Lucas 11, 29-32 – 8 de marzo – I Miércoles de Cuaresma

 

 

Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: «Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás. Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.

El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.

El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.»

Palabra del Señor

Comentario

Querer “vivir solo de pan” y no darnos cuenta que lo que nos llena realmente la vida es otra cosa, es de alguna manera querer vivir solo de lo que vemos y percibimos con nuestros sentidos, con la vista, el tacto, el gusto, el olfato y el oído. Por eso cuando Jesús le contestó al demonio: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, le estaba diciendo justamente lo contrario a lo que a veces pensamos y el mundo nos hace pensar; le estaba diciendo que el alimento diario de nuestras vidas no entra solo por los sentidos del cuerpo, sino que entra también por el sentir del corazón, del alma. Jesús le respondió al demonio con la misma Palabra de Dios, Jesús le respondió también pensando en nosotros, en nuestra vida concreta. ¿Cuántos de nosotros vivimos como si lo material fuera lo único o bien lo más importante de nuestras vidas? En la práctica, en los hechos, en el día a día… ¿Cuánto ocupa en nuestro corazón la preocupación por el “pan de cada día”? ¿Qué es para nosotros el “pan de cada día, lo material o lo espiritual? ¡Qué difícil! ¿No? Por ahí estarás pensando: “Padre, y vos porque no tenés familia, es imposible no pensar en lo material con una familia”. Es verdad, no es lo mismo para un sacerdote, pero también es verdad que vivimos en el mundo y tenemos que administrar los bienes que una comunidad nos confía y también podemos caer fácilmente en pensar que lo que necesita la gente “es pan material” y no el verdadero pan del cielo que jamás nos dejará con hambre. Es mucho más fácil alimentar cuerpos que alimentar almas. Es mucho más tentador ser el sacerdote que “alimenta” y soluciona los problemas materiales de las personas, que el sacerdote que no solo intenta alimentar las “panzas” sino también los corazones. Esta tentación la sufrimos todos, porque es natural que nos basemos en lo que vemos y nos cueste ver más allá de lo que ven y sienten nuestros sentidos.

Por eso la cuaresma es también camino de purificación de nuestros sentidos del cuerpo, de profundización de nuestros sentidos, tiempo de crecer en la sensibilidad de nuestros sentidos interiores, esos que nos hacen encontrarle el verdadero sentido a las cosas que nos pasan y les pasa a los demás. Y eso nos pasa en el desierto,  la cuaresma acordate es un desierto.

Algo del evangelio de hoy nos clarifica lo que nos pasa también a nosotros, lo que les pasó a aquellos que estuvieron con Jesús cara a cara. Muchos pedían signos. O sea, pedían poder ver con sus ojos lo que pedían sus corazones, y no al revés, ver con el corazón lo que veían sus ojos. Pedían signos y no interpretaban los que ya tenían. ¿Te parece extraño lo que te digo? Los que piden signos y no se interiorizan en lo que ven son los que disocian la vida, separan y no unen, son los que creen que lo espiritual va por un lado y lo material por otro, los que no pueden entender que por medio de lo material experimentamos lo espiritual, los que no pueden entender que “el hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, y que la palabra de Dios nos llega por medio de cosas materiales, sonidos, personas, situaciones, cosas concretas que experimentamos por nuestros sentidos. “Creemos en lo que no vemos, pero creemos porque algo vemos”. La fe, no es solo una cuestión espiritual ni solo una cuestión material. La fe incluye las dos. Esta es la aparente paradoja de nuestra fe, algo que pocas veces nos ponemos a pensar y nos trae muchos problemas cuando no lo profundizamos.

¿Andamos pidiéndole signos a Jesús para que nos demuestre que está? Será porque no estamos aprendiendo a interpretar lo que vivimos y lo que nos pasa. ¿Creemos sin pensar seriamente en lo que nos pasa, sin interpretarlo? Puede ser entonces que nos esté dando miedo  asumir que a Jesús lo conocemos siempre por medio de otros y con otros. Los dos extremos nos hacen mal. Ni lo material sin lo espiritual, ni lo espiritual sin lo material. Vivimos de lo material, pero con lo espiritual. Van las dos cosas de la mano, van juntas y son inseparables. “El hombre no es ni ángel ni bestia, y  quien quiere hacer el ángel termina siendo bestia” decía Pascal.

No pidamos signos, ya lo recibimos y tenemos que aprender a percibirlos. El signo que pedían esos hombres fue finalmente la Muerte y Resurrección de Jesús, ese es el signo de Jonás, que pasó tres días y tres noches en el vientre de un pez, como Jesús tres días en el vientre de la tierra. Esa es la prueba de que Jesús es Dios y Hombre, esa es la gran verdad que celebramos en cada misa, cada domingo, en cada Pascua y hacia allá nos encamina la cuaresma.

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