Book: Mateo

II Jueves de Adviento

II Jueves de Adviento

By administrador on 10 diciembre, 2020

Mateo 11, 11-15

Jesús dijo a la multitud:

«Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.

Desde la época de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo. Porque todos los Profetas, lo mismo que la Ley, han profetizado hasta Juan. Y si ustedes quieren creerme, él es aquel Elías que debe volver.

¡El que tenga oídos, que oiga!»

Palabra del Señor

Comentario

Es difícil mantener el corazón alerta las 24 horas del día, y alerta, fundamentalmente a lo que no se ve, a lo que no podemos experimentar fácilmente con nuestros sentidos. Por eso en la Iglesia vivimos, por decir así, rodeados de signos, de acontecimientos, de realidades materiales, realidades humanas que nos ayudan a experimentar las realidades espirituales, invisibles. ¿Cómo es posible comunicarnos con Dios si no es a través de lo que somos, o sea de nuestra humanidad? Todo lo humano es vehículo para reconocer al “hacedor” de todo, al que nos sostiene, al que nos ama, nos piensa y nos abraza a cada instante. Es extraño a veces como, en nuestra relación con Dios, pretendemos ser “ángeles” y nos olvidamos que somos humanos. O sea, queremos amar a Dios, hablar con Él, comprenderlo, reconocerlo, casi “virtualmente”, por decir así. Es como pretender enamorarse de alguien; sin mirarse, sin oírse, sin escribirse, sin abrazarse, sin tener gestos sensibles hacia esa persona… ¿Se te ocurrió alguna vez eso? Imposible llegar a un amor real, sin una comunicación real con el otro.

Todo lo que nos rodea interpretado con los “ojos” de Dios, o mejor dicho como si fueran sus ojos es importante, por más pequeño que sea o parezca. En todos lados, en todo momento podemos encontrarnos, comunicarnos con nuestro creador, con Jesús, con el Espíritu Santo.

Desde que Dios se hizo hombre, todo se transformó, desde adentro, aunque no lo parezca. Eso nos quiere enseñar algo del evangelio de hoy. El hecho de que Dios “haya pisado la tierra” no tiene comparación a, por ejemplo, que el hombre “haya pisado la luna”. Te estarás riendo, pero es una imagen que nos sirve.

Jesús no bajó del cielo volando y empezó a vivir con nosotros de un día para el otro. Dios se hizo hombre, se hizo uno de nosotros, tal cual somos y empezó a llamarse Jesús desde que nació, aunque como Hijo de Dios existió desde siempre. No se disfrazó de hombre o vino a la tierra a visitarnos por un rato para hacerse cercano y parecer bueno, como hizo el hombre al pisar la luna. Dios no vino a la tierra a tocarla e irse, como hizo el hombre al viajar a la luna. Jesús tampoco fue un hombre cualquiera que de golpe fue invadido por el Espíritu Santo y empezó a hacer milagros y tener poderes de Dios, sino que, desde que fue concebido, fue Dios y hombre, hombre y Dios, no un poco de cada cosa, o medio mezclado formando algo nuevo, sino todo Dios y todo hombre.

No quiero complicarte la vida. Pero es bueno pensar en esto. La historia de la Iglesia, e incluso hoy, está plagada de herejías, que no son otra cosa que una “falsa comprensión” de la verdad, o una expresión desviada del misterio de Dios, muchas veces con deseos de hacer el bien. Como, por ejemplo, hacerlo más accesible a todos, que todos lo comprendan. Porque no es fácil comprender y aceptar; que Dios haya sido engendrado en el vientre de una mujer tan humilde como María, sin intervención de un hombre, que haya nacido como cualquiera de nosotros, que haya crecido, que se haya desarrollado, que haya vivido como uno más sin dejar de ser lo que era. No es sencillo, nuestra razón se resiste ante tanta sencillez, a tanta omnipotencia “abandonada” a lo normal y cotidiano de la vida de los hombres. Es un poco incómodo de pensar. De ahí surgen las desviaciones, o las dificultades en asimilar la verdad que después se terminan transformando en herejías, o en errores, tanto en la teoría, como en la práctica. No quiero aburrirte con esto, pero creo que nos ayuda, tiene que ver, aunque no lo parezca.

Hoy parece difícil de entender que Jesús diga que “no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y, sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.” ¿Cómo se explica esto? ¿Juan el Bautista es el más grande o no? ¿A qué grandeza se refiere? ¿Cómo mide Dios, si se puede decir así, la grandeza? Toda la historia de la humanidad se dirige hacia Jesús, confluye en Él. Todo tiene sentido en Él y por Él. Por eso los profetas anunciaron su venida, por eso Juan Bautista fue el precursor, nació solo para eso, para anticipar su venida y preparar el camino. Todo esto es importante, todo lo anterior a Jesús es importante… pero nada supera a creer que Dios vino a vivir entre nosotros y a darnos algo que antes no teníamos. La vida divina en nuestras almas, la vida eterna que habíamos perdido por culpa de la desobediencia de los primeros hombres y que sigue alimentándose de las nuestras, de las cotidianas.

Por eso el más pequeño del Reino de los Cielos, del reino que se inauguró en la tierra con el nacimiento de Jesús, es más grande que Juan Bautista. Porque nada puede superar a la fuerza de salvación que se derramó en este mundo por medio de Jesús y del Espíritu Santo enviado después de su vuelta a los cielos. Vos y yo, tenemos algo que Juan no tenía, el Espíritu Santo… así lo dice San Pablo: “Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.” El que vive y experimenta este misterio, no tiene nada que envidiar al hombre más grande nacido de mujer, Juan Bautista, ni a los que vivieron junto a Jesús. Porque Dios habita en su corazón, porque Dios actúa en su corazón y su Espíritu hace presente a cada instante su amor en todos lados.

Vos y yo somos grandes, no por lo que hicimos, sino por lo que recibimos. ¡Qué maravilla! ¡Cuánto para agradecer! Gracias Jesús por darnos tu Espíritu y hacernos grandes, aunque seamos pequeños. ¿Ahora entendés cuál es la grandeza que mide o que le interesa a Dios?

II Miércoles de Adviento

II Miércoles de Adviento

By administrador on 9 diciembre, 2020

Mateo 11, 28-30 – Memoria de San Juan Diego

Jesús tomó la palabra y dijo:

«Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.»

Palabra del Señor

Comentario

Tener esperanza obviamente tiene que ver con la espera, y la espera con la paciencia. Porque se espera lo que no se tiene, o lo que se tuvo y se perdió alguna vez. Se espera lo que se desea. Pero nuestra esperanza es muy distinta a la que el mundo muchas veces nos propone. Nuestra espera es muy grande, es algo muy grande. El que tiene su esperanza cimentada en Jesús obviamente no desespera, no se impacienta por la larga espera, valga la redundancia. Sabe darle tiempo al tiempo, a las cosas; sabe saborear el tiempo que necesita todo para madurar. El tiempo es uno de esos regalos más lindos que Dios Padre nos dio. Vivimos en el tiempo y en el espacio, y es lo único que no podemos detener (al tiempo), ni acelerar, solo aprender a vivirlo. Por eso la paciencia, el saber esperar bien, es de alguna manera hija de la esperanza. El que tiene optimismo, pero sin esperanza, rápidamente se desilusiona cuando las cosas no se dan como pensaba; porque en el fondo esperaba lo que se le «antojaba». En cambio, el que tiene esperanza y es optimista sabe esperar cuando no se dio lo que soñaba. Confía en la providencia divina, porque en definitiva no espera sus propias ilusiones, sino las que vienen de Dios. Muy distinto, ¿no?

Algo del Evangelio de hoy me animo a decir que es cosa seria. ¿Quién de nosotros no se sintió alguna vez afligido y agobiado? Muchas veces, en los audios, utilizo la imagen de «esto de levantar la mano». ¡Levante la mano, levante el corazón quien no vivió alguna vez esa experiencia!, o sea, la de estar afligido y agobiado, cansado. Levantá la cabeza, levantá el corazón si hoy estás así. Hoy todos recibimos una linda noticia en esta Palabra. Jesús recibe a los que están así. Jesús nos invita a acercarnos a él sin promesas y esperanzas baratas, sino que se nos ofrece él mismo, se nos ofrece su corazón.

No te estoy obligando a inventar una aflicción si no la hay. Si realmente no estás afligido y agobiado, si no lo estás, no busques excusas para estar así, sin sentido. Dale gracias a Dios porque te ayudó a llegar a este fin de año con aire, fuerzas y corazón. También fijate que, si no estás agobiado para nada, por ahí también es signo de que no estás trabajando lo suficiente, de que no te estás entregando. El que trabaja se cansa, el que ama también se cansa. Es también una posibilidad, lo normal es que nos cansemos, por una cosa o por la otra. ¿Quién no tiene en su vida alguna aflicción, algún agobio interior? Son cosas distintas, pero es bueno pensar por dónde andamos. En realidad, podríamos distinguir entre agobio y aflicción y explicarlos bien, pero la verdad que no llegamos con el tiempo. Una vez alguien me reconoció (bah, muchas veces) que al principio le costaba muchísimo esos seis, siete y, ahora, ocho minutos de los audios, pero que ahora los disfruta. Por adentro yo pensaba: «¿Qué dirá ahora que los audios duran ocho o nueve minutos?» En realidad, creo que los minutos no importan tanto cuando las palabras son de Dios y son agradables a los oídos.

Pero volvamos a lo nuestro. Si te sentiste identificado con esto de levantar la mano, ya somos dos por lo menos. Y logré lo que quería, que podamos reconocer humildemente, sin quejas ni reproches hacia nadie, que muchos de nosotros andamos así: cansados, afligidos y agobiados por la vida. Porque en el fondo no sabemos manejar las fuerzas, porque no sabemos coordinar y orientar nuestro corazón, porque en definitiva no sabemos descansar en Jesús. Así de sencillo. Afligirse y agobiarse es parte de la vida –hasta te diría que es necesario si amamos–, y es signo de entrega. Cansancio físico que se recupera fácilmente con un poco más de sueño o de vacaciones; pero también a veces cansancio espiritual, psicológico, que es el que más cuesta discernir. Ahora, creo que hay formas y formas de cansarse. Podemos afligirnos y agobiarnos sin estar con Jesús o podemos cansarnos con él, junto a él, y por eso terminar descansando en él. Y esa es la parte más linda que se nos ofrece hoy. Él nos dice: «Yo los aliviaré». Jesús es nuestro aliviador de aflicciones y agobios, de cargas mal llevadas. No es solucionador de problemas mágicamente, sino que él quiere aliviarnos y ayudarnos a encontrar descanso en su corazón.

La lista del porqué nos cansamos y afligimos sería interminable, cada uno tiene que hacer las suyas. Supuestamente nos afligimos y agobiamos por problemas externos: mi marido que está un poco insoportable, mi mujer que se queja de todo y no me entiende, mis hijos que viven en la suya y se olvidan de sus padres, mi trabajo que es agobiante, el tráfico de mi ciudad que no mejora nunca, los malos que nos rodean, el estudio y los profesores que a veces son injustos, la gente que no es tan buena, la mala situación económica, los problemas dentro de la Iglesia y así miles más. Siempre el problema lo ponemos afuera y a veces nos decimos: «Si eso no estuviera, si no estuviera tal persona, yo estaría perfecto». «Él saca lo peor de mí», decimos a veces. Ahora, si pensamos bien, según las palabras de Jesús, ¿no será que el problema lo tenemos dentro de nosotros y no el que está afuera? Lamento darte esta mala pero en realidad buena noticia, porque hoy Jesús nos dice claramente: «Aprendan de Mí que soy paciente y humilde de corazón». Eso quiere decir que para aliviarnos, para que dejemos de estar afligidos y agobiados, Jesús nos propone el remedio de la paciencia y de la humildad.

Por lo tanto, si damos vuelta la moneda, quiere decir que el cansancio del corazón es fruto de nuestra falta de humildad y paciencia, de nuestra ira. Y la solución debe surgir desde adentro, no tanto desde afuera como a veces pretendemos. «No es que te enojás porque estás cansado, sino que, como estás enojado, te cansás», me dijo una vez un monje muy sabio. Como somos soberbios, como no somos humildes, como no somos pacientes, nos cansamos. Es así, nos cansamos porque no queremos llevar el peso de la humildad, o sea, de ser humildes y pacientes. Pesa mucho. Cuesta ser humildes, cuesta tener esperanza, saber esperar, mantener la calma. Es más fácil ser iracundos y ser orgullosos, soberbios; tirar todo por «la borda» y eso a la larga termina cansando el corazón. ¡Es increíble! Jesús no recomienda nada externo: ningún spa, ningún curandero, ninguna práctica rara, ningún enojo, ninguna critica; todo lo contrario, cambiar desde adentro. Luchar para ser pacientes y humildes aceptando la realidad que nos rodea. ¿Te animás? Levantá la mano si hoy querés descansar tu corazón en Jesús. «Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo».

 

I Sábado de adviento

I Sábado de adviento

By administrador on 5 diciembre, 2020

Mateo 9, 35-10, 1.5a.6-8

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones:

«Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.»

Palabra del Señor

Comentario

Buen día. Espero que tengamos un buen sábado, que terminemos esta semana de la mano, como siempre, de la Palabra de Dios. Terminando estos primeros días del tiempo de Adviento que comenzamos de hace una semana, intentando recorrer este camino tan lindo que nos propone la Iglesia de poder prepararnos verdaderamente para la celebración del nacimiento del Señor; para poder volver a pasar por el corazón esta gracia tan grande que hemos recibido, que el mismísimo Dios se haya hecho hombre por nosotros, que haya nacido en un pesebre, que haya estado en brazos de María y José. Pero también recordemos que es tiempo para mirar hacia el futuro y poner nuestra mirada en nuestra verdadera esperanza; fijar la mirada en aquel que nos da la esperanza, que es Jesús, que algún día volverá. Volverá para juzgar a vivos y a muertos.

Volverá para juzgarnos con misericordia y con justicia, para separar las ovejas de los cabritos: unos a la derecha y otros a la izquierda; simbolizando aquellos que han buscado amar, aquellos que han intentado saciar el hambre y la sed de los demás y, por otro lado, aquellos que se negaron a utilizar los talentos que Dios les dio. Por eso, también es tiempo para revisar nuestra vida, para mirar a Jesús con amor y dejarnos mirar por él y sentirnos amados y de esa manera poder responderle con amor.

Así vamos en esta primera semana. Pero vamos hoy a Algo del evangelio, en donde se nos describen varias cosas, entre ellas, que Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos enseñando. No solo enseñaba, sino que también curaba las enfermedades y las dolencias. Y al mismos tiempo se compadecía de esas ovejas que parecían que no tenían pastor. Por eso, vemos a Jesús que recorre, que sale de él mismo para acercarse a los necesitados, que enseña. Que no solo da cosas, sino que también transmite una sabiduría. Que no solo le interesaba curar los dolores del cuerpo, sino que también le interesaba enseñarle a la gente, enseñarnos a nosotros para que también aprendamos a vivir, a vivir como Hijos de Dios.

La mayor compasión de Jesús está en ver que nosotros a veces o que el ser humano anda así: como ovejas sin pastor, como aquellos que no tenemos guía, que vamos sin rumbo, que solamente oímos las voces que nos desvían de los verdaderos caminos y no la voz de Jesús. ¡Qué lindo que es saber que nuestro buen Jesús siempre nos está hablando en la Palabra, nos está hablando al corazón para que nos demos cuenta de que sin él no podemos! Que si no escuchamos la voz del buen pastor, no podemos seguir adelante. Y para eso Jesús también eligió guías, pastores, «porque la cosecha es abundante pero los trabajadores son pocos».

Hay que rogar para que haya pastores similares, parecidos al corazón de Jesús, que siempre buscó guiar al Pueblo. Esa es la misión de los sacerdotes: hablar y enseñar y compadecerse como lo hizo Jesús. Y por eso convocó a doce discípulos y sigue convocando hoy en día a tantos sacerdotes en el mundo para que puedan vivir y cumplir la misión que Jesús tuvo acá en la tierra, entregándose completamente al Reino de Dios, entregándose completamente a llevar el mensaje del Padre. Y es ahí donde escuchamos, al final del evangelio, que Jesús les dice a sus discípulos: «Vayan. Vayan por el camino, proclamen que el Reino de Dios está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente». Todos de algún modo recibimos esta misión. Es verdad que especialmente está destinada a los sacerdotes, a los pastores, a los consagrados. Pero también podríamos pensar que todos hemos recibido gratuitamente y tenemos que dar gratuitamente. Todos recibimos la Palabra de Dios gratuitamente y por eso todos podemos ser también transmisores, instrumentos, puente entre Dios y los hombres.

¡Qué lindo que es sentirse elegido por Jesús! Que a pesar de nuestras debilidades y nuestros pecados, nos vuelve a elegir y nos dice: «Vayan por el mundo. Vayan y hagan lo que yo hice. Vayan y no se detengan.

Salgan de su comodidad, miren para adelante y vean que la gente necesita de mí, necesita de mi amor».

Dios quiera que todos sintamos este llamado y nos sintamos enviados a llevar la Palabra de Jesús por todos lados.

I Viernes de adviento

I Viernes de adviento

By administrador on 4 diciembre, 2020

Mateo 9, 27-31

Cuando Jesús se fue, lo siguieron dos ciegos, gritando: «Ten piedad de nosotros, Hijo de David.»

Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron, y él les preguntó:

«¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?»

Ellos le respondieron: «Sí, Señor.»

Jesús les tocó los ojos, diciendo: «Que suceda como ustedes han creído.»

Y se les abrieron sus ojos.

Entonces Jesús les exigió: «¡Cuidado! Que nadie lo sepa.»

Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.

Palabra del Señor

Comentario

Solo el deseo genuino y verdadero y profundo de poder ver algún día a Jesús, de poder estar con él, nos mantiene alertas, nos mantiene vigilantes, nos mantiene en vela. Como escuchábamos en el evangelio del domingo anterior: «Estén vigilantes, estén preparados, porque no sabemos ni el día ni la hora». Esto que parece a veces medio terrorífico, en realidad es la invitación de Jesús más linda y más grande: el tener el corazón, de algún modo, despierto para que su amor no pase inadvertido por nosotros; porque a veces estamos tan dormidos. A veces tenemos las esperanzas tan caídas –por decirlo de alguna manera–, tan anestesiadas. Porque en realidad la gran esperanza, que es Jesús, está al lado nuestro y las preocupaciones, las corridas, los deseos pasajeros, que a veces nos colman el corazón y no dan espacio para Jesús, hacen que no nos demos cuenta que Jesús ya está.

En este tiempo de Adviento estamos, de algún modo, preparándonos para la venida del Señor. Pero, en realidad, la liturgia también nos hace darnos cuenta que Jesús ya está, que en realidad tenemos que levantar la cabeza ahora, que en realidad tenemos que disfrutar de su presencia, que en realidad tenemos que estar atentos ahora, en este momento, y no esperar grandes cosas al final. Es algo que tenemos que pedir: «Señor, ayudanos a estar atentos. Ayudanos a darnos cuenta que estás ahora con nosotros, en este momento; que estás ahora, cuando escuchamos tu Palabra, cuando hacemos el esfuerzo por interpretar».

Retomando algo de la esperanza que venimos hablando estos días, podríamos decir que si entendemos la esperanza cristiana como una simple promesa de algo mejor; algo visible, mejor, sería algo así como esa canción, que sonaba en Argentina hace muchísimos años, que decía: «Yo tengo fe que todo va a cambiar». Bueno, la verdad que es una esperanza demasiada chiquita. Por eso, volvamos a lo del otro día: ¿Qué es realmente la esperanza para nosotros los católicos? Seguro que te vas a sorprender con lo que te voy a decir y estoy convencido de que te va a ayudar a abrir los ojos, como a los cieguitos de Algo del Evangelio de hoy.

El otro día decíamos que, en la Palabra de Dios, la palabra esperanza muchas veces es intercambiable con la palabra fe, o sea, quieren expresar muchas veces la misma realidad. El que tiene fe, tiene esperanza y el haber recibido una esperanza, es como una garantía de nuestra fe. No creemos –por decirlo de alguna manera– en el aire, por ingenuos, porque no tenemos otra cosa que hacer, sino que creemos porque tenemos esperanza. No creemos porque «en algo hay que creer». No es que creemos porque «de algo hay que aferrarse», como se dice. Eso es infantilismo en la fe. Creemos porque ya recibimos algo, o sea, recibimos a una Persona. Jesús vino a nosotros. Jesús es nuestra «alegría y nuestra esperanza». Todo esto quiere decir que tener esperanza no es solamente tener paciencia y esperar algo mejor, esperar el Cielo que vendrá, sino que la fe ya en este momento nos está dando algo. Nos da algo de la realidad que esperamos. Nos anticipa el futuro, nos adelanta el futuro. Esperamos a Jesús. Necesitamos verlo, queremos estar con él algún día. Y la fe, la esperanza, ya nos trae al presente, al corazón, ¡lo que anhelamos! Es una gran diferencia vivirlo y pensarlo así. Porque eso hace que no vivamos resignados esperando siempre algo mejor, sino que nos convencemos y alegramos de saber que el Hijo de Dios vino a nuestro mundo haciéndose hombre y sigue viniendo hoy a nuestras vidas (si creemos y tenemos esperanza). Y vendrá además algún día para terminar de colmar nuestras ansias de amor. Por eso, los que tenemos fe, ya tenemos una prueba, una prenda de lo que todavía no vemos. No necesitamos pruebas externas, la prueba está en el corazón del que cree y ve todo distinto.

La pregunta de hoy de Jesús hacia los ciegos nos viene como anillo al dedo, anillo a la fe: «¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?» ¿Creen? ¿Tienen la certeza de que yo puedo darles lo que necesitan? ¿Confían en que mi presencia puede colmar las ansias de felicidad de sus vidas, de sus corazones? Ni siquiera Jesús les preguntó si querían ser curados. En definitiva, les estaba preguntando: ¿Creen que yo soy su esperanza? ¿Creen que yo soy la respuesta a todo lo que les falta?

Empecemos a imaginarnos las miles de preguntas que Jesús puede hacernos hoy: ¿Crees que yo soy el que te puede ayudar a empezar a ver todo lo que ahora no estás viendo? ¿Lo crees? ¿Estás seguro que necesitás ser curado de tu incapacidad de ver tantas cosas que hace que te lleves por delante la vida? ¿Crees que te puedo ayudar a ver la falta de amor que estás teniendo en tu casa con tus hijos, con tu mujer, con tu marido? ¿Crees que te puedo hacer ver lo que podés dar y te guardás por egoísmo?

Hoy el mayor milagro de Jesús no es el de curar ciegos de los ojos, sino el de hacer que los que vemos con los ojos del cuerpo nos demos cuenta que muchas veces no vemos nada con los ojos del alma. El milagro que quiere hacer Jesús hoy, con vos y conmigo, es que empecemos a ver con el corazón, que empecemos a gritar verdaderamente: «Ten piedad de nosotros», para que descubramos que andamos como ciegos ante miles de situaciones que no percibimos. Que hoy nuestro buen Jesús nos abra los ojos. Que hoy creamos que también estamos ciegos y que podemos ver más: que Jesús es nuestra fe, nuestra esperanza y que con él ya tenemos todo lo que buscamos.

I Jueves de adviento

I Jueves de adviento

By administrador on 3 diciembre, 2020

Mateo 7, 21. 24-27

Jesús dijo a sus discípulos:

«No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.

Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande.»

Palabra del Señor

Comentario

Los días pasan, los años pasan, los fines de años pasan. La Navidad se acerca y también pasará. Muchas veces parece que todo sigue igual. Siempre en diciembre por lo menos por estos lados, en el hemisferio sur que ya se termina el año, decimos: «¡Uy, cómo se pasó este año! Un año más. ¡Qué difícil es parar un poco e intentar ser «un poco más dueños del tiempo»! En realidad, dueños de nosotros mismos, porque el tiempo pasa; es lo único que no podemos frenar. Todos andamos corriendo, a veces con despedidas, con comidas, con los egresados, con las compras. Este es un año especial, pero de algún modo siempre andamos así. No sé bien porqué, pero parece que a fines de diciembre todo se termina, parece que se viene el fin del mundo y tenemos que hacer todo junto. Así vivimos a veces. Es extraño, pero todos somos un poco esclavos de esta manera de vivir. No echo la culpa a nadie, en realidad nadie tiene que echarle la culpa a nadie. Porque en definitiva, con más o menos condicionamientos, somos nosotros los que elegimos el modo de vivir en general. Somos nosotros los que tomamos nuestras propias decisiones. Vuelvo a decir: a veces en algunas cuestiones casi que no nos queda otra; pero en general el rumbo de la vida lo vamos eligiendo nosotros mismos, y eso es tan lindo como riesgoso, como responsable. Hay que tomarse las cosas en serio.

Soy de los que piensan, y cada día me convenzo más, de que son más la veces que Dios Padre nos ayuda a «cumplir su voluntad» que las veces que la cumplimos por iniciativa propia o por amor puro. En nosotros debe estar siempre obviamente la disposición, la decisión, pero la ayuda viene de lo alto. «Es Dios el que produce en ustedes el querer y el poder», dice san Pablo. «La esperanza la recibimos como don, viene de Dios», decíamos estos días. Porque la esperanza es Jesús y él es el enviado del Padre. ¿Para qué? Para confiar en él y para poder amarlo como él desea que lo amemos. Ser cristiano, antes que hacer cosas buenas, es aceptar que él es bueno, y que solo él es bueno y que él es el que «hace» la mayoría de las cosas. Y somos nosotros los que humildemente nos plegamos de alguna manera, «captamos» esa «sintonía» de amor que da vueltas por nuestro corazón, y continuamente. Cuando queremos construir nuestra vida de fe como en una especie de «voluntarismo» narcisista, de perfeccionismo, es cuando perdemos la esperanza. En realidad, construimos nuestra propia esperanza, y esta se puede derrumbar en cualquier momento de la vida, con cualquier tormenta, porque nos desilusionamos cuando las cosas no salen como pensábamos. Dejemos que en este Adviento Dios nos muestre su voluntad, su camino, nuestra esperanza.

Algo del Evangelio de hoy es muy gráfico, muy sencillo y nos ayuda a comprender esto. El que construye su vida sobre la «arena» de sus decisiones, de sus proyectos, de sus ambiciones personales, de la «mirada» de los demás, de la cultura del tiempo, sobre su «mirada» de la vida, tarde o temprano termina siendo esclavo de sí mismo. Tarde o temprano termina experimentando la fragilidad de todo lo de este mundo, de todo lo que construyó, porque nuestras esperanzas pasajeras son arena. No son malas, pero son arena en comparación con la esperanza de Jesús. Jesús es roca, es cimiento, es vida. Sus palabras son vida. Son la única esperanza real de este mundo, que muchas veces no sabe para dónde va. Es triste, pero el hilo de las decisiones más importantes que definen el destino de nuestras naciones, de nuestras ciudades, están en manos de personas que pueden ser muy buenas –aunque es difícil encontrarlas–, pero no están ancladas en la Palabra de Dios. Vos pensarás que estoy un poco loco, pero es real. ¿Qué gobernante de este mundo se plantea que sus decisiones tienen que estar construidas sobre la Palabra de Dios? Creo que nadie, o muy pocos. No gana ninguna elección el gobernante que en su plan de gobierno decide poner a Dios y su voluntad en primer lugar. Es muy sencillo, lo votarían muy pocos.

Más allá de las políticas económicas y sociales que se pueden adoptar, cuando la roca en donde se asienta todo no es la verdad, no es la verdadera esperanza, algún día todo se derrumba ante la primer crisis, ante el primer problema, ante los conflictos. La historia de la humanidad es testigo de esto. No hay que ser muy avispado para poder verlo. Todo se viene abajo, tarde o temprano, si no está construido sobre la roca.

En cambio, cuando día a día nos planteamos y nos preguntamos: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? ¿Qué haría la Virgen en mi lugar?, todo va tomando otro color. Nuestra casa-corazón no es tan frágil como parece, no es tan movediza. Es más firme, más duradera, porque ni la muerte puede tirarla abajo. Así lo decía maravillosamente san Pablo: «¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? (…) Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor».

No importa lo que hacemos únicamente, sino es tan importa cómo lo hacemos, con qué intención y buscando qué. Si tenemos la certeza de que Jesús es nuestra «roca», nuestro todo, nuestro cimiento, nuestra esperanza; aquel a quien esperamos algún día abrazar mientras intentamos vivir sus palabras, mientras deseamos amar como él nos ama, ¿qué importa tanto todo lo demás? ¿Qué importa tanto que las cosas de acá no salgan como esperamos?

I Miércoles de adviento

I Miércoles de adviento

By administrador on 2 diciembre, 2020

Mateo 15, 29-37 – Memoria de San Francisco Javier

Jesús llegó a orillas del mar de Galilea y, subiendo a la montaña, se sentó. Una gran multitud acudió a él, llevando paralíticos, lisiados, ciegos, mudos y muchos otros enfermos. Los pusieron a sus pies y él los curó. La multitud se admiraba al ver que los mudos hablaban, los inválidos quedaban curados, los paralíticos caminaban y los ciegos recobraban la vista. Y todos glorificaban al Dios de Israel.

Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. No quiero despedirlos en ayunas, porque podrían desfallecer en el camino.»

Los discípulos le dijeron: «¿Y dónde podríamos conseguir en este lugar despoblado bastante cantidad de pan para saciar a tanta gente?»

Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tienen?»

Ellos respondieron: «Siete y unos pocos pescados.»

Él ordenó a la multitud que se sentara en el suelo; después, tomó los panes y los pescados, dio gracias, los partió y los dio a los discípulos.

Y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que sobraron se llenaron siete canastas.

Palabra del Señor

Comentario

Habíamos dicho en el evangelio del domingo que esta semana de algún modo nos acompañaría la palabra vigilancia, o sea, más que la palabra la actitud, que la primer semana de Adviento es una propuesta para estar vigilantes, para estar atentos, para estar prevenidos. Dicho de otra manera o tomando otro aspecto, sería bueno estar despiertos, despertarnos un poco a veces de la modorra espiritual, de la tibieza de la fe. No podemos encontrarnos con el Señor si no estamos atentos, porque él está de algún modo oculto. No es que le gusta esconderse, sino que es Dios oculto entre nosotros y en nosotros. Por eso no olvidemos esta actitud que tenemos que tener en estos días, que se va a ir despertando o creando en el corazón en la medida que escuchamos la Palabra. La Palabra nos despierta, la Palabra nos mantiene vigilantes, porque el escuchar ya de algún modo es estar vigilantes, estar atentos.

Pero también retomemos hoy brevemente el tema de la esperanza. Porque podríamos decir que quien tiene esperanza vive de otra manera, podríamos decir que recibe algo así como una vida nueva. Hace tan bien tener esperanza, pero hace bien también saber bien en qué consiste esta esperanza, conocerla. En realidad, tener esperanza significa llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero. Pasar de una situación de vivir como si Dios no existiera, aunque siempre existe, aunque yo no lo crea, aunque yo no lo viva, a un cambiar de vida, porque nos damos cuenta de que ese Dios está presente; pero no solo está presente, sino también obra, actúa. Para nosotros, que vivimos en un contexto de fe en general o hemos recibido la fe desde niños, esto de recibir una esperanza nueva nos parece un poco imperceptible o difícil de experimentar, salvo que te hayas convertido de grande o hayas recibido esa gracia de grande. Estamos casi como, en el fondo, anestesiados ante todo esto y nos olvidamos. Mucho más nos pasa a los sacerdotes, que a veces estamos tanto «trabajando” para Dios que nos olvidamos de que él lo es todo y que sin él no podemos nada y que es él el que en el fondo da esperanza al pueblo de Dios. No somos nosotros los que le damos esperanza a las personas. Pero menos mal que cada tanto él nos da un cimbronazo, por decirlo así, para despertarnos a los sacerdotes, ¿no?

Hace tiempo, me acuerdo, tuve la dicha de bautizar, confirmar y dar la primera comunión a Blanca. No me olvido más su nombre. Esta mujer que había contado alguna vez que sintió el llamado a ser cristiana gracias a un santo, a una devoción, que sin darse cuenta la fue llevando a Jesús. Y gracias a eso decidió ser cristiana, decidió recibir los sacramentos de iniciación. Y al comienzo del rito del bautismo de adultos, antes de entrar a la Iglesia, en el atrio, se le pregunta al catecúmeno, aquella persona que se estaba preparando: ¿Qué le pedís a la Iglesia? Y la persona responde y debe responder: «El bautismo» Y después se le pregunté: ¿Qué te da el bautismo? Y Blanca me respondió: «La fe». Un adulto responde la fe, un niño no puede; lo hacen los padres. Pero qué lindo que es bautizar a veces a los adultos convencidos de que la fe les da algo distinto, que el bautismo les da la fe. Ver los ojos brillosos de emoción de esta mujer al responder, percibir que plenamente ella estaba empezando una vida nueva, que estaba recibiendo una esperanza distinta en su vida, me ayudó a comprender lo que hoy te quiero transmitir. La fe nos da esta esperanza. Con Dios hay esperanza. Sin Dios no hay verdadera esperanza, hay optimismo. Hay muchas cosas, pero no esperanza. Por ahí nosotros que tenemos a Dios o que Dios está en nosotros por pura gracia pero que a veces parece que no tenemos esperanza, creo que nos haría bien una pregunta distinta. ¿Si no tenemos esperanza, si no confiamos en lo que vendrá, en las promesas de Dios, no será que en el fondo nos falta Dios en el corazón o que nos falta creer como él nos enseña?

En Algo del Evangelio de hoy claramente se ve que todos, pero todos encuentran esperanza en Jesús.

«La multitud se admiraba al ver que los mudos hablaban, los inválidos quedaban curados, los paralíticos caminaban y los ciegos recobraban la vista. Y todos glorificaban al Dios de Israel», dice la Palabra. Y además Jesús también al final les da de comer, o sea, una cosa increíble. Pasa de todo: curación de cuerpos, curación del alma, dar de comer. Jesús les da todo.

Pero hay un detalle importante que quiero dejarte para hoy, y para mí también, que dice el evangelio que «los pusieron a sus pies y él los curó». Eso quiere decir que hubo personas que llevaron a los enfermos, a los dolidos a los pies de Jesús, a los que seguramente no podían ir por sí solos. Y es lindo pensar que siempre hay alguien que me llevó a la esperanza, siempre hay alguien que puede acercar a la esperanza a otros. Digo a la esperanza porque la esperanza es Jesús. Pero también podríamos decir siempre hay alguien que me da esperanza, siempre hay alguien que me lleva a conocer a Jesús. Qué bien hace pensar que Jesús es nuestra esperanza. Él es nuestra esperanza. No solo por lo que nos prometa, porque nos promete la Vida eterna, porque nos promete una vida distinta a partir de ahora. No solo porque nos puede curar el corazón y el alma o también el cuerpo, dar de comer, sino porque estar con él da esperanza.

A vos y a mí, alguien nos llevó a los pies de Jesús para que estemos con él. No importa, por ahí fue de niños, en el bautismo, por ahí fue en mi catequesis, en un retiro; pero alguien nos llevó, no importa si fue de niños o de grandes. ¡Hoy depende de nosotros volver a los pies de él, poder tirarnos simbólicamente a sus pies, nosotros, o bien poder llevar a otros! Acerquemos a alguien a Jesús que lo necesita. Un cristiano en serio, un cristiano con esperanza, lleva a otros sin esperanza a los pies de Jesús para que pueda descubrir el verdadero sentido de la vida, para que recobre su esperanza perdida. Y lo importante también es darse cuenta que, cuando nosotros acercamos a los pies de Jesús a alguien, finalmente nosotros terminamos a los pies de Jesús. No es que nosotros nos ponemos por arriba y decimos: «Bueno, yo te traigo a Jesús y yo sigo con la mía», sino que cuando vamos juntos con otros a Jesús, terminamos todos llenos de esperanza. ¿Puede haber algo más lindo que eso? ¿Puede haber algo más lindo que encontrar la esperanza de Jesús y darnos cuenta que este mundo no es definitivo y que lo que vendrá será mucho mejor?

Dios quiera que hoy todos nosotros, los que escuchamos la palabra de Dios, sigamos descubriendo la verdadera esperanza.

Fiesta de San Andrés Apóstol

Fiesta de San Andrés Apóstol

By administrador on 30 noviembre, 2020

Mateo 4, 18-22

Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres».

Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron.

Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca de Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó.

Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.

Palabra del Señor

Comentario

Entramos de lleno, por decirlo así, en el tiempo de Adviento, tiempo de esperanza. Tiempo que nos anima a levantar la cabeza, a mirar para adelante, a confiar, a saber esperar lo importante, a saborear. Descubrir la presencia de Jesús en nuestras vidas, en la vida de los demás, en este mundo lleno de voces y ruidos que nos aturden. Por eso, dedicaremos estos días hasta la Navidad, además de a meditar la Palabra de cada día, a seguir hablando o aprendiendo sobre la esperanza, sobre esta virtud tan olvidada muchas veces entre nosotros los cristianos. A veces hemos dejado de esperar o esperamos cosas muy pasajeras que después nos dejan con las manos y el corazón vacíos.

Aprovechemos este tiempo de la Esperanza. Pidamos esta virtud tan linda, esta virtud que se nos concede a todos por el bautismo. Virtud que viene de lo alto y que, sin querer, la hemos ido aplastando tanto y hecho tan humana que últimamente decir que se tiene esperanza es casi decir que se tiene optimismo. El desafío de este tiempo es reordenar nuestras esperanzas, aprender a esperar –valga la redundancia– lo esencial y dejar a un lado lo que cambia. Tenemos que educar nuestro corazón para que sepa discernir y esperar lo importante, que sepa esperar a Jesús y no tanto cosas que van y vienen.

En Algo del Evangelio de hoy, en esta fiesta de san Andrés –uno de los apóstoles que fue hermano de Pedro–, hay un claro ejemplo de alguien que esperaba a Jesús verdaderamente y, además, lo que provoca en la vida de una persona un encuentro con la Esperanza, que en definitiva es Jesús. Aunque no lo dice el evangelio explícitamente, me animo a decir que Andrés y los demás personajes de hoy son capaces de dejarlo todo inmediatamente (porque en ambos casos así lo dice Palabra), porque en el fondo ya lo estaban esperando de algún modo en su corazón. Podríamos decir que nadie puede dejar todo si antes no está esperando algo en su corazón, algo mejor, algo más grande. Nadie puede cambiar de vida de esa manera, tan repentina, si en realidad en el fondo de su corazón no está deseando encontrarse con algo más grande, con algo trascendente, con algo que transforme. Si no lo pensamos así, la escena del evangelio de hoy termina siendo demasiado idealista, romántica, pero poco real y por eso muy lejana a nuestras posibilidades. Es bien real. Fue así: Andrés, como tantos en la historia de la Iglesia, dejó todo por Jesús, porque hace rato estaba esperando al todo. Él y su hermano, Juan y Santiago, eran hombres muy comunes y normales, pero que esperaban al Salvador y solo por eso fueron capaces de dejar su vida anterior, sus cosas, sus familias, sus trabajos, por seguir a ese gran hombre, que era Dios.

Siempre me quedo con las ganas de decir más cosas, porque el evangelio es una fuente inagotable de sabiduría. Hoy más que nunca. Por eso elijo dejarte algunas preguntas picando para rezar. ¿No será que nosotros a veces somos incapaces de dejar algo por Jesús porque tenemos como si fuese atrofiada nuestra capacidad de desear, de esperar lo eterno; porque hemos perdido la sensibilidad a lo eterno? ¿No será que deseamos tantas cosas en esta cultura de lo inmediato, de la cultura del click, del tenga todo ya, que ya no nos queda espacio para desear lo mejor? ¿No será que nuestro deseo interior es como nuestra hambre del cuerpo, que cuando peor nos alimentamos y más desordenadamente lo hacemos, menos ganas tenemos de comer cuando llegamos a casa, a la mesa? Así nos pasa con lo espiritual, con Jesús. Sin querer nos vamos queriendo saciar continuamente con miles de comidas ricas pero pasajeras y por eso cuando tenemos que pensar en él, escucharlo, estar con él, rezar, hablarle, hacer silencio, ya no sabemos qué pensar, qué decir, cómo escuchar. La Esperanza está relacionada con nuestros deseos. Dime qué deseas y te diré qué esperas. Deseás cosas bajas, esperás cosas bajas, tendrás cosas bajas. Deseás bienes grandes, eternos, vas a esperar los bienes del cielo y tendrás los bienes del cielo.

Pensemos qué estamos deseando hoy, qué estamos esperando. Nos queda todo el Adviento para ir educando nuestros deseos.

Solemnidad de Cristo Rey del Universo

Solemnidad de Cristo Rey del Universo

By administrador on 22 noviembre, 2020

Mateo 25, 31-46

Jesús dijo a sus discípulos:

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y Él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.

Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver».

Los justos le responderán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer, sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?»

Y el Rey les responderá: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo».

Luego dirá a los de su izquierda: «Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; estaba de paso, y no me alojaron; desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron»

Éstos, a su vez, le preguntarán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?»

Y Él les responderá: «Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo».

Éstos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna».

Palabra del Señor

Comentario

Otro domingo más que nos regala el Señor para disfrutar de su presencia, de su día, de la familia; para disfrutar de encontrarnos un poco más con nosotros mismos y, por su puesto, con el Señor en la liturgia. Y hoy terminamos el año litúrgico de la Iglesia con esta gran Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, y esta semana que sigue. Pero ya el domingo que viene empezaremos el tiempo de Adviento, el tiempo de preparación para la Navidad, para el nacimiento del Señor. Por eso dispongámonos a escuchar otro día más «la Palabra de Dios, que es viva y eficaz». ¡Qué bien nos hace escuchar al Señor en su Palabra! No dejemos nunca de escuchar.

Les hago una pregunta: ¿Jesucristo es Rey del Universo? Nos podríamos preguntar: ¿Y dónde está su Reinado? ¿Qué pasa que no se hace tan presente como quisiéramos? podríamos preguntarnos de algún modo en esta fiesta de hoy. ¿Dónde está el Reinado de Dios cuando todavía parece que el mal sigue molestando tanto en nuestro interior y también afuera; cuando parece que los poderes de este mundo siguen gobernando y sometiéndolo todo a su juicio, a sus criterios, a su maldad; cuando la guerra está al acecho siempre y al orden del día; cuando el dolor, la injusticia y tantas cosas más nos invaden a nosotros, a nuestras familias, a nuestros países y comunidades? Es bueno que también te animes a preguntártelo. No solo por si te lo preguntan, sino también para que sepas encontrar a Jesús reinando verdaderamente, pero de un modo oculto, y vivir su reino; aun cuando todo ese mal siga existiendo, incluso en nuestros corazones.

La Solemnidad, la fiesta de hoy, podría contemplarse a partir de tres momentos: el pasado, el presente y el futuro. Cristo podríamos decir que comenzó a reinar desde la Cruz y luego resucitando. Cristo sigue reinando hoy «sentado» a la derecha del Padre, como lo expresa la liturgia en el Credo, y finalmente Cristo reinará para siempre con toda su gloria cuando vuelva rodeado de sus ángeles, con todo el poder. ¡Qué lindo imaginar ese momento!

Pero las lecturas de hoy, de Algo del evangelio, nos hablan más que nada del reinado final: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos sus ángeles y se sentará en su trono glorioso» para juzgarnos con justicia, pero con misericordia. Entonces, ¿qué es lo fundamental de la Palabra de hoy? Los criterios y modos con los cuales Jesús nos evaluará cuando se siente en su trono. No es para «tenerle miedo», como decíamos el domingo pasado con la parábola de los talentos. Al contrario, Jesús es tan bueno, tan misericordioso, que nos da las preguntas y las respuestas del examen antes de tomarlo. ¿Qué profesor hace eso con sus alumnos? ¿Cuáles son esas preguntas?, o la pregunta fundamental: «¿Qué hiciste cuando tuve hambre y sed, cuando estuve desnudo, cuando estuve de paso, cuando estuve enfermo o preso?» ¿Qué hiciste? ¿Qué hicimos?

¿Qué actitud tuvimos ante el dolor ajeno? Es como si nos dijera: «Mirá que ese hambriento o sediento que se te cruza por la calle o ese familiar tuyo, soy yo. Ese familiar que está enfermo y que podrías visitar, soy yo. Mirá que ese que te pide ropa o alojamiento, soy yo. Mirá que estoy especialmente en todos los enfermos y los presos; estoy en los más sufridos. No pases de largo, por favor. No te hagas el distraído o la distraída. No pongas excusas, que no sirven. Cuando venga yo, ya no habrá tiempo».

Ahora podemos hacer lo que nos pide Jesús. Ahora. ¿Cuáles son las respuestas posibles? Solo dos: hacerlo o no hacerlo, hacer fructificar el talento o enterrarlo. Será bien concreto. No nos evaluará por las veces que hablamos del sufrimiento o por si nos lamentamos o no ante el dolor humano, si escribimos libros sobre la pobreza, si nos «llenamos la boca» sobre las cosas que habría que hacer para solucionarlo todo. ¡No!, nada de eso. Nos evaluará solo por si nos hicimos cargo o no del sufrimiento ajeno.

¿Te suena duro? Puede parecerlo, pero es así de sencillo y así de lindo y así de difícil.

Él hizo eso cuando estuvo en la tierra y nos envía a hacer lo mismo para que seamos como Él, para que vivamos con Él por toda la eternidad. Por eso el Reino de Dios, que a veces parece que no está y parece como si Jesús no reinara, en realidad está en la medida en que amamos y vivimos este mandato de Jesús en cosas concretas.

El Reino llegará algún día y será definitivo. Sí, todos deberán mirar a Jesús a los ojos. Todos serán mirados por Él. ¡Qué maravilla! Pero mientras tanto –como decía un santo– «nosotros, los que estamos en una posición desahogada, miremos a los que se ahogan en su posición». Hagamos presente el Reino de Dios con nuestro amor. Dejemos que Jesús nos cautive con su amor, que nos enamore otra vez en este día, para que no pasemos de largo cuando lo veamos sufrir en los otros.

XXXIII Domingo durante el año

XXXIII Domingo durante el año

By administrador on 15 noviembre, 2020

Mateo 25, 14-30

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.

En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.

Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. «Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor».

Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: «Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel, ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor».

Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!» Pero el señor le respondió: «Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes».

Palabra del Señor

Comentario

Un domingo más para disfrutar, para disfrutar en familia, para que nos tomemos un tiempo más profundo para estar con el Señor, el que nos creó y nos dio todo. Hagamos este esfuerzo, nos hace bien a todos.

«El Reino de los Cielos, dice Algo del evangelio de hoy, es también como…». El Reino de los Cielos comienza en la tierra –lo sabemos–, pero también será ese encuentro definitivo con el que nos dio sus bienes para que podamos administrarlos a su modo. El Reino de los Cielos se parece a diez jóvenes, ¿te acordás, el domingo pasado? Se parece a los que estamos esperando que llegue el esposo, siendo prudentes o necios. No hay otros caminos. Es un Reino en relación. Acordate: no hay Reino sin rey y sin servidores. El Reino de Dios está entre nosotros, pero solo se percibe en la medida que hay alguien que le responde a ese rey, alguien que acepta su propuesta de amor y se pone al servicio, y lo pone de manifiesto entregándose a los demás.

En Algo del Evangelio de hoy «el Reino es como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes». Nosotros somos sus servidores, Dios Padre es el dueño de los bienes. Eso está claro. Los bienes que nos dejó no son nuestros y están simbolizados en los «talentos», que era una unidad de moneda de la época. No te imagines los talentos como algo puramente material o simplemente como nuestras capacidades humanas. La Palabra de Dios hoy va más allá de eso. Podemos pensar que los talentos son esos bienes de Dios que nos comparte, pero que él vino a darse a nosotros, a hacernos partícipes de su propia vida. Por lo tanto son bienes también del corazón, bienes espirituales. Esos «talentos» son el corazón de Dios que se abrió de par en par para darnos todo su amor. Esos «talentos» podrían ser la caridad, la fe, el perdón, la misericordia, la capacidad de vincularnos con él, de rezar, por ejemplo.

Primer detalle: Los bienes espirituales que Dios nos dio son para que vivamos en relación con él y podamos «ayudarlo» misteriosamente a hacer presente el Reino entre los demás. Pero son de él y serán para devolvérselos un día a él. Nada es nuestro. «¿Qué tienes que no hayas recibido?», dice san Pablo. Por eso, no vivamos como si los «talentos» fueran exclusivamente nuestros. Reconozcamos los dones recibidos para que podamos vivir agradecidos y descubriendo que todo lo bueno que hacemos en esta vida y en la vida espiritual es gracias a lo que Dios nos dio.

Segundo detalle de la parábola: «Le dio a cada uno según su capacidad». Nadie es más que el otro. Nadie tiene más que el otro, comparativamente. Dios se encargó de darle a cada uno lo necesario para poder vivir en relación con él. Le dio a cada uno según su capacidad y no con una mirada puramente humana. No nos comparemos. No tiene sentido ver las cosas como en realidad Dios no las mira. No es más el que recibió cinco. Recibió según su capacidad. No es menos el que recibe uno. No midamos con medida humana. El problema no está ahí. Lo importante en definitiva está en qué hace cada uno con ese don. Todos tenemos lo que podemos tener y está en nosotros mirar para afuera o mirar para adentro de nuestro corazón, aceptarlo y hacerlo fructificar.

Tercer detalle: Hay servidores buenos y fieles y un servidor malo y perezoso. ¿Cuál de todos somos nosotros? ¿Aquellos que se creen que es posible perdonar, ser misericordioso y amar como el Padre nos enseña, dando todo lo que tenemos y que a veces está escondido? ¿o el perezoso que entierra todo por creer que Dios exige más de lo que da y, finalmente, no cree que para Dios y con Dios todo es posible? Cuando llegue el final de nuestras vidas, Jesús nos esperará para abrazarnos con amor. Pero para poder abrazarlo, nosotros tendremos que entregarle los frutos de amor que llevamos en nuestro corazón o en las manos, los frutos de misericordia y de perdón que él nos confió.

No es para que tengamos miedo, es para confiar y empezar a probar que es posible duplicar los talentos de amor que todos hemos recibido.

XXXII Domingo durante el año

XXXII Domingo durante el año

By administrador on 8 noviembre, 2020

Mateo 25, 1-13

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.

Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: «Ya viene el esposo, salgan a su encuentro».

Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: «¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?» Pero éstas les respondieron: «No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado».

Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.

Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: «Señor, señor, ábrenos».

Pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco».

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando pensamos solo con la panza, por decirlo de una manera, o solo con la cabeza, aunque parezca redundante, nos olvidamos que también está el corazón, que razona de otro modo, o tiene razones, que la razón no comprende. Hace unos días alguien me decía algo así: “Me decidí a no pensar tanto, a no buscarle tanto la vuelta a la fe, quiero confiar como lo hacía antes, cuando creía y creía”. El cerebro está para usarlo, para eso lo dio Dios, pero cuidado, muchas veces se transforma en obstáculo para la fe, pero no por culpa del cerebro, sino por culpa nuestra. Si nosotros viviéramos el domingo como día del Señor, pero desde el corazón, más allá de todos los argumentos que se nos pueden aparecer para hacer otras cosas… nuestra participación en la misa sería algo natural. Porque siempre hay razones para hacernos creer que todo puede ser mejor, que todo debería ser como antes y así mil cosas más.

¿Viste que por más que no podamos comer, porque nos sintamos mal, si amamos a nuestra familia vamos a visitarla más allá de la comida? Con la misa puede pasarnos algo así. Muchos dejan de ir porque no pueden comulgar, sin embargo, no solo nos alimentamos de la eucaristía, de la comunión, sino de los gestos y las palabras, y por eso jamás nos puede hacer mal ir a misa, siempre nos alimenta, aunque a veces no lo percibamos. Pensemos más con el corazón y no tanto con el cerebro, cada tanto hace bien.

Algo del Evangelio de hoy nos enseña a “saber esperar”, a no ser tontos y esperar con “reserva” de aceite para nuestras lámparas, con el corazón preparado para amar, siempre. Es verdad que tenemos que esperar lo que no sabremos cuando vendrá, pero hay que esperar con prudencia. Aunque nos quedemos dormidos por la vida, no importa, lo importante es esperar con inteligencia.

A veces el esposo se hace esperar… así dice algo del evangelio de hoy: “Como el esposo se hacía esperar…”.

Jesús se hace esperar. Nunca nos dijo cuándo moriremos o cuando vendrá a buscarnos. Parece ser que lo lindo de la vida le gusta hacerse esperar, casi como si le gustara ser “inesperado”, y al mismo tiempo bien recibido, cosa extraña. Casi como una ironía de la vida. En los casamientos de hoy en día, la que se hace esperar siempre es la novia, es casi como parte de la ceremonia, esperar que llegue la novia y ver que se abra la puerta para que todos giren la cabeza y la miren caminar por el pasillo central hasta el encuentro con el esposo. La idea es la misma, pero con la diferencia de que en un casamiento de los nuestros, sabemos la hora en la que llegará la novia, aunque llegue tarde. En cambio, con Jesús no sabemos ni el día ni la hora, no sabemos cuándo vendrá a buscarnos. Y otra gran diferencia, como me dijo Johnny ayer… “padre, al que esperamos es a Jesús, que es mucho mejor que cualquiera”.

¡Qué paradoja! ¡Qué difícil es estar siempre esperando algo que jamás sabremos cuando vendrá! Vendrá, de eso no podemos dudar, no sabemos cuándo, pero vendrá. Aunque parezca una contradicción, sabemos que el evangelio no es contradicción, sino es sabiduría. De hecho, así lo dice el mismo libro que se lee hoy de primera lectura: “La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo: se deja contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que madruga para buscarla no se fatigará, porque la encontrará sentada a su puerta.”

Jesús es la sabiduría que “se anticipa” y llega a nuestra vida, pero al mismo tiempo se deja encontrar y contemplar por aquellos que lo buscan y lo aman. Esa es la manera de estar preparados, buscar y no temer el encuentro, no temer a la muerte. Teme a la muerte aquel que no amó y no ama a Jesús. Eso es ser prudente, algo contrario a la actitud necia. El prudente no es el que no hace nada, sino todo lo contrario, es el que previó la situación, el que se anticipó, el que buscó, aun quedándose dormido. Todas las jóvenes se quedaron dormidas. Todos nosotros nos quedamos dormidos durante la vida esperando lo que no sabemos cuándo vendrá. Eso es normal, es parte de la vida, somos débiles. Ahora… lo que no nos puede pasar es lo de las necias, que ni siquiera fueron capaces de conseguir aceite antes, ni siquiera fueron capaces de pensar en su esposo, se confiaron, pensaron que al final iba a haber tiempo, y no es así.

Cuando nos llega la partida, ya no hay tiempo, el tiempo se acaba. Por eso hay que estar preparados amando siempre, buscando siempre, dejándose encontrar siempre.

Que este día y todos los días, nos encuentre preparados, prevenidos, amando y dejándonos amar, por un Jesús, que se nos anticipa y se deja encontrar, en nuestro corazón, en el de los demás y especialmente en la Eucaristía.