propios o ajenos; el no poder con todo, el no poder cambiar las cosas; el ver sufrir a los demás, la muerte de nuestros seres queridos, la angustia… y la lista podría ser interminable. Pensemos en esos sufrimientos de la vida que a veces no nos dejan ni respirar, que a veces nos tiran al suelo, nos abaten y nos cansan. Nos sale gritar como Pedro: “Dios no lo permita”, o “¿por qué Dios permite esto?”, que es más o menos lo mismo. ¿Por qué lo permite, por qué permite que suframos? Pero tenemos que aceptar esta realidad en silencio a veces.

A veces tenemos que aprender a hacer silencio del corazón y decirnos a nosotros mismos: “Dios lo permite. Sí, es verdad, no me gusta. Es un misterio, pero Dios lo permite”. Jesús lo permitió. Jesús lo quiso, lo eligió. Eligió ese camino y, por eso, le anticipó a sus discípulos que iba a tener que sufrir, pero que iba a resucitar. Nunca hay que olvidarse de esa parte.

¿Y cuál es la salida entonces en este domingo? Ir detrás de él; renunciar a nosotros mismos y cargar con nuestra cruz del sufrimiento y seguirlo; no estar pensando en nuestros propios pensamientos- valga la redundancia-, sino en los de Dios. Todo un programa de vida. Ir detrás de él, no como Pedro que quiso ir delante de él. Renunciar a nuestros propios criterios y a miles de cosas más que no nos dejan caminar en libertad. Cargar con la cruz de ese dolor que andás esquivando porque no te gusta, porque a ninguno le gusta sufrir. Por eso, hay que seguirlo, cargar con la cruz, cargar con ese peso que a veces nos molesta y seguirlo con amor. Ahí se pone lindo, ahí se pone buena la vida. Cuando empezamos a seguir a nuestro Maestro, eso tiene sentido. No el “sufrir por el sufrir”, sino el cargar con amor, mirar a nuestro salvador y seguirlo hasta el final.

Él va por el buen camino y va por el mismo camino que nosotros. No tengamos miedo. Ya hizo lo que nosotros vamos a hacer. Ya hizo ese camino que a vos y a mí nos da bastante miedo. Va al lado nuestro haciendo siempre el mismo camino. Va abriendo brecha, nos va mostrando hacia dónde vamos, cargando con la cruz, estando al lado de tu cama cuando andas enfermo, estando al lado de ese familiar tuyo que está sufriendo también. Él está ahí, está siempre, asumiendo todo lo que nosotros a veces queremos esquivar. Mejor es sufrir con Él que sin Él. Mucho mejor es sufrir con sentido. Eso es salvar la vida, es perderla mientras se la va ganando y encontrando. Porque a medida que vamos muriendo a nosotros mismos, a nuestro egoísmo, a nuestro orgullo, a nuestra soberbia, a nuestros caprichos, vamos encontrando la verdadera vida.

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿De qué nos servirá tenerlo todo, ser los mejores para el mundo, que todos nos reconozcan y nos aplaudan si perdemos la vida en nuestros egoísmos; si nos perdemos de amar, de cargar con el lindo peso del sufrimiento y seguir a Jesús hasta el final?

Si crees en él, esa es la mejor alternativa. Todos los demás caminos son, en el fondo, más complicados. Ponete detrás de él. Renunciá, cargá con el sufrimiento, con ese dolor que te está agobiando y molestando, y seguilo. Eso es lo mejor que nos puede pasar.

XXI Viernes durante el año

XXI Viernes durante el año

By administrador on 28 agosto, 2020

 

Mateo 25, 1-13

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.

Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: «Ya viene el esposo, salgan a su encuentro.»

Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: «¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?» Pero estas les respondieron: «No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado».

Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.

Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: «Señor, señor, ábrenos», pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco.»

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando se cree que Jesús es el Hijo de Dios realmente, cuando se cree que es Dios hecho hombre, un hombre que al mismo tiempo era Dios, o sea, que ese hombre, Jesús, es nuestro “todo”. Cuando se cree en serio y con esa convicción tan profunda, difícilmente una dificultad, un dolor, una decepción, un sufrimiento profundo, nos haga perder la fe, que nos fue revelada por el Padre que está en el cielo. Sí podemos tropezar, caer, desanimarnos, pero ¿perder la fe? Difícil. Cuando se tiene esa fe profunda, diría que no hay ventarrón que la pueda voltear. Pedro pudo decir eso ese día por gracia y desde ahí, aunque cayó muchas veces y lo sabemos (dudó, prometió y no cumplió, traicionó), en el fondo, jamás perdió la fe, la confianza, la certeza íntima del corazón, que Jesús no era un hombre más. No era un hombre cualquiera.

Alguien me dijo una vez: “Padre, usted en la misa del domingo nos dijo que pensemos quién era Jesús para nosotros. ¿Puedo decirle quién es para mí?” “Sí- le dije- con gusto”. “Para mí, Jesús es mi único salvador, mi único maestro. Qué lindo, ¿no? ¿Vio qué lindo?” me terminó diciendo, como necesitando que le afirme su afirmación. “Sí, muy lindo. Muy lindo, la verdad” le dije. La verdad es que es gratificante que alguien diga eso frente a los demás en una reunión, que lo diga con tanta frescura y amor, sintiendo verdaderamente lo que dice y no teniendo vergüenza. Vos pensarás “y bueno… en un ambiente de Iglesia es fácil”. Y sí, es verdad, puede ser, pero hay que decirlo. También, no dijo es mi salvador y mi maestro, sino que dijo una palabra muy importante: “mi único, mi único salvador”. Hay muchos que se creen los salvadores de nuestras vidas, muchos que se hacen los maestros, pero para los que tenemos fe en realidad tenemos que volver a decir que hay un solo maestro y un solo salvador: es Jesús.

Eso es tener fe. Sabiendo y creyendo esto, ¿qué nos puede quitar la fe? ¿Quién nos puede quitar la fe? Así lo dice San Pablo: “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?” Si perdemos la fe, si se enfría, es por falta de amor en el fondo, por falta de perseverancia, por falta de oración, por recurrir a otras cosas que nos hacen perder el tiempo, por olvidarnos de esta verdad tan linda: mi único salvador, mi único maestro. Repetítelo al corazón. Repetí lo que me dijo esa buena señora, una vez: “Jesús sos mi único salvador, mi único maestro. No permitas que busque otras salvaciones por ahí”.

¿Sabés qué es lo que nos ayuda a mantener la fe hasta el final? Algo del evangelio de hoy nos orienta y nos da una linda pista: el ser prudentes, o sea, el estar preparados. El tonto es el que pierde la fe. El necio pierde la fe. La pierden por tontos, en el fondo. Por quedarse sin combustible en el camino, sin aceite, por no haber previsto que se podía acabar. El que no es prevenido, el que no “guarda” el aceite que le ayudará a tener luz mientras se demora Jesús, ese es el que pierde la fe. Las vírgenes necias van al momento más importante de sus vidas, al encuentro con Jesús, y no llevan aceite, no se preparan, no son precavidas, no tienen en cuenta que el esposo puede demorarse. Confían en su criterio, en sus pensamientos y, por haber confiado demasiado en ellas mismas, se pierden lo mejor, se quedan en la puerta, afuera.

Podemos perder la fe y perdernos de ver a Jesús por haber pecado de demasiada confianza en nosotros mismos y pensar que podíamos solos. Me parece que el aceite de la lámpara que no llevan estas vírgenes simboliza que, en el fondo, no nos damos la luz a nosotros mismos, que para iluminar necesitamos de otros.

Necesitamos el amor de los demás, el amor de Jesús que brota del corazón de los otros, por medio de otros. Ese es nuestro combustible, lo que nos hace andar por esta vida. No hay otro camino. Cuando nos la creímos, cuando nos pensamos que teníamos combustible para mucho más y nos pasamos de largo en la estación de servicio creyendo que llegábamos, nos quedamos a la mitad de camino. Nos quedamos por el camino o nos quedamos a la puerta de la felicidad solos, esperando que alguien nos salve y no nos dimos cuenta que el único que nos salvaba era Jesús. Nos quedamos por el camino cuando nos convencemos a nosotros mismos que la felicidad, la fe, el amor, depende exclusivamente de nuestras propias “reservas”. Esa es nuestra gran necedad, la gran estupidez de nuestra vida, nuestra gran sonsera.

Mientras estemos en la tierra siempre habrá tiempo de pedir un poco de aceite a los otros para seguir iluminando, y está bien. Eso es necesario. Pero al final de nuestra vida ya no habrá tiempo. Es cosa seria. La llegada de Jesús al final de los tiempos o al final de nuestra propia vida, aunque no sepamos cuándo será, es cosa seria. No es para andar jugando con la misericordia de Dios. Hay que tomarse en serio la vida. No se puede andar “zafando”-como se dice acá en Argentina- siempre, especulando con el amor y después pretender que los otros me den lo que yo mismo podría haber conseguido por mis propios medios.

Estamos en el tiempo de la misericordia, pero no sabemos cuándo se acabará. Por eso, mientras tanto, hay que ser inteligentes, prudentes y saber que Jesús es nuestro único salvador y maestro. No somos salvadores y maestros de nosotros mismos para creer que podemos solos.  No seamos tontos. Busquemos el aceite del amor en otros amando también a los otros. Busquemos el amor que necesitamos en los demás y, también, el amor que los otros necesitan de nosotros.

XXI Jueves durante el año

XXI Jueves durante el año

By administrador on 27 agosto, 2020

Santa Mónica – Mateo 24, 42-51

Jesús habló diciendo:

Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.

¿Cuál es, entonces, el servidor fiel y previsor, a quien el Señor ha puesto al frente de su personal, para distribuir el alimento en el momento oportuno? Feliz aquel servidor a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo. Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si es un mal servidor, que piensa: “Mi señor tardará”, y se dedica a golpear a sus compañeros, a comer y a beber con los borrachos, su señor llegará el día y la hora menos pensada, y lo castigará. Entonces él correrá la misma suerte que los hipócritas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

Palabra del Señor

Comentario

“¡No te canses!”, “¡no llores!”, “¡no te pongas triste!” nos decimos muchas veces, o nos decimos entre nosotros. “¡No te bajonees!”, “¡sonreí un poco más!”, “¡ponete las pilas!” y así muchas frases más que usamos cotidianamente, seguro con muy buena intención, pero que se pueden transformar en especies de “decretos presidenciales” para generar sentimientos o eliminarlos. Y la verdad es que los sentimientos no se generan ni se eliminan por “decreto”, sino que las cosas que nos pasan son así, nos pasan. Van y vienen, son pasajeros, no siempre dependen de nosotros y lo que hay que hacer en realidad es reconocerlos, aceptarlos y saber qué hacer con ellos. Es lindo que nos quieran levantar el ánimo, que nos quieran ayudar o que nosotros hagamos lo mismo. Es lindo que busquemos que los demás estén bien y los ayudemos con palabras, los consolemos, pero también es necesario saber esperar a los otros, reconocer que no todos sienten y viven lo mismo y que cada uno vive y experimenta las cosas, la vida de fe, la propia vida, como puede, con las herramientas que tiene a mano. Es imposible no “sentir” cosas, es parte de la vida. No somos robots, somos de carne y hueso, y tener fe no quiere decir “no sentir” nada, sino al contrario, aprender a sentir y aceptar lo que nos pasa, superarlo si es posible, ofrecerlo si no hay salida. Como lo hizo el mismo Jesús, que supo reír, alegrarse, entristecerse, enojarse, angustiarse, llorar y tantos sentimientos más.

El domingo escuchábamos que Pedro reconocía quién era Jesús: “Tomando la palabra- decía -, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».” En definitiva, eso es tener fe en su esencia, saber y experimentar quién es Jesús, reconocerlo como Dios hecho hombre. Tener fe no es “saber” muchas cosas en el sentido intelectual. Tener fe no es “hacer” muchas cosas. Tener fe no es “ser perfecto”. Tener fe no es “no sentir” nada. No, nada de eso. Tener fe es reconocer a Jesús como nuestro Salvador, como Dios que se hizo hombre para amarnos y salvarnos. Eso es la esencia de la fe. Después sí, es verdad, se pueden decir muchas y miles de cosas más, pero al final de nuestra vida lo que querrá Jesús es que podamos “reconocerlo” como lo que es, y no que le presentemos un “inventario” de todo lo que hicimos.

Con respecto a Algo del evangelio de hoy, podríamos decir que ser prevenidos no es ser temerosos, ser prevenidos no es estar ansiosos por lo que vendrá, ser prevenidos no es ser desconfiados y dudar de todo, sino que es estar preparados para la venida. Pre-venidos, de ahí viene, esperar la venida. Por eso el evangelio de hoy, de algún modo, nos previene. Nos previene para que seamos prevenidos, valga la redundancia.

Son muchísimas las cosas que nos preocupan, a vos y a mí, todo el día y nos quitan el sueño y los pensamientos todos los días. Son muchísimas las situaciones que cada día nos hacen perder, de algún modo, la paz y la tranquilidad que nos da la fe. ¿Por qué será? ¿Por qué perdemos “los estribos”, a veces, con tanta facilidad? ¿Por qué se nos nubla el horizonte que hasta ayer teníamos tan claro y, de golpe, vemos todo negro? Bueno, puede haber muchas respuestas, pero una de ellas puede tener que ver con lo que hablamos al principio sobre los sentimientos. Somos humanos, somos débiles y no siempre estamos como queremos estar o somos lo que queremos ser. Muchas cosas también se deben a situaciones que están ajenas a nosotros y nos perturban, pero también muchas tienen que ver con nosotros mismos, tienen que ver con nuestra falta de fidelidad y previsión.

¿Cómo? ¿Cuál es, entonces, el servidor fiel y previsor, a quien el Señor ha puesto al frente de su personal para distribuir el alimento en el momento oportuno? Somos servidores de los demás, dice el evangelio, y cuando nos olvidamos de esa verdad, perdemos el eje, perdemos el centro y no experimentamos que a Jesús se lo encuentra en el amor concreto de cada día y él nos vendrá a buscar a la hora menos pensada y quiere encontrarnos amando, sirviendo. De ahí esa frase tan linda de la Madre Teresa: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”. En definitiva, estar prevenidos quiere decir estar “siempre listos para amar”, para amar ahora, no esperar otra cosa. “Feliz aquel servidor a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo.” Ese es nuestro trabajo, esa es nuestra ocupación, encontrar la felicidad haciendo algo concreto y silencioso por los demás. El que vive así, sin temor, y puede encontrar a Jesús desde ahora en cada cosa, anhelando encontrarlo algún día cuando venga. no sabemos cuándo, pero cuando venga. Ese es el que vive feliz.

¿Estás prevenido? ¿Estás previniendo la venida del Señor? ¿La deseas o, mejor dicho, estás amando? ¿Estás haciendo algo por alguien? ¿Estás viviendo para servir o para que los otros te sirvan? ¿Estás aprovechando tu vida en algo que vale la pena o vivís distraído en las cosas que vos te armaste creyendo que valen la pena?

Seamos previsores. Trabajemos por los demás, que Jesús nos encuentre trabajando, haciendo algo y no esperando que las cosas “caigan” del cielo. Dios no hace “asistencialismo”, sino que nos da la fuerza y el amor para que hagamos lo que nosotros tenemos que hacer.

XXI Miércoles durante el año

XXI Miércoles durante el año

By administrador on 26 agosto, 2020

 

Mateo 23, 27-32

Jesús habló diciendo:

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que parecen sepulcros blanqueados: ¡hermosos por fuera, pero por dentro llenos de huesos de muertos y de podredumbre! Así también son ustedes: por fuera parecen justos delante de los hombres, pero por dentro están llenos de hipocresía y de iniquidad. ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que construyen los sepulcros de los profetas y adornan las tumbas de los justos, diciendo: “¡Si hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no nos hubiéramos unido a ellos para derramar la sangre de los profetas”! De esa manera atestiguan contra ustedes mismos que son hijos de los que mataron a los profetas.

¡Colmen entonces la medida de sus padres!

Palabra del Señor

Comentario

Por más de que Pedro contestó correctamente sobre quién era Jesús- eso del evangelio del domingo. ¿Te acordás? Contestó que “Jesús era el Hijo del Dios vivo, el Mesías”. Sin embargo, después la historia nos enseña que Pedro, en realidad, fue descubriendo quién era Jesús a lo largo de su vida y solo pudo proclamarlo con valentía, con fortaleza y con entereza cuando recibió al Espíritu Santo. Por eso, siempre tenemos que volver a recordar que no alcanza con saber quién es Jesús, con un saber que solo se asienta en la cabeza y no en el corazón. En realidad, la verdadera fe es la que va superando esos niveles de conocimiento hasta llegar hasta el corazón.

Pedro sabía quién era Jesús, pero no lo supo verdaderamente hasta que no entregó finalmente su vida por él. La fe es una gracia, es verdad, pero también es algo que va creciendo y se va desarrollando a lo largo de la vida en la medida que nos vamos entregando y que vamos dejando que esa gracia, que es la fe, nos vaya transformando. Qué lindo que es saber quién es Jesús, pero con el corazón. ¡Cuánto nos hace falta tener un verdadero conocimiento de Jesús que pasa mucho más por lo que hacemos que por lo que decimos! Señor, ayudanos a seguir conociéndote. Ayudanos a poder responder quién sos vos, pero no tanto con palabras, sino con nuestra vida.

En Algo del Evangelio de hoy, Jesús sigue diciéndoles “de todo un poco” a los fariseos y escribas, y no justamente que eran bonitos. La dureza de sus palabras iba a tono con la dureza del corazón de estos hombres que se creían salvados y, lo que es peor, se consideraban como la “aduana” de la salvación, o sea, los que decidían quién merecía o no la salvación. ¡Cuánto de eso también hay hoy en nuestra Iglesia! Por eso Jesús no tuvo ningún problema y no tiene ningún problema, ningún pelo en la lengua para decirles y decirnos “sin anestesia” algo como esto: “¡Hermosos por fuera, pero por dentro llenos de huesos de muertos y de podredumbre!” ¿Qué habrán sentido estos hombres al escuchar semejantes palabras y acusaciones? ¿Qué cara habrán puesto al escuchar que alguien que no consideraban como el Mesías les decía sin miedo al frente de todos lo que ellos eran realmente? ¿Qué habrá sentido el corazón de Jesús al sentir que sus palabras se chocaban con rocas inamovibles y frías? Podríamos pensar que alguno de ellos habrá reflexionado o recapacitado y dejó esa vida o esa forma de pensar, pero también deberíamos pensar que su furia y cerrazón también les habrá impedido a otros muchos comprender las enseñanzas de Jesús.

La hipocresía era y es algo que repugna mucho a Jesús. No la acepta y la condena, pero al mismo tiempo desea cambiarla. Desea despertarnos para que la evitemos como a la peor de las enfermedades, como el peor de los virus. Son tan duras las expresiones de Jesús que podría llevarnos a pensar que es imposible aplicarla a todos, que nosotros somos bastante buenos como para ser tan hipócritas. Sin embargo, sería bueno aprovechar para pedirle al Maestro que nos ayude a considerar o a reflexionar con sinceridad para ver si hay algo en nuestro corazón que “huele” a hueso o a podredumbre. Si hay algo en nuestro corazón que hace pensar a los demás que somos santos y puros, pero sin embargo hay hipocresía y maldad en nuestro corazón. Cuesta pensarlo y da un poco de temor, pero me animo a decir que todos tenemos, de algún modo, algo muerto y podrido en el corazón, la mayoría de las veces inconscientemente, pero que es mucho peor cuando es consciente y deliberado. Podríamos decir que hay una cierta hipocresía involuntaria, por decirlo de alguna manera, y no buscada o no querida, de la cual padecemos todos un poco, o que podríamos llamarla también falsedad. Y otra que puede ser consciente y voluntaria, buscada y querida y que es la peor de todas, y esa es la hipocresía con todas las letras.

Una cosa es luchar todos los días para ser más veraces, para ser más sinceros con uno mismo y con los demás y con Dios, y otra muy distinta es disfrutar de parecer algo, pero en el fondo no serlo, o aprovechar una imagen puritana y falsa de uno mismo para beneficio propio. Eso es lo que a Jesús le repugna y quiere sanar. Cuando se da esto es cuando el corazón, en el fondo, está enfermo y enferma todo lo que toca, cuando Dios no puede entrar al alma porque, en el fondo, no tiene lugar.

Solo Jesús puede sacarnos lentamente de la ambigüedad y falsedad de nuestros corazones, que tarde o temprano pueden llevarnos a la hipocresía que se aloja como un cáncer. Solo Jesús con sus palabras de amor, pero llenas de verdad, puede ayudarnos a crecer cada día en la verdad que nos hace libres, en la verdad que nos va quitando las máscaras que no nos dejan mostrarnos como somos ante los demás. Esas máscaras que nos impiden ser humildes y aceptar nuestras debilidades, esa actitud que nos lleva a aprender a pedir perdón cuando nos equivocamos y reconocer que no somos quiénes para juzgar a los demás considerándonos dueños de la salvación. Que Jesús nos libre de cualquier hipocresía en nuestro corazón y dentro de la Iglesia.

XXI Martes durante el año

XXI Martes durante el año

By administrador on 25 agosto, 2020

 

Mateo 23, 23-26

Jesús habló diciendo:

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la Ley: ¡la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello!

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno! ¡Fariseo ciego! Limpia primero la copa por dentro, y así también quedará limpia por fuera.

Palabra del Señor

Comentario

Retomando un poco el evangelio del domingo, decíamos que la fe es una gracia. Pedro no pudo decir esas palabras. No pudo saber quién era Jesús, si no hubiese sido porque se lo reveló el Padre del cielo. Vino esa gracia del cielo. La fe es un don, es verdad, y sorprende a veces, porque algunos la tienen y otros parece que no, que no la recibieron. Sin embargo, no tenemos que olvidar que la fe también es camino, es combate. “Hay que combatir el buen combate de la fe”, como dice san Pablo. Ese combate que implica también conocer el objeto de la fe, o sea, a Jesús, conocer al consumador, tener nuestros ojos fijos en él y darnos cuenta que el camino de la fe es ir descubriéndolo tal cual es. No tal cual lo pensamos nosotros, sino tal cual es. Es por eso que también Jesús evitaba que lo reconozcan como Mesías. Algo medio extraño y que nos puede chocar un poco, pero eso decía en el evangelio del domingo también. Les ordenó severamente que no dijeran que era el Mesías. No quería, Jesús no quiere que lo confundamos con un Mesías al modo humano, siguiendo nuestra lógica. Pero bueno, seguiremos con esto en estos días.

En Algo del Evangelio de hoy seguimos escuchando, de alguna manera, los reproches de Jesús a los fariseos. El “fariseísmo” es el gran mal del corazón de los hombres religiosos, y con esto no me refiero únicamente a los consagrados, a los sacerdotes –aunque por supuesto que es más grave cuando se da en nosotros–, sino a todo hombre que se jacta de tener fe, que dice tener fe, y de creer en un Dios que es amor, tal como lo creemos nosotros los cristianos.

Hoy te propongo, me propongo, que pensemos en porqué muchas veces hacemos ciertas cosas, porqué nos mentimos y mentimos a veces a los demás o, si querés podemos decirlo de otra manera, nos falta verdad o nos alejamos de la verdad, esa verdad que nos libera, cuando desde un pensamiento engañoso generamos palabras o frases falsas y actuamos muchas veces hipócritamente, incluso sin darnos cuenta. O bien al revés, una acción que realizamos que está carente de verdad nos lleva a tener que justificarla con palabras falsas que hace que terminemos engañándonos y justificándonos a nosotros mismos. ¿Cuántas veces hacemos esto y muchas veces sin darnos cuenta?

Vuelvo a decirte y decirme: Jesús rechaza la mentira. No solo porque quiere la verdad, así en abstracto, como si la verdad fuera una cosa que está ahí, en el cielo, sino porque él es la verdad. Y la verdad nos hace libres y la mentira claramente nos hace mal, nos esclaviza silenciosamente. El ser veraces nos ayuda a dejar de esclavizarnos por la hipocresía, que es como andar con una máscara. Qué difícil que es vivir en la verdad. Nos da tanto miedo mostrarnos como somos. Nos da miedo mostrarnos débiles, frágiles. Nos da miedo reconocer que nos equivocamos, por orgullo y, además, porque estamos, de alguna manera, presionados por un deseo desenfrenado de ser “perfectos”, intachables, exitosos, aplaudidos. Nosotros mismos nos presionamos a nosotros mismos por querer ser casi perfectos, y esto es una perfección engañosa. Podemos sumarle a esto también que el mundo aplaude al supuestamente exitoso y se ríe del mal llamado “fracasado”. Entonces vivimos así más presionados que nunca, tironeados por todos lados.

Bueno, hoy vemos que los fariseos encarnan esta manera de vivir falsa e hipócrita. ¿Qué hace un fariseo? Dos cosas principalmente: descuida lo esencial y se preocupa por lo externo, por lo superficial. Descuida lo esencial, descuida la justicia, la misericordia, la fidelidad. “Busca filtrar el mosquito” como dice Jesús–que está en lo accesorio– y “se traga el camello de lo esencial”.

Por eso somos fariseos cuando criticamos y vemos los pecados ajenos y no nos damos cuenta que los nuestros a veces son peores, que nuestras debilidades son mucho más grandes que las de los demás. También somos fariseos cuando estamos preocupados y criticamos por cómo se hace esto o aquello, acá o allá, pensando que nuestra forma es la mejor y no amamos en lo concreto, como cuando vemos a un pobre y no tenemos caridad. Dice Jesús que hay que practicar esto sin descuidar aquello. Lo accesorio y los detalles no es que no sean importantes, pero lo más importante es otra cosa, es lo esencial.

Y la segunda característica del fariseo es que se preocupa por lo externo, por lo superficial, por la letra de la ley, y no sabe ir a lo profundo, a lo esencial. Todos creen que es bueno, puro, santo, humilde, pero por dentro no tiene misericordia, no es justo, no es fiel, y se olvida de que, si empieza por cuidar su corazón, lo de afuera vendrá por sí solo, se acomodará. Se olvida que tiene mucho que cambiar en sí mismo y se distrae fijándose en las pequeñeces de los demás. El día que se ponga de manifiesto –como dice san Pablo– los corazones y las intenciones de cada uno de nosotros, nos daremos cuenta el tiempo que perdimos- incluso la Iglesia ¡cuidado!- , “matando mosquitos”, porque nos enojaban y no nos dábamos cuenta que se nos llenaba la casa de nuestro corazón de camellos gigantes, de nuestro orgullo, que se nos llenó el corazón de la hipocresía que a veces nos invade.

Que Jesús hoy nos libre a todos del “virus del fariseísmo”. Ese es el peor virus que nos puede atacar a todos y lo único que logra es enfermar y matar nuestra vida de fe que, en realidad, tiene que ser libre y sencilla, humilde y generosa, como lo fue la vida de Jesús.

XXI Domingo durante el año

XXI Domingo durante el año

By administrador on 23 agosto, 2020

Mateo 16, 13-20

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»

Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.

Palabra del Señor

Comentario

¿Pensaste alguna vez, para vos, quién es Jesús? ¿Y qué harías si Jesús hoy te preguntara quién es él para vos? ¿Te preguntaste a vos mismo alguna vez esa gran verdad que todos necesitamos responder? Es la pregunta que tarde o temprano nos tendremos que hacer o, mejor dicho, tendremos que dejar que Jesús nos haga. Pero no me refiero a que podamos responder algo “teológicamente correcto”. Cosa que, si sabemos lo mínimo indispensable de nuestra fe, lo sabremos contestar. Me refiero a poder contestar, realmente, desde el corazón, pero dejando que la respuesta también venga “desde arriba”, desde el cielo. A eso me refiero.

Vos y yo, los que escuchamos la palabra de Dios cada día, los que nos acercamos a la Iglesia a enriquecernos y los que no tanto, seguramente sabremos responder todos, más o menos bien, acertando la respuesta como lo hizo Pedro, respondiendo lo que hay que responder y no como la mayoría de la gente que seguía a Jesús pero, que en realidad, no sabía bien quién era. Pero la cuestión no es responder de la boca para afuera o de la cabeza pasando por la boca, sino responder lo que estamos viviendo ahora, lo que estamos creyendo. Por un lado, para nosotros es fácil responder porque ya sabemos, de alguna manera, el “final de la película”, por decirlo así y, por otro lado, es difícil, porque “saber” quién es Jesús, no nos asegura amarlo y seguirlo como él quiere.

Hoy también hay miles de personas que siguen y dicen seguir a Jesús, pero en realidad no saben bien quién es. No terminan de comprender su misión en sus vidas y en este mundo. Para muchos Jesús hoy es “un santito” más de la estantería o un santo más de la cantidad de ofertas que tenemos para elegir. Jesús es “víctima”, por decirlo de algún modo, de un mundo que se “arma” un diosito a su propia medida, según sus criterios, caprichos y pensamientos. Por eso puede haber personas que, además de en Jesús, creen en un montón de cosas más. O incluso le dan más importancia que a él mismo o “usan” muchas otras cosas para encontrar su bienestar espiritual. Y es así como vamos creando, sin maldad, pero creando una especie de “ensalada de frutas” de propuestas espirituales acorde, en definitiva, a nuestras necesidades. Me animo a decir que el pobre Jesús sufre mucho más eso que otras cosas. Sufre mucho más que no lo conozcamos realmente, que por muchas de nuestras infidelidades que a veces cometemos. Porque, en definitiva, no somos lo que Dios quiere que seamos. No amamos como él quiere que amemos porque, en realidad, no terminamos de conocerlo. Si lo conociéramos, ¡cuánto lo amaríamos!

Por eso él nos pregunta. Por eso en Algo del evangelio de hoy les pregunta a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?». Para terminar preguntándole a los más cercanos: «Y ustedes – les preguntó – ¿quién dicen que soy?» Y ustedes, los que están más cerca, los que supuestamente me siguen por amor, para ustedes ¿quién soy? Y así volvemos al principio… para vos, ¿quién es Jesús? ¿Qué harías si Jesús hoy te preguntara quién es él para vos? ¿Te preguntaste a vos mismo alguna vez eso? Es la pregunta que tarde o temprano nos tendremos que hacer o, mejor dicho, tendremos que dejar que Jesús nos la haga.

No se conoce a Jesús “desde la carne y la sangre”, o sea, desde lo puramente humano, desde respuestas ya “hechas”, desde respuestas de libros de historia o del catecismo. Se lo conoce a Jesús verdaderamente cuando se nos lo revela desde lo alto, como le pasó a Pedro: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo». Ese debe ser nuestro mayor anhelo, nuestro mayor deseo: “Conocer -como decía San Ignacio- internamente al Señor, para amarlo y seguirlo”.

¿Cuántos de nosotros sabemos muchas cosas de él y, sin embargo, no terminamos de enamorarnos profundamente, no terminamos de seguirlo con todo el corazón? Me incluyo. El ser sacerdote, el estudiar mucho, el enseñar catequesis, el hablar de él y tantas cosas más no nos asegura un conocimiento profundo de Jesús. Al contrario, muchas veces, puede ser que nos “juegue”, de alguna manera, en contra. Puede atentar contra la espontaneidad en el amor a Dios haciéndolo muy racional, muy calculado, muy de receta, muy de librito.

Pedro es feliz porque no respondió lo que respondieron todos, sino lo que Dios Padre le inspiró en el corazón y lo llevó a jugarse, finalmente, por Jesús. Es admirable encontrar personas que no “saben” nada de teología, nada “teológicamente correcto” de Jesús y, sin embargo, lo conocen mejor de lo que uno piensa, lo conocen por el amor, desde el amor a él. Porque en definitiva conocer es amar y solo conoce el que ama, el que se entrega, el que confía y no el que calcula y lo mide todo. Y así volvemos otra vez al principio… para vos, ¿quién es Jesús?

XX Sábado durante el año

XX Sábado durante el año

By administrador on 22 agosto, 2020

Mateo 23, 1-12

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:

«Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.

Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.

Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.»

Palabra del Señor

Comentario

No es fácil ser constantes en la vida. A veces se nos caen los brazos. A veces no tenemos fuerza para levantarlos. A veces nos entusiasmamos y después, de golpe, viene un ventarrón y se lleva todo aquello que habíamos anidado en el corazón, como una fuerza que nos supera. Pero siempre tenemos la posibilidad de volver a mirar al cielo simbólicamente, de volver a elevar nuestro corazón a nuestro buen Dios que siempre nos está escuchando, que siempre nos está mirando y sabe lo que nos pasa. Él es el único que sabe el porqué de nuestros cansancios, el porqué de nuestras dudas, el porqué de nuestros miedos. Y tenemos que poner la mirada en él una vez más, nuestro corazón, donde estará la fuerza necesaria para volver a empezar, para volver a decir: “Esto me hacía bien”, “tengo que volver a hacer”, “esto es mí salvación”, “esto es el camino”, “vos sos la verdad y vos sos la vida”, “vos sos el que me da la fuerza para seguir cada día”. Y aunque todo el mundo nos señale y todo el mundo se nos burle e incluso piensen que invocar a Dios y buscarlo es de infantiles, es de personas que no piensan.

Los que tenemos fe tenemos que volver a decir una vez más que “este es el camino”, que “pase lo que pase siempre será el camino” y que “pase lo que pase en él encontramos la paz”. Y este camino tiene un final feliz. El final que la palabra de Dios siempre nos enseña. El final que todos necesitamos volver a recordar en el corazón para decir: «Sí, es por acá. Puedo levantarme otra vez y puedo volver a empezar. Puedo volver a pedir perdón. Puedo volver a rezar, a mirarlo cara a cara y a decirle que “acá estoy”. Sí, es verdad, con mis debilidades, con mis cansancios, con mis dudas, con mis vaivenes, pero acá estoy».

Hoy es uno de esos días, especialmente para los que estamos con alguna responsabilidad de dentro de la Iglesia, porque Algo del evangelio de hoy es un llamado de atención para los que transmitimos y enseñamos la fe, pero también para los que la reciben. La soberbia del alma se mete en cualquier corazón. No conoce fronteras y tenemos que aprender a percibirla tanto en nuestro corazón, para expulsarla, como en el de los otros, para evitar que nos haga mal, porque a veces la soberbia de otros a nosotros también nos ciega y nos hace tomar malas decisiones.

¿Es posible que a veces la soberbia tenga tanta fuerza y a veces vivamos como si fuéramos los únicos en este mundo? ¿Es posible que siendo tan poca cosa nos la creamos tanto? Vos dirás: “Bueno… no es para tanto. No somos tan soberbios todos”. Es bueno que cada uno se deje interpelar por las palabras de Jesús. La soberbia en realidad toma mil colores y tonos distintos según la responsabilidad, según la personalidad y la experiencia de vida de cada uno, y justamente el peor mal de la soberbia es que, a veces, no se ve. Es imperceptible. Solo una luz de afuera puede ayudarnos a iluminar nuestro corazón y a hacernos dar cuenta lo centrado en nosotros mismos que estamos y cuánto nos enferma eso. No solo puede ser soberbio el engreído, el que se lleva todo por delante, el altanero, sino también puede ser soberbio el apocado y silencioso, el que parece humilde desde afuera. La soberbia no es una cuestión externa principalmente, sino del corazón.

Dije que la soberbia toma mil colores. Ahora, en el evangelio de hoy, las palabras de Jesús son lapidarias, especialmente con los que tenían una función en el pueblo de Israel. Y sin miedo tenemos que trasladarlas al Pueblo de la Iglesia de Dios, especialmente a los ministros, a los que deben servir a otros, a los que entregaron su vida para servir a los demás. Cuando la soberbia ataca a los ministros de la Iglesia, obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, ataca a la cabeza y si la cabeza es soberbia, el cuerpo también se va enfermando de este virus que a veces es imperceptible. También pasa en cualquier grupo humano, en cualquier comunidad, hasta en una empresa. Sé que suena muy duro, pero la verdad es que hay que decirlo. No hay que tenerle miedo, especialmente nosotros los sacerdotes, de decir las cosas como son y de incluso evaluarnos a nosotros mismos, pero siempre con amor. Cuando la soberbia se entremezcla con un cargo, con una posición eclesial, con una cuestión de poder, se puede transformar en una bomba de tiempo. “Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.

Estas palabras de Jesús todos los sacerdotes deberíamos grabarlas en el corazón, vivirlas y no escaparles, y los laicos deberían repetirlas y decirlas con caridad a quien vean que “pone cargas en los demás que ni ellos mismos pueden llevar”; a quien escuchen que predica una cosa y después hace otra; a quien le gusta ser sacerdote para tener poder; a quien les gusta disfrutar de tener un privilegio; a quien cree ser más importante por ser llamado padre, maestro, doctor, o por tener un título y haber estudiado un poco más y saber algunas cuestiones de fe; a quien somete y manipula a las personas a su cargo, aun, incluso sin darse cuenta.

El problema no es solo del que manipula con su poder, sino también del que se deja manipular. Muchas veces, la culpa, como se dice, no es solo del “chancho, sino del que le da de comer”. La soberbia se retroalimenta y no se extirpa del corazón hasta que Jesús no nos abre los ojos y nos ayuda a darnos cuenta cuánto tiempo hemos perdido por andar enfermos sin síntomas, asintomáticos.

No vamos a ser creíbles en este mundo, que siempre espera de nosotros lo mejor, si no somos humildes. Sin verdadera humildad no hay evangelización profunda, no hay testimonio posible, duradero y eficaz. Sencillamente porque el que nos salvó no se la creyó. Si él no se la “creyó”, si Jesús fue tan humilde, ¿qué nos queda a nosotros?

Rezá siempre por los sacerdotes. Rezá siempre por nosotros los ministros de la Iglesia. Recemos por todos los que le toca servir, por aquellos que Dios eligió para que sean humildes y, a veces, no lo son. Todos lo necesitamos. La Iglesia los necesita, vos también.