Book: Mateo

I Jueves de cuaresma

I Jueves de cuaresma

By administrador on 25 febrero, 2021

Mateo 7, 7-12

Jesús dijo a sus discípulos:

«Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.

¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!

Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor

Comentario

Decía el Evangelio del domingo –tan sintético, tan conciso, pero tan profundo– que, «mientras Jesús estaba en el desierto, vivía entre las fieras y los ángeles le servían». Me gusta utilizar esta imagen de Jesús siendo servido por los ángeles y, al mismo tiempo, viviendo entre las fieras, como una imagen de lo que en realidad también es nuestra vida. Podríamos decir que nuestra vida también es un andar por el desierto, es una Cuaresma, que vamos caminando y nos va llevando hacia la tierra prometida, como le pasó al pueblo de Israel. Y en ese camino, en ese desierto, en ese lugar de prueba donde nos reconocemos, donde probamos nuestra fidelidad, vivimos entre las fieras. Jesús también dice –¿te acordás en otro pasaje del Evangelio?– que «los envió como ovejas en medio de lobos». El mundo, de algún modo, se transforma como una fiera ante nosotros, ante los que creemos, ante lo que queremos ser: luz y sal de este mundo que vive con tan poco sabor (el sabor del amor) y con tan poca luz (la luz de Jesús). Pero al mismo tiempo… Y la buena noticia es que los ángeles le servían. Los ángeles también nos sirven. Dios se sirve de un montón de personas, situaciones, de la misma Iglesia para ayudarnos a transitar este desierto tan difícil, tan doloroso a veces, para tantas personas de este mundo que no encuentran a veces un lugar de paz, su paz en el corazón. Por eso no nos desanimemos, los ángeles nos sirven aunque no los vemos. Aunque no los sentimos en este momento, te está sirviendo un ángel. La Palabra de Dios es un ángel para tu vida y para la mía. Siempre sirviéndonos para que encontremos el rumbo, para que hagamos la voluntad del Padre.

Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy. Imaginemos esta situación: que de golpe y casi como por un milagro, todos nos pongamos de acuerdo para hacerle al otro, a los demás, todo lo que soñamos que nos hagan a nosotros mismos. Se pueden dar muchas situaciones, pero resumiendo, podríamos casi asegurar que entre todos nos haríamos bien. Porque, en definitiva, en situaciones normales todos deseamos cosas buenas para nosotros mismos y por eso si le hacemos a los demás lo que deseamos que nos hagan a nosotros mismos, podríamos decir que casi sería un mundo ideal. Ahora… para eso deberíamos aprender a reconocer nuestros propios deseos, a reconocer lo que nos pasa, y así animarnos a hacerle lo mismo a los otros.

En general, criticamos de los demás, reprochamos a otros, cosas que deseamos o de las que adolecemos. «Dime qué críticas y te diré qué deseas», podría ser un dicho. Cuando criticamos mucho algo malo que alguien nos hizo, por contraste tenemos que descubrir que deseamos que nos hayan hecho lo contrario, que deseamos que nos hagan el bien. Esto es obvio. Es el alimento de nuestra alma porque todos queremos ser queridos, ser amados y por eso andamos por ahí, por este mundo, mendigando el amor de alguna manera, pidiéndolo, y a veces criticando a los que no nos aman como quisiéramos. Ahora…hoy y siempre Jesús quiere librarnos de meternos en esa calle sin salida, de esa actitud circular que no logra otra cosa que encerrarnos en nosotros mismos y no nos deja, finalmente, crecer. Vivir añorando que todos nos hagan lo que nosotros deseamos y mientras tanto perder el tiempo y no aprovecharlo para hacer lo mismo a los demás, es un callejón sin salida. Es una cuestión de sentido común. Si aprovecháramos ese tiempo que usamos en hablar de los demás, en entristecernos, para rezar y pensar en cómo hacer el bien a los otros, en cómo hacer para no devolver con la misma moneda, en cómo hacer e ingeniárnosla para no entrar en los juegos de venganzas que a veces nos atrapan… Bueno, si hiciéramos eso, no solo seríamos mucho más felices que ahora, sino que haríamos mucho más felices a los demás. Porque en definitiva ahí está la felicidad, en lograr la felicidad también de los otros.

La frase final del Evangelio de hoy es la regla de oro para ser un cristiano en serio, para vivir para los demás y no para nosotros mismos y también es la frase que nos ayuda a entender bien la primera parte del Evangelio. ¿Qué tenemos que pedir? ¿A quién tenemos que buscar y llamar? El peligro de interpretar mal estas palabras puede hacer que, en vez de ser palabras de aliento y consuelo, se puedan transformar en palabras de desazón y desconfianza. ¿Por qué digo esto? Porque…Te hago esta pregunta: ¿Todo lo que le pedimos al Padre él nos lo tiene que dar? ¿Tan fácil es todo? ¿A qué se refiere? Tenemos que reconocer que se refiere principalmente a lo que venimos comentando. Pedirle al Padre sin desfallecer, sin cansarnos, esperando siempre que nos abrirá, lo que necesitamos, pero para ser buenos hijos y por eso buenos hermanos. Pedirle todo aquello que nos ayude a hacerle a los demás lo que nos gusta que nos hagan. Nuestro Padre del Cielo es el primer gran interesado en que todos seamos buenos hermanos y por eso nos enseña, por medio de Jesús, qué tenemos que pedir, buscar y llamar. Pedir ser hijos en serio, pedir ser hermanos de todos, no cansarnos de buscar y llamar para que renazcan en nosotros los sentimientos de Jesús. El Padre jamás niega su Espíritu a quienes se lo piden y es su Espíritu el que nos hace hijos y hermanos.

Imaginemos hoy esta situación, por ejemplo: todos arrodillados mirando al cielo, todos pidiendo que podamos y nos salga del corazón la gracia y la fuerza para hacerle a alguien hoy lo que siempre deseamos que nos hagan. Imaginemos que esto es posible y que el Padre del Cielo nos dará esa fuerza, nos dará lo que necesitamos. Aprendamos a pedir lo esencial, lo necesario, lo que da vida. «Todo lo demás, vendrá por añadidura».

I Martes de cuaresma

I Martes de cuaresma

By administrador on 23 febrero, 2021

Mateo 6, 7-15

Jesús dijo a sus discípulos:

Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados. No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.

Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido. No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal.

Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes.

Palabra del Señor

Comentario

Decíamos que la Cuaresma tiene como una imagen de fondo que ayuda a comprender nuestra propia vida: el desierto. Jesús se va al desierto y es ahí donde experimenta la prueba. Las pruebas, las tentaciones aparecen, paradójicamente, en el desierto, cuando experimentamos la carencia, cuando nos falta lo superficial, incluso –y más te digo– lo necesario, como el alimento. Es un símbolo. En el desierto aprendemos a vivir con lo esencial. Por eso en la Cuaresma vamos aprendiendo o deberíamos aprender a prescindir de lo que es innecesario y a aferrarnos a lo realmente necesario.

No sale fácil del corazón decir que una prueba, una tribulación o una tentación, como quieras llamarle, son de alguna manera una bendición para nuestras vidas. Para nosotros, un buen día es un día sin problemas, sin dificultades, sin embargo, nunca tenemos que olvidar que el pasar por el desierto, por arideces, por dificultades, por dolores, por tristezas, es parte de la vida y, desde ahí también, podemos crecer y aprender muchísimo. Por eso el apóstol Santiago dice: «Hermanos, alégrense profundamente cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas, sabiendo que la fe, al ser probada, produce la paciencia. Y la paciencia debe ir acompañada de obras perfectas, a fin de que ustedes lleguen a la perfección y a la madurez, sin que les falte nada».

Cuando esta sabiduría de la Palabra de Dios se malinterpreta, sobrevienen toda clase de confusiones que ridiculizan nuestra fe e incluso puede hacer que muchos le huyan. Te recuerdo algunas de las malas interpretaciones que se escuchan con respecto al hecho de que «es necesario pasar pruebas en la vida». Por ejemplo: el pensar que para ser cristiano hay que ser un «enamorado del sufrimiento», como si nos gustara naturalmente; la de pensar, por ejemplo, que solo se crece sufriendo; creer que la única cara del amor es el sufrimiento y que si no duele, no sirve, nos es digno de amor. Muchas veces se escucha eso y se han burlado del cristianismo diciendo que es un mentor del sufrimiento por el sufrimiento mismo, un creador de la represión que no nos deja ser felices. Claramente, te imaginarás, al escuchar esto, que nuestra fe no enseña eso. Son solo caricaturas. Entonces, ¿cómo es posible alegrarse profundamente cuando nos tocan vivir pruebas? Eso iremos también desmenuzando en estos días.

Algo del Evangelio de hoy nos deja una enseñanza profunda sobre la oración. ¿Qué es finalmente lo esencial de la oración? ¿Cómo debemos orar, rezar? ¿No será que a veces la hemos cargado de adornos que al fin y al cabo la hacen más difícil de lo que es?

En su esencia, rezar, orar, como le quieras llamar, es dialogar con nuestro Padre del cielo, es escucharlo, es hablarle. Tan simple y complicado como eso. Por eso, Jesús nos enseñó a no complicarnos la vida para rezar, para orar; nos enseñó la simplicidad del Padrenuestro, en donde aprendemos a pedir lo esencial y, además, a pedirlo en el orden que corresponde. Porque no solo es bueno aprender a decir buenas cosas, sino que además decirlas como hay que decirlas. Con el Padrenuestro tenemos asegurado todo esto, porque son las palabras del Hijo, enseñadas a los pequeños hijos, que somos vos y yo. No importa cuántas palabras decimos al rezar, cuántas veces las repetimos, sino que lo que importa es saber y gustar lo que se dice, para que al decirlas nuestra mente esté alineada, por decirlo así, con nuestro corazón, que ambos se abracen y concuerden en lo mismo. No hace falta ser visto, ser tenido en cuenta por los otros al rezar. «Nuestro Padre, que ve en lo secreto, nos recompensará».

Te propongo hoy que digamos juntos la oración que es madre de todas las oraciones, que muchas veces fuimos olvidando o repitiendo como loros. Volvamos a levantar la cabeza con el corazón elevado también, puesto en el cielo, y a pensar en todo lo que queremos decirle, como se dice acá, en Argentina, al Tata Dios, pero al mismo tiempo confiando en que él sabe mejor todo lo que necesitamos.

Digamos: «Padre, Padre de todos, de buenos y malos, de los que amamos y de los que nos cuesta amar. Padre que estás en el Cielo, en todos lados, en los corazones y en donde a veces menos pensamos. Queremos que tu nombre sea conocido, santificado, glorificado, amado. Queremos que tu Reino, que tu amor llegue a todos, que todos reconozcan tu voluntad y la cumplan, especialmente los que decimos amarte, los cristianos. Necesitamos el perdón tuyo y el de los demás.

Necesitamos aprender a perdonar de corazón porque no podemos vivir sin perdón, nos hace muy mal. Ayúdanos a vivir esta realidad, por favor, Padre. Queremos el Pan de cada día, tu Palabra que nos alimenta, tu hijo, el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y el pan necesario en nuestra mesa. No queremos pensar que lo material es lo esencial. Por favor, no nos dejes caer en la peor tentación, en la peor prueba. No dejes que nos olvidemos que somos hijos tuyos, amados. No dejes que el maligno nos robe y nos aparte de tu amor, de tu corazón de Padre. Todo esto y de lo que no nos damos cuenta, te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor, tu Hijo, y te le pedimos en el Espíritu Santo, el amor que fue derramado en nuestros corazones».

Fiesta de la Cátedra de San Pedro

Fiesta de la Cátedra de San Pedro

By administrador on 22 febrero, 2021

Mateo 16, 13-19

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»

Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».

Palabra del Señor

Comentario

Celebramos hoy la Fiesta llamada de la Cátedra de san Pedro. Por eso se nos ofrece en este día en Algo del Evangelio esta escena, en la que Jesús le encomienda a Pedro una misión especial dentro del grupo de los doce apóstoles. Yendo a la actualidad, según algunos estudios, hoy hay en el mundo más de 60 000 confesiones cristianas distintas (¡sí, escuchaste bien!, 60 000). Pensemos en cuántos locales, por decirlo así, o sucursales cristianas tenemos en nuestro kilómetro cuadrado, en nuestras ciudades, en nuestros pueblos; cuántas Iglesias distintas hay. Todas esas confesiones cristianas, además, creen en cosas diferentes y sostienen una doctrina de fe y una ética diferente. Esto ocurre porque consideran que la Biblia es de libre interpretación y que el único principio válido es la Escritura; de ahí las diferencias. Es verdad que tenemos que decir que tenemos algo en común, que creemos en Cristo, pero tendríamos también que decir que eso no alcanza para la verdadera fe. Pero si buscamos en la Biblia algún texto que sostenga que la fe se tiene que basar solamente en la misma Escritura, en realidad no lo podemos encontrar. Tampoco se nos habla en la Palabra de Dios que la Palabra de Dios es para interpretarla libremente sin ninguna comunidad que nos guíe.

La fe cristiana, auténtica, está contenida en lo que se llama el depósito heredado de la tradición, el depósito de la fe, la tradición apostólica –o sea, la que viene de los apóstoles, de sus relatos, de lo que ellos contaron, de sus costumbres, de lo que hicieron– y también en la Sagrada Escritura, que es también, por supuesto, valga la redundancia, parte del legado de los apóstoles. Existe, tenemos que decirlo sin miedo, una sola Iglesia, que fundó Jesucristo. Jesús fundó una sola Iglesia sobre Pedro. Cuando decimos que somos católicos, apostólicos y romanos, estamos confesando que nuestra fe proviene de los apóstoles unidos a Pedro, que derramó su sangre en la llamada «Colina Vaticana», donde se encuentra hoy su tumba y sobre la cual se encuentra la silla, la llamada «Cátedra», donde Pedro se sigue sentando para transmitir la misma fe y moral, costumbres, que vienen de Jesucristo y los apóstoles.

Jesús nos regaló al papa, al sucesor de Pedro, para garantizar la unidad y la continuidad en la misma fe; por eso hoy celebramos esta fiesta; por eso celebramos la Cátedra de san Pedro, porque es el lugar desde el que se nos transmite esta verdadera fe. El antiguo cardenal Ratzinger, que después fue el papa Benedicto, aseguraba que es un falso concepto de Dios decir: «Dios “sí” pero Cristo “no”», o incluso «Cristo “sí” pero la Iglesia “no”»; algo tan difundido hoy en día. Voy a citar sus mismas palabras. Decía así: «Si decimos “Dios sí o, tal vez, incluso Cristo sí, pero la Iglesia no”, se crea un Dios, un Cristo según las propias necesidades y según la propia imagen. Dios, entonces, ya no es realmente una instancia que está frente a mí, sino que se convierte en una visión mía que yo tengo y, por lo tanto, responde también a mis propias ideas. Dios se convierte en una verdadera instancia, un verdadero juez de mi ser, por lo tanto, también en la verdadera luz de mi vida; si no, es solo una idea mía, sino si vive en una realidad concreta, si verdaderamente se sitúa ante mí y no es manipulable según mis ideas o deseos. Por eso, separar a Dios de la realidad en la que Dios está presente y habla a la tierra, o sea, la Iglesia, quiere decir no tomar en serio a ese Dios, que se hace por lo tanto manipulable según mis necesidades y deseos».

Bueno, si fue un poco largo y difícil, te invito a que lo escuches otra vez, pero tiene mucha verdad este texto y tiene mucha razón y mucha luz para nosotros hoy, en un tiempo donde todo se cuestiona. Y es verdad, la Iglesia, esta Iglesia fundada sobre la cátedra de Pedro, sobre la figura de Pedro y sus sucesores, tiene muchas debilidades, porque no es solamente santa, sino también pecado, y por eso cuesta tanto a veces aceptar.

A esto podemos sumar que no podemos decir «Iglesia “sí” pero el papa “no”». ¡Cuidado! Hay también algunos católicos que creen que pueden prescindir del papa, que no les hace falta porque se consideran a sí mismos los depósitos de la fe, o sea, ellos son los que determinan qué cosa es verdad, qué cosa no, en qué cosa se equivocó o no el papa. Hace ya muchos años los llamados «progresistas» eran conocidos como los rebeldes a la enseñanza del papa, pero hoy nos damos cuenta que en las críticas al papa o a los papas –no importa quién sea– se dan la mano tanto los llamados «progresistas» como los llamados «tradicionalistas». Finalmente, como siempre se dice, los extremos se tocan. Ya va siendo hora que terminemos con esa bipolaridad y empecemos a ser católicos, verdaderamente católicos, sin extremismo. Que pongamos nuestra confianza en la guía que Jesús nos ofreció y ofrece a través de la Iglesia, del papa –sea quien sea–, a quien santa Catalina de Siena llamaba «el dulce Cristo en la Tierra».

No nos olvidemos de rezar hoy por el papa, ¡siempre!, porque es el que nos mantiene en la unidad. Después nos podrán gustar más unas cosas, otras, pero finalmente si no tuviéramos papa, si no estuviera fundada la Iglesia sobre la figura de Pedro, estaríamos mucho más divididos de lo que ahora lamentablemente estamos.

Viernes después de ceniza

Viernes después de ceniza

By administrador on 19 febrero, 2021

Mateo 9, 14-15

Se acercaron a Jesús los discípulos de Juan y le dijeron: «¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?»

Jesús les respondió: «¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán».

Palabra del Señor

Comentario

Me parece que ya lo dije muchas veces, pero siempre es bueno volver a repetirlo, en especial en este tiempo de Cuaresma, donde el tema del ayuno es algo recurrente. Entiendo que hablar hoy del ayuno es un poco complicado. No está muy de moda y a veces, para que no suene muy duro, preferimos hacer como si Jesús hablara de algo que ya no va o preferimos hablar de cosas que ya no existen. Siempre se puede caer en los dos extremos: en hacer de algo lo único, lo absoluto, o simplemente pasarlo de largo y hacer como que no vale la pena. El tema del ayuno es un tema que lleva a los extremos generalmente. Pero, como te dije varias veces, hay páginas del evangelio que no se pueden arrancar y hay palabras de Jesús que no podemos hacer como si no existieran; ninguna, en realidad, pero especialmente aquellas que nos cuesta entender.

Siempre se pueden encontrar excusas o argumentos para decir que en realidad Jesús se refería a otra cosa, pero sería bueno, creo yo, hacer el camino inverso: escuchar lo que dice, confiar en que es verdad y es bueno; y, a partir de ahí, tratar de vivirlo en el espíritu con el que fue escrito, y también escuchar a la tradición y a las enseñanzas de la Iglesia, que a lo largo del tiempo nos han ido iluminando sobre las palabras de Jesús.

Creo que simplificamos a veces tantas cosas del evangelio, que terminamos por dar un mensaje acuoso, aguado y sin consistencia, y que al final no atrae a nadie, porque nada nos diferencia de aquel que no cree en Jesús. A veces pensamos eso, que por aguar el mensaje atraerá más; sin embargo, es todo lo contrario.

Vas a escuchar por ahí que el ayuno es algo puramente espiritual, algo que finalmente no toca el cuerpo y por eso se dice: «Hay que ayunar de nosotros mismos», «hay que ayunar de las cosas que nos alejan de Dios», etc. Podés reemplazar el ayuno corporal por cualquier otra cosa. Está bien, es verdad. Al fin y al cabo, el ayuno no es la privación de alimentos por la privación misma, sino la privación para un encuentro con Jesús, para la comunión con él. Pero pensemos en esto.

Por simplificarlo y por tenerle miedo y por tener miedo a hablar a una sociedad que devora de todo y en todo momento, me parece que lo hemos complicado un poco más. ¿Por qué? Porque no se puede dominar nuestro espíritu si no aprendemos a dominar también lo más básico de nuestra existencia, que es la comida. Y entonces cuando escuchás a alguien que dice: «En vez de comer menos carne, o de comer menos, mejor es que ayunes de tu lengua, mejor es que hables menos», en el fondo es una simplificación que termina por hacer que no podamos hacer a veces ni una cosa ni la otra. Yo me pregunto: si no podemos dominar nuestra boca para comer, ¿creemos que va a ser posible que dominemos nuestra boca para hablar?

Por simplificarlo, vuelvo a decir, lo hicimos más complicado. Somos unidad, cuerpo y espíritu, y lo que toca el cuerpo, toca el corazón, y viceversa. Pero el corazón aprendemos a educarlo también desde nuestra exterioridad. Y, por otro lado, Jesús ayunó. Jesús hizo cuarenta días de ayuno. Incluso en esta Cuaresma, de alguna manera, revivimos y rememoramos eso.

Yo hoy me pregunto: si en toda la historia de la salvación el ayuno fue una práctica liberadora, si todas las religiones de algún modo incluso lo practican, si Jesús mismo ayunó y habló del ayuno recomendándolo, si en toda la historia de la Iglesia se ayunó –los grandes santos nos lo han enseñado–, ¿por qué hoy le tenemos tanto miedo? ¿Por qué hoy nos empeñamos tanto en barnizarlo para que quede más lindo, pero finalmente ocultamos la verdad? ¿Por qué tantos dicen que no es necesario? ¿Por qué no confiamos en las palabras de Jesús y en las de la Iglesia, en la de los santos y, por qué no, también en la de la Virgen, que en tantas apariciones nos invita a ayunar? Creo que es para pensar, te invito a que lo pienses.

Los católicos a veces hemos perdido el don de saber y aprender a ayunar para poder dominar nuestra interioridad, nuestra voluntad, para poder encontrarnos con Jesús, para aprender a renunciar a cosas superficiales que a veces tapan lo esencial.

Alguien me preguntó una vez: «Padre, cuando Jesús habla del ayuno, ¿es literal?» Y sí, la verdad que sí. Nunca usa Jesús una imagen para hablar del ayuno, como pasa con otras cosas, sino que habla simplemente del ayuno. Nunca dice: «Bueno, hagan como si fuera que ayunan, ayunen pero con el corazón». Jesús habló del ayuno real, de la privación voluntaria del comer para poder encontrarnos con él.

El ayuno hoy tiene sentido porque Jesús nos fue quitado, no lo podemos ver. No está físicamente con nosotros, está presente por la fe en la Eucaristía y en los demás, pero para poder encontrarlo es necesario alguna vez aprender a renunciar a lo más básico para poder entrar en comunión con él hasta que él vuelva; por eso también el ayuno antes de recibir la Eucaristía, que tenemos que volver a practicar en la Iglesia también.

Ayunar de alguna manera voluntariamente, con amor, por supuesto, es como decir quiero vaciarme de lo demás para poder percibirte y dejar que entres en mi corazón. El ayuno nos conecta con nosotros mismos y nos abre a los demás, a Jesús, porque nos evita que nos esclavice lo más básico de nuestra vida. El que come bien se comunica bien con los demás. El que se sienta a la mesa a devorar todo, o devora todo en todo momento y en todo lugar, es el que no sabe levantar la cabeza para mirar y dialogar con los demás.

Probemos ayunar realmente, te lo propongo, con amor, de corazón, sin que nadie lo sepa, sin poner cara triste. Probemos ayunar y dar tiempo a algo distinto para estar con los demás. Probemos ayunar y ser dueños de nuestras propias voluntades para poder decidir siempre lo mejor. Probemos ayunar sin que nadie se dé cuenta. Probemos vivir esta recomendación de Jesús con verdad, sin aguarla, sabiendo que la comida es un bien necesario pero no absoluto, porque «no solo de Pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios».

Miércoles de ceniza

Miércoles de ceniza

By administrador on 17 febrero, 2021

Mateo 6, 1-6. 16-18

Jesús dijo a sus discípulos:

Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.

Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes oren, no hagan como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Les aseguro que ellos ya tienen su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Les aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

Palabra del Señor

Comentario

Empezamos hoy en toda la Iglesia el llamado «tiempo de Cuaresma». Hoy es «miércoles de ceniza» y aunque no es día en el que la Iglesia nos pida especialmente que vayamos a Misa, como se dice cuando es un precepto, es muy bueno hacerlo, nos hará muy bien. Es lindo empezar este camino de cuarenta días –hacia la Pascua– escuchando la Palabra del Señor en la liturgia, recibiéndolo en su Cuerpo y en su Sangre y, además, recibiendo el signo de la ceniza en nuestra cabeza o en la frente, como un signo exterior de un deseo interior, profundo, de que el amor de Dios nos siga transformando desde adentro, de que podamos emprender una vez más el camino de conversión, del cambio de nuestro corazón.

«Nuestro Padre, que ve en lo secreto, nos recompensará», dice el evangelio. Nuestro Padre, que ve en lo secreto, conoce justamente lo que nadie conoce, lo que incluso nosotros no conocemos, por nuestra incapacidad de mirarnos hacia adentro, por nuestra incapacidad de reflexionar, porque muchas veces vivimos tan volcados hacia el exterior que nos olvidamos que lo interior es lo que cuenta finalmente para nuestro Señor.

Este es un tiempo especial, por eso tratemos de hacer todo lo posible para vivirlo de una manera más silenciosa, también con la práctica del ayuno, privándonos de algo de alimentos o de algo que finalmente no nos deja reflexionar, no nos deja frenar, no nos deja tener nuestro tiempo de oración.

Vayamos a lo profundo de Algo del evangelio de hoy, que de alguna manera une las tres clásicas propuestas que se mencionan en el evangelio de hoy y que la Iglesia siempre nos propone en este tiempo: la oración, el ayuno y la limosna. La propuesta del evangelio no es simplemente hacer más cosas, hacer cosas hacia afuera y caer justamente en cumplir, en hacer cosas simplemente porque se nos pide.

Si hacemos las cosas pero las hacemos sin alma, si hacemos del evangelio y de la Cuaresma una receta más para cumplir una carrera a través de la cual tenemos que llegar a una meta, que incluso a veces somos nosotros mismos los que nos la proponemos y no la del Señor, justamente terminaremos en lo que el evangelio de hoy quiere evitar y terminaremos honrando a Dios con los labios, pero no con el corazón. ¡Prestemos atención a esto! Simplemente quiero marcarte algo muy sencillo pero muy profundo.

Lo mejor es escuchar el evangelio, y Jesús dice así: «Cuando des…, cuando ores…, cuando reces…, cuando ayunes…» Jesús no dice «tenés», «tenemos que hacer esto» o «tenemos que hacer lo otro». Eso ya lo presupone, Jesús presupone que estas tres prácticas son parte de nuestra vida, porque son los tres pilares del hombre que ama y que por eso se comunica con su Padre y consigo mismo en la ORACIÓN; y quiere comunicarse con los demás dando amor, a través de la LIMOSNA, amando a todos y también no devorando, no quedándose con todo para uno mismo, sino que también piensa en los demás. Y, por eso, es un hombre, una mujer, que se priva, que hace AYUNO por amor a los otros. Jesús le está hablando a quienes quieren amar y nos advierte del peligro de «amar sin alma», de «amar sin el corazón».

Ahí está el centro de Algo del evangelio de hoy: «amar sin alma». ¿Quién de nosotros no quiere ser amado y, al mismo tiempo, amar? Y por eso nos tenemos que cuidar de no practicar la santidad, la justicia –como dice el evangelio–, no amar, mirando la respuesta o esperando el ser recompensado por los demás. ¿Querés que te amen? Bueno, tenemos que aprender a amar. Tenemos que aprender a amar sin buscar ser «vistos» por los otros, sin buscar ser «vistos» incluso por nosotros mismos, que a veces nos miramos para satisfacernos a nosotros mismos, por nuestro propio corazón que también nos juzga.

Eso no quiere decir que no esperemos nada a cambio, sino que si debemos esperar algo a cambio, será esperar la recompensa de Aquel que nos puede dar lo mejor.

Si solo esperamos recibir algo de los demás, estaremos haciendo un mal «negocio», porque recibiremos lo que el otro puede darnos, o sea, muy poco, como lo que yo puedo dar. En cambio, si esperamos recibir algo del Padre, que está en el cielo y que nos dio la vida y nos sostiene en la vida cada día y nos da su amor, recibiremos lo mejor que puede recibir un hijo: el amor de su Padre. ¿Nos damos cuenta de que Jesús no da una receta, sino que nos quiere enseñar a vivir de manera más profunda y verdadera lo que en realidad necesitamos para vivir, o sea, amar y ser amados?

En estos cuarenta días te aconsejo que te alejes de las «recetas» ya premoldeadas, sino que puedas realmente vivir un tiempo de oración, en el que escuches verdaderamente qué es lo que Jesús quiere de tu vida, qué es lo que Jesús quiere en tu corazón, qué es lo que te invita a hacer. Mientras tanto, sí, hagamos lo que se nos propone, pero hagámoslo con el corazón.

Feria de Navidad

Feria de Navidad

By administrador on 7 enero, 2021

Mateo 4, 12-17. 23-25

Cuando Jesús se enteró de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: “¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz”. A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca.»

Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias de la gente. Su fama se extendió por toda la Siria, y le llevaban a todos los enfermos, afligidos por diversas enfermedades y sufrimientos: endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los curaba. Lo seguían grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.

Palabra del Señor

Comentario

El niño Jesús nació para manifestarse, para santificar todo lo que tocó con su vida, para santificar tu vida y la mía. Por eso se mostró a todos, por eso se dejó encontrar por los sabios de oriente, para enseñarnos que su amor no es exclusividad de algunos. Pero al mismo tiempo, se nos manifestó para ayudarnos a cambiar, a transformar nuestro corazón, a pasar de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, de la mediocridad a la entrega, y así podríamos seguir.

Podemos reflexionar desde algo del evangelio de hoy, sobre la palabra cambiar, convertirse. Todo cambia a nuestro alrededor y en nuestro interior, todo pasa, todo se muda, todo se transforma. ¿Quién puede negar eso? Por supuesto que hay muchas cosas que permanecen, que se mantienen en su esencia y nunca cambiarán, y está bien que así sea. Que todo cambie no quiere decir que da lo mismo todo, como muchas veces se quiere enseñar hoy para justificar cualquier cosa. Que todo cambie no significa “relativismo”, “cualquierismo” dicho en criollo, aunque a algunos les guste. Que todo cambie no implica que continuamente debemos estar a tiro de la moda, sin embargo, no podemos negar ésta realidad que muchas veces nos pasa por encima, por decirlo de alguna manera. De hecho, nosotros mismos vamos cambiando, vamos creciendo, desarrollándonos. Si miramos para atrás en nuestras vidas podemos decir que somos los mismos, pero que no somos los mismos. Fuimos cambiado, a veces para bien otras veces para mal, pero cambiamos, en nuestro modo de ser, en nuestros pensamientos.

Si en alguna época por ahí se vio, o incluso se puede seguir viendo hoy para algunos, como un valor el “no cambiar”, el permanecer siempre igual, el hacer siempre lo mismo y de la misma manera, el ser estrictos y metódicos, el ser ordenados y estructurados, el no mostrarse débil, en definitiva, el “no cambiar”, hoy podemos decir que, lo contrario se ve como más positivo. Parece ser que solo el que cambia y se adapta, puede subsistir en este mundo en el que todo cambia. Las personas que cambian son las más exitosas, las más reconocidas, dicen por ahí.

Ahora… ¿Y nosotros los cristianos? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Nos mantenemos o cambiamos? ¿Hacia dónde vamos? En la Iglesia hay tensiones también, es lógico y sano que sea así. Sería de necios negarlo. Hubo siempre y habrá confusiones en esto mismo. Desde el principio las hubo y las seguirá habiendo. Algunos pregonan los cambios por el solo hecho de cambiar, y otros se amarran al pasado por miedo a cambiar pensando que todo “se vendrá abajo”. ¿Qué hacemos entonces? La respuesta a todos estos temas, aunque a simple vista no parezca, está en mirarlo a Él, a Jesús. Siempre debemos mirar y escuchar a Jesús, porque cuando dejamos de hacerlo es cuando resolvemos mal estas tensiones, tiramos más para un lado que para el otro. Hay que ver y meditar lo que Él hizo, o dejó de hacer. Para eso cada día escuchamos y rezamos con la palabra de Dios, para aprender de Él, el mejor camino, porque Él es Camino, la Verdad y la Vida.

¿Qué tiene que ver todo esto con la Palabra de Dios de hoy? Lo digo porque Jesús invitó al cambio, nos animó a cambiar diciendo: “Conviértanse” que significa también cambien de mentalidad.

¿Y Jesús que hizo? Nunca dejó de ser lo que era, pero sin embargo cambió por nosotros y ayudó a cambiar a otros. Se hizo hombre sin dejar de ser Dios, y fue Dios sin dejar de ser hombre. Todo un cambio para Él y para nosotros.

¿Cómo se resuelven las tensiones de esta vida, las tensiones de la fe, de la espiritualidad? Aprendiendo de Jesús, que cambió por amor y no por eso dejó de ser lo que era, como magistralmente lo decía San Pablo: “El, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que, al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor»”.

Pidámosle a Jesús, que, con sus cambios, que cambió a otros, nos ayude a cambiar a nosotros, descubriendo lo que realmente somos, pero animándonos a dar pasos de santidad, pasos de amor, de entrega. Dios es así, Jesús lo vivió así, aunque parezca contradictorio. Y nosotros… ¿Qué queremos hacer? ¿Nos animamos a cambiar por amor?

Solemnidad de la Epifanía del Señor

Solemnidad de la Epifanía del Señor

By administrador on 6 enero, 2021

Mateo 2, 1-12

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: « ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo». Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. «En Belén de Judea, le respondieron, porque así está escrito por el Profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menos entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel». Herodes mandó llamar secretamente a los magos y después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: «Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje»

Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando nace Jesús, nace para todos, no para algunos, nace para todos. Como cristianos tenemos que recordar siempre esto. El niño que nació oculto en un pesebre, en el pueblo más sencillo que podía haber nacido, nació para ser conocido y adorado. Hoy, el día que tradicionalmente llamamos de los Reyes, por la visita de estos magos de oriente al niño Jesús,  es el día en el que de alguna manera celebramos y afirmamos esto: el niño es para todos. Jesús es para todos, no es exclusividad de un pueblo o de una elite, sino es de todos. La primera visita de los pastores al pesebre muestra claramente que los más sencillos son los primeros en llegar a Jesús, que la sencillez de corazón es condición necesaria para encontrarnos verdaderamente con Él, y, por otro lado, la visita de los magos de oriente que escuchamos hoy, representa a todos los “buscadores” de Dios, a todos los “buscadores” de la verdad, sean del pueblo y el origen que sea. No imaginemos que estos hombres  eran reyes al estilo medieval, no imaginemos que eran “magos” al estilo moderno, sino más bien tenemos que imaginar lo que nosotros hoy llamaríamos “sabios”, hombres que buscaban al verdadero Dios, hombres que buscaban la Verdad de la vida. Sabios es en realidad el nombre que mejor les queda, si no, no se explica que hayan sido capaces de recorrer tantos kilómetros siguiendo una estrella para ver a un niño en brazos de una simple mujer.

Tal vez algunas tradiciones populares, las cosas que nos van enseñando a lo largo de los años, especialmente en los años de inocencia, sin querer, ocultan un poco el verdadero sentido de las fiestas que celebramos, puede pasar. Es normal. Las cosas se desvirtúan. El día de reyes en la mayoría de los países cristianos del mundo es día en el que se recibe algún tipo de regalo, son los reyes, que así como le llevaron regalos a Jesús, también nos traen regalos a nosotros. Está bien, es lindo. Pero son pocos los que saben que esta fiesta en realidad se llama, de la Epifanía. Quiere decir esto: manifestación. O sea, día en el que Jesús se manifiesta al mundo, se muestra, se deja ver al mundo que “no lo espera”, pero en realidad lo espera. Jesús no solo nació para los israelitas, sino para todos los pueblos. Todo lo demás, son desviaciones de la verdadera fe. Nuestra fe es católica, para todos, universal, no para unos pocos. Jesús no es solo nuestro, es de todos. Desde el principio, desde la visita de estos magos al niño Jesús. Él se dejó adorar, María y José lo permitieron. Lo mismo debe hacer la Iglesia. ¿Cómo se puede pensar que Dios quiere que lo conozcan unos pero otros no? “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, la Verdad es Él y salvarse es conocerlo a Él.

Muchas son las estrellas que nos guiaron alguna vez a Jesús, al niño en el pesebre, a todos, a vos y a mí. Muchas son las estrellas que hoy también quieren ser signos para que otros hombres día a día se animen a buscar y encontrar lo que su corazón desea desde siempre, aunque no se den cuenta. Él está siempre esperando. No se cansa.

No te olvides de la estrella que alguna vez te guió y te señaló el lugar del encuentro con Jesús. El olvido hace mal, la amnesia espiritual es lo peor que nos puede pasar. No te olvides que cada sagrario, cada adoración, cada Misa, cada encuentro corazón a corazón con otra persona por amor, cada momento de oración, es una nueva Epifanía, una nueva manifestación de Jesús para que podamos adorarlo y postrarnos ante Él, como lo hicieron esos magos, reconocerlo como nuestro pequeño, pero gran Rey. Llenémonos de alegría como ellos por  poder encontrarnos con  Jesús día a día y dejemos nuestras ofrendas a sus pies, todas nuestras obras, todas nuestras alegrías y tristezas, triunfos y fracasos, todo lo que llevamos dentro del corazón. Por último, y otra vez, nunca te olvides de que Jesús es para todos y algún día todos deberemos “doblar nuestra rodilla” para adorarlo, porque, lo busquemos o no, Él es nuestro Señor.

Fiesta de los Santos Inocentes

Fiesta de los Santos Inocentes

By administrador on 28 diciembre, 2020

Mateo 2, 13-18

Después de la partida de los magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.»

José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.

Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: Desde Egipto llamé a mi hijo.

Al verse engañado por los magos, Herodes se enfureció y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, de acuerdo con la fecha que los magos le habían indicado. Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías: En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen.

Palabra del Señor

Comentario

Como tantas otras fiestas o costumbres y tradiciones de nuestra fe, esta fiesta, de los Santos Inocentes, creo yo que sin querer ha ido perdiendo su sentido original para terminar, por lo menos por estas tierras, en Argentina, en una especie de oportunidad para probar la inocencia de los más cercanos con algún chiste, alguna broma, incluso a veces de mal gusto. Pero en realidad nada tiene que ver con lo que celebramos. De hecho, si preguntás por ahí, o también vos mismo que estás escuchando: ¿por qué se hacen chistes para probar la inocencia el 28 de diciembre?, seguramente pocos saben que es el Día de los Santos Inocentes; o sea, el día en el que celebramos los primeros mártires, que, aunque no conocieron a Cristo, fueron asesinados a causa de él, por miedo al verdadero rey, por temor a lo que vendría. El rey de ese momento no soportaba que otro rey pueda venir a ocupar su lugar, pero no sabía de qué rey se trataba por supuesto.

El 26 celebramos al primero que dio su vida conscientemente por Cristo, San Esteban; hoy a los primeros que murieron por la verdad antes de conocerla y siendo totalmente inocentes. Un santo lo describe de una manera admirable, te lo voy a leer directamente. Dice así: «Aquellos niños, sin saberlo, mueren por Cristo, y sus padres lloran la muerte de aquellos mártires; Cristo, cuando eran todavía incapaces de hablar, los convierte en idóneos testigos suyos. Así es el reinado de aquel que ha venido para ser rey. Así libera aquel que ha venido a ser libertador, así salva aquel que ha venido a ser salvador. Pero tú, Herodes, ignorando todo esto, te alteras y te llenas de furor; y, al llenarte de furor contra aquel niño, le prestas ya tu homenaje sin saberlo. (…) ¿Qué merecimientos tenían aquellos niños para obtener la victoria? Aún no hablan y ya confiesan a Cristo. Sus cuerpos no tienen aún la fuerza suficiente para la lucha y han conseguido ya la palma de la victoria». ¡Una delicia!

Te propongo hoy poder meditar desde Algo del evangelio dos cosas, o las que a vos te parezcan. Siempre es bueno elegir para poder realmente profundizar. Acordate que la Palabra de Dios, el alimentarse de ella cada día, puede compararse al modo en cómo alimentamos también nuestro cuerpo. Si te ponen muchos platos para elegir, uno puede comer todo, se puede probar de todo con el afán de no dejar de lado nada, o se puede simplemente elegir lo que uno realmente tiene ganas de comer ese día y disfrutar. A veces por comer todo terminamos por no disfrutar nada, por no saborear en serio la comida. Con la Palabra de Dios puede pasarnos lo mismo. Escucharla es a veces como un gran banquete, con muchas opciones, pero no se puede comer todo junto y mucho menos de golpe, podemos atragantarnos; lo mejor es elegir algo y saborearlo mucho. Elegí algo y saboréalo.

Primero, lo que quiero decirte es que esta matanza de niños inocentes, por un aparente enojo de Herodes, en realidad es fruto de su miedo a perder el poder, de perder su reinado. Él quería matar a aquel que se anunciaba que sería rey, sin saber que el reinado de Jesús no sería como los reinados de este mundo. Y aunque parece demasiado cruel para nuestro tiempo, no está muy alejado de las miles de situaciones y víctimas inocentes que el mundo se sigue cobrando por miedo a perder el poder. Por ejemplo, el negocio de las guerras, el negocio del aborto tan terrible (en donde son víctimas no solo los niños, sino miles de madres), todo tipo de explotación sexual, narcotráfico, políticas de control de la población y miles de cosas más, por miedo a perder el poder. El mundo quiere poder y hace todo lo posible por mantenerlo. El poder es el gran mal de este mundo, cuando es mal usado por supuesto. Es más común de lo que pensamos. Pensemos en nuestros trabajos, pensá en tu grupo, parroquia, incluso a veces en las familias. El poder se puede transformar como en un dios, al cual muchos veneran. Es el dios de este mundo, no el Dios de los cristianos por supuesto.

Cuidado cuando nosotros «matamos» a inocentes por miedo a perder lo que tenemos; en el fondo es pura inseguridad, es pura soberbia, y el soberbio en el fondo se quiere muy poco, tiene mucho miedo.

Lo segundo es que pensemos en nuestra vida personal, porque mientras tanto el mundo está lleno de inocentes que día a día sufren o mueren por causa de otros. Hay miles de mártires silenciosos que aún sin conocer y confesar a Cristo les toca lo peor. A vos por ahí te pasa, te pasó o te pasará. A todos nos puede tocar sufrir injusticias por la maldad de otros, nadie está exento. Pensemos que al mismo Jesús le pasó. Él es el más inocente que murió por la maldad de muchos, para sanar la maldad de muchos. Muchas veces a los cristianos nos toca sufrir injustamente, siendo inocentes, para también ayudarlo a Jesús de algún modo en la salvación de un mundo que lo único que busca es tener poder de todo tipo, de dinero, de status, de cosas materiales, de prestigio a toda costa. Pensemos también si a veces nosotros, incluso siendo cristianos, no nos comportamos como pequeños Herodes, que ante la primera posibilidad de perder nuestro «puestito de poder», somos capaces de «matar», en sentido figurado, todo lo que puede amenazar nuestros deseos de ser alguien en esta vida, ser alguien según la mentalidad del mundo por supuesto.

¿A qué tenemos miedo cuando obramos así? ¿Por qué le tenemos miedo a los que obran así?

Fiesta de San Esteban

Fiesta de San Esteban

By administrador on 26 diciembre, 2020

Mateo 10, 17-22

Jesús dijo a sus apóstoles:

Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas. A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos.

Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes.

El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará.

Palabra del Señor

Comentario

¡No nos olvidemos que nosotros también fuimos niños! ¡No nos olvidemos que lo que más queremos también fueron niños alguna vez! ¡No nos olvidemos de esas personas que nos cuesta querer un poco, y bueno ellos también fueron niños!

Seguramente estarás todavía decantando los festejos de estos días. Pasó el 25, y con la Navidad pasaron muchas cosas. Pasó la familia, pasaron los regalos. Pasó la comida de todo tipo y color, pasaron algunas emociones y también algunas tristezas. Pasaron cosas importantes, lindas, pero también tenemos que reconocer que a veces pasa mucha frivolidad y superficialidad. Pasa de todo. Y ahora, ¿cómo seguimos? Tenemos que seguir como estamos, pero acordándonos que «todavía estamos a tiempo», todavía estamos en Navidad. Todavía podemos acercarnos a un pesebre si no lo hicimos. Podemos tomarnos un tiempo de adoración si no tuvimos ese momento. Todavía tenemos algo para dar al que no la pasó tan bien. Todavía nos tenemos a nosotros mismos. Todavía estamos a tiempo de enseñarles a nuestros hijos que, en medio de todo lo que pasó, el protagonista principal de estos días es Jesús. Podemos todavía acercarlo a un pesebre y enseñarle quién es quién en esa representación tan linda, que seguramente tenemos en nuestras casas. Todavía podemos seguir profundizando la Navidad porque durante ocho días la seguiremos celebrando, se llama la «Octava de Navidad». Tratemos de no poner primera otra vez y empezar a correr, porque si no, será más de lo mismo.

Hoy es la fiesta de san Esteban, el primer mártir de nuestra familia de la Iglesia; el primero que, por amor a Jesús, el Dios que se hizo niño, dio su vida. No se la quitaron así nomás, sino que la entregó. Los mártires son los que dieron la vida, como dijo el mismo Jesús: «Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mí mismo». Los mártires no solo son los que dan la vida por medio de su sangre, sino los que también van dando su vida lentamente, gota por gota todos los días. Son lo que después de la Navidad se enamoran de un Dios tan niño, tan frágil, que se deciden a «recibirlo en sus brazos» y empiezan a cargar con el lindo peso de no callar el amor de Dios frente a un mundo que no se da cuenta de tanto amor.

Una vez alguien me contaba, alguien que de hace unos años vivió una vuelta a Dios en su vida –que siempre fue católico, pero que recién en estos tiempos se dio cuenta el tiempo que había perdido–, me decía algo así: «¿Sabés qué es lo que me pasa ahora? Ya no tengo miedo a hablar de Jesús, antes ni se me ocurría, antes me daba vergüenza. Ahora no me importa nada». Y entre los dos pensábamos en eso, porque a mí también en una época de mi vida me pasó lo mismo, tenía vergüenza de hablar de él. En el fondo era un síntoma de que todavía no estaba tan enamorado de Jesús como me creía. Me habían enseñado de él, pero todavía no lo conocía. ¡Ser cristiano es eso: es enamorarse de una Persona que nació y vivió entre nosotros, y sigue viviendo! Es descubrir que Dios se hizo hombre, se hizo niño para que vos y yo podamos conocer el amor de Dios Padre en una Persona concreta, en su hijo. Mientras tanto, si no vivimos así nuestra fe, la fe será solo una moral, una ética, un cumplir algunas reglas, una imposición, una cuestión social, una cuestión de familia, un sentimiento pasajero que deslumbra y se apaga, como los fuegos artificiales de ayer. Creer en este niño nos lleva a no querer callarnos nunca, aunque nos quieran callar y tapar.

Me acuerdo que en una misa de medianoche, en la Misa de Gallo, pasó algo muy simbólico cuando la celebraba, que describe lo que se vivió en la época de Jesús y lo que se sigue viviendo hoy. Mientras proclamábamos la Palabra de Dios a las doce, a las doce y un poquito más, los fuegos artificiales no nos dejaban escuchar la Palabra. El humo y el ruido querían, por decirlo de alguna manera, tapar la voz de Dios. Al terminar de proclamar el evangelio, casi no pude predicar porque no se escuchaba nada.

Hicimos silencio cinco minutos, esperando con paciencia… y los ruidos fueron de a poco apagándose. Pero eso jamás podrá pasar. El ruido del mundo, el ruido de los que todavía no perciben la voz de Dios, jamás podrán callar a la Palabra, que jamás pasará. Todo pasará, pero las Palabras de Dios no pasarán. Nadie podrá callar el amor de Dios, el amor de este niño, mientras quede un corazón en esta tierra que lo ame.

El que se enamora de Jesús, como san Esteban, ya no se preocupa por el qué van a decir, por lo que el otro o los otros dirán; al contrario, vive convencido de que no se puede tener una alegría y ocultarla, no se puede decir que se cree en alguien pero tener vergüenza de hablar de él. ¿Qué persona está enamorada de su novia, novio, de su mujer, de su marido, y la oculta y no dice nada de ella? El que no está verdaderamente enamorado.

Pensemos si esta Navidad nos ayudó a enamorarnos más del niño Jesús. Es lo mejor que nos pudo haber pasado, es el mejor regalo de Navidad, porque la Navidad es Jesús, es de él.

Solemnidad de Navidad – 24 de diciembre

Solemnidad de Navidad – 24 de diciembre

By administrador on 24 diciembre, 2020

Mateo 1, 18-25

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: «La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel», que traducido significa: «Dios con nosotros.» Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.

Palabra del Señor

Comentario

Llegamos a la Navidad, las vísperas del día más santo de todos. Y llegamos como llegamos –como se dice–, como estamos, como hemos podido vivir estos días, este año tan particular. No hay tiempo para lamentarnos ni para manejar nuestros sentimientos por decreto. No se manejan los sentimientos por decreto de necesidad y urgencia. Es verdad que intentamos hacer un camino estas semanas, pero cada uno llega como llega. No hay que inventar nada. No hay que tapar nada, ni tirar la basura bajo la alfombra. Hay que ser lo que somos y estar como estamos, pidiendo ser sorprendidos por Jesús de alguna manera.

No sé cuándo escucharás este audio, si hoy a la mañana, a la tarde o a la noche, o incluso si lo escucharás. Dios quiera que escuches el relato del nacimiento de nuestro Salvador, que lo escuches como algo sagrado. ¿Por qué no al lado de un pesebre? No importa dónde estés y con quién pases hoy la Nochebuena; por supuesto que sí, con los seres queridos Dios quiera. Lo fundamental es que escuchemos también lo que pasó, para que entendamos lo que celebramos, para que vivamos lo que celebramos. Si no, ¿qué vamos a festejar hoy a la noche y mañana?

Te propongo y me propongo un lindo ejercicio: imaginar que tenemos un niño recién nacido en los brazos. Si sos mamá, te va a ser mucho más fácil, por ahí ya lo tenés. Si sos padre también, solo tendrás que recordar cuando tuviste a tu hijo por primera vez en brazos. Si no tuviste hijos, pensá cuando tuviste a tu hermano en brazos o algún sobrino, al hijo de un amigo o de una amiga. Todos podemos recordar ese momento tan maravilloso, es lindo hacerlo. Imaginemos que lo tenemos en brazos, como el más frágil que hay, como el más tierno y delicado que podemos imaginar. No queremos despertarlo, molestarlo. No queremos hacer «muecas» ni nada por el estilo. No queremos que llore, no queremos que sufra. Solo queremos que duerma y queremos mirarlo hasta cansarnos. Si sos mamá, ¿cuántas horas habrás pasado con tu hijo, hija en brazos? Si no sos mamá o papá, ¿cuánto desearías tener a tu futuro hijo en brazos? Si tenés un niño, probá hacerlo directamente en este momento o cuando puedas.

Tomémonos un tiempo para pensar, meditar en esto. Es posible hacerlo, es un día tranquilo. Podemos hacer el esfuerzo para estar tranquilos. Hoy a la noche, casi como queriendo tapar esto, esta necesidad de silencio, va a empezar el ruido que tapará lo que Dios quiere que reluzca. Bueno, con el niño en brazos intentemos vivir esta experiencia y, una vez que seamos conscientes de esto, preguntémonos algunas cosas. ¿Nos damos cuenta de que Dios realmente nació y vivió como un niño? ¿Nos damos cuenta de lo que significa esta realidad?

Pensar que Dios quiso estar en brazos de una mujer y de un hombre. ¡Qué locura de Dios! Solo Dios puede ser tan loco de hacer lo que ningún humano quiere hacer, hacerse más pequeño de lo que es. Bendita locura de Dios que con tanto amor logra que se estrellen y destruyan todas nuestras ansias de más, de grandiosidad, de soberbia. «Toda esta locura destruye a los soberbios de corazón», dice la Palabra. Pensar que Dios fue débil, vulnerable y frágil como lo fuimos cualquiera de nosotros de niños. ¿Qué nos dice todo esto? ¿No será que Dios de alguna manera quiere que aprendamos a abrazarlo como si fuera un niño? ¿No será que Dios mismo se hizo niño para no forzarnos a nada, sino al contrario, para atraernos con dulzura, inocencia y fragilidad? Pensar que Dios lloró y necesitó ser cuidado por su madre. Locura de locuras. ¿No será que debemos volver a tener la experiencia de un Dios que necesita de nosotros y se deja abrazar por hombres frágiles y pecadores? ¿No será que nosotros mismos tenemos que volver a aprender a dejarnos abrazar, cuidar, a amar? ¿No será que en la medida que crecemos vamos dejando de ser lo que en realidad Dios quiere que seamos, débiles y necesitados?

Sería bueno que hoy podamos imaginar esta gran locura y que esa locura nos despierte, nos convierta, nos conmueva, nos sorprenda y nos dé ganas de recibir realmente el amor de Jesús en nuestros corazones. Se puede. Mientras tanto, entre tanto ruido y superficialidad, intentemos abrazar al Niño, a unos niños en nuestros cercanos, queridos y no tantos, en el que te cuesta estar, en el pobre y olvidado que hoy pasa solo, en el preso o enfermo que no puede salir, en tantos y tantos que necesitan conocer a un Dios mucho más tierno de lo que nosotros pensamos.

Ese Dios es el que quiere habitar en nuestros corazones. Ese Dios es el que necesita que nuestro corazón sea un verdadero pesebre; frágil, a veces con mal olor, a veces un poco sucio, pero ahí está. Un pesebre, un pesebre abierto a que los demás puedan venir a visitarlo como los pastores, como María, como José, como los reyes, como tantos que se acercaron ese día a estar con este Niño, con ese signo que misteriosamente era Dios hecho hombre.

Que esta Navidad puedas pasarla en familia, pero realmente unidos a Jesús, como él lo desea. Que tengas una feliz y santa Nochebuena. Feliz y santa Nochebuena de todo corazón.