Lucas 10, 21-24 – II Martes de Adviento

 

 

En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo:

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.» Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos:

«¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! ¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!»

Palabra del Señor

Comentario

Convertirse es la palabra de esta semana, la palabra que surgió del evangelio del domingo, que de alguna manera marca el ritmo de la semana, para que sigamos meditando mientras se acerca la Navidad. Muchas de las “conversiones” que vamos viviendo a lo largo de la vida, o que por lo menos sería bueno vivirlas, tienen que ver con nuestra forma de pensar. Algo muy difícil de cambiar. Porque convertirse quiere decir justamente “cambiar la mentalidad”. Convertirse no es una cuestión moral únicamente, aunque obviamente toca nuestra forma de actuar, no es simplemente ser un poco más buenos, hacer cosas buenas, eso se da por sentado, es necesario en todos, sino que tiene mucho que ver con un modo de ver la vida, las cosas, como las pensamos, como analizamos la realidad que nos rodea, qué pensamos de lo que vemos y sentimos, qué pensamos y cómo vemos a nuestro Padre. De alguna manera somos lo que pensamos y en general, si tenemos buenas intenciones intentamos día a día actuar como pensamos. Ahora… ¿Qué pasa si pensamos mal o si nuestros pensamientos no tienen la “lógica” de Dios Padre? Bueno, ahí está la cuestión. Por eso Jesús, conociendo nuestras debilidades nos dice en el evangelio: “Conviértanse y crean” Crean en mi palabra y acepten que en mis palabras encontrarán una nueva forma de pensar, Yo les ayudaré a mejorar sus pensamientos. Por eso en el evangelio del domingo Juan anunciaba un bautismo “para el perdón de los pecados”, y se nos pedía preparar los caminos, allanar los senderos.

Nuestras fallas en el pensar tienen que ver con muchísimos factores en la vida que ahora no podemos ahondar demasiado, pero siguiendo con el tema de la esperanza, podríamos volvernos a preguntar. ¿Qué es la esperanza realmente? ¿Es lo mismo ser optimistas que tener esperanza? Tomo de un autor esto que es interesante: “Ante todo, hay que evitar confundir esperanza y optimismo. El optimismo es un rasgo psicológico que nos inclina en el presente a ver las cosas desde su lado mejor, e incluso a afirmar que lo que viene ha de ser mejor que lo que hay. Uno puede estar naturalmente inclinado a eso por temperamento, o uno puede asumirlo como fruto de una determinación (elegir “ser positivo”, “poner buena onda”, por ejemplo). Tiene que ver con eso de intentar ver siempre la “parte llena del vaso”. Es una cualidad que debe ser valorada, siempre y cuando se corresponda con la realidad y no intente, por el contrario, reemplazarla o negarla, evitando ver las cosas como son. No siempre, ni necesariamente, el futuro será mejor que el presente. Muchas veces el optimismo nace no ya de ver la parte buena de las cosas sino de evitar ver la parte mala o dolorosa de la realidad, como una especie de negación y eso no siempre es bueno. Es el “optimismo” del enfermo que evita ir al médico, auto convenciéndose de que está bien, o del que, sin importar cómo están las cosas, siempre dice: “Está todo bien…” Pero eso, en definitiva, se puede evitar el dolor por un momento, pero a la larga no nos hace bien.

Jesús no fue simplemente un “optimista”, en realidad tuvo esperanza y fue realista. Aceptó lo que su Padre le mostró. Por eso en algo del evangelio de hoy lo alaba, lo alaba, porque el Padre eligió revelarse a los más humildes y pequeños, “porque así lo has querido”. Jesús se goza de lo que su Padre quiere. Ahí sale a relucir el verdadero corazón del Hijo, del Hijo que confía en que lo que su Padre quiere, siempre es lo mejor. El cristiano con esperanza, es el que no “anda” cuestionando a Dios continuamente, sino que sabe aceptar la realidad. No es el hijo rebelde que no se conforma con nada, que todo le parece poco, que siempre le falta algo, que nada es como quisiera, que todo lo quiere ya. Esos tipo de hijos son los que dan problemas más que soluciones. ¿Qué tipo de hijos queremos ser? ¿Queremos ser hijos que se gozan de que Dios Padre haya decidido lo que le pareció mejor? ¿O hijos rebeldes que se gozan de contestarle todo a su Padre? ¡Cómo nos cuesta esto, es verdad! Es duro el camino. Somos a veces muy cuestionadores, no camilleros como decíamos ayer. O bien, somos buenos, mansos y aceptamos todo, hasta que a veces nos llega la dificultad, eso nos puede pasar.

Miremos hoy al cielo por un rato y digamos: Padre, te alabo. Te alabo Señor del Cielo y de la tierra, Señor y dueño de todo. Te alabo por lo que sos, por lo que me diste y me darás. Ta alabo por tu sabiduría, por tu providencia, por tu voluntad. Ta alabo por mi familia, por lo que es, por mis padres, hermanos, por mis hijos. Te alabo por todo lo que tengo, incluso por los dolores que estoy viviendo. Te alabo porque sé que de todo esto saldrá lo mejor. Ayudame a “convertir” mis pensamientos en los tuyos, los tuyos son mejores. Te alabo Padre, solo me queda decirte que te alabo. Quiero tener esperanza, no ser solamente un optimista, quiero tener esperanza, la verdadera.

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