Book: Mateo

XIV Martes durante el año

XIV Martes durante el año

 

Mateo 9, 32-38

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a Jesús un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: «Jamás se vio nada igual en Israel.»

Pero los fariseos decían: «El expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios.»

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Palabra del Señor

Comentario

El domingo escuchábamos, además de esa linda alabanza de Jesús a su Padre, la invitación de Jesús a que aprendamos de él que es “paciente y humilde, manso de corazón”. ¿Será por algo que Jesús nos invitó a imitar estas virtudes tan difíciles de vivir? Ver, escuchar y contemplar a Jesús es para aprender, para tratar de imitarlo. Pero no para aprender como aprendemos matemática o historia, alguna ciencia de las que conocemos, sino para “prendernos” de lo que vemos, para hacerlo nuestro y vivirlo. Es la ciencia del corazón, del corazón de Dios. Jesús quiere que seamos como él, y esa invitación es única en los evangelios. ¿Por qué será, no?

¿Será porque el hombre siempre fue tan impaciente, como nos preguntábamos? ¿Será porque desde que es hombre es así, por la debilidad del pecado? ¿Será que además vivimos en la época de la impaciencia, del todo ya? Es una época especial, donde todo se aceleró y por lo tanto se aceleran nuestras ganas de que todo sea de inmediato. Es un gran caldo de cultivo para esa impaciencia con la que parece que nacemos desde niños. Mirá un niño y fíjate si tiene tanta paciencia para esperar lo que desea. ¿Será que el uso de la tecnología ha exacerbado nuestra cuota natural de impaciencia con la que nacemos? Segurísimo. Estoy convencido. Está incluso comprobado psicológicamente por estudios. Hoy vivimos mucho más acelerados que antes, especialmente en la ciudad. La velocidad que permite la tecnología y la posibilidad de estar “en muchos lugares al mismo tiempo”, exacerba nuestra ansiedad. La potencia, por decir así. Pensalo. Si tenés más de 30 años, pensá si tu vida no es bastante distinta con respecto a 10 o 15 años atrás. Ni mejor ni peor, eso evalualo vos, pero distinta.

Algo de esto decíamos ayer. Somos impacientes por naturaleza, por decirlo de alguna manera, y esto no es pesimismo, es realismo. Es como una marca registrada grabada en el interior de nuestro corazón. Nacimos débiles y tenemos que aceptarlo. Nuestros deseos, de todo tipo, quieren ser saciados. Deseamos saciar lo que deseamos – valga la redundancia – y cuando eso no se da en el tiempo y forma que pretendemos nos ponemos impacientes. Sufrimos, de alguna manera, y, como no nos gusta sufrir, es obvio, el sufrimiento que nos genera la espera nos conduce a los enojos de todo tipo y también a la tristeza por no haber alcanzado el bien que pretendíamos. Nos pasa esto con los bienes espirituales y materiales. Esta es simplificadamente la dinámica interior de nuestras impaciencias, que tiene nuestra raíz en la soberbia, en el ego. Por eso, hay que aprender a esperar. Hay que aprender a “sufrir” interiormente, sabiendo esperar lo que deseamos. Darle tiempo. Hay que aprender a desear y conducir nuestros deseos, contenerlos también. No todo deseo se puede satisfacer en cualquier momento. Enseñale eso a tus hijos con tu vida y con tus palabras, si es necesario, si no después nada los saciará. La Palabra de Dios nos enseña que la verdadera sabiduría está en el saber esperar, tener paciencia, dejar que el tiempo nos muestre los caminos que parecen cerrados, saber dar tiempo a lo que parece intrincado, saber gustar de las cosas con tiempo, no pretender todo de golpe y ya, saborear la vida de a poco, no empacharse de tantas cosas que no nos dejan disfrutar del hoy y de lo que vale la pena.

El paciente es el que no emite opinión rápidamente, no juzga apresuradamente. El impaciente juzga, todo lo sabe, todo lo opina, de todo se queja, en todo se precipita, en todo parece querer meter un bocado de su manera de ser. Los fariseos de Algo del Evangelio de hoy son impacientes ¿te diste cuenta? Vos y yo tenemos un fariseo en algún “costado” del corazón, en algún ventrículo. Ahí escondido, o a veces, nos copa todo el corazón. Y eso es lo peor. Los fariseos juzgan a Jesús, con algo absurdo, pero lo juzgan por apresurados, por impacientes, porque no pueden esperar a ver bien y pretenden que sus pensamientos superen la realidad que estaban viendo con sus ojos. Juzgamos por soberbia apresurada. En cambio, el sencillo – por ejemplo, la multitud del evangelio de hoy – se admira siempre, aun de lo que no parece tan lindo. Por eso los pequeños, los humildes reciben la revelación de Dios, como alababa Jesús en el evangelio del domingo. Ven lo mismo, pero lo ven distinto. El sencillo, el humilde sabe recibir y esperar, sabe ver la realidad como una oportunidad para enriquecerse y crecer, más allá de los tiempos. En el fondo, sabe sufrir con amor. Me gusta aprender de los sencillos y humildes cuando, estando con ellos, veo que disfrutan de lo que a los ojos de los demás parece poco, pero que es mucho para ellos, porque no esperan cosas muchos más grandes.

Es una maravilla empezar a transitar el camino de la humilde paciencia. Probá, te va a cambiar la vida. Vas a empezar a experimentar que la sabiduría del evangelio le da un “sabor” distinto a tu vida. Frená un poco, pará la moto. Estés en la situación que estés, en tormenta o en un día claro, empezá a probar guardarte de opinar de todo, tener sentencias para todo, dar una queja para todo. El fariseo del corazón siempre está queriendo ahí aparecer, aflorar. Es rebelde. Acordate que la paciencia todo lo alcanza. La paciencia te alcanza la paz, la paz es la sabiduría del humilde.

Jesús fue un hombre paciente y, además, sigue teniéndonos paciencia ahora, a vos y a mí, por nuestras debilidades. Probemos el mismo camino.

XIV Lunes durante el año

XIV Lunes durante el año

 

Mateo 9, 18-26

Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá.» Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.

Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: «Con sólo tocar su manto, quedaré curada.» Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado.» Y desde ese instante la mujer quedó curada.

Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: «Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme.» Y se reían de él. Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región.

Palabra del Señor

Comentario

Paciencia en este nuevo lunes. Paciencia. Mucha paciencia se necesita para seguir caminando en esta vida; para conservar la fe, la calma, la paz; para aceptar la realidad; para aceptar lo que nos pasa, lo que está pasando en el mundo; para aceptar un dolor, una enfermedad; para soportar al insoportable, a veces, que no podemos soportar por nuestra debilidad. Y así podríamos seguir. “La paciencia todo lo alcanza”, decía Santa Teresa. Me sorprende, escuchando a veces a tantas personas, escuchando confesiones o personas que se acercan a hablar, un tema recurrente, un tema que sale siempre en todos, es el de la paciencia. “Padre no tengo paciencia”. “Estoy cansado, estoy cansada”. “Todo y todos me hacen enojar”. Y, a veces, me pregunto y me acuerdo de algo que me dijo una vez un monje: ¿No será al revés, que estamos cansados de tanto enojarnos? El que es manso y humilde de corazón, como Jesús nos recomendaba ayer…el que es manso y humilde de corazón, como Jesús nos enseñaba en el evangelio de ayer, se enoja menos que el iracundo, el impaciente. Por eso, en el fondo, la falta de mansedumbre es lo que nos cansa el corazón, nos agobia.

Esto me hace pensar mucho. ¿Será que el hombre siempre fue tan impaciente o será que estamos en la época de la impaciencia? ¿Será que el uso de la tecnología ha exacerbado nuestra cuota natural de impaciencia, de ansiedad, con la que parece que nacemos? No lo sé, lo que sí sé es que necesitamos paciencia para todo, en especial para escuchar la palabra de Dios y ver frutos, para escucharla y comprenderla, para escucharla y aceptarla. Te diría que la mayoría de los abandonos de tanta gente que deja de escuchar, que se entusiasmó y después deja de escuchar, o de gente que es inconstante al escuchar, se debe a la impaciencia, a esa necesidad que tenemos de alcanzar las cosas rápido. Muchísimos que escuchaban con alegría, hoy ya no escuchan más. ¡De lo que se pierden! Si supiéramos que Dios habla en el tiempo y dándole tiempo, ¡cuánto tiempo le dedicaríamos! ¿No? Tené paciencia, tengamos paciencia. La paciencia es la virtud de los sabios, de los prudentes, de los fuertes, de los nobles, de los honestos, de los generosos, de los que tienen temple, de los que buscan cosas grandes, de los justos, de los humildes. En definitiva, de los santos, de los buenos hijos de Dios que saben esperar todo de su Padre con paciencia; que saben que todo vendrá de él, tarde o temprano, y lo que no viene es porque no tiene que venir.

Algo del Evangelio de hoy es para disfrutar. Dos grandes milagros. Dos personas de fe, grandes personas de fe que tuvieron fe incluso en momentos donde todo parecía perdido, donde parecía que no había solución. Una mujer que desde hace doce años estaba enferma y un hombre desesperado con su hija muerta. ¡Qué terrible! Solo una mujer paciente puede seguir intentando después de doce años de dolor, de enfermedad, de búsquedas y búsquedas. Solo un hombre paciente puede pedir recuperar a su hija una vez que la vio en sus brazos muerta. ¡Qué maravilla! ¡Qué ejemplo y ánimo para muchos de nosotros hoy que no pasamos ni por una ínfima parte de dolor de estos personajes del evangelio de hoy! Por eso, contemplemos a estas dos personas que nos dan ejemplo de fe, que siguieron intentando a pesar de todo, incluso esperando que no se dé lo que ellos querían; incluso dispuestos a vivir el fracaso; incluso seguramente dispuestos a alabar a Dios, como lo hizo Jesús ayer, ante el fracaso, ante el no conseguir sus deseos. Por eso Señor, queremos pedirte hoy que nos des, por lo menos, una pizca de esa paciencia.

Porque la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. Sé, porque muchos me lo cuentan, que hay muchos enfermos. Personas que están ahora, en este momento, enfermas. Personas que están sufriendo día a día, que escuchan estos audios con el evangelio de cada día. Seguro que son mujeres y hombres de paciencia y, si no lo son, los animo a tener paciencia, a seguir esperando, a seguir luchando con fortaleza, para esperar la recuperación o para saber aceptar la enfermedad. Rezamos por todos los enfermos. Rezamos por todos los que están sufriendo. Qué lindo que es que el evangelio de cada día nos una como hermanos, cada uno en lo suyo, algunos sufriendo, otros rezando por los que sufren. Y por qué no, pedirles que recen y ofrezcan ellos también sus sufrimientos por nosotros; por los que tenemos que entregar la vida por el bien de la humanidad, del evangelio; por los que no tenemos tanta paciencia. La paciencia se alcanza muchas veces en la prueba, en el dolor, casi como una ironía, no queda otra que tener paciencia.

Si ahora estás enfermo o enferma, sufriendo en tu cuerpo o en tu alma por algún dolor o por alguna pérdida, aprendé de estos personajes del evangelio de hoy. Esperá, sabé esperar. Pedile a Jesús con todo tu corazón, pero también estate dispuesto a que no pase lo que deseás. Pidámosle a Jesús, a la mujer del evangelio hoy y al padre de esta niña que nos ayuden a saber esperar y confiar siempre hasta el final, sabiendo que, pase lo que pase, aunque algunos incluso se rían de Jesús, como lo muestra el evangelio de hoy, su amor siempre terminará resucitando y curándolo todo.

Si tu vida anda sobre rieles, si estás bien, si no tenés ningún problema, no tenés derecho a ser impaciente, no tenés derecho a quejarte, no tenés derecho a andar reclamando. Disfrutá de lo que tenés y ayudá a los que están en alguna necesidad. Disfrutá y rezá, también, por los que están sufriendo. No tenemos derecho a veces a quejarnos, habiendo tanto sufrimiento en este mundo. “Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo” y ayudanos a ir siempre hacia vos, descargando nuestras aflicciones y nuestros agobios, aquellos agobios que incluso nos hemos conseguido nosotros por nuestra falta de paciencia.

XIV Domingo durante el año

XIV Domingo durante el año

 

Mateo 11, 25-30

Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor

Comentario

¿Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra? ¿Te alabo por todo lo que me pasa y vivo y a veces no comprendo? ¿Te alabo Padre, Señor mío y de todos los hombres, por ser lo que sos y no por ser lo que yo pretendo que seas? ¿Te alabo Padre por ocultar la verdadera sabiduría a los que se creen sabios y revelársela a los que en realidad pueden descubrirla por ser humildes? ¿Te alabo Padre por no comprenderte a veces? ¿Te alabo verdaderamente?

Hoy es el día del Señor, del Señor del cielo y de la tierra. Día de la resurrección de Jesús, pero día de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos. No podemos dividir a Dios en partes. Dios es uno, pero es trino. Por eso, es el día del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Todo domingo es día de todo Dios, por decirlo así. Nunca lo olvidemos. No dividamos a nuestro Dios en partes. Es imposible. No dividamos lo que para nuestro pensamiento, a veces, es imposible unir. Por eso, es día para alabar a Dios Trinidad, de la misma manera que hoy escuchamos alabarlo a Jesús. Jesús alaba al Padre, a su Padre, pero de alguna manera, se “alaba” a sí mismo, se regocija de sí mismo, porque la humildad con la que el Padre lo trata y se le manifiesta a él, lo llena de gozo, a él y a todos los hombres. ¡Qué misterio tan grande!

¿Vos y yo alabamos al Padre, al Señor de todo? ¿Vos te planteaste alguna vez lo que es alabar? No pensemos en cosas raras, estrambóticas. Cada uno debe alabar a Dios como sabe y como puede, y debe ir aprendiendo a alabarlo, porque, en definitiva, somos hijos para alabar a nuestro Dios. Ese es el fin de nuestra vida. Y algún día estaremos cara a cara con él para alabarlo eternamente. ¡Qué poca idea tenemos, a veces, de lo que es alabar!

¿Sabés qué es lo raro en Algo del evangelio de hoy, aunque en realidad casi ni se nota? Lo extraño es que Jesús alaba a su Padre después de haber sufrido un “supuesto fracaso”. Sí, así como escuchás. En el texto de hoy no aparece, pero si lees un poco antes, en el capítulo 11 de Mateo, Jesús venía lamentándose por la falta de fe de los que habían visto tantos milagros y no se convertían. Tenían el corazón duro. La falta de fe de aquellos que supuestamente más fe tenían o decían tener. Toda una paradoja. Eso quiere decir que, en cierto modo, su misión estaba fracasando a los ojos del mundo. A pesar de los milagros, no todos se convertían, es más, incluso lo rechazaban. ¿Qué cosa extraña, no? ¡Qué extraño e inconformista que es el ser humano! Sin embargo Jesús, a pesar de esto, y gracias a esto, alaba a su Padre. ¡Qué maravilla y qué linda enseñanza para nosotros! Jesús alaba a su Padre ante un fracaso, por lo menos mirándolo de afuera. ¿No será que lo que le pasa a Jesús también nos pasa a nosotros? ¿No será que lo que para nosotros es un fracaso, para Dios Padre no lo es? Por ahí la cuestión es al revés. Es para pensar y rezar. Cuánto para aprender también en la Iglesia de hoy, que, a veces, miramos lo de afuera y los resultados externos y no nos damos cuenta que todo está en sus manos. ¿De qué tenemos miedo? ¿Por qué estamos encerrados todavía?

¿A vos se te ocurrió alguna vez alabar a Dios, después de una frustración, después de un fracaso, después de un pecado, en el medio de una depresión, de una tristeza, de una humillación, durante una tormenta de dificultad, sufriendo algo duro y hondo? ¿Se te ocurrió, alguna vez, decirle a Dios Padre: “Te alabo Padre, Señor de mi vida, de la vida de los míos, por haberte revelado, por haberte dado a conocer en este momento tan particular, en donde jamás lo hubiese pensado? ¿Alguna vez te animaste a decirle a tu Padre del cielo: “Gracias, gracias porque gracias a ese dolor te conocí, porque ante la muerte de esa persona tan querida, que tanto amaba, me hice más pequeño y te encontré más humilde”? ¿No es medio loco y de un Dios bastante distinto a lo que imaginamos, poder decirle alguna vez: “Te alabo, porque al despojarme de lo que tanto amaba y deseaba encontré tu presencia en donde antes era impensado”? ¿Te pasó alguna vez que, hundido en medio del pecado, tirado en ese pozo que vos mismo te armaste por tus actitudes, pudiste gritar y estirar la mano para sentir que te la agarraban y en ese tironeo tan doloroso dijiste: “Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ahí en medio del pecado, del gran vacío, del barro más profundo, me hiciste reconocerte como un verdadero Padre?

¡Qué lindo evangelio el de hoy! ¡Qué lindo para seguir, pero no se puede! Bueno, Jesús hizo eso. Alabó a su Padre por su modo de revelarse, de mostrarse, muy distinto a las pompas de este mundo bastante enamorado de lo supuestamente grande y vistoso. Te alabo por su sencillez, por su humildad, y por eso en la medida que nosotros no sigamos este camino, no aprendamos de su mansedumbre, de su humildad y de su paciencia, seguiremos buscando a Dios de un modo que jamás podremos encontrarlo.

San Agustín decía que tres son las cosas más importantes en nuestra religión y en nuestra vida espiritual: la humildad, la primera; la segunda, la humildad y la tercera, la humildad. ¿Lo entendemos o seguimos en la nuestra, en el caballito de nuestro ego insoportable? Solo me queda decir y que digamos juntos: “Jesús manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo”. Repetilo conmigo: “Jesús manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo”.

XIII Sábado durante el año

XIII Sábado durante el año

 

Mateo 9, 14-17

Se acercaron los discípulos de Juan y le dijeron: « ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?»

Jesús les respondió: « ¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.

Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande.

Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!»

Palabra del Señor

Comentario

Para amar más a Jesús no deberíamos pensar en hacer cosas muy raras, ni buscar cosas extraordinarias. No se ama más por acumular muchas devociones distintas, por rezar más tiempo, aunque hace bien rezar. No por hacer o rezar muchas oraciones estaremos amando más, de hecho, el mismo Jesús lo dijo, “no por mucho hablar serán escuchados”. No te asustes, por supuesto que rezar nos hace bien, pero en realidad no será por la cantidad, sino por el modo, por la calidad, por el corazón que pongamos a lo que hacemos y rezamos. Una simple oración hecha de corazón puede tener más valor que mil rosarios, una breve visita al Santísimo, solo por saludar, puede dar más fruto en nuestra alma que permanecer horas distraídos en un templo. En realidad, no sabemos bien la obra de la gracia en nuestra alma, no podemos medirla como quisiéramos, pero no importa, justamente ahí está la linda alegría de que la obra no es nuestra, sino de Él. Por eso el querer amar más no estará siempre en multiplicar lo que hacemos, en hacer más cosas y rezar más oraciones, sino en hacer con “más” corazón aquello que hacemos y ya rezamos, y agregar aquello que descubrimos que Él nos pidió. No hagamos por hacer, no recemos por rezar. Hagamos lo que consideremos que Jesús nos pide y recemos en todo momento, con el corazón, sin medir la cantidad de oraciones, ofrezcamos cada cosa que hacemos, entreguémosle lo que nos disgusta, disfrutemos de lo que nos gusta y hace bien.

“¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!” dice Algo del Evangelio de hoy. ¿Qué significa esta comparación que utiliza Jesús? Antes que hacer la interpretación espiritual de lo que nos dice, nos ayuda a comprender saber a qué se refiere literalmente, y nos ayudará a comprender la enseñanza profunda. Antiguamente, el vino nuevo o recién hecho se vertía en el odre y se dejaba reposando. El odre era una bolsa hecha de cuero, usualmente de cabra y se usaba especialmente para contener líquidos. A medida que el vino iba fermentando la bolsa de cuero se estiraba debido a la emisión de gas que producía el vino.

Cuando el odre era viejo debido al uso, perdía su elasticidad y se ponía muy duro. Si a este odre tan endurecido que ya no estiraba más se le ponía vino nuevo, el resultado era que al fermentar el vino se reventaba el odre, perdiéndose así tanto el odre como el vino. Por eso los odres viejos solo podían utilizarse para guardar vino viejo y el vino nuevo debía guardarse en odres nuevos. Esto es lo que realmente pasaba en la realidad, lo que la gente usualmente y con sentido común hacía para conservar tanto el vino, como los odres. Es interesante ver como Jesús utiliza estos ejemplos concretos y cotidianos de la vida común de la gente de ese tiempo, que obviamente lo ayudaban a que lo entiendan. Ahora… ¿A qué se refiere Jesús con esta comparación, con ésta parábola y con la del vestido viejo remendado? Ayuda a entender el por qué Él contesta de ésta manera, recordar la pregunta que le hacen anteriormente… «¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?» ¿Por qué no hacen lo que hacemos nosotros? ¿Por qué no hacen lo que deben hacer? ¿Por qué no cumplen con la norma del ayuno? ¿Por qué se comportan de esa manera desobedeciendo a Dios?

Sumé estas preguntas, a la de los discípulos de Juan, para ayudarnos a comprender el fondo del cuestionamiento, el por qué les molesta ver a los discípulos no haciendo lo que ellos creían que tenían que hacer. En el fondo, estaban convencidos de que no hacer ayuno, era no agradar a Dios, en el fondo pensaban que por “hacer cosas”, por “ofrecerle cosas” a Dios, estaban siendo agradables a sus ojos, algo muy normal también para nosotros, algo que nos pasó, nos pasa y nos puede pasar a todos, no es muy descabellado, es el gran error en el cuál todos los hombres de fe podemos caer. Es entendible y natural, por decirlo así, pensar de ese modo, un poco por lo que nos enseñaron, un poco también porque de alguna manera sentimos y pensamos que Dios estará “más contento” o nos amará más, si hacemos cosas que nosotros consideramos que le agradan. Sé que es un tema delicado el que estamos tocando, es peligroso siempre el caer en los extremos, sin embargo, hay que “andar” por la cornisa y animarse a pensar en esto.

Por eso la respuesta de Jesús es iluminadora, como siempre, esclarece y muestra el camino: “A vino nuevo, odres nuevos” “Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo” Para entender el mensaje de Jesús, que es nuevo, como el vino y el pedazo de género,  en este caso que el ayuno es una práctica lícita y hasta incluso necesaria, pero de un modo distinto, y no estando Él presente, es indispensable un corazón nuevo, un odre nuevo, y no un vestido viejo, un corazón que se puede romper por no soportar lo nuevo. Espero no estar confundiéndote, pero es algo en lo que debemos pensar. El que no cambia el corazón no puede comprender el mensaje del vino nuevo de Jesús, y hasta incluso se le hace insoportable llevándolo a que le pueda “estallar” el corazón de la incomprensión.

Por eso debemos pedir un corazón nuevo, un corazón capaz de aceptar la tensión entre lo que parece que no es y lo que es… la tensión de que es bueno y necesario ayunar, pero de un modo distinto, por amor, y con amor, para encontrarnos con el verdadero Amor que es el mismo Jesús.

XIII Jueves durante el año

XIII Jueves durante el año

 

Mateo 9, 1-8

Jesús subió a la barca, atravesó el lago y regresó a su ciudad. Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.»

Algunos escribas pensaron: «Este hombre blasfema.»

Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: « ¿Por qué piensan mal? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados”, o “Levántate y camina”? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.»

El se levantó y se fue a su casa.

Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.

Palabra del Señor

Comentario

Aquel que empieza a amar más a Jesús, vos y yo, en el camino de la vida… aquel que recibe esa invitación y comienza a hacerla carne en su vida, jamás se queda solo. Jamás está solo, al contrario, no le alcanza el tiempo para amar a tantos que se cruzan por la vida: los hermanos en la fe. Los hermanitos, los Hijos de Dios. El amor familiar, el amor de hijos a padres y de padres a hijos, es uno de los regalos más lindos que puede recibir una persona en la vida. Pero, al mismo tiempo, es limitado y es solo un reflejo de lo que es el amor de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia él. Por eso el amor humano se transforma en “trampolín”, por decir así, para amar a Dios Padre, a Jesús, guiados por el Espíritu Santo. Por eso hay que animarse a amar más a Jesús sin miedo a perder algo; sin temor a quedar en ridículo; sin temor a parecer “fanáticos”, como dicen algunos; sin respetos humanos a pensar y de pensar en lo que están pensando los otros; sin miedo a un mundo que no nos respeta, al contrario, a veces se nos burla y nos trata de locos. Amar a Jesús da todo, no quita nada.

Vos que estás escuchando, seguro que tendrás experiencia o la estarás teniendo, al ir creciendo con la Palabra de Dios del día, de lo que cambia la vida la fe. ¡Cómo cambia! Por ejemplo: Pensá en la cantidad de gente, de corazones, que conociste gracias a la Iglesia, gracias a que te entregaste de alguna manera a Jesús. Pensá en los distintos horizontes que viste gracias a la fe tuya y compartida con otros. Rezá y pensá en la cantidad de vivencias que te abrieron el alma al estar en esa parroquia, en ese movimiento, en ese grupo de oración, en ese servicio que te animaste a empezar alguna vez y no te imaginaste lo que venía. Pensá en la cantidad de gente que gracias a la Palabra de Dios conociste y ayudaste. Es una maravilla. Es para llorar de alegría. Amar más a Jesús nos ensancha el corazón, lo inflama, y nos hace amar más y mejor. No te lo olvides nunca.

Algo del Evangelio de hoy nos puede llenar el corazón de certezas y de alegrías. No te asustes por lo que te voy a decir, pero la “fe en patota”, de a muchos, es más linda y verdadera que la solitaria y muy segura de sí misma. Sé que es una palabra que suena medio feo y medio fea para esto, pero bien entendida creo que se refleja muy bien, que refleja muy bien lo que pasa cuando la fe se comparte, como se ve en esta escena de hoy. Así dice la Palabra: «Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: “Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados”». No dice al ver la fe de “ese hombre”, del paralítico, sino la fe de “esos hombres”. ¡Qué lindo! La fe, como se dice, mueve montañas, pero la fe de a muchos, la fe entre amigos, la fe entre hermanos, la fe “en patota” mueve cordilleras enteras. Podríamos preguntarnos a quién se refería Jesús con “esos hombres”. ¿A quién se refería? Suponemos que a los que llevaban al paralítico en camilla; que, por otro evangelio, sabemos que eran cuatro y que por la dificultad que tenían para pasar por la multitud que había, lo subieron al techo y de ahí lo bajaron. Sí, así como escuchás, increíble la fe de esos hombres.

No se puede entender el milagro de hoy, el perdón y el volver a caminar de este hombre, si no es por los “camilleros” que llevaban al paralítico. No sabemos si eran muy amigos o conocidos o solo le hicieron un favor, pero hicieron lo que él no podía hacer, ir hacia Jesús. Camilleros o paralíticos, o ambas cosas al mismo tiempo: eso somos. O también podríamos ser de los que no “pueden creer”, como dice el evangelio, que Jesús perdone los pecados, que en realidad es el verdadero milagro de ayer, de hoy y de siempre, el perdón. Ojalá que no seamos de esos, de esos que se asombraron y no pueden creer. Pero ¡qué lindo es ser camillero! ¡Qué lindo es que alguien nos lleve en camilla a Jesús! En definitiva, todos se acercaron a él, unos por llevar y otro por ser llevado. Es así. A vos y a mí nos llevaron alguna vez medio paralizados del corazón y otras veces nosotros acercamos a otros que andan sin poder “moverse” en esta vida. La vida es así, es un ida y vuelta, como decimos muchas veces. Hoy por ti, mañana por mí. La fe es así, se potencia cuando es de a muchos, se siente más cuando va acompañada. La “fe en patota” está buenísima, porque Jesús, al ver la fe de muchos, hace lo que a veces no podemos lograr solos en años. Él se conmueve cuando ve que nos ayudamos mutuamente para sanarnos, entre nosotros, de nuestras heridas que nos dejan tirados por el camino.

Por eso debemos dejarnos ayudar por otros si no estamos bien hoy. Debemos dejar que otros nos lleven a Jesús cuando andamos rengueando o dolidos, cuando andamos tristes o ensimismados, cuando andamos casi tan paralíticos que no queremos ni podemos movernos. Por eso tenemos que ver a quién podemos ayudar hoy para acercarlo a Jesús, para que se anime a “dejarse llevar”. Solo yendo todos a Jesús podremos ser curados y perdonados o perdonados y curados. La gran curación de nuestra vida es el perdón porque, en realidad, es la falta de perdón el que nos enferma y paraliza. Hay miles de cristianos paralíticos por ahí, como vos y yo por ahí, porque en realidad están paralizados, o estamos paralizados, por los pecados que cometimos o que sufrieron a causa de otros.

Que hoy sea un día para ir en “patota” a Jesús. Para conmoverlo, para animarlo a que haga lo que tantos desean y no se dan cuenta. Si no podemos ir hacia él, en “patota”, recemos juntos, de a miles, ahora, en este momento. Hace un “clic” y envíale este audio a alguien, para que muchos más se dejen perdonar por el amor misericordioso de nuestro buen Jesús. Acordate que si querés recibir los audios, directamente buscanos en nuestra web: www.algodelevangelio.org

XIII Miércoles durante el año

XIII Miércoles durante el año

Mateo 8, 28-34

Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino. Y comenzaron a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?»

A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo. Los demonios suplicaron a Jesús: «Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara.» Él les dijo: «Vayan.» Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron.

Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados. Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

Palabra del Señor

Comentario

Parece fácil decir que tenemos que amar “más” a Jesús, incluso más que a nuestros propios hijos. Es fácil decir que amamos a Dios sobre todas las cosas. Es fácil porque son solo palabras muchas veces, pero en realidad, obviamente, lo difícil, lo verdadero, es que esto se haga realidad, que no sea solo de la boca para afuera. Por eso Jesús decía: «No son los que me dicen “Señor, Señor” los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en los cielos». Pero esto no es para atormentarnos, para sentirnos menos, para sentirnos con culpa. Cuando Jesús nos pide que lo amemos más, obviamente, nos está pidiendo un amor efectivo y afectivo, un amor con acciones y de corazón, pero esto no se contrapone con el amor de nuestra familia. Como vengo diciendo lo engrandece, lo trasciende, lo ensalza. ¿Cómo debe darse esto en la vida personal de cada uno de nosotros? Bueno, la verdad que no hay un manual. Eso es lo que cada uno de nosotros debe rezar cada día y discernir. El deseo de Jesús es que lo amemos más y ese más, ese plus que nos pide es el que dependerá de la elección de vida de cada uno, de su familia, de su trabajo, de su contexto, pero, principalmente, de su corazón, que es el motor de todas nuestras acciones.

Se puede amar más a Jesús siendo albañil, carpintero, ama de casa, empresario, deportista, pescador, empleado, estudiante, barrendero, escritor, vendedor, obrero, religioso, sacerdote; joven, niño, adulto o anciano. ¿Dónde dice Jesús qué es lo que debemos ser en esta vida, qué profesión tener? Nos dijo que lo amemos más, pero no cómo. Por eso, esta invitación no es exclusiva para algunos, aunque a algunos les guste hacerlo parecer así. Jesús se lo pide a todos los que quieran seguirlo y la condición necesaria es querer, y querer que sea lo principal en nuestra vida, sabiendo que, si está él, todo lo demás, por decirlo de alguna manera, se acomodará. Todo lo demás se dará por añadidura.

En Algo del Evangelio de hoy se nos da un indicio, una pista de lo que muchas veces pasa en este mundo, cotidianamente. En este mundo donde prima el poder y el dinero por sobre todas las cosas. Sí, Dios es muy bueno. Jesús es un lindo y atrayente personaje que sana, que cura, que expulsa demonios, hasta que “toca” algo que para el mundo tiene valor. ¿Sabés qué cosa? El bolsillo. Vamos a la escena de hoy en la que hay varios personajes: por supuesto que Jesús, los endemoniados, los demonios, los cuidadores y, finalmente, los pobladores de la ciudad.

¿Qué se esperaría ver cuando se escucha una buena noticia sobre el bien que se le hizo a unas personas atormentadas? Lo lógico sería escuchar alegría y agradecimiento. Sin embargo, dice la Palabra de hoy que: «Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio». Sí, lo echaron de la ciudad. El sentido común nos indica que muy contentos con lo que había hecho no estaban. ¿Sabés cuál fue el problema? Los cerdos. En el fondo la comida, en el fondo la pérdida económica. Dos personas liberadas de esos demonios no valían tanto para ellos como los cerdos que se ahogaron en el mar. ¿Te das cuenta? ¿Te parece raro? No te creas, es más común de lo que imaginamos. Se da continuamente en las estructuras de este mundo que privilegian el poder y el tener sobre las personas (somos finalmente números para muchos). Se da en tu trabajo cuando eligen echarte por considerarte un número. Se da cuando alguien prefiere pagar menos a sus empleados para ganar más de lo que su vida le da para gastar.

Se da cuando un empleado se aprovecha, también, de la generosidad de su jefe y saca de más, y roba. Se da cuando se prefiere matar a miles de niños en los vientres de sus madres, en vez de enseñar que somos seres pensantes y hechos para amar. Se da cuanto preferís no jugarte por nada y callarte mientras ves que otro sufre, mientras tu voz podría hacer este mundo un poco más justo. Echamos a Jesús de nuestra “ciudad corazón” cuando se vuelve incómodo, cuando su amor y su poder de amor nos invitan a jugarnos por los que están fuera de la sociedad, como estos dos endemoniados, pero no nos animamos. Echamos a Jesús de nuestro corazón cuando preferimos amarlo menos y amar más unos billetes que nos darán un poquito de felicidad pasajera. Echamos a Jesús de nuestra vida cuando vemos corrupción y somos cómplices por conservar nuestro lugar, olvidándonos que la corrupción mata a miles de personas. Amamos menos a Jesús cuando por no “perder” nuestra posición dejamos que los demás se “ahoguen” en su posición, como decía San Alberto Hurtado.

Amar más a Jesús es concreto y real. Se juega en las decisiones que tenemos que tomar hoy, en este momento. En las decisiones que nos invitan a ser, antes que nada, justos, para después ser caritativos. Estos endemoniados merecían otro lugar, otro trato, mucho más digno. Hay mucha gente en este mundo que merece otra cosa y, antes que ser buenos con ellos, antes que ser caritativos, tenemos que luchar para que reciban lo justo. Es fácil ser bueno y caritativo con lo que nos sobra. Es fácil para los Estados hacer asistencialismo o inclusión con el dinero de los demás que no es de ellos. Es fácil dar cosas para parecer “mejor” por dar algo. Lo difícil es ser justos. En este mundo, vos y yo, muchas veces nos sale ser buenos hasta que nos tocan el bolsillo. Y la fe, Jesús, su amor, tarde o temprano, nos tocan el bolsillo, la generosidad, para aprender a jugarnos por el bien, por la verdad y también por la justicia.

Amemos a Jesús no solo de palabra, sino con obras y de corazón. No hagamos como estos pobladores que por “amarretes”, por avaros, echaron a Jesús de sus vidas y se perdieron de lo mejor.

XIII Martes durante el año

XIII Martes durante el año

 

Mateo 8, 23-27

Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía.  Acercándose a él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole: «¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!»

El les respondió: «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?» Y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma.

Los hombres se decían entonces, llenos de admiración: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?»

Palabra del Señor

Comentario

Frente a Jesús no hay competencia. No debería haber competencia de amor. Él es lo más grande. Él es todo. Jesús no quiere generar competencia, te imaginarás. A él no le interesa competir como nos pasa muchas veces a nosotros. Por eso cuando él nos pide que lo amemos más que a nuestros padres, más que a nuestros hijos e incluso más que a nuestra propia vida, no lo dice o hace para competir con nadie. Qué lejos estamos a veces, en este mundo, por nuestra manera de pensar y actuar, de lo que realmente Dios desea de nosotros: hombres y mujeres que amemos en libertad, con libertad, por libertad. La competencia, tarde o temprano, genera esclavitud y exclusión. “Algo” siempre me ata a competir y, en una competencia, siempre alguien se queda afuera. Alguien, de alguna manera, recibe menos o “pierde”.

Por supuesto que con esto no me refiero a que no es bueno superarse o buscar siempre lo mejor, buscar lo que más nos ayude a crecer. Sin embargo, nunca puede ser en contra o a costa de otros, viendo a los demás como contrincantes a superar. Por eso Jesús quiere que lo amemos más, pero para que aprendamos a amar más a los demás, no para que los amemos menos. Él es el único que “potencia” nuestro amor humano, lo exalta, lo engrandece. Es el único que exige amor para que esa exigencia redunde en más amor hacia todos, sin dejar afuera a nadie. Por eso los santos, aquellos que viven como hijos de Dios, amaron a tantos y pudieron ensanchar su corazón hasta límites a veces impensados para aquellos que no creen.

Hay que animarse a amar más a Jesús. Animate a hacer todo lo posible para amarlo con todo tu corazón, sabiendo que su amor no “ocupa” espacio en el corazón, sino que, al contrario, lo inflama, lo infla. Lo agranda para que entren los que nunca hubieses imaginado.

Él da todo, no quita nada, aunque a veces parezca que no le importa lo que nos pasa, como en Algo del Evangelio de hoy.

Voy y yo somos de los que creen sin ver, sin ver físicamente a Jesús. Somos de los felices en este mundo. Sin embargo, ¿quién de nosotros no experimentó alguna vez la sensación de que Dios “está dormido”, de que Jesús se quedó dormido? ¿Quién de nosotros no estuvo alguna vez en una tormenta difícil en su vida, donde parecía que todo se hundía? ¿Quién de nosotros no experimentó la sensación de que hay tormentas que parece que no pasan jamás? Si actualmente una tormenta nos molesta a pesar de las comodidades con las cuales vivimos, ¿imaginás lo que significa una tormenta en tiempos antiguos, lo que significaba? Realmente una tormenta era un problema, y mucho más estando en el mar, donde todo parece incontrolable e inestable.

Gracias a Dios, como se dice, “siempre que llovió paró”. Las tormentas molestan, pero pasan. Mojan y dan miedo, pero se van. La oscuridad no es muy agradable, pero pasa, siempre amanece. Jesús parece que está dormido, o lo está, pero no está ausente. Hoy parece que Jesús quiere enseñarles a sus amigos y a nosotros, a través de la experiencia de una tormenta en el mar, que la vida también tiene mucho de esto. Vivimos a veces de tormenta en tormenta.
¿No será que Jesús “se duerme” para que nos animemos a despertarlo? Qué lindo que es eso. Jesús a veces quiere que nos desesperemos para encontrar esperanza en él. ¿No será que Jesús deja que vengan las tormentas de la vida para que no nos olvidemos que él es el dueño de la historia, de la creación, de la barca, de la Iglesia, de nuestra propia vida? ¿No será que a veces es necesario experimentar que nos hundimos para que recordemos que somos frágiles y necesitados de su amor? ¿No será que tenemos miedo porque somos hombres y mujeres de poca fe? ¿No será que tenemos poca fe porque nos creemos que somos los capitanes del barco de nuestra vida y no nos damos cuenta de que los “hilos” los maneja él? ¿No será que nos acordamos de Jesús, a veces, solo en las tormentas?

Si andás en medio de una tormenta de la vida, en medio de la oscuridad, pensando que Jesús no está, que todo eso parece una mentira, que en realidad él no se hizo cargo de tus problemas, que se durmió cuando más lo necesitabas… pegá el grito. Gritá y andá a despertar a Jesús, aunque él no lo necesite, lo necesitás vos. Vos y yo tenemos que aprender a pedir ayuda y no esperar a que el barco se hunda para que los demás sepan lo que nos pasa. La vida es linda, es verdad, pero es difícil. No es de poco hombre gritarle a Jesús que nos salve, no es de poca mujer. Es de fuertes. Es fuerte el que se reconoce débil y, en realidad, es débil el que jamás se reconoce débil.

Si todavía no pasaste tormentas, no te olvides de este evangelio cuando te toque vivirla. En tiempos de tormentas se aconseja no tomar decisiones, no cambiar lo decidido, mantenerse en el barco, firmes. Porque en ese barco está Jesús. El tiempo de tormenta es tiempo de crecimiento, tiempo de prueba, porque es tiempo de fe, de confiar, de soltar, de saber que tarde o temprano todo pasará y aparecerá Jesús para calmar las aguas que nos atemorizan.

Solemnidad de San Pedro y San Pablo

Solemnidad de San Pedro y San Pablo

 

Mateo 16, 13-19

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»

Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas.»

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»

Palabra del Señor

Comentario

Sería lindo que en esta solemnidad tan importante de San Pedro y San Pablo, en la que celebramos a estos grandes hombres que representan las columnas de la Iglesia, los cimientos (por eso en la plaza de San Pedro, si alguna vez fuiste o miraste alguna imagen, están ellos ahí, como custodiando el gran Templo de la Cristiandad, San Pedro y San Pablo), sería lindo que dejemos que Jesús nos haga la misma pregunta que les hizo cara a cara a los discípulos en Algo del evangelio de hoy. La que también, de alguna manera, le dijo a San Pablo: “¿Por qué me persigues?” Porqué no dejar que en esta nueva oración de este día, en esta oración nuestra, o durante el día, Jesús nos diga: “¿Quién decís que soy?”¿Quién dicen que soy? ¿Qué soy para vos? ¿Quién crees que soy? o ¿Qué pensás que soy? Esta es la pregunta más profunda que podemos hacernos y que todos tenemos que hacernos en algún momento de la vida, por más cristianos que seamos. O volver a hacérnosla si es que ya nos la hicimos alguna vez. Podemos andar caminando tras de Jesús, decir que lo amamos, que somos sus discípulos desde hace mucho tiempo y, sin embargo, nunca habernos hecho esta pregunta tan importante, tan fundamental. O vos, que acabás de volver a la iglesia, que te sentís encendido después de tanto tiempo o que volviste a tus raíces que habías olvidado por las cosas de este mundo, pregúntate: ¿Quién es Jesús para vos? ¿Quién es? Para crecer en la vida, para crecer en la fe, no solo hay que saber responder, sino más bien saber preguntar. No crece aquel que no sabe preguntarse, preguntar.

Es la pregunta a la que respondió Pedro gracias a una revelación de lo alto. Pedro fue el primero en “confesar la fe”. Y la fe viene de lo alto, no te olvides. Es regalo de Dios, aunque tenemos que aceptarla. “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae” dijo Jesús. ¿Te acordás? Quiere decir que la certeza profunda sobre quién es Jesús solo puede venir del Espíritu Santo. Así lo dice el mismo San Pablo: “Por eso les aseguro que nadie, movido por el Espíritu Santo de Dios, puede decir: «Maldito sea Jesús». Y nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo.” ¿Por quién estás impulsado? ¿Qué salen de tus labios, qué palabras salen de tus labios?

En definitiva, al final de cuentas, la fe, tener fe es confesar, es creer, confiar que Jesús es el Hijo de Dios, que Jesús es Dios, es el Dios hecho hombre, por vos y por mí. Se puede usar la palabra fe para tantas cosas, incluso muy vulgares y cotidianas, como para decir: “Tengo fe que esto o lo otro va a salir bien, que me va a ir bien en un examen, lo que sea”. Sin embargo, para la palabra de Dios, para un cristiano, “tener fe” es otra cosa. Es algo mucho más profundo que olvidamos muchas veces los que decimos tener fe.

Parece obvio para nosotros que creemos, pero no era fácil para los que estaban con Jesús. No es fácil para aquel que no recibió el don del Espíritu Santo, o que lo recibió y no supo cuidarlo. Porque creer que existe Dios, la verdad, que es cosa de muchos; creer que Jesús es Dios no es cosa de tantos, y vivir lo que Jesús enseñó es cosa de pocos.

Tiene fe verdadera, tiene fe plena y madura aquel que cree que existe Dios, aquel que cree que Jesús es Dios, y le cree lo que dice, y aquel que vive lo que Jesús enseñó. Así se llega a la madurez de la fe. No te olvides de esta escalerita.

Por eso dice la liturgia de hoy que fue Pedro el primero en “confesar la fe” y el encargado de mantener la unidad en la fe. Nosotros creemos por gracia de Dios, y gracias a Pedro, a Pablo, a todos los apóstoles y a la Iglesia que nos transmitió la fe a lo largo de tantos siglos con tanto amor y tanto coraje, dando la vida incluso; con tantas falencias y pecados, como los tuyos y los míos. Pero, sin embargo, la fe llegó hasta nosotros. ¿Cómo estamos viviendo nuestra fe? ¿Qué clase de cristianos somos, a veces tan tibios y perezosos?

Por eso, no se puede pensar en un Jesús sin Iglesia y en una Iglesia sin Jesús. Esa es una falacia muy extendida hoy en día, que no termina llevando a buen puerto, o termina dejando una fe muerta, desconectada con la verdad del evangelio.

Por otro lado, dice la liturgia de hoy: “Pablo fue el insigne maestro que la interpretó” y el gran propagador de la fe.  Grande Pablo, cómo te queremos. Pablo es el que nos enseña que la fe es para pensarla, que se puede usar la cabeza y creer con razones. También nos enseñó que es lucha, es gracia, es don. Pero es respuesta continua y combate diario, así lo decía: “He peleado hasta el fin el buen combate de la fe. He peleado hasta el fin, concluí mi carrera, conservé la fe”.

En la vida luchamos por tantas cosas ¿no?, para alcanzar nuestras propias metas. Sin embargo, una sola es la más importante, “conservar la fe”. Conservar esta certeza de que Jesús es el Hijo de Dios, es el rey de reyes que vino a salvarnos, a darnos la verdadera vida. Cuidar la fe, cuidar el don que recibimos, es lo mejor que podemos hacer en medio de un mundo que nos ataca por todos lados, se nos burla y se nos ríe. Tenemos que cuidar la fe, luchar contra todo lo que quiere desviarnos y “hacernos creer” que no vale la pena, que es todo lo mismo, que alcanza con ser un “poco” bueno, que se puede vivir igual sin fe y tantas cosas más, que diariamente escuchamos por ahí.

Hay que pelear este lindo combate para vivir la alegría de tener fe, de creer que Jesús es el Hijo de Dios. Es lindo luchar por llegar al fin del camino, sabiendo que “el Señor estuvo a mi lado- dice San Pablo-  dándome fuerzas” y que “el Señor me librará de todo mal y me preservará hasta que entre en su Reino celestial”.

Que tengamos un buen día. Que afirmemos nuestra fe en Jesús y en la Iglesia que él fundó y nos dejó para que podamos conocerlo y sigamos creciendo cada día en el camino de la confianza.  “¿Quién decís que soy?” Dejemos que hoy Jesús nos pregunte a todos: ¿Quién decís que soy para vos?

 

Mateo 10, 37-42 – XIII Domingo durante el año

Mateo 10, 37-42 – XIII Domingo durante el año

 

Dijo Jesús a sus apóstoles:

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.

El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió.

El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa».

Palabra del Señor

Comentario

El domingo se vuelve más fecundo, mucho más, cuando se descubre su sentido más profundo. Cuando descubrimos que realmente es el “día del Señor”, por eso se llama domingo. Es el día del Señor. No es solo un día para nosotros. No es el día en el que simplemente dejamos de hacer todo lo que nos agobia en la semana y hacemos “lo que queremos” y nos tiramos “panza para arriba” para no hacer nada. Es la Pascua de cada semana, el día en el que de alguna manera revivimos que Jesús está vivo. Es la pascua semanal. El paso de la muerte a la vida de cada semana, el tuyo y el mío y el de todos. Bueno, hay que hacer el intento de alguna manera de santificar el domingo, como podamos, según la situación que estemos, pero hacerlo “día del Señor”. Cuánta fuerza, cuánto coraje nos falta a veces en la fe a los católicos. A veces parece que estamos dormidos. ¿Creemos o no creemos? ¿Creemos que es el “día del Señor”?

Sé que lo que te voy a decir es difícil y hasta parece duro, por el mundo en el que vivimos y porque teniendo familia todo parece más difícil. Sé que por ahí estarás pensando: “Bueno, es fácil decir eso porque sos sacerdote y te tenés que dedicar a eso, es fácil porque no tenés una familia detrás”. Es verdad y estoy de acuerdo que a veces los sacerdotes decimos con mucha liviandad cosas a los demás, que los demás “tienen que hacer” y nosotros a veces no las hacemos o no las vivimos, no las experimentamos o las miramos de afuera. Es verdad, puede pasar. Pero no te olvides que también los sacerdotes no salimos de un “repollo”. Tuvimos y tenemos una familia. No nos trajo la cigüeña a este mundo. Venimos de una familia hecha de la misma madera que la tuya, con sus cosas lindas y sus dificultades, con sus heridas, dolores, y alegrías y gozos. Por mi parte, gracias a Dios, tengo una linda familia de sangre, seis hermanos, mis padres que todavía me acompañan y ahora se sumó un batallón de sobrinos, ya casi 18. Y, además, tengo la gran familia de la Iglesia, que es un regalo inmenso, que hoy es la comunidad de mi parroquia. Con lo cual, sería medio ilógico decir que “tocamos de oído” ciertas cosas, que no tenemos experiencia de familia.

Si hay algo que viví junto a mi familia y que nunca dejaré de agradecerles, es cómo vivíamos el domingo. El domingo era para nosotros, con sus idas y venidas, el “día del Señor”.  Del Señor que ama a la familia y le gusta ser amado por una familia. Porque es así, una cosa no se opone a la otra, sino que la una potencia a la otra, la exalta, la enaltece, la trasciende. Era el día en el que nos vestíamos especialmente para ir a misa, no de cualquier manera, nos vestíamos bien; en el que íbamos juntos a misa; en el que salíamos a comprar algunas cosas para después almorzar juntos, recibir visitas; en el que disfrutábamos de estar juntos, de alguna manera  (aunque, como siempre, a veces, también nos peleábamos),  de “no hacer nada”, pero juntos, en familia. Dios no se opone a la familia. Dios es familia y disfruta de la familia, pero para eso hay que darle su lugar. Hay que darle culto a nuestro Señor. Hay que cultivar la amistad con Dios. Hay que darle tiempo, el tiempo que le corresponde, como hacemos con las personas que amamos, les damos tiempo. Hay que rezar en familia. Hay que animarse a rezar el rosario. Animarse a ir juntos a misa en la medida de nuestras posibilidades. Hay que animarse a estar con el Señor y estar en familia.

Algo del Evangelio de hoy, aunque no tiene mucho que ver con esto del domingo, sí tiene que ver con la “escala de amores”, por decir así, la jerarquía de amores en nuestra vida. Suena duro, suena estricto. Jesús parece duro. Suena un Jesús como celoso y posesivo. «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí ». ¿Escuchaste eso? «el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí». No olvides esas palabras. No te escandalices, no te asustes. Vos y yo hacemos lo mismo o, mejor dicho, pretendemos lo mismo. ¿Qué pretendés de tu mujer o de tu marido? ¿No pretendés que te ame más que a los otros? ¡Claro! ¿Qué pretendés de tus hijos, que te amen más a vos o a otros papas? ¿No exigís que te amen más que a un tío, una tía, un vecino? ¿Qué necesitás de tu amigo o de tu amiga? ¿No te gustaría que te ame más que a un simple compañero? ¿Qué pretendés de tus padres? ¿No disfrutás cuando te aman por sobre todas las cosas, más que a otros? Bueno. Si nosotros que estamos llenos de debilidades, e incluso somos malos, como dice el mismo Jesús, a veces, incluso no amamos siempre bien, pretendemos eso del amor de los demás. ¿No crees que Jesús, que Dios tiene el derecho de exigirnos que lo amemos más que a todos? ¿No es lógico?  ¿No es entendible que el que nos dio la vida y el que dio su vida por nosotros pretenda que la demos por él?

Hoy podríamos “modernizar” esta frase y jugarnos más y decir: “El que ama a su perro o a su gato más que a mí, no es digno de mí. El que ama más a su equipo de fútbol o a su ídolo mundano más que a mí, no es digno de mí. El que ama más la televisión, un libro, su carrera, su profesión más que a mí, no es digno de mí, no es digno de mí”. Hay gente que ama más los animales que a las personas, y que a Jesús. Y eso es triste.  Y así, cada uno podría meter su debilidad en esta frase. Todos tenemos debilidades que, en definitiva, ponen de manifiesto en d´ónde está realmente nuestro corazón o por qué cosas estamos dando la vida, en qué cosas estamos perdiendo la vida. El mundo de hoy nos llenó de prioridades, que en realidad no son prioridades, que opacan el amor de Jesús. Nos llenó de cosas que nos “quitan el sueño” y no nos permiten poner cada cosa en su lugar. El que ama en el orden que Jesús quiere, finalmente termina amando más y mejor, y a todos y, además, ama bien. El que no ama en el orden que Jesús nos enseña, no solo se pierde de amar lo mejor, a Jesús, sino que ama mal aquello que dice que ama. Posee, como pasa tantas veces.

Que el “día del Señor” nos sirva a todos, por decirlo a lo argentino, como “amorómetro”, para medir nuestra escala de amores. ¿A quién amamos primero? ¿A quién amamos más?

Mateo 8, 5-17 – XII Sábado durante el año

Mateo 8, 5-17 – XII Sábado durante el año

 

Al entrar en Cafarnaún, se acercó a Jesús un centurión, rogándole: «Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente.» Jesús le dijo: «Yo mismo iré a curarlo.»

Pero el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: “Ve”, él va, y a otro: “Ven”, él viene; y cuando digo a mi sirviente: “Tienes que hacer esto”, él lo hace.»

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe. Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos; en cambio, los herederos del Reino serán arrojados afuera, a las tinieblas, donde habrá llantos y rechinar de dientes.» Y Jesús dijo al centurión: «Ve, y que suceda como has creído.» Y el sirviente se curó en ese mismo momento.

Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, encontró a la suegra de este en cama con fiebre. Le tocó la mano y se le pasó la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirlo.

Al atardecer, le llevaron muchos endemoniados, y él, con su palabra, expulsó a los espíritus y curó a todos los que estaban enfermos, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: El tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades.

Palabra del Señor

Comentario

Es verdad, es cierto. En general, pensamos que el miedo nos paraliza, que el miedo no nos deja hacer y ser lo que podemos hacer y ser, lo que en realidad somos, pero, a veces, está opacado por nuestras debilidades y pecados. Por la cultura de un mundo que nos quiere ahogar y nos quiere imponer su pensamiento. Al mundo le encanta hablar de libertad, hasta que empezás a ser libre y a decir lo que pensás o a hacer lo que Jesús nos enseña, lo que el Padre nos ordena. Da tanto miedo hoy hablar de que el Padre nos puede decir cómo tenemos que vivir, que el Padre Dios es en realidad el único que puede guiarnos en el camino, que esta palabra se usa poco. Se usa poco la palabra “debemos”, “tenemos”, “debemos obedecer”, “tenemos que ser fieles a la voluntad de Dios”. Incluso en tantos cristianos que nos hemos dormido, nos hemos apoltronado en una fe media con pereza, una fe tibia, una fe que no enciende a nadie. ¿Qué nos pasa, a veces, a los católicos que andamos callados por este mundo con miedo a decir lo que Jesús mismo vino a decir? Es verdad, dijimos, el miedo nos paraliza pero también, como dije de algún modo ayer, también es verdad que el miedo se disfraza de otros personajes. A veces el miedo está encubierto en esas personas que se creen que se llevan todo por delante. Personas que, incluso, nos avasallan con su manera de ser y pensar. A veces también nos imponen con poder sus pensamientos, pero ¡cuidado! esas personas, que también podemos ser vos y yo, también son temerosas. Tienen tanto temor a perder poder que lo quieren imponer. Tienen tanto temor a perder fama que hacen todo y tantas cosas para mantener un buen nombre, que muchas veces es falso. Y así de muchas maneras. Nosotros, los cristianos, también siempre corremos el peligro de vivir temerosos. Pero Jesús nos vino a quitar el miedo. “No teman…No teman a los que matan el cuerpo, sino que teman a los que matan el alma”. “No temas, Hijo mío. No temas a hablar en mi nombre, porque yo pondré palabras en tu boca que jamás vas a imaginar. No temas a enfrentar incluso, a veces, a los poderes de este mundo, que nos quieren imponer su manera de pensar y, al mismo tiempo, nos hablan de libertad.

Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy. Podríamos decir que, en esta escena, en realidad un conjunto de escenas, Jesús se la pasó curando, se la pasó sanando: primero, a ese sirviente que estaba enfermo de parálisis y sufría terriblemente; después, a la suegra de Pedro y, finalmente, al atardecer, también, a muchos endemoniados. Jesús sanó, curó y expulsó demonios, lo mismo que quiere seguir haciendo en este día en tu corazón y el mío. Porque vos y yo, también, a veces, estamos enfermos y sufrimos terriblemente. Sufrimos las consecuencias de nuestras debilidades, sufrimos las consecuencias de la falta de amor y un mundo que no sabe amar, hosco de amor, a veces, austero de amor. No quiere abrir su corazón de par en par y, bueno, tenemos que aceptar que nosotros también estamos en este mundo. Somos víctimas y también hacemos sufrir a los otros por nuestra falta de amor.

Pero quería quedarme hoy con la figura de este centurión, este hombre pagano. Pongámonos en contexto: este centurión era un soldado romano, por lo tanto, no era del pueblo de Israel, no era de aquellos que se llenaban la boca diciendo que tenían fe en el único Dios verdadero, en el Dios del pueblo de Israel, en aquel Dios que los había salvado y que enviaría un Mesías. Nada que ver. Sin embargo, Jesús lo elogia a él. Lo elogia a ese hombre que seguramente todos pensaban que no tenía fe… “no he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe”. “No soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará”. ¡Cuánto para aprender! Cuánto para aprender de este hombre sin fe para los ojos de los hombres, pero lleno de fe para los ojos de Jesús, para el corazón de Jesús que sabe ver donde nadie ve. Nunca juzguemos. Nunca juzguemos la fe de los demás. Nunca nos creamos tan seguros como para decir que tenemos fe. Señor danos la gracia de sentirnos necesitados para que puedas tomar nuestras debilidades y cargarlas como quisiste cargar las debilidades y pecados de toda la humanidad. Señor, yo tampoco soy digno de que entres en mi casa, pero basta una palabra para que puedas sanarme.