Book: Mateo

Lunes de la Octava de Pascua

Lunes de la Octava de Pascua

By administrador on 5 abril, 2021

Mateo 28, 8-15

Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.

De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense». Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán».

Mientras ellas se alejaban, algunos guardias fueron a la ciudad para contar a los sumos sacerdotes todo lo que había sucedido. Estos se reunieron con los ancianos y, de común acuerdo, dieron a los soldados una gran cantidad de dinero, con esta consigna: «Digan así: “Sus discípulos vinieron durante la noche y robaron su cuerpo, mientras dormíamos.” Si el asunto llega a oídos del gobernador, nosotros nos encargaremos de apaciguarlo y de evitarles a ustedes cualquier contratiempo».

Ellos recibieron el dinero y cumplieron la consigna. Esta versión se ha difundido entre los judíos hasta el día de hoy.

Palabra del Señor

Comentario

¡Feliz y santa Pascua!, para vos y toda tu familia, para tus más queridos. Feliz lunes, feliz semana de Pascua. Feliz y santa Pascua también para los que no creen en Jesús, incluso los que no creen en Dios y ni siquiera en sí mismos. Creo que los cristianos deberíamos desearles una feliz Pascua a todos, porque, en definitiva, aunque algunos no la sientan o ni siquiera crean, la Pascua de Jesús es un hecho que no se puede tapar, ni siquiera con una mentira, como escuchamos en Algo del Evangelio de hoy. Aunque el que reciba el saludo no entienda lo que decimos, es bueno decirlo. Es lindo desearle a todo el mundo una feliz Pascua, porque, además, tarde o temprano, todos deberemos pasar por la muerte, hacia la nueva vida, todos vivimos «pascuas» cada día y todos deberemos pasar la verdadera y definitiva Pascua. Decile hoy a todo el mundo: «¡Feliz Pascua! ¡Feliz Pascua de Resurrección!» No tengas vergüenza, sembremos semillas de Pascua por todos lados, sembremos semillas de resurrección en donde estemos, virtualmente por lo menos.

Empezamos a transitar uno de los tiempos más lindos de la Iglesia, me refiero a las lecturas que vamos a ir escuchando en los días que siguen. Todo tiempo tiene su encanto, pero el tiempo pascual es un tiempo especial, es tiempo de alegría, de gozo, de seguir maravillándonos. La Pascua se prolonga, la Pascua sigue, no podemos parar de vivir esta alegría. Durante cincuenta días disfrutaremos del tiempo pascual, cincuenta días dedicados a asimilar semejante misterio, el punto central de nuestra fe, de donde todo parte y en donde todo confluye.

A su vez, esta semana es especial, hasta el domingo que viene viviremos lo que se llama en la Iglesia «la Octava de Pascua», un día estirado en ocho, por decirlo así, un día tan importante que es necesario festejarlo y revivirlo por muchos días. En los Evangelios escucharemos y disfrutaremos de las apariciones más importantes de Jesús Resucitado a los discípulos, una más linda que la otra. Todo para no olvidarse jamás. Te propongo que saborees cada Evangelio de estos días y que además los acompañes con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles; si tenés tiempo, te va ayudar muchísimo, porque, al mismo tiempo, verás como la Iglesia naciente fue creciendo en torno a la Resurrección de Jesús, en torno a los testimonios de los que vieron realmente a Cristo Resucitado, los que pudieron verlo.

La invitación de hoy es a la alegría, a la alegría profunda y verdadera, la que no se va y perdura aun en el dolor. El saludo de Jesús a las mujeres es: «Alégrense, estoy acá, soy yo». La alegría de la Pascua, la alegría que viene a traer Jesús resucitado no se puede comparar con nada de este mundo, con ninguna chispita de un bienestar pasajero. Jesús resucitó para «meternos» en una vida de eternidad, nos abrió las puertas de la eternidad para que empecemos por acá, para sacarnos el miedo y devolvernos la alegría. ¡Cuántas veces como sacerdote escuché que me dijeron: «Padre, desde que creo en Jesús, desde que me convertí ya no le tengo miedo a la muerte, al contrario, tengo unas ganas increíbles de encontrarme con él»!

Esa es la experiencia, la tensión del corazón que cree que lo de acá no es definitivo y que lo que viene es lo mejor. Esa es la tensión del corazón que conoce a Jesús, pero quiere verlo cara a cara. Esa es la experiencia de la Pascua, una alegría profunda, pero que, al mismo tiempo, se topa con la insatisfacción de ver que este mundo es poco comparado con lo que vendrá. Por ahí te pasó alguna vez, por ahí todavía no te pasó. En eso estamos todos, vos y yo.

Es necesario volver a vivir la Pascua, la de Jesús y la nuestra. En eso andaremos este tiempo, escuchando las diferentes apariciones de Jesús Resucitado que nos regalan los Evangelios de cada día. Pero esas apariciones las tendremos que hacer nuestras.

Todos tendremos que preguntarnos: ¿Dónde me encontró una vez Jesús Resucitado en mi historia? ¿Te acordás cuál fue tu Galilea? ¿Dónde lo encuentro a Jesús hoy, concretamente? ¿Cuál es tu Galilea hoy, tu lugar de encuentro?

¡Feliz Pascua de Resurrección! Felices pascuas para todos los que día a día intentamos reconocer y escuchar a Jesús vivo y presente en su Palabra, en su Palabra escrita, que se difunde por estos audios y por tantos otros modos por todo el mundo.

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre Misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

Miércoles Santo

Miércoles Santo

By administrador on 31 marzo, 2021

Mateo 26, 14-25

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.

El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?».

Él respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: “El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.

Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará».

Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?».

Él respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».

Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, Maestro?»

«Tú lo has dicho», le respondió Jesús.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando uno se quiere «salvar a sí mismo», lo que en el fondo termina haciendo es privarle a los otros del amor de uno mismo, de la salvación que llega por medio del amor. Jesús hizo todo lo contrario, no se dejó vencer por esa gran «atracción» de hacer «la suya» y prefirió entregarse por todos. Si él se hubiera «salvado a sí mismo», no nos habría amado hasta el final, no nos habría salvado a nosotros, no se hubiese entregado hasta la locura, y eso no nos tocaría el corazón. ¡Qué distinto sería!, ¿no? Porque vivimos en un mundo en el que, generalmente, todos «quieren salvarse a sí mismos» y eso termina conduciendo al «sálvese quien pueda». Todos queremos «salvar» nuestro pellejo, como se dice, nuestro prestigio, nuestra buena fama, nuestros puestos. Y como nadie quiere ceder nada, la vida en sociedad termina siendo una especie de «cinchada», de puja para ver quién tira más fuerte; y como siempre, los más débiles terminan perdiendo. La ley del amor no es la ley del más fuerte, sino es la ley de la entrega por el otro, dando vida, dignificándonos mutuamente por medio del amor. No entremos en la lógica de luchar para «salvarnos a nosotros mismos», olvidándonos de los demás; hace mucho mal, termina desgastando, termina atrofiando el corazón. No es lo que nos enseñó Jesús.

Algo de los Evangelios de este día por ahí te están sorprendiendo con la figura de Judas, pero te invito a que nos sorprendamos más y nos maravillemos mucho más con el amor del corazón de Jesús. Judas existió. Judas hubo, hay y habrá siempre. Judas también somos nosotros, vos y yo, cuando con nuestras traiciones grandes o pequeñas no hacemos la voluntad de Dios. Aunque a veces nos cueste aceptarlo, no podemos lavarnos las manos como lo hará Pilato el Viernes Santo; somos parte de esta humanidad caída, pecadora y traicionera, que se deja comprar muchas veces por algunas monedas, por poco o por nada. Pedro también prometió y no cumplió finalmente.

¿Cuántas veces nosotros prometimos todo y nos chocamos con nuestra propia debilidad en la primera esquina? La vida, nuestra vida de fe muchas veces es así. Por un lado, o, mejor dicho, al mismo tiempo, el deseo de amar, la entrega diaria, silenciosa, sacrificada, generosa; la presencia del Reino de Dios, de Jesús entre nosotros; miles de lugares donde Jesús se sigue entregando por medio de tantas personas que dan la vida. Pero también, y a un ritmo diferente, la presencia del Mal, de personas que se dedican a hacer maldades, injusticias, traiciones, personas que se venden por dinero, guerras, muertes y tantas cosas más, y por qué no nuestras propias traiciones, infidelidades al amor de Jesús, infidelidades a nuestra vocación, a nuestros seres queridos, y tantas cosas más. Es el drama de esta humanidad en la cual Jesús quiso meterse, el drama del corazón humano incapaz de amar a veces y de doblegarse ante tanto amor. Por eso Jesús se metió, para vencer el odio desde adentro, para enfrentarlo no con las mismas armas que nosotros, sino con las armas de un amor extremadamente paciente y misericordioso, que va penetrando en el corazón de aquellos que están cerrados.

¿Qué otro milagro de paciencia pudo haber hecho Jesús que esperar hasta el final a este supuesto amigo que lo terminó traicionando por dinero? ¡Qué enseñanza nos deja Jesús a todos y, en especial, a los que tenemos el cuidado y guía de personas, de corazones! Paciencia extrema sin esperar nada a cambio, esa es la fórmula. Eso también tenemos que hacer nosotros con nuestros hijos, con los alumnos, con nuestros amigos.

Lo que parece un fracaso ante los ojos poco profundos de este mundo, como, por ejemplo, el más bueno de todos traicionado por un tonto ambicioso, es ante nosotros el éxito del amor misericordioso de Dios, que respeta la libertad de sus hijos y que nos enseña cómo debemos actuar también. Apostar siempre, siempre hasta el final. Siempre puede haber una luz al final del túnel. Todo ser humano tiene la capacidad de amar y de convertirse, nunca hay que rendirse.

Solo el amor puro y sincero puede cambiar a las personas más alejadas y renegadas, más reacias al amor. Sin embargo, hay algo que no hay que olvidar. Incluso haciendo todo lo posible, siempre hay que dejar la puerta abierta a la posibilidad del rechazo, del olvido y de la traición, no porque nos guste, sino porque puede pasar. Si a Jesús le pasó, ¿por qué pensás que no nos puede pasar a nosotros?

No nos cansemos de hacer el bien y de buscar el bien de los demás. Elijamos a los menos amados y menos amables para hacerles sentir el amor de un Dios que no se cansa de amar y esperar hasta el final. Jesús hizo y hace lo mismo con cada uno de nosotros, él no quiso jugar a la «cinchada», eso es lo que nos tiene que maravillar. Alguna vez fuimos Judas, otras veces fuimos Pedro. ¿Por qué entonces no animarnos a empezar de una vez por todas a ser como Jesús, que sabe amar, esperar y apostar siempre a la bondad de nuestros corazones?

Que tengamos un buen día y que la bendición de Dios, que es Padre Misericordioso, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre nuestros corazones y permanezca para siempre.

III Miércoles de Cuaresma

III Miércoles de Cuaresma

By administrador on 10 marzo, 2021

Mateo 5, 17-19

Jesús dijo a sus discípulos:

«No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.

El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos».

Palabra del Señor

Comentario

Si supiéramos lo que nos perdemos cuando nuestra relación con Dios se basa en un «comercio», creo que nos espantaríamos. Todo comercio se basa en una transacción, en la que se entrega algo para recibir otra cosa a cambio y solo se da si se recibe algo como remuneración; esto es básico, no hace falta explicarlo demasiado. Si Jesús echó a los vendedores del templo, no fue solo por algo contra ellos, sino también contra los que compraban animales para darle algo a Dios –y podríamos agregar algo más–, contra los que permitían que se dé ese comercio. Esa es la cuestión.

A Dios no tenemos que darle cosas, sino que tenemos que darnos nosotros mismos. Esa es la enseñanza profunda. A nuestro Padre no le interesa tanto «lo que le damos», sino por qué lo damos, con cuánto corazón lo damos. Podemos darle todos nuestros bienes, podemos darle todo nuestro tiempo, pero si no le damos el corazón gratuitamente, sin esperar algo a cambio, de la misma manera que él lo hace con nosotros, en el fondo no le estaremos dando nada. Por eso Jesús se indigna con el «comercio» religioso de nuestro templo-corazón.

¿Que nos enseñaron desde niños? ¿Qué nos siguen enseñando hoy? Creo que Jesús arma el «látigo» para echar a los vendedores de nuestro corazón, muchas más veces de las que imaginamos. No debemos juzgarnos entre nosotros, pero debemos reconocer que muchas veces nos paramos frente a Dios como unos simples comerciantes, y no nos damos cuenta que él quiere que seamos hijos. Incluso en la Iglesia, a veces, planteamos la fe como un «tome y traiga», «dé y se le dará», como una transacción y es ahí cuando la empobrecemos, cuando la vaciamos de su verdadero contenido, de lo más profundo, de la gratuidad del amor que no se compra ni se vende y que Jesús nos enseñó de esta manera en el Evangelio del domingo.

Hay dones, absolutamente gratuitos de Dios, que a veces no terminamos de reconocer y valorar. ¿Sabés cuáles son? Los mandamientos. ¿Cómo? ¿Los mandamientos? Sí, para la Palabra de Dios, los mandatos de él siempre fueron un don, un regalo, una guía. Todo lo que nos han enseñado que no colabora a pensar así, es un error y es un desvío. Los mandamientos son un don de Dios para nuestra vida, son faros de luz en nuestros corazones, para indicarnos qué es lo mejor, para vos, para mí, para tus hijos. Así es como hay que enseñarlos. Si en algún momento de nuestra vida de fe nos invadió la ilusión de que Jesús vino a la tierra para liberarnos de la necesidad de vivir los mandamientos, Algo del Evangelio de hoy nos rompe un poco los esquemas: «No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. No piensen eso –no piensen así, diríamos nosotros–. No piensen tampoco que es tan fácil. No sean extremistas, no se vayan a los extremos. Al contrario, no vine a desecharlos, sino a enseñarles a vivir la Ley».

En realidad, Jesús como el Hijo del Padre vino a liberarnos de la esclavitud del cumplimiento de la ley pero sin corazón, del cumplimiento vacío de amor, del cumplimiento que busca calmar una culpa, la conciencia, del cumplimiento que no mira el corazón de Dios sino el propio corazón; de una relación con Dios finalmente comercial. Si ya desde el mismo Evangelio aparecen estas palabras de Jesús, quiere decir que siempre existe ese peligro de que ante la novedad queramos a veces desechar lo anterior como ya superado. Es la gran tentación: caer en los extremos. Cumplir sin corazón o dejar de cumplir pensando que ya soy libre plenamente. No, mejor cumplirlos con amor; las dos cosas, vivirlos con amor. Los mandamientos, la Ley de Dios del Antiguo Testamento, no es para desecharla, sino para superarla, para vivirla como Jesús nos enseña. Por eso, san Pablo, sintetizando esta idea, nos dirá: «Amar es cumplir la ley entera».

Si no agregamos la sal del amor a nuestras obras, lo que hacemos finalmente no es nada, no somos cristianos; somos cumplidores de una ley.

Si dejamos de cumplir los mandamientos, incluso vanagloriándonos con la excusa del amor, en realidad no estamos amando, no estamos viviendo la ley de Dios. La sal da sabor y desaparece entre la comida, no se ve. El amor al Padre debe ser la sal escondida de nuestras obras, de nuestro modo de ser, de nuestro ser Hijos de Dios, que le da sentido al vivir los mandamientos. Ese es el verdadero desafío de nuestra vida de fe. Liberarnos de vivir una relación con Dios que se basa en el miedo, en el cumplir por cumplir, en el cumplir porque me lo dijeron, en el cumplir porque me conviene, en el cumplir porque así seré más bueno, en el cumplir para quedarme tranquilo. Y al mismo tiempo corregirnos si pensamos que «liberarse» de los mandamientos, es no escuchar los mandamientos o es desechar los mandamientos, como si fueran normas que «ya no van», que «ya no sirven», que hay que adecuar y cambiar. Los dos extremos siempre hacen mal, son un engaño y se tocan entre ellos.

Pidámosle hoy a Jesús, el Hijo, que nos enseña a vivir como hijos libres, a que el amor sincero sea el que nos impulse a no tirar los mandamientos por el balcón, creyendo que ya pasaron de moda, pero que al mismo tiempo nos ayude a vivir como él lo vivió, sabiendo que el amor debe regir nuestra vida, amando de verdad, salando nuestras obras con ese condimento que nos da la verdadera libertad. Pidámosle hoy al Señor que nos dé de beber, que nos dé de su agua, esa agua que nos calma la sed del corazón.

III Martes de Cuaresma

III Martes de Cuaresma

By administrador on 9 marzo, 2021

Mateo 18, 21-35

Se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda. Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes”. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda”. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?” E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».

Palabra del Señor

Comentario

Eso de «comerciar» es algo que de algún modo llevamos impregnado en el corazón. Esa es la gran debilidad de todo hombre que, para conseguir lo que desea, es capaz de pagar hasta lo que no tiene. Es lógico, o por lo menos es la lógica de este mundo herido por el pecado, de este mundo que no nos «regala» nada, sino todo lo contrario, nos cobra todo, siempre nos pasa «la factura o la boleta», como decimos. Además, vivimos entre ofertas de todo tipo; en cierto sentido engañados para que siempre tengamos deseos de comerciar, comprar. Con las cosas de Dios no puede pasar lo mismo, por eso si hay algo que a Jesús le indignaba y le indigna, es cuando hacemos de nuestros templos-corazón una «casa de comercio», olvidándonos que en realidad deben ser «casas de oración», casas de diálogo, de amor, en donde el comercio no debería tener lugar.

La lógica del amor no es la lógica del comercio, en donde siempre hay que dar algo para obtener otra cosa; todo lo contrario, es la lógica de la gratuidad, que se ve arruinada cuando entra el «comercio». Dios no necesita que le demos para darnos. Nosotros no necesitamos darle a Dios para que nos dé, sino que deberíamos darle simplemente porque nos ama, por amor. Es un tema lindo para continuar, porque toca las fibras más profundas de nuestra fe, de nuestra manera de relacionarnos con nuestro Padre, y a veces eso nos cuesta muchísimo o nos da un poco de miedo.

Hoy no podemos dejar de repasar Algo del Evangelio, no es uno más. Es un canto a la bondad y misericordia de un Dios Padre y, por otro lado, es un cachetazo, por decirlo así, a nuestra desfachatez de a veces exigirle a Dios lo que después nosotros no queremos vivir con los demás por olvidadizos. Nos muestra, como en un espejo, lo que somos capaces de hacer con los demás cuando nuestro corazón es comerciante y no amoroso.

La pregunta de Pedro es necesaria para todos, es buena hacérsela uno mismo. ¿Tenemos que perdonar siempre?: en definitiva, eso pregunta Pedro. ¿Puede tener un límite nuestro perdón? ¿Hasta dónde hay que dar? ¿O será como dicen algunos por ahí: «Eso solo lo perdona Dios», «eso es imperdonable»; o también la otra: «Yo no soy quien para perdonar»? ¿Escuchaste esas frases que andan dando vueltas por ahí, incluso por tu corazón y el mío? El perdón no es un comercio. Si somos «comerciantes» de corazón, difícilmente podremos perdonar de corazón.

La parábola de Jesús tira por la borda todo tipo de comercio en el amor. Utiliza una comparación casi absurda, ridícula. Para simplificarlo sería algo así: el servidor que no perdona una deuda de unos centavos, se le había perdonado anteriormente una deuda de millones. A uno le sale decir, casi sin pensar: «¡Qué espanto!, yo jamás haría una cosa así». En realidad, te diría, o por lo menos lo pienso así, Jesús nos está diciendo a todos: «Eso hacen ustedes cuando no quieren perdonar a alguien. Es lo mismo que los espanta, eso mismo hacen ustedes». No estar dispuesto a perdonar es comportarse como este servidor olvidadizo, por lo menos no estar dispuesto. Es verdad que es difícil perdonar algunas cosas, pero por lo menos hay que estar dispuestos. Porque es tan infinita la distancia entre lo que nos perdonó Dios y nos perdonará a lo largo de la vida, que no llegamos a comprenderla, nos olvidamos de que Dios no comercia con nosotros, que nos da todo antes de que lo merezcamos. Y por eso somos capaces de hacer esa ridiculez tan grande y absurda, porque no nos damos cuenta de lo que se nos perdonó.

Cuando no perdonamos, sin darnos cuenta estamos tomando «del cuello a alguien hasta ahogarlo», con tal de que nos devuelva lo que nos quitó: la fama, la paz, la dignidad y tantas cosas más. La falta de perdón es la medida de nuestro pobre amor, es la medida de nuestra incapacidad de darnos cuenta lo que Dios ya nos perdonó aun antes de que hubiéramos nacido, de que Dios no es comerciante como nosotros. Por eso solo el que se siente perdonado profundamente, es capaz de perdonar todo y siempre.

Solo el que reconoce el don de Dios, es capaz de no negar un don a otro, de no andar «vendiendo o comprando» el perdón. Pensemos en esta situación que se entiende con la razón, pero no siempre con el corazón. Dios ama plenamente, por eso perdona plenamente. Nosotros amamos poco y por eso perdonamos poco y ahogamos a los demás. ¿Qué podemos hacer? Reconocernos perdonados y amados por Dios Padre, sin nada a cambio, y desde ahí, desear hacer lo mismo con los demás. Si todavía no nos pasa, será porque tenemos que pedirlo con más fe, con más corazón, o será porque el «comercio» se metió en nuestro corazón.

II Viernes de Cuaresma

II Viernes de Cuaresma

By administrador on 5 marzo, 2021

Mateo 21, 33-43, 45-46

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo.” Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia.” Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?»

Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo».

Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?

Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

Palabra del Señor

Comentario

Todos queremos vivir momentos únicos –como se dice–, momentos en los que podamos decir, como Pedro: «¡Qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas. Quedémonos a vivir para siempre». Es lógico, es el gran deseo de felicidad y de paz y de deseo de paz que llevamos en nuestro ADN «espiritual» y humano que nos impulsa a desear siempre el «estar bien». Al fin y al cabo, fuimos creados por Dios y para Dios y nuestro corazón solo encuentra paz en él. Es por eso que cuando vivimos una «transfiguración» en nuestra vida (recordá, acordate de la buena memoria), cuando vivimos un momento espiritual fuerte, un instante de amor en donde parece que el cielo baja a la tierra, lo que deseamos es «eternizarlo», queremos que dure para siempre. ¿Quién no desea eso? Sin embargo, la respuesta de Dios Padre en el Evangelio del domingo –recordá– fue: «Este es mi Hijo muy amado, escúchenlo». Dios no nos miente; acordate, jamás. No nos atrae con mentiras o falsas promesas como para que «caigamos en su trampa», como para que nos ilusionemos con una vida terrenal ideal, de perfección, de plena felicidad, sino que nos invita a aprender a escuchar para dejarnos guiar, para reconocer en cada rincón de este mundo la presencia de Jesús de una manera u otra. Siempre nos habla para que podamos sentirnos amados por él.

En Algo del Evangelio de hoy, con esta parábola, Jesús hace, por decirlo así, un resumen de la historia de la salvación, de la historia de un Padre que ama a su creatura y por amarla le da todo, esperando alguna respuesta, algo a cambio, podríamos decir. Y no solo le dio signos y cosas que se manifestaron y para que se den cuenta de su amor, sino que, no conforme con eso, terminó enviando a su propio Hijo. Dios mismo se hizo presente para que el hombre terminara de darse cuenta.

Escuchaba el otro día una entrevista a un roquero, de esos que tocan rock pesado o cosas muy buenas pero que decía de una manera muy despectiva: «Mira si Dios va a enviar a su Hijo a este mundo para salvarnos a nosotros que somos una porquería, cualquier cosa». Un poco triste ese modo de pensar, pero la verdad que, si nos ponemos a pensar seriamente, es muy loco que Dios haya hecho eso, que Dios haya enviado a su propio Hijo a pesar de todo.

¿Y qué pasó? Lo que escuchaste. Lo mataron para quedarse con la herencia: eso es lo que celebraremos en la Pascua, con su muerte y resurrección. El hombre se adueñó o quiso adueñarse de lo que es de Dios. Ese es nuestro mayor pecado. Es el peor pecado que atraviesa toda la historia, la historia grande del mundo y la historia chiquita de cada uno de nosotros. Dios Padre que nos busca y nosotros que no respetamos sus signos y enviados, los de cada día, sino que tantas veces los echamos de nuestra vida, los apedreamos para seguir en la nuestra, para hacer lo que queremos. Esta historia se repite una y otra vez cuando no dejamos entrar a Jesús a recoger los frutos que le corresponden.

Por otro lado, tenemos que tomar conciencia que nosotros estamos viviendo la mejor parte de la historia de la humanidad, ¡no nos podemos quejar! Si nos quejamos, quiere decir que todavía no entendimos. Muchos quisieron estar y vivir lo que nosotros estamos viviendo. Ya conocemos el final de la película, de la historia, que tarde o temprano va a suceder. Jesús fue rechazado, es verdad, pero ganó en el silencio de la Resurrección y se quedó para siempre con nosotros esperando también recoger hoy los frutos de tanto amor. El rechazo de los hombres de ese tiempo y de nosotros se transformó en el mayor triunfo de un Dios bastante particular, que hizo y hace lo inimaginable.

En lo concreto, para no complicar las cosas, tratémonos de dar cuenta que en cada cosa que nos pasa en el día no podemos negarle a Dios lo que le corresponde. No podemos negarle al Padre Dios lo que es suyo. Todo es por él, de él y para él: tu corazón y el mío.

Y en la historia de este día concreto –del que nos toca vivir ahora–, hay que dejarse encontrar por el que nos busca, no rechazar sus enviados, tantos signos de cada día, y para eso hay que estar atentos a cada detalle del día sin dejarnos abrumar por el trabajo cotidiano.

¡Que no nos pase lo del rico de la parábola de ayer!: que se adueñó de los bienes que había recibido y no supo compartirlos. Después, ya no habrá tiempo. Una vez que nos toque partir de este mundo, ya no habrá tiempo. Una vez que venga el que va a cosechar y recoger los frutos –al final de los tiempos–, ya no habrá tiempo.

El tiempo es ahora. Ahora tenemos que amar, ahora tenemos que mirar a ese que pasamos de largo, ahora tenemos que ir a perdonar al que no quisimos perdonar, ahora es cuando tenemos que ir a hablarle a ese abuelo o abuela, a ese tío, primo o hermano con el que no hablamos hace tanto tiempo. Es ahora, es hoy. Aprovechemos este día para que Jesús se haga presente en nuestra vida y con su amor nos ayude a descubrir el amor que a veces tenemos guardado y no queremos entregar.

II Miércoles de Cuaresma

II Miércoles de Cuaresma

By administrador on 3 marzo, 2021

Mateo 20, 17-28

Cuando Jesús se dispuso a subir a Jerusalén, llevó consigo sólo a los Doce, y en el camino les dijo: «Ahora subimos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Ellos lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que sea maltratado, azotado y crucificado, pero al tercer día resucitará».

Entonces la madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo.

«¿Qué quieres?», le preguntó Jesús.

Ella le dijo: «Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».

«No saben lo que piden», respondió Jesús. «¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?»

«Podemos», le respondieron.

Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre».

Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».

Palabra del Señor

Comentario

No es bueno perder la memoria de las cosas lindas de la vida y de la fe, la memoria de las cosas que nos hicieron bien, las cosas buenas que nos pasaron y nos pasan en la vida. ¿Te acordás que el domingo hablábamos de eso, de las transfiguraciones, de las manifestaciones de Jesús en nuestras vidas? Cuando perdemos la memoria o cuando nos acordamos mal o selectivamente, el corazón se nos «atrofia» de alguna manera y no se transforma, no se «transfigura» como Jesús quiere. Por eso la Cuaresma es también un tiempo de ejercer la buena memoria, recuperar la memoria de la fe, la memoria que nos ayuda a no dudar cuando en el presente todo parece «tambalear», todo se quiere «desmoronar». Cuando perdemos la memoria de lo que realmente somos, de lo que realmente Jesús hizo por nosotros, terminamos cayendo en lo mismo que todo el mundo, terminamos «pisando el palito» –como se dice– de la soberbia, que siempre quiere aflorar en nuestro corazón haciéndonos creer más de lo que somos o menos de lo que somos.

¿Qué crees que les pasó a los discípulos en el relato de hoy? Algo del Evangelio de hoy nos muestra claramente que «perdieron la memoria» y, al olvidarse de lo que Jesús les había dicho unos segundos antes, cuando les anticipó que iba a ser entregado, maltratado y crucificado, se dejaron «enfermar» por su ego, por su yo –que les decía seguramente otra cosa–, por su soberbia –que ambicionaba un lugar sin importar lo que Jesús les estaba enseñando–. Jesús habla un idioma, podríamos decir, y los discípulos otro, mucho más llano. Jesús habla el idioma del amor, de la entrega y ellos el idioma del yo, del egoísmo, del narcisismo. Y una cosa lleva a la otra: la ambición se alimenta de pequeñas ambiciones, suma de ambiciosos y sus ambiciones, y termina generando broncas en otros ambiciosos. Bueno, un pequeño trabalenguas que me salió. Parece gracioso, pero es así.

La escena de hoy es una película de lo que pasa cada día en cada lugar, en tantos corazones que se olvidan del amor de Dios y solo piensan en su lugar, en su «quintita», en su poder, en su puesto, en su prestigio, en salvarse solos. ¡Cuidado!, no solo fuera de la Iglesia, sino también en ella. La madre de Juan y Santiago ambiciona un lugar para sus hijos, queriendo realizarse ella por medio de ellos, seguramente (como pasa tantas veces); Juan y Santiago ambicionan lo que ambiciona su madre y los otros diez se enojan porque, en el fondo, ambicionan lo que ambicionan los otros dos. ¿Te das cuenta de la locura –por decirlo de algún modo–, la enfermedad de la soberbia? La ambición y la soberbia, en todos sus matices y colores, nos enferman; así, literalmente. Nos vamos enfermando en el corazón y algún día nos enferma el cuerpo incluso, nos pasa factura, como se dice. ¿Cuándo vamos a comprender esto que Jesús nos enseña hoy a todos? «Entre ustedes no debe suceder así». Jesús sabe que esto pasa, pero nos vuelve a decir: «Entre ustedes no debe suceder así». No podemos hacer en la Iglesia lo mismo que se hace afuera, lo mismo que hace todo el mundo, lo mismo que pretende hacer nuestro corazón olvidándose del otro. ¡No podemos!, porque hace mal, nos enferma a todos.

¿Nos damos cuenta a veces lo que ambicionamos? ¿Nos olvidamos que aquel al que seguimos vino a servir, pero a servir con amor? Eso es lo que no nos tenemos que olvidar nunca para evitar «pisar el palito» de la ambición y soberbia de nuestro corazón que es capaz de olvidarse de todo en segundos, en minutos, por un lugar, por un simple y deseable lugar de poder, tanto en la Iglesia como fuera de ella.

Que nuestro corazón no ambicione otra cosa que amar, que amar con libertad, sin poder sobre los otros, sin manipular a nadie. Podemos. Podemos decir con los discípulos, tal vez un poco ingenuos e inconscientes: «Podemos, podemos “beber el cáliz”. Podemos vivir tu misma vida, Jesús, no buscando sobresalir por sobre los otros por ambición, sino solo por amor». Como dice san Pablo: «Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo». Nada más que eso.

II Martes de Cuaresma

II Martes de Cuaresma

By administrador on 2 marzo, 2021

Mateo 23, 1-12

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:

«Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.

Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.

Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado».

Palabra del Señor

Comentario

No todo es desierto en la vida –decíamos–, gracias a las delicadezas de Dios. Tenemos muchos momentos de consuelo y paz que nos hacen revivir: esas serían lo que llamamos «las transfiguraciones». Son experiencias de Dios con nosotros, que Dios quiere tener con nosotros y que tuvo con nosotros, que nos deberían ayudar a levantarnos en los momentos donde no se siente nada del amor y parece que no vale la pena. No quiere decir que debemos vivir de rentas, como se dice, o sea, de lo recibido alguna vez por lo que invertimos, pero es verdad que a veces es necesario refrescar lo viejo, refrescar la memoria cuando «la cosa» se pone difícil.
Hay una frase popular que expresa una verdad, aunque no sea del todo verdad: «Dios aprieta, pero no ahorca». La verdad que no me gusta tanto, porque es una locura pensar que Dios hace lo que en realidad hacemos nosotros. Como que Dios está viendo ahí a ver a quién aprieta, a quién hace sufrir hoy. Dios no aprieta nunca y, obviamente, jamás ahorca. Pero sí podemos decir que a veces parece que las pruebas de la vida nos aprietan, que nos están por ahorcar, pero si sabemos buscar ayuda, en realidad nunca caeremos en sus garras. En realidad es una frase popular que expresa la pobre imagen de Dios que tenemos.

Siempre hay oportunidades para volver a experimentar que Jesús está, que se nos manifiesta, que nos ama, que desea hacernos revivir con su amor, pero depende mucho de nosotros aprender a subir la «montaña» con él. La transfiguración de Jesús fue en una montaña, no fue en el llano. Signo de que Dios se muestra también cuando sabemos apartarnos de lo cotidiano, cuando caminamos con él y sabemos esperar y confiar.

Con respecto a Algo del Evangelio de hoy, es uno de esos días con frases bastantes lapidarias, especialmente para los que estamos con alguna responsabilidad dentro de la Iglesia. Es un llamado de atención para los que enseñamos la fe, pero también para los que la reciben. La soberbia del corazón se mete en cualquier corazón. No conoce fronteras ni puestos ni clases sociales y tenemos que aprender a percibirla, tanto en nuestro corazón para expulsarla como en el de los otros para evitar que nos haga mal.

Me pregunto: ¿Es posible que a veces la soberbia tenga tanta fuerza y que vivamos como si fuéramos los centros de este mundo? ¿Es posible que en realidad siendo tan poca cosa nos la creamos tanto? Vos dirás: «Bueno… no es para tanto, padre. No somos tan soberbios todos». Es bueno que cada uno se deje interpelar por las palabras de Jesús, las de hoy especialmente. La soberbia toma mil colores y tonos según la personalidad y la experiencia de vida de cada uno, y justamente el peor mal de la soberbia es que a veces no se ve a simple vista. Solo una luz desde afuera puede ayudarnos a iluminar nuestro corazón y hacernos dar cuenta lo centrado en nosotros mismos que estamos y cuánto nos enferma eso. No solo puede ser soberbio el engreído exteriormente, el que se lleva por delante todo, sino también puede ser soberbio el apocado y silencioso. La soberbia no es una cuestión de carácter fuerte, algo externo, sino que es algo que está muy arraigado en nuestro corazón.

Dije que la soberbia toma mil colores; ahora, en la Palabra de hoy, las palabras de Jesús son muy fuertes, especialmente hacia los que tenían una función en el pueblo de Israel, y sin miedo tenemos que trasladarlas al Pueblo de la Iglesia, específicamente a los ministros, a los que deben servir a otros. Cuando la soberbia ataca a los ministros de la Iglesia (obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados), aquellos que tienen funciones de guiar al Pueblo de Dios, ataca a la cabeza, y si la cabeza es soberbia, el Cuerpo se va enfermando también de este virus a veces muy imperceptible. También pasa en cualquier grupo, en cualquier comunidad. Sé que suena muy duro, pero creo que no hay que tener miedo en decirlo, especialmente nosotros los sacerdotes (me incluyo), de decir las cosas como son pero con amor.

Cuando la soberbia se entremezcla con un cargo, con una posición eclesial, con una cuestión de poder, se puede transformar en una bomba de tiempo. «Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado». Estas palabras de Jesús, todos los sacerdotes deberíamos grabarlas en el corazón y ponerlas en nuestras «oficinas», escritorios, pero principalmente vivirlas y no escaparle al cambio si tenemos que hacerlo.

El problema no es solo del que manipula consciente o inconscientemente con su poder o del que le gusta el poder, sino también del que se deja manipular y le da más poder al que lo tiene. Muchas veces «la culpa –como se dice– no es sola del chancho, sino del que le da de comer». La soberbia se retroalimenta y no se extirpa del corazón hasta que Jesús no nos abre los ojos y nos ayuda a darnos cuenta cuánto tiempo perdimos por andar enfermos pero sin síntomas, asintomáticos, como se dice.

No vamos a ser creíbles como Iglesia si no somos humildes. Sin verdadera humildad no hay evangelización profunda, no hay testimonio posible, duradero y eficaz. Sencillamente porque el que nos salvó, no se la creyó. Y si él no se la «creyó», ¿qué nos queda a nosotros?
Recemos hoy por los sacerdotes. Reza por mí, reza por los que tenés cerca, por aquellos que no se dan cuenta de su soberbia. Recemos por todos los que le toca servir, por aquellos que Dios eligió para ser humildes y, a veces, no lo son. Todos lo necesitamos.

I Sábado de cuaresma

I Sábado de cuaresma

By administrador on 27 febrero, 2021

Mateo 5, 43-48

Jesús dijo a sus discípulos:

«Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?

Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo».

Palabra del Señor

Comentario

En la medida que vamos creciendo en la fe, que vamos asimilando que el ser discípulo de Jesús más que «hacer muchas cosas por él», es ir dejando que él las haga en nosotros, vamos descubriendo que en realidad la prueba más grande que vivimos cada día es el amor, es la de entregarse sin medida por los otros, hacia los otros. Cuando nos disponemos a amar a Dios con toda nuestra alma y al prójimo como Jesús nos enseñó, entramos de algún modo en un desierto lindo, porque en realidad está plagado de oasis que nos confortan siempre. La vida del amor, la de la gracia es desierto, en el sentido de que es difícil, porque no es el camino que nos propone el egoísmo, la facilidad y la pereza de este mundo; pero es un camino lleno de manantiales ocultos que nos calman la sed cuando parece que nada tiene sentido.

Y, por el contrario, el que vive sin entregarse, sin amar de verdad, creyendo que la vida es eso, solo una fiesta de egoísmo y de búsquedas personales, en el fondo se quedará vacío. Por eso las pruebas, las tentaciones, los sufrimientos terminan siendo oportunidades para amar, para entregarse más y vivir la vida como debe vivirse (amando). Es ahí en donde encuentran sentido las pruebas, es ahí donde comprendemos que vale la pena vivir amando y no vale la pena vivir para uno mismo. Por eso, benditas pruebas, benditas tentaciones que nos ayudan a salir de nosotros mismos para reconocer que la vida es mucho más linda de lo que creemos cuando nos entregamos, da muchas más alegrías de las que imaginamos cuando amamos como él nos enseña.

Hoy, sábado, terminamos la primera semana de Cuaresma, llenos de recomendaciones, aparentemente llenos de cosas por hacer, de palabras por vivir y cumplir. Una semana en la que los evangelios nos sacudieron de lado a lado y, de yapa, como se dice, terminamos escuchando una de las páginas más difíciles de comprender y de vivir del Nuevo Testamento; no solo por esto, porque es difícil de comprender, sino porque también es difícil de llevarlo a la práctica. Por eso, te propongo que antes de pensar, calcular y recalcular (como hace el GPS) lo que tenemos que hacer, lo que deberíamos hacer o lo que hemos dejado de hacer, es finalmente dar gracias a Jesús por estos días de regalo. Demos gracias a Jesús porque día a día, más allá de nuestras debilidades, estamos haciendo lo posible para escucharlo, a veces mejor, otras veces no tanto, algunas ni siquiera escuchamos; pero lo importante es volver a empezar siempre, volver a levantarse y desear como alguna vez lo deseamos. Dar gracias es fundamental para no caer en un cristianismo vacío de contenido, para no caer en el fariseísmo del cumplimiento, de la conciencia anestesiada por la tranquilidad de ser relativamente buenos.

Evidentemente, después de escuchar Algo del Evangelio de hoy, no alcanza con ser relativamente buenos. Acordate la frase de ayer: «Les aseguro que, si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos». Les aseguro que, si ustedes creen y piensan que con ser buenos, con no matar a nadie, no robar (como dicen algunas personas: «Padre, yo no mato, ni robo») alcanza para ser hijo, están equivocados. Jesús vino a hacernos hijos de Dios, no esclavos, como decíamos ayer. Si querés llegar a la vida eterna, si querés llegar a lo que nosotros llamamos «Cielo», al encuentro con el Dios vivo, cara a cara, es verdad que alcanza con que cumplas los mandamientos; es verdad que con no matar y robar casi que tenemos como el pase asegurado, por decirlo de algún modo; es verdad que sin hacerle mal a nadie tenemos un nichito en el cielo comprado, dicho simbólicamente. Pero… ¿Y mientras tanto? Mientras tanto, te perdés, nos perdemos de vivir como hijos, nos perdemos en vivir calculando a veces, nos perdemos de ser cristianos en serio.

No entrar en el Reino de los Cielos equivale a perderse desde hoy la posibilidad de dar más, perderse la alegría de amar, no solo a los que nos aman y nos tratan bien, sino incluso a los que no son muy amables, a los que son un poco desagradables, a los que nos critican, a los que nos molestan, a los que son un poco insoportables, a los que nos hacen el mal sin razón; en definitiva, a los que «naturalmente», digamos así, no nos sale amar. Esta es la propuesta del evangelio, no es la obligación; es la propuesta de algo más, de algo mucho más profundo, de algo más grande y mejor. Es el empuje de algo que no podríamos hacer si no fuera porque Jesús lo hizo primero y porque nos da esa fuerza. Naturalmente solos no se puede, sobrenaturalmente sí. Esa es la perfección de la que Jesús habla hoy. Ser perfectos entonces no significa no equivocarse y que nos brote un amor natural y espontáneo para todos, sin importar nada de sus vidas; ser un perfectito moralmente, que todo le sale bien, sino que ser perfecto evangelicamente es buscar y querer amar como ama el Padre, con el amor que proviene de él, con amor que viene de lo alto.

Sí se puede ser perfecto al modo del evangelio, es mentira que no se puede. Miles y millones de santos lo lograron con la gracia de lo alto. Mientras no queramos esto, mientras pensemos que la perfección del evangelio es para algunos, estaremos todavía viviendo como paganos, como no creyentes, viviremos como la mayoría del mundo, intentando ser buenos y evitando cruzarse con las personas que no son tan buenas como ellos dicen ser. Los enemigos, para nosotros, entonces serían todas aquellas personas que no nos sale amar así, espontáneamente. Jesús no pretende que seamos amigos de los molestos, de los poco amables o de los que nos hacen el mal; pretende que, por lo menos, no les quitemos el saludo, que recemos por ellos. Si empezamos a transitar este camino, empezaremos a sentir la alegría de ser hijos, de ser hermanos de todos, de vivir sin rencores, de vivir sin destruir, de construir siempre. Esto es ser perfecto, como el Padre del Cielo; esto es aprender a pasar las pruebas de la vida y salir fortalecidos.

I Viernes de cuaresma

I Viernes de cuaresma

By administrador on 26 febrero, 2021

Mateo 5, 20-26

Jesús dijo a sus discípulos:

«Les aseguro que, si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.

Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego.

Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda.

Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo».

Palabra del Señor

Comentario

¡Cuánto tenemos todavía para aprender de Jesús! ¡Cuánto tenemos para escuchar y seguir creciendo! Es una maravilla ir dándonos cuenta que el techo en realidad no tiene techo, es ilimitado. En realidad, el desafío es darnos cuenta que cuando se trata de amor, de amar a Dios y de dejarnos amar, no hay techo. Porque en definitiva el techo es la humildad, es reconocer que nuestro corazón es chiquito, nuestra cabeza también y jamás podemos decir que no tenemos más para escuchar y aprender.

Hablando una vez, me acuerdo, con una odontóloga y recordando las veces que me tocó ir a revisarme la boca y los dientes, me vino a la cabeza una imagen que nos puede ayudar. ¿Te diste cuenta que cuando estamos en el dentista y el que nos atiende nos habla, nosotros con la boca abierta y los aparatos que nos rodean no podemos hablar, solo nos queda escuchar o mover la cabeza para tratar de contestar? ¿No te pasa que te da un poco de impotencia eso de no poder, como se dice, «meter un bocado» para contestar? Bueno, algo así nos debería pasar al escuchar la Palabra de Dios cada día. Deberíamos quedarnos con la boca abierta, pero por el asombro, y deberíamos solamente escuchar para poder mejorar nuestro modo de alimentarnos de las cosas que nos rodean.

Ante las pruebas, el dolor, el desierto de cada día (retomando lo del domingo), cualquiera sea el que nos toque vivir, me parece que siempre es bueno tener esta actitud: el silencio y la escucha de lo que Dios tiene para enseñarnos. Dios nos habla, de algún modo, en las tentaciones y es en esos momentos en donde es mucho mejor escuchar que hablar. Jesús pasó su desierto, tanto el del comienzo de su vida como la prueba del sufrimiento en la Cruz, diciendo muy pocas palabras. Hay que callar, pero no para masticar bronca y largar la bocanada de enojo en otro momento, sino callar para poder decir lo justo y necesario, para poder aprender el nuevo camino que se nos presenta y que a veces no podemos ver por la ceguera que produce el dolor y el sufrimiento.

Vamos a Algo del Evangelio de hoy, a la primera frase que es la que abre el corazón a la compresión de lo que sigue, que de algún modo parece imposible. Es importantísimo muchas veces en la Palabra de Dios encontrar la frase, la palabra o el gesto de Jesús que abre a la interpretación de todo lo demás, como una llave, como una clave. Me parece que la de hoy es esta: «Les aseguro que, si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos». ¿Qué significa esta frase? Trataré de traducirla a un lenguaje sencillo, a nuestro modo de entender. Podríamos traducirla imaginando que Jesús nos dice esto mismo de muchas maneras, por ejemplo: «Les aseguro que, si ustedes piensan que ser cristianos, ser seguidores míos, discípulos, es cumplir una regla o muchas y con eso quedarse tranquilos, no disfrutarán del amor que vine a traer al mundo, que siempre desborda, que es abundante y que llena el alma y que no calcula. Les aseguro que, si ustedes se conforman únicamente con no hacerle mal a nadie y no ven más allá, y no piensan en cómo hacer el bien a los demás, se estarán perdiendo de lo mejor, que es el Reino de Dios, que es una relación de amor.

Les aseguro que el Reino de Dios no es solamente el momento o el estado al que llegaremos cuando partamos de este mundo, sino que es también la relación de amor que se puede dar ahora entre Dios Padre, su Hijo Jesús y entre nosotros, y por eso, cuando nos olvidamos de esto, nos estamos perdiendo una parte grande. Les aseguro que el fariseísmo, el vivir la fe como un simple cumplir, como un querer vivir solo para nosotros, para una satisfacción personal de estar “haciendo las cosas bien”, es algo mucho más común de lo que ustedes creen y que por eso vengo a enseñarles la verdadera libertad; vengo a enseñarles que, si no “dan un salto”, si no trascienden el cumplimiento, se van a perder lo mejor.

Les aseguro que, si creen que la santidad, la justicia, el cumplir la voluntad de Dios, el ser agradable a Dios Padre, es algo que van construyendo ustedes mismos, al ritmo de su propio esfuerzo, jamás disfrutarán de las alegría de ser salvados, de recibir gratis desde lo alto la fuerza para no solo cumplir los mandamientos a secas, sino que, además, ir mucho más allá, llegar a la alegría de no calcular, la alegría de amar no por una obligación, sino con libertad y con gozo interior».

Y, para terminar, te aseguro, ya sin hablar como si fuera Jesús, que esto hay que pedirlo. ¡Hay que pedir esta gracia!, si estamos estancados en una fe muerta, sin fuerzas, una fe que se quedó sin respiración porque no comprendió lo que significa ser cristiano, porque nos enseñaron mal o porque nunca lo comprendimos. Te aseguro que, si lo pedimos, el Padre nos lo dará. No te olvides de que, como hijos del Padre, jamás se nos negará aquello que pedimos y sirva para nuestra santidad. No te olvides de que, como hijos de Dios y hermanos de todos, jamás podemos despreciar a los otros, ni de obra, ni de palabra, ni de pensamiento, ni de omisión. Si todavía lo hacemos, querrá decir que todavía seguimos en esa religiosidad del cumplir, en la religiosidad de nuestro yoísmo, que le encanta conformarse con mirarse a sí mismo y estar tranquilo de conciencia porque «tan malo, en definitiva, no es».

I Jueves de cuaresma

I Jueves de cuaresma

By administrador on 25 febrero, 2021

Mateo 7, 7-12

Jesús dijo a sus discípulos:

«Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.

¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!

Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor

Comentario

Decía el Evangelio del domingo –tan sintético, tan conciso, pero tan profundo– que, «mientras Jesús estaba en el desierto, vivía entre las fieras y los ángeles le servían». Me gusta utilizar esta imagen de Jesús siendo servido por los ángeles y, al mismo tiempo, viviendo entre las fieras, como una imagen de lo que en realidad también es nuestra vida. Podríamos decir que nuestra vida también es un andar por el desierto, es una Cuaresma, que vamos caminando y nos va llevando hacia la tierra prometida, como le pasó al pueblo de Israel. Y en ese camino, en ese desierto, en ese lugar de prueba donde nos reconocemos, donde probamos nuestra fidelidad, vivimos entre las fieras. Jesús también dice –¿te acordás en otro pasaje del Evangelio?– que «los envió como ovejas en medio de lobos». El mundo, de algún modo, se transforma como una fiera ante nosotros, ante los que creemos, ante lo que queremos ser: luz y sal de este mundo que vive con tan poco sabor (el sabor del amor) y con tan poca luz (la luz de Jesús). Pero al mismo tiempo… Y la buena noticia es que los ángeles le servían. Los ángeles también nos sirven. Dios se sirve de un montón de personas, situaciones, de la misma Iglesia para ayudarnos a transitar este desierto tan difícil, tan doloroso a veces, para tantas personas de este mundo que no encuentran a veces un lugar de paz, su paz en el corazón. Por eso no nos desanimemos, los ángeles nos sirven aunque no los vemos. Aunque no los sentimos en este momento, te está sirviendo un ángel. La Palabra de Dios es un ángel para tu vida y para la mía. Siempre sirviéndonos para que encontremos el rumbo, para que hagamos la voluntad del Padre.

Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy. Imaginemos esta situación: que de golpe y casi como por un milagro, todos nos pongamos de acuerdo para hacerle al otro, a los demás, todo lo que soñamos que nos hagan a nosotros mismos. Se pueden dar muchas situaciones, pero resumiendo, podríamos casi asegurar que entre todos nos haríamos bien. Porque, en definitiva, en situaciones normales todos deseamos cosas buenas para nosotros mismos y por eso si le hacemos a los demás lo que deseamos que nos hagan a nosotros mismos, podríamos decir que casi sería un mundo ideal. Ahora… para eso deberíamos aprender a reconocer nuestros propios deseos, a reconocer lo que nos pasa, y así animarnos a hacerle lo mismo a los otros.

En general, criticamos de los demás, reprochamos a otros, cosas que deseamos o de las que adolecemos. «Dime qué críticas y te diré qué deseas», podría ser un dicho. Cuando criticamos mucho algo malo que alguien nos hizo, por contraste tenemos que descubrir que deseamos que nos hayan hecho lo contrario, que deseamos que nos hagan el bien. Esto es obvio. Es el alimento de nuestra alma porque todos queremos ser queridos, ser amados y por eso andamos por ahí, por este mundo, mendigando el amor de alguna manera, pidiéndolo, y a veces criticando a los que no nos aman como quisiéramos. Ahora…hoy y siempre Jesús quiere librarnos de meternos en esa calle sin salida, de esa actitud circular que no logra otra cosa que encerrarnos en nosotros mismos y no nos deja, finalmente, crecer. Vivir añorando que todos nos hagan lo que nosotros deseamos y mientras tanto perder el tiempo y no aprovecharlo para hacer lo mismo a los demás, es un callejón sin salida. Es una cuestión de sentido común. Si aprovecháramos ese tiempo que usamos en hablar de los demás, en entristecernos, para rezar y pensar en cómo hacer el bien a los otros, en cómo hacer para no devolver con la misma moneda, en cómo hacer e ingeniárnosla para no entrar en los juegos de venganzas que a veces nos atrapan… Bueno, si hiciéramos eso, no solo seríamos mucho más felices que ahora, sino que haríamos mucho más felices a los demás. Porque en definitiva ahí está la felicidad, en lograr la felicidad también de los otros.

La frase final del Evangelio de hoy es la regla de oro para ser un cristiano en serio, para vivir para los demás y no para nosotros mismos y también es la frase que nos ayuda a entender bien la primera parte del Evangelio. ¿Qué tenemos que pedir? ¿A quién tenemos que buscar y llamar? El peligro de interpretar mal estas palabras puede hacer que, en vez de ser palabras de aliento y consuelo, se puedan transformar en palabras de desazón y desconfianza. ¿Por qué digo esto? Porque…Te hago esta pregunta: ¿Todo lo que le pedimos al Padre él nos lo tiene que dar? ¿Tan fácil es todo? ¿A qué se refiere? Tenemos que reconocer que se refiere principalmente a lo que venimos comentando. Pedirle al Padre sin desfallecer, sin cansarnos, esperando siempre que nos abrirá, lo que necesitamos, pero para ser buenos hijos y por eso buenos hermanos. Pedirle todo aquello que nos ayude a hacerle a los demás lo que nos gusta que nos hagan. Nuestro Padre del Cielo es el primer gran interesado en que todos seamos buenos hermanos y por eso nos enseña, por medio de Jesús, qué tenemos que pedir, buscar y llamar. Pedir ser hijos en serio, pedir ser hermanos de todos, no cansarnos de buscar y llamar para que renazcan en nosotros los sentimientos de Jesús. El Padre jamás niega su Espíritu a quienes se lo piden y es su Espíritu el que nos hace hijos y hermanos.

Imaginemos hoy esta situación, por ejemplo: todos arrodillados mirando al cielo, todos pidiendo que podamos y nos salga del corazón la gracia y la fuerza para hacerle a alguien hoy lo que siempre deseamos que nos hagan. Imaginemos que esto es posible y que el Padre del Cielo nos dará esa fuerza, nos dará lo que necesitamos. Aprendamos a pedir lo esencial, lo necesario, lo que da vida. «Todo lo demás, vendrá por añadidura».