Lucas 10, 13-16 – XXVI Viernes durante el año

 

 

¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y sentándose sobre ceniza. Por eso Tiro y Sidón, en el día del Juicio, serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.

Y tú, Cafarnaún, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno.

El que los escucha a ustedes, me escucha a mí; el que los rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza, rechaza a aquel que me envió.

Palabra del Señor

Comentario

Es bueno seguir aclarando algunas cosas que tienen que ver con la envidia, ese sentimiento que puede aflorar de nuestro corazón, aunque a veces no lo busquemos. De hecho, se disfraza de bondad, de deseos de bien. Eso le pasó a Juan, discípulo de Jesús, que intentó impedir que otros hagan milagros en nombre de Jesús, creyendo que obraba bien. Es importante saber y diferenciar, de que el odio no es lo mismo que la envidia. El odio es desear y hacer el mal. Se opone al amor, en cambio la envidia se opone al bien del prójimo, haciendo que disminuya nuestra felicidad por el malestar que nos provoca. Pero cuidado, están íntimamente relacionados, porque en definitiva el odio nace de la envidia, es por decir de alguna manera, su “hijo predilecto” y el peor de los pecados. De una envidia no rechazada puede engendrarse lentamente un sentimiento de odio, de rechazo al bien, y por eso el bien puede resultar “odioso” para el envidioso, y terminar odiando. Sería muy largo repasar los casos de envidia que aparecen en la palabra de Dios, pero para que tengamos una idea, recordemos que el diablo tentó por envidia a nuestros primeros padres, por envidia Caín mató a Abel, y finalmente por envidia entregaron y mataron a Jesús. La envidia se manifiesta incluso desde edades muy tempranas, como por ejemplo cuando un niño tiene celos de su hermanito recién nacido, cuando la madre le manifiesta su cariño, o también entre hermanos mayores. En nuestras familias, hay cientos de casos de envidias, entre seres queridos.

Pero, podríamos hoy preguntarnos, para ir terminando con este tema… ¿Por qué tenemos envidia? ¿Por qué nos afloran esos sentimientos tan sutiles, a veces imperceptibles y muchas otras, incontrolables? Básicamente fue el pecado original el que trastornó nuestro equilibrio natural, el deseado por Dios. La razón se rebeló contra Dios, perdió su agudeza y cae fácilmente en el error; la voluntad se resiste muchas veces a obrar el bien; nos dejó flojos para conquistar el bien que deseamos, débiles para rechazar el mal que nos destruye y propensos para dejarnos atraer por deseos o afectos que no nos conducen siempre al amor.

Por otro lado, hay muchas otras causas, pero que las podríamos resumir principalmente en una disposición al egocentrismo. El envidioso es egocéntrico. La envidia aparece mucho en personas que tienen complejo de inferioridad en algún aspecto de su vida, en los tímidos, los deprimidos, los débiles, pero también en los ambiciosos de honor, en los pusilánimes.

Mañana repasaremos los remedios contra la envidia, pero mientras tanto, no olvidemos que tiene efectos muy malos para nuestros corazones. La envidia puede llevarnos a odiar, trae divisiones incluso en las familias y en la Iglesia, nos conduce a buscar desordenadamente honores y riquezas y obviamente nos perturba el alma, nos quita la paz del corazón.

Algo del evangelio de hoy, quiero relacionarlo con lo que hablamos ayer. La Palabra de Dios escuchada, leída y meditada todos los días, nos ayuda a ver los milagros diarios del amor de Dios en nuestra vida a pesar de tanto mal, de tanta injusticia, de tanto pecado, de tanto odio, de tanta ambición, de tanta superficialidad y consumismo, de tanta sensualidad y olvido de lo esencial. Dios está presente en medio y a pesar de todo esto. Dios está presente en lo humano, en lo de cada día, no busques y esperes otra cosa. Cuando andamos todo el día pretendiendo cosas “que superan nuestra capacidad”, en el fondo, no tenemos capacidad para encontrarnos con Dios y por eso no damos frutos, por eso nuestra fe es vacía o nuestra fe se pierde en “intenciones” pero no en realidades concretas.

De eso se queja hoy Jesús en el evangelio, de que, en las ciudades, en los corazones donde mayor bien había hecho, fue en donde menos se lo valoró y comprendió. ¿Cuántas veces nosotros obramos así? ¿Cuántas veces nos olvidamos de los dones se Dios por andar en chiquitajes, por andar volando bajo sin darnos cuenta de todo lo que recibimos?

¿Por qué será? A los que menos se les dio será a los que menos se les exigirá. A los que más se les dio – Cafarnaún, Betsaida – vos y yo – será a los que más se les exigirá. ¿Nosotros en qué grupo de corazones estaremos? ¿Seremos a los que se les reproche su falta de fe y entrega o a los que se los elogie por haberse convertido, por haber cambiado? No lo sé, ni lo sabemos. Pero sí sabemos que, si estamos escuchando su palabra todos los días, tenemos un privilegio que pocos tienen. Sabemos que recibimos un gran don que tenemos que aprender a aprovechar.

Los milagros están siempre, lo que pasa es que no los vemos por falta de fe o nos acostumbramos, por exceso de amor propio. Pidamos hoy ver más de lo que vemos. Pidamos ver los milagros de cada día que muchas veces quedan ocultos a nuestros ojos y necesitamos volver a ver. ¿Qué milagro nos dejará ver hoy Jesús? O mejor dicho ¿Qué milagros podremos ver, gracias a nuestra humildad y capacidad por dejarnos sorprender?

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