Lucas 10, 38-42 – XXVII Martes durante el año

 

 

Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.

Marta, que estaba muy ocupada con los quehaceres de la casa, dijo a Jesús: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.»

Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria, María eligió la mejor parte, que no le será quitada.»

Palabra del Señor

Comentario

La dureza del corazón es la que nos impide la limpidez del alma para comprender y aceptar la voluntad de Dios en nuestras vidas, la ley de Dios, que en definitiva es su voluntad, la que nos conduce a la felicidad. Ese fue el reproche de Jesús hacia los fariseos en la palabra del domingo. Sin embargo, el relato, y todo el evangelio, muestra que no solo los fariseos eran duros de corazón, sino también los discípulos, a los que Jesús les tenía que explicar una y otra vez las cosas, y sin embargo no entendían. Lo mismo pasa hoy… Es entendible que hacia afuera de la Iglesia no se entiendan los mandamientos de Dios, pero cuesta entender o parece menos lógico que dentro de ella, todavía cuestionemos las palabras de Dios. Pero bueno… es así… somos débiles, somos duros de corazón. Jesús lo dijo claramente: “fue debido a la dureza del corazón de ustedes”, podríamos decir que nuestras incomprensiones se deben a la dureza de nuestro corazón. Somos propensos a alejarnos del origen, de los primeros deseos, por eso Jesús al responderle a los fariseos, los remitía al origen, al principio: “Pero desde el principio de la creación, “Dios los hizo varón y mujer”.” Cuando nos olvidamos del principio, el camino se desvía, el evangelio se desvirtúa. Es tarea de la Iglesia, de los pastores, procurar que no nos olvidemos de esto, porque continuamente a lo largo de la historia, digamos con redundancia… la historia se repite. San Pablo lo decía claramente sin miedo a parecer duro: “Ya se lo dijimos antes, y ahora les vuelvo a repetir: el que les predique un evangelio distinto del que ustedes han recibido, ¡que sea expulsado! ¿Acaso yo busco la aprobación de los hombres o la de Dios? ¿Piensan que quiero congraciarme con los hombres? Si quisiera quedar bien con los hombres, no sería servidor de Cristo” No predicamos la ley de Dios para congraciarnos con los demás, no es ese el fin, si hacemos eso no somos servidores de Jesús. Jesús no habló de las cosas de su Padre para que lo quieran o aplaudan. No tuvo miedo de “quedarse sin fieles” por quedar bien con aquellos que lo escuchaban. Muchas veces por querer conformar a todos, en el fondo, no conformamos a nadie y “aguamos” el evangelio, nos olvidamos la ley de Dios. Como dijimos muchas veces, tenemos que decir la verdad con amor, pero decirla, sino de nada sirve lo que hacemos.

En algo evangelio de hoy te propongo que nos quedemos con esta imagen y estas palabras de Jesús: «… María eligió la mejor parte…».

Hoy pensemos en María: María eligió lo mejor; Marta era buena, hacendosa, elige hacer cosas buenas, es verdad; pero María eligió la mejor. A Marta ya la conocemos, digamos así, todos somos “muy Marta”, no es necesario profundizar mucho en eso, aunque podríamos hacerlo.

María se distingue porque elige lo mejor. Cuando elegimos lo mejor nadie nos lo puede quitar, porque lo mejor nos abre las puertas para ver todo de otra manera, para hacer las cosas de otra manera, es mucho más fructífero.

Por otro lado, elegir lo mejor entre muchas cosas buenas es lo más difícil en nuestra vida, es lo más difícil al momento de ejercer nuestra libertad que muchas veces se encuentra en encrucijadas de indecisiones o bien elige “así nomás”, sin discernir lo suficiente. Por eso podemos hacernos algunas preguntas sencillas que nos marquen el rumbo en el día a día, porque en definitiva lo que nos interesa es cómo decidir concretamente en lo cotidiano.

¿Qué elijo entre dos cosas buenas, dos decisiones en sí mismas buenas?: lo mejor. Y ¿qué es lo mejor? ¿Únicamente lo que yo pienso?: depende. ¿Lo que todos dicen que me conviene?: no siempre. ¿Lo que me lleva al aplauso y a la felicitación?: no siempre.

“Lo mejor, lo mejor de lo mejor es lo que más nos conduce hacia el fin para el que fuimos creados” – así decía el gran san Ignacio de Loyola–; lo mejor es lo de María: es estar a los pies de Jesús, es quedarse con Jesús en cada cosa que hacemos.

Pero… ¿Qué significa estar a los pies de Jesús? Y bueno, ahí está lo difícil. es difícil para mí decirlo, según la situación de cada uno, según tu vocación, tu estado de vida; hay miles de maneras de estar con Jesús y que eso signifique quedarse con lo mejor.

Para saberlo, tenés que ejercitar tu libertad, tu inteligencia y tu oración, para aprender a discernir; de eso se trata la vida cristiana; no de “recetas” ya estipuladas, sino de seguir a Cristo, que es lo mejor, e ir día a día sentándose a los pies de Jesús, a veces en el Sagrario, otras cumpliendo tu deber con amor, algunas abrazando a un enfermo, otras siendo buen samaritano –como decíamos ayer–, algún día rezando en silencio, y así miles de formas más.

Lo importante es que elijas lo mejor, que elijas siempre a Jesús, aunque el mundo esté inquieto y agitado por muchas cosas; dejemos todo a un lado, porque una sola es necesaria. Hagamos el esfuerzo hoy, por elegir lo mejor, pensá qué es lo que más te conduce al fin para el cual fuiste creado…

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