Book: Mateo

Solemnidad de todos los santos

Solemnidad de todos los santos

By administrador on 1 noviembre, 2020

 

Mateo 4, 25 – 5, 12

Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de Transjordania.

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».

Palabra del Señor

Comentario

Ponete una mano en el corazón. Ponete un mano en el corazón: ¿Pensaste algún día, alguna vez que podés ser santo, que querés ser santo? ¿Pensaste en ser feliz haciendo el bien a tu alrededor, intentando hacer lo que Dios desea para vos? Si alguna vez lo pensaste y fue tu deseo por algún tiempo –pero ahora se apagó por tantas dificultades, por diferentes razones–, creo que hoy es un día para volver a refrescar lo mejor que puede desear una persona en este mundo: la santidad. Si nunca lo pensaste porque te parecía una pregunta un poco ridícula o porque en realidad pensás –como tantos piensan– que no es para vos, que es como una especie de privilegio para algunos locos que se animaron a hacer cosas muy heroicas y raras, también hoy es un buen día para animarse y preguntarse de una vez por todas: ¿Qué es en definitiva la santidad? ¿Qué es ser santo? ¿Puedo ser santo si soy un cristiano de a pie, un católico común y corriente que anda por este mundo?

Hoy es el día de todos los santos, el día en el que en la Iglesia celebramos que el amor de Dios es tan grande, tan maravilloso y más fuerte que cualquier otro intento para destruir el bien que él vino a sembrar en este mundo.

Hoy celebramos y agradecemos que en el cielo –junto a Dios Padre, a Jesús, al Espíritu Santo, a la Virgen– hay muchas más personas de las que imaginamos. Junto a nuestro Padre en este momento no solo están los grandes santos que descollaron por sus grandes obras, los santos a los que les tenemos una devoción especial, esos que están en los altares –ante los cuales a veces nos frenamos, los miramos, les pedimos su intercesión–, sino que también están los santos sencillos, los ocultos, los que nadie conoció, los silenciosos; esos que también se los llama los de la puerta de al lado, los anónimos. Los santos sin propaganda, sin «marketing», sin fundaciones, sin grandes obras. Los santos de a pie. Podríamos llamarles los santos comunes, los normales –comunes y corrientes–. Esos santos que podríamos y deberíamos ser vos y yo.

Hoy la Iglesia nos dice a todos, nos grita al corazón: «La santidad es un llamado universal. Es para todos, es posible, es para cualquier cristiano». Todos podemos y debemos ser santos si queremos estar algún día con nuestro buen Dios, que es Padre. «Porque solo los puros de corazón verán a Dios», dice la Palabra. Solo los que se dejan purificar por su amor y aprenden a amar como él nos amó. Solo ellos podrán disfrutar de ese amor eterno que todos deseamos. Algo del Evangelio de hoy es un llamado a la santidad.

Ahora en el cielo hay muchos más santos de los que imaginamos: seguramente algún familiar nuestro. Esa viejecita que murió en soledad y abandonada, triste y sola. Ese hombre que luchó hasta el final con su enfermedad y agonizó solo en un hospital. Esa madre que vivió toda la vida para sus hijos y su esposo, dejándose amar por ellos y amando. Ese joven que no pudo vivir muchos años, pero que mientras estuvo buscó hacer el bien, tenía sus proyectos. Esos millones de niños que no pudieron nacer por la crueldad del aborto y así podríamos seguir interminablemente con tantos ejemplos. Incluso en el cielo puede estar ese que no quisiste tanto y que jamás querrías que esté en el cielo por tu egoísmo, por tu falta de amor; pero, sin embargo, se arrepintió y llegó. Menos mal que es Jesús el que nos hace ser santos con su gracia y con su misericordia.

Por eso, hoy preguntate si alguna vez te planteaste ser santo, santa. No es de locos, no es de raros. Es de gente normal que necesita ser feliz en este mundo, pero al modo de Dios, como las bienaventuranzas.

Querer ser santo es desear vivir felizmente haciendo la voluntad de Dios, como nos enseña Jesús. Así decía San Juan Pablo II: «La santidad es la alegría de hacer la voluntad de Dios». Tan simple y difícil como eso.

Creo que hoy es bueno que todos –laicos, sacerdotes, consagrados y consagradas– nos preguntemos seriamente: ¿Queremos ser santos? ¿Perdimos ese fuego del inicio? Que en realidad es casi como preguntarnos: ¿Queremos ser felices? A la pregunta sobre la felicidad digamos que nadie se animaría a responder que no. Bueno, entonces tenemos que convencernos que querer ser felices es querer ser santos. Porque eso es lo que viene a proponernos Jesús: felices, felices, bienaventurados. Nueve veces diciéndonos esa palabra y proponiéndonos el camino de la felicidad en el evangelio de hoy, esa felicidad que se nos regala cuando nos abrimos a su amor.

Ahora la pregunta que también nos puede quedar picando es: ¿Qué es la felicidad? ¿Cómo la alcanzo?

Te propongo que en este día vuelvas a leer y escuchar una vez más las Bienaventuranzas, porque en ellas se resume todo lo que Dios soñó para cada uno de nosotros, en ellas se resume la santidad. ¿Querés ser santo? Tenés que vivir en el día a día, aunque nadie se dé cuenta, las Bienaventuranzas. Tenemos que ser felices haciendo la voluntad de Dios, aunque todo alrededor parezca que se viene abajo, que no funciona.

Si hoy alguien más se decide a ser santo gracias a esta Palabra de Dios, si alguien hoy escuchando este audio se decide a ser feliz haciendo la voluntad de Dios –viviendo las bienaventuranzas–, hoy el bien habrá triunfado una vez más, una batalla más. Hoy la Palabra de Dios habrá derrotado la maldad y el egoísmo, la mediocridad de este mundo que a veces copa nuestro corazón y el de los demás.

Que en este día se vuelva a encender en nuestro corazón ese deseo profundo de ser puros de corazón para vivir según la voluntad de Dios; y si nunca lo tuviste, pedíselo a Dios: «Dame la gracia y la alegría de querer ser santo». Levante la mano quién quiere ser santo. Levantá la mano desde el fondo de tu corazón.

XXX Domingo durante el año

XXX Domingo durante el año

By administrador on 25 octubre, 2020

Mateo 22, 34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen domingo. Buen día en familia, buen día del Señor. Sigo intentando, domingo a domingo, que juntos profundicemos en el valor que tiene este gran día, en lo que significa y a lo que nos llama. Es algo a lo que nunca debemos renunciar ni cansarnos de decir. Si perdemos el sentido del domingo, perdemos mucho sobre el sentido de nuestra fe.

Hay una verdad que no podemos callar, pero que al mismo tiempo tenemos que decirla sin caer en ser pesimistas y amargados. ¿Cuál? Que son muchos más los cristianos que no celebran el domingo participando de la santa Misa que aquellos que lo celebran. Es verdad que las cosas de Dios no se deberían medir por la cantidad, pero también es verdad que la cantidad nos dice algo también.

¿Qué nos pasa a los cristianos? ¿Cómo hemos evangelizado? ¿Qué nos pasó a los católicos? ¿Qué le pasa a la Iglesia? Se pueden dar cientos de argumentos diferentes, para todo gusto y color, pero no podemos caer en el argumento superficial e infantil de decir: «La misa es aburrida», «la Iglesia tiene que cambiar la forma de celebrarla», «siempre es lo mismo», «el sacerdote no me gusta» y tantas cosas más. Todos debemos madurar en nuestros «porqués», en nuestras razones y explicaciones por las cuales no terminamos de enamorarnos de lo que Jesús nos dejó como recuerdo de su amor. No solo como recuerdo, sino como actualización, como hacerlo presente una vez más.

No siempre la culpa hay que echarla fuera. No siempre la culpa es de lo que llamamos «la Iglesia», como si vos y yo no lo fuéramos. ¿Sabés cuál es la prueba de que el argumento de que la misa es aburrida o debería cambiar, no funciona? Que se cambió hace un poco más de 50 años y parece que todavía no termina de funcionar. Ese argumento es todavía pobre, porque, además, en muchísimos lugares, por ahí en tu parroquia, se cometen muchos abusos innovando para celebrar la misa de un modo nuevo supuestamente, celebrándola de cualquier manera con tal de atraer. Y eso tampoco parece ser que está asegurando la participación de las personas y mucho menos la perseverancia, o sea, una verdadera participación. Seguiremos con esto durante los domingos que vienen, pero para terminar… no vamos a misa a divertirnos –deberíamos saberlo– o a pasarla bien de un modo superficial, como quien va a un entretenimiento. No vamos a misa incluso solo por nosotros mismos, para que nos haga bien. No vamos a misa tampoco por cumplir un precepto de la Iglesia. ¿Para qué vamos a misa? Preguntatelo.

Algo del Evangelio de hoy me ayudó a preguntarme y te invito a preguntarte: ¿Amamos lo que Dios nos manda? Partir de esta pregunta creo que nos ayuda a comprender bien la profundidad y el sentido de los mandamientos y la razón por la cual la palabra «mandamientos» está ya tan pasada de moda y resulta a veces tan poco atractiva, e incluso esquivada por ajenos y propios. Nos da miedo hablar de mandamientos.

Sin amor no se puede vivir ningún mandamiento y mucho menos el mandamiento de amar, aunque parezca gracioso y redundante. El amor no puede obligarse. El amor se recibe y se da naturalmente, con libertad, si no en el fondo no es verdadero amor. Dios ama no porque «no le queda otra», sino porque Él es amor. Nosotros amamos o deberíamos amar no solamente porque Dios «nos lo mandó», sino porque estamos hechos para amar. Todo lo demás, en el fondo, son desviaciones o malas comprensiones de lo que significa que Dios «nos mande» a amar.

Son miles los cristianos que no comprenden que Dios no quita la libertad, sino que la da. Que Dios no nos «obliga» a amar, sino que nos recuerda que el amor es nuestra tendencia natural que tenemos que dejar que fluya en el corazón. Sí nos obliga en el sentido de que nos quiere ligar a él, para que esa ligazón nos impulse a amar como él nos ama.

El fariseo que le pregunta a Jesús sobre cuál era el mandamiento más grande, pregunta haciéndose el que no sabe. Pregunta para ponerlo a prueba, pero en realidad lo sabía perfectamente. Por eso, podríamos preguntarnos hoy: ¿Alcanza con saber los mandamientos? Evidentemente no. No alcanza con aprenderlos de memoria. Tenemos que amar lo que Dios nos pide, amar lo que él nos manda. En general, todos sabemos los mandamientos, más o menos, y si no los sabemos de memoria, podemos deducirlos porque están grabados no en tablas de piedra, como en el «Antiguo testamento», sino que están grabados en nuestros corazones con mayor o menor claridad. Sin embargo, hay que decir que cada vez son menos los católicos que saben los mandamientos. Y es necesario saberlos también.

Dios nos habló para recordarnos esos mandatos que están en nuestros corazones. Jesús se hizo hombre no para agregar algunos nuevos que se había olvidado de decirnos, sino para vivirlos él mismo y para darnos la gracia, y así poder amarlos. Jamás podremos vivir los mandamientos si de algún modo no los amamos, si no descubrimos que lo que nos enseña Dios Padre es para la vida, para la libertad; no para la muerte y la esclavitud. ¿Puede Dios pedirnos algo que nos haga mal? ¿Puede Dios pedirnos algo que supere nuestra capacidad? ¿Sería un Dios bueno aquel que nos imponga algo que no podamos cumplir? Claramente que no.

Amar a nuestro Padre Dios y a los hermanos que él mismo creó y puso en nuestro camino es el verdadero camino de la felicidad y para eso estamos en este mundo. Todo lo demás son ilusiones y desviaciones de la verdadera religiosidad que se nos pide. Así de clarito lo decía San Juan: «El que dice: “Amo a Dios”, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? Este es el mandamiento que hemos recibido de él: el que ama a Dios debe amar también a su hermano». Así nomás. Así de clarito, sin más vueltas.

¿Amás amar o sentís la imposición de amar? ¿Dejás que el amor de Dios fluya y pase a través de tu corazón o seguís poniéndole barreras a un Dios que te ama y quiere amar por medio tuyo a los que tenés a tu alrededor?

El mandamiento entonces –volvamos a decirlo– no es una imposición, sino de algún modo una promesa: amarás… amarás. Estás «formateado» para amar. Tu software está preparado para recibir y dar amor, por eso vas a poder amar si te dejás guiar por el amor de Dios, si contemplás a Jesús amándote, si aprendés el modo de amar de nuestro buen Jesús, si dejás que él te ame y vaya completando en vos la obra que ya comenzó el día que naciste.

Padre del cielo, te pedimos hoy juntos solo algunas cosas, pero bastante buenas: «Aumentá nuestra fe. Aumentá nuestra esperanza y caridad. Y para conseguir lo que nos prometes, ayudanos a amar lo que nos mandas».

XXIX Domingo durante el año

XXIX Domingo durante el año

By administrador on 18 octubre, 2020

 

Mateo 22, 15-21

Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque Tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?»

Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto».

Ellos le presentaron un denario. Y Él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?»

Le respondieron: «Del César».

Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios».

Palabra del Señor

Comentario

El domingo, el día del Señor, es -por supuesto-, como lo dice la Palabra, su día; pero no es solamente ir a Misa, aunque siempre es bueno que vayamos, pase lo que pase, estemos como estemos, nos sintamos como nos sintamos y pensemos lo que pensemos. Por eso, la Iglesia nos pide que una vez por semana frenemos y le dediquemos por lo menos una hora al Señor; pero, en realidad, no es que vamos a Misa solo por ir nomás, solo porque la Iglesia lo pide. Vamos principalmente a celebrar, a disfrutar, a recordar, a dar gracias, a instruirnos, a descansar, a escuchar, a aprender, a ver, a gustar, a alegrarnos, a alimentarnos, a recibir consuelo y a tantas cosas más, que ni siquiera nosotros podemos terminar de descubrir y no podemos ponerle tantas palabras. ¿Qué te enseñaron en tu vida sobre la Misa? ¿Por qué vas o por qué no vas?, ¿o cómo vas?

El domingo -vuelvo a decir- no es solamente asistir a Misa, aunque es el alma del día; sino que es además imagen de lo que será el domingo sin ocaso, como dice la liturgia: «El domingo eterno, en el que la humanidad entrará en el descanso de Dios». La Vida eterna será algo así como debería ser nuestro domingo en esta vida terrenal. Y es por eso que el domingo tenemos que disfrutarlo como anticipo de lo que será la vida futura, la vida que Dios Padre nos tiene preparada desde siempre. ¡Qué lindo es que vivamos el domingo así! ¡Y qué feo cuando transformamos este día en un día más con nosotros mismos en donde no hay espacio para el compartir, para estar con otros, para entrar en comunión, para compartir el banquete, para comer juntos!

No importa de quién es la culpa sobre el porqué y el cómo hoy no vivimos el domingo como un verdadero día del Señor. Sé que es difícil transmitir la fe con el sano equilibrio que Jesús nos enseñó en el evangelio como para no caer en un extremo o el otro; en el extremo de la obligación vacía, sin corazón, que tarde o temprano se desintegra o en el otro extremo de reducir nuestro deber al sentimiento, al porque no lo siento no lo hago. Como si el amor se tratara siempre de una cuestión de sensibilidad y no se tratara también de una decisión, pase lo que pase, cueste lo que cueste. Es difícil -ya lo sé- si sos padre o madre, es difícil si sos catequista, es difícil si somos sacerdotes o consagrados; transmitir esto. Hay que reconocerlo, pero es lindo el desafío también. Estamos viviendo un tiempo difícil pero muy lindo, que -aunque no lo parezca- es momento en donde la libertad puede resurgir de una manera nueva, donde cada uno pone su libertad más en juego; y eso puede ayudar a hacer relucir más la pureza de la fe, el descubrimiento de una necesidad profunda, el valor de lo que realmente vale -valga la redundancia-, pero que vale por decisión propia también. Qué preferimos: ¿templos llenos de cuerpos sin almas o templos con celebraciones llenas de corazones y cuerpos, aunque no seamos muchos? ¿Qué Iglesia queremos vivir: la de las masas o la de la fidelidad y la sencillez (la Iglesia de las pequeñas comunidades)?

Algo del Evangelio de hoy de alguna manera nos viene como anillo al dedo. Jesús da una respuesta magistral ante el intento de los fariseos por encontrarle algo en qué acusarlo y condenarlo. Los fariseos venían enojadísimos con las parábolas de los domingos anteriores -¿te acordás?-. El enojo a veces nos hace hacer cosas malísimas. Nunca debemos actuar dominados por el enojo porque saca lo peor de nosotros, que siempre está latente ahí, escondido y dormido -como el hombre viejo-. Estaban enojadísimos porque Jesús les decía cosas en la cara sin ningún problema, les mostraba la hipocresía de sus corazones.

Pero lo que hoy nos interesa es la reacción de Jesús, acompañada de esa respuesta que quedó para siempre en la historia: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios». Es una frase muy conocida, llena de verdad y llena también de malas interpretaciones. A veces la verdad es tan evidente; pero, al mismo tiempo, tan difícil de interpretarla, que produce grandes desviaciones y caricaturas.

Está muy mal usada tanto como para los que pretenden separar absolutamente lo espiritual y religioso, de lo mundano y profano, como para los que unen tanto que ya no distinguen las diferencias y terminan confundiéndose. Ni una cosa ni la otra. Es complejo. Por eso, te propongo que hoy no nos metamos tanto en eso, y mucho menos con el clima político en el que vivimos; no solo en Argentina, sino en el mundo entero. Cosa que, en realidad, de un modo o de otro se dieron siempre en la historia de la humanidad de múltiples maneras. Eso podemos verlo en la semana.

Lo importante de hoy es algo más profundo. Lo esencial de esta magistral respuesta de Jesús es algo más profundo de lo que imaginamos a simple vista y no tanto lo que tenemos que hacer como ciudadanos de este mundo. ¿Qué es lo importante? «A Dios lo que es de Dios», y por eso sale la pregunta: ¿y entonces qué es de Dios? «¿Qué es lo que es de Dios?», pregunté una vez en una misa. ¿Quién me respondió? ¿Te acordás? Sí, me respondió ese amigo nuestro: Jony. ¿Te acordás? ¿Qué me respondió? Bueno, me dijo: «La fe, Padre». Con su sencillez de niño me respondió todo. ¿Y qué es la fe?, podríamos preguntarnos hoy nosotros. Nuestra absoluta confianza en su amor, nuestra adhesión total a lo que Él es y nos enseña.

¿Y en quién confías y a quién le das tu corazón? Esa es la pregunta que debemos hacernos todos en este día. ¿Qué le damos a Dios y qué le damos a las cosas y personas de este mundo? ¿Qué le damos en este domingo a Dios Padre y qué le damos a este mundo que al fin y al cabo es pasajero y muchas veces nos engaña? ¿En qué urna depositamos nuestro voto de confianza, pero no solo hoy, sino todos los días?, ¿en la de los supuestos líderes de este mundo o en la urna del corazón de Jesús que jamás nos miente y nos abandona? Como dice el Salmo: «No confíen en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar; exhalan el espíritu y vuelven al polvo, ese día perecen sus planes». ¿En quién confiamos nosotros: en los líderes de este mundo o en Dios?

Si le diéramos realmente a Dios cada día lo que es suyo, le daríamos a los Césares de este mundo lo que realmente les corresponde, o sea, bastante poco, muy poco. En cambio, cuando no le damos a Dios lo que en realidad es de Él, toda nuestra vida, nuestra fe, nuestra confianza; terminamos dándole nuestra vida a cualquier cosa, a cualquier causa, a cualquier ideología, a cualquier corazón. ¿Qué queremos darle hoy a Dios?

XXVIII Domingo durante el año

XXVIII Domingo durante el año

By administrador on 11 octubre, 2020

Mateo 22, 1-14

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.

De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: «Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas». Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: «El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren».

Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?” El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: «Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes».

Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.

Palabra del Señor

Comentario

Cada domingo acostumbramos a reunirnos en familia, para comer, para estar juntos y aunque el verdadero sentido del día del Señor se fue perdiendo en los últimos tiempos, gracias al cristianismo, gracias a nuestra fe en la resurrección de Jesús, el domingo es lo que es, un día que en general se reserva para el descanso, para estar con los más queridos. Pero al mismo tiempo… ¿Cuánta gente está sola hoy? ¿Cuántas personas viven el domingo como un día de soledad, un día en el que no saben bien que hacer? Parece que si no tenemos nada que “hacer” no podemos estar. ¿No será que el domingo para muchos está vacío porque sin querer y a veces queriendo hemos desplazado al dueño del día? Es como si alguien te invita a su casamiento, vos vas, pero ni siquiera saludás al anfitrión. Pasar un domingo sin tener, experimentar o buscar un acercamiento al dueño del día, es perderse la oportunidad de ser un mejor hijo, de ser un buen invitado. La misa del domingo, la misa de hoy que se celebra en miles y miles de lugares a lo ancho y a lo largo del mundo, es parte esencial del domingo, o por lo menos debería ser para aquellos que dicen creer en un Dios que se hizo hombre y eligió, antes de partir de este mundo, ese modo de quedarse con nosotros, eligió una cena y quedarse como alimento.

Providencialmente, algo del evangelio de hoy tiene que ver con esto. Pero no solo con la misa, sería una reducción si pensáramos así, si la predicación de hoy se limitara solo a la misa.

Hay de todo en el evangelio de hoy. Una invitación, una negación. Otra invitación, un rechazo y muchas cosas para hacer, excusas… negocios, ocupaciones. Incluso algunos actúan con violencia y maltratan a los servidores que van a invitarlos. ¿Cómo es posible? El rey los estaba invitando a unas bodas. ¿Hay algo más lindo que eso? Ayer tuve la gracia de celebrar un casamiento, y por supuesto los novios me habían invitado a la comida, pero no pude ir, no fue que no quise, realmente no pude. Pero me dejó pensando. ¡Cuántas ganas tienen los que se casan de que uno vaya a disfrutar de ese momento! Es parte de la fiesta, no es un aderezo. Me terminó de ayudar a entender lo que me dijo alguien al final de la misa, después que le conté que no iba a ir a la comida: “Cuando yo me case, resérvate el día para ir a la fiesta, suspendé todo” Me reí, pero ahora entiendo, que vayan los que uno quiere, es parte de la fiesta. ¿Te imaginás lo mismo, pero siendo Dios el que desea que participemos de las bodas de su Hijo, de Jesús, con toda la humanidad, con vos y conmigo?

Este domingo, otra vez Jesús enfrenta a los sacerdotes y ancianos desnudando la ceguera de su corazón. No terminan de reconocer el don. Ellos era los invitados principales (Pueblo de Israel) y ellos mismos elijen quedarse afuera de la fiesta. Evidentemente, “no sabían lo que hacían” por eso Jesús los terminará perdonando desde la cruz; “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen…”. Cuando no aceptamos la invitación de Dios, en realidad no sabemos lo que hacemos.

Cuando no aceptamos, Dios no se queda quieto, invita a los que parecen que no se lo merecen… Los últimos serán los primeros… ¿te acordás?

Al mismo tiempo, para nosotros los cristianos, hay una advertencia. A un banquete, a una fiesta, no se puede ir de cualquier manera, hay maneras y maneras de ir. ¿Quién se atreve a ir a unas bodas vestido como si no fueran unas bodas? El Rey invita a todos, quiere que todos se salven, que todos disfruten de su amor, sin embargo, quiere y necesita que estemos preparados, bien vestidos, que demos “frutos” de caridad; sino nos puede pasar lo mismo que este invitado descuidado, “quedar afuera”, ser expulsado. “Allí habrá llanto y rechinar de dientes.”

XXVII Domingo durante el año

XXVII Domingo durante el año

By administrador on 4 octubre, 2020

Mateo 21, 33-46

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: “Respetarán a mi hijo.” Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: “Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia”. Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?»

Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo».

Jesús agregó: «¿No han leído nunca en las Escrituras: “La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos?”

Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

Palabra del Señor

Comentario

Cada domingo intentamos de alguna manera -aunque te darás cuenta de que casi sutilmente- decir algo sobre el valor del domingo, sobre lo que significa el domingo para nosotros -los que creemos en Jesús-, y sobre la necesidad de participar de la misa del domingo. Sé que muchos de los que escuchan los audios por ahí no van siempre a misa, incluso sé que lo escuchan algunos que no son católicos. Pero no lo hago por eso. En serio, no lo hago por los que no van. No lo digo exclusivamente para lograr también que vayan a misa los que no van -aunque es lindo que retornemos a la misa-, sino para que todos, vos y yo, sigamos profundizando que, justamente, la celebración de la misa del domingo es parte, por decirlo así, de un modo de vivir el domingo y nuestra vida en general y que la pérdida del valor del domingo tiene mucho que ver con la forma en la que vivimos hoy. Y el no valorar la misa tiene que ver con eso, con no darnos cuenta de lo que se nos propone, del bien que nos perdemos. Por eso, nos ayuda a todos: a los que van siempre convencidos, a los que van y no saben bien porqué, a los que no van seguido, pero van cada tanto, a los que no van porque consideran que no es relevante, que no es tan importante.

¿Qué nos pasó a los católicos?, nos podríamos preguntar, o ¿qué nos pasa? Algunos dirán: ¿Será que no terminamos de amar la misa porque nos obligaron a ir sin verdadera libertad cuando éramos chicos o en una época distinta? Puede ser, pero no podemos echarles toda la culpa a los otros únicamente. Nosotros, muchos de los que escuchamos, ya somos grandes y libres como para profundizar y descubrir e intentar elegir siempre lo mejor. Habrá mil razones y cuestionamientos sobre esto, pero, en definitiva, lo que cuenta es que cada uno se examine y evalúe el cómo participa o el porqué no participa. Intentaré seguir con esto cada domingo y espero que nos ayude. Pero solo te digo algo, que lo dije el fin de semana anterior: ¿Y si pensamos la misa como la oportunidad de ir a comer con nuestra familia, que siempre me espera cada domingo? No nos hace bien dejar a nuestros seres queridos con el plato servido en la mesa y no ir a estar con ellos.

Algo del Evangelio de este domingo nos puede resultar un poco alejado de nuestra vida, porque es un reproche directo contra las autoridades del pueblo judío de ese momento, que se «adueñaron» de los frutos de la viña de Dios; y es más, terminaron matando a todos los enviados, llegando al colmo de matar incluso al Hijo de Dios, al hijo del dueño. Es verdad, nosotros no tuvimos nada que ver en eso. Nosotros somos el nuevo pueblo de Dios. Pero sí hay algo que sí podemos aprender. Hay algo que también nos pasa a nosotros. De algo también nos sirve esta advertencia. Tendemos también a apropiarnos de los dones de Dios. Tendemos a no valorar lo que tenemos. Tendemos a «matar» a los enviados de Dios, que a gritos nos quieren ayudar a despertarnos de tanta mediocridad. «Matar» simbólicamente. Y también tenemos que decir que la muerte de Cristo, el rechazo al Hijo de Dios tiene que ver con nuestros pecados. Jesús murió también por nuestros pecados.

Volviendo a lo de adueñarse, tenemos que decir que nos pasa a todos, con las cosas de cada día, con los afectos, con lo material; y, por supuesto, nos pasa con los dones espirituales que hemos recibido. Por eso, no esperemos a perder lo que creíamos tener para valorar lo que tenemos. Estamos en esta vida de regalo -vivimos de regalo- y no por lástima, sino por amor de Dios; por amor de un Dios que no solo nos crea, sino que nos salva cada día y nos quiere enamorados de él. Sin embargo, el trajín de cada día, el acostumbramiento a la fe, el adormecimiento de la vida consumista a veces que llevamos, el relajamiento de nuestras consciencias, la falta de esperanza de que las cosas pueden cambiar, entre tantas cosas, nos hacen olvidar que, como «viñadores», no somos propietarios. Somos hijos del dueño, no dueños.

¡Qué lindo es vivir la vida así, sabiendo que todo es don y que nada es nuestro! ¡Qué lindo es vivir el domingo de esta manera, reconociendo que todo es regalo y que debemos dar gracias siempre, pase lo que pase!; como dice San Pablo: «Hermanos: No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración, a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios». El antídoto para no olvidarnos de los dones de Dios, el remedio para no adueñarnos de las cosas que son de Dios, es dar gracias siempre, pase lo que pase. Nunca nos olvidemos de dar gracias por todo lo que el Padre nos da.

Memoria de los ángeles custodios

Memoria de los ángeles custodios

By administrador on 2 octubre, 2020

Mateo 18, 1-5,10

Los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?»

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que, si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.

Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial».

Palabra del Señor

Comentario

Buen día. Te habrás dado cuenta de que muchas veces, por decirlo de alguna manera, interrumpimos el hilo de los evangelios que traíamos, con diferentes fiestas o lo que también se llaman memorias. Y eso hace que escuchemos o leamos otro texto que no continúa con los anteriores. Es así: el año de la Iglesia, el año litúrgico, además de tener un sentido rector que recorre la vida de Jesús y también, incluso, poder seguir los evangelios de corrido; también tiene fiestas o memorias que nos van ayudando a comprender mejor, cada día más y cada año más, los grandes misterios de nuestra fe y, en definitiva, los misterios de la propia vida, de dónde venimos y para qué estamos. Por eso, aparecen fiestas de los santos, fiestas de los misterios de la vida de Jesús, fiestas y solemnidades de la Virgen y, como hoy, una memoria, que tiene un grado menor.

Pero una memoria que nos recuerda, nos hace celebrar otro misterio. En este caso el de los ángeles, los ángeles custodios. Todo nos ayuda. Todo nos ayuda a comprender que nuestra fe no es una verdad abstracta, vacía, inconexa, aislada, sino todo lo contrario. Nuestra fe podríamos decir que es un organismo vivo, en donde todo tiene que ver con todo, en donde una verdad ayuda a comprender mejor la otra y, en definitiva, todas se descubren y se comprenden mutuamente desde la Palabra de Dios escrita y desde la vida y costumbres de la Iglesia a lo largo de los siglos. Y lo mismo al revés: cualquier error hacia una verdad de fe también toca a las demás.

Hoy es el día de los ángeles custodios. Es lindo que no nos olvidemos de invocar a nuestro ángel. No te olvides también eso que nos enseñaron a veces de niño, de poder reconocer a nuestros ángeles de algún modo, de hablarle, de invocarlo y pedirle. Es una verdad de fe la existencia de los ángeles y, como lo dice Jesús hoy, es una verdad que todos recibimos un ángel para custodiarnos, para cuidarnos y conducirnos con su ayuda al cielo. Por más que algunos le busquen la vuelta e intenten negarlo, es una verdad que nos debería llenar de alegría. Dios nos ama tanto que, además de nuestra propia vida, nos regaló la vida de un ángel, de un ser espiritual más inteligente que nosotros, para que esté siempre a nuestro lado.

Y en Algo del Evangelio de hoy vemos cómo los discípulos están y van en otra sintonía, preocupándose de grandezas humanas. Jesús sintoniza –digamos así– la «radio» del Padre, de ser Hijo, de ser Hijo de él, de ser Hijo amado, de ser un Hijo obediente, que no busca ocupar el lugar del Padre, porque sabe ubicarse. Un Hijo que no quiere independizarse por «capricho», como nos pasa a nosotros; un Hijo que se siente siempre comprendido; un Hijo que no siempre comprende lo que el Padre le pide, pero elige obedecer hasta el final; un Hijo pequeño que depende y se siente sostenido por su Padre.

Todo Dios que se hizo pequeño, se hace silencioso, aunque tiene todo por decir. No avasalla, no pasa por encima, no pisa cabezas. No se presenta como un «sabelotodo», aunque lo sabe todo.

Al mismo tiempo, vemos a los discípulos –a vos y a mí– que sintonizamos a veces la «radio humana» de nuestros caprichos, de nuestros egoísmos, que por no mirar este modo de ser de Dios, por no contemplar a Jesús y cómo fue su vida durante su paso por la tierra –de este Dios tan sencillo–, seguimos escuchando las interferencias de nuestro corazón, que nos pide a veces otra cosa; que nos pide ser autosuficientes, aunque carecemos de mucho; que aparenta saber todo, aunque no sabemos casi nada; que no para de hablar, cuando muchas veces debe callar; que se agranda, cuando en realidad es pequeño y recibió todo de los demás y de Dios; que cree que todo lo puede, cuando en realidad no podemos ni siquiera a veces con nuestras propias debilidades. Así es nuestro pobre corazón, pequeño y sencillo, que se quiere agrandar y que no sabe ubicarse en esta vida.

Por eso, si podés, hoy rezá con esta escena del evangelio: Jesús tomando un niño, poniéndolo en medio de los discípulos. Mirá un niño, alguien que conozcas; o mirá un niño por la calle o mirá a tu hijo, o a tu hija, y dejá que Jesús te vuelva a decir estas palabras al oído y a tu corazón: «Te aseguro que, si no cambiás o no te hacés como niño, no entrarás en el Reino de los Cielos»; o sea, no vas a experimentar desde hoy, desde ahora, lo lindo que es ser hijo dependiente de un Padre que disfruta de ser Padre con todas las letras. Ser hijo es entrar en esta relación de amor, es entrar en el Reino, es entrar en esta familia linda de los Hijos de Dios; de los Hijos que quieren ser como el Hijo Jesús, vivir como vivió él.

Si no cambiamos estas actitudes que nos hacen creer que no dependemos de nada ni de nadie –cuando en realidad dependemos de casi todo–, no podremos disfrutar del gozo que da el ser Hijo de Dios y vivir como Hijo de Dios.

Hoy te propongo y me propongo que miremos a un niño y nos dejemos decir al oído esto por Jesús pensando que nuestro corazón tiene que ser así, como el de un niño. Se puede, pidámoslo con fe. Nuestro ángel custodio siempre está ahí para ayudarnos.

XXVI Domingo durante el año

XXVI Domingo durante el año

By administrador on 27 septiembre, 2020

Mateo 21, 28-32

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero, le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. El respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y este le respondió: “Voy, Señor”, pero no fue.

¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?»

«El primero», le respondieron.

Jesús les dijo: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. En efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo, se han arrepentido ni han creído en él».

Palabra del Señor

Comentario

¿Te imaginás un mundo en donde todos seamos hermanos de verdad y en donde todos nos sintamos hijos de Dios? ¿Te imaginás un mundo en donde todos elevemos nuestros corazones a nuestro Padre para decirle que lo necesitamos de verdad y en donde lo amemos; con libertad, sin miedo, sin imposiciones, sin obligación, sin culpa y solo por amor desinteresado? ¿No crees que ese es el sueño de Dios para con cada uno de nosotros? A veces yo lo pienso, a veces lo sueño, porque soñar lo que sueña Dios hace bien, porque uno entra en la misma sintonía de Él, uno se “engancha” en la misma onda y entonces todo cambia, el espíritu se renueva.

¿Te imaginás una familia, una comunidad, un barrio, una ciudad, un país, un mundo en donde el domingo sea verdaderamente un domingo, un día del Señor? ¡Qué lindo sería! ¡Qué maravilla sería comprender que el reunirnos en comunidad un domingo para celebrar la Misa, para a rezar y estar juntos, es de alguna manera como ese deseo que tiene tu papá y tu mamá de que se reúnan todos sus hijos a comer juntos para seguir descubriéndose mutuamente! Ir a Misa tiene algo de eso. Es reunirse a escuchar y comer, es alimentarnos de lo que nos dice Jesús, es alimentarnos de su Cuerpo y su Sangre, para seguir caminando, para nutrirnos de lo que nos hace vivir mejor. ¿Pensaste alguna vez qué siente tu papá y tu mamá si ellos te esperaban con la mesa servida y vos elegís hacer otra cosa olvidándote de tanto amor? ¿Qué sentirá nuestro Padre Dios y Jesús sí elegimos otra cosa y lo privamos de nuestra presencia en la comida de cada domingo? ¿Qué sentís vos? ¿Te da lo mismo?

Algo del Evangelio de hoy, tiene algo que ver con esto. En el fondo, tiene que ver con el modo de entender y vivir nuestra relación de hijos. Jesús cuando tenía que decir algo profundo lo decía sin pelos en la lengua, como para que nos quede bien clarito y no le demos vueltas. Antes que nada, te recuerdo que la parábola de hoy continúa en la sintonía de la del domingo pasado, en donde Jesús les quería hacer entender a los que se “creían” los primeros y despreciaban a los considerados “últimos”, que la ecuación no es tan matemática, y que no todo es tan lineal como a veces creemos. Pero lo de hoy es terrible, es más fuerte todavía… ¿Prestaste atención? Te voy a repetir una frase que no podés olvidártela jamás… «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios.» ¿Te das cuenta de la fuerza y de lo chocante de estas palabras? ¿Te das cuenta de lo que significaba decirles a los sacerdotes de ese momento semejante verdad?

Ahora… no hay que ser sacerdote para considerar que esto también puede cabernos a cada uno de nosotros, no hay que ser una prostituta o un corrupto para considerar que Jesús nos puede estar hablando a nosotros. Porque el riesgo de “creerse” el primero y terminar siendo el último o el riesgo de decir que sí convencido y después no hacer la voluntad de nuestro Padre, es de todos. Y lo mismo podemos decir al revés. El convencimiento de creerse los “últimos” y vivir como excluidos de la gracia, del amor, olvidándonos que Jesús siempre nos da una oportunidad hasta el final de la vida o la posibilidad de haber dicho que no al principio, de habernos rebelado y finalmente terminar siendo hijos obedientes, es de todos.

Todos corremos el riesgo y todos tenemos la posibilidad.

Todos corremos el riesgo, todos podemos ser superficiales y pensar que ser buenos hijos es decir que sí rápidamente, sin darnos cuenta, a veces, respondemos así por apariencia, por temor, por culpa, por costumbre, por tradición, por el qué dirán y por tantas cosas más, pero en el fondo no somos hijos, no lo hacemos como hijos, no lo hacemos por amor, no amamos con libertad. ¿No te pasó alguna vez? Cuidado con la religiosidad superficial, con la fe de “barniz”, con la espiritualidad de “salón”, pero que no es profunda, no es real, no es la de hijos libres.

Todos tenemos la posibilidad de ser primeros para Dios, aun cuando en realidad nos comportamos como los últimos. Todos podemos dejar de ser considerados últimos para los demás, aun cuando hemos huido de Dios y nos perdimos en el pecado, en el egoísmo, en el materialismo, en la ambición, en la sensualidad, en un mundo sin Dios, sin Padre. Todos tenemos la posibilidad de decirle que sí, si alguna vez le dijimos que no. ¡Qué linda noticia! ¡Qué lindo saber que, hasta una prostituta, hasta el más corrupto de los corruptos, hasta el peor de los peores tiene la posibilidad de arrepentirse y decirle que sí a Jesús para convertirse en un hijo más, en un santo! ¿No te alegra esto? ¡Qué lindo que Dios sea tan bueno! ¡Pero que triste a veces cuando los hombres, somos tan poco hijos y en definitiva tan poco hermanos!

¿Te imaginás un mundo en donde todos vivamos como hijos y nos comportemos como hermanos? Yo todavía sí…

Fiesta de San Mateo

Fiesta de San Mateo

By administrador on 21 septiembre, 2020

Mateo 9, 9-13

Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» El se levantó y lo siguió.

Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: «¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?»

Jesús, que había oído, respondió: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Palabra del Señor

Comentario

Qué lindo que es seguir día a día «empapándonos» con las Palabras de Dios, que caen del cielo, que nos vienen por corazones distintos que nos hablan de él, que nos vienen por tantos medios, que brotan por todos lados, pero especialmente de la Biblia, lugar privilegiado para el encuentro con su voz, con su dulce voz que nos habla siempre al corazón. Siempre nos quiere tocar las fibras más íntimas de nuestro ser como, por ejemplo, lo dice el salmo 118, que es un canto bellísimo a la ley de Dios, a la Palabra que nace del corazón del Padre. En un versículo dice así: «Mis ojos se consumen por tu Palabra, ¿cuándo me consolarás?».

Es algo así como un «reclamo» a Dios. Pareciera ser como un reclamo a Dios. “¿Cuándo me consolarás?” Sí, escuchaste bien: una especie de queja que surge incluso de la misma Palabra de Dios. ¿Cuántas veces, vos y yo, nos sentimos así? ¿Cuándo me vas a dar ese consuelo que necesito? ¿Cuándo se va a acabar esta tristeza?

Por ahí vos ahora no estás necesitando un consuelo, concretamente, porque no estás pasando por nada malo, no te está pasando nada. Pero por ahí otro sí, algún familiar, algún amigo, tantas personas que necesitan ser consoladas. O al contrario, por ahí vos que estás escuchando estas palabras y sí necesitas ser consolado, porque estás enfermo; porque estás triste; porque la estás pasando mal; porque estás cansado, cansada, agobiado; porque no tenés ganas ni siquiera de arrancar este día; porque no andás bien; porque te cansó la situación en la que vivimos; porque muchas veces te sentís solo o sola, aunque estés con gente, y podrías pensar o decirle a tu Padre: «Me consumo por tu Palabra. Hago todo por escucharte, por ser fiel, por intentar ser buena persona, y a veces no encuentro consuelo. El consuelo parece que no llega más».

¿Cuándo me consolarás? Decile esto a tu Padre desde el fondo del corazón. No tengas miedo a «reprocharle» a este Dios que es amor y humildad. Reprochale también con amor y humildad. Es lógico. Es un sentimiento muy humano. Mirá el cielo, mirá una imagen y decile a tu Padre, a Jesús, a María: «¿Cuándo me vas a consolar?»

Hoy celebramos la Fiesta de san Mateo, este hombre llamado por Jesús mientras trabajaba como recaudador de impuestos y traicionaba a su propio pueblo. Pero que finalmente se convirtió en un gran apóstol, en escritor y autor de uno de los evangelios. ¡Qué locura!,¿no? Nos hace pensar: qué locura que Jesús elija a un hombre como Mateo. Solo él puede lograr algo así.

Quería hoy dejarte simplemente tres cosas para meditar con Algo del Evangelio, para que vayas rumiando durante este día, mientras el mundo sigue su curso y se olvida un poco de Dios. Quiero destacar tres actitudes de Jesús de esta escena tan cortita, pero tan profunda:

Primero, dice que Jesús ve. El evangelio muestra que Jesús vio a un hombre. Ve a Mateo en su trabajo –aunque era un trabajo indigno de alguna manera–. Lo ve mientras él trabajaba, igual que a nosotros. Nos ve sentados en la mesa de nuestras vidas, en donde nosotros hacemos nuestras cosas, en donde estamos cómodos y, a veces, haciendo «la nuestra», cobrándole cosas a los demás. Jesús mira nuestra vida de un modo distinto. No le interesa tanto lo que pensamos y hacemos, sino lo que somos. Lo que le interesa es mirarnos y llamarnos para que nos demos cuenta de que no podemos pasarnos la vida «sentados» en la mesa de nuestra mezquindad, de nuestro egoísmo, viendo la vida detrás de un escritorio, recibiendo a los demás con distancia, poniendo barreras. Es la imagen del egoísmo, de la búsqueda de nuestra propia «realización», pero no de una realización que mira a los demás.

Bueno, sin embargo, Jesús llamó a Mateo. Jesús nos llama, no solo nos mira. Lo segundo es eso, es que Jesús se mete de algún modo en la vida de Mateo. Se mete en nuestra vida. Se mete, se quiere meter en nuestro corazón. Golpea las puertas. Se mete y arma un lindo lío, un lindo desparramo. Se mete en nuestra casa y termina comiendo con todos, incluso con los que nadie quería comer –con los publicanos y los pecadores–. Él transforma otras vidas a través de la nuestra, a través de la tuya, cuando respondes a su llamado, porque los demás ven algo «distinto». Por eso, si tu vida sigue igual o a partir de tu vida nadie se acercó a Jesús, es para que nos preguntemos si realmente él está en nuestra vida. Si a través de nuestra vida, de nuestro llamado, de que Jesús esté con nosotros, nadie se acercó a Dios más profundamente; es para que nos preguntemos si verdaderamente él está o no en nuestra vida repartiendo misericordia.

Y tercero, Jesús vino por los enfermos, o sea, por todos, por los que se sienten enfermos y por los que todavía no se dan cuenta que están enfermos. ¿Vos creías que eras santo? ¿Vos creías que te salía todo bien? ¿Vos creías que no eras pecador? ¿Creías que a vos te llamó por ser bueno? Al contrario, Jesús nos llamó para sanarnos, para purificarnos y si te animas a sentarte a la mesa con él reconociendo lo que sos, nunca te va a dejar solo. Siempre va a haber alguien a tu alrededor. Nunca, jamás, volverás a estar solo.

Por eso, no te consideres santo, sano. Pedí siempre ser sanado, no tengas prejuicios. Jesús vino a sanar a todos y se vino a sentar a la mesa con todos. Cada uno de nosotros fue llamado para recibir las enseñanzas de Jesús y para que aprendamos que la clave del evangelio de hoy es la «misericordia», el mirar las cosas como Dios las mira. Jesús quiere misericordia para nuestra vida y para los demás. Tan difícil y maravilloso como eso.

XXV Domingo durante el año

XXV Domingo durante el año

By administrador on 20 septiembre, 2020

Mateo 20, 1-16

Jesús dijo a sus discípulos: «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.

Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo”. Y ellos fueron.

Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?” Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña”.

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros”.

Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada”.

El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos».

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen domingo. Espero que empieces, que empecemos, un buen día del Señor. Pensaba en estos días que muchísimas personas, muchísimos cristianos católicos dispersos por el mundo, en donde me incluyo, no terminamos de comprender el valor que tiene el domingo, el día del Señor. Me animo a decir que no siempre es por culpa propia, no es bueno siempre andar echando culpas. También me animo a decir que muchos de los cristianos que van a misa el domingo tampoco terminan de comprenderlo. Y es así, no comprendemos las cosas de un día para el otro. Es un camino, es un proceso. A veces recibimos una gracia que nos abre el corazón de par en par y nos damos cuenta de lo que nos hemos perdido tanto tiempo. Ir a Misa, en sí mismo, no nos asegura el comprender. Nos pone en camino para comprender. No nos asegura valorar y amar lo que significa la celebración del domingo. Si comprendiéramos el valor de este día, nuestros templos no alcanzarían para tantos corazones deseosos de Jesús. Sin embargo, no es así, esto no sucede. Y, lo que es peor, parece que cada vez hay menos deseos de ir a misa, de celebrar la fe en comunidad, de recibir a Cristo en cuerpo, sangre, alma y divinidad. Hay miles de católicos que se alejaron de la Iglesia por no comprender tantísimas cosas de la Iglesia o incluso por estar enojados con esta gran familia de Dios o con el mismísimo Dios. Pero no vamos hoy a entrar en los miles de pretextos que existen para enojarse con Dios y las variedades de enojos, o sobre quién tiene más o menos culpas. Dijimos que es bueno no echar culpas. Pero sí es bueno reconocer ciertos problemas de la Iglesia, pero personales también, para poder solucionarlos, para poder actuar como personas maduras y no echarle la culpa a los demás de porqué esto no es así o tiene que ser de esta manera o porqué deje de acercarme a Dios y a la Iglesia.

¿Es posible enojarse con Dios? Sí, es posible y hasta incluso te diría que es más normal de lo que pensamos. Esto es lo que les pasó a los trabajadores de la primera hora de Algo del evangelio de hoy – esos que fueron llamados al principio del día- al ir a recibir su jornal, «creyendo que iban a recibir algo más». Claro, no escucharon el trato. Se creyeron que iban a recibir algo más porque vieron que otros trabajaron menos. Por un lado, podríamos decir que se olvidaron de lo que habían pactado al empezar el trabajo y, por otro lado, no comprendieron la bondad del propietario que quiso darles a los últimos lo mismo que a ellos, a los primeros. Y es por eso por lo que «protestaban contra el propietario». Protestaban como protestamos con el pobre y buen Dios. Pobre en un sentido, porque nosotros no comprendemos su bondad. Protestaron sin razón, aunque creían tenerla. Protestaron de envidiosos, por no conformarse con lo que tenían. Protestaron porque lo consideraron injusto, olvidándose de que fue justo con ellos, porque les pagó lo que les había prometido. Por eso el propietario respondió a uno de ellos: «Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?» Protestaron porque sus pensamientos no coincidían con los del propietario. ¿Nosotros protestamos con Dios o le protestamos a Dios? ¿Nosotros le protestamos a Dios? ¿No será que nos pasa lo mismo a veces, porque en el fondo «nuestros pensamientos no son los de Dios», como le dijo Jesús a Pedro? ¿Te acordás?

¡Qué paradoja! ¡Qué paradoja! Dios es bueno con nosotros, con vos y conmigo. Nos llamó a trabajar en su viña, en su Reino, en la Iglesia, ahora, en este momento. Seguramente vos de alguna manera hacés algo por el Reino de Dios y, sin embargo, podemos caer en el error de enojarnos con él cuando él dispone de su amor como quiere. «Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece?» ¿No fue el llamado «buen ladrón» el primero que entró en el Reino de los Cielos? ¿No fue el «buen ladrón» uno de los trabajadores de la última hora y eso nos enoja? Nuestro Padre Dios ama y quiere amar gratuitamente sin medir, quiere la salvación de todos. Como vos, que sos padre y madre, y se te antoja darles a tus hijos más de lo, supuestamente, correcto, lo que «les corresponde». Lo haces. Sin embargo, nosotros nos enojamos cuando lo hace Dios. Si nosotros lo hacemos, ¿por qué no puede hacerlo Dios con sus hijos?

Para terminar, me parece que el dar gracias es la clave. Dar gracias por lo que Dios Padre nos dio. Dar gracias porque es bueno con todos, porque quiere que todos se salven y lleguen al paraíso, porque él quiere darle a todos lo mismo, sea cual fuera la hora en que comiencen a trabajar: al comienzo de sus vidas, a la mitad o al final. No importa. Importa en definitiva el final, hacia donde vamos.

«¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?» nos dice Dios a todos, a vos y a mí. ¿No será que a veces nos quejamos de la bondad de Dios y de la de los demás porque, en el fondo, nosotros somos mezquinos?

Alegrémonos de que Dios sea tan bueno, tan bueno que no podremos entenderlo hasta que no cambiemos el pensamiento. Alegrémonos de que los demás también sean buenos. No midamos tanto el amor. Aprendamos a ser generosos y no tan calculadores. Solo así nos alegraremos de que «los últimos sean los primeros y los primeros sean los últimos». Si, en definitiva, lo importante es pasar la puerta del Reino de Dios.

XXIV Domingo durante el año

XXIV Domingo durante el año

By administrador on 13 septiembre, 2020

Mateo 18, 21-35

Se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?» Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.

El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo.”

El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes.”

El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda.”

Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?”

E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos.»

Palabra del Señor

Comentario

Este domingo como cada domingo del día del Señor también, de algún modo, podríamos decir que es día de reconciliación, de perdón. Porque cada día del Señor en las misas, por ejemplo- en cada misa si te acordás-, se empieza con un momento de perdón, con una reconciliación personal y comunitaria. Pedimos perdón a Dios Padre todos juntos, toda la Iglesia, en nombre de todos también, reconociendo públicamente que todos somos débiles y pecadores y que de algún modo necesitamos el perdón de nuestro Padre. Algo que muchas veces, por la rutina, no terminamos de profundizar y olvidamos fácilmente. Pero es así. El domingo nos reunimos como hermanos, como Iglesia, a pedir perdón y a pedirnos perdón mutuamente, a escuchar la Palabra y a recibir la Eucaristía. Por eso, en este día te propongo que no te olvides de esta verdad. Aunque no puedas ir a misa, pensalo y rezalo por lo menos. Te propongo que le podamos pedir perdón a esa persona que alguna vez ofendiste y por orgullo te olvidaste de volver a mirar con humildad reconociendo tu error. Te propongo que, siguiendo lo que nos propone la palabra de Dios de hoy, aceptemos también el perdón de esa persona que lo ofreció con sinceridad y que por soberbia o dolor te negaste a recibirlo.

Hoy no podemos dejar de rezar con Algo del evangelio. No es uno más. Es un canto a la bondad y misericordia de un Dios que es Padre y que ve cosas que nosotros no vemos. Y, por otro lado, también es un golpe, un cachetazo a nuestra desfachatez que vivimos a veces, de exigirle a Dios lo que después nosotros no podemos hacer o no queremos vivir por olvidadizos, por mezquinos o por egoístas.

La pregunta de Pedro nos viene muy bien a todos. Es la pregunta que alguna vez todos, por ahí, nos hicimos ante sufrimientos que nos causaron las ofensas grandes de los demás, ofensas que nos tocaron sufrir en la vida. Es la pregunta que nosotros le hubiéramos hecho también a Jesús si hubiéramos estado con él ese día o al ver que perdonaba a los que se le acercaban. ¿No te parece? ¿No preguntaste alguna vez eso? ¿Tenemos que perdonar siempre?, esa es la pregunta clave. ¿Tiene límite el perdón?, ¿o cuál es el límite del perdón?

La semana pasada teníamos que animarnos a corregir a nuestros hermanos, a «hacernos cargo» de ellos de alguna manera, como también lo tienen que hacer con nosotros. Y hoy también, a un hermano, tenemos que estar dispuestos a perdonarlo siempre que se arrepienta y se acerque a pedirnos perdón. ¿Nos dimos cuenta alguna vez de este desafío tan grande? En esto se juega el ser cristiano de verdad: en la capacidad y en la alegría de saber perdonar. Es difícil porque, por ahí, por este mundo en el que vivimos andan muchos que dicen, incluso muy católicos: «Eso solo lo perdona Dios.» Eso es imperdonable.» O también esa otra frase conocida: «Yo no soy quién para perdonar». ¿Escuchaste alguna vez eso? Seguramente sí. Los dichos populares -como lo dije varias veces- tienen mucha sabiduría y a veces no. A veces, al contrario, van en contra del evangelio. No tienen algo del evangelio, tienen medias verdades, menoscabando el valor y las enseñanzas del evangelio.

La parábola de Jesús de hoy es una comparación casi ridícula -podríamos decir-, absurda. Que, si no prestamos atención, pasa un poco desapercibida; pero es la esencia de la parábola. Para hacerla un poco más simple y trayéndola a valores de estos tiempos, el servidor olvidadizo es el que no perdona una deuda de unos centavos, cuando un ratito antes se le había perdonado una deuda de millones. A uno le sale decir, sin pensar: «¡Qué espanto! Yo jamás haría una cosa así». ¿Cómo es posible que alguien haga algo así?

Sin embargo, en realidad -te diría o por lo menos pienso así-, Jesús nos lo está diciendo a todos: «Eso hacen ustedes cuando no quieren perdonar a alguien, cualquier cosa. Se olvidan de que Dios, su Rey, les perdonó una deuda de millones». No estar dispuesto a perdonar es comportarse como ese servidor olvidadizo. Es tan infinita la distancia entre lo que nos perdona Dios y nos perdonó y nos perdonará a lo largo de la vida que no llegamos a comprenderla. No terminamos de caer en la cuenta de lo que se nos perdonó o de lo que se nos perdona cuando, arrepentidos, nos acercamos a recibir su gracia. Y es por eso que somos capaces de hacer esta ridiculez tan grande y absurda.

Cuando no queremos perdonar, sin darnos cuenta, estamos tomando «del cuello a ese alguien hasta ahogarlo», con tal de que nos devuelva lo poco que nos quitó, que a veces puede ser nuestra fama, la paz, la dignidad, el prestigio. Sí, cosas dolorosas y grandes, que nos duelen cuando las perdemos. La falta de perdón es la medida de nuestro amor, que a veces es tan pobre. Es la medida de nuestra incapacidad de darnos cuenta lo que Dios ya nos perdonó aun antes de que hubiéramos nacido. Por eso, solo el que se siente perdonado de corazón por Dios es capaz de perdonar todo y siempre a aquel que le pide perdón. Solo el que reconoce el don de Dios es capaz de no negar un don a otro. Pensemos en esta ecuación que se entiende con la razón, pero no siempre se vive con el corazón. Dios ama plenamente, por eso perdona verdaderamente. Nosotros amamos poco y, por eso, somos capaces de ahogar a los demás por muy poco. ¿Qué nos queda entonces para salir de este encierro? Reconocer cada día más este perdón infinito que Dios nos concede a todos para que seamos capaces de llevarlo a los demás. Que este domingo nos ayude a volver a descubrir una vez más tanto amor, tanto perdón que Dios nos dio, para que nunca se lo neguemos a los demás.