Book: Mateo

XVIII Lunes durante el año

XVIII Lunes durante el año

By administrador on 3 agosto, 2020

Mateo 14, 13-21

Al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos.

Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos.»

Pero Jesús les dijo: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos.»

Ellos respondieron: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados.»

«Tráiganmelos aquí», les dijo.

Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud.

Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen lunes. Espero que estés empezando un buen lunes, a pesar de todo, a pesar de todas las cosas que pasan y que nos pasan, a pesar de que en el mundo se nos bombardea con tanta información, tantas malas noticias, que a veces nos pueden dejar el corazón un poco pesimista y desesperanzado. Pero nosotros no podemos perder la esperanza, y por eso tenemos que volver a escuchar la Palabra de Dios. En este volver a escuchar te estarás preguntando, estarás diciendo: “¿Esto ya lo escuché ayer? Este es el evangelio de ayer”. Sí, tenés razón. Es el evangelio, el mismo evangelio de ayer, domingo.

Son estas cosas que a veces pasan en la liturgia, que sería muy largo de explicarlo pero, por la diferencia que hay en la configuración de las lecturas de los domingos  con respecto a las de la semana, a veces pasa que puede haber esta superposición de textos. Pero, más allá de esto, creo que nos ayuda el volver a escuchar. ¿Por qué no? A veces, Dios permite estas cosas y nos permite volver a profundizar. Nunca está demás.  Además, además el evangelio de ayer, el evangelio de hoy, siempre tiene mucha tela para cortar, demasiada, que tampoco la terminaremos hoy. Ayer yo dije algunas cosas que aportaron algo, me parece, y hoy quería pensarlo de otra manera. En esta invitación de Jesús a los discípulos diciéndoles: “Denles ustedes de comer” me resuena, hoy más que nunca, estas palabras como dirigidas a nosotros, a la Iglesia: “Denles ustedes de comer”. A nosotros los sacerdotes: “Denles ustedes de comer”. “Yo los necesito a ustedes. Yo necesito de la Iglesia para hacer llegar mi amor”. Basta de esta, a veces, “lucha” que se puede dar dentro de nosotros y afuera, con que es una cosa o la otra, o es lo espiritual o lo material.

No, son las dos cosas. Jesús vino a sanar el corazón y el alma y vino a cambiar las realidades, pero desde adentro. Y por eso, ya no sirve más oponer. No sirve más decir: “Bueno, la Iglesia se ocupa de lo social” o “La Iglesia se ocupa solo de lo espiritual, o “Son las dos cosas”. Sin embargo, hoy más que nunca, resuenan en mi corazón estas palabras para mí como sacerdote, para tantos sacerdotes, para tantos ministros de la Iglesia, consagrados: ¡Démosles de comer! La gente tiene hambre, la gente tiene hambre de Jesús. Es verdad, estamos dando mucha comida, estamos alimentando a tantas personas que lo necesitan. Es verdad, eso, si compartimos, nunca va a faltar. Pero si no compartimos a Jesús, si no compartimos la Eucaristía, si nosotros los sacerdotes no somos los que llevamos a Jesús a los demás, a aquellos que no se pueden acercar o aquellos que están tratando de venir, ¿quién se los va a dar? Démosles nosotros de comer. Señor, que estas palabras hoy resuenen también en mi corazón y en el de tantos sacerdotes, en toda la Iglesia. ¡Despierta Iglesia! Despertate, tenemos que darle de comer a la gente que está hambrienta de Jesús. Está hambrienta de amor. Necesita mucho más que cosas materiales. Necesita mucho más que un pedazo de pan. Necesita pan y el pan del alma. Necesita amor, necesita contención, necesita sanación del corazón, para eliminar las heridas, para dejarlas de un lado y mirar para adelante.

Jesús, que hoy, una vez más, podamos escuchar estas palabras y animarnos a hacernos cargo de lo que hemos decidido, de lo que nos hemos comprometido alguna vez cuando nos decidimos ser sacerdotes: Darle de comer al pueblo hambriento de Dios, que tanto te necesita.

XVIII Domingo durante el año

XVIII Domingo durante el año

By administrador on 2 agosto, 2020

Mateo 14, 13-21

Al enterarse de la muerte de Juan el Bautista, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos.

Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos.»

Pero Jesús les dijo: «No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos.»

Ellos respondieron: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados.»

«Tráiganmelos aquí», les dijo.

Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud.

Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

Palabra del Señor

Comentario

“¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias en algo que no sacia?”, dice la primera lectura de la liturgia de hoy. ¿Por qué sabiendo que Jesús es el único que sacia nuestro verdadero hambre, tantas veces buscamos saciarnos en otros lados, en otros lugares, en otros corazones? Es una de las preguntas que te animo y me animo a que nos hagamos hoy, todos juntos, en este domingo en el que, como siempre, revivimos el día del Señor. Cada uno, es verdad, como puede, según las circunstancias, pero no olvidemos eso, que es el día del Señor. Sé que lo digo mucho y, por ahí, resulta cansador, pero es algo que los cristianos y los católicos debemos volver a revivir y volver a rememorar, volver a recuperar, por decirlo de otra manera. Porque el mundo nos ha pasado por encima. El tsunami de la mentalidad de este mundo, que todo lo quiere acaparar, que todo quiere devorarse, nos ha robado también de alguna manera el domingo. El domingo, a veces, dejó de ser un día para estar más con el Señor. Pero si vamos a Algo del evangelio de hoy, podemos retomar una frase que, también, nos puede ayudar, como para responder a estas primeras preguntas que nos hicimos.

Con Jesús, dice que todos comieron hasta saciarse y, con los pedazos que sobraron, se llenaron 12 canastas. Es así, Jesús hizo un gran milagro, que no solo sació a los que estaban en ese lugar, sino que además sobró. Sobró 12 (un número que indica la abundancia). Sobró para muchísimos más. Sobró para todo el pueblo de Israel. Sin embargo, nosotros a veces sabiendo esto, sabiendo que solamente es Jesús el que sacia ese hambre de amor que tenemos, ese hambre que grita, que nos hace ruido en el fondo del corazón, porque necesitamos otro para amar y otro para ser amados; sin embargo, a pesar de todo esto, nosotros gastamos tiempo, dinero, energías y tantas cosas en buscar “plenitudes” en este mundo que no existen y nunca existirán, hasta que no venga el fin de los tiempos, hasta que no vuelva Jesús. O buscamos felicidades, muy pero muy, demasiado pasajeras, que se nos van de las manos, se nos diluyen entre los dedos y después andamos pidiendo más. ¡Dame más, quiero más! Y el corazón anda así, gritando y gritando de amor.

Tantas personas que están ahora sufriendo, tristes, desconsoladas, deprimidas, viviendo sin sentido, porque, en el fondo, su corazón grita de amor, pero no lo encuentran. No lo encuentran y esa es la causa y la raíz de todas nuestras debilidades y pecados, de esos infiernos en los que a veces podemos caer, por no saber buscar donde tenemos que buscar. La cuestión del domingo pasado, no sé si te acordás, estaba en descubrir el tesoro, el tesoro de Jesús, el tesoro de su amor, el tesoro de su Reino. Estaba en encontrar la perla, la belleza de su amor, la belleza de su entrega, la belleza de lo lindo que es ser hijo de Dios y hermano de Jesús. Ahí estaba, había que buscar. Había que buscar. Y los que encontraban ese tesoro, los que lo encuentran, son capaces de vender todo.

Son inteligentes como para no gastar más en lo que no conviene. Los dos que encontraron la perla y el otro que encontraba el tesoro eran capaces de vender todo. Y la cuestión del evangelio de hoy y las lecturas está, en realidad, en darse cuenta que solo el pan dado por Jesús puede saciarnos. El pan que en realidad lo representa a él. Porque él es el pan que se partió para el mundo. Ya no nos da pan material, aunque lo necesitamos, sino que se dio él mismo. Yo sé que ahora mientras escuchas lo sabés, lo entendés, pero ¿lo vivimos’, ¿podemos vivirlo? ¿Podemos vivirlo realmente? ¿Podemos darnos cuenta de que solo Jesús calma nuestro hambre?Volvamos a escuchar a Isaías. “Presten atención – dice Isaías – y vengan a mí. Escuchen bien y vivirán”. Escuchen bien y vivirán. Escuchar bien nos hace vivir. “Yo haré con ustedes una alianza eterna, obra de mi inquebrantable amor”. Por eso hoy te propongo que prestemos atención y entendamos bien esto que nos dice la Palabra de Dios también, para poder vivirlo, para poder llevarlo a la práctica.

“Nada ni nadie – dice también San Pablo – podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”. Solo el que experimenta esto, solo el que comprende esta realidad, vivirá saciado. Estará saciado. Sí, tendrá dolores, dificultades, sufrimientos, pero estará colmado de una manera de la que nadie podrá hacerle dudar, porque es el amor de Jesús el que nos sacia.

En el milagro de hoy, Jesús les pide a los discípulos, de alguna manera, que se hagan cargo, que no esperen “el pan que caiga del cielo”. Que no esperemos las soluciones mágicas de los que nos prometen. Ya te imaginarás quiénes. Esas promesas que, al final, nunca nadie cumple. Si no, les pide que se hagan cargo, que ellos mismos les den de comer a esa multitud sufrida y hambrienta, esa de la que Jesús se compadeció. En verdad, él sabe que no pueden. Él sabe que sus discípulos no pueden. Él sabe que nosotros no podemos. En realidad, Jesús lo que quiere es los cinco panes y los dos pescados de cada uno de nosotros, para que ellos pongan algo, para que no pretendamos el milagro sin compartirlo. Es el milagro compartido y para compartir. Es el milagro de la sobreabundancia de Jesús que necesita la ayuda de sus hermanos, de sus discípulos, de nosotros, para alcanzar ese pan que saciará a miles. Es el milagro de tanto amor que podemos dar a nuestro alrededor.

Es el milagro de cada misa también: un poco de pan y de vino que se transforma en el cuerpo y la sangre para todos, y siempre sobra. Es el milagro de cada palabra que sale de la boca de Dios y llega a tantos corazones, pocas palabras en miles de corazones. Es el milagro que Jesús quiere hacer todos los días conmigo y con vos, con nuestros cinco panes y dos pescados, con ese poquito que tenemos, que parece insignificante para poder hacer algo grande en tu familia, en tu lugar, en tu comunidad, en donde estés. Nuestra pizca de amor, de voluntad, para ayudar a otros a descubrir que solo el amor Grande, con mayúscula, es el verdadero amor que sacia el corazón del hombre, de todos los que andan clamando por amor. ¿Vamos a poner nuestros cinco panes y dos pescados? Pensá, pensá qué tenes para dar y qué querés que Jesús multiplique maravillosamente.

XVII Sábado durante el año

XVII Sábado durante el año

By administrador on 1 agosto, 2020

 

Mateo 14, 1-12

La fama de Jesús llegó a oídos del tetrarca Herodes, y él dijo a sus allegados: «Este es Juan el Bautista; ha resucitado de entre los muertos, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos.»

Herodes, en efecto, había hecho arrestar, encadenar y encarcelar a Juan, a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla.» Herodes quería matarlo, pero tenía miedo del pueblo, que consideraba a Juan un profeta.

El día en que Herodes festejaba su cumpleaños, la hija de Herodías bailó en público, y le agradó tanto a Herodes que prometió bajo juramento darle lo que pidiera.

Instigada por su madre, ella dijo: «Tráeme aquí sobre una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.»

El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por los convidados, ordenó que se la dieran y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Su cabeza fue llevada sobre una bandeja y entregada a la joven, y esta la presentó a su madre. Los discípulos de Juan recogieron el cadáver, lo sepultaron y después fueron a informar a Jesús.

Palabra del Señor

Comentario

Un consejo para hoy y para siempre, para mí mismo y para vos, para los tuyos: ¡No le aflojes!, como se dice acá en Argentina. ¡Te lo pido por favor, no le aflojes! Muchas cosas podemos dejar de hacer en nuestra vida, muchísimas. Muchas cosas cambian, es verdad. Muchas cosas duelen; y cosas que cambian, y es bueno que así sean. Las que duelen nos gustaría que pasen rápido, pero hay algo que no debe cambiar nunca y debe permanecer siempre, aún en las dificultades más complicadas, y es… el seguir escuchando. “La Palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que espada de doble filo”. No dejes de escuchar la Palabra cada día. No importa cómo. Yo a veces, es verdad que exijo un poco. Te exijo un poco, pero no importa, a veces, cómo estés, con quién y por medio de quién. No importa si estás triste, alegre, deprimido, sin esperanza.

Al contrario, tirate en la cama y ponete a escuchar la Palabra de Dios. Lo importante, en principio, es escuchar. Aunque a veces, no podamos ahondar demasiado. Por eso, ¡no le aflojemos! ¡No le aflojemos! Terminemos esta semana diciéndonos otra vez al corazón: “¡Quiero seguir escuchando Señor! ¡Me hace tanto bien! Aunque a veces no entienda, aunque a veces no pueda cambiar, aunque a veces no comprenda. Me hace tanto bien. ¡No quiero, no puedo dejar de escuchar!” Digámosle hoy a Jesús: “¡No quiero dejar de escuchar! No quiero caer en la tentación, tan tentadora, de pensar que ya está, de aburrirme de tu amor, de tu corazón, de cansarme de Dios. No permitas eso”.

Si te dan ganas de aflojar, pensá en esos días en los que la palabra te cambió, te ayudó. Algunos días ayuda más, otros menos. Es verdad, depende, pero siempre ayuda. Esto es verdad y nos ayuda mucho a todos, porque estamos unidos por la misma palabra, la palabra que transmite una verdad.

La misma verdad que defendió Juan el Bautista hasta el final de su vida y por la que tuvo que morir decapitado. Sí, es verdad. Si escuchamos esta lectura de Algo del evangelio de hoy parece una película. Esas que vimos tantas veces, pero esto pasó en la realidad. Pidieron la cabeza de Juan llevada en una bandeja. Todo una imagen de lo que es capaz de hacer el ser humano, cuando el odio y la envidia anidan en su corazón, cuando se olvida la verdad, como tantas cosas que escuchamos día a día.

En Algo del Evangelio de hoy no hay muchas palabras de Juan, no habla directamente. Simplemente decían que decía él: “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano”. Decía la verdad, eso que algunos les molesta. ¿Cómo le molesta a tanta gente escuchar la verdad, incluso dentro de la Iglesia? Hay gente que se escandaliza porque uno dice las cosas que dice “en Jesús”, incluso hasta te pueden tildar de imprudente, porque la verdad divide. Sí, es verdad, la verdad genera grieta, como se dice hoy, pero es la misma verdad que proclamó Jesús, la misma verdad que proclamó Juan el Bautista. No tengamos miedo a decir la verdad, con amor, pero decir la verdad. Juan el Bautista lo hizo. Pero sí, el evangelio está lleno de palabras de otros. Volviendo a lo anterior, pero podríamos decir que sí el evangelio está lleno de palabras de otros; palabras de mentiras, cobardías, engaños, vendettas, falsos juramentos, hipocresía, vanidad. Todo para terminar, finalmente, matando a la verdad, para acallarla, aunque no pudieron. Así es la historia de este mundo que vive con tanta hipocresía, que odia la verdad y le gusta vivir en las sombras, en las tinieblas, desde siempre y, más todavía, desde la llegada a este mundo de la Verdad, con mayúscula, que es Jesús. Así actúa la cobardía en nuestro corazón cuando no nos animamos a jugarnos por la verdad por miedo o por bronca, incluso matamos algunas verdades de los otros o matamos a otros con nuestras supuestas verdades.

El martirio de San Juan el Bautista es espejo que, por contraste, muestra la debilidad de este mundo y de nuestros corazones que les cuesta muchísimo reconocer y jugarse por la verdad, incluso hasta derramar la sangre. ¡Cómo cuesta encontrar personas que se jueguen por la verdad! ¡Cómo cuesta incluso dentro de nuestras familias, de la Iglesia! ¡Cómo cuesta encontrar cristianos que realmente estén dispuestos a morir por la verdad, que no tengan miedo de hablar y defender a Jesús! Reina hoy la dictadura del relativismo. Reina hoy una dictadura distinta a la que el mismo relativismo le encanta señalar, la dictadura del relativismo. No podés decir lo que pensás, porque te crucifican. Da tristeza cuando los cristianos somos cobardes y no nos animamos a defender y a hablar de Jesús, a dar la vida por él como él la dio por nosotros. A veces defendemos muchas verdades, pero son muy chiquitas, son intrascendentes, son superficiales. Y no defendemos la única Verdad por la cual vale la pena vivir y morir. Cuando tomamos conciencia de que alguien nos amó hasta el extremo y dio la vida por nosotros, vamos entendiendo que nuestra vida no tiene sentido si no vamos por el mismo camino; que no vale la pena sufrir por bagatelas, sino únicamente por el amor de Jesús, por amor. Esto Juan el Bautista lo entendió perfectamente y, por eso, terminó con su cabeza en una bandeja, pero lo que es mejor, terminó siendo recordado por todos nosotros.

¿Qué preferimos realmente? ¿Preferimos vivir acomodados y ser recordados como personas mediocres que no aportaron nada al Reino de Dios? ¿Preferimos vivir acomodados en nuestra comodidad? ¿No es más lindo vivir y morir por la verdad, por Jesús, dejando algo más grande en este mundo, sabiendo que en cualquier momento podemos dejar de estar? ¿Dejar algo que perdure para siempre? No alcanza con ser buenos, de esos hay muchos, sino que hay que vivir como Juan el Bautista, preparando el camino para que Jesús viva en los corazones de aquellos que andan necesitados de verdad y amor.

XVII Viernes durante el año

XVII Viernes durante el año

By administrador on 31 julio, 2020

 

Mateo 13, 54-58

Al llegar a su pueblo, se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal manera que todos estaban maravillados.

«¿De dónde le vienen, decían, esta sabiduría y ese poder de hacer milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿Su madre no es la que llaman María? ¿Y no son hermanos suyos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Y acaso no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde le vendrá todo esto?»

Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. Entonces les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia.»

Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente.

Palabra del Señor

Comentario

Seguimos profundizando, ya al terminar esta semana, lo que nos enseña la Palabra de Dios sobre ella misma, sobre el valor que tiene para nosotros, sobre la influencia que pueda dar en nuestro corazón, para nuestra vida de fe, para aprender a conocernos y profundizar. Vuelvo a repetir la frase de la carta a los hebreos: “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. Hoy quiero que encontremos la respuesta a lo que venimos reflexionando en estos días sobre el “porqué”. ¿Por qué lo que dice Dios es vivo y es eficaz? ¿Por qué la Palabra de Dios es como una espada que corta y penetra hasta el fondo del alma, del corazón, del espíritu?

En realidad, podríamos decir el “para qué”. ¿Para qué la palabra de Dios corta y penetra? Bueno, la respuesta es sencilla. La da la misma palabra: para ayudarnos a “discernir los pensamientos y las intenciones del corazón”. Vale la pena que entendamos qué es “discernir”, qué quiere decir “distinguir” entre varias cosas. Saber separar, para finalmente poder elegir. No hay discernimiento si no hay finalmente una elección. Para decirlo en criollo, en sencillo: la palabra de Dios penetra en nosotros para que nosotros sepamos distinguir lo que en nuestra cabeza y corazón aparece muchas veces mezclado y confuso. Solo la persona que sabe escuchar aprende a discernir bien lo que siente y piensa. Los que hablan mucho, escuchan poco y, en general, deciden según sus criterios o sus impulsos y, por eso, tienen muchas chances de equivocarse, como nos pasa a todos. Si esto vale para las relaciones humanas, entre nosotros, imaginemos si lo pensamos desde Dios. Por eso, el que escucha a Dios cada día es, a la larga, el más sabio, porque discierne según los pensamientos y deseos de Dios, que son los que jamás se equivocarán.

Al contrario de lo que piensa el mundo o la cultura que nos rodea, que le encanta y se jacta al decir “que tiene convicciones” o “yo me guío por mis convicciones y jamás las traicionaré” dicen muchos. Cosa que, en cierta manera, es bueno, mientras las convicciones sean buenas. El cristiano es aquel que, de alguna manera, duda de sus propios pensamientos y sus deseos para ponerlos siempre a la luz de Dios. No porque sea dubitativo, sino porque confía en los criterios de Dios. Siempre acude al discernimiento que nos da la palabra de Dios. Eso sería lo ideal. Pensar y sentir lo que piensa y siente Dios, para decidir lo que más nos lleve al fin para el cual fuimos creados, amar y ser amados como él nos enseñó.

Un ejemplo claro y palpable de lo que intento decir hoy aparece en Algo del evangelio. Los “parroquianos” de Jesús, aquellos que vivían en su mismo pueblo, que lo conocían, confían en sus propios criterios y pensamientos y por eso ese Jesús que veían con sus propios ojos, tan pero tan humano, tan normal, tan carpintero, no les cabía en sus parámetros de lo que un profeta debía ser, según ellos. Es imposible que uno de los nuestros sea alguien que hable en nombre de Dios. Eso es ser profeta, fundamentalmente, escuchar a Dios, escuchar su palabra y hablar a los demás de lo que escuchamos, habiendo discernido nuestros pensamientos y deseos. Es imposible que el hijo de un carpintero, para ellos, sea tan sabio, que hable con tanta sabiduría.

¡Qué hipócritas o necios que somos a veces los hombres! Los de ese tiempo y los de ahora. Los de la Iglesia y los de afuera. Muchas veces, podemos ser como veletas que vamos tras pensamientos o sentimientos que no son los de Dios, porque no sabemos discernir. Por ejemplo: si alguien nos cae bien, todo lo que sale de su boca se convierte en “palabra de Dios”. Es increíble. Pasa con los políticos, con los profesores, con los sacerdotes, con todos. Si alguien me cae bien pero, en el fondo, es porque representa mis pensamientos, mis deseos, soy capaz de adularlo y cegarme, de una manera casi infantil, por el solo hecho de que dice lo que quiero escuchar o está en contra de los que yo aborrezco.

En el fondo, busco mi idea en lo que dice el otro. Ahora… no me importa a veces su vida moral, sus locuras o incoherencias, sino que dice lo que quiero escuchar. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Lo mismo nos pasa al revés. Cuando alguien no me cae bien, dice verdades que yo no quiero escuchar, pero por el solo hecho de que esa persona no las vive o no es muy amable al decirlas, no valoro ni me importa lo que dice. ¿Qué hacemos entonces ante esta situación? En el fondo ni una cosa ni la otra. ¿Qué importa entonces? Importa lo que se dice. “Cuanto más verdad es una verdad, menos importa quién la dice”, decía un santo.

Jesús fue rechazado por los de su pueblo, por sus “parroquianos”,  diríamos nosotros. Como nos pasa a nosotros en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros ambientes porque muchas veces no podemos superar estos obstáculos tan obvios, tan humanos, pero tan difíciles de saltar.

Dios quiso hacerse, por decirlo así, normal, como uno de nosotros, y por eso se hizo hombre. Dios quiso hablarnos normalmente y por eso tuvo boca y corazón. Jesús fue un hombre sin dejar de ser muy pero muy Dios. Nosotros podemos ser nombres y mujeres muy de Dios, muy profetas, sin dejar de ser humanos. Es más, es signo que estamos siendo profetas si seguimos siendo hombres y mujeres con todas las letras.

Aprendamos a escuchar a todos. Porque más allá de la Palabra de Dios escrita, Dios nos habla por medio de todos, incluso de los que, a veces, despreciamos o no comprendemos.

XVII Jueves durante el año

XVII Jueves durante el año

By administrador on 30 julio, 2020

 

Mateo 13, 47-53

Jesús dijo a la multitud: «El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

¿Comprendieron todo esto?» «Sí», le respondieron.

Entonces agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo.» Cuando Jesús terminó estas parábolas se alejó de allí.

Palabra del Señor

Comentario

“Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo… —y sigue diciendo la Carta a los hebreos— ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.

La Palabra de Dios penetra hasta el fondo de nuestra vida. Quiere penetrar. Corta, no por cortar, por hacer doler, sino que corta para poder penetrar. No hay otra forma. No hay otra manera. Por eso, nos podríamos preguntar porqué muchas veces escucho la Palabra de Dios y no pasa nada, es como si no leyera nada.

Alguien me dijo una vez: “A mí me hacen doler mucho las cosas que dice, Padre. ¿Por qué a veces Dios es tan duro?”. Salió decirle: Sí, puede ser. Es verdad. A veces, la Palabra de Dios es difícil, es dura, es cortante. Esto pasa cuando me muestra algo que no va bien en mi vida, pero… estoy seguro de que ese no es su primer fin. La Palabra de Dios quiere penetrar hasta el fondo del alma, para abrazar, para consolar, para sanar lo roto. Quiere llegar hasta la raíz, hasta la médula, para transformar nuestra vida desde adentro, desde lo más profundo; no desde afuera, no superficialmente. Cuando escuchamos no lo hacemos solamente para pensar en qué tenemos que cambiar o qué tenemos que hacer, hay que evitar pensar directamente eso, sino que quiere ser bálsamo para el alma. Y por eso es un camino más largo, más difícil, pero más lindo. En la medida que la Palabra de Dios nos va haciendo sentirnos hijos y amados, eso es el camino o el principio del camino de la sanación, que después hará que duela menos aquello que me muestra.

Entonces, dejemos que penetre hasta el fondo del corazón. Tenemos que escuchar más, tenemos que tratar de comprender mejor. Si no pasa nada cuando escuchás, tenés que tratar de volver a leer, escuchar y profundizar. Poné el audio muchas veces si es necesario. A ver… hacé como me cuentan algunos, que me dicen que lo ponen dos, tres o cuatro veces. ¿Qué perdemos? Alguien también me dijo una vez: “La verdad es que me hace bien escuchar diez minutos, no es nada; si al final los pierdo en ver televisión, en cualquier cosa”. Es así, ¿no? ¿Cuánto tiempo dedicamos a que otras cosas penetren en nuestra vida y no tanto las cosas lindas que vienen de Dios?

En Algo del Evangelio de hoy escuchamos otra parábola acerca del Reino, una de las últimas parábolas donde Jesús nos quiere explicar qué es el Reino de Dios. Es un poco difícil, porque la lógica del Reino de Dios no sigue la lógica humana. Escuchamos la otra vez que los peones del campo quieren arrancar la cizaña —como haría cualquiera de nosotros—, sin embargo, Dios dice: «No. No arranques. No la arranques. Esperemos hasta el fin. No vaya a ser que arranquemos sin querer algo que es bueno, el trigo».

Hoy también la lógica de esta parábola diría que un pescador mientras va pescando y ve que pesca algo que no sirve lo tira al mar, mientras va pescando, podríamos decir, por el camino; ¿Por qué? Para no cargar hasta la orilla algo que no será de su provecho, algo que le genere incomodidad, basura. Sin embargo, hoy la parábola dice: “…los pescadores la sacan a la orilla…”; o sea, que Dios está mirando la historia, digamos que, desde arriba, con misericordia. Está “pescando” continuamente. Tira la gran red de su amor al mundo, que es el mar, para sacar toda clase de peces, toda. Toda clase de peces —dice la parábola—, no los que nosotros pensamos que se “merecen” la salvación, los que se merecen ser pescados. La red atrapa todo: los buenos, los malos, los feos, los lindos, los grandes, los chiquitos, los gordos, los flacos, los rubios, los morochos, los que tienen más dinero, los de menos: todos los hombres-peces de la historia del mundo.

¡Cuidado! La red del Reino de Dios quiere salvar a todos. No excluye a nadie. El Señor es el primer gran interesado por salvar a todos los hombres, a vos y a mí, en primer lugar. Y cuando lleguemos al final de la historia, de nuestra vida personal, Dios Padre nos podrá decir: «Este se merece y quiero que esté conmigo para toda la eternidad». No somos nosotros los que decidiremos. Dios quiere la salvación para vos, para mí, empezando desde hoy, y para eso tenemos que abrir más el corazón.

Entonces, vos y yo no somos quiénes para andar mirando quién se merece y quién no se merece, quién es bueno y quién es malo. ¡No!, eso dejémoslo mejor a Dios, que lo sabe mucho mejor que nosotros. No hay que amargarse la vida.

¿Comprendiste esto? ¿Comprendimos? Es difícil, es una lógica difícil, pero tenés que dejar que nos transforme. Tenés que dejar que la misericordia de Dios nos haga ver las cosas de otra manera. Solo al final de la historia se tirará lo que no sirve. Mientras tanto, misericordia y tirando la red para todos lados. Los peces que menos parecen, a veces son los que más se convertirán.

Muchas veces, vienen madres muy dolidas a hablar con nosotros, los sacerdotes, o padres, porque sus hijos están lejos de Dios. Porque sus maridos no se acercan, porque están enfermos o llegando al final de sus vidas y aun así no abren su corazón. Hay que seguir rezando, hay que dejarlos tranquilos. El Reino de Dios no es únicamente la Iglesia. Dios sabe cómo y cuándo actuar, incluso fuera de la barca de la Iglesia. Dios es el primero que quiere pescar a todos. Que a veces no se acerquen a la Iglesia, que no reciban los sacramentos, como nosotros quisiéramos, no significa que el Reino de Dios no pueda trabajar en sus corazones. Hay que mirar la historia como la mira Dios, con paciencia, con misericordia, con un corazón mucho más grande que el nuestro.

XVII Martes durante el año

XVII Martes durante el año

By administrador on 28 julio, 2020

 

Mateo 13, 36-43

Dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo.»

Él les respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.

Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre.

¡El que tenga oídos, que oiga!»

Palabra del Señor

Comentario

Es interesante ir aprendiendo lo que la palabra de Dios dice sobre sí misma, que, en definitiva, en cierta manera, es lo que Dios dice sobre sí mismo, sobre lo que él quiere decirnos. Si Dios es el que habla por medio de su palabra escrita, entonces quiere decir que Dios nos habla de sí mismo a nosotros y también nos habla de nosotros, a nosotros. Parece un trabalenguas, pero es así. Pero entonces, quiere decir, y en esto quiero que prestemos atención, que la palabra escrita, es solo un medio, un instrumento por el cual Dios nos dice cómo es él y cómo somos nosotros. Y, podríamos agregar, y cómo quiere que seamos nosotros.

Sintetizo esto que quiero decir: una cosa es hablar de la palabra de Dios escrita, la que encontramos en la Biblia y por eso podríamos llamarla mejor… Sagrada Escritura, y otra cosa es hablar de la Palabra de Dios con mayúscula que, para tu sorpresa y la mía, alguna vez cuando lo aprendí, es “mucho más que la Biblia”. Porque la Palabra de Dios, con mayúscula, en realidad, no es una cosa escrita, no es una transmisión oral, sino que es Jesús. Jesús es la palabra de Dios. ¿Comprendemos esto? Como decía el Evangelio del Domingo: “¿Comprenden esto?”. Jesús es la Palabra de Dios para todos, para todos los hombres. Es todo lo que Dios nos quiso y nos seguirá diciendo. Y Jesús habla más allá de la Biblia, aunque, por supuesto, que la Biblia es el lugar privilegiado, es el mejor de todos, por decirlo así. Por eso, cuando digo que aprendamos qué nos dice la palabra de Dios sobre sí misma, me refiero a la Sagrada Escritura. Qué nos dice la escritura sobre lo que es la misma escritura y lo que hace en nuestra vida. Por supuesto que lo podemos aplicar a Jesús, porque Jesús también habla de sí mismo para que conozcamos su corazón y el del Padre. ¿Comprendemos esto? Espero que sí.

La carta a los hebreos dice así: “La Palabra de Dios es viva y eficaz y es más cortante que cualquier espada de doble filo”.

Sí. La palabra de Dios es viva, pero también es eficaz, o también podríamos decir que es eficaz porque está viva, porque es viva. Solo lo que está vivo puede dar vida y esa es su eficacia, la vida. La palabra de Dios escrita es eficaz, quiere decir que dice lo que hace y hace lo que dice. No se comporta como nos pasa a nosotros, que muchas veces no vivimos lo que decimos. Es eficaz en nuestra vida cuando la escuchamos con constancia. Siempre termina dando fruto y esa es la maravilla. Lo que te está pasando a vos ahora, está dando futo y produce en nosotros lo que nos va diciendo. Como que va trabajando interiormente, silenciosamente, con el tiempo, con paciencia, es verdad, si se escucha con amor. Es lindo saber eso. Es lindo creer en esto. Creé. Creamos en esto.

Son innumerables las personas. Te lo digo en serio y es para dar gloria a Dios, que me dicen que, gracias a escuchar la palabra de Dios todos los días, su vida se transformó, pero se transformó en serio. Si todavía no creés que sea eficaz, es porque todavía no pudiste experimentar esta realidad, no pudiste escuchar con un corazón abierto y dispuesto. No le dedicaste tanto tiempo. No nos rindamos. No bajes los brazos. No nos cansemos. Todos estamos en la lucha en todo tiempo, en todo momento. Todos estamos en este camino. Todos tenemos que caminar escuchando. Tenemos que volver a empezar siempre.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña algo muy lindo: el interés de los discípulos por saber más, por comprender. No creyeron que “se las sabían todas”. No creyeron que habían comprendido. ¿Te acordás que el mismo Jesús dice que la mayor dificultad por la cual la palabra de Dios no da fruto en nuestra vida es por la falta de comprensión o sea por la ignorancia? Somos ignorantes en las “cosas de Dios” y por lo tanto en sus palabras. ¿Lo sabíamos? A veces nos convencemos de que las parábolas de Dios, incluso en la catequesis se enseñan así, lo que me hace dudar, son una especie de lindos “cuentitos” para niños y creemos que las comprendemos fácilmente, pero la mayoría de las veces nuestra comprensión es superficial. Se queda ahí arriba nomás, sin tocar fondo, y si no toca fondo, si no toca el corazón, no echa raíz, no termina de ser eficaz. Señor: «Explicanos la parábola de la cizaña en el campo.» Qué lindo poder decirle eso hoy a Jesús, pero con todas las palabras. “Explicanos algo más de lo que creemos que ya sabemos.

Ayudanos a comprender que en realidad no comprendemos nada. Ayudanos a no darnos el lujo de decir que “ya está”, ya no necesitamos explicaciones, ya no necesitamos hacernos más preguntas” Dichoso aquel que pregunta siempre porque siempre se da cuenta de que jamás puede saberlo todo. Dichoso aquel que al escuchar la palabra de Dios de cada día le dice a Jesús, con humildad y sencillez, “Jesús, ¿me explicás mejor lo que dijiste? ¿Me explicás lo mismo, pero bajado a mi tierra-corazón, a mi pobre comprensión. Me lo explicás para que pueda vivirlo en mi vida?” Dichoso el que cada día se toma el trabajo de escuchar a Jesús y pedirle que sea él mismo el que le explique y no solo el sacerdote de turno, aunque nos puede salir bien, pero… sino que sea él. Dichoso el que no considera a la palabra de Dios algo más en su vida ni la compara con cualquier escrito, sino aquel que toma conciencia de que es “viva y eficaz”, que da vida y cambia la vida y, de golpe, se va dando cuenta que no hay palabras más lindas que las palabras que salen de la boca de Dios.

Dichoso aquel que dedica más tiempo en su día para escuchar a Dios y no tanto en escuchar palabras de la televisión, de las novelas, de las series, de las “malas-noticias”, de los chismes, de las calumnias, de los juicios apresurados, de los que se las “saben todas” y se creen los mesías de este mundo, de un mundo que únicamente y solo lo salva Jesús.

Hoy seamos dichosos oyentes de la palabra de Dios. Hoy seamos humildes “preguntones” y démonos el lujo de preguntarle a Jesús todo lo que necesitamos. Hoy reconozcamos nuestra ignorancia y volvamos a escuchar o leer la palabra para descubrir algo nuevo, algo que no sabíamos.

XVII Lunes durante el año

XVII Lunes durante el año

By administrador on 27 julio, 2020

 

Mateo 13, 31-35

Jesús propuso a la gente otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.

Palabra del Señor

Comentario

Cada lunes es, de alguna manera, un volver a empezar o un empezar distinto al de otro día de la semana. Después del domingo, después de descansar un poco más, de haber disfrutado algo distinto, tenemos que volver a lo de siempre, a la rutina de cada día, pero de una forma nueva. Eso sería lo ideal. Eso es lo que necesitamos todos, renovarnos. Pero… ¿lo vamos a hacer sin escuchar la Palabra de Dios? No, jamás. ¿Creés que puede ser lo mismo? No, es imposible. No es lo mismo. Aquel que experimentó la fuerza de la palabra en su vida, puede asegurar que no es así. Levantá la mano si para vos es así, como te estoy diciendo, que no hay vuelta atrás, que no es lo mismo escuchar que no escuchar. Para afirmar esto es lindo aprender algo sobre lo que la Palabra de Dios dice sobre ella misma.

¿Qué nos dice la Palabra de Dios de ella misma? Empecemos esta semana por la carta a los Hebreos que dice: “…la Palabra de Dios es viva…”. Quiere decir que no es letra muerta; o sea, que cada vez que se la lee, si se la lee con espíritu atento, si se la guarda en el corazón mientras se la lee, para pensarla, contemplarla y meditarla, es “viva”. Te habla a vos y a mí en este momento concreto de nuestra vida. Te habla a vos que estás trabajando, en una empresa o en una fábrica; vos que trabajas en una casa; que sos madre, que sos padre, que sos hijo, hija. Te habla ahora, en este momento, mientras estás haciendo lo que te toca hacer. No importa lo que estés haciendo. Y al decir que la palabra es viva, quiere decir que es dinámica también y, por eso, puede obrar, puede actuar. Con ese espíritu, con esas ganas, hay que leer y escuchar la Palabra de Dios. Y, al mismo tiempo, si es viva…es para vivos, para personas que tienen corazón, que tienen ganas de crecer, que tienen deseos de escuchar y de vivir según lo que Dios dice y enseña. Pero, me animo a agregar una cosa más, es viva también porque puede hacer resucitar a un muerto. Puede hacer que nos renovemos verdaderamente, aunque estemos medios moribundos del corazón.

En Algo del Evangelio de hoy el Señor nos sigue hablando por medio de parábolas. Sigue enseñándonos a través de parábolas qué es el Reino de Dios El Reino de Dios que ya está entre nosotros porque Jesús es quien lo trajo con su presencia, con su presencia física y hoy con su presencia mística en la Iglesia, en la Eucaristía, en cada uno de nosotros que vive la fe, en cada pobre que nos necesita. El Reino de Dios está ahí, ahora, presente en este momento.

El Reino de Dios no es únicamente la Iglesia. ¡Cuidado!, no lo identifiques únicamente con la Iglesia. Es verdad, está en ella, pero la sobrepasa. Porque el Reino de Dios es la relación de amor entre Dios Padre y nosotros, y se hace presente especialmente cuando le decimos un “sí” a Dios, cuando aceptamos su voluntad y se realiza acá en la tierra, como decimos al rezar el Padre Nuestro. Por eso, el Reino de Dios es más grande que la Iglesia. Aunque, por supuesto, la Iglesia en cada uno de nosotros, está llamada a vivirlo de una manera especial, más profunda, más radical.

El Reino de Dios —dice hoy Jesús— es un grano de mostaza. Es chiquitito, empieza con lo chiquito, como cualquier comienzo. Todo crece lentamente. Es la más pequeña de las semillas, casi insignificante…

Y así empezó el Reino de Dios en tu vida y en la mía. Así empezó cuando nos bautizaron, cuando recibimos la fe, cuando nos convertimos, cuando de a poquito recibimos las enseñanzas de las cosas de Dios y dejamos que vayan germinando y creciendo. Empezó de a poquito y hoy creció muchísimo en tu corazón y en el mío, pero quiere crecer todavía mucho más para cobijar a otros.

Hoy el Reino de Dios en tu vida también comienza como un grano de mostaza. Tratemos de que se extienda como las ramas de este arbusto. Tratemos de que hoy en nuestra vida, en nuestro trabajo, en nuestras familias, con nuestros padres, hermanos, con los hijos; a través de ese “sí” que le demos a Dios, y logrando que se haga su voluntad, se convierta en una posibilidad para otros, para que los demás se cobijen, se sientan abrazados por el amor de Dios, que tengan un lugar donde estar. El Reino de Dios abre las puertas y el corazón a todos.

El Reino de Dios también es levadura —dice Jesús. No se ve, pero se mezcla con harina y logra formar una masa rica para que otros se alimenten. El Reino de Dios está en medio de este mundo. Vos estás en medio del mundo. Ahora estás viajando o estás por ir a tu trabajo. Estás estudiando o estás descansando, pero estás en el medio del mundo y tenés que hacer “fermentar” la masa. Tenés que darle forma a la masa de este mundo que, sin levadura, sin el Reino de Dios, sin ese “sí” chiquito que le damos a Dios, no tiene sentido. Es aburrido.

Por eso, preguntémonos hoy de qué manera podemos ayudar a que esta “masa” del mundo que a veces vive como sin Dios, y a veces también en nuestra vida por ahí estamos viviendo como si Dios no existiera… en qué manera podemos ayudar, podemos colaborar. Preguntémonos si esa masa hoy puede fermentar y así poder vivir el Reino en nuestro día, en cada cosa sencilla que nos toque vivir.

XVII Domingo durante el año

XVII Domingo durante el año

By administrador on 26 julio, 2020

 

Mateo 13, 44-52

Jesús dijo a la multitud:

«El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.

El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.

Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

«¿Comprendieron todo esto?»

«Sí», le respondieron.

Entonces agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».

Palabra del Señor

Comentario

Como decimos siempre, el domingo es el día del Señor. No solo porque es un día especial para dedicar un poco más de nuestro tiempo a estar concretamente con el Señor, y esto podemos entenderlo como dedicar un poco más de tiempo a la oración, al ir a misa, a dar gracias, a ofrecer nuestra vida, disfrutar un poco más del silencio o de una buena lectura; sino también porque es un día para estar con los que el Señor pone a nuestro lado, puso a nuestro lado, ya que también en ellos se manifiesta su presencia.

Por eso, es que el domingo es bueno también aprovecharlo para hacer lo que muchas veces no podemos hacer por las corridas de cada día, por el trabajo, por las obsesiones que a veces tenemos, por los afanes, por las preocupaciones, por las tristezas, por los enojos, por las divisiones, por las ideologías incluso que nos dividen las familias; que hacen que sin querer nos aislemos y nos perdamos de tantas cosas que tenemos y no alcanzamos a apreciar.

El día del Señor es un día para estar más con nuestra familia, para estar un poco más con nuestros hijos. Pero no con la televisión de por medio, no con más ruido; sino para estar en serio, para descansar un poco más, para escucharse mutuamente, para preguntarse cómo está cada uno, para ver cómo fue la semana, para animarse un poco a la que viene. Es un día para estar, para estar con el Señor presente en nuestros hermanos, en nuestros seres queridos; para rezar también por ellos y, porqué no, con ellos.

En Algo del Evangelio de hoy continuamos escuchando parábolas del Reino de los Cielos. ¿Te acordás la de los domingos anteriores? La parábola del sembrador; la parábola del trigo y la cizaña; la de la levadura, el grano de mostaza; y hoy las parábolas de la perla, del tesoro escondido y de la red que se tira al mar. Diferentes explicaciones de lo que es el Reino de los Cielos; de lo que es el Reino de Dios; de lo que es el Reino del Padre y nosotros sus hijos, junto con nuestro hermano mayor, que es Jesús, que nos vino a enseñar a ser hijos de Dios. Estas parábolas completan, de alguna manera, la explicación de lo que muchas veces no llegamos a comprender de una sola vez. Hoy animémonos a dar un paso más. Hoy el Señor nos habla otra vez al corazón de modo sencillo, pero para que también preguntemos sin miedo.

Las parábolas de hoy, especialmente la del tesoro y la de la perla, nos muestran el valor y la belleza del Reino de Dios; el valor y la belleza de encontrarse continuamente y a lo largo de toda nuestra vida, y cada día, con Jesús. Encontrarse con él tiene mucho valor. Es el valor de nuestra vida y es la belleza a la que debemos aspirar.
Jesús es el tesoro, es la perla. Nosotros somos los que encontramos el tesoro o que nos dejamos, por decirlo así, encontrar por él. Nosotros somos los que buscamos la perla si ese deseo está encendido en nuestro corazón. Vos y yo somos aquellos que necesitamos tener un verdadero tesoro en la vida. Vos y yo somos aquellos que necesitamos encontrar cosas lindas, bellas, que nos hagan bien. Todo ser humano es creado para valorar la verdad y la belleza de esta vida. Y ese es el Reino de Dios: encontrarse con Jesús, que es encontrarse con la verdad más profunda, la que le da sentido a la vida, la que le da la mayor alegría a cada persona en esta vida. Encontrarse con Jesús ayuda a ver la verdadera belleza y la grandeza de esta vida que Dios nos regaló para que la disfrutemos y para que ayudemos a que otros la disfruten.

Por eso, encontrar el tesoro nos llena de alegría. ¿Te llenó de alegría alguna vez? ¿Te llena de alegría hoy? Encontrar la perla nos anima a venderlo todo. Cuando uno encuentra lo que realmente vale la pena, todo lo demás, por decirlo así, vale poco. Vvale también, es verdad, pero muy poco en comparación con lo mejor.

Llevemos esta imagen del tesoro y de la perla a nuestra vida sencilla y cotidiana, lo de cada día. Porque no hay que “vender” todos los bienes para jugarse por Jesús, los bienes materiales, pero sí hay que vender aquello de lo que sin querer nos hemos adueñado y que tenemos ahí retenido y, finalmente, no nos deja amar con alegría (cosas que están desordenadas).

¿Qué nos pasa que a veces arrastramos la fe? ¿Qué nos pasa que somos cristianos y que parece que queremos negociarlo todo, que queremos quedar bien con unos y con otros, con Dios y con el dinero? No es así, no se puede servir a Dios y al dinero, al dinero como imagen de todo aquello que nos roba el corazón.

El que encuentra el tesoro y el que se deja encontrar por Jesús, deja, vende todo lo que tiene para poder quedarse con él. Vende su egoísmo –lo deja de lado–, vende su orgullo, su pereza, vende su lujuria, su avaricia. Vende todo, para encontrar la alegría del amor que nos da el seguirlo y el encontrarnos cada día con la maravilla del Reino de Dios, de nuestros hermanos. El que encuentra la perla fina realmente se da cuenta de que no hay nada más lindo, nada más bello, que estar con Jesús y que eso no nos quita nada, sino todo lo contrario. Nos da todo. Nos hace ver las cosas con los ojos de Dios.

Que este domingo sea un día lindo, para seguir encontrando el tesoro y la perla más linda de nuestra vida, a Jesús. Estando un poco más con él, solos o con los que más queremos.

Fiesta de Santiago Apóstol

Fiesta de Santiago Apóstol

By administrador on 25 julio, 2020

 

Mateo 20, 20-28

La madre de los hijos de Zebedeo se acercó a Jesús, junto con sus hijos, y se postró ante él para pedirle algo.

«¿Qué quieres?», le preguntó Jesús.

Ella le dijo: «Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»

«No saben lo que piden», respondió Jesús. « ¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?»

«Podemos», le respondieron.

«Está bien, les dijo Jesús, ustedes beberán mi cáliz. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes se los ha destinado mi Padre.»

Al oír esto, los otros diez se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.»

Palabra del Señor

Comentario

Nunca nos puede hacer mal escuchar la Palabra de Dios, la palabra que quedó escrita para siempre y para todos. La palabra que a lo largo de los siglos la Iglesia fue reconociendo como inspirada por Dios y para salvación de los hombres. Es palabra inspirada por Dios, decimos, pero al mismo tiempo escrita por hombres, de carne y hueso, como nosotros y, por eso, necesita ser interpretada, necesita ser explicada. De la palabra de Dios escrita puede salir lo mejor, las mejores verdades, por decirlo de alguna manera, la santidad. Y puede salir también lo peor, el rechazo, incluso el error, la herejía. Por eso tanta confusión y error. Porque muchos creen que basta tener una biblia en las manos como para que esa palabra dé frutos. No, no basta, no alcanza. Es letra muerta si no es bien interpretada. Para que dé frutos en nosotros, es necesaria una comunidad de personas que, a lo largo de los siglos, la vaya comprendiendo, viviendo y transmitiendo. Eso es la Iglesia. Para eso es la Iglesia, para recibir la palabra a los pies de Jesús, para comprenderla, para vivirla y transmitirla. Y así comenzó la vida de la Iglesia con los apóstoles cercanos a Jesús y que llegó hasta nosotros, hasta el día de hoy.

Algo del Evangelio de hoy nos trae al presente un momento de la vida del apóstol Santiago, cuya fiesta celebramos hoy. Ese hombre que deseó ser el primero, pidió ser el primero entre los apóstoles y, finalmente, llegó a ser primero, pero de otra manera. Logró el primer puesto que deseaba, pero no por los caminos del acomodo, del ventajeo, sino por el camino del servicio que Jesús le fue marcando. Fue el primero de los apóstoles que recibió el don y la corona del martirio. Tuvo que pasar mucho tiempo para que comprendiera esas palabras de Jesús, de este día, que acabamos de escuchar, que incluso a nosotros nos puede costar comprender: «¿Pueden beber el cáliz que yo beberé?»

Junto con Juan y Pedro fue uno de los apóstoles privilegiados y elegidos para ser testigo de momentos fundamentales en la vida del Señor: la resurrección de la hija de Jairo, la Transfiguración, la oración y sufrimiento de Jesús en el Huerto. Sin embargo, él parece que quería más, no se conformaba con eso. Junto con su hermano y utilizando a su madre para lograr lo que quería, le pidió a Jesús más privilegios. Le pidió un puesto en su Reino, sin saber que el Reino de Jesús iba a ser muy distinto de lo que él pensaba. Parece que no se conformaba con lo que tenía. Algo parecido a lo que, a veces, nos pasa a nosotros.

Siempre me resultó muy “gracioso” este pasaje del evangelio. Es divertido ver cómo de una ambición muy mundana y humana, Jesús logra sacar un “sí”, un “podemos” casi inconsciente, arrebatado, a dos hombres que no sabían a qué se estaban comprometiendo. Dicen que sí en el fondo, si te pones a pensar, por ambición y deseos de figurar, de ser los primeros, y terminan comprometiéndose a ser “esclavos” de todos para llegar a ser grandes algún día, como Jesús les enseñaba. Hasta los otros diez se enojan por esa actitud, signo de que a ellos también les interesaban esos puestos.
Me resulta genial el modo de obrar de Jesús. El modo que tiene de lograr “sacar lo mejor de lo peor”, para que se vea bien que la fuerza no procede de nosotros, sino de él. Es claro que él necesita “vasijas de barro” para que el tesoro reluzca, para que se vea que la fuerza procede de su amor.

¿Cuántos “sí” y “podemos” inconscientes y mezclados con un poco de ambición dijimos en nuestra vida? Por mi parte varios, incluso la misma vocación a veces puede surgir así, con un poco de ambición humana. Pero lo lindo es saber que Jesús va purificando, va conduciendo a buen puerto nuestras intenciones, a veces, un poco torcidas y embarradas.

Qué esperanzador es saber que Jesús puede hacer de alguien, deseoso de reconocimiento, de popularidad, de búsqueda de poder y de tanto más, un enamorado del servicio y del amor. Puede tomar todo eso para hacerlo un mártir. Alguien que dé la vida, por él y por la Iglesia, sin importarle el puesto.

No sabemos lo que pedimos cuando pedimos. Es así, aunque nos creamos que las sabemos todas. Menos mal, menos mal que somos un poco inconscientes cuando, arrebatados por el amor mezclado con bastante de ambición, le decimos que sí al Señor. Le decimos que estamos dispuestos a todo, que aceptamos todo, que somos capaces de amar hasta el final, pero después corremos ante el primer obstáculo y sufrimiento. Menos mal, porque si supiéramos lo que significa, no lo haríamos, por temor, por fragilidad. Menos mal, porque si no fuéramos un poco inconscientes, él no tendría apóstoles, servidores de todos, a cambio de nada o, mejor dicho, a cambio de todo.

Pidamos todo, sabiendo que él nos dará todo. Todo lo que necesitamos para ser santos, generosos y servidores de su amor. Pedir por amor, aunque se mezcle, a veces, con un poco de ambición.

XVI Viernes durante el año

XVI Viernes durante el año

By administrador on 24 julio, 2020

 

Mateo 13, 18-23

Jesús dijo a sus discípulos:

«Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.

El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.

El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.

Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno.»

Palabra del Señor

Comentario

Cada cosa tiene su lugar. A cada cosa tenemos que aprender a darle su lugar. Y, para eso, es bueno y necesario saber distinguir; saber discernir, se dice en la vida espiritual. No se trata de ser necios o tontos y que todo nos dé lo mismo y que digamos… “Bueno. Total es Dios el que juzga. No importa que haya mal en el mundo”. No, ¡nos debe doler! Nos duele el mal. Hay que saber diferenciar la cizaña, por un lado, y el trigo, por el otro. De eso Dios no nos eximió. No le molesta que distingamos. Al contrario, nos dio la cabeza para pensar, el corazón para elegir. Lo que no quiere es que seamos jueces, cosechadores, y que ocupemos el lugar que no nos corresponde. Debemos ocupar el lugar que nos corresponde en este mundo y, por eso, aprender a distinguir la cizaña también es parte de nuestro camino. Ahora, eso no quiere decir tener ganas de barrer con todo, de ser cosechadores, de juzgar.

Aún cuando aprendamos a distinguir, podríamos decir que nadie, si le dieran a elegir, quiere cizaña en su campo-corazón, en el campo de la familia, de la Iglesia, en el mundo. Sin embargo, hay que aceptar que la cizaña está y Dios la permite. Él lo sabe todo. No sirve que nos enojemos con Dios o que le cuestionemos porqué permite esto o lo otro. Cada tanto nos puede pasar, pero es así, las cosas son así. Nos ahorramos mucho camino si aceptamos lo que hay que aceptar. Y no digo esto para que nos resignemos al mal y lo aceptemos sin querer modificarlo. Aceptar no quiere decir ser pasivos. Eso no es de cristianos. Pero sí lo que digo y lo que pienso es que no pretendamos ser más que Dios o incluso hacer lo que ni siquiera Jesús hizo en este mundo, que fue “acabar” de una vez por todas con los malos o con el mal del mundo (cosa que todos deseamos).

Él luchó contra el mal, pero luchó haciendo mucho bien, sembrando más semillas buenas, para ganarle; no aniquilándolo de un día para el otro, sino para ganarle con el amor. Jesús expulsó demonios, derrotó al demonio, pero, igualmente, el maligno sigue ejerciendo de algún modo su influencia en el mundo. Sigue sembrando cizañas cuando estamos dormidos. Jesús se lo permite, misteriosamente. ¿Por qué será? ¿Cuántas veces nos preguntamos por qué esto, por qué lo otro, por qué las injusticias, por qué sufren los niños, por qué la muerte, por qué tanto dolor? En el fondo, ¿por qué el pecado? ¿Por qué la cizaña? Bueno, este audio no es para que hagamos teología profunda: primero, porque no estoy capacitado; segundo, porque sería demasiado largo; y tercero, porque creo que por más que pensemos y pensemos, nos preguntemos y preguntemos, y hace bien, hay cuestiones que las entenderemos plenamente cuando nos toque vivirlas y fundamentalmente cuando estemos cara a cara con Jesús. Mientras tanto, nos guste o no, nos enojemos o no, hay cosas que es bueno aceptarlas primero, para después cambiarlas. No enojarse y mirar para adelante confiando más en la fuerza del bien que en el poder del mal; poniendo nuestra esperanza en que Jesús, definitivamente, vencerá el mal cuando venga por segunda vez.

Como decía al principio, hay que darle a cada cosa su lugar, aprender a distinguir. Creo que Algo del Evangelio de hoy nos ayuda a seguir este camino de esta sabiduría interior que viene del cielo. No podemos echarle la culpa siempre a los otros de las cosas que pasan: a la cizaña, al maligno, a Dios o a quien sea. La cizaña hace su trabajo, es verdad. El maligno también, pero ¿y nosotros? ¿Cuándo vamos a asumir nuestras responsabilidades? ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta que la poca fecundidad de nuestra vida, de lo que hacemos, en mayor parte se debe a nosotros mismos? Como decía alguien por ahí: “El mayor mal a veces es el silencio de los buenos”.

A veces somos muy inmaduros en la fe. Y por eso, para un extremo o el otro, atribuimos las cosas malas a “alguien, por ahí, que nos hizo el mal” y todo lo bueno, que queremos que venga, pretendemos que sea mágicamente, que venga de afuera, sin mucho esfuerzo de nuestra parte. ¿Te parece eso una actitud madura de un hijo de Dios? Son muchísimas las personas, muy creyentes, que todo lo malo que les pasa se lo atribuyen a otros: o al demonio o a un maleficio, a un “trabajo”, a un familiar, a un vecino, al jefe y, rara vez, a sí mismos, a sus propias decisiones. Son muchísimas las personas de fe que le piden a Dios cosas buenas sin poner mucho de sí mismos, olvidándose que sin algo de nuestra parte muchas veces Dios no puede o, podríamos decir, no quiere actuar. ¿Entendemos esta verdad?

La explicación de la parábola del sembrador dada por Jesús no puede ser más clara. Te diría que no hace falta explicarla mucho más. ¿Qué mejor explicación que la que dio el mismo sembrador, nuestro Maestro? Lo que sí creo, que ayuda a pensar, es que lo que hace la gran diferencia es la comprensión de la Palabra. Todos escuchan, pero no todos comprenden. El que da fruto en serio fue el que escuchó y comprendió. Los que no dan frutos son los que no comprenden, los inconstantes y los débiles, los que se dejan vencer rápidamente. ¿A quién podemos echarle la culpa? ¿A la semilla? No. ¿A la cizaña? Tampoco. ¿A los pájaros? Menos. ¿A las preocupaciones y problemas? ¿A las riquezas de este mundo?… Sería lo más fácil.

Cada cosa en su lugar. Acordate. Aprendamos a distinguir y a hacernos cargo de nuestra parte. Todos tenemos que reconocer que la falta de frutos se debe principalmente a nuestra debilidad, a nuestros pecados, a nuestra poca constancia, a nuestras malas decisiones; y dejar de mirar para afuera y encontrar fantasmas por todos lados. La cizaña está y estará siempre. Las preocupaciones nunca nos abandonarán. Las riquezas siempre nos atraerán. Ese no es el problema. Somos nosotros los que creemos, los que debemos jugarnos por el bien, la bondad, la belleza, la verdad, y ser constantes en escuchar y luchar, todos los días. No aflojemos, que todos podemos dar más frutos si escuchamos y comprendemos día a día la Palabra de Dios.