Book: Mateo

II Viernes de Adviento

II Viernes de Adviento

By administrador on 9 diciembre, 2022

Mateo 11, 16-19

Jesús dijo a la multitud:

«¿Con quién puedo comparar a esta generación? Se parece a esos muchachos que, sentados en la plaza, gritan a los otros: “¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!”

Porque llegó Juan, que no come ni bebe, y ustedes dicen: “¡Ha perdido la cabeza!” Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores.” Pero la Sabiduría ha quedado justificada por sus obras».

Palabra del Señor

Comentario

Empezar este viernes buscando escuchar con más corazón la Palabra de Dios, por decirlo de alguna manera, es caminar hacia la conversión que se nos proponía en esta semana. Solo la Palabra de Jesús nos convierte, nos hace cambiar verdaderamente a lo largo del tiempo. No es magia. Es proceso arduo y constante. Ese es el camino del que sabe esperar, del que sabe que las cosas de Dios son cuestión de «esperanza» y paciencia. Por eso te aconsejo que a veces escuches el audio de la lectura del evangelio, que lo apagues, reces por su cuenta y después escuches el comentario. Es bueno que vos te preguntes primero ¿Qué dice el texto de hoy? ¿A qué se refiere? Después de hacer ese trabajo podés preguntarte ¿Qué me dice? ¿Qué me dice a mí hoy, concretamente? y finalmente ¿Qué que le digo a mi Padre, a Jesús, al Espíritu Santo, a María? Esto es algo que no tenemos que olvidar, para que el escuchar la Palabra de Dios no termine siendo un decir: ¡Qué lindo lo que dijo el sacerdote hoy! Pero al final no escuchamos que nos dijo a cada uno, más allá de lo que comenta cada sacerdote. Cada día me convenzo más que las palabras de los sacerdotes van y vienen y poco se recuerda de lo que podamos decir. Lo único que perdura y todos recuerdan y a muchos hace cambiar es la Palabra que Dios dirigida a cada corazón.

Hagamos ese ejercicio: ¿Qué dice hoy la Palabra de Dios? Jesús antes que nada le habla a la multitud, a todos, pero se refiere a «esta generación». Cuando en los evangelios se dice «generación», no se está refiriendo a una generación en el sentido de una descendencia reducida a un tiempo y a un lugar, sino que se refiere a un modo de ser: Esta generación sería las personas que son así, como las describe Jesús, las personas que se comportan así: Traducido podría ser algo así: ¿Con quién puedo comparar a las personas que se comportan así, que no se conforman con nada, las personas que cuando hay que bailar no bailan y cuando hay que llorar no lloran? Por eso esta expresión de Jesús no se reduce solo a las personas de esa época, sino a todos los que actúan así. En síntesis, esa generación podemos ser nosotros. Jesús pone dos ejemplos extremos, los que se los invita a bailar y no bailan y los que tienen que llorar y no lloran, para contrastar finalmente con lo que dijeron de Juan el Bautista, que estaba loco por ser austero, y lo que decían de Jesús que era un glotón y amigo de pecadores. En definitiva, Jesús los critica por no conformarse con nada, ni con una forma ni con la otra. No saben encontrar los signos de Dios ya sea en Juan el Bautista ni tampoco en Jesús. Dicho de modo sencillo, eso quiere expresar el texto. Tratar de dilucidar que dice el texto, antes que nada, nos ayuda a evitar lo que llamamos en Argentina, «el guitarreo». Muchas veces guitarreamos porque no dejamos que la Palabra de Dios nos diga lo que está diciendo, aunque parezca obvio. Hablamos de los que nosotros pensamos que hay que hablar y nos olvidamos que lo primero que tiene que hablar es la Palabra de Dios. Sacamos una frase de contexto o bien le ponemos una idea nuestra a la Palabra de Dios y le obligamos que diga lo que nosotros estamos pensando. Esto es más normal de lo que parece y muy sutil, pocos se dan cuenta.

Ahora, ¿qué nos dice? Obviamente que esta parte es fundamentalmente personal, pero es lo que diariamente con ejemplos, con preguntas, trato de aportarte todos los días al comentar el evangelio. En realidad, es lo que todo sacerdote intenta hacer en cada sermón, en cada homilía. Deberíamos ayudar a dar pistas sobre qué nos dice, pero son solo pistas, cada uno debería ir haciendo su camino.

¿No será que nosotros también con nuestras actitudes frente a las cosas de Dios, a la Iglesia y al mundo, nos parecemos a esos muchachos, los que están sentados en la plaza y no se conforman ni con una cosa ni con la otra? ¿Qué pretendemos? ¿Que Dios nos hable solo a través de las cosas que nosotros queremos o dejamos que nos hable como Él quiere? Dios puede hablar como se le antoja, es Dios, tenemos que dejar que Dios sea Dios. Puede hablar por medio de un hombre como Juan el Bautista en medio de la austeridad o puede hablar por medio de alguien que come y bebe con los pecadores. Puede hablarnos en la mejor de la Misas, o puede hablarnos viajando en el tren. Puede hablarnos durante una adoración o sirviéndole un plato de comida a un necesitado. Puede hablarnos por medio de nuestros familiares, amigos o tal vez por el peor de los enemigos. Esto pensalo en tu vida personal y concreta. ¿Qué pretendemos de Dios? ¿No será mejor que dejemos que Dios sea como Él quiere ser? Y por último… ¿Qué le dirías hoy a tu Padre después de escuchar esta Palabra?

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

II Miércoles de Adviento

II Miércoles de Adviento

By administrador on 7 diciembre, 2022

Mateo 11, 28-30

Jesús tomó la palabra y dijo:

«Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.»

Palabra del Señor

Comentario

Es posible convertirse, es posible cambiar, tenemos que tener esperanza. Este tiempo de Adviento en el que venimos hablando de la esperanza, es tiempo también para darnos cuenta, que cuando Jesús nos invita a convertirnos, no es para asustarnos, no es para darnos miedo, no es para que nos quedemos quietos, si no todo lo contrario, para darnos cuenta que con El todo se puede, que para El nada no hay nada imposible que si nos abrimos a su Gracia, El hará lo demás, El nos convertirá el corazón, El nos cambiará la manera de pensar.

Tener esperanza, obviamente tiene que ver con la espera y la espera con la paciencia. Porque se espera lo que no se tiene, o lo que se tuvo y se perdió alguna vez. Pero nuestra esperanza es muy distinta a la que el mundo nos propone. Nuestra espera es muy grande, es algo grande. El que tiene su esperanza cimentada en Jesús, obviamente no se desespera, no se impacienta, sabe darle tiempo al tiempo, a las cosas, sabe saborear el tiempo que necesita todo para madurar. El tiempo es uno de los regalos más lindos que nos dio Dios Padre. Vivimos en el tiempo, y es lo único que no podemos detener, ni acelerar, solo aprender a vivirlo. Por eso la paciencia, el saber esperar bien, es hija de la esperanza. El que tiene optimismo, pero sin esperanza, rápidamente se desilusiona cuando las cosas no se dan como pensaba, porque en el fondo esperaba lo que se le “antojaba”, en cambio, el que tiene esperanza y es optimista, sabe esperar cuando no se dio lo que soñaba, confía en la providencia divina, porque en definitiva no espera sus propias ilusiones, sino las que vienen de Dios. ¿Muy distinto no?

Algo del Evangelio de hoy es cosa seria. ¿Quién de nosotros no se sintió alguna vez afligido y agobiado? ¡Levante la mano, levante el corazón quien no vivió alguna vez esa experiencia! Si estás un poco afligido o agobiado, levantá la cabeza, levantá el corazón. Hoy todos recibimos una linda noticia. Jesús recibe a los que están así. Jesús nos invita a acercarnos a él, sin promesas o esperanzas baratas, sino que nos ofrece su corazón.

No te estoy obligando a inventar una aflicción si hoy no la tenés, si realmente no estás agobiado o afligido, si no lo estás, no busques excusas para cansarte sin sentido, dale gracias a Dios porque te ayudó a llegar a este fin de año con aire, fuerzas y corazón. También fijate que, si no estás agobiado para nada, por ahí es signo de que no estás trabajando lo suficiente, de que no te estás entregando. El que trabaja se cansa, el que ama también se cansa. Es también una posibilidad, lo normal es que nos cansemos, por una cosa o por la otra. ¿Quién no tiene en su vida alguna aflicción o agobio? Son cosas distintas, pero es bueno pensar por donde andamos. En realidad, podríamos distinguir entre agobio y aflicción y explicarlos bien, pero no llegamos con el tiempo.

Pero si te sentiste identificado, gracias por sumarte, ya somos dos y por lo menos logré lo que quería, que podamos reconocer, humildemente, sin quejas ni reproches hacia nadie, que muchos de nosotros andamos afligidos y agobiados por la vida, porque en el fondo no sabemos manejar las fuerzas, porque no sabemos coordinar y orientar nuestro corazón, porque en definitiva no sabemos descansar bien en Jesús. Así de sencillo. Afligirse y agobiarse es parte de la vida, hasta te diría que es necesario, y es signo de entrega. Cansancio físico, que se recupera fácilmente con un poco más de sueño o vacaciones, pero también cansancio espiritual, psicológico, que es el que más cuesta discernir. Ahora, hay formas y formas de cansarse. Podemos afligirnos y agobiarnos sin Jesús, sin Dios o podemos cansarnos con Él, junto a Él y por eso, terminar descansando en Él, y esa es la parte más linda.

Jesús nos dice hoy, “Yo los aliviaré” Jesús es nuestro aliviador de aflicciones y agobios, de cargas mal llevadas. No es solucionador de problemas, sino el que quiere aliviarnos y ayudarnos a encontrar descanso en Él.

La lista del porqué nos cansamos y afligimos sería interminable, cada uno tiene las suyas. Supuestamente nos afligimos y agobiamos por problemas externos: mi marido que está insoportable, mi mujer que se queja de todo y no me entiende, mis hijos que viven en la suya y se olvidan de mí, mi trabajo que es agobiante, el tráfico de mi ciudad que no mejora nunca, los malos que me rodean, el estudio y los profesores que son injustos, la gente mala, la mala situación económica y así miles. Siempre el problema está afuera y a veces nos decimos: “Si eso no estuviera, si ese no estuviera, yo estaría perfecto”. Ahora, si pensamos bien, según las palabras de Jesús… ¿El problema no será que lo tenemos dentro y que no está afuera? Lamento darte esta mala noticia, pero Jesús hoy dice claramente: “Aprendan de Mí que soy paciente y humilde de corazón” Eso quiere decir que, para aliviarnos, para que dejemos de estar afligidos y agobiados, Jesús nos propone el remedio de la paciencia y de la humildad, por lo tanto, quiere decir que el cansancio del corazón es fruto de nuestra falta de humildad y paciencia, de nuestra ira, y la solución debe surgir desde adentro, no tanto desde afuera como a veces pretendemos.

“No es que te enojás porque estás cansado, sino que, como estás enojado te cansás” Como sos soberbio, como no sos humilde, como no sos paciente, te cansás. Es así, nos cansamos porque no queremos llevar el peso de ser humildes y pacientes, pesa mucho, cuesta ser humildes y tener esperanza, saber esperar, mantener la calma. Es más fácil ser iracundos y ser orgullosos, soberbios, tirar todo por “la borda” y eso a la larga nos cansa el corazón. ¡Es increíble! Jesús no recomienda nada externo, ningún spa, ningún curandero, ninguna práctica rara, ningún enojo, ni critica, todo lo contrario… cambiar desde adentro. Luchar por ser pacientes y humildes, aceptando la realidad que nos rodea. ¿Te animás? “Jesús manso y humilde de corazón, has nuestro corazón semejante al tuyo.”

Que tengamos un buen día y que la Bendición de Dios que es Padre Misericordioso, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

II Martes de Adviento

II Martes de Adviento

By administrador on 6 diciembre, 2022

Mateo 18, 12-14

Jesús dijo a sus discípulos:

«¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.»

Palabra del Señor

Comentario

El Adviento también es tiempo de conversión, de cambios, de disponerse a que Jesús nos vuelva a cambiar el corazón. No podemos solos, es imposible, pero para Dios y junto con Él, nada es imposible. Me da tristeza cuando escucho corazones desanimados porque se resignan a cambiar, a confiar en la misericordia de Dios. Piden perdón a Jesús por sus pecados, está bien, se arrepienten, pero salen desanimados de la confesión o de una charla, porque se dicen así mismos: “No puedo cambiar, siempre me pasa lo mismo, siempre tropiezo con la misma piedra”. Intento hacerles ver que es imposible que sea siempre lo mismo, que no hayamos dado un paso, incluso pecando, que siempre se avanza cuando se es humilde y uno pretende ser transformado por la gracia de Dios. Sin embargo, algunos no se convencen todavía, salen pesimistas… ¿Por qué? Porque en el fondo siguen mirando sus miserias, pero desde su perspectiva, desde la culpa, desde el ego que no deja entrar la maravilla de la misericordia y la maravilla del perdón y la transformación. Es verdad, nos puede llevar años de años aceptar esta verdad de la palabra de Dios. Ningún corazón bueno en el fondo quiere pecar, pero debe aceptar la debilidad y la imposibilidad de la perfección humana que a veces pretende, sino que tiene que caminar reconociendo su pequeñez y la posibilidad de caer mil veces en el mismo pozo, pero siempre sabiendo, que estará la mano de Jesús para levantarlo.

De Algo del Evangelio de hoy, te diría que me encanta usar esta parábola para animar a los que vuelven a la confesión, a la Iglesia, a pedir perdón después de mucho tiempo, después de haberse alejado por diferentes motivos. Muchas veces hay personas que vuelven avergonzadas y con miedo a mirar a los ojos a Jesús, con miedo a levantar la cabeza por no terminar de descubrir tanto amor, y simplemente le repito las palabras de hoy: “Hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” Les digo hoy, hay alegría en el cielo, hay más alegría ahora porque vos estés acá, porque vos hayas vuelto, que por todos los que están ahora ahí rezando y no tienen necesidad de perdón. El sacerdote experimenta la misma alegría o por lo menos comparable, de algún modo, como lo expresa Jesús en el evangelio. Hay mucha más alegría en el alma de un sacerdote cuando alguien vuelve realmente de corazón a Dios, que por los que muchas veces, sin darse cuenta, se creen que no necesitan nada de qué arrepentirse y de por qué cambiar.

Si miramos en detalle, parece un poco absurda la comparación de Jesús, porque… ¿Cómo comparar el amor de Dios por los hombres (que serían las ovejas) con el amor de un hombre por su oveja? Para nosotros hoy en día, por lo menos para la mayoría que no vive en el campo, los que vivimos en la ciudad, por ahí no nos dice nada el hecho de lo que significa perder una oveja. Además, no vivimos de las ovejas, no le tenemos mucho afecto, por lo menos en general. Pero no importa, no es el punto. Por eso te propongo que pienses en un animal que querés mucho, tu perro, lo más común en tanta gente, incluso a veces con un amor desmedido o desordenado, tu gato, un caballo, no sé, pensá en un animal que quieras mucho. ¿Qué hacés si se pierde tu perro o tu gato? ¿Qué hiciste cuando se te perdió alguna vez? ¿Cuánta gente, mueve cielo y tierra cuando pierde una mascota, un animal, cuanta gente quiere más un animal que a las personas? Esto es de todos los días. Una vez, mientras manejaba, vi a un hombre que se le había escapado el perro y lo andaba persiguiendo, fue capaz de cruzar la avenida casi sin mirar con tal de rescatar a su perro que corría peligro de ser atropellado.

Si el hombre es capaz de hacer eso por un animal e incluso podríamos pensar en el hecho de que alguien pierda un hijo o una hija, ¿Qué no hace una madre y un padre por recuperar a unos de sus hijos sanos y salvos cuando por algún motivo se perdieron o desaparecieron? ¡Cuánto más Dios, cuánto más el corazón de Jesús tiene derecho a sentir y a actuar por el hombre, su creatura más amada, de una manera mucho más grande de la que podemos imaginar!! Dios Padre tiene derecho a mucho más, tiene el derecho y la alegría de hacer fiesta cuando algún hijo o hija vuelve a su hogar.

Lamentablemente a veces hay personas que se enojan con la bondad inmensa del corazón de Jesús. A veces algunos se enojan con la misericordia de Dios que es infinita y quiere que todos los hombres se salven. A veces hay personas, incluso cristianos que van a la Iglesia, y les gustaría un Dios que se rija por la “meritocracia”, decretada incluso por los hombres. Les gustaría ser ellos quienes decidan sobre quien merece y quien no merece el perdón y la cercanía de Dios. Bueno, gracias a Dios, valga la redundancia, Dios no es así. Hoy, en Algo del Evangelio, Jesús nos deja con la “boca abierta” de admiración por tanto amor. “Imaginate, nos diría Jesús, que, si el hombre se alegra por eso, por un animal, imaginate lo que me alegro Yo cuando alguien vuelve a Mí reconociéndose necesitado y arrepentido, cuando alguien se deja rescatar y cargar sobre mis hombros para traerlo una vez más a mi Corazón que late de amor por todos y por cada uno en particular”.

Recemos para que hoy seamos muchas las ovejas cargadas en los hombros de nuestro Buen Jesús, recemos para que hoy sean muchos los que descubran el Amor inmenso de un Dios que nos busca siempre, aunque los demás nos abandonen. Recemos para que nosotros volvamos a experimentar que, en el fondo, todos fuimos buscados como ovejas perdidas alguna vez, todos somos ese hijo perdido, rescatado, cargado y amado infinitamente. Recemos para que hoy haya mucha alegría y fiesta en el cielo, por tantos que, escuchando esta palabra, se sientan encontrados.

II Domingo de Adviento

II Domingo de Adviento

By administrador on 4 diciembre, 2022

 

Mateo 3, 1-12

En aquel tiempo, se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca.» A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.

Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo:

«Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: “Tenemos por padre a Abraham”. Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego.

Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero aquel que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible.»

Palabra del Señor

Comentario

Despertarse para convertirse. Esa es la invitación de estos dos primeros domingos de adviento. ¿Te acordás que el domingo pasado se nos invitaba a despertarnos? Bueno ahora, hoy se nos invita a convertirnos. Animarse a cambiar. El domingo anterior y toda la semana buscamos despertarnos de la “modorra” de la fe, porque a veces andamos como sonámbulos por la vida espiritual y por eso parecemos despiertos pero en realidad estamos dormidos, sin fervor, sin alma, sin alegría espiritual, casi sin fe. Nos mimetizamos con el ambiente que nos rodea y terminamos siendo como camaleones.

Mientras deberíamos ir preparando el corazón para la Navidad, la fiesta de la pobreza y el silencio, nosotros “aferrados” a la lógica del mundo consumista sin querer o queriendo, andamos preparando la billetera para ver cuánto vamos a poder gastar, comprar, regalar y comer. Andamos de despedida en despedida, de egreso en egreso, de esto a lo otro, casi sin tener tiempo para preguntarnos en serio estas cosas. ¿Estoy despierto? ¿Estoy dispuesto a convertirme, a cambiar, a tomarme en serio la Palabra de Dios?

Hoy, Algo del Evangelio nos trae las palabras de Juan el Bautista, el precursor, una figura importantísima de este tiempo de adviento, porque con su vida y sus palabras, fue el que preparó el camino al salvador y por eso su ejemplo nos ayuda a nosotros a prepararnos concretamente a celebrar la Navidad, sin olvidarnos que Jesús puede volver en cualquier momento.

Convertirse es, en lenguaje de hoy, prepararse y allanar el camino. Jesús es demasiado importante como para no prepararle un buen lugar donde pisar, quitando los obstáculos que hacen que Él a veces no pueda entrar a nuestro corazón. Podríamos decir que hay dos actitudes que podemos tomar ante esta invitación a convertirse. La de los humildes y sencillos que iban de todos lados para bautizarse, confesando sus pecados, aceptando que el pecado, el error, la debilidad, era parte de sus vidas, y la actitud de los fariseos y saduceos que se “hacían bautizar” pero en el fondo eran víboras, tenían el corazón orientado hacia otro lado. Se creían que alcanzaba con decir que eran “hijos de Abraham” para salvarse. Nosotros diríamos hoy, que alcanza con ser cristiano de nombre, alcanza con tener el “certificado de bautismo” para ser bueno. No, todo lo contrario, no alcanza y además tenemos una mayor responsabilidad. Tenemos que dar fruto en serio, porque seremos juzgados por lo que se nos ha dado.

¿De qué lado estamos o queremos estar? ¿De los que todos los días nos sentimos necesitados y somos conscientes de nuestros pecados y de nuestra necesidad de cambiar, de convertirnos? ¿O de los que andamos por la vida creyendo y pregonando que no tenemos mucho que cambiar, que “ya está soy así”, los malos son los otros, no soy tan malo, no le hago mal a nadie? ¿Creemos en que siempre debemos convertirnos, en que siempre podemos dar un paso más o estamos dormidos todavía y nos creímos que ya alcanzamos la meta?

Esa es la propuesta de este domingo. Con seriedad, con la seriedad que tiene la Palabra de Dios, con la seriedad de lo que significa que Dios sea amor, sea Padre, pero que al mismo tiempo desea que amemos en serio, que nunca nos quedemos conformes con lo que somos, sino que siempre aspiremos a más, a ser santos, a cambiar, a luchar contra lo que nos hace mal, renunciar a lo que nos aleja de Jesús, a transmitir también que la fe implica esfuerzo y entrega diaria para que dé fruto, el fruto que Dios Padre quiere.

Todos tenemos que convertirnos un poco. Si estamos despiertos recemos y pensemos. Si todavía estamos dormidos, nos queda tiempo para despertarnos.

I Sábado de Adviento

I Sábado de Adviento

By administrador on 3 diciembre, 2022

Mateo 9, 35-10,1.5a.6-8

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha».

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: «Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente».

Palabra del Señor

Comentario

Buen día. Espero que tengamos un buen sábado, que terminemos esta semana de la mano, como siempre, de la Palabra de Dios. Terminando estos primeros días del tiempo de Adviento que comenzamos de hace una semana, intentando recorrer este camino tan lindo que nos propone la Iglesia de poder prepararnos verdaderamente para la celebración del nacimiento del Señor; para poder volver a pasar por el corazón esta gracia tan grande que hemos recibido, que el mismísimo Dios se haya hecho hombre por nosotros, que haya nacido en un pesebre, que haya estado en brazos de María y José. Pero también recordemos que es tiempo para mirar hacia el futuro y poner nuestra mirada en nuestra verdadera esperanza; fijar la mirada en aquel que nos da la esperanza, que es Jesús, que algún día volverá. Volverá para juzgar a vivos y a muertos. Volverá para juzgarnos con misericordia y con justicia, para separar las ovejas de los cabritos: unos a la derecha y otros a la izquierda; simbolizando aquellos que han buscado amar, aquellos que han intentado saciar el hambre y la sed de los demás y, por otro lado, aquellos que se negaron a utilizar los talentos que Dios les dio. Por eso, también es tiempo para revisar nuestra vida, para mirar a Jesús con amor y dejarnos mirar por él y sentirnos amados y de esa manera poder responderle con amor.

Así vamos en esta primera semana. Pero vamos hoy a Algo del evangelio, en donde se nos describen varias cosas,  entre ellas, que Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos enseñando. No solo enseñaba, sino que también curaba las enfermedades y las dolencias. Y al mismos tiempo se compadecía de esas ovejas que parecían que no tenían pastor. Por eso, vemos a Jesús que recorre, que sale de él mismo para acercarse a los necesitados, que enseña. Que no solo da cosas, sino que también transmite una sabiduría. Que no solo le interesaba curar los dolores del cuerpo, sino que también le interesaba enseñarle a la gente, enseñarnos a nosotros para que también aprendamos a vivir, a vivir como Hijos de Dios.

La mayor compasión de Jesús está en ver que nosotros a veces o que el ser humano anda así: como ovejas sin pastor, como aquellos que no tenemos guía, que vamos sin rumbo, que solamente oímos las voces que nos desvían de los verdaderos caminos y no la voz de Jesús. ¡Qué lindo que es saber que nuestro buen Jesús siempre nos está hablando en la Palabra, nos está hablando al corazón para que nos demos cuenta de que sin él no podemos! Que si no escuchamos la voz del buen pastor, no podemos seguir adelante. Y para eso Jesús también eligió guías, pastores, «porque la cosecha es abundante pero los trabajadores son pocos». Hay que rogar para que haya pastores similares, parecidos al corazón de Jesús, que siempre buscó guiar al Pueblo. Esa es la misión de los sacerdotes: hablar y enseñar y compadecerse como lo hizo Jesús. Y por eso convocó a doce discípulos y sigue convocando hoy en día a tantos sacerdotes en el mundo para que puedan vivir y cumplir la misión que Jesús tuvo acá en la tierra, entregándose completamente al Reino de Dios, entregándose completamente a llevar el mensaje del Padre. Y es ahí donde escuchamos, al final del evangelio, que Jesús les dice a sus discípulos: «Vayan.

Vayan por el camino, proclamen que el Reino de Dios está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente». Todos de algún modo recibimos esta misión. Es verdad que especialmente está destinada a los sacerdotes, a los pastores, a los consagrados. Pero también podríamos pensar que todos hemos recibido gratuitamente y tenemos que dar gratuitamente. Todos recibimos la Palabra de Dios gratuitamente y por eso todos podemos ser también transmisores, instrumentos, puente entre Dios y los hombres.

¡Qué lindo que es sentirse elegido por Jesús! Que a pesar de nuestras debilidades y nuestros pecados, nos vuelve a elegir y nos dice: «Vayan por el mundo. Vayan y hagan lo que yo hice. Vayan y no se detengan. Salgan de su comodidad, miren para adelante y vean que la gente necesita de mí, necesita de mi amor».

Dios quiera que todos sintamos este llamado y nos sintamos enviados a llevar la Palabra de Jesús por todos lados.

I Viernes de Adviento

I Viernes de Adviento

By administrador on 2 diciembre, 2022

Mateo 9, 27-31

Cuando Jesús se fue, lo siguieron dos ciegos, gritando: «Ten piedad de nosotros, Hijo de David».

Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron, y él les preguntó: «¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?»

Ellos le respondieron: «Sí, Señor».

Jesús les tocó los ojos, diciendo: «Que suceda como ustedes han creído».

Y se les abrieron sus ojos.

Entonces Jesús les exigió: «¡Cuidado! Que nadie lo sepa».

Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.

Palabra del Señor

Comentario

¿Qué responderías si hoy te preguntaran cómo preferís vivir, con o sin esperanza? ¿Con o sin una meta clara? Sería una locura pensar en responder que no. Aunque de hecho nos esté pasando. Creo que nadie elegiría no tener rumbo, horizonte. Todos necesitamos, como se dice, un norte, una para qué, un hacia dónde. ¿Qué haríamos si no tuviéramos esperanza? Sería una tristeza enorme encontrar a alguien que diga que solo vive del presente, que no necesita nada de lo que vendrá para poder vivir. Por otro lado, es un poco extraño decir que necesitamos de algo que vendrá para vivir el presente, si en realidad el futuro verdaderamente no existe. Por eso, alguna vez se acusó, e incluso se la acusa a nuestra fe de ser una especie de anestesia que adormece nuestra conciencia del presente, esperando un futuro mejor que parece que nunca va a llegar. Parecería que tener fe es de tontos, ingenuos o ilusos y que, además, el tener fe hace que no busquemos cambiar el presente, que solo se espera en una intervención de Dios, así, algo medio mágico. Nada más alejado de lo que realmente es para nosotros tener fe, de lo que significa tener esperanza. Es cierto por otro lado, que hemos colaborado para que piensen eso, hemos puesto nuestro granito de arena para que los demás caricaturicen un poco nuestra fe. Cargamos con el peso del pasado, pero ese es otro tema.

Esto es parte de la verdad, si entendemos la esperanza cristiana como una simple promesa de algo mejor. Sería algo así como decía una canción: «Yo tengo fe que todo va a cambiar» Por eso, volvamos a lo del otro día, ¿qué es realmente la esperanza para nosotros los católicos? Seguro que te vas a sorprender con lo que te voy a decir y estoy convencido de que te va a ayudar a abrir los ojos, como a los cieguitos de Algo del Evangelio de hoy. El otro día te decía que, para la Palabra de Dios, la palabra esperanza muchas veces es intercambiable con la palabra fe. Quieren expresar muchas veces lo mismo. El que tiene fe, tiene esperanza, y el haber recibido una esperanza es como garantía de nuestra fe. No creemos, por decirlo de alguna manera, en el aire, por ingenuos, por no tener otra cosa que hacer o como se dice a veces «en algo hay que creer». No es que creemos porque «de algo hay que aferrarse» Eso es infantilismo en la fe. Creemos porque recibimos algo, recibimos a una Persona, Jesús vino a nosotros, Jesús es nuestra «alegría y nuestra esperanza». Todo esto quiere decir, que tener esperanza no es solamente tener paciencia y esperar algo mejor, ósea esperar el Cielo que vendrá, sino que la fe ya nos da algo.

Nos da algo de la realidad que esperamos. Nos adelanta el futuro. Esperamos a Jesús, necesitamos verlo, queremos estar con Él algún día y la fe, la esperanza ya nos trae al presente, al corazón, ¡¡lo que anhelamos!! Es una gran diferencia vivirlo y pensarlo así. Porque eso hace que no vivamos resignados esperando siempre algo mejor, sino que nos convencemos y alegramos de saber que el Hijo de Dios vino a nuestro mundo haciéndose hombre y sigue viniendo hoy a nuestras vidas (si creemos y tenemos esperanza) y vendrá algún día para terminar de colmar nuestras ansias de amor. Por eso los que tenemos fe, ya tenemos ahora una prueba de lo que todavía no vemos, no necesitamos pruebas externas, la prueba está en el corazón del que cree y ve todo distinto.

La pregunta de hoy de Jesús a los ciegos nos viene como anillo a la fe: «¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?»» ¿Creen? ¿Tienen la certeza de que yo puedo darles lo que necesitan? ¿Confían en que mi presencia puede colmar las ansias de felicidad de sus vidas? Ni siquiera Jesús les preguntó si querían ser curados.

En definitiva, les estaba preguntando ¿Creen que yo soy su esperanza? Empecemos a imaginarnos los miles de preguntas que Jesús puede hacernos hoy: ¿Crees que yo soy el que te puede ayudar a empezar a ver todo lo que no estás viendo? ¿Crees? ¿Estás seguro que necesitás ser curado de tu incapacidad de ver tantas cosas que te llevás por delante en la vida? ¿Crees que te puedo ayudar a ver la falta de amor que estás teniendo en tu casa, con tus hijos, con tu mujer, con tu marido? ¿Crees que te puedo hacer ver todo lo que podés dar y te guardás por egoísmo? Hoy el mayor milagro de Jesús no es el de curar ciegos de los ojos, sino el de hacer que los que vemos todo, nos demos cuenta que muchas veces no vemos nada. El milagro que quiere hacer Jesús hoy, es que empecemos a ver con el corazón, que empecemos a gritar «Ten piedad de nosotros» para que descubramos que andamos como ciegos ante miles de situaciones que no percibimos. Que hoy Jesús nos abra los ojos, que hoy creamos que también estamos ciegos y que podemos ver más, que Jesús es nuestra fe, nuestra esperanza y que, con Él, ya tenemos todo lo que buscamos.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

I Jueves de Adviento

I Jueves de Adviento

By administrador on 1 diciembre, 2022

Mateo 7, 21. 24-27

Jesús dijo a sus discípulos:

«No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.

Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande».

Palabra del Señor

Comentario

Soy de los que piensan, por supuesto basándome en la palabra de Dios y en las enseñanzas de la Iglesia, y cada día me convenzo más, de que son más la veces que Dios nos ayuda a «cumplir su voluntad», que las veces que nosotros la cumplimos por iniciativa propia y por puro amor. Recibimos de Dios la esperanza, decíamos ayer. ¿Para qué? Para confiar en Él y poder amarlo como Él desea que lo amemos. Ser cristiano, antes que hacer cosas buenas, es aceptar que Él es Bueno, y que es Él el que hace la mayoría de las cosas y somos nosotros los que humildemente tenemos que ir «captando» esa «sintonía» de amor que da vueltas continuamente por nuestras vidas, que esté en el fondo de nuestro corazón. Cuando queremos construir nuestra vida de fe en una especie de «voluntarismo» narcisista, es cuando perdemos la esperanza, en realidad construimos nuestra propia esperanza, y ésta se puede derrumbar ante cualquier tormenta de la vida. Dejemos que, en este adviento, Dios nos muestre su voluntad, su camino, nuestra esperanza.

Te cuento algo que me pasó hace tiempo para que entiendas lo que quiero decir. Una vez, un tal Carlos apareció en mi vida para ayudarme a cumplir la voluntad de Dios. Carlos, en general los sábados y domingos a la salida de las misas, iba a pedirme ayuda porque su hijo muy chiquito estaba internado y él estaba sin trabajo. No siempre me encontraba con ganas o con humor, pero siempre sentía que era un enviado de Jesús para probar mi paciencia y mi caridad. Pero muchas veces, cuando estaba muy cansado, al final del día, me venían muchas dudas juntas y pocas ganas de ayudarlo. En esas tardes experimentaba mi gran debilidad y mi egoísmo, pero siempre Jesús se encargaba de ayudarme, de sacarme de esa situación y mostrarme otra cosa.

Un sábado, mientras celebraba la Misa me acordé de él y mi parte egoísta me dijo interiormente: «Que hoy no venga» y además no tenía plata para ayudarlo. Por eso pensé en rezar por él, era lo mejor que podía hacer en ese día. En el mismo instante que estaba rezando interiormente por él (mientras celebraba la misa) lo vi aparecer por la vereda entrando a la capilla. Me alegré interiormente, no podía creer que, al rezar por él, lo haya visto. Al final de la misa vino a buscarme y no me pidió plata. Esa fue la primera lección que me dio Jesús. Nos abrazamos, me contó cómo estaba el hijo y se fue sin enojarse. Yo lo había prejuzgado, pensé que solo quería plata. Pero la cosa no terminó ahí. Al día siguiente, el domingo, me fue a buscar a la salida de la otra misa, justo cuando yo iba en camino a rezar, a dar gracias. Tenía pensado estar en adoración 30 minutos más o menos. En ese mismo instante se me cruzó. Me contó como andaba todo y pensé por dentro en no darle plata, aunque tenía, sino que ese día lo mejor que podía darle es que se encuentre con Jesús, en realidad tenía una mezcla interior de cansancio y egoísmo. Le dije: Carlos, vamos a rezar, entremos a la capilla. Entramos a la capilla de adoración, yo me fui a mi banco y él eligió otro. Pensé que iba a estar 5 minutos, que no iba a aguantar. Para mi sorpresa y admiración se quedó más de media hora y en un momento se paró y se largó a llorar desconsoladamente al lado mío. Traté de consolarlo, pero creo que yo tenía menos fuerzas que él y que él me consoló a mí. Además, me sentí muy egoísta. Apenas Carlos se fue, me quedé solo con Jesús sin palabras. Casi sin querer, en medio de mis egoísmos, Jesús se encargó de enseñarme que Él está ahí, sí, en la Eucaristía, en las misas, pero está también en Carlos, que se me cruzaba cada fin de semana, en cada pobre que nos necesita y que no puedo separar una cosa de la otra, los pobres son la carne de Jesús también. «No puedo decir Señor, Señor», en la misa, en la adoración y no decir Carlos, Carlos, cuando lo veo cada fin de semana.

Si lo hago soy un hipócrita, un cristiano de salón, un sacerdote que construye sobre arena y no sobre las palabras de Jesús. Esto que me pasó no me asegura nada, al contrario, es un llamado de atención por mi egoísmo que muchas veces no me deja ver a Jesús en los más necesitados que se me cruzan. Carlos, y todos los Carlos que conocemos y que a veces esquivamos, son los que finalmente, nos llevarán a los pies de Jesús y nos enseñan a cumplir la voluntad del Padre, mientras nosotros pensamos en cómo cumplirla. Los Carlos que se nos cruzan en definitiva son el mismo Jesús que nos dice a gritos, «construí tu vida sobre las obras de amor y no sobre las palabras, construí tu vida sobre mí y no sobre la arena de tus proyectos» Despertémonos en estos días para darnos cuenta que la voluntad de Dios no es tan complicada, sino que se nos presenta en cada momento del día, cuando alguien nos necesita principalmente, solo tenemos que aprender aceptarla. A veces nos complicamos tanto, nos preguntamos cuál es la voluntad de Dios para mi vida, amar, amar al que tenés en frente, amar a tu prójimo que se te aparece, construir tu vida y tu casa sobre las Palabras de Jesús que nos invitan siempre a amar.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Fiesta de San Andrés Apóstol

Fiesta de San Andrés Apóstol

By administrador on 30 noviembre, 2022

Mateo 4, 18-22

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres».

Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.

Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca de Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó.

Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Palabra del Señor

Comentario

Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. La esperanza se recibe, no se fabrica, no se inventa, no se maneja por decreto. La esperanza es un don, no un mero sentimiento de optimismo, de decir y pensar que «toda va a salir bien» mientras todo se puede estar viniendo abajo, mientras la realidad dice lo contrario. El cristiano con esperanza, es realista, una cosa no quita la otra. Cuando confundimos la esperanza cristiana con un simple «optimismo» entonces es cuando sin querer, a cualquier cosa le llamamos tener esperanza. En realidad la esperanza que recibimos desde el bautismo, es la que nos posibilita conocer a Dios, pero al Dios verdadero, no al fabricado por nosotros. Dicho en criollo, o en sencillo. Dios mismo quiere que lo conozcamos bien y por eso nos dio la fe y la esperanza. Fe y esperanza son intercambiables. Solo espera aquel que confía, aquel que se fía de Dios y solo se fía de Dios, solo tiene fe aquel que tiene esperanza, aquel que espera en Alguien. Lo que nos posibilita creer es esperar, y al revés. Pero Dios es tan bueno, que nos da Él mismo ese don al corazón.

Aprovechemos este tiempo de la Esperanza, pidamos esta virtud tan linda, virtud que viene de lo alto y que sin querer la hemos ido aplastando tanto y hecho tan humana que últimamente decir que se tiene esperanza es casi decir que se tiene optimismo. El desafío de este tiempo es reordenar nuestras esperanzas, aprender a esperar lo esencial y dejar a un lado lo que cambia. Tenemos que educar nuestro corazón para que sepa esperar lo importante, que sepa esperar a Jesús y no tanto cosas que van y vienen.

En Algo del Evangelio de hoy, fiesta de San Andrés, uno de los apóstoles, hermano de Pedro, hay un claro ejemplo de alguien que esperaba a Jesús verdaderamente y además, lo que provoca en la vida de una persona un encuentro con la Esperanza con mayúscula. Aunque no lo dice el evangelio explícitamente, me animo a decir que Andrés y los demás personajes de hoy, son capaces de dejarlo todo, inmediatamente (porque en ambos casos dice esa palabra), porque ya lo estaban esperando en su corazón. Nadie puede dejar todo si antes no está esperando algo mejor. Nadie puede cambiar de vida de esa manera, tan repentina, si en realidad en el fondo de su corazón no está deseando encontrarse con algo más grande. Si no lo pensamos así, esta escena de hoy termina siendo demasiado idealista, pero poco real, y por eso muy lejana a nuestras posibilidades. Es bien real. Fue así. Andrés dejó todo porque de hace rato andaba esperando al todo. Él y su hermano, Juan y Santiago, eran hombres muy comunes, pero que esperaban al salvador y solo por eso son capaces de dejar sus cosas y sus familias, por seguir a Jesús.

Siempre me quedo con las ganas de decir más cosas, porque el evangelio es una fuente inagotable de sabiduría, hoy más que nunca. Por eso elijo dejarte preguntas picando para rezar. ¿No será que nosotros a veces somos incapaces de dejar algo por Jesús porque tenemos atrofiada nuestra capacidad de desear, de esperar lo eterno, lo más grande? ¿No será que deseamos tantas cosas en esta cultura de lo inmediato, del clic, «del llame ya», que ya no nos queda espacio para desear algo mejor? ¿No será que nuestro deseo interior es como nuestra hambre del cuerpo, que cuando peor nos alimentamos o más desordenadamente, con menos ganar de comer llegamos a la mesa? Así nos pasa con Jesús. Nos vamos saciando continuamente con miles de comidas, ricas pero pasajeras, que cuando tenemos que pensar en Él, escucharlo a Él, estar con Él, hablarle a Él, ya no sabemos qué pensar, que decir, como escuchar.

La esperanza está relacionada con nuestros deseos. Dime que deseas y te diré que esperas. Deseas cosas bajas, esperarás cosas bajas y tendrás cosas bajas. Deseas bienes grandes, vas a esperar bienes del cielo y tendrás bienes del cielo.

Pensá que estás deseando hoy, que estás esperando. Nos queda toda una vida para seguir deseando lo mejor, nos queda este día para darnos cuenta que no vale la pena esperar cualquier cosa, que vale la pena dejarse mirar por Jesús, escuchar su llamada, dejarlo todo, dejar lo que no sirve, dejar lo que nos molesta y seguirlo en esta linda aventura que es tener fe y esperanza en Jesús.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

I Lunes de Adviento

I Lunes de Adviento

By administrador on 28 noviembre, 2022

Mateo 8, 5-11

Al entrar en Cafarnaún, se le acercó un centurión, rogándole: «Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente». Jesús le dijo: «Yo mismo iré a curarlo».

Pero el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: “Ve”, él va, y a otro: “Ven”, él viene; y cuando digo a mi sirviente: “Tienes que hacer esto”, él lo hace».

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe. Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos».

Palabra del Señor

Comentario

Adviento es tiempo de esperanza, tiempo de levantar la cabeza, de despertarnos, de mirar un poco a nuestro alrededor, de cambiarnos los «anteojos» con los cuáles vemos esta realidad en la que vivimos, de dejar de correr un poco, de sacar el «pie del acelerador». Es un tiempo lindísimo que tenemos que aprovechar mucho, tenemos que disfrutarlo desde la Palabra de Dios. ¿Viviste alguna vez un adviento escuchando y meditando cada día la Palabra? Es distinto, te lo aseguro, probá hacerlo este año. La Navidad no será igual a las otras. Mi deseo es que podamos vivirlo así. Quiero que juntos podamos día a día «meternos» lentamente en el espíritu de lo que se nos propone. Ayer, casi al pasar, te proponía que escribas día a día, me lo proponía también, en un cuaderno o donde puedas, una especie de diario personal, en donde podamos ir registrando las manifestaciones de Dios en lo concreto de nuestra vida. Es difícil ser constante, pero si podés lograrlo vas a ver los frutos.

La esperanza será la virtud fundamental que intentaremos que esté como trasfondo de todo lo que Jesús nos diga durante el adviento. ¡Cuánto necesitamos de la esperanza! Veremos que sin esperanza no somos cristianos enteros y que esta virtud dada por Dios en el bautismo a todos sus hijos y que se reaviva cada día, especialmente en los sacramentos, es una de la virtudes más desgastadas en estos tiempos, más desprestigiada por usar mal la palabra, la menos tenida en cuenta, pero al mismo tiempo más necesaria para todos.

Acordate que tenemos que despertarnos. ¿Pensaste de qué cosas tenemos que despertar? ¿En qué aspectos de nuestras vidas andamos como sonámbulos? Todavía tenemos toda esta semana para rezar y pensar.

Vamos Algo del Evangelio de hoy, que por ser un acto de fe, tan puro y sincero de este hombre pagano, es también un canto a la esperanza. Siempre donde está la fe, está la esperanza. Las personas que realmente tiene fe, son personas que tienen esperanza. No puede haber fe sin esperanza. Eso es algo que iremos descubriendo y aprendiendo. Este centurión, este soldado romano sabía de obediencia y de mando. Sabía que su vida se regía por el obedecer y el mandar y que siempre obedece el que es inferior, el que está por debajo. Diría que la tenía bien clara, porque supo trasladar la misma lógica del mundo a su relación con Jesús. Muy fácil: sí a mí me obedecen mis subalternos ¿cómo no te van a obedecer a vos que sos el Señor de la vida? Una palabra tuya basta para sanar. ¡Qué lindo! ¡Qué acto de fe y esperanza en Jesús! ¡Cómo quisiéramos tener la confianza de este hombre que no busca que Jesús entre en su casa, no se siente digno, solo quiere la sanación de su sirviente! Esa es la fe del que no quiere nada para sí, no busca nada a cambio, solo desea que los demás no sufran. ¿Te diste cuenta de eso?

No pide para sí. No pide por un familiar. No pide por un amigo. No pide por trabajo. No pide para que le vaya bien en un examen. Pide para que otro deje de sufrir. Despertémonos del sueño de la fe en el que vivimos muchas veces. Mientras nosotros sin querer pedimos cosas materiales, mientras nosotros pedimos a Jesús que nos vaya bien en esto en lo otro, mientras «usamos» la oración diaria para quedarnos en paz con nosotros mismos o para no pedir lo realmente necesario… muchas personas «sufren terriblemente» como dice el evangelio de hoy. Mientras yo estoy preocupado porque no pude comprar esto o lo otro, porque mi jefe no es tan bueno como quisiera o porque me chocaron un poco el auto, o porque el ómnibus no frenó, o porque hace calor o hace frío… mientras pasa todo esto, hay miles que necesitan mi oración y mi confianza en Jesús, que con solo una palabra sigue sanando a miles y miles. Los milagros de Jesús se siguen dando, todos los días, en el silencio de la fe, mientras el mundo y nosotros nos seguimos perdiendo lo lindo de la fe.

La ecuación es sencilla, aunque difícil de asimilar. Si aprendemos a pedir por los demás, a pensar en los otros, por los que están peor que nosotros, nuestros problemas y tristezas se minimizan, no porque dejan de existir, sino porque dejan de pesar o le dejamos de dar el peso que le dábamos. Ahora cuando creemos que somos los únicos que tenemos problemas o que los nuestros son los peores, entonces los problemas se agrandan y perdemos la fe, perdemos la esperanza.

Recemos juntos: «Señor, no somos dignos que entres en nuestra casa, somos débiles, pero una palabra tuya bastará para sanar a quien hoy lo necesita más que nosotros» Pensemos, pensemos quien lo necesita más que nosotros.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios que es Padre misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

I Domingo de Adviento

I Domingo de Adviento

By administrador on 27 noviembre, 2022

Mateo 24, 37-44

En aquél tiempo Jesús dijo a sus discípulos:

Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada.

Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor.

Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.

Palabra del Señor

Comentario

Comenzamos a partir de hoy, en este domingo, un nuevo año litúrgico, un nuevo año de la Iglesia. Quiero aclarar algunas cuestiones que creo que nos pueden ayudar a caminar “de la mano” de la Iglesia, de manera especial, en estas semanas. El año de la Iglesia, el año litúrgico, empieza con el tiempo de Adviento, uno de los tiempos llamados “fuertes”, en los que especialmente nos concentramos, por decir así, en “temas” fundamentales de nuestra fe. Básicamente en cada año, la Iglesia Madre busca que cada creyente pueda celebrar, revivir y llevar a su vida, la misma vida de nuestro Jesús. El año litúrgico no pretende ser un especie de “repaso histórico” de la vida del Salvador, sino más bien, un introducirnos en su misma Vida, conociendo, asimilando y amando todo lo que hizo y ser consientes de su obrar constante en el mundo. No es simple recuerdo, sino pasado que afirma la fe, presente que alegra y anima, y futuro que da esperanza.

Intentaremos seguir paso a paso lo que la Palabra de Dios nos va proponiendo. En este adviento y durante los domingos de este año, corresponde que nos dejemos acompañar por el Evangelio de San Mateo. Algo importante para empezar: el adviento, es que, no es únicamente, como se dice a veces, preparación para la Navidad, para celebrar la primera venida del Señor a la tierra,  sino también preparación para la definitiva y última venida de Jesús, al final de los tiempos y conciencia de su presencia constante entre nosotros. Por eso es necesario respetar con paciencia las lecturas de estos domingos. A modo de resumen y para que comprendas lo que se vendrá, te muestro lo central de cada domingo hasta la navidad, con una palabra que resume el mensaje esencial: En este domingo el mensaje central es… “Estén prevenidos y preparados”. El llamado es a despertarse. En el 2° domingo la frase sería… “Preparen el camino del Señor”. Se muestra la necesidad de convertirse. En el 3° domingo…“Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro” y la invitación es a sorprenderse y finalmente en el 4° domingo todo se concentra en el nacimiento…“Jesús nacerá de María, comprometida con José, hijo de David. Y la palabra sería, recibir.

Quería que hoy nos centremos en esta imagen, tan humana, tan nuestra, y tan del adviento. Despertarse. Venimos de alguna manera en estos últimos días hablando de esto. La Palabra no quiere darnos miedo, pero si quiere despertarnos. ¿Despertarnos de qué? ¿Estamos dormidos o somnolientos? Traté de graficarlo ayer cuando hablamos de la “anestesia mundana”, “epidemia consumista”. El adviento es tiempo de “salir” del sueño en el que a veces andamos. Esa actitud tan humana de andar metidos en lo cotidiano, en el tener poco tiempo para el Señor, incluso poco tiempo para nosotros, para nuestra familia. Tenemos tiempo, pero ocupado, en miles de cosas que nos terminan “absorbiendo” y sumergiendo solo en el “hacer”. ¿No es verdad esto? ¿No es verdad que casi no tenemos tiempo para reflexionar? ¿No es verdad que tenemos muchas veces tiempo para divertirnos y no hacer “nada” pero no tenemos tiempo real para frenar y pensar o rezar?
Para empezar este tiempo  la Palabra de Dios nos pega el grito: Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor.

Despiértense, dense cuenta que Jesús está y que además algún día vendrá. Ya está pero todavía tiene que venir, aunque parezca contradictorio. En realidad se podría decir que vendrá porque una vez ya vino y está con nosotros. Estamos en un tiempo para que también descubramos que cada acontecimiento de la vida es como un gesto o una caricia que Dios nos da para llamarnos la atención y que no nos olvidemos de Él, para hacernos acordar que llegará un día en el que nos dará un abrazo para siempre. ¡Qué lindo tiempo para frenar un poco, despertarse e ir escribiendo día a día en qué cosas percibimos el amor de Dios! ¿Te animás? ¿Te imaginás llegar a la celebración de la Navidad habiendo escrito cada día la certeza de que Jesús está con nosotros y que no podemos olvidarnos de que además lo esperamos con ansias? ¿No nos ayudaría eso a mirar la realidad con otros ojos, a cambiarnos los anteojos?

Vamos a despertarnos, hagamos el esfuerzo. Vamos a despertarnos juntos, escuchando siempre la Palabra, esa palabra que nos saca de nuestras comodidades y preocupaciones innecesarias. Vamos a despertarnos y pedir salir de una vez por todas de esos pecados y vicios que nos atan. Vamos a despertarnos en este adviento y darnos cuenta que no vale la pena correr tanto a fin de año, no tiene sentido. Vamos a pedirle a Jesús que nos ayude a estar prevenidos, a no estar como tantos únicamente comiendo y bebiendo, aunque sea necesario.

Dejémonos conducir por su Palabra, dejémonos llevar con docilidad y obediencia por los caminos que Él quiera, serán mucho mejores que los nuestros. Él está siempre con nosotros.