Book: Mateo

Feria de Adviento – 18 de diciembre

Feria de Adviento – 18 de diciembre

By administrador on 18 diciembre, 2020

Mateo 1, 18-24

Este fue el origen de Jesucristo:

María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.»

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.

Palabra del Señor

Comentario

Falta poco, ya estamos en la recta final, como se dice, por decirlo de una manera, de nuestro camino a la celebración más tierna de nuestra fe. La propuesta en estos días es la de: RECIBIR de alguna manera esta Palabra tan necesaria. Es la última semana del tiempo de espera, de recepción; de estar dispuestos, más que a hacer muchas cosas, a recibir al niño en nuestro corazón, en nuestros brazos. ¿Qué hacemos cuando un niño viene a nuestra familia? Fundamentalmente lo recibimos. Preparamos todo para que sea parte de la familia, todos estamos pendientes de él. Todo gira en torno a ese niño que no habla, solamente se deja recibir. Nadie hace otra cosa que mirarlo a él. ¿Y si pensamos algo así pero para con Jesús? ¡Qué bien nos haría!

Para ir generando esta actitud en nuestro corazón, te propongo que meditemos en esto: Es Dios el que vino a tener una experiencia de amor con nosotros; es «Dios con nosotros», así lo anunciaba el profeta Isaías. Por supuesto que nosotros tenemos que estar con él, ¿no?; pero antes que nada es reconocer que es «Dios con nosotros». Eso es lo que hay que aceptar, recibir. Por supuesto, junto al niño que vendrá, aparece la figura de María y José. Por eso, hoy escuchamos la llamada «anunciación» a José. Dios también tuvo que enviar un ángel a José para que no tema, para que no «huya» de su plan, para que se deje sorprender, para que reciba a ese niño –aunque no era suyo–, para que lo adopte.

Hasta que José no recibe en sueños esta invitación a animarse, a no temer, a darse cuenta que Dios podía estar ahí –en esa situación tan difícil–, no descubre que Dios estaba en esa situación que él consideró al principio confusa; no podía verlo, no entendía el plan de Dios. No podía ver el plan de Dios en esa sorpresa que lo entristeció seguramente, de María embarazada sin que él haya hecho nada. No sabemos lo que habrá pasado por el corazón de José. Pero si había decidido abandonar a María, quiere decir por supuesto que no entendía lo que pasaba y, además viendo que María estaba embarazada y que él no era el padre, había decidido abandonarla; porque las cosas no habían salido como él pensaba y deseaba. Y en medio de toda esta confusión era difícil pensar que Dios podía estar detrás de todo eso. Su mujer, con la que él se iba a casar pero todavía no convivía, estaba embarazada. ¿Era posible que Dios esté detrás de semejante noticia? ¿Qué habrá sentido José en su corazón?

Por eso, Algo del Evangelio de hoy nos ayuda a preguntarnos: ¿Cuántas veces pensamos que Dios no puede estar donde nosotros creemos que no tiene que estar?, o ¿cuántas veces Dios en realidad está donde nosotros pensamos que jamás podía estar? Pensémoslo en lo de cada día. Pensalo en algo que te pasó alguna vez, algo difícil.

¿Por qué nos pasa esto? Porque nos equivocamos cuando somos nosotros los que queremos, por decirlo de alguna manera, «fabricar las experiencias de Dios». Sin embargo, Dios nos sorprende siempre. Dios «se divierte», irónicamente lo digo, sorprendiendo al hombre calculador, matemático, temeroso y desconfiado. Decimos a veces, muy seguros: «Tuve una experiencia de Dios en esta situación, acá, allá; en este retiro, en esta Navidad. Ese día lo sentí»; pero ¿y si pensamos al revés? Porque es Dios el que vino a tener una experiencia con nosotros, entonces es él el que elige en qué momento quiere tener una experiencia con nosotros. Ahí cambia el panorama, porque ya no soy yo el que decido cuáles son los grandes momentos donde experimenté al buen Dios, sino que empiezo a ver que Dios está conmigo siempre; siempre, pase lo que pase. Porque él es «Dios con nosotros» y quiere estar siempre con nosotros, no solo cuando nosotros lo sentimos.

Por ejemplo: está ahora en tu dolor porque se acerca la Navidad donde no vas a estar con aquel que vos querés y quisiste tanto. Dios está, aunque en esta Navidad esté enferma aquella persona que vos querés tanto. Dios está en esta Navidad y estará con vos, aunque estés atormentado por algún pecado, por alguna debilidad que no podés dejar; aunque estés muerto de cansancio por este año que termina y no supiste parar. En esta Navidad Dios estará con vos a pesar de que tu hijo esté alejado de tu corazón y no te escucha o esté alejado de Dios y de la Iglesia. En estos días mientras todo el mundo corre para comprar «no sé qué», incluso vos también, él está. Está siempre, pero sencillo y oculto en medio de un mundo alocado.

¡Dios está con nosotros! Esa es la certeza de la Navidad, esa es la certeza de esta cercanía de la fiesta que vamos a celebrar. No es la fiesta de armarme la experiencia de Dios a mi medida. No es la fiesta en donde yo armo mi experiencia de Dios, hago mi obra de caridad por acá o por allá para lograrlo, o intentamos encontrarlo a Dios allá. Está bien que hagamos eso, pero Dios está más allá de la experiencia que yo me fabrico de él. Por eso tenemos que estar más atentos a recibir que a fabricar.

Bueno, Dios quiera que también nos pase como le pasó a José: Que, aunque quiso escaparse de la situación difícil que le tocaba enfrentar, en sueños recibió la ayuda y la certeza de que Dios estaba con él, con María. Dios quiera que así nos pase a nosotros también. No temamos, no temamos, recibamos a las Marías y a los José que nos traen a Jesús a nuestro corazón; a Jesús, nuestro Salvador.

Feria de Adviento – 17 de diciembre

Feria de Adviento – 17 de diciembre

By administrador on 17 diciembre, 2020

Mateo 1, 1-17

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:

Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos. Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de estos fue Tamar. Fares fue padre de Esrón; Esrón, padre de Arám; Arám, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón. Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut. Obed fue padre de Jesé; Jesé, padre del rey David.

David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías. Salomón fue padre de Roboám; Roboám, padre de Abías; Abías, padre de Asá; Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Jorám; Jorám, padre de Ozías. Ozías fue padre de Joatám; Joatám, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías; Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Amón; Amón, padre de Josías; Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia.

Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel; Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacím; Eliacím, padre de Azor. Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquím; Aquím, padre de Eliud; Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob. Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

El total de las generaciones es, por lo tanto: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta el destierro en Babilonia, catorce generaciones; desde el destierro en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.

Palabra del Señor

Comentario

Imagino tu cara o tus gestos mientras escuchabas tantos nombres. Me imagino que te habrás distraído y habrás pensado muchas cosas, entre ellas: ¿Para qué tantos nombres? ¿Qué sentido tiene leer y escuchar este evangelio? ¿Qué nos dice a la mentalidad de hoy? Puede ser que nos pase esto, que tengamos esta sensación, es normal. Es entendible porque a nuestra mentalidad, la de estos tiempos, parece no interesarle demasiado los antepasados. De hecho, muchos de nosotros por ahí no sabemos más allá de nuestros abuelos o, como mucho, de nuestros bisabuelos. El mundo a veces interpreta mal la historia y se burla de ella, o la caricaturiza.

Por eso, me parece que lo primero que tenemos que tener en cuenta es que, a lo difícil de la palabra de Dios, la mejor salida no es escaparle, sino todo lo contrario, animarse a preguntar, a aprender, a escuchar algo bueno, distinto, aunque choque con lo que pensamos. Muchas veces todos podemos caer en esto, incluso los sacerdotes. Cuando algo se pone difícil, movemos la cintura de acá para allá, como se hace en el fútbol, y terminamos hablando de cualquier cosa, menos de la Palabra de Dios, como para evitar un poco el trabajo. O a veces, incluso, menospreciando la capacidad de los que nos escuchan de poder ahondar un poco más.

Lo segundo es que, si es Palabra de Dios, algo bueno tiene que decirme y eso nos tiene que animar a escuchar y conocer más la historia de la Palabra de Dios. Cómo fue escrita, porqué, también, si no al final no profundizamos y terminamos tocando de oído nuestra fe. La fe hay que conocerla, sin miedos, para saber dar razones de ella, de nuestra esperanza. La fe tiene que asumirlo todo, lo luminoso y lo oscuro, lo que nos gusta y nos disgusta, la gracia y el pecado, porque eso somos, así vivimos.

Y lo tercero que pienso y tiene que ver con las otras dos, es que la Palabra de Dios es como una gran sinfonía, en donde se escuchan muchos instrumentos y se entrecruzan variadas melodías y, para que den un sonido armonioso y guste a los oídos, tiene que haber un director que la dirija y una clave de interpretación. La clave de interpretación de la gran sinfonía de la Palabra de Dios por supuesto que es Cristo. Sin esa clave no se puede interpretar la partitura más bella que puede haber en la tierra. Ni siquiera el mejor director del mundo, el mejor biblista de la tierra, puede interpretar la palabra de Dios si no es a la luz de Cristo. El director, en este caso, es la Iglesia, con sus enseñanzas de siglos, con su vida, con sus santos, con los que estudian y estudian la Escritura, que a veces para nosotros parece incomprensible.

Conclusión: dejemos que Jesús nos ayude en este día a interpretar esta gran partitura de este texto, a interpretar la biblia, y escuchemos a la Iglesia que como un gran director hace que todos los músicos e instrumentos nos den un sonido agradable a los oídos del corazón.

Pero bueno, queda poco tiempo para comentar Algo del Evangelio de hoy ¿Qué podemos sacar? ¿Qué podemos decir de la llamada “genealogía” con la cual Mateo empieza su Evangelio en este día que comenzamos la Feria de Adviento? Sin entrar en grandes explicaciones, algunas cosas sencillas, pero profundas: Mateo quiere respondernos una pregunta fundamental ¿Quién es Jesús? ¿De dónde viene este hombre llamado Jesús? Jesús desciende de Abraham y de David. Jesús es parte de la historia de la humanidad, de la historia de un pueblo. Jesús  es parte de un pueblo. Él es también completamente humano. Por otro lado, dentro de esa genealogía hay hombres y mujeres claramente pecadores, como nosotros. Incluso hay mujeres sin la fe de Israel, que eran consideradas paganas. Dios escribe derecho en renglones torcidos decimos. O sea, utiliza cualquier medio para que se haga su voluntad. Él puede sacar lo mejor de lo peor, de aquellos lugares y corazones donde parece imposible, “porque donde estuvo el pecado sobreabundó la gracia”, dice también San Pablo.

Finalmente, la genealogía termina con una mujer, con María. La historia llega hasta lla y a partir de ella hay, como se dice, un nuevo comienzo. Y, además, un comienzo que no viene de ningún hombre, sino que es una nueva creación, “fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo”.

Todo se dio de esa manera. El origen de Jesús se puede comprobar históricamente y dentro de una historia de debilidad, pero al mismo tiempo es un misterio que proviene del Cielo ¿De qué nos puede servir esto? Bueno, algo muy concreto y sencillo, pero decisivo para nosotros. ¿Quién es Jesús para vos y para mí? ¿Es un simple personaje histórico más o es para vos un nuevo comienzo, una nueva creación que viene de la mano de María? ¿Cómo se manifestó ese Jesús en nuestras vidas, en nuestras vidas también surcadas a veces por el pecado y la debilidad? ¿Creemos que incluso de lo más impuro o doloroso, puede brotar la santidad, puede hacerse presente el amor de Dios? Para pensar y rezar.

III Martes de Adviento

III Martes de Adviento

By administrador on 15 diciembre, 2020

Mateo 21, 28-32

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña.” El respondió: “No quiero.” Pero después se arrepintió y fue.

Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

«El primero», le respondieron.

Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.

En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él.»

Palabra del Señor

Comentario

Una de la condiciones, por decirlo de alguna manera, para dejarnos sorprender es estar atentos, es escuchar bien y prestar mucha atención, prestar atención a nuestro corazón. Nos pasa con muchas cosas de la vida, o sea, si estamos en la «nuestra», si hacemos la «nuestra» –como se dice–, no estamos atentos a los demás, a la realidad, a nuestro corazón jamás le sorprenderá nada; nada nos hará salir de la rutina, nada nos hará vibrar. ¿Viste esas personas que parece que no se sorprenden por nada, que todo les da lo mismo? ¿Cuántas cosas se nos habrán pasado de largo por la vida por no estar atentos? ¿Cuántas personas, alegrías, buenas noticias, regalos, nos pasaron por las narices y no nos dimos cuenta? Solo Dios lo sabe. Por las dudas preguntemos y si nos da miedo, no preguntemos; pero es bueno hacer este ejercicio. ¿Queremos sorprendernos con el Dios niño, el Dios bebé que nacerá otra vez en nuestro corazón en esta Navidad? Estemos atentos, y esto referido a la Palabra de Dios es fundamental. Hoy es un día para estar atentos y dejarnos sorprender.

Hay que escuchar lo que Jesús dice para no sacar conclusiones rápidas y superficiales. ¿Cuántas veces la Palabra de Dios pierde su riqueza porque la analizamos con un «vuelo rasante», como se dice?

Un error clásico, al reflexionar sobre la parábola de hoy, es decir: «Bueno, Jesús nos está invitando a ser fieles a lo que decimos, a ser hombres de palabra». O sea, cuando decimos que sí, que sea sí; que cuando digamos que no, que sea no. Que cumplamos la palabra, que no tengamos ambigüedades. Y eso claramente es verdad, pero es demasiado obvio. No hace falta que Jesús lo diga. Cualquier ser humano se da cuenta que la palabra es importante, que es bueno tener palabra. No haría falta una parábola para eso.

Pero no es a lo que se refiere directamente de Algo del Evangelio de hoy –aunque está implícito que es así–, porque es de sentido común que tenemos que ser hombres de palabra –como dije recién–, que tenemos que ser fieles a lo que decimos. Lo dice en otra parte del evangelio.

En realidad, hoy Jesús está dando una crítica muy fuerte a los hombres que se creían religiosos de esa época, y a los de hoy también. Les cuenta una parábola, les hace responder y, después, les dice en la cara, sin miedo: «Ustedes son aquellos que dicen que van pero al final no van. Ustedes son los que llegarán tarde al Reino de los cielos, antes llegan los que ustedes desprecian, los despreciados». Bastante fuerte, ¿no? ¿No te sorprende?

Las prostitutas y los publicanos son los pecadores públicos que dicen que no en esta parábola, pero finalmente pueden ser los primeros si se arrepienten y vuelven. El evangelio nos da sorpresas.

Jesús entonces se está refiriendo a nuestra «adhesión» a él, a la adhesión verdadera hacia él, hacía su voluntad. ¿Nosotros somos los que decimos que sí rápidamente, a secas, sin pensarlo? ¿Pero estamos viviendo lo que Jesús nos enseña? ¿Estamos siendo coherentes con lo que él nos muestra? ¿Estamos amando como él nos ama y estamos amando como él quiere que amemos? ¿O estamos «criticando» a los que vemos que están en pecado público, que no viven la fe o que incluso están en contra de la Iglesia? ¿Y al criticarlos nos estamos también poniendo en un lugar «especial»? ¡Cuidado!, porque acordate que al pie de la Cruz estaba María Magdalena, y al costado de la Cruz estaba también el llamado buen ladrón, que fue el primero, que sabemos por labios de Jesús, que llegó al Cielo.

Las palabras de Jesús se cumplen. Los más pecadores si se arrepienten pueden llegar antes al Reino de Dios que nosotros. Nos vamos a llevar una gran sorpresa, mejor que nos dejemos sorprender ahora, en vida, por la misericordia de Dios y no cuando nos toque partir. ¡Cuidado! Cuidado porque aquellos que parecen muy alejados de Dios a veces son los que más se deciden a seguirlo cuando lo descubren y se arrepienten. Nosotros, los que decimos estar cerca, por ahí estamos «acostumbrados» y no terminamos de descubrir su amor; nada a veces nos sorprende. ¡Cuántos cristianos apáticos, con cara de nada, andan circulando por la vida!, casi como sin sangre, sin corazón. Preguntémonos hoy si nosotros somos esos que decimos que vamos pero al final no vamos y no hacemos nada.

Que Dios nos libre de esta incoherencia, de este peligro tan grande. Hoy Jesús les muestra a los ancianos la incoherencia. ¡Cuidado! Nosotros también tenemos que tener cuidado con la incoherencia. La incoherencia aleja y no hace más que mostrar que en el fondo dijimos que sí, pero al final no vamos, no hacemos nada. Y sigamos el ejemplo de tantas personas que parecían alejadas, parecían en «otra», pero finalmente son los que más viven las enseñanzas del evangelio.

III Lunes de Adviento

III Lunes de Adviento

By administrador on 14 diciembre, 2020

Mateo 21, 23-27 – Memoria de San Juan de la Cruz

Jesús entró en el Templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, para decirle: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado esa autoridad?»

Jesús les respondió: «Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. ¿De dónde venía el bautismo de Juan? ¿Del cielo o de los hombres?»

Ellos se hacían este razonamiento: «Si respondemos: “Del cielo”, él nos dirá: “Entonces, ¿por qué no creyeron en él?” Y si decimos: “De los hombres”, debemos temer a la multitud, porque todos consideran a Juan un profeta.»

Por eso respondieron a Jesús: «No sabemos.»

El, por su parte, les respondió: «Entonces yo tampoco les diré con qué autoridad hago esto.»

Palabra del Señor

Comentario

“Dios nos amó primero” dice el evangelista san Juan, por lo tanto, deberíamos pensar que su salvación, su poder, radica justamente en ese amor que nos abraza aun cuando nosotros no terminamos de comprenderlo, ni de aceptarlo. La fiesta de la Navidad que se acerca, es de algún modo, la celebración del amor de Dios que se nos adelantó y se nos adelantará siempre. La navidad nos encamina a experimentar ese amor y esa verdad. Podemos preguntarnos entonces ¿En qué consiste esa salvación? Consiste en la gracia que Él mismo nos da para que podamos amarlo y ser amados por Él. Su salvación y su poder es el amor que derrama sobre nosotros, y nuestra tarea no debería consistir en otra cosa, que en aceptar esa salvación. ¡Qué maravilla es descubrir que Él nos enseña a amarlo, pero amándonos primero, desde su encarnación hasta su muerte en cruz, e invitándonos a amarlo! Si Dios nos amó primero es para que nosotros pudiéramos amarlo, con el mismo amor con el que Él nos amó, porque no podríamos amarlo si no fuéramos amados por Él. Él no necesita nuestro amor, pero nos enseñó a amarlo de la misma manera, para que podamos llegar a ser lo que Él quiere que seamos.

Pienso que el “robo del siglo”, del siglo pasado y del siglo que vivimos, es el robo de la navidad. Realmente nos han robado la fiesta de la navidad. Este mundo del consumo, que vive y lucra con los deseos ajenos, no tiene escrúpulos y juega con nuestras necesidades insatisfechas que no sabemos canalizar y que son las que finalmente nos llevan a claudicar y abandonar lo más preciado que tenemos, la fiesta de la ternura de Dios que se hizo hombre por nosotros y nos amó primero. La falta de fe de los que creemos, las preocupaciones de la vida y una cultura que todo lo que toca lo vuelve “mercancía”, hizo que nuestras navidades en la mayoría de los hogares tristemente fuera reemplazada por un personaje que supuestamente nos regala “cosas” a todos, especialmente a los niños, pero a un precio muy alto, porque nada es gratis en esta vida, en realidad sí, lo único gratis es la gracia de Dios. No es gratis habernos dejado robar la navidad, porque al fin y cabo, lo neguemos o no, lo barnicemos o no, todas las acciones, todo lo que hacemos, todo lo que celebramos en familia o no, todo tiene sus consecuencias, especialmente para los más niños, que todo lo ven y absorben. ¡Qué feliz estaría Jesús de ver que nuestro deseo más profundo y nuestra verdadera esperanza en estos días, esté puesta en Él! ¡Qué feliz estaría Jesús de ver que somos capaces de ir contra corriente en estos días para celebrar y vivir una navidad donde realmente el centro sea Él y no el consumismo y la superficialidad! Podemos hacerlo, podemos cambiar, podemos recuperar lo que nos dejamos robar por tibios y perezosos, no tengamos miedo, Jesús se lo merece.

En Algo del Evangelio de hoy, como tantas veces en los evangelios, Jesús es probado, es de alguna manera increpado para que manifieste con qué autoridad hacía lo que hacía. Y la respuesta de Jesús, también como tantas veces en los evangelios, es con una pregunta. Es interesante que nos detengamos a reflexionar sobre el modo que muestro Maestro tenía para responder, porque especialmente en este caso, es más importante la forma que el fondo de la respuesta, que en definitiva Jesús no responde. ¿Nos dimos cuenta que no respondió la pregunta? O sea, Jesús tuvo la suficiente libertad para responder o no lo que le preguntaban.

Una primera enseñanza que nos puede ayudar de este modo de ser de Jesús, y no tanto del contenido, es justamente esto… No siempre debemos responder lo que nos preguntan, no siempre debemos responder todo a todos. Hay preguntas que son inoportunas, hay personas que son inoportunas, que son “metiches”, que se meten en donde no les corresponde. También hay personas, como los ancianos de hoy, que no preguntan con sinceridad, para saber, para aprender, sino para probar y culpar, por lo tanto, Jesús decidió no responderle lo que pretendían saber si ellos antes no le respondían lo que Él quería saber. ¡Cuánta sabiduría la de Jesús! Y cuanta sabiduría nos falta a veces a nosotros, que vivimos sin querer a merced de las opiniones y deseos ajenos, sin detenernos a pensar y a rezar qué corresponde hacer en cada momento y lugar. La no respuesta de Jesús no fue una mentira, sino fue simplemente eso, un no, esa palabra que tanto nos cuesta decir en estos tiempos, simplemente no. ¡Cómo nos cuesta decir hoy en día no! Parece ser que decir no es fallarle a Dios y a todos, y nos olvidamos que el no, es posible, y muchas veces más necesario que el sí.

Otra enseñanza que nos puede ayudar, es justamente a aprender a responder con preguntas cuando deseamos conocer las intenciones del que pregunta. Jesús ya las sabía por supuesto, pero nosotros no siempre, aunque creamos que las sabemos. Re preguntar es un modo de “blanquear” la situación, como se dice, despejar las dudas y conocer si la pregunta del otro es sincera y si, además, es oportuna. Por eso ayuda mucho escuchar como Jesús responde con preguntas y se toma la libertad de no responder cuando esa pregunta pueda tener malicia o esté cargada de mala intención.

Que el Señor nos siga instruyendo con sus enseñanzas, tanto con sus palabras y gestos, como en su manera de resolver las diferentes situaciones que se le presentaron en su vida.

II Viernes de Adviento

II Viernes de Adviento

By administrador on 11 diciembre, 2020

Mateo 11, 16-19

Jesús dijo a la multitud:

«¿Con quién puedo comparar a esta generación? Se parece a esos muchachos que, sentados en la plaza, gritan a los otros: “¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!”

Porque llegó Juan, que no come ni bebe, y ustedes dicen: “¡Ha perdido la cabeza!” Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores.” Pero la Sabiduría ha quedado justificada por sus obras.»

Palabra del Señor

Comentario

Empezar este viernes buscando escuchar con más corazón la Palabra de Dios, por decirlo de alguna manera, es caminar hacia la conversión que se nos proponía en esta semana. Solo la Palabra de Jesús nos convierte, nos hace cambiar verdaderamente a lo largo del tiempo. No es magia. Es proceso arduo y constante. Ese es el camino del que sabe esperar, del que sabe que las cosas de Dios son cuestión de “esperanza” y paciencia. Por eso te aconsejo que a veces escuches el audio de la lectura del evangelio, que lo apagues, reces por su cuenta y después escuches el comentario. Es bueno que vos te preguntes primero ¿Qué dice el texto de hoy? ¿A qué se refiere? Después de hacer ese trabajo podés preguntarte ¿Qué me dice? ¿Qué me dice a mí hoy, concretamente? y finalmente ¿Qué que le digo a mi Padre, a Jesús, al Espíritu Santo, a María? Esto es algo que no tenemos que olvidar, para que el escuchar la Palabra de Dios no termine siendo un decir: ¡Qué lindo lo que dijo el sacerdote hoy! Pero al final no escuchamos que nos dijo a cada uno, más allá de lo que comenta cada sacerdote. Cada día me convenzo más que las palabras de los sacerdotes van y vienen y poco se recuerda de lo que podamos decir. Lo único que perdura y todos recuerdan y a muchos hace cambiar, es la Palabra que Dios dirigida a cada corazón.

Hagamos ese ejercicio: ¿Qué dice hoy la Palabra de Dios? Jesús antes que nada le habla a la multitud, a todos, pero se refiere a “esta generación”. Cuando en los evangelios se dice “generación”, no se está refiriendo a una generación en el sentido de una descendencia reducida a un tiempo y a un lugar, sino que se refiere a un modo de ser: Esta generación sería las personas que son así, como las describe Jesús, las personas que se comportan así: Traducido podría ser algo así: ¿Con quién puedo comparar a las personas que se comportan así, que no se conforman con nada, las personas que cuando hay que bailar no bailan y cuando hay que llorar no lloran? Por eso esta expresión de Jesús no se reduce solo a las personas de esa época, sino a todos los que actúan así. En síntesis, esa generación podemos ser nosotros. Jesús pone dos ejemplos extremos, los que se los invita a bailar y no bailan y los que tienen que llorar y no lloran, para contrastar finalmente con lo que dijeron de Juan el Bautista, que estaba loco por ser austero, y lo que decían de Jesús que era un glotón y amigo de pecadores.

En definitiva, Jesús los critica por no conformarse con nada, ni con una forma ni con la otra. No saben encontrar los signos de Dios ya sea en Juan el Bautista ni tampoco en Jesús. Dicho de modo sencillo, eso quiere expresar el texto. Tratar de dilucidar que dice el texto, antes que nada, nos ayuda a evitar lo que llamamos en Argentina, “el guitarreo”. Muchas veces guitarreamos porque no dejamos que la Palabra de Dios nos diga lo que está diciendo, aunque parezca obvio. Hablamos de los que nosotros pensamos que hay que hablar y nos olvidamos que lo primero que tiene que hablar es la Palabra de Dios. Sacamos una frase de contexto o bien le ponemos una idea nuestra a la Palabra de Dios y le obligamos que diga lo que nosotros estamos pensando. Esto es más normal de lo que parece y muy sutil, pocos se dan cuenta.

Ahora, ¿qué nos dice? Obviamente que esta parte es fundamentalmente personal, pero es lo que diariamente con ejemplos, con preguntas, trato de aportarte todos los días al comentar el evangelio. En realidad, es lo que todo sacerdote intenta hacer en cada sermón, en cada homilía. Deberíamos ayudar a dar pistas sobre qué nos dice, pero son solo pistas, cada uno debería ir haciendo su camino.

¿No será que nosotros también con nuestras actitudes frente a las cosas de Dios, a la Iglesia y al mundo, nos parecemos a esos muchachos, los que están sentados en la plaza y no se conforman ni con una cosa ni con la otra? ¿Qué pretendemos? ¿Que Dios nos hable solo a través de las cosas que nosotros queremos o dejamos que nos hable como Él quiere? Dios puede hablar como se le antoja, es Dios, tenemos que dejar que Dios sea Dios. Puede hablar por medio de un hombre como Juan el Bautista en medio de la austeridad o puede hablar por medio de alguien que come y bebe con los pecadores. Puede hablarnos en la mejor de la Misas, o puede hablarnos viajando en el tren. Puede hablarnos durante una adoración o sirviéndole un plato de comida a un necesitado. Puede hablarnos por medio de nuestros familiares, amigos o tal vez por el peor de los enemigos. Esto pensalo en tu vida personal y concreta. ¿Qué pretendemos de Dios? ¿No será mejor que dejemos que Dios sea como Él quiere ser? Y por último… ¿Qué le dirías hoy a tu Padre después de escuchar esta Palabra?

II Jueves de Adviento

II Jueves de Adviento

By administrador on 10 diciembre, 2020

Mateo 11, 11-15

Jesús dijo a la multitud:

«Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.

Desde la época de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo. Porque todos los Profetas, lo mismo que la Ley, han profetizado hasta Juan. Y si ustedes quieren creerme, él es aquel Elías que debe volver.

¡El que tenga oídos, que oiga!»

Palabra del Señor

Comentario

Es difícil mantener el corazón alerta las 24 horas del día, y alerta, fundamentalmente a lo que no se ve, a lo que no podemos experimentar fácilmente con nuestros sentidos. Por eso en la Iglesia vivimos, por decir así, rodeados de signos, de acontecimientos, de realidades materiales, realidades humanas que nos ayudan a experimentar las realidades espirituales, invisibles. ¿Cómo es posible comunicarnos con Dios si no es a través de lo que somos, o sea de nuestra humanidad? Todo lo humano es vehículo para reconocer al “hacedor” de todo, al que nos sostiene, al que nos ama, nos piensa y nos abraza a cada instante. Es extraño a veces como, en nuestra relación con Dios, pretendemos ser “ángeles” y nos olvidamos que somos humanos. O sea, queremos amar a Dios, hablar con Él, comprenderlo, reconocerlo, casi “virtualmente”, por decir así. Es como pretender enamorarse de alguien; sin mirarse, sin oírse, sin escribirse, sin abrazarse, sin tener gestos sensibles hacia esa persona… ¿Se te ocurrió alguna vez eso? Imposible llegar a un amor real, sin una comunicación real con el otro.

Todo lo que nos rodea interpretado con los “ojos” de Dios, o mejor dicho como si fueran sus ojos es importante, por más pequeño que sea o parezca. En todos lados, en todo momento podemos encontrarnos, comunicarnos con nuestro creador, con Jesús, con el Espíritu Santo.

Desde que Dios se hizo hombre, todo se transformó, desde adentro, aunque no lo parezca. Eso nos quiere enseñar algo del evangelio de hoy. El hecho de que Dios “haya pisado la tierra” no tiene comparación a, por ejemplo, que el hombre “haya pisado la luna”. Te estarás riendo, pero es una imagen que nos sirve.

Jesús no bajó del cielo volando y empezó a vivir con nosotros de un día para el otro. Dios se hizo hombre, se hizo uno de nosotros, tal cual somos y empezó a llamarse Jesús desde que nació, aunque como Hijo de Dios existió desde siempre. No se disfrazó de hombre o vino a la tierra a visitarnos por un rato para hacerse cercano y parecer bueno, como hizo el hombre al pisar la luna. Dios no vino a la tierra a tocarla e irse, como hizo el hombre al viajar a la luna. Jesús tampoco fue un hombre cualquiera que de golpe fue invadido por el Espíritu Santo y empezó a hacer milagros y tener poderes de Dios, sino que, desde que fue concebido, fue Dios y hombre, hombre y Dios, no un poco de cada cosa, o medio mezclado formando algo nuevo, sino todo Dios y todo hombre.

No quiero complicarte la vida. Pero es bueno pensar en esto. La historia de la Iglesia, e incluso hoy, está plagada de herejías, que no son otra cosa que una “falsa comprensión” de la verdad, o una expresión desviada del misterio de Dios, muchas veces con deseos de hacer el bien. Como, por ejemplo, hacerlo más accesible a todos, que todos lo comprendan. Porque no es fácil comprender y aceptar; que Dios haya sido engendrado en el vientre de una mujer tan humilde como María, sin intervención de un hombre, que haya nacido como cualquiera de nosotros, que haya crecido, que se haya desarrollado, que haya vivido como uno más sin dejar de ser lo que era. No es sencillo, nuestra razón se resiste ante tanta sencillez, a tanta omnipotencia “abandonada” a lo normal y cotidiano de la vida de los hombres. Es un poco incómodo de pensar. De ahí surgen las desviaciones, o las dificultades en asimilar la verdad que después se terminan transformando en herejías, o en errores, tanto en la teoría, como en la práctica. No quiero aburrirte con esto, pero creo que nos ayuda, tiene que ver, aunque no lo parezca.

Hoy parece difícil de entender que Jesús diga que “no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y, sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.” ¿Cómo se explica esto? ¿Juan el Bautista es el más grande o no? ¿A qué grandeza se refiere? ¿Cómo mide Dios, si se puede decir así, la grandeza? Toda la historia de la humanidad se dirige hacia Jesús, confluye en Él. Todo tiene sentido en Él y por Él. Por eso los profetas anunciaron su venida, por eso Juan Bautista fue el precursor, nació solo para eso, para anticipar su venida y preparar el camino. Todo esto es importante, todo lo anterior a Jesús es importante… pero nada supera a creer que Dios vino a vivir entre nosotros y a darnos algo que antes no teníamos. La vida divina en nuestras almas, la vida eterna que habíamos perdido por culpa de la desobediencia de los primeros hombres y que sigue alimentándose de las nuestras, de las cotidianas.

Por eso el más pequeño del Reino de los Cielos, del reino que se inauguró en la tierra con el nacimiento de Jesús, es más grande que Juan Bautista. Porque nada puede superar a la fuerza de salvación que se derramó en este mundo por medio de Jesús y del Espíritu Santo enviado después de su vuelta a los cielos. Vos y yo, tenemos algo que Juan no tenía, el Espíritu Santo… así lo dice San Pablo: “Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.” El que vive y experimenta este misterio, no tiene nada que envidiar al hombre más grande nacido de mujer, Juan Bautista, ni a los que vivieron junto a Jesús. Porque Dios habita en su corazón, porque Dios actúa en su corazón y su Espíritu hace presente a cada instante su amor en todos lados.

Vos y yo somos grandes, no por lo que hicimos, sino por lo que recibimos. ¡Qué maravilla! ¡Cuánto para agradecer! Gracias Jesús por darnos tu Espíritu y hacernos grandes, aunque seamos pequeños. ¿Ahora entendés cuál es la grandeza que mide o que le interesa a Dios?

II Miércoles de Adviento

II Miércoles de Adviento

By administrador on 9 diciembre, 2020

Mateo 11, 28-30 – Memoria de San Juan Diego

Jesús tomó la palabra y dijo:

«Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.»

Palabra del Señor

Comentario

Tener esperanza obviamente tiene que ver con la espera, y la espera con la paciencia. Porque se espera lo que no se tiene, o lo que se tuvo y se perdió alguna vez. Se espera lo que se desea. Pero nuestra esperanza es muy distinta a la que el mundo muchas veces nos propone. Nuestra espera es muy grande, es algo muy grande. El que tiene su esperanza cimentada en Jesús obviamente no desespera, no se impacienta por la larga espera, valga la redundancia. Sabe darle tiempo al tiempo, a las cosas; sabe saborear el tiempo que necesita todo para madurar. El tiempo es uno de esos regalos más lindos que Dios Padre nos dio. Vivimos en el tiempo y en el espacio, y es lo único que no podemos detener (al tiempo), ni acelerar, solo aprender a vivirlo. Por eso la paciencia, el saber esperar bien, es de alguna manera hija de la esperanza. El que tiene optimismo, pero sin esperanza, rápidamente se desilusiona cuando las cosas no se dan como pensaba; porque en el fondo esperaba lo que se le «antojaba». En cambio, el que tiene esperanza y es optimista sabe esperar cuando no se dio lo que soñaba. Confía en la providencia divina, porque en definitiva no espera sus propias ilusiones, sino las que vienen de Dios. Muy distinto, ¿no?

Algo del Evangelio de hoy me animo a decir que es cosa seria. ¿Quién de nosotros no se sintió alguna vez afligido y agobiado? Muchas veces, en los audios, utilizo la imagen de «esto de levantar la mano». ¡Levante la mano, levante el corazón quien no vivió alguna vez esa experiencia!, o sea, la de estar afligido y agobiado, cansado. Levantá la cabeza, levantá el corazón si hoy estás así. Hoy todos recibimos una linda noticia en esta Palabra. Jesús recibe a los que están así. Jesús nos invita a acercarnos a él sin promesas y esperanzas baratas, sino que se nos ofrece él mismo, se nos ofrece su corazón.

No te estoy obligando a inventar una aflicción si no la hay. Si realmente no estás afligido y agobiado, si no lo estás, no busques excusas para estar así, sin sentido. Dale gracias a Dios porque te ayudó a llegar a este fin de año con aire, fuerzas y corazón. También fijate que, si no estás agobiado para nada, por ahí también es signo de que no estás trabajando lo suficiente, de que no te estás entregando. El que trabaja se cansa, el que ama también se cansa. Es también una posibilidad, lo normal es que nos cansemos, por una cosa o por la otra. ¿Quién no tiene en su vida alguna aflicción, algún agobio interior? Son cosas distintas, pero es bueno pensar por dónde andamos. En realidad, podríamos distinguir entre agobio y aflicción y explicarlos bien, pero la verdad que no llegamos con el tiempo. Una vez alguien me reconoció (bah, muchas veces) que al principio le costaba muchísimo esos seis, siete y, ahora, ocho minutos de los audios, pero que ahora los disfruta. Por adentro yo pensaba: «¿Qué dirá ahora que los audios duran ocho o nueve minutos?» En realidad, creo que los minutos no importan tanto cuando las palabras son de Dios y son agradables a los oídos.

Pero volvamos a lo nuestro. Si te sentiste identificado con esto de levantar la mano, ya somos dos por lo menos. Y logré lo que quería, que podamos reconocer humildemente, sin quejas ni reproches hacia nadie, que muchos de nosotros andamos así: cansados, afligidos y agobiados por la vida. Porque en el fondo no sabemos manejar las fuerzas, porque no sabemos coordinar y orientar nuestro corazón, porque en definitiva no sabemos descansar en Jesús. Así de sencillo. Afligirse y agobiarse es parte de la vida –hasta te diría que es necesario si amamos–, y es signo de entrega. Cansancio físico que se recupera fácilmente con un poco más de sueño o de vacaciones; pero también a veces cansancio espiritual, psicológico, que es el que más cuesta discernir. Ahora, creo que hay formas y formas de cansarse. Podemos afligirnos y agobiarnos sin estar con Jesús o podemos cansarnos con él, junto a él, y por eso terminar descansando en él. Y esa es la parte más linda que se nos ofrece hoy. Él nos dice: «Yo los aliviaré». Jesús es nuestro aliviador de aflicciones y agobios, de cargas mal llevadas. No es solucionador de problemas mágicamente, sino que él quiere aliviarnos y ayudarnos a encontrar descanso en su corazón.

La lista del porqué nos cansamos y afligimos sería interminable, cada uno tiene que hacer las suyas. Supuestamente nos afligimos y agobiamos por problemas externos: mi marido que está un poco insoportable, mi mujer que se queja de todo y no me entiende, mis hijos que viven en la suya y se olvidan de sus padres, mi trabajo que es agobiante, el tráfico de mi ciudad que no mejora nunca, los malos que nos rodean, el estudio y los profesores que a veces son injustos, la gente que no es tan buena, la mala situación económica, los problemas dentro de la Iglesia y así miles más. Siempre el problema lo ponemos afuera y a veces nos decimos: «Si eso no estuviera, si no estuviera tal persona, yo estaría perfecto». «Él saca lo peor de mí», decimos a veces. Ahora, si pensamos bien, según las palabras de Jesús, ¿no será que el problema lo tenemos dentro de nosotros y no el que está afuera? Lamento darte esta mala pero en realidad buena noticia, porque hoy Jesús nos dice claramente: «Aprendan de Mí que soy paciente y humilde de corazón». Eso quiere decir que para aliviarnos, para que dejemos de estar afligidos y agobiados, Jesús nos propone el remedio de la paciencia y de la humildad.

Por lo tanto, si damos vuelta la moneda, quiere decir que el cansancio del corazón es fruto de nuestra falta de humildad y paciencia, de nuestra ira. Y la solución debe surgir desde adentro, no tanto desde afuera como a veces pretendemos. «No es que te enojás porque estás cansado, sino que, como estás enojado, te cansás», me dijo una vez un monje muy sabio. Como somos soberbios, como no somos humildes, como no somos pacientes, nos cansamos. Es así, nos cansamos porque no queremos llevar el peso de la humildad, o sea, de ser humildes y pacientes. Pesa mucho. Cuesta ser humildes, cuesta tener esperanza, saber esperar, mantener la calma. Es más fácil ser iracundos y ser orgullosos, soberbios; tirar todo por «la borda» y eso a la larga termina cansando el corazón. ¡Es increíble! Jesús no recomienda nada externo: ningún spa, ningún curandero, ninguna práctica rara, ningún enojo, ninguna critica; todo lo contrario, cambiar desde adentro. Luchar para ser pacientes y humildes aceptando la realidad que nos rodea. ¿Te animás? Levantá la mano si hoy querés descansar tu corazón en Jesús. «Jesús, manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo».

 

I Sábado de adviento

I Sábado de adviento

By administrador on 5 diciembre, 2020

Mateo 9, 35-10, 1.5a.6-8

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:

«La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones:

«Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.»

Palabra del Señor

Comentario

Buen día. Espero que tengamos un buen sábado, que terminemos esta semana de la mano, como siempre, de la Palabra de Dios. Terminando estos primeros días del tiempo de Adviento que comenzamos de hace una semana, intentando recorrer este camino tan lindo que nos propone la Iglesia de poder prepararnos verdaderamente para la celebración del nacimiento del Señor; para poder volver a pasar por el corazón esta gracia tan grande que hemos recibido, que el mismísimo Dios se haya hecho hombre por nosotros, que haya nacido en un pesebre, que haya estado en brazos de María y José. Pero también recordemos que es tiempo para mirar hacia el futuro y poner nuestra mirada en nuestra verdadera esperanza; fijar la mirada en aquel que nos da la esperanza, que es Jesús, que algún día volverá. Volverá para juzgar a vivos y a muertos.

Volverá para juzgarnos con misericordia y con justicia, para separar las ovejas de los cabritos: unos a la derecha y otros a la izquierda; simbolizando aquellos que han buscado amar, aquellos que han intentado saciar el hambre y la sed de los demás y, por otro lado, aquellos que se negaron a utilizar los talentos que Dios les dio. Por eso, también es tiempo para revisar nuestra vida, para mirar a Jesús con amor y dejarnos mirar por él y sentirnos amados y de esa manera poder responderle con amor.

Así vamos en esta primera semana. Pero vamos hoy a Algo del evangelio, en donde se nos describen varias cosas, entre ellas, que Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos enseñando. No solo enseñaba, sino que también curaba las enfermedades y las dolencias. Y al mismos tiempo se compadecía de esas ovejas que parecían que no tenían pastor. Por eso, vemos a Jesús que recorre, que sale de él mismo para acercarse a los necesitados, que enseña. Que no solo da cosas, sino que también transmite una sabiduría. Que no solo le interesaba curar los dolores del cuerpo, sino que también le interesaba enseñarle a la gente, enseñarnos a nosotros para que también aprendamos a vivir, a vivir como Hijos de Dios.

La mayor compasión de Jesús está en ver que nosotros a veces o que el ser humano anda así: como ovejas sin pastor, como aquellos que no tenemos guía, que vamos sin rumbo, que solamente oímos las voces que nos desvían de los verdaderos caminos y no la voz de Jesús. ¡Qué lindo que es saber que nuestro buen Jesús siempre nos está hablando en la Palabra, nos está hablando al corazón para que nos demos cuenta de que sin él no podemos! Que si no escuchamos la voz del buen pastor, no podemos seguir adelante. Y para eso Jesús también eligió guías, pastores, «porque la cosecha es abundante pero los trabajadores son pocos».

Hay que rogar para que haya pastores similares, parecidos al corazón de Jesús, que siempre buscó guiar al Pueblo. Esa es la misión de los sacerdotes: hablar y enseñar y compadecerse como lo hizo Jesús. Y por eso convocó a doce discípulos y sigue convocando hoy en día a tantos sacerdotes en el mundo para que puedan vivir y cumplir la misión que Jesús tuvo acá en la tierra, entregándose completamente al Reino de Dios, entregándose completamente a llevar el mensaje del Padre. Y es ahí donde escuchamos, al final del evangelio, que Jesús les dice a sus discípulos: «Vayan. Vayan por el camino, proclamen que el Reino de Dios está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente». Todos de algún modo recibimos esta misión. Es verdad que especialmente está destinada a los sacerdotes, a los pastores, a los consagrados. Pero también podríamos pensar que todos hemos recibido gratuitamente y tenemos que dar gratuitamente. Todos recibimos la Palabra de Dios gratuitamente y por eso todos podemos ser también transmisores, instrumentos, puente entre Dios y los hombres.

¡Qué lindo que es sentirse elegido por Jesús! Que a pesar de nuestras debilidades y nuestros pecados, nos vuelve a elegir y nos dice: «Vayan por el mundo. Vayan y hagan lo que yo hice. Vayan y no se detengan.

Salgan de su comodidad, miren para adelante y vean que la gente necesita de mí, necesita de mi amor».

Dios quiera que todos sintamos este llamado y nos sintamos enviados a llevar la Palabra de Jesús por todos lados.

I Viernes de adviento

I Viernes de adviento

By administrador on 4 diciembre, 2020

Mateo 9, 27-31

Cuando Jesús se fue, lo siguieron dos ciegos, gritando: «Ten piedad de nosotros, Hijo de David.»

Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron, y él les preguntó:

«¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?»

Ellos le respondieron: «Sí, Señor.»

Jesús les tocó los ojos, diciendo: «Que suceda como ustedes han creído.»

Y se les abrieron sus ojos.

Entonces Jesús les exigió: «¡Cuidado! Que nadie lo sepa.»

Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.

Palabra del Señor

Comentario

Solo el deseo genuino y verdadero y profundo de poder ver algún día a Jesús, de poder estar con él, nos mantiene alertas, nos mantiene vigilantes, nos mantiene en vela. Como escuchábamos en el evangelio del domingo anterior: «Estén vigilantes, estén preparados, porque no sabemos ni el día ni la hora». Esto que parece a veces medio terrorífico, en realidad es la invitación de Jesús más linda y más grande: el tener el corazón, de algún modo, despierto para que su amor no pase inadvertido por nosotros; porque a veces estamos tan dormidos. A veces tenemos las esperanzas tan caídas –por decirlo de alguna manera–, tan anestesiadas. Porque en realidad la gran esperanza, que es Jesús, está al lado nuestro y las preocupaciones, las corridas, los deseos pasajeros, que a veces nos colman el corazón y no dan espacio para Jesús, hacen que no nos demos cuenta que Jesús ya está.

En este tiempo de Adviento estamos, de algún modo, preparándonos para la venida del Señor. Pero, en realidad, la liturgia también nos hace darnos cuenta que Jesús ya está, que en realidad tenemos que levantar la cabeza ahora, que en realidad tenemos que disfrutar de su presencia, que en realidad tenemos que estar atentos ahora, en este momento, y no esperar grandes cosas al final. Es algo que tenemos que pedir: «Señor, ayudanos a estar atentos. Ayudanos a darnos cuenta que estás ahora con nosotros, en este momento; que estás ahora, cuando escuchamos tu Palabra, cuando hacemos el esfuerzo por interpretar».

Retomando algo de la esperanza que venimos hablando estos días, podríamos decir que si entendemos la esperanza cristiana como una simple promesa de algo mejor; algo visible, mejor, sería algo así como esa canción, que sonaba en Argentina hace muchísimos años, que decía: «Yo tengo fe que todo va a cambiar». Bueno, la verdad que es una esperanza demasiada chiquita. Por eso, volvamos a lo del otro día: ¿Qué es realmente la esperanza para nosotros los católicos? Seguro que te vas a sorprender con lo que te voy a decir y estoy convencido de que te va a ayudar a abrir los ojos, como a los cieguitos de Algo del Evangelio de hoy.

El otro día decíamos que, en la Palabra de Dios, la palabra esperanza muchas veces es intercambiable con la palabra fe, o sea, quieren expresar muchas veces la misma realidad. El que tiene fe, tiene esperanza y el haber recibido una esperanza, es como una garantía de nuestra fe. No creemos –por decirlo de alguna manera– en el aire, por ingenuos, porque no tenemos otra cosa que hacer, sino que creemos porque tenemos esperanza. No creemos porque «en algo hay que creer». No es que creemos porque «de algo hay que aferrarse», como se dice. Eso es infantilismo en la fe. Creemos porque ya recibimos algo, o sea, recibimos a una Persona. Jesús vino a nosotros. Jesús es nuestra «alegría y nuestra esperanza». Todo esto quiere decir que tener esperanza no es solamente tener paciencia y esperar algo mejor, esperar el Cielo que vendrá, sino que la fe ya en este momento nos está dando algo. Nos da algo de la realidad que esperamos. Nos anticipa el futuro, nos adelanta el futuro. Esperamos a Jesús. Necesitamos verlo, queremos estar con él algún día. Y la fe, la esperanza, ya nos trae al presente, al corazón, ¡lo que anhelamos! Es una gran diferencia vivirlo y pensarlo así. Porque eso hace que no vivamos resignados esperando siempre algo mejor, sino que nos convencemos y alegramos de saber que el Hijo de Dios vino a nuestro mundo haciéndose hombre y sigue viniendo hoy a nuestras vidas (si creemos y tenemos esperanza). Y vendrá además algún día para terminar de colmar nuestras ansias de amor. Por eso, los que tenemos fe, ya tenemos una prueba, una prenda de lo que todavía no vemos. No necesitamos pruebas externas, la prueba está en el corazón del que cree y ve todo distinto.

La pregunta de hoy de Jesús hacia los ciegos nos viene como anillo al dedo, anillo a la fe: «¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?» ¿Creen? ¿Tienen la certeza de que yo puedo darles lo que necesitan? ¿Confían en que mi presencia puede colmar las ansias de felicidad de sus vidas, de sus corazones? Ni siquiera Jesús les preguntó si querían ser curados. En definitiva, les estaba preguntando: ¿Creen que yo soy su esperanza? ¿Creen que yo soy la respuesta a todo lo que les falta?

Empecemos a imaginarnos las miles de preguntas que Jesús puede hacernos hoy: ¿Crees que yo soy el que te puede ayudar a empezar a ver todo lo que ahora no estás viendo? ¿Lo crees? ¿Estás seguro que necesitás ser curado de tu incapacidad de ver tantas cosas que hace que te lleves por delante la vida? ¿Crees que te puedo ayudar a ver la falta de amor que estás teniendo en tu casa con tus hijos, con tu mujer, con tu marido? ¿Crees que te puedo hacer ver lo que podés dar y te guardás por egoísmo?

Hoy el mayor milagro de Jesús no es el de curar ciegos de los ojos, sino el de hacer que los que vemos con los ojos del cuerpo nos demos cuenta que muchas veces no vemos nada con los ojos del alma. El milagro que quiere hacer Jesús hoy, con vos y conmigo, es que empecemos a ver con el corazón, que empecemos a gritar verdaderamente: «Ten piedad de nosotros», para que descubramos que andamos como ciegos ante miles de situaciones que no percibimos. Que hoy nuestro buen Jesús nos abra los ojos. Que hoy creamos que también estamos ciegos y que podemos ver más: que Jesús es nuestra fe, nuestra esperanza y que con él ya tenemos todo lo que buscamos.

I Jueves de adviento

I Jueves de adviento

By administrador on 3 diciembre, 2020

Mateo 7, 21. 24-27

Jesús dijo a sus discípulos:

«No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.

Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande.»

Palabra del Señor

Comentario

Los días pasan, los años pasan, los fines de años pasan. La Navidad se acerca y también pasará. Muchas veces parece que todo sigue igual. Siempre en diciembre por lo menos por estos lados, en el hemisferio sur que ya se termina el año, decimos: «¡Uy, cómo se pasó este año! Un año más. ¡Qué difícil es parar un poco e intentar ser «un poco más dueños del tiempo»! En realidad, dueños de nosotros mismos, porque el tiempo pasa; es lo único que no podemos frenar. Todos andamos corriendo, a veces con despedidas, con comidas, con los egresados, con las compras. Este es un año especial, pero de algún modo siempre andamos así. No sé bien porqué, pero parece que a fines de diciembre todo se termina, parece que se viene el fin del mundo y tenemos que hacer todo junto. Así vivimos a veces. Es extraño, pero todos somos un poco esclavos de esta manera de vivir. No echo la culpa a nadie, en realidad nadie tiene que echarle la culpa a nadie. Porque en definitiva, con más o menos condicionamientos, somos nosotros los que elegimos el modo de vivir en general. Somos nosotros los que tomamos nuestras propias decisiones. Vuelvo a decir: a veces en algunas cuestiones casi que no nos queda otra; pero en general el rumbo de la vida lo vamos eligiendo nosotros mismos, y eso es tan lindo como riesgoso, como responsable. Hay que tomarse las cosas en serio.

Soy de los que piensan, y cada día me convenzo más, de que son más la veces que Dios Padre nos ayuda a «cumplir su voluntad» que las veces que la cumplimos por iniciativa propia o por amor puro. En nosotros debe estar siempre obviamente la disposición, la decisión, pero la ayuda viene de lo alto. «Es Dios el que produce en ustedes el querer y el poder», dice san Pablo. «La esperanza la recibimos como don, viene de Dios», decíamos estos días. Porque la esperanza es Jesús y él es el enviado del Padre. ¿Para qué? Para confiar en él y para poder amarlo como él desea que lo amemos. Ser cristiano, antes que hacer cosas buenas, es aceptar que él es bueno, y que solo él es bueno y que él es el que «hace» la mayoría de las cosas. Y somos nosotros los que humildemente nos plegamos de alguna manera, «captamos» esa «sintonía» de amor que da vueltas por nuestro corazón, y continuamente. Cuando queremos construir nuestra vida de fe como en una especie de «voluntarismo» narcisista, de perfeccionismo, es cuando perdemos la esperanza. En realidad, construimos nuestra propia esperanza, y esta se puede derrumbar en cualquier momento de la vida, con cualquier tormenta, porque nos desilusionamos cuando las cosas no salen como pensábamos. Dejemos que en este Adviento Dios nos muestre su voluntad, su camino, nuestra esperanza.

Algo del Evangelio de hoy es muy gráfico, muy sencillo y nos ayuda a comprender esto. El que construye su vida sobre la «arena» de sus decisiones, de sus proyectos, de sus ambiciones personales, de la «mirada» de los demás, de la cultura del tiempo, sobre su «mirada» de la vida, tarde o temprano termina siendo esclavo de sí mismo. Tarde o temprano termina experimentando la fragilidad de todo lo de este mundo, de todo lo que construyó, porque nuestras esperanzas pasajeras son arena. No son malas, pero son arena en comparación con la esperanza de Jesús. Jesús es roca, es cimiento, es vida. Sus palabras son vida. Son la única esperanza real de este mundo, que muchas veces no sabe para dónde va. Es triste, pero el hilo de las decisiones más importantes que definen el destino de nuestras naciones, de nuestras ciudades, están en manos de personas que pueden ser muy buenas –aunque es difícil encontrarlas–, pero no están ancladas en la Palabra de Dios. Vos pensarás que estoy un poco loco, pero es real. ¿Qué gobernante de este mundo se plantea que sus decisiones tienen que estar construidas sobre la Palabra de Dios? Creo que nadie, o muy pocos. No gana ninguna elección el gobernante que en su plan de gobierno decide poner a Dios y su voluntad en primer lugar. Es muy sencillo, lo votarían muy pocos.

Más allá de las políticas económicas y sociales que se pueden adoptar, cuando la roca en donde se asienta todo no es la verdad, no es la verdadera esperanza, algún día todo se derrumba ante la primer crisis, ante el primer problema, ante los conflictos. La historia de la humanidad es testigo de esto. No hay que ser muy avispado para poder verlo. Todo se viene abajo, tarde o temprano, si no está construido sobre la roca.

En cambio, cuando día a día nos planteamos y nos preguntamos: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? ¿Qué haría la Virgen en mi lugar?, todo va tomando otro color. Nuestra casa-corazón no es tan frágil como parece, no es tan movediza. Es más firme, más duradera, porque ni la muerte puede tirarla abajo. Así lo decía maravillosamente san Pablo: «¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? (…) Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó. Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor».

No importa lo que hacemos únicamente, sino es tan importa cómo lo hacemos, con qué intención y buscando qué. Si tenemos la certeza de que Jesús es nuestra «roca», nuestro todo, nuestro cimiento, nuestra esperanza; aquel a quien esperamos algún día abrazar mientras intentamos vivir sus palabras, mientras deseamos amar como él nos ama, ¿qué importa tanto todo lo demás? ¿Qué importa tanto que las cosas de acá no salgan como esperamos?