Lucas 10, 13-16 – San Francisco de Asís

¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y sentándose sobre ceniza. Por eso Tiro y Sidón, en el día del Juicio, serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.

Y tú, Cafarnaún, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno.

El que los escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza, rechaza a aquel que me envió.

Palabra del Señor

Comentario

¡Qué pobre que era ese rico, y que rico terminó siendo el pobre Lázaro! Me sale decir hoy del corazón recordando la parábola del evangelio del domingo que venimos meditando paso a paso. Por eso lo que debemos preguntarnos siempre es: ¿Cuál es nuestra verdadera riqueza? ¿Cuáles son las riquezas que andamos persiguiendo día a día? Ayer anduve por la ciudad, algo que también debés vivir vos, día a día, y tuve la gracia de ver algo que me conmovió, era una mujer, al estilo de Lázaro, postrada en la vereda pidiendo una ayuda sin cesar, mientras cientos de personas pasaban al lado de ella, en su mundo, cada uno en lo suyo, y me recordó ese himno de la liturgia que dice así: “Salí por la mañana, entre los hombres, ¡y encontré tantos ricos que estaban pobres! La tierra llora, porque sin ti la vida es poca cosa” ¿Quién es el pobre finalmente? ¿El que no tiene nada y debe pedir para vivir o el que tiene todo y no da nada para vivir? Todos debemos cuestionarnos nuestra disponibilidad para ayudar a otros. Es cierto, es difícil… es cierto, no podemos ayudar a todos los Lázaros que andan por el mundo pidiendo… Pero… ¿Qué pasaría si vos y yo, si todos los cristianos, todos los que escuchamos la palabra de Dios ayudáramos al que nos pide ayuda? ¿No crees que sería todo un poco más justo? No siempre podemos, o tenemos para dar algo, pero siempre podemos frenarnos para escuchar y saber qué le pasa al que está así, qué le pasa por el corazón al que está postrado, deseando comer de las migajas que caen de la mesa de los que tienen más.

Un santo del siglo IV uno de los traductores de la Biblia, un gran conocedor de la Palabra de Dios, san Jerónimo, decía que “ignorar la escritura es ignorar a Cristo”. Quería aportar hoy esta frase de él para que nos ayude a seguir amando la Palabra de Dios, seguir reconociendo, que esto de escuchar la Palabra de Dios y tratar de meditarla todos los días, tratar de comprenderla, es el camino para ser un verdadero cristiano. Si no escuchamos la Palabra de Dios, si no la meditamos, si no la conocemos; no podemos ser verdaderos cristianos. Si no conozco la escritura, si no le pregunto a la escritura, si no la leo todos los días, no puedo conocer a Cristo; especialmente en los evangelios porque es ahí donde Él quiso dejarnos el puente para conocerlo.

También él decía “¿Cómo es posible vivir sin la ciencia de las escrituras a través de las cuales se aprende a conocer al mismo Cristo que es la vida de los creyentes?”. Si Jesús es nuestra vida, si Él es la Vida, la Verdad y también el Camino de nuestra vida; ¿Cómo es posible vivir sin lo que Él enseña, sin escuchar lo que Él enseña? Eso es algo que nos podemos preguntar hoy, y si en este tiempo que estamos escuchando la Palabra de Dios todos los días, notamos que nuestra vida de fe creció, que tu vida de fe aumentó de alguna manera, y cómo –al contrario– cuando uno deja de escuchar, de profundizar y se mete de vuelta en la vorágine de cada día; inevitablemente uno pierde el centro de las cosas, como esto que dice san Jerónimo.

Algo del evangelio de hoy quiero relacionarlo con lo que hablamos ayer. La Palabra de Dios escuchada, leída y meditada todos los días, nos ayuda a ver los milagros diarios del amor de Dios en nuestra vida a pesar de tanto mal, de tanta injusticia, de tanto pecado, de tanto odio, de tanta ambición, de tanta superficialidad y consumismo, de tanta sensualidad y olvido de lo esencial. Dios está presente en medio y a pesar de todo esto. Dios está presente en lo humano, en lo de cada día, no busques y esperes otra cosa. Cuando andamos todo el día pretendiendo cosas “que superan nuestra capacidad”, en el fondo, no tenemos capacidad para encontrarnos con Dios y por eso no damos frutos, por eso nuestra fe es vacía o nuestra fe se pierde en “intenciones” pero no en realidades concretas.

De eso se queja hoy Jesús en el evangelio, de que, en las ciudades, en los corazones donde mayor bien había hecho, fue en donde menos se lo valoró y comprendió. ¿Cuántas veces nosotros obramos así? ¿Cuántas veces nos olvidamos de los dones se Dios por andar en chiquitajes, por andar volando bajo sin darnos cuenta de todo lo que recibimos?

¿Por qué será? A los que menos se les dio será a los que menos se les exigirá. A los que más se les dio – Cafarnaúm, Betsaida – vos y yo – será a los que más se les exigirá. ¿Nosotros en qué grupo de corazones estaremos? ¿Seremos a los que se les reproche su falta de fe y entrega o a los que se los elogie por haberse convertido, por haber cambiado? No lo sé, ni lo sabemos. Pero sí sabemos que, si estamos escuchando su palabra todos los días, tenemos un privilegio que pocos tienen. Sabemos que recibimos un gran don que tenemos que aprender a aprovechar.

Los milagros están siempre, lo que pasa es que no los vemos por falta de fe o nos acostumbramos, por exceso de amor propio. Pidamos hoy ver más de lo que vemos. Pidamos ver los milagros de cada día que muchas veces quedan ocultos a nuestros ojos y necesitamos volver a ver. ¿Qué milagro nos dejará ver hoy Jesús? O mejor dicho ¿Qué milagros podremos ver, gracias a nuestra humildad y capacidad de dejarnos sorprender?

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