Book: Mateo

XXI Viernes durante el año

XXI Viernes durante el año

By administrador on 28 agosto, 2020

 

Mateo 25, 1-13

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.

Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.

Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: «Ya viene el esposo, salgan a su encuentro.»

Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: «¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?» Pero estas les respondieron: «No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado».

Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.

Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: «Señor, señor, ábrenos», pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco.»

Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando se cree que Jesús es el Hijo de Dios realmente, cuando se cree que es Dios hecho hombre, un hombre que al mismo tiempo era Dios, o sea, que ese hombre, Jesús, es nuestro “todo”. Cuando se cree en serio y con esa convicción tan profunda, difícilmente una dificultad, un dolor, una decepción, un sufrimiento profundo, nos haga perder la fe, que nos fue revelada por el Padre que está en el cielo. Sí podemos tropezar, caer, desanimarnos, pero ¿perder la fe? Difícil. Cuando se tiene esa fe profunda, diría que no hay ventarrón que la pueda voltear. Pedro pudo decir eso ese día por gracia y desde ahí, aunque cayó muchas veces y lo sabemos (dudó, prometió y no cumplió, traicionó), en el fondo, jamás perdió la fe, la confianza, la certeza íntima del corazón, que Jesús no era un hombre más. No era un hombre cualquiera.

Alguien me dijo una vez: “Padre, usted en la misa del domingo nos dijo que pensemos quién era Jesús para nosotros. ¿Puedo decirle quién es para mí?” “Sí- le dije- con gusto”. “Para mí, Jesús es mi único salvador, mi único maestro. Qué lindo, ¿no? ¿Vio qué lindo?” me terminó diciendo, como necesitando que le afirme su afirmación. “Sí, muy lindo. Muy lindo, la verdad” le dije. La verdad es que es gratificante que alguien diga eso frente a los demás en una reunión, que lo diga con tanta frescura y amor, sintiendo verdaderamente lo que dice y no teniendo vergüenza. Vos pensarás “y bueno… en un ambiente de Iglesia es fácil”. Y sí, es verdad, puede ser, pero hay que decirlo. También, no dijo es mi salvador y mi maestro, sino que dijo una palabra muy importante: “mi único, mi único salvador”. Hay muchos que se creen los salvadores de nuestras vidas, muchos que se hacen los maestros, pero para los que tenemos fe en realidad tenemos que volver a decir que hay un solo maestro y un solo salvador: es Jesús.

Eso es tener fe. Sabiendo y creyendo esto, ¿qué nos puede quitar la fe? ¿Quién nos puede quitar la fe? Así lo dice San Pablo: “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada?” Si perdemos la fe, si se enfría, es por falta de amor en el fondo, por falta de perseverancia, por falta de oración, por recurrir a otras cosas que nos hacen perder el tiempo, por olvidarnos de esta verdad tan linda: mi único salvador, mi único maestro. Repetítelo al corazón. Repetí lo que me dijo esa buena señora, una vez: “Jesús sos mi único salvador, mi único maestro. No permitas que busque otras salvaciones por ahí”.

¿Sabés qué es lo que nos ayuda a mantener la fe hasta el final? Algo del evangelio de hoy nos orienta y nos da una linda pista: el ser prudentes, o sea, el estar preparados. El tonto es el que pierde la fe. El necio pierde la fe. La pierden por tontos, en el fondo. Por quedarse sin combustible en el camino, sin aceite, por no haber previsto que se podía acabar. El que no es prevenido, el que no “guarda” el aceite que le ayudará a tener luz mientras se demora Jesús, ese es el que pierde la fe. Las vírgenes necias van al momento más importante de sus vidas, al encuentro con Jesús, y no llevan aceite, no se preparan, no son precavidas, no tienen en cuenta que el esposo puede demorarse. Confían en su criterio, en sus pensamientos y, por haber confiado demasiado en ellas mismas, se pierden lo mejor, se quedan en la puerta, afuera.

Podemos perder la fe y perdernos de ver a Jesús por haber pecado de demasiada confianza en nosotros mismos y pensar que podíamos solos. Me parece que el aceite de la lámpara que no llevan estas vírgenes simboliza que, en el fondo, no nos damos la luz a nosotros mismos, que para iluminar necesitamos de otros.

Necesitamos el amor de los demás, el amor de Jesús que brota del corazón de los otros, por medio de otros. Ese es nuestro combustible, lo que nos hace andar por esta vida. No hay otro camino. Cuando nos la creímos, cuando nos pensamos que teníamos combustible para mucho más y nos pasamos de largo en la estación de servicio creyendo que llegábamos, nos quedamos a la mitad de camino. Nos quedamos por el camino o nos quedamos a la puerta de la felicidad solos, esperando que alguien nos salve y no nos dimos cuenta que el único que nos salvaba era Jesús. Nos quedamos por el camino cuando nos convencemos a nosotros mismos que la felicidad, la fe, el amor, depende exclusivamente de nuestras propias “reservas”. Esa es nuestra gran necedad, la gran estupidez de nuestra vida, nuestra gran sonsera.

Mientras estemos en la tierra siempre habrá tiempo de pedir un poco de aceite a los otros para seguir iluminando, y está bien. Eso es necesario. Pero al final de nuestra vida ya no habrá tiempo. Es cosa seria. La llegada de Jesús al final de los tiempos o al final de nuestra propia vida, aunque no sepamos cuándo será, es cosa seria. No es para andar jugando con la misericordia de Dios. Hay que tomarse en serio la vida. No se puede andar “zafando”-como se dice acá en Argentina- siempre, especulando con el amor y después pretender que los otros me den lo que yo mismo podría haber conseguido por mis propios medios.

Estamos en el tiempo de la misericordia, pero no sabemos cuándo se acabará. Por eso, mientras tanto, hay que ser inteligentes, prudentes y saber que Jesús es nuestro único salvador y maestro. No somos salvadores y maestros de nosotros mismos para creer que podemos solos.  No seamos tontos. Busquemos el aceite del amor en otros amando también a los otros. Busquemos el amor que necesitamos en los demás y, también, el amor que los otros necesitan de nosotros.

XXI Jueves durante el año

XXI Jueves durante el año

By administrador on 27 agosto, 2020

Santa Mónica – Mateo 24, 42-51

Jesús habló diciendo:

Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.

¿Cuál es, entonces, el servidor fiel y previsor, a quien el Señor ha puesto al frente de su personal, para distribuir el alimento en el momento oportuno? Feliz aquel servidor a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo. Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si es un mal servidor, que piensa: “Mi señor tardará”, y se dedica a golpear a sus compañeros, a comer y a beber con los borrachos, su señor llegará el día y la hora menos pensada, y lo castigará. Entonces él correrá la misma suerte que los hipócritas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

Palabra del Señor

Comentario

“¡No te canses!”, “¡no llores!”, “¡no te pongas triste!” nos decimos muchas veces, o nos decimos entre nosotros. “¡No te bajonees!”, “¡sonreí un poco más!”, “¡ponete las pilas!” y así muchas frases más que usamos cotidianamente, seguro con muy buena intención, pero que se pueden transformar en especies de “decretos presidenciales” para generar sentimientos o eliminarlos. Y la verdad es que los sentimientos no se generan ni se eliminan por “decreto”, sino que las cosas que nos pasan son así, nos pasan. Van y vienen, son pasajeros, no siempre dependen de nosotros y lo que hay que hacer en realidad es reconocerlos, aceptarlos y saber qué hacer con ellos. Es lindo que nos quieran levantar el ánimo, que nos quieran ayudar o que nosotros hagamos lo mismo. Es lindo que busquemos que los demás estén bien y los ayudemos con palabras, los consolemos, pero también es necesario saber esperar a los otros, reconocer que no todos sienten y viven lo mismo y que cada uno vive y experimenta las cosas, la vida de fe, la propia vida, como puede, con las herramientas que tiene a mano. Es imposible no “sentir” cosas, es parte de la vida. No somos robots, somos de carne y hueso, y tener fe no quiere decir “no sentir” nada, sino al contrario, aprender a sentir y aceptar lo que nos pasa, superarlo si es posible, ofrecerlo si no hay salida. Como lo hizo el mismo Jesús, que supo reír, alegrarse, entristecerse, enojarse, angustiarse, llorar y tantos sentimientos más.

El domingo escuchábamos que Pedro reconocía quién era Jesús: “Tomando la palabra- decía -, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».” En definitiva, eso es tener fe en su esencia, saber y experimentar quién es Jesús, reconocerlo como Dios hecho hombre. Tener fe no es “saber” muchas cosas en el sentido intelectual. Tener fe no es “hacer” muchas cosas. Tener fe no es “ser perfecto”. Tener fe no es “no sentir” nada. No, nada de eso. Tener fe es reconocer a Jesús como nuestro Salvador, como Dios que se hizo hombre para amarnos y salvarnos. Eso es la esencia de la fe. Después sí, es verdad, se pueden decir muchas y miles de cosas más, pero al final de nuestra vida lo que querrá Jesús es que podamos “reconocerlo” como lo que es, y no que le presentemos un “inventario” de todo lo que hicimos.

Con respecto a Algo del evangelio de hoy, podríamos decir que ser prevenidos no es ser temerosos, ser prevenidos no es estar ansiosos por lo que vendrá, ser prevenidos no es ser desconfiados y dudar de todo, sino que es estar preparados para la venida. Pre-venidos, de ahí viene, esperar la venida. Por eso el evangelio de hoy, de algún modo, nos previene. Nos previene para que seamos prevenidos, valga la redundancia.

Son muchísimas las cosas que nos preocupan, a vos y a mí, todo el día y nos quitan el sueño y los pensamientos todos los días. Son muchísimas las situaciones que cada día nos hacen perder, de algún modo, la paz y la tranquilidad que nos da la fe. ¿Por qué será? ¿Por qué perdemos “los estribos”, a veces, con tanta facilidad? ¿Por qué se nos nubla el horizonte que hasta ayer teníamos tan claro y, de golpe, vemos todo negro? Bueno, puede haber muchas respuestas, pero una de ellas puede tener que ver con lo que hablamos al principio sobre los sentimientos. Somos humanos, somos débiles y no siempre estamos como queremos estar o somos lo que queremos ser. Muchas cosas también se deben a situaciones que están ajenas a nosotros y nos perturban, pero también muchas tienen que ver con nosotros mismos, tienen que ver con nuestra falta de fidelidad y previsión.

¿Cómo? ¿Cuál es, entonces, el servidor fiel y previsor, a quien el Señor ha puesto al frente de su personal para distribuir el alimento en el momento oportuno? Somos servidores de los demás, dice el evangelio, y cuando nos olvidamos de esa verdad, perdemos el eje, perdemos el centro y no experimentamos que a Jesús se lo encuentra en el amor concreto de cada día y él nos vendrá a buscar a la hora menos pensada y quiere encontrarnos amando, sirviendo. De ahí esa frase tan linda de la Madre Teresa: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”. En definitiva, estar prevenidos quiere decir estar “siempre listos para amar”, para amar ahora, no esperar otra cosa. “Feliz aquel servidor a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo.” Ese es nuestro trabajo, esa es nuestra ocupación, encontrar la felicidad haciendo algo concreto y silencioso por los demás. El que vive así, sin temor, y puede encontrar a Jesús desde ahora en cada cosa, anhelando encontrarlo algún día cuando venga. no sabemos cuándo, pero cuando venga. Ese es el que vive feliz.

¿Estás prevenido? ¿Estás previniendo la venida del Señor? ¿La deseas o, mejor dicho, estás amando? ¿Estás haciendo algo por alguien? ¿Estás viviendo para servir o para que los otros te sirvan? ¿Estás aprovechando tu vida en algo que vale la pena o vivís distraído en las cosas que vos te armaste creyendo que valen la pena?

Seamos previsores. Trabajemos por los demás, que Jesús nos encuentre trabajando, haciendo algo y no esperando que las cosas “caigan” del cielo. Dios no hace “asistencialismo”, sino que nos da la fuerza y el amor para que hagamos lo que nosotros tenemos que hacer.

XXI Miércoles durante el año

XXI Miércoles durante el año

By administrador on 26 agosto, 2020

 

Mateo 23, 27-32

Jesús habló diciendo:

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que parecen sepulcros blanqueados: ¡hermosos por fuera, pero por dentro llenos de huesos de muertos y de podredumbre! Así también son ustedes: por fuera parecen justos delante de los hombres, pero por dentro están llenos de hipocresía y de iniquidad. ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que construyen los sepulcros de los profetas y adornan las tumbas de los justos, diciendo: “¡Si hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no nos hubiéramos unido a ellos para derramar la sangre de los profetas”! De esa manera atestiguan contra ustedes mismos que son hijos de los que mataron a los profetas.

¡Colmen entonces la medida de sus padres!

Palabra del Señor

Comentario

Por más de que Pedro contestó correctamente sobre quién era Jesús- eso del evangelio del domingo. ¿Te acordás? Contestó que “Jesús era el Hijo del Dios vivo, el Mesías”. Sin embargo, después la historia nos enseña que Pedro, en realidad, fue descubriendo quién era Jesús a lo largo de su vida y solo pudo proclamarlo con valentía, con fortaleza y con entereza cuando recibió al Espíritu Santo. Por eso, siempre tenemos que volver a recordar que no alcanza con saber quién es Jesús, con un saber que solo se asienta en la cabeza y no en el corazón. En realidad, la verdadera fe es la que va superando esos niveles de conocimiento hasta llegar hasta el corazón.

Pedro sabía quién era Jesús, pero no lo supo verdaderamente hasta que no entregó finalmente su vida por él. La fe es una gracia, es verdad, pero también es algo que va creciendo y se va desarrollando a lo largo de la vida en la medida que nos vamos entregando y que vamos dejando que esa gracia, que es la fe, nos vaya transformando. Qué lindo que es saber quién es Jesús, pero con el corazón. ¡Cuánto nos hace falta tener un verdadero conocimiento de Jesús que pasa mucho más por lo que hacemos que por lo que decimos! Señor, ayudanos a seguir conociéndote. Ayudanos a poder responder quién sos vos, pero no tanto con palabras, sino con nuestra vida.

En Algo del Evangelio de hoy, Jesús sigue diciéndoles “de todo un poco” a los fariseos y escribas, y no justamente que eran bonitos. La dureza de sus palabras iba a tono con la dureza del corazón de estos hombres que se creían salvados y, lo que es peor, se consideraban como la “aduana” de la salvación, o sea, los que decidían quién merecía o no la salvación. ¡Cuánto de eso también hay hoy en nuestra Iglesia! Por eso Jesús no tuvo ningún problema y no tiene ningún problema, ningún pelo en la lengua para decirles y decirnos “sin anestesia” algo como esto: “¡Hermosos por fuera, pero por dentro llenos de huesos de muertos y de podredumbre!” ¿Qué habrán sentido estos hombres al escuchar semejantes palabras y acusaciones? ¿Qué cara habrán puesto al escuchar que alguien que no consideraban como el Mesías les decía sin miedo al frente de todos lo que ellos eran realmente? ¿Qué habrá sentido el corazón de Jesús al sentir que sus palabras se chocaban con rocas inamovibles y frías? Podríamos pensar que alguno de ellos habrá reflexionado o recapacitado y dejó esa vida o esa forma de pensar, pero también deberíamos pensar que su furia y cerrazón también les habrá impedido a otros muchos comprender las enseñanzas de Jesús.

La hipocresía era y es algo que repugna mucho a Jesús. No la acepta y la condena, pero al mismo tiempo desea cambiarla. Desea despertarnos para que la evitemos como a la peor de las enfermedades, como el peor de los virus. Son tan duras las expresiones de Jesús que podría llevarnos a pensar que es imposible aplicarla a todos, que nosotros somos bastante buenos como para ser tan hipócritas. Sin embargo, sería bueno aprovechar para pedirle al Maestro que nos ayude a considerar o a reflexionar con sinceridad para ver si hay algo en nuestro corazón que “huele” a hueso o a podredumbre. Si hay algo en nuestro corazón que hace pensar a los demás que somos santos y puros, pero sin embargo hay hipocresía y maldad en nuestro corazón. Cuesta pensarlo y da un poco de temor, pero me animo a decir que todos tenemos, de algún modo, algo muerto y podrido en el corazón, la mayoría de las veces inconscientemente, pero que es mucho peor cuando es consciente y deliberado. Podríamos decir que hay una cierta hipocresía involuntaria, por decirlo de alguna manera, y no buscada o no querida, de la cual padecemos todos un poco, o que podríamos llamarla también falsedad. Y otra que puede ser consciente y voluntaria, buscada y querida y que es la peor de todas, y esa es la hipocresía con todas las letras.

Una cosa es luchar todos los días para ser más veraces, para ser más sinceros con uno mismo y con los demás y con Dios, y otra muy distinta es disfrutar de parecer algo, pero en el fondo no serlo, o aprovechar una imagen puritana y falsa de uno mismo para beneficio propio. Eso es lo que a Jesús le repugna y quiere sanar. Cuando se da esto es cuando el corazón, en el fondo, está enfermo y enferma todo lo que toca, cuando Dios no puede entrar al alma porque, en el fondo, no tiene lugar.

Solo Jesús puede sacarnos lentamente de la ambigüedad y falsedad de nuestros corazones, que tarde o temprano pueden llevarnos a la hipocresía que se aloja como un cáncer. Solo Jesús con sus palabras de amor, pero llenas de verdad, puede ayudarnos a crecer cada día en la verdad que nos hace libres, en la verdad que nos va quitando las máscaras que no nos dejan mostrarnos como somos ante los demás. Esas máscaras que nos impiden ser humildes y aceptar nuestras debilidades, esa actitud que nos lleva a aprender a pedir perdón cuando nos equivocamos y reconocer que no somos quiénes para juzgar a los demás considerándonos dueños de la salvación. Que Jesús nos libre de cualquier hipocresía en nuestro corazón y dentro de la Iglesia.

XXI Martes durante el año

XXI Martes durante el año

By administrador on 25 agosto, 2020

 

Mateo 23, 23-26

Jesús habló diciendo:

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del hinojo y del comino, y descuidan lo esencial de la Ley: ¡la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello!

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno! ¡Fariseo ciego! Limpia primero la copa por dentro, y así también quedará limpia por fuera.

Palabra del Señor

Comentario

Retomando un poco el evangelio del domingo, decíamos que la fe es una gracia. Pedro no pudo decir esas palabras. No pudo saber quién era Jesús, si no hubiese sido porque se lo reveló el Padre del cielo. Vino esa gracia del cielo. La fe es un don, es verdad, y sorprende a veces, porque algunos la tienen y otros parece que no, que no la recibieron. Sin embargo, no tenemos que olvidar que la fe también es camino, es combate. “Hay que combatir el buen combate de la fe”, como dice san Pablo. Ese combate que implica también conocer el objeto de la fe, o sea, a Jesús, conocer al consumador, tener nuestros ojos fijos en él y darnos cuenta que el camino de la fe es ir descubriéndolo tal cual es. No tal cual lo pensamos nosotros, sino tal cual es. Es por eso que también Jesús evitaba que lo reconozcan como Mesías. Algo medio extraño y que nos puede chocar un poco, pero eso decía en el evangelio del domingo también. Les ordenó severamente que no dijeran que era el Mesías. No quería, Jesús no quiere que lo confundamos con un Mesías al modo humano, siguiendo nuestra lógica. Pero bueno, seguiremos con esto en estos días.

En Algo del Evangelio de hoy seguimos escuchando, de alguna manera, los reproches de Jesús a los fariseos. El “fariseísmo” es el gran mal del corazón de los hombres religiosos, y con esto no me refiero únicamente a los consagrados, a los sacerdotes –aunque por supuesto que es más grave cuando se da en nosotros–, sino a todo hombre que se jacta de tener fe, que dice tener fe, y de creer en un Dios que es amor, tal como lo creemos nosotros los cristianos.

Hoy te propongo, me propongo, que pensemos en porqué muchas veces hacemos ciertas cosas, porqué nos mentimos y mentimos a veces a los demás o, si querés podemos decirlo de otra manera, nos falta verdad o nos alejamos de la verdad, esa verdad que nos libera, cuando desde un pensamiento engañoso generamos palabras o frases falsas y actuamos muchas veces hipócritamente, incluso sin darnos cuenta. O bien al revés, una acción que realizamos que está carente de verdad nos lleva a tener que justificarla con palabras falsas que hace que terminemos engañándonos y justificándonos a nosotros mismos. ¿Cuántas veces hacemos esto y muchas veces sin darnos cuenta?

Vuelvo a decirte y decirme: Jesús rechaza la mentira. No solo porque quiere la verdad, así en abstracto, como si la verdad fuera una cosa que está ahí, en el cielo, sino porque él es la verdad. Y la verdad nos hace libres y la mentira claramente nos hace mal, nos esclaviza silenciosamente. El ser veraces nos ayuda a dejar de esclavizarnos por la hipocresía, que es como andar con una máscara. Qué difícil que es vivir en la verdad. Nos da tanto miedo mostrarnos como somos. Nos da miedo mostrarnos débiles, frágiles. Nos da miedo reconocer que nos equivocamos, por orgullo y, además, porque estamos, de alguna manera, presionados por un deseo desenfrenado de ser “perfectos”, intachables, exitosos, aplaudidos. Nosotros mismos nos presionamos a nosotros mismos por querer ser casi perfectos, y esto es una perfección engañosa. Podemos sumarle a esto también que el mundo aplaude al supuestamente exitoso y se ríe del mal llamado “fracasado”. Entonces vivimos así más presionados que nunca, tironeados por todos lados.

Bueno, hoy vemos que los fariseos encarnan esta manera de vivir falsa e hipócrita. ¿Qué hace un fariseo? Dos cosas principalmente: descuida lo esencial y se preocupa por lo externo, por lo superficial. Descuida lo esencial, descuida la justicia, la misericordia, la fidelidad. “Busca filtrar el mosquito” como dice Jesús–que está en lo accesorio– y “se traga el camello de lo esencial”.

Por eso somos fariseos cuando criticamos y vemos los pecados ajenos y no nos damos cuenta que los nuestros a veces son peores, que nuestras debilidades son mucho más grandes que las de los demás. También somos fariseos cuando estamos preocupados y criticamos por cómo se hace esto o aquello, acá o allá, pensando que nuestra forma es la mejor y no amamos en lo concreto, como cuando vemos a un pobre y no tenemos caridad. Dice Jesús que hay que practicar esto sin descuidar aquello. Lo accesorio y los detalles no es que no sean importantes, pero lo más importante es otra cosa, es lo esencial.

Y la segunda característica del fariseo es que se preocupa por lo externo, por lo superficial, por la letra de la ley, y no sabe ir a lo profundo, a lo esencial. Todos creen que es bueno, puro, santo, humilde, pero por dentro no tiene misericordia, no es justo, no es fiel, y se olvida de que, si empieza por cuidar su corazón, lo de afuera vendrá por sí solo, se acomodará. Se olvida que tiene mucho que cambiar en sí mismo y se distrae fijándose en las pequeñeces de los demás. El día que se ponga de manifiesto –como dice san Pablo– los corazones y las intenciones de cada uno de nosotros, nos daremos cuenta el tiempo que perdimos- incluso la Iglesia ¡cuidado!- , “matando mosquitos”, porque nos enojaban y no nos dábamos cuenta que se nos llenaba la casa de nuestro corazón de camellos gigantes, de nuestro orgullo, que se nos llenó el corazón de la hipocresía que a veces nos invade.

Que Jesús hoy nos libre a todos del “virus del fariseísmo”. Ese es el peor virus que nos puede atacar a todos y lo único que logra es enfermar y matar nuestra vida de fe que, en realidad, tiene que ser libre y sencilla, humilde y generosa, como lo fue la vida de Jesús.

XXI Domingo durante el año

XXI Domingo durante el año

By administrador on 23 agosto, 2020

Mateo 16, 13-20

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»

Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».

Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.

Palabra del Señor

Comentario

¿Pensaste alguna vez, para vos, quién es Jesús? ¿Y qué harías si Jesús hoy te preguntara quién es él para vos? ¿Te preguntaste a vos mismo alguna vez esa gran verdad que todos necesitamos responder? Es la pregunta que tarde o temprano nos tendremos que hacer o, mejor dicho, tendremos que dejar que Jesús nos haga. Pero no me refiero a que podamos responder algo “teológicamente correcto”. Cosa que, si sabemos lo mínimo indispensable de nuestra fe, lo sabremos contestar. Me refiero a poder contestar, realmente, desde el corazón, pero dejando que la respuesta también venga “desde arriba”, desde el cielo. A eso me refiero.

Vos y yo, los que escuchamos la palabra de Dios cada día, los que nos acercamos a la Iglesia a enriquecernos y los que no tanto, seguramente sabremos responder todos, más o menos bien, acertando la respuesta como lo hizo Pedro, respondiendo lo que hay que responder y no como la mayoría de la gente que seguía a Jesús pero, que en realidad, no sabía bien quién era. Pero la cuestión no es responder de la boca para afuera o de la cabeza pasando por la boca, sino responder lo que estamos viviendo ahora, lo que estamos creyendo. Por un lado, para nosotros es fácil responder porque ya sabemos, de alguna manera, el “final de la película”, por decirlo así y, por otro lado, es difícil, porque “saber” quién es Jesús, no nos asegura amarlo y seguirlo como él quiere.

Hoy también hay miles de personas que siguen y dicen seguir a Jesús, pero en realidad no saben bien quién es. No terminan de comprender su misión en sus vidas y en este mundo. Para muchos Jesús hoy es “un santito” más de la estantería o un santo más de la cantidad de ofertas que tenemos para elegir. Jesús es “víctima”, por decirlo de algún modo, de un mundo que se “arma” un diosito a su propia medida, según sus criterios, caprichos y pensamientos. Por eso puede haber personas que, además de en Jesús, creen en un montón de cosas más. O incluso le dan más importancia que a él mismo o “usan” muchas otras cosas para encontrar su bienestar espiritual. Y es así como vamos creando, sin maldad, pero creando una especie de “ensalada de frutas” de propuestas espirituales acorde, en definitiva, a nuestras necesidades. Me animo a decir que el pobre Jesús sufre mucho más eso que otras cosas. Sufre mucho más que no lo conozcamos realmente, que por muchas de nuestras infidelidades que a veces cometemos. Porque, en definitiva, no somos lo que Dios quiere que seamos. No amamos como él quiere que amemos porque, en realidad, no terminamos de conocerlo. Si lo conociéramos, ¡cuánto lo amaríamos!

Por eso él nos pregunta. Por eso en Algo del evangelio de hoy les pregunta a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?». Para terminar preguntándole a los más cercanos: «Y ustedes – les preguntó – ¿quién dicen que soy?» Y ustedes, los que están más cerca, los que supuestamente me siguen por amor, para ustedes ¿quién soy? Y así volvemos al principio… para vos, ¿quién es Jesús? ¿Qué harías si Jesús hoy te preguntara quién es él para vos? ¿Te preguntaste a vos mismo alguna vez eso? Es la pregunta que tarde o temprano nos tendremos que hacer o, mejor dicho, tendremos que dejar que Jesús nos la haga.

No se conoce a Jesús “desde la carne y la sangre”, o sea, desde lo puramente humano, desde respuestas ya “hechas”, desde respuestas de libros de historia o del catecismo. Se lo conoce a Jesús verdaderamente cuando se nos lo revela desde lo alto, como le pasó a Pedro: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo». Ese debe ser nuestro mayor anhelo, nuestro mayor deseo: “Conocer -como decía San Ignacio- internamente al Señor, para amarlo y seguirlo”.

¿Cuántos de nosotros sabemos muchas cosas de él y, sin embargo, no terminamos de enamorarnos profundamente, no terminamos de seguirlo con todo el corazón? Me incluyo. El ser sacerdote, el estudiar mucho, el enseñar catequesis, el hablar de él y tantas cosas más no nos asegura un conocimiento profundo de Jesús. Al contrario, muchas veces, puede ser que nos “juegue”, de alguna manera, en contra. Puede atentar contra la espontaneidad en el amor a Dios haciéndolo muy racional, muy calculado, muy de receta, muy de librito.

Pedro es feliz porque no respondió lo que respondieron todos, sino lo que Dios Padre le inspiró en el corazón y lo llevó a jugarse, finalmente, por Jesús. Es admirable encontrar personas que no “saben” nada de teología, nada “teológicamente correcto” de Jesús y, sin embargo, lo conocen mejor de lo que uno piensa, lo conocen por el amor, desde el amor a él. Porque en definitiva conocer es amar y solo conoce el que ama, el que se entrega, el que confía y no el que calcula y lo mide todo. Y así volvemos otra vez al principio… para vos, ¿quién es Jesús?

XX Sábado durante el año

XX Sábado durante el año

By administrador on 22 agosto, 2020

Mateo 23, 1-12

Jesús dijo a la multitud y a sus discípulos:

«Los escribas y fariseos ocupan la cátedra de Moisés; ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo.

Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar “mi maestro” por la gente.

En cuanto a ustedes, no se hagan llamar “maestro”, porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A nadie en el mundo llamen “padre”, porque no tienen sino uno, el Padre celestial. No se dejen llamar tampoco “doctores”, porque sólo tienen un Doctor, que es el Mesías.

Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.»

Palabra del Señor

Comentario

No es fácil ser constantes en la vida. A veces se nos caen los brazos. A veces no tenemos fuerza para levantarlos. A veces nos entusiasmamos y después, de golpe, viene un ventarrón y se lleva todo aquello que habíamos anidado en el corazón, como una fuerza que nos supera. Pero siempre tenemos la posibilidad de volver a mirar al cielo simbólicamente, de volver a elevar nuestro corazón a nuestro buen Dios que siempre nos está escuchando, que siempre nos está mirando y sabe lo que nos pasa. Él es el único que sabe el porqué de nuestros cansancios, el porqué de nuestras dudas, el porqué de nuestros miedos. Y tenemos que poner la mirada en él una vez más, nuestro corazón, donde estará la fuerza necesaria para volver a empezar, para volver a decir: “Esto me hacía bien”, “tengo que volver a hacer”, “esto es mí salvación”, “esto es el camino”, “vos sos la verdad y vos sos la vida”, “vos sos el que me da la fuerza para seguir cada día”. Y aunque todo el mundo nos señale y todo el mundo se nos burle e incluso piensen que invocar a Dios y buscarlo es de infantiles, es de personas que no piensan.

Los que tenemos fe tenemos que volver a decir una vez más que “este es el camino”, que “pase lo que pase siempre será el camino” y que “pase lo que pase en él encontramos la paz”. Y este camino tiene un final feliz. El final que la palabra de Dios siempre nos enseña. El final que todos necesitamos volver a recordar en el corazón para decir: «Sí, es por acá. Puedo levantarme otra vez y puedo volver a empezar. Puedo volver a pedir perdón. Puedo volver a rezar, a mirarlo cara a cara y a decirle que “acá estoy”. Sí, es verdad, con mis debilidades, con mis cansancios, con mis dudas, con mis vaivenes, pero acá estoy».

Hoy es uno de esos días, especialmente para los que estamos con alguna responsabilidad de dentro de la Iglesia, porque Algo del evangelio de hoy es un llamado de atención para los que transmitimos y enseñamos la fe, pero también para los que la reciben. La soberbia del alma se mete en cualquier corazón. No conoce fronteras y tenemos que aprender a percibirla tanto en nuestro corazón, para expulsarla, como en el de los otros, para evitar que nos haga mal, porque a veces la soberbia de otros a nosotros también nos ciega y nos hace tomar malas decisiones.

¿Es posible que a veces la soberbia tenga tanta fuerza y a veces vivamos como si fuéramos los únicos en este mundo? ¿Es posible que siendo tan poca cosa nos la creamos tanto? Vos dirás: “Bueno… no es para tanto. No somos tan soberbios todos”. Es bueno que cada uno se deje interpelar por las palabras de Jesús. La soberbia en realidad toma mil colores y tonos distintos según la responsabilidad, según la personalidad y la experiencia de vida de cada uno, y justamente el peor mal de la soberbia es que, a veces, no se ve. Es imperceptible. Solo una luz de afuera puede ayudarnos a iluminar nuestro corazón y a hacernos dar cuenta lo centrado en nosotros mismos que estamos y cuánto nos enferma eso. No solo puede ser soberbio el engreído, el que se lleva todo por delante, el altanero, sino también puede ser soberbio el apocado y silencioso, el que parece humilde desde afuera. La soberbia no es una cuestión externa principalmente, sino del corazón.

Dije que la soberbia toma mil colores. Ahora, en el evangelio de hoy, las palabras de Jesús son lapidarias, especialmente con los que tenían una función en el pueblo de Israel. Y sin miedo tenemos que trasladarlas al Pueblo de la Iglesia de Dios, especialmente a los ministros, a los que deben servir a otros, a los que entregaron su vida para servir a los demás. Cuando la soberbia ataca a los ministros de la Iglesia, obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, ataca a la cabeza y si la cabeza es soberbia, el cuerpo también se va enfermando de este virus que a veces es imperceptible. También pasa en cualquier grupo humano, en cualquier comunidad, hasta en una empresa. Sé que suena muy duro, pero la verdad es que hay que decirlo. No hay que tenerle miedo, especialmente nosotros los sacerdotes, de decir las cosas como son y de incluso evaluarnos a nosotros mismos, pero siempre con amor. Cuando la soberbia se entremezcla con un cargo, con una posición eclesial, con una cuestión de poder, se puede transformar en una bomba de tiempo. “Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”.

Estas palabras de Jesús todos los sacerdotes deberíamos grabarlas en el corazón, vivirlas y no escaparles, y los laicos deberían repetirlas y decirlas con caridad a quien vean que “pone cargas en los demás que ni ellos mismos pueden llevar”; a quien escuchen que predica una cosa y después hace otra; a quien le gusta ser sacerdote para tener poder; a quien les gusta disfrutar de tener un privilegio; a quien cree ser más importante por ser llamado padre, maestro, doctor, o por tener un título y haber estudiado un poco más y saber algunas cuestiones de fe; a quien somete y manipula a las personas a su cargo, aun, incluso sin darse cuenta.

El problema no es solo del que manipula con su poder, sino también del que se deja manipular. Muchas veces, la culpa, como se dice, no es solo del “chancho, sino del que le da de comer”. La soberbia se retroalimenta y no se extirpa del corazón hasta que Jesús no nos abre los ojos y nos ayuda a darnos cuenta cuánto tiempo hemos perdido por andar enfermos sin síntomas, asintomáticos.

No vamos a ser creíbles en este mundo, que siempre espera de nosotros lo mejor, si no somos humildes. Sin verdadera humildad no hay evangelización profunda, no hay testimonio posible, duradero y eficaz. Sencillamente porque el que nos salvó no se la creyó. Si él no se la “creyó”, si Jesús fue tan humilde, ¿qué nos queda a nosotros?

Rezá siempre por los sacerdotes. Rezá siempre por nosotros los ministros de la Iglesia. Recemos por todos los que le toca servir, por aquellos que Dios eligió para que sean humildes y, a veces, no lo son. Todos lo necesitamos. La Iglesia los necesita, vos también.

XX Viernes durante el año

XX Viernes durante el año

By administrador on 21 agosto, 2020

 

Mateo 22, 34-40

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.»

Palabra del Señor

Comentario

Los silencios a veces son más decidores que mil palabras. El silencio habla también, aunque parezca contradictorio. Solo hay que saber escucharlo o interpretar lo que nos está diciendo. Los silencios de los otros hacia nosotros y los silencios nuestros con nosotros mismos son silencios necesarios, son silencios que ayudan en la medida que intentamos escuchar lo que quiere decir esa ausencia de sonido.

El evangelio es también una escuela de silencios, que dicen cosas muy importantes. Dios no habla por demás, Jesús tampoco dijo cosas por demás y por supuesto el evangelio refleja el modo de hablar de Dios. Habla lo que es necesario, no habla de más, no habla por hablar y calla cuando debe callar. ¿Pensaste alguna vez en los treinta años de silencio de Jesús, o sea, treinta años de vida familiar sin salir a hablarle al mundo, a su pueblo? Para nosotros es como una pérdida de tiempo en este mundo de hoy. Sin embargo, es lo que eligió Jesús. Fue un modo de decirnos algo también. Por eso, el silencio de Jesús ante la petición de esa mujer con tanta fe en el evangelio del domingo tiene su sentido. No es un silencio caprichoso. Decía así: “Pero él no respondió nada”. Ante el pedido de ayuda, Jesús no respondió nada. ¡Qué extraño! ¡Qué difíciles son a veces los silencios de Dios!¡Cómo nos hacen sufrir! Son silencios que desgarran y que no se comprenden al principio, pero después se transforman en fuente de aprendizaje, de enseñanza, de crecimiento. Si Jesús no hubiese callado, esa mujer no hubiese insistido y si no hubiese insistido, no hubiese salido de su corazón semejante “caudal” de fe y de amor, de perseverancia, de fortaleza. Los silencios de nuestro buen Dios bien comprendidos nos ayudan a descubrir dones que teníamos escondidos.

¿Se calló alguna vez Jesús en tu vida ante alguna petición, ante algún sufrimiento? ¿Qué hiciste o qué hacés cuando estás al lado de un enfermo o de alguien que está sufriendo? ¿Hablás mucho o poco? Hay cosas que no necesitan muchas palabras, sino que necesitan presencias. Por eso Jesús siempre está, aunque a veces calle o parezca que se desentiende de las cosas. Él no quiere hacer por nosotros aquello que podemos hacer por nosotros mismos. Él quiere que saquemos lo mejor de nuestra interioridad, de nuestro corazón, y eso se da muchas veces en los momentos límites, en los momentos difíciles, duros, en los momentos donde Dios parece que no nos escucha, pero, en el fondo, es porque no nos está contestando.

En Algo del Evangelio de hoy Jesús no permanece en silencio, pero contesta, podríamos decir, lo justo y necesario. Lo justo para que ese doctor de la ley que quería ponerlo a prueba no pregunte cosas obvias, que en el fondo ya sabía, y al mismo tiempo para que aprenda algo más. Obviamente este hombre sabía que el amor de Dios es el primero de los mandamientos. Solo quería ponerlo a prueba, solo quería ponerle una trampa para ver si se equivocaba en algo.

Así es la soberbia de este mundo. Así actúa la soberbia tuya y mía muchas veces en el corazón. Preguntamos sabiendo la respuesta, pero para poner en evidencia al otro, para descubrirle el error al otro, para que los demás se equivoquen y queden expuestos. Este tipo de preguntas no tiene la finalidad de crecer, de aprender, sino de quedar bien a costa de los demás. ¿Cuántas de estas preguntas andan circulando por este mundo? ¿Cuántas veces este mundo soberbio y nuestro corazón orgulloso pregunta para ponerse por encima de los otros? Preguntémonos si a veces no actuamos así, con nuestros hijos, con nuestros amigos, con nuestro jefe, con nuestra gente, con nuestros compañeros. El mundo también hace así con la Iglesia. Busca ponernos a prueba.

Sin embargo, con Jesús no se puede. Jamás pudieron encontrarle un error. Es más, él aprovechó esos momentos para enseñar, para enseñar algo mejor, algo más profundo. Hoy Jesús no solo le responde cuál es el primero de los mandamientos, sino que le enseña que, en realidad, son dos en uno, son inseparables. Diríamos nosotros un “combo”. El doctor de la ley pregunta en singular y Jesús le responde en plural. ¿Qué se habrá ido pensando ese hombre, que por hacerse el superior terminó escuchando algo nuevo? ¿Qué estarás pensando vos al escuchar estas palabras de Jesús?

Nosotros queremos saber qué es primero y qué es después. Está bien, de alguna manera, hay prioridades en la vida. Pero en lo que se refiere al amor hay cosas que conviene pensarlas juntas, sin importar tanto en lo primero que hay que hacer. Al amar a Dios amamos a los demás y al amar a los demás amamos a Dios. Esa es la cuestión. Por eso dice san Juan que: “Quien dice que ama a Dios que no ve y no ama a su hermano que ve, es un mentiroso”. Así de sencillo. A nosotros nos encanta separar y distinguir, pero Jesús vino a unir lo que en realidad no se puede separar.

Se ama a Dios en todo y en todas las cosas, especialmente en los demás. Todo fue creado por Dios y para Dios y amar lo que Dios creó es amarlo a él, es respetarlo a él.  No es tan complicado, somos nosotros los que la complicamos. No hay nada más terrible que decir que se ama a Dios y tener en el corazón un dejo de desprecio para los demás, un rechazo a todo lo que él mismo ama. Eso no es cristiano. Eso no es de hijos. Eso no es de Dios.

XX Jueves durante el año

XX Jueves durante el año

By administrador on 20 agosto, 2020

Mateo 22, 1-14 – Memoria de San Bernardo

Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo: «El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.

De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: “Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas.” Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren.”

Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. “Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?” El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: “Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.”

Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.»

Palabra del Señor

Comentario

A veces el silencio de Dios duele. Esos momentos en los que le hablamos a nuestro Señor y parece que calla, parece que no nos contesta. ¿Decime si alguna vez no te pasó? ¡Cómo cuesta escuchar la voz de Dios que nos habla al corazón! Y podemos pensar muchas cosas, porque hay mucha gente que incluso nos dice a los sacerdotes: “Padre, Dios no me contesta. Jesús no me escucha”. Y, en el fondo, estamos haciendo como un juicio, pensar que Dios no escucha. ¿Podemos creer que Dios no escucha a sus hijos? o ¿no es mejor que pensemos que, por ahí, no nos contesta por algo en especial, como hacés vos con tus hijos, o, por ahí, nos contesta y nosotros no escuchamos, también? Por supuesto que me inclino más por estas dos posibilidades. Dios siempre escucha, como en el evangelio del domingo, que leíamos que la mujer cananea le hablaba a Jesús, pero él no le contestaba. Él la escuchó, pero no le contestó. Ahora…lo que nos tenemos que preguntar es ¿por qué a veces no nos contesta? o ¿para qué? ¿No será que Dios con su silencio tiene algo para enseñarnos? ¿No será que su silencio lo que busca es que vayamos a lo profundo del corazón y le expresemos nuestros deseos verdaderos y lo reconozcamos como nuestro Señor, como hizo esta mujer: “¡Señor, socórreme!”? Ante el silencio de Jesús esta mujer abrió su corazón mucho más de lo que lo había abierto al principio. Y eso es lo que tenemos que hacer nosotros. El silencio de Dios no nos puede detener, al contrario, nos tiene que animar mucho más. Nos tiene que animar a seguir postrándonos a los pies de Jesús para reclamarle aquello que nuestro corazón desea y él, si lo quiere, nos concederá aquello que deseamos.

Vamos a los temas de hoy. Primero recordemos algo sobre las parábolas que nos va a hacer bien. Hay dos clases de personas, podríamos decir, que reciben las parábolas, en los evangelios y, también hoy, concretamente, y con ellas por supuesto dos formas distintas de recibirlas.

Están, creo yo, los que quieren entender, los que siempre buscan e intentan escuchar, escudriñar, ir más allá y por eso siempre preguntan. Y por eso, nosotros tenemos que preguntarle a Dios cuando nos habla. No hay que dar nada por entendido. Preguntarnos, por ahí, mientras escuchamos y después de haber escuchado: ¿Qué dice la Palabra? ¿Qué está diciendo? ¿A qué se refiere con lo que acabo de escuchar? Antes que preguntar qué me dice a mí mismo, ¿a qué se refiere concretamente? Esa es la manera de escuchar con el corazón, de “meter” el corazón en lo que uno escucha. Porque si no, pretendemos que aquel que la explica diga todo. Y no, ese camino tiene que hacerlo cada uno.

Y después están los que oyen, pero no escuchan, los que oyen sin atender, los que están escuchando, pensando en otra cosa. Estás, por ahí, ahora escuchando mientras hacés otra cosa y no terminás de prestar atención. Oís como si estuvieras escuchando a alguien sin importancia y, sin embargo, estamos escuchando a Dios.

Los que oyen y no escuchan son, de alguna manera, los ricos de corazón y mente; los que, de algún modo, se creen que no necesitan nada. Saben casi todo, saben de todos los temas, conocen todas las reglas, son a veces los “iluminados en la fe”, pueden conocer mucho de teología o saber el catecismo, pero no saben de Cristo. No lo pudieron “saborear” todavía.

Y Jesús entonces termina siendo para ellos una regla, una norma, una moral a cumplir, una doctrina que aprender. Y la Palabra termina siendo eso: solo un requisito por cumplir. Sin embargo, la Palabra es mucho más que eso. De algún modo son los que tienen la mente cerrada pero la boca bien abierta. Hablan mucho y escuchan poco. Ojalá, por eso, que hoy nosotros podamos escuchar la palabra de Dios con otra actitud.

Ayer escuchábamos que la parábola estaba dirigida a los discípulos. En Algo del evangelio de hoy está dirigida a los fariseos de ese tiempo, a los fariseos de hoy, a los cristianos que de algún modo tenemos el corazón duro como los fariseos.

XX Miércoles durante el año

XX Miércoles durante el año

By administrador on 19 agosto, 2020

Mateo 20, 1-16

Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.

Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: “Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo.” Y ellos fueron.

Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: “¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?” Ellos les respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña.”

Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: “Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros.”

Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: “Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada.”

El propietario respondió a uno de ellos: “Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”

Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos.»

Palabra del Señor

Comentario

Es interesante cuando se lee o se escucha el evangelio estar atento a ciertos detalles. No es raro que en los detalles se encuentren a veces las cuestiones más profundas. No hay que pasarlos de largo. En esas palabras o actitudes de Jesús o de los personajes que interactúan con él, en los silencios, en las miradas no solo hablan las palabras de Jesús, sino que habla la escena completa. Habla cuando se relacionan mutuamente y se comprenden entre sí. Sé que es medio complejo lo que te digo, pero me imagino que lo irás experimentando. Por ejemplo, el domingo, la cananea, la mujer pagana, la mujer con esa fe tan grande, pide dos veces lo mismo, pero de distinta manera y, además, la segunda vez lo pide postrándose frente a Jesús. No es un detalle más, no es anecdótico eso. Eso dice muchas cosas. Entre ellas su conciencia de que ese hombre no era un hombre cualquiera, lo llamó “Señor” por algo. No podemos decir que sabía “perfectamente” o teológicamente quién era Jesús, pero sí que percibía en él, sabía de él, aquello que era necesario para que le conceda lo que ella estaba necesitando: la curación de su hija. También en ese detalle se manifiesta la perseverancia de esta mujer, la tenacidad, la fortaleza, el olvido del “qué pensarán” los otros, su humildad y así podríamos seguir mucho más. No cualquiera pide como pidió esa mujer, esa madre llena de amor. Qué lindo poder seguir encontrando palabras de Dios dentro de las palabras escritas, palabras como “ocultas”, que hay que escarbar un poco, como el tesoro en el campo.

Tomando en cuenta todo esto que te acabo de decir, te propongo para hoy un camino diferente. Escuchá otra vez el audio e intentá prestar atención a ciertos detalles de la parábola que no pudiste percibir a simple vista, por decir así. Leelo otra vez si sos de leer. Pero escuchá, escuchá o lee despacio, no prestando atención tanto al todo, sino a los detalles.

Recordá que no podemos pretender que un sacerdote lo diga todo en un comentario, no pretender que en este audio yo pueda decirlo todo, sino también hacer el esfuerzo cada uno y hacernos algunas preguntas que nos pueden ayudar a cada uno para comprender qué es lo que Dios nos dice concretamente.

Los detalles dejo que los encuentres vos, pero yo dejo para todos algunas preguntas que nos animen también a hacer un camino con la Palabra. Jesús tampoco explicó todo. No pretendas eso, también intentó que los oyentes se pregunten.

Van algunas preguntas:

¿Qué reacción o sentimiento nos produce escuchar que este propietario –que sabemos que es Dios– se da el gusto de pagar lo mismo a todos habiendo trabajado cada uno diferente cantidad de horas? ¿Qué reacción o sentimiento nos produce en el corazón? Contestalo, contestalo vos por tu cuenta.

¿Pensamos que la justicia de Dios debe ser como la justicia humana? ¿Qué es la justicia, en definitiva? ¿Lo más justo no hubiese sido que los que trabajaron más hubiesen recibido más? ¿Qué es la justicia de Dios? ¿Tiene sentido esforzarse tanto si al final del camino, del día, de la vida recibiremos todos lo mismo?

Si al final de la vida Dios nos regala el cielo para todos los que trabajemos para él, ¿qué importa entonces haber sido invitado al principio, a la mitad o al final de nuestra vida? ¿Eso realmente te importa? ¿Importa? ¿No será que en realidad lo importante es aceptar su invitación?

Y una última pregunta: ¿Te enojaste alguna vez con Dios porque él sea tan bueno? ¿No tiene Dios el derecho de ser bueno, de hacer con su amor lo que él quiera? En definitiva, ¿no es eso el amor? ¿No hacés vos lo mismo con las cosas que son tuyas, no decidís vos a quién dárselas y a quién no?

Relacionándolo con el evangelio de ayer, solo puede comprender y aceptar esta forma de amar de Dios aquel que es pobre de corazón y de pensamiento y se despoja de su propia estructura mental para aceptar que el modo de ser, pensar y obrar de Dios es, en definitiva, mucho mejor que el nuestro.

Intentemos hoy ser detallistas con la palabra de Dios. No con Dios, con su palabra, con lo que nos dice, para poder comprender, un poco mejor, algo más de su inmenso corazón.

XX Martes durante el año

XX Martes durante el año

By administrador on 18 agosto, 2020

Mateo 19, 23-30 – Memoria de San Alberto Hurtado

Jesús dijo entonces a sus discípulos: «Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos. Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos.»

Los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dijeron: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible.»

Pedro, tomando la palabra, dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna.

Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.»

Palabra del Señor

Comentario

Ir escuchando en el evangelio situaciones y comportamiento de Jesús que nos “descolocan” nos debería hacer bien, o por lo menos, ayudar a darnos cuenta de que muchas veces nuestros pensamientos no son los de Dios, no pensamos como Él piensa. Por eso vamos a continuar reflexionando un poco con el evangelio del domingo, en donde paradójicamente Jesús elogia la fe de una mujer que supuestamente no tenía fe. ¿Qué extraño no? Una mujer considerada pagana termina demostrando que tenía una fe muy grande… «Mujer, que grande es tu fe». Jesús, antes que nada, nos enseña que jamás podemos “subestimar” a nadie en su vivencia de la fe, que jamás podemos adueñarnos de lo que en realidad es un regalo. Dentro de la Iglesia, estando cerca de Jesús, corremos muchos riesgos… entre ellos está el de “monopolizar” la fe, o por decirlo así, adueñarnos de su “distribución”, considerando que todo debe “pasar” por nosotros.

Ayer decíamos que ser cristiano no es seguir una moral. Hoy agrego que no es seguir una doctrina, sino es seguir a una persona. Seguir a Jesús nos “mete” en un camino distinto, aprendemos a vivir de otra manera, aprendemos una doctrina, es verdad, pero ese no es el fin… el fin es Él. Por eso, tener fe en lo más profundo de su significado es, “fiarse” de Él, creer en Él, confiar en Él, no necesariamente saber muchas cosas. Hay muchas personas muy “formadas” en la doctrina, hay muchos teólogos que escriben libros de Jesús, pero que no tienen la fe de esta mujer del evangelio, porque no confían en Jesús. Cuanto para tenemos para aprender todavía.

Difícilmente podremos comprender estas palabras de Jesús de algo del evangelio de hoy, si no dejamos que él mismo fije su mirada en nosotros y nos diga esta frase: «Para el hombre todo esto es imposible, pero para Dios todo es posible».

Para Dios es posible que empecemos a comprender que nuestra riqueza más grande no pasa por las cosas que tenemos, y no importa cuánto tengamos; no es por la cantidad de bienes que poseamos que somos ricos o pobres, sino por el apego que les tengamos, por la fuerza con la que los “agarramos”. Podemos ser muy apegados a lo que tenemos siendo pobres o ricos. O al revé,s podemos ser muy desprendidos, generosos y despreocupados de lo material, teniendo mucho o poco.

Ahora… hay algo que hoy dice Jesús, que no podemos callarlo. Teniendo mucho, es muy difícil ser pobre de corazón, ser desprendido, no ser “agarrado”; así lo dice Él: “es muy difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos”, es muy difícil que un rico comprenda esta relación de amor que es el Reino de los Cielos en donde todos somos hermanos. Es difícil que alguien que acumuló mucho comprenda que lo que tiene también es para compartir, sino no hubiera acumulado tanto. Es difícil que un rico comprenda que los bienes de este mundo no son solo “propiedad privada”. Es difícil que un rico comprenda y asimile que la pobreza de este mundo es por falta de justicia. Es difícil, no hay que negarlo, sino el mundo sería muy distinto a lo que vemos y conocemos.

El que es rico de corazón teniendo mucho o poco, está encerrado en sí mismo, es egoísta, no puede ver más allá de sus deseos y sus deseos son siempre pasajeros, no aspirando a lo grande, a la magnanimidad, y además cuando los sacia ya quiere saciar otros, pero centrándose en sí mismo, no en los demás. No quiere saciar el hambre ajeno, solo el suyo.

A esto nos llama Jesús, a buscar saciar las necesidades de los otros y no únicamente las nuestras. Y la voluntad de Dios es que levantemos la cabeza y nos demos cuenta de que a otros no les tocó lo mismo que a nosotros, que otros la están pasando peor y sufren mucho más; y que si somos generosos descubriremos y tendremos la verdadera riqueza que tiene que ver con abrir nuestra vida a los demás, no sólo dándonos nosotros mismos sino también compartiendo cosas que tenemos. ¿Cuántas cosas tenemos guardadas sin usar?, ¿Cuántas cosas compramos alguna vez pensando que servirían y terminaron tiradas por ahí? ¡Cuánta riqueza tenemos todos!; Mucha riqueza para pocos y demasiada pobreza para muchos. Hay bienes y recursos para todos, pero no sabemos compartirlos.

¿Te imaginás cómo sería nuestra vida y nuestra sociedad si fuésemos un poco más pobres de corazón y supiéramos compartir más y ayudar a crecer al que menos tienen?