Book: Mateo

Mateo 8, 1-4 – XII Viernes durante el año

Mateo 8, 1-4 – XII Viernes durante el año

 

Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud. Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: «Señor, si quieres, puedes purificarme.» Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado.» Y al instante quedó purificado de su lepra.

Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio.»

Palabra del Señor

Comentario

Los miedos que sufrimos muchas veces se disfrazan, por decir así, de diferentes actores. Toman diferentes figuras. El miedo no siempre es paralizante como a veces pensamos. El temor toma diferentes tonos a lo largo de la vida, de los momentos y de las situaciones. ¿Creés que lo que te atemorizaba cuando eras niño, niña, es lo mismo que te da miedo hoy? Obviamente que no. Pero lo que sí tenemos que tener claro, es que la mejor estrategia de nuestro enemigo, que como dice la Palabra de Dios “como león rugiente ronda buscando a quien devorar el maligno”, es que seamos presos del miedo, esclavos, que de una manera u otra, el miedo nos domine y no nos deje ser lo que podemos ser, luz y sal. Ya sea para no ser lo que podemos ser, por respetos humanos, por miedo a lo que dirán, por vergüenza y por tantas opiniones ajenas que nos frenan para ser libres y santos, como para parecer tan seguros por fuera, pero por dentro ser un conjunto de inseguridades y miedos que se manifiestan bajo aparentes “corajes” exteriores. Pero, en el fondo, todo es temor a no ser amados, a perder el amor, que es lo que nos sostiene, y, por eso, nos paralizamos y queremos conseguirlo a cualquier costo, incluso con violencia. A veces pretendemos que nos amen con violencia. ¿Sabías que la violencia, el autoritarismo, la soberbia, la ira, el poder exacerbado, la avaricia, la lujuria, de alguna manera, son manifestaciones de nuestro miedo más profundo a ser hombres y mujeres solitarios?

Sé que parece raro, pero, si te pones a pensar, en el fondo es así. Lo que pasa es que no percibimos la causa de la enfermedad, la causa de nuestros miedos. La peor enfermedad del corazón es la falta de amor, es a lo que el corazón más le teme y, cuando nos falta amor, o lo buscamos bien o lo buscamos mal, o lo manifestamos bien o lo manifestamos mal. No sabemos muchas veces expresar lo que queremos y no sabemos amar como en realidad podemos o como en realidad Dios desea.

¿De qué tenés miedo entonces? Por ahí algunas situaciones nos ayudan ¿Tenés miedo a que tu hijo no sea lo que tiene que ser o lo que querés que sea? Amalo ahora. No esperes que sea lo que querés que sea. No hay tiempo. El tiempo es ahora, es hoy. ¿Tenés miedo a no lograr el objetivo que te propusiste? Hacé lo mejor que puedas hoy, en este momento, porque a cada día le “basta su aflicción”, como dice Jesús. ¿Tenés temor de que tu matrimonio, tu familia, tu comunidad se desmorone? Hacé todo lo que esté a tu alcance. Rezá e intentá hacer la voluntad de Dios, amando ahora. ¿Tenés miedo a la muerte? Confía en la palabra de Jesús, “él está con nosotros, hasta el fin del mundo”. ¿Tenés miedo que no se te valore por lo que hacés? ¿Tenés miedo que lo que hiciste sea tirado al tacho, a la basura? “Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. No te preocupes por eso. ¿Tenés miedo a la situación de tu país, a lo que estamos viviendo ahora? Luchá por ser honesto y no sigas ninguna ideología, ningún ser humano, que a veces ciega y enferma el corazón. Y así podríamos seguir con muchas preguntas, pero pensá en tus propias preguntas.

En Algo del Evangelio de hoy, Jesús baja de la montaña. ¿Te diste cuenta? No es un detalle así nomás. Terminamos el sermón del monte que nos llenó el corazón de tener deseos de ser hijos de Dios. Pero ahora, hay que bajar al llano y experimentar lo normal, lo cotidiano, lo de cada día. Tenemos que bajar a vivir lo que escuchamos, no podemos quedarnos únicamente en escuchar. «No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo». ¿Te suenan estas palabras? Así termina Jesús este gran discurso que nos llenó de vida.

Pero hoy, se le cruza por el camino un leproso, un hombre enfermo y solo. La enfermedad lo había dejado solo, lo habían despreciado. Nadie quiere estar con un leproso, solamente aquel que quiere amar. Nadie quiere acercarse a aquel que puede contagiar semejante enfermedad, como a veces nos pasa a nosotros. Pero Jesús, baja al llano, al llano de la vida, se pone a la par, se mete en medio del lío de este mundo. De aquellos que todos desprecian, de tu vida y la mía, para encontrarse con vos y conmigo, incluso con los que nadie quiere encontrarse. Se mete en el llano, en el barro, en la lepra, en la enfermedad, para que dejemos de tenerle miedo a Dios y nos demos cuenta que solo él es Padre. Dios es Padre y puede curarnos, consolarnos, sanarnos, quitarnos el miedo, animarnos, levantarnos, corregirnos y todo lo que necesitamos para vivir mejor de lo que estamos. ¿Quién te dijo que Dios es un problema? ¿Quién te dijo que Dios es un ser malo y castiga? ¿Quién te dijo que acercarse a Jesús es de raros, es de locos? ¿Quién te hizo escaparle a Dios por seguir tu propio proyecto? Mejor no le echemos más la culpa a nadie, porque, en realidad, nosotros somos los primeros culpables, los miedos de nuestro corazón, el miedo a no ser amados.

«Señor, si quieres, puedes purificarme». Señor, quiero decirte esto hoy desde el corazón. Digámosle “Señor… “ Decile vos también, con tus propias palabras. Decile a Jesús: “Señor, si quieres, puedes purifícame”. Si querés, si podés… ¡Qué humildad la de este pobre hombre, tan necesitado! “Si querés, podés” le dijo. Te dejo Señor, te dejo que hagas lo que vos seguramente querés hacer y yo tantas veces no dejo por creerme que no lo necesito. Señor, te dejo que actúes en mí. Que hagas lo que ninguna terapia, ninguna medicina alternativa, ningún curandero, ningún “arte de vivir”, ningún “pare de sufrir” puede lograr, solamente vos. Sanarnos y purificarnos de la mayor de las enfermedades, de la madre de todas las enfermedades, que es nuestra “lepra interior”, que deforma nuestro órgano más vulnerable y sensible, el corazón. Señor, hoy dejo que me purifiques, te lo digo con el corazón. Me postro para que me purifiques si querés, dejo que hagas lo que tantas veces impedí que hagas, por creerme autosuficiente, por estar subido al caballito de mi ego, por mirar a todos desde arriba pensando que yo podía solo, por no dejarme amar, por amar a mi manera, por dejarme invadir de la avaricia de este mundo.

Yo lo quiero. Te lo digo enserio, yo también lo quiero y se lo pido. Vos que estás escuchando ahora ¿lo querés y se lo pedís? Seguro que los dos queremos escuchar estas palabras de Jesús al corazón: «Lo quiero, quedan purificados». Enviale hoy este audio a alguien que creés que necesita ser curado de la lepra, no tengas miedo a ser instrumento del amor de Jesús.

Mateo 7, 21-29 – XII Jueves durante el año

Mateo 7, 21-29 – XII Jueves durante el año

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?” Entonces yo les manifestaré: “Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal.”

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.

Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande.»

Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, la multitud estaba asombrada de su enseñanza, porque él les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas.

Palabra del Señor

Comentario

Vamos llegando al final del Sermón de la montaña. Espero que lo hayas disfrutado mucho, como me pasó a mí. Siempre es una delicia volver a leerlo, a escucharlo, a saborearlo, a rumearlo con el corazón. De hecho, te diría que jamás podremos desmenuzarlo completamente. Su riqueza y sabiduría son absolutamente inagotables, como toda la palabra de Dios, pero especialmente este sermón es maravilloso. Pero, nuestro pobre corazón, pequeño corazón y pobre inteligencia nunca pueden terminar de comprenderlo completamente.

Hoy concluyen las maravillosas palabras y expresiones que venimos meditando de hace casi tres semanas por gracia de Dios. Pero, al mismo tiempo, como siempre después de que escuchamos a Jesús en Algo del evangelio, hoy también deberíamos empezar a luchar, en este momento, ahora, para construir nuestra vida sobre estas palabras. A vivirlas, a ponerlas en práctica para poder entrar así en el Reino de los Cielos, como nos propuso él, como nos propone cada día. De eso se trata, es verdad, porque para eso escuchamos, para vivir lo enseñado. ¿Qué sería entrar en el Reino de los Cielos? ¿A qué se refiere Jesús con esta expresión? Se refiere a empezar desde hoy, desde ahora, en este día y todos los días de nuestra vida, a vivir como hijos de Dios, confiados en su infinito amor, en su paternidad providente, en su perdón misericordioso y en su deseo de que vivamos como hermanos, amándonos como él nos ama. Siempre. Sin distinción.

No nos olvidemos que Reino de los Cielos puede llamarse también Reino de los hijos, Reino de Dios, o sea, Reino de un Padre con millones de hijos que desean vivir como hijos, pero que especialmente sus hijos vivan como hermanos. Por otro lado, es claro que también Jesús se refiere a nuestra entrada final, a lo que figuradamente llamamos cielo, a ese momento que nos tocará cuando partamos de este mundo y seamos juzgados por el amor que hayamos podido dar. Pero el Reino de los hijos empezó en la tierra con la llegada del Hijo con mayúscula, de Jesús y empezó en nuestra vida con el bautismo, cuando fuimos inmersos en la vida de los hijos de Dios, y en la medida en que comprendemos, también, y vivimos todas estas palabras que venimos escuchando. Jesús nos advertía hace unos días que no todos quieren seguir este camino. Acordate. No todos quieren subir la montaña. Es difícil. Algunos abandonan al costado del camino, se cansan, porque dice Jesús que “la puerta es angosta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran”.

Por eso el desafío de hoy al terminar de escuchar estas palabras de Algo del evangelio, es empezar a construir nuestra vida sobre la Roca de lo que escuchamos, la firmeza de sus palabras que son vida y dan vida en abundancia. Muchas veces por medio de estos mensajes que trato de compartir, reflexionamos sobre el tema de la escucha, la necesidad de escuchar para amar verdaderamente. En definitiva, solo escucha en serio, bien, quien puede vivir lo que escucha, quien se esmera para vivir lo que escucha y lo asimila. El que escucha y vive, es sensato. El que escucha y no vive es insensato, no es inteligente, no utiliza los dones de discernimiento que Dios Padre le dio para que pueda elegir siempre hacer el mayor bien posible a los demás y para su propia salvación.

En un mundo y un estilo de vida donde abundan más las palabras que las obras, donde estamos cansados de escuchar muchas palabras, es necesario volver a recordar que no son los que se llenan la boca hablando de Dios, hablándole a Dios, los que necesariamente viven como hijos y los que algún día llegarán a estar con él. Si no, que son los que cumplen la voluntad del Padre que está en el Cielo. Y para cumplir esta voluntad de Dios debemos conocerla, quitando todos los obstáculos que nos impiden descubrirla, y después de conocerla, abrazarla y elegirla, cueste lo que cueste, piensen lo que piensen, digan lo que digan los otros, sabiendo que nuestro Padre que ve en lo secreto nos recompensará. Eso es lo único que nos debería desvelar día a día, hacer lo que Dios desea de nosotros, lo que Dios desea para todos, confiando que su voluntad es nuestra felicidad, una felicidad distinta a la que nos propone muchas veces nuestro corazón que nos engaña y el mundo en el que vivimos.

¿No es lo que rezamos todos los días en el Padrenuestro? ¿No es lo que pedimos cada día al decir “que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo? ¿No significa esto también la tierra de nuestros corazones que necesita enamorarse de sus deseos y pensamientos? No seamos ingenuos, no seamos cristianos insensatos. No seamos cristianos medio tontos, de la boca para afuera. Vivamos la voluntad de Dios manifestada en el Sermón de la montaña. No hay nada peor que decir y no hacer. Por eso muchas veces, hasta que uno no vive lo que dice, es mejor no decir nada si todavía no podemos, si todavía no nos da la fuerza, el “cuero” por decir así. Cuando no se vive lo que se piensa, o como piensa Jesús, a veces se termina pensando como se vive, dice un refrán por ahí. Cuando no se vive lo que se cree, lo que decimos creer, terminamos creyendo que lo que vivimos, el modo de vivir nuestro es el mejor, y acomodamos la voluntad del Padre a la nuestra. Mejor es creer, confiar y callar, mejor es vivir pensando, vivir creyendo como él nos enseña. Dios no pide perfeccionismo, ausencia de caídas y tropiezos, sino que pide amor, búsqueda continua de su voluntad. Una cosa es intentar todos los días luchar para hacer la voluntad del Padre y otra cosa es ser hipócritas.

Por eso, al terminar estas palabras, recemos como lo hacen los hijos, como Jesús nos enseñó, con el Padre nuestro…

Mateo 7, 6. 12-14 – XII Martes durante el año

Mateo 7, 6. 12-14 – XII Martes durante el año

 

Jesús dijo a sus discípulos:

No den las cosas sagradas a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos.

Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.

Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran.

Palabra del Señor

Comentario

Volver cada día a la Palabra de Dios debería ser nuestro mayor anhelo. Ojalá que todo este tiempo te haya ayudado a tener más hambre, más sed de un Dios que nos ama y que, por andar escapándonos a veces, por tenerle un poquito de miedo, hemos perdido tiempo en la vida. No tengamos miedo de escuchar la Palabra de Dios. No busquemos solamente reproches en ella o cosas para cambiar, sino también busquemos consuelo y paz, guía y luz para nuestro camino, sabiduría para nuestra vida interior, discernimiento para lo que tenemos que hacer, palabras que debemos decir, silencios que debemos aceptar.

Vamos a lo nuestro, a lo de hoy, también siguiendo un poco el evangelio del domingo. ¿A qué le tenemos miedo cuando tenemos miedo? ¿Te lo preguntaste una vez? ¿No será que a lo que decimos que le tenemos miedo muchas veces es solo una pantalla, por decirlo así, una máscara de nuestros verdaderos miedos más profundos que no logramos descubrir y discernir? ¿Por qué Jesús dice tantas veces en los evangelios “No tengan miedo”, “No teman”? ¿No será que muchas veces tenemos miedo y no nos damos cuenta? Reconocer la verdadera causa de nuestros temores es uno de los grandes pasos que podemos dar en nuestra vida espiritual, en nuestra vida en general, en lo que vivimos cada día. La primera gran batalla que podemos librar y ganar, antes que andar juzgando a los demás, es la de identificar la raíz de lo que nos produce miedo y nos paraliza y no nos deja ser todo lo que podemos ser. Sabés que podés ser mucho más de lo que sos si te descubrís realmente como sos. Podríamos decir que “Miedo reconocido, es miedo vencido” Acordate que a veces los miedos los inventamos nosotros mismos o nos los han generado por palabras, por actitudes. No son miedos reales, son como especies de fantasmas que nosotros vemos por ahí y nos acostumbramos a irrealidades. Incluso hay muchos miedos que nos generaron por la cultura. Cuántas personas escuchan cosas y finalmente las creen, ¿no? Mitos, leyendas; en el campo, pero también en la ciudad.

Pero vamos de a poco con este tema, pero lo importante es que nos animemos a preguntarnos. No tengamos miedo a preguntarnos el porqué de nuestros miedos. Ahí está el problema, nos da un gran terror encontrar el porqué de lo que nos pasa. Nos da pánico el saber y por eso es más fácil el vivir en la ignorancia, el no ahondar. Hay un momento de la vida de Jesús en donde les preguntó a sus discípulos, a sus apóstoles: “¿Por qué tienen miedo hombres de poca fe?” Bueno. Por qué no podemos decirnos nosotros hoy: ¿por qué tenés miedo mujer, varón de poca fe? ¿qué te pasa? Pero, en realidad, hay un miedo originario, original, que proviene de la herida del pecado original. ¿Te acordás de lo que hicieron Adán y Eva cuando desobedecieron? Se escondieron. Tuvieron miedo a ese Padre amoroso que les había dado todo para disfrutar.

¿Sabés que nos da miedo por parecer imposible a veces? La santidad, el jugarnos por todo, el dar el corazón entero. San Juan Pablo II decía: “No tengan miedo de ser los santos del nuevo milenio” Ésta es la montaña que tenemos que subir día a día, la montaña de la santidad. El cristiano que quiere más. La montaña de los que se sienten hijos y desean todos los días hacer un esfuerzo más para dar pasos de humildad, que son los que más cuestan, pero los que dan más alegría. La santidad de los hijos de Dios es la que se va recibiendo en la medida que se confía en el amor de Dios y la que se va construyendo con los pasos diarios, por amar y renunciar una y mil veces a nuestros caprichos y egoísmos. ¿Alguna vez subiste una montaña? ¿Te acordás? ¿No te pasó que al principio te parecía imposible, te parecía algo inalcanzable, gigante, inmenso, pero en la medida que fuiste avanzando y llegaste a la meta, de golpe miraste para atrás, para abajo, y no pudiste entender cómo hiciste para subir tanto? Con la escucha de la Palabra de Dios pasa algo parecido. Una vez, alguien me decía con su testimonio de conversión que por escuchar cada día la Palabra de Dios él se fue transformando, pero me dijo: “Empecé a recibir sus audios y la verdad es que 6 minutos me parecían una vida. (Bueno, ahora son un poco más largos, ¿no?) Me costaba entender, me costaba esperar esos 6 m minutos in, hacia un esfuerzo tremendo para no distraerme. Pero, con el tiempo, fui haciéndome más paciente y esos 6 minutos que me parecían una vida……empezaron a darme vida” Qué lindo, qué lindo escuchar algo así. Qué lindo que te esté pasando lo mismo… aunque sean 6, 7, 8 minutos. Es verdad… parece mucho, pero ¿es mucho darle 7,8, 9 minutos a Dios por día, de paz?

Querer llegar a la santidad, ser santos, nos da vida. Y eso cuesta esfuerzo. Son pocos los que quieren subir la montaña de la santidad, de la entrega cotidiana, silenciosa. La montaña de la felicidad que llueve como gracia cuando somos humildes, mansos, misericordiosos, pacientes, pacíficos e, incluso, perseguidos a causa del evangelio. En Algo del evangelio de hoy Jesús lo sugiere, él lo sabe. No todos eligen la montaña. Muchos prefieren vivir en el llano, muchos prefieren vivir en la mediocridad. Tienen alas y no quieren volar. Prefieren andar como gallinas, corriendo ahí no más, cuando podrían volar como águilas. Prefieren perderse la inmensidad del paisaje de la creación que solo se disfruta mejor desde arriba, estando en la montaña. ¡El que no quiere subir a la montaña se lo pierde, se pierde lo más lindo, se pierde vivir como hijo de Dios! Prefieren la puerta ancha y espaciosa y no la estrecha que requiere esfuerzo. ¡No nos perdamos semejante oportunidad! Ser hijo de Dios y vivir así es lo mejor que nos puede pasar.

La regla de oro para los que quieren andar en la vida siendo hijos, buscando la santidad, buscando agradar solo al Tata Dios, al Papá Dios y no a los hombres, es la de hoy: “Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos” Esta es la regla que debe quedar guardada en nuestros corazones. Esta es la regla de los que queremos andar por el camino angosto, subiendo las montañas de la vida y no arrastrándonos. Y no por hacernos los heroicos, sino por querer siempre lo mejor. Ese es el camino de la Vida que da vida. En cambio, el llano, el camino fácil, es el camino de la mezquindad, del cálculo, de los que quieren cumplir para estar bien con Dios y ellos mismos, pero que no aman de verdad, que no se quieren esforzar, de los que no piensan en el bien de los otros.

¿Querés subir a la montaña de la santidad? ¿Querés andar por el camino que andan pocos pero que, en definitiva, es el más lindo? Vamos, si te sumás ya somos dos, tres o, tal vez, miles. En este momento, miles que queremos un mundo distinto. Miles que queremos hacerle a los otros lo que nosotros pretendemos que nos hagan. Por eso, andá. Abrazá a tu mamá, a tu papá. Pegale un llamado a ese que dejaste de llamar, a tu amigo, a tu amiga. Saludá de otra manera, sonreí.

Seguro que no nos vamos a arrepentir. No tengamos miedo a descubrir nuestras flaquezas, pero, al mismo tiempo, a descubrir el gran potencial de amor que tenemos en el corazón.

Mateo 7, 1-5 – XII Lunes durante el año

Mateo 7, 1-5 – XII Lunes durante el año

 

Jesús dijo a sus discípulos:

No juzguen, para no ser juzgados. Porque con el criterio con que ustedes juzguen se los juzgará, y la medida con que midan se usará para ustedes.

¿Por qué te fijas en la paja que está en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «Deja que te saque la paja de tu ojo», si hay una viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano.

Palabra del Señor

Comentario

Siempre es necesario volver a renovar el deseo de seguir escuchando la palabra de Dios mientras subimos, mientras vamos por el camino de la vida, mientras Jesús nos acompaña a veces en silencio porque nosotros no nos damos cuenta. Siempre es necesario volver a decir que no tenemos que temer, como decía el evangelio de ayer. No tenemos que temer a los que matan el cuerpo. No tenemos que temer a los que nos traicionan, incluso amigos, conocidos. Tenemos que temer perder el amor de Jesús, alejarnos de él. Perder la gracia del alma, que es la vida del alma. Por eso, hoy volvamos a decirle a Jesús: “No quiero tener miedo”. No puedo temer si el Padre del cielo siempre me sostiene en sus manos. Sabe todo lo que me pasa. El Padre, que ve en lo secreto, me recompensará. ¿Qué importa lo que piensen a veces los demás? ¿Qué importa que no me entiendan? ¿Qué importa que a este mundo le guste vivir sin el Padre? Yo quiero ser hijo, quiero vivir como hijo.

Te recuerdo que estamos desde hace dos semanas rezando con el evangelio de san Mateo y particularmente con el Sermón de la montaña, los capítulos 5, 6 y 7. Hoy empezamos a escuchar el capítulo 7. Acordate que el tema de la montaña es todo un símbolo para el mismo Jesús que viene a dar la nueva ley desde el monte, así como Moisés había recibido la ley en un monte. Pero también es un símbolo para nosotros, que debemos subir para escuchar a Jesús. Debemos salir de nosotros mismos, de nuestra comodidad, de nuestra modorra espiritual, para recibir el anuncio del Reino de los hijos de Dios. El Reino de los hijos de un mismo Padre que ama a todos. Acordate, a malos y buenos, aunque a algunos no les guste.

Por eso es necesario volver a renovar este deseo y terminar de escuchar durante esta semana este sermón de Jesús, que espero que te haya ido atrapando, enamorando, ilusionando con poder vivir como verdadero hijo. Buscá un buen lugar para escuchar. Buscá un buen momento para tomar tu Biblia otra vez y gastar las hojas de tanto leer y meditar. Que la palabra de Dios escrita sea nuestro mayor gozo, nuestra lectura más deseada.

Hoy Jesús, en Algo del Evangelio, no da muchas vueltas. En realidad, nunca da muchas vueltas, pero si es verdad que muchas de sus palabras necesitan a veces ser más interpretadas. En cambio, ante las palabras de hoy, ¿pudo haber sido más claro y concreto? ¿Son necesarias muchas aclaraciones? Me parece que no. Ahora, otra cosa es que, aunque las hemos escuchado por ahí ciento de veces, eso no significa que lo estamos viviendo. Escuchar no asegura el vivirlas. Lo que asegura el vivir es escuchar, meditar, asimilar y alegrarse con una enseñanza que descubro como camino de felicidad. La nueva ley de Jesús es ley de gozo. Ley que libera de los desórdenes de nuestro interior y de la esclavitud de cumplir por cumplir.

No juzgar hace bien. No juzgar nos conduce lentamente hacia la humildad y los humildes son los predilectos del Padre. Los humildes, acordate, son los pobres de espíritu, son los pequeños del Reino, son los más felices. Felices los humildes, felices los que se van haciendo humildes por no juzgar a nadie. Felices los que no se creen con el derecho de andar armando y desarmándole la vida a los demás, pensando que ellos tienen la casa en orden. Felices los que descubren que las mejores batallas que podemos librar son las nuestras, son las propias; las de luchar con nuestra propia soberbia, con nuestro ego que nos ciega y no nos deja ver tanto desorden propio.

¿Qué camino preferís elegir? ¿El de la hipocresía que se alimenta continuamente del error ajeno; el de la hipocresía que se deleita al ver tropezar a los otros; el de la hipocresía que además se cree que no es hipócrita y que siempre tiene una excusa para juzgar; el de la hipocresía que no es capaz de mirar en su interior para darse cuenta que el primero que tiene que cambiar es uno mismo? Mientras sigamos el camino de la hipocresía, consciente o inconscientemente, jamás seremos hijos de corazón. Un hermano no juzga a otro hermano porque respeta al Padre, que es el único que sabe qué pasa en el corazón de cada hijo. El Padre ve en lo secreto y por eso solo el Padre puede distinguir, puede comprender todo y perdonar todo al que se arrepiente. ¿Juzgás? Pensalo en serio. Pensalo con responsabilidad. Respondete esta pregunta con profundidad. Se juzga con todo el ser, a veces, con la mirada, con el pensamiento, con el corazón, con la palabra, con la indiferencia, con el rencor, con el olvido. Se juzga, a veces, con el modo de vivir.

Elijamos ser hijos humildes. Elijamos vivir como hermanos, aborreciendo el mal y el pecado, pero amando y abrazando al que lo hace, al que se equivoca, al que tropieza. Ayer fue tu prójimo, el nuestro. Hoy puedo ser yo, pero mañana podés ser vos. Elijamos mejor corregirnos a nosotros mismos para poder algún día tener el corazón limpio y el ojo limpio y así poder ayudar a los otros.

Mateo 10, 26-33 – XII Domingo durante el año

Mateo 10, 26-33 – XII Domingo durante el año

 

Jesús dijo a sus apóstoles:

No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.

¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.

Palabra del Señor

Comentario

¿Quién de nosotros puede animarse a decir que nunca le tuvo miedo a algo en su vida? Que levante la mano el que nunca tuvo miedo en su vida. Todo puede ser, pero imagino en este momento, mientras escuchás, estés donde estés, seas de donde seas, de la ciudad, del campo, en este país o en otro, joven o no tanto… imagino que ninguno de nosotros levantaría la mano si lo piensa seriamente. Por lo menos yo no me animo. Sin embargo, como te dije todo puede ser. Ayer hice esta pregunta en la Misa y aunque no lo creas, solo una persona levantó la mano. Era un niño. ¿Sabés quien fue? Johnny. Sí, otra vez nuestro amigo que nos descoloca, no se equivoca, solo que nos descoloca. Me hizo trastabillar la homilía, porque no sabía para donde disparar. Jamás pensé, y por eso prejuzgué, que alguien pudo no haber sentido nunca miedo en su vida. Sin embargo la respuesta sincera e inocente de este niño me dejó pensando. Le dije: “Johnny, ¿estás seguro de que nunca? Pensalo bien” Me dijo: “No padre, nunca” Yo seguía dudando y le dije otra vez: “¿Estás seguro que jamás te pasó?”. “Nunca”, me contestó. Era verdad, Johnny nunca había sentido miedo a nada, pero no por temerario, sino por su sencillez y confianza en Dios. Entonces, ya sin saber para donde “disparar” le dije: “Johnny, lo que pasa es que vos sos especial”. ¿Sabés que me contestó? “Si, padre, la verdad es que soy especial” Ahí nos reímos todos, pero de ternura.

La verdad es que hay que ser muy especial para no haber sentido nunca miedo. Es un regalo que recibió este niño tan bueno y especial, porque la mayoría de los mortales, vos y yo, de una manera u otra, disfrazado de una cosa u otra, tuvimos miedos, tenemos miedos y tendremos miedos en la vida. Son parte de la vida y por eso en algo del evangelio de hoy, claramente Jesús nos dice tres veces: “No teman…” No teman a los hombres, no teman a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma, que no temamos porque “tenemos contados todos nuestros cabellos”. No tengamos miedo a tener miedo. No le escapemos al miedo, porque a los miedos hay que enfrentarlos, reconocerlos y como se dice por ahí… “ponerle nombre” Hay que preguntarnos de frente, sin miedo. ¿Qué es lo que me da miedo?

¿A qué le tenés miedo en esta vida? ¿Qué es lo que te produce miedo y te paraliza, no te deja ser lo que podrías ser? ¿Qué situaciones, personas, te generan miedo y no te permiten ser lo que en realidad sos cuando no tenés miedo? Escaparle a los miedos es sumar más miedo, es no resolver los desafíos. Podríamos hablar mil cosas sobre los miedos, sin embargo el evangelio es bastante direccionado, relacionado a una cuestión en particular. ¿Tenemos miedo a hablar de Jesús ante los demás? ¿Tenemos miedo de reconocer a Jesús frente a los hombres, que en definitiva, siendo un poco extremistas, lo peor que pueden hacernos es matarnos el cuerpo? Sin embargo, no es ser extremista, porque hoy en día hay cristianos que son asesinados por amar a Jesús. Les matan el cuerpo, pero no el alma. No podemos olvidarnos de rezar por ellos. ¿Tenemos miedo a Dios? ¿Nos acercamos a Él con confianza?

Podemos andar por la vida teniendo miedo a los hombres y también teniéndole miedo a Dios. O también podemos andar por la vida siendo temerarios, no teniéndole miedo ni a los hombres, ni a Dios. Sin embargo, Jesús hoy nos enseña a qué hay que tenerle miedo, y a que no. A Dios tenemos que tenerle un cierto temor, aunque parezca raro, en realidad “un santo temor”, como siempre enseñó la Iglesia. Es el don que recibimos en la confirmación, y así lo expresa la palabra de Dios: “Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno.” Quiere decir que hay un sano temor en esta vida, hay un temor santo, un temor que nos hace bien, que nos posiciona en el lugar que debe ser, en el ser simples creaturas que reconocen a Dios como su Señor, lo respetan, pero al mismo tiempo que confían. Son dos cosas posibles. Respetar y confiar. Dios es Dios, nosotros somos sus hijos. Dios nos ama y nosotros debemos amarlo. Es un santo temor que nos impulsa a amar y a confiar, nos impulsa a no quedarnos y bloquearnos.

En cambio hay un temor que no nos hace bien, es el temor que nos paraliza, que no nos deja amar con libertad, que nos estanca y nos hace mediocres, y que a medida que crecemos más trabas nos pone. ¿Es posible que a veces por respetos humanos tengamos miedo de reconocer a Jesús frente a los demás? Si, es posible. Pero cuidado, porque si no reconocemos a Jesús frente a otros, por miedo, Él no nos reconocerá frente al Padre. ¿Qué preferimos? ¿Amar y dejar los miedos de lado o pensar solo en nosotros y perdernos de lo mejor? Por mi parte, me gustaría poder vivir como un niño, como Johnny, que es especial.

Mateo 6, 24-34 – Memoria del Inmaculado Corazón de María

Mateo 6, 24-34 – Memoria del Inmaculado Corazón de María

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.

Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?

¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos.

Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe!

No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?» Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción.

Palabra del Señor

Comentario

Los sábados acostumbro a hacer algo así como una síntesis de la semana, porque los evangelios, los del tiempo ordinario especialmente están conectados unos con otros, se leen de modo continuado; y ver el contexto de cada uno y como uno se entrelaza con el otro, nos ayuda a comprender mucho mejor lo que se quiso transmitir, de una manera más amplia, más profunda; porque a veces, puede ser que ayude quedarnos con frases, pero ayuda mucho más entender todo lo que el Señor nos quiso decir y en este sermón de la montaña más que nunca, porque es una maravilla.

Hoy sin embargo, me gustaría que reflexionemos sobre algo del evangelio de hoy que de alguna manera es una síntesis de lo que reflexionamos en estos días, en esta semana; días muy cargados de palabras muy lindas, pero muy densas al mismo tiempo; en esta semana en la que quisimos subir a la montaña con Jesús, subir a la montaña con el corazón, subir a la montaña para recibir la Ley de los hijos de Dios; la nueva Ley, la Ley de la Nueva Alianza, que Jesús, nos vino a proponer, y que es superior, es más profunda, que le da sentido a la ley antigua y es superior a la de los escribas y fariseos; es superior a la de los cristianos que creen que ser cristianos es “cumplir una norma”, que es cumplir cosas y así tranquilizar la conciencia. ¡No!, el ser hijos de Dios es mucho más grande, ser hijos de Dios es sentirnos hijos de un mismo Padre y, por lo tanto, hermanos de todos, hermanos que desean amarse y no se preocupan por lo que vendrá.

Y hoy reflexionamos estas palabras difíciles y duras con las que empieza Jesús: “No se puede servir a Dios y al Dinero”, y la palabra Dinero está con mayúsculas; como comparándolo con el anticristo, lo diferente a Él, lo opuesto. El dinero se puede transformar en un dios en nuestra vida, se puede transformar si le damos el corazón. El dinero y todo lo que viene con él, el poder y deseo de tener por tener. A veces no nos damos cuenta; no hay que ser muy ambiciosos para tener a veces a las cosas materiales de este mundo como primera medida y valor de lo que hacemos.

Por eso Jesús nos dice al corazón: “No se inquieten…”, busquen en realidad el Reino y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura; Me parece que es lindo pensar que en estas palabras, se puede resumir la semana: busquemos el Reino de Dios, busquemos ser hijos de Dios, vivir como hijos de Dios y amar a nuestro Padre y a nuestros hermanos; busquemos la santidad, no la santidad que espera ser vista por los demás, sino la santidad oculta, silenciosa, sencilla, la santidad de “la puerta de al lado” como decía el Papa Francisco, la que no se inquieta por las cosas de esta vida, la que le da a cada cosa su nombre y pone a cada cosa en su lugar.

Porque en realidad, el que es hijo de Dios quiere servir solamente a su Padre, quiere amarlo solamente a Él; y por eso no puede servir al dinero al mismo tiempo que a Dios, porque, en definitiva, aunque seamos cristianos, terminaremos como dice Jesús: interesándonos más por uno y menospreciando al otro. Interesándonos más por las cosas de nuestra vida, por lo que queremos alcanzar, por querer dejar algo, por querer acumular y no por el amor de Jesús. ¿Cuántas cosas acumulamos en la vida sin sentido, pensando en construir un mañana que al final no sabemos si nos tocará vivir o no? ¡Qué necios que somos a veces! Cómo nos cuesta darnos cuenta, cómo nos cuesta tener fe y confiar en que somos hijos de un Padre, que jamás nos dejará sin lo necesario para vivir; sin su Amor, y por supuesto, con lo necesario para nuestro alimento y vestido.

Ojalá que hoy no nos “inquietemos”, ojalá que hoy comprendamos estas palabras de Jesús y realmente busquemos el Reino y su justicia. Si nos afligimos, si nos inquietamos por el mañana es porque no estamos viviendo como hijos; no estamos comprendiendo estas palabras de Jesús. Si vivimos tras las cosas mundanas, si vivimos estresados sin sentido, si vivimos preocupándonos por cómo llegaremos a fin de mes, a dónde nos iremos, es porque no estamos todavía viviendo como hijos del Padre. Lo que nos debería inquietar es amar al Padre sobre todas las cosas, y a sus demás hijos, y todo lo demás vendrá por añadidura.

Mateo 11, 25-30 – Solemnidad del Sagrado Corazón

Mateo 11, 25-30 – Solemnidad del Sagrado Corazón

 

Jesús dijo:

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.»

Palabra del Señor

Comentario

Hace bien cada tanto frenar y respirar un poco en el camino de la vida, porque no todo es espina y dificultad. Es verdad, a veces rezamos en una oración que… “Estamos en un valle de lágrimas”. Y sí, esta vida no es fácil, pero también tenemos que encontrarle la belleza y sabor al regalo que el Señor nos dio, a nuestros seres queridos, a toda la creación, al ser cristianos, a vivir la fe. Por eso, es lindo hoy frenarse y disfrutar, de alguna manera, y contemplar, en esta gran Solemnidad, el Corazón inmenso, infinito, gigante de un Dios que lo único que desea y hace es amarnos, y lo único que desea de nosotros es que correspondamos a ese amor tan incondicional que él nos tiene.

Pero, por eso, también, hay que reconocer que hay mucha gente que no la pasa tan bien. Hay mucha gente que sufre, y escuchar estas palabras del evangelio de hoy nos llena de consuelo y de paz. Te propongo que hoy busques una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, tan conocida por nosotros. Buscala en tu casa, buscala y mirala. Seguramente tenés una y si no tenés en tu casa, buscala por internet, en tu celular. Hay miles y miles, una más linda que la otra. Y si no tenés en tu casa, también es un buen día para que te propongas entronizar una imagen del Sagrado Corazón. Buscá una imagen linda de esta devoción, que por supuesto brota del evangelio porque fue en la cruz de donde el corazón de Jesús se abrió de par en par por nosotros, pero que se extendió, especialmente, a partir del siglo XVII por la aparición que vivió Santa Margarita María de Alacoque. Una vez que tengas la imagen, te aconsejo que la contemples, contemples la mirada de Jesús y mirá fijo su corazón. Hace el esfuerzo por mantener la mirada en el corazón de Jesús que contiene todos los bienes que necesitamos en esta vida. Si podés hacer esto en adoración, frente al santísimo o en un sagrario, mucho mejor todavía, porque ese corazón abierto, de par en par, para amar y recibir amor, está hoy especialmente en la Eucaristía. Está en cada sagrario esperándonos para que nos acerquemos a él, para que vayamos a descansar de nuestros agobios, de nuestras cargas, de nuestras tristezas y aflicciones, sufrimientos y dolores.

Muchas veces se nos ha acusado a los cristianos – y a veces con un poco de razón – de haber hecho demasiado hincapié en nuestra fe en cuestiones que no se reflejan directamente en el evangelio o que la hemos trasmitido mal, porque las hemos comprendido mal. Puede ser. Es verdad. Se nos ha acusado y se nos acusa de predicar a veces una fe basada especialmente o haciendo hincapié solo en el sufrimiento, en el sacrificio, en la entrega y la pura obligación. En realidad hoy te diría que estamos para el otro lado. Se habla del amor sin la entrega, sin sacrificio, sin cumplir los mandamientos de Dios. Y eso tampoco termina siendo toda la verdad. Se nos acusa incluso de ser contrarios a la vida misma que es bella y linda, impidiendo que disfrutemos de los placeres legítimos que nos regala, hablando de penitencia y tantas cosas más. Se nos acusa de hablar demasiado del pecado y no tanto del amor de Dios, pero, como te dije, eso es más pasado que presente. Y es verdad, puede haber cosas de verdad, pero también, hay que decir, que es verdad que muchas de las críticas que nos hacen no son, en el fondo, más que caricaturas de nuestra fe, no son la verdadera fe que brota de la palabra de Dios y que la Iglesia en realidad quiere transmitir. Son malas interpretaciones o malas transmisiones. Hay que ser sinceros y asumir errores y pecados de nuestro pasado, de nuestra historia, pero no por eso hay que tirar todo “por la borda”. Hay que reconocer también que Jesús lo dice claramente y sin metáforas, especialmente en Algo del evangelio de hoy. Por eso me gusta repetirlo: «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.

Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio». La vida, es verdad, tiene mucho de aflicción y agobio. La vida es, de alguna manera, también cargar con un “yugo”. El yugo, acordate, es esos que llevan los bueyes para poder arar, para poder tirar el arado. Eso que molesta pero que, al mismo tiempo, se transforma en bendición porque es lo que nos permite tirar del arado. Es lo que nos permite cargar el amor. Por más que este mundo, de alguna manera, que le gusta el marketing y amante de las masas, nos quiera hacer creer que “todo está bien”, que “tenés que hacer solamente lo que te hace feliz”, así nomás, y tantas cosas más. Por más que nos quieran vender esa felicidad barata, la realidad es que ser feliz cuesta mucho y amar también. Si nos tomamos en serio la vida, como se la tomó Jesús, amar cuesta tanto que a veces cuesta hasta la vida misma. Por eso es lindo saber que Jesús nos invita a ir a él. Ir a su corazón que sabe verdaderamente de amor y sufrimiento, que en realidad sabe sufrir por amor. No es que le gusta sufrir. Sabe de agobios y de cansancio. Sabe también de recibir nuestros cansancios y nuestras tristezas, nuestros malos humores y sufrimientos y también nuestras alegrías y lindos sueños y proyectos.

Si hoy es uno de esos días en el que te sentís agobiada, cansado, harto, con ganas de tirar todo “por la borda”, ganas de bajar los brazos, ganas de no luchar más, ganas de sumarte a lo que “hacen todos”, ganas de estar solo y que nadie te moleste… Si es uno de esos días, volvé a escuchar las palabras de Algo del evangelio de hoy: «…aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio». La paciencia y humildad del corazón de Jesús son el remedio a todos nuestros agobios y cansancios. La paciencia que tenemos que aprender del corazón de Jesús es lo que nos ayuda a llevar con mansedumbre los sufrimientos de nuestra vida. La mansedumbre y humildad de Dios hecho hombre nos enseñarán que lo único que nos dará alivio en esta vida es vivir en paciencia y humildad, entregando todo lo que creemos que depende de nosotros, pero que, en realidad, depende mucho más del Señor.

Si podés, te vuelvo a decir, mirá hoy una imagen, andá a un sagrario, andá a una adoración y abrazando a Jesús con tu corazón, decile… “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”. Después, seguramente, me contarás si encontraste el alivio de tu corazón.

Mateo 6, 7-15 – XI Jueves durante el año

Mateo 6, 7-15 – XI Jueves durante el año

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.

Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal.

Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy te propongo y me propongo una especie de freno en el camino, en este subir a la montaña. Respiremos aliviados. Respiremos en medio de la montaña aire fresco. Experimentaste alguna vez esa sensación de ese aire nuevo que se respira solo en las alturas. Respiremos hoy con la mejor oración que podríamos imaginar, que ningún ser humano como nosotros podría haber compuesto jamás. La oración que salió de los mismos labios de nuestro Señor, de nuestro Salvador, de Jesús. Nada ni nadie puede superar la oración que brotó del corazón del Hijo de Dios a su Padre y a nosotros. Porque podemos rezar de mil maneras diferentes según lo que nos enseñaron, según nuestro estado de ánimo. Podemos rezarle a Jesús como nos inspire cada día el Espíritu Santo, del corazón. Podemos hacer mil novenas, hacer mil oraciones a santos. Podemos rezar a la Virgen incluso con mucho amor. Sin embargo, esta oración enseñada por Jesús es la madre de todas las oraciones y la que jamás podremos esquivar y no debemos esquivar. El Padrenuestro puede transformarse en este día en ese respiro que necesitamos en medio de la subida a la montaña, en medio del cansancio del camino, en esta vida que a veces nos agobia, nos cansa bastante. Como nos pasa cuando andamos así, un poco agobiados.

Parecería que en este gran sermón de Jesús, él mismo, de alguna manera, nos quiere dar un respiro, nos da un poco de aire fresco. Porque después de escuchar palabras tan difíciles, tan complicadas de aceptar y vivir, Jesús nos enseña a respirar. Sí, a respirar. Porque la oración, el diálogo con Dios Padre es el aire de nuestra vida interior, de nuestra vida de fe, el aire para los pulmones del alma. Sin la oración no podemos vivir. Jesús nos enseña a tomar aire, quiere que aprendamos cómo debe hablarle un hijo de Dios a su Padre.

Y para eso no tenemos que olvidar esta advertencia: No por mucho hablar Dios nos escuchará, sino, en realidad, por hablar bien, por decir lo que él nos enseña a decir. Qué poco se enseña esto, pero qué necesario es para los católicos, que a veces creemos que rezar es decir y decir oraciones, leer y leer cosas. No por mucho hablar Dios nos escuchará. Además, como dice Jesús, él sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. Qué misterio tan consolador.

En la vida y en la oración fácilmente caemos en ese error de pensar que por hablar mucho nos escucharán. Pero Algo del evangelio de hoy nos enseña lo contrario. ¿Viste esas personas que, por hablar mucho, ya no dan ganas de escucharlas? Hay personas que hablan mucho y agotan, y terminan quedándose solas, porque ya nadie las quiere escuchar. Porque ellas piensan que las van a escuchar por la cantidad de palabras que digan, por la cantidad de minutos que hablen. Sin embargo, si hay algo que debemos aprender en la vida es a hablar lo justo y necesario. Nuestro Padre jamás se cansará de escucharnos, pero los que podemos cansarnos somos nosotros si no rezamos como él nos enseña. Cuidado. Por eso hay que dejarse enseñar por Jesús. Cuando hablamos mucho perdemos el tiempo, la verdad. Cuando hablamos mucho nos perdemos en palabras. Cuando hablamos mucho corremos el riesgo de equivocarnos fácilmente. Por eso es necesario comprender qué es el Padrenuestro para nosotros, los hijos de Dios.

Jesús no nos enseña una fórmula mágica, como a veces se piensa, de la oración, para que podamos conseguir lo que se nos antoja. No nos enseña una oración para que aprendamos de memoria y la recemos todos los días para cumplir con nuestra obligación de cristianos. Rezar por cumplir. No, no nos enseña simplemente una serie de palabras que nos “aseguran” la salvación el día de mañana. Nos enseña algo mucho más grande, más profundo. Nos enseña a respirar de él, con él. Nos enseña lo esencial de la vida de hijos, de la vida sobrenatural. Nos enseña a desear lo fundamental, a pedir lo esencial y, por lo tanto, a abrir nuestro corazón abriéndonos su corazón. Nos enseña lo más importante para vivir como hijos de Dios. Desear lo mejor para nuestro Padre, primero, antes que nada; y pedir lo necesario para ser hijos de corazón y no solo de palabra. Así se articula el Padrenuestro: la primera parte deseando lo que el Padre desea, que nuestro corazón se adhiera al de él, y la segunda, aprendiendo a desear lo mejor para nosotros, pero para todos. No para algunos, para todos.

El Padrenuestro es sencillo, la verdad, simple, pero contiene todo, como las cosas simples. Todo está en estas palabras. Toda nuestra vida debería ser un desear y pedir lo que dice el Padrenuestro. El Padre sabe todo. Él sabe lo que nos pasa, él ve en lo secreto, sabe el secreto de nuestra vida, el secreto que ni siquiera nosotros sabemos descubrir. Por eso terminemos hoy rezando juntos de corazón.

Padre Nuestro, Padre de los que amamos y de los que nos cuesta amar. Padre de malos y buenos, de justos e injustos. Padre de todos, enseñanos a respirar con el alma, con esta oración salida de los labios de tu hijo Jesús. Enseñanos a que cada día aprendamos a rezar con el corazón, de verdad, con profundidad. Basta de palabras vacías, que nos aturden el corazón y la mente. Basta de palabras repetitivas que no llegan al alma. Basta de hijos que le rezan a un Padre que no conocen y quieren conocer. Nosotros deseamos conocerte y darte Gloria con nuestra vida, con nuestras obras. Queremos que tu nombre sea santificado, glorificado, conocido y amado por todos los hombres. Queremos ser hijos, viviendo como hijos y amándonos como hermanos. Queremos reconocer a todos como hermanos. Por eso, necesitamos de tu pan, de tu perdón, de que nos libres del mal y de que no nos dejes caer en la tentación de sentirnos huérfanos de un padre que siempre está.

Mateo 6, 1-6. 16-18 – XI Miércoles durante el año

Mateo 6, 1-6. 16-18 – XI Miércoles durante el año

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.

Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que, con eso, ya han recibido su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Palabra del Señor

Comentario

Como venimos diciendo, subir una montaña cuesta, pero es lindo a la vez. Cuesta pero es lindo. No hay que negar esta realidad. Cuando uno sube una montaña, a veces, el camino se va poniendo difícil en la medida que uno sube. La cosa se pone difícil, se pone dura, cansadora y dan ganas de abandonar a veces. Subir y escuchar de Jesús ciertas palabras que, a veces, hacen un poco de mella a nuestro oído, tampoco es fácil, porque no es fácil aceptar que hay que amar a todos. No es fácil entender que hay que amar a los enemigos. No es fácil creer en un Dios que es Padre de todos, no de los que me conviene, de malos y buenos, y cuando se trata de amar, no hace diferencia. No es fácil enamorarse de un Padre que mira con corazón enamorado a todos, donde todos para él entran en su corazón, incluso al que vos y yo, por débiles, podemos despreciar. No es fácil entender que no tenemos que obrar para ser reconocidos por los demás, cuando es una tendencia casi natural de nuestro corazón, de nuestro ego, que busca ser abrazado por todos. Por eso, no todos llegan a comprender estas palabras, este sermón. Por eso no todos saben vivir como hijos de Dios. Por eso muchos abandonan en la mitad de la montaña o al principio. Todos somos hijos, pero la verdad hay que decirlo, aunque cueste, no todos vivimos como hijos.

Es bueno preguntarse con sinceridad… ¿A quién de nosotros no le gusta ser reconocido, ser tenido en cuenta por los otros, especialmente por los que amamos? Mentiríamos o bien no estamos reconociendo nuestros sentimientos si dijéramos que nos da lo mismo. Si vos amás a alguien, ¿te da lo mismo que te devuelva de alguna manera el amor que le das, que le diste? En el fondo cuando buscamos el reconocimiento ajeno lo que estamos buscando, casi sin darnos cuenta, o a veces dándonos cuenta, es ser amados. Es una retribución. Nos sentimos amados o queridos cuando alguien se da cuenta lo bueno que hicimos, lo buenos que intentamos ser. Esta es la dinámica muchas veces de nuestro obrar inconsciente. Es lo que se juega muchas veces en el silencio, o incluso puede transformarse en el motor de todas nuestras acciones y, al fin de cuentas, eso nos va hacer mal. Nadie obra de manera puramente desinteresada. El interés es necesario para el obrar, pero hay que aprender a conducirlo, por decirlo de alguna manera, porque al mismo tiempo se nos puede volver en contra y se nos puede transformar casi en una adicción a nuestro propio ego. Y se transforma, finalmente, en el cien por cien de nuestras tristezas o incluso depresiones. El que vive esperando únicamente el reconocimiento de los demás, olvidándose de lo esencial del amor, vive en la mayoría de los casos, de tristeza en tristeza, de enojo en enojo, de crítica en crítica, de frustración en frustración, porque difícilmente sea recompensado siempre como pretende y espera. Nuestro corazón es insaciable, nunca termina de recibir lo que pretende.

El corazón de Algo del evangelio de hoy creo que anda por acá: “…tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. ¡Qué alivio! Ahí está la clave. ¡Ve en lo secreto! Dios es Padre y ve todo, ve en lo secreto, ve lo que nadie ve, tu corazón y el mío. Quiere decir que el peligro está en olvidarnos de esto que es esencial. De olvidarnos de esto. De olvidarnos de quién es el único que conoce el motivo y la motivación de nuestras acciones. Aun cuando podemos rezar, dar toda nuestra vida a los pobres, como dice san Pablo. Aun cuando podemos privarnos de algo como sacrificio. Aun cuando podemos tener una fe que mueva montañas si no tenemos amor, si no lo hacemos por un amor verdadero y lo más puro posible, de nada sirve. Nada soy. Soy como una campana que suena en el vacío. Eso también lo dice san Pablo.

¡Tenemos que tener cuidado! ¿De qué entonces? Tengamos cuidado de no ser hijos vanidosos, sería hoy la advertencia, o sea, que ponemos nuestra satisfacción en que finalmente nos vean, nos aplaudan, nos reconozcan, nos tengan en cuenta, nos palmeen la espalda y nos digan: “Che, qué bueno esto que hiciste, qué bueno que sos. Gracias”. Un hijo de Dios, en serio, que busca la satisfacción de su Padre y no la de los demás, no busca que sus hermanos lo aplaudan o vean qué buen hermano es, qué buen hijo es. El buen hijo de Dios, en realidad, se alegra finalmente en el silencio de su noche, en el silencio de su oración. En el silencio de su conciencia, se alegra y se conforma. Se reconforta con saber que su Padre lo ve y lo sabe todo, que ve en lo secreto. Y esa es la recompensa. No cosas materiales ni dones directamente, sino la única satisfacción de saber que el Padre lo ve todo.

Por eso Jesús, el Hijo por excelencia, que no buscó otra cosa que la Gloria del Padre, él mismo nos enseña el camino de la felicidad interior, de la felicidad verdadera y duradera. Vivir de la recompensa secreta del Padre. Acordate, es secreta. No pienses en grandes manifestaciones, en cosas maravillosas. Vivir de la recompensa secreta del Padre. ¿Cuál es esa recompensa? Finalmente, su amor. La satisfacción de saberse amado siempre, de estar siempre en sus manos, pase lo que pase, digan lo que digan, piensen lo que piensen los demás, y la satisfacción de vivir intentando agradarlo a él, pero, acordate, no como un puritanismo, un moralismo, sino agradarlo porque, en el fondo, él siempre está feliz con nosotros, aunque por supuesto siempre desea que mejoremos y cambiemos. A él y a nadie más. Solamente a tu Padre que está en los cielos. Tu Padre, acordate, que ve en lo secreto te recompensará. Esta recompensa del Padre es su amor infinito e incondicional ¿Te parece poco? Y además es un amor para siempre. Qué bueno que cuando estemos tristes miremos de alguna manera al cielo, a nuestro corazón y digamos: “Padre, vos ves en lo secreto, vos sabes lo que me pasa. Vos sabes porqué hice lo que hice, aunque nadie se haya dado cuenta. Vos sos el único que sabés porqué hice esto”.

Probemos. Probemos hoy vivir de cara al Padre en este sentido, o sea, hacer toda para él y por él. Probá vivir haciendo todo sabiendo que tu Padre que ve en lo secreto te recompensa y te recompensará y no buscando ese aplauso, esa recompensa de los demás, que finalmente es pobre y pasajera y, además, puede ser muy cambiante. Hoy nos pueden alabar y mañana nos pueden criticar, hoy nos pueden alabar por una cosa y criticar por la otra, o por la misma, una cosa y la otra. Por eso, hoy vivamos de cara al Padre que ve en lo secreto y siempre nos recompensará.

Mateo 5, 43-48 – XI Martes durante el año

Mateo 5, 43-48 – XI Martes durante el año

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?

Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando se sube una montaña se experimentan muchas sensaciones. Cuando se empieza a escuchar la Palabra de Dios también. Ya lo habrás vivido alguna vez. Lo estarás viviendo ahora, encontrándote con textos nuevos que nunca habías escuchado. Te estará pasando con este Sermón de la montaña. Los comienzos siempre, en general, para todo lo que emprendemos, son para entusiasmarse. Siempre es lindo empezar algo. Siempre es lindo emprender un viaje nuevo, una ruta nueva. Por eso, cuando se empieza a subir, a trepar la montaña, se empieza generalmente con ganas, entusiasmado, mirando la cumbre, deseando llegar ahí. Mirando el lugar donde queremos llegar, mirando la meta. Con las palabras de Dios nos puede pasar lo mismo, con la misma palabra. Al mismo tiempo, la cumbre atrae, nos dan ganas de estar ahí rápido. Nos da ansiedad. Anima a levantar la cabeza y a poner todas las fuerzas en cada paso que damos. Imaginemos eso. Imaginemos eso mismo, pero siendo que Jesús es la cumbre, él nos espera en la cumbre. Siendo siempre él la meta, el camino, la verdad y la vida. Él está en la cumbre, esperándonos para hablarnos al corazón, explicarnos las palabras inspiradas por el mismo Espíritu Santo. Él está en la cumbre diciéndonos este sermón desde la montaña para darnos vida, para llenarnos de vida.

Pidámosle al Espíritu Santo que nos llene de deseos de subir, de animarnos a escuchar y de no asustarnos con palabras que parecen, a veces, imposibles de vivir. Pidámosle que nos ayude a levantarnos si nos cansamos. Que nos ayude a tomar el descanso necesario cuando necesitamos tomar aire.

Como decíamos ayer, no se puede ver bien las cosas sin subir, sin verlas de arriba. O no se puede ver distinto, digamos. Lo mismo que no se puede comprender la Palabra sin hacer un esfuerzo para salir de uno mismo, sin ver de otro modo las cosas que estamos acostumbrados a verlas de una manera distinta. Mucho menos las palabras de Algo del evangelio hoy, que parecen cada vez más difíciles e imposibles para nuestra pobre mente y nuestro corazón mezquino, que no termina de comprender a Dios como Padre de todos, de buenos y malos. Como Padre que no hace distinción y hace llover sobre todos, sobre justos e injustos y hace salir el sol, como decía, sobre buenos y malos.

En la vida todos hemos oído muchas cosas. Por ahí en la vida te enseñaron muchas cosas sobre lo que es amar. Por ahí en la vida fuiste adquiriendo muchas formas distintas de amar, según lo que te enseñaron. Algunas muy buenas, por supuesto, y otras, hay que reconocer que no tanto. Todos fuimos aprendiendo a amar, realmente, como pudimos: según lo que vivimos, según lo que nos enseñaron, según lo que vimos. Muchas formas las copiamos, las adquirimos sin darnos cuenta. Otras las fuimos construyendo nosotros mismos por decisiones propias. En definitiva, no somos perfectos ni mucho menos. No amamos perfectamente, como quiere el Padre, porque no nos amaron perfectamente. Ni tu familia ni la mía es perfecta. Sin embargo, a pesar de todo esto, estamos hechos para amar, y para amar como ama Dio. Y es lo único que nos dará la verdadera felicidad. Hoy Jesús nos propone el desafío más grande que podamos imaginar, el pico más alto que podamos subir en la vida espiritual, un desafío no apto para cardíacos, para aquellos que tienen vértigo: “Sean perfectos como el Padre que está en el cielo es perfecto” o, como dice otra traducción, “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” Increíble la propuesta, increíble invitación de Jesús.

Antes que nada, debemos evitar confundir la palabra perfección con un perfeccionismo moral, o como pretensión de no equivocarse nunca, de no caerse, como un perfeccionismo humano, un moralismo. No, Jesús se refiere a otra cosa más profunda. Tenemos que ir más allá de la justicia de los escribas y fariseos, que incluye el deseo de no equivocarse, por supuesto. En el fondo nos está diciendo (dicho de otro modo): Amen como ama mi Padre, amen como los ama mi Padre, amen a buenos y malos. Tengan misericordia. No discriminen el amor diciendo quién es digno de ser amado. Un hijo de Dios quiere amar como su Dios, como su Padre. Seguimos con el tema de ser hijos. Porque si somos hijos ¿cómo vamos a odiar a alguien? Si somos hijos de un mismo Padre que ama a todos ¿cómo es posible que le niegues el saludo a alguien? El odio, el rencor, el enojo, el negar un saludo, el devolver con el mal al mismo mal, son reacciones de los que todavía son inmaduros, no se sienten hijos de un mismo Padre, del que todavía no cree verdaderamente, no tiene la fe suficiente, para creer que Dios todo lo puede.

Jesús nos mandó estas cosas no solo por los enemigos en sí mismos, por aquellos que no nos aman o nos hicieron algún mal, sino también por amor a nosotros mismos. No solo porque todos son dignos de ser amados, incluso los enemigos, como vos y yo, que también a veces nos hemos comportado como enemigos que, a pesar de nuestros errores también nos merecemos el amor, sino porque nosotros tampoco somos dignos de odiar a nadie. Nos hace mal.
Ahí está la enseñanza profunda de hoy. El odio daña al que lo tiene. Te daña a vos mismo. Por eso al perdonar a un enemigo te perdonás también a vos mismo. Te librás de un peso muy grande. Nos podemos preguntar: ¿Quiénes son tus enemigos? No solo los que alguna vez nos hicieron un mal, sino también aquellos que nos cuesta amar por diferentes razones, aquellos que no nos caen bien, aquellos que nuestro corazón rechaza por “una cuestión de piel” como decimos. ¿Qué nos pide Jesús: que seamos amigos, que andemos a los abrazos? No, que por lo menos no le neguemos el saludo, que recemos por ellos, que no lo critiquemos, que no le hagamos mal, que no lo juzguemos, que no les paguemos con la misma moneda.

No nos olvidemos que el mandato de Jesús es también por nosotros mismos. Acordémonos que no somos dignos de odiar a nadie. Nuestro corazón está hecho para cosas más grandes. Somos hijos de un mismo Padre que ama a todos y está deseando siempre que sus hijos no se desprecien entre sí. Lo mismo que vos pretendés con tus hijos. Probá hoy saludar al que no te saluda, al que te lo negó alguna vez, probá rezar por el que no te quiere y te critica. Probá mirar de otra manera a aquel que no te cae tan bien. Vas a ver que no nos vamos a arrepentir. Vas a ver que no te vas a arrepentir.