Book: Mateo

XVI Miércoles durante el año

XVI Miércoles durante el año

By administrador on 21 julio, 2021

Mateo 13, 1-9

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!».

Palabra del Señor

Comentario

Si seguimos en detalle el relato del Evangelio del domingo, en realidad nos daremos cuenta que finalmente los discípulos y Jesús no pudieron descansar como tanto lo deseaban. Tenían que descansar porque no tenían tiempo ni para comer, pero no pudieron, porque Jesús les había propuesto ir a un lugar desierto, pero, cuando llegaron a la otra orilla, los esperaban una multitud que se había dado cuenta que eran ellos y, además, llegaron antes. El llamado mar de Galilea, que en realidad es un lago, es muy extenso, por eso debemos suponer que por lo menos descansaron mientras navegaban a ese lugar desierto. Seguramente en la barca le contaron muchas cosas, todo lo que habían hecho y enseñado, disfrutaron del paisaje, de las palabras de Jesús, pero el detalle importante del relato es que no lograron lo que pretendían. ¿Y entonces? Todo lo que venimos hablando de la necesidad del descanso… ¿Qué hacemos? La necesidad y la invitación de Jesús sigue siendo importante para nosotros como enseñanza, pero al mismo tiempo es lindo, interesante, ver cómo Jesús es capaz de renunciar a su descanso, a su deseo con sus amigos, cuando se conmovía su corazón ante la necesidad de los que lo buscaban y «andaban como ovejas sin pastor».

No siempre podemos lograr lo que queremos, lo que deseamos, a veces la realidad se nos impone. Nosotros planeamos, proyectamos, pero la realidad siempre es más compleja de lo que creemos y pretendemos. Por eso, siempre hay que estar dispuesto a cambiar lo que habíamos pensado o planeado, cuando hay una necesidad real que podemos atender, la caridad del amor. No somos Jesús, pero podemos vivir como él. Podemos intentar día a día imitar sus actitudes, sus deseos, sus pensamientos, su compasión ante los que más sufren.

Nuestro corazón puede vivir muchas ambigüedades, puede desear por momentos dar todo y en otros momentos ser capaz de escaparse para no ver a nadie. Por supuesto que todos debemos tender a ser fieles a lo que Jesús nos propone y a desterrar el egoísmo de nuestro corazón. Eso es lo que lograron los discípulos, los grandes santos; por eso, es un camino que solo se consigue con la gracia y el amor de Dios, que nos va purificando, en la medida que nos dejamos amar y salimos a amar a los demás, mientras navegamos por esta vida, junto a Jesús.

Hablándonos en parábolas, Jesús nos enseña esto sin decirlo, con su modo de enseñar. Nos enseña que la realidad no se define con una frase, con una sola parábola, con una imagen, sino que con muchas frases y muchas parábolas uno puede acercarse un poco más a la verdad, pero que jamás podemos atraparla del todo. La Verdad finalmente se vive, se descubre en las experiencias también, no solo con palabras. Al hablarnos del Reino de Dios en parábolas, Jesúshttp://www.algodelevangelio.org nos enseña a ser humildes, a ir entendiendo poco a poco y, al mismo tiempo, saber que jamás lo entenderemos todo. Cuando queremos atrapar la verdad, aferrarnos a ella, cuando creemos que sabemos todo de Dios, de la vida, de nuestra fe, de la vida espiritual, de lo que nos pasa, por saber cosas, saber «frases»; es cuando en realidad sabemos muy poco.

Algo del Evangelio de hoy nos introduce en el misterio del crecimiento del Reino de Dios en nuestra tierra-corazón. Podríamos decir que los sembradores salen a sembrar. Uno es el Sembrador con mayúscula y otro con minúscula. Uno siembra con generosidad para todos y para que demos frutos, el otro siembra por ahí, vos y yo, mezquinamente, no confiando tanto en la bondad de los corazones. Tu vida y la mía es un poco de todo, es compleja. ¡Aceptémoslo! Tenemos todos los terrenos en el corazón, una mezcla; no somos a veces ni uno o el otro únicamente, somos mezcla. Algunas palabras de Dios prenden fácil, germinan y otras las desperdiciamos. Con algunos temas nos entusiasmamos más que con otros, y con otros ni siquiera nos sale escuchar. En nuestro corazón, además, hay cizaña sembrada por el «enemigo» o por personas que se disfrazan de «enemigos», y nosotros mismos nos transformamos en tierra fértil para esa cizaña cuando no rechazamos el mal de nuestro corazón y somos nuestros propios «enemigos».

¿Qué podemos hacer? Podemos ser tierra fértil cada día un poco más, tenemos que ser tierra de la buena, de la que recibe la Palabra, la que le da un buen espacio de crecimiento, le quita las espinas, la abona y sabe esperar para ver el fruto. La dinámica de la Palabra de Dios en nuestra vida es como la de la «semilla y la tierra», es esa relación constante y que finalmente no termina, no terminará sino hasta la muerte. Es un trabajo de todos los días. La semilla tiene todo su potencial para crecer y nosotros todo para hacerla crecer. La semilla está todos los días disponible, la estás escuchando ahora con estos audios y todos los días cuando también lees la Palabra por tu cuenta. Tu respuesta es hoy, la nuestra es hoy, no mañana esperando a ver qué pasa. Nuestra respuesta no es a futuro, es ahora. Podemos dar mucho más fruto de lo que damos. Podemos hacer algo más para amar, para perdonar, para ayudar, para hacer crecer a Jesús en nuestro corazón. Podemos mucho más, no seamos mezquinos, no midamos tanto, dejemos que el amor de Dios nos transforme en serio y no nos conformemos con la mediocridad, que a veces nos agobia. «¡El que tenga oídos para oír, que oiga!», como dice Jesús hoy en el Evangelio.

XVI Martes durante el año

XVI Martes durante el año

By administrador on 20 julio, 2021

Mateo 12, 46-50

Jesús estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte.»

Jesús le respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

Palabra del Señor

Comentario

Un consejo que me ayuda para recordar cada vez que escucho la Palabra de Dios y quiero transmitirte: nunca escuchemos o leamos la Palabra de Dios como si fuera algo que ya escuchamos antes, como ya sabiéndolo –y por lo tanto ya está, no tengo nada más que recibir–, como poniendo menos ganas y corazón. Eso no hace bien, porque así no nos va a decir nada, nada nos va a sorprender. Escuchemos la Palabra de Dios siempre como algo nuevo. Tratemos de escuchar lo que nuestro Padre nos quiere decir como algo diferente, distinto a lo que ya nos dijo alguna vez. Nunca un «te quiero» de alguien que nos quiere es igual al otro si se escucha con amor, si se dice en el momento adecuado, porque no pasa solo por las palabras, sino por el amor que contienen y encierran. Y por eso la Palabra de Dios siempre nos puede decir algo nuevo.

Decíamos ayer que no siempre sabemos descansar, incluso te diría que a veces podemos irnos a descansar y no terminamos nunca de hacerlo. ¿Sabías por qué? Porque no descansamos con Jesús, en él. Jesús les dijo a sus discípulos: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Él los invitó a descansar con él y, además, a un lugar desierto. Toda una imagen de la necesidad de apartarnos que tenemos, de no dispersarnos, sino todo lo contrario, de meternos bien adentro del corazón. La vida de estos tiempos nos enseñó que para descansar tenemos que a veces volcarnos hacia afuera y hacer cosas que nos distraigan, en el fondo que nos hagan olvidar de algún modo de la rutina y de lo que nos agobia. Sin embargo, Jesús pretende que podamos abrirle el corazón y le contemos todo lo que nos pasa, y para hacer eso, inevitablemente tenemos que frenar, apartarnos y adentrarnos a donde a veces nos da un poco de miedo, poner en sus manos todo lo que nos agobia, reconocerlo, «ponerle nombre», como se dice por ahí.

¿Cuál es nuestro desierto? ¿Tenés un desierto semanal? No te tenés que ir lejos, por ahí es un lugar de tu casa, por ahí es el jardín, por ahí es caminar, por ahí es una plaza, por ahí es un viaje, pero todos necesitamos estar, simbólicamente, en un lugar desierto, donde solo estemos nosotros y Jesús.

De Algo del Evangelio de hoy se pueden decir muchísimas cosas, como siempre, pero sería bueno que nos detengamos en un detalle muy lindo de esta escena donde María se acerca a Jesús, junto con otros parientes; quieren hablar con él, otros interrumpen mientras Jesús habla y le avisan que su madre está allí. Y, sin embargo, Jesús hace algo muy importante: señala a sus discípulos con su mano; no señala a todos, no señala a la multitud, sino que señala a sus discípulos, a vos y a mí, a aquellos que cumplían la voluntad del Padre y que intentamos cumplirla, y dice esta frase tan importante y tan linda: «Estos son mi madre y mis hermanos, los que cumplen la voluntad de mi Padre». Quiere decir que Jesús de alguna manera distingue, discrimina –no te asustes por esa palabra (discriminar)–. Jesús no discrimina porque es malo, no discrimina el modo de nosotros a veces; él distingue, no es lo mismo que la multitud, que sus discípulos, son distintos. Para él somos todos hermanos, no quiere decir que está rechazando a los otros; sin embargo, unos se comportan como hermanos o intentan y otros no, por ignorancia o porque no lo saben. No todos los que estaban cerca de Jesús cumplían la voluntad del Padre, sino los discípulos a los que Jesús señala. No todos los que hoy están cerca de Jesús, de la Iglesia, cumplen la voluntad del Padre. No todos los que decimos que somos cristianos hacemos cada día lo que él quiere. ¡No! De hecho, muchas veces nos comportamos como antitestimonio, no siempre cumplimos la voluntad de nuestro buen Dios.

Entonces Jesús hoy distingue no para que nos asustemos, sino para invitarnos a algo más, para animarnos a ser hermanos en serio, hacernos hermanos no por un lejano vínculo de sangre o un simple vínculo de sangre, sino por nuestro modo de ser, hacernos hermanos por lo que hacemos, hacernos hermanos porque queremos vivir eso que Jesús enseña. Entonces lo que parece en principio una respuesta dura y casi como un menosprecio a María y a sus parientes, es todo lo contrario, es al revés. Jesús también con esta actitud está enalteciendo a María, exaltando su nombre, porque ella es la primera que cumplió la voluntad y la que siempre hizo la voluntad del Padre.

Y, al mismo tiempo, está abriendo el corazón a miles y miles de hombres y mujeres de toda la historia que cumplirán la voluntad del Padre y que serán hijos verdaderos, vivirán como hijos del Padre y serán hermanos de Jesús. Es como los vínculos humanos que se dan entre nosotros; siempre se es hijo de un padre o de una madre, porque no se puede renunciar a la paternidad, a la filiación mejor dicho, o a la maternidad, el ser hijos. Sin embargo, no siempre somos buenos hijos o no siempre somos buenos padres y madres, y no siempre nos comportamos como debería ser. Por eso ser hermano de Jesús nos amplía el horizonte, como cuando levantamos la cabeza y vemos un paisaje, como cuando estamos en la playa y miramos el mar hasta el fondo. Ser hermano de Jesús nos amplía el corazón y nos hace incluir a muchísimas más personas. Ser hermanos de él nos ensancha la capacidad de amar a una familia mucho más grande y universal. Miremos lo que es la Iglesia, miremos la cantidad de personas que seguro conocimos y ahora son amigos nuestros, hermanos, madres, padres gracias a que Jesús nos hizo cumplir la voluntad de su Padre.

Ahora, quiero dejar algunas preguntas: ¿Nosotros cómo vivimos esta hermandad que nos propone Jesús? La hermandad de Jesús es mucho más profunda y duradera incluso que nuestras hermandades de sangre, que no siempre son como las deseamos porque no elegimos a nuestros hermanos. ¿Cómo las vivimos? Pensemos en nuestra parroquia, en nuestra comunidad, en nuestros colegios, grupos de jóvenes, en los movimientos. ¿Cómo vivimos esa hermandad? Porque a veces nuestras comunidades pueden ser como «comercios» donde entramos a buscar algún producto y nos vamos, no conocemos a nadie, no saludamos a nadie, no nos vinculados verdaderamente y de casualidad nos miramos; pensemos en eso, pensemos en lo lindo que es ser hermano de Jesús y hermano de tantos, pensemos en todos los hermanos que nos regaló nuestro buen Padre gracias a la fe.

Que María nos enseñe a vivir así, cumpliendo la voluntad del Padre en cada momento del día, en cada detalle, aunque nadie se dé cuenta. Pidamos ser así, como María, silenciosos y en segundo plano, pero dichosos por ser hermanos de Jesús y de miles más.

XVI Lunes durante el año

XVI Lunes durante el año

By administrador on 19 julio, 2021

Mateo 12, 38-42

Algunos escribas y fariseos le dijeron a Jesús: «Maestro, queremos que nos hagas ver un signo».

Él les respondió: «Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches. El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás. El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón».

Palabra del Señor

Comentario

Descansar es una necesidad del cuerpo, pero también del alma, y no siempre que descansamos con nuestro cuerpo, descansamos bien del alma. Los lunes se supone que debemos empezar, de algún modo, descansados, del cuerpo y del alma, del corazón, porque disfrutamos del domingo, del día del Señor, de estar en familia o haciendo algo que nos gusta; pero es verdad que no siempre empezamos los lunes como queremos, bien descansados, porque no siempre sabemos descansar. No nos enseñaron a descansar bien, hay que reconocerlo. La vida que llevamos por estos tiempos es a veces agobiante, parece que no podemos parar. El trajín de nuestra familia, el trabajo, no nos deja parar. Siempre que terminamos una actividad aparece otra, y otra, y así nunca se acaban. Mientras vivimos así nos vamos convenciendo, sin darnos cuenta, de que somos casi indispensables, de que si nosotros no estamos en las cosas que hacemos, nadie las puede continuar. Pero cuando tomamos la decisión de apartarnos, de hacerle caso a Jesús e ir a descansar con él, de «soltar» lo que estamos haciendo para que por ahí otro lo haga o no se haga, experimentamos la linda noticia de que no somos tan indispensables como pensábamos y de que las cosas siguen funcionando aun sin nosotros; por ahí no al modo que queremos, pero siguen funcionando. El mundo puede seguir girando sin nosotros, aunque nos cueste a veces. A la enfermedad del «activismo», esa que también padecemos también los sacerdotes, hay que aplicarle el remedio del «escapismo», escaparse con Jesús, pase lo que pase, tengamos lo que tengamos que hacer. Escaparse a un sagrario, escaparse –es un modo de decir, ¿no?– a un retiro espiritual, escaparse al silencio, escaparse de la ciudad, escaparse de las garras de la actividad que nos adormece y nos ciega. En realidad, no es escaparse, es sacudir con alegría a estar con Jesús.

En el Evangelio de ayer, escuchábamos que Jesús invitaba a los discípulos a descansar después de haber trabajado por él, después de haber hablado en su nombre, de haber curado enfermos, de haber experimentado que el poder de su Maestro había pasado por medio de ellos. Necesitaban descansar, descansar con él. Necesitamos apartarnos para estar con él. Solo trabaja bien, quien sabe descansar.

Pero vamos a Algo del Evangelio de hoy, en donde Jesús se enfrenta otra vez a los fariseos, con los fariseos; en realidad los fariseos lo enfrentan una vez más y muestran otra cara de esa enfermedad que tiene todo hombre o que desea aflorar, que todos nosotros tenemos;  que es que a veces podemos creernos «cristianos casi perfectos» y podemos ser bastantes fariseos sin darnos cuenta. Los fariseos piden signos, le piden a Jesús que les dé un signo, cuando, en realidad, ya les había dado muchos. La enfermedad del virus del fariseísmo —que todos podemos tener— consiste en pretender, de algún modo, que todas las cosas se adecúen a como nosotros queremos y pensamos; no es que practicamos el doblegarnos ante la realidad, sino que pretendemos que la realidad se doblegue ante nosotros. El gran sacrificio de un cristiano, antes que hacer muchas cosas, consiste en aceptar humildemente la realidad que lo rodea, las personas, las situaciones. El fariseísmo hace que veamos las cosas y, sin embargo, siempre pongamos un «pero», siempre queramos un poco más; esa actitud insaciable, ¿no?, en la que todo tiene que corresponderse con mis deseos y no me abro finalmente a lo que Dios Padre me muestra y quiere para mí. Y esto también se da a nivel muy humano, en la cotidianidad del día a día, cuando no nos abrimos a aquello que se nos muestra como otra cosa, a su manera, con su ser, con su pensamiento. Esta cerrazón es muy típica del fariseísmo. A veces somos así: pedimos signos, pruebas, mientras la prueba está en nuestras narices.

Por eso, Jesús los lanza, de alguna manera, al futuro. No les dice recuerden lo que hice, sino van a ver lo que voy a hacer: les voy a dar otro signo o el mejor. Hablaba de su resurrección. El fundamento de la fe de miles y miles de personas, de vos y yo que estamos escuchando ahora su Palabra, a través de lo largo de la historia de la Iglesia o en la historia de la Iglesia, es la resurrección. Por eso les dice: «…así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches». Así como Jonás después volvería a aparecer, resucitaría.

El signo de nuestra fe –¿sabías?– es la resurrección de Jesús, y eso no se trata de una prueba científica, sino hay que probarlo en nuestra vida, experimentarlo con el corazón también. Es verdad que está basada en un hecho real, pero solo por la fe se puede llegar a la resurrección. ¿Cómo que Jesús no resucitó? Fíjate a tu alrededor, fijémonos lo que fue pasando en nuestras vidas, fijémonos en la presencia de Dios Padre en tantos momentos que se nos manifestó de tantas maneras distintas. Si nos cerramos, nunca vamos a percibir a Jesús. Si buscamos pruebas científicas de algunas cosas de la fe, nunca lo vamos a encontrar;  las pruebas son distintas, son pruebas del corazón. Más bien busquemos pruebas en nuestro interior, busquemos experiencias de fe, busquemos conversiones de personas a nuestro alrededor, vidas de santos. Miremos a la Iglesia entera como se propagó y se propaga admirablemente, la Eucaristía, su atracción tan misteriosa, los sacramentos y tanto que recibimos gracias a la vida de la Iglesia.

Bueno, hoy no pidamos más signos, por favor, que el mayor signo ya se nos fue dado; tratemos de darnos cuenta de que Jesús está presente real y verdaderamente en nuestra vida y que la Palabra de Dios, que escuchamos ahora, nos quiera transformar para que no deseemos más de lo que ya tenemos, solo deseemos ser cada día más santos.

XV Sábado durante el año

XV Sábado durante el año

By administrador on 17 julio, 2021

Mateo 12, 14-21

En seguida los fariseos salieron y se confabularon para buscar la forma de acabar con él.

Al enterarse de esto, Jesús se alejó de allí. Muchos lo siguieron, y los curó a todos. Pero él les ordenó severamente que no lo dieran a conocer, para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías: Este es mi servidor, a quien elegí, mi muy querido, en quien tengo puesta mi predilección. Derramaré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. No discutirá ni gritará, y nadie oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña doblada y no apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y las naciones pondrán la esperanza en su Nombre.

Palabra del Señor

Comentario

¿Pensaste alguna vez o en estos días de escucha de la Palabra lo importante que es empezar el día escuchando la Palabra De Dios y lo que Dios tiene para decirnos? ¿Pensaste qué diferencia existe cuando uno empieza el día tratando de escuchar lo que él nos quiere decir? ¡Cómo te cambia!

Hoy es un día más que Dios nos regala, para poder escucharlo, para que algunos disfruten; también un poco de descanso. Otros tendrán que trabajar, pero disfrutando de las cosas que Dios Padre nos va a presentar, por eso tenemos que estar preparados para asombrarnos de su amor. Y para eso, como me dijeron una vez con una frase tan linda, «uno abre los oídos a quien primero abre el corazón». Entonces, para abrir nuestros oídos a Jesús y escucharlo verdaderamente, ¡abramos nuestro corazón!, ¡cambiemos de actitud! Démonos cuenta de la importancia que tiene escuchar a Dios Padre en su Palabra, manifestada en Jesús. «Quien no conoce las Escrituras desconoce a Cristo», decía san Jerónimo. Hay que conocer lo que él nos dice, de alguna manera, en la medida que uno pueda en sus posibilidades. Así que en eso estamos, vos y yo, y los miles que escuchan cada día la Palabra.

Por eso hoy escuchamos de Algo del Evangelio que continúa un poco con el de ayer, y simplemente quería remarcar dos actitudes: una la de los fariseos y la otra la de Jesús.

Los fariseos siguen en su empecinamiento, no se contentan con haber juzgado a Jesús, sino que ahora, dice el Evangelio, «buscan la forma de acabar con Jesús». Otras traducciones dicen de terminar con él, de eliminarlo, de matarlo en definitiva (que es finalmente lo que van a lograr). Eso quiere decir que, cuando no hay misericordia, terminamos de algún modo matando. Los fariseos terminan matando porque no tienen misericordia, no sienten lo que Jesús siente, no pueden empatizar con su amor. Acordémonos de lo que decía ayer: «Si hubiesen comprendido lo que significa misericordia y no sacrificios, no hubiesen condenado a los inocentes».

Nosotros también de algún modo matamos cuando no tenemos misericordia. No matamos a Jesús directamente, ni a los demás, no somos tan malos; pero ¿cuántas veces matamos en la forma de vivir, de pensar, de sentir?, ¿cuántas veces matamos con la mirada? Matamos a nuestra esposa, a nuestro marido, a nuestros hijos, a los que no nos caen bien cuando nos enojamos, a algún vecino, alguien que nos hizo algún mal, haciendo de algún modo esto, ¿no?, mirando, despreciando con nuestro corazón. ¿Cuántas veces matamos a nuestros hermanos, a nuestros hijos, pegando un portazo, yéndonos, no queriendo hablar? ¿Cuántas veces matamos cuando criticamos, juzgamos o incluso a veces caer en la calumnia?

Vamos matando la vida del corazón, vamos matando la vida que hay también en nosotros, y que él nos regala, la que Dios nos dio; que nos la dio para que la disfrutemos, no para que matemos a nadie. Por eso la falta de misericordia, en definitiva, mata. Te mata a vos, me mata a mí también, porque nos hace vivir tristes, si no tenemos esa misericordia en el corazón, si no miramos a los otros como Jesús los mira.

Y, por otro lado, la actitud de Jesús totalmente contraria. Él prefiere que no le digan lo que él hace, no quiere ser reconocido. El profeta Isaías anunciaba un Dios diferente: «No discutirá ni gritará y nadie oirá su voz en las plazas». No discute, a Dios no le gusta discutir. Dios propone, Dios nos propone, a vos y a mí. Hoy nos propone vivir en paz, vivir con misericordia. Eso es lo que nos propone Jesús día a día. Él no grita, no nos grita nunca y no quiere que gritemos a los demás, no quiere que nos gritemos entre nosotros; él quiere que hoy vivamos un día en paz. Por eso, no nos olvidemos de lo que venimos desmenuzando desde el Evangelio del domingo, en donde Jesús nos enviaba de dos en dos, para que hagamos lo mismo que él. En definitiva, ser cristiano es hacer eso, es hacer lo mismo que Jesús en la tierra, es ser otros «Cristos» en la tierra. Esa es la idea de fondo que nos acompañó en estos días.

¡Vos y yo somos Iglesia!, acordate.

No podemos echar las culpas afuera, no podemos decir que la Iglesia hizo esto, que la Iglesia hace lo otro; y vos, ¿qué haces?, y yo, ¿qué hago? No sirve criticar a la Iglesia porque, en definitiva, nos criticamos a nosotros mismos. Si nos olvidamos que somos enviados y que él nos envió de dos en dos, en definitiva, nos estamos sintiendo fuera de la Iglesia, y la Iglesia es nuestra familia. Dios quiera que el Señor nos conceda hoy esa gracia a todos, vivir un día lleno de misericordia sintiéndonos enviados por Jesús, a hacer lo mismo que él, a curar, a sanar, a liberar a los que están oprimidos, angustiados, tristes, a los que no se dan cuenta cuánto nos ama Dios y cuánto necesita de cada uno de nosotros.

XV Viernes durante el año

XV Viernes durante el año

By administrador on 16 julio, 2021

Mateo 12, 1-8

Jesús atravesaba unos sembrados y era un día sábado. Como sus discípulos sintieron hambre, comenzaron a arrancar y a comer las espigas.

Al ver esto, los fariseos le dijeron: «Mira que tus discípulos hacen lo que no está permitido en sábado.»

Pero él les respondió: «¿No han leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros tuvieron hambre, cómo entró en la Casa de Dios y comieron los panes de la ofrenda, que no les estaba permitido comer ni a él ni a sus compañeros, sino solamente a los sacerdotes?

¿Y no han leído también en la Ley, que los sacerdotes, en el Templo, violan el descanso del sábado, sin incurrir en falta?

Ahora bien, yo les digo que aquí hay alguien más grande que el Templo. Si hubieran comprendido lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios, no condenarían a los inocentes. Porque el Hijo del hombre es dueño del sábado.»

Palabra del Señor

Comentario

Solo nos queda agradecer cuando nos damos cuenta, cuando caemos en la cuenta, de tanto amor que Jesús nos tiene al habernos elegido sus discípulos.

En una misión que hicimos con los jóvenes de la parroquia por el barrio, muy emocionado y agradecido, me salió una vez decirles a los jóvenes: «Demos gracias a Dios por tanto amor que él nos da, demos gracias porque él nos eligió para hacer algo que no todos pueden hacer, ser instrumentos de su amor». ¿Nos damos cuenta de eso? ¿Te pusiste a pensar en eso alguna vez? En el enorme privilegio, en el inmerecido privilegio que tenemos vos y yo de ser sus discípulos, de ser elegidos para ir «de dos en dos» –como decía el Evangelio del domingo– anunciando su amor. No nos alcanzará la vida para agradecer, solo en el cielo, en su presencia, podremos comprender la maravilla de haber colaborado a la obra salvadora de Jesús. Un gesto, una palabra, una oración, un sacrificio, un perdón, un silencio, un consuelo, una corrección fraterna, todo construye el Reino de Dios que crece en el silencio en medio de este mundo olvidadizo de él y de su amor. Pero no importa. ¿Quién nos puede parar? ¿Las guerras, la injusticia, el aborto, el pecado, la tristeza, la crítica, las calumnias, las enfermedades, las difamaciones, las mentiras, el soborno, la corrupción, la mediocridad, la tibieza, el engaño, la traición, la muerte? No, nada de eso. Nadie nos puede parar, porque, en realidad, el que nos impulsa es nuestro buen Jesús, es el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios que conduce a la Iglesia y nos guía a nosotros para no desfallecer. Algo así decía el Evangelio del domingo pasado: «Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos». ¡No te detengas!, confía en la obra de Jesús, que es de él y que todo suma a su silenciosa y misteriosa salvación, que empieza desde lo más profundo de nuestros corazones y se derrama hacia los demás. ¡Nada ni nadie nos puede parar! Sigamos adelante.

Dice Algo del Evangelio de hoy: «Yo quiero misericordia y no sacrificios». Si comprendiéramos lo que significa esto, no condenaríamos ni para un lado ni para el otro. Creo que esto es a lo que nos invita Jesús hoy. ¡Cuidado con el fariseísmo que nos hace olvidar de lo más esencial! El fariseísmo es un virus escondido que se desparrama por todos lados, que no tiene fronteras, que de alguna manera tenemos todos o de alguna manera algún día nos contagiaremos. El fariseísmo me parece que puede tomar –para simplificarlo– dos formas: por un lado, la «rigidez extrema» que es la que más conocemos, la que más está difundida, pero también me animo a sumar otra que yo le llamaría «cualquierismo», porque de las dos maneras podemos caer en un cierto fariseísmo; o sea, en esa actitud de estar buscando, como decimos a veces, «la quinta pata al gato», buscando qué criticar, buscando qué ver en el otro, en los demás, qué ver en mi familia, qué ver en la Iglesia, en ese u otro sacerdote, en este que hizo esto o no hizo lo otro. Ese fariseísmo que puede llevar –como dije recién— a la «rigidez» de plantarse en una posición, de criticar, de juzgar continuamente, de mirar toda la realidad con mis anteojos y pensar que todo tiene que ser como pienso yo.

Jesús hoy calla a los fariseos de una manera admirable, les enseña a leer bien la Palabra de Dios; porque también la Palabra de Dios se puede interpretar para donde queremos, la puedo usar para mi provecho. De la Palabra de Dios puede salir cualquier otra cosa, menos la verdad; de hecho, las herejías surgieron de la Palabra de Dios, por no saber interpretarla; y, por otro lado, te decía recién el «cualquierismo», que también es una especie de fariseísmo. El «cualquierismo» es esa actitud que al final «da todo lo mismo» y, sin embargo, en ese da todo lo mismo, en esa supuesta «apertura», búsqueda de progreso, de «aggiornarnos» con el mundo, ese «no pasa nada», «está todo bien», «no hay normas».

Finalmente la norma de esos que piensan así es no tener normas, la norma es pensar que todo tiene que ser así, que todo tiene que ser como yo creo que sea. Entonces eso también se da en la Iglesia, se da en mí; a veces caemos en eso, pero por eso tenemos que tener cuidado.

Y para eso el Señor hoy nos deja el remedio de la misericordia: «Yo quiero misericordia y no sacrificios». ¿A qué se refiere Jesús? No se refiere a que no hagamos obras por amor –que eso sería un buen sacrificio—, sino que se está refiriendo a los sacrificios de animales que hacían los judíos y que creían que con eso agradaban a Dios, y por eso no hacía falta un corazón arrepentido; era algo meramente exterior. Para que el sacrificio exterior sea auténtico, siempre tiene que estar acompañado de lo espiritual, de lo interior, de la recta intención, o sea, Jesús no va en contra de la entrega amorosa que podemos hacer cada día, de lo que va en contra es de los «sepulcros blanqueados», de ese pensamiento de que nos vamos a salvar por hacer cosas que salen de nosotros, de nuestro propio esfuerzo, como un voluntarismo. Jesús quiere antes que nada la misericordia. Ese es el gran y verdadero sacrificio que nos exige: LA MISERICORDIA; la misericordia para con nosotros mismos, la misericordia para con los demás, para con todo lo que nos rodea, para la realidad. ¡Misericordia! ¡Misericordia! Pidamos eso hoy: ¡Tener misericordia! Hay una canción muy linda que recuerda unas palabras de santa Teresita. Dice: «Lo que agrada a Dios de mi pequeña alma es que ame mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia». Te propongo que hoy todos pidamos esa gracia, la de la misericordia.

XV Jueves durante el año

XV Jueves durante el año

By administrador on 15 julio, 2021

Mateo 11, 28-30

Jesús tomó la palabra y dijo:

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor

Comentario

Dice, de alguna manera, la tradición de la Iglesia que en los comienzos del cristianismo los paganos decían con admiración sobre los cristianos: «Miren como se aman», incluso el libro de los Hechos de los Apóstoles dice algo similar: «Todos los creyentes se mantenían unidos». Esto no es la expresión de una utopía o solo de un ideal a alcanzar, sino de una realidad que es posible vivir, que se vivió y que se vive en muchas comunidades cristianas. Vos y yo seremos discípulos verdaderos si los demás pueden decir de nosotros, y de nuestras comunidades: «Miren como se aman, se aman de una manera especial, ahí hay algo distinto». Esto debería ser nuestro distintivo, nuestro sello, porque si no amamos como nos ama Jesús, si no nos amamos como nos ama Jesús, de nada sirve que hablemos de él. Los que no creen en el amor solo van a creer si nos amamos, no si hablamos del amor con palabras lindas, porque como dice san Ignacio: «El amor debe ponerse más en las obras que en las palabras». ¡Cuántas desilusiones en nuestras comunidades por no vivir esto tan básico y elemental del Evangelio, lo que se nos pide! ¡Cuántas personas se alejaron de la Iglesia, institución, porque no supimos amarlos y amarnos entre nosotros! ¡Cuántas veces perdemos el tiempo en mil estrategias pastorales de evangelización y no somos capaces de vivir lo más esencial que Jesús nos pidió!

«El plan pastoral, decía san Juan Pablo II, del tercer milenio debe ser la santidad, o sea, buscar eso, buscar amarnos como nos ama Jesús». «Por eso Jesús les ordenó que no llevaran para el camino, según el Evangelio del domingo –¿te acordás?–, más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas», porque no hace falta cosas materiales para amar, solo es necesario el corazón. Eso decía el domingo, dije recién, que para llevar su amor, no hace falta muchas cosas, sino el deseo de amar y ser amado, el deseo de mostrar con la propia vida que todos fuimos creados para asemejarnos a él. Este debería ser nuestro mayor anhelo en una comunidad cristiana, no buscar tener más de lo que tenemos por ambición, no buscar más de lo que necesitamos y, fundamentalmente, andar de dos en dos amando y reflejando el amor de Jesús, el buen olor de Jesús para todos lados.

Hoy podemos detenernos en tres momentos de Algo del Evangelio, de este Evangelio tan cortito, tan lindo, pero tan sustancioso; no importa que sea corto, acordémonos que «una palabra del Señor bastará para sanarnos». Con solo escuchar una palabra que el Señor nos quiera decir, él puede tocar nuestro corazón y ayudarnos a caminar en este día y durante toda la vida, como me decía un amigo cuando estaba enfermo. «Ánimo, padre. Cuando yo estuve enfermo, levanté la mirada al cielo y me acuerdo de esto y digo “una palabra bastará para sanarme”, y me animo», me decía. Y a mí me animó. Me animó escuchar la fe de este gran amigo que tiene tanto fervor en el corazón.

Primero, Jesús dice entonces que vayamos a él: «Vengan a mí». Él nos invita a ir a él. Nos invita a darnos cuenta que, de alguna manera, todos tenemos o tendremos alguna vez aflicciones y agobios. Por eso, para ir a él, hay que sentirse de algún modo necesitado, sentirse con alguna aflicción, agobio. No es que tenemos que «buscar» sufrir, obviamente, pero sí debemos darnos cuenta que todos de alguna manera sufrimos, de algún modo escondido incluso, y que no nos damos cuenta. Lo que pasa es que la vida de hoy parece que nos tapa todo, vivimos anestesiados, llenos de analgésicos espirituales que hacen que no nos demos cuenta, o pseudoespirituales, pero que en el fondo siempre nos falta algo. ¿Qué persona puede decir que en algún momento de su vida no tiene alguna aflicción, algún agobio? Por ahí vos estás sufriendo en este momento, en algún sentido, tal vez la pérdida de algún ser querido, estás sufriendo tus propias debilidades, tus pecados, el agobio de tu trabajo, de tu estudio, de tu incapacidad de hacer lo que quisieras o te cuestan muchísimo las cosas.

Bueno, andá a Jesús. Jesús nos está diciendo: «Vení, vení a mí que yo te voy a aliviar», y ese ir a Jesús es buscarlo en su Palabra, en esto que estamos haciendo al escuchar cada día su Palabra. Es buscar también la Eucaristía  fundamentalmente, buscarlo en la oración, en alguien que nos escuche y que sea instrumento de su amor. Es buscarlo en los más pobres, es servir, es en donde se revela especialmente su amor. Ir a Jesús, ir a Jesús; eso es lo que tenemos que hacer hoy, que nos tiene que quedar hoy en el corazón. «Vengan a mí que yo los aliviaré», nos dice.

El segundo momento a considerar es que el Señor nos invita a «aprender» de él: «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón»; «paciente y humilde de corazón», dicen otras traducciones. Esa es la gran virtud que el Señor nos invita a imitar del Evangelio: aprender de su humildad, aprender de la humildad que nos impide creernos que podemos dominarlo todo y podemos controlarlo todo. Eso nos alivia: soltar, saber que no somos omnipotentes, aprender de su paciencia que nos ayuda a no enojarnos continuamente contra la realidad que se pone dura y difícil. Eso nos alivia y hace que no nos aflijamos tanto. La paciencia y la humildad son las virtudes que nos ayudan a encontrar alivio a nuestras angustias y ansiedades. Busquemos el alivio de nuestro buen Jesús, pero el alivio que también implica que nosotros hagamos algo. Yo tengo que hacer algo, no puedo esperar que el alivio venga de arriba únicamente, simbólicamente, sino que tengo que ser paciente y humilde de corazón.

Porque —y ahí viene el tercer punto— «su yugo es suave y su carga liviana». Él nos propone no agobiarnos con más problemas o cargas que tenemos que llevar, sino al contrario, nos propone una carga distinta, no la carga que nosotros mismos nos inventamos, esa carga que nos pesa porque somos nosotros los que armamos y proyectamos nuestra vida, calculándolo todo, porque somos el centro de nuestras propias vidas; sino la carga que propone él, que en definitiva es la carga de la paciencia y de la humildad, la del amor. Ser paciente y humilde es un yugo, es algo que tenemos que cargar sobre nosotros y hacer un esfuerzo cada día para ser pacientes y humildes; pero, al mismo tiempo, es lo que nos da el alivio buscado. Nos da la paz, porque solo el paciente y humilde tiene paz. Esta es la paradoja, las dos caras de la misma moneda de esta invitación de Jesús.

Bueno…Dios quiera, Dios Padre quiera, y quiere seguramente, que este día podamos sentirnos aliviados de nuestros agobios y sufrimientos, yendo a su Hijo Jesús, buscándolo solo a él.

XV Miércoles durante el año

XV Miércoles durante el año

By administrador on 14 julio, 2021

Mateo 11, 25-27

Jesús dijo:

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»

Palabra del Señor

Comentario

Según el Evangelio del domingo, Jesús envió a sus discípulos de dos en dos. Todo un símbolo, no es simplemente un modo de decir, no es una anécdota más. Siempre intento recordarte que, de los textos de la Palabra de Dios, no solo hay que prestar atención a lo que dice concretamente Jesús, sino también al modo en el que lo dice. Lo mismo podríamos decir con respecto al envío de sus discípulos; en este caso, no solo nos importa que Jesús los envía a predicar, a exorcizar, a sanar, o sea, al qué van a hacer, sino que es igual de importante el modo como los envía (de dos en dos, o sea, nunca solos). Lo fundamental no es si van de a dos o de a tres o de a cientos, sino que nunca de a uno.

¿Qué es evangelizar, en definitiva? Anunciar la Buena Noticia. ¿Cuál Buena Noticia? Que Jesús vive entre nosotros y que trajo a la tierra el Reino de Dios, a nuestras vidas. Entonces, ¿sería posible hablar de un Dios de amor, que es amor presente entre nosotros, sin alguien a quien amar, sin mostrar ese amor? Imposible. Jesús no los envió de dos en dos por una cuestión de seguridad, para que se cuiden entre ellos, para que no anden solos por ese tiempo, sino por una cuestión de amor. Incluso él jamás predicó solo, jamás habló de su Padre solo, aunque tuvo momentos de soledad para con él mismo, para escucharlo y amar más a su Padre (pero ese es otro tema).

«No es bueno que el hombre esté solo», dice el Génesis. Bueno, de alguna manera podremos decir «no es bueno que un discípulo ande solo», no se es verdadero discípulo sin un otro, sin un hermano a quien acompañar, sin un hermano que acompañe al otro, sin una comunidad para amar, sin la referencia y compañía de un hermano que nos ayude a mostrar la esencia del mensaje, que es el amor, como ya dije. Cuando en la evangelización olvidamos este detalle, que en realidad no es un detalle pero es esencial, sin darnos cuenta nos transformamos en transmisores de un mensaje vacío y sin fuerza, porque no tiene amor, no tiene contenido. Cuando en la Iglesia no nos comportamos como hermanos y los demás nos ven casi como «adversarios», por más cosas lindas que digamos, no podemos convertir a nadie, no podemos llevar el mensaje, porque nosotros todavía, en realidad, no estamos convertidos. Pero, bueno, vamos a Algo del Evangelio de hoy.

Antes que nada, Jesús alaba al Padre, se enorgullece, se emociona ante la actitud de Dios Padre que elige este modo de revelarse, elige este modo de mostrarse a los hombre, o sea, elige abrir su corazón solamente a aquellos que son pequeños, que tienen la actitud de los «pequeños», de los sencillos, de los humildes o, podríamos decirlo al revés, que Dios se deja ver por aquellos que tienen un corazón humilde o que solo los humildes pueden reconocer a Dios.

La actitud evangélica que busca Jesús siempre, en muchos pasajes de la Palabra de Dios, hace referencia a este modo de ser. Porque Jesús es siempre el primer pequeño, es el primero que no hace alarde de lo que es, sino que se hace pequeño, y como se hace pequeño, el Padre, su Padre, le da todo, le da todo su amor, le abre su corazón de par en par y, al abrirle todo su corazón, se deja conocer por él. Por eso el Hijo conoce al Padre y el Padre conoce al Hijo, porque también el Hijo le abre su corazón. Esa relación de amor plena y perfecta entre el Padre y el Hijo es la que Jesús quiere que también podamos llegar a tener nosotros un día para con él. Ese es el fin de nuestra vida: conocer algún día al Padre, conocerlo cada día más, como el Padre nos conoce. Así lo decía maravillosamente san Agustín en sus «Confesiones»: «Conózcate a ti conocedor mío, conózcate a ti como soy conocido por ti».

El Padre nos conoce profunda y perfectamente y su deseo es que algún día podamos conocerlo plenamente, como dice san Juan: «Algún día lo veremos tal cual es, somos hijos y aún no somos lo que seremos; algún día podremos conocerlo tal cual es».

Esa es la actitud que tenemos que pedirle hoy al Señor: poder alabar a nuestro Padre por su bondad para con cada uno de los hombres, por su bondad para con nosotros, que se nos dio a conocer, pero al mismo tiempo darnos cuenta que nos falta muchísimo. Porque podemos tener algo de estos sabios y prudentes de este mundo, tenemos una parte de nuestro corazón que, de alguna manera, «se la cree», tenemos una parte de nosotros que todavía no deja entrar la gracia, tenemos una parte de nosotros que siempre tiene una respuesta para todo, que no quiere escuchar a los demás, que quiere escuchar de Dios lo que uno quiere escuchar y no lo que Dios quiere decirnos. Tenemos una parte de nosotros que es débil y se cree un poco omnipotente.

Dios no se puede revelar al que es «sabio y prudente», según el pensamiento del mundo; no porque no quiera o porque no pueda, sino porque en realidad no puede darse a quien cree que no tiene nada para recibir. «Según el mundo» me refiero a aquellos que creen que la sabiduría es «saber cosas», tener una acumulación de información, ser como el Google, que ponemos lo que necesitamos y nos lo dice en el momento. ¡No!, esos no son los sabios según el Evangelio, sino que el sabio es el que siempre está abierto a más, el que siempre se reconoce que todo no lo sabe y que acepta que el saber no pasa por ser certero y emitir juicios infalibles para todos; sino al contrario, que tiene que ver con aprender a escuchar y darnos cuenta de que la verdad es algo que vamos descubriendo a lo largo de nuestra vida y que nunca terminamos de aprender completamente, de amar; sino que la verdad es algo que siempre tenemos que estar abiertos a recibirla y estar dispuestos a seguir creciendo.

Pidámosle al Señor esa gracia de ser pequeños, sencillos, y que esa parte de nosotros que es un poco «sabia y prudente», según el pensamiento del mundo, se vaya sanando y purificando.

XV Martes durante el año

XV Martes durante el año

By administrador on 13 julio, 2021

Mateo 11, 20-24

Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido. « ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.

Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. Porque si los milagros realizados en ti se hubieran hecho en Sodoma, esa ciudad aún existiría. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, la tierra de Sodoma será tratada menos rigurosamente que tú.»

Palabra del Señor

Comentario

Querer encontrar la perfección externa en la Iglesia, es tan imposible como querer buscarla en vos mismo o en mí. Nunca podemos olvidar que Jesús quiso fundar su Iglesia desde y sobre seres humanos, de carne y hueso –como decimos–, como vos y yo; y que esa elección no se fundó en una perfección previa, en un pedirles un currículum, un libre de deudas, sino en un amor incondicional que no miraba tanto las cualidades personales como las miramos nosotros, sino el corazón y todo lo que el corazón puede dar cuando es amado. Ahí está la clave. Muchas de nuestras desilusiones en la fe al ver a los que forman la Iglesia y ver que no son perfectos, tienen que ver fundamentalmente con olvidar o ignorar esta verdad y, por otro lado, con ignorar u olvidar que todos los bautizados somos parte de la Iglesia; a la hora de ver los errores, también hay que incluirse ahí. La debilidad, la humanidad forma parte del ser de la Iglesia, porque la formamos nosotros, y eso más que alejarnos o enojarnos, nos debería alegrar porque nos permite a todos formar parte de ella. Suponiendo que Jesús hubiese querido elegir a los «mejores» o los supuestos «perfectos» para formar su familia, se le habría complicado muchísimo para hacerlo, porque no los hubiese encontrado y, además, al hacerlo, habría excluido a los débiles, como vos y yo.

¿Quién querría formar parte de la Iglesia de los perfectos? ¿Quién sería capaz de estar en un lugar en donde todos fuesen perfectos? En realidad, es imposible, y por eso debemos agradecer que la Iglesia la formamos personas débiles, santas y pecadoras, como todos, como lo eran los apóstoles. Nos pasa muchísimo a los sacerdotes, que a veces nos vienen a contar que cierta persona se alejó de la Iglesia porque fue justo a contar un dolor y no fue bien recibida, incluso algún sacerdote que no la trató como quisiera; y esta persona me preguntaba: «¿Qué hago? ¿La puedo llevar a tu parroquia?». «¡Sí, tráela!». Pero ella me hablaba de la Iglesia como otra cosa, y yo le digo: «¡Amiga, vos también sos la Iglesia!». Hacele sentir a esa persona que lo que estás haciendo también es un signo de que la Iglesia está cerca tuyo. No es necesario únicamente ir a hablar con un sacerdote, es verdad que eso a veces ayuda mucho, pero a veces también puede alejar. Si todos tomáramos conciencia que somos realmente la Iglesia, ¡qué bien que haríamos, y cuántas personas haríamos que se reconcilien con ella!

Vamos a Algo del Evangelio de hoy. Resulta raro y difícil escuchar de labios de Jesús un reproche, un reto, un enojo; sin embargo, los hay y no lo podemos ocultar y callar. Jesús los hizo y sería de necios esquivar estas palabras de la escena de hoy. ¿Cómo hago como predicador?, me puedo preguntar. ¿Me pongo a hablar de otra cosa? Prefiero hablar de lo que Jesús nos dice hoy a todos, a todos. Porque no hay peor cosa que al escuchar el Evangelio andemos pensando que se refiere a otros, andar buscando a quién le cae bien esas palabras y lo que dice Jesús. A todos siempre la Palabra de Dios nos tiene que decir algo. Al mismo tiempo, como decíamos ayer, no todo se comprende en el momento, la paciencia es necesaria en toda dimensión de la vida, y mucho más en el camino de la fe, donde lentamente vamos siendo enseñados por el Maestro Divino que es Jesús. Por eso debemos estar tranquilos, estemos en paz, como dice la misma Palabra de Dios en la Carta a los Hebreos: «Dios, en cambio, nos corrige para nuestro bien, a fin de comunicarnos su santidad. Es verdad que toda corrección, en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría; pero más tarde, produce frutos de paz y de justicia en los que han sido adiestrados por ella».

¿A quién le gusta ser corregido, a quién le alegra ser corregido? En principio a nadie, excepto alguien muy humilde, solo el que alcanzó una sabiduría de santidad que le permite descubrir en todo la voluntad de Dios. Nosotros, simples cristianos, que andamos luchando día a día la santidad, no podemos decir lo mismo, me parece.

Nos cuesta ser corregidos y mucho más por Jesús, no solo porque toda corrección molesta, sino porque muchas veces tenemos una imagen desdibujada de él, algo así como –perdón la palabra– un «bonachón» que habló solo de un tipo de amor y de paz, olvidándonos de las otras dimensiones del amor, que es el no, la corrección, la lucha interior y exterior, el sufrimiento entregado con amor y tantas cosas más. Jesús ama plenamente y por eso nos quiere enseñar a amar plenamente. Ayer nos exigía un amor por encima de nuestra familia, y eso no traería paz, a veces no trae paz. Jesús nos ama incondicionalmente y por eso tiene todo el derecho de entristecerse y reprocharnos nuestra falta de amor como lo hizo con estas ciudades (Corozaín, Betsaida y Cafarnaún), que nos representan también a nosotros, que vivimos llenos de dones, que recibimos tantas gracias y milagros en nuestras vidas.

¿Estás seguro de que el reproche de Jesús no es como una caricia al alma? ¿No pensás que el reproche de él se puede trasformar en una palabra al oído, llena de amor, una palabra de ánimo para que de una vez por todas amemos y hagamos lo que él desea de nosotros? ¿Alguna vez no le reprochaste a tus hijos su falta de amor? ¿Alguna vez como hijo no te diste cuenta que amaste muy poco a tus padres en comparación con lo que ellos te amaron? Si sos adulto, ¿no te pasó alguna vez que se te cayó la cara de vergüenza al ver todo el amor que tantos seres queridos te dieron y darte cuenta lo poco que les correspondiste? A mí sí, muchas veces. Jesús nos ama infinitamente, más de lo que podemos imaginar. ¡Qué lindo que es pensar que nos puede reprochar doliéndose, pero con amor! No nos demos el lujo de enojarnos ante su corrección. ¡Pobre Jesús! Tanto amor hacia nosotros y tan poco correspondido. ¡Pobre Jesús! ¡Si por lo menos hoy, vos y yo, hiciéramos algo para demostrarle más nuestro amor, aunque parezca poco! ¡Si por lo menos en este día hiciéramos lo posible para no ofendernos o entristecernos por una corrección de amor! ¡Si por lo menos hoy aprendiéramos de las correcciones que nos ayudan a crecer!

XV Lunes durante el año

XV Lunes durante el año

By administrador on 12 julio, 2021

Mateo 10, 34-11, 1

Jesús dijo a sus apóstoles:

«No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así, el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió.

El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo.

Les aseguro que cualquiera que dé de beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.»

Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí, para enseñar y predicar en las ciudades de la región.

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, buen comienzo de semana. No te olvides que si querés recibir directamente los audios en tu celular y no depender de otros o ser también evangelizador, podés entrar a nuestra página (www.algodelevangelio.org) y ahí ver los distintos modos de recibir los audios, bajarte la aplicación de Telegram y buscar nuestro canal (@algodelevangelio), la aplicación para Android (Algo del Evangelio), o bien escribirnos un mail a algodelevangelio@gmail.com. ¡Ayúdanos, ayúdanos a seguir transmitiendo la Palabra de Dios! Vos sos parte de este proyecto, vos también sos enviado, enviada a anunciar el Evangelio.

Seguramente, como digo muchas veces, un poco cansados –porque el lunes a veces no terminamos de estar con ganas de empezar a trabajar–, pero queriendo poner nuestro corazón otra vez al servicio de lo que Dios nos proponga, por medio de su Palabra y de las situaciones que se nos presenten en estos días. No sabemos lo que vendrá, aunque lo planifiquemos, es por eso que lo mejor es estar siempre abiertos a la novedad del Evangelio, a la novedad de la vida. Te propongo algo. Continuemos con Algo del Evangelio de ayer durante estos días, como hago habitualmente.

Jesús eligió a doce para continuar su obra, a doce amigos, o los fue haciendo amigos. ¿Te pusiste a pensar eso alguna vez: que la Iglesia, lo que hoy llamamos Iglesia, esa que algunos tanto critican o poco quieren, o incluso abandonaron, pero que vos y yo amamos o queremos amar cada día más a pesar de sus errores, empezó así, empezó con Jesús y doce más? ¡Qué locura de amor! Nada en este mundo puede generar lo que generó el amor de Jesús a estos doce, el nacimiento de la Iglesia y su crecimiento a lo largo de la historia y lo que genera incluso hoy. Ninguna comunidad humana, ninguna ideología, ningún fanatismo puede hacer que la Iglesia siga permaneciendo, puede hacer que la Iglesia haga lo que hace. Y esto que te digo no es un elogio absurdo de un sacerdote que la quiere mucho, sino que es una realidad concreta, con datos reales.

Más allá de la fe, crean o no crean los otros que la Iglesia es una institución divina y humana, santa y pecadora, obviamente tenemos que decir que objetivamente la Iglesia católica es la institución que más bien hace a la humanidad por su infinidad de obras de bien, que existen esparcidas a lo largo y ancho del mundo, más que ninguna otra. Por más pecados que hayamos cometido, por más mal que a veces incluso hayamos hecho, que nunca se justifica, ninguna institución hace tanto bien. ¿Te pusiste a pensar alguna ve que la Iglesia surgió a partir de doce elegidos por Jesús? Solo Jesús puede transformar el mundo a lo largo de la historia empezando solo con doce.

Algo del Evangelio de hoy es para comprender a lo largo de la vida, no se termina nunca. Parece un poco chocante o incluso demasiado exigente. Asusta, pero es así. A simple vista, escuchando muy por arriba, superficialmente, parece incomprensible. Pero sabemos que no todo se comprende de un día para el otro, no se puede comprender todo en un instante, no se comprende todo por comprender algo. No hay que ser ansiosos con la Palabra de Dios. Es así. La virtud de la paciencia con las cosas de Dios, es fundamental, es la madre de todos los bienes. La paciencia todo lo alcanza, la paciencia nos ayuda a alcanzar el amor, la paz, al mismísimo Dios. Por eso, no pretendamos comprender los evangelios de cada día en un solo día, sino durante toda la vida. Por eso el de hoy se comprende recordando que Jesús es todo y por eso pide todo, no por capricho, no porque pretende todo para Él, sino que es por nuestro bien, para nuestra salvación, felicidad. Jesús siembra amor y quiere cosechar amor, no egoísmo. Él piensa en el bien de todos, no solo en el tuyo y en el mío. Él quiere la felicidad de la humanidad entera y por eso nos propone algo que parece un poco extraño. Propone que el amor hacia Él esté por encima de todo, aunque nos genere división interior y exterior para con los demás.

Solo amando a Jesús primero, realmente y más, podremos amar a nuestras familias plenamente y ser felices en serio. Mientras tanto los amores compiten, cuando en realidad el de Jesús potencia todo lo demás. Esto solo lo comprende el que se siente discípulo, el que lo sigue seriamente; por eso hoy Jesús les habla a sus discípulos más cercanos. Esto, digamos así, no es para cualquiera, es para el que lo descubrió como el amor de su vida. Solo una enamorada o un enamorado de Jesús, solo el que fue tocado por su gracia en el corazón, puede decir con total naturalidad y sin escrúpulos: Yo amo más a Jesús que a mi padre, que a mi madre, que a mis hijos y eso me hace feliz. Y por amar más a Jesús no quiere decir que amo menos a mi familia, sino que los amo mejor, como Él quiere.

Solo un enamorado en serio es capaz de que no le importen las críticas ajenas o incluso el ser dejado de lado por un familiar por el hecho de amar a Jesús con todo su corazón. No te asustes si no te sale decir semejantes palabras, no te asustes si todavía no amás más a Jesús que a tus seres queridos. La fe y el amor a nuestro Maestro es un camino largo, pero lindo. Falta mucho por recorrer, nos falta a todos un largo trecho. Hay que tenerse paciencia a uno mismo. No nos olvidemos que la semilla sembrada por Él, algún día dará fruto si somos constantes. Esa es la falta de paz que trae Jesús, que a veces algunos no comprendan que podemos amarlo más a Él que a los que tenemos cerca.

Si ya amás más a Jesús que a todos, no te impacientes ni te enojes con los que no te comprenden o no lo aman. Recibiste una gracia, a los otros todavía les falta descubrirlo; ya la recibirán, es cuestión de tiempo. Si todavía no lo amás más que a todos, pedilo, pedilo como gracia, porque «el que pide, se le dará».

XIV Sábado durante el año

XIV Sábado durante el año

By administrador on 10 julio, 2021

Mateo 10, 24-33

Jesús dijo a sus apóstoles:

«El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que su dueño. Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa! No los teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena.

¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros.

Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo los reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.»

Palabra del Señor

Comentario

Ya al final de la semana, después de haber transitado con paciencia todos estos días. En donde justamente intentamos reflexionar sobre el tema de la paciencia que nos propone Jesús. Ese tema que nos toca el corazón a todos. Porque decíamos que, de alguna manera, somos propensos a perder la paciencia. Porque no queremos sufrir y, de alguna manera, toda espera nos genera una inquietud, una ansiedad, una búsqueda de alcanzar aquello que deseamos. Por eso es bueno también que en este sábado nos tomemos un tiempito para poder ver, con paciencia, qué palabras de Jesús, qué escenas, qué milagros, qué acciones de Jesús nos tocaron de alguna manera el corazón y nos hicieron llegar a aquello que seguramente en algún momento esperábamos. A veces también perdemos la paciencia porque no tenemos capacidad de mirar para atrás o capacidad de reflexionar y darnos cuenta que muchas cosas que esperamos, en realidad, ya las tenemos. Ya las tenemos. Muchas veces tenemos todo lo que podríamos tener y no nos damos cuenta. Muchas veces tenemos todo el amor de Dios frente a nosotros o en nuestro corazón y no terminamos de darnos cuenta. Señor concédenos la gracia, en este día, de no perder la memoria y de volver a pasar por el corazón aquellas maravillas que vos hacés continuamente y nosotros por nuestra ceguera, por nuestra ansiedad, por nuestra incapacidad de ver lo bueno, nos olvidamos.

Por eso, desde Algo del evangelio de hoy, es lindo que podamos reconocernos como lo que somos: discípulos, servidores. Discípulos del maestro y servidores del dueño de nuestra vida, que es Jesús. Y por eso nos tiene que bastar, ser eso, lo que somos, simples servidores y discípulos, y no pretender más de lo que nuestro corazón puede soportar. Como dice el salmo ¿te acordás? «Como un niño en brazos de su madre, no pretendo grandezas que superen mi capacidad». Señor concédenos hoy también esa gracia de conformarnos con lo que somos y, si todavía no nos damos cuenta de lo que somos, danos esa luz, esa sabiduría para reconocer todo lo que nos diste y todo lo que podemos hacer si estamos unidos a su amor.

Y otra vez aparece también hoy el tema de no temer. «No temer a los que matan el cuerpo». Qué oportuno este evangelio en este tiempo que estamos viviendo, en tiempos de “turbulencias” que, en realidad, de algún modo, siempre estuvieron presentes en el mundo, en la humanidad, en nuestros países, en nuestras comunidades. Siempre hay “turbulencias”. Siempre hay problemas que nos pueden llevar a temer, a temer porque, en el fondo, no ponemos nuestro corazón en donde deberíamos ponerlo; a temer porque, en realidad, estamos por ahí perdiendo la fe o porque nuestra fe no está puesta en donde debería estar. ¿Acaso Dios no “tiene contado todos nuestros cabellos”? ¿Acaso no “valemos más que todos los pájaros” y que todas las criaturas de este mundo? ¿Acaso no valemos como lo que somos, como hijos de Dios? Que esta Palabra de Jesús, que esta invitación a la confianza nos ayude a perder todos los temores que, a veces, nos paralizan; que nos ayuden a estar como en pleno día, a no temer hablar de Jesús también, a no temer aquellas cosas que nos puedan decir y nos puedan a veces quitar la paz.

Proclamemos desde lo alto de las casas, desde lo más profundo de nuestro corazón, que Jesús es nuestro Señor, que Jesús es nuestro Maestro y que toda nuestra vida está en sus manos; que la vida de nuestros seres queridos, la vida de cada ser humano, está en las manos de Jesús, que se las ha entregado al Padre. Padre, volvenos a renovar en la confianza, en la certeza absoluta, de que tu paternidad es la que nos engendra cada día.

Que las palabras del evangelio, que intentamos meditar cada día, hoy nos devuelvan la paz si la hemos perdido. Que este audio sencillo, que intentamos hacer cada día, también sea consuelo para aquellos que están sufriendo. Por eso, animate a compartirlo. Animate a recibirlo. Acordate que podés ver desde nuestra página, www.algodelevangelio.org, los distintos modos de recibir la Palabra de Dios en tu celular o en tu computadora. Animate a ser servidor y apóstol de Jesús porque eso es lo que nos dará la verdadera alegría.