Book: Mateo

Mateo 5, 38-42 – XI Lunes durante el año

Mateo 5, 38-42 – XI Lunes durante el año

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.

Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.

Palabra del Señor

Comentario

Hay que animarse a subir una montaña. No es fácil, pero es lindo subir una montaña. Seguro que alguna vez lo hiciste en algún campamento, como hablamos alguna vez, de chico, o ahora. Por ahí te hicieron subir una montaña que te parecía inmensa y tuviste esa experiencia cansadora, pero gratificante al mismo tiempo. Es inevitable, para llegar arriba hay que esforzarse y después, del esfuerzo, viene el gozo y la satisfacción. Es la propuesta para que sigamos estas semanas junto a Jesús, simbólicamente, subiendo a la montaña. Subir para estar con él y poder escucharlo, porque ahí arriba todo se escucha mucho mejor, para recibir en el corazón la ley del Reino de los hijos de Dios, la nueva ley del Reino de Dios, la que ya no quedó grabada en piedras, en tablas de piedras como la ley de Moisés, sino que quedó grabada en los corazones de los discípulos y desde ese día fue transmitiéndose de corazón a corazón, hasta nuestros días. El sermón de la montaña empezaba con las bienaventuranzas ¿te acordás? Era como el prólogo, su comienzo, su introducción.

En este comienzo de semana, en este lunes, te propongo hacer juntos el camino espiritual de ir subiendo, intentar que las palabras de Jesús nos vayan atrayendo tanto, que tengamos ganas de subir interiormente para elevarnos espiritualmente. Apartate un poco, escuchá la palabra de Dios en silencio. Por ahí con tu mujer, con tu marido, con tus hijos, pero en silencio. No hay otro camino para ver las cosas diferentes, para ver el paisaje desde otro panorama, que subir. Solo desde arriba se puede disfrutar la vista de una manera única e irrepetible. Lo mismo pasa con las palabras del Sermón de la montaña, lo mismo pasa con la nueva Ley de los hijos de Dios. Solo el que sube, el que se deja elevar las comprende y asimila. Solo el que se pone en camino para subir, para salir de uno mismo, de la comodidad de sus pensamientos y sentimientos, puede aceptar que Jesús venga a decirnos: “Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo…”. “Yo les digo”. Él nos dice. Solo él puede darle el sentido pleno a la ley grabada en piedras frías y sin vida que no se podían cumplir sin la gracia de Dios. Solo él puede grabar la ley del amor verdadero en corazones con vida propia.

Vamos a subir juntos esta semana, como te digo. Vamos a escuchar la Ley de los hijos de Dios que tiene que ser “superior” dice, “mejor”, “superadora” en comparación a la de los escribas y fariseos; mucho mejor a la de los que creen que por cumplir están salvados. Como muchos de nosotros que están con la conciencia tranquila o están creyendo que agradan a Dios así. Un hijo quiere más. Un hijo que ama no calcula. Un hijo se entrega de corazón entero.

Como tantos hombres, a lo largo de la historia, que escucharon estas palabras de Algo del evangelio de hoy, seguramente te sorprenderás, te asustarás o bien te enojarás porque te parece una locura semejante pedido de Jesús. O te parece, incluso, injusto e ilógico pedir algo así. Pero vuelvo a decirte lo que te dije muchas veces: para comprender hay que creer, para aceptar hay que amar las palabras de Jesús, para comprender y aceptar hay que salir de uno mismo, hay que esforzarse un poco para no creérsela que uno se las sabe todas, para no considerar que nosotros tenemos la verdad. Se necesita humildad y para ser humilde hay que salir del yo, hay que vencer ese gigante interior, que es el ego.

“Yo les digo”… Yo les digo nos dice Jesús. Yo les digo que el mal no se soluciona con otro mal. Metételo en la cabeza, en el corazón. Que el fuego no se apaga con alcohol, que lo mojado no se seca con agua. Yo les digo que el mal solo puede ser vencido con el bien. Yo les digo que la mejor arma para destruir y afrontar el mal, en nuestra vida y en la de los demás, es el amor y la verdad. ¿Y cuál es la verdad? La verdad es que el amor es el remedio al dolor, el remedio al odio, es la respuesta a la mentira. Es la solución a la ira, a la violencia, a la insensatez, a la corrupción y doblez de corazón, al engaño, a la tristeza, a la hipocresía y así podríamos seguir nombrando todos los males de este mundo que anidan en nuestro corazón.

Presentar la otra mejilla, dar el manto, acompañar más de la cuenta, no es ser estúpidos, no es dejarse aplastar por el mal. Al contrario, es ser inteligentes y triunfar de otra manera. Es responder con el bien. No es ser tontos y dejar que el mal triunfe dejándome pegar, dejando que la injusticia gane la pulseada. ¡No! Eso no es cristiano, no es de Hijos de Dios. Poner la otra mejilla, es responder con un bien y que eso incluso nos exponga a recibir otro mal, para volver a responder con un bien, hasta el final. El que ama se expone. El que ama se expone a sufrir por amor, no por masoquismo. ¿Qué es lo que pretendemos hacer cuando respondemos a un mal con otro mal? Esa es la pregunta. Ganar. Triunfar. Queremos hacer justicia por mano propia y lo hacemos a nuestra manera, creyendo que de ese modo lo solucionaremos. Pero tenemos que entender que no hay otra manera de vencer el mal que con el bien. No existe otro camino posible por más que nos empeñemos en buscar otros caminos.

Probá, probemos hoy vivir estas palabras llenas de sabiduría, en lo sencillo de nuestra vida. Respondamos con una sonrisa alegre al saludo amargo del lunes por la mañana, ese saludo de tu compañero o jefe del trabajo. Respondé dejando el asiento a otro, aunque a vos te lo hayan negado. Respondé dando más de lo que te pidieron y es estrictamente necesario, aunque no parezca necesario. Respondé llamando al que te quiere y vos estás esperando que te llame primero por la dureza de tu corazón. Hay miles de formas de probar. Hay cientos de oportunidades en este día para vivir la verdad del evangelio de Jesús. Probemos, vas a ver que no nos vamos a arrepentir, vamos a salir ganando, en el fondo, lo que siempre queremos.

Mateo 5, 33-37 – X Sábado durante el año

Mateo 5, 33-37 – X Sábado durante el año

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor. Pero yo les digo que no juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del gran Rey. No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos.

Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno.

Palabra del Señor

Comentario

¿Te imaginás qué lindo sería el mundo, nuestro trabajo, una comunidad, una familia, un grupo de amigos en donde la palabra sí, sea siempre sí, y la palabra no se pueda decir y sea realmente no? ¿Te imaginás la cantidad de problemas que nos ahorraríamos si supiéramos que nuestro Padre del cielo, más que querer que pongamos garantías externas a nuestra palabra que brota del corazón, lo que quiere es que la cumplamos,  que seamos sinceros, que digamos sí cuando realmente podemos decir sí y que digamos que no cuando no podemos? ¿Te imaginás un mundo en el que todos seamos sinceros y dejemos de lado el ventajeo, la mentira, la falsedad, la hipocresía, la ambigüedad, la doblez y tantas cosas más que van haciendo de nosotros y de nuestra sociedad un mundo sostenido sobre “gelatina”, en donde todo se mueve y nada es firme, sobre arena? ¿Te imaginás un país, una Argentina, una Latinoamérica, bueno, un continente, un mundo, donde la deshonestidad no exista, donde no haya “vivos”, donde no haya corrupción?

Sé que te estarás riendo, pero está lindo probar, pensarlo. Parece a veces tan lejano esto. Parece tan imposible, pero, al mismo tiempo, es tan necesario para vivir en paz. Es tan necesario que vos y yo, los hijos de Dios, los que decimos ser cristianos y nos sentimos hermanos de esta humanidad, tomemos conciencia de que la palabra realmente debe valer. Vale y tiene que ser un reflejo de lo que hay en nuestro corazón. ¿Es posible que palabras tan cortitas y sencillas, tan solo con dos letras, sean tan importante para nuestras relaciones humanas, y a veces sean tan difíciles de decirlas? Sí, es posible. Porque Dios es sencillo, el evangelio también. Nosotros no tanto, lamentablemente. La vida debería ser más sencilla de lo que la hacemos. “Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del maligno” dice Algo del evangelio de hoy.

Tenemos que volver a escucharlo muchas veces. Todo lo que se le agrega a estas dos palabras para que nos crean no viene de Dios. No es de Dios. Si para que alguien nos crea tenemos que poner de “garantía” al mismo Dios, a nuestros hijos, a nuestra mujer, a nuestra madre, a las cosas, o, incluso, a nuestra propia vida, quiere decir que se perdió la confianza. Que no hay confianza, o nunca la hubo, o porque nuestra palabra perdió valor por no haberla cumplido o que con aquel con quien estoy hablando no es digno de mi confianza, porque él no confía en mí, aunque le diga la verdad.

Cuando juramos, para avalar lo que decimos, en el fondo nos estamos menospreciando a nosotros mismos, obviamente sin darnos cuenta. Tu Padre del cielo, y el mío, lo que quiere es que nos amemos los unos a los otros y que nos amemos nosotros mismos. Y, por eso, cuando nuestras palabras no reflejan lo que hay en el corazón, es un signo de que no estamos amando bien ni a nosotros ni a los otros. No estamos siendo sinceros. El amor es transparente. Es dejar relucir lo que somos y lo que tenemos en nuestro corazón, pero, al mismo tiempo, tiene que ir acompañado de la verdad, que nos enseña el que mejor sabe amar, Jesús. El amor es sincero. El amor no es rebuscado, ni tiene doblez. El amor no anda con ambigüedades, no manipula, no vive de la ironía, de la chanza, de las rebuscadas, de la viveza criolla. Cuando es sí, es sí, y cuando es no, no. Y tiene el amor las dos palabras: la posibilidad del sí y la del no.

Por eso, el que es sincero muchas veces sale perdiendo en este mundo hipócrita y, a veces, bastante mentiroso. Por eso, el que quiere andar en la verdad, sin jurar ni poner nada como pantalla, termina siendo despreciado por una sociedad o por un pensamiento, en el cual estamos incluidos, vos y yo, y que, muchas veces, a este pensamiento le encanta vivir de la superficialidad y de la mentira. Una sociedad supuestamente muy abierta y liberal, hasta que a veces empezás a pensar distinto que ella. Todo es relativo, hasta que alguien se topa “con el relativo” del otro. Hoy en día a muchos, incluso cristianos, les encanta decir que no hay verdad, que cada uno tiene su verdad, que la verdad está en el corazón de cada uno. Obviamente porque es mucho más fácil creer que lo que uno piensa es verdad, que hacer el esfuerzo por saber cuál es la verdad. Una vez, con un grupo de amigos discutíamos sobre el tema tan puesto en boga hoy y siempre, el tema del aborto, y uno decía: “La verdad solo está en el corazón de quien determina hacer o no un aborto en un país avanzado”. ç

Y bueno, la verdad que si pensamos así, estamos un poco complicados, porque la verdad depende del pensamiento de cada uno. Porque si la verdad es siempre lo que siente mi corazón, cuando se me antoje sentir matar a otro con mi palabra, con mi pensamiento, incluso con el cuerpo… y es verdad; cuando se me antoje robar, robo y esta es mi verdad, y así podríamos seguir con miles ejemplos. El tema de la verdad es complicado y no es para un audio, pero creo que nos ayuda a reflexionar en medio de este mundo que dejó de lado las “dictaduras”, y odia todo tipo de dictaduras – y está bien – pero, sin querer o queriendo, se aferró a una nueva dictadura: la del “relativismo”, la del que “cada uno tiene su verdad mientras sea feliz”, la del “no hay ninguna verdad absoluta, excepto la mía”.

Nosotros, mientras tanto, para no complicarnos la vida y no complicársela a los demás, aprendamos de Jesús, un hombre hecho y derecho y de palabra. Aprendamos a decir que sí y a cumplir con nuestra palabra. Aprendamos a decir que no y a saber que el amor muchas veces es decir que no a tiempo y mantener esa posición por el bien del otro. No hay que tenerle miedo. Solo hay que sentirse hijo y vivir como el Hijo, considerando a los otros hermanos merecedores de nuestra confianza y de nuestra sinceridad.

Mateo 5, 27-32 – X Viernes durante el año

Mateo 5, 27-32 – X Viernes durante el año

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.

Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena.

También se dijo: El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio. Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de unión ilegal, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio.

Palabra del Señor

Comentario

El sermón de la montaña, que venimos escuchando en estos días y que seguiremos meditando durante algunas semanas, es el sermón que puede dar vida a aquellos que lo escuchan con corazón de hijos. ¿Qué significa esta expresión? Quiere decir que solo las puede entender aquel que se siente hijo del Padre y, como hijo, jamás quiere ofender a su Padre en lo más mínimo, pero no como una especie de puritanismo o moralismo centrado en uno mismo, sino por amor al que le dio la vida. Corazón de hijo tiene aquel que se siente siempre necesitado de su Padre, que confía que todo lo que su Padre le enseña es lo mejor. El hijo que ama verdaderamente a su Padre sabe que cualquier ofensa a otro hijo de ese Padre, a un hermano, es motivo de dolor para su Padre. Como pasaba en nuestras familias, como pasa en nuestras familias cuando un padre ve que sus hijos se pelean, sufre.

Cuando se hieren, sufre. El hijo de Dios que va reconociendo el amor del Padre, sabe que Jesús, el Hijo con mayúscula, es el que nos vino a enseñar el verdadero sentido de la ley y el que vino a interpretarla en profundidad. Por eso, escucharemos varias veces esta expresión: “Ustedes han oído que se dijo… Yo les digo”. Como si nos dijera: “Ustedes escucharon y aprendieron los mandamientos en su infancia, en su juventud, está bien. Los mandamientos de Dios y también mandamientos o mandatos culturales, o familiares. Ahora, yo les vengo a explicar. Yo vengo a descubrirles el espíritu de lo que el Padre les enseñó y ustedes, por ahí, no interpretaron tan bien. Yo vengo a que no se queden en la letra, en la literalidad de las palabras y vayan más allá y descubran que el mandamiento no es simplemente una prohibición, no es un no, sino que es una invitación al amor profundo y verdadero, una invitación a vivir plenamente”. Algo así podemos pensar que nos está diciendo el Señor.

¿Cuántas cosas en nuestra vida “hemos oído que se dijo”? Podríamos decir que muchas cosas en nuestra propia vida se basan en un “escuché que se dijo” y “esto fue lo que aprendí o me enseñaron” o “siempre se hizo así” o “todos lo hacen así”. Bueno, Jesús quiere sacarnos de ese esquema rígido en el cual muchas veces podemos caer y acomodarnos a nuestra conveniencia, tanto en una ideología como en otra, del lado derecho, del lado izquierdo. No podemos escudarnos en que “a mí me lo enseñaron así”, “esto lo hago porque todos lo hacen”. Tenemos que escuchar a Jesús desde la montaña. Acordate.  Imaginamos que en nuestra vida empecemos a decir: “Yo escuché lo que Jesús dijo. Yo quiero vivir lo que Jesús dice, porque lo que él dice es lo que el Padre quiere y lo que el Padre quiere es lo mejor para mí, para mis hermanos, para la humanidad, para todos.”

Si todos escucháramos lo que Jesús nos enseña, en definitiva, todos viviríamos como hermanos. No pasarían las cosas que pasan.  Todos nos sentiríamos hermanos y, en caso de herirnos, como nos pasa tantas veces, porque somos débiles y puede pasar, aprenderíamos a perdonarnos. Eso es el deseo del Padre para toda la humanidad. Es recrear una nueva humanidad, la de los verdaderos hijos de Dios. Qué bueno sería que pensemos así. ¿Qué dice hoy Jesús en Algo del evangelio para que podamos escuchar y seguir aprendiendo? ¿Qué dice el Padre?

Bueno, hoy es evidente que el Padre quiere cuidar el amor entre sus hijos, el amor entre el hombre y la mujer, porque así nos creó, varón y mujer. Fundamentalmente, quiere cuidar la familia. Eso es lo que quiere cuidar: el seno de la familia, de donde brota todo el amor que aprendemos en la vida. Porque nos creó hombre y mujer, por más que hoy ciertas ideologías quieran corromper lo más preciado que tiene el ser humano, quieran dictatorialmente imponernos que podemos renegar de nuestra naturaleza. Por más que hoy impere, a veces, la dictadura del relativismo, en el cual “da todo lo mismo” y, si no pensás así, estás fuera. Al Padre, sencillamente, no le gusta la lujuria, no le gusta el desenfreno. Sabe que nos hace mal. El creó la sexualidad para nuestro bien, para expresar el amor mutuo y engendrar vida, dos fines que no se pueden separar. Por eso, no le gusta, no desea que nos usemos como si fuéramos objetos. Quiere que sus hijos se miren con ojos de hermanos, como Jesús, con ojos puros.

Los hijos de Dios se deben miran mutuamente, tanto el hombre a la mujer, como la mujer al hombre, como hermanos y no como objetos de deseo y satisfacción personal. Por eso, mirar con deseo de tener a alguien que no nos pertenece, una mujer ajena o un hombre ajeno, y que no es un objeto, sino un hermano, una hermana, o mirar deseando que lo que miro sea una realidad para mí, es ya, de alguna manera, lograr lo que deseo. No somos dos realidades distintas, somos una unidad. Somos cuerpo y corazón, cuerpo y espíritu, no podemos separar nuestra mirada de lo que sentimos y pensamos, aunque a veces lo intentemos. Una cosa alimenta a la otra y al revés. Jesús dice: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. Es por la mirada por donde entran al corazón las imágenes que nos inquietan y mueven el corazón para desear lo que nos hace bien o mal, y desde el corazón salen los deseos que nos hacen mirar aquello que alimentan ese buen o mal deseo.

Por eso, no es cristiana esa frase que dice: “El menú está para mirarlo”, eso no hace bien a un matrimonio. Por eso podemos ofender al Padre con los ojos y los ojos pueden transformarse en inicio de malos deseos en el corazón. Esto vale tanto para el varón como para la mujer. Tanto por mirar con deseo, como por provocar que los otros nos miren con deseo desordenado. Eso también, no está bien. Los verdaderos hijos de Dios no buscan mirar con deseo de poseer a nadie, ni tampoco les interesa que los miren con deseo, deseos de vanidad, de vanagloria. Pidamos al Padre que nos enseñe a mirarnos como hermanos, mirarnos como él nos mira, mirar como Jesús miraría, como la Virgen miraría.

Mateo 10, 7-13 – Memoria San Bernabé Apóstol

Mateo 10, 7-13 – Memoria San Bernabé Apóstol

 

Jesús dijo a sus apóstoles:

Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.

Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.”

No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento.

Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, busquen a alguna persona respetable y permanezcan en su casa hasta el momento de partir.

Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella. Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a ustedes.

Palabra del Señor

Comentario

Aún cuando San Bernabé no fue uno de los doce elegidos, directamente por Jesús, fíjate que es considerado Apóstol por la Iglesia, por los primeros padres de la Iglesia. Incluso por San Lucas, y los Hechos de los Apóstoles, a causa de la misión especial que le confió el Espíritu Santo y de su gran tarea apostólica junto a San Pablo. Y por eso, aunque hoy no es una fiesta del grado de un apóstol, se celebra este santo, de una manera especial, por considerarlo fundamental en los comienzos de la Iglesia. Él fue luz y sal para nuestra Iglesia.

La palabra apóstol, recordá que significa enviado, por lo tanto, sirve también, siempre para nosotros, para vos y para mí. Podemos decir, de modos distintos, que todos somos enviados por Jesús, todos los cristianos somos, de un modo u otro, según su condición, según su carisma, apóstoles de Jesús, para ayudar a que otros también se sientan amados y llamados. Llamados a ser luz y sal, a vivir las Bienaventuranzas.

Por eso, cuando escuchemos la palabra apóstoles, no solo tenemos que pensar en los “grandes”, en esos “grandes” elegidos por Jesús, sino que es para todos, no lo olvides. Para los más desconocidos, para, como decía alguna vez el Papa Francisco: “Los santos de la puerta de al lado”, los comunes, los de todos los días, los que están a tu lado y por ahí ni te das cuenta. Los enviados desconocidos, como vos y yo, los “apóstoles” que se fraguan en la vida cotidiana, sin “propaganda”, sin que nadie los aplauda, sin que nadie les ponga muchos “likes”, sin tener tantos seguidores. Son los enviados que se caen todos los días por sus debilidades, pero que quieren seguir, que se dan cuenta que no hay otro camino mejor que este, que nos plantea el mundo, el de Jesús. Y aunque el “maligno” nos llene de propuestas, aparentemente, lindas y atractivas, esas que todos quieren elegir, seguimos intentando ser fieles en medio de los “lobos”. Por eso, cuando escuchemos la palabra apóstoles no miremos para otro lado, no miremos al pasado, mejor aprendamos del pasado y de los apóstoles, en serio, de los santos, para reconocer y darnos cuenta, que Jesús quiere hacernos formar parte de esa misma historia, llamándonos a trabajar por él y con él, en el mejor trabajo que podamos imaginar en este mundo. El de ser seguidores y servidores de Jesús.

El trabajo que da la mayor y mejor remuneración, la Vida Eterna que empieza aquí en la tierra y continuará junto a él y todos los santos en el Cielo.
Pero vayamos a Algo del evangelio de hoy, en donde, de alguna manera, Jesús nos da entre comillas, las “instrucciones” para ser un verdadero apóstol, como él quiere. Sería imposible analizar en detalle, todo lo que Jesús nos pide, o nos recomienda, a lo que nos envía, pero sí podemos tomar algo o por lo menos rezar con lo esencial. Todos los apóstoles experimentaron de alguna manera, esto que Jesús les pidió, cada uno a su modo, pero tarde o temprano, pudieron vivirlo a lo largo de sus vidas. Hay una frase que parece ser como el sustento de todo, el cimiento de la palabra de hoy, lo que sostiene toda la misión y el modo de ser apóstol. ¿Se te ocurre cuál? Pensala, a ver, antes de que yo la diga. ¡Pensala! ¿Te imaginás cuál es?… Bueno, yo creo que es esta: “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente”. La clave del enviado, del apóstol, del cristiano, es reconocer la gratuidad del amor de Jesús. Nadie es cristiano, únicamente, por decisión propia, sino que lo es, fundamentalmente, porque fue elegido, tomado, “apartado” del mundo para una misión especial. Apartado no porque nos vayamos a otro lado, sino, porque interiormente, tenemos una parte del corazón o todo el corazón dedicado a la misión.

Somos cristianos maduros, por decirlo así, obviamente, cuando hacemos propia y consiente esta decisión gratuita, sin mérito alguno. Pero, para poder elegir, previamente fuimos elegidos, por pura iniciativa de Dios Padre, por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo. Por eso, cuando creas que las cosas dependen de vos, cuando te creas cristiano por mérito propio, porque los demás te aplauden o seas muy bueno, dejás de serlo, de “modo figurado”, lo estoy diciendo. En el momento de pensar así o de actuar como si no fueras elegido. La elección es gratuita, no hay grises, no fue por acciones previas nuestras, no fue por nuestras obras, sino que fue por puro amor, sin que nos hayan preguntado mucho, al contrario, su elección nos sacó de un camino distinto. Y esto no nos hace esclavos, sino todo lo contrario, nos hace libres, nos hace aptos para elegir bien y mejor, para elegir siempre el amor, siempre la gratuidad, siempre la entrega, siempre la santidad.

Solo el que descubre la gratuidad, puede vivir dando gratuitamente. Solo el que se siente amado, elegido y enviado, no se pone en el centro de la evangelización, y puede obrar como Jesús nos pide obrar y hacer lo que él haría en nuestro lugar. Solo el que descubre que debe dar gratuitamente, se da cuenta que, para llevar el amor de Jesús, en el fondo, no necesita llevar nada, no le hace falta nada, porque ya tiene todo, a Jesús en su corazón. Por eso, Jesús nos recomienda no llevar nada, o llevar solo lo indispensable, porque no hace falta. Cuantas más cosas necesitamos para hablar del amor y para dar amor, en el fondo es porque no descubrimos lo que es el amor. En este mundo donde todo parece ser negociable, donde todo se compra y se vende, parece ser imposible amar sin dar algo, parece imposible dar amor sin algo material. Sin embargo, Jesús nos insiste una y mil veces, no lleven esto y lo otro, no se preocupen, no se preocupen.

¡Cuánto nos falta esto Señor, para comprender mejor tu mensaje! ¡Cuánto nos hace falta en la Iglesia, hoy, darnos cuenta que no hace falta demasiada “alharaca” para hablar de vos. O, a veces, lo comprendemos y rápidamente lo olvidamos. Nos adueñamos de lo que nos diste gratuitamente, porque nos gusta que nos miren. Pasa en la Iglesia, pasa en nuestras comunidades, pasa en nuestros corazones, nos pasa siempre, es el gran peligro… haber recibido gratuitamente, pero intentar dar pretendiendo recibir algo a cambio, buscar nuestra propia gloria. Te acordás lo del evangelio, que vean tus obras, para que los demás den Gloria al Padre. No pienses, necesariamente, en dinero, eso sería nuestra peor corrupción, incluso pasa, sino que me refiero a cuando reclamamos al dar, y lo hacemos de mil maneras diferentes. Reclamamos amor dando amor, reclamamos atención dando atención, reclamamos tiempo cuando damos tiempo, reclamamos que nos miren, cuando evangelizamos. Por eso, volvamos a escuchar estas lindas palabras y terminemos así nuestra reflexión de hoy… “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente”. ¡San Bernabé… Ruega por nosotros!

Mateo 5, 17-19 – X Miércoles durante el año

Mateo 5, 17-19 – X Miércoles durante el año

 

Jesús dijo a sus discípulos:

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.

El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.

Palabra del Señor

Comentario

Si vivimos como hijos de Dios empezamos a iluminar. Si vivimos como hijos empezamos a sazonar, a salar, todo lo que vamos tocando con nuestro corazón, con nuestra presencia, en realidad. El mundo necesita hijos de Dios que quieran glorificar a su Padre. Necesita hijos, como vos y yo, que no busquen su propia gloria, ni siquiera la gloria mundana que, a veces, la Iglesia también puede buscar como primer fin, sino la gloria del Padre, de ese Padre al cual le rezamos cada día en la oración de los hijos de Dios. Ese Padre que es tuyo, mío y de todos. Ese Padre que necesita ser conocido cada día más utilizándonos a nosotros. ¿Qué hijo que ama a su padre no desea que su padre sea conocido? ¿Qué hijo se avergüenza de un padre que es bueno siempre con todos?

Esta semana empezamos el sermón de la montaña con esta idea, con esta exhortación de Jesús a que definitivamente seamos lo que somos, aunque parezca redundante. Somos luz y sal, y si no estamos iluminando y salando es porque no terminamos de darnos cuenta la dignidad de hijos que Jesús nos dio. Él vino a crear una nueva humanidad, la humanidad de los nuevos hijos, nacidos de lo alto, nacidos del Espíritu de Dios que viene a recrear todas las cosas, entre ellas, tu corazón y el mío. Aprovechemos a pedirle con el corazón, a elevar nuestro corazón de hijos e hijas con sinceridad, rogando nacer de nuevo, rogando ser conscientes de tanto regalo, rogando ser luz y sal, subir la montaña con él para maravillarnos con su sabiduría.

¿Conociste alguna vez un cristiano que vive realmente como hijo, un cristiano que vivió como hijo; que iluminaba, salaba cada lugar y corazón que conocía; que su sonrisa, pero genuina y fruto del amor de Dios, llenaba de luz cada lugar? Qué lindo es conocer cristianos hijos, no cristianos de nombre o de apellido. Cristianos que iluminan y no opacan. Hijos del Padre que se mezclan con el mundo, sí, con las cosas y, como la sal, le dan sabor sin dejar de ser sal, aunque aparentemente no se vean. ¡Cuántos cristianos hijos faltan en nuestro mundo! ¡Cuántos cristianos que glorifiquen a Dios Padre hacen falta en nuestras parroquias, en nuestras familias, en nuestros grupos de oración, en nuestros movimientos, en cada rincón de este planeta lleno de tinieblas, insípido de tanto olvido de Dios!¡Cuántos sacerdotes necesitamos todavía ser luz y sal! Son pocos los hijos de la luz. Son pocos los hijos del Padre que se dan cuenta de esta invitación de Jesús. Pensemos qué clase de cristianos estamos siendo, ¿hijos conscientes y maduros, o adolescentes que se creen totalmente independientes de su amor?

Jesús, nuestro hermano mayor, queremos ser hijos de corazón. Queremos empezar de una vez por todas a vivir, a sentir, como hijos. Queremos formar parte de este nuevo Reino de los hijos de Dios. ¿Qué es el Reino de Dios sino el Reino de los hijos? Dios tiene miles y miles de hijos, millones, pero no todos los hijos lo aceptan como Padre. El Reino de Dios es el reino de los que, especialmente, aceptan al Padre como su rey y quieren glorificarlo en todo.

Hoy, en Algo del evangelio, Jesús nos quiere ayudar como intentó hacerlo en ese tiempo a los que lo escuchaban, que no siempre hay que oponer para encontrar la solución, sino que muchas veces es necesario integrar. ¿Cuánto hay de oposición en este mundo, incluso en la Iglesia? Todo parece ser de un color o del otro, de un pensamiento o del otro. Al enseñar algo nuevo y, en este caso, la nueva ley, la ley de la gracia, nuestra mente y nuestro corazón automáticamente intentan desechar lo antiguo, la antigua ley, como queriendo encontrar una solución a la imposibilidad de poder vivirla. Sin embargo, Jesús es claro: “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir. No piensen que por decir algo nuevo, o decirlo de otro modo, quiero desechar lo anterior, como si fuera que no sirve, sino por el contrario, quiero ayudarlos a comprenderla, para que puedan vivirla”. Todos corremos ese riesgo, la Iglesia también lo corre y lo corrió muchas veces, “tirar lo viejo para traer algo nuevo”, por el solo hecho de que lo nuevo parece mejor. Sin embargo, el esfuerzo debe ponerse en cómo vivir lo viejo con corazón nuevo y cómo desechar cosas viejas si realmente hay que desecharlas, con una mirada distinta, no de superación.

Jesús, de alguna manera, en este pasaje explica qué relación hay entre este nuevo modo de vivir de los hijos de Dios y el modo de vivir anterior, bajo la ley del antiguo testamento. ¿Cómo es? ¿Este nuevo modo anula el anterior? ¿Este nuevo modo excluye lo antiguo? ¡No! Al contrario, lo incluye. Este nuevo modo llevará a la plenitud el anterior si aprende a asumir lo antiguo. Jesús no puede borrar con el codo lo que Padre escribió con su mano, la ley. Él vino a cumplir los mandamientos, a vivirlos, a enseñarnos su corazón escondido bajo la letra fría de la ley. Pero, además, algo mucho más grande, vino a hacernos capaces de cumplirlos, de vivirlos. Vino a darnos la fuerza y la gracia para cumplirlos. Esa es la novedad. Vino a enseñarnos a cumplir los mandamientos, pero no solo por el hecho de cumplirlos, sino a vivirlos como hijos del Padre, con corazón de hijos. Cumplirlos por amor, con amor y desde el amor. Eso nos hará grandes y libres. Eso nos hace grandes, justamente lo pequeño e imperceptible, como la sal. ¿Qué nos hace grandes? El ser hijos, aunque nadie lo sepa, y el enseñar a ser hijos a los demás. Él invierte todo. Da vuelta todo para que aprendamos a ser hijos en lo sencillo y desconocido por los demás.

Mateo 5, 13-16 – X Martes durante el año

Mateo 5, 13-16 – X Martes durante el año

 

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor

Comentario

Las cosas lindas de la vida se consiguen poco a poco, lentamente, paso a paso, diríamos. No se sube una montaña en dos saltos, así no más. No es lindo llegar a la cima en helicóptero, ¿te imaginás? Si fuese tan fácil, en realidad, no sería lindo. Paradójicamente, lo difícil lo hace lindo. Es lindo andar en helicóptero y ver todo desde arriba, pero es más lindo esforzarse y llegar uno mismo a esa cima, a la felicidad. La felicidad es así. Es cuesta arriba, pero es linda. Todas las felicidades “fáciles”, o propuestas de felicidades “fáciles”, rápidas, inmediatas, hay que mirarlas de reojo. El esfuerzo y el sacrificio bien vividos tienen un lindo sabor, su buen gustito, no hay que rechazarlos así no más. Y el placer, por el placer mismo, el placer egoísta, sin mirar a los otros, también hay que mirarlo de reojo.

Así, vamos nosotros también, con esto de la palabra de Dios. Lentamente, después de haber escuchado ayer las Bienaventuranzas, esas promesas de felicidad que vienen de Dios, de lo Alto, del Cielo, iremos poco a poco escuchando el Sermón de la Montaña, en el que nuestro Maestro nos irá desgajando y abriendo su corazón, para enseñarnos lo que significa ser hijos, cómo llegar a ser hijos del Padre. Y eso irá haciéndolo, mostrándonos su corazón y mostrándonos nuestro corazón, para que sepamos quiénes somos realmente, para que nos veamos reflejados en su corazón. Te aseguro que, durante estas semanas vas a disfrutar mucho de la Palabra de Dios, de estas palabras de Jesús desde la montaña. Estas enseñanzas bajan de la montaña, nos llegan desde arriba, de labios de Jesús. La montaña por eso es signo de que esta sabiduría, no es sabiduría humana, sino que es sabiduría divina, es un saber que viene de lo Alto y viene a iluminar nuestra vida, a darle sentido, a mostrarnos la verdad. Semejantes enseñanzas solo pueden venir de un corazón divino-humano, del corazón de Jesús.

¿Sabías que muchas veces no podemos ser lo que queremos ser, porque en realidad no sabemos todavía lo que ya somos? Parece un trabalenguas, pero, pensá lo que te estoy diciendo. A veces, vivimos en un eterno “querer ser alguien en la vida”, porque parece que no lo somos y nos olvidamos que ya somos algo. Muchas veces privilegiamos en nuestra vida el hacer antes que el ser, el llegar a ser y no el ser, el presente. Esto nos pasa mucho. Nos cuesta muchísimo reconocerlo, reconocernos a nosotros mismos y por lo tanto no terminamos de amarnos bien, no terminamos de dar frutos en nuestra vida. Como discípulos, como cristianos también puede pasarnos esto.

Te hago una pregunta y me la hago: ¿Vos crees que ser buen cristiano es simplemente “hacer cosas buenas”, hacer muchas cosas por los otros, ser “buenos”? ¿Qué es para vos ser buen cristiano? Obviamente, que el cristiano debe y hace cosas buenas. Es obvio, es verdad, pero no toda la verdad, o es parte de la verdad. Porque cosas buenas, hacen muchísimas personas que no son cristianos, incluso a veces, hacen mejores que nosotros. Gente de bien hay por todos lados, son muchas las personas buenas en este mundo, que incluso, no creen, que hacen y viven para los demás, gracias a Dios. Seguramente vos y yo hacemos cosas buenas, pero… ¿no será que las hacemos porque en realidad ya tenemos algo de buenos? Entonces… ¿cuál es el distintivo de un cristiano? ¿Nos distingue algo de los demás, nos debería distinguir algo? ¿Somos especiales? ¿Qué es lo que Jesús dice que debe vivir un discípulo de él?

El Sermón de la Montaña nos irá dando la respuesta poco a poco. Te pido por favor, que estés atento, atenta. Te vas a sorprender. Te lo aseguro. Acordate que es el corazón del Evangelio, porque es el corazón de Jesús. Voy a insistir mucho en esto durante estos días, por ahí, hasta te voy a aburrir. Pero, hay cosas que hay que repetir y repetir, para que queden grabadas para siempre en el corazón. Recuerdo que conocí el Sermón de la Montaña y las Bienaventuranzas cuando entré al seminario, en mi primer retiro espiritual, y para mí fue todo nuevo. Había ido a misa toda mi vida, pero jamás había escuchado estas palabras de Jesús con atención, y jamás alguien me las había explicado con tanta claridad y luz, como el sacerdote que me dio ese primer retiro en el seminario. ¡Cuánto agradezco que se haya cruzado en mi camino!

Algo del evangelio de hoy nos dice: Ustedes son sal. Vos sos sal. Vos sos luz. Nosotros, los que escuchamos a Jesús, los discípulos de él ya somos sal y luz. Estas palabras no están dirigidas a todos, sino a los discípulos, a los que siguen de cerca a Jesús. Si te considerás discípulo, discípula, seguidor de Jesús, ya sos sal, ya sos luz. Jesús nos dice: ustedes son la sal, ustedes son la luz. No dice: deben serlo, deberían serlo, tienen que serlo. Ya somos la sal que sala el mundo, ya somos la luz que ilumina el mundo. Tenemos todo para ser luz y sal. ¿Estamos salando? ¿Estamos iluminando? ¿Para qué salamos e iluminamos? Salamos e iluminamos para que los demás den Gloria al Padre, no a nosotros. No hacemos filantropía, sino que deberíamos hacer caridad. Amamos para que otros amen al Padre, le den Gloria. Eso es lo que nos debe distinguir. No hacemos cosas buenas por ser buenos y para ser buenos, porque es lindo hacer cosas buenas. Hacemos cosas buenas, porque el Padre nos da esa fuerza y para que los demás descubran también, que son hijos, para que descubran que son niños, de alguna manera, que dependen de un Padre creador. Somos sal que sala, pero no se ve, una vez que se mezcla con la comida deja de verse. Somos luz que ilumina, pero que en realidad el generador de luz es Jesús. Somos hijos de Dios, que descubrimos la maravilla de ser hijos y vivimos en medio de un mundo, que no quiere depender tanto de Dios. Nosotros con nuestra vida, queremos que el mundo descubra que es lindo ser hijos, es lindo ser dependientes de su amor, es lindo tener tantos hermanos.

Mateo 5, 1-12 – X Lunes durante el año

Mateo 5, 1-12 – X Lunes durante el año

 

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.»

Palabra del Señor

Comentario

Empezamos un nuevo lunes, una nueva semana, de la mano de la palabra de Dios. A levantar la cabeza y el corazón una vez más, que todavía falta. Todavía nos queda mucho por caminar. En realidad, no sabemos cuánto tiempo a cada uno, pero lo que sí sabemos es que vamos camino a la Vida eterna. Esa Vida eterna que empezamos a vivir desde ahora, cuando aceptamos las enseñanzas de Jesús y las vivimos, cuando creemos. Como decía el evangelio de ayer: «Todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna». El que cree que Dios es Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y cree, vive de una manera distinta. Sabe hacia dónde va. No le importa lo que pase en el camino, sino sabe y tiene claro hacia dónde va. Por eso, empecemos esta semana, una vez más, con un corazón bien grande y muchos deseos de caminar. Me imagino que alguna vez subiste a una montaña. ¿Hiciste alguna vez ese esfuerzo de caminar lejos, por lo menos, por el llano? ¿Experimentaste esa linda sensación de llegar, sentarte, tomarte algo, tomar agua y disfrutar de lo que alcanzaste? Seguro que sí. Seguro que todos tenemos esa experiencia, y es lindo hacerlo si no lo hiciste. Lamentablemente en nuestra forma de vivir moderna, especialmente hoy, esto se perdió mucho, pero es casi, te diría, necesario vivirlo. Todo hombre, como Jesús lo hizo también, tiene que experimentar que toda meta, todo horizonte implica un “moverse”, “salir”, “subir”, “trepar”, “caminar”, esforzarse para terminar alcanzando la felicidad. “La felicidad no es cuesta abajo, es cuesta arriba”, aunque nos quieran enseñar lo contrario.

Me acuerdo de esos campamentos que hacíamos en la adolescencia en el colegio y me acuerdo de que el que nos guiaba nos llevó a hacer esa experiencia de “hacer cumbre”, como se dice, o sea, de llegar a la cima de una montaña. No era muy alta, pero para esa edad era mucho. El cerro se llamaba “Navidad”. Se llama “cerro Navidad”, en Bariloche, al sur de la Argentina. No me olvido más de esa sensación de llegar, de alcanzar entre muchos, aunque nos peleábamos a ver quién llegaba primero corriendo al final del trayecto. Me acuerdo esa linda sensación y, además, me acuerdo de la sensación de estar disfrutando el paisaje al llegar. Con ganas de no bajar, de quedarse a mirar y a mirar, y a contemplar todo desde arriba. ¿Será así la experiencia de la vida? ¿Será así la experiencia de llegar al cielo? ¿Será que andamos también en nuestra vida ahora concretamente, cuesta arriba, esforzándonos por llegar a la cumbre y de ahí no nos bajaremos jamás?

Bueno, empecemos, como decía, esta semana, con otro corazón, con otras ganas. Y empezamos también cambiando de autor, de evangelista. Empezamos escuchando el gran Sermón de la Montaña del evangelio de Mateo y durante casi tres semanas, preparate. Tres semanas estaremos escuchando, leyendo, meditando los capítulos 5,6 y 7. En donde Jesús comienza este lindo discurso con las conocidas Bienaventuranzas. Será en este Sermón de la Montaña donde aprenderemos a ser hijos de Dios. Escuchá bien: aprenderemos a ser hijos de Dios. Donde Jesús nos abrirá su corazón para que aprendamos a vivir como él y ser hijos verdaderamente. ¡Qué lindo empezar estos días así! Jesús se llevó a la multitud y a sus discípulos a la montaña. Los sacó de donde estaban para que puedan escucharlo mejor. Nosotros, en estas semanas, intentaremos hacer lo mismo. Intentemos dejarnos llevar por la dulzura de sus palabras. Jesús sube a la montaña para que nosotros también subamos, salgamos de nosotros y nos sentemos a su alrededor y empecemos a escuchar estas palabras que salen de un corazón de Hijo, de un corazón grande, que siente como Hijo, que vive como Hijo y que quiere transmitirnos esa vida de los hijos de Dios a cada uno de nosotros.

Las Bienaventuranzas son el preámbulo a todo lo que vendrá. Son el corazón del evangelio, el rostro de Jesús. Son, en realidad, promesas que nos hace él para que podamos vivir como él. ¡Qué lindo! Promesas, no mandatos. Promesas de vida, de felicidad. ¿Cómo entender estas promesas tan particulares? ¿Cómo entender estas promesas que lo que menos parecen al comienzo es que hablen de felicidad? ¿Cómo comprender que seremos felices si somos humildes, misericordiosos, pacíficos, pacientes, afligidos, deseosos de santidad, puros e incluso perseguidos? ¿Cómo explicarle esto a un mundo que cree que ser feliz es ser poderoso, implacable, perfecto, estrictamente justo, haciendo lo que se quiere, e incluso buscando la propia felicidad a costa de los demás? La verdad que es difícil. No solo le costó a Jesús, le cuesta a la Iglesia, me cuesta a mí. Pero bueno, no renunciemos a intentarlo, a hacer el esfuerzo, a subir a la montaña. Es fácil quedarse abajo y no luchar. Es fácil ni siquiera hacer el intento. No lo vamos a lograr solo hoy, por supuesto, sino que durante estas semanas iremos lentamente “desmenuzando” el corazón de Jesús.

Para no hacerlo largo e ir terminando Algo del evangelio de hoy, te cuento que la clave para entender las Bienaventuranzas es el mismo Jesús. Porque él las vivió primero, porque él es el Maestro para vivirlas. Y por eso mirándolo a él, sabremos lo que es ser pobre de espíritu, paciente y manso de corazón, lo que es ser consolados, tener hambre y sed de justicia, ser misericordiosos, puro de corazón, trabajar por la paz y ser perseguidos. Mirándolo a Jesús no necesitaremos ser expertos en teología para comprender las bienaventuranzas y querer vivirlas, sino que nos daremos cuenta de que son el verdadero camino de la felicidad, que anhelamos y muchas veces no sabemos encontrar. Esa es la clave creo yo. Es verdad que podemos explicarlas una por una, pero para eso hay muchos libros escritos. Lo que podemos hacer nosotros en estos pocos minutos es rezar con esto, es mirarlo a Jesús para que él nos introduzca en este misterio de sabiduría divina que viene a liberarnos de nuestras falsas felicidades, que lo único que hacen, a veces, es que encontremos la infelicidad.

¿Vamos juntos a subir esta montaña?

Mateo 28, 16-20 – Solemnidad de la Ascensión del Señor

Mateo 28, 16-20 – Solemnidad de la Ascensión del Señor

 

En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron.

Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.»

Palabra del Señor

Comentario

“¿Por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir” dice la primera lectura de hoy. Los discípulos hicieron lo que cualquiera de nosotros hubiera hecho, siguieron mirando a Jesús mientras partía. ¿Será que Jesús también los miraba mientras se iba? Seguro que sí. Creo que sí. Imaginá ese momento: Jesús ascendiendo a los cielos, el corazón triste de los discípulos al ver que su amigo se iba, Jesús bendiciéndolos y tratando de explicarles, de mostrarles que, en realidad, no se estaba yendo, que iba a permanecer de una manera distinta.

¿Recordás en tu vida, alguna vez, alguna de esas despedidas que te hizo quedarte mirando al que se iba? Siempre me acuerdo, cuando más de adolescente, más de la juventud, que viajaba en colectivo, en ómnibus, cuando iba a mi tierra y miraba las despedidas de la gente en las terminales. Cuando se estaba yendo el ómnibus y se saludaban por la ventana, se miraban y lloraban. Me imagino que recordarás o tendrás esa experiencia ¿no? Cuando no se mira, en el fondo, cuando veíamos una persona que no miraba, es porque no se quería sufrir demasiado, pero en el fondo se quiere mirar. Es triste ver en esas terminales o en los aeropuertos también, las despedidas de los familiares o amigos. En los ómnibus, como te decía, el que va arriba se queda mirando por la ventana, como queriendo abrazar a los que se quedan, y los que se quedan, saludan desde abajo, como queriendo retener al que se va. En los aeropuertos es distinto. Pero existen esas despedidas antes de embarcar al avión. Miradas que quieren retener el amor que parece que no vuelve. Más lejano. El avión es esa sensación de que será mucho más lejos. Podríamos imaginar algo así en este día de la Ascensión. Como te planteé al principio, una especie de partida, despedida, pero sin ómnibus ni aviones, con una gran diferencia, una despedida con permanencia asegurada. Qué extraño. Algo raro para nuestro entendimiento.

Retomando esto de los discípulos que se quedaron mirando al cielo, podríamos decir que seguir mirando al cielo pensando que Jesús no estará más entre nosotros, es no entender que el cielo en realidad, no es un lugar, es un estado del alma, un estado, una forma de vivir podríamos decir, una nueva forma de estar. Jesús ascendió, Jesús volvió a su “lugar”, pero en realidad su lugar hoy, es todo lugar, es estar en todo lugar. Esta es su promesa: “Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. Fue una partida necesaria para quedarse siempre con nosotros hasta el final. Esa es la diferencia. Esa es la despedida con permanencia asegurada.

¡Señor, qué lindo es saber y creer esto! Estás en todo lugar y en todo momento. El cielo está en mi vida no cuando estoy en un lugar en especial, sino cuando creo que Jesús está donde yo estoy. Si Jesús es la Cabeza y nosotros su Cuerpo y él está “en el cielo” junto a su Padre, quiere decir que cada uno de nosotros está también un poquito “en el cielo”. Si estamos en el Camino, dijimos alguna vez, ya estamos un poco, por lo menos con el corazón, en el final del Camino porque nuestro corazón quiere ir hacia allá. El cielo comenzó a estar en la tierra desde que Jesús vino a pisarla, a estar con nosotros y la tierra está “en el cielo” desde que Jesús ascendió y nos llevó a todos con Él. ¿Creemos en esto?

Él ascendió a los “cielos” para estar a la derecha del Padre, para ser Señor del Cielo y de la Tierra, de todo lo visible e invisible. El Padre lo premió por haber hecho su voluntad. Desde que él ascendió a los cielos, desde que él está en todos lados, millones de corazones comprendieron esto y dejaron que él reine en sus vidas. Porque Jesús reina aunque muchas veces no nos demos cuenta. Jesús reina en la medida que lo dejamos reinar. Él reina y reinará plenamente cuando venga glorioso al final de los tiempos.

Mientras tanto, tenemos que creer en esto: Él está a la derecha del padre para interceder por nosotros. Que Jesús esté en “el cielo” quiere decir que está y estará siempre, en todo tiempo y lugar. Quiere decir que ya estamos con él de alguna manera junto al Padre, nuestro corazón está con él, “en el cielo”. Finalmente, también quiere decir que es el Rey y quiere reinar en vos y en mí. Quiere que lo amemos para que, junto al Padre, él pueda vivir en nosotros.

Hagamos hoy el intento de mirar al cielo, simbólicamente, para cruzarnos las miradas con Jesús, que está en el cielo, pero está con nosotros. Mirémonos, pero sabiendo que no es una despedida total, sino que es despedida a medias. Miremos a Jesús que está en el cielo pero que está en cada hombre que lo ama y en cada ser humano que sufre. Jesús en realidad no se fue, se quedó para siempre especialmente en la Eucaristía, especialmente en los corazones de los que sufren, de los que creen y lo aman. ¿Creemos en esto? Por eso, no te quedes mirando al cielo como llorando, como creyendo que no está. Mirá el cielo de tu alrededor y confía que Jesús estará siempre con nosotros, hasta que vuelva. Mirá el cielo de tu corazón, hablale con confianza y date cuenta que él quiere reinar y quiere ayudarte a que reine el amor en tu vida.

Mateo 9, 35-38 – Fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo

Mateo 9, 35-38 – Fiesta de Santo Toribio de Mogrovejo

 

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Palabra del Señor

Comentario

En este día, en esta fiesta, donde recordamos a este gran Obispo de Lima del siglo XVI, me parece una linda oportunidad para reflexionar sobre la vocación al pastoreo, sobre el sacerdocio, ya que, además, él es el patrono de todos los obispos de Latinoamérica.

“¿Cómo te surgió la vocación? ¿Cómo te diste cuenta de que Dios te llamaba?” —nos preguntan muchas veces a los sacerdotes, jóvenes y a veces no tan jóvenes. Nos preguntan sobre el misterio de nuestra vocación, nuestra propia vocación; que en realidad tiene muy poco de propia y mucho de Dios, el Gran Pastor. Porque es Dios el que nos llamó. Es Dios el que nos eligió, es Jesús, y nosotros simplemente hemos dicho que sí. A veces, luchando, otras veces, más fácil, pero fue él el que nos llamó. La respuesta que doy muchas veces es también en forma de pregunta y suelo contestar así: “¿Tenés tiempo para que te cuente?” Porque no es una respuesta evasiva; es difícil explicar en pocas palabras toda una vida –la propia vida–, porque es cierto que el que se siente llamado por Dios puede detectar claramente que en su camino hubo de alguna manera un momento concreto en el que sintió especialmente el llamado. Pero al mismo tiempo también es cierto que el “tesoro de la vocación” –por llamarlo así– siempre estuvo escondido en el campo del corazón de aquel que fue elegido sacerdote. ¿Te acordás de la parábola del tesoro escondido? Y es por eso que para contar cómo lo hemos encontrado no basta explicar el momento de la “palada final” con la cual nos topamos con ese tesoro; sino todo el proceso de cómo se llegó a esa palada y eso es algo bastante difícil.

Por eso hoy, desde Algo del Evangelio de hoy, nos podemos preguntar: ¿por qué no pensar que la vocación, el llamado de los miles de sacerdotes de la historia, de los que están y vendrán; provienen de esta petición de Jesús de hoy? «Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha». Somos fruto del amor del corazón del Padre que ama a todos y que, al mismo tiempo, se deja conmover por la petición de sus hijos que le piden más trabajadores, más sacerdotes para la cosecha. Especialmente, de su Hijo con mayúscula.

Y por eso podemos pensar hoy en el porqué del sacerdocio o en el para qué del sacerdocio que Dios quiso para la Iglesia. Este sacerdocio a veces tan cuestionado por los de afuera y también por los de adentro. ¿Cómo pensás que Dios se las ingenia día a día para seguir recorriendo el mundo, las ciudades y cada lugar, enseñando su verdad, anunciando la buena noticia de su salvación, curando todo lo que enferma al hombre? Se las ingenia de la misma manera que se las ingenió siempre, desde que existe el mundo, no de manera “extraordinaria” o, por decirlo de otra manera, maravillosa, sino al modo humano, eligiendo instrumentos humanos para descubrir lo divino, para transmitir lo divino, para encontrarlo a él. Y alguno dirá por ahí: “¿No podría haber elegido algo mejor? ¿No podría haber elegido una manera más efectiva, por decir así? ¿Realmente es ingeniosa esta manera de hacerse presente Dios en el mundo?”. Como poder… la verdad que Dios hubiese podido cualquier cosa. Ahora, quiso otra cosa, quiso esto, quiso elegir el modo que seguramente diera más fruto y por eso decidió hacerse hombre como nosotros, para acostumbrarse a vivir como hombre y para que el hombre se acostumbre a vivir con Dios. Un gran misterio, pero una gran verdad que no podemos eludir. Y es por eso por lo que Cristo anduvo por la tierra como hombre, enseñando, anunciando y sanando, pero no quiso hacerlo solo. Este es también un gran misterio y al mismo tiempo una gran alegría, y lo que fundamenta el sacerdocio católico. Dios que se hace hombre y deja que el hombre participe de su misión, pide ayuda. De hecho, mientras él lo hacía, les encargó a sus discípulos que lo ayuden para poder llegar a todos los hombres posibles de su época, de su entorno.

Jesús necesita del hombre, necesitó de hombres para llegar a todos los hombres; necesitó de sus discípulos para cumplir su Misión, también de algunas mujeres, y les encargó a sus discípulos que continúen su Misión en su ausencia. Por eso el sacerdocio católico es el corazón, los ojos, los oídos, la boca, las manos y los pies de Jesús, extendidos a lo largo del tiempo para poder acoger, mirar, escuchar, hablar, tocar y acompañar a todos los hombres posibles a lo largo del tiempo y en todo el mundo. El sacerdocio es la respuesta del Corazón conmovido de Jesús al ver tanta gente que anda por el mundo sin guía, como “ovejas sin pastor”.

Los que fuimos elegidos para ser sacerdotes no sabemos explicar mucho el porqué. Lo único que sabemos explicar es lo que se vive y se siente. Lo único que podemos decir muchas veces es que la verdad, la cosecha es abundante y somos pocos, pero que siempre fue así –desde tiempos de Jesús–, lo único que podemos decir es que sigamos rezando todos para que haya sacerdotes que trabajen en serio. Podemos pedirle a Santo Toribio que interceda por nosotros, y nos ayude a ser santos. A ser, verdaderamente reflejo del amor de Jesús en este mundo.

Jesús nos enseñó a pedir “trabajadores”, sacerdotes trabajadores. A veces un sacerdote trabajador ayuda más que muchos otros que no trabajan tanto. Hay que rezar por todos.

Jesús no nos mandó a hacer grandes eventos de “atracción” sacerdotal. No nos pidió que hagamos cosas raras; nos pidió que recemos. Qué cosa mejor podemos hacer hoy todos nosotros: rezar juntos. Te propongo que hoy recemos juntos por todos los sacerdotes que han pasado por nuestra vida y recemos también para que él envíe más trabajadores para la cosecha. Lo necesitamos. Hoy más que nunca, hoy más que nunca.

Mateo 28, 8-15 – Lunes de la Octava de Pascua

Mateo 28, 8-15 – Lunes de la Octava de Pascua

 

Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos.

De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: «Alégrense.» Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: «No teman; avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán.»

Mientras ellas se alejaban, algunos guardias fueron a la ciudad para contar a los sumos sacerdotes todo lo que había sucedido. Estos se reunieron con los ancianos y, de común acuerdo, dieron a los soldados una gran cantidad de dinero, con esta consigna: «Digan así: “Sus discípulos vinieron durante la noche y robaron su cuerpo, mientras dormíamos.” Si el asunto llega a oídos del gobernador, nosotros nos encargaremos de apaciguarlo y de evitarles a ustedes cualquier contratiempo.»

Ellos recibieron el dinero y cumplieron la consigna. Esta versión se ha difundido entre los judíos hasta el día de hoy.

Palabra del Señor

Comentario

Feliz y santa pascua, para vos y tu familia, para tus más queridos. Feliz lunes, feliz semana de Pascua. Feliz y santa pascua también para los que no creen en Jesús, incluso los que no creen en Dios o ni siquiera en sí mismos. Creo que los cristianos deberíamos desearles una feliz pascua a todos, porque, en definitiva, aunque algunos no la sientan o ni siquiera crean, la Pascua de Jesús es un hecho que no se puede tapar, ni siquiera con una mentira. Aunque el que reciba el saludo no entienda lo que decimos, es bueno decirlo. Es lindo desearle a todo el mundo una feliz pascua, porque, además, tarde o temprano todos deberemos pasar por la muerte, hacia la nueva vida, todos vivimos “pascuas” cada día, y todos deberemos pasar la verdadera y definitiva pascua. Decile hoy a todo el mundo… ¡Feliz Pascua! ¡Feliz Pascua de Resurrección! No tengas vergüenza, sembremos semillas de pascua por todos lados, sembremos semillas de resurrección en donde estemos.

Empezamos a transitar unos de los tiempos más lindos de la Iglesia, me refiero a las lecturas que vamos a ir escuchando en los días que siguen. Todo tiempo tiene su encanto, pero el tiempo Pascual es un tiempo especial, es tiempo de alegría, de gozo, de seguir maravillándonos, la Pascua se prolonga, la Pascua sigue, no podemos parar de vivir ésta alegría. Durante cincuenta días disfrutaremos del tiempo Pascual, cincuenta días dedicados a asimilar semejante misterio, el punto central de nuestra fe, desde de donde todo parte y en donde todo confluye. A su vez esta semana es especial, hasta el domingo que viene vivimos lo que se llama en la Iglesia, la Octava de Pascua, un día estirado en ocho, un día tan importante que es necesario festejarlo y revivirlo por muchos días. En los evangelios escucharemos y disfrutaremos de las apariciones más importantes de Jesús Resucitado a los discípulos, una más linda que la otra. Todo para no olvidarse jamás. Te propongo que saborees cada evangelio de estos días y que además los acompañes con la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, si tenés tiempo, te va ayudar muchísimo porque al mismo tiempo verás como la Iglesia naciente fue creciendo en torno a la Resurrección de Jesús, en torno a los testimonios de los que vieron realmente a Cristo resucitado.

La invitación de hoy es a la alegría, a la alegría profunda y verdadera, la que no se va y perdura aun en el dolor. El saludo de Jesús a las mujeres es “alégrense”, estoy acá, soy yo.

La alegría de la Pascua, la alegría que viene a traer Jesús resucitado no se puede comparar con nada de este mundo, con ninguna chispita de un bienestar pasajero. Jesús resucitó para “meternos” en una vida de eternidad, nos abrió las puertas de la eternidad para que empecemos por acá, para sacarnos el miedo y devolvernos la alegría. Cuántas veces como sacerdote escuché que me dijeron: “Padre, desde que creo en Jesús, desde que me convertí ya no le tengo miedo a la muerte, al contrario, tengo unas ganas increíbles de encontrarme con Jesús”. Esa es la experiencia, la tensión del corazón que cree que lo de acá no es definitivo, y que lo que viene es lo mejor. Esa es la tensión del corazón que conoce a Jesús, pero quiere verlo cara a cara. Esa es la experiencia de la Pascua, una alegría profunda pero que al mismo tiempo se topa con la insatisfacción de ver que este mundo es poco comparando con lo que vendrá.

Por ahí te pasó alguna vez, por ahí todavía no te pasó. En eso estamos. Todos, vos y yo. Es necesario volver a vivir la pascua, la de Jesús y la nuestra. En eso andaremos este tiempo, escuchando las diferentes apariciones del resucitado que nos regalan los evangelios de cada día. Pero esas apariciones las tendremos que hacer nuestras. Todos tenemos que preguntarnos. ¿Dónde me encontró una vez Jesús resucitado en mi historia? ¿Te acordás cual fue tu Galilea? ¿Dónde lo encuentro a Jesús hoy, concretamente? ¿Cuál es tu Galilea hoy, tu lugar de encuentro?

Feliz Pascua de Resurrección. Felices pascuas para todos los que día a día intentamos reconocer y escuchar a Jesús vivo y presente en su palabra, en su palabra escrita que se difunde por estos audios y por tantos otros modos por todo mundo.