Book: Mateo

XIV Viernes durante el año

XIV Viernes durante el año

By administrador on 9 julio, 2021

Mateo 10, 16-23

Jesús dijo a sus apóstoles:

«Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas.

Cuídense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en las sinagogas. A causa de mí, serán llevados ante gobernadores y reyes, para dar testimonio delante de ellos y de los paganos. Cuando los entreguen, no se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir: lo que deban decir se les dará a conocer en ese momento, porque no serán ustedes los que hablarán, sino que el Espíritu de su Padre hablará en ustedes.

El hermano entregará a su hermano para que sea condenado a muerte, y el padre a su hijo; los hijos se rebelarán contra sus padres y los harán morir. Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará.

Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra, y si los persiguen en esta, huyan a una tercera. Les aseguro que no acabarán de recorrer las ciudades de Israel, antes de que llegue el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor

Comentario

Si a Jesús lo rechazaron, lo despreciaron e incluso lo mataron por hablar en nombre de Dios, de su Padre, ¿por qué pensás que a vos y a mí no nos puede pasar lo mismo? A veces sin quererlo, queremos ser discípulos distintos al Maestro, superiores al Maestro y Jesús nos dijo: «El servidor no es más grande que su Señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes». Si somos profetas de verdad, no podremos evitar que alguien nos rechace o no nos escuche, que nos ridiculice, que se burle, no podremos evitar que en nuestra propia familia se tapen los oídos con tal de no escucharnos, por no considerarnos dignos de hablar en nombre de Dios. Cuánta indiferencia a veces en nuestras familias, cuánta acedia del corazón, se dice, esa acedia espiritual, ese rechazo por el bien que vivimos, incluso en gente buena que nos mira y no nos entiende. Cuando en la evangelización todo va bien, corremos el riesgo de relacionar los frutos con el éxito, al estilo del mundo, con eso de creer que todo debe que ser aplaudido, que todo lo que hagamos debe ser halagado, aceptado y felicitado, y entonces, sin darnos cuenta, terminamos estando presos de un estilo que no es el de Jesús. Si vemos con detalle la vida de Jesús, no podemos pasar por alto el rechazo que sufrió tantas veces, hasta llegar finalmente al rechazo total, al rechazo de la cruz.

Por eso, no te angusties ni te desanimes si lo que hacés o decís es aceptado más o menos, un poco o mucho, incluso te diría que a veces el hecho de que seamos rechazados por ser simplemente profetas buenos, tratando de hablar de Dios, es un buen signo, quiere decir que estamos haciendo las cosas bien. ¡Cuidado! No estoy diciendo con esto que hay que hacer la contra a propósito como para que nos persigan, pero el hecho de que nos persigan, nos insulten, nos desprecien, puede ser un signo de que estamos siendo verdaderos profetas. En realidad, tenemos que poner el foco en la fidelidad al mensaje de Jesús y en la forma de anunciarlo. Lo importante es ser fieles a él y a su estilo; y si lo somos, tarde o temprano, aunque no lo busquemos –y no hay que buscarlo– nos llegará el rechazo, porque al mundo, al pensamiento mundano, no le gusta escuchar la verdad que viene de Dios, o se tapa los oídos o grita para no escuchar. Ofrezcamos nuestros sufrimientos que nos pueden llegar por ser profetas; ofrezcámoslos y unámonos al sufrimiento que también tuvo que vivir Jesús.

Jesús les advirtió a sus discípulos en Algo del Evangelio de hoy y nos advierte a nosotros algo que tiene mucho que ver con lo que venimos hablando: «Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas». Por más lindo que sea este mundo y lo lindo que nos lo quieran pintar, no podemos olvidar esta verdad cuando se trata de anunciar el Evangelio: «Andamos y somos como ovejas en medio de lobos». Este mundo parece estar lleno de LOBOS, lleno de dificultades, en nuestras familias, en nuestros trabajos, en el mundo, en la iglesia; y, lo que es peor, a veces tenemos un LOBO en nuestro corazón. La lucha va por dentro, los ataques son interiores y esos nos acompañaran hasta el final de nuestras vidas. En medio de tantas situaciones tenemos que ser OVEJAS, mansos, pero también astutos, esto es lo más difícil. Jesús no nos manda como lobos entre lobos, sino como ovejas. Estamos llamados a ser ovejas obedientes y mansas, que escuchan la voz del pastor y que no andan mordiendo a nadie por ahí, como los lobos, ni haciendo lo mismo que nos hacen los otros. Y por eso Jesús nos advierte y les advirtió a sus discípulos que seremos perseguidos, seremos incluso criticados, calumniados. Nuestra fe puede generar divisiones, peleas, incluso en nuestras propias familias, dentro de la iglesia y con nuestros propios amigos. El que anda detrás de Jesús también, sin querer, se gana enemigos.

Así como el mismo Jesús se los ganó, no por gusto, por deporte –como se dice–, por ser lobo, sino justamente por ser oveja, cordero manso, porque algunos desprecian la verdad, la bondad, la belleza y el bien, y nosotros la representamos.

¡Qué lindo que es ser ovejas! Nosotros también tenemos que llevar paz; no tenemos que andar atacando a todo el mundo, no tenemos que andar a la defensiva. Tenemos que ser astutos también, para saber cómo llevar a Dios hacia los demás y, por decirlo así, «meterlo» ahí, en donde nos toca, donde estamos, donde él mismo nos pide que podamos hacerlo presente, no por la fuerza, sino con astucia y con amor, con el arte de aprender a amar y hacerlo vivo en nuestras vidas. Mantengámonos unidos a Jesús en el silencio, solo así vamos a aprender a ver cosas mucho más grandes; mientras tanto, a ser ovejitas, a ser mansos, a dejarnos guiar por él, pero también a ser astutos, como serpientes. Una cosa no quita la otra, las dos pueden y tienen que ir de la mano, la astucia de los Hijos de Dios que saben en qué momento hablar de él con firmeza, en qué momento callar, en qué momento proponer, en qué momento parecer tonto; y también la mansedumbre de saber callar, optar por la sencillez y no buscar enemigos sin sentido, cuando nos ataquen por el solo hecho de creer y amar a Jesús.

XIV Jueves durante el año

XIV Jueves durante el año

By administrador on 8 julio, 2021

Mateo 10, 7-15

Jesús dijo a sus apóstoles:

Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca. Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente. No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón; porque el que trabaja merece su sustento.

Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, busquen a alguna persona respetable y permanezcan en su casa hasta el momento de partir. Al entrar en la casa, salúdenla invocando la paz sobre ella. Si esa casa lo merece, que la paz descienda sobre ella; pero si es indigna, que esa paz vuelva a ustedes.

Y si no los reciben ni quieren escuchar sus palabras, al irse de esa casa o de esa ciudad, sacudan hasta el polvo de sus pies. Les aseguro que, en el día del Juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas menos rigurosamente que esa ciudad.

Palabra del Señor

Comentario

Es lindo ser profetas, es lindo haber recibido la posibilidad de hablar en nombre de Dios, hablar por Él, prestarle nuestro corazón y nuestros labios para que, de alguna manera, «Él haga de las suyas»; es algo muy grande, te sorprenderá pero es así. Seguramente habrás experimentado muchas veces que de tu boca salieron palabras que nunca imaginaste, palabras que produjeron cambios profundos en los otros, palabras que no eran en sí difíciles, pero que las dijiste en el momento oportuno, de la manera justa. Para ser profeta no es necesario ser teólogo, sacerdote o consagrado, sino que basta con ser dócil a la Palabra de Dios. Vos podés ser profeta, ¿sabías? No te olvides que lo somos por el bautismo que recibimos y que tantas veces olvidamos. Un niño puede ser un gran profeta, con su mera presencia. ¿Te acordás cuando Juan el Bautista reconoció a Jesús desde el vientre de su madre saltando de alegría? Bueno, antes de nacer ya era un profeta en el vientre. ¿Te acordás de los niños inocentes asesinados por Herodes? Bueno, fueron profetas sin haber hablado. Se es profeta con toda la vida, con la presencia, si dejamos que la gracia de Dios haga su obra en nosotros. Ahora, ¿por qué los profetas siempre fueron rechazados en la historia de la salvación o, por lo menos, cuando dijeron cosas incómodas? ¿Por qué Jesús fue rechazado en su propia familia, en su pueblo, en su lugar? ¿Por qué vos y yo no siempre somos profetas en nuestra tierra, en nuestra casa, en nuestra familia? Esto es algo que el Evangelio del domingo, que venimos reflexionando, nos lo dejaba bien en claro: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa». El desprecio al profeta tiene que ver con muchas cuestiones, pero fundamentalmente una de las razones es muy básica, es muy humana, pero que, al mismo tiempo, tiene que ver con algo que –podríamos llamar– es intrínseco a la fe, con algo que no se puede evitar, es parte de la fe.

Hay que ser muy humilde para aceptar que alguien de los nuestros, alguien que conocemos nos pueda decir algo que nos invite a cambiar, a reflexionar. Cuando las cosas que dice son lindas y agradables a los oídos, es fácil, por supuesto. Cuando lo que nos dice nos revela algo escondido, algo que debemos cambiar, la situación no es tan sencilla y, además, tendemos a no asumir esas palabras sabiendo que me las dice también a mí y que el que me las dice es débil como yo, como vos. La fe se basa justamente en esta verdad, en que por medio de la humanidad, de la debilidad, de la creación, de las palabras y actitudes de otro como yo, Dios me puede decir algo. ¡Qué misterio! Dios puede invitarme a confiar y a cambiar de vida, con todo lo que eso implica. Es fácil creerle a Dios cuando no hay nadie que me pueda decir algo distinto a lo que pienso o cuando solo me quedo con las cosas que me gustan de Él. Sin embargo, es muy difícil aceptar que Dios pueda decirme algo que me muestre mi error, mi debilidad, mi pecado y por eso muchas veces pasa a través de otros, que se transforman en profetas para mí. Es por eso que a veces rechazamos a los profetas de Dios, y nosotros somos también rechazados por otros.

En Algo del Evangelio de hoy Jesús nos dice algo muy lindo: «Den gratuitamente porque han recibido gratuitamente». Si recibiste gratuitamente el don de la fe, el don de creer en Él y creyendo podés mirar y vivir las cosas y la vida de otra manera, recibiste no solo el don de la fe, también sino a tu familia, tus bienes, tantas cosas en tu vida que te ayudaron a ser lo que sos. Y por eso tenemos que dar gratuitamente. Por eso el que se siente apóstol y agradecido; el que se siente apóstol pero no por ser especial y distinto a los demás y como por algo que consiguió por sus propios medios; el que se siente apóstol es un hombre finalmente por eso agradecido, es un hombre generoso o una mujer generosa. Por eso para evangelizar, no es necesario llevar nada material, porque lo mejor se lleva dentro, lo mejor está en el corazón, y eso no necesita cargamento.

¡Qué triste cuando en la Iglesia opacamos la evangelización dando cosas o pensando que los medios para evangelizar son lo principal, pensando que por el regalo a veces abriremos los corazones y transformando la evangelización finalmente en una transacción!

La evangelización se da por generosidad, por derrame, no por obligación. No vamos a predicar y a llevar el Evangelio a los demás en nuestro trabajo, en nuestra familia, en la parroquia, en la comunidad, en el grupo, por una obligación moral, solo por un mandato de Jesús impuesto de afuera, sino porque nos reconocemos gratificados, nos reconocemos agraciados por Él. Somos profetas, nos damos cuenta de que Él nos mira y que somos amados por Él, por el Padre y eso hace que de golpe, por decirlo así, desborde nuestro corazón de alegría y tengamos ganas de decírselo a los demás, de decirle esto: «Mirá, yo recibí esto y como lo recibí, te lo quiero dar también. Tengo para darte a Jesús que es lo mejor que me dio la vida».

¡Qué lindo que es sentirse apóstol, profeta, agraciado, elegido!, porque «Él nos amó primero», y por eso tenemos ganas de mirar a los demás a los ojos y decirles: «Esto tengo para darte. No tengo oro ni plata, pero tengo a Jesús».

¡Que hoy sea un día en el que demos gratuitamente tantas cosas recibidas gratuitamente! Para un profeta, nada de lo que tiene es estrictamente suyo. Jesús nos envía sin nada, nos envía a la «casa», a los corazones de las personas, para que ahí podamos volcar todo lo nuestro, todo lo mejor que recibimos y tenemos.

XIV Miércoles durante el año

XIV Miércoles durante el año

By administrador on 7 julio, 2021

Mateo 10, 1-7

Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.

Los nombres de los doce Apóstoles son: en primer lugar, Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: «No vayan a regiones paganas, ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.»

Palabra del Señor

Comentario

Ser profeta no es ser un «adivino», alguien que se dedica únicamente a anticiparse al futuro, decir lo que pasará. Sin embargo, esa es la acepción más común de la palabra, o por lo menos del rol del profeta, lo que se entiende en el común de la gente cuando se habla de el ser un profeta. «Sos un profeta» le decimos a alguien cuando dice algo que finalmente se cumplió en el tiempo. Está bien, es algo de verdad. Parte de la misión del profeta es, de algún modo, anticiparse a lo que vendrá, pero no como una especie de pretensión de saber lo que solo Dios sabe, sino por el simple hecho de «leer» o ver la realidad con los ojos y el corazón de Dios. El que se deja guiar por el Espíritu de Dios no ve el futuro como si fuera una «bola mágica», como mirando una película anticipadamente, sino que, al escuchar a Dios en su corazón y escucharlo en los acontecimientos de su vida, al ver lo que hizo en la historia, tiene la capacidad de adquirir el «sentido de Dios», que muchas veces va de la mano del sentido común aunque no lo creamos. Espero no estar complicándote demasiado las cosas, pero, en realidad, creo que es algo muy sencillo. Dios nos simplifica la vida y nos ayuda a ser simples, a no ser rebuscados; por eso el que más unido a Dios está en su corazón, más sentido común tiene y más capacidad posee para darse cuenta de lo que vendrá si el pueblo de Dios se aleja del amor, si se desvía de sus mandamientos.

El profeta termina diciendo lo que en el fondo es casi obvio pero la ceguera de los demás no permite verlo. Si nos alejamos de sus caminos, tarde o temprano nos irá mal, producirá sus consecuencias. En cambio, sí estamos en su senda, si buscamos acercarnos a él, inexorablemente encontraremos la serenidad del corazón que nos ayudará a tomar las decisiones sabias y correctas, pase lo que pase; aunque haya dificultades y aunque muchos no las entiendan, será finalmente un bien para nuestras almas. Vos y yo ejercemos nuestra misión de profetas si somos hombres y mujeres de oración, cristianos que no analizan la realidad solo con la razón, con ojos mundanos, sino con los «anteojos» misericordiosos y realistas de Jesús, con los pies en la tierra –como se dice– pero los ojos bien puestos en el cielo. Jesús fue el profeta por excelencia, porque de sus gestos y palabras solo brotaron gestos y palabras de Dios, porque él era el mismo Dios en la tierra. Todo lo que hizo y dijo fue profecía, fue Palabra de Dios. Y por eso su elección de los Doce también lo fue.

En Algo del Evangelio de hoy, vemos que la elección no fue al azar, no fue al estilo del mundo tampoco, no fue con razonamientos puramente humanos. A ver, quién era el mejor, quién se lo merecía más, quién tenía más méritos. Repasemos la lista. A ver, el primero dice que es Simón, que luego Jesús lo llamará Pedro, le cambiará el nombre; el primero en todo, incluso también en negarlo. Y el último, Judas Iscariote, el mismo que lo entregó. ¡Qué elección la de Jesús! ¡Por favor! Cualquiera de nosotros hubiese seguro elegido algo muy distinto. Digamos la verdad. ¿Vos hubieses elegido a un pescador del montón para ser cabeza de los Doce, de la futura Iglesia? ¿Vos o yo hubiésemos elegido a Judas como apóstol sabiendo que algún día nos vendería por unas monedas? ¡Qué amor el de Dios, manifestado en Jesús! ¿Qué habrá visto Jesús que nosotros no vemos? Es increíble pensar que él haya tenido tanta clarividencia al elegir a quienes eligió: hombres sencillos y pobres, algunos bastantes rudimentarios y sin instrucción, hombres simples y también pecadores, y que en su tiempo nadie los tenía en cuenta. Por eso Jesús, de algún modo, nos descoloca con su seguridad y profecía al elegir. Sin embargo, once de estos doce fueron los que armaron un lindo lío y desparramo con su amor, predicando el Evangelio por todo el mundo. ¡Qué locura! ¡Qué maravilla! ¿Necesitamos más confirmaciones?

Jesús también es profeta al elegirnos a nosotros, a vos, y a mí también como sacerdote. ¡Qué misterio de la elección amorosa de Dios, pudiendo elegir a miles mucho mejores que nosotros! El amor de Dios, eso que Jesús ve y nosotros no, muchas veces nos hace sufrir de alguna manera, nos hace impacientarnos un poco, porque rompe nuestra lógica que muchas veces es muy mundana, muy superficial. A veces quisiéramos que Jesús barra con todo, cambie muchas cosas de un día para el otro, de nosotros y de la Iglesia, del mundo. Sin embargo, así como a Judas lo esperó hasta el final, así como a Pedro le perdonó sus imprudencias y sus equivocaciones, a vos y a mí nos espera y nos espera, nos mira de otra manera. Sabe qué es lo mejor para todos y no nos presiona, no nos obliga, nos invita, nos atrae con su amor lentamente y pacientemente a lo largo de toda la vida.

Pero al mismo tiempo es bueno que pensemos en la mirada que debemos tener todos al ver el modo que eligió Jesús para seguir transmitiendo su mensaje. Él eligió la debilidad para manifestar su amor, no hay otro camino. Jesús ama al hombre, pero nosotros también debemos amar a Jesús y su modo de amar. Él sabe el por qué, él sabe que somos duros de corazón y necesitamos masticar y madurar ciertas cosas. Si él nos tiene y nos tendrá tanto amor, tanta paciencia, ¿no es lógico que nosotros también empecemos a tenernos un amor más verdadero entre nosotros, a nosotros mismos y a los demás también?

Vivamos como profetas, mirando la vida, la realidad como la mira Dios Padre, mirando los corazones como los mira Jesús. Solo ese don que todos recibimos en el bautismo nos ayudará a vivir más serenos y no tan apurados y atolondrados, pensando que todas las cosas dependen de nosotros.

XIV Martes durante el año

XIV Martes durante el año

By administrador on 6 julio, 2021

Mateo 9, 32-38

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a Jesús un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: «Jamás se vio nada igual en Israel.»

Pero los fariseos decían: «El expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios.»

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: «La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha.»

Palabra del Señor

Comentario

Retomando la escena del Evangelio del domingo, hay muchas cosas por decir y explicar, porque la verdad que resultaba extraño esto de que a Jesús lo hayan rechazado en su propia tierra, en su propia familia, en su lugar, en su pueblo. Uno podría pensar, casi espontáneamente, que debería haber pasado lo contrario; sin embargo, esta actitud es algo que se repite en la historia de la salvación con los profetas elegidos por Dios, desde el comienzo, pasando por supuesto y finalmente con Jesús, hasta nuestros días, a vos y a mí, porque también somos profetas por el bautismo, como decía Jesús: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa».

Me parece importante, antes que nada, hablar algo sobre lo que es un profeta, porque se tiene una imagen a veces bastante vaga, desdibujada o lejana de la profecía, del ejercicio de un profeta. Justamente una vez, me acuerdo, me encontré una joven del barrio donde estoy yo que desde hacía doce años había recibido la confirmación y ahora se pasó a una Iglesia cristiana evangélica. Esto que de algún modo es moneda corriente en nuestra Iglesia, que a veces parece que no termina de haber pertenencia, no digo lamentable porque las otras iglesias a veces pueden hacer mucho bien, pero sino triste porque es nuestra iglesia y que como Iglesia católica todavía nos puede pasar que no sabemos cómo formar bien en la verdadera fe para que nuestros hijos no se vayan, nuestros hermanos no se vayan. No sabemos cómo hacer para hacer sentir a los fieles parte de una familia que tiene todos los medios necesarios para la salvación y que al irse, sea por lo que sea, se pierden de lo mejor, como por ejemplo la Eucaristía, la confesión. Pero, bueno, ese es otro tema, otro cantar, como se dice.

Me la encontré por la calle y me contó que se había ido a otra Iglesia; no busqué convencerla y contradecirla en ese momento, pero me dijo que se iba a escuchar a unos «profetas» que habían venido de «no sé dónde». Le dije: «¿Sabías que vos también sos profeta? ¿Sabías que por el bautismo todos los cristianos somos profetas?». Me miró muy extrañada, como si le estuviera diciendo algo raro, y me dijo que no sabía. «Sí –le dije–. Cuando nos bautizamos, el sacerdote nos unge con el crisma y nos nombra sacerdotes, profetas y reyes. Eso quiere decir que vos también podés hablar “en nombre de Dios”». Le di la bendición y seguí mi camino. No sé qué habrá pensado después de eso. Vos por ahí también ahora estarás escuchando extrañado o extrañada. ¿Lo sabías? ¿Sabías que sos profeta? Te cuento que vos y yo somos profetas por el bautismo, porque el Espíritu está en nosotros y, si nos dejamos guiar por Él, por la Palabra de Dios, podemos hablar por Él, hablamos en nombre de Dios Padre y a los demás tenemos que transmitirle eso, palabras de Dios, y eso nos puede llevar entonces también, como le pasó a Jesús, al rechazo entre los nuestros, por decirlo de alguna manera.

En Algo del Evangelio de hoy se dice que «Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino de Dios y curando todas las enfermedades y dolencias». Digamos que hacía de todo un poco, pero hacía todo lo necesario, o sea, todo lo que necesita el hombre para vivir mejor: recibir las enseñanzas del Padre, recibir la Buena Noticia y ser curados de lo que nos hace mal, de lo que nos daña el corazón, el alma y el cuerpo. Esa es la Buena Noticia. Esta es la mejor noticia que podemos recibir, una noticia que nos transforma, no solo una noticia que «informa», dejándonos afuera de la salvación, del mensaje, sino que nos hace partícipes.

Una vez, me acuerdo, cuando al final de la misa anuncié que íbamos a hacer una misión por el barrio en el invierno para anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, pregunté si alguien sabía a qué me refería cuando decía «Buena Noticia», un poco para saber qué piensan cuando uno utiliza palabras o frases que parecen obvias pero que no todos la entienden.

Mi amigo Johnny –¿te acordás?– tomó la palabra, como desde hace mucho tiempo no lo hacía, y me dijo: «Sí, padre, quiere decir que Jesús está resucitado y vivo entre nosotros». Fue increíble. La capilla entera se quedó perpleja y todos empezamos casi espontáneamente… Y salió un aplauso con una sonrisa. La verdad es que merecía un aplauso una respuesta tan certera y concisa. Bueno, no sé si debo explicar mucho lo que quiere decir, después de escuchar lo que nuestro amigo Johnny ya explicó tan bien, pero sí vale la pena ahondar un poco más en lo que implica esta linda Noticia que Jesús nos vino a dar.

En el fondo, cuando Jesús proclamaba la Buena Noticia, lo que estaba diciendo de alguna manera, y dicho más sencillo, es: «Alégrense porque Dios ya vino al mundo, porque Dios se está haciendo presente en la tierra. Alégrense porque Yo soy Dios hecho hombre y estoy con ustedes ahora, en este momento». Por eso, no es una noticia más, no es una noticia como las del «noticiero», que vemos en la televisión, esas que escuchamos y después seguimos haciendo, como se dice, «zapping» como si nada, y que después difícilmente nos cambien el ánimo de nuestro corazón, por tanto bombardeo de informaciones que nos saturan. Es la Noticia que vos y yo descubrimos en algún momento de la vida y hoy nos hicieron tomar un rumbo distinto. Es la Noticia que cambió la historia de la humanidad, un antes y un después. Si nosotros no hubiésemos aceptado esta linda Noticia de Jesús, hoy no estaríamos escuchando la Palabra de Dios, hoy no estaríamos sirviendo en la Iglesia, hoy no disfrutaríamos de ayudar a los que más necesitan, no nos alegraríamos tanto al hacer un retiro espiritual, por ejemplo, al reunirnos en un grupo de oración, al visitar un enfermo, a intentar animarlo. Te pregunto y me pregunto: ¿nos alegró alguna vez esta Noticia? ¿Nos alegra hoy?

XIV Lunes durante la semana

XIV Lunes durante la semana

By administrador on 5 julio, 2021

Mateo 9, 18-26

Mientras Jesús les estaba diciendo estas cosas, se presentó un alto jefe y, postrándose ante él, le dijo: «Señor, mi hija acaba de morir, pero ven a imponerle tu mano y vivirá.» Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.

Entonces se le acercó por detrás una mujer que padecía de hemorragias desde hacía doce años, y le tocó los flecos de su manto, pensando: «Con sólo tocar su manto, quedaré curada.» Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado.» Y desde ese instante la mujer quedó curada.

Al llegar a la casa del jefe, Jesús vio a los que tocaban música fúnebre y a la gente que gritaba, y dijo: «Retírense, la niña no está muerta, sino que duerme.» Y se reían de él. Cuando hicieron salir a la gente, él entró, la tomó de la mano, y ella se levantó. Y esta noticia se divulgó por aquella región.

Palabra del Señor

Comentario

Empezando esta nueva semana, en este lunes, nunca podemos olvidarnos que gracias a la Palabra de cada día muchos de nosotros encontramos nuevo aire para vivir y respirar. La Palabra de Dios es como el aire de los pulmones, es la que oxigena la sangre que corre por nuestras venas para que tengamos vida, vida espiritual, en abundancia. Aunque a veces no la escuchemos con la atención que se merece, aunque muchas veces pensemos que no nos produce nada, ella siempre está ahí para darnos aire, para inflamarnos el corazón. Por eso no empieces, no empecemos este lunes sin escuchar. No empieces este lunes pensando que siempre es lo mismo, no empieces con el ánimo por el piso. Levántate. Confiá en que siempre te puede decir algo nuevo si le dedicás tiempo, si le ponés el corazón.

A mí me sorprende día a día el descubrir cosas nuevas que Dios me dice por medio de su Palabra, y por eso no hay nada peor que acostumbrarse a escuchar, el acostumbramiento nos hace mal, nos hace escuchar sin corazón. La familiaridad mata el asombro. Muchos de los que escuchan día a día estos evangelios me cuentan que los escuchan muchas veces. Incluso si lo sienten necesario, cuanto más tiempo le dedican, más bien les hace. Cuando tengas más tiempo, también es bueno que lo hagas. Yo mismo hay días que me escucho a mí mismo para escuchar mejor, es necesario. Por eso, creo que vos también podés hacer lo mismo. No te canses de escuchar la Palabra de hoy ni la de ningún día. No busques la perfección. Si no podés escucharla con mucha atención, por lo menos ponela de fondo. Lo importante es que no la dejes nunca, que no dejemos nunca a Jesús, que no dejemos jamás de escucharlo, estemos como estemos, nos esté pasando lo que nos esté pasando.

La fe tiene mucho que ver con esto, con la confianza puesta en que Dios eligió lo sencillo y cotidiano para hablarnos. Eso que los paisanos de Jesús, por decirlo de algún modo, del Evangelio de ayer, rechazaron por falta de fe. ¿Cómo es posible que Dios nos hable por medio de un carpintero? «¿No es acaso el carpintero, el hijo de María…?». ¿Cómo es posible que de lo más sencillo pueda salir tanta sabiduría? Bueno… debo decirte que sí. Dios se hizo hombre y, además, pobre y carpintero, todo un «escándalo» para este mundo, para nuestro corazón que pretende muchas veces cosas distintas. ¿Cuánta atención le ponemos a la gente sencilla de este mundo, en comparación con la gente que este mundo considera importante? ¿Pensaste eso alguna vez? No nos compliquemos la vida, no le compliquemos la vida a nuestro buen Dios que justamente vino a hacérnosla más sencilla. Seguiremos con este tema durante esta semana.

Algo del Evangelio de hoy es para disfrutar. Dos grandes milagros que seguramente te suenan conocidos por haberlos escuchado en el Evangelio de Marcos la otra semana, pero si prestaste atención, tiene algunos detalles de diferencia. Dos grandes personas de fe que recurrieron a la fe justamente en momentos donde todo parecía perdido, donde parecía que no había solución. Una mujer que desde hacía doce años estaba enferma y un hombre desesperado pero lleno de confianza, aun cuando su hija ya estaba muerta. Solo una mujer paciente y perseverante puede seguir intentando curarse después de doce años de enfermedad. Solo un hombre paciente y perseverante y lleno de amor puede recuperar a su hija una vez que la vio muerta en sus brazos. En definitiva, solo el amor puede resucitar, solo el amor puede buscar a pesar de que todo parece que está muerto. ¿Vos harías eso? Solo un padre o una madre pueden intentar que su hija reviva aun estando muerta.

Solo el amor puede hacer revivir, como decía, las cosas del corazón. ¡Qué maravilla! ¡Qué ejemplo y ánimo para muchos de nosotros que no sufrimos a veces ni pasamos por una ínfima parte de dolor de la de estas personas de hoy, de tantas personas en este mundo que sufren mucho más! ¡Señor, dame por lo menos una pisca de ese amor! Sé, porque me han contado, que muchos grupos de enfermos escuchan los audios, sé que hay personas que están sufriendo día a día, escuchan estos audios con el Evangelio de cada día. Seguro que son mujeres y hombres llenos de fe, de amor y de paciencia. Ánimo, no desfallezcan, levanten la cabeza y el corazón. Rezamos por ustedes, la Iglesia siempre reza por ustedes, por los enfermos, por los que tiene una especial predilección. Son miles de miles las iniciativas de la Iglesia para con los enfermos, para ayudarlos, acompañarlos, animarlos.

¡Qué lindo que es que el Evangelio de cada día nos una como hermanos!, cada uno en lo suyo, algunos sufriendo, otros rezando por los que sufren y, por qué no, pedirles que recen y ofrezcan sus sufrimientos por los que estamos bien en este momento, los que no tenemos tanta paciencia y perseverancia a veces; eso que en muchas ocasiones da la enfermedad, paciencia y perseverancia, y algún día a todos nos tocará pasar por algo similar. El amor verdadero se alcanza en la prueba muchas veces, en el dolor, casi como una ironía de la vida, pero al mismo tiempo una oportunidad para crecer.

Si ahora estás enfermo, sufriendo en tu cuerpo y en tu alma por algún dolor, esperá, esperá, aprendé a esperar. Pedile a Jesús, a la mujer del Evangelio y al padre de esta niña, que te ayuden a saber esperar y confiar siempre hasta el final, sabiendo que pase lo que pase, aunque algunos incluso se rían de Jesús, como hoy, su amor siempre terminará resucitando y curándolo todo. En cambio, si nuestra vida anda sobre rieles, por decirlo así, pensemos en que no tenemos derecho a ser impacientes; al contrario, disfrutemos y recemos por los que más sufren.

XIII Viernes durante el año

XIII Viernes durante el año

By administrador on 2 julio, 2021

Mateo 9, 9-13

Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» El se levantó y lo siguió.

Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: « ¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?»

Jesús, que había oído, respondió: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Palabra del Señor

Comentario

Jesús siempre nos da más, mucho más de lo que nosotros creemos que necesitamos. ¿Sabías? La mujer con hemorragias, esa que las padecía desde hacía doce años y nadie podía curar, se acercó a Jesús con la certeza de que iba a ser curada de su mal físico, pero jamás se imaginó que Jesús la iba a mirar, devolviéndole la dignidad y la paz del corazón. «Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanada de tu enfermedad”». ¡Qué maravilla! Nosotros a veces solo preocupados por lo exterior, por el cuerpo, y Jesús, que se preocupa y ocupa de todo, tomando todo el corazón y el espíritu. La fe nos salva, nos da paz e incluso puede curarnos de nuestras enfermedades físicas. ¿Quién puede darnos tanto?

Alguien que de hace unos pocos meses había vuelto a la fe, con todo lo que eso implica, me dijo una vez: «Padre, quiero volver a la vida de antes. Ahora sufro más porque mis heridas parece que empeoran, no me sano más, al contrario». Era entendible, eso nos pasa cuando Jesús nos encuentra de adultos, cuando la vida y nuestros pecados nos golpearon demasiado, tanto que incluso preferiríamos vivir anestesiados espiritual y psicológicamente como para no sentir más dolor con tantas heridas viejas. El maligno y nuestra vergüenza nos impulsan a ocultarlas; Jesús, a manifestarlas. Nos mira, nos ama, nos perdona siempre, porque solo así podrán ser curadas, solo así pueden transformarse en bendición para nosotros y para los otros. Solo Jesús puede transformar una enfermedad en un motivo y motor para amar mucho más que antes. Solo el que fue sanado, curado, puede ayudar a sanar y curar a otros.

Cuando nos acercamos a Jesús con fe, como la mujer enferma del Evangelio del domingo, nos llevamos mucho más de lo que imaginamos. Él no se deja ganar en generosidad, él siempre nos da y nos dará más de lo que imaginamos cuando nos entregamos a él, cuando confiamos. Lo físico es pasajero, de hecho, nos podremos volver a enfermar una y mil veces más; en cambio, el perdón, la paz, la salvación del corazón no pueden comprarse en ningún lado, no se pueden negociar con nadie.

De Algo del Evangelio de hoy, las palabras de Jesús nos corrigen de alguna manera. Hoy y siempre sus palabras nos dan un sacudón, muchas veces necesario. No te creas que cada tanto no necesitamos un buen sacudón. Jesús, simbólicamente, sacudía a los fariseos y a los escribas muchísimo, aunque no todos lo quisieron escuchar de corazón. También a nosotros nos puede pasar lo mismo. Él trataba de sacudir la soberbia que llevaban impregnada en el corazón, casi como una segunda naturaleza, pero no podía, incluso se enojaban más con él. En realidad, no sabemos qué pasó con todos estos hombres soberbios, no sabemos si finalmente se convirtieron –eso solo lo sabe el Padre–, pero lo que sabemos es que les encantaba pensar mal, les encantaba mirar mal, les encantaba entender todo mal, por decirlo de alguna manera. Y a Jesús le encantaba, le encanta –me gusta decirlo así– ponerlos en «offside», como se dice en el fútbol.

Jesús los dejaba siempre fuera de juego, con gestos, con silencios, con retos, con miradas, con actitudes. Nunca le pudieron ganar, porque él siempre supo lo que pensaban y lo que querían hacer. Ellos pensaban que tenían todo bajo control y, en realidad, Jesús era dueño y Señor de sí mismo y de todas las situaciones. Se hacía el que «perdía», pero siempre ganaba. Pareció para los demás un fracasado, pero fue el único que ganó y nos ganó para el cielo, para la eternidad con su misericordia.

¿Mirá si hoy Jesús nos deja a vos y a mí en «offside»? ¿No nos vendría bien darnos cuenta que muchas veces andamos jugando adelantados y nos creemos los dueños de la pelota? No está mal, creo yo, quedar a veces «adelantados» cada tanto. Nos ayuda a no olvidar que somos creaturas y que el juego, por decirlo así, no es nuestro, sino que es de él y sus reglas debemos cumplir.

¿No te pasa que alguna vez te enojaste con los que son buenos con otros que parece que no se lo merecen? ¿No te enojaste alguna vez con tu padre o tu madre porque fue bueno o buena con otro de tus hermanos que vos considerabas que no lo merecía, que no lo necesitaba? ¿No te creíste alguna vez con derecho a juzgar qué es lo que tiene o debería hacer tu padre o tu madre o alguna autoridad para con los otros? ¿No te enojaste en tu trabajo porque tu jefe quiso ser generoso con otro que vos pensaste que no lo merecía? ¿No te pasó que alguna vez incluso juzgaste a Dios por esto o por lo otro, por lo que pasa, o por lo que consideramos que hace? ¿Por qué esto o por qué lo otro? ¿No nos pasa eso con Dios Padre, a vos y a mí también, eso de decirle lo que tiene que hacer casi como si fuéramos los jueces del mundo, incluso de él mismo?

Vayamos hoy, te propongo, a aprender la lección que nos deja hoy Jesús; es para todos, para vos, para mí, para los sacerdotes, para los laicos, para todos: «Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». Casi que podríamos imaginar que al final de la vida Jesús nos preguntará cara a cara: ¿Aprendiste algo de lo que te dije? ¿Aprendiste lo que significa ser misericordioso como soy yo y no juzgar antes de tiempo? ¿Entendiste lo que te dije o seguís creyendo que tenés razón? Hoy vayamos juntos a aprender esta lección. Vayamos juntos a aprender lo que significa la misericordia. Estemos atentos, se aprende de muchas maneras, en cada momento. ¡Qué lindo que es ver y sentir que a Jesús se le acercan los enfermos, los más necesitados, y que solo él los recibe como se lo merecen! ¡Qué lindo sería que nos sintamos invitados a la mesa del Señor, donde son todos invitados, y que jamás nos creamos sanos del todo!

XIII Jueves durante el año

XIII Jueves durante el año

By administrador on 1 julio, 2021

Mateo 9, 1-8

Jesús subió a la barca, atravesó el lago y regresó a su ciudad. Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.»

Algunos escribas pensaron: «Este hombre blasfema.»

Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: « ¿Por qué piensan mal? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados”, o “Levántate y camina”? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.»

El se levantó y se fue a su casa.

Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.

Palabra del Señor

Comentario

Muchas veces la vergüenza del corazón es la causante de que vayamos desagrádanos poco a poco, perdiendo el tiempo, perdiendo vida, y no la vida del cuerpo, sino la vida del alma. La vergüenza del corazón es la que nos impide mostrarnos tal cual somos frente a Dios, frente a Jesús. Pareciera ser que somos desvergonzados frente a muchas cosas de la vida y, sin embargo, frente a Jesús, la experiencia y el mismo Evangelio nos muestra que no es fácil el abrirse de par en par, el «confesar toda la verdad»; nos da mucho miedo y vergüenza. Hay algo parecido a un temor que nos aleja un poco de Jesús en vez de acercarnos. Sin embargo, el Evangelio del domingo es muy lindo en este sentido, para enseñarnos lo contrario, porque después de que la mujer tocó el manto de Jesús y no quiso decir que había sido ella, la Palabra decía así: «Pero Él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido». Jesús sigue mirando a su alrededor para saber quién fue el que lo tocó, quién fue el que buscó su gracia, su amor, su sanación, no porque no sepa realmente quién era, sino que, en realidad, me parece, pretendía que la mujer se acerque, que la mujer venza su vergüenza y se ponga cara a cara con él y «confiese toda la verdad».

Esa frase («confesar toda la verdad»), me parece a mí, no se refería a una confesión del estilo moral, confesión de pecados –que eran, de alguna manera, ya conocidos por Jesús–, sino algo más profundo, un vencer el temor y la vergüenza frente a Jesús, un no tener miedo frente a él y a los demás de lo que había hecho, que, dicho sea de paso, no había sido nada malo. Sin embargo, reconocer la sanación, era reconocer su enfermedad, y por eso es que a veces incluso nos cuesta reconocer que Jesús nos sanó, porque eso implicaría reconocer que estábamos enfermos. Jesús no quiso y no quiere ser un «milagrero», alguien que solo da algo meramente exterior, sino que quería y quiere más de nosotros, quiere nuestra sanación interior y nuestro corazón, nuestra fe, nuestra paz. Quiere todo. Es por eso que nos quiere ver cara a cara, para que nos sintamos amados, para que salgamos del anonimato, de la masa informe de este mundo y poco a poco su amor incondicional nos vaya sanando y transformando.

Algo del Evangelio de hoy nos puede llenar el corazón de certezas y de alegrías. Así dice la Palabra: «Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: “Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados”». No dice al ver la fe de «ese hombre», del paralítico, sino la fe de «esos hombres». ¡Qué lindo! La fe mueve montañas, pero la fe de a muchos, la fe entre amigos, la fe «de a varios” mueve cordilleras enteras. Podríamos preguntarnos: «¿A quién se refería Jesús con “esos hombres”? ¿A quién se refería?». Suponemos que a los que llevaban al paralitico en camilla, que por otro Evangelio sabemos que eran cuatro y que por la dificultad que tenían para pasar por la multitud que había, lo subieron al techo y de ahí lo bajaron. Sí… así como escuchás. ¡Increíble!

No se puede entender el milagro de hoy, el perdón y el volver a caminar de este hombre si no es por los «camilleros» que llevaban al paralitico. No sabemos si eran amigos o conocidos, pero hicieron lo que el paralítico no podía hacer, ir hacia Jesús. Camilleros o paralíticos, o ambas cosas al mismo tiempo: eso somos a veces en la vida. ¡Cuidado!, porque también podríamos ser de los que no «pueden creer» que Jesús perdone los pecados, que en realidad es el verdadero milagro, el centro del relato. Ojalá que no seamos de esos. Pero… ¡Qué lindo es ser «camillero». ¡Qué lindo también que es estar enfermo y que alguien nos lleve en camilla a Jesús! Enseguida todos se acercaron a Jesús, unos por llevar y otro por ser llevado. Es así. A vos y a mí nos llevaron alguna vez en medio de nuestras parálisis del corazón y otras veces nosotros acercamos a otros que andaban sin poder «moverse» en esta vida. La vida es así, es un ida y vuelta, como decimos muchas veces.

La fe es así, se potencia cuando se da de a muchos, se siente más cuando va acompañada de otros. La fe sana porque nos vincula con otros, nos llena de buenos amigos y grandes corazones.

Por eso debemos dejarnos ayudar por otros si no andamos bien, debemos dejar que otros nos lleven a Jesús cuando andamos rengueando o dolidos, cuando andamos tristes o ensimismados, cuando andamos casi tan paralíticos que nos queremos quedar sin mover, quietos. Por eso tenemos que ver a quién podemos ayudar hoy para acercarlo a Jesús, para que se anime a «dejarse llevar» aunque le de vergüenza. La vergüenza no cuenta cuando se trata de estar con nuestro Maestro. Solo yendo todos juntos a Jesús podremos ser curados y perdonados, o perdonados y curados. La gran curación de nuestra vida es el perdón recibido y dado a los demás, a los que nos ofendieron, porque, en realidad, es la falta de perdón la que nos enferma y paraliza. Hay miles de cristianos paralíticos, que, en realidad, están paralizados por los pecados que cometieron y que sufrieron de otros, por los pecados de otros que no pueden perdonar. No vale la pena quedarse paralítico, vale la pena dejarse perdonar y perdonar.

XIII Miércoles durante el año

XIII Miércoles durante el año

By administrador on 30 junio, 2021

Mateo 8, 28-34

Cuando Jesús llegó a la otra orilla, a la región de los gadarenos, fueron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros. Eran tan feroces, que nadie podía pasar por ese camino. Y comenzaron a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?»

A cierta distancia había una gran piara de cerdos paciendo. Los demonios suplicaron a Jesús: «Si vas a expulsarnos, envíanos a esa piara.» Él les dijo: «Vayan.» Ellos salieron y entraron en los cerdos: estos se precipitaron al mar desde lo alto del acantilado, y se ahogaron.

Los cuidadores huyeron y fueron a la ciudad para llevar la noticia de todo lo que había sucedido con los endemoniados. Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio.

Palabra del Señor

Comentario

Retomando Algo del Evangelio del domingo me quedé con la imagen de esa mujer, la que no tenía nombre, esa que podemos también ser vos o yo, esa que padecía desde hacía doce años una terrible enfermedad. Todo un signo. Padecía de hemorragias, o sea, perdía sangre; en lenguaje simbólico, estaba perdiendo la vida. En esos tiempos, desangrarse era perder vida, porque la sangre era la vida, es la vida. Sin ponernos a pensar en detalles de la enfermedad, lo importante creo que es esto, que nuestra mayor enfermedad es la de «ir perdiendo la vida del alma, del corazón», es ir desangrándonos espiritualmente, por muchas razones.

Podemos andar o pudimos andar muchísimo tiempo por la vida intentando encontrar sanaciones a nuestros problemas en diferentes lugares, en diferentes médicos, aceptando distintas recetas espirituales, y, sin embargo, seguir desangrándonos por dentro, seguir perdiendo la vida del corazón. Es triste, pero puede pasarnos, nos pasa, y siempre bajo apariencia de bien, creyendo que hacemos bien en recurrir a cualquier cosa, menos a Jesús. Pero no es para amargarnos. El tiempo nunca es perdido cuando finalmente encontramos a Jesús. Para esta mujer, los doce años fueron una eternidad, pero cuando se encontró con él, todos esos años valieron la pena, todo vale la pena cuando al final del camino o en el camino nos encontramos con Jesús, nos mira y nos puede decir: «Hija, Hijo, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanado, sanada de tu enfermedad».

En Algo del Evangelio de hoy, se nos da un indicio de lo que muchas veces pasa en este mundo: Dios es muy bueno, Jesús es un lindo y atrayente personaje hasta que «toca», por decir así, algo que para el mundo tiene un gran valor, como por ejemplo el dinero y todo lo que representa. En este mundo impera la dictadura del número y el número queda sujeto al interés de algunos, y es por eso que para solventar el interés de algunos pocos es necesaria a veces la corrupción. Algo así sufrió Jesús ese día.

Vamos a la escena de hoy en la que hay varios personajes; por supuesto que Jesús, los endemoniados, los demonios, los cuidadores y, finalmente, los pobladores de la ciudad. ¿Qué se esperaría cuando se escucha una buena noticia sobre el bien que se le hizo a unas personas? Lo lógico sería escuchar alegría y agradecimiento. Sin embargo, dice el Evangelio de hoy: «Toda la ciudad salió al encuentro de Jesús y, al verlo, le rogaron que se fuera de su territorio». Si lo echaron a Jesús de la ciudad, el sentido común nos indica que muy contentos con lo que había pasado, con lo que había hecho no estaban. ¿Cuál fue entonces su problema? Los cerdos. La comida. En el fondo, la pérdida económica. Dos personas liberadas de esos demonios no valían tanto como los cerdos que se ahogaron, como lo valía su propia comida. ¿Te das cuenta? ¿Te parece muy raro? No te creas, es más común de lo que imaginamos. Se da continuamente en las estructuras de este mundo que privilegian el poder y el tener, sobre las personas y, especialmente, sobre las más indefensas; se da en tu trabajo cuando eligen echarte por considerarte un número y haber dicho la verdad, por ejemplo; se da cuando un jefe prefiere pagar menos a sus empleados para ganar más de lo que su vida le da para gastarla; se da cuando un empleado también no es honesto y no cumple con su deber y usa de su trabajo para su provecho; se da cuando se prefiere matar a miles de niños inocentes por un supuesto amor a la vida de la madre; se da cuando preferimos no jugarnos por nada y callarnos, mientras nuestra voz podría hacer de este mundo algo mucho más justo; echamos a Jesús de nuestra «ciudad», del corazón, cuando es incómodo, cuando su amor y su poder de transformar, nos invitan a jugarnos por los que están fuera de la sociedad, como estos dos endemoniados; echamos a Jesús de nuestro corazón cuando preferimos amarlo menos y amar más unos billetes que nos darán un poquito de felicidad; echamos a Jesús de nuestra vida cuando vemos corrupción y somos cómplices por conservar nuestro lugar, olvidándonos de la corrupción que mata a miles de personas; amamos menos a Jesús cuando por no «perder» nuestra posición dejamos que los demás se «ahoguen» en su posición, como decía san Alberto Hurtado.

Amar a Jesús es concreto y real. Se juega en las decisiones que tenemos que tomar hoy, en las decisiones que nos invitan a ser, antes que nada, justos y después también caritativos. Estos endemoniados merecían otro lugar, otro trato, mucho más digno. Hay mucha gente en este mundo que merece otra cosa y, antes que ser buenos con ellos, antes que ser caritativos, tenemos que luchar para que reciban lo justo. Es fácil ser bueno y caritativo con lo que nos sobra y sin lograr la verdadera justicia. Es fácil para el Estado hacer asistencialismo y supuesta inclusión con dinero que no es de ellos. Es fácil dar cosas para parecer «solidario» por dar algo. Lo difícil es ser justo. En este mundo, vos y yo, muchas veces nos sale ser buenos hasta que nos tocan el bolsillo. Y la fe, Jesús, su amor, tarde o temprano nos toca el bolsillo para aprender a jugarnos por el bien, por la verdad y también por la justicia.

Amemos a Jesús no solo de palabra, sino con obras y de corazón. No hagamos como estos pobladores que por avaros echaron a Jesús de sus vidas y se perdieron de lo mejor, por unas monedas.

Solemnidad de San Pedro y San Pablo

Solemnidad de San Pedro y San Pablo

By administrador on 29 junio, 2021

Mateo 16, 13-19

Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»

Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas.»

«Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?»

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»

Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»

Palabra del Señor

Comentario

Sería lindo que, en esta solemnidad tan importante de San Pedro y San Pablo, en la que celebramos a estos grandes hombres que representan las columnas de la Iglesia, los cimientos (por eso en la plaza de San Pedro, si alguna vez fuiste o miraste alguna imagen, están ellos ahí, como custodiando el gran Templo de la Cristiandad, San Pedro y San Pablo), sería lindo que dejemos que Jesús nos haga la misma pregunta que les hizo cara a cara a los discípulos en Algo del evangelio de hoy. La que también, de alguna manera, le dijo a San Pablo: “¿Por qué me persigues?” Por qué no dejar que en esta nueva oración de este día, en esta oración nuestra, o durante el día, Jesús nos diga: “¿Quién decís que soy?” ¿Quién dicen que soy? ¿Qué soy para vos? ¿Quién crees que soy? o ¿Qué pensás que soy? Esta es la pregunta más profunda que podemos hacernos y que todos tenemos que hacernos en algún momento de la vida, por más cristianos que seamos. O volver a hacérnosla si es que ya nos la hicimos alguna vez. Podemos andar caminando tras de Jesús, decir que lo amamos, que somos sus discípulos desde hace mucho tiempo y, sin embargo, nunca habernos hecho esta pregunta tan importante, tan fundamental. O vos, que acabás de volver a la iglesia, que te sentís encendido después de tanto tiempo o que volviste a tus raíces que habías olvidado por las cosas de este mundo, pregúntate: ¿Quién es Jesús para vos? ¿Quién es? Para crecer en la vida, para crecer en la fe, no solo hay que saber responder, sino más bien saber preguntar. No crece aquel que no sabe preguntarse, preguntar.

Es la pregunta a la que respondió Pedro gracias a una revelación de lo alto. Pedro fue el primero en “confesar la fe”. Y la fe viene de lo alto, no te olvides. Es regalo de Dios, aunque tenemos que aceptarla. “Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae” dijo Jesús. ¿Te acordás? Quiere decir que la certeza profunda sobre quién es Jesús solo puede venir del Espíritu Santo. Así lo dice el mismo San Pablo: “Por eso les aseguro que nadie, movido por el Espíritu Santo de Dios, puede decir: «Maldito sea Jesús». Y nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo.” ¿Por quién estás impulsado? ¿Qué salen de tus labios, qué palabras salen de tus labios?

En definitiva, al final de cuentas, la fe, tener fe es confesar, es creer, confiar que Jesús es el Hijo de Dios, que Jesús es Dios, es el Dios hecho hombre, por vos y por mí. Se puede usar la palabra fe para tantas cosas, incluso muy vulgares y cotidianas, como para decir: “Tengo fe que esto o lo otro va a salir bien, que me va a ir bien en un examen, lo que sea”. Sin embargo, para la palabra de Dios, para un cristiano, “tener fe” es otra cosa. Es algo mucho más profundo que olvidamos muchas veces los que decimos tener fe.

Parece obvio para nosotros que creemos, pero no era fácil para los que estaban con Jesús. No es fácil para aquel que no recibió el don del Espíritu Santo, o que lo recibió y no supo cuidarlo. Porque creer que existe Dios, la verdad, que es cosa de muchos; creer que Jesús es Dios no es cosa de tantos, y vivir lo que Jesús enseñó es cosa de pocos.

Tiene fe verdadera, tiene fe plena y madura aquel que cree que existe Dios, aquel que cree que Jesús es Dios, y le cree lo que dice, y aquel que vive lo que Jesús enseñó. Así se llega a la madurez de la fe. No te olvides de esta escalerita.

Por eso dice la liturgia de hoy que fue Pedro el primero en “confesar la fe” y el encargado de mantener la unidad en la fe. Nosotros creemos por gracia de Dios, y gracias a Pedro, a Pablo, a todos los apóstoles y a la Iglesia que nos transmitió la fe a lo largo de tantos siglos con tanto amor y tanto coraje, dando la vida incluso; con tantas falencias y pecados, como los tuyos y los míos. Pero, sin embargo, la fe llegó hasta nosotros. ¿Cómo estamos viviendo nuestra fe? ¿Qué clase de cristianos somos, a veces tan tibios y perezosos? Por eso, no se puede pensar en un Jesús sin Iglesia y en una Iglesia sin Jesús.

Esa es una falacia muy extendida hoy en día, que no termina llevando a buen puerto, o termina dejando una fe muerta, desconectada con la verdad del evangelio.

Por otro lado, dice la liturgia de hoy: “Pablo fue el insigne maestro que la interpretó” y el gran propagador de la fe. Grande Pablo, cómo te queremos. Pablo es el que nos enseña que la fe es para pensarla, que se puede usar la cabeza y creer con razones. También nos enseñó que es lucha, es gracia, es don. Pero es respuesta continua y combate diario, así lo decía: “He peleado hasta el fin el buen combate de la fe. He peleado hasta el fin, concluí mi carrera, conservé la fe”.

En la vida luchamos por tantas cosas ¿no?, para alcanzar nuestras propias metas. Sin embargo, una sola es la más importante, “conservar la fe”. Conservar esta certeza de que Jesús es el Hijo de Dios, es el rey de reyes que vino a salvarnos, a darnos la verdadera vida. Cuidar la fe, cuidar el don que recibimos, es lo mejor que podemos hacer en medio de un mundo que nos ataca por todos lados, se nos burla y se nos ríe. Tenemos que cuidar la fe, luchar contra todo lo que quiere desviarnos y “hacernos creer” que no vale la pena, que es todo lo mismo, que alcanza con ser un “poco” bueno, que se puede vivir igual sin fe y tantas cosas más, que diariamente escuchamos por ahí.

Hay que pelear este lindo combate para vivir la alegría de tener fe, de creer que Jesús es el Hijo de Dios. Es lindo luchar por llegar al fin del camino, sabiendo que “el Señor estuvo a mi lado- dice San Pablo- dándome fuerzas” y que “el Señor me librará de todo mal y me preservará hasta que entre en su Reino celestial”.

Que tengamos un buen día. Que afirmemos nuestra fe en Jesús y en la Iglesia que él fundó y nos dejó para que podamos conocerlo y sigamos creciendo cada día en el camino de la confianza. “¿Quién decís que soy?” Dejemos que hoy Jesús nos pregunte a todos: ¿Quién decís que soy para vos?

XIII Lunes durante el año

XIII Lunes durante el año

By administrador on 28 junio, 2021

Mateo 8, 18-22

Al verse rodeado de tanta gente, Jesús mandó a sus discípulos que cruzaran a la otra orilla. Entonces se aproximó un escriba y le dijo: «Maestro, te seguiré adonde vayas.»

Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.»

Otro de sus discípulos le dijo: «Señor, permíteme que vaya antes a enterrar a mi padre.»

Pero Jesús le respondió: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.»

Palabra del Señor

Comentario

Podemos pedirle al Señor en este lunes, en este nuevo comienzo, que su Palabra dé sentido y dirección a nuestra vida, y que sepamos mirar para adelante, mirar este día que tenemos por delante. No sabemos lo que pasará mañana. No importa tanto lo que pasó ayer, porque sabemos que hoy Dios Padre nos presenta una nueva oportunidad para amar, una nueva oportunidad para apostar otra vez por lo que hacemos cada día para hacerlo mejor, para hacerlo bien, para hacerlo con amor.

El Evangelio de ayer, del domingo, fue una maravilla, un deleite para seguir degustando, aunque no nos alcance la semana. Voy a tratar de despuntar algunos detalles para que nos siga ayudando.

Ante la verdadera necesidad, en los momentos donde parece que nadie nos puede ayudar, en esos momentos donde –como decimos– «se toca fondo», es ahí donde Jesús le encanta aparecer, aunque sepamos que él está y estará siempre. En estos momentos su presencia es especial. Algo de eso se vislumbraba en la escena de ayer con estos dos milagros de la vida encadenados, el de la mujer y el de la niña de doce años. Finalmente, la Palabra nos enseña que solo es Jesús el que nos devuelve la dignidad y la vida, la sanación y la vida del corazón enfermo y moribundo. El mundo y sus promesas nos pueden pintar un mundo de espejitos de colores, pero cuando las «papas queman», como se dice, será Jesús el que nos ayude, el que nos salve, el que nos dé la paz del corazón que vos y yo tanto anhelamos y necesitamos. Eso nunca lo olvides.Tanto la mujer excluida por su enfermedad como Jairo, este hombre importante de ese tiempo, ambos acuden a Jesús, al único que podía darles lo que necesitaban y mucho más. Seguiremos con esto en estos días.

De Algo del Evangelio de hoy, lo primero que me sale decir es que el Señor nos llama a la libertad. Él quiere que salga de nuestro corazón el deseo de seguirlo; no es una exigencia vacía, impositiva, es una exigencia que debería brotar de un corazón atraído y enamorado. Por eso, si no tenemos en cuenta esto de las llamadas «exigencias evangélicas», las exigencias para seguir a Jesús parecen totalmente descabelladas, exageradas. ¡Cómo es posible que el Señor exija tanto! Bueno, el Señor, en realidad, exige al que quiere, al que se anima más; él nos invita, y lo dice así: «¿Querés? ¿Querés seguirme? Bueno, si querés, seguime, Yo te cuento cómo es. Si querés, seguime, y te cuento que los zorros y las aves tienen sus lugares; pero Yo como Dios hecho hombre vine al mundo y fui rechazado, no me tuvieron en cuenta, no me comprendieron, no tengo un lugar donde cobijarme, humanamente hablando». Esto es como si nos dijera también algo así: «Bueno, si querés seguirme, no pienses que seguirme a mí será una posición especial, con unas comodidades distintas, tanto afectivas como materiales; seguirme a mí es estar un poco a la intemperie, es estar a veces bajo el sol, bajo la lluvia de las cosas que nos pasan en este mundo y no todo es como nosotros a veces queremos, como deseamos».

Pero, al mismo tiempo, esa entrega es la que nos dará la felicidad en la medida que aceptamos esta exigencia de Jesús, pero si lo hacemos con libertad, eso es lo fundamental (la libertad, la libre elección), sino nada tiene sentido. Me animo a decir que, por no comprender de fondo esto, muchas veces equivocamos el camino de la evangelización, y hay tantos cristianos que en realidad no quieren serlo, incluso rechazan el serlo, porque sienten que muchas cosas les fueron impuestas desde afuera y no las asimilaron.

«Señor, te quiero seguir a donde vayas». «Bueno, nos dice Jesús, Yo te cuento un poco cómo es: “No pensemos que la vida cristiana es todo como nosotros creemos”». También hoy Jesús dice esta frase que parece tan dura: «Deja que los muertos entierren a sus muertos». Pero podríamos preguntarnos: «¿Y él hoy a qué se refiere con esto?». Se refiere, en realidad, a que no tenemos que dilatar su llamado una vez que lo descubrimos y aceptamos.

Si nos decidimos a seguir a Jesús, si nos decidimos a amarlo, a llevar una vida de oración, a fortalecer nuestra vida espiritual, a tener un apostolado, a hacer el bien, a hacer silenciosamente todo lo posible para amar a Jesús y a los demás, especialmente a los que más sufren, entonces no tenemos que tardar, no tenemos que decir: «Bueno, tengo que hacer algunas cosas antes». Ese es el sentido de la frase: «Deja que los muertos entierren a sus muertos». Este hombre, en el fondo, pretendía volver a su casa y vivir con su padre hasta que muriera. ¡No! El Señor le dice: «Vení conmigo, vení conmigo porque, si me amás a mi, vas a amar mejor todas tus realidades: tu familia, tus amigos, tu trabajo, todo».

Si el Señor está primero en nuestra vida, «todo lo demás vendrá por añadidura». Si el Señor está primero, todo lo demás se ordena y se acomoda. Si el Señor está primero en tu vida, vas a amar de manera más pura y más sana todas tus realidades, todo lo que él mismo te dio y no te pide que las rechaces.

Ojalá que la Palabra de este día nos ayude a animarnos a seguir al Señor, si es que queremos, si queremos. El Señor nos dice: «Si querés seguirme, seguime». Nunca te olvides que la vida cristiana es una vida de libertad, no de obligación ni de imposición, sino de libertad que brota de un corazón enamorado.