Book: Mateo

XVI Lunes durante el año

XVI Lunes durante el año

By administrador on 20 julio, 2020

 

Mateo 12, 38-42

Algunos escribas y fariseos le dijeron a Jesús: «Maestro, queremos que nos hagas ver un signo.»

El les respondió: «Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches.

El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás.

El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón.»

Palabra del Señor

Comentario

Le pido a Dios Padre, que es nuestro Padre, que poco a poco estés experimentado lo lindo que es escuchar día a día la Palabra de Dios. ¡Qué alegría cuando alguien dice que su vida cambió al escuchar la Palabra de Dios! Uno se puede morir en paz. Cuando nos tomamos en serio esta tarea algunas cosas empiezan a cambiar. Empezás a escuchar cosas que no habías escuchado jamás. Empezás a escuchar cosas que Dios te quiere decir, cosas de Dios que te hacen pensar y te dejan “tecleando” el corazón, que te dan consuelo, te dan felicidad, te dan paz. Decime si no es verdad. Eso hace la Palabra de Dios. Te lo digo una y mil veces, no mi comentario, la Palabra de Dios. De a poco va metiéndose en el corazón como una gotita que va horadando y va penetrando las rendijas de nuestra alma. Nos va transformando y nos va haciendo cristianos. Si la escuchás todos los días, es como una gota- como dije recién- que cae siempre en el mismo lugar y, aunque caiga sobre una roca, sobre un corazón duro, a la larga, con el tiempo va horadando hasta penetrar. Hasta el corazón más duro se puede ablandar con las palabras de Dios.

Seguramente esto que te digo lo escuchás por ahí viajando, yendo al trabajo; por ahí lo escuchás en el tren, en el colectivo; tal vez tranquilo en tu casa o mientras vas caminando por ahí o mientras haces algunas cosas. Está bien, porque vamos, de alguna manera, aprovechando el tiempo. Es bueno eso, pero, también te digo siempre, tratá de sentarte de vez en cuando en algún momento y tomar tu biblia. Tenés que tener tu propia biblia. No pierdas el contacto con ella. Alguien me dijo alguna vez: “Decime de qué biblia sacás las lecturas porque quiero leerlo de mi biblia. No quiero perder el contacto con ella”. Bueno… Dios quiera que tengas tu biblia y no pierdas ese contacto. Ojalá te puedas comprar una biblia y te animes a leerla, marcarla, quererla, cuidarla.

Ayer escuchábamos, en el evangelio del domingo, que además del sembrador bueno que siembra la buena semilla, hay un sembrador que también tira semilla para confundir: la cizaña. Esa planta que es bastante parecida al principio y se confunde con el trigo y que, por eso, el sembrador dice “que no hay que tocarla hasta el final”. Bueno, algunos se empeñan en negar la existencia del maligno. Algunos incluso dentro de la iglesia siguen diciendo que la figura del demonio, la Palabra de Dios, es como algo medio antiguo, algo de esa época. Sin embargo ¿cómo negar lo que dice Jesús en la parábola de la cizaña? ¿Quién es el que siembra la mala semilla? El maligno. Quieras o no, te guste o no, lo tapes con la mano y quieras ocultar el sol con tu mano, no se puede ocultar lo que Jesús dice una y tantas veces en la Palabra de Dios. Vamos a seguir con este tema en estos días.

Hoy Jesús en Algo del Evangelio se enfrenta otra vez con los fariseos. En realidad, los fariseos lo enfrentan otra vez y muestran otra cara de esa enfermedad que tiene todo hombre, que todos de alguna manera tenemos. Acordémonos que podemos creernos “perfectos cristianos” y podemos ser bastantes fariseos sin darnos cuenta. Y los fariseos piden signos, le piden a Jesús que les dé un signo cuando ya les había dado muchísimos signos.

La enfermedad del fariseísmo —que todos podemos tenerla — consiste en pretender que todas las cosas se adecuen a como nosotros queremos que sean. Vemos las cosas y, sin embargo, siempre hay un “pero”, siempre queremos un poco más. En realidad, miramos la realidad con nuestros propios anteojos y queremos que la realidad se adecue a lo que siente y piensa nuestro corazón. Eso pasa mucho, basta con encender la televisión, la radio o internet, pero es la actitud de muchos de nosotros. Esa actitud insaciable ¿no?, en la que todo tiene que corresponderse con mis deseos y no me abro a lo que Dios me muestra y quiere de mí, a la novedad. Y esto también se da a niveles muy “humanos”, por decirlo así, en la cotidianidad del día a día, cuando no me abro a aquello que me muestra otro con su manera de ser y pensar. Esta cerrazón es muy típica del fariseísmo. A veces somos así: pedimos “signos”. Es muy típica también de algunos cristianos.

Y por eso Jesús los lanza al futuro —no les dice “recuerden lo que hice”—, van a ver “lo que voy a hacer”: les voy a dar otro signo. Nada más ni nada menos que hablaba de su resurrección, el fundamento de la fe de miles y miles de personas a través de la historia de la Iglesia. Y por eso les dice: “…así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches”; y así como Jonás después volvería a aparecer. Resucitaría, como Jonás, que fue lanzado por el gran pez hacia la orilla.
El signo de nuestra fe es la resurrección de Jesús. Y eso no se trata de probarlo científicamente, sino probalo en tu vida, experimentalo en tu vida. ¿Cómo que Jesús no resucitó? Fijate a tu alrededor. Fijate lo que te fue pasando en tu vida. Fijate en la presencia de Dios en tantas ocasiones, que se te manifestó de distintas maneras. Claro, si te cerrás, nunca vas a poder recibir esa novedad, nunca vas a poder percibir a Jesús. Si buscás pruebas científicas, nunca las vas a encontrar. Más bien buscá pruebas en el corazón, en la historia de la Iglesia, en la historia de los santos. Buscá experiencias de fe. Buscá conversiones a tu alrededor. Mirá la Iglesia entera en su admirable propagación, la Eucaristía, los sacramentos y tanto que recibimos gracias a ella.

Bueno hoy no pidamos “signos”, que el mayor signo ya se nos dio. Tratemos de darnos cuenta de que Jesús está presente real y verdaderamente en nuestra vida y que la Palabra de Dios ahora, en este momento, mientras escuchás, te quiere transformar para que no pidas más de lo que ya tenés.

XVI Domingo durante el año

XVI Domingo durante el año

By administrador on 19 julio, 2020

 

Mateo 13, 24-30

Jesús propuso a la gente otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: “Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?”

Él les respondió: “Esto lo ha hecho algún enemigo.”

Los peones replicaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”

“No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo. Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero”».

Palabra del Señor

Comentario

Durante la siembra del buen sembrador, de ese sembrador generoso, incansable, de ese que no calculaba, del que siembra sin discriminar jamás… se mete, se cuela, como se dice, el enemigo para sembrar la cizaña. Se mete el “coludo”, como se dice, para meter la cola. Esto no es de ahora, es de siempre, desde que el mundo es mundo. Aunque ahora no se hable mucho y no nos guste escuchar. El enemigo, el diablo, el demonio o como le quieras llamar, odia la siembra generosa de Jesús y mientras duerme el sembrador y nosotros también, se dedica a querer llenar este mundo y el corazón, nuestros corazones, con semillas que no son las del Reino del Padre. “El demonio- dice la Palabra- anda buscando a quién devorar”.

En este domingo Jesús sigue con sus parábolas. Sigue hablándonos del Reino de Dios para que comprendamos un poco más esta realidad tan compleja.

¿Pensabas que la parábola del sembrador se iba a quedar ahí nomás? No. Las cosas de Dios no se comprenden desde un aspecto nada más, sino que es necesario escuchar y escuchar. Escuchar y escuchar. Es necesario conocer diferentes “caras”, diferentes matices. Es lindo saber que Jesús es un sembrador generoso y que la semilla de la palabra de Dios, a pesar de que se desperdicia mucho, da fruto porque siempre encuentra un corazón abierto a recibirla. Pero la parábola de hoy nos quiere ayudar a que no nos olvidemos de algo también muy importante. Quiere mostrarnos que no podemos ser ingenuos creyendo que con eso alcanza. En el campo de Dios, en el campo del mundo, en el campo de tu corazón y el mío, también hay cizaña. Hay cizaña sembrada por el enemigo y la cizaña es muy parecida al trigo al principio.

La primera reacción de los peones, de nosotros también podríamos ser, se resume con esta pregunta: “¿Quiere que vayamos a arrancarla?” ¿Quién no pensó alguna vez como los peones del campo de la parábola de hoy? ¿Quién de nosotros, muchas veces, no tiene deseos profundos de que se acaben los malos, la maldad, que se acabe el mal representado en la cizaña? Es la reacción natural e inmediata al darnos cuenta de que en el “campo de Dios” alguien sembró cizaña y, lo que es peor, parece que a Dios, “al dueño del campo”, no le importa tanto: “No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo”. Como diciendo: “A ustedes no les corresponde. Ustedes se pueden equivocar”. Nos gustaría mucho ayudar a Dios a terminar con el mal del mundo. El de la Iglesia y el de nuestro corazón. ¡Qué ganas de que tanto mal se acabe de golpe, de un día para el otro; que podamos arrancarlo de una vez por todas! Incluso nos gustaría a veces ocupar el lugar de Dios, que él mismo parece no tomar.

Sin embargo, él espera. Acordate. Su paciencia es infinita, hasta nos impacienta que sea tan paciente. San Agustín lo expresaba así, magistralmente: “Tolera, para esto has nacido. Tolera, pues tal vez eres tolerado tú. Si siempre fuiste bueno, ten misericordia; si alguna vez fuiste malo, no lo olvides. ¿Y quién es siempre bueno? Si Dios te hiciera un examen minucioso, sería más fácil que él te encontrara algo malo ahora, que no que tú mismo te hallaras bueno en todo momento. Por lo tanto, ha de tolerarse esta cizaña en medio del trigo. Ahora, pues, no es el tiempo de la separación, sino el de la tolerancia”. ¡Qué difícil, pero qué lindas palabras!

En realidad, es al revés de lo que pensamos. A Dios le importa tanto su “campo”, le importa tanto cada uno de nosotros, que quiere esperar hasta el final para darles la oportunidad a todos a convertirse. A vos y a mí también. Somos peones. No lo olvidemos. No seremos los cosechadores. Incluso la parábola muestra que, aunque el propietario se da cuenta de que existe la cizaña, no les recomienda a los peones la cosecha, el quemar la cizaña, sino que eso lo harán otros, los cosechadores. Todo un signo.

Todos seguramente tenemos, en realidad, también algo de cizaña en el corazón, porque el maligno también la siembra cuando dormimos o cuando somos soberbios, cuando andamos queriendo arrancar la cizaña de otros lados y no vemos la nuestra. Todos tuvimos más o menos cizaña en algún momento, y Dios nos esperó y confió hasta el final, sigue esperándonos. Si hoy no somos cizaña es gracias a él y si perseveramos hasta el final como el trigo, será gracias a él.

Por eso no tenemos que ser como los peones que, por ver la cizaña, por descubrirla, se creen con el derecho a arrancarla, corriendo el riesgo de arrancar también el trigo. Es la reacción natural, la de todos, pero no es la de Dios. No es la de tu Tata Dios, el tuyo y el mío. ¡Gracias a Dios! Jesús no es como nosotros, sino estaríamos ya todos “atados y listos para ser quemados” como la cizaña. La paciencia de Dios muchas veces nos hace sufrir, pero es por la paciencia de Dios que al final nos llegará la salvación, cuando venga la cosecha y la justicia misericordiosa del Padre se ponga de manifiesto. Mientras tanto… paciencia, misericordia, tolerancia, no tomar el lugar que no nos corresponde.

XV Sábado durante el año

XV Sábado durante el año

By administrador on 18 julio, 2020

 

Mateo 12, 14-21

En seguida los fariseos salieron y se confabularon para buscar la forma de acabar con él.

Al enterarse de esto, Jesús se alejó de allí. Muchos lo siguieron, y los curó a todos.

Pero él les ordenó severamente que no lo dieran a conocer, para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías:

Este es mi servidor, a quien elegí, mi muy querido, en quien tengo puesta mi predilección. Derramaré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. No discutirá ni gritará, y nadie oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña doblada y no apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y las naciones pondrán la esperanza en su Nombre.

Palabra del Señor

Comentario

“El sembrador salió a sembrar”. El sembrador sigue sembrando. Sembró toda esta semana en nuestros corazones. Siguiendo paso a paso el evangelio del domingo, llegamos a este sábado felices y gozosos de saber que el sembrador sigue sembrando. No le importa. No escatima. No se guarda nada. Sigue arrojando amor y semilla de su palabra en nuestros corazones; en este mundo agobiado y cansado por tantas contradicciones, por tantas turbulencias y tormentas por momentos, que parece en donde todo se pone negro, donde la barca está zarandeada por todos lados (la barca de la Iglesia, la barca de tu vida, la barca de tu familia). Sin embargo, él sigue sembrando y apuesta a que, por lo menos, algunos corazones se animen a escuchar y dar frutos. Después, algunos darán el ciento por uno, otros 70, otros 60. Cada uno dará a su medida. Eso es algo que no podemos olvidar. Cada uno dará según lo que recibió y según lo que luchó para hacer fructificar. No todos damos lo mismo. Por eso, hay tantos santos tan distintos, tan diversos; y, gracias a Dios, la Iglesia es así, diversa, llena de santos que reciben la palabra de Dios y dan frutos, y siguen permaneciendo de generación en generación.

Pensá si esta semana pudiste recibir esta palabra en tierra fértil; si fuiste capaz de evitar dejarte agobiar por las preocupaciones de esta vida y te animaste a dar fruto; si fuiste capaz de dejar de pensar en tus cosas nada más y escuchaste para dar fruto.

¿Pensaste también, alguna vez en estos días, lo importante que es empezar el día escuchando la Palabra de Dios?

¿Pensaste la diferencia que existe cuando uno empieza el día tratando de escuchar algo de lo que Dios nos quiere decir de su verdad?

Hoy es un día en que Dios nos regala de nuevo, para poder escucharlo, para que algunos disfruten, también puede ser, un poco de descanso. Otros también tendrán que trabajar, pero disfrutando de las cosas que Dios nos va a presentar en este día.

Y para eso, como me dijeron una vez una frase muy linda: “Uno abre los oídos a quien primero abre el corazón”. Entonces, para abrir nuestros oídos a Jesús y escucharlo verdaderamente, ¡abramos el corazón! Démonos cuenta de la importancia que tiene el escuchar a Dios en su Palabra. “El que tenga oídos para oír que oiga”, decía Jesús; también, abramos el oído al corazón para volver a escucharlo, para animarnos a dar fruto.

“Quien no conoce las Escrituras desconoce a Cristo” decía San Jerónimo. Hay que conocer lo que Dios nos dice, de alguna manera, en la medida que uno pueda. Dejar de obedecer tanto a las voces de este mundo y obedecerle, de una vez por todas, a nuestro Señor.
Así que en eso estamos.

Por eso escuchamos Algo del evangelio que continúa un poco con el de ayer, y simplemente quería remarcar dos actitudes: una, la de los fariseos y, la otra, la de Jesús.

Los fariseos siguen empecinados. No se contentan con haber juzgado a Jesús, sino que ahora dice el evangelio que “buscan la forma de acabar con Jesús”. Otras traducciones dicen, literalmente, de terminar con él, de eliminarlo, de matarlo; que es, finalmente, lo que van a lograr. ¡Qué tristeza! Tanto rechazo a tanto amor.

Eso quiere decir que cuando no hay misericordia, matamos. Matamos a los demás. Los fariseos terminan matando porque no tienen misericordia. No saben sentir con el otro. Acordémonos de ayer: “Si hubiesen comprendido lo que significa misericordia y no sacrificios, no hubiesen condenado a los inocentes”.

Nosotros también matamos cuando no tenemos misericordia. No matamos a Jesús directamente, no somos tan malos, pero cuando matamos a un miembro del cuerpo de Cristo también de alguna manera lo matamos a él. “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”, le dijo Jesús a San Pablo. Porque él persigue a los cristianos, pero persiguiendo a los cristianos también perseguía a Jesús. No somos tan malos pero ¿cuántas veces matamos en la forma de vivir? O sea, nuestros gestos, nuestras palabras. ¿Cuántas veces matamos con la mirada? Matamos, a veces, a nuestra mujer, a nuestro marido no mirándolo, haciendo otra cosa, siendo indiferentes, no abriéndole el corazón, no contándole lo que nos pasa, juzgándolo, recriminándole continuamente cosas viejas y pasadas que ya no vale la pena.
Cuántas veces matamos a nuestros hermanos, a nuestros hijos: pegando un portazo, yéndonos, no queriendo hablar con ellos, no dándoles el tiempo que se merecen. Cuántas veces matamos cuando criticamos a un miembro de la iglesia, porque no piensa como nosotros y queremos que viva la fe como nosotros.

Vamos matando la vida. Se nos va muriendo el corazón por estar matando la vida que hay en otros, la vida que Dios nos dio, que nos la dio para que la disfrutemos. No para que nos matemos entre nosotros, para que nos mordamos por envidia, por celos, por tener ideologías.

Por eso la falta de misericordia mata. No te olvides. Te mata a vos, me mata a mí. Porque te hace vivir triste al no tener misericordia, al no tener corazón para sentir con la miseria del otro también. Si no mirás a los otros como Jesús los mira, te aseguro que te vas a ir muriendo.

Y, por otro lado, la actitud de Jesús es totalmente la contraria. Él prefiere que no digan lo que él hace, no quiere ser reconocido. No busca su gloria. El profeta Isaías anunciaba un Dios diferente: “No discutirá ni gritará y nadie oirá su voz en las plazas”. ¡Qué maravilla ese Dios tan paciente y tan misericordioso!

Jesús no discute, fíjate en el evangelio. Él nunca discute. Dios no discute. Dios propone. Dios Padre te propone una vida distinta. Hoy nos propone vivir en paz, vivir con misericordia. Eso es lo que nos propone siempre. Jesús no grita, no te grita nunca y no quiere que grites. No quiere que nos gritemos entre nosotros. Él quiere que hoy vivamos un día en paz, que nuestra vida sea en paz; que no significa que esté todo bien, sino luchar día a día para vencer en nuestro corazón el ego que nos va destruyendo. Esa es la paz de Jesús.

Dios quiera que el Señor hoy nos conceda esa gracia; la gracia de vivir un día lleno de misericordia; de vivir nuestro pasado, con las cosas que vivimos, con misericordia; que aprendamos a perdonar a aquellos que nos hirieron; que vivamos este presente con gratitud, sabiendo que todo lo que recibimos es pura gracia de Dios y que pongamos el futuro, lo que viene, que no sabemos, en la providencia, en las manos providente de nuestro Padre que nos mira siempre con misericordia.

XV Viernes durante el año

XV Viernes durante el año

By administrador on 17 julio, 2020

 

Mateo 12, 1-8

Jesús atravesaba unos sembrados y era un día sábado. Como sus discípulos sintieron hambre, comenzaron a arrancar y a comer las espigas.

Al ver esto, los fariseos le dijeron: «Mira que tus discípulos hacen lo que no está permitido en sábado.»

Pero él les respondió: «¿No han leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la ofrenda, que no les estaba permitido comer ni a él ni a sus compañeros, sino solamente a los sacerdotes?

¿Y no han leído también en la Ley, que los sacerdotes, en el Templo, violan el descanso del sábado, sin incurrir en falta?

Ahora bien, yo les digo que aquí hay alguien más grande que el Templo. Si hubieran comprendido lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios, no condenarían a los inocentes. Porque el Hijo del hombre es dueño del sábado.»

Palabra del Señor

Comentario

«Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones. El sembrador va llorando cuando esparce la semilla, pero vuelve cantando cuando trae las gavillas». Así expresa el Salmo 126 la realidad de lo que significa sembrar y lo que se vive cuando se cosecha. Sembrar cuesta. Sembrar muchas veces duele. Sembrar, a veces, es árido. Se siembra entre lágrimas porque no se ve en el momento lo que se va a lograr, el fruto, aun cuando sabemos que en la semilla está todo lo necesario para lograr los frutos que anhelamos. La semilla puede tener toda la fuerza para crecer y lograr una planta que dé abundantes frutos, pero eso no se ve a simple vista. Hay que saber esperar. Eso no lo vemos hasta que la semilla no muere y se transforma. Si no muere, no da frutos. Algo así le pasará un poco a Jesús ¿no?

Jesús fue sembrador y es sembrador, y semilla también. Al mismo tiempo siembra y es semilla. A Jesús estando en la tierra también le costó sembrar. Le costó que dé frutos lo que él decía, incluso tuvo que morir para hacerlo. Como él mismo lo dijo: «…si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto».

Es necesario saber que sembrar cuesta, no podemos ser ingenuos. Es necesario saber que a Jesús le costó su propia vida, al entregarse y ser él mismo la semilla que dio vida por nosotros, y nos ganó con su entrega. Podemos decir que nosotros hoy somos los frutos de su entrega, vos y yo, los que estamos escuchando su palabra. Por eso, si sos papá o mamá, si tenés a cargo personas que de alguna manera reciben tu siembra, tenés que también aprender a morir.

De la misma manera tenemos que vivir y experimentar también que la siembra, que vamos realizando en nuestra vida, cuesta y mucho y cuesta la vida a veces. Sembramos y también somos semillas. Por ahí no veremos los frutos de lo que nosotros hemos sembrado, por ahí los verán otros, pero tenemos que saber que, tarde o temprano, si sembramos con amor, eso dará fruto. No te desanimes, seguí sembrando. No te desanimes. Aunque la siembra sea dolorosa, no te desanimes. Aunque la tierra sea pedregosa, seguí tirando semillas. Aunque la tierra tenga a veces malezas, no te desanimes. Aunque la semilla caiga en los lugares donde parece que nunca crecerá, no te desanimes. Míralo a Jesús. Mira a nuestro sembrador que salió a sembrar, que supo sembrar entre lágrimas y que, finalmente, cosechó entre canciones con su resurrección.

La resurrección de Jesús es la cosecha entre canciones de la cual habla el salmo. Es un canto nuevo. Es la nueva canción que nos dio nuestro Dios Padre para que cada uno de los hombres pueda recibir ese fruto, ese amor que él nos envió con su Hijo, para hacernos disfrutar del verdadero canto de Dios, de la alegría del amor que se entrega por cada uno de nosotros.

Algo del Evangelio de hoy nos muestra justamente lo contrario a sembrar. El no-sembrar que se manifiesta en el ser mezquino, en estar pensando que los frutos dependen de nosotros, en el juzgar que incluso los otros no pueden dar frutos, en subestimar a los demás, en no querer morir por amor y, al mismo tiempo, pretenderlo todo. Los fariseos representan todo eso y mucho más.

Hoy vemos cómo los fariseos, ese fariseo que a veces llevamos dentro –vos y yo–; ese que está juzgando, el que está mirando qué hacen los otros, mirando qué error puedo encontrar en los otros para mostrárselos, y que, en realidad, la verdad la tenemos nosotros mismos. ¡Qué triste! Los fariseos no saben sembrar. Los fariseos miran a Jesús y no se dan cuenta de que tenían a la Palabra viva al frente de ellos, y se dedicaban a mirar sus errores y los de sus discípulos.

Pero Jesús les enseña cuál es la verdadera interpretación de la Palabra de Dios. Porque la semilla puede ser muy buena, ¡cuidado!, pero si no sabemos hacerla crecer, permanece estéril, no sirve para nada. La palabra de Dios es muy buena, la Biblia es el mejor libro del mundo, pero si no sabemos interpretarlo, se puede transformar incluso en un obstáculo para creer. Eso les pasó a los fariseos. No supieron interpretar la palabra de Dios, no supieron encontrar la verdad escondida en la Palabra de Dios y, por lo tanto, no germinó en ellos la semilla que Dios quería sembrar.

No seamos fariseos. No estemos juzgando y creyéndonos superiores a los demás. Aprendamos de Jesús que supo sembrar entre lágrimas para cosechar entre canciones. Aprendamos de Jesús que nos enseña que la misericordia es la esencia de nuestra vida cristiana, es lo esencial del Evangelio y de sus palabras.

Dejemos que la bondad de Dios Padre florezca en nuestro corazón. Dejemos que la misericordia de él nos gane el corazón y desterremos de nuestra vida aquellos comentarios, aquellos pensamientos revestidos de fariseísmo, que se transforma a veces en un velo, que no nos permite ver el amor de Dios que está, por decir así, dando vueltas por tantas vidas, por tantos corazones a nuestro alrededor.

XV Jueves durante el año

XV Jueves durante el año

By administrador on 16 julio, 2020

 

Mateo 11, 28-30

Jesús tomó la palabra y dijo:

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando se siembra mucho, a la larga se cosechará mucho. La generosidad le gana siempre al cálculo. Cuando se siembra poco se calcula, se mide demasiado. Tarde o temprano cosecharemos poco, porque no hay que olvidar que mucho se pierde en el camino. Nos guste o no. Porque la mezquindad se olvida de la mezquindad de los otros. Eso no hay que olvidarlo. Por eso, la generosidad, el sembrar mucho, en el fondo, es signo de amar.

Jesús es el sembrador generoso que siembra sin medir; el sembrador que no juzga y siembra sin discriminar; el sembrador que no se busca así mismo y, por eso, siembra casi “sin esperar nada a cambio”. Aunque obviamente él desea que todos reciban las semillas en el corazón. Aunque parezca contradictorio, el que siembra sin esperar ver con sus propios ojos el resultado, al final será el que más recibirá con el tiempo. Así es nuestro Dios, que es Padre.

Así hicieron los santos. No sembraron esperando el aplauso, los frutos, la “palmada” en el hombro, el reconocimiento, su propia gloria, sino que sembraron sabiendo que incluso los frutos podían ser recogidos por otros. No te olvides que siempre es mucho más lo que no vemos que lo que vemos. Muchas veces son muchos más los frutos que disfrutan otros gracias a nuestro esfuerzo que los que disfrutamos nosotros en carne propia.

Por eso hay que sembrar y sembrar, no cansarse. Seguí sembrando en tus hijos, aunque no se den cuenta de lo que hacés. Seguí sembrando en tus alumnos, aunque parezca que no les importa. Seguí sembrando en tus fieles, en tus ovejitas, si sos sacerdote o religioso o religiosa. Acordate que el crecimiento no depende de nosotros, ¡gracias a Dios! Sigamos misionando en todos lados, aunque parezca que a nadie le interesa. Sigamos tirando semillas de “audios” de palabras de Dios por todos lados, que alguna semillita prenderá en algún corazón que anda por ahí.

Hoy te propongo detenernos en tres momentos de Algo del evangelio, tan cortito, pero tan profundo y tan lindo.

Primero, Jesús dice que vayamos a él: “Vengan a mí”. Jesús nos invita a ir a él. Nos invita a darnos cuenta de que, de alguna manera, todos tenemos aflicciones y agobios; y la forma de calmarnos, de encontrar paz, es ir hacia él. Pero para ir a Jesús hay que sentirse necesitado, sentirse con alguna aflicción, algún agobio. No es que tenemos que “buscar” sufrir, obviamente, pero al mismo tiempo debemos darnos cuenta que todos tenemos, de alguna manera, algún sufrimiento, algún vacío, algún dolor, algún sin sentido. Lo que pasa es que la vida de hoy parece que tapa todo. Nos anestesia los problemas. No nos damos cuenta, tenemos mil opciones para calmar lo que nos pasa y no sabemos bien, finalmente, qué es. Sin embargo, ¿qué hombre puede decir que en algún momento de su vida no tiene alguna aflicción, algún agobio? Por ahí, vos estás sufriendo, en algún sentido, tal vez la pérdida de alguie. Estás sufriendo tus propias debilidades, tus pecados, tus angustias, los miedos, el agobio de tu trabajo, alguna injusticia, cansancio en tu estudio, te cuestan muchísimo las cosas.

Bueno… andá a Jesús. Jesús te dice: “Vení a mí, que Yo te voy a aliviar”. Y ese ir a Jesús es buscarlo en su Palabra, en esto que estamos haciendo de escuchar la palabra de Dios. Es buscarlo también en la Eucaristía, obviamente, buscarlo en la oración, en alguien que me escuche, que sea instrumento de Dios o incluso o, fundamentalmente, saliendo a amar, saliendo a buscar a alguien más necesitado que yo.

Ir a Jesús, ir a Jesús. Eso es lo que nos tiene que quedar hoy en el corazón. Él nos dice: “Vengan a mí, que yo los aliviaré”.

El segundo momento es considerar que el Señor nos invita a “aprender” de él: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”, paciente y humilde de corazón. Esa es la gran virtud que el Señor nos invita a imitar en el evangelio. Aprender de su humildad, aprender de la humildad que nos impide creernos que podemos dominarlo todo y podemos controlar todo. Eso nos alivia. No creernos omnipotentes. Aprender de una paciencia que nos ayuda a no enojarnos continuamente contra la realidad. Entonces eso nos alivia y nos saca las aflicciones.

Busquemos el alivio de Jesús, pero el alivio que también implica que nosotros hagamos algo. Yo tengo que hacer algo, no puedo esperar que el alivio venga, por decirlo así, “de arriba” únicamente. Tengo que ser paciente y humilde de corazón.

Porque —y de ahí viene lo tercero— “su yugo es suave y su carga liviana”. Jesús nos propone no agobiarnos con más problemas o cargas que tenemos que llevar, sino al contrario. Nos propone una carga “distinta”. No la carga que nos inventamos nosotros mismos por nuestras propias actitudes de soberbia y orgullo, esa carga que nos pesa porque somos nosotros los que armamos nuestra propia vida; sino la carga que nos pone él, que, en definitiva, es la carga de la paciencia y de la humildad, la del amor gozoso. Ser paciente y humilde es un yugo, es algo que tenemos que cargar sobre nuestros hombros y hacer un esfuerzo, pero, al mismo tiempo, es lo que nos da alivio. Nos da la paz y la alegría. Esa es la gran “paradoja” de esta propuesta de Jesús, cargar con algo que nos hará más liviana la carga. Como las alas de los pájaros, que son una carga, pero que les permite volar e ir más alto.

Bueno, Jesús quiere aliviarnos. Si hoy estás así, andá a él. Es lo más lindo. Solo cuesta, a veces, el primer paso.

XV Miércoles durante el año

XV Miércoles durante el año

By administrador on 15 julio, 2020

 

Mateo 11, 25-27

Jesús dijo:

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»

Palabra del Señor

Comentario

El sembrador, Jesús, “hace lo que tiene que hacer”: siembra, al voleo. Esa es su tarea. Hace lo que el Padre le encomendó, esparcir las semillas de sus palabras por toda la tierra, por todos los corazones que andan dispersos por el mundo. Es una maravilla pensar que la tecnología de hoy se convirtió en un gran esparcidor de semillas de la palabra de Dios. ¡Qué lindo es creer en un Dios generoso y no mezquino, como a veces somos nosotros! ¡Qué lindo que es creer en un sembrador que siembra en todos lados, sin discriminar lugares! En el camino, en la tierra con piedras, en lugares con espinas y en tierra buena. Esa es la linda noticia de la parábola del sembrador que escuchábamos el domingo pasado. Jesús no discrimina como nosotros, no dice: “Bueno, acá mejor no arrojo porque seguro que no da fruto. Acá arrojo poco porque si no es un desperdicio. Acá arrojo mucho porque es una buena tierra”. No, él siembra mucho en todos lados. Apostando a la fuerza de su semilla, que es el amor. Apostando a la bondad de tantos corazones que lo necesitan. Él sigue hablando, aunque los corazones no reciban a veces su palabra. Es consolador saber que Jesús sigue apostando a nosotros, a pesar de que nosotros no siempre damos frutos y los frutos que podríamos dar.

Por eso te propongo que hoy nos sumemos de corazón a la alabanza que Jesús hace al Padre en Algo del Evangelio.

Esa es la actitud que buscó tener siempre Jesús. En muchos pasajes del evangelio hace alusión a este modo de ser de su Padre, porque, en realidad, Jesús es el primer pequeño. Él es el primero que no hace alarde de lo que es, sino que se hace pequeño, y como se hace pequeño, el Padre, su Padre, le da todo. Le da todo su amor. Le abre su corazón y, al abrirle su corazón, se deja conocer y deja que los demás lo conozcan. Por eso el Hijo conoce al Padre y el Padre conoce al Hijo porque también el Hijo le abre todo su corazón. Esa relación de amor profunda entre el Padre y el Hijo es la que Jesús quiere que también podamos llegar a tener un día nosotros con ellos. Ese es el fin de nuestra vida: conocer algún día al Padre, como el Padre nos conoce a nosotros.

Así lo decía maravillosamente San Agustín en sus “Confesiones”: “Conózcate a ti, conocedor mío. Conózcate a ti como soy conocido por ti”.

El Padre nos conoce profunda y perfectamente y su deseo es que algún día podamos nosotros también conocerlo de esa manera. Como dice san Juan: “Algún día lo veremos tal cual es. Somos hijos, y aún no somos lo que seremos. Algún día lo podremos conocer tal cual es”.

Esa es la actitud que debemos pedirle hoy al Señor, para poder alabar a nuestro Padre por su bondad para con cada uno de los hombres; por su bondad para con nosotros, que se nos dio a conocer. Pero, al mismo tiempo, darnos cuenta de que nos falta muchísimo. Porque, al mismo tiempo, somos como estos sabios y prudentes del mundo. Tenemos una parte que “se la cree” un poco. Tenemos una parte de nosotros que todavía no deja entrar la gracia. Tenemos una parte de nosotros que siempre tiene una respuesta para todo, que no quiere escuchar a los demás, que quiere escuchar de Dios lo que nosotros queremos escuchar y no lo que él nos está diciendo. Tenemos una parte de nosotros que es débil y se cree un poco omnipotente.

Y bueno, Dios no se puede revelar al que es “sabio y prudente” según este mundo. Según el mundo me refiero a aquellos que creen que la sabiduría es acumular información, “saber cosas”, ser una especie de Google que todo lo sabe ¿no? Esos no son los sabios del mundo según el evangelio de hoy, sino que es sabio el que siempre está abierto a más, el que siempre se reconoce que no todo lo sabe y que acepta que el saber no pasa por ser certero y emitir juicios para todos y con todo; sino, al contrario, que tiene que ver con aprender a escuchar y darnos cuenta que la verdad es algo que vamos descubriendo a lo largo de nuestra vida y que nunca la terminaremos de aprender, de tener. Sino que la verdad es algo a lo que siempre tenemos que estar abiertos y estar dispuestos a seguir creciendo, y se nos va revelando en la medida que reconocemos que no la tenemos.

Pidámosle al Señor esa gracia de ser pequeños, de ser sencillos, y que esa parte de nosotros que es un poco “sabia y prudente”, que se la cree, según el pensamiento del mundo, se vaya sanando. “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque revelaste estas cosas a los pequeños, a los perdidos de este mundo, a los que nadie tiene en cuenta… Y las has revelado a nosotros”.

XV Martes durante el año

XV Martes durante el año

By administrador on 14 julio, 2020

 

Mateo 11, 20-24

Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido. « ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.

Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. Porque si los milagros realizados en ti se hubieran hecho en Sodoma, esa ciudad aún existiría. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, la tierra de Sodoma será tratada menos rigurosamente que tú.»

Palabra del Señor

Comentario

El Sembrador con mayúscula, el verdadero sembrador de las semillas que dan fruto y vida a este mundo, a tu corazón y al mío, a este mundo “lleno de nada y harto de todo”, como dice un himno tan lindo, es Jesús. ¡Qué lindo que es saber esto! ¿Lo sabías? Todo ser humano quiere dejar algo en esta tierra. Es casi, te diría, natural, porque fuimos creados para amar y el amor nunca es en vano. No solo para el que cree, para todos, pero más para el que cree. Y nunca quiere quedarse solo aquel que ama. Por eso nunca perdamos las ganas de “sembrar” y de crecer al mismo tiempo. Es señal de que algo está muriendo en nosotros, cuando no se nos van estas ganas, y no es justamente el cuerpo, sino se nos va muriendo el corazón.

Una vez escuchaba un político que decía que su anhelo más grande es que algún día sus hijos puedan ver una calle con su nombre después de morir, que lo reconozcan por todo lo que hizo por su municipio. Me río un poco, pero mejor me guardo algunos comentarios. Pero para mí es triste. Es triste que la cosecha de la siembra de todo una vida es simplemente el nombre de una calle. Sin embargo, a veces, los hombres desean eso. Algo muy pobre. En el fondo, el que desea eso tiene un corazón chiquito. ¿Solo una calle queres? Para el que cree, para los hijos de Dios, deseamos cosas más grandes.

Jesús siembra en nuestras vidas para algo mucho más grande, no para dejar “cosas” materiales o nuestros nombres grabados por ahí, sino para frutos de amor y para que nuestros nombres, en realidad, queden grabados en miles de corazones, de donde nunca se borrarán. Hay personas que para que no se las olvide necesitan que sus nombres queden grabados en un cartel, incluso algunos que se hacen mausoleos gigantes en los cementerios. Pero los más recordados, sin necesidad de carteles, son los que aman en serio y dan su vida por los demás. No los que dan cosas o simplemente hacen “lo que tienen que hacer”, se conforman con lo que tienen que hacer. Por eso, los santos son recordados por generaciones y generaciones. Porque amaron y fueron tierra fértil al amor de Jesús, porque no desaprovecharon la gracia de Dios, sino que recibieron las semillas de la palabra de Dios y dieron frutos verdaderos. Algunos mucho, otros no tanto, otros poquito, según su capacidad. Ese es otro tema que vamos a seguir en estos días.

En Algo del Evangelio de hoy resulta raro y difícil escuchar de labios de Jesús un reproche, un reto, un enojo. Sin embargo, en el evangelio los hay y muchos y no lo podemos ocultar y callar. Jesús lo hizo y sería de necios esquivar estas palabras. ¿Qué hago como predicador? También se puede preguntar un sacerdote. ¿Me pongo a hablar de otra cosa haciéndome el distraído? Y no, la verdad que prefiero hablar de lo que Jesús nos dice hoy a todos. Por eso es tan importante que no hagamos reflexiones solamente de la palabra, sino que comentemos la palabra y la leamos para realmente escuchar lo que dice. Esto es para todos. Porque no hay peor cosa que escuchar el evangelio y andar pensando que se refiere a otros, andar buscando a quién le cae bien lo que dice Jesús. ¿Te pasó alguna vez? No estés pensando a quién mandarle este audio mientras lo escuchás, que a veces también nos pasa, sino mejor pensá qué te quiere decir Jesús a vos en concreto, y después sí, mándaselo a alguien.

¿A quién le gusta ser corregido, a quién le alegra ser corregido? Solo al que alcanzó una sabiduría y santidad que le permiten descubrir en todo la voluntad de Dios. Nosotros, simples cristianos que andamos luchando día a día por la santidad, no podemos decir lo mismo, a veces. Me parece. Nos cuesta mucho ser corregidos y mucho más por Jesús, no solo porque toda corrección molesta, sino porque muchas veces tenemos una imagen desdibujada de nuestro maestro, una especie a veces de “bonachón” sin fuerza que habló solo de un amor abstracto y de paz, olvidándonos de las otras dimensiones del amor, que es el NO, la corrección, la lucha interior y exterior, el sufrimiento a causa del amor y de su palabra y tantas cosas más. Jesús ama plenamente y por eso nos quiere enseñar a amar plenamente.

Ayer nos exigía un amor por encima de nuestra familia. Jesús nos ama incondicionalmente y por eso tiene todo “el derecho”, por decirlo así, de entristecerse y reprocharnos nuestra falta de amor. Como lo hizo con estas ciudades, Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm, que nos representan a todos nosotros, que vivimos llenos de dones, que hemos recibido tantas gracias y milagros en nuestra vida. ¿Estás seguro de que el reproche de Jesús no es como una caricia al alma? ¿No pensás que el reproche de Jesús se puede trasformar en una palabra al oído llena de paciencia, una palabra de ánimo para que de una vez por todas amemos y hagamos lo que él desea de nosotros? ¿Alguna vez no le reprochaste a tus hijos su falta de amor? Es normal. ¿Alguna vez, como hijo, no te diste cuenta de que amaste muy poco a tus padres en comparación con lo que ellos te amaron? Si sos adulto, ¿no te pasó alguna vez que se te cayó la cara de vergüenza al ver todo el amor que tantos seres queridos te dieron y darte cuenta lo poco que los habías correspondido? A mí sí, muchas veces. Jesús nos ama infinitamente más de lo que podemos imaginar. Qué lindo que es pensar que nos puede reprochar con amor y dolor. No nos demos el lujo de enojarnos. ¡Pobre Jesús! Tanto amor hacia nosotros y tan poco correspondido. ¡Pobre Jesús! ¡Si por lo menos hoy, vos y yo, hiciéramos algo más para demostrarle nuestro amor, aunque parezca poco! ¡Si por lo menos en este día hiciéramos lo posible para no ofendernos o entristecernos por una corrección de amor! ¡Si por lo menos hoy aprendiéramos de las correcciones que nos ayudan a crecer!

Dejemos que las semillas de amor que Jesús sembró en nuestras almas, den fruto de una vez por todas. Dejemos de desaprovechar tanto amor que recibimos. Dejemos de ahogarnos con las cosas de este mundo que nos agobian. No permitamos que el maligno nos robe más la alegría, la esperanza y la paz.

XV Lunes durante el año

XV Lunes durante el año

By administrador on 13 julio, 2020

 

Mateo 10, 34-11, 1

Jesús dijo a sus apóstoles:

«No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así, el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.

El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.»

Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí, para enseñar y predicar en las ciudades de la región.

Palabra del Señor

Comentario

El sembrador sale a sembrar. El sembrador sigue sembrando en nuestros corazones. En el comienzo de una nueva semana, retomando un poco del evangelio de ayer domingo, con esa parábola maravillosa que nos habla de la inmensa generosidad de un Dios que no se cansa de sembrar y que envió su palabra, su hijo, para que dé fruto y que ese fruto sea abundante, sea duradero. Así como la lluvia y la nieve no caen en la tierra sin dar fruto, sin empaparla, sin volver hacia el cielo, haciendo lo que Dios pide, de la misma manera, el hijo ha venido al mundo, a tu corazón y al mío, para mostrarnos que él puede hacer lo que parece imposible; que él puede hacer crecer en esos corazones que a veces se endurecen. Por eso, vos y yo tenemos que animarnos en este día, volver a escuchar la Palabra de Dios, confiando en que podemos ser tierra fértil y dar fruto cada uno a su manera. Hay que imaginarse que es Jesús el que nos habla. No hay que pensar que es absurdo, sino que, realmente, es él. Es su palabra. Es su voz. No es mi comentario, sino que son las palabras que brotan de la sagrada escritura las que quieren hablarnos hoy al corazón y ayudarnos a que, verdaderamente, seamos fecundos y que aprendamos a ser generosos como lo es el sembrador.

Algo del Evangelio de hoy es para comprenderlo a lo largo de la semana o, mejor dicho, a lo largo de la vida. Parece un poco chocante, duro. Asusta, pero es así. A simple vista, escuchándolo muy por arribita nomás, parece incomprensible, pero sabemos que no todo se comprende de un día para el otro. No se comprende todo de golpe. No se comprende todo por comprender un poco. No seamos impacientes. Es así. ¿Te acordás que veníamos hablando también sobre la paciencia? La paciencia todo lo alcanza, la paciencia nos ayuda a alcanzar el amor, la paz, al mismísimo Dios. Por eso, no pretendamos comprender los evangelios de cada día en un solo día.

Jesús es todo y pide todo, no por capricho, no por caprichoso, sino para nuestro bien, para nuestra felicidad. Jesús siembra amor y quiere cosechar amor, no egoísmo. Él piensa en el bien de todos, no solo en el tuyo y en el mío. Él quiere la felicidad de la humanidad entera, de sus hermanos, de los hijos del Padre, y por eso nos propone algo que parece un poco raro. Propone que el amor hacia él esté por encima de todo, aunque nos genere una división interior y,  a veces, también exterior,  con nuestra propia familia.

Solo amando a Jesús más y primero, podremos amar más a nuestras familias, plenamente, y ser felices en serio. Mientras tanto, los amores parece que compiten, cuando en realidad el de Jesús potencia todo lo demás. Esto solo lo comprende el que se siente discípulo, el que lo sigue seriamente. Por eso hoy Jesús les habla a sus discípulos más cercanos. No es para cualquiera. Es para el que lo descubrió como el amor de su vida. Solo una enamorada, un enamorado de Jesús, solo el que fue tocado por su gracia, puede decir con total naturalidad y sin culpa: “Yo amo más a Jesús que a mi padre, que a mi madre y que a mis hijos”. Y por amar más a Jesús no quiere decir que amo menos a mi familia, sino que los amo mejor, como él quiere. Solo un enamorado en serio es capaz de que no le importen las críticas ajenas o incluso ser dejado de lado por un familiar. Él vino a traer el amor y el amor es la paz. Pero la paz también que trae el amor, aunque parezca mentira, divide.

No nos asustemos. Ni nos dejemos achicar por estas palabras de Jesús.  La fe y el amor a Jesús es un camino largo, pero lindo. Falta mucho por recorrer. Nos falta un largo trecho. Hay que tenerse paciencia a uno mismo también. No nos olvidemos. No nos olvidemos que la semilla sembrada por Jesús algún día dará fruto si somos constantes.

Si ya amás a Jesús más que a todos, no te impacientes ni te enojes con los que todavía no comprenden o no lo aman. Recibiste una gracia, a los otros todavía les falta descubrirla.

XV Domingo durante el año

XV Domingo durante el año

By administrador on 12 julio, 2020

 

Mateo 13, 1-9

Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.

¡El que tenga oídos, que oiga!»

Palabra del Señor

Comentario

Claramente Jesús no fue un ingeniero, ni un matemático. ¿Te diste cuenta? Evidentemente a Jesús no le interesaban tanto los números como nos pasa a nosotros que, inevitablemente, pensamos y todo lo calculamos, excepto cuando amamos, que casi sin darnos cuenta dejamos de medir todo y eso está bien. Ante el amor dejamos la ingeniería, la física y la matemática de lado y eso es lo que nos hace bien. Es lo que debería pasarnos. Qué difícil en este mundo de hoy donde todo se mide, donde todo se calcula, incluso los seguidores, los likes y las cosas que nos gusta ver las medimos todas, porque, en el fondo, estamos buscando otra cosa.

¿Te imaginás un ingeniero agrónomo pensando en tirar semillas por todos lados al preparar y estimar lo necesario para una siembra? Imposible. Lo echan o se funde.

¿Te imaginás el dueño de un campo no pensando en usar lo mejor posible sus recursos, cómo sembrar la menor cantidad de semillas posibles para poder obtener la mayor cantidad de frutos esperados? Imposible. Tiene que calcularlo siempre, para que su campo sea rentable.

Esto es así. Y está muy bien, por supuesto. Es la lógica del buen uso del suelo y de los recursos que se tienen para obtener los mayores beneficios. Es la lógica también de buscar sacar el mayor provecho a nuestro trabajo, evitando las pérdidas y el derroche. Esto está bien y debe ser así, en la medida en que no transformemos a las personas en números. Cosa que pasa muy seguido, pero bueno, ese es otro tema.

Pero ¿sabés cuál es la buena noticia de Algo del evangelio de hoy? La buena noticia, que la lógica de Jesús, la lógica de Dios es muy pero muy distinta a la nuestra cuando se trata del amor. La lógica con la que él piensa el mundo es muy diferente a la nuestra y, por eso, nos cuesta comprender muchas veces sus palabras. Y por eso no escuchamos a Dios a veces. Porque escuchar implica cambiar nuestra lógica, sacarnos el chip de nuestro pensamiento; cambiar nuestra manera de pensar o, por lo menos, plantearnos en serio cómo es Dios. Pensar cómo piensa Dios nos compromete a cambiar. Nos obliga a mirar muchas cosas de otro modo o, por lo menos, no intentar pensar que lo que piensa este mundo es lo que piensa Dios. Hoy, por lo menos, empecemos por ahí.

Dice la Palabra que: “El sembrador salió a sembrar”. Intentemos hoy pensar cómo piensa Dios. Intentemos mirar la realidad desde arriba, por decirlo así, con los anteojos de la fe, y no como ingenieros calculadores, sino como padres que aman a sus hijos. ¡Menos mal que el sembrador es generoso! ¡Menos mal que no calcula tanto en dónde tira la semilla! Su generosidad es muy inusual para nosotros. Cualquier sembrador “de los nuestros”, vos y yo, sería un poco más calculador. Sin embargo, Jesús “revolea” las semillas por todos lados, en el camino, sobre las piedras, entre malezas y, por supuesto, en lugares buenos. Así viene sembrando este sembrador tan bueno en tu vida, en nuestras vidas, en la historia de la humanidad. Siempre apuesta por nosotros, aun sabiendo que muchas semillas quedarán desaprovechadas por distintos motivos; aun sabiendo que no darán muchos frutos o, por lo menos, los que él quisiera. ¡Menos mal, Jesús, que sos tan generoso! Hasta podríamos pensar que tira muchas semillas justamente sabiendo que serán pocas las que den frutos. Imaginate si tirara pocas. Si damos frutos con “pocas”, imaginate si tirara pocas. El que siembra generosamente, cosechará generosamente. Jesús no es mezquino. Por eso, muchos lo aman, porque no es mezquino. Jesús es amor y el amor es derroche. El amor no calcula. El amor no especula. El amor no es para ingenieros o matemáticos. Eso es para otra cosa.

La semilla cae en muchos lugares diferentes. No da frutos en todos, claramente. Pero el problema, por eso, no es la semilla. El problema es el lugar en donde cae. La semilla-palabra siempre es buena. Siempre es la mejor. La semilla-palabra tiene todo lo necesario para hacer una gran planta con los mejores frutos, sin embargo, las cosas no se dan siempre como el sembrador quiere. Esto no importa tanto. Lo importante es que la semilla-palabra siempre es abundante y de la buena.

Las semillas, la Palabra de Dios, caen en diferentes lugares. Podríamos pensar que todos tenemos algo de cada terreno en nuestro corazón. En los lugares en donde la semilla no da fruto, aun cuando algo crece, parece que el denominador común es la falta de interés, el que no se la valora lo suficiente. Tanto la que cae en el camino, como la que se enfervoriza por un rato y afloja ante la crisis, como aquel que deja que las “cosas” la ahoguen, en los tres casos no terminamos de comprender ni de valorar el don del amor de Dios, el don de su Palabra. ¡Si supiéramos que es Dios el que nos habla, cómo cuidaríamos cada palabra! Nos cuesta oír, nos cuesta escuchar y por eso nos cuesta comprender y vivir la Palabra.

Hoy Jesús les cuenta esta parábola a miles de corazones. A nosotros, a vos y a mí. Para que examinemos qué clase de oyente somos o en qué aspectos de nuestras vidas tenemos que empezar a escuchar en serio, para dejar de pensar tan mezquinamente, para animarnos a recibir mejor los dones y, al mismo tiempo, animarnos a ser sembradores al estilo de Jesús. Derrochadores desinteresados. Por eso animate también hoy a esparcir estos audios con la Palabra de Dios en todos lados. No importa qué corazón la recibirá. Lo importante es que esa semilla algún día, de alguna manera, dará fruto. Y si querés recibirlo directamente, no te olvides de nuestra web: www.algodelevangelio.org.

“El que tenga oídos, que oiga” y escuche. Mientras tanto Jesús, por favor, seguí sembrando.

XIV Sábado durante el año

XIV Sábado durante el año

By administrador on 11 julio, 2020

 

Mateo 10, 24-33

Jesús dijo a sus apóstoles:

«El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que su dueño. Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa! No los teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.

¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.»

Palabra del Señor

Comentario

Ya al final de la semana, después de haber transitado con paciencia todos estos días. En donde justamente intentamos reflexionar sobre el tema de la paciencia que nos propone Jesús. Ese tema que nos toca el corazón a todos. Porque decíamos que, de alguna manera, somos propensos a perder la paciencia. Porque no queremos sufrir y, de alguna manera, toda espera nos genera una inquietud, una ansiedad, una búsqueda de alcanzar aquello que deseamos. Por eso es bueno también que en este sábado nos tomemos un tiempito para poder ver, con paciencia, qué palabras de Jesús, qué escenas, qué milagros, qué acciones de Jesús nos tocaron de alguna manera el corazón y nos hicieron llegar a aquello que seguramente en algún momento esperábamos. A veces también perdemos la paciencia porque no tenemos capacidad de mirar para atrás o capacidad de reflexionar y darnos cuenta que muchas cosas que esperamos, en realidad, ya las tenemos. Ya las tenemos. Muchas veces tenemos todo lo que podríamos tener y no nos damos cuenta. Muchas veces tenemos todo el amor de Dios frente a nosotros o en nuestro corazón y no terminamos de darnos cuenta. Señor concedenos la gracia, en este día, de no perder la memoria y de volver a pasar por el corazón aquellas maravillas que vos hacés contínuamente y nosotros por nuestra ceguera, por nuestra ansiedad, por nuestra incapacidad de ver lo bueno, nos olvidamos.

Por eso, desde Algo del evangelio de hoy, es lindo que podamos reconocernos como lo que somos: discípulos, servidores. Discípulos del maestro y servidores del dueño de nuestra vida, que es Jesús. Y por eso nos tiene que bastar, ser eso, lo que somos, simples servidores y discípulos, y no pretender más de lo que nuestro corazón puede soportar. Como dice el salmo ¿te acordás? «Como un niño en brazos de su madre, no pretendo grandezas que superen mi capacidad». Señor concedenos hoy también esa gracia de conformarnos con lo que somos y, si todavía no nos damos cuenta de lo que somos, danos esa luz, esa sabiduría para reconocer todo lo que nos diste y todo lo que podemos hacer si estamos unidos a su amor.

Y otra vez aparece también hoy el tema de no temer. «No temer a los que matan el cuerpo». Qué oportuno este evangelio en este tiempo que estamos viviendo, en tiempos de “turbulencias” que, en realidad, de algún modo, siempre estuvieron presentes en el mundo, en la humanidad, en nuestros países, en nuestras comunidades. Siempre hay “turbulencias”. Siempre hay problemas que nos pueden llevar a temer, a temer porque, en el fondo, no ponemos nuestro corazón en donde deberíamos ponerlo; a temer porque, en realidad, estamos por ahí perdiendo la fe o porque nuestra fe no está puesta en donde debería estar. ¿Acaso Dios no “tiene contado todos nuestros cabellos”? ¿Acaso no “valemos más que todos los pájaros” y que todas las criaturas de este mundo? ¿Acaso no valemos  como lo que somos, como hijos de Dios? Que esta Palabra de Jesús, que esta invitación a la confianza nos ayude a perder todos los temores que, a veces, nos paralizan; que nos ayuden a estar como en pleno día, a no temer hablar de Jesús también, a no temer aquellas cosas que nos puedan decir y nos puedan a veces quitar la paz. Proclamemos desde lo alto de las casas, desde lo más profundo de nuestro corazón, que Jesús es nuestro Señor,  que Jesús es nuestro Maestro y que toda nuestra vida está en sus manos; que la vida de nuestros seres queridos, la vida de cada ser humano, está en las manos de Jesús, que se las ha entregado al Padre. Padre, volvenos a renovar en la confianza, en la certeza absoluta, de que tu paternidad es la que nos engendra cada día.

Que las palabras del evangelio, que intentamos meditar cada día, hoy nos devuelvan la paz si la hemos perdido. Que este audio sencillo, que intentamos hacer cada día, también sea consuelo para aquellos que están sufriendo. Por eso, animate a compartirlo. Animate a recibirlo. Acordate que podés ver desde nuestra página, www.algodelevangelio.org, los distintos modos de recibir la Palabra de Dios en tu celular o en tu computadora.

Animate a ser servidor y apóstol de Jesús porque eso es lo que nos dará la verdadera alegría.