Book: Mateo

XIV Martes durante el año

XIV Martes durante el año

By administrador on 6 julio, 2021

Mateo 9, 32-38

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a Jesús un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: «Jamás se vio nada igual en Israel.»

Pero los fariseos decían: «El expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios.»

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Palabra del Señor

Comentario

Retomando la escena del Evangelio del domingo, hay muchas cosas por decir y explicar, porque la verdad que resultaba extraño esto de que a Jesús lo hayan rechazado en su propia tierra, en su propia familia, en su lugar, en su pueblo. Uno podría pensar, casi espontáneamente, que debería haber pasado lo contrario; sin embargo, esta actitud es algo que se repite en la historia de la salvación con los profetas elegidos por Dios, desde el comienzo, pasando por supuesto y finalmente con Jesús, hasta nuestros días, a vos y a mí, porque también somos profetas por el bautismo, como decía Jesús: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa».

Me parece importante, antes que nada, hablar algo sobre lo que es un profeta, porque se tiene una imagen a veces bastante vaga, desdibujada o lejana de la profecía, del ejercicio de un profeta. Justamente una vez, me acuerdo, me encontré una joven del barrio donde estoy yo que desde hacía doce años había recibido la confirmación y ahora se pasó a una Iglesia cristiana evangélica. Esto que de algún modo es moneda corriente en nuestra Iglesia, que a veces parece que no termina de haber pertenencia, no digo lamentable porque las otras iglesias a veces pueden hacer mucho bien, pero sino triste porque es nuestra iglesia y que como Iglesia católica todavía nos puede pasar que no sabemos cómo formar bien en la verdadera fe para que nuestros hijos no se vayan, nuestros hermanos no se vayan. No sabemos cómo hacer para hacer sentir a los fieles parte de una familia que tiene todos los medios necesarios para la salvación y que al irse, sea por lo que sea, se pierden de lo mejor, como por ejemplo la Eucaristía, la confesión. Pero, bueno, ese es otro tema, otro cantar, como se dice.

Me la encontré por la calle y me contó que se había ido a otra Iglesia; no busqué convencerla y contradecirla en ese momento, pero me dijo que se iba a escuchar a unos «profetas» que habían venido de «no sé dónde». Le dije: «¿Sabías que vos también sos profeta? ¿Sabías que por el bautismo todos los cristianos somos profetas?». Me miró muy extrañada, como si le estuviera diciendo algo raro, y me dijo que no sabía. «Sí –le dije–. Cuando nos bautizamos, el sacerdote nos unge con el crisma y nos nombra sacerdotes, profetas y reyes. Eso quiere decir que vos también podés hablar “en nombre de Dios”». Le di la bendición y seguí mi camino. No sé qué habrá pensado después de eso. Vos por ahí también ahora estarás escuchando extrañado o extrañada. ¿Lo sabías? ¿Sabías que sos profeta? Te cuento que vos y yo somos profetas por el bautismo, porque el Espíritu está en nosotros y, si nos dejamos guiar por Él, por la Palabra de Dios, podemos hablar por Él, hablamos en nombre de Dios Padre y a los demás tenemos que transmitirle eso, palabras de Dios, y eso nos puede llevar entonces también, como le pasó a Jesús, al rechazo entre los nuestros, por decirlo de alguna manera.

En Algo del Evangelio de hoy se dice que «Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino de Dios y curando todas las enfermedades y dolencias». Digamos que hacía de todo un poco, pero hacía todo lo necesario, o sea, todo lo que necesita el hombre para vivir mejor: recibir las enseñanzas del Padre, recibir la Buena Noticia y ser curados de lo que nos hace mal, de lo que nos daña el corazón, el alma y el cuerpo. Esa es la Buena Noticia. Esta es la mejor noticia que podemos recibir, una noticia que nos transforma, no solo una noticia que «informa», dejándonos afuera de la salvación, del mensaje, sino que nos hace partícipes.

Una vez, me acuerdo, cuando al final de la misa anuncié que íbamos a hacer una misión por el barrio en el invierno para anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, pregunté si alguien sabía a qué me refería cuando decía «Buena Noticia», un poco para saber qué piensan cuando uno utiliza palabras o frases que parecen obvias pero que no todos la entienden.

Mi amigo Johnny –¿te acordás?– tomó la palabra, como desde hace mucho tiempo no lo hacía, y me dijo: «Sí, padre, quiere decir que Jesús está resucitado y vivo entre nosotros». Fue increíble. La capilla entera se quedó perpleja y todos empezamos casi espontáneamente… Y salió un aplauso con una sonrisa. La verdad es que merecía un aplauso una respuesta tan certera y concisa. Bueno, no sé si debo explicar mucho lo que quiere decir, después de escuchar lo que nuestro amigo Johnny ya explicó tan bien, pero sí vale la pena ahondar un poco más en lo que implica esta linda Noticia que Jesús nos vino a dar.

En el fondo, cuando Jesús proclamaba la Buena Noticia, lo que estaba diciendo de alguna manera, y dicho más sencillo, es: «Alégrense porque Dios ya vino al mundo, porque Dios se está haciendo presente en la tierra. Alégrense porque Yo soy Dios hecho hombre y estoy con ustedes ahora, en este momento». Por eso, no es una noticia más, no es una noticia como las del «noticiero», que vemos en la televisión, esas que escuchamos y después seguimos haciendo, como se dice, «zapping» como si nada, y que después difícilmente nos cambien el ánimo de nuestro corazón, por tanto bombardeo de informaciones que nos saturan. Es la Noticia que vos y yo descubrimos en algún momento de la vida y hoy nos hicieron tomar un rumbo distinto. Es la Noticia que cambió la historia de la humanidad, un antes y un después. Si nosotros no hubiésemos aceptado esta linda Noticia de Jesús, hoy no estaríamos escuchando la Palabra de Dios, hoy no estaríamos sirviendo en la Iglesia, hoy no disfrutaríamos de ayudar a los que más necesitan, no nos alegraríamos tanto al hacer un retiro espiritual, por ejemplo, al reunirnos en un grupo de oración, al visitar un enfermo, a intentar animarlo. Te pregunto y me pregunto: ¿nos alegró alguna vez esta Noticia? ¿Nos alegra hoy?

XIV Lunes durante la semana

XIV Lunes durante la semana

By administrador on 5 julio, 2021

Mateo 9, 18-26

Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá.» Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.

Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: «Con sólo tocar su manto, quedaré curada.» Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado.» Y desde ese instante la mujer quedó curada.

Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: «Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme.» Y se reían de él. Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región.

Palabra del Señor

Comentario

Empezando esta nueva semana, en este lunes, nunca podemos olvidarnos que gracias a la Palabra de cada día muchos de nosotros encontramos nuevo aire para vivir y respirar. La Palabra de Dios es como el aire de los pulmones, es la que oxigena la sangre que corre por nuestras venas para que tengamos vida, vida espiritual, en abundancia. Aunque a veces no la escuchemos con la atención que se merece, aunque muchas veces pensemos que no nos produce nada, ella siempre está ahí para darnos aire, para inflamarnos el corazón. Por eso no empieces, no empecemos este lunes sin escuchar. No empieces este lunes pensando que siempre es lo mismo, no empieces con el ánimo por el piso. Levántate. Confiá en que siempre te puede decir algo nuevo si le dedicás tiempo, si le ponés el corazón.

A mí me sorprende día a día el descubrir cosas nuevas que Dios me dice por medio de su Palabra, y por eso no hay nada peor que acostumbrarse a escuchar, el acostumbramiento nos hace mal, nos hace escuchar sin corazón. La familiaridad mata el asombro. Muchos de los que escuchan día a día estos evangelios me cuentan que los escuchan muchas veces. Incluso si lo sienten necesario, cuanto más tiempo le dedican, más bien les hace. Cuando tengas más tiempo, también es bueno que lo hagas. Yo mismo hay días que me escucho a mí mismo para escuchar mejor, es necesario. Por eso, creo que vos también podés hacer lo mismo. No te canses de escuchar la Palabra de hoy ni la de ningún día. No busques la perfección. Si no podés escucharla con mucha atención, por lo menos ponela de fondo. Lo importante es que no la dejes nunca, que no dejemos nunca a Jesús, que no dejemos jamás de escucharlo, estemos como estemos, nos esté pasando lo que nos esté pasando.

La fe tiene mucho que ver con esto, con la confianza puesta en que Dios eligió lo sencillo y cotidiano para hablarnos. Eso que los paisanos de Jesús, por decirlo de algún modo, del Evangelio de ayer, rechazaron por falta de fe. ¿Cómo es posible que Dios nos hable por medio de un carpintero? «¿No es acaso el carpintero, el hijo de María…?». ¿Cómo es posible que de lo más sencillo pueda salir tanta sabiduría? Bueno… debo decirte que sí. Dios se hizo hombre y, además, pobre y carpintero, todo un «escándalo» para este mundo, para nuestro corazón que pretende muchas veces cosas distintas. ¿Cuánta atención le ponemos a la gente sencilla de este mundo, en comparación con la gente que este mundo considera importante? ¿Pensaste eso alguna vez? No nos compliquemos la vida, no le compliquemos la vida a nuestro buen Dios que justamente vino a hacérnosla más sencilla. Seguiremos con este tema durante esta semana.

Algo del Evangelio de hoy es para disfrutar. Dos grandes milagros que seguramente te suenan conocidos por haberlos escuchado en el Evangelio de Marcos la otra semana, pero si prestaste atención, tiene algunos detalles de diferencia. Dos grandes personas de fe que recurrieron a la fe justamente en momentos donde todo parecía perdido, donde parecía que no había solución. Una mujer que desde hacía doce años estaba enferma y un hombre desesperado pero lleno de confianza, aun cuando su hija ya estaba muerta. Solo una mujer paciente y perseverante puede seguir intentando curarse después de doce años de enfermedad. Solo un hombre paciente y perseverante y lleno de amor puede recuperar a su hija una vez que la vio muerta en sus brazos. En definitiva, solo el amor puede resucitar, solo el amor puede buscar a pesar de que todo parece que está muerto. ¿Vos harías eso? Solo un padre o una madre pueden intentar que su hija reviva aun estando muerta.

Solo el amor puede hacer revivir, como decía, las cosas del corazón. ¡Qué maravilla! ¡Qué ejemplo y ánimo para muchos de nosotros que no sufrimos a veces ni pasamos por una ínfima parte de dolor de la de estas personas de hoy, de tantas personas en este mundo que sufren mucho más! ¡Señor, dame por lo menos una pisca de ese amor! Sé, porque me han contado, que muchos grupos de enfermos escuchan los audios, sé que hay personas que están sufriendo día a día, escuchan estos audios con el Evangelio de cada día. Seguro que son mujeres y hombres llenos de fe, de amor y de paciencia. Ánimo, no desfallezcan, levanten la cabeza y el corazón. Rezamos por ustedes, la Iglesia siempre reza por ustedes, por los enfermos, por los que tiene una especial predilección. Son miles de miles las iniciativas de la Iglesia para con los enfermos, para ayudarlos, acompañarlos, animarlos.

¡Qué lindo que es que el Evangelio de cada día nos una como hermanos!, cada uno en lo suyo, algunos sufriendo, otros rezando por los que sufren y, por qué no, pedirles que recen y ofrezcan sus sufrimientos por los que estamos bien en este momento, los que no tenemos tanta paciencia y perseverancia a veces; eso que en muchas ocasiones da la enfermedad, paciencia y perseverancia, y algún día a todos nos tocará pasar por algo similar. El amor verdadero se alcanza en la prueba muchas veces, en el dolor, casi como una ironía de la vida, pero al mismo tiempo una oportunidad para crecer.

Si ahora estás enfermo, sufriendo en tu cuerpo y en tu alma por algún dolor, esperá, esperá, aprendé a esperar. Pedile a Jesús, a la mujer del Evangelio y al padre de esta niña, que te ayuden a saber esperar y confiar siempre hasta el final, sabiendo que pase lo que pase, aunque algunos incluso se rían de Jesús, como hoy, su amor siempre terminará resucitando y curándolo todo. En cambio, si nuestra vida anda sobre rieles, por decirlo así, pensemos en que no tenemos derecho a ser impacientes; al contrario, disfrutemos y recemos por los que más sufren.

XIII Viernes durante el año

XIII Viernes durante el año

By administrador on 2 julio, 2021

Mateo 9, 9-13

Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» El se levantó y lo siguió.

Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: « ¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?»

Jesús, que había oído, respondió: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Palabra del Señor

Comentario

Jesús siempre nos da más, mucho más de lo que nosotros creemos que necesitamos. ¿Sabías? La mujer con hemorragias, esa que las padecía desde hacía doce años y nadie podía curar, se acercó a Jesús con la certeza de que iba a ser curada de su mal físico, pero jamás se imaginó que Jesús la iba a mirar, devolviéndole la dignidad y la paz del corazón. «Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanada de tu enfermedad”». ¡Qué maravilla! Nosotros a veces solo preocupados por lo exterior, por el cuerpo, y Jesús, que se preocupa y ocupa de todo, tomando todo el corazón y el espíritu. La fe nos salva, nos da paz e incluso puede curarnos de nuestras enfermedades físicas. ¿Quién puede darnos tanto?

Alguien que de hace unos pocos meses había vuelto a la fe, con todo lo que eso implica, me dijo una vez: «Padre, quiero volver a la vida de antes. Ahora sufro más porque mis heridas parece que empeoran, no me sano más, al contrario». Era entendible, eso nos pasa cuando Jesús nos encuentra de adultos, cuando la vida y nuestros pecados nos golpearon demasiado, tanto que incluso preferiríamos vivir anestesiados espiritual y psicológicamente como para no sentir más dolor con tantas heridas viejas. El maligno y nuestra vergüenza nos impulsan a ocultarlas; Jesús, a manifestarlas. Nos mira, nos ama, nos perdona siempre, porque solo así podrán ser curadas, solo así pueden transformarse en bendición para nosotros y para los otros. Solo Jesús puede transformar una enfermedad en un motivo y motor para amar mucho más que antes. Solo el que fue sanado, curado, puede ayudar a sanar y curar a otros.

Cuando nos acercamos a Jesús con fe, como la mujer enferma del Evangelio del domingo, nos llevamos mucho más de lo que imaginamos. Él no se deja ganar en generosidad, él siempre nos da y nos dará más de lo que imaginamos cuando nos entregamos a él, cuando confiamos. Lo físico es pasajero, de hecho, nos podremos volver a enfermar una y mil veces más; en cambio, el perdón, la paz, la salvación del corazón no pueden comprarse en ningún lado, no se pueden negociar con nadie.

De Algo del Evangelio de hoy, las palabras de Jesús nos corrigen de alguna manera. Hoy y siempre sus palabras nos dan un sacudón, muchas veces necesario. No te creas que cada tanto no necesitamos un buen sacudón. Jesús, simbólicamente, sacudía a los fariseos y a los escribas muchísimo, aunque no todos lo quisieron escuchar de corazón. También a nosotros nos puede pasar lo mismo. Él trataba de sacudir la soberbia que llevaban impregnada en el corazón, casi como una segunda naturaleza, pero no podía, incluso se enojaban más con él. En realidad, no sabemos qué pasó con todos estos hombres soberbios, no sabemos si finalmente se convirtieron –eso solo lo sabe el Padre–, pero lo que sabemos es que les encantaba pensar mal, les encantaba mirar mal, les encantaba entender todo mal, por decirlo de alguna manera. Y a Jesús le encantaba, le encanta –me gusta decirlo así– ponerlos en «offside», como se dice en el fútbol.

Jesús los dejaba siempre fuera de juego, con gestos, con silencios, con retos, con miradas, con actitudes. Nunca le pudieron ganar, porque él siempre supo lo que pensaban y lo que querían hacer. Ellos pensaban que tenían todo bajo control y, en realidad, Jesús era dueño y Señor de sí mismo y de todas las situaciones. Se hacía el que «perdía», pero siempre ganaba. Pareció para los demás un fracasado, pero fue el único que ganó y nos ganó para el cielo, para la eternidad con su misericordia.

¿Mirá si hoy Jesús nos deja a vos y a mí en «offside»? ¿No nos vendría bien darnos cuenta que muchas veces andamos jugando adelantados y nos creemos los dueños de la pelota? No está mal, creo yo, quedar a veces «adelantados» cada tanto. Nos ayuda a no olvidar que somos creaturas y que el juego, por decirlo así, no es nuestro, sino que es de él y sus reglas debemos cumplir.

¿No te pasa que alguna vez te enojaste con los que son buenos con otros que parece que no se lo merecen? ¿No te enojaste alguna vez con tu padre o tu madre porque fue bueno o buena con otro de tus hermanos que vos considerabas que no lo merecía, que no lo necesitaba? ¿No te creíste alguna vez con derecho a juzgar qué es lo que tiene o debería hacer tu padre o tu madre o alguna autoridad para con los otros? ¿No te enojaste en tu trabajo porque tu jefe quiso ser generoso con otro que vos pensaste que no lo merecía? ¿No te pasó que alguna vez incluso juzgaste a Dios por esto o por lo otro, por lo que pasa, o por lo que consideramos que hace? ¿Por qué esto o por qué lo otro? ¿No nos pasa eso con Dios Padre, a vos y a mí también, eso de decirle lo que tiene que hacer casi como si fuéramos los jueces del mundo, incluso de él mismo?

Vayamos hoy, te propongo, a aprender la lección que nos deja hoy Jesús; es para todos, para vos, para mí, para los sacerdotes, para los laicos, para todos: «Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Casi que podríamos imaginar que al final de la vida Jesús nos preguntará cara a cara: ¿Aprendiste algo de lo que te dije? ¿Aprendiste lo que significa ser misericordioso como soy yo y no juzgar antes de tiempo? ¿Entendiste lo que te dije o seguís creyendo que tenés razón? Hoy vayamos juntos a aprender esta lección. Vayamos juntos a aprender lo que significa la misericordia. Estemos atentos, se aprende de muchas maneras, en cada momento. ¡Qué lindo que es ver y sentir que a Jesús se le acercan los enfermos, los más necesitados, y que solo él los recibe como se lo merecen! ¡Qué lindo sería que nos sintamos invitados a la mesa del Señor, donde son todos invitados, y que jamás nos creamos sanos del todo!

XIII Jueves durante el año

XIII Jueves durante el año

By administrador on 1 julio, 2021

Mateo 9, 1-8

Jesús subió a la barca, atravesó el lago y regresó a su ciudad. Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.»

Algunos escribas pensaron: «Este hombre blasfema.»

Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: « ¿Por qué piensan mal? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados”, o “Levántate y camina”? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.»

El se levantó y se fue a su casa.

Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.

Palabra del Señor

Comentario

Muchas veces la vergüenza del corazón es la causante de que vayamos desagrádanos poco a poco, perdiendo el tiempo, perdiendo vida, y no la vida del cuerpo, sino la vida del alma. La vergüenza del corazón es la que nos impide mostrarnos tal cual somos frente a Dios, frente a Jesús. Pareciera ser que somos desvergonzados frente a muchas cosas de la vida y, sin embargo, frente a Jesús, la experiencia y el mismo Evangelio nos muestra que no es fácil el abrirse de par en par, el «confesar toda la verdad»; nos da mucho miedo y vergüenza. Hay algo parecido a un temor que nos aleja un poco de Jesús en vez de acercarnos. Sin embargo, el Evangelio del domingo es muy lindo en este sentido, para enseñarnos lo contrario, porque después de que la mujer tocó el manto de Jesús y no quiso decir que había sido ella, la Palabra decía así: «Pero Él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido». Jesús sigue mirando a su alrededor para saber quién fue el que lo tocó, quién fue el que buscó su gracia, su amor, su sanación, no porque no sepa realmente quién era, sino que, en realidad, me parece, pretendía que la mujer se acerque, que la mujer venza su vergüenza y se ponga cara a cara con él y «confiese toda la verdad».

Esa frase («confesar toda la verdad»), me parece a mí, no se refería a una confesión del estilo moral, confesión de pecados –que eran, de alguna manera, ya conocidos por Jesús–, sino algo más profundo, un vencer el temor y la vergüenza frente a Jesús, un no tener miedo frente a él y a los demás de lo que había hecho, que, dicho sea de paso, no había sido nada malo. Sin embargo, reconocer la sanación, era reconocer su enfermedad, y por eso es que a veces incluso nos cuesta reconocer que Jesús nos sanó, porque eso implicaría reconocer que estábamos enfermos. Jesús no quiso y no quiere ser un «milagrero», alguien que solo da algo meramente exterior, sino que quería y quiere más de nosotros, quiere nuestra sanación interior y nuestro corazón, nuestra fe, nuestra paz. Quiere todo. Es por eso que nos quiere ver cara a cara, para que nos sintamos amados, para que salgamos del anonimato, de la masa informe de este mundo y poco a poco su amor incondicional nos vaya sanando y transformando.

Algo del Evangelio de hoy nos puede llenar el corazón de certezas y de alegrías. Así dice la Palabra: «Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: “Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados”». No dice al ver la fe de «ese hombre», del paralítico, sino la fe de «esos hombres». ¡Qué lindo! La fe mueve montañas, pero la fe de a muchos, la fe entre amigos, la fe «de a varios” mueve cordilleras enteras. Podríamos preguntarnos: «¿A quién se refería Jesús con “esos hombres”? ¿A quién se refería?». Suponemos que a los que llevaban al paralitico en camilla, que por otro Evangelio sabemos que eran cuatro y que por la dificultad que tenían para pasar por la multitud que había, lo subieron al techo y de ahí lo bajaron. Sí… así como escuchás. ¡Increíble!

No se puede entender el milagro de hoy, el perdón y el volver a caminar de este hombre si no es por los «camilleros» que llevaban al paralitico. No sabemos si eran amigos o conocidos, pero hicieron lo que el paralítico no podía hacer, ir hacia Jesús. Camilleros o paralíticos, o ambas cosas al mismo tiempo: eso somos a veces en la vida. ¡Cuidado!, porque también podríamos ser de los que no «pueden creer» que Jesús perdone los pecados, que en realidad es el verdadero milagro, el centro del relato. Ojalá que no seamos de esos. Pero… ¡Qué lindo es ser «camillero». ¡Qué lindo también que es estar enfermo y que alguien nos lleve en camilla a Jesús! Enseguida todos se acercaron a Jesús, unos por llevar y otro por ser llevado. Es así. A vos y a mí nos llevaron alguna vez en medio de nuestras parálisis del corazón y otras veces nosotros acercamos a otros que andaban sin poder «moverse» en esta vida. La vida es así, es un ida y vuelta, como decimos muchas veces.

La fe es así, se potencia cuando se da de a muchos, se siente más cuando va acompañada de otros. La fe sana porque nos vincula con otros, nos llena de buenos amigos y grandes corazones.

Por eso debemos dejarnos ayudar por otros si no andamos bien, debemos dejar que otros nos lleven a Jesús cuando andamos rengueando o dolidos, cuando andamos tristes o ensimismados, cuando andamos casi tan paralíticos que nos queremos quedar sin mover, quietos. Por eso tenemos que ver a quién podemos ayudar hoy para acercarlo a Jesús, para que se anime a «dejarse llevar» aunque le de vergüenza. La vergüenza no cuenta cuando se trata de estar con nuestro Maestro. Solo yendo todos juntos a Jesús podremos ser curados y perdonados, o perdonados y curados. La gran curación de nuestra vida es el perdón recibido y dado a los demás, a los que nos ofendieron, porque, en realidad, es la falta de perdón la que nos enferma y paraliza. Hay miles de cristianos paralíticos, que, en realidad, están paralizados por los pecados que cometieron y que sufrieron de otros, por los pecados de otros que no pueden perdonar. No vale la pena quedarse paralítico, vale la pena dejarse perdonar y perdonar.

XIII Miércoles durante el año

XIII Miércoles durante el año

By administrador on 30 junio, 2021

Mateo 8, 28-34

Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino. Y comenzaron a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?»

A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo. Los demonios suplicaron a Jesús: «Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara.» Él les dijo: «Vayan.» Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron.

Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados. Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

Palabra del Señor

Comentario

Retomando Algo del Evangelio del domingo me quedé con la imagen de esa mujer, la que no tenía nombre, esa que podemos también ser vos o yo, esa que padecía desde hacía doce años una terrible enfermedad. Todo un signo. Padecía de hemorragias, o sea, perdía sangre; en lenguaje simbólico, estaba perdiendo la vida. En esos tiempos, desangrarse era perder vida, porque la sangre era la vida, es la vida. Sin ponernos a pensar en detalles de la enfermedad, lo importante creo que es esto, que nuestra mayor enfermedad es la de «ir perdiendo la vida del alma, del corazón», es ir desangrándonos espiritualmente, por muchas razones.

Podemos andar o pudimos andar muchísimo tiempo por la vida intentando encontrar sanaciones a nuestros problemas en diferentes lugares, en diferentes médicos, aceptando distintas recetas espirituales, y, sin embargo, seguir desangrándonos por dentro, seguir perdiendo la vida del corazón. Es triste, pero puede pasarnos, nos pasa, y siempre bajo apariencia de bien, creyendo que hacemos bien en recurrir a cualquier cosa, menos a Jesús. Pero no es para amargarnos. El tiempo nunca es perdido cuando finalmente encontramos a Jesús. Para esta mujer, los doce años fueron una eternidad, pero cuando se encontró con él, todos esos años valieron la pena, todo vale la pena cuando al final del camino o en el camino nos encontramos con Jesús, nos mira y nos puede decir: «Hija, Hijo, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanado, sanada de tu enfermedad».

En Algo del Evangelio de hoy, se nos da un indicio de lo que muchas veces pasa en este mundo: Dios es muy bueno, Jesús es un lindo y atrayente personaje hasta que «toca», por decir así, algo que para el mundo tiene un gran valor, como por ejemplo el dinero y todo lo que representa. En este mundo impera la dictadura del número y el número queda sujeto al interés de algunos, y es por eso que para solventar el interés de algunos pocos es necesaria a veces la corrupción. Algo así sufrió Jesús ese día.

Vamos a la escena de hoy en la que hay varios personajes; por supuesto que Jesús, los endemoniados, los demonios, los cuidadores y, finalmente, los pobladores de la ciudad. ¿Qué se esperaría cuando se escucha una buena noticia sobre el bien que se le hizo a unas personas? Lo lógico sería escuchar alegría y agradecimiento. Sin embargo, dice el Evangelio de hoy: «Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio». Si lo echaron a Jesús de la ciudad, el sentido común nos indica que muy contentos con lo que había pasado, con lo que había hecho no estaban. ¿Cuál fue entonces su problema? Los cerdos. La comida. En el fondo, la pérdida económica. Dos personas liberadas de esos demonios no valían tanto como los cerdos que se ahogaron, como lo valía su propia comida. ¿Te das cuenta? ¿Te parece muy raro? No te creas, es más común de lo que imaginamos. Se da continuamente en las estructuras de este mundo que privilegian el poder y el tener, sobre las personas y, especialmente, sobre las más indefensas; se da en tu trabajo cuando eligen echarte por considerarte un número y haber dicho la verdad, por ejemplo; se da cuando un jefe prefiere pagar menos a sus empleados para ganar más de lo que su vida le da para gastarla; se da cuando un empleado también no es honesto y no cumple con su deber y usa de su trabajo para su provecho; se da cuando se prefiere matar a miles de niños inocentes por un supuesto amor a la vida de la madre; se da cuando preferimos no jugarnos por nada y callarnos, mientras nuestra voz podría hacer de este mundo algo mucho más justo; echamos a Jesús de nuestra «ciudad», del corazón, cuando es incómodo, cuando su amor y su poder de transformar, nos invitan a jugarnos por los que están fuera de la sociedad, como estos dos endemoniados; echamos a Jesús de nuestro corazón cuando preferimos amarlo menos y amar más unos billetes que nos darán un poquito de felicidad; echamos a Jesús de nuestra vida cuando vemos corrupción y somos cómplices por conservar nuestro lugar, olvidándonos de la corrupción que mata a miles de personas; amamos menos a Jesús cuando por no «perder» nuestra posición dejamos que los demás se «ahoguen» en su posición, como decía san Alberto Hurtado.

Amar a Jesús es concreto y real. Se juega en las decisiones que tenemos que tomar hoy, en las decisiones que nos invitan a ser, antes que nada, justos y después también caritativos. Estos endemoniados merecían otro lugar, otro trato, mucho más digno. Hay mucha gente en este mundo que merece otra cosa y, antes que ser buenos con ellos, antes que ser caritativos, tenemos que luchar para que reciban lo justo. Es fácil ser bueno y caritativo con lo que nos sobra y sin lograr la verdadera justicia. Es fácil para el Estado hacer asistencialismo y supuesta inclusión con dinero que no es de ellos. Es fácil dar cosas para parecer «solidario» por dar algo. Lo difícil es ser justo. En este mundo, vos y yo, muchas veces nos sale ser buenos hasta que nos tocan el bolsillo. Y la fe, Jesús, su amor, tarde o temprano nos toca el bolsillo para aprender a jugarnos por el bien, por la verdad y también por la justicia.

Amemos a Jesús no solo de palabra, sino con obras y de corazón. No hagamos como estos pobladores que por avaros echaron a Jesús de sus vidas y se perdieron de lo mejor, por unas monedas.

Solemnidad de San Pedro y San Pablo

Solemnidad de San Pedro y San Pablo

By administrador on 29 junio, 2021

Mateo 16, 13-19

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»

Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas.»

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»

Palabra del Señor

Comentario

Sería lindo que, en esta solemnidad tan importante de San Pedro y San Pablo, en la que celebramos a estos grandes hombres que representan las columnas de la Iglesia, los cimientos (por eso en la plaza de San Pedro, si alguna vez fuiste o miraste alguna imagen, están ellos ahí, como custodiando el gran Templo de la Cristiandad, San Pedro y San Pablo), sería lindo que dejemos que Jesús nos haga la misma pregunta que les hizo cara a cara a los discípulos en Algo del evangelio de hoy. La que también, de alguna manera, le dijo a San Pablo: “¿Por qué me persigues?” Por qué no dejar que en esta nueva oración de este día, en esta oración nuestra, o durante el día, Jesús nos diga: “¿Quién decís que soy?” ¿Quién dicen que soy? ¿Qué soy para vos? ¿Quién crees que soy? o ¿Qué pensás que soy? Esta es la pregunta más profunda que podemos hacernos y que todos tenemos que hacernos en algún momento de la vida, por más cristianos que seamos. O volver a hacérnosla si es que ya nos la hicimos alguna vez. Podemos andar caminando tras de Jesús, decir que lo amamos, que somos sus discípulos desde hace mucho tiempo y, sin embargo, nunca habernos hecho esta pregunta tan importante, tan fundamental. O vos, que acabás de volver a la iglesia, que te sentís encendido después de tanto tiempo o que volviste a tus raíces que habías olvidado por las cosas de este mundo, pregúntate: ¿Quién es Jesús para vos? ¿Quién es? Para crecer en la vida, para crecer en la fe, no solo hay que saber responder, sino más bien saber preguntar. No crece aquel que no sabe preguntarse, preguntar.

Es la pregunta a la que respondió Pedro gracias a una revelación de lo alto. Pedro fue el primero en “confesar la fe”. Y la fe viene de lo alto, no te olvides. Es regalo de Dios, aunque tenemos que aceptarla. “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae” dijo Jesús. ¿Te acordás? Quiere decir que la certeza profunda sobre quién es Jesús solo puede venir del Espíritu Santo. Así lo dice el mismo San Pablo: “Por eso les aseguro que nadie, movido por el Espíritu Santo de Dios, puede decir: «Maldito sea Jesús». Y nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo.” ¿Por quién estás impulsado? ¿Qué salen de tus labios, qué palabras salen de tus labios?

En definitiva, al final de cuentas, la fe, tener fe es confesar, es creer, confiar que Jesús es el Hijo de Dios, que Jesús es Dios, es el Dios hecho hombre, por vos y por mí. Se puede usar la palabra fe para tantas cosas, incluso muy vulgares y cotidianas, como para decir: “Tengo fe que esto o lo otro va a salir bien, que me va a ir bien en un examen, lo que sea”. Sin embargo, para la palabra de Dios, para un cristiano, “tener fe” es otra cosa. Es algo mucho más profundo que olvidamos muchas veces los que decimos tener fe.

Parece obvio para nosotros que creemos, pero no era fácil para los que estaban con Jesús. No es fácil para aquel que no recibió el don del Espíritu Santo, o que lo recibió y no supo cuidarlo. Porque creer que existe Dios, la verdad, que es cosa de muchos; creer que Jesús es Dios no es cosa de tantos, y vivir lo que Jesús enseñó es cosa de pocos.

Tiene fe verdadera, tiene fe plena y madura aquel que cree que existe Dios, aquel que cree que Jesús es Dios, y le cree lo que dice, y aquel que vive lo que Jesús enseñó. Así se llega a la madurez de la fe. No te olvides de esta escalerita.

Por eso dice la liturgia de hoy que fue Pedro el primero en “confesar la fe” y el encargado de mantener la unidad en la fe. Nosotros creemos por gracia de Dios, y gracias a Pedro, a Pablo, a todos los apóstoles y a la Iglesia que nos transmitió la fe a lo largo de tantos siglos con tanto amor y tanto coraje, dando la vida incluso; con tantas falencias y pecados, como los tuyos y los míos. Pero, sin embargo, la fe llegó hasta nosotros. ¿Cómo estamos viviendo nuestra fe? ¿Qué clase de cristianos somos, a veces tan tibios y perezosos? Por eso, no se puede pensar en un Jesús sin Iglesia y en una Iglesia sin Jesús.

Esa es una falacia muy extendida hoy en día, que no termina llevando a buen puerto, o termina dejando una fe muerta, desconectada con la verdad del evangelio.

Por otro lado, dice la liturgia de hoy: “Pablo fue el insigne maestro que la interpretó” y el gran propagador de la fe. Grande Pablo, cómo te queremos. Pablo es el que nos enseña que la fe es para pensarla, que se puede usar la cabeza y creer con razones. También nos enseñó que es lucha, es gracia, es don. Pero es respuesta continua y combate diario, así lo decía: “He peleado hasta el fin el buen combate de la fe. He peleado hasta el fin, concluí mi carrera, conservé la fe”.

En la vida luchamos por tantas cosas ¿no?, para alcanzar nuestras propias metas. Sin embargo, una sola es la más importante, “conservar la fe”. Conservar esta certeza de que Jesús es el Hijo de Dios, es el rey de reyes que vino a salvarnos, a darnos la verdadera vida. Cuidar la fe, cuidar el don que recibimos, es lo mejor que podemos hacer en medio de un mundo que nos ataca por todos lados, se nos burla y se nos ríe. Tenemos que cuidar la fe, luchar contra todo lo que quiere desviarnos y “hacernos creer” que no vale la pena, que es todo lo mismo, que alcanza con ser un “poco” bueno, que se puede vivir igual sin fe y tantas cosas más, que diariamente escuchamos por ahí.

Hay que pelear este lindo combate para vivir la alegría de tener fe, de creer que Jesús es el Hijo de Dios. Es lindo luchar por llegar al fin del camino, sabiendo que “el Señor estuvo a mi lado- dice San Pablo- dándome fuerzas” y que “el Señor me librará de todo mal y me preservará hasta que entre en su Reino celestial”.

Que tengamos un buen día. Que afirmemos nuestra fe en Jesús y en la Iglesia que él fundó y nos dejó para que podamos conocerlo y sigamos creciendo cada día en el camino de la confianza. “¿Quién decís que soy?” Dejemos que hoy Jesús nos pregunte a todos: ¿Quién decís que soy para vos?

XIII Lunes durante el año

XIII Lunes durante el año

By administrador on 28 junio, 2021

Mateo 8, 18-22

Al verse rodeado de tanta gente, Jesús mandó a sus discípulos que cruzaran a la otra orilla. Entonces se aproximó un escriba y le dijo: «Maestro, te seguiré adonde vayas.»

Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.»

Otro de sus discípulos le dijo: «Señor, permíteme que vaya antes a enterrar a mi padre.»

Pero Jesús le respondió: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.»

Palabra del Señor

Comentario

Podemos pedirle al Señor en este lunes, en este nuevo comienzo, que su Palabra dé sentido y dirección a nuestra vida, y que sepamos mirar para adelante, mirar este día que tenemos por delante. No sabemos lo que pasará mañana. No importa tanto lo que pasó ayer, porque sabemos que hoy Dios Padre nos presenta una nueva oportunidad para amar, una nueva oportunidad para apostar otra vez por lo que hacemos cada día para hacerlo mejor, para hacerlo bien, para hacerlo con amor.

El Evangelio de ayer, del domingo, fue una maravilla, un deleite para seguir degustando, aunque no nos alcance la semana. Voy a tratar de despuntar algunos detalles para que nos siga ayudando.

Ante la verdadera necesidad, en los momentos donde parece que nadie nos puede ayudar, en esos momentos donde –como decimos– «se toca fondo», es ahí donde Jesús le encanta aparecer, aunque sepamos que él está y estará siempre. En estos momentos su presencia es especial. Algo de eso se vislumbraba en la escena de ayer con estos dos milagros de la vida encadenados, el de la mujer y el de la niña de doce años. Finalmente, la Palabra nos enseña que solo es Jesús el que nos devuelve la dignidad y la vida, la sanación y la vida del corazón enfermo y moribundo. El mundo y sus promesas nos pueden pintar un mundo de espejitos de colores, pero cuando las «papas queman», como se dice, será Jesús el que nos ayude, el que nos salve, el que nos dé la paz del corazón que vos y yo tanto anhelamos y necesitamos. Eso nunca lo olvides.Tanto la mujer excluida por su enfermedad como Jairo, este hombre importante de ese tiempo, ambos acuden a Jesús, al único que podía darles lo que necesitaban y mucho más. Seguiremos con esto en estos días.

De Algo del Evangelio de hoy, lo primero que me sale decir es que el Señor nos llama a la libertad. Él quiere que salga de nuestro corazón el deseo de seguirlo; no es una exigencia vacía, impositiva, es una exigencia que debería brotar de un corazón atraído y enamorado. Por eso, si no tenemos en cuenta esto de las llamadas «exigencias evangélicas», las exigencias para seguir a Jesús parecen totalmente descabelladas, exageradas. ¡Cómo es posible que el Señor exija tanto! Bueno, el Señor, en realidad, exige al que quiere, al que se anima más; él nos invita, y lo dice así: «¿Querés? ¿Querés seguirme? Bueno, si querés, seguime, Yo te cuento cómo es. Si querés, seguime, y te cuento que los zorros y las aves tienen sus lugares; pero Yo como Dios hecho hombre vine al mundo y fui rechazado, no me tuvieron en cuenta, no me comprendieron, no tengo un lugar donde cobijarme, humanamente hablando». Esto es como si nos dijera también algo así: «Bueno, si querés seguirme, no pienses que seguirme a mí será una posición especial, con unas comodidades distintas, tanto afectivas como materiales; seguirme a mí es estar un poco a la intemperie, es estar a veces bajo el sol, bajo la lluvia de las cosas que nos pasan en este mundo y no todo es como nosotros a veces queremos, como deseamos».

Pero, al mismo tiempo, esa entrega es la que nos dará la felicidad en la medida que aceptamos esta exigencia de Jesús, pero si lo hacemos con libertad, eso es lo fundamental (la libertad, la libre elección), sino nada tiene sentido. Me animo a decir que, por no comprender de fondo esto, muchas veces equivocamos el camino de la evangelización, y hay tantos cristianos que en realidad no quieren serlo, incluso rechazan el serlo, porque sienten que muchas cosas les fueron impuestas desde afuera y no las asimilaron.

«Señor, te quiero seguir a donde vayas». «Bueno, nos dice Jesús, Yo te cuento un poco cómo es: “No pensemos que la vida cristiana es todo como nosotros creemos”». También hoy Jesús dice esta frase que parece tan dura: «Deja que los muertos entierren a sus muertos». Pero podríamos preguntarnos: «¿Y él hoy a qué se refiere con esto?». Se refiere, en realidad, a que no tenemos que dilatar su llamado una vez que lo descubrimos y aceptamos.

Si nos decidimos a seguir a Jesús, si nos decidimos a amarlo, a llevar una vida de oración, a fortalecer nuestra vida espiritual, a tener un apostolado, a hacer el bien, a hacer silenciosamente todo lo posible para amar a Jesús y a los demás, especialmente a los que más sufren, entonces no tenemos que tardar, no tenemos que decir: «Bueno, tengo que hacer algunas cosas antes». Ese es el sentido de la frase: «Deja que los muertos entierren a sus muertos». Este hombre, en el fondo, pretendía volver a su casa y vivir con su padre hasta que muriera. ¡No! El Señor le dice: «Vení conmigo, vení conmigo porque, si me amás a mi, vas a amar mejor todas tus realidades: tu familia, tus amigos, tu trabajo, todo».

Si el Señor está primero en nuestra vida, «todo lo demás vendrá por añadidura». Si el Señor está primero, todo lo demás se ordena y se acomoda. Si el Señor está primero en tu vida, vas a amar de manera más pura y más sana todas tus realidades, todo lo que él mismo te dio y no te pide que las rechaces.

Ojalá que la Palabra de este día nos ayude a animarnos a seguir al Señor, si es que queremos, si queremos. El Señor nos dice: «Si querés seguirme, seguime». Nunca te olvides que la vida cristiana es una vida de libertad, no de obligación ni de imposición, sino de libertad que brota de un corazón enamorado.

XII Sábado durante el año

XII Sábado durante el año

By administrador on 26 junio, 2021

Mateo 8, 5-17

Al entrar en Cafarnaún, se acercó a Jesús un centurión, rogándole: «Señor, mi sirviente está en casa enfermo de parálisis y sufre terriblemente.» Jesús le dijo: «Yo mismo iré a curarlo.»

Pero el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque cuando yo, que no soy más que un oficial subalterno, digo a uno de los soldados que están a mis órdenes: “Ve”, él va, y a otro: “Ven”, él viene; y cuando digo a mi sirviente: “Tienes que hacer esto”, él lo hace.»

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «Les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe. Por eso les digo que muchos vendrán de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos; en cambio, los herederos del Reino serán arrojados afuera, a las tinieblas, donde habrá llantos y rechinar de dientes.» Y Jesús dijo al centurión: «Ve, y que suceda como has creído.» Y el sirviente se curó en ese mismo momento.

Cuando Jesús llegó a la casa de Pedro, encontró a la suegra de este en cama con fiebre. Le tocó la mano y se le pasó la fiebre. Ella se levantó y se puso a servirlo.

Al atardecer, le llevaron muchos endemoniados, y él, con su palabra, expulsó a los espíritus y curó a todos los que estaban enfermos, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: Él tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades.

Palabra del Señor

Comentario

En este sábado, podemos hacer el intento tomando la imagen que venimos desmenuzando del Evangelio del domingo, esa imagen de la tempestad calmada por Jesús, esa imagen llena también de gestos, de situaciones que nos decían tantas cosas: los discípulos atemorizados, los discípulos llenos de miedo; el agua que sobrepasaba la barca; Jesús durmiendo y parecía que no le importaba; los discípulos increpando al mismo Jesús, pidiéndole que los ayude; Jesús despertándose, preguntándoles «¿por qué que tienen miedo? ¿Cómo que no tienen fe?». Bueno, te habrás dado cuenta que son un montón de situaciones que nos pueden seguir ayudando en este sábado a preguntarnos también cómo estamos viviendo la fe, porque –como te digo siempre– no hay que olvidarse que esta escena es algo que se repite y se está repitiendo continuamente en la vida de cada uno de nosotros. Como todo el Evangelio, que finalmente es para vivirlo, es para experimentarlo en carne propia; bueno, en carne propia a veces nos toca vivir estos vendavales.

¿Cómo estamos saliendo de estas situaciones? ¿Increpamos a Jesús? ¿Le pedimos que nos muestre su poder? ¿Le decimos todo lo que nos molesta al ver que está dormido mientras todo se viene abajo? ¿Le abrimos el corazón? ¿Le pedimos ayuda ante nuestras dudas? ¿Afirmamos nuestra fe una vez más en su presencia? ¿Cómo obramos? Porque acordate que también cómo salimos de las crisis es un signo de cómo estamos parados en la fe. Cuando una crisis nos lleva a no buscar a Jesús, a hundirnos un poco más, a aislarnos del amor de los demás y de incluso la comunidad de la Iglesia, es porque nuestra fe no está bien afirmada. En cambio, cuando sabemos acudir a Jesús, cuando le pedimos ayuda en el momento oportuno, cuando buscamos amigos y amigas que nos escuchen para poder salir adelante, es un signo de que nuestra fe finalmente nos lleva a abrirnos a los demás; ese es un signo de que nuestra fe está madura y que no se encierra y que busca el apoyo humano, que finalmente es el modo más claro que tiene para manifestarse el amor de Jesús. Bueno, que este sábado nos ayude, de algún modo, a hacer ese repaso espiritual, de cómo estamos viviendo nuestra fe o cómo vivimos las crisis en nuestra fe.

Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy. Podríamos decir que en esta escena, en realidad un conjunto de escenas, Jesús se la pasó curando, se la pasó sanando; primero, a ese sirviente que estaba enfermo de parálisis y sufría terriblemente; después, a la suegra de Pedro y, finalmente, al atardecer también a muchos endemoniados. Jesús sanó, curó y expulsó demonios, lo mismo que quiere seguir haciendo en este día en tu corazón y el mío. Porque vos y yo también a veces estamos enfermos y sufrimos terriblemente. Sufrimos las consecuencias de nuestras debilidades, sufrimos las consecuencias de la falta de amor y de un mundo que no sabe amar, hosco de amor, a veces austero de amor; no quiere abrir su corazón de par en par y, bueno, tenemos que aceptar que nosotros también estamos en este mundo. Somos víctimas y también, al mismo tiempo, hacemos sufrir a los otros por nuestra falta de amor.

Pero quería quedarme hoy con la figura de este centurión, este hombre pagano. Pongámonos en contexto. Este centurión era un soldado romano, por lo tanto, no era del pueblo de Israel, no era de aquellos que se llenaban la boca diciendo que tenían fe en el único Dios verdadero, en el Dios del pueblo de Israel, en aquel Dios que los había salvado y que enviaría un Mesías. Nada que ver. Sin embargo, Jesús lo elogia a él, lo elogia a ese hombre que seguramente todos pensaban que no tenía fe. «No he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe». «No soy digno de que entres en mi casa; basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará». ¡Cuánto para aprender, Señor! ¡Cuánto para aprender de este hombre, aparentemente sin fe para los ojos de los hombres, pero lleno de fe para los ojos de Jesús, para el corazón de Jesús que sabe ver donde nadie veía! Nunca juzguemos por las apariencias, nunca juzguemos la fe de los demás, nunca nos creamos tan seguros como para decir que nosotros tenemos fe y los demás no.

¡Señor, danos la gracia de sentirnos necesitados para que puedas tomar nuestras debilidades y cargarlas como quisiste cargar las debilidades y pecados de toda la humanidad! ¡Señor, yo tampoco soy digno de que entres en mi casa, pero basta una palabra tuya para que puedas sanarme! Que yo pueda decirte esto y que realmente lo crea como una verdad.

XII Viernes durante el año

XII Viernes durante el año

By administrador on 25 junio, 2021

Mateo 8, 1-4

Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud. Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: «Señor, si quieres, puedes purificarme.» Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado.» Y al instante quedó purificado de su lepra.

Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio.»

Palabra del Señor

Comentario

¡Bendita duda, bendito miedo que finalmente nos hace descubrir que Jesús es el que tiene el poder con su Palabra! Algo de eso experimentaban los discípulos en esa linda escena del Evangelio del domingo, en donde después de dudar, después de temer, de incluso increpar al mismo Jesús diciéndole: «¿No te molesta que nos hundamos?». A partir de ahí experimentan y se quedan asombrados por el poder de la Palabra de Jesús que finalmente calma todo. Bueno, bendita duda, bendita crisis, bendito miedo que a veces nos hace experimentar que el único que tiene poder para calmar nuestro corazón, que a veces está abrumado por el pecado y por las dificultades, por los dolores de la vida, es Jesús con su Palabra. Solo él tiene el poder y la fuerza de calmar todo lo que nos abruma. Por eso cuando estemos en crisis, cuando dudemos, cuando nos sobreviene el miedo, volvamos a mirar a Jesús que está siempre en la popa de nuestro barco. Siempre está en algún rincón de nuestro corazón mostrándonos su presencia, pero que nosotros a veces por la ceguera y por la intranquilidad y por falta de confianza no llegamos a ver, pero él está ahí, siempre presente. Acudamos a él una y mil veces más para pedirle que calle las tormentas de nuestra vida, las tormentas de este mundo que a veces parece hundirlo todo. ¡Señor, gracias por increpar con tu palabra las tormentas y los vientos de esta vida que nos abruman y nos dejan a veces sin palabras! Solo tu Palabra tiene el poder, solo tu Palabra es vida y nos da la Vida eterna.

En Algo del Evangelio de hoy, vemos que Jesús baja de la montaña. ¿Te diste cuenta? No es un detalle así nomás. Terminamos el sermón del monte que nos llenó el corazón de tener deseos de ser Hijos de Dios. Pero ahora hay que bajar al llano y experimentar la normalidad de la vida, lo cotidiano, lo de cada día. Tenemos que bajar a vivir lo que escuchamos, no podemos quedarnos únicamente en escuchar. «No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo». ¿Te suenan estas palabras? Así terminaba Jesús este gran discurso que nos llenó el corazón de vida.

Pero hoy se le cruza por el camino un leproso, un hombre enfermo y solitario. La enfermedad lo había dejado solo, lo habían despreciado y por eso vivía así, a las afueras de la ciudad.  Nadie quiere estar con un leproso, solamente aquel que quiere amar. Nadie quiere acercarse a aquel que puede contagiar semejante enfermedad, como a veces nos pasa a nosotros, ¿no? Pensemos en lo que estamos viviendo hoy. Pero Jesús baja al llano, al llano de la vida, se pone a la par, se mete en medio del lío de este mundo, de aquellos que todos desprecian, de aquellos que son descartados. Se mete en tu vida y la mía para encontrarse con vos y conmigo, incluso con los que nadie quiere encontrarse. Se mete en el llano, en el barro, en la lepra, en la enfermedad, para que dejemos de tenerle miedo a Dios y nos demos cuenta que solo él es Padre. Dios es Padre y puede curarnos, consolarnos, sanarnos, quitarnos el miedo, animarnos, levantarnos, corregirnos y todo lo que necesitamos para vivir mejor de lo que estamos. ¿Quién dijo que Dios es un problema para nosotros? ¿Quién te dijo que Dios es alguien malo y que castiga? ¿Quién te dijo que acercarse a Jesús es de raros y de locos? ¿Quién te hizo escaparle a Dios por seguir tu propio proyecto? Mejor no le echemos más la culpa a nadie, porque, en realidad, nosotros a veces somos los primeros culpables, los que dejamos que los miedos de nuestro corazón nos ganen. El miedo finalmente a no ser amados.

«Señor, si quieres, puedes purificarme». ¡Señor, quiero decirte esto hoy desde el fondo de mi corazón! Digámosle: «Señor…» Decile también vos, con tus propias palabras. Decile: «Jesús, Señor, si quieres, puedes purificarme». Si quieres, si podés… ¡Qué humildad la de este pobre hombre tan necesitado! «Si querés, podés», le dijo. Te dejo, Señor.

Te dejo que hagas lo que vos seguramente querés hacer y yo tantas veces no dejo por creerme que no lo necesito. ¡Señor, te dejo que actúes en mí! Que hagas lo que ninguna terapia, ninguna medicina alternativa, ningún curandero, ningún «arte de vivir», ningún «pare de sufrir» puede lograr, solamente Vos. Sanarnos y purificarnos de la mayor de las enfermedades, de la madre de todas las enfermedades, que es nuestra «lepra interior», que deforma nuestro órgano más vulnerable y sensible, que es el corazón.

¡Señor, hoy dejo que me purifiques, te lo digo con el corazón! Me postro para que me purifiques si querés. Dejo que hagas lo que tantas veces impedí que hagas, por creerme autosuficiente, por estar subido al caballito de mi ego, por mirar a los demás desde arriba pensando que yo podía solo, por no dejarme amar, por amar a mi manera, por dejarme invadir por la avaricia de este mundo. Yo lo quiero, Señor. Te lo digo en serio, yo también lo quiero y te lo pido. ¿Vos, que estás escuchando ahora, lo querés y se lo pedís? Seguro que los dos queremos escuchar estas palabras de Jesús al corazón: «Lo quiero, quedan purificados».

Enviale hoy este audio a alguien que creés que necesita ser curado de la lepra, de esa enfermedad que todos padecemos. No tengas miedo a ser instrumento del amor de Jesús.

XII Miércoles durante el año

XII Miércoles durante el año

By administrador on 23 junio, 2021

Mateo 7, 15-20

Jesús dijo a sus discípulos:

Tengan cuidado de los falsos profetas, que se presentan cubiertos con pieles de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los reconocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos.

Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán.

Palabra del Señor

Comentario

Retomando Algo del Evangelio del domingo podríamos decir que es lógico dudar en medio de la tempestad, es lógico tener un poco de miedo como les pasó a los discípulos. Lo que nos quiere enseñar Jesús que no es lógico, teniendo en cuenta la certeza de su presencia, es que incluso nos enojemos con Dios, con él, como cuando los discípulos le dicen: «¿No te importa que nos hundamos?», como reprochándole. En el fondo, ese es el gran pecado que podemos cometer: no darnos cuenta que él siempre está y que no nos vamos a hundir estando con él. Ese fue el error de los discípulos. Por eso, como te decía ayer, no está mal dudar, es parte de nuestra vida, es parte de la fe. Lo que está mal, en definitiva, es no confiar en que Jesús está, aunque está dormido o parece que lo está.

Creo que si en alguna época desde la Iglesia nos excedimos en presentar una imagen de Jesús casi exclusivamente desde el sufrimiento, la renuncia, hoy casi que nos fuimos para el otro lado, parece que nos da miedo hablar de las dificultades, de lo que implica seguirlo, del sacrificio, del no, de la renuncia, de la entrega para poder alcanzar algo más grande. Es común que pase eso, pasa en todos los ámbitos de la vida, y es así que como que el mundo digamos que es, de algún modo, como un péndulo, va de un lado para el otro. Solo el Evangelio y su interpretación correcta nos enseñan el verdadero equilibrio de la fe y de la vida, que no pasa por no jugarse por nada, por ser neutral como algunos piensan y pregonan, con quedar bien con todos, sino con la verdad, con la verdad que implica la tensión entre los dos extremos, la unión de los opuestos, la primacía del amor, pero de un amor verdadero.

Hoy podríamos preguntarnos: «¿Quiénes son los falsos profetas que menciona Algo del Evangelio de hoy?». Porque hoy escuchamos de todo y por todos lados. La globalización y la tecnología nos ayudó a tener acceso a cientos de miles de cosas que hasta hace unos años ni imaginábamos, con todo lo bueno pero no olvidemos lo malo que eso puede tener, y, al mismo tiempo, permitió que cualquier persona pueda acceder a difundir sus ideas, sus pensamientos, y eso en principio no es malo. Ahora, el problema es que cuando esas ideas o enseñanzas no son verdaderas, hacen mucho mal. Vivimos en el supuesto mundo de la libertad y de la no discriminación, de la aceptación de todo casi sin discernimiento, en todos los sentidos, y eso también pasa en el mundo de la fe. Y es así como algunos transformaron la fe o quieren transformarla en una oferta más de las tantas que hay. «Al final todo es lo mismo», «si en definitiva es el mismo Dios», dicen por ahí; «mientras le haga bien… está bien». Son unas de las tantas frases que podemos escuchar hoy en nuestra vida. Ahora, ¿esto es verdad? ¿Esto puede ser siempre verdad?

Bueno, ¿pero quiénes son los falsos profetas de hoy? Sencillamente los que no predican a Jesús tal como es, tal como él quiso presentarse, tanto para un lado como para el otro, como decíamos al principio. Los que se predican a sí mismos y, más que lograr que sigan a Jesús, logran que los sigan a ellos, y por eso la gente puede fanatizarse y juzga al que habla de Dios, por su afecto, lo juzga por si le gustó lo que dijo o no, y no por si es fiel o no al Evangelio de Jesús. ¿Quiénes son los falsos profetas? Los que anuncian cosas falsas, pero que al oído suenan lindas y que son atractivas no por su verdad, sino por sus «aderezos». Tan sencillo como eso. No es para escandalizarse y asustarse, ni tampoco para juzgar a nadie. Los hubo siempre y los habrá, así lo dijo Jesús y lo anticipó. Dentro de nuestra Iglesia y fuera de la Iglesia, incluso hay falsos profetas llenos de buenas intenciones.

Te cuento que se puede anunciar el Evangelio con muy buenas intenciones pero anunciarlo mal. No pasa siempre la cosa por la intención, sino por la fidelidad al mensaje. Puedo ser muy bueno, muy buena persona, muy querida, muy amada pero no predicar la verdad.

Por supuesto que es bueno tener buenas intenciones, pero nuestro discernimiento al contemplar la veracidad o no de un profeta no pasa por ahí. La intención del corazón de cada predicador no podemos conocerla. ¿Entones cómo lo conocemos? «Por sus frutos los reconocerán», dice. ¿Cuáles frutos? ¿Qué lo sigan muchos? ¿Qué todos lo quieran? ¿Qué no lo critiquen? No, frutos de santidad; no de marketing o de números y cantidades. Hubo y habrá muchos hombres malos en la historia que fueron aclamados por miles, por eso la cantidad no es el criterio del Evangelio. No son frutos mundanos, con criterios y lógica del mundo, por eso mejor dejemos a las «agencias de publicidad y a las encuestadoras», porque esto no es democracia, no es por la mayoría, sino es por los frutos de santidad. Nosotros no debemos medir las cosas por la cantidad, sino por sus frutos de santidad, por frutos de fidelidad a la voluntad del Padre, y eso puede ser de pocos, porque la puerta es estrecha.

¿Entonces quién mide los frutos? Bueno, algo podemos vislumbrar, algo, pero no todo. El que los mide es el Padre que está en los cielos y ve en lo secreto. Un profeta, un cristiano, es un profeta en serio si su vida es para gloria del Padre –¿te acordás lo de los evangelios pasados?– y si logra que los que lo escuchan y vean den gloria al Padre y no a él mismo. No importa cuántos seguidores tenga, cuántos lo quieran, sino cuántos corazones gracias a su vida amarán más a Jesús y al Padre. No importa si hace o no lo que le gusta a la gente, aunque jamás debe despreciar a la gente, sino si hace lo que le gusta al Padre. ¿Vos y yo sabías que somos profetas? Todo cristiano es profeta verdadero o falso, eso depende de nosotros, ir haciéndonos cada vez más verdaderos.

Bueno, cuidémonos de los falsos profetas, cuidémonos que hay muchos. No nos fanaticemos con nadie, no es sano. Los hay, acordate, dentro y fuera de la Iglesia. Pero tampoco critiquemos a nadie, solo Dios juzga. Pero no seamos ingenuos, no juzguemos por apariencias, sino por los frutos de santidad que solo una vida de oración profunda puede ayudarnos a tener. Mirá los santos y discerní lo que hicieron. Nuestro único desvelo y sana obsesión de nuestra vida debería ser solo por Jesús, por su Palabra, por él en la Eucaristía y por amar a los más débiles. Todo lo demás… Todo lo demás está de más.