Book: Mateo

XV Sábado durante el año

XV Sábado durante el año

By administrador on 17 julio, 2021

Mateo 12, 14-21

En seguida los fariseos salieron y se confabularon para buscar la forma de acabar con él.

Al enterarse de esto, Jesús se alejó de allí. Muchos lo siguieron, y los curó a todos. Pero él les ordenó severamente que no lo dieran a conocer, para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías: Este es mi servidor, a quien elegí, mi muy querido, en quien tengo puesta mi predilección. Derramaré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. No discutirá ni gritará, y nadie oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña doblada y no apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y las naciones pondrán la esperanza en su Nombre.

Palabra del Señor

Comentario

¿Pensaste alguna vez o en estos días de escucha de la Palabra lo importante que es empezar el día escuchando la Palabra De Dios y lo que Dios tiene para decirnos? ¿Pensaste qué diferencia existe cuando uno empieza el día tratando de escuchar lo que él nos quiere decir? ¡Cómo te cambia!

Hoy es un día más que Dios nos regala, para poder escucharlo, para que algunos disfruten; también un poco de descanso. Otros tendrán que trabajar, pero disfrutando de las cosas que Dios Padre nos va a presentar, por eso tenemos que estar preparados para asombrarnos de su amor. Y para eso, como me dijeron una vez con una frase tan linda, «uno abre los oídos a quien primero abre el corazón». Entonces, para abrir nuestros oídos a Jesús y escucharlo verdaderamente, ¡abramos nuestro corazón!, ¡cambiemos de actitud! Démonos cuenta de la importancia que tiene escuchar a Dios Padre en su Palabra, manifestada en Jesús. «Quien no conoce las Escrituras desconoce a Cristo», decía san Jerónimo. Hay que conocer lo que él nos dice, de alguna manera, en la medida que uno pueda en sus posibilidades. Así que en eso estamos, vos y yo, y los miles que escuchan cada día la Palabra.

Por eso hoy escuchamos de Algo del Evangelio que continúa un poco con el de ayer, y simplemente quería remarcar dos actitudes: una la de los fariseos y la otra la de Jesús.

Los fariseos siguen en su empecinamiento, no se contentan con haber juzgado a Jesús, sino que ahora, dice el Evangelio, «buscan la forma de acabar con Jesús». Otras traducciones dicen de terminar con él, de eliminarlo, de matarlo en definitiva (que es finalmente lo que van a lograr). Eso quiere decir que, cuando no hay misericordia, terminamos de algún modo matando. Los fariseos terminan matando porque no tienen misericordia, no sienten lo que Jesús siente, no pueden empatizar con su amor. Acordémonos de lo que decía ayer: «Si hubiesen comprendido lo que significa misericordia y no sacrificios, no hubiesen condenado a los inocentes».

Nosotros también de algún modo matamos cuando no tenemos misericordia. No matamos a Jesús directamente, ni a los demás, no somos tan malos; pero ¿cuántas veces matamos en la forma de vivir, de pensar, de sentir?, ¿cuántas veces matamos con la mirada? Matamos a nuestra esposa, a nuestro marido, a nuestros hijos, a los que no nos caen bien cuando nos enojamos, a algún vecino, alguien que nos hizo algún mal, haciendo de algún modo esto, ¿no?, mirando, despreciando con nuestro corazón. ¿Cuántas veces matamos a nuestros hermanos, a nuestros hijos, pegando un portazo, yéndonos, no queriendo hablar? ¿Cuántas veces matamos cuando criticamos, juzgamos o incluso a veces caer en la calumnia?

Vamos matando la vida del corazón, vamos matando la vida que hay también en nosotros, y que él nos regala, la que Dios nos dio; que nos la dio para que la disfrutemos, no para que matemos a nadie. Por eso la falta de misericordia, en definitiva, mata. Te mata a vos, me mata a mí también, porque nos hace vivir tristes, si no tenemos esa misericordia en el corazón, si no miramos a los otros como Jesús los mira.

Y, por otro lado, la actitud de Jesús totalmente contraria. Él prefiere que no le digan lo que él hace, no quiere ser reconocido. El profeta Isaías anunciaba un Dios diferente: «No discutirá ni gritará y nadie oirá su voz en las plazas». No discute, a Dios no le gusta discutir. Dios propone, Dios nos propone, a vos y a mí. Hoy nos propone vivir en paz, vivir con misericordia. Eso es lo que nos propone Jesús día a día. Él no grita, no nos grita nunca y no quiere que gritemos a los demás, no quiere que nos gritemos entre nosotros; él quiere que hoy vivamos un día en paz. Por eso, no nos olvidemos de lo que venimos desmenuzando desde el Evangelio del domingo, en donde Jesús nos enviaba de dos en dos, para que hagamos lo mismo que él. En definitiva, ser cristiano es hacer eso, es hacer lo mismo que Jesús en la tierra, es ser otros «Cristos» en la tierra. Esa es la idea de fondo que nos acompañó en estos días.

¡Vos y yo somos Iglesia!, acordate.

No podemos echar las culpas afuera, no podemos decir que la Iglesia hizo esto, que la Iglesia hace lo otro; y vos, ¿qué haces?, y yo, ¿qué hago? No sirve criticar a la Iglesia porque, en definitiva, nos criticamos a nosotros mismos. Si nos olvidamos que somos enviados y que él nos envió de dos en dos, en definitiva, nos estamos sintiendo fuera de la Iglesia, y la Iglesia es nuestra familia. Dios quiera que el Señor nos conceda hoy esa gracia a todos, vivir un día lleno de misericordia sintiéndonos enviados por Jesús, a hacer lo mismo que él, a curar, a sanar, a liberar a los que están oprimidos, angustiados, tristes, a los que no se dan cuenta cuánto nos ama Dios y cuánto necesita de cada uno de nosotros.

XV Viernes durante el año

XV Viernes durante el año

By administrador on 16 julio, 2021

Mateo 12, 1-8

Jesús atravesaba unos sembrados y era un día sábado. Como sus discípulos sintieron hambre, comenzaron a arrancar y a comer las espigas.

Al ver esto, los fariseos le dijeron: «Mira que tus discípulos hacen lo que no está permitido en sábado.»

Pero él les respondió: «¿No han leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la ofrenda, que no les estaba permitido comer ni a él ni a sus compañeros, sino solamente a los sacerdotes?

¿Y no han leído también en la Ley, que los sacerdotes, en el Templo, violan el descanso del sábado, sin incurrir en falta?

Ahora bien, yo les digo que aquí hay alguien más grande que el Templo. Si hubieran comprendido lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios, no condenarían a los inocentes. Porque el Hijo del hombre es dueño del sábado.»

Palabra del Señor

Comentario

Solo nos queda agradecer cuando nos damos cuenta, cuando caemos en la cuenta, de tanto amor que Jesús nos tiene al habernos elegido sus discípulos.

En una misión que hicimos con los jóvenes de la parroquia por el barrio, muy emocionado y agradecido, me salió una vez decirles a los jóvenes: «Demos gracias a Dios por tanto amor que él nos da, demos gracias porque él nos eligió para hacer algo que no todos pueden hacer, ser instrumentos de su amor». ¿Nos damos cuenta de eso? ¿Te pusiste a pensar en eso alguna vez? En el enorme privilegio, en el inmerecido privilegio que tenemos vos y yo de ser sus discípulos, de ser elegidos para ir «de dos en dos» –como decía el Evangelio del domingo– anunciando su amor. No nos alcanzará la vida para agradecer, solo en el cielo, en su presencia, podremos comprender la maravilla de haber colaborado a la obra salvadora de Jesús. Un gesto, una palabra, una oración, un sacrificio, un perdón, un silencio, un consuelo, una corrección fraterna, todo construye el Reino de Dios que crece en el silencio en medio de este mundo olvidadizo de él y de su amor. Pero no importa. ¿Quién nos puede parar? ¿Las guerras, la injusticia, el aborto, el pecado, la tristeza, la crítica, las calumnias, las enfermedades, las difamaciones, las mentiras, el soborno, la corrupción, la mediocridad, la tibieza, el engaño, la traición, la muerte? No, nada de eso. Nadie nos puede parar, porque, en realidad, el que nos impulsa es nuestro buen Jesús, es el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que conduce a la Iglesia y nos guía a nosotros para no desfallecer. Algo así decía el Evangelio del domingo pasado: «Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos». ¡No te detengas!, confía en la obra de Jesús, que es de él y que todo suma a su silenciosa y misteriosa salvación, que empieza desde lo más profundo de nuestros corazones y se derrama hacia los demás. ¡Nada ni nadie nos puede parar! Sigamos adelante.

Dice Algo del Evangelio de hoy: «Yo quiero misericordia y no sacrificios». Si comprendiéramos lo que significa esto, no condenaríamos ni para un lado ni para el otro. Creo que esto es a lo que nos invita Jesús hoy. ¡Cuidado con el fariseísmo que nos hace olvidar de lo más esencial! El fariseísmo es un virus escondido que se desparrama por todos lados, que no tiene fronteras, que de alguna manera tenemos todos o de alguna manera algún día nos contagiaremos. El fariseísmo me parece que puede tomar –para simplificarlo– dos formas: por un lado, la «rigidez extrema» que es la que más conocemos, la que más está difundida, pero también me animo a sumar otra que yo le llamaría «cualquierismo», porque de las dos maneras podemos caer en un cierto fariseísmo; o sea, en esa actitud de estar buscando, como decimos a veces, «la quinta pata al gato», buscando qué criticar, buscando qué ver en el otro, en los demás, qué ver en mi familia, qué ver en la Iglesia, en ese u otro sacerdote, en este que hizo esto o no hizo lo otro. Ese fariseísmo que puede llevar –como dije recién— a la «rigidez» de plantarse en una posición, de criticar, de juzgar continuamente, de mirar toda la realidad con mis anteojos y pensar que todo tiene que ser como pienso yo.

Jesús hoy calla a los fariseos de una manera admirable, les enseña a leer bien la Palabra de Dios; porque también la Palabra de Dios se puede interpretar para donde queremos, la puedo usar para mi provecho. De la Palabra de Dios puede salir cualquier otra cosa, menos la verdad; de hecho, las herejías surgieron de la Palabra de Dios, por no saber interpretarla; y, por otro lado, te decía recién el «cualquierismo», que también es una especie de fariseísmo. El «cualquierismo» es esa actitud que al final «da todo lo mismo» y, sin embargo, en ese da todo lo mismo, en esa supuesta «apertura», búsqueda de progreso, de «aggiornarnos» con el mundo, ese «no pasa nada», «está todo bien», «no hay normas».

Finalmente la norma de esos que piensan así es no tener normas, la norma es pensar que todo tiene que ser así, que todo tiene que ser como yo creo que sea. Entonces eso también se da en la Iglesia, se da en mí; a veces caemos en eso, pero por eso tenemos que tener cuidado.

Y para eso el Señor hoy nos deja el remedio de la misericordia: «Yo quiero misericordia y no sacrificios». ¿A qué se refiere Jesús? No se refiere a que no hagamos obras por amor –que eso sería un buen sacrificio—, sino que se está refiriendo a los sacrificios de animales que hacían los judíos y que creían que con eso agradaban a Dios, y por eso no hacía falta un corazón arrepentido; era algo meramente exterior. Para que el sacrificio exterior sea auténtico, siempre tiene que estar acompañado de lo espiritual, de lo interior, de la recta intención, o sea, Jesús no va en contra de la entrega amorosa que podemos hacer cada día, de lo que va en contra es de los «sepulcros blanqueados», de ese pensamiento de que nos vamos a salvar por hacer cosas que salen de nosotros, de nuestro propio esfuerzo, como un voluntarismo. Jesús quiere antes que nada la misericordia. Ese es el gran y verdadero sacrificio que nos exige: LA MISERICORDIA; la misericordia para con nosotros mismos, la misericordia para con los demás, para con todo lo que nos rodea, para la realidad. ¡Misericordia! ¡Misericordia! Pidamos eso hoy: ¡Tener misericordia! Hay una canción muy linda que recuerda unas palabras de santa Teresita. Dice: «Lo que agrada a Dios de mi pequeña alma es que ame mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia». Te propongo que hoy todos pidamos esa gracia, la de la misericordia.

XV Jueves durante el año

XV Jueves durante el año

By administrador on 15 julio, 2021

Mateo 11, 28-30

Jesús tomó la palabra y dijo:

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor

Comentario

Dice, de alguna manera, la tradición de la Iglesia que en los comienzos del cristianismo los paganos decían con admiración sobre los cristianos: «Miren como se aman», incluso el libro de los Hechos de los Apóstoles dice algo similar: «Todos los creyentes se mantenían unidos». Esto no es la expresión de una utopía o solo de un ideal a alcanzar, sino de una realidad que es posible vivir, que se vivió y que se vive en muchas comunidades cristianas. Vos y yo seremos discípulos verdaderos si los demás pueden decir de nosotros, y de nuestras comunidades: «Miren como se aman, se aman de una manera especial, ahí hay algo distinto». Esto debería ser nuestro distintivo, nuestro sello, porque si no amamos como nos ama Jesús, si no nos amamos como nos ama Jesús, de nada sirve que hablemos de él. Los que no creen en el amor solo van a creer si nos amamos, no si hablamos del amor con palabras lindas, porque como dice san Ignacio: «El amor debe ponerse más en las obras que en las palabras». ¡Cuántas desilusiones en nuestras comunidades por no vivir esto tan básico y elemental del Evangelio, lo que se nos pide! ¡Cuántas personas se alejaron de la Iglesia, institución, porque no supimos amarlos y amarnos entre nosotros! ¡Cuántas veces perdemos el tiempo en mil estrategias pastorales de evangelización y no somos capaces de vivir lo más esencial que Jesús nos pidió!

«El plan pastoral, decía san Juan Pablo II, del tercer milenio debe ser la santidad, o sea, buscar eso, buscar amarnos como nos ama Jesús». «Por eso Jesús les ordenó que no llevaran para el camino, según el Evangelio del domingo –¿te acordás?–, más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas», porque no hace falta cosas materiales para amar, solo es necesario el corazón. Eso decía el domingo, dije recién, que para llevar su amor, no hace falta muchas cosas, sino el deseo de amar y ser amado, el deseo de mostrar con la propia vida que todos fuimos creados para asemejarnos a él. Este debería ser nuestro mayor anhelo en una comunidad cristiana, no buscar tener más de lo que tenemos por ambición, no buscar más de lo que necesitamos y, fundamentalmente, andar de dos en dos amando y reflejando el amor de Jesús, el buen olor de Jesús para todos lados.

Hoy podemos detenernos en tres momentos de Algo del Evangelio, de este Evangelio tan cortito, tan lindo, pero tan sustancioso; no importa que sea corto, acordémonos que «una palabra del Señor bastará para sanarnos». Con solo escuchar una palabra que el Señor nos quiera decir, él puede tocar nuestro corazón y ayudarnos a caminar en este día y durante toda la vida, como me decía un amigo cuando estaba enfermo. «Ánimo, padre. Cuando yo estuve enfermo, levanté la mirada al cielo y me acuerdo de esto y digo “una palabra bastará para sanarme”, y me animo», me decía. Y a mí me animó. Me animó escuchar la fe de este gran amigo que tiene tanto fervor en el corazón.

Primero, Jesús dice entonces que vayamos a él: «Vengan a mí». Él nos invita a ir a él. Nos invita a darnos cuenta que, de alguna manera, todos tenemos o tendremos alguna vez aflicciones y agobios. Por eso, para ir a él, hay que sentirse de algún modo necesitado, sentirse con alguna aflicción, agobio. No es que tenemos que «buscar» sufrir, obviamente, pero sí debemos darnos cuenta que todos de alguna manera sufrimos, de algún modo escondido incluso, y que no nos damos cuenta. Lo que pasa es que la vida de hoy parece que nos tapa todo, vivimos anestesiados, llenos de analgésicos espirituales que hacen que no nos demos cuenta, o pseudoespirituales, pero que en el fondo siempre nos falta algo. ¿Qué persona puede decir que en algún momento de su vida no tiene alguna aflicción, algún agobio? Por ahí vos estás sufriendo en este momento, en algún sentido, tal vez la pérdida de algún ser querido, estás sufriendo tus propias debilidades, tus pecados, el agobio de tu trabajo, de tu estudio, de tu incapacidad de hacer lo que quisieras o te cuestan muchísimo las cosas.

Bueno, andá a Jesús. Jesús nos está diciendo: «Vení, vení a mí que yo te voy a aliviar», y ese ir a Jesús es buscarlo en su Palabra, en esto que estamos haciendo al escuchar cada día su Palabra. Es buscar también la Eucaristía  fundamentalmente, buscarlo en la oración, en alguien que nos escuche y que sea instrumento de su amor. Es buscarlo en los más pobres, es servir, es en donde se revela especialmente su amor. Ir a Jesús, ir a Jesús; eso es lo que tenemos que hacer hoy, que nos tiene que quedar hoy en el corazón. «Vengan a mí que yo los aliviaré», nos dice.

El segundo momento a considerar es que el Señor nos invita a «aprender» de él: «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón»; «paciente y humilde de corazón», dicen otras traducciones. Esa es la gran virtud que el Señor nos invita a imitar del Evangelio: aprender de su humildad, aprender de la humildad que nos impide creernos que podemos dominarlo todo y podemos controlarlo todo. Eso nos alivia: soltar, saber que no somos omnipotentes, aprender de su paciencia que nos ayuda a no enojarnos continuamente contra la realidad que se pone dura y difícil. Eso nos alivia y hace que no nos aflijamos tanto. La paciencia y la humildad son las virtudes que nos ayudan a encontrar alivio a nuestras angustias y ansiedades. Busquemos el alivio de nuestro buen Jesús, pero el alivio que también implica que nosotros hagamos algo. Yo tengo que hacer algo, no puedo esperar que el alivio venga de arriba únicamente, simbólicamente, sino que tengo que ser paciente y humilde de corazón.

Porque —y ahí viene el tercer punto— «su yugo es suave y su carga liviana». Él nos propone no agobiarnos con más problemas o cargas que tenemos que llevar, sino al contrario, nos propone una carga distinta, no la carga que nosotros mismos nos inventamos, esa carga que nos pesa porque somos nosotros los que armamos y proyectamos nuestra vida, calculándolo todo, porque somos el centro de nuestras propias vidas; sino la carga que propone él, que en definitiva es la carga de la paciencia y de la humildad, la del amor. Ser paciente y humilde es un yugo, es algo que tenemos que cargar sobre nosotros y hacer un esfuerzo cada día para ser pacientes y humildes; pero, al mismo tiempo, es lo que nos da el alivio buscado. Nos da la paz, porque solo el paciente y humilde tiene paz. Esta es la paradoja, las dos caras de la misma moneda de esta invitación de Jesús.

Bueno…Dios quiera, Dios Padre quiera, y quiere seguramente, que este día podamos sentirnos aliviados de nuestros agobios y sufrimientos, yendo a su Hijo Jesús, buscándolo solo a él.

XV Miércoles durante el año

XV Miércoles durante el año

By administrador on 14 julio, 2021

Mateo 11, 25-27

Jesús dijo:

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»

Palabra del Señor

Comentario

Según el Evangelio del domingo, Jesús envió a sus discípulos de dos en dos. Todo un símbolo, no es simplemente un modo de decir, no es una anécdota más. Siempre intento recordarte que, de los textos de la Palabra de Dios, no solo hay que prestar atención a lo que dice concretamente Jesús, sino también al modo en el que lo dice. Lo mismo podríamos decir con respecto al envío de sus discípulos; en este caso, no solo nos importa que Jesús los envía a predicar, a exorcizar, a sanar, o sea, al qué van a hacer, sino que es igual de importante el modo como los envía (de dos en dos, o sea, nunca solos). Lo fundamental no es si van de a dos o de a tres o de a cientos, sino que nunca de a uno.

¿Qué es evangelizar, en definitiva? Anunciar la Buena Noticia. ¿Cuál Buena Noticia? Que Jesús vive entre nosotros y que trajo a la tierra el Reino de Dios, a nuestras vidas. Entonces, ¿sería posible hablar de un Dios de amor, que es amor presente entre nosotros, sin alguien a quien amar, sin mostrar ese amor? Imposible. Jesús no los envió de dos en dos por una cuestión de seguridad, para que se cuiden entre ellos, para que no anden solos por ese tiempo, sino por una cuestión de amor. Incluso él jamás predicó solo, jamás habló de su Padre solo, aunque tuvo momentos de soledad para con él mismo, para escucharlo y amar más a su Padre (pero ese es otro tema).

«No es bueno que el hombre esté solo», dice el Génesis. Bueno, de alguna manera podremos decir «no es bueno que un discípulo ande solo», no se es verdadero discípulo sin un otro, sin un hermano a quien acompañar, sin un hermano que acompañe al otro, sin una comunidad para amar, sin la referencia y compañía de un hermano que nos ayude a mostrar la esencia del mensaje, que es el amor, como ya dije. Cuando en la evangelización olvidamos este detalle, que en realidad no es un detalle pero es esencial, sin darnos cuenta nos transformamos en transmisores de un mensaje vacío y sin fuerza, porque no tiene amor, no tiene contenido. Cuando en la Iglesia no nos comportamos como hermanos y los demás nos ven casi como «adversarios», por más cosas lindas que digamos, no podemos convertir a nadie, no podemos llevar el mensaje, porque nosotros todavía, en realidad, no estamos convertidos. Pero, bueno, vamos a Algo del Evangelio de hoy.

Antes que nada, Jesús alaba al Padre, se enorgullece, se emociona ante la actitud de Dios Padre que elige este modo de revelarse, elige este modo de mostrarse a los hombre, o sea, elige abrir su corazón solamente a aquellos que son pequeños, que tienen la actitud de los «pequeños», de los sencillos, de los humildes o, podríamos decirlo al revés, que Dios se deja ver por aquellos que tienen un corazón humilde o que solo los humildes pueden reconocer a Dios.

La actitud evangélica que busca Jesús siempre, en muchos pasajes de la Palabra de Dios, hace referencia a este modo de ser. Porque Jesús es siempre el primer pequeño, es el primero que no hace alarde de lo que es, sino que se hace pequeño, y como se hace pequeño, el Padre, su Padre, le da todo, le da todo su amor, le abre su corazón de par en par y, al abrirle todo su corazón, se deja conocer por él. Por eso el Hijo conoce al Padre y el Padre conoce al Hijo, porque también el Hijo le abre su corazón. Esa relación de amor plena y perfecta entre el Padre y el Hijo es la que Jesús quiere que también podamos llegar a tener nosotros un día para con él. Ese es el fin de nuestra vida: conocer algún día al Padre, conocerlo cada día más, como el Padre nos conoce. Así lo decía maravillosamente san Agustín en sus «Confesiones»: «Conózcate a ti conocedor mío, conózcate a ti como soy conocido por ti».

El Padre nos conoce profunda y perfectamente y su deseo es que algún día podamos conocerlo plenamente, como dice san Juan: «Algún día lo veremos tal cual es, somos hijos y aún no somos lo que seremos; algún día podremos conocerlo tal cual es».

Esa es la actitud que tenemos que pedirle hoy al Señor: poder alabar a nuestro Padre por su bondad para con cada uno de los hombres, por su bondad para con nosotros, que se nos dio a conocer, pero al mismo tiempo darnos cuenta que nos falta muchísimo. Porque podemos tener algo de estos sabios y prudentes de este mundo, tenemos una parte de nuestro corazón que, de alguna manera, «se la cree», tenemos una parte de nosotros que todavía no deja entrar la gracia, tenemos una parte de nosotros que siempre tiene una respuesta para todo, que no quiere escuchar a los demás, que quiere escuchar de Dios lo que uno quiere escuchar y no lo que Dios quiere decirnos. Tenemos una parte de nosotros que es débil y se cree un poco omnipotente.

Dios no se puede revelar al que es «sabio y prudente», según el pensamiento del mundo; no porque no quiera o porque no pueda, sino porque en realidad no puede darse a quien cree que no tiene nada para recibir. «Según el mundo» me refiero a aquellos que creen que la sabiduría es «saber cosas», tener una acumulación de información, ser como el Google, que ponemos lo que necesitamos y nos lo dice en el momento. ¡No!, esos no son los sabios según el Evangelio, sino que el sabio es el que siempre está abierto a más, el que siempre se reconoce que todo no lo sabe y que acepta que el saber no pasa por ser certero y emitir juicios infalibles para todos; sino al contrario, que tiene que ver con aprender a escuchar y darnos cuenta de que la verdad es algo que vamos descubriendo a lo largo de nuestra vida y que nunca terminamos de aprender completamente, de amar; sino que la verdad es algo que siempre tenemos que estar abiertos a recibirla y estar dispuestos a seguir creciendo.

Pidámosle al Señor esa gracia de ser pequeños, sencillos, y que esa parte de nosotros que es un poco «sabia y prudente», según el pensamiento del mundo, se vaya sanando y purificando.

XV Martes durante el año

XV Martes durante el año

By administrador on 13 julio, 2021

Mateo 11, 20-24

Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido. « ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.

Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. Porque si los milagros realizados en ti se hubieran hecho en Sodoma, esa ciudad aún existiría. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, la tierra de Sodoma será tratada menos rigurosamente que tú.»

Palabra del Señor

Comentario

Querer encontrar la perfección externa en la Iglesia, es tan imposible como querer buscarla en vos mismo o en mí. Nunca podemos olvidar que Jesús quiso fundar su Iglesia desde y sobre seres humanos, de carne y hueso –como decimos–, como vos y yo; y que esa elección no se fundó en una perfección previa, en un pedirles un currículum, un libre de deudas, sino en un amor incondicional que no miraba tanto las cualidades personales como las miramos nosotros, sino el corazón y todo lo que el corazón puede dar cuando es amado. Ahí está la clave. Muchas de nuestras desilusiones en la fe al ver a los que forman la Iglesia y ver que no son perfectos, tienen que ver fundamentalmente con olvidar o ignorar esta verdad y, por otro lado, con ignorar u olvidar que todos los bautizados somos parte de la Iglesia; a la hora de ver los errores, también hay que incluirse ahí. La debilidad, la humanidad forma parte del ser de la Iglesia, porque la formamos nosotros, y eso más que alejarnos o enojarnos, nos debería alegrar porque nos permite a todos formar parte de ella. Suponiendo que Jesús hubiese querido elegir a los «mejores» o los supuestos «perfectos» para formar su familia, se le habría complicado muchísimo para hacerlo, porque no los hubiese encontrado y, además, al hacerlo, habría excluido a los débiles, como vos y yo.

¿Quién querría formar parte de la Iglesia de los perfectos? ¿Quién sería capaz de estar en un lugar en donde todos fuesen perfectos? En realidad, es imposible, y por eso debemos agradecer que la Iglesia la formamos personas débiles, santas y pecadoras, como todos, como lo eran los apóstoles. Nos pasa muchísimo a los sacerdotes, que a veces nos vienen a contar que cierta persona se alejó de la Iglesia porque fue justo a contar un dolor y no fue bien recibida, incluso algún sacerdote que no la trató como quisiera; y esta persona me preguntaba: «¿Qué hago? ¿La puedo llevar a tu parroquia?». «¡Sí, tráela!». Pero ella me hablaba de la Iglesia como otra cosa, y yo le digo: «¡Amiga, vos también sos la Iglesia!». Hacele sentir a esa persona que lo que estás haciendo también es un signo de que la Iglesia está cerca tuyo. No es necesario únicamente ir a hablar con un sacerdote, es verdad que eso a veces ayuda mucho, pero a veces también puede alejar. Si todos tomáramos conciencia que somos realmente la Iglesia, ¡qué bien que haríamos, y cuántas personas haríamos que se reconcilien con ella!

Vamos a Algo del Evangelio de hoy. Resulta raro y difícil escuchar de labios de Jesús un reproche, un reto, un enojo; sin embargo, los hay y no lo podemos ocultar y callar. Jesús los hizo y sería de necios esquivar estas palabras de la escena de hoy. ¿Cómo hago como predicador?, me puedo preguntar. ¿Me pongo a hablar de otra cosa? Prefiero hablar de lo que Jesús nos dice hoy a todos, a todos. Porque no hay peor cosa que al escuchar el Evangelio andemos pensando que se refiere a otros, andar buscando a quién le cae bien esas palabras y lo que dice Jesús. A todos siempre la Palabra de Dios nos tiene que decir algo. Al mismo tiempo, como decíamos ayer, no todo se comprende en el momento, la paciencia es necesaria en toda dimensión de la vida, y mucho más en el camino de la fe, donde lentamente vamos siendo enseñados por el Maestro Divino que es Jesús. Por eso debemos estar tranquilos, estemos en paz, como dice la misma Palabra de Dios en la Carta a los Hebreos: «Dios, en cambio, nos corrige para nuestro bien, a fin de comunicarnos su santidad. Es verdad que toda corrección, en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría; pero más tarde, produce frutos de paz y de justicia en los que han sido adiestrados por ella».

¿A quién le gusta ser corregido, a quién le alegra ser corregido? En principio a nadie, excepto alguien muy humilde, solo el que alcanzó una sabiduría de santidad que le permite descubrir en todo la voluntad de Dios. Nosotros, simples cristianos, que andamos luchando día a día la santidad, no podemos decir lo mismo, me parece.

Nos cuesta ser corregidos y mucho más por Jesús, no solo porque toda corrección molesta, sino porque muchas veces tenemos una imagen desdibujada de él, algo así como –perdón la palabra– un «bonachón» que habló solo de un tipo de amor y de paz, olvidándonos de las otras dimensiones del amor, que es el no, la corrección, la lucha interior y exterior, el sufrimiento entregado con amor y tantas cosas más. Jesús ama plenamente y por eso nos quiere enseñar a amar plenamente. Ayer nos exigía un amor por encima de nuestra familia, y eso no traería paz, a veces no trae paz. Jesús nos ama incondicionalmente y por eso tiene todo el derecho de entristecerse y reprocharnos nuestra falta de amor como lo hizo con estas ciudades (Corozaín, Betsaida y Cafarnaún), que nos representan también a nosotros, que vivimos llenos de dones, que recibimos tantas gracias y milagros en nuestras vidas.

¿Estás seguro de que el reproche de Jesús no es como una caricia al alma? ¿No pensás que el reproche de él se puede trasformar en una palabra al oído, llena de amor, una palabra de ánimo para que de una vez por todas amemos y hagamos lo que él desea de nosotros? ¿Alguna vez no le reprochaste a tus hijos su falta de amor? ¿Alguna vez como hijo no te diste cuenta que amaste muy poco a tus padres en comparación con lo que ellos te amaron? Si sos adulto, ¿no te pasó alguna vez que se te cayó la cara de vergüenza al ver todo el amor que tantos seres queridos te dieron y darte cuenta lo poco que les correspondiste? A mí sí, muchas veces. Jesús nos ama infinitamente, más de lo que podemos imaginar. ¡Qué lindo que es pensar que nos puede reprochar doliéndose, pero con amor! No nos demos el lujo de enojarnos ante su corrección. ¡Pobre Jesús! Tanto amor hacia nosotros y tan poco correspondido. ¡Pobre Jesús! ¡Si por lo menos hoy, vos y yo, hiciéramos algo para demostrarle más nuestro amor, aunque parezca poco! ¡Si por lo menos en este día hiciéramos lo posible para no ofendernos o entristecernos por una corrección de amor! ¡Si por lo menos hoy aprendiéramos de las correcciones que nos ayudan a crecer!

XV Lunes durante el año

XV Lunes durante el año

By administrador on 12 julio, 2021

Mateo 10, 34-11, 1

Jesús dijo a sus apóstoles:

«No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así, el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.

El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.»

Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí, para enseñar y predicar en las ciudades de la región.

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen comienzo de semana. No te olvides que si querés recibir directamente los audios en tu celular y no depender de otros o ser también evangelizador, podés entrar a nuestra página (www.algodelevangelio.org) y ahí ver los distintos modos de recibir los audios, bajarte la aplicación de Telegram y buscar nuestro canal (@algodelevangelio), la aplicación para Android (Algo del Evangelio), o bien escribirnos un mail a algodelevangelio@gmail.com. ¡Ayúdanos, ayúdanos a seguir transmitiendo la Palabra de Dios! Vos sos parte de este proyecto, vos también sos enviado, enviada a anunciar el Evangelio.

Seguramente, como digo muchas veces, un poco cansados –porque el lunes a veces no terminamos de estar con ganas de empezar a trabajar–, pero queriendo poner nuestro corazón otra vez al servicio de lo que Dios nos proponga, por medio de su Palabra y de las situaciones que se nos presenten en estos días. No sabemos lo que vendrá, aunque lo planifiquemos, es por eso que lo mejor es estar siempre abiertos a la novedad del Evangelio, a la novedad de la vida. Te propongo algo. Continuemos con Algo del Evangelio de ayer durante estos días, como hago habitualmente.

Jesús eligió a doce para continuar su obra, a doce amigos, o los fue haciendo amigos. ¿Te pusiste a pensar eso alguna vez: que la Iglesia, lo que hoy llamamos Iglesia, esa que algunos tanto critican o poco quieren, o incluso abandonaron, pero que vos y yo amamos o queremos amar cada día más a pesar de sus errores, empezó así, empezó con Jesús y doce más? ¡Qué locura de amor! Nada en este mundo puede generar lo que generó el amor de Jesús a estos doce, el nacimiento de la Iglesia y su crecimiento a lo largo de la historia y lo que genera incluso hoy. Ninguna comunidad humana, ninguna ideología, ningún fanatismo puede hacer que la Iglesia siga permaneciendo, puede hacer que la Iglesia haga lo que hace. Y esto que te digo no es un elogio absurdo de un sacerdote que la quiere mucho, sino que es una realidad concreta, con datos reales.

Más allá de la fe, crean o no crean los otros que la Iglesia es una institución divina y humana, santa y pecadora, obviamente tenemos que decir que objetivamente la Iglesia católica es la institución que más bien hace a la humanidad por su infinidad de obras de bien, que existen esparcidas a lo largo y ancho del mundo, más que ninguna otra. Por más pecados que hayamos cometido, por más mal que a veces incluso hayamos hecho, que nunca se justifica, ninguna institución hace tanto bien. ¿Te pusiste a pensar alguna ve que la Iglesia surgió a partir de doce elegidos por Jesús? Solo Jesús puede transformar el mundo a lo largo de la historia empezando solo con doce.

Algo del Evangelio de hoy es para comprender a lo largo de la vida, no se termina nunca. Parece un poco chocante o incluso demasiado exigente. Asusta, pero es así. A simple vista, escuchando muy por arriba, superficialmente, parece incomprensible. Pero sabemos que no todo se comprende de un día para el otro, no se puede comprender todo en un instante, no se comprende todo por comprender algo. No hay que ser ansiosos con la Palabra de Dios. Es así. La virtud de la paciencia con las cosas de Dios, es fundamental, es la madre de todos los bienes. La paciencia todo lo alcanza, la paciencia nos ayuda a alcanzar el amor, la paz, al mismísimo Dios. Por eso, no pretendamos comprender los evangelios de cada día en un solo día, sino durante toda la vida. Por eso el de hoy se comprende recordando que Jesús es todo y por eso pide todo, no por capricho, no porque pretende todo para Él, sino que es por nuestro bien, para nuestra salvación, felicidad. Jesús siembra amor y quiere cosechar amor, no egoísmo. Él piensa en el bien de todos, no solo en el tuyo y en el mío. Él quiere la felicidad de la humanidad entera y por eso nos propone algo que parece un poco extraño. Propone que el amor hacia Él esté por encima de todo, aunque nos genere división interior y exterior para con los demás.

Solo amando a Jesús primero, realmente y más, podremos amar a nuestras familias plenamente y ser felices en serio. Mientras tanto los amores compiten, cuando en realidad el de Jesús potencia todo lo demás. Esto solo lo comprende el que se siente discípulo, el que lo sigue seriamente; por eso hoy Jesús les habla a sus discípulos más cercanos. Esto, digamos así, no es para cualquiera, es para el que lo descubrió como el amor de su vida. Solo una enamorada o un enamorado de Jesús, solo el que fue tocado por su gracia en el corazón, puede decir con total naturalidad y sin escrúpulos: Yo amo más a Jesús que a mi padre, que a mi madre, que a mis hijos y eso me hace feliz. Y por amar más a Jesús no quiere decir que amo menos a mi familia, sino que los amo mejor, como Él quiere.

Solo un enamorado en serio es capaz de que no le importen las críticas ajenas o incluso el ser dejado de lado por un familiar por el hecho de amar a Jesús con todo su corazón. No te asustes si no te sale decir semejantes palabras, no te asustes si todavía no amás más a Jesús que a tus seres queridos. La fe y el amor a nuestro Maestro es un camino largo, pero lindo. Falta mucho por recorrer, nos falta a todos un largo trecho. Hay que tenerse paciencia a uno mismo. No nos olvidemos que la semilla sembrada por Él, algún día dará fruto si somos constantes. Esa es la falta de paz que trae Jesús, que a veces algunos no comprendan que podemos amarlo más a Él que a los que tenemos cerca.

Si ya amás más a Jesús que a todos, no te impacientes ni te enojes con los que no te comprenden o no lo aman. Recibiste una gracia, a los otros todavía les falta descubrirlo; ya la recibirán, es cuestión de tiempo. Si todavía no lo amás más que a todos, pedilo, pedilo como gracia, porque «el que pide, se le dará».

XIV Sábado durante el año

XIV Sábado durante el año

By administrador on 10 julio, 2021

Mateo 10, 24-33

Jesús dijo a sus apóstoles:

«El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que su dueño. Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa! No los teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.

¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.»

Palabra del Señor

Comentario

Ya al final de la semana, después de haber transitado con paciencia todos estos días. En donde justamente intentamos reflexionar sobre el tema de la paciencia que nos propone Jesús. Ese tema que nos toca el corazón a todos. Porque decíamos que, de alguna manera, somos propensos a perder la paciencia. Porque no queremos sufrir y, de alguna manera, toda espera nos genera una inquietud, una ansiedad, una búsqueda de alcanzar aquello que deseamos. Por eso es bueno también que en este sábado nos tomemos un tiempito para poder ver, con paciencia, qué palabras de Jesús, qué escenas, qué milagros, qué acciones de Jesús nos tocaron de alguna manera el corazón y nos hicieron llegar a aquello que seguramente en algún momento esperábamos. A veces también perdemos la paciencia porque no tenemos capacidad de mirar para atrás o capacidad de reflexionar y darnos cuenta que muchas cosas que esperamos, en realidad, ya las tenemos. Ya las tenemos. Muchas veces tenemos todo lo que podríamos tener y no nos damos cuenta. Muchas veces tenemos todo el amor de Dios frente a nosotros o en nuestro corazón y no terminamos de darnos cuenta. Señor concédenos la gracia, en este día, de no perder la memoria y de volver a pasar por el corazón aquellas maravillas que vos hacés continuamente y nosotros por nuestra ceguera, por nuestra ansiedad, por nuestra incapacidad de ver lo bueno, nos olvidamos.

Por eso, desde Algo del evangelio de hoy, es lindo que podamos reconocernos como lo que somos: discípulos, servidores. Discípulos del maestro y servidores del dueño de nuestra vida, que es Jesús. Y por eso nos tiene que bastar, ser eso, lo que somos, simples servidores y discípulos, y no pretender más de lo que nuestro corazón puede soportar. Como dice el salmo ¿te acordás? «Como un niño en brazos de su madre, no pretendo grandezas que superen mi capacidad». Señor concédenos hoy también esa gracia de conformarnos con lo que somos y, si todavía no nos damos cuenta de lo que somos, danos esa luz, esa sabiduría para reconocer todo lo que nos diste y todo lo que podemos hacer si estamos unidos a su amor.

Y otra vez aparece también hoy el tema de no temer. «No temer a los que matan el cuerpo». Qué oportuno este evangelio en este tiempo que estamos viviendo, en tiempos de “turbulencias” que, en realidad, de algún modo, siempre estuvieron presentes en el mundo, en la humanidad, en nuestros países, en nuestras comunidades. Siempre hay “turbulencias”. Siempre hay problemas que nos pueden llevar a temer, a temer porque, en el fondo, no ponemos nuestro corazón en donde deberíamos ponerlo; a temer porque, en realidad, estamos por ahí perdiendo la fe o porque nuestra fe no está puesta en donde debería estar. ¿Acaso Dios no “tiene contado todos nuestros cabellos”? ¿Acaso no “valemos más que todos los pájaros” y que todas las criaturas de este mundo? ¿Acaso no valemos como lo que somos, como hijos de Dios? Que esta Palabra de Jesús, que esta invitación a la confianza nos ayude a perder todos los temores que, a veces, nos paralizan; que nos ayuden a estar como en pleno día, a no temer hablar de Jesús también, a no temer aquellas cosas que nos puedan decir y nos puedan a veces quitar la paz.

Proclamemos desde lo alto de las casas, desde lo más profundo de nuestro corazón, que Jesús es nuestro Señor, que Jesús es nuestro Maestro y que toda nuestra vida está en sus manos; que la vida de nuestros seres queridos, la vida de cada ser humano, está en las manos de Jesús, que se las ha entregado al Padre. Padre, volvenos a renovar en la confianza, en la certeza absoluta, de que tu paternidad es la que nos engendra cada día.

Que las palabras del evangelio, que intentamos meditar cada día, hoy nos devuelvan la paz si la hemos perdido. Que este audio sencillo, que intentamos hacer cada día, también sea consuelo para aquellos que están sufriendo. Por eso, animate a compartirlo. Animate a recibirlo. Acordate que podés ver desde nuestra página, www.algodelevangelio.org, los distintos modos de recibir la Palabra de Dios en tu celular o en tu computadora. Animate a ser servidor y apóstol de Jesús porque eso es lo que nos dará la verdadera alegría.

XIV Viernes durante el año

XIV Viernes durante el año

By administrador on 9 julio, 2021

Mateo 10, 16-23

Jesús dijo a sus apóstoles:

«Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas.

Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas. A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos. Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes.

El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará.

Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra, y si los persiguen en esta, huyan a una tercera. Les aseguro que no acabarán de recorrer las ciudades de Israel, antes de que llegue el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Comentario

Si a Jesús lo rechazaron, lo despreciaron e incluso lo mataron por hablar en nombre de Dios, de su Padre, ¿por qué pensás que a vos y a mí no nos puede pasar lo mismo? A veces sin quererlo, queremos ser discípulos distintos al Maestro, superiores al Maestro y Jesús nos dijo: «El servidor no es más grande que su Señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes». Si somos profetas de verdad, no podremos evitar que alguien nos rechace o no nos escuche, que nos ridiculice, que se burle, no podremos evitar que en nuestra propia familia se tapen los oídos con tal de no escucharnos, por no considerarnos dignos de hablar en nombre de Dios. Cuánta indiferencia a veces en nuestras familias, cuánta acedia del corazón, se dice, esa acedia espiritual, ese rechazo por el bien que vivimos, incluso en gente buena que nos mira y no nos entiende. Cuando en la evangelización todo va bien, corremos el riesgo de relacionar los frutos con el éxito, al estilo del mundo, con eso de creer que todo debe que ser aplaudido, que todo lo que hagamos debe ser halagado, aceptado y felicitado, y entonces, sin darnos cuenta, terminamos estando presos de un estilo que no es el de Jesús. Si vemos con detalle la vida de Jesús, no podemos pasar por alto el rechazo que sufrió tantas veces, hasta llegar finalmente al rechazo total, al rechazo de la cruz.

Por eso, no te angusties ni te desanimes si lo que hacés o decís es aceptado más o menos, un poco o mucho, incluso te diría que a veces el hecho de que seamos rechazados por ser simplemente profetas buenos, tratando de hablar de Dios, es un buen signo, quiere decir que estamos haciendo las cosas bien. ¡Cuidado! No estoy diciendo con esto que hay que hacer la contra a propósito como para que nos persigan, pero el hecho de que nos persigan, nos insulten, nos desprecien, puede ser un signo de que estamos siendo verdaderos profetas. En realidad, tenemos que poner el foco en la fidelidad al mensaje de Jesús y en la forma de anunciarlo. Lo importante es ser fieles a él y a su estilo; y si lo somos, tarde o temprano, aunque no lo busquemos –y no hay que buscarlo– nos llegará el rechazo, porque al mundo, al pensamiento mundano, no le gusta escuchar la verdad que viene de Dios, o se tapa los oídos o grita para no escuchar. Ofrezcamos nuestros sufrimientos que nos pueden llegar por ser profetas; ofrezcámoslos y unámonos al sufrimiento que también tuvo que vivir Jesús.

Jesús les advirtió a sus discípulos en Algo del Evangelio de hoy y nos advierte a nosotros algo que tiene mucho que ver con lo que venimos hablando: «Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas». Por más lindo que sea este mundo y lo lindo que nos lo quieran pintar, no podemos olvidar esta verdad cuando se trata de anunciar el Evangelio: «Andamos y somos como ovejas en medio de lobos». Este mundo parece estar lleno de LOBOS, lleno de dificultades, en nuestras familias, en nuestros trabajos, en el mundo, en la iglesia; y, lo que es peor, a veces tenemos un LOBO en nuestro corazón. La lucha va por dentro, los ataques son interiores y esos nos acompañaran hasta el final de nuestras vidas. En medio de tantas situaciones tenemos que ser OVEJAS, mansos, pero también astutos, esto es lo más difícil. Jesús no nos manda como lobos entre lobos, sino como ovejas. Estamos llamados a ser ovejas obedientes y mansas, que escuchan la voz del pastor y que no andan mordiendo a nadie por ahí, como los lobos, ni haciendo lo mismo que nos hacen los otros. Y por eso Jesús nos advierte y les advirtió a sus discípulos que seremos perseguidos, seremos incluso criticados, calumniados. Nuestra fe puede generar divisiones, peleas, incluso en nuestras propias familias, dentro de la iglesia y con nuestros propios amigos. El que anda detrás de Jesús también, sin querer, se gana enemigos.

Así como el mismo Jesús se los ganó, no por gusto, por deporte –como se dice–, por ser lobo, sino justamente por ser oveja, cordero manso, porque algunos desprecian la verdad, la bondad, la belleza y el bien, y nosotros la representamos.

¡Qué lindo que es ser ovejas! Nosotros también tenemos que llevar paz; no tenemos que andar atacando a todo el mundo, no tenemos que andar a la defensiva. Tenemos que ser astutos también, para saber cómo llevar a Dios hacia los demás y, por decirlo así, «meterlo» ahí, en donde nos toca, donde estamos, donde él mismo nos pide que podamos hacerlo presente, no por la fuerza, sino con astucia y con amor, con el arte de aprender a amar y hacerlo vivo en nuestras vidas. Mantengámonos unidos a Jesús en el silencio, solo así vamos a aprender a ver cosas mucho más grandes; mientras tanto, a ser ovejitas, a ser mansos, a dejarnos guiar por él, pero también a ser astutos, como serpientes. Una cosa no quita la otra, las dos pueden y tienen que ir de la mano, la astucia de los Hijos de Dios que saben en qué momento hablar de él con firmeza, en qué momento callar, en qué momento proponer, en qué momento parecer tonto; y también la mansedumbre de saber callar, optar por la sencillez y no buscar enemigos sin sentido, cuando nos ataquen por el solo hecho de creer y amar a Jesús.

XIV Jueves durante el año

XIV Jueves durante el año

By administrador on 8 julio, 2021

Mateo 10, 7-15

Jesús dijo a sus apóstoles:

Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente. No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento.

Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, busquen a alguna persona respetable y permanezcan en su casa hasta el momento de partir. Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella. Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a ustedes.

Y si no los reciben ni quieren escuchar sus palabras, al irse de esa casa o de esa ciudad, sacudan hasta el polvo de sus pies. Les aseguro que, en el día del Juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas menos rigurosamente que esa ciudad.

Palabra del Señor

Comentario

Es lindo ser profetas, es lindo haber recibido la posibilidad de hablar en nombre de Dios, hablar por Él, prestarle nuestro corazón y nuestros labios para que, de alguna manera, «Él haga de las suyas»; es algo muy grande, te sorprenderá pero es así. Seguramente habrás experimentado muchas veces que de tu boca salieron palabras que nunca imaginaste, palabras que produjeron cambios profundos en los otros, palabras que no eran en sí difíciles, pero que las dijiste en el momento oportuno, de la manera justa. Para ser profeta no es necesario ser teólogo, sacerdote o consagrado, sino que basta con ser dócil a la Palabra de Dios. Vos podés ser profeta, ¿sabías? No te olvides que lo somos por el bautismo que recibimos y que tantas veces olvidamos. Un niño puede ser un gran profeta, con su mera presencia. ¿Te acordás cuando Juan el Bautista reconoció a Jesús desde el vientre de su madre saltando de alegría? Bueno, antes de nacer ya era un profeta en el vientre. ¿Te acordás de los niños inocentes asesinados por Herodes? Bueno, fueron profetas sin haber hablado. Se es profeta con toda la vida, con la presencia, si dejamos que la gracia de Dios haga su obra en nosotros. Ahora, ¿por qué los profetas siempre fueron rechazados en la historia de la salvación o, por lo menos, cuando dijeron cosas incómodas? ¿Por qué Jesús fue rechazado en su propia familia, en su pueblo, en su lugar? ¿Por qué vos y yo no siempre somos profetas en nuestra tierra, en nuestra casa, en nuestra familia? Esto es algo que el Evangelio del domingo, que venimos reflexionando, nos lo dejaba bien en claro: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa». El desprecio al profeta tiene que ver con muchas cuestiones, pero fundamentalmente una de las razones es muy básica, es muy humana, pero que, al mismo tiempo, tiene que ver con algo que –podríamos llamar– es intrínseco a la fe, con algo que no se puede evitar, es parte de la fe.

Hay que ser muy humilde para aceptar que alguien de los nuestros, alguien que conocemos nos pueda decir algo que nos invite a cambiar, a reflexionar. Cuando las cosas que dice son lindas y agradables a los oídos, es fácil, por supuesto. Cuando lo que nos dice nos revela algo escondido, algo que debemos cambiar, la situación no es tan sencilla y, además, tendemos a no asumir esas palabras sabiendo que me las dice también a mí y que el que me las dice es débil como yo, como vos. La fe se basa justamente en esta verdad, en que por medio de la humanidad, de la debilidad, de la creación, de las palabras y actitudes de otro como yo, Dios me puede decir algo. ¡Qué misterio! Dios puede invitarme a confiar y a cambiar de vida, con todo lo que eso implica. Es fácil creerle a Dios cuando no hay nadie que me pueda decir algo distinto a lo que pienso o cuando solo me quedo con las cosas que me gustan de Él. Sin embargo, es muy difícil aceptar que Dios pueda decirme algo que me muestre mi error, mi debilidad, mi pecado y por eso muchas veces pasa a través de otros, que se transforman en profetas para mí. Es por eso que a veces rechazamos a los profetas de Dios, y nosotros somos también rechazados por otros.

En Algo del Evangelio de hoy Jesús nos dice algo muy lindo: «Den gratuitamente porque han recibido gratuitamente». Si recibiste gratuitamente el don de la fe, el don de creer en Él y creyendo podés mirar y vivir las cosas y la vida de otra manera, recibiste no solo el don de la fe, también sino a tu familia, tus bienes, tantas cosas en tu vida que te ayudaron a ser lo que sos. Y por eso tenemos que dar gratuitamente. Por eso el que se siente apóstol y agradecido; el que se siente apóstol pero no por ser especial y distinto a los demás y como por algo que consiguió por sus propios medios; el que se siente apóstol es un hombre finalmente por eso agradecido, es un hombre generoso o una mujer generosa. Por eso para evangelizar, no es necesario llevar nada material, porque lo mejor se lleva dentro, lo mejor está en el corazón, y eso no necesita cargamento.

¡Qué triste cuando en la Iglesia opacamos la evangelización dando cosas o pensando que los medios para evangelizar son lo principal, pensando que por el regalo a veces abriremos los corazones y transformando la evangelización finalmente en una transacción!

La evangelización se da por generosidad, por derrame, no por obligación. No vamos a predicar y a llevar el Evangelio a los demás en nuestro trabajo, en nuestra familia, en la parroquia, en la comunidad, en el grupo, por una obligación moral, solo por un mandato de Jesús impuesto de afuera, sino porque nos reconocemos gratificados, nos reconocemos agraciados por Él. Somos profetas, nos damos cuenta de que Él nos mira y que somos amados por Él, por el Padre y eso hace que de golpe, por decirlo así, desborde nuestro corazón de alegría y tengamos ganas de decírselo a los demás, de decirle esto: «Mirá, yo recibí esto y como lo recibí, te lo quiero dar también. Tengo para darte a Jesús que es lo mejor que me dio la vida».

¡Qué lindo que es sentirse apóstol, profeta, agraciado, elegido!, porque «Él nos amó primero», y por eso tenemos ganas de mirar a los demás a los ojos y decirles: «Esto tengo para darte. No tengo oro ni plata, pero tengo a Jesús».

¡Que hoy sea un día en el que demos gratuitamente tantas cosas recibidas gratuitamente! Para un profeta, nada de lo que tiene es estrictamente suyo. Jesús nos envía sin nada, nos envía a la «casa», a los corazones de las personas, para que ahí podamos volcar todo lo nuestro, todo lo mejor que recibimos y tenemos.

XIV Miércoles durante el año

XIV Miércoles durante el año

By administrador on 7 julio, 2021

Mateo 10, 1-7

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.

Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: «No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.»

Palabra del Señor

Comentario

Ser profeta no es ser un «adivino», alguien que se dedica únicamente a anticiparse al futuro, decir lo que pasará. Sin embargo, esa es la acepción más común de la palabra, o por lo menos del rol del profeta, lo que se entiende en el común de la gente cuando se habla de el ser un profeta. «Sos un profeta» le decimos a alguien cuando dice algo que finalmente se cumplió en el tiempo. Está bien, es algo de verdad. Parte de la misión del profeta es, de algún modo, anticiparse a lo que vendrá, pero no como una especie de pretensión de saber lo que solo Dios sabe, sino por el simple hecho de «leer» o ver la realidad con los ojos y el corazón de Dios. El que se deja guiar por el Espíritu de Dios no ve el futuro como si fuera una «bola mágica», como mirando una película anticipadamente, sino que, al escuchar a Dios en su corazón y escucharlo en los acontecimientos de su vida, al ver lo que hizo en la historia, tiene la capacidad de adquirir el «sentido de Dios», que muchas veces va de la mano del sentido común aunque no lo creamos. Espero no estar complicándote demasiado las cosas, pero, en realidad, creo que es algo muy sencillo. Dios nos simplifica la vida y nos ayuda a ser simples, a no ser rebuscados; por eso el que más unido a Dios está en su corazón, más sentido común tiene y más capacidad posee para darse cuenta de lo que vendrá si el pueblo de Dios se aleja del amor, si se desvía de sus mandamientos.

El profeta termina diciendo lo que en el fondo es casi obvio pero la ceguera de los demás no permite verlo. Si nos alejamos de sus caminos, tarde o temprano nos irá mal, producirá sus consecuencias. En cambio, sí estamos en su senda, si buscamos acercarnos a él, inexorablemente encontraremos la serenidad del corazón que nos ayudará a tomar las decisiones sabias y correctas, pase lo que pase; aunque haya dificultades y aunque muchos no las entiendan, será finalmente un bien para nuestras almas. Vos y yo ejercemos nuestra misión de profetas si somos hombres y mujeres de oración, cristianos que no analizan la realidad solo con la razón, con ojos mundanos, sino con los «anteojos» misericordiosos y realistas de Jesús, con los pies en la tierra –como se dice– pero los ojos bien puestos en el cielo. Jesús fue el profeta por excelencia, porque de sus gestos y palabras solo brotaron gestos y palabras de Dios, porque él era el mismo Dios en la tierra. Todo lo que hizo y dijo fue profecía, fue Palabra de Dios. Y por eso su elección de los Doce también lo fue.

En Algo del Evangelio de hoy, vemos que la elección no fue al azar, no fue al estilo del mundo tampoco, no fue con razonamientos puramente humanos. A ver, quién era el mejor, quién se lo merecía más, quién tenía más méritos. Repasemos la lista. A ver, el primero dice que es Simón, que luego Jesús lo llamará Pedro, le cambiará el nombre; el primero en todo, incluso también en negarlo. Y el último, Judas Iscariote, el mismo que lo entregó. ¡Qué elección la de Jesús! ¡Por favor! Cualquiera de nosotros hubiese seguro elegido algo muy distinto. Digamos la verdad. ¿Vos hubieses elegido a un pescador del montón para ser cabeza de los Doce, de la futura Iglesia? ¿Vos o yo hubiésemos elegido a Judas como apóstol sabiendo que algún día nos vendería por unas monedas? ¡Qué amor el de Dios, manifestado en Jesús! ¿Qué habrá visto Jesús que nosotros no vemos? Es increíble pensar que él haya tenido tanta clarividencia al elegir a quienes eligió: hombres sencillos y pobres, algunos bastantes rudimentarios y sin instrucción, hombres simples y también pecadores, y que en su tiempo nadie los tenía en cuenta. Por eso Jesús, de algún modo, nos descoloca con su seguridad y profecía al elegir. Sin embargo, once de estos doce fueron los que armaron un lindo lío y desparramo con su amor, predicando el Evangelio por todo el mundo. ¡Qué locura! ¡Qué maravilla! ¿Necesitamos más confirmaciones?

Jesús también es profeta al elegirnos a nosotros, a vos, y a mí también como sacerdote. ¡Qué misterio de la elección amorosa de Dios, pudiendo elegir a miles mucho mejores que nosotros! El amor de Dios, eso que Jesús ve y nosotros no, muchas veces nos hace sufrir de alguna manera, nos hace impacientarnos un poco, porque rompe nuestra lógica que muchas veces es muy mundana, muy superficial. A veces quisiéramos que Jesús barra con todo, cambie muchas cosas de un día para el otro, de nosotros y de la Iglesia, del mundo. Sin embargo, así como a Judas lo esperó hasta el final, así como a Pedro le perdonó sus imprudencias y sus equivocaciones, a vos y a mí nos espera y nos espera, nos mira de otra manera. Sabe qué es lo mejor para todos y no nos presiona, no nos obliga, nos invita, nos atrae con su amor lentamente y pacientemente a lo largo de toda la vida.

Pero al mismo tiempo es bueno que pensemos en la mirada que debemos tener todos al ver el modo que eligió Jesús para seguir transmitiendo su mensaje. Él eligió la debilidad para manifestar su amor, no hay otro camino. Jesús ama al hombre, pero nosotros también debemos amar a Jesús y su modo de amar. Él sabe el por qué, él sabe que somos duros de corazón y necesitamos masticar y madurar ciertas cosas. Si él nos tiene y nos tendrá tanto amor, tanta paciencia, ¿no es lógico que nosotros también empecemos a tenernos un amor más verdadero entre nosotros, a nosotros mismos y a los demás también?

Vivamos como profetas, mirando la vida, la realidad como la mira Dios Padre, mirando los corazones como los mira Jesús. Solo ese don que todos recibimos en el bautismo nos ayudará a vivir más serenos y no tan apurados y atolondrados, pensando que todas las cosas dependen de nosotros.