Book: Mateo

XIV Viernes durante el año

XIV Viernes durante el año

By administrador on 10 julio, 2020

 

Mateo 10, 16-23

Jesús dijo a sus apóstoles:

«Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas.

Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas. A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos. Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes.

El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará.

Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra, y si los persiguen en esta, huyan a una tercera. Les aseguro que no acabarán de recorrer las ciudades de Israel, antes de que llegue el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Comentario

«La paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta», decíamos en estos días pero, al mismo tiempo, esta virtud también se alcanza a fuerza de trabajo cotidiano, de trabajo silencioso del corazón que sabe esperar y que sabe buscar oportunidades para amar. Pero esta frase tan conocida de Santa Teresa de Jesús, en realidad, habría que escucharla completa, para no quedarnos con una parte de la verdad. Te recito las primeras estrofas de un poema que es más largo y dice así: «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta: solo Dios basta». Porque el que sabe esperar es aquel que comienza a percibir que Dios está en todas las cosas y en cada cosa que hace; aún en aquellas en donde parece que no está o donde nadie lo ve; aún en aquellas que parecen adversidades y dificultades y Dios, aparentemente, está escondido.

Por eso, nada debe turbarnos, nada debe espantarnos. El que tiene fe firme y verdadera, como don que viene del cielo y como decisión propia aceptada, no tiene de qué turbarse ni espantarse porque tiene a Dios en su corazón y lo ve en todos lados, en todas las personas, aún en las menos “amables”. Solo los hombres y mujeres “de Dios”, como se dice, son pacientes, porque solo teniendo a Dios en el corazón y a Jesús en los labios, se alcanza la serenidad y la paz del corazón, esa que todos deseamos.

Jesús les advirtió a sus apóstoles en Algo del evangelio de hoy y nos advierte a nosotros: «Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas». Por más lindo que sea este mundo y lo lindo que nos lo quieran pintar, a veces demasiado, no podemos olvidar esta verdad cuando se trata de anunciar el evangelio: andamos y somos como ovejas, ovejitas, en medio de lobos. Este mundo parece estar lleno de “lobos”, lleno de dificultades en nuestras familias, en nuestros trabajos, en el mundo, en todos lados y lo que es peor, a veces, tenemos un “lobo” en nuestro corazón. La lucha también va por dentro, los ataques son interiores y esos nos acompañan a todos lados, por más que nos mudemos de lugar.

Y bueno, en medio de esas situaciones tenemos que ser pacientes y ser “ovejas”, ser mansos  y también ser astutos. La mansedumbre es la hermana más cercana a la paciencia. El que es paciente es manso y el que es manso aprende a ser paciente a fuerza de soportar las dificultades. Jesús no nos manda como “lobos”, sino como ovejas. Estamos llamados a ser ovejas, obedientes y mansas, que escuchan la voz del pastor y que no andan “mordiendo” a nadie por ahí, ni buscando enemigos por todos lados.

Por eso Jesús nos advierte y les advirtió a sus discípulos que seremos perseguidos, seremos incluso criticados, calumniados. Incluso nuestra fe puede generar divisiones, peleas en nuestras propias familias y con nuestros propios amigos. El que anda detrás de Jesús también se gana enemigos, así como el mismo Jesús, de alguna manera, se los ganó, no por gusto, por “deporte”, por ser lobo, sino justamente por ser oveja. Porque algunos desprecian la verdad, la bondad  y nosotros, si somos verdaderas ovejas de Jesús, las representamos. Por eso no hay que andar buscando enemigos, sino que solitos, si vivimos el evangelio, aparecerán.

¡Qué lindo que es ser oveja! Tenemos que llevar paz, no tenemos que andar atacando a todo el mundo, no debemos andar a la defensiva. Tenemos que ser astutos para saber  llevar a Dios a los demás en medio de un mundo que está mayormente en tinieblas y, por decirlo así, “meterlo” ahí en donde nos toca, donde él mismo nos pide que podamos hacerlo presente, no por la fuerza, sino con astucia y con amor. Terminemos esta semana de la mano de la paciencia, la paciencia que todo lo alcanza; la paciencia que te va a hacer llegar a lo que pensás que es “imposible”; la paciencia que te hará alcanzar el amor que tanto anhelas, que te hará alcanzar el amor de Dios que tanto estás esperando.

Mantengámonos en paciencia. Solo así vamos a aprender a ver las cosas mucho más grandes. Mientras tanto, a ser ovejitas, a ser mansos, a dejarnos guiar por Jesús, pero también a ser “astutos como serpientes”. Una cosa no quita la otra. Las dos tienen que ir de la mano: la astucia de los hijos de Dios que saben en qué momento hablar de él, en qué momento callar, en qué momento proponer y en qué momento parecer, incluso, un poco tonto; y también la mansedumbre para saber callar, optar por la sencillez y no buscar enemigos sin sentido cuando nos ataquen por el solo hecho de creer y amar a Jesús.

XIV Jueves durante el año

XIV Jueves durante el año

By administrador on 9 julio, 2020

 

Mateo 10, 7-15

Jesús dijo a sus apóstoles:

Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente. No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento.

Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, busquen a alguna persona respetable y permanezcan en su casa hasta el momento de partir. Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella. Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a ustedes.

Y si no los reciben ni quieren escuchar sus palabras, al irse de esa casa o de esa ciudad, sacudan hasta el polvo de sus pies. Les aseguro que, en el día del Juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas menos rigurosamente que esa ciudad.

Palabra del Señor

Comentario

La paciencia no sólo todo lo alcanza, sino que la paciencia, debemos decirlo, se alcanza en la medida que la practicamos. En la medida que luchamos y nos damos cuenta que es una virtud, que tenemos que alcanzar a fuerza de constancia. La paciencia es ese algo que debemos trabajar en la vida, es algo que se va forjando en nuestro interior y nos va modelando el corazón como personas de bien, como hijos de Dios, en la medida en que somos pacientes, no queda otra. No podemos pretender ser pacientes de un día para el otro, va en contra de la paciencia. La paciencia a veces, también podríamos decir, que toma el color o el matiz del “soportar”, de aprender a cargar ciertas cosas, aprender a callar, aprender a “masticar”, por decir así, en silencio, interiormente, lo que nos duele. Podríamos decir que toma un color también de “pasividad”, de no actuar. Otras veces la paciencia tiene que ser activa, no es solamente un “apichonarse” y saber esperar que pase la tormenta, sino también, hacer cosas que nos ayuden a vivirla, ser nosotros los que buscamos por medio del amor, cambiar también la realidad.

Jesús fue paciente, pero no se quedó quieto, no se acuarteló, no se escondió, no solo supo esperar los momentos oportunos, sino que los buscó. Por eso esta virtud va de alguna manera, abrazada al amor, nos ayuda a amar, y es activa porque el amor siempre es activo. No siempre es quedarse y esperar, sino también levantar la cabeza, mirar y decir ¿dónde puedo poner hoy mi corazón?, ¿dónde puedo exponerme para amar?; y en esa exposición por supuesto que a veces, se nos hace el corazón más vulnerable y a veces sufrimos.

La paciencia se alcanza y “todo lo alcanza, quien a Dios tiene, decimos, nada le falta”. No pienses que la paciencia es por arte de magia, no es de un día para el otro. Seremos pacientes lentamente, perseverantemente en la constancia del día y por eso hay que ser pacientes hasta que lleguemos a alcanzarla, y seguiremos luchando cada día para mantener esa paciencia, que es en definitiva, la que nos dará la felicidad, porque es la que nos da el Amor.

¿Y si nos proponemos hoy ser un poco más pacientes? Pensá con quién debés ser más paciente hoy. ¿Si nos proponemos hoy no querer violentar nuestra realidad y lo que nos rodea? Hoy es un día para ser pacientes, como todos, hoy es un día para también buscar el modo de ser pacientes, levantar la cabeza y decir: ¿Dónde puedo poner mi cuota de paciencia, mi corazón? ¿Dónde puedo practicarla? ¿Dónde puedo amar?

En Algo del Evangelio de hoy Jesús nos dice: “Den gratuitamente porque han recibido gratuitamente”. Si recibiste gratuitamente el don de la fe, el don de creer en él y creyendo podés mirar y vivir las cosas de otra manera; recibiste no sólo el don de la fe, sino también recibiste a tu familia, tantos bienes, tantas cosas en tu vida que te ayudaron a ser lo que sos. Por eso, pensando en esto, tenemos que dar gratuitamente, por eso el que se siente apóstol, llamado por Jesús, se siente agradecido, el que se siente apóstol no se siente “especial” y distinto a los demás, por algo que consiguió por sus propios méritos, el que se siente apóstol es un hombre agradecido y es un hombre generoso, una mujer generosa.

Por eso, para evangelizar no es necesario llevar nada material, porque lo mejor se lleva dentro, lo mejor se lleva en el corazón. ¡Qué triste es cuando en la Iglesia no comprendemos esto, si pensando que la evangelización está más dada por los medios, que por el fin y por el corazón! ¡Qué triste cuando en la iglesia opacamos el verdadero mensaje, por hacer tantas cosas para supuestamente, atraer y divertir, pero nos olvidamos de lo esencial!

La evangelización se da por generosidad, no se da por obligación. No vamos a predicar y a llevar el evangelio a los demás en nuestro trabajo, en nuestra familia, en la parroquia, en la comunidad, en el grupo; por una obligación moral, sólo por un mandato de Jesús; sino porque nos reconocemos gratificados, nos reconocemos “agraciados” por él, nos reconocemos “mirados” y amados por nuestro buen Dios  y eso hace que de golpe, por decir así, desborde nuestro corazón y tengamos ganas de decirle a los demás: “Mirá yo recibí esto y como lo recibí te lo quiero dar, tengo para darte a Jesús, que es lo mejor que tengo en la vida.”

Qué lindo que es sentirse apóstol, sentirse amado y agraciado, sentirse elegido porque él nos amó primero y por eso tenemos ganas de mirar a los demás a los ojos y decirles: “Esto tengo para darte”.

Que hoy sea un día en el que demos gratuitamente, con paciencia, tantas cosas buenas que recibimos por gracia de Dios. Nada de lo que tenemos es real o estrictamente nuestro; todo lo que recibimos, lo recibimos gracias a la gracia de Dios.

Ojalá que hoy nos sintamos agradecidos y esto nos permita no aferrarnos a nada; por eso Jesús nos envía sin nada, nos envía a la “casa”, a los corazones de las personas, para que ahí podamos volcar todo lo nuestro, todo lo mejor que tenemos… el amor de Jesús.

XIV Miércoles durante el año

XIV Miércoles durante el año

By administrador on 8 julio, 2020

 

Mateo 10, 1-7

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.

Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: «No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.»

Palabra del Señor

Comentario

“La paciencia todo lo alcanza”, decía Santa Teresa de Jesús, una maestra de la paciencia, como todos los santos, una maestra de la espiritualidad. Los santos fueron y son los que se tomaron en serio esta invitación de Jesús: “Aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón”. ¡Qué linda invitación de Jesús! ¡Qué ganas de ser santos me dan cuando leo a los santos, cuando los escucho! ¿No te pasa lo mismo? Espero que sí, que la palabra de cada día te dé ganas de jugarte la vida, de gastar tu vida para ser santo o santa. Es posible. No es mentira. No es un cuentito para algunos lo de la vida de los santos.

La paciencia puede ayudarnos a alcanzar lo que alguna vez nos pareció imposible. Pensalo en tu vida. La paciencia es la virtud del que va percibiendo lentamente que en la vida no todo depende de él, sino que la mayoría de las cosas dependen de Dios y de lo que va sucediendo día a día y está fuera del alcance de sus manos y, por supuesto, de su esfuerzo, pero se abre a la gratuidad.

La paciencia no es la virtud de los pusilánimes, sino la virtud de los que piensan en grande, de los que saben postergar sus deseos momentáneamente por amor a algo distinto o mejor, más grande. La paciencia no es la virtud de los apocados, sino la de los que son fuertes. La paciencia conduce a la felicidad a los hijos de Dios. Es la virtud de los santos, y los santos alcanzaron la santidad con paciencia. La paciencia todo lo alcanza, porque la paciencia nos conduce al amor. Nos alcanza el amor, nos los hace llegar, porque se sabe esperar y el amor es la felicidad. “El amor es paciente” dice San Pablo. Para amar hay que ser paciente. El impaciente no ama bien, se ama mucho a sí mismo y a sus cosas, a sus preferencias, a sus pensamientos. Sé que este tema de la paciencia está calando hondo y calará hondo, especialmente, en todos, porque cuánto la necesitamos. Pero no hay que pedir paciencia como esperando un “regalo del cielo”. Hay que buscarla, porque finalmente la paciencia es vencer nuestro ego, nuestro amor propio.

Por eso es mucho más feliz el que es paciente que el que se lleva todo por delante. Es mucho más feliz el que sabe llevar su enfermedad con paciencia que el que se enoja y se queja. Es más feliz en serio el que está más dispuesto a esperar lo mejor de Dios que a ser el propio constructor de su vida, como si todo dependiera de él. Es más feliz el que espera que las cosas se “acomoden”, por decirlo de alguna manera, que el que quiere acomodar todo por sí mismo y a los golpes.

Me parece que algo así le pasó a estos hombres elegidos por Jesús, los doce apóstoles de Algo del evangelio de hoy. Repasemos la lista, a ver: el primero es Simón (que Jesús después llamará Pedro), el primero en todo, incluso también en negarlo y en escaparse corriendo; y el último, Judas Iscariote, el mismo que lo entregó. ¡Qué paciencia la de Jesús! ¡Por favor! Cualquiera de nosotros hubiese elegido tan distinto. Hubiésemos hecho casi un casting para ver cuál era el mejor de la época y lo hubiésemos elegido. Digamos la verdad, ¿vos hubieras elegido a un pescador del montón para ser cabeza de los doce, de la futura Iglesia? ¿Vos y yo hubiéramos elegido a Judas como apóstol sabiendo que algún día nos vendería por unas monedas? ¡Qué paciencia la de Dios Padre, manifestada en Jesús! ¡Qué paciencia la de Jesús! Es increíble pensar que Jesús haya tenido tanta paciencia al elegir a quienes eligió. Y a vos y a mí ahora. Hombres sencillos y pobres, algunos bastante rudimentarios y sin instrucción. Hombres simples y que en su tiempo nadie los tenía en cuenta, seguramente. Jesús nos descoloca con su infinita paciencia. “Aprendan de mí, que soy paciente de corazón”. Sin embargo, once de estos doce fueron los que armaron un lindo lío y desparramo con su amor, predicando el Evangelio a lo largo y ancho de todo el mundo para llegar hoy a nuestro corazón. ¡Qué locura del amor de Dios!

Qué paciencia la de Jesús para elegirnos a nosotros, a vos, y a mí, como sacerdote. ¡Qué misterio el de la paciencia amorosa de Dios, pudiendo elegir a miles mucho mejores! La paciencia de Dios, la paciencia de Jesús muchas veces nos hace sufrir, nos hace impacientar, paradójicamente, porque rompe nuestra lógica. A veces quisiéramos que él barra con todo, cambie muchas cosas de un día para el otro, de nosotros y de la Iglesia, del mundo. Sin embargo, así como a Judas lo esperó hasta el final, así como a Pedro le perdonó sus imprudencias, a vos y a mí nos espera y nos espera. Sabe qué es lo mejor para todos y no nos presiona, no nos obliga. Nos invita. Nos atrae con su amor lentamente, a lo largo de toda la vida. ¡Qué paciencia que nos tiene, tenemos que reconocerlo!

Pero al mismo tiempo qué paciencia debemos tener todos al ver el modo que eligió Jesús para seguir transmitiendo su mensaje. Él eligió la debilidad para manifestar su amor. No hay otro camino. Jesús le tiene paciencia al hombre, pero nosotros también tenemos que tenerle paciencia a la paciencia de Jesús. Es justo respetar sus tiempos. Él sabe por qué, él sabe que somos duros y necesitamos masticar y madurar las cosas.

Si Jesús nos tiene y nos tendrá tanta paciencia, ¿no es lógico que nosotros también empecemos a tenernos paciencia, a nosotros mismos y a los demás? No seamos impacientes, aprendamos a esperar. No seamos atolondrados, nos hace mal. Nos inquieta el corazón. La paciencia todo lo alcanza, porque nos alcanza el amor y el amor es todo, es la felicidad.

XIV Martes durante el año

XIV Martes durante el año

By administrador on 7 julio, 2020

 

Mateo 9, 32-38

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a Jesús un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: «Jamás se vio nada igual en Israel.»

Pero los fariseos decían: «El expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios.»

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Palabra del Señor

Comentario

El domingo escuchábamos, además de esa linda alabanza de Jesús a su Padre, la invitación de Jesús a que aprendamos de él que es “paciente y humilde, manso de corazón”. ¿Será por algo que Jesús nos invitó a imitar estas virtudes tan difíciles de vivir? Ver, escuchar y contemplar a Jesús es para aprender, para tratar de imitarlo. Pero no para aprender como aprendemos matemática o historia, alguna ciencia de las que conocemos, sino para “prendernos” de lo que vemos, para hacerlo nuestro y vivirlo. Es la ciencia del corazón, del corazón de Dios. Jesús quiere que seamos como él, y esa invitación es única en los evangelios. ¿Por qué será, no?

¿Será porque el hombre siempre fue tan impaciente, como nos preguntábamos? ¿Será porque desde que es hombre es así, por la debilidad del pecado? ¿Será que además vivimos en la época de la impaciencia, del todo ya? Es una época especial, donde todo se aceleró y por lo tanto se aceleran nuestras ganas de que todo sea de inmediato. Es un gran caldo de cultivo para esa impaciencia con la que parece que nacemos desde niños. Mirá un niño y fíjate si tiene tanta paciencia para esperar lo que desea. ¿Será que el uso de la tecnología ha exacerbado nuestra cuota natural de impaciencia con la que nacemos? Segurísimo. Estoy convencido. Está incluso comprobado psicológicamente por estudios. Hoy vivimos mucho más acelerados que antes, especialmente en la ciudad. La velocidad que permite la tecnología y la posibilidad de estar “en muchos lugares al mismo tiempo”, exacerba nuestra ansiedad. La potencia, por decir así. Pensalo. Si tenés más de 30 años, pensá si tu vida no es bastante distinta con respecto a 10 o 15 años atrás. Ni mejor ni peor, eso evalualo vos, pero distinta.

Algo de esto decíamos ayer. Somos impacientes por naturaleza, por decirlo de alguna manera, y esto no es pesimismo, es realismo. Es como una marca registrada grabada en el interior de nuestro corazón. Nacimos débiles y tenemos que aceptarlo. Nuestros deseos, de todo tipo, quieren ser saciados. Deseamos saciar lo que deseamos – valga la redundancia – y cuando eso no se da en el tiempo y forma que pretendemos nos ponemos impacientes. Sufrimos, de alguna manera, y, como no nos gusta sufrir, es obvio, el sufrimiento que nos genera la espera nos conduce a los enojos de todo tipo y también a la tristeza por no haber alcanzado el bien que pretendíamos. Nos pasa esto con los bienes espirituales y materiales. Esta es simplificadamente la dinámica interior de nuestras impaciencias, que tiene nuestra raíz en la soberbia, en el ego. Por eso, hay que aprender a esperar. Hay que aprender a “sufrir” interiormente, sabiendo esperar lo que deseamos. Darle tiempo. Hay que aprender a desear y conducir nuestros deseos, contenerlos también. No todo deseo se puede satisfacer en cualquier momento. Enseñale eso a tus hijos con tu vida y con tus palabras, si es necesario, si no después nada los saciará. La Palabra de Dios nos enseña que la verdadera sabiduría está en el saber esperar, tener paciencia, dejar que el tiempo nos muestre los caminos que parecen cerrados, saber dar tiempo a lo que parece intrincado, saber gustar de las cosas con tiempo, no pretender todo de golpe y ya, saborear la vida de a poco, no empacharse de tantas cosas que no nos dejan disfrutar del hoy y de lo que vale la pena.

El paciente es el que no emite opinión rápidamente, no juzga apresuradamente. El impaciente juzga, todo lo sabe, todo lo opina, de todo se queja, en todo se precipita, en todo parece querer meter un bocado de su manera de ser. Los fariseos de Algo del Evangelio de hoy son impacientes ¿te diste cuenta? Vos y yo tenemos un fariseo en algún “costado” del corazón, en algún ventrículo. Ahí escondido, o a veces, nos copa todo el corazón. Y eso es lo peor. Los fariseos juzgan a Jesús, con algo absurdo, pero lo juzgan por apresurados, por impacientes, porque no pueden esperar a ver bien y pretenden que sus pensamientos superen la realidad que estaban viendo con sus ojos. Juzgamos por soberbia apresurada. En cambio, el sencillo – por ejemplo, la multitud del evangelio de hoy – se admira siempre, aun de lo que no parece tan lindo. Por eso los pequeños, los humildes reciben la revelación de Dios, como alababa Jesús en el evangelio del domingo. Ven lo mismo, pero lo ven distinto. El sencillo, el humilde sabe recibir y esperar, sabe ver la realidad como una oportunidad para enriquecerse y crecer, más allá de los tiempos. En el fondo, sabe sufrir con amor. Me gusta aprender de los sencillos y humildes cuando, estando con ellos, veo que disfrutan de lo que a los ojos de los demás parece poco, pero que es mucho para ellos, porque no esperan cosas muchos más grandes.

Es una maravilla empezar a transitar el camino de la humilde paciencia. Probá, te va a cambiar la vida. Vas a empezar a experimentar que la sabiduría del evangelio le da un “sabor” distinto a tu vida. Frená un poco, pará la moto. Estés en la situación que estés, en tormenta o en un día claro, empezá a probar guardarte de opinar de todo, tener sentencias para todo, dar una queja para todo. El fariseo del corazón siempre está queriendo ahí aparecer, aflorar. Es rebelde. Acordate que la paciencia todo lo alcanza. La paciencia te alcanza la paz, la paz es la sabiduría del humilde.

Jesús fue un hombre paciente y, además, sigue teniéndonos paciencia ahora, a vos y a mí, por nuestras debilidades. Probemos el mismo camino.

XIV Lunes durante el año

XIV Lunes durante el año

By administrador on 6 julio, 2020

 

Mateo 9, 18-26

Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá.» Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.

Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: «Con sólo tocar su manto, quedaré curada.» Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado.» Y desde ese instante la mujer quedó curada.

Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: «Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme.» Y se reían de él. Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región.

Palabra del Señor

Comentario

Paciencia en este nuevo lunes. Paciencia. Mucha paciencia se necesita para seguir caminando en esta vida; para conservar la fe, la calma, la paz; para aceptar la realidad; para aceptar lo que nos pasa, lo que está pasando en el mundo; para aceptar un dolor, una enfermedad; para soportar al insoportable, a veces, que no podemos soportar por nuestra debilidad. Y así podríamos seguir. “La paciencia todo lo alcanza”, decía Santa Teresa. Me sorprende, escuchando a veces a tantas personas, escuchando confesiones o personas que se acercan a hablar, un tema recurrente, un tema que sale siempre en todos, es el de la paciencia. “Padre no tengo paciencia”. “Estoy cansado, estoy cansada”. “Todo y todos me hacen enojar”. Y, a veces, me pregunto y me acuerdo de algo que me dijo una vez un monje: ¿No será al revés, que estamos cansados de tanto enojarnos? El que es manso y humilde de corazón, como Jesús nos recomendaba ayer…el que es manso y humilde de corazón, como Jesús nos enseñaba en el evangelio de ayer, se enoja menos que el iracundo, el impaciente. Por eso, en el fondo, la falta de mansedumbre es lo que nos cansa el corazón, nos agobia.

Esto me hace pensar mucho. ¿Será que el hombre siempre fue tan impaciente o será que estamos en la época de la impaciencia? ¿Será que el uso de la tecnología ha exacerbado nuestra cuota natural de impaciencia, de ansiedad, con la que parece que nacemos? No lo sé, lo que sí sé es que necesitamos paciencia para todo, en especial para escuchar la palabra de Dios y ver frutos, para escucharla y comprenderla, para escucharla y aceptarla. Te diría que la mayoría de los abandonos de tanta gente que deja de escuchar, que se entusiasmó y después deja de escuchar, o de gente que es inconstante al escuchar, se debe a la impaciencia, a esa necesidad que tenemos de alcanzar las cosas rápido. Muchísimos que escuchaban con alegría, hoy ya no escuchan más. ¡De lo que se pierden! Si supiéramos que Dios habla en el tiempo y dándole tiempo, ¡cuánto tiempo le dedicaríamos! ¿No? Tené paciencia, tengamos paciencia. La paciencia es la virtud de los sabios, de los prudentes, de los fuertes, de los nobles, de los honestos, de los generosos, de los que tienen temple, de los que buscan cosas grandes, de los justos, de los humildes. En definitiva, de los santos, de los buenos hijos de Dios que saben esperar todo de su Padre con paciencia; que saben que todo vendrá de él, tarde o temprano, y lo que no viene es porque no tiene que venir.

Algo del Evangelio de hoy es para disfrutar. Dos grandes milagros. Dos personas de fe, grandes personas de fe que tuvieron fe incluso en momentos donde todo parecía perdido, donde parecía que no había solución. Una mujer que desde hace doce años estaba enferma y un hombre desesperado con su hija muerta. ¡Qué terrible! Solo una mujer paciente puede seguir intentando después de doce años de dolor, de enfermedad, de búsquedas y búsquedas. Solo un hombre paciente puede pedir recuperar a su hija una vez que la vio en sus brazos muerta. ¡Qué maravilla! ¡Qué ejemplo y ánimo para muchos de nosotros hoy que no pasamos ni por una ínfima parte de dolor de estos personajes del evangelio de hoy! Por eso, contemplemos a estas dos personas que nos dan ejemplo de fe, que siguieron intentando a pesar de todo, incluso esperando que no se dé lo que ellos querían; incluso dispuestos a vivir el fracaso; incluso seguramente dispuestos a alabar a Dios, como lo hizo Jesús ayer, ante el fracaso, ante el no conseguir sus deseos. Por eso Señor, queremos pedirte hoy que nos des, por lo menos, una pizca de esa paciencia.

Porque la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. Sé, porque muchos me lo cuentan, que hay muchos enfermos. Personas que están ahora, en este momento, enfermas. Personas que están sufriendo día a día, que escuchan estos audios con el evangelio de cada día. Seguro que son mujeres y hombres de paciencia y, si no lo son, los animo a tener paciencia, a seguir esperando, a seguir luchando con fortaleza, para esperar la recuperación o para saber aceptar la enfermedad. Rezamos por todos los enfermos. Rezamos por todos los que están sufriendo. Qué lindo que es que el evangelio de cada día nos una como hermanos, cada uno en lo suyo, algunos sufriendo, otros rezando por los que sufren. Y por qué no, pedirles que recen y ofrezcan ellos también sus sufrimientos por nosotros; por los que tenemos que entregar la vida por el bien de la humanidad, del evangelio; por los que no tenemos tanta paciencia. La paciencia se alcanza muchas veces en la prueba, en el dolor, casi como una ironía, no queda otra que tener paciencia.

Si ahora estás enfermo o enferma, sufriendo en tu cuerpo o en tu alma por algún dolor o por alguna pérdida, aprendé de estos personajes del evangelio de hoy. Esperá, sabé esperar. Pedile a Jesús con todo tu corazón, pero también estate dispuesto a que no pase lo que deseás. Pidámosle a Jesús, a la mujer del evangelio hoy y al padre de esta niña que nos ayuden a saber esperar y confiar siempre hasta el final, sabiendo que, pase lo que pase, aunque algunos incluso se rían de Jesús, como lo muestra el evangelio de hoy, su amor siempre terminará resucitando y curándolo todo.

Si tu vida anda sobre rieles, si estás bien, si no tenés ningún problema, no tenés derecho a ser impaciente, no tenés derecho a quejarte, no tenés derecho a andar reclamando. Disfrutá de lo que tenés y ayudá a los que están en alguna necesidad. Disfrutá y rezá, también, por los que están sufriendo. No tenemos derecho a veces a quejarnos, habiendo tanto sufrimiento en este mundo. “Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo” y ayudanos a ir siempre hacia vos, descargando nuestras aflicciones y nuestros agobios, aquellos agobios que incluso nos hemos conseguido nosotros por nuestra falta de paciencia.

XIV Domingo durante el año

XIV Domingo durante el año

By administrador on 5 julio, 2020

 

Mateo 11, 25-30

Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor

Comentario

¿Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra? ¿Te alabo por todo lo que me pasa y vivo y a veces no comprendo? ¿Te alabo Padre, Señor mío y de todos los hombres, por ser lo que sos y no por ser lo que yo pretendo que seas? ¿Te alabo Padre por ocultar la verdadera sabiduría a los que se creen sabios y revelársela a los que en realidad pueden descubrirla por ser humildes? ¿Te alabo Padre por no comprenderte a veces? ¿Te alabo verdaderamente?

Hoy es el día del Señor, del Señor del cielo y de la tierra. Día de la resurrección de Jesús, pero día de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos. No podemos dividir a Dios en partes. Dios es uno, pero es trino. Por eso, es el día del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Todo domingo es día de todo Dios, por decirlo así. Nunca lo olvidemos. No dividamos a nuestro Dios en partes. Es imposible. No dividamos lo que para nuestro pensamiento, a veces, es imposible unir. Por eso, es día para alabar a Dios Trinidad, de la misma manera que hoy escuchamos alabarlo a Jesús. Jesús alaba al Padre, a su Padre, pero de alguna manera, se “alaba” a sí mismo, se regocija de sí mismo, porque la humildad con la que el Padre lo trata y se le manifiesta a él, lo llena de gozo, a él y a todos los hombres. ¡Qué misterio tan grande!

¿Vos y yo alabamos al Padre, al Señor de todo? ¿Vos te planteaste alguna vez lo que es alabar? No pensemos en cosas raras, estrambóticas. Cada uno debe alabar a Dios como sabe y como puede, y debe ir aprendiendo a alabarlo, porque, en definitiva, somos hijos para alabar a nuestro Dios. Ese es el fin de nuestra vida. Y algún día estaremos cara a cara con él para alabarlo eternamente. ¡Qué poca idea tenemos, a veces, de lo que es alabar!

¿Sabés qué es lo raro en Algo del evangelio de hoy, aunque en realidad casi ni se nota? Lo extraño es que Jesús alaba a su Padre después de haber sufrido un “supuesto fracaso”. Sí, así como escuchás. En el texto de hoy no aparece, pero si lees un poco antes, en el capítulo 11 de Mateo, Jesús venía lamentándose por la falta de fe de los que habían visto tantos milagros y no se convertían. Tenían el corazón duro. La falta de fe de aquellos que supuestamente más fe tenían o decían tener. Toda una paradoja. Eso quiere decir que, en cierto modo, su misión estaba fracasando a los ojos del mundo. A pesar de los milagros, no todos se convertían, es más, incluso lo rechazaban. ¿Qué cosa extraña, no? ¡Qué extraño e inconformista que es el ser humano! Sin embargo Jesús, a pesar de esto, y gracias a esto, alaba a su Padre. ¡Qué maravilla y qué linda enseñanza para nosotros! Jesús alaba a su Padre ante un fracaso, por lo menos mirándolo de afuera. ¿No será que lo que le pasa a Jesús también nos pasa a nosotros? ¿No será que lo que para nosotros es un fracaso, para Dios Padre no lo es? Por ahí la cuestión es al revés. Es para pensar y rezar. Cuánto para aprender también en la Iglesia de hoy, que, a veces, miramos lo de afuera y los resultados externos y no nos damos cuenta que todo está en sus manos. ¿De qué tenemos miedo? ¿Por qué estamos encerrados todavía?

¿A vos se te ocurrió alguna vez alabar a Dios, después de una frustración, después de un fracaso, después de un pecado, en el medio de una depresión, de una tristeza, de una humillación, durante una tormenta de dificultad, sufriendo algo duro y hondo? ¿Se te ocurrió, alguna vez, decirle a Dios Padre: “Te alabo Padre, Señor de mi vida, de la vida de los míos, por haberte revelado, por haberte dado a conocer en este momento tan particular, en donde jamás lo hubiese pensado? ¿Alguna vez te animaste a decirle a tu Padre del cielo: “Gracias, gracias porque gracias a ese dolor te conocí, porque ante la muerte de esa persona tan querida, que tanto amaba, me hice más pequeño y te encontré más humilde”? ¿No es medio loco y de un Dios bastante distinto a lo que imaginamos, poder decirle alguna vez: “Te alabo, porque al despojarme de lo que tanto amaba y deseaba encontré tu presencia en donde antes era impensado”? ¿Te pasó alguna vez que, hundido en medio del pecado, tirado en ese pozo que vos mismo te armaste por tus actitudes, pudiste gritar y estirar la mano para sentir que te la agarraban y en ese tironeo tan doloroso dijiste: “Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ahí en medio del pecado, del gran vacío, del barro más profundo, me hiciste reconocerte como un verdadero Padre?

¡Qué lindo evangelio el de hoy! ¡Qué lindo para seguir, pero no se puede! Bueno, Jesús hizo eso. Alabó a su Padre por su modo de revelarse, de mostrarse, muy distinto a las pompas de este mundo bastante enamorado de lo supuestamente grande y vistoso. Te alabo por su sencillez, por su humildad, y por eso en la medida que nosotros no sigamos este camino, no aprendamos de su mansedumbre, de su humildad y de su paciencia, seguiremos buscando a Dios de un modo que jamás podremos encontrarlo.

San Agustín decía que tres son las cosas más importantes en nuestra religión y en nuestra vida espiritual: la humildad, la primera; la segunda, la humildad y la tercera, la humildad. ¿Lo entendemos o seguimos en la nuestra, en el caballito de nuestro ego insoportable? Solo me queda decir y que digamos juntos: “Jesús manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo”. Repetilo conmigo: “Jesús manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo”.

XIII Sábado durante el año

XIII Sábado durante el año

By administrador on 4 julio, 2020

 

Mateo 9, 14-17

Se acercaron los discípulos de Juan y le dijeron: « ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?»

Jesús les respondió: « ¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.

Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande.

Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!»

Palabra del Señor

Comentario

Para amar más a Jesús no deberíamos pensar en hacer cosas muy raras, ni buscar cosas extraordinarias. No se ama más por acumular muchas devociones distintas, por rezar más tiempo, aunque hace bien rezar. No por hacer o rezar muchas oraciones estaremos amando más, de hecho, el mismo Jesús lo dijo, “no por mucho hablar serán escuchados”. No te asustes, por supuesto que rezar nos hace bien, pero en realidad no será por la cantidad, sino por el modo, por la calidad, por el corazón que pongamos a lo que hacemos y rezamos. Una simple oración hecha de corazón puede tener más valor que mil rosarios, una breve visita al Santísimo, solo por saludar, puede dar más fruto en nuestra alma que permanecer horas distraídos en un templo. En realidad, no sabemos bien la obra de la gracia en nuestra alma, no podemos medirla como quisiéramos, pero no importa, justamente ahí está la linda alegría de que la obra no es nuestra, sino de Él. Por eso el querer amar más no estará siempre en multiplicar lo que hacemos, en hacer más cosas y rezar más oraciones, sino en hacer con “más” corazón aquello que hacemos y ya rezamos, y agregar aquello que descubrimos que Él nos pidió. No hagamos por hacer, no recemos por rezar. Hagamos lo que consideremos que Jesús nos pide y recemos en todo momento, con el corazón, sin medir la cantidad de oraciones, ofrezcamos cada cosa que hacemos, entreguémosle lo que nos disgusta, disfrutemos de lo que nos gusta y hace bien.

“¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!” dice Algo del Evangelio de hoy. ¿Qué significa esta comparación que utiliza Jesús? Antes que hacer la interpretación espiritual de lo que nos dice, nos ayuda a comprender saber a qué se refiere literalmente, y nos ayudará a comprender la enseñanza profunda. Antiguamente, el vino nuevo o recién hecho se vertía en el odre y se dejaba reposando. El odre era una bolsa hecha de cuero, usualmente de cabra y se usaba especialmente para contener líquidos. A medida que el vino iba fermentando la bolsa de cuero se estiraba debido a la emisión de gas que producía el vino.

Cuando el odre era viejo debido al uso, perdía su elasticidad y se ponía muy duro. Si a este odre tan endurecido que ya no estiraba más se le ponía vino nuevo, el resultado era que al fermentar el vino se reventaba el odre, perdiéndose así tanto el odre como el vino. Por eso los odres viejos solo podían utilizarse para guardar vino viejo y el vino nuevo debía guardarse en odres nuevos. Esto es lo que realmente pasaba en la realidad, lo que la gente usualmente y con sentido común hacía para conservar tanto el vino, como los odres. Es interesante ver como Jesús utiliza estos ejemplos concretos y cotidianos de la vida común de la gente de ese tiempo, que obviamente lo ayudaban a que lo entiendan. Ahora… ¿A qué se refiere Jesús con esta comparación, con ésta parábola y con la del vestido viejo remendado? Ayuda a entender el por qué Él contesta de ésta manera, recordar la pregunta que le hacen anteriormente… «¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?» ¿Por qué no hacen lo que hacemos nosotros? ¿Por qué no hacen lo que deben hacer? ¿Por qué no cumplen con la norma del ayuno? ¿Por qué se comportan de esa manera desobedeciendo a Dios?

Sumé estas preguntas, a la de los discípulos de Juan, para ayudarnos a comprender el fondo del cuestionamiento, el por qué les molesta ver a los discípulos no haciendo lo que ellos creían que tenían que hacer. En el fondo, estaban convencidos de que no hacer ayuno, era no agradar a Dios, en el fondo pensaban que por “hacer cosas”, por “ofrecerle cosas” a Dios, estaban siendo agradables a sus ojos, algo muy normal también para nosotros, algo que nos pasó, nos pasa y nos puede pasar a todos, no es muy descabellado, es el gran error en el cuál todos los hombres de fe podemos caer. Es entendible y natural, por decirlo así, pensar de ese modo, un poco por lo que nos enseñaron, un poco también porque de alguna manera sentimos y pensamos que Dios estará “más contento” o nos amará más, si hacemos cosas que nosotros consideramos que le agradan. Sé que es un tema delicado el que estamos tocando, es peligroso siempre el caer en los extremos, sin embargo, hay que “andar” por la cornisa y animarse a pensar en esto.

Por eso la respuesta de Jesús es iluminadora, como siempre, esclarece y muestra el camino: “A vino nuevo, odres nuevos” “Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo” Para entender el mensaje de Jesús, que es nuevo, como el vino y el pedazo de género,  en este caso que el ayuno es una práctica lícita y hasta incluso necesaria, pero de un modo distinto, y no estando Él presente, es indispensable un corazón nuevo, un odre nuevo, y no un vestido viejo, un corazón que se puede romper por no soportar lo nuevo. Espero no estar confundiéndote, pero es algo en lo que debemos pensar. El que no cambia el corazón no puede comprender el mensaje del vino nuevo de Jesús, y hasta incluso se le hace insoportable llevándolo a que le pueda “estallar” el corazón de la incomprensión.

Por eso debemos pedir un corazón nuevo, un corazón capaz de aceptar la tensión entre lo que parece que no es y lo que es… la tensión de que es bueno y necesario ayunar, pero de un modo distinto, por amor, y con amor, para encontrarnos con el verdadero Amor que es el mismo Jesús.

XIII Jueves durante el año

XIII Jueves durante el año

By administrador on 2 julio, 2020

 

Mateo 9, 1-8

Jesús subió a la barca, atravesó el lago y regresó a su ciudad. Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.»

Algunos escribas pensaron: «Este hombre blasfema.»

Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: « ¿Por qué piensan mal? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados”, o “Levántate y camina”? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.»

El se levantó y se fue a su casa.

Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.

Palabra del Señor

Comentario

Aquel que empieza a amar más a Jesús, vos y yo, en el camino de la vida… aquel que recibe esa invitación y comienza a hacerla carne en su vida, jamás se queda solo. Jamás está solo, al contrario, no le alcanza el tiempo para amar a tantos que se cruzan por la vida: los hermanos en la fe. Los hermanitos, los Hijos de Dios. El amor familiar, el amor de hijos a padres y de padres a hijos, es uno de los regalos más lindos que puede recibir una persona en la vida. Pero, al mismo tiempo, es limitado y es solo un reflejo de lo que es el amor de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia él. Por eso el amor humano se transforma en “trampolín”, por decir así, para amar a Dios Padre, a Jesús, guiados por el Espíritu Santo. Por eso hay que animarse a amar más a Jesús sin miedo a perder algo; sin temor a quedar en ridículo; sin temor a parecer “fanáticos”, como dicen algunos; sin respetos humanos a pensar y de pensar en lo que están pensando los otros; sin miedo a un mundo que no nos respeta, al contrario, a veces se nos burla y nos trata de locos. Amar a Jesús da todo, no quita nada.

Vos que estás escuchando, seguro que tendrás experiencia o la estarás teniendo, al ir creciendo con la Palabra de Dios del día, de lo que cambia la vida la fe. ¡Cómo cambia! Por ejemplo: Pensá en la cantidad de gente, de corazones, que conociste gracias a la Iglesia, gracias a que te entregaste de alguna manera a Jesús. Pensá en los distintos horizontes que viste gracias a la fe tuya y compartida con otros. Rezá y pensá en la cantidad de vivencias que te abrieron el alma al estar en esa parroquia, en ese movimiento, en ese grupo de oración, en ese servicio que te animaste a empezar alguna vez y no te imaginaste lo que venía. Pensá en la cantidad de gente que gracias a la Palabra de Dios conociste y ayudaste. Es una maravilla. Es para llorar de alegría. Amar más a Jesús nos ensancha el corazón, lo inflama, y nos hace amar más y mejor. No te lo olvides nunca.

Algo del Evangelio de hoy nos puede llenar el corazón de certezas y de alegrías. No te asustes por lo que te voy a decir, pero la “fe en patota”, de a muchos, es más linda y verdadera que la solitaria y muy segura de sí misma. Sé que es una palabra que suena medio feo y medio fea para esto, pero bien entendida creo que se refleja muy bien, que refleja muy bien lo que pasa cuando la fe se comparte, como se ve en esta escena de hoy. Así dice la Palabra: «Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: “Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados”». No dice al ver la fe de “ese hombre”, del paralítico, sino la fe de “esos hombres”. ¡Qué lindo! La fe, como se dice, mueve montañas, pero la fe de a muchos, la fe entre amigos, la fe entre hermanos, la fe “en patota” mueve cordilleras enteras. Podríamos preguntarnos a quién se refería Jesús con “esos hombres”. ¿A quién se refería? Suponemos que a los que llevaban al paralítico en camilla; que, por otro evangelio, sabemos que eran cuatro y que por la dificultad que tenían para pasar por la multitud que había, lo subieron al techo y de ahí lo bajaron. Sí, así como escuchás, increíble la fe de esos hombres.

No se puede entender el milagro de hoy, el perdón y el volver a caminar de este hombre, si no es por los “camilleros” que llevaban al paralítico. No sabemos si eran muy amigos o conocidos o solo le hicieron un favor, pero hicieron lo que él no podía hacer, ir hacia Jesús. Camilleros o paralíticos, o ambas cosas al mismo tiempo: eso somos. O también podríamos ser de los que no “pueden creer”, como dice el evangelio, que Jesús perdone los pecados, que en realidad es el verdadero milagro de ayer, de hoy y de siempre, el perdón. Ojalá que no seamos de esos, de esos que se asombraron y no pueden creer. Pero ¡qué lindo es ser camillero! ¡Qué lindo es que alguien nos lleve en camilla a Jesús! En definitiva, todos se acercaron a él, unos por llevar y otro por ser llevado. Es así. A vos y a mí nos llevaron alguna vez medio paralizados del corazón y otras veces nosotros acercamos a otros que andan sin poder “moverse” en esta vida. La vida es así, es un ida y vuelta, como decimos muchas veces. Hoy por ti, mañana por mí. La fe es así, se potencia cuando es de a muchos, se siente más cuando va acompañada. La “fe en patota” está buenísima, porque Jesús, al ver la fe de muchos, hace lo que a veces no podemos lograr solos en años. Él se conmueve cuando ve que nos ayudamos mutuamente para sanarnos, entre nosotros, de nuestras heridas que nos dejan tirados por el camino.

Por eso debemos dejarnos ayudar por otros si no estamos bien hoy. Debemos dejar que otros nos lleven a Jesús cuando andamos rengueando o dolidos, cuando andamos tristes o ensimismados, cuando andamos casi tan paralíticos que no queremos ni podemos movernos. Por eso tenemos que ver a quién podemos ayudar hoy para acercarlo a Jesús, para que se anime a “dejarse llevar”. Solo yendo todos a Jesús podremos ser curados y perdonados o perdonados y curados. La gran curación de nuestra vida es el perdón porque, en realidad, es la falta de perdón el que nos enferma y paraliza. Hay miles de cristianos paralíticos por ahí, como vos y yo por ahí, porque en realidad están paralizados, o estamos paralizados, por los pecados que cometimos o que sufrieron a causa de otros.

Que hoy sea un día para ir en “patota” a Jesús. Para conmoverlo, para animarlo a que haga lo que tantos desean y no se dan cuenta. Si no podemos ir hacia él, en “patota”, recemos juntos, de a miles, ahora, en este momento. Hace un “clic” y envíale este audio a alguien, para que muchos más se dejen perdonar por el amor misericordioso de nuestro buen Jesús. Acordate que si querés recibir los audios, directamente buscanos en nuestra web: www.algodelevangelio.org

XIII Miércoles durante el año

XIII Miércoles durante el año

By administrador on 1 julio, 2020

Mateo 8, 28-34

Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino. Y comenzaron a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?»

A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo. Los demonios suplicaron a Jesús: «Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara.» Él les dijo: «Vayan.» Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron.

Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados. Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

Palabra del Señor

Comentario

Parece fácil decir que tenemos que amar “más” a Jesús, incluso más que a nuestros propios hijos. Es fácil decir que amamos a Dios sobre todas las cosas. Es fácil porque son solo palabras muchas veces, pero en realidad, obviamente, lo difícil, lo verdadero, es que esto se haga realidad, que no sea solo de la boca para afuera. Por eso Jesús decía: «No son los que me dicen “Señor, Señor” los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en los cielos». Pero esto no es para atormentarnos, para sentirnos menos, para sentirnos con culpa. Cuando Jesús nos pide que lo amemos más, obviamente, nos está pidiendo un amor efectivo y afectivo, un amor con acciones y de corazón, pero esto no se contrapone con el amor de nuestra familia. Como vengo diciendo lo engrandece, lo trasciende, lo ensalza. ¿Cómo debe darse esto en la vida personal de cada uno de nosotros? Bueno, la verdad que no hay un manual. Eso es lo que cada uno de nosotros debe rezar cada día y discernir. El deseo de Jesús es que lo amemos más y ese más, ese plus que nos pide es el que dependerá de la elección de vida de cada uno, de su familia, de su trabajo, de su contexto, pero, principalmente, de su corazón, que es el motor de todas nuestras acciones.

Se puede amar más a Jesús siendo albañil, carpintero, ama de casa, empresario, deportista, pescador, empleado, estudiante, barrendero, escritor, vendedor, obrero, religioso, sacerdote; joven, niño, adulto o anciano. ¿Dónde dice Jesús qué es lo que debemos ser en esta vida, qué profesión tener? Nos dijo que lo amemos más, pero no cómo. Por eso, esta invitación no es exclusiva para algunos, aunque a algunos les guste hacerlo parecer así. Jesús se lo pide a todos los que quieran seguirlo y la condición necesaria es querer, y querer que sea lo principal en nuestra vida, sabiendo que, si está él, todo lo demás, por decirlo de alguna manera, se acomodará. Todo lo demás se dará por añadidura.

En Algo del Evangelio de hoy se nos da un indicio, una pista de lo que muchas veces pasa en este mundo, cotidianamente. En este mundo donde prima el poder y el dinero por sobre todas las cosas. Sí, Dios es muy bueno. Jesús es un lindo y atrayente personaje que sana, que cura, que expulsa demonios, hasta que “toca” algo que para el mundo tiene valor. ¿Sabés qué cosa? El bolsillo. Vamos a la escena de hoy en la que hay varios personajes: por supuesto que Jesús, los endemoniados, los demonios, los cuidadores y, finalmente, los pobladores de la ciudad.

¿Qué se esperaría ver cuando se escucha una buena noticia sobre el bien que se le hizo a unas personas atormentadas? Lo lógico sería escuchar alegría y agradecimiento. Sin embargo, dice la Palabra de hoy que: «Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio». Sí, lo echaron de la ciudad. El sentido común nos indica que muy contentos con lo que había hecho no estaban. ¿Sabés cuál fue el problema? Los cerdos. En el fondo la comida, en el fondo la pérdida económica. Dos personas liberadas de esos demonios no valían tanto para ellos como los cerdos que se ahogaron en el mar. ¿Te das cuenta? ¿Te parece raro? No te creas, es más común de lo que imaginamos. Se da continuamente en las estructuras de este mundo que privilegian el poder y el tener sobre las personas (somos finalmente números para muchos). Se da en tu trabajo cuando eligen echarte por considerarte un número. Se da cuando alguien prefiere pagar menos a sus empleados para ganar más de lo que su vida le da para gastar.

Se da cuando un empleado se aprovecha, también, de la generosidad de su jefe y saca de más, y roba. Se da cuando se prefiere matar a miles de niños en los vientres de sus madres, en vez de enseñar que somos seres pensantes y hechos para amar. Se da cuanto preferís no jugarte por nada y callarte mientras ves que otro sufre, mientras tu voz podría hacer este mundo un poco más justo. Echamos a Jesús de nuestra “ciudad corazón” cuando se vuelve incómodo, cuando su amor y su poder de amor nos invitan a jugarnos por los que están fuera de la sociedad, como estos dos endemoniados, pero no nos animamos. Echamos a Jesús de nuestro corazón cuando preferimos amarlo menos y amar más unos billetes que nos darán un poquito de felicidad pasajera. Echamos a Jesús de nuestra vida cuando vemos corrupción y somos cómplices por conservar nuestro lugar, olvidándonos que la corrupción mata a miles de personas. Amamos menos a Jesús cuando por no “perder” nuestra posición dejamos que los demás se “ahoguen” en su posición, como decía San Alberto Hurtado.

Amar más a Jesús es concreto y real. Se juega en las decisiones que tenemos que tomar hoy, en este momento. En las decisiones que nos invitan a ser, antes que nada, justos, para después ser caritativos. Estos endemoniados merecían otro lugar, otro trato, mucho más digno. Hay mucha gente en este mundo que merece otra cosa y, antes que ser buenos con ellos, antes que ser caritativos, tenemos que luchar para que reciban lo justo. Es fácil ser bueno y caritativo con lo que nos sobra. Es fácil para los Estados hacer asistencialismo o inclusión con el dinero de los demás que no es de ellos. Es fácil dar cosas para parecer “mejor” por dar algo. Lo difícil es ser justos. En este mundo, vos y yo, muchas veces nos sale ser buenos hasta que nos tocan el bolsillo. Y la fe, Jesús, su amor, tarde o temprano, nos tocan el bolsillo, la generosidad, para aprender a jugarnos por el bien, por la verdad y también por la justicia.

Amemos a Jesús no solo de palabra, sino con obras y de corazón. No hagamos como estos pobladores que por “amarretes”, por avaros, echaron a Jesús de sus vidas y se perdieron de lo mejor.

XIII Martes durante el año

XIII Martes durante el año

By administrador on 30 junio, 2020

 

Mateo 8, 23-27

Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía.  Acercándose a él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole: «¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!»

El les respondió: «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?» Y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma.

Los hombres se decían entonces, llenos de admiración: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?»

Palabra del Señor

Comentario

Frente a Jesús no hay competencia. No debería haber competencia de amor. Él es lo más grande. Él es todo. Jesús no quiere generar competencia, te imaginarás. A él no le interesa competir como nos pasa muchas veces a nosotros. Por eso cuando él nos pide que lo amemos más que a nuestros padres, más que a nuestros hijos e incluso más que a nuestra propia vida, no lo dice o hace para competir con nadie. Qué lejos estamos a veces, en este mundo, por nuestra manera de pensar y actuar, de lo que realmente Dios desea de nosotros: hombres y mujeres que amemos en libertad, con libertad, por libertad. La competencia, tarde o temprano, genera esclavitud y exclusión. “Algo” siempre me ata a competir y, en una competencia, siempre alguien se queda afuera. Alguien, de alguna manera, recibe menos o “pierde”.

Por supuesto que con esto no me refiero a que no es bueno superarse o buscar siempre lo mejor, buscar lo que más nos ayude a crecer. Sin embargo, nunca puede ser en contra o a costa de otros, viendo a los demás como contrincantes a superar. Por eso Jesús quiere que lo amemos más, pero para que aprendamos a amar más a los demás, no para que los amemos menos. Él es el único que “potencia” nuestro amor humano, lo exalta, lo engrandece. Es el único que exige amor para que esa exigencia redunde en más amor hacia todos, sin dejar afuera a nadie. Por eso los santos, aquellos que viven como hijos de Dios, amaron a tantos y pudieron ensanchar su corazón hasta límites a veces impensados para aquellos que no creen.

Hay que animarse a amar más a Jesús. Animate a hacer todo lo posible para amarlo con todo tu corazón, sabiendo que su amor no “ocupa” espacio en el corazón, sino que, al contrario, lo inflama, lo infla. Lo agranda para que entren los que nunca hubieses imaginado.

Él da todo, no quita nada, aunque a veces parezca que no le importa lo que nos pasa, como en Algo del Evangelio de hoy.

Voy y yo somos de los que creen sin ver, sin ver físicamente a Jesús. Somos de los felices en este mundo. Sin embargo, ¿quién de nosotros no experimentó alguna vez la sensación de que Dios “está dormido”, de que Jesús se quedó dormido? ¿Quién de nosotros no estuvo alguna vez en una tormenta difícil en su vida, donde parecía que todo se hundía? ¿Quién de nosotros no experimentó la sensación de que hay tormentas que parece que no pasan jamás? Si actualmente una tormenta nos molesta a pesar de las comodidades con las cuales vivimos, ¿imaginás lo que significa una tormenta en tiempos antiguos, lo que significaba? Realmente una tormenta era un problema, y mucho más estando en el mar, donde todo parece incontrolable e inestable.

Gracias a Dios, como se dice, “siempre que llovió paró”. Las tormentas molestan, pero pasan. Mojan y dan miedo, pero se van. La oscuridad no es muy agradable, pero pasa, siempre amanece. Jesús parece que está dormido, o lo está, pero no está ausente. Hoy parece que Jesús quiere enseñarles a sus amigos y a nosotros, a través de la experiencia de una tormenta en el mar, que la vida también tiene mucho de esto. Vivimos a veces de tormenta en tormenta.
¿No será que Jesús “se duerme” para que nos animemos a despertarlo? Qué lindo que es eso. Jesús a veces quiere que nos desesperemos para encontrar esperanza en él. ¿No será que Jesús deja que vengan las tormentas de la vida para que no nos olvidemos que él es el dueño de la historia, de la creación, de la barca, de la Iglesia, de nuestra propia vida? ¿No será que a veces es necesario experimentar que nos hundimos para que recordemos que somos frágiles y necesitados de su amor? ¿No será que tenemos miedo porque somos hombres y mujeres de poca fe? ¿No será que tenemos poca fe porque nos creemos que somos los capitanes del barco de nuestra vida y no nos damos cuenta de que los “hilos” los maneja él? ¿No será que nos acordamos de Jesús, a veces, solo en las tormentas?

Si andás en medio de una tormenta de la vida, en medio de la oscuridad, pensando que Jesús no está, que todo eso parece una mentira, que en realidad él no se hizo cargo de tus problemas, que se durmió cuando más lo necesitabas… pegá el grito. Gritá y andá a despertar a Jesús, aunque él no lo necesite, lo necesitás vos. Vos y yo tenemos que aprender a pedir ayuda y no esperar a que el barco se hunda para que los demás sepan lo que nos pasa. La vida es linda, es verdad, pero es difícil. No es de poco hombre gritarle a Jesús que nos salve, no es de poca mujer. Es de fuertes. Es fuerte el que se reconoce débil y, en realidad, es débil el que jamás se reconoce débil.

Si todavía no pasaste tormentas, no te olvides de este evangelio cuando te toque vivirla. En tiempos de tormentas se aconseja no tomar decisiones, no cambiar lo decidido, mantenerse en el barco, firmes. Porque en ese barco está Jesús. El tiempo de tormenta es tiempo de crecimiento, tiempo de prueba, porque es tiempo de fe, de confiar, de soltar, de saber que tarde o temprano todo pasará y aparecerá Jesús para calmar las aguas que nos atemorizan.