Book: Mateo

Lunes de la Octava de Pascua

Lunes de la Octava de Pascua

By administrador on 18 abril, 2022

Mateo 28, 8-15

Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.

De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense.» Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.»

Mientras ellas se alejaban, algunos guardias fueron a la ciudad para contar a los sumos sacerdotes todo lo que había sucedido. Estos se reunieron con los ancianos y, de común acuerdo, dieron a los soldados una gran cantidad de dinero, con esta consigna: «Digan así: “Sus discípulos vinieron durante la noche y robaron su cuerpo, mientras dormíamos.” Si el asunto llega a oídos del gobernador, nosotros nos encargaremos de apaciguarlo y de evitarles a ustedes cualquier contratiempo.»

Ellos recibieron el dinero y cumplieron la consigna. Esta versión se ha difundido entre los judíos hasta el día de hoy.

Palabra del Señor

Comentario

Empezamos a transitar unos de los tiempos más lindos de la Iglesia, me refiero a las lecturas que vamos a ir escuchando en los días que siguen. Todo tiempo tiene su encanto, pero el tiempo Pascual es un tiempo especial, es tiempo de alegría, de gozo, de seguir maravillándonos. La Pascua se prolonga, la Pascua sigue, no podemos parar de vivir ésta alegría. Durante 50 días disfrutaremos del tiempo Pascual, 50 días dedicados a asimilar semejante misterio, el punto central de nuestra fe, desde donde todo parte y en donde confluye. A su vez esta semana es especial, hasta el domingo que viene vivimos lo que se llama en la Iglesia, la Octava de Pascua, un día estirado en 8, un día tan importante que es necesario festejarlo y revivirlo por muchos días. Por eso si vas a Misa en la semana volverás a escuchar el canto del gloria, volverás a vivir cada celebración como si fuera un domingo, y en los Evangelios escucharemos y disfrutaremos de las apariciones más importantes de Jesús Resucitado a los discípulos, una más linda que la otra. Todo para no olvidarse jamás.

Te propongo que saborees cada evangelio de estos días y que además los acompañes con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, si tenés tiempo, te va ayudar muchísimo porque al mismo tiempo verás como la Iglesia naciente fue creciendo en torno a la Resurrección, en torno a los testimonios de los que vieron realmente a Cristo resucitado con sus propios ojos. No es una linda historia para contar nomás, no es un invento de algunos locos, sino que es realidad que cambió la historia. ¿Cómo es posible que 11 hombres temerosos y vacilantes ante la muerte del Señor, se hayan transformado milagrosamente en 11 testigos incansables por el mundo entero? ¿Cómo es posible que mujeres simples y sencillas hayan tenido tanto coraje para salir a su mundo conocido a decir que Jesús estaba vivo? ¿Qué historiador puede explicar semejante cambio en la historia si no es por un acontecimiento totalmente nuevo y que no proviene de este mundo?

Desde el principio, junto a la resurrección existió la corrupción, desde el principio quisieron tapar la resurrección con una mentira, difundiendo una mentira. Pero no se puede tapar el sol con la mano, no se pudo tapar esta verdad con mentiras que valieron unos pesos. Se puede decir que Jesús no resucitó, lo que es imposible es demostrarlo. Lo mismo es al revés, se puede creer que Jesús resucitó, pero es imposible demostrarlo con el rigor de la ciencia moderna, aunque se puede mostrar con la vida, con la tuya y la mía, con la de miles de personas que no son iguales desde que Jesús se les “apareció” en la vida, como a estas mujeres, atemorizadas, pero llenas de alegría.

La alegría de la Pascua, la alegría que viene a traer Jesús resucitado no se puede comparar con nada de este mundo, con ninguna chispita de un bienestar pasajero. Jesús resucitó para “meternos” en una vida de eternidad, nos abrió las puertas de la eternidad para que empecemos por acá, para sacarnos el miedo y devolvernos la alegría. Cuántas veces como sacerdote escuché que me dijeron: “Padre, desde que creo en Jesús, desde que me convertí ya no le tengo miedo a la muerte, al contrario, tengo unas ganas increíbles de encontrarme con Jesús”. Esa es la experiencia, la tensión del corazón que cree que lo de acá no es definitivo, y que lo que viene es lo mejor. Esa es la tensión del corazón que conoce a Jesús pero quiere verlo cara a cara. Esa es la experiencia de la Pascua, una alegría profunda pero que al mismo tiempo se topa con la insatisfacción de ver que este mundo es poco comparando con lo que vendrá.

Por ahí te pasó alguna vez, por ahí todavía no te pasó. En eso estamos, todos, vos y yo. Es necesario volver a vivir la pascua, la de Jesús y la nuestra. En eso andaremos este tiempo, escuchando las diferentes apariciones del resucitado que nos regalan los evangelios de cada día. Pero esas apariciones las tendremos que hacer nuestras. Todos tenemos que preguntarnos. ¿Dónde me encontró una vez Jesús resucitado en mi historia? ¿Te acordás cual fue tu Galilea? ¿Dónde lo encuentro a Jesús hoy, concretamente? ¿Cuál es tu Galilea hoy, tu lugar de encuentro?

Feliz Pascua de Resurrección. Felices pascuas para todos los que día a día hacemos el intento de reconocer y escuchar a Jesús vivo y presente en su palabra.

Miércoles Santo

Miércoles Santo

By administrador on 13 abril, 2022

Mateo 26, 14-25

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: « ¿Cuánto me darán si se lo entrego?» Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.

El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?»

El respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: “El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”.»

Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.

Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará.»

Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: « ¿Seré yo, Señor?»

El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!»

Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: « ¿Seré yo, Maestro?»

«Tú lo has dicho», le respondió Jesús.

Palabra del Señor

Comentario

Por ahí te estás sorprendiendo con la figura de Judas en estos días, pero te invito a que te sorprendas más y nos maravillemos más con el amor del Corazón de Jesús. Judas hubo, hay y habrá siempre. Judas somos nosotros, vos y yo también con nuestras traiciones, aunque a veces nos cueste aceptarlo,  no podemos lavarnos las manos como lo hará Pilato el viernes santo, somos parte de esta humanidad caída y traicionera. Pedro también prometió y no cumplió. ¿Cuántas veces nosotros prometimos todo y nos chocamos con nuestra propia debilidad en la primera esquina? La vida, nuestra vida de fe  muchas veces es así, por un lado o mejor dicho, al mismo tiempo; el deseo de amar, la entrega diaria, silenciosa, sacrificada, generosa; la presencia del Reino de Dios, de Jesús entre nosotros, miles de lugares donde Jesús se sigue entregando por medio de tantas personas que dan la vida. Pero también, a un ritmo diferente, la presencia del mal, de personas que se dedican a hacer maldades, injusticias, traiciones, guerras, muertes, y tantas cosas más y por qué no, nuestras propias traiciones, infidelidades al amor de Jesús, infidelidades a nuestra vocación, infidelidades a nuestros seres queridos y tantas cosas más.

Es el drama de esta humanidad en la cuál Jesús quiso meterse, el drama del corazón humano incapaz de amar y de doblegarse ante tanto amor. Por eso Jesús se metió, para vencer desde adentro, para enfrentarlo no con las mismas armas que nosotros, sino con las armas de un amor extremadamente paciente y misericordioso. ¿Qué otro milagro de paciencia pudo haber hecho Jesús que esperar hasta el final a este supuesto amigo que lo terminó traicionando por plata? ¡¡Qué enseñanza nos deja Jesús a todos y en especial a los que tenemos el cuidado y guía de personas, de corazones!! Paciencia extrema sin esperar nada a cambio. Esa es la fórmula. Lo que parece un fracaso ante ojos poco profundos de este mundo, es ante nosotros el éxito del amor misericordioso de Dios, que respeta la libertad de sus hijos y que nos enseña cómo debemos actuar nosotros. Apostar siempre, siempre hasta el final. Todo ser humano tiene la capacidad de amar y de convertirse, nunca hay que rendirse. Solo el amor puro y sincero puede convertir a las personas más alejadas y renegadas, más reacias al amor.

Sin embargo, hay algo que no hay que olvidar. Incluso haciendo todo lo posible siempre hay que dejar la puerta abierta a la posibilidad del rechazo, del olvido, de la traición. Si a Jesús le pasó ¿por qué pensás que no te puede pasar? No nos cansemos de hacer el bien y de buscar el bien de los demás. Elijamos a los menos amados y menos amables, para hacerles sentir el amor de un Dios que no se cansa de amar y esperar.

Jesús hizo y hace lo mismo con cada uno de nosotros, eso es lo que nos tiene que maravillar. Alguna vez fuimos Judas, otras veces fuimos Pedro, ¿por qué no animarnos a empezar de una vez por todas a ser como Jesús que sabe amar, esperar y apostar siempre a la bondad de nuestros corazones?

III Miércoles de Cuaresma

III Miércoles de Cuaresma

By administrador on 23 marzo, 2022

Mateo 5, 17-19

Jesús dijo a sus discípulos:

«No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.

El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.»

Palabra del Señor

Comentario

Volvamos a escuchar unas palabras que hablan sobre la misma Palabra de Dios y sus consecuencias para el que las escucha con disposición: «Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé». Volver a insistir en que la Palabra es como la lluvia, que empapa, que fecunda, que hace bien, es necesario para convencernos de vivirla, para no cansarnos, para seguir adelante, para no desfallecer, para no creer que no la necesitamos, para reconocer que es Dios el que hace crecer y que nos conduce a la conversión. Solo él, gracias a su acción continua, la hace crecer en nuestro corazón. Él es el viñador, ¿te acordás?, que decía el Evangelio del domingo, él remueve la tierra, él la abona.

Es lindo imaginar que Dios intenta continuamente eso en nosotros, intenta fecundar, abonar, consolar y animar. Lo que pasa es que los efectos no son inmediatos. Así como pasa con la lluvia, que al caer moja, penetra, pero solo después que sale el sol, calma la sed de las plantas, de la misma manera lo que Dios nos dice y le decimos no siempre nos sorprende con frutos inmediatos. Todo crecimiento es silencioso y necesita tiempo y paciencia. Muchos de los que escuchan la Palabra de Dios no dan frutos porque no saben esperar, los carcome la ansiedad por pretender las cosas al instante. Mucha de nuestra mediocridad y aparente vida de tibieza, siempre igual, tiene que ver con esto: no sabemos esperar, no nos gusta esperar, no nos convence esperar. Todo tiene que ser ya. Por eso la parábola de la higuera que escuchamos el domingo nos ayuda a confiar en la acción de Dios en nuestros corazones, para que finalmente podamos dar frutos. Porque es cierto que muchas veces andamos por la vida siendo un poco estériles, teniendo todo para fructificar, pero nos perdemos en la mediocridad. Es ahí cuando el viñador, que es Jesús, vuelve a apostar por nosotros, a darnos otra oportunidad, a remover nuestra tierra-corazón, a abonarnos con su amor para que podamos dar más de lo que damos.

Apostemos hoy a la eficacia de la acción de Dios y no a nuestra visión de las cosas. Si aprendemos a esperar, Dios siempre nos sorprenderá. Si en algún momento de nuestra vida de fe nos invadió la ilusión de que Jesús vino a la tierra para liberarnos de la necesidad de vivir los mandamientos, Algo del Evangelio de hoy destruye un poco ese…rompe los esquemas: «No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento». No piensen eso, diríamos nosotros, no vine a eso. No piensen que es así de fácil. Al contrario, no vine a desecharlos, sino a enseñarles a vivir esa ley que está escrita sus corazones. En realidad, Jesús como Hijo del Padre vino a liberarnos de la esclavitud de un cumplimiento sin corazón, del cumplimiento vacío de amor, del cumplimiento que busca calmar una culpa, la conciencia, del cumplimiento que no mira el corazón de Dios, sino el propio, o sea, de un amor egoísta, que en realidad no es amor. El amor es entrega o no es amor. El amor es desinteresado o no es amor. Si el amor se transforma en una «transacción económica», en un «te doy para que me des», es una forma de amor imperfecta, sin alma, sin el verdadero sentido del amor. Es por eso que las palabras de Jesús de hoy pueden ayudarnos a descubrir el corazón de la ley, que, en el fondo, es la ley del corazón; lo que pasa es que no la entendemos bien muchas veces y nos cuesta todavía comprenderla.

Por otro lado, si en el Evangelio aparecen estas palabras de Jesús, quiere decir que siempre existió y existe ese peligro de que ante la novedad queramos a veces desechar lo anterior como algo ya superado. Los mandamientos, la ley de Dios del Antiguo Testamento no es para desecharla, sino para superarla y vivirla como Jesús nos enseña.

Por eso san Pablo, sintetizando toda esta idea, nos dirá: «Amar es cumplir la ley entera». Si no agregamos la sal del amor a nuestras obras, no somos nada, no somos cristianos; somos cumplidores de una ley fría y vacía, nos quedamos en el Antiguo Testamento, somos cristianos «antiguos». La sal da sabor, pero al ser echada en la comida, desaparece, deja de verse. El amor al Padre Dios debe ser la sal escondida de nuestras obras, de nuestro modo de ser, de nuestro ser hijos de Dios, eso que le da sentido al vivir sus mandamientos. Ese es el desafío de nuestra vida. Liberarnos de vivir una relación con Dios que se base en el miedo, en el cumplir por cumplir, en el cumplir porque me lo dijeron, en el cumplir porque me conviene, en el cumplir porque así seré más bueno, en el cumplir para quedarme tranquilo de conciencia creyendo que somos nuestros propios jueces.

Pidamos esto hoy a Jesús, el Hijo de Dios que nos enseña a vivir como hijos libres. Nos enseña a que el amor sincero sea lo que nos impulse a no tirar los mandamientos por la borda, por el «balcón» creyendo que ya pasaron de moda, pero que al mismo tiempo nos ayude a vivir más allá de ellos, amando de verdad, salando nuestras obras con ese condimento que nos da libertad y nos permite dar frutos de santidad, escondidos, imperceptibles a los ojos de este mundo que le gusta lo visible, pero frutos al fin. Todos podemos dar más frutos si nos dejamos remover y abonar por el amor de Jesús, que desea que nos entreguemos de corazón, no dejando que la mirada propia y la de los demás nos juzgue, sino solo nuestro Señor, porque solo él conoce nuestros pensamientos y sentimientos, solo él sabe el porqué y el para qué de nuestro obrar.

III Martes de Cuaresma

III Martes de Cuaresma

By administrador on 22 marzo, 2022

Mateo 18, 21-35

Se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.

El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo.”

El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.  Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes.”

El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda.”

Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?”

E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos.»

Palabra del Señor

Comentario

La palabra de Dios es como la lluvia que cae, que moja todo lo que toca a su paso, sin embargo, con nosotros pasa algo particular, al escuchar no siempre nos mojamos. La naturaleza no se cubre de la lluvia, al contrario, la espera, nosotros nos escondemos de la lluvia, no nos gusta mojarnos, excepto en el verano, cuando hace mucho calor. Toda una imagen de lo que nos pasa con la Palabra de Dios, con lo que el Padre nos viene diciendo hace tiempo por medio de su Hijo Jesús y parece que nosotros nos tapamos los oídos porque, es aparentemente más fácil no escuchar que andar escuchando.

Ahora… si en el algún momento tuvimos esa experiencia de que repentinamente se nos abran los oídos y empezamos a escuchar de manera nueva lo que siempre habíamos pasado de largo, o habíamos rechazado; ¿No podemos decir que es reconfortante? ¿Decime si no hay experiencia más linda que darse cuenta de lo que ahora parece evidente, pero hasta hace unos días no? La palabra de Dios va produciendo ese despertar en nuestro corazón, te lo aseguro. Por eso no dejemos de escuchar, jamás, por favor. No dejemos. Son solo siete u ocho minutos por día. Mal no nos puede hacer. Es cuestión de dejarse mojar, no nos olvidemos que viene del cielo.

Hoy no podemos dejar de pasar de largo algo de este evangelio. No es uno más. Hay escenas, parábolas, o diálogos de Jesús que tuvo con sus discípulos, que son más trascendentales que otros, que expresan o manifiestan más el corazón del mensaje de Jesús. El de hoy es uno de ellos, porque se refiere a lo más esencial, a lo que más necesitamos todos, a eso que no nos puede faltar, el perdón. En principio, es un canto a la bondad y Misericordia de Dios y por otro lado es como un cachetazo, como un reproche a nuestra desfachatez, a eso que somos capaces de hacer una y mil veces… exigirle a Dios lo que después nosotros muchas veces no queremos vivir.

La pregunta de Pedro es necesaria, porque es la que todos hubiéramos hecho, es la que todos alguna vez nos hicimos o nos haremos. ¿Tenemos que perdonar siempre? En definitiva, es eso. ¿Tiene límite nuestro perdón? ¿Tenemos que poner un límite al perdón? o es como algunos dicen por ahí: “Eso solo lo perdona Dios” o “Eso es imperdonable”. O también la otra: “Yo no soy quién para perdonar” ¿Escuchaste esas frases que andan circulando por ahí? Los dichos populares muchas veces están llenos de sabiduría y de evangelio escondido, pero otras veces están repletos de medias verdades o de excusas para no hacer lo que en realidad podríamos, si en realidad quisiéramos o si creyéramos en el amor de Jesús, o en lo que su amor puede hacer en nosotros.

La parábola de Jesús tiene una comparación casi ridícula, absurda. Para simplificarlo sería así: el servidor que no es capaz de perdonar a otro una deuda de unos centavos, antes se le había perdonado una deuda de millones. A uno le sale decir casi sin pensar: ¡Que espanto, yo jamás haría una cosa así! En realidad, te diría o por lo menos lo pienso así, Jesús nos está diciendo: “Eso hacen ustedes cuando no quieren perdonar a alguien”. No estar dispuesto a perdonar sabiendo que uno es perdonado, sería comportarse como este servidor. Es tan infinita la distancia entre lo que nos perdonó Dios y nos perdonará a lo largo de la vida, que no llegamos a comprenderla, no nos cabe en el corazón. Y por eso somos capaces de hacer esta ridiculez tan grande y absurda.

Cuando no perdonamos, sin darnos cuenta, estamos tomando “del cuello a alguien hasta ahogarlo” con tal de que nos devuelva lo que nos quitó; la fama, la paz, la dignidad y tantas cosas más. La falta de perdón es la medida de nuestro amor pequeño, es la medida de nuestra incapacidad de darnos cuenta lo que Dios ya nos perdonó aún antes, de que hubiéramos nacido. Por eso solo el que se siente perdonado es capaz de perdonar todo y siempre, sin límites. Pensemos en esta ecuación que se entiende fácil con la razón, pero no siempre con el corazón. Dios ama plenamente, por eso perdona plenamente. Nosotros amamos poco y por eso somos capaces de ahogar a los demás. Conclusión: solo reconociendo el perdón que se nos regaló sin merecerlo, podremos perdonar siempre, hasta setenta veces siete.

II Viernes de Cuaresma

II Viernes de Cuaresma

By administrador on 18 marzo, 2022

Mateo 21, 33-43.45-46

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo.” Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia.” Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?»

Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo.»

Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?

Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

Palabra del Señor

Comentario

La historia de la salvación de toda la humanidad es al mismo tiempo espejo y reflejo de tu historia de salvación, de la historia de cada uno de nosotros. ¿Qué es la historia de la salvación? Bueno, es simple y sencillo. La historia de un Dios que es Padre y que anda de hace miles de años buscando al hombre para que el hombre se cuenta de una vez por todas de que no hay nada más lindo que ser encontrado por  Él. ¿Vos pensabas que en tu historia eras el protagonista principal? No te la creas. Sos parte de la historia, pero no sos la historia.

Dios, nuestro Padre es el dueño y Señor de la historia de la vida, de nuestra vida. Él es el que creó el escenario, él es el que puso la escenografía, él es el que la embelleció, él es el que la pagó con su amor, el que puso los actores y el que los quiso dirigir, pero los actores se rebelaron olvidándose del dueño de todo y quisieron hacer su propia obra.

Jesús con esta parábola hace un resumen de la historia de la salvación, de la historia de un Dios que ama a su creatura y por amarla le da todo, esperando algo a cambio. Y no solo le dio signos y cosas para que se dé cuenta de su amor, sino que, no conforme con eso envió a su propio Hijo, Dios mismo se hizo presente para que el hombre terminara de darse cuenta. ¿Qué pasó? Lo que escuchaste. Lo mataron para quedarse con la herencia. El hombre se adueña de lo que es de Dios. Ese es nuestro mayor pecado, es el peor pecado que atraviesa toda la historia, la historia grande el mundo y la historia de nosotros.

Dios que nos busca y nosotros que no respetamos los signos y enviados de Dios, los de cada día, sino que tantas veces los echamos de nuestra vida, los apedreamos para seguir en la nuestra. Esta historia se repite una y otra vez cuando no dejamos entrar a Jesús a recoger los frutos que le corresponden. Tenemos que tomar conciencia que nosotros estamos viviendo la mejor parte de la historia de la humanidad, no nos podemos quejar. Si nos quejamos quiere decir que todavía no entendimos. Muchos quisieron estar y vivir lo que nosotros estamos viviendo. Ya conocemos el final de la película, de la historia, que tarde o temprano va suceder. Jesús fue rechazado, es verdad, pero ganó en el silencio de la Resurrección y se quedó para siempre con nosotros. El rechazo de los hombres de ese tiempo y de nosotros se transformó en el mayor triunfo de un Dios bastante particular, que hizo y hace lo inimaginable.

En lo concreto, tratá de darte cuenta en cada cosa, que no podemos negarle a Dios lo que le corresponde. No podemos negarle al Padre lo que es suyo. Todo es por Él, de Él y para Él. Tu corazón y el mío. Y en la historia de este día, hay que dejarse encontrar por el que nos busca, no rechazar los enviados de Dios y para eso hay que estar atentos.

II Miércoles de Cuaresma

II Miércoles de Cuaresma

By administrador on 16 marzo, 2022

Mateo 20, 17-28

Cuando Jesús se dispuso a subir a Jerusalén, llevó consigo sólo a los Doce, y en el camino les dijo: «Ahora subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que sea maltratado, azotado y crucificado, pero al tercer día resucitará.»

Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo.

«¿Qué quieres?», le preguntó Jesús.

Ella le dijo: «Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»

«No saben lo que piden», respondió Jesús. «¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?»

«Podemos», le respondieron.

Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre.»

Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.»

Palabra del Señor

Comentario

Retomando el evangelio del domingo, el de la transfiguración de Jesús en el monte Tabor, ese momento único en el que Jesús quiso mostrarse como Dios, dejando ver todo su resplandor, nos puede parecer un poco extraño que haya elegido únicamente a tres de sus discípulos para semejante experiencia. ¿Por qué a algunos y no a todos? Es una gran pregunta que nos puede rondar el corazón. Esto de las elecciones de Jesús es todo un tema, que nos puede generar muchos cuestionamientos, o sea el modo en el que Él eligió manifestarse, darse a conocer, no a todos e incluso aun eligiendo a muchos no a todos de la misma manera. Puede ser chocante incluso el reconocer esta verdad. Pareciera ser que tuvo preferencias, al modo de las nuestras. Sin embargo, habría que ver estas elecciones como parte de su pedagogía divina, que por ser divina es muy distinta a la nuestra, no utiliza nuestros mismos parámetros, nuestra misma lógica. La respuesta pasa por otro lado, y creo que lo más sensato es pensar que cada uno de nosotros necesita cosas distintas, experimenta las cosas de modo diferente, e incluso vamos creyendo a nuestro ritmo y Dios en su infinita sabiduría nos da lo que necesitamos en el momento adecuado, al tiempo y al estilo que mejor podamos comprender. ¿No es más lindo pensarlo así?

“Entre ustedes no debe suceder así” Escuchamos en Algo del Evangelio de hoy, una recomendación especial para personas especiales. Y no digo especiales porque hayan sido mejores, no es una cuestión de discriminación, de valoración. Jesús no discrimina en el sentido en el que nosotros entendemos la palabra discriminación, por eso podríamos decir que distingue. Jesús en su paso por la tierra eligió diferentes personas para diferentes tareas o misiones especiales. Los discípulos fueron los amigos de Jesús, los más cercanos; hoy los bautizados, los hijos de la Iglesia, somos los más cercanos a Él y se supone que tenemos que vivir como sus amigos. No porque seamos mejores, sino simplemente porque nos eligió. Si a sus más amigos les dijo que “entre ustedes no debe suceder así” quiere decir que entre los hombres se dan estas cosas, esta lucha de poderes, de egos, por eso a veces nos gusta hacerles sentir a los otros nuestra autoridad y en nombre de la autoridad ocultamos muchas veces la verdad, nuestra propias fragilidades y frustraciones.

Bueno, lo que nos dice hoy nuestro maestro es que entre nosotros no debe suceder así. Eso nos tiene que quedar bien claro a todos. Es claro que Jesús se los dice a sus apóstoles especialmente, con lo cual podemos decir que este mensaje va dirigido especialmente a los ministros de la Iglesia, pero de algún modo a todos nosotros, que también somos sus discípulos.

Por eso hagamos el esfuerzo y pensemos cada uno en sí mismo. La debilidad está y no la podemos negar, si a los Doce que estaban con Jesús les pasó eso de andar luchando por un puestito, ¿Por qué no nos va a pasar a nosotros? ¿Por qué no le va a pasar a un sacerdote, a un catequista, a un Obispo, a un padre, a un coordinador, a cualquiera que tiene bajo su cargo la guía de personas? Que Jesús nos haya elegido no nos hace mejores, ni exentos de caer en estas pequeñeces, esas que nosotros transformamos en grandes cosas, grandes peleas. ¿Qué derecho tenemos nosotros a estar peleando por una autoridad que además no es propia, sino solo un regalo para servir? Cuando en las comunidades cristianas se pelea por un puestito, por un cargo, para una responsabilidad, es porque no grabamos estas palabras de Jesús en el corazón y todavía nos falta convertirnos: “Entre ustedes no debe suceder así”, es una frase que debemos guardar en el corazón.

Pensemos si entre vos, yo y otro hermano está sucediendo eso. Si estamos buscando un puestito por detrás de otros e incluso mandando a alguien que interceda por nosotros o por ahí nos estamos indignados porque otros lo buscan y lo tienen. Si nos pasa una cosa o la otra, te doy dos buenas noticias. La primera es que descubriste que sos un ser humano, débil y por débil andás en busca de ser alguien por lo que hacés y no por lo que sos, y la segunda es que, al descubrir esta debilidad, tendrás a partir de ahora, la linda oportunidad de darte cuenta que el mayor poder que podés tener sobre los otros, se consigue cuando puedas ganarle el corazón no a la fuerza de poder barato y autoritario, sino a través del servicio desinteresado.

Repitamos juntos hoy y muchas veces al día. “Entre ustedes no debe suceder así” Entre nosotros es triste que suceda así. Estamos hechos para amar, para más, estamos hechos para servir y no para pelear.

II Martes de Cuaresma

II Martes de Cuaresma

By administrador on 15 marzo, 2022

Mateo 23, 1-12

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:

«Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.

Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.

Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.»

Palabra del Señor

Comentario

Seguramente, si tuviéramos la posibilidad de elegir entre vivir una fe que implique el caminar, el cansarnos, el muchas veces experimentar el desierto, la aridez, o una fe que pueda continuamente estar experimentando la presencia divina en tantas cosas y que eso nos lleve a estar gozosos y deseosos de estar siempre con él… Vuelvo al principio, seguramente todos elegiríamos la segunda, o sea, ¿quién no quiere estar, de algún modo, en el Tabor, en ese monte donde Jesús se mostró tal como era, manifestándose como Dios a sus discípulos para que realmente crean que era él y que no tengan más dudas de ahí en adelante? ¿Quién de nosotros no elegiría eso? ¿Quién de nosotros, cuando vivió un momento gozoso en la fe, no dijo para sus adentros «me quedaría a vivir acá», buscaría siempre experimentar lo mismo? Bueno, es lógico, por supuesto. Sin embargo, todos tenemos la experiencia de que esto es imposible. Mientras peregrinamos por la tierra es imposible no luchar, es imposible no darse cuenta que no podemos vivir en el cielo, que en realidad ese cielo que empezamos a vivir en la tierra solo es una imagen, solo es como un espejo, pero un espejo que no refleja plenamente la realidad, un espejo que, de algún modo, nos muestra una realidad media desdibujada de lo que es el cielo; sin embargo, experimentamos algo de cielo. Por eso tenemos que aprender a vivir nuestra vida de fe también en este no experimentar todo lo que quisiéramos, sabiendo que el Señor nos regala cada tanto, si perseveramos, sus manifestaciones, sus presencias, pero al mismo tiempo saber que caminamos en la fe y que por más que no lo veamos con nuestros ojos, él está siempre, y que en definitiva eso es la fe: saber caminar cada día, paso a paso con la certeza de su presencia.

Creo que sería de necios negar que el corazón de cada ser humano alberga, por un lado, la posibilidad de lo mejor o la posibilidad de lo peor, la posibilidad maravillosa de amar y darse a los otros, creando vida, renovando todo lo que se toca, pero al mismo tiempo esa locura increíble de creerse, de actuar y vivir como si fuéramos el centro del universo. Tantos ejemplos hoy en día podemos encontrar de cuánto se equivoca el ser humano. Llamémosle como queramos: ego, el yo, la soberbia, el orgullo, el amor propio, el egoísmo. Lo fundamental y lo importante es que hoy nadie niega, incluso desde la ciencia, que esto está en nosotros y es algo con lo cual debemos luchar continuamente. Nuestro peor enemigo, el más invisible y, al mismo tiempo, el más poderoso de todos, no está afuera, sino adentro nuestro. Y cuando uno ve la maravilla e inmensidad del universo, cuando uno estudia o lee que nosotros somos en comparación con el todo como un granito de arena en la inmensidad de un mar, o como, por ejemplo, que nuestra galaxia es una de los casi 100.000 millones, o vivimos en una ínfima parte de lo que el universo tiene de vida, de casi 15.000 millones de años, uno dice o se pregunta: ¿Es posible que la soberbia tenga tanta fuerza y el hombre viva como si fuera el centro y el único de este universo? ¿Es posible que siendo tan poca cosa nos la creamos tanto? Vos dirás: «Bueno… no es para tanto. No somos tan soberbios todos». Es bueno que cada uno se deje interpelar por las palabras de Jesús. La soberbia toma mil colores y tonos según la personalidad y la experiencia de vida de cada uno, y justamente el peor mal de la soberbia es que a veces es imperceptible. Solo una luz desde afuera puede ayudarnos a iluminar nuestro corazón y hacernos dar cuenta lo centrado en nosotros mismos que a veces vivimos.

Dije que la soberbia toma mil colores, ahora, en Algo del Evangelio de hoy, las palabras de Jesús son lapidarias, especialmente con los que tenían una función en el pueblo de Israel, y sin miedo tenemos que trasladarlas al pueblo de Dios, que es la Iglesia, específicamente a los ministros, a los que deben servir.

Cuando la soberbia ataca a los ministros de la Iglesia, obispos, sacerdotes, diáconos o también a aquellos que se consagran, ataca finalmente a la cabeza, y si la cabeza es soberbia, el cuerpo se va enfermando o el cuerpo no puede crecer, y también este virus es a veces muy imperceptible. Pasa en cualquier grupo en cualquier comunidad. Sé que suena muy duro, pero no hay que tenerle miedo, especialmente nosotros, los sacerdotes, de decir ciertas cosas como son pero con amor. Cuando la soberbia se entremezcla con un cargo, con una posición en la Iglesia, con una cuestión de poder, se puede transformar en una bomba de tiempo. «Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado». Estas palabras de Jesús todos los sacerdotes deberíamos grabarlas en el corazón, vivirlas y no escaparles, y los laicos deberían repetirlas y decirlas con caridad a quien vean que pone cargas en los demás que ni ellos mismos pueden llevar, a quien escuchen que predica una cosa y después hace otra, a quien le gusta ser consagrado para tener poder, a quien les gusta y disfruta de tener un privilegio en la Iglesia, a quien cree ser más importante por ser llamado padre, maestro, doctor o por tener un título y haber estudiado un poco más, a quien somete y manipula a las personas a su cargo.

No vamos a ser creíbles si no somos humildes. Sin humildad verdadera no hay evangelización profunda, no hay testimonio posible, duradero y eficaz. Sencillamente porque el que nos salvó jamás se creyó más que nadie. Reza siempre por los consagrados, recemos por todos los que de algún modo sirven a la Iglesia, en realidad recemos por todos los miembros de la Iglesia para que seamos siempre humildes y recemos por aquellos que no lo son para que algún día se den cuenta.

I Sábado de Cuaresma

I Sábado de Cuaresma

By administrador on 11 marzo, 2022

Mateo 5, 43-48

Jesús dijo a sus discípulos:

«Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?

Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.»

Palabra del Señor

Comentario

De las tentaciones o pruebas, aprendemos generalmente, al pasarlas, una vez que las vivimos. Por más que nos expliquen lo que significa ser tentados o probados, la verdad es que el fruto podemos verlo con el tiempo. Es cierto también, que en el mismo momento en el que somos tentados, si adquirimos la capacidad de escuchar la voz del corazón, la dulce voz del Espíritu Santo en nuestro interior, podemos ir aprendiendo a superarlas, y siempre sacar algo positivo. Sin embargo, lo más lógico es pensar que a ninguno de nosotros nos divierte, por decirlo de algún modo, ser tentados, preferiríamos estar en paz, sin sobresaltos, sin problemas. Repasemos en este día las diferentes tentaciones que nos tocaron vivir esta semana, incluso al escuchar los evangelios, al intentar rezar con la palabra de Dios. El deseo más grande del tentador, es que dejemos la oración, y lo que dejamos generalmente primero, es justamente la oración. No perdamos el ánimo, no desfallezcamos, no nos dejemos vencer por las falsas voces que nos inducen a pensar que no tiene sentido lo que hacemos, al contrario, nunca nos olvidemos que lo “visible es transitorio, en cambio lo invisible, lo que no se ve, eterno”.

Bueno, terminamos esta primera semana de cuaresma llenos de recomendaciones, llenos de cosas por hacer, aparentemente, de palabras por cumplir. Una semana en la que los evangelios nos sacuden de lado a lado y de yapa terminamos escuchando una de las páginas más difíciles del nuevo testamento, no solo porque es difícil de comprender, sino también porque es difícil de vivir. Pero te propongo que antes de pensar, calcular y recalcular lo que tenemos que hacer, lo que deberíamos hacer, o lo que dejamos de hacer, demos gracias a Jesús por estos días de gracia, demos gracias a Jesús porque día a día, más allá de nuestras debilidades, estamos haciendo lo posible para escucharlo, a veces mejor, otras veces no tanto, algunas ni siquiera escuchamos, pero lo importante es volver a empezar, volver a levantarse y desear como alguna vez lo deseamos. Dar gracias es fundamental para no caer en un cristianismo vacío de contenido, para no caer en el fariseísmo del cumplimiento, de la conciencia anestesiada por la tranquilidad de ser relativamente buenos.

Evidentemente después de escuchar le evangelio de hoy, no alcanza con ser relativamente buenos, acordate la frase de ayer. «Les aseguro que, si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.» Les aseguro que, si ustedes creen y piensan que, con ser buenos, con no matar a nadie, con no robar (como dicen algunas personas, Padre: yo no mato ni robo) alcanza para ser hijo, están equivocados. Jesús vino a hacernos hijos, no esclavos te decía ayer. Si queremos llegar a la vida eterna, si queremos llegar a lo que nosotros llamamos Cielo, al encuentro con Dios cara a cara, es verdad que alcanza con que cumplamos los mandamientos, es verdad que con no matar y robar casi que tenemos un pase asegurado, es verdad que sin hacerle mal a nadie tenemos un nichito “ganado” en el cielo. Pero… ¿y mientras tanto? Nos perdemos de vivir como hijos, nos perdemos en vivir calculando, nos perdemos de ser cristianos en serio. No entrar en el Reino de los Cielos equivale a perderse desde hoy la posibilidad de dar más, perderse la alegría de amar no solo a los que nos aman y nos tratan bien, sino incluso a los no muy amables, a los que son medios desagradables, a los que nos critican, a los que nos molestan, a los que son insoportables, a los que nos hacen el mal sin razón, en definitiva, a los que “naturalmente” digamos así, no nos sale amar. Esta es la propuesta de Algo del Evangelio, no es la obligación, es la propuesta de algo mayor y mejor. Es el empuje de algo que no podríamos hacer si no fuera porque Jesús lo hizo y porque nos da esa fuerza.

Naturalmente no se puede, sobrenaturalmente sí. Esa es la perfección de la que habla Jesús hoy. Ser perfectos no significa no equivocarse, ser un perfectito que le sale todo bien, sino que ser perfecto evangélicamente es buscar y querer amar como ama el Padre, con el amor que proviene de Él, con amor que viene de lo alto. Si se puede ser perfecto al modo del evangelio, es mentira que no se puede. Miles y millones de santos lo lograron con la gracia de lo alto. Mientras no queramos esto, mientras pensemos que la perfección del evangelio es para algunos, estaremos todavía viviendo como paganos, no como creyentes, viviremos como la mayoría del mundo, intentando ser un poco buenos y evitando cruzarse con las personas que no son amables. Los enemigos serían todas aquellas personas que no nos sale amar naturalmente. Jesús no pretende que seamos amigos de los molestos, de los poco amables, o de los malos, pretende que por lo menos, no les quitemos el saludo, pretende especialmente que recemos por ello. Si empezamos a transitar este camino empezaremos a sentir la alegría de ser hijos, de ser hermanos de todos, de vivir sin rencores, de vivir sin destruir, de construir siempre. Eso es ser perfectos como el Padre del Cielo.

I Viernes de Cuaresma

I Viernes de Cuaresma

By administrador on 11 marzo, 2022

Mateo 5, 20-26

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que, si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.

Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego.

Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.»

Palabra del Señor

Comentario

Las pruebas, lo que llamamos tentaciones, tocan las fibras más profundas de nuestro corazón, aunque la mayoría de las veces ni nos damos cuenta, o podríamos decir, que depende del grado de intensidad con que nos “atacan” somos más o menos consientes. Generalmente, o popularmente se relaciona la tentación como una invitación a “hacer algo malo”, y en cierto sentido es verdad, sin embargo, no hay que olvidar que muchas tentaciones son, como se dice: “Bajo apariencia de bien” tomado de San Pablo, que literalmente dice: “Su táctica no debe sorprendernos, porque el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” Esto quiere decir, que por un lado son más difíciles de detectar y, por otro, como consecuencia, somos más propensos a caer. El demonio se mete en esos “recovecos” en donde dudamos, en donde somos frágiles, en esos momentos en donde sufrimos, cuando, como dijimos, somos más vulnerables, justamente para hacernos equivocar el rumbo. Cuanto más cerca estamos de la Luz, de la Vida, del Camino, que es Jesús, más sutiles son las propuestas del demonio, y es por eso que podemos encontrar personas muy cercanas a Jesús, pero que pueden caer profundamente, como vos y yo. Nadie está exento, “por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!” dice también San Pablo. Fiémonos de Jesús, de sus palabras y de su fuerza para estar atentos y no caer en la gran tentación de sentirnos solos, y tampoco en las tentaciones de cada día que nos hacen ser infieles a su amor.

Te aseguro que si no escuchás e intentás comprender bien estás palabras de Jesús difícilmente entenderás lo que significa ser hijo de Dios, difícilmente disfrutarás de lo lindo que es ser cristiano. Porque en definitiva ser cristiano es haber descubierto, gracias al Hijo que es Jesús, que nuestra mayor dignidad, nuestra mayor alegría es la de ser hijos de Dios, hijos libres, que ya no viven como esclavos, que ya no le tienen miedo a Dios, sino todo lo contrario, descubren que a Dios se le puede llamar Padre, como el mismo Jesús nos enseñó.

Te aseguro que la frase más importante de Algo del Evangelio de hoy es esta: “Les aseguro que, si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos”. Es una expresión que es parte del Sermón de la Montaña, que es el corazón del Evangelio de Mateo y podríamos decir también el corazón de todo el mensaje de Jesús. Si querés conocer el corazón de Cristo, si querés conocer que piensa, siente y quiere para nosotros, te aconsejo leer siempre los capítulos 5 al 7 de Mateo. Te aseguro que, si por medio de las palabras de Él vas conociendo el corazón del Hijo de Dios que quiere enseñarnos a ser hijos, de a poco, como la lluvia empapa la tierra y no vuelve al cielo sin dar fruto, de la misma manera la palabra de Dios irá dando frutos de libertad en el corazón de quien la recibe con amor.

Lo demás de las palabras de hoy, te dejo que las pienses por tu lado, o sea el alcance que en realidad tiene el quinto mandamiento “no matar”, el sentido más profundo que le quiere dar Jesús. En resumen, Jesús nos está diciendo que matar, no es solo una cuestión física, sino que el mandamiento también abarca lo espiritual, desde nosotros y hacia los otros.

Pero volvamos a la frase central, ¿Qué significa? Trataré de traducirla a un lenguaje sencillo. Podríamos traducirla imaginando que Jesús nos dice lo mismo de muchas maneras: Les aseguro que, si ustedes piensan que ser cristianos, ser seguidores míos es cumplir una regla y con eso quedarse tranquilos, no disfrutarán del amor que vine a traer al mundo. Les aseguro que, si ustedes viven conformándose únicamente con no hacerle mal a nadie y no ven más allá, y no piensan en cómo hacer el bien a los demás, se estarán perdiendo lo mejor del Reino de Dios. Les aseguro que el Reino de Dios no es solamente el momento en el que llegaremos cuando partamos de este mundo, sino que es también la relación de amor que se puede dar ahora entre Dios Padre, el Hijo Jesús y todos nosotros, y por eso cuando nos olvidamos de esto nos estamos perdiendo una parte. Les aseguro que el fariseísmo, el vivir la fe como un simple cumplir, como un querer solo vivir para nosotros, es algo mucho más común de lo que ustedes creen y que por eso vengo a enseñarles la libertad, vengo a enseñarles que si no “dan un salto” se van a perder lo mejor. Les aseguro que, si creen que la santidad, la justicia, es algo que van construyendo ustedes mismos al ritmo de su propio esfuerzo, jamás disfrutarán la alegría de ser salvados, de recibir desde lo alto la fuerza para, no solo cumplir los mandamientos a secas, sino que además ir mucho más allá, la alegría de no calcular, la alegría de amar no por obligación sino con libertad.

Y, para terminar, les aseguro que esto hay que pedirlo. Hay que pedir esta gracia si estamos estancados en una fe muerta, sin fuerzas, una fe que se quedó sin respiración porque no comprendió lo que significa ser cristiano, porque nos enseñaron mal o porque nunca lo comprendimos. Les aseguro que, si lo pedimos, el Padre nos lo dará. Acordate que tenemos que aprender a pedir lo mejor.

I Jueves de Cuaresma

I Jueves de Cuaresma

By administrador on 10 marzo, 2022

Mateo 7, 7-12

Jesús dijo a sus discípulos:

«Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.

¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!

Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.»

Palabra del Señor

Comentario

No hay peor tentación, peor prueba que la de sentirse solo, convencerse de que no hay nadie en este mundo que nos quiera, ni siquiera Dios que es Padre. Parece exagerado lo que te digo, sin embargo, es la tentación que nos propone siempre el demonio, la que le propuso a Jesús, de un modo o de otro, de manera positiva o negativa. Decía el evangelio del domingo que: “Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.” Quiere decir que hay varias formas de tentación, principalmente esas tres que aparecen en esa escena, y que cuando el demonio no puede, espera el momento oportuno para continuar, para seguir adelante con su deseo de alejarnos del camino que Dios Padre nos propone. En las tres tentaciones, el demonio, intenta de algún modo que Jesús se sienta solo, ya sea para hacer “magia” convirtiendo las piedras en pan, intentando que solucione sus problemas solo, sin nadie; ya sea para que ante la posibilidad del poder y postrándose ante él se sienta el amo y señor de todos los reinos del mundo, y finalmente desafiando la paternidad de Dios hacia Él, pretendiendo que lo pruebe para que lo salve de una locura, tirándose desde gran altura. Nuestras malas decisiones surgen desde el momento en el que nos pensamos solos, nos sentimos solos, nos imaginamos solos, nos soñamos solos, y eso en la realidad nunca es así, es puro engaño.

Vamos a Algo del Evangelio de hoy, imaginemos esta situación; que de golpe y casi como por un milagro todos nos pongamos de acuerdo de hacerle al otro, a los demás, todo lo que soñamos que nos hagan a nosotros. Se pueden dar muchas situaciones, pero resumiendo podríamos casi asegurar que entre todos nos haríamos el bien, porque en situaciones normales todos deseamos cosas buenas para nosotros mismos y por eso si le hacemos a los demás lo que deseamos que nos hagan a nosotros casi que sería el mundo ideal. Ahora… para eso deberíamos aprender a reconocer nuestros deseos, a reconocer lo que nos pasa, y así animarnos a hacer lo mismo a los otros.

En general criticamos de los demás, reprochamos a otros, cosas que deseamos, o de las que adolecemos. Dime que críticas y te diré que deseas. Cuando criticamos mucho algo malo que alguien nos hizo, por contraste tenemos que descubrir que deseamos que nos hagan lo contrario, que deseamos que nos hagan el bien. Esto es obvio y es el alimento de nuestra alma porque todos queremos ser queridos y por eso andamos por ahí mendigando amor y a veces criticando a los que no nos aman como quisiéramos. Ahora… hoy y siempre Jesús quiere librarnos de meternos en esa calle sin salida, de esa actitud circular que no logra otra cosa que encerrarnos en nosotros mismos y no nos deja crecer. Vivir añorando que todos nos hagan lo que nosotros deseamos y mientras tanto perdemos el tiempo y no aprovechamos para hacer lo mismo a los demás. Es una cuestión de sentido común. Si aprovecháramos ese tiempo que usamos en hablar de los demás, para rezar y pensar en cómo hacer para hacer el bien, en cómo hacer para no devolver con la misma moneda, en cómo hacer e ingeniárnosla para no entrar en los juegos de venganzas que a veces nos atrapan… bueno, si hiciéramos eso no solo seríamos mucho más felices que ahora, sino que haríamos más felices a los demás.

La frase final del evangelio de hoy es la regla de oro para ser un cristiano en serio, para vivir para los demás y no para nosotros mismos y también es la frase que nos ayuda a entender bien la primera parte del evangelio. ¿Qué tenemos que pedir? ¿A quién tenemos que buscar y llamar? El peligro de interpretar mal estas palabras puede hacer que en vez de ser palabras de aliento y consuelo se puedan transformar en palabras de desazón y desconfianza. ¿Todo lo que le pedimos al Padre Él nos lo tiene que dar? ¿Tan fácil es todo? ¿A qué se refiere? Se refiere principalmente al final que venimos comentando. Pedirle al Padre sin desfallecer, sin cansarnos, esperando siempre que nos abrirá, lo que necesitamos para ser buenos hijos y por eso buenos, hermanos. Pedirle todo aquello que nos ayude a hacerle a los demás lo que nos gusta que nos hagan. Nuestro Padre del cielo es el primer gran interesado en que entre todos seamos buenos hermanos y por eso nos enseña por medio de Jesús, que tenemos que pedir, buscar y llamar. Pedir ser hijos en serio, pedir ser hermanos de todos, no cansarnos de buscar y llamar para que renazcan en nosotros los sentimientos de Jesús. El Padre jamás niega su Espíritu a quienes se lo piden y es su Espíritu el que nos hace hijos y hermanos.

Imaginemos esta situación hoy todos arrodillados, todos mirando al cielo, todos pidiendo como podamos y nos salga, la gracia y la fuerza para hacerle a alguien hoy, lo que siempre deseamos que nos haga. Imaginemos que esto es posible y que el Padre del cielo nos dará esa fuerza, nos dará lo que necesitamos. Aprendamos a pedir lo esencial, lo necesario, lo que da vida. Todo lo demás, vendrá por añadidura.